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nº26

abril 2014

elmuro [3] andénuno [5]

Dos microrrelatos de Antonio Fernández Molina andéndos [7]

Difícil, Kike Cherta andéntres [12]

Tres cerros, Mar Sancho nueva estación

3x200 [17]

Nocturnidad, Miguelángel Flores dindondin [18] decamino [19] brevemente [21]

Relatos en cadena entrecocheyandén [22]

Travesura, Luz Hernández metroligero [26] pormotivosajenos [27]

novedades

Alejandra Onieva

Publicamos el relato de un lector, ganador de la convocatoria abierta de textos 3 x 200, con el tema "noche": 3 días, 200 palabras, más de 100 microrrelatos recibidos.

Edita: grupo andén comunicación C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edicion@cuentosparaelanden.com | www.grupoanden.com Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Asesor de contenidos: Sergi Bellver. Publicidad: publi@cuentosparaelanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: © Simona D'Agostino | simodago86@hotmail.it

Con la colaboración de:


elmuro

Finalistas:   

Tema: Andenes

Andén - Mar Fernández (A Coruña) Embarcando - Diana Torres (Barcelona) Anden 1 - Jürgen Schaller (Berlín)

Ganador: En el adiós ya estaba la bienvenida (Mario Benedetti) - Laura Guisado (Madrid)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@cuentosparaelanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y grupoanden.com Tema del próximo mes: Tejados

Te escuchamos: Cuentos para el andén @cuentosanden lector@cuentosparaelanden.com

www.grupoanden.com

Este número nace con el día internacional del libro, estrenamos nuestra tercera convocatoria de textos para los lectores de la revista, conmemoramos La Noche de Los Libros madrileña, también vemos cómo un teatro al aire libre puede revitalizar la vida y la economía de un pueblo de La Alpujarra, te proponemos nuestra micro-agenda cultural para España, Colombia y Perú. Y más cosas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

tw grupo andén comunicación

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andénuno

Dos microrrelatos de Antonio Fernández Molina

En Cejunta venden unas cajas que tienen forma de zapato... EN Cejunta venden unas cajas que tienen forma de zapato y al abrirlas se ve dentro a un pequeño lagarto en estado de hibernación, que al contacto del aire vuelve a la vida. Al instante se adhiere al sexo de quien abre la caja y permanece pegado a él durante un año, que su víctima soporta entre molestias y privaciones. Durante este tiempo la piel del individuo se va tornando verdosa, y ésa es la señal inequívoca de que se le concederá un cargo importante, pues los lagartos tienen mucha influencia en la vida local. Cuando al cabo del año el lagarto se desprende, el sexo de estos hombres no es apto para la procreación. Pero los hombres verdosos son muy enérgicos para hacer cumplir las leyes y su aire aburrido les da un empaque del que gustan mucho los habitantes de Cejunta.

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andénuno

En Gamud, cuando se da una fiesta… EN Gamud, cuando se da una fiesta en honor de la hija de la casa, la madre se escapa con el invitado más viejo y repulsivo. Aunque es una costumbre admitida -y que nadie trata de impedir-, lo hace de una manera secreta o simulando cualquier pretexto. La hija, en cuanto nota la falta de su madre, pregunta afectando un aire de inocencia: -¿Dónde está mamá? A esta pregunta, que repite varias veces, invariablemente le contestan: -¿Tu mamá? Está haciendo el amor. El que así habla recibe un beso de la joven y él le entrega una moneda. Algunas muchachas consiguen besar de una manera turbadora y si son previsoras y hermosas llegan a reunir una fortuna.

tw Del libro Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto, 2005 Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927 - Zaragoza, 2005). Autor de una extensa obra literaria y plástica que abarca desde la escritura de piezas teatrales y guiones al ensayo artístico y literario, la pintura, el dibujo y la ilustración de libros. Su pasión por el relato breve data de sus primeros pasos como escritor.

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andéndos

Difícil Kike Cherta

LA mujer loca que vive con quince gatos se ha enamorado de un oso de peluche gigante. Tampoco es tan raro. A fin de cuentas (lo acabamos de decir), está completa y rematadamente loca. La mujer loca que vive con quince gatos y hace meses que no se ducha es consciente de que el oso de peluche es tan sólo un oso de peluche. Está loca, sí, pero no es imbécil. Ella no espera del oso ni caricias ni poemas recitados a media luz. De hecho, la mujer cree que precisamente ese detalle (que su amado sea un oso de peluche gigante) es lo que convierte su idilio en un amor verdadero. En sus noches de pasión desenfrenada y unilateral, mientras fuma un cigarro postcoito, la mujer razona: es muy fácil querer a otro ser humano. Un hombre con barba de una semana y ojos tiernos, que te abraza y te dice que te quiere, y qué bien te sienta esa blusa azul marino, y qué bonitas tus tetas, me encanta morderlas, quiero un hijo tuyo. Es normal enamorarse de alguien así. ¿Pero querer a un ser inerte relleno de poliéster, con botones en vez de ojos y la cara de Winnie the Pooh? Eso sí que tiene mérito. Eso sí que es querer de verdad. La mujer loca que vive con quince gatos y hace meses que no se ducha y en ocasiones ni siquiera recuerda su verdadero nombre encontró a su amado en un contenedor de basura. Dónde si no. Desde lejos, y como el callejón era oscuro, pensó que se trataba de un señor corpulento.

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Le pareció que la miraba de un modo descarado y ya entonces le gustó. Una vez al año, mujer y oso vuelven a ese mismo contenedor y celebran su aniversario. Brindan con vino Don Simón y comen mejillones en escabeche. De postre, piña en almíbar. La mujer loca muerde embelesada su rodaja de piña y restriega otra rodaja por la boca del oso de peluche. De resultas, los pelos de felpa se le quedan acartonados durante semanas. Entonces, cada vez que ella lo besa se acuerda de la cena de aniversario y le dice "cariño, pero qué bien sabes, cariño, no cambies nunca". La mujer loca que vive con quince gatos y hace meses que no se ducha y en ocasiones ni siquiera recuerda su verdadero nombre y en el bajo vientre luce una cicatriz de un navajazo que le dio otro mendigo se tropieza una tarde con la figura de poliespán de un camarero italiano. Es uno de esos monigotes

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que se colocan a la entrada de algunos restaurantes, con el fin de sujetar el menú o de anunciar alguna oferta. Lo han abandonado junto a (cómo no) un contenedor de basura. De lejos, parece realmente un camarero italiano. Bigote majestuoso y mirada atrevida. A la mujer le parece sorprenderlo mirándole el culo. Aunque duda un buen rato, finalmente opta por llevárselo a un soportal. Sólo para charlar. Justo en ese momento, como por intervención divina, comienza a diluviar. A la mujer no le queda entonces más remedio que tirarse una hora y media esperando a que amaine junto al camarero de poliespán. Una cosa lleva a la otra y terminan morreándose. Son besos suaves, delicados. En primer lugar, porque él es italiano y (todo el mundo lo sabe) los italianos besan como quien sopla una cucharada de sopa demasiado caliente; en segundo lugar, porque el poliespán no es demasiado resistente, y un arrebato apasionado podría romperle el bigote elegante, o desfigurarlo para siempre. Llegado cierto punto, la mujer loca rompe a llorar. Entre lágrimas, le confiesa que no puede hacerlo. Le dice que está enamorada de otro y que se debe por completo a ese amor. Insiste: tal vez, si se hubieran conocido en otro momento, en otro lugar, tal vez, entonces…, ¿quién sabe qué podría haber pasado entre ellos? Deshecha en lágrimas, la mujer se despide del camarero italiano. Como le parece que él insiste, le da un último beso para que la recuerde. También le permite refregar un poco su entrepierna de cartón contra su falda manchada de vino. Luego, sale corriendo bajo la lluvia. Antes de girar la esquina, se vuelve a mirarle. Efectivamente, él la sigue observando. Medio ladeado en el soportal, con la lluvia entrando de lado y empapándole los pies. Es evidente que no le ha quitado ojo ni un segundo.

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Esa noche, la mujer loca que vive con quince gatos y hace meses que no se ducha y en ocasiones ni siquiera recuerda su verdadero nombre y en el bajo vientre luce una cicatriz de un navajazo que le dio otro mendigo y cuyo hijo una vez, al verla pasar borracha, fingió no reconocerla entra en casa sin hacer ruido. Avanza silenciosa, esquivando gatos dormidos. Con tiento, se acuesta en el colchón nauseabundo que le sirve de cama. Allí, tumbado, está el oso de peluche gigante. Ella prueba a pasarle un brazo sobre el pecho, igual que cada noche. Como ya hemos dicho, la mujer loca está efectivamente loca, pero no es imbécil. Sabe que el oso de peluche gigante es sólo un oso de peluche gigante. Y sabe que el camarero italiano no es un camarero italiano. Pero ella estaba tan orgullosa de su amor puro, mucho más puro por cuanto no esperaba nada a cambio, que ahora se siente sucia y estúpida. Cuatro besos mal dados en un soportal. Qué idiota. ¿Pero cómo resistirse? ¿Y cómo perdonarse? El bigote elegante del camarero se le aparece cada vez que cierra los ojos. La mujer termina por apartar el brazo del pecho peludo de su amado y se gira dándole la espalda. El silencio habitual del oso le suena ahora a reproche. Ella se muerde los puños y se pregunta: "¿Por qué tiene que ser siempre el amor tan difícil? ¿Por qué?".

tw Del libro La Bofetada de Gilda. Ed. Musa a las 9, 2014 La Bofetada de Gilda es el primer libro de Kike Cherta. Fue galardonado con el II Premio de Narrativa Francisco Ayala, y publicado por Musa a las 9 en edición digital. Ahora mismo el libro está ahí, flotando en la nube cibernética, esperando lectores. Si te apetece, puedes leerlo en www.musaalas9.com

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andéntres

Tres cerros Mar Sancho

ALDO tenía una bicicleta de ruedas enormes. Nunca había visto otra y por ello no se cuestionaba que las demás bicicletas fueran diferentes, que no hubiera que subir a ellas como él lo hacía, apoyándola sobre la pared de la gasolinera y trepando con sus pies sobre los radios hasta acceder al pedal. Tres Cerros constaba tan sólo con tres edificaciones, la gasolinera, el restaurante y la estación de policía que hacía las veces de casa familiar. Los tres cubos de cemento con ventanas y tejados verdes de chapa estaban enfilados junto a la línea invariable de la carretera austral. A Aldo le gustaba avanzar y retroceder pedaleando sobre la suavidad oscura del asfalto, dejándose llevar por el silbante viento que lo arrastraba en una dirección y lo envolvía invisible, tirante y terso en la otra. Su padre era el único policía del sector y, sacándose la gorra aún azul, atendía la gasolinera cuando algún vehículo esporádico se detenía temeroso de no alcanzar un destino mejor. El resto de su uniforme se había ido tornando parduzco por la fricción insistente de la mujer empeñada en extraer ese aroma a petróleo impropio en la autoridad. No vivía allí nadie más que ellos. Al otro lado de la carretera había tres cerros, pequeños, de formas tenues, casi idénticos, en línea también hacia el vacío horizonte de la Patagonia. La única función de estas tres leves elevaciones era dar nombre al lugar contiguo y al restaurante donde Aldo y sus padres tomaban la comida a la carta que, en cantidades excesivas, la madre cocinaba esperanzada por

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andéntres

la llegada hipotética de fugaces y hambrientos pasajeros. Otras veces, Aldo giraba en torno a la gasolinera, al restaurante o la estación policial que era su casa, daba vueltas toda la tarde alrededor del mismo edificio, cerrando a veces los ojos para imaginar que su bicicleta lo llevaba por un camino anguloso junto al mar. Lo había visto ya varias veces cuando, una vez al año, sus padres lo llevaban a Puerto Deseado. Era una planicie interminable de agua, lisa, gris, sin cerros, que se movía ondeando como si a cada instante se fuera a desbordar sobre él. Entonces detenía su bicicleta y clavaba la mirada en la inmensidad patagónica de tierra yerma hasta que, empañados por no pestañear, sus ojos lo engañaban con una ilusión líquida que avanzaba en olas que nunca llegaban hasta él. Habitualmente sólo pasaban camiones cilíndricos y brillantes que transportaban petróleo. Los conductores solían acariciar la cabeza de Aldo con sus manos gruesas preguntándole si viviendo allí tenía amigos

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andéntres

con una voz ronca semejante al rígido rugido del motor. Aquella mañana aún no se había detenido nadie. La bandera parecía querer escapar en bruscos tirones, el cielo transcurría más rápidamente que de costumbre y los tres cerros repetidos y estáticos asomaban al otro lado de la carretera. Aldo subió a la bicicleta y decidió por fin aventurarse a ascender a uno de ellos. Hacía algunas noches había cenado en su compañía un viajero barbudo que se dirigía a las altas cumbres del sur. Había hablado de cerros elevados y lejanos cuyas cimas ya habían alcanzado los hombres. Aldo pensó en sus tres cerros y en como él jamás había visto subir a nadie. Cruzó la carretera desierta como cada día le decía su padre, girando la cabeza a ambos lados y cerciorándose del silencio de la distancia. Él iba a ser el primero en estar allí arriba y esta idea le hizo levantarse del sillín y pedalear con más fuerza mientras el primero de los cerros iba creciendo a medida que se acercaba. El terreno comenzaba a inclinarse y le abrasaban finos hilos en sus piernas en esa fuerza ansiosa del querer avanzar. Asomaba el final rápido y redondeado de la breve montaña y pensó que le gustaría bajar de la bicicleta para contemplar su casa allá abajo diminuta, y en la lenta lejanía esos bosques petrificados por los que algunos pasajeros preguntaban y, más allá de todo, el mar. Nunca se había bajado sin tener la pared rugosa de la gasolinera al lado para poder subir de nuevo, pero saltó justo en el momento en que la pendiente empezaba a descender, dejando a la bicicleta seguir su camino de una manera retorcida y acrobática hasta el crujido metálico de la caída. Asomaba un punto colorido en el pardo horizonte que iba dejando tras de sí un pequeño humo entrecortado. Era un ómnibus. Aldo echó a correr cuesta abajo, con el anhelo de llegar antes de que se marchara latiéndole en las sienes y la afilada vida de los espinos dibujándole de rojo las piernas. Ambos se iban acercando, imperceptibles en la inmensidad

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dolorida de la llanura, a ese mismo lugar cotidiano para Aldo y desconocido para aquellos cuyas cabezas asomaban enmarcadas en rodantes rectángulos de vidrio. Cuando Aldo llegó, el ómnibus reposaba repostando en la gasolinera y todos sus ocupantes poblaban el lugar con el alegre murmullo de lo fugaz. Leyó separando silenciadamente las sílabas, como su madre le había enseñado, Trans-por-ta-do-ra-Pa-ta-gó-ni-ca-El-Pin-güi-no. Un niño de edad semejante a la suya se encaminaba por el camino húmedo que llevaba a los baños. Lo siguió y, cuando hubo cerrado la puerta, giró desde afuera imperceptiblemente la llave. Cuando intentara salir, sorprendido, inquieto, desesperado, ya nadie lo escucharía. El ómnibus ronroneaba la proximidad de su partida. Aldo alcanzó el primer peldaño de la escalerilla, subiendo como tantas veces lo había hecho a su bicicleta. Sólo restaba un lugar vacío, junto a una mujer dormida que empañaba cíclicamente el cristal con su respiración. El vehículo se puso en marcha y Tres Cerros se fue quedando detrás, pequeño, con el padre colocándose de nuevo la gorra, la madre haciendo girar el abundante asado y un niño lloroso y diferente en el baño. Aldo se acordó del día en que su padre, harto de que el lugar no apareciera en el mapa, retiró el cristal rajado y lo escribió con una letra hermosa e inmensa, como si se tratara de una de esas poblaciones notables del país.

tw Del libro Leningrado tiene setecientos puentes. Tropo Editores, 2012 Mar Sancho (Valladolid, 1972). Convencida de que la vida siempre está en otra parte, durante las dos últimas décadas ha recorrido perseverante el mundo y residido en Argentina, México y los Estados Unidos. Ha publicado los libros de relatos El perro que fuma (2002) y Concierto para hombre solo (2004). También ha publicado novela y poesía, es articulista habitual en varios diarios y revistas españoles y extranjeros.

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3x200

3x200 Es una ternacional convocatoria in xtos de abierta a los te es. or nuestros lect bras la 3 Días. 200 Pa

Nocturnidad Miguelángel Flores Sabadell. España

RAFALITO se durmió soñando que algún día podría volar. Y durante la noche se fue entretejiendo un hilillo de seda que salía de su boca, creando un sudario sin luz que creció y creció hasta cubrirlo por completo. Por la mañana despertó amordazado, prisionero, como si se hubiera transmutado del todo su cama en armario sombrío. Y pasó media vida mirando desde dentro. Cuando al fin se atrevió a escapar de él, lo hizo convirtiendo el lienzo en unas alas asombrosas y asombradas, con adornos de purpurina y lentejuelas. Un destello tan frágil como culpable, que pronto atrajo la atención de un coleccionista de mariposas nocturnas; aquel que, sin escrúpulos, clavó a Rafalito un alfiler oscuro, un delirio perpetuo, en medio del recién nacido remolino de su pecho. 

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dindondin

Documentamadrid Hasta el 11 de mayo http://www.documentamadrid.com/

15º concurso de cómic de Nou Barris Hasta el 24 de mayo http://www.canverdaguer.com/

Grupo de Titiriteros: Una historia en fotos Buenos Aires. Teatro de la Ribera Hasta el 11 de mayo http://complejoteatral.gob.ar

27ª Feria internacional del Libro Bogotá. Corferias - Centro de convenciones Del 29 de abril al 12 de mayo http://www.feriadellibro.com/

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decamino http://www.unteatroentretodos.com

Estamos construyendo un teatro al aire libre en un pueblo de la Alpujarra para traer cultura y turismo a la zona y así revitalizar la economía local. El teatro se está construyendo alrededor de una antigua era de trillar y ya están hechos los primeros 150 asientos. Se pretende ofrecer al visitante una experiencia no solo teatral sino también global, del estilo de vida tradicional, la gastronomía, el entorno natural… y así se espera que el teatro sea un catalizador que fomente nuevas iniciativas en la zona.

tw Queremos construir otros 150 asientos antes del verano. Para conseguirlo, hemos lanzado una campaña de crowdfunding hasta el 25 de abril. El teatro se va a inaugurar este verano, pase lo que pase. Contamos con el apoyo de la Fundación Federico García Lorca y queremos organizar un festival anual de teatro centrado en la figura del poeta. https://www.facebook.com/TeatroEntreTodos

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brevemente

Rutinas Semana 21 de concurso: 2 de abril de 2014 Ganador: Juancho Plaza Gómez

Relevo Semana 22 de concurso: 9 de abril de 2014 Ganador: Kalton Bruhl Le deseé que tuviera un buen turno y regresé al cielo.

Somewhere over the rainbow Semana 23 de concurso: 16 de abril de 2014 Ganadora: Lola Pacheco

abril

Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Arriba, al escuchar el disparo, los demás recogimos la baraja trucada, nos cambiamos de ropa, nos lavamos las manos y dejamos cerradas las taquillas. Esperamos al nuevo para salir juntos. Fichamos en el reloj de la entrada y abandonamos el zulo. Les propuse tomar unos vinos, pero todos tenían compromisos. Unos la novia, los otros la familia. Así que me quedé rezagado y no pude evitar mirar hacia atrás. Sentí la satisfacción del trabajo bien hecho. Al girarme de nuevo, me di de cara con la señora de la limpieza, que llegaba, y le deseé que tuviera un buen turno.

Y regresé al cielo y allí me quedé, en cuclillas, abrazándome con fuerza las piernas. Las otras niñas huyeron entre chillidos y risas del inesperado chaparrón. Sus madres se asomaron a los balcones alertadas por el vendaval que parecía querer arrancar la ropa de los tendederos. Una de ellas gritó mi nombre, pero yo seguía en el cielo, acurrucada, esperando que desde algún lugar me llamara la mía mientras la impía lluvia borraba la rayuela.

tw Relatos finalistas de abril, del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes saber quién ganó y consultar las bases en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com. Nota del editor: Debido a las fechas de cierre de esta edición, no ha sido posible contar con todos los relatos de abril. Cuentos para el andén publicará en su siguiente número aquellos que faltan en éste.

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entrecocheyandén

Travesura Luz Hernández Alumna de Taller itinerante de escritura La mano izquierda

MARÍA removía su café con aire ausente. Los blancos y azules de la cafetería del hospital no ayudaban a calmar el ritmo de sus pensamientos. Miró por la cristalera y descubrió un radiante día de primavera. No quiso leer de nuevo el informe que reposaba frente a ella. Tres meses, le había casi susurrado aquel médico de cara aniñada y acento andaluz. Sus manos cogidas, como si fueran novios. Dándole explicaciones, tantas, que al hombre se le secó la garganta. Qué más da, querría haberle dicho María, no me importa el nombre ni el porqué. Pero no quiso herirle, parecía tan conmovido. Se removió en su silla. No sabía muy bien qué debía, o tal vez, que no debía hacer. Por más vueltas que le daba, ser una moribunda iba a ser una tarea un tanto complicada. Mucho más fácil cuando ya estás muerta, no das la lata a nadie y además todo el mundo te alaba. Su sonrisa se ensanchó recordando que ya había estado muerta una vez, cuando solo tenía trece años. Por entonces la familia veraneaba en la Manga del Mar Menor. En un camping. Allí tenía una pandilla de amigos. Eran dos chicos y tres chicas. Un verano se les ocurrió simular su propia muerte. María se había preguntado muchas veces cómo fueron tan crueles con sus padres, pero en aquel momento a todos les pareció muy divertido. El café se había enfriado lo suficiente para que no le apeteciera acabárselo. No tenía sentido permanecer allí. Al salir buscó un sitio apartado donde poder fumar un cigarrillo. Buscó su móvil, lo encendió y se preguntó a quién podría llamar. Si cualquiera de sus amigos de la pandilla estuviese en la agenda, no habría dudado. Sintió que era vieja de repente. Que estaba sola. No como en aquel verano en el que no se separaban ni para dormir porque tenían que prepararlo todo al detalle. Una noche salieron después de cenar y no regresaron a las tiendas. Los padres no se dieron cuenta de la desaparición de los chicos hasta por la mañana.

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entrecocheyandén

Se dirigió a la parada de taxis y pidió que la llevaran a la estación de Atocha. Había decidido no pasar por casa. Tenía miedo de que al traspasar la puerta, las paredes de toda una vida la atraparan y no la dejaran volver a salir. Esa mañana apenas había unos cuantos viajeros en el vagón. María se acomodó en un asiento con ventanilla. Una gran señora se sentó a su lado. Sudaba. Precipitada, se levantó. A medio pasillo volvió sorprendiendo a María y preguntándole si quería algo de la cafetería. Antes de que pudiera contestar, ya se había marchado. Entonces recordó cuando su madre les obligaba a beber cantidades ingentes de agua y zumo para aguantar las grandes caravanas de coches que se dirigían a la playa a pleno sol. Se preguntó si reconocería a sus padres ahora que se iba a reunir con ellos. El miedo se instaló en sus pies que se quedaron pesados, anclados al suelo del vagón. Cerró los ojos. Volvió a aquel verano en el que eran ellos los que la buscaban. Al comprobar la ausencia de los cinco pillastres, dieron la voz de alarma y, ayudados por la gente del camping, comenzaron las pesquisas. Encontraron ropa de los chicos esparcida por la playa. Todos creyeron que se habían bañado y que quizá desorientados por la oscuridad se habían ahogado. Avisaron a la guardia civil que llevó a los buzos. Se hicieron batidas por la zona. María y sus amigos se escondían a unos metros, en la caravana de unos ingleses que estaban visitando a unos familiares en Málaga. Desde allí intentaban vigilar todos los movimientos y se felicitaban unos a otros por lo bien que lo estaban haciendo. Sus padres creyeron que les habían perdido para siempre, que sus hijos estaban muertos. Su único fallo fue no calcular bien el tiempo. Se les acabó la comida antes de que se pudiera celebrar ningún funeral. Ese era su plan maestro, resucitar ante toda la concurrencia. No pudo ser. Un día aparecieron los cinco, más flacos que galgos, con cara de ángeles caídos. La alegría fue tal que todo el camping se volcó en el reencuentro con sus familias. Los únicos que disimularon la felicidad que en el fondo sentían, fueron los guardias civiles. Amenazaron a los cinco chicos con internarles en un reformatorio si se les ocurría volver a repetir algo semejante.

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entrecocheyandén

El tren llegó a Cartagena con diez minutos de adelanto. La señora, que al fin le había traído un zumo de piña, no había parado de parlotear en todo el viaje. María sonreía mientras iba regalándole monosílabos, los ojos entornados para protegerlos de la intensa luz. Ya en el andén advirtió que se sumergía de nuevo en la calidez de estas tierras. Era más ligera, estaba más cercana a aquel verano, a sus amigos, a sus padres. Era curioso cómo el resto de su vida se diluía entre los rayos de sol de primera hora de la tarde. El autobús seguía la línea de la costa. Sus ojos que se posaban en el mar, reflejaban con intensidad todo aquello que no pudo ser. Con lentitud sacó el móvil. Miró la pantalla. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Lo normal. Lo volvió a guardar. Un pensamiento impertinente crecía en su dedo índice y amenazaba con volver a abrir la cremallera del bolso. No quiso o no supo mantener el beso de buenas noches cuando la niña se fue. Fue su bebé y al crecer le dio alas, tan majestuosas que cuando llegó el momento voló alto y lejos. Tanto que María no tuvo fuerzas para seguirla ni valor para pedirle que regresara más a menudo. Ahora eran libres, las dos. Cerró la pequeña abertura que su dedo había conseguido abrir. En el lugar del camping se situaba una pequeña urbanización de apartamentos de lujo. Pero aquel bar donde su padre les compraba helados seguía donde siempre y allí se dirigió. Ya tenían puesta la terraza. Todo había cambiado salvo el aroma a jazmín y a sal. Contempló el cálido atardecer, sugerente y servicial como un sumiller que te ofrece el mejor vino. Se quitó los zapatos y bajó con pasos cortos hacia el mar, ya no le pesaban los pies. Pensó que ya no le daba miedo ni la guardia civil ni sus reprimendas. Se quitó la ropa y la dejó esparcida por la playa. 

tw Luz Hernández. Desde pequeña me he dedicado a imaginar vidas ajenas. Ahora, también las escribo. Compartirlo delante de un buen café, en nuestro taller literario, me da alas para continuar con esta aventura.

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metroligero - holakokoro

Š Jasten FrÜjen

tw Kokoro es un personaje singular, que se cuela en CpA, para contarte historias en pocas palabras.

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pormotivosajenos

Necesito a los míos siempre cerca

Alejandra Onieva

14/04/14

P- ¿En qué tren estás subida ahora? R- En uno como el Orient Express, pero sin llegar tan lejos, o tal vez sí, ¡quién sabe! Todo es ir caminando poco a poco. Ahora mismo me he subido a un tren en el que no me quiero perder detalle y absolutamente todo está en mi retina. P- ¿Cuál es el peor aprieto en el que te has encontrado? R- Vaya, de esos me he encontrado con pocos, mejor ni recordarlos, aunque suelo ser una persona muy resolutiva y salgo de ellos ¡lo mejor airada posible! Esta profesión te va dando recursos y herramientas, entre otras cosas, para salir de esos aprietos sin tener que sufrirlos demasiado. P- ¿La obra, película o serie en la que hayas trabajado con la que más te has divertido? R- Esta es más fácil… por supuesto, la serie El secreto de Puente viejo. Han sido tres años muy intensos en los que me ha dado tiempo a todo, pero sobre todo a aprender sobre esta profesión tan maravillosa. P- Completa la frase: yo para ser feliz… R- Necesito a los míos siempre cerca. P- Los trenes que se pierden ¿vuelven a pasar? R- Claro que sí, los trenes siempre vuelven a pasar de un modo u otro... P- Lo breve si bueno… R- Habrá que conseguir la fórmula de hacer ¡que se extienda un poco más! P- ¿Qué libro te ha marcado? R- Silk de Alessandro Baricco P- ¿Qué libro estás leyendo ahora? R- El tiempo de los tigres de Liza Klaussmann. P- Cuéntanos un truco infalible R- Al final te das cuenta que no hay trucos en la vida, los trucos son para los magos y amigos de las artes adivinatorias…. Hay que ser fiel a uno mismo, ese sería mi mejor consejo. P- ¿Cuál es la mejor forma de contar un cuento? R- Con dulzura, cariño, respeto por los que te escuchan y por el creador de la obra y sobre todo con buena entonación. P- ¿Un medio de transporte que prefieras? R- Por la vida en la que vivimos, el avión para destinos lejanos, pero el coche es una buena opción siempre que se pueda. P- ¿Hacia dónde te orientas cuando buscas refugio? R- A la playa, ahí es donde de verdad desconecto y me encuentro bien. P- ¿Cuál es la ciudad donde te encuentras mejor? ¿Qué es lo que más te gusta de ella? R- Londres es mi ciudad preferida, está cerca y uno siempre se puede escapar. La ciudad es preciosa hay mucho que ver siempre. Lo único malo es el tiempo que hace. Llueve mucho y yo soy extremadamente solar. 

tw Alejandra Onieva, estrena el próximo 16 de mayo la película del director de cine David Menkes, Por un puñado de besos. Para la actriz, este es su primer trabajo en la gran pantalla, tras haber estado durante tres años en la serie de Antena 3, El secreto de Puente Viejo interpretando el personaje de Soledad.

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Cuentos para el andén Nº26  

Este número nace con el día internacional del libro, estrenamos nuestra tercera convocatoria de textos para los lectores de la revista, conm...

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