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andénuno

Testimonio Ricardo Doménech

AL principio fui de los que no le dieron excesiva importancia. Más tarde, de los que pensaron que no hay mal que cien años dure. Hoy creo, sinceramente, que esto no terminará nunca. Lo que más me inquieta, en el fondo, es que nos hemos acostumbrado a ellas de tal manera que ni siquiera les prestamos atención. Esta mañana, por ejemplo, me he encontrado al profesor Rodrigo, hombre culto y sensible si los hay. Iba a mostrarme su reciente edición crítica de las Saturnales, de Macrobio, cuando, al abrir la cartera de mano, súbitamente, han salido disparadas un montón de ellas, buena parte de las cuales han quedado prendidas en nuestras ropas. He podido advertir que él se las sacudía sin ningún gesto que denotara repugnancia, o al menos desagrado. Se las sacudía distraída, maquinalmente. Es lo que hace todo el mundo, lo sé. Pero que lo hagan hombres como él... ¡Qué distinto era todo al comienzo! Todavía estoy viendo la expresión descompuesta, los ojos alucinados de una vecina mía, Pilar, abandonando como loca su casa en el momento en que yo salía del ascensor. Llevaba en brazos a su hijo, de pocos meses, y el espanto la enmudecía. Entré en su piso... Qué escena tan horrible... Habían anidado en la cuna: allí estaban, tan felices y tranquilas, ni siquiera se molestaban en huir. Lo que más impresión me produjo no fue que estuvieran en un sitio como aquél, y en tan gran cantidad, sino su manera de estar:

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Cuentos para el andén Nº25  

En Cuentos para el andén este mes estamos de celebraciones: estrenamos nueva modalidad de convocatoria abierta con 100x500, estamos a punto...

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