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andéntres

la llegada hipotética de fugaces y hambrientos pasajeros. Otras veces, Aldo giraba en torno a la gasolinera, al restaurante o la estación policial que era su casa, daba vueltas toda la tarde alrededor del mismo edificio, cerrando a veces los ojos para imaginar que su bicicleta lo llevaba por un camino anguloso junto al mar. Lo había visto ya varias veces cuando, una vez al año, sus padres lo llevaban a Puerto Deseado. Era una planicie interminable de agua, lisa, gris, sin cerros, que se movía ondeando como si a cada instante se fuera a desbordar sobre él. Entonces detenía su bicicleta y clavaba la mirada en la inmensidad patagónica de tierra yerma hasta que, empañados por no pestañear, sus ojos lo engañaban con una ilusión líquida que avanzaba en olas que nunca llegaban hasta él. Habitualmente sólo pasaban camiones cilíndricos y brillantes que transportaban petróleo. Los conductores solían acariciar la cabeza de Aldo con sus manos gruesas preguntándole si viviendo allí tenía amigos

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Cuentos para el andén Nº26  

Este número nace con el día internacional del libro, estrenamos nuestra tercera convocatoria de textos para los lectores de la revista, conm...

Cuentos para el andén Nº26  

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