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entrecocheyandén

Se dirigió a la parada de taxis y pidió que la llevaran a la estación de Atocha. Había decidido no pasar por casa. Tenía miedo de que al traspasar la puerta, las paredes de toda una vida la atraparan y no la dejaran volver a salir. Esa mañana apenas había unos cuantos viajeros en el vagón. María se acomodó en un asiento con ventanilla. Una gran señora se sentó a su lado. Sudaba. Precipitada, se levantó. A medio pasillo volvió sorprendiendo a María y preguntándole si quería algo de la cafetería. Antes de que pudiera contestar, ya se había marchado. Entonces recordó cuando su madre les obligaba a beber cantidades ingentes de agua y zumo para aguantar las grandes caravanas de coches que se dirigían a la playa a pleno sol. Se preguntó si reconocería a sus padres ahora que se iba a reunir con ellos. El miedo se instaló en sus pies que se quedaron pesados, anclados al suelo del vagón. Cerró los ojos. Volvió a aquel verano en el que eran ellos los que la buscaban. Al comprobar la ausencia de los cinco pillastres, dieron la voz de alarma y, ayudados por la gente del camping, comenzaron las pesquisas. Encontraron ropa de los chicos esparcida por la playa. Todos creyeron que se habían bañado y que quizá desorientados por la oscuridad se habían ahogado. Avisaron a la guardia civil que llevó a los buzos. Se hicieron batidas por la zona. María y sus amigos se escondían a unos metros, en la caravana de unos ingleses que estaban visitando a unos familiares en Málaga. Desde allí intentaban vigilar todos los movimientos y se felicitaban unos a otros por lo bien que lo estaban haciendo. Sus padres creyeron que les habían perdido para siempre, que sus hijos estaban muertos. Su único fallo fue no calcular bien el tiempo. Se les acabó la comida antes de que se pudiera celebrar ningún funeral. Ese era su plan maestro, resucitar ante toda la concurrencia. No pudo ser. Un día aparecieron los cinco, más flacos que galgos, con cara de ángeles caídos. La alegría fue tal que todo el camping se volcó en el reencuentro con sus familias. Los únicos que disimularon la felicidad que en el fondo sentían, fueron los guardias civiles. Amenazaron a los cinco chicos con internarles en un reformatorio si se les ocurría volver a repetir algo semejante.

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Cuentos para el andén Nº26  

Este número nace con el día internacional del libro, estrenamos nuestra tercera convocatoria de textos para los lectores de la revista, conm...

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