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DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DR. RAMON J. VELASQUEZ

UNIVERSIDAD DE CARABOBO VALENCIA – VENEZUELA – 1987

Honor cuya magnitud sé apreciar y agradecer es éste que la Universidad de Carabobo me hace al señalarme, por determinación del Consejo Universitario y a solicitud de la Asamblea de la Facultad de Ciencias de la Educación, como “ Doctor Honoris Causa en Educación” de la Ilustre casa. El agradecimiento es mayor por la mención que ostenta el titulo. A lo largo de mi vida he cumplido con mayor o menor acierto múltiples tareas, pero tal vez por herencia mi vocación fundamental ha sido la de enseñar, en las más diversas circunstancias y frente a los más variados auditorios. He consagrado infinito número de días al estudio de nuestra historia política y social con el propósito de llevar un relato veraz, y en nada retorico, de nuestro devenir como pueblo. Me he empeñado en rescatar y abrir archivos con el fin de brindar otras fuentes de información, al examen de los nuevos historiadores. De la misma manera llevo años dirigiendo la recopilación del pensamiento político Venezolano para que los investigadores que llegan, tengan material de estudio, antes inaccesible, casi perdido y en el cual a través de las grandes polémicas y de las batallas periodísticas y parlamentarias ocurridas a lo largo de estos ciento setenta y seis años de vida independiente se refleje la existencia de una Venezuela casi desconocida y bien distante de la que se han empeñado en pintar algunos panfletos con aspiración de historia. En este camino y con propósitos semejantes logré conocer y compartir planes con ilustres profesores de la Facultad de Ciencias de la Educación de esta Universidad. Su interés y respaldo a los proyectos que bajo mi dirección se han venido realizando en Caracas, constituyeron para el grupo de historiadores que me acompaña y para mí de manera especial, estímulo muy importante. Las tareas que veníamos cumpliendo habían logrado interesar a un núcleo académico tan importante como el de la Universidad de Carabobo. Repetidas invitaciones a tomar parte en los cursos anuales que sobre el análisis de proceso histórico venezolano del siglo XX realizan, me abrieron las puertas de la colaboración directa. Para mí constituía hecho de especial importancia poder colaborar, en alguna forma, en el seno de una Universidad como la de Carabobo, por cuya obra y suerte tengo razones especiales para tener alto interés.

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Además de la raíz valenciana de mis hijos y de haber sido ciudad de mi refugio en días de persecución dictatorial, dos valencianos ilustres han ocupado sitio p de admiración desde mis días adolescentes, pues, conocí de su existencia en la lejana San Cristóbal, cuando sus nombres estaban prohibidos y sus obras eran lectura peligrosa y clandestina. Me refiero a José Rafael Pocaterra y Antonio Paredes, protagonistas de la Venezuela dolorosa, del exilio y de la muerte. Eran los últimos años de la dictadura del Presidente Gómez y estudiábamos en el Liceo de la capital tachirense. No obstante la lejanía de la ciudad andina la implacable vigilancia que sobre la propaganda revolucionaria realizaba el Gobierno, teníamos noticias de las protestas universitarias de Caracas. También desde la cercana Colombia, llegaban al Táchira, periódicos y folletos en donde los venezolanos del exilio denunciaban ante el mundo la tragedia que vivía Venezuela, rodeada por una muralla de silencio y temor. En esas circunstancias, llegaron a nuestras manos como acto de iniciación el conocimiento de la vida venezolana, las Memorias de un venezolano de la decadencia, obra fundamental de Pocaterra. La leímos un grupo, bajo los arboles de los jardines del colegio, a escondidas como si se tratara de la comisión de un delito. Libro impar de la literatura hispanoamericana, es, al mismo tiempo, historia, denuncia, panfleto, novela, reportaje, poema y tragedia. Para el adolescente aquellas páginas eran el descubrimiento de una realidad dramática que se ocultaba tras el miedo colectivo. Para los venezolanos de mayor edad, las Memorias de Pocaterra debían constituir un remezón a sus dormidas conciencias. Era la historia de un pueblo, distinta a las páginas llenas de nombres de batallas y de apellidos de presidentes de la historia oficial. Por primera vez, los liceístas nos enterábamos que había otro país, la Venezuela de los secuestrados y de los peregrinos, por primera vez nos enterábamos que por defender un ideal, el hombre pagaba la fe con la muerte. El libro de Pocaterra nos llevaba a establecer interrogaciones y dudas acerca del contraste trágico que se mostraba entre la existencia de Congresos y jueces que consagraba la Constitución y que se reunían dentro de los lapsos que la Ley acordaba y esa negociación flagrante de aquellas que nunca se olvidan y dejan un tatuaje en el recuerdo que se hace presente a lo largo de la vida futura en momentos de acción o en tiempo de reflexión y estudio. Al andar del tiempo conocí a Pocaterra. Era yo para entonces, reportero de un diario caraqueño y el, personaje consagrado y figura de primera importancia en el mundo de las letras y la política. Venia de haber sufrido cinco años de prisión y de grillos, de trece años de exilio, de haber sido el más activo vocero der la denuncia venezolana en la prensa continental y de haber participado como cualquier joven guerrillero en el desembarco de una invasión revolucionaria de tierras de Oriente. Ahora eran otros los tiempos y distinta su posición. Pero el personaje era el mismo, vivía, vibraba, soñaba y replicaba con un lenguaje y dentro de un clima espiritual que siempre tenia como camino y remate, la manera de ser de nuestra 2   


historia. Todo tenía su explicación y su raíz en nosotros mismos, en lo que fuimos, en aquello que la tradición nos obliga a ser, así cambien las circunstancias y las modas. Y a lo largo de sus discursos, de sus inimitables monólogos, del contrapunteo de sus conversaciones, estaba siempre presente en Valencia, con sus glorias y pecados. Al valenciano Antonio Paredes también lo conocí en San Cristóbal, en los mismos días del Liceo. Ahora, me he enterado que fue estudiante en las aulas de la Universidad de Valencia, y que cumpliendo con el destino venezolano de aquellos tiempos, de la Universidad salió camino de la guerra. Paredes escribió u libro titulado Diario de mi prisión en San Carlos: 1899-1902 que al lado de la obra de Pocaterra formaba en el índice de las obras peligrosas y de lectura prohibida. El libro se había publicado en Berlín en 1905 y desde entonces hasta 1936 se pasaba de mano en mano y era leído en medio de temores para enterarse el lector de acontecimientos ocurridos a comienzos del siglo, pero que mantenían valor de actualidad por la parálisis que sufría el país y por la rutina dolorosa de cárceles, destierro y torturas que todavía constituían los métodos de gobierno. Desde entonces me intereso la figura de Antonio Paredes como representativo de la Venezuela que cree en ideales y doctrinas y que se juega la vida como ultimo argumento contra la corrupción y el cinismo. Desde esa época me interese en el estudio de su personalidad y año mas tarde la nueva lectura de su Diario y el conocimiento de otros libros suyos me mostraron un hombre de formación cultural superior a lo corriente en ese mundo de formación cultural superior a lo corriente en ese mundo de generales y doctores en que iba a actuar. En su primer destierro, en 1895, marcho a Europa dispuesto a convertirse del guerrillero que fue en la guerra legalista de 1982, en un conocedor teórico del arte de la guerra y también para aprovechar el resto del tiempo disponible en hacerse a una cultura musical. Paredes represente el drama de los venezolanos a quienes la violencia de los tiempos los envolvía en su furia sin dejarlos realizarse plenamente en ninguno de los campos que soñaron conquistar. Dedique mi primer libro, La Caída del Liberalismo Amarillo a la vida, drama y muerte de Antonio Paredes. Considere que la historia nos brindaba pocos venezolanos que como Paredes, por la claridad de sus pasos, intenciones y pensamientos señalara mayor contraste con los actores y los dueños de la Venezuela decadente del liberalismo amarillo. Defensor de un gobierno dentro del cual no había tenido responsabilidades superiores y que se derrumbaba en medio de un coro de traidores, Paredes va a representar la denuncia inútil contra la deslealtad, frente al ejército de quienes en carrera desenfrenada abandonan al Presidente Andrade para unirse al cortejo de los triunfadores que eran los enemigos de la víspera. Al final, en 1907, frente a una Venezuela enmudecida y aparentemente conforme con su suerte, Paredes desembarca en tierras de Oriente en una empresa que desde el comienzo no podía tener otro final que el sacrificio del héroe.

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Conté su vida y el final trágicos de sus huesos utilizados en los días de la reacción contra Castro para realizar el más grotesco de los homenajes, sus respetar la vida del héroe, ni la santidad de la muerte. Conté la vida de Paredes y rescate para el procerato de los grandes vencidos de nuestra historia, la cual había sido injustamente olvidada por los venezolanos. La conté en tiempos de dictaduras cuando era prohibido nombrar a quienes luchaban por el rescate de la democracia secuestrada. Como resultaba imposible hablar de los vivos y de su empresa, era entonces necesario hablar de los muertos y su mandato. Más allá de la muerte estos luchadores siguen vivos, en la pedagogía de sus lecciones. En hora misma en que la casa mayor de la cultura y la ciencia de Carabobo me otorga el alto honor de recibirme en su seno, quise venir acompañado por la sombra del recuerdo y la presencia histórica de estos dos valencianos a quienes, a través de lo tiempos, les he dedicado paginas de devoto recuerdo empeñado siempre en situar sus vida y obras en el plano de importancia histórica que ambos merecen. Y lo hago porque no ando errado al ver en Pocaterra y Paredes, figuras representativas de la actitud de combate y cultura que ha caracterizado la tradición y la importancia nacional de Valencia en al actitud perpetua de formar filas en el combate sin fin, de conquistar la libertad. La existencia durante el siglo XIX de los Colegios Nacionales de categoría universitaria, respondía a exigencias de l realidad nacional. Las provincias, luego Estados Federales, que integraban las República permanecían aisladas entre si por las enormes distancias. La pobreza nacional y la falta de caminos, obliga a los pobladores de cada región a permanecer en ella, sin posibilidades de viajar. Las capitales de las Provincias o Estados, eran pequeñas islas en donde se refugiaba la cultura en medio del inmenso mundo rural. La influencia y la proyección cultural de Caracas sobre las provincias eran muy débiles por no decir nula, y cada uno de los grupos regionales tenía que responder a la necesidad imperiosa de crear sus propias elites. De allí la importancia de los Colegios Nacionales de Valencia, Ciudad Bolívar, Maracaibo, Calabozo, Coro y Trujillo, para nombrar los principales. Abogados, Médicos, ingenieros, filósofos, sacerdotes, se formaron en sus aulas y desempeñaron papel esencial en sus respectivas regiones a todo lo largo del siglo XIX. Dos de estos colegios Nacionales, fueron elevados a finales de aquel siglo a la categoría de Universidades: el de Maracaibo y el de Valencia. Con la iniciación a comienzos del siglo XX del Estado centralista autocráticos que ha de perdurar hasta la década de los años cincuenta y bajo la presidencia del General Cipriano Castro se clausuran sucesivamente las universidades del Zulia y Carabobo. Frente a hechos semejantes, de tan negativas consecuencias en la vida del país, nos viene al recuerdo la frase de Pio Gil: “En Venezuela, la justicia revolucionaria es incompleta, pues, castiga al tirano derrocado, pero siempre deja impunes a quienes lo estimularon y aplaudieron sus abusos”. Llama a dolorosas reflexiones que quien era su Ministro de Instrucción Publica 4   


refrendara con su firma tan absurda determinación, y mayor extrañeza causa que quienes constituían el grupo político más poderoso del gobierno de Cipriano Castro, en su mayoría egresados de la Universidad de Valencia, guardaran un silencio que los condena ante la historia. La clausura de las Universidades de Carabobo y Zulia no constituyen episodios aislados, sino son la expresión de una política oficial que también puso fin a la categoría universitaria de los restantes Colegios Nacionales y que redujo la oportunidad universitaria de la juventud hasta dejarla confinada a las pequeñas casas de Caracas y Mérida. Pero esta misma Universidad de Caracas vera cerradas sus puertas, desde 1913 hasta 1923, a raíz de las protestas estudiantiles contra el propósito continuista del Presidente Gómez. Hasta 1936 va a vivir la vida universitaria del país su etapa más difícil y negativa. Mérida era una lejana región de difícil acceso y las oportunidades para continuar estudios en la ciudad letrada estaban reducidas a los grupos locales y cercanos. Fue la época de la multiplicación de “los bachilleres” como expresión de la frustración de sucesivas generaciones de estudiantes que no tenían manera de avanzar en su empeño académico y se veían condenados a vegetar ejerciendo siempre las más diversas y duras tareas subalternas. En 1936, el Presidente López Contreras, adopto una aptitud reparadora con respecto a las universidades de Caracas y Mérida, abrió sus puertas a nuevas disciplinas, estimulo reformas y volvió a otorgar su perdida jerárquica a la vida académica. Pero, con respecto a la vida universitaria de la provincia, mantuvo el mismo criterio que venia siendo pauta oficial desde 1904. La primera crisis ministerial en la Presidencia de Medina Angarita ocurrida en 1941 por la renuncia del zuliano Alejandro Fuenmayor, Ministro de Educación, tuvo su origen en la negativa del gobierno nacional a decretar la reapertura de la Universidad del Zulia, cuyas puertas vuelven a abrirse en 1947, por decreto de la Junta Revolucionaria de Gobierno. En 1958, al comienzo de la era democrática, marca modificaciones sustanciales en el pensamiento del Estado, frente al problema de la educación, pudiendo señalarse como expresión de este cambio el retorno a la tradición universitaria del siglo XIX interrumpida durante cincuenta años y por tanto la creación de las modernas universidades regionales. Las voces que a lo largo de los años pidieron la reapertura de la Universidad de Carabobo, las batallas de opinión promovidas y encabezadas por Alfredo Cellis Pérez y los reclamos de Monseñor Gregorio Adam no habían obtenido durante muchos años sino el silencio por respuesta y ahora el nuevo gobierno creía deber y urgencia decreta la reapertura de la Universidad: Habían cambiado los tiempos. Volvía a abrir sus puertas la casa que presidio como rector el ilustre Alejo Zuloaga. Como los tiempos han cambiado, nuevos deberes y reclamos, antes desconocidos, se plantean desde sus comienzos a las nuevas universidades regionales. A las tareas tradicionales debían ahora agregar otra, pues, no podrían limitar su tarea simplemente a la 5   


graduación del alumnado de sus Facultades y escuelas de espaldas a la realidad y a las urgencias nacionales y locales. La tarea de una universidad regional en la Venezuela democrática y en relación con el futuro nacional tiene al mismo tiempo la de aprovechar las capacidades profesionales que reúne, el tesoro de datos que acopia y la visión total que sobre los problemas brinda la sabiduría para constituirse en centro director, en analista de los problemas sociales y económicos del Estado y en gabinete de examen por excelencia, de los planes de desarrollo que deben acometerse en los territorios que la tienen como centro de gravedad cultural. Este aporte lo reclama el país y su realización consagrara la influencia de las universidades en el seno de la comunidad. Hace ya treinta años se iniciaron estos cambios fundamentales y en el largo caminar hemos logrado transformaciones en el vivir venezolano. Sin embargo, siguen presentes tradicionales factores y comportamientos que frenan y tratan de deformar la esencia misma de nuestra democracia. Todavía pesa con la fuerza que otorgan las practicas centenarias, el pensamiento y la acción centralistas que tienden a mantener a la sede capitalina del poder como el único centro nacional de decisiones cualquiera que sea la naturaleza o importancia, máxima o mínima, del problema planteado, bien se trate de la elección de un presidente municipal o de grandes proyectos, en los que sea indispensable conocer previamente la opinión de quienes viven dentro de las realidades regionales. La concepción del Estado centralista bajo la cual nació nuestro siglo XX y dentro de cuyas normas realizaron sus obras sucesivos gobiernos cuyo origen no fue el mandato que otorga el voto, ha logrado mantener su vigencia, no obstante la plenitud en el ejercicio de las libertades políticas, los mandatos de la Constitución de 1961 y las repetidas promesas anticentralistas que pueblan programas y mensajes. Todos los intentos de reforma institucional naufragan frente al pensamiento y la actitud de quienes, teniendo poderes decisorios para lograr las modificaciones de la estructura institucional, encuentran menos complicado mantener formulas de comportamiento y solución centralistas que dificultan cada vez con mayores presiones el avance que la propia democracia ha impulsado. Sin hacer un análisis profundo de las conquistas logradas en estas tres décadas de vida democrática, podemos señalar como de primordial valor la transformación en la actitud del venezolano traducida en su interés por el conocimiento, examen y solución de los problemas nacionales y su creciente reclamo participativo, inconforme con el papel de testigo mudo y paralitico a que lo tiene confinado la misma voluntad centralista trasladada al comando de los partidos políticos. Dos acontecimientos puede añadir en haber el balance democrático: uno, la empresa educativa realizada a todos los niveles, difundida por todas las regiones, orientada al aprovechamiento de todas las clases sociales. Empresa de esas magnitudes no tiene antecedentes el país. Rompió la muralla del analfabetismo que hace 40 años alcanzaba al 6,0% de la población, llego con escuelas y liceos a los mas remotos territorios, dio la importancia que la hora exigía a la creación de las universidades 6   


regionales y abrió el camino de los centros universitarios del mundo a miles y miles de venezolanos. Cuando se habla deterioro de nuestra educación por el proceso de la masificación, deberíamos preguntarnos si antes en Venezuela, la educación tuvo, por parte del Estado, una importancia tal que permita hacer una comparación o que se hubiera realizado obras culturales de gran magnitud que luego destruyera esa masificación. No es necesario hablar de los renglones de la educación superior, basta analizar datos, examinar presupuestos del Estado, estudiar a través de las Memorias, la intención y el alcance del pensamiento oficial en esta materia para advertir en este logro con todas sus carencias y defectos, represente, sin embargo, una de las bases claves de nuestra transformación y del avance del país. También debe anotarse como hecho primordial, que el tiempo que vivimos ha sido el de nuestro mas alto desarrollo científico, tecnológico y artístico y los valores que en este campo representan a Venezuela actúan con acierto y autoridad en el medio internacional. Por lo demás, los niveles culturales del pueblo constituyen uno de los mejores índices de nuestra evolución. Otro hecho determinante del nuevo cuadro nacional, lo constituye el desarrollo de las regiones, alcanzado en décadas. Desarrollo que es mayor garantía de consolidación que tiene la democracia y el mayor factor para lograr un futuro cercano, el equilibrio en el poder económico y el desarrollo social y cultural entre las diversas secciones del país que es indispensable para conquistar una descentralización sin riesgos, ni debilidades. Parece que un siglo nos separa de una época cercana en la que los Estados de la Republica eran vastas extensiones conformes con un destino de pobreza y enfermedades. La gente emigraba hacia la Capital en busca de salvación. Las tradicionales familias de las elites locales abandonaban los pueblos y ciudades del interior para nunca regresar. La explicación de la marcha era siempre la necesidad de educar a los hijos y la esperanza de encontrar algún seguro medio de vida, Solo en Caracas, Valencia y Maracaibo se hablaba de empresas industriales y de combinaciones financieras. Ahora todo es distinto. El panorama de los inmensos ampos del sur de Occidente, desde Cojedes hasta Barinas semejan escenario de cultivado campo europeo; el espectáculo de Guayana marca un nuevo tiempo de la economía nacional, en tanto que en Aragua y Carabobo cree el poderío industrial; El Zulia es despensa del país; los Andes modernizan sus métodos de producción y plantean ambiciosas metas de desarrollo, y en tierras orientales y llaneras crecen las ciudades u se multiplican los graneros. A todas estas nuevas realidades hay que agregar la presencia en esos escenarios de millares de estudiantes que concurren a las nuevas universidades regionales y la calificada calidad de los miles de profesionales que allí viven. Sin pretender realizar un catalogo de la problemática venezolana de 1987, simplemente hemos hablado de algunas de las transformaciones ocurridas, de los avances logrados, pero, al señalar ante un auditorio de profesores y estudiantes no puede ignorarse, 7   


y si deben recordárseles una vez mas, el conjunto de circunstancias de desajuste social y económico que de progresar amenazarían la paz social del país y podrían causar el mas grave conflicto que afrontaría nuestra democracia. Estos hechos se refieren, por una parte, a la manera como ha crecido el poderío económico de los grupos que representan el mas pequeño porcentaje de la población venezolana y que sin embargo controlan casi monopolísticamente áreas determinantes de nuestro desarrollo. Frente a esta realidad, los sectores mayoritarios del país, trabajadores y clase media, se ven cercados por la amenaza del desempleo y la pobreza, mientras se cierra el horizonte de sus expectativas favorables. Y si al mismo tiempo observamos como crece sin control ninguno nuestra población, precisamente en los sectores de pobreza relativa y de pobreza critica, el tema del futuro venezolano reclama la necesaria y urgente determinación de encarar estos problemas con otras soluciones, distintas a las aplicadas tradicionalmente. Las cifras que con respecto al crecimiento poblacional venezolano han obtenido los investigadores sociales son alarmantes y las conclusiones del Proyecto Venezuela abren caminos para modificar a tiempo tan profundo desajuste. Todo nuestro progreso económico y nuestro desarrollo político, la suerte misma de la democracia y del país, están condicionados en un futuro cercano a la manera como se soluciones el problema del desequilibrio económico y social que cada día va creciendo silenciosamente, mientras dedicamos todo el tiempo al debate político. Me he refererido a estos temas de la realidad venezolana, he anotado algunos de los grandes cambios ocurridos en las ultimas décadas y he llamado la atención acerca de los conflictos que tiene planteados nuestra democracia, porque no hay ninguna otra tribuna mas apropiada que la de una Universidad para subrayar cosas sabidas y por saberse y para invitar al examen y discusión de los temas que atañen al presente y pasado del país. Por otra parte, orienté por estos caminos mis palabras porque creo que pocas Universidades como la de Carabobo, están llamadas a constituirse en sitio para el examen y reflexión de nuestros problemas esenciales. La tradición de Valencia como lugar de cita en las grandes horas políticas del país, su historia de luchas por la libertad, el conjunto de personalidades congregadas en esta casa de altos estudios, el escenario mismo de la región como uno de los grandes centros de nuestro desarrollo económico y tecnológico y, además, la condición de la Capital como sitio de convergencia de una población de trabajadores y técnicos venida de todos los confines, convierten a Valencia en un crisol venezolano que nos lleva a mirarlo como el mejor lugar para esta Universidad, juntando la suma de sus valores científicos y bajo el signo de la responsabilidad democrática estableciera un centro para promover el estudio y reflexión de los problemas venezolanos. Dirigidos a crear un debate permanente y de altura con los medios científicos, intelectuales y políticos de todo el país en procura de lograr el desarrollo de nuevas políticas, actitudes y modos de acción que favorezcan la viabilidad de nuestro desarrollo futuro en un contexto de paz social, justa distribución de la riqueza y aprovechamiento de todos los avances científicos y 8   


tecnológicos en beneficio dl fortalecimiento de nuestra entidad como Nación independiente. Hemos vivido en las últimas décadas, casi medio siglo, dentro de los esquemas que estableció el modelo de desarrollo político, económico y social que trazo en horas de juventud la generación de 1928, y que se convirtió pocos años más tarde en tesis y programas de los partidos que hoy dominan el panorama político. Tanto en el orden de las instituciones políticas como con las modificaciones logradas en los campos economicosocial, se han venido cumpliendo las proposiciones planteadas en aquellos debates iniciales. Pero las transformaciones provocadas por el cumplimiento de esas promesas han creado al país y a la democracia, nuevos objetivos, al tiempo que se han puesto en evidencias fallas y contrasentidos para cuya solución no encontramos formulas aplicables en proposiciones de los años cuarenta. Esta situación plantea la necesidad del debate sobre Venezuela del siglo XXI y de las características que al tomar en cuenta los grandes cambios ocurridos, abra los nuevos caminos. Y la presencia de la Universidad en esta clase de debate debe constituir signo elocuente de nuestra madurez democrática. La retorica y el mesianismo debe cederle el paso al estudio metódico de la realidad nacional. Siempre se alega que en Venezuela son únicamente las gentes de la Capital de la Republica quienes han mantenido el monopolio del examen, análisis y sentencia de los problemas nacionales y que el resto de los venezolanos siempre esperan, ante la resignación y la sorda protesta, el dictamen impalpable. ¿Por qué no empezar a pensar sobre las mismas cosas, en otros escenarios del país y con argumentos que puedan completar aquellos que han sido tenidos tradicionalmente como dogmas? Centenares de estudios sobre la realidad venezolana e innumerables proposiciones de solución a los problemas han elaborado a lo largo de los años las Universidades de los Andes, Carabobo, Zulia, igual que la de Oriente, pero esos aportes han pasado casi desapercibidos. Muy pocos de estos meritorios esfuerzos llegan mas allá de los limites de la propia Universidad que los patrocina. ¿Por qué al lado de esas invalorables tesis y nade esas originales investigaciones, la Universidad domo tal, no presenta ante el país, su pensamiento nacional, sin tanteos, sin timideces, como lo justifica los avances logrados? Es notable el aporte que en otros países entregan las Universidades en esta clase de labores, no solamente en los Estados Unidos, sino dentro del área latinoamericana, en países como Brasil, México y Colombia. Mi experiencia me enseña que en numerosas oportunidades, los análisis y estudios sobre la problemática nacional que circulan en la capital del país y que se refieren a aspectos fundamentales de la realidad de las provincias, carecen de verdadera información o están teñidas por un dogmatismo que debilita el valor de sus dictámenes. En este sentido la presencia de las Universidades regionales tomando parte en esta clase de estudios 9   


aportaría un invalorable factor de claridad por el conocimiento directo de situaciones que hasta la Capital llegan deformadas o se ignoran. Estas reflexiones, así como la insinuación que me he atrevido a presentar, son expresión de mi interés y alto aprecio por las tareas y la vigencia histórica de la Universidad de Carabobo, así como del agradecimiento que hago una vez mas, patente por ese doctorado Honoris Causa que enaltece mi modesta persona. Grandes cambios, impulsados por la dinámica del sistema democrático, esperan a Venezuela en los próximos lustros. Y en esas horas singulares, quienes forman filas en las nuevas generaciones tendrán un papel fundamental y serán responsables del rumbo nacional. Deber de las Universidades es capacitarlos para el cabal cumplimiento de las futuras grandes misiones.

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Discurso pronunciado por Ramón J. Velásquez