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ADVERTENCIA

La presente ponencia no es el resultado de una crítica minuciosa o de un estudio pormenorizado de la filosofía schopenhariana, es más bien una reflexión guiada por un interés personal sobre una parte constitutiva de la vida: la muerte, obviamente siguiendo la línea filosófica desarrollada por el autor en cuestión. Mi pretensión, más que dilucidar exhaustivamente conceptos schopenharianos, es despertar en la audiencia un vacío, un retorcijón, con el fin de dirigir la mirada hacia la reflexión por la lucha individual que nos afecta diariamente; además, develar un poco los puntos predominantes en el conflicto que implica la existencia de cada uno de nosotros en un mundo al que muchas veces nos vemos enfrentados, del cual nos escondemos porque nos aterroriza y en el que intentamos establecer vínculos sociales y afectivos cuando descubrimos que nunca hemos estado dispuestos a tal cosa.

EL MIEDO DE ABURRIRSE MORTALMENTE Ángela Acero Filosofía Pontificia Universidad Javeriana Boghotá, D.C.

Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, después morir... Y así sucesivamente por los siglos de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas.


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Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena.

1. La vida cotidiana

El reloj ha marcado las 5 a.m., me levanto, me ducho, me visto, desayuno un habitual jugo de naranja y salgo a la avenida para intentar subir en un bus antes de pensar que llegaré tarde a la universidad. Llego a mi destino, luego de saludar a mis compañeros creo que estoy dispuesta a emprender la jornada de estudio, ¿el resto? No importa; el hecho es que sigo esa misma rutina de lunes a viernes sin que en estos días piense que estoy repitiendo lo mismo cada semana, simplemente lo hago, adopto la vida cotidiana que debo seguir para instaurar un orden en mi vida y hacer las cosas siguiendo un conducto regular. Todas las actividades de la semana son bastante familiares, es normal cada cosa que hago –al menos para mí- desde que me levanto hasta que me acuesto. Así, han transcurrido los años, así transcurrirán, es mi forma de vivir, el reloj seguirá marcando la hora en la que debo despertar, me levantaré, me ducharé, me vestiré, desayunaré y saldré a la avenida para enfrentarme con el mundo y llevar a cabo la batalla que implica vivir.

Ahora me pregunto: ¿qué de necesario tiene la rutina? ¿acaso el ir y venir de la vida cotidiana acepta algún tipo de variación sin que esto afecte radicalmente mi forma de vivir? La respuesta debe estar sumergida en el hecho de pensar un suceso inesperado, algo que altere un día de aquellos en los que pienso que nada distinto o interesante puede pasar; no estoy hablando de una guerra que estalle en un minuto, o de que una mañana las calles estén llenas de naves extraterrestres, o que un día me levante y sea la única criatura sobre el planeta, ¡NO! Estoy hablando de la irrupción simple de un suceso simple, algo que parece insignificante pero que cambia por completo un día de mi vida, algo tan pequeño pero que puede generar cambios tan grandes, me explico siguiendo el ejemplo: ocurre que el despertador no suena a las 5 a.m. en punto, por tanto, me levanto tarde, no hay agua, se acabaron las naranjas, cualquier cosa hace que me retrase, no paran los buses y miro


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angustiada el reloj, llegaré tarde a la universidad, no podré cumplir mi jornada de estudio pues estaré de mal genio todo el día. ¡Claro! Mi rutina se ha alterado por completo, y la cadena de consecuencias crece hasta el punto de pensar que no haré lo que debo hacer ese día, que todo me saldrá mal, que voy a discutir con todo el mundo y que de pronto me volveré loca.

Luego de que se disipa mi mal humor, empiezo a reprocharme la trivialidad de mis emociones, ¿cómo un cambio tan leve en el orden del día puede ocasionar tanto malgasto de energía? (¡desde el punto de vista personal!, no descarto que hay gente que pierde su trabajo, su familia o la oportunidad de su vida por un incidente, pero esto no es objeto de esta ponencia).

Pero este es el punto: siempre llegará el momento en el cual me ubicaré al margen de la rutina y ella será juzgada, criticada y combatida, en algún espacio del vivir, el hombre deseará no ser absorbido por la monotonía, por esa vida cotidiana que exaspera los ánimos de cualquiera, tal reflexión se debe a que el hombre se ha sentido vacío, aburrido, desinteresado, abandonado. Ahora la actitud no es la misma, ya no pasamos por la vida así sin más, esperando la muerte cruzados de brazos, ya no olvidamos que somos conscientes de nosotros mismos, sino que aprendemos a matar dos pájaros de un solo tiro: mientras estamos vivos reflexionamos sobre la vida misma, o más escuetamente: mientras estamos vivos, vivimos (en todo el sentido de la palabra). Bueno, tal vez es una concepción muy optimista para una ponencia que aborda el pensamiento de Schopenhauer, pero lo que pretendo con esta introducción es buscar posibles respuestas a preguntas como: ¿por qué el hombre se aburre? O más bien ¿por qué el hombre teme aburrirse?, todo esto enmarcado en una reflexión sobre la muerte y más que eso sobre la concepción schopenhariana de que “la vida, oscila como un péndulo, de derecha a izquierda, del dolor al hastío que son en realidad sus elementos constitutivos...”1

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Arthur Schopenhauer. El mundo como voluntad y representación. Ed. Porrúa, México 2000, Libro IV, §57, p. 244


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2. El hombre es un animal que desea: la necesidad de lo imprevisto Siguiendo con lo anterior, aceptamos que nos sentimos atraídos por la posibilidad de lo imprevisto y sin darnos cuenta, vivimos cada día con la necesidad de acontecimientos que varíen de una u otra forma nuestra cotidianidad; además, con el paso de los años, el apego a la vida se hace más fuerte, talvez porque el hecho de pensar en la muerte nos hace refugiarnos en la seguridad del presente, de la juventud o de la satisfacción de nuestros placeres; o talvez porque el deseo de afirmarnos como seres existentes, hace que nuestro reflejo en el espejo todas las mañanas sea lo más importante para que el resto del mundo exista.

El apego a la vida, entonces, nos conduce a aceptar lo cotidiano con la condición de que en cualquier momento un acontecimiento deseado o no, pueda cambiar nuestra forma de pasar los días, esa condición –aunque suene ilógico-, corresponde al instinto de conservación que poseemos: queremos ordenar el mundo, participar en ese orden y hacerlo eterno, queremos aprovechar el tiempo al máximo o al menos esta aserción no dista de la concepción de una vida saludable, queremos saberlo todo, vivirlo todo, probarlo todo, queremos afirmar nuestra existencia en una naturaleza que no admite errores, al menos no sin consecuencias. El hecho es que ¡DESEAMOS! He aquí el punto problemático: el hombre es un animal que desea, que quiere y que necesita; al respecto afirma Schopenhauer: “Querer y ambicionar, esta es la esencia, como si nos sintiéramos poseídos de una sed que nada puede apagar. Pero la base de todo querer es la falta de algo, la privación, el sufrimiento...”2

El ejemplo descrito al principio, donde algo nuevo evitaría el hastío de la rutina (aunque sea en principio contraproducente por la cantidad de emociones y encadenamientos que genera), expresa que el hombre necesita constante seguridad de aventura, de renovación, de misterio, de espacio. Éstos “botes salvavidas” que se han ubicado en lo que llaman ocio, tiempo libre o domingo evitan un primer nivel de aburrimiento: el hombre se cansa de hacer lo mismo, debe buscar opciones diferentes de actuar y de ejercitarse. Más adelante explicaré lo que yo he llamado un segundo nivel de aburrimiento: el hombre se cansa de no 2

Ibídem, §57.


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hacer nada. Mientras tanto, queda claro que siempre nos hace falta algo, necesitamos cosas, emociones, sentimientos que afirmen nuestro ser en el mundo (sin invocar a Heidegger), lo peor de todo es que nunca es suficiente, el hombre es un animal que desea, pero los deseos se apaciguan o se exasperan, ¡nunca se satisfacen! Y en esa búsqueda de satisfacción utópica está lo que podemos llamar muy “tropicalmente” el “picante” de la existencia, lo que le da sabor al sinsabor que implica vivir para un día morirse y ya, es por eso que aceptamos que si algún día estuviéramos satisfechos seríamos inconsecuentes con nuestra propia naturaleza o conformistas en un mundo que no admite tal posición.

Es natural, somos contingentes, somos carencia, todo nos hace falta, así creamos tener básicamente lo que necesitamos, por eso, lo que no tenemos lo queremos, sentimos que nos hace falta más para calmar las exigencias del cuerpo, antes que para confortar el espíritu. Necesitamos comer, es doloroso tener hambre, pero también es doloroso saber que nunca dejaremos de tener la necesidad de comer mientras vivamos:

El hombre es el ser que tiene más necesidades; no es en todas partes más que volición y necesidad concretas y puede decirse que es una concreción de mil necesidades y con todo esto se encuentra en el mundo abandonado de sí mismo, incierto de todo menos de su indigencia y de sus necesidades; de aquí que toda su vida la absorban los cuidados que reclama la conservación de su cuerpo (...)3

Deseamos y sufrimos, esa es nuestra vida, el placer conduce inefablemente al hastío, a la insatisfacción y a la frustración, ese es el círculo vicioso en el que nos vemos encerrados desde que nacimos.

Debo aclarar que históricamente el dolor se concibe como ausencia de bienestar, es decir como algo negativo; pues bien, para Schopenhauer, el dolor es positivo ya que no sentimos la ausencia de éste, mientras que el bienestar es negativo porque solo lo sentimos cuando carecemos de él, añoramos los momentos de alegría, de salud o de libertad cuando estamos tristes, enfermos o presos, mientras pase al contrario no estamos conscientes de eso, no nos percatamos de que crece nuestra sensibilidad para el dolor y eso no es reprochable. El dolor 3

Ibídem, §57, p. 245.


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pues, es el carácter positivo del peor error que es la existencia, esto se entenderá luego de explicar grosso modo la voluntad concebida por Schopenhauer de la siguiente forma: En principio, la voluntad en su forma más pura es considerada como un impulso ciego, inconsciente e irresistible; pero Schopenhauer distinguirá la voluntad entendida como esencia de todo lo que existe, de la voluntad individual de todo ser dotado de conocimiento. Según Thomas Mann en su libro Schopenhauer, Nietzsche, Freud:

La cosa en sí es la voluntad. La voluntad es el fondo primordial, último e irreductible del ser, la fuente de todos los fenómenos, el engendrador y productor de todo el mundo visible y de toda vida presente y actuante en cada uno de los fenómenos, pues es la voluntad de vivir. La voluntad es enteramente voluntad de vivir.4

Así pues, como la primera cuestión revela que la voluntad es lo “en sí” común de la realidad (recordemos que para Schopenhauer la voluntad es el noúmeno o la cosa en sí nombrada por Kant), no es objeto, todo es voluntad y tal voluntad llama a la vida. La segunda definición se refiere a la facultad volitiva de un individuo, al deseo puro; ahora bien, hablando del hombre, “todo acto verdadero de su voluntad es al mismo tiempo y necesariamente un movimiento de su cuerpo”5. La realización de la voluntad es el fenómeno: la naturaleza, así pues, el hombre es naturaleza misma:

(...) y por cierto en su más alto grado de conciencia, y la naturaleza no es más que la voluntad de vivir objetivada, el hombre que ha llegado a ver las cosas de este modo y se mantiene en este punto de vista, se consolará de su propia muerte y la de los suyos contemplando la vida inmortal de la naturaleza que es él mismo (...)”6.

El cuerpo es entendido aquí como el fenómeno de la voluntad, es el estatuto de objetividad, es la objetivación de lo “en sí” que se ha entendido, es así pues, siguiendo a Schopenhauer:

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Mann, Thomas, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Ed. Alianza, 1989, p. 35. Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Libro II, § 18, pp. 90-91. 6 Ibídem, Libro IV, § 54, p. 219. 5


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La voluntad no es sólo libre sino omnipotente; no sólo crea su propia conducta sino su propio mundo; y así como se determina en sus acciones y se configura su mundo, ambos son el conocimiento que la voluntad tiene de sí misma y no otra cosa y al hacerlo determina las otras dos cosas, pues fuera de ella no existe nada; y la conducta del hombre y el mundo mismo son voluntad; solo en este supuesto es verdaderamente autónoma.7

Por último, el mundo visible es la imagen, la objetividad de la voluntad, la voluntad llama a la vida: Y como lo que la voluntad quiere es siempre la vida, precisamente porque la vida no es otra cosa que la manifestación de la voluntad en forma representativa, decir voluntad de vivir es lo mismo que decir lisa y llanamente voluntad y solo por pleonasmo empleamos aquella frase (...)8

Es por tales cuestiones que la misión del hombre es conservar la naturaleza, la especie y preservar en sí mismo la eternidad de lo que le es visible, la misma naturaleza se encarga de empujarlo a la muerte cuando cumpla alguna parte de su función. El hombre desea, el hombre sufre, el hombre se aburre, somos esclavos de la voluntad de vivir.

Lo que hasta ahora no queda lo suficientemente claro es la esencia de la vida, porque el deseo y el aburrimiento son los extremos de la oscilación de la vida, supongo que hasta el final del presente texto, no tengamos mayores problemas. Hasta ahora, sabemos que en nuestra vida cotidiana, siempre queremos que suceda algo raro, vivir un momento diferente para evitar aburrirnos, para aprovechar el tiempo al máximo mediando entre lo que debemos hacer y lo que queremos hacer. Alguna vez escuché que en la vida cotidiana hay trabajo y tiempo libre y que nuestro quehacer como seres humanos oscila entre esas dos condiciones ¿acaso cumpliendo esos hitos seremos felices? Pues bien, con este interrogante doy paso al siguiente punto.

3. El aburrimiento, el dolor: ¡eso es la vida!

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Ibídem, Libro IV, § 53, p. 216. Ibídem, Libro IV, § 54, p. 218.


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El hombre es un animal que se aburre, por lo tanto sufre. Buscamos satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades, aquellas que, muchas veces, nos imponen el egoísmo y los deseos altruistas y buscamos también saciar todos y cada uno de nuestros deseos, lo malo es que nunca seremos felices, pues en la medida en que satisfacemos nuestros deseos, aparecen otros y los anhelos a su vez generan más vacíos hasta desembocar en el hastío de la propia existencia, deseamos tanto que hay un punto en el cual ya no sabemos qué desear y el desinterés por la vida y lo que la constituye, nos lleva a aburrirnos tanto que en algunos casos caemos en vicios y excesos, para entender esto acudo a una cita de Schopenhauer:

El deseo es por su naturaleza doloroso; la satisfacción engendra al punto de la saciedad; el fin era solo aparente; la posesión mata el estímulo, el deseo aparece bajo una nueva figura, la necesidad vuelve otra vez y cuando no sucede esto, la soledad, el vacío, el aburrimiento nos atormentan y luchamos contra estos tan dolorosamente como contra la necesidad.9 El dolor es inherente a la vida pues es deseo siempre insatisfecho. Nunca encontraremos sosiego, somos como un pozo sin fondo que mientras más intenta llenarse, más vacío se encuentra. Cuando hablaba de lo optimista que implica asegurar que el hombre era el único que podía reflexionar sobre la vida: vivirla; y su carácter contradictorio en una ponencia sobre el pensamiento de Schopenhauer, lo decía porque para él, la vida es una tragedia, no es un milagro de salvación ante la nada, es sensato pensar que es mejor no vivir que vivir para desear y desear y nunca sentirnos satisfechos, lo malo es que no hay elección, si vivimos no tenemos la culpa de ello, no decidimos vivir, pero eso que implica que estemos aquí es necesario para que tengamos conciencia que la felicidad es efímera y que cada cosa que hacemos no será la más relevante, somos como los puntos que hay en una hoja de papel en blanco, estamos ahí, pero prácticamente no somos más que angustia, inconformismo y soledad; desde esta perspectiva, la vida es conflicto, es pugna hasta con nosotros mismos, esa lucha es para sobrevivir cuando nadie sobrevive.

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Ibídem, Libro IV, § 57, p. 246.


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Así pues, el aburrimiento, cuando se nos presenta como lo que queda luego de la satisfacción de un deseo, es definido como: “el resultado de una conciencia feliz al menos aparentemente”, es una plenitud vacía, la existencia empieza a pesarnos, no queremos desear nada porque consideramos que ya lo tenemos todo, pero esto es un engaño pues siempre nos hace falta algo; es el deseo del deseo. El aburrimiento se convierte en la insistencia hueca de suplir necesidades, además conlleva una especie de resignación que nos lleva a no esperar sino la nada, la muerte y eso es lo que nos duele infinitamente.

Pero lo bueno, o talvez lo malo, es que el aburrimiento permite y posibilita que nos relacionemos y nos sintamos parte de una comunidad donde hay más individuos como nosotros que también tienen necesidades como nosotros ¿y que queremos? Conocer esas necesidades (de los demás) para al menos, reconsiderar las nuestras o elevar nuestro ego, es para alguna utilidad inocente o macabra, en palabras de Schopenhauer:

El aburrimiento no es un mal que se deba tener en poco; deja en el rostro, la huella de una verdadera desesperación. Hace que seres como los hombres que tan poco se aman, se busquen unos a otros, siendo esto el origen de la sociabilidad (...)10

A veces el aburrimiento se nos presenta tan intensamente que ni los otros hombres nos consuelan, entonces surge el pensamiento suicida. El peor de los aburrimientos es el miedo a la muerte, también tenemos miedo de aburrirnos y buscar la muerte, es algo paradójico, el miedo al vacío que experimentamos cuando ya no sabemos qué necesitamos y qué podemos desear. En niveles inferiores, se encuentra el miedo a la pérdida de identidad, somos animales egoístas, pero la necesidad de relacionarnos con la naturaleza y con los demás seres, hace que a veces perdamos la oportunidad de sobresalir y de querer algo que es objeto de deseo para otro, aunque muchas veces ese es el inicio de los conflictos interpersonales y la pugna está en su mayor proyección. Esta pérdida de autonomía y de cierta libertad nos produce tanto terror que preferimos aislarnos, siendo esto también contraproducente si la soledad y el hastío nos agobian. El miedo emana del propio instinto

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Ibídem, Libro IV, § 57, p. 245.


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de conservación, el miedo, así como la muerte (como veremos más adelante), es lo más individual, lo más inmediato.

El miedo y el dolor mueven nuestra existencia, marcan nuestra debilidad, así ocurre por ejemplo con el miedo al tiempo libre, al ocio o al domingo: si no hacemos nada corremos el riesgo de enloquecer, si hacemos lo mismo todos los días, también, si hacemos actividades que para otros resultan extrañas y que implican aventura, siendo ésta la necesidad de innovar sensaciones en nuestro cuerpo o en nuestra mente somos considerados como vagos, locos o hasta inconformes, por aquellas personas que consideran una “organización” total de su tiempo y de su espacio.

Pues bien, según lo anterior, no estamos seguros si es mejor la nada, que aquello que nos pertenece en un principio y que de alguna u otra forma nos afecta, por eso llega el momento que la vida nos duele tanto que queremos deshacernos de ella, creemos que ya no hay nada para nosotros, que no luchamos lo suficiente y que otro atrapó nuestra presa y ocupó la vacante, pensamos que la plenitud se escapó de nuestras manos –cuando simplemente es una ilusión, un segundo en la larga historia del tiempo-, para cerrar este círculo, entiendo que para Schopenhauer el hecho de que la vida sea un combate, empuja al hombre a mantenerse en movimiento, a sacudir el cansancio que produce este conflicto. Así pues, si la vida cotidiana se vuelve rutinaria e insufriblemente monótona y nos amenaza con la repetición que nos lleva a la inconciencia de las acciones ¿y el consuelo? Solo nos queda sortear los obstáculos, luchar por continuar en el juego, luchar por ganarnos algo que siempre será incierto, está claro que nos da miedo no hacer nada, estar aislados, quedarnos solos aunque toda la vida quisimos sobresalir. Ese movimiento y esos deseos de evitar todo dolor nos consuelan hasta cierto punto, entendemos que todos vamos para lo mismo, que no vamos a irnos con lo que ganamos, con lo que siempre deseamos, no vamos a recibir un sueldo por vivir y por hacer las cosas bien, aunque en la perspectiva moral esto nos hace sentir bien y regocija nuestro espíritu, pero LA MUERTE, es lo más seguro y eso no tiene vuelta atrás. Tampoco escapa de reflexiones que no logren algo más que nuestro consuelo.


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4. La muerte, la única certeza del hombre

El nacer y el morir son cosas que pertenecen al fenómeno de la voluntad y, por tanto, a la vida, y a ésta es esencial manifestar, en individuos que nacen y perecen como fenómenos efímeros que aparecen en la forma del tiempo, lo que en sí no conoce el tiempo pero debe necesariamente manifestarse en el tiempo para objetivar su verdadera naturaleza

La muerte es considerada como el mal supremo por que supone destrucción, aniquilación, pero indudablemente es necesaria, vale la pena aclarar que la muerte de un individuo no afecta la especie, por lo tanto se afirma que la muerte es el hecho más propio y más personal del hombre. El que muere es el individuo, su actividad en el mundo cesa, pierde su propia realidad como sujeto cognoscente; es preciso decir que la muerte no existe para quien no es consciente de sí mismo ni de los demás:

El animal solo conoce la muerte cuando muere, el hombre tiene conciencia de ella en cada momento de su vida y solo aquel que durante su vida no ha reconocido este carácter de constante aniquilamiento es el que duda a veces de la realidad de su muerte. 11

La vida misma es un ir muriendo, el pasado muere, se convierte en abstracción, deja de ser; el futuro es incierto, no es, no existe, lo único cierto es el presente, es la única forma de vida real:

Yo soy definitivamente el dueño del presente y me acompañará por toda una eternidad como mi sombra; por esto no me asombra ni pregunto de donde procede este presente y como es que sea ahora mismo.12 Así pues, en el conflicto que es la vida, vanos en pro de nuestra propia conservación, no pensando en el futuro pues este aún no existe, sino en combatir la muerte inmediata, por eso comemos cuando tenemos hambre, luchamos contra el frío, dormimos lo suficiente, aunque lo que no queremos es apabullarnos con la rutina. Tenemos la certeza de que nos vamos a 11 12

Ibídem, Libro II, § 8, p. 43. Ibídem, Libro IV, § 54, p. 221.


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encontrar con la muerte, pero nos apegamos tanto a la vida que luchamos para comer antes de que nos coman, peleamos para sobresalir antes de que nos pisoteen...

El miedo a la muerte es el reverso a la voluntad de vivir que es nuestra esencia, la sentencia de la muerte indica que la voluntad de vivir es una aspiración que debe destruirse en sus propias manos, si el nacer y el morir se pertenecen mutuamente está en ellos su contrario, como ocurre por ejemplo, en el amor y en el odio, en la alegría y en la tristeza, en el placer y en el dolor. El equilibrio regula el mundo. Aunque haya una proposición arriesgada en este punto: la muerte, dice Schopenhauer, no existe, simplemente el ciclo se cumple, nosotros volvemos a la nada de donde procedemos, no es que la muerte esté ahí asechándonos, sino que siempre ha estado como un fenómeno del querer, de la vida.

Si la muerte es la más cierta verdad ¿por qué le tememos? Esta es una pregunta complicada; Schopenhauer afirma que el miedo a la muerte es un absurdo porque “cuanto más lejos estemos de ella, ella no está y cuando ya no estamos, ella no puede estar”. Aunque esta frase se ve como un sofisma no carece de sentido; además la vida misma es muerte, con el pasar de los años las ilusiones se nos pierden, lo que más queremos se desvanece, nuestro cuerpo se agota, nos dejamos absorber por la rutina que nos roba toda conciencia de vida, nos volvemos hermanos de las máquinas, talvez nos convertimos en los relojes de los que habla Schopenhauer: “a los que les dan cuerda y andan sin saber por qué...”, entonces, ¿qué sentido tiene agobiarnos por algo que supuestamente no conocemos, sabiendo que cada día nos sumergimos en ese algo? El miedo a la muerte se presenta como el miedo al vacío, el aburrimiento eterno de “otra vida”, ¿es raro, no? Al no tener motivos para llorar, para sufrir, para reventar de dolor... ¿y nos quejamos de nuestra vida? Somos definitivamente inexplicables, nadie nos entiende (tanto a hombres como a mujeres), nos apegamos a las ganas de combatir, de ser guerreros del tiempo, damos todo por no desaparecer en el vacío inexplicable de no necesitar nada, de no desear nada. El hombre sufre una enfermedad grave: el miedo de aburrirse mortalmente,


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tan grande y tan sublime se expresa ese miedo intentando apoderarse del mundo, de las mentes, de la libertad, de los sentimientos.

No quiero meterme en cuestiones éticas, aunque ya en cierto modo caí en la trampa, aunque me falta decir que la muerte en cierto sentido para Schopenhauer es la liberación de lo que el hombre no quiere liberarse, se presenta el suicidio como opción para el desesperado. Es supremamente difícil para una persona que se apega a la vida, pensar en apartarse de ella, pero también es curioso evitar ese alejamiento por temor a la muerte, el conflicto que implica existir hace parte del instinto, citando a Freud: Eros yThánatos aunque siempre va a ganar el segundo. Freud opinaba que podía detectar dos signos principales de la existencia del instinto de muerte, en primer lugar, la tremenda capacidad de los seres humanos para ser crueles da una pista, las guerras, la brutalidad, la venganza, la sangre, la agresividad; en segundo lugar, un masoquismo primario, una tendencia a autoflagelarse, por decirlo de algún modo. Para Schopenhauer,

(...) el que abrumado por la carga de la vida y aún amándola y afirmándola teme sus adversidades y se revela a soportar el penoso lote de su suerte, en vano espera hallar la liberación en la muerte y salvarse por medio del suicidio, ¡Vano espejismo el que le ofrece el orco sombrío y helado...!13

El suicidio entonces sería inútil e insensato, ya que el mundo sigue existiendo y la pérdida de un individuo no afectará la especie, pero él si perderá su realidad y ya no participará en el juego del más fuerte.

Parece que la única salida ante la miserabilidad de la vida es el misticismo, talvez el ascetismo, lo que hasta ahora me queda más claro es que lo que nos hace lograr una pequeña “felicidad”, una consolación ante este sufrimiento, es el arte, lo que él llama el “goce estético”, pero este es tema de otra ponencia, por ahora, dejo sobre la mesa la reflexión sobre un aburrimiento mortal y lo que impulsa al hombre a sufrir ese impasible miedo. 13

Ibídem, Libro IV, § 54, p. 222


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Un hombre, en fín que amase la vida lo bastante para pagar sus goces con los cuidados y tormentos a los que está expuesto, descansaría con sólida planta sobre el redondeado y eterno suelo de la tierra, y nada tendría que temer; armado con el conocimiento que hemos apuntado, vería con indiferencia llegar la muerte en alas del tiempo, considerándola como una falsa apariencia, como un fantasma impotente, propio únicamente para asustar a los débiles, pero que no amedrenta al que sabe que él mismo es esa voluntad del que el mundo es copia y objetivación y que tiene asegurada una vida y un presente eterno, forma esta última, real y exclusiva del fenómeno de la voluntad.14

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Ibídem, Libro IV, § 54, p. 224

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El miedo de aburrirse mortalmente  

El miedo de aburrirse mortalmente  

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