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Cuéntame + / Noviembre 2012

Entrevista: María Eugenia Aristizábal G.

Nombre: JUAN JOSÉ Apellidos: CARDONA RAVE Profesión: Licenciado en matemáticas. Ingresó como docente a la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín en 1972 y se retiró en el 2000. Cuéntenos un poco de su niñez La niñez fue dura, marcada por una enfermedad de la cual no se sabía mucho: asma alérgica, me la curaron cuando tenía 40 años, y por una pobreza en la que hubo hambre pero siempre hubo amor. Por esos dos factores no me matricularon en la escuela durante dos años (no consecutivos), y sin embargo, descollé en algunas actividades académicas. Por ejemplo: en quinto de primaria me otorgaron un diploma especial con el cual tenía paso directo al Liceo de la Universidad de Antioquia o al Liceo Nacional Marco Fidel Suárez. Me presenté al Marco Fidel Suárez y allí hice el bachillerato en seis años. Terminé en 1965. Habilité dos materias: Francés, en 5° (hoy se dice en 10°) y Filosofía, en 6°. Esto me sirvió mucho porque entendí que si no estudiaba bien…perdía. Y entonces no me frustré, ni lloré, ni me suicidé cuando en el pregrado perdí materias. Ya sabía que había que dar más, mucho más. En 4° de bachillerato me tocó caminar tres meses, desde mi casa, en Manrique Oriental, hasta el colegio, cerca al estadio y volver a la casa a pie, porque en mi casa no había dinero, y a veces tampoco había comida. Al medio día

almorzaba en el colegio, que nos daba el almuerzo a los más pobres. Allí almorcé durante esos seis años. Las caminadas no escasearon. En tercer semestre caminé desde Belén hasta la ciudad universitaria de la U. de A. Pero solo fue un mes, o mes y medio (y el almuerzo eran dos tintos que me los regalaban sendos compañeros). Ya sabía que tenía que estudiar cualquiera que fuera el sacrificio. Lo supe cuando en 2° semestre estalló “un paro” que no terminaba. Me fui a trabajar como vendedor de mostrador en el Éxito. Esa fue una escuela muy importante: aprendí a manejar al cliente, a tenerle paciencia y a colaborarle en la toma de decisiones, entre otras cosas. Y en cuatro meses no pude ahorrar nada porque el salario era muy malo. Conclusión: hay que estudiar, y por eso reingresé a “la U” con tanta gana. En 1969 me vinculé al CEFA como profesor de cátedra. Dictaba seminario de matemáticas, en 6° bachillerato, y resulté como bueno, porque después me dieron “tiempo completo”, y eso sí


era como sacarla del parque: que le dieran a un hombre tiempo completo en el CEFA fue porque sí di lo que esperaban. Claro que dictaba 26 horas de clase, ya que no era profesor de grupo.

¿De qué se siente más orgullo hoy? Aquí le voy a hacer un homenaje a mi padre. Una madrugada entró mi papá a mi pieza con dos tazas de café, en el mismo instante en que

¿Qué mecanismo existía para ingresar a trabajar en la UN en 1972? El secretario de mi Facultad en la Universidad de Antioquia me llamó un día y me dijo: “En la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional

de

Colombia,

Sede

Medellín,

necesitan un profesor que sepa maestriar, como usted lleva tanto rato dando clase en el CEFA, ya aprendió, entonces tenga esta tarjeta y vaya a Arquitectura y dígale al Doctor Villa que usted es mi candidato”. Y también me dijo: “No se vaya así, vaya a la casa y se pone corbata”. Como estaba tan tarde, fui al otro día de corbata, saludé al Doctor Villa y le entregué la tarjeta, y él me dijo: “Doctor, qué pena con usted, (yo miraba hacia todos lados, y por ninguno veía doctores) anoche el Consejo Directivo aprobó

yo tiraba furioso a la cama unos “quices” de mis

alumnas,

que

mostraban

que

no

estudiaban ni lo más mínimo. No había nada que calificar. Entonces mi papá me entrega el café, se sentó en mi cama y me dijo: “Aproveche ahora que está joven para que cambie de carrera (yo estaba en la facultad de

educación,

en

la

licenciatura

en

Matemáticas y Física, es decir: yo había escogido ser maestro) porque ahí donde está solo le quedan dos caminos: o hace las cosas mal y no enseña nada y entonces es un irresponsable, o haces las cosas bien, y entonces es un HP. Cambie de carrera mijo”. Ese consejo me lo daba un carpintero que había estudiado hasta segundo de primaria. ¡Ah, qué verraquera! Y yo decidí hacer las cosas bien. Todavía hoy lo intento.

hacer una convocatoria, entonces hay que presentar un examen, ¿usted quiere presentar el examen?” Yo respondí que sí, por pena con el que me recomendó. Me anotaron en la lista, presenté el examen, y uno o dos días después

me

entrevistaron.

Quedé

de

segundo; de primero quedó un arquitecto que esperaba que la vinculación fuera de tiempo completo, pero como no aceptó, y yo seguía en la lista, me llamaron. Así me vinculé, de cátedra con cuatro horas semanales. (Este fue un ejemplo donde se mostró que “la rosca” no sirve pa’naa’ –tan recomendado que estaba, y me tocó examen y entrevista-) A los dos años Matemáticas, que en esa época era de “Matemáticas y Física”. Como ya estaba vinculado, me hicieron una entrevista, y pasé a ser profesor de tiempo completo, creo que fue por la escases de personas para maestriar.

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pedí traslado para el Departamento de


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Saber “una cosa” no nos vuelve profesores de la misma. Casi todos los profesores universitarios saben manejar carro, y muy pocos se atreverían a dictar clases de conducción.

Éramos varios los profesores del CEFA que aún estábamos estudiando en la U. de A.: Orfa Cifuentes, Carlos Fernández, Humberto Melo, Raúl Álvarez, (quien me puso el apodo “Juan Malo”) Socorro Acosta y otra cantidad de excelentes profesores. No sé la fecha exacta, pudo ser la promoción de 1971, en la que se presentaron 41 aspirantes a medicina a la U. de A., pasaron 40 y se graduaron 32 (8 abandonaron por diferentes razones, pero no salieron por problemas académicos). Eso me lo contaron dos “doctoras” de la promoción, una es psiquiatra y la otra es pediatra. Esa era la calidad de bachilleres que nosotros sacábamos. Claro que no existía la promoción automática. Eso lo confirma un hecho que aún hoy se sigue repitiendo: Los exalumnos me saludan con alegría y me dan unos abrazos de cariño y agradecimiento, que nunca pensé que yo los había cultivado.

¿Cuál ha sido su mayor logro en la UN? En 1972 llegué a la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, sin graduarme en la de Antioquia, y empecé a aprender las materias que ya había ganado pero que no había enseñado. Y conté con la ayuda de muchos colegas: Mauro Cardona, Augusto Maestre, Arturo Jessie, Carlos Rivillas, Rosa Franco, Julio Uribe, Bernardo Uribe, Hugo Aristizábal, José Acero, los hermanos Asmar, Julio Morales, Fernando Puerta, Celia Villegas, María Arboleda, Beatriz Correa, Luz Elena Muños, Chucho Jiménez, Luis Enrique del Valle, Héctor

Hernández, Gilberto Parra, Gonzalo Jiménez, Débora Tejada, Jorge Cossio, Jorge Orlando Vélez, Roberto Restrepo, Jairo López. Y muchos otros profesores que también intervinieron en “mi educación”. Además de Cecilia Vallejo y Álvaro Uribe. Como participante del “Seminario de Docencia Universitaria” de la Facultad de Ciencias, cualquier día se publicó una revista (que se murió en el primer ejemplar) jalonada y editada por Gloria… la bibliotecóloga, que participaba en el seminario. En dicha revista apareció un artículo mío: “Mejoramiento del Aprendizaje” que fue extractado de la revista por Bienestar Universitario, y que se entregaba a todos los “primíparos” (en la charla de bienvenida a la Universidad) cada semestre, calculo que durante nueve o diez semestres. Era algo así como la primera brújula para no perderse en la Universidad. Cualquier día llegó a mi oficina Marta Moreno, ingeniera egresada de la U. N. y profesora de EAFIT en ese momento, y me dice: “Juan: “ponete” a escribir. Ese documento de “Mejoramiento del Aprendizaje” ¡sirve! Imagínate que me llegó un ejemplar, lo leí y me pareció muy bueno, tanto que lo dejé en la fotocopiadora de EAFIT y le dije a mis estudiantes que le sacaran copia y, no que lo leyeran, ¡que lo estudiaran! Y al final del semestre tenía una alumna que en cálculo I había sacado estas notas en tres parciales: 1,00; 4.5, y 4.5 -si mal no recuerdo- . Entonces Marta habla con su alumna y le pregunta: ¿qué errores de diseño o de contenido tenía el primer parcial?; porque, estadísticamente es imposible que un estudiante saque 1.00 en el primer parcial -lo que indica que le hacen falta los contenidos básicos para soportar lo que siguey gane los otros dos con tan buenas notas. La respuesta de la alumna fue: Yo no sé si el primer parcial tenía errores; pero yo puse en práctica el documento que Ud. nos trajo, y con eso me fue bien en todas las materias. Por eso Juan, ponete a escribir.


Y hay otra anécdota que también me enriqueció: un día me llegó una carta de la decana académica, Silvia Escudero, en la cual me “obligaba” a dictar una conferencia a los primíparos sobre “cómo estudiar en la Universidad (el semestre estaba empezando). Yo me fui para la decanatura a “peliar” con Silvia, con el argumento de que yo tenía que ir los sábados a dictar un curso de extensión -ya volveré sobre esto-, que era mucho trabajo para mi, y que además en el Departamento de Matemáticas ya había muchos doctores que sabían más que yo, y que podían dictar esa conferencia. Y el decano, Luis Alfonso Vélez, que estaba detrás de mi, me dice: “Juan, es que esa conferencia no es para un doctor, es para un maestro. Silvia, venga terminemos el informe tal…” Y me dejaron solo, ahí parado, sin con quien pelear. Ah!, y en conclusión: dicté la charla. Y me fue muy bien, porque cuando se acabó, dos o tres personas (de unas 150) se acercaron para darme la mano y las gracias (eso nunca me ocurrió en clase). Días después me llegaron dos invitaciones para que repitiera la charla en dos partes distintas, fuera de la U. El miedo me hizo decir que estaba muy ocupado. Hoy pienso que siempre se pudo dar más.

¿Qué aportes ha recibido de la UN?

Después le decíamos las “cosas buenas que había cometido”. Aquí los profesores y alumnos colaboraban poco, no se les ocurría nada, pero yo creo que siempre fue falta de experiencia, no falta de caridad por el compañero que se había expuesto a la crítica, porque muchos profesores usamos una frase, un comentario, un chiste. Por ejemplo: “Y como nadie nos hace notar que fue bueno, o muy bueno, porque captó la atención de todos hasta el final de la clase, entonces no lo volvemos a usar como recurso pedagógico”. Y eso si lo queríamos resaltar, queríamos volvernos conscientes de todos nuestros recursos para ganarnos la atención del estudiante. La clase siguiente la empezaba el profesor que se había recibido la crítica: aceptara o no las críticas que había recibido, ahora éramos los demás los que nos quedábamos callados. Casi siempre terminaba dando las gracias a todos. Y se aprendió que quien se exponía, era el que más ganaba. Después yo dictaba una clase de “matemáticas operativas” donde, además del contenido, subrayaba el orden y el nuevo orden (porque no seguíamos a Baldor, ni a Luis H. Díaz. ni otro libro de los conocidos), ya que era más coherente y rápido el orden que yo proponía (no es del caso abrir aquí ese cuaderno). Ese curso fue de gran calidad, a juzgar por los asistentes y por el número de ellos. Entre algunas cosas que vale la pena mencionar: un profesor venía desde Tarazá y asistió durante dos años; y tres profesoras venían desde Fredonia y asistieron un año. Y una alumna, que era monja, no era matemática, era psicóloga, y

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El curso de los sábados era de Extensión, lo llamamos “Metodología de la Enseñanza de las Matemáticas”; yo era el profesor. Y el método “lo importé” de un curso que yo recibí en la U. de A. en el programa de licenciatura. Se dictó en la década de 1990: de 1990 al 2000. En la primera media hora “un voluntario” (casi siempre era voluntario) nos dictaba la mejor clase que había dado esa semana (álgebra, aritmética, trigonometría, cálculo, geometría, estadística…). Acto seguido se hacía una crítica en la que podían participar todos, y yo moderaba. Se hablaba del orden, de la claridad, de la coherencia, de la facilitación que se le hacía al estudiante “real” para tomar nota, preguntar, y provocar preguntas. SE hablaba del manejo del tablero, o de cualquier

cosa que se pudiera mejorar. Y el profesor que se había expuesto no podía hablar ni explicar otra vez, ni alegar, ni justificar, solo tomaba nota de las críticas.


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Darle

la

posibilidad

de

elegir

estudiante de ciencias duras

al

tomar

algunos cursos de áreas que hagan parte de las ciencias humanas, de arte y

de

deporte

que

ayude

a

su

crecimiento personal.

cuando me lo contó, me dio las gracias porque había “aprendido a enseñar”, según sus propias palabras. Todos estos eventos me enriquecieron. Por eso la Universidad me permitió crecer y hacer las cosas con más amor cada vez. Recibí dos distinciones, la más importante fue el premio “A la excelencia docente”, que como ya se sabe se obtiene por votación de los alumnos que van a egresar titulados. Y no era fácil estar entre los tres mejores en un Departamento de sesenta profesores de planta y veinte y pico de cátedra. Esa alegría me acompaña hoy todavía. Tampoco recuerdo en qué años fui representante profesoral al Consejo Directivo de la Caja de Previsión Social. Las reuniones de rutina eran duras, pero soportables. Lo que era particularmente difícil consistía en escuchar las quejas de los profesores (a veces no eran profesores, pero como sabía escuchar, mi oficina siempre tenía a alguien con un problema) por “el mal servicio” de la Caja. Ahí aprendí a escuchar, a ser tolerante y desarrollé un buen grado de paciencia que antes no tenía. Fue otra ganancia. Y quedó una secuela: ya no era representante a la Caja, y la gente seguía yendo a contar problemas y a pedir consejos. Me quitaban tiempo pero la gente salía más livianita, solo porque yo escuchaba, eso era lo que decían ellos.

Hay otra anécdota que me parece bonita: ya llevaba cien años en la Universidad, y ocurría (y ocurre) que me daba susto dictar la primera clase cada semestre, aunque desaparezca cinco segundos después de haber empezado a hablar. Un día de esos llegué al cafetín de Matemáticas y Física, y pregunté: ¿a ustedes todavía les da miedo dictar la primera clase? Las damas presentes me miraron como diciendo: ahí viene este con sus infantilismos. Pero nadie habló. Y entonces volví a preguntar: ¿A ustedes de verdad no les da miedo dictar la primera clase? Entonces Lisandro Urrego, profesor de física, me dice: “Vea Juan, yo dicté clase en primaria, en bachillerato y aquí en la U llevo más de 25 años y todavía me da miedo. Pero alégrese el día que no le de miedo, porque el día que no le de miedo es porque su trabajo ya no le interesa, y está haciendo las cosas de cualquier manera”. Y ahí sí todos confesaron sus miedos, desde los que les daba insomnio hasta pesadillas y diarrea. Y me dice Argemiro Echeverry: “Váyase pa’l 46 (en el bloque 46 teníamos la mayoría de los cursos de matemáticas) faltando 10 minutos pa’ su clase, se queda abajo, y verá que todos llegamos, orinamos del susto (había orinales en el primer piso) y después subimos. Y yo me alegré, yo era normal. Pero ese miedo me acompañó siempre. Tendría otro montón de anécdotas que me llenan de alegría porque casi todas confluyen a lo mismo: “Juan, hiciste las cosas bien, era como vos decías”. Pero también se generalizó la contraparte. Los alumnos que siempre hablaron mal. Por ejemplo, cualquier día un alumno aplaza un examen por cualquier razón. Cuando va a la oficina a contarme “su problema” yo le oigo la mitad y le digo: listo. Queda pa’l Jueves a las 4 pm aquí en la oficina. El estudiante aparece a la 4:20 y le pregunto: estudiaste? Pues profe, más o menos. Bueno entonces queda pa’l Martes a la 10:00 am, puede? Si profe, gracias. Si llega a las 10 y un minuto tiene


cero. Mi muchacho llega el martes a tiempo, le entrego el libro de Protter y le digo: los problemas 1, 7 y 15 son iguales a ejemplos resueltos en ese capítulo. Escoja tres problemas diferentes a esos y tiene dos horas. Y mi muchacho no hace nada, nada, ¡nada! Y yo le pongo cero. Cuando bajo a la cafetería a tomar tinto, este fulano le está diciendo a sus amigos (además para que yo oiga) “es que ese hijueputa es muy cascarero” Ah? y de esa “familia”, desafortunadamente, también hay más anécdotas.

¿De dónde salió su apodo de Juan Malo? Antes de ese tuve otro apodo que no perduró: por allá en 1963, yo era estudiante de cuarto de bachillerato, y en un salón de clases de anatomía había un esqueleto humano completo, y en algún lugar del esqueleto encontramos un papelito que decía “Juvenal”. Como yo era tan flaco, los compañeros empezaron a llamarme “Juvenal”. Yo sabía que si me emberracaba me quedaba con ese apodo toda la vida. Entonces, cuando empezaron a llamarme “Juvenal”, yo les contestaba: “Quiubo Juvenal”. Otras veces me les adelantaba y los saludaba primero: “Hola juvenal “. Cuando estábamos en sexto de bachillerato, el único que sabía quien era

mamá les había pegado esos parches. Cuando Raúl Álvarez salió de su clase y atravesando la cancha, me señaló con el dedo y me dijo: “estás igualito a Juan malo” (Juan Malo era un pistolero de revista, tipo El Llanero Solitario). Entonces las niñas oyeron eso, y como necesitaban un apodo para ese profesorcito que no les facilitaba las cosas y las hacía estudiar, se aprovecharon de ese apodo. El apodo fue subterráneo, nunca lo pude controlar. Al año siguiente me fui para el Liceo Nacional Marco Fidel Suárez. Allí alguien me pregunto: ¿a vos por qué te dicen Juan malo? Yo me sorprendí y le dije: ¿en dónde? Y me respondieron: en el CEFA. Y pregunté: ¿de dónde sacaste eso?, y me respondió: es que fulanita nos dijo: “ahí les exportamos a Juan malo, ahora les va tocar estudiar como un hijueputa”.

Después me

contaron el día, el lugar y la hora en que me bautizaron Juan malo; el padrino fue Raúl Álvarez.

Al año siguiente me fui para el

Politécnico, y allí estaban mis exalumnos del Liceo Nacional Marco Fidel Suárez y del CEFA. Luego me vine a trabajar a la Universidad Nacional de Colombia y estaban los exalumnos del CEFA, del Marco Fidel y del Politécnico, y ya todos se sabían el apodo.

Juvenal, era yo. Más o menos en 1971, sin terminar la cerrera, estaba como profesor del CEFA, y en un recreo de la jornada de la tarde, estando en una cancha de baloncesto conversando con cinco o seis alumnas, ellas se quejaban porque yo no permitía pasteliar, ni ponía que les estaba facilitando el paso a la universidad. Esa tarde yo tenía unos bluyines con parches en las rodillas y en

los

bolcillos

traseros,

porque

estaban rotos, éramos muy pobres, mi

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tareitas, ni trabajitos. Les explicaba


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Un docente debe elegir entre dos caminos: El primero es hacer las cosas mal y no enseñar nada y eso lo convierte en un irresponsable. El segundo es hacer las cosas bien, y exigirle al estudiante, esto muchas veces lo convierte es un HP. Mi desición es hacer las cosas bien, todavía hoy lo intento.

Si pudiera, ¿qué otro aporte le dejaría a la UN? Si tuviera el poder para hacer cambios (a favor de casi todos) decretaría: 1°) Todos los profesores tiene que hacer un curso de metodología de la enseñanza, uno para empezar y otro a los tres años. Y cada siete (o sea, cuatro años después) un curso de metodología de la enseñanza de las materias de su área. (Quiero decir: ahí no se acepta un curso sobre cómo enseñar a nadar, si el estudiante es de ortopedia). Hay que convencerlos de que saber “una cosa” no nos vuelve profesores de la misma. Casi todos los profesores universitarios saben manejar carro, y muy pocos se atreverían a dictar clases de conducción. 2°) Todos los profesores deberán hacer un curso de evaluación. Y no solo de las diferentes formas de hacer un tema de examen, sino también de cómo controlar el tiempo del examen, de cómo evitar que una pregunta dé pistas para otra. Hay que aprender a darle a la evaluación el papel protagónico que debe tener en el aprendizaje, de tal manera que el examen mida los logros que van a servir para soportar las materias que siguen. Hay que hacerlo de tal manera que se vuelva vergonzoso “pasteliar”, y que al profesor le importe y lo evite. Que no se califique con trabajos que lo hacen dos (a veces ninguno, pues pagan por el trabajo) y lo firman cuatro. (Llegué a saberlo en la cafetería: que los jugadores de cartas chantajeaban a sus compañeros para

que los metieran en el trabajo, y peor: el profesor sabía). Hay que lograr que la evaluación enseñe ética, responsabilidad, respeto por el saber y por la profesión. 3°) Haría obligatorios dos semestres de derecho: civil y laboral, civil y comercial, o cualquier combinación que permita al ingeniero moverse en el medio laboral con el mínimo de conocimientos del código que tiene que respetar. 4°) Haría opcional (pero el estudiante de ingeniería tendría que aprobar dos de ellos) cursos de apreciación musical, de historia del arte, de historia de la ciencia, de español, de cine. Y otro(s) cualquiera que facilite su crecimiento personal. Un deporte de grupo en el que aprenda un reglamento y su respeto, disciplina, que nada se deja a la suerte, y que ese buen estado físico y mental redunde en mejores resultados académicos y mejores egresados como personas y como profesionales. 5°) Restablecería el curso de matemáticas operativas (con muy buenos profesores), que era el curso que servía de pista de aterrizaje para todos los bachilleres (que venían de promoción automática) para llegar a una facultad de ingeniería. 6°) Y, finalmente, volvería a los cursos de 35 ó 40 estudiantes, donde se puede dar clase y asesoría real. Eliminaría los cursos masivos, y revisaría, con los profesores, la diferencia entre “una clase” y “una conferencia”.


Cuéntame + / Juan José Cardona