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MIRIAM. MARTÍNEZ


Hace muchos años, cuando Alfaro no era Alfaro, ocurrió un hecho que marcaría a los futuros habitantes de aquellas tierras. En aquel tiempo no había casas y todo estaba invadido por una tupida vegetación casi impenetrable. La luz empezaba a desvanecerse y sus débiles rayos se filtraban por la maleza.

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Pero algo rompe la tranquilidad del paisaje. Los påjaros enmudecen y hasta el viento parece pararse. Una figura contrasta en la espesura. Parece correr despavorida, perseguida por un grupo de hombres. Entre sus manos, parece llevar algo oculto que intenta proteger hasta con su vida. De repente para: se encuentra en un cruce de caminos‌

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Elige el camino de la derecha. Al principio parece llano, pero enseguida se encuentra con una pared escarpada que tendrĂĄ que escalar. Se le hace muy difĂ­cil, porque tiene que sujetar a su vez el

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Cuando llega a la cima, comienza una peligrosa bajada; las rocas disgregadas caen a su paso, provocando pequeĂąos aludes. No con poco esfuerzo llega a la falda de la montaĂąa. AllĂ­ un refugio, a modo de cuerva, parece darle la bienvenida. Cuando entra,

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Elige el camino de la izquierda. Llega a un río imposible de cruzar a pie. Busca un puente un poco más arriba. En el trayecto, una espesa maraña de zarzas rasgan la piel de sus piernas. Ensangrentado divisa a lo lejos el anhelado puente. Hace una especie de bolsa con el paquete y se lo ata a la espalda, haciendo más cómodo su transporte.

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Cuando llega al puente observa que ĂŠsta guardado por un gigante dormido. Tiene que ser sigiloso, su no quiere enfrentarse a tan grande criatura. AsĂ­ que se descalza y comienza a pasar: las piedrecillas se clavan en la planta de los pies, pero ningĂşn sonido de dolor sale de su boca. Cruza

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Cuando abrió la puerta, un chirrido infernal sacudió sus oídos. La oscuridad inundaba la estancia y sólo los débiles rayos de luz que pasaban por la reciente abertura se introducían en la penumbra. Tardó en acostumbrarse a la inquietante incertidumbre; el tiempo necesario para ver algo que le puso los pelos de punta.

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Un fiero dragón lo miraba con sus radiantes ojos. Había llegado su cena y en un certero bocado se tragó hombre, paquete y manta. Así que no sabremos nunca cuál era el contenido de aquello que protegía con tantas ganas. Si lo quieres saber, tendrás que cruzar otra puerta, porque en esta te has equivocado.

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Cuando entro un montón de fantasmas, monstruos, brujas, dráculas, diablos… fueron a por el y le quitaron esa bolsa que tanto protegía. Pero el se armo con todas sus fuerza, y estaba apunto de conseguirlo cuando se dio cuenta de que había mucho más escondidos y no le quedo más remedio que huir.

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Cuando entro, lo único que vio fue un suelo de hierro lleno de agujeros que tenia que esquivar. Cuando pensaba que uno de los agujeros se cerraba callo al vacío con la bolsa que protegía. Cuando al fin toca suelo, abre la bolsa para observar que la colonia que le iba a regalar a su madre para su cumpleaños esta a salvo. Al cavo de unos segundos apareció un dragón que le ayudo a salir de ese lugar.

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El sendero del tiempo