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la separata Separata2| 2011| 5ta.Época

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Diseño grafico y edición fotografica Juan Angel Urruzola

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un partido con memoria

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Homenaje a Hugo Cores | Pablo Anzalone | Secretario General del PVP El legatario | Escribe: Ivonne Trías

Hugo Cores, el legado de su acción | Raúl Olivera Alfaro

Hugo en tres imágenes | Juan Ángel Urruzola

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El hombre que salvó a Lilián y a Universindo | Luiz Cláudio Cunha

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Homenaje a Hugo Cores Pablo Anzalone | Secretario General del PVP

| Fotografía Adriana Cabrera

Cuenta un viejo compañero anarquista que al culminar exitosamente una de las primeras, precarias y artesanales acciones directas a fines de los sesenta, uno de sus participantes, “Anselmo”, paró el vehículo y gritó a voz en cuello “¡Arriba los que luchan!”, dando origen a una consigna que sobrevivió a lo largo de los años en el sentimiento de mucha gente. Ese mismo Hugo Cores, “Anselmo”, en asambleas históricas del gremio bancario en el 68 y 69 era capaz de emocionar a miles de trabajadores que libraban una batalla homérica contra la militarización, la prisión y las golpizas impuestas por la escalada represiva del gobierno de Pacheco. Dirigente sindical destacado, Vicepresidente de la CNT, orador brillante, agitador, polemista, Hugo fue uno de los líderes de la Resistencia Obrera Estudiantil, junto con Gerardo Gatti y León Duarte, en tiempos de peleas que marcaron la historia del país. Formó parte de una generación de dirigentes de izquierda que puso la piel junto a sus convicciones, se jugó la libertad y la vida en muchas ocasiones y contribuyó a construir un movimiento popular fuerte, organizado, con propuestas programáticas de fondo para toda la sociedad. Fue un historiador de las luchas obreras, además de profesor de historia, por una convicción profunda sobre la importancia de la memoria de los explotados para su constitución como sujeto social. En un país como Uruguay con una larga tradición obrera, de raíces anarquistas y comunistas, esa historia es constitutiva no sólo de la izquierda sino de la democracia. A lo largo de distintos períodos, el movimiento obrero fue un factor de avance de los derechos civiles, de las libertades, de la legislación social, enfren-

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tando a las derechas patronales, blancas y coloradas, interactuando con otras corrientes que van desde los componentes progresistas del primer batllismo al antiimperialismo de los sesenta y la acumulación con sectores medios enfrentando la reestructuración oligárquica y derechista. Proveniente de una familia de obreros (y comunistas), Hugo sentía un compromiso con esa trayectoria de clase, esos valores y con esos miles de héroes anónimos, que forjaron sindicatos contra patronales negreras…. ¡y que hicieron una huelga general contra el golpe de estado!!!! Cores desarrolló una actividad fecunda como periodista y columnista en distintos medios de prensa. Su labor está indisolublemente asociada al periódico “Compañero” que contribuyó a fundar en los años setenta, al cual sostuvo en la clandestinidad de los ochenta como un instrumento de denuncia y resistencia a la dictadura, y dirigió luego de la reconquista de la democracia. En los últimos años fue columnista semanal del diario “La Republica” desde donde aportó análisis agudos de la situación política y una opinión comprometida con la izquierda enfrentada por primera vez con el desafío de ser gobierno nacional. Cómo llevar adelante la responsabilidad de gobierno sin perder los valores ideológicos de izquierda y el anclaje en la historia de las luchas populares, sin mimetizarse con la derecha, ni adoptar desde el Estado la distancia con las mayorías postergadas, fue la preocupación central de su prédica periodística. Desde el año 1984 en que el PVP se integra al Frente Amplio, Hugo fue constituyéndose en referente para la militancia frenteamplista, a la cual dedicó gran parte de sus energías. Activo participe de Congresos

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Participó con éxitos esquivos en las y Plenarios, concurrente asiduo a charlas y debates en Comités de Base, orador de muchos actos, fue un defensor convencido de la unidad de la izquierda. Enseñó y aprendió, aportó y fue influido por esa construcción colectiva, llena de contradicciones pero imprescindible, que es el Frente Amplio. Intervino con elocuencia en los debates, quedó en minoría muchas veces pero también supo ser un factor clave para resolver crisis y situaciones complejas, como la conformación del Encuentro Progresista. Tuvo con Seregni y con Tabaré una relación fuerte, de aprecio, respeto y reconocimiento. Participó con éxitos esquivos en las campañas electorales frenteamplistas. Asumió la representación parlamentaria como un lugar de lucha importante, pero supo irse al instante cuando su organización, el PVP, se separó de la fuerza política por la que fue electo. Hizo cuestión de esa ética, escasa por cierto, en relación con cargos políticos. Radical y unitario son dos palabras que lo definen bien. A lo largo de toda su vida discrepó con los discursos anestesiantes, que desmovilizan, a nombre de lo que harían los dirigentes, el gobierno, el sentido de la historia, u otros mecanicismos economicistas. Sabía que el protagonismo de la gente es la principal herramienta educativa y de transformación. Su palabra siempre apuntaba a la rebeldía, al inconformismo, a la superación, sin dejar de valorar cada avance y sin subestimar las dificultades objetivas. Al mismo tiempo no dejaba nunca de insistir en la unidad necesaria para enfrentar a la derecha. Ningún punto de vista será realmente radical sino construye la unidad. La división, el sectarismo, la dogmatización sólo producen debilidades. La peor contribución a un proceso revolucionario es concebir el punto de vista propio como verdad revelada, inalterable e inflexible. Por el contrario el debate de ideas significa escuchar e interactuar con otros enfoques. La cultura de la izquierda uruguaya, con muchas dificultades y errores, aprendió eso en el Frente Amplio. Siendo un hombre de acción Hugo Cores fue también un pensador, un creador de pensamiento de izquierda, que fundamentó muchas veces la importancia de la teoría para llevar a cabo una práctica transformadora. Llegó al marxismo crítico, heterodoxo, anti dogmático, proviniendo del anarquismo, y sin renunciar a los valores ideológicos libertarios. El socialismo libertario de Cores no tenía modelos ni recetas, sino que postulaba la democratización radical de la economía, la sociedad, la cultura, el Estado, la política.

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En lugar de refugiarse en un discurso de principios, de grandes valores abstractos o en un pensamiento estrategista, Hugo valorizó mucho la táctica, destacándola como un momento fuerte de la teoría. El “Pensiero Tattico” documento elaborado por Cores en el peor período del terrorismo de estado, es todavía una pieza de gran valor como reflexión sobre la coyuntura y elaboración de una táctica acordes a las contradicciones en juego. La táctica es el armado del accionar político que modifica las correlaciones de fuerzas, partiendo de ellas, sin pretender desconocerlas, sin subestimar las debilidades propias pero tampoco resignándose a ellas. Allí el pensamiento de Hugo fue decisivo. Formó parte de una corriente minoritaria del cauce popular, con un gran protagonismo en las luchas sociales y en batallas políticas importantes pero escaso desempeño electoral. Una corriente que cometió muchos errores y autocriticó buena parte de ellos. Sin desensillar ni balconear los procesos nunca. El debate contra el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y la campaña contra la Ley de Impunidad fueron dos hechos de los últimos años que lo tuvieron como animador incansable. En el primer caso se logró hacer retroceder una propuesta que comprometería estructuralmente el desarrollo del país. En el otro, la campaña culminó en una derrota, a la que sucedieron otras, hasta que el parlamento aprobó la ley 18.831, declarando que los crímenes cometidos por la dictadura no prescriben y que la ley de caducidad no puede tener efectos que obstaculicen la investigación en busca de la verdad y la aplicación de la justicia. En la caracterización del “terrorismo de estado” está uno de sus aportes teóricos y también en la comprensión de los Derechos Humanos como una línea que va más allá de lo inmediato, para introducirse en las grandes confrontaciones de nuestra sociedad, contra la dictadura primero y contra las limitaciones de una democracia recortada después. Una de las mejores formas de homenajear a un revolucionario, es rescatar su presencia viva en el tiempo presente. Hugo Cores está en los debates del Frente Amplio, en las luchas del movimiento obrero, en la búsqueda de la verdad y la justicia y el Nunca Más Terrorismo de Estado, en el pensamiento crítico de la izquierda, en la vocación latinoamericana, en las ideas libertarias y socialistas. Hugo Cores fue en primer lugar y siempre, un luchador político.

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campañas electorales frenteamplistas. Asumió la representación parlamentaria como un lugar de lucha importante, pero supo irse al instante cuando su organización, el PVP, se separó de la fuerza política por la que fue electo. Hizo cuestión de esa ética, escasa por cierto, en relación con cargos políticos.

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El legatario Ivonne Trías

Hace falta un amigo incómodo como Cores que incomodaba tanto en sus certezas como en sus dudas y errores. Lanzaba piedras contra la pereza. Incidía. Incómodo porque «no hay nada más drástico, inclemente, a veces intolerable, que aquello que impide instrumentar las ideologías conciliadoras, que quiebra el mito o baba del diablo de la supuesta unanimidad de intereses sociales», como escribía Nicolás Casullo. Cualquiera de las imágenes con las que evoque a Cores me hace pensar en la herencia y el legatario. Nadie elige a priori lo que toma y lo que deja de una herencia: primero la asume, la hace suya y después la critica. Se rebela, se agobia, se enorgullece; rompe o trata de romper; salva lo que puede. Así vivió Cores la herencia política que recibió y así vivimos muchos la nuestra, que ahora lo incluye. Si lo evoco atragantado de rabia cuando el doctor Gonzalo Fernández informó en la Cámara de Diputados (23 de agosto de 2006) que unos veintiuno o veintidós militantes del pvp trasladados de Argentina a Uruguay habían sido ejecutados, aparece Cores como legatario. Su defensa de «los nuestros», los bienamados y malperdidos compañeros con quienes seguramente discutiría, pelearía y rompería ocasionalmente si estuvieran aquí. Pero aquella afirmación frívola de Fernández, carente del sostén de prueba alguna, que pretendía liquidar en una frase banal una masacre ocultada por el Estado durante décadas, provocó en Cores esa desesperación indignada que no sabía muy bien cómo llamar, si «desesperación civilista, democrática, de la decencia, de qué?». Si lo evoco «en la interna», poniendo lastre al avance de una posición en conflicto con otra, enojando alternativamente a unos y a otros, aparece también como legatario de una herencia que no tiene solamente definiciones políticas puras y duras sino otros elementos que hacen mover al mundo, voluntad, respeto, lealtades. Es una de las cosas que Cores creía haber entendido: la extrema complejidad inherente a la construcción de opciones políticas. Lo aprendió de los libros y sobre todo de la experiencia de ser un marxista en la fau y un libertario en el pvp.

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Un heredero de los libertarios de la fau ante quienes, sin embargo, fue un contendor ideológico. Menudo legado el suyo, en este tiempo histórico en el que todo parece empezar de cero a cada instante. Cuando un respetable veterano de la resistencia francesa escribe un folleto con tres o cuatro afirmaciones tan válidas como obvias y se vuelve un best seller para millones de personas sorprendidas por este nuevo descubrimiento de la pólvora.1 Es lo que sucede cuando una catástrofe corta el hilo de acumulación que permite avanzar sobre lo ya resuelto en vez de reiniciarlo una y otra vez como una computadora fallada. Es parte de lo que sucede cuando falta una narración comprensiva de la derrota. Y es en este tiempo que cobra importancia la figura de Cores como legatario que se niega a empezar de cero. «Si todo empezó ahora, si el hambre llegó como un tornado, las responsabilidades de los grupos económicos y políticos (las clases) que sustentaron las políticas hambreadoras de larga duración se diluyen, se pierden en la bruma que envuelve, como en un cuento de hadas, a todo lo anterior, lo bueno y lo malo, a la subversión y al terrorismo de Estado, a las leyes obreras y a los actos de corrupción. La historia se vuelve una sucesión de postales caprichosas y pierde sentido. El sentido que tenemos que rescatar desde la izquierda, que es el de nuestra historia como una larga saga por la verdadera democracia, contra la dependencia, los autoritarismos y las injusticias» (La República, 7-VI-2004). Pero el rescate colectivo de sentido del que habla Cores se vuelve dilema angustiante cuando es un individuo el que afronta la responsabilidad de aceptar y descartar tramos, conceptos y símbolos de la saga común. Porque en una organización política todo eso tiene caras y nombres y no siempre los afectos tienen relación con la justeza teórica. Dicho de otro modo, a veces los que exponen las mejores ideas no son los más queridos y respetados entre los compañeros; y viceversa. ¿No se animó Cores a romper tajantemente con el anarquismo? No hay una buena respuesta para una pregunta tan mal planteada. En mi opinión asumió

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del anarquismo lo que entendió más valioso y lo explicitó, llevó a categoría política el valor patrimonial del anarquismo. Estaba convencido de que no se podía perder tiempo y fuerzas volviendo a inventar lo que ya está inventado. Porque «después de muchos reveses del movimiento, de muchas frustraciones, se te ocurre que a esos problemas ya se enfrentaron otros y alguna respuesta encontraron. Que el espontaneísmo, el economicismo, el reformismo, todos los males ya fueron enfrentados antes, ya alguien estudió las raíces de tanto fracaso…». El compromiso subjetivo con la trayectoria política –la fidelidad en el buen sentido del término– es la exigencia, como señala Alain Badiou, de seguir elaborando las consecuencias del acontecimiento aunque este haya desaparecido. En la vida de Cores ese compromiso subjetivo no se saldó con la autocrítica realizada en la conferencia de 1977 en París. No se podía saldar porque allí faltó la palabra de actores centrales que habían sido silenciados por la represión. Había que seguir adelante y así se hizo, pero la reflexión sobre lo sucedido y las conclusiones que sirvieran al colectivo para entenderse y responder a las nuevas exigencias siguieron atenazando la razón y el corazón de Cores. Sin esa reflexión un militante puede quedar como el personaje de Tom Hanks en La Terminal, cuando queda varado en el aeropuerto de Nueva York porque durante el viaje su país de origen fue borrado del mapa por un golpe de Estado y él, carente ahora de nacionalidad, no podía desplazarse. «Nosotros no tenemos una memoria estática, reverencial, religiosa sobre los hechos. Los hechos nos tienen que decir lo único que nos interesa: en qué nos equivocamos. Porque de nuestras buenas intenciones no hay duda. El problema es que cometimos torpezas y queremos saber cuáles, porque esas torpezas nos dicen algo que no está escrito en ningún lado, que no lo va a decir ningún científico burgués ni socialista. Entonces lo vamos a averiguar nosotros mismos, porque precisamos saber cuáles son las tendencias a

equivocarnos que están en nuestra formación histórica, en nuestra identidad como un fragmento de la historia del movimiento popular uruguayo, como brizna. Es una historia que no es para prosternarse ante los héroes, es una historia para extraer de ella luces, ideas, constataciones acerca de los errores y de los aciertos». Para eso hay que querer saber, un impulso que viene en franca decadencia, aplastado por la cómoda tertulia que nos permite verlo todo sin mayores costos, cambiando de canal cuando la tragedia de otros se vuelve desagradable a la vista. Contra esa desidia nos falta Cores. Para examinar y tomar partido: que se caiga lo que no sirve y quede en pie lo que sí sirve. Para cortar con las rémoras y enorgullecerse de lo bien hecho. «Compañero es algo de lo que estamos orgullosos, fue un esfuerzo grande de mucha gente darle continuidad desde 1971. Cuando lo mirás en perspectiva, aparece la historia nuestra, nuestros errores de orientación, las debilidades de nuestros planteos en 1971 por ejemplo. Las vaguedades, los esquemas. Pero también estuvo siempre en sus páginas, como una muestra de respeto por la gente, la autocrítica de nuestros errores. Junto a lo que falta, está lo que hubo: muchos aciertos, muchas “pegadas”, como la posición que asumimos ante los comunicados 4 y 7. El empeño que pusimos en seguir publicando después del golpe de Estado, durante la dictadura, en Argentina, en Europa, en Brasil, y siempre con el ojo y el corazón puesto en Uruguay. Fue un gran acierto nuestra postura, difundida a través de Compañero, alentando el no en 1980, o el Voto en Blanco en 1982. Éramos nosotros y una pocas publicaciones clandestinas como Carta del Partido Comunista, o las del Partido Socialista y las de la cnt». Hace falta Cores. Para pelearnos con él; para preguntarnos ante tantos hechos confusos de este tiempo, qué pensará Hugo...

1| Stephan Hessel: ¡Indignaos! 2011, Editorial Destinos, Madrid.

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«Nosotros no tenemos una memoria estática, reverencial, religiosa sobre los hechos. Los hechos nos tienen que decir lo único que nos interesa: en qué nos equivocamos. Porque de nuestras buenas intenciones no hay duda. El problema es que cometimos torpezas y queremos saber cuáles, porque esas torpezas nos dicen algo que no está escrito en ningún lado, que no lo va a decir ningún científico burgués ni socialista. Entonces

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lo vamos a averiguar nosotros mismos, porque precisamos saber cuáles son las tendencias a equivocarnos que están en nuestra formación histórica, en nuestra identidad como un fragmento de la historia del movimiento popular uruguayo, como brizna. Es una historia que no es para prosternarse ante los héroes, es una historia para extraer de ella luces, ideas, constataciones acerca de los errores y de los aciertos».

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Hugo Cores, el legado de su acción Raúl Olivera Alfaro

Uno Por estos días se cumplieron 5 años del fallecimiento de Hugo Cores. En estos 5 años han ocurrido – entre otros -, dos hechos importantes para la vida política del país. A que esos dos hechos ocurrieran, Hugo sumó sus esfuerzos de militante político, en tanto que ambos son el resultado de un largo proceso colectivo de acumulación. Nos referimos al hecho de que el Frente Amplio por segunda vez desarrolla su gestión al frente del gobierno nacional; y a que recientemente el Frente Amplio tomó la decisión – largamente postergada -, de empezar a poner fin definitivamente mediante la aprobación de una iniciativa parlamentaria, a una cultura de impunidad impuesta por la existencia de la ley de caducidad. La importancia de ambos hechos – la continuidad de un gobierno de izquierda y la eliminación de los efectos de la Ley de Caducidad -, fueron objeto de múltiples artículos de Cores. Rescatar su pensamiento en torno a estos dos aspectos, de quien fuera durante la mayor parte de la vida política del Partido por la Victoria del Pueblo, su principal figura, hace necesario usar sus propias herramientas teóricas. No se trata de imaginar lo que Hugo pensaría hoy sobre estos temas, sino de pensarlos nosotros, a partir de las herramientas que su legado nos dejó. No como moldes en los que meter la realidad, sino estructuras de pensamiento para captar la individualidad de cada desafío. Desde esa perspectiva, rescatar el accionar de una herramienta política como lo es un partido, implica una reflexión que para ser seria, no puede dejar de plantearse una serie de cuestiones. En primer lugar, hay

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que plantearse un problema de definiciones: ¿Cuáles fueron los objetivos que se planteó la izquierda cuando se planteó la conquista del gobierno? ¿Cuáles son los objetivos que se plantea con relación a la lucha contra la impunidad, cuando lleva a cabo – desde donde pudo hacerlo mucho antes -, una iniciativa que lo ubica donde hasta hace muy poco no quería estar? En segundo lugar, hay que plantearse un aspecto que tiene que ver, con el desarrollo, la trayectoria, el perfil histórico que ambos temas habían adquirido para los distintos niveles presentes en la fuerza política (personal de gobierno, militantes, adherentes o simples votantes ocasionales). En tercer lugar, hay una cuestión estrictamente política, que podría sintetizarse en esta interrogante ¿Qué interés político tiene para una fuerza política como el PVP, una reflexión sobre estos aspectos? ¿Hay enseñanzas que nos pueden servir para resolver con menos traumas, las políticas de acuerdos, las alianzas o los simples acuerdos electorales?

del primer gobierno de la izquierda que aseguraban “que ningún militar iba a ir preso”. El segundo aspecto que se refiere al perfil histórico que adquirió esa supuesta contradicción entre ganar el gobierno y afectar intereses poderosos alineados en las distintas variantes de las políticas de impunidad que transitó el Uruguay, se demostró como parte de una política que no supo incorporar la totalidad de los elementos del escenario político, para adecuar sus comportamientos políticos en torno a él. Y finalmente, la posibilidad de desarrollar una política de acumulación que sin duda fue eficaz, en nada se vio menguada o disminuida por los acuerdos electorales que el PVP había establecido. Es más, hasta podría afirmarse sin temeridad, que sin esos acuerdos que en estos temas generaban y generan dudas y dificultades, la eficacia del resultado final tendría otros acentos y dimensiones. Tres

Dos El problema de las definiciones, adquiere fundamental trascendencia hábida cuenta, que la conquista del gobierno y lucha contra la impunidad fueron presentadas en los debates entre distintas concepciones, como aspectos excluyentes, sobre este aspecto, los debates del Congreso Alfredo Zitarrosa, son una muestra. Y sobre todo, porque el cumplimiento de la sentencia de la Corte IDH, obliga a la izquierda, a asumir un rol no querido por sectores mayoritarios del Frente Amplio. No es un hecho a no tener en cuenta en este aspecto, las manifestaciones de importantes figuras

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Un partido que se precie como tal, tiene la obligación de hacer que sus militantes no vivan la política en términos tales que ella implique una aversión a las alianzas, a la construcción de programas a corto, mediano o largo plazo, en el que puedan confluir otros. En unas reflexiones autocríticas sobre nuestra actividad en los años 70, Hugo marcaba la dificultad para un partido como lo es el PVP, el no estar “lo suficientemente activos para tender lazos de unidad con gente que estaba en posiciones muy parecidas a las nuestras”, y el no tomar “la iniciativa para gestar procesos de unidad”, cuando “había condiciones para gestar niveles de unidad”.

Sin duda, que el largo proceso de acumulación que implicó el ir avanzando en un terreno cargado de dificultades y visiones políticas, muchas veces muy enfrentadas. Hizo imprescindible tener en cuenta esas visiones en torno a los procesos de acumulación vinculados estrechamente con la gestación de procesos dinámicos de unidad de acción. Hugo perteneció a una organización política con una historia que sin duda, nos marcará para siempre. Sin embargo, no fue ni es el PVP, el partido de los desaparecidos. Al respecto, Hugo tenía claro cuál era nuestro atributo, nuestro acervo. El pasado, la historia de su organización política, no se originaba en una victoria, “sino algo muy parecido a una victoria; que era una derrota. Una derrota en términos extremos, cuando aspiraste a todo, hiciste un análisis del conjunto de la situación nacional y regional, organizaste un partido y le diste una línea de acción, y te derrotaron, te mataron a los principales dirigentes, a buena parte de los cuadros”. Para Hugo, esa historia trágica y dolorosa dejó un saldo. Citando a Hobsbawm, Hugo decía “que muy a menudo las visiones de los derrotados se aproximan más al análisis verdadero del curso de los hechos que el análisis de los vencedores. Porque los vencedores tienden a minimizar sus errores; en cambio los derrotados sienten la necesidad de sacarle el mayor partido en materia de enseñanzas a sus errores”. Esta comunidad política, como solía denominar al PVP, que tenía un mismo programa y una misma línea de acción táctica, debía ser también “una comunidad afectiva nacida del sentimiento de injusticia que significó el asesinato casi masivo de los compañeros”. Que así sea.

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Hugo en tres imágenes Juan Ángel Urruzola

1 | Hugo en Roma. Conocí a Hugo personalmente a su llegada a Paris. Había sido expulsado por el gobierno argentino. Desde diversos países, a través de una fuerte campaña, habíamos logrado que no fuera asesinado después de su secuestro en Buenos Aires. Era la etapa de los escuadrones de la Triple A que anunciaba lo que vendría en breve. Ya habían sido secuestrados y asesinados varios uruguayos por las patotas parapoliciales. Él contaba que cuando fue secuestrado enseguida lo comenzaron a torturar y se dio cuenta de que no les importaba lastimarlo, entonces pensó; ˝estos me van a matar˝. Unos días después cuando ya la campaña internacional había sido lanzada y él a pesar de estar atado y encapuchado percibió que la tortura era diferente, “voy a vivir” se dijo y eso lo ayudo a resistir. La solidaridad internacional había tenido efecto. Nada más llegar se integró al trabajo solidario, en esos meses hubo diversas movilizaciones de las centrales sindicales francesas y allí participábamos. Entonces era él quien se sumaba a la denuncia y a las campañas sobre lo que pasaba en Uruguay y Argentina.

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Tiempo después debíamos concurrir junto a decenas de compañeros de los comités de solidaridad con Uruguay y Argentina al Tribunal Russell para denunciar las operaciones de los militares uruguayos en la Argentina. Viajamos a Italia y de esa época me acompaña una imagen de Hugo, el pelado Presno y Lilian Celiberti en Roma, en la casa de mis suegros, un espectacular palazzo en Vía Emilia. Esa madrugada estaban reunidos tratando de comunicarse vía telefónica con Buenos Aires, no era época de celulares e internet y conseguir hablar con Argentina o Uruguay era toda una odisea, ya era tarde, hacía mucho calor, el pelado Presno se había sacado la camisa, el decorado señorial de la casa desentonaba con las discusiones políticas, el calor y la nube de humo que lo invadía todo. 2 | La rambla en bicicleta. Cada mañana si puedo, después de llevar a mi hijo al liceo salgo a caminar un rato por la rambla. A menudo tengo la imagen de Hugo pedaleando por la rambla en su bicicleta, en esa época yo iba con mi hijo Tomás que tendría cuatro o cinco años. Lo recuerdo tratando de explicarle la similitud entre los grandes

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..... La curiosidad, la capacidad para ponerse a intercambiar con un niño en la rambla con la misma apertura de espíritu que lo hacía en un sindicato o un comité de base. cargueros y un Torres García.... trataba que Tomás entendiera, entre esos contenedores apilados, que para él eran igualitos a los rectángulos constructivos de Torres. Mi hijo lo miraba con cara de no entender demasiado. Pero Hugo era perseverante y seguía con esa idea en su cabeza, en otro de esos encuentros se quejaba amargamente de que con su camarita no lograba plasmar esos barcos en un primer plano y así demostrar su lectura Torres Garciana de los barcos pasando como en cámara lenta frente a la rambla sur montevideana. Después de esos encuentros mi hijo durante mucho tiempo lo recordaba con sus explicaciones extrañas. La curiosidad, la capacidad para ponerse a intercambiar con un niño en la rambla con la misma apertura de espíritu que lo hacía en un sindicato o un comité de base. 3 | Hugo en el museo. Después de su traslado a Brasil no había vuelto a verlo, nos reencontramos por el 87-88 en Montevideo cuando volví definitivamente ya que él había regresado apenas finalizada la dictadura, retomamos el diálogo como si lo hubiéramos dejado la semana anterior. Siempre me pareció sorprendente la capacidad de Hugo de interesarse por diversos temas, esa curiosidad juvenil por las cuestiones más diversas hizo que también a nivel artístico conversáramos mucho, varias veces lo llamé y aparecía por mi casa o mi estudio para conversar sobre un trabajo fotográfico o un video.

creo que naturalmente los que intentábamos desde cualquier rincón mantener viva la memoria nos juntábamos. Cuando presenté una serie de fotos sobre el tema de los desaparecidos, una de las cuales fue premiada y adquirida, el día de la apertura de la exposición allí estaba Hugo en la puerta del Museo de Artes Visuales, haciendo cola para ver la exposición y además había traído un viejo amigo que a partir de ese día paso a ser amigo mío también, Raúl Gadea. Cuando llegamos al primer gobierno del Frente y hasta su muerte fue un período donde varias veces le comenté estar preocupado, casi siempre estaba de acuerdo con sus opiniones publicadas semanalmente en la contratapa de la República, esto no condecía con el carácter tan uruguayo de un ciudadano, una opinión. Desarrollamos en ese período un diálogo bastante fértil, Hugo no se mareaba con la cercanía del poder, recuerdo sus broncas con las actitudes de muchos jerarcas del nuevo gobierno, tenían memoria corta y olvidaban con facilidad como habían llegado allí. Cuando pensamos en la importancia de la memoria como bandera, como idea, no se reduce a la peripecia de lo sucedido durante la dictadura. La memoria y la necesidad de abrir la sociedad van de la mano.

Ya había comenzado a trabajar la temática de la memoria en mis fotografías y ese era un tema existencial para él, la necesidad de pensar y construir desde la memoria.

La memoria sobre los orígenes de la izquierda, quiénes somos y cómo llegamos hasta aquí, Hugo recuerdo, insistía, “no hay suficiente conciencia republicana…”, la izquierda es un eslabón de una larga cadena de conquistas y en una época compleja como la actual no podemos olvidar el pasado y dedicarnos sólo a pensar el futuro, sin lo uno difícilmente logremos construir lo otro.

Después del fracaso del voto verde hubo un largo período donde mucha gente quería ˝olvidar˝,

Así era Hugo, un tejedor de amistades, de relaciones, de ideas y de sensibilidades.

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HUGO CORES (1938-2006)

El hombre que salvó a Lilián y a Universindo Luiz Cláudio Cunha*

 -Hay una pareja uruguaya desaparecida en la calle Botafogo-, decía una voz firme aunque tensa, que realizaba una llamada telefónica anónima a la sucursal de la revista Veja, aquella mañana del viernes 17 de noviembre de 1978. Pregunté qué significaba “pareja desaparecida” y el hombre respondió antes de colgar: Detenidos. Comenzaba allí el fiasco del secuestro de Lilian Celiberti, sus hijos Camilo y Francesca y su compañero Universindo Rodríguez Díaz, localizados y presos en Porto Alegre por el largo brazo de la represión de Montevideo con la complicidad del DOPS (Departamento de Orden Político y Social) gaucho. Eran las dos dictaduras, la brasilera y la uruguaya, actuando en conjunto según los patrones bandoleros de la Operación Cóndor, una trasnacional del terror que unía a los generales del Cono Sur en el desconocimiento de las fronteras de los países y del derecho internacional. La voz que salvó la vida de los cuatro uruguayos se calló, para siempre, en la madrugada del 6 de diciembre del 2006: Hugo Cores, el hombre de la llamada telefónica, murió del corazón a los 68 años, en casa, en Montevideo. Libre de fantasmas Durante medio siglo, este profesor de historia, de frente larga y sonrisa fácil, fue eco de todas las voces y colores de la lucha por la democracia en

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Uruguay, sumergido en una dictadura desde 1973. Militante sindical, fundó el PVP (Partido por la Victoria del Pueblo), fue preso, torturado y exilado, siguiendo el camino de miles de patriotas. Enfureció a los militares cuando redactó en el exilio, en 1977, el manifiesto de un Frente Antidictatorial. Era a Hugo Cores a quien buscaba Montevideo cuando mandó al comando militar a Porto Alegre. Él, entonces viviendo clandestinamente en San Pablo, tenía un encuentro aquel viernes en la capital gaucha, con la pareja uruguaya, ambos militantes del PVP. Pero Lilian había sido detenida en la Rodoviaria por el comisario Pedro Seelig el domingo anterior. En el apartamento de la calle Botafogo el DOPS encontró un telegrama de un dirigente del PVP en Paris, que reclamaba por el silencio de la uruguaya, obligada a hacer contacto un día sí un día no. Al llamar a Paris desde dentro del DOPS, aún vigilada por Seelig, Lilian consiguió pasar un mensaje cifrado. Paris avisó a Hugo Cores, que entonces localizó mi nombre, en los créditos de la revista Veja y telefoneó para la sucursal. Mi inesperada aparición en el apartamento junto con el fotógrafo J.B.Scalco desmontó la ratonera que el DOPS y el Ejército uruguayo habían montado para capturar a Cores. El secuestro se volvió un fiasco binacional. Seguro que el blanco mayor del secuestro era él mismo, Cores embarcó a su mujer Mariela y un puñado de libros en una vieja Combi, abandonó

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el apartamento donde vivía y se fue a esconder en la agitada “Boca do Lixo” de San Pablo. Seguía la repercusión del secuestro por los titulares, cada vez mayores, de los periódicos brasileros.  A la semana siguiente cambió la agitación de la “Boca” por la calma de Guaruja, en el litoral paulista. A medida que el tiempo pasaba, Cores, percibió, aliviado, que el largo brazo del régimen de Montevideo ya no lo alcanzaría. Todos los uruguayos secuestrados en el exterior, que son alrededor de 180 están desaparecidos hasta hoy. Los únicos que están vivos son Lilian, los niños y Universindo. El secuestro de Porto Alegre fue el único realizado en Brasil y el último practicado por Uruguay. Después de él nunca hubo otro, festejaba Cores en 1993, en una entrevista a Zero Hora, reinstalado en la capital uruguaya, libre de los fantasmas del pasado.            Entonces con 55 años, ocupaba una de las 99 sillas en el Parlamento uruguayo, por el entonces legalizado PVP, integrante de un frente de izquierda que preparaba al intendente Tabaré Vázquez para una inédita victoria presidencial del Frente Amplio en 2004. Operación Cóndor La travesía fue larga. Cada tanto una bomba terrorista intentaba perturbar la tranquilidad del país. Parte de ese clima se debe a la complicada “Ley de

la caducidad de la pretensión punitiva del Estado” que libró a los militares de cualquier castigo por la tortura que adoptaran como forma de gobierno. Por el “concepto de obediencia debida” todos los torturadores seguían órdenes de sus jefes y con eso, nadie precisó pagar nada. En el referendum de abril de 1989 para consultar lo que el pueblo uruguayo opinaba de la “Ley de Caducidad” el país se dividió al medio: 57% aprobó el proyecto que beneficiaba a los militares, 43% no. En vez de tragar en seco el Uruguay se quedó con los militares atravesados en la garganta. En los últimos días, Hugo Cores, escupía fuego en sus artículos de prensa, engrosando las filas del movimiento nacional que pedía el fin de la caducidad. En noviembre de 2006 la Justicia comenzó a actuar: metió en la cárcel al ex dictador Juan María Bordaberry, acusado del asesinato en Buenos Aires, 30 años atrás, de dos líderes de la oposición uruguaya: el senador Zelmar Michelini y el diputado Gutiérrez Ruiz. Era la misma Operación Cóndor que funcionó en Buenos Aires y fracasó en Porto Alegre.

* periodista brasileño   

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c u a d e r n o s d e c o m p a @u gn mpaai rl t. ci do om c o n

memoria


Cuadernos de Compañero