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Los momentos más significativos de la Facultad de Ciencias , llevan el rostro de aquellos personajes que la marcaron con su huella. Cuéntame más es un magazín digital dedicado a recuperar estas memorias en las propias palabras de sus protagonistas.


Memorias NOMBRE: ESCUELA:

Galina Likosova Matemรกtica

Galina Likosova


Galina Likosova Entrevista: María Eugenia Aristizábal G. Fecha de entrevista: 17 de julio de 2013

Nombre: Galina Apellido: Likosova Lugar de Nacimiento: Rusia, ciudad de Orsk Profesión: Matemática, Universidad Estatal de Moscú, Lomonosov Presentación:

Soy

profesora

de

matemáticas

de

la

Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Llevo 31 años en Medellín, llegué aquí porque me casé con un colombiano.

¿Qué es lo que más extraña de su país natal, Rusia? Lo que más he extrañado de Rusia son los cambios de las estaciones, la primavera, el invierno son cosas especiales allá, la eterna primavera de Medellín es muy cómoda, pero si uno creció y vivió mucho tiempo con otra cosa, eso se extraña. Aunque después de tanto tiempo viviendo en Colombia ya es difícil decir que fue lo más duro para adaptarme, prácticamente soy de aquí. En los tiempos de ahora se puede conseguir libros, películas, noticias, todas las que uno quiera, anteriormente una carta se demoraba dos meses para llegar, llamar por teléfono era una odisea, uno tenía que programar y comprar un ficho, era una cosa impresionante, ahora no. ¿Qué anécdotas nos puede compartir de su niñez en Rusia y de sus primeros días en Medellín? De mi niñez recuerdo que cuando tenía seis o siete años, yo estaba en la guardería y había un piano de cola chiquito de muñecas. Mi papá tocaba muchos instrumentos y quería enseñarme a tocar uno. Un día fue por mí a la guardería y me dijo que me había comprado un piano; cuando llegamos a la casa, me puse a llorar; mi papá me preguntó: ¿Y tú, por qué estás llorando?

Yo le dije: “Es que yo no alcanzo” (era un piano grande, de verdad, el de la guardería era pequeño y yo lo podía tocar). En mi juventud salía mucho a las actividades de los scouts. Me gustaba mucho la mineralogía y las pruebas de orientación, en las que participaba en competencias de orientación nocturna y diurna. Recuerdo que nos llevaron a un sitio cerca de un río, donde había unas colinas. Una noche subí a un montículo con vegetación y arbustos. Hacía frio, pero estaba abrigada, y me acosté a ver las estrellas. Sentí que podía tocarlas, el aire era tan limpio, se veía tan hermoso… De Medellín recuerdo que llegamos en febrero de 1982 y a los tres días ya estaba en clases de maestría en matemáticas, como alumna, porque primero tenía que aprender el idioma. El profesor Horacio Arango dictaba las clases, lo recuerdo porque prendía un cigarrillo con la “cusca” del otro. En 1984 ingresé como docente dictando los cursos de Matemáticas Especiales, Ecuaciones Diferenciales y Geometría; recuerdo que tenía un estudiante muy bueno que siempre sacaba cinco en todos los exámenes de ecuaciones, era impresionante, creo que se llamaba Orlando, estudiaba ingeniería química. Cuéntame +/ Octubre 2013


¿Cómo nace el programa Mil años de la música? Aproximadamente en 1985 empezamos a reunirnos para escuchar música. Nos reuníamos alumnos y algunos profesores (entre ellos estaba Juan Cardona), escuchábamos en una grabadora a Vivaldi, Brahms, Tchaikovski, y hablábamos también sobre los compositores. Después, más o menos entre 1989 ó 1990, empecé a organizar conciertos didácticos de música clásica. Iba a la Universidad de Antioquia, porque mis hijas estaban haciendo el preparatorio en música. Allí conocí algunos músicos, y les preguntaba: ¿Qué estás tocando?, ¿Quieres tocar en la Universidad Nacional? Luego conseguía el salón, escribía el programa, conseguía la plata para que les pagaran (más o menos 50 u 80 mil pesos). De esta actividad nació el programa “Mil años de la música”. Empezamos reuniendo músicos que tocaban obras clásicas, hacíamos cuatro conciertos cada semestre en el Bloque 11, donde había un piano vertical pequeño, marca Kawai. El problema era que al lado quedaba la autopista y había demasiado ruido para los conciertos. También les preguntaba a los músicos, quién de ellos tocaba música colombiana, pero ninguno la conocía. Entonces me propuse a hacer un programa al que llamé “Mil años de la música”. Como en la sede Medellín no hay facultad de música, no hay conservatorio, y como creo que la música es algo indispensable en la educación integral de un ingeniero, propuse entonces un programa donde estuvieran todos los tipos de música, con la idea de que los estudiantes escucharan música una vez por semana. Así empezó el proyecto. Juan Camilo Ochoa, que ya no estaba en la Universidad, me asesoró cómo debía presentar el proyecto a largo plazo, y desde 1991 aproximadamente, hasta estos años, me tocó conseguir plata. Iba de puerta en puerta a las empresas para que nos patrocinaran, porque la Universidad me daba muy poquito y en los afiches colocábamos a los patrocinadores (Argos, Suramericana, Protección, Pintuco, Integral, etc.). También conocía a Luis Alberto Álvarez. Él dictó unas conferencias aquí, sobre cine, y recuerdo que fui al Instituto Goethe, que estaba en Laureles, a

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hablar con él, a ver qué documentales sobre la música, los músicos o los instrumentos había allá y en 1994 hicimos un curso de contexto que dictaban varios profesores. El primer curso lo dictó Luis Alberto, pero ya en el segundo estaban Mario Yepes, Aníbal Córdoba, Luis Antonio Restrepo y María Eugenia Londoño. Cada uno dictaba su parte, entre las que había unas conferencias sobre arquitectura y música, otras sobre historia y música, etc. Era un curso libre, si querías estar te inscribías y asistías. En esos primeros años siempre hacíamos, aparte de conciertos, un curso general, que incluso llegó a cubrir distintas épocas de la historia de la música: el medioevo, el período renacentista, el barroco, el período clásico, el romántico y la época moderna. Los conciertos los empezamos a hacer en el MAMM, que en aquella época quedaba en el barrio Carlos E. Restrepo. El piano pequeñito, Kawai, el único que teníamos, lo llevamos allá y los días miércoles, cuando no había cine, programábamos un concierto. En aquel entonces llegamos a tener doce o trece conciertos al semestre. Desde el principio yo estaba interesada en ver qué clase de música se tocaba aquí; si al menos había música de cámara. Entonces empecé a contactar compositores. En el primer concierto había gente de la Universidad de Antioquia: recuerdo a Álvaro Rojas, quien compuso unos Haikú, también a Ana María Henao, quien tenía una obra para clarinete y fagot que estrenaron acá.

“...De esta actividad nació el programa “Mil años de la música”. Empezamos reuniendo músicos que tocaban obras clásicas...”


“Cuando llegué a Colombia lo primero que le pedí a mi esposo fue que me consiguiera un piano” Resultó que muchos profesores eran compositores, y tenían varias obras que podíamos ejecutar. Al principio, yo preguntaba: “¿Tú qué tocas? ¿Quieres tocar en la Universidad Nacional?” Después les decía: “Tengo esta partitura, ¿quieres tocarla?”, y los que decían que sí, tocaban en esos eventos. Ya en 1998, cuando se construyó el auditorio Gerardo Molina, y se compró el piano, todos los conciertos se siguieron realizando en ese auditorio.

Entonces les recomendé disponerlas en tres secciones, para que al menos los que estuvieran en la mitad del auditorio recibieran un buen sonido; y así lo hicieron. Aquí tocaron pianistas de Francia, España, Checoslovaquia. Incluso Harold Martina, en varias ocasiones, quiso hacer grabaciones aquí, pues decía que la acústica del Auditorio Gerardo Molina era de las mejores. Harold Martina fue el primero que tocó el piano. En el programa Mil años de la música hicimos un concierto en el Teatro Metropolitano. Yo quería que se interpretara algo del romanticismo colombiano. Él tocó obras románticas de compositores colombianos. Cuando se habla del período romántico todo el mundo piensa en Europa, en Schumann, en Liszt, en Chopin. Pero el romanticismo, tarde o temprano llegaría a cualquier

¿Cómo fue la compra del piano? La compra del piano fue toda una hazaña. En 1996 o 1997, más o menos, yo tenía la idea de traer un pianista ruso que vivía en los Estados Unidos. En una reunión con la Vicerrectora Olga Mestre expuse la idea, y le pedí dos millones de pesos para traer al pianista. Ella me respondió: “Para qué voy a gastar dos millones de pesos en un concierto, mejor reunimos la plata para comprar un piano”. Yo la apoyé, y recuerdo que con Jorge Marín, en la Galería de pianos Marín Vieco, miramos algunos pianos y compramos el que hoy tenemos en el Auditorio Gerardo Molina. Luego de comprar el piano compramos un forro acolchado, y pusimos un aviso: “No poner nada encima del piano”… Pero siguen poniendo de todo ahí. También recuerdo que me llamaron a mostrarme la disposición de las sillas del Auditorio Gerardo Molina. Había sólo una entrada, que iba por la mitad del auditorio. Les dije que el mejor sonido está en la mitad, y que con esa disposición de sillas se iba a perder.

lugar. En Colombia lo podemos encontrar a finales del siglo XIX y principios del XX.

¿Usted es matemática, también estudió música? Yo estudié diez años música. Desde la guardería, antes de entrar al colegio, ya estaba en clases de música. Mi padre me inculcó el amor por ella. Cuando llegué a Colombia lo primero que le pedí a mi esposo fue que me consiguiera un piano para ensayar y él me presentó a un amigo que tenía un piano donde yo iba a tocar. Allá conocí a Gonzalo Ospina, el violinista que tocó varias veces en el programa Mil años de la música, ahora son sus alumnos los que están tocando. Cuéntame +/ Octubre 2013


Desde el principio intenté rescatar la música de compositores colombianos, porque una de las cosas que me impresionó cuando llegué a Colombia era ver que sólo se tocaba música europea (música sinfónica), pero nada de acá. Pensé entonces que en los conciertos también deberían tocarse obras colombianas. Conocí entonces al pianista Guillermo Rendón, quien comenzó pasándome algunas partituras que tenía. Luego me dijo que Luis Carlos Rodríguez era el que más sabía de compositores colombianos, y quien más música tenía. A él lo conocí en 1995. Luis Carlos es médico, y miembro del Grupo INTERDÍS. Con él empezamos a tocar música colombiana, al comienzo del programa Mil años de la música. Cada vez conseguíamos más gente que quisiera tocar esas partituras. Yo también toqué; creo que participé en más de treinta conciertos, pero cuando vi que había muchos otros que podían tocar, dejé de hacerlo para que tocaran los grandes maestros. ¿Cuál es el legado que le deja a la Universidad? Creo que el mayor legado que le he dejado a la Universidad Nacional de Colombia ha sido todos los logros del Grupo INTERDÍS y el Programa Mil años de la Música en el que ha sonado mucha música de compositores colombianos. Hemos tocado obras de más de cincuenta compositores colombianos, y tenemos más de doscientas cincuenta obras grabadas. Nadie en Colombia o en el mundo tiene lo que tenemos nosotros: los archivos audiovisuales que tenemos son un patrimonio invaluable, y ojalá yo tuviera otros cincuenta o cien años de vida para poder hacer circular toda esta obra. El problema es que estamos solos Hernán Restrepo y yo trabajando en esto, además de las clases que debo dictar cada semestre y de la papelería que hay que hacer para cualquier trámite en la Universidad. Tenemos la intención de recuperar y grabar (crear el patrimonio) la obra de veintiún compositores y músicos.

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Aunque hemos tocado obras de más de 50 compositores, tampoco es nuestro objetivo hacer 50 documentales. Ya llevamos siete y queremos hacer por lo menos cinco o seis más, porque ya están empezados y hay que terminarlos. Hemos entrevistado a 205 personas en todas partes del mundo. Hemos grabado en 47 ciudades de 17 países, y tenemos más de 650 obras de material audiovisual de valor patrimonial. El Grupo INTERDÍS trata de ser autónomo en la realización y gestión. Tenemos nuestros propios equipos, que nosotros operamos, siendo independientes de un centro de producción al momento de realizar entrevistas y cosas por el estilo. Si nosotros conseguimos los recursos y queremos salir a hacer grabaciones, nosotros hacemos rápidamente la parte burocrática y nos vamos. El problema es que nos toca conseguir la plata. Entonces tenemos que conseguir la plata para pagarle al equipo humano (a un investigador y a un asistente), para pagar las salidas de campo, las grabaciones, el festival, que a propósito nos obliga a conseguir por lo menos 150 millones para poder realizarlo. Hemos rescatado más de 15 obras que se consideraban perdidas o de las cuales no se tenía conocimiento. Por ejemplo, descubrimos que el organista Rodrigo Valencia también era compositor y sus partituras están en Florencia, Italia. Su hija y su esposa ni siquiera sabían que él componía porque él no los dejaba entrar a su “cueva”. Él murió en el 2009, después de vivir casi 45 años en Florencia, aunque vino a morir en Cali. Cuando nosotros entramos a su casa encontramos obras dedicadas a Ximena, su hija, y ella no lo sabía. Tiene obras para coro, obras vocales con piano, vocales con arpa; la idea es hacerlas sonar algún día.


También rescatamos el cuarteto de Pedro Pablo Santamaría, un compositor nacido en Envigado, alumno de Gonzalo Vidal, que yo creo que murió en 1960. Recuperamos el cuarteto a partir de un recorte de periódico con una nota de Rafael Vega. Los que lo tocaron ya no estaban. Solamente estaban sus hijos, que conservaban las cajas y baúles de partituras. Este cuarteto ya fue tocado dos veces en algunos festivales. Hubo un momento en que teníamos cinco movimientos, todos salvo una partichela del chelo. Después se encontró la partitura donde están todos los instrumentos, y con esto pudimos recuperar el cuarteto, que luego se transcribió y se interpretó. Sabemos que él lo empezó a componer más o menos en 1917 porque en la partitura original hay notas escritas de puño y letra de Gonzalo Vidal dando recomendaciones (ambos compositores fueron autodidactas). Es un cuarteto muy romántico y muy bonito. Hablando de obras de las cuales no se conocían, o que se sabía que alguna vez fueron ejecutadas, pero de las cuales no se conocía partitura alguna, están las de Adolfo Mejía. Nosotros vimos programas, y decía “Bachianas para orquesta” o sea un tributo a Johann Sebastian Bach, nombre que Villalobos, compositor brasileño, utilizó para muchas obras. Adolfo Mejía también compuso una Bachiana para orquesta de cuerdas. Cuando estuvimos en la Universidad de Indiana, en Bloomington, Estados Unidos, en el 2008, fuimos a trabajar en el archivo de Guillermo Espinosa Grau. Nos mostraron todas estas cosas y pasamos hoja por hoja, foto por foto todo lo que estaba en ese archivo: ahí encontramos las Bachianas, era el original y único que existía. Adolfo Mejía se lo había dedicado a Guillermo Espinosa. La obra se tocó una sola vez, y la dirigió Guillermo Espinosa Grau. Luego de traerla fotocopiada, se tocó aquí con un quinteto y ahora queremos hacerlo con una orquesta, tal y como él lo escribió, pero esa ya es otra hazaña. Allá también encontramos obras originales de Guillermo Uribe Holguín (un descubrimiento muy interesante). Me siento muy orgullosa por dejar este legado a la Universidad, pero el problema está en el relevo generacional.

No tenemos a quien dejarle toda esta colección audiovisual, que no se puede considerar archivo todavía, porque aunque hicimos el catálogo, cualificamos y digitalizamos 100 horas, faltan otras 550. Producimos más rápido de lo que procesamos y no tenemos el tiempo suficiente para realizar las dos cosas. Tenemos mucho material que puede servirle a los historiadores, musicólogos, musicógrafos, músicos. Cuando los músicos fallecen sus familias donan o venden su colección musical; la mayoría las entrega a la Universidad EAFIT, porque tienen conservatorio y destinan recursos para que funcione. Pero acá es más difícil. Hemos llevado propuestas a todos los decanos de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas en el sentido de que aprovechen lo que tenemos en archivos audiovisuales y textuales para la investigación sobre la historia de la música en Colombia. Además, Luis Carlos Rodríguez puede dirigir tesis de posgrado o pregrado, pero no les interesa. Para poder dirigir esto debe haber un profesor que sea tutor, nosotros no podemos ser tutores pero podemos facilitar toda la colección. Esto es lo que nos tiene un poco tristes, pero de todas formas estamos muy agradecidos con la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín, porque nos acogió, a veces contra viento y marea, nosotros agradecemos el apoyo de las directivas de esta Facultad. Mi sueño, que es compartido por Hernán Humberto Restrepo y Luis Carlos Rodríguez, es que todo este material que tenemos (más de 250 obras), así mismo, los documentales, estén en todas las bibliotecas y colegios de Colombia, para que las utilicen en clases de historia, de música, urbanismo, estética, etc., ya que el común denominador de los compositores es el anonimato.

“Estamos muy agradecidos con la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, porque nos acogió”

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El primer volumen de las Historias musicales de Colombia que hemos publicado contiene 13 obras musicales que se encuentran en los cinco aeropuertos más importantes del país. Por ejemplo, estuve hace poco en el aeropuerto de Bogotá y en esos televisores grandes vi que estaban pasando una canción conocida: era “Oye”, de Adolfo Mejía. En el aeropuerto José María Córdoba las hemos visto varias veces; en el aeropuerto Olaya Herrera también. Cada historia musical son tres historias en una: la música, la parte visual y una pequeña historia textual que cuenta cómo fue escrita la obra o una anécdota del compositor. Lo que muestran en los documentales es un fragmento de cada obra, ya que no se puede mostrar toda. A veces me encuentro en la ciudad, en un supermercado con una persona y me dicen: “¡Profe!, ¿Cómo está?, yo fui su alumno hace mucho tiempo, ¿todavía sigue con los conciertos?” Entonces se da uno cuenta de que a algunos les quedaron en la memoria algunos conciertos que hemos hecho en el programa “Mil años de la música”.

Mi deseo es que el legado del Grupo INTERDÍS quede en buenas manos, no sé qué tan factible sea esto porque cuando ya no estemos acá, algunas cosas se pueden ir para la biblioteca, otras las botan, los equipos obsoletos los entregan, y ¡listo! Espero que lo que hemos hecho algún día sirva de algo. Lo que hago me encanta y lo disfruto. También me encanta dar clases de matemáticas.

www.interdis.unalmed.edu.co

GRUPO DE INVESTIGACIÓN AUDIOVISUAL INTERDÍS Es un grupo de investigación interdisciplinario, pertenece a la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín. Está conformado por los investigadores: Galina Likosova, Hernán Humberto Restrepo Botero y Luis Carlos Rodríguez Álvarez. Fue creado en el 2000. Su misión es recuperar, preservar, crear y difundir el patrimonio musical colombiano.

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Galina Likosova

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Oficina de Comunicaciones Bloque 21 Oficina 210 Correo: comunicafc_med@unal.edu.co TelĂŠfono: (094) 430 9000 Ext. 4 6377

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