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ÚLTIMO CAPÍTULO

–Para concluir -dijo Alberto después de unos minutos en silencio-, voy a resumirte qué es lo que creo tener, de dónde creo que viene y a dónde me puede llevar, pero no puedo decirte la solución; sólo suponer. Abrí los ojos y vi el inmenso mar delante de mí. Le pedí que diéramos un paseo, accedió, y mientras caminábamos descalzos por la arena de la playa pensé en la gente que yo conocía en Valencia. ¡Alguien podrá ayudarlo!, me dije. –Yo creo -concluyó- que padezco una enfermedad mental antigua, conocida pero desconocida, a la que yo mismo he puesto el nombre de “Síndrome ANACCAM”, ANA, Autoestima Natural Atrofiada, y CCAM, Criterio de CAstigar al Malo, cuyos síntomas son los celos y los enfados. Al tener la Autoestima Natural Atrofiada siento celos y sospecho que todo el mundo es malo. Y al tener el Criterio de CAstigar al Malo me enfado con ese mundo malo que creo ver y lo castigo; lo maltrato… Alberto me miró unos segundos y a continuación preguntó: –¿Para ti los bebés, son buenos o son malos?

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–Para mí son buenos, todos -contesté sin dudar-. Para mí son todos unos angelitos. –Exacto -confirmó mirando otra vez la arena-. Se podría decir que los bebés son inocentes, cariñosos, inofensivos y divertidos, o sea, buenos y alegres por naturaleza, con su autoestima intacta. Y yo también fui un bebé. Pero cuando adulto me he comportado como una persona amargada y mala. ¿Qué pasó en mi cabeza para perder esa alegría y bondad natural? Pues lo que pasó, creo, fue que mis padres, educadores,

¡involuntariamente!,

me

traumatizaron

maleducándome, padres que también fueron traumatizados por sus propios padres, mis abuelos, y éstos por sus padres, mis bisabuelos, y así desde la antigüedad… >>Antes pensaba que esto lo tenía yo porque lo había copiado de mi padre puesto que hago las mismas cosas que él hacía (por eso me alejé de mi hijo, para que no copiara de mí este problema), pero al final he comprobado que no fue por copiar ya que, no por ver una película de asesinos tú sales del cine matando, pero si intentan matarte a ti dentro del cine seguro que sales con toda la rabia del mundo buscando venganza. No. Este trauma no se copia. Este trauma, por desgracia, se metió en mi mente por las riñas, gritos, castigos y comparaciones que me dio mi madre… ¡Eso creo! Es decir, mi madre me quiso imponer una norma de conducta, ser bueno, a rajatabla. Pero como yo no era tan perfecto como ella quería porque sólo era un niño que deseaba jugar, hacer travesuras

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para divertirme, experimentar cosas nuevas y conocer el mundo, me maleducó metiéndome para toda la vida este trauma, sutilmente, día a día, semana a semana, mes a mes y año tras año, haciéndome peleón y bajándome la autoestima hasta pozos profundos e insospechados. >>Una de las cosas que bajó mi autoestima, que me quitó un punto de amor propio, fue sobreprotegerme, ya que para protegerme del “mal” mi madre me prohibía hacer cosas que yo quería hacer, como ir a bañarme a la charca que había cerca de mi casa para divertirme nadando; ella quería protegerme pero yo me sentía como un preso en una cárcel, y eso me ponía triste. –Quizá lo malo no fue que tu madre te prohibiera ir a bañarte al tanque -señalé-, porque es peligroso y seguro que ella tenía miedo a que te pasara algo malo. Quizá lo peor fue la forma con que te lo prohibía. –Si, en eso tienes razón. Tal vez, si me enseña a cuidarme según mi edad, si ella me explica que con ocho años no estoy preparado para bañarme en un tanque, si ella me explica su miedo a que me pasara algo malo, tranquila y con cariño, yo la hubiese entendido y esas prohibiciones no me hubiesen hecho daño, pero nunca me explicaba nada; sólo lo ordenaba, lo imponía de malas maneras gritando: “¡No voy a dejar que hagas lo que te dé la gana!” o “Como me entere de que estás en esa charca te mato”. Eso me metía miedo, ya que amenazarte con matarte asusta hasta a Supermán…, me ponía

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triste porque me impedía disfrutar como hacían los otros niños, y me bajó la autoestima porque terminé creyendo que yo era débil, “un enclenque”, incapaz de saber cuidarme por mí solo, incapaz de hacer lo que sí hacían otros y capaz de hacer cosas malas, como desobedecerla; o sea, “malo”… >>Llegaron sus menosprecios, como cuando me gritaba: “¡para lo que te va a servir!”, que me bajaban la autoestima otro punto porque, ser despreciado es malo, pero por tu madre, lo peor para convencerte de que eres malo. También vendrían los reproches, las quejas, las protestas, siempre con mala cara, por no hacer lo que ella quería, la tarea o ayudarla a limpiar los pisos de la otra casa, lo que me bajó la autoestima otro punto porque me acusaba de “malo y desagradecido” con su famoso dedo acusador. Vino la exigencia, la dictadura, obligándome a gritos a hacer cosas que no quería, como ponerme las camisas de otros, lo que me bajó otro punto de autoestima porque me hacía parecerme a un esclavo, “el peor”. Y al rebelarme contra esa dictadura, no haciendo lo que ella quería, empezó a compararme con otros “que sí eran buenos”, cosa que me hizo creer que yo ya era peor que los otros, o sea, “malo”; otro punto menos. Comenzó la desconfianza, al no creerme cuando le decía que no sabía por qué suspendía, por lo que me reñía etiquetándome de mentiroso y de vago, o sea, “malo”, quitándome otro punto. Comenzó el puritanismo, tratándome de “malo” si hacía algo relacionado con el sexo, como pensar en el sexo o como la vez que le toqué una teta. Empezaron las

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amenazas, advirtiéndome de que si seguía por ese camino “malo” me iba a castigar, tal vez con que el coco o el hombre del saco me iban a llevar lejos, quizá hasta un reformatorio, lo que metía más miedo en mi cabeza y más creencia de que era malo, pues a los buenos no se les amenaza. Y al final, “por portarme mal”, llegaron los castigos, ¡no con quitarme la natilla un día o con no dejarme salir a jugar!, sino con insultos y hostias, lo que me bajó la autoestima dos puntos de golpe por los insultos y hostias recibidas, cosa que me hizo creer, definitivamente, que yo era malo, pues a los buenos no se les insulta ni se les pega… >>O sea, de diez puntos que tenía de bondad y alegría cuando nací, después de la niñez no me quedó ni uno, por lo que he vivido con la sonrisa cambiada a tristeza, con la autoestima natural atrofiada, ANA, pensando y creyendo que mi vida no sirve, que yo no sirvo, que soy “malo”, ¡el peor!, y como mis padres eran mi mundo, y también “mis malos” porque me hacían daño, siento que el mundo entero es malo. Y esa es mi definición de celos: “Pensar, creer o sospechar, de forma irreal, que todo el mundo es malo”. Es como si, cuando tengo una crisis de celos, me pusiera una máscara muy ajustada en torno a la cabeza que, inconscientemente, me hace sentir maldad en todo lo que veo, escucho o pienso. Los celos me hacen ver, escuchar e imaginar un mundo irreal donde la maldad es lo único que existe. Los celos me hacen sentir maldad donde no la hay.

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Alberto paró de hablar y yo imaginé una máscara diabólica. –Claro que -matizó-, como otras veces mi madre me subía la autoestima comprándome ropa para ir guapo a la fiesta, haciéndome natillas de postre todos los días, dándome dinero para comprar caramelos, besándome en mi cumpleaños, llevándome a nadar a la playa por aprobar un curso o regalándome un juguete en Reyes, llegué también a creer que yo era bueno y que ese mundo adulto también era bueno, porque me trataba bien, por lo que, unas veces, unos días, ¡sin crisis!, vivía con la autoestima alta, con la que veía todo bueno y quería vivir y reír (de ahí que la gente diga que parezco una persona normal), y otras veces, otros días, ¡en crisis!, quería morir y llorar porque tenía la autoestima baja y lo veía todo malo. Y de ahí la doble personalidad, Alberto y Juan, que se instaló en mi mente para toda la vida, unos días viviendo alegre y otros días viviendo triste, primero con mis padres, luego con mis parejas, después con el mundo y por último conmigo mismo. –Al final nadie sabe cómo eres. –Así es; ni yo mismo sé cómo soy, aunque yo he tenido suerte… Por otro lado, se cree que enfadarse es algo natural en el ser humano, pues si alguien se ve atacado lo normal es que se defienda. Pero, mirándolo bien, cuando alguien se enfada no lo hace para defenderse, porque el ataque no es real… De hecho, ¿qué ataque puede ver un padre o una madre para

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tener que defenderse de un niño de tres, cinco o diez años? Ninguno. O sea, por romper un vaso jugando no estaba atacando a mi madre, pero ella se enfadaba conmigo; ni la atacaba por no hacer la tarea, ni por no ir a misa, ni por llegar tarde a casa, ¡ni por no estarme quieto cuando ella lo exigía!, pero se enfadaba conmigo como si hubiese hecho algo malo, por lo que me castigaba, física o psíquicamente. Esos castigos recibidos, aparte de conseguir que la obedeciera, me bajaron la autoestima porque sólo se castiga a los malos y me enseñaron, de forma inconsciente, que toda maldad se castiga. Me metieron en la mente una orden, el Criterio de CAstigar al Malo, CCAM, que me obliga a castigar todo lo que crea malo. Es decir, me enseñaron a castigar al “malo”. Y castigo con la misma frecuencia y rabia que veía y sentía cuando me castigaban a mí, y que acumulé durante toda mi niñez. De ahí que unos seamos más peleones que otros: porque a unos nos riñeron y pegaron más que a otros. Pero eran nuestros padres, nuestros educadores, ¡nuestros dioses!, y lo que ellos decían o hacían iba a misa. Ellos nos enseñaron a castigar, casi desde que nacimos, y por eso creemos que enfadarse es algo natural si te hacen algo “malo”… –Es verdad -interrumpí-. Una vez en una playa vi a una madre reñir y pegar dos nalgadas a su hija de tres años porque no dejó de jugar con la arena cuando ella se lo ordenó para irse, con mucho odio en sus ojos. Eso me impactó… Pero lo que más me sorprendió fue que la madre no tenía las cosas recogidas, y

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la niña tuvo que esperar quince minutos de pie a su lado, llorando, triste ¡y rabiosa! –“Ansina mismo” -confirmó Alberto-, así nos meten el trauma: hoy nos riñen, recriminan, critican o pegan por la playa, mañana por la comida, pasado por la escuela, pasado pasado por la cama, etc., etc., etc. Y cuando ya tenemos el trauma, empezamos a ver maldad en los demás y a castigarlos llenos de rabia. Por eso, cuando yo entraba en crisis, los celos me hacían ver mala a mi madre porque no me daba dinero para estampitas, y yo, enfadado, la castigaba rompiendo el álbum que ella compró. O la veía mala cuando me obligaba a cortarme el pelo al rente, lo que me hacía sentir vergüenza, y por eso le deseaba la muerte en silencio o a gritos. También veía mala a mi mujer por tener sexo con otro antes de conocerme, o porque no quería sexo conmigo todos los días, o porque no me decía cada diez minutos que me amaba, ¡o simplemente porque había cambiado la rosa de mi sitio maniático preferido!, por lo que yo me enfadaba y la castigaba, por mala. También veía malo a algún jefe en el trabajo porque yo creía que me miraba mal o porque me pedía algo “injusto”, y por eso me enfadaba y atacaba con cuchillos y amenazas. También veía malo al coche que no me arrancaba por las mañanas, y para castigarlo, todo rabioso, le daba patadas a la chapa. Y también me veía malo a mí mismo, después de perder a alguien querido, por lo que me castigaba insultándome o dándome puñetazos en la cabeza.

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–¿Por qué se castiga más a las personas que más se quieren? -pregunté dando voz a una pregunta que oigo a menudo. –Porque la maldad que creemos ver en los seres queridos -respondió- es más castigable que en los desconocidos. Es decir, siempre te dolerá más creer que tu pareja te engaña a creer que te engaña un desconocido, ¿no? Alberto me miró como esperando mi respuesta y yo afirmé bajando la cabeza. Después concluyó: –Y al dolerte más, la rabia es mayor y el castigo es mayor. Por eso se cree que ejerzo los maltratos sólo en el ámbito familiar, porque parece que a los de fuera no los castigo, pero es que a los de fuera no los veo tan a menudo ni me importan un pimiento. ¡Ni tampoco nadie me sigue las veinticuatro horas del día para investigarme!, porque si preguntan a cualquiera que me conozca bien dirá que también soy malo fuera; por algo me echaron de varios trabajos y la mayoría de mis amigos han preferido olvidarme. Triste vida, pensé, otra vez. –No digo que mi padre no me bajara también la autoestima y me metiera rabia -reconoció-, porque también me hizo cosas malas, como echarme de casa cuando venía borracho o avergonzarme cuando yo iba a buscar a la policía porque estaba pegando a mi madre. Hasta puede que la forma de expresar mi rabia la aprendiera de él, o sea, yo lo tomé como modelo para desahogar mi rabia, gritando los mismos

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insultos que él gritaba a mi madre, sobre todo el de “puta”, o cogiendo los mismos cuchillos que él cogía para amenazar de muerte; incluso puede que mi padre rompiera la barrera psicológica que yo tuviese para no pegar a las mujeres, porque él pegaba a mi madre, mujer, y así me enseñó que se podía pegar a las mujeres… >>También serían malos conmigo algunos niños que me despreciaban por mi apodo, lo que también me bajaba la autoestima y me metía rabia. Hasta el maestro que me pegaba por no saber ortografía con ocho años también fue malo conmigo, pero la mayor parte del problema la tengo por mi madre, porque fue quien más me gritó, comparó y castigó. –Es difícil de creer -dije-, pues las madres no traumatizan, sino que educan. Al menos, eso creía yo. Pero recordando tu niñez no es de extrañar, pues tu madre te hacía eso. –Así es -confirmó-. Por eso existe el machismo; porque desde niños suelen ser las mujeres quienes, por estar siempre con nosotros, y traumatizadas también, nos maleducan, ¡nos tratan mal!, metiéndonos rabia contra ellas. Si mi madre me hubiese pegado más, yo pegaría más, pero menos mal que no me pegó mucho. –¿Por qué es más fuerte la orden de castigar que la de dar amor? ¿Por qué el amor, que dicen es el sentimiento más fuerte y poderoso que hay, no consigue impedir que hagas daño a quien amas?

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–Porque, siendo niño, se me prestó más atención cuando hacía algo mal que cuando lo hacía bien. Cuando hacía las cosas bien, por lo general, mi madre pasaba de mí, ¡me ignoraba!, porque según ella esa era mi obligación, “portarme bien”. Apenas me felicitaba y casi ni me besaba; no me daba amor… Pero cuando hacía las cosas mal estaba siempre encima de mí enfadada ¡y al instante! para alegarme, gritarme, amenazarme, compararme y castigarme, llenándome de odio. Eso me hizo creer que castigar es más importante que dar amor. –¿Es cierto -pregunté siempre curiosa- que todos los niños que fueron castigados en su niñez, cuando son adultos, no castigan? –Si, es cierto -contestó-. La prueba está en mi hermano. Y pienso que eso es debido a que tal vez sucedió algo en su niñez que le subió la autoestima de forma que equilibrara su mente, como recibir mucho más cariño y atenciones que castigos, o alguna otra cosa importante ¡y buena! para la mente de un niño, pero también es cierto, y se puede comprobar con sólo preguntar, que quienes padecemos este problema en grado fuerte fuimos muy maltratados en nuestra niñez por nuestro padre, por nuestra madre, por los abuelos, por los hermanos, por los maestros o por desconocidos; incluso algunos puede que hayan sido víctimas de varias personas a la vez, y bastante a menudo. Yo fui maleducado, maltratado, por mi madre… y recuerdo pocos gestos de cariño de ella que me compensara.

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–Es una pena. –Sí, es una pena. Yo sé que mi madre no es mala ni me hizo daño adrede. Sé también que ella me quiere, mucho. De eso no tengo ninguna duda. ¡Su vida la dedicó por entero a conseguir lo mejor para mí y para su familia! Pero me maleducó porque no sabía otra forma de educarme, pues esa fue la forma en que la educaron a ella. Recuerdo lo que mi tía me contó una vez, la paliza que mi abuela le dio a mi madre siendo niña por olvidarse de dar el biberón a su hermana pequeña. Mi abuela le pegaba a ella y ella aprendió esa misma forma de educar a sus hijos. De hecho, siempre se ha educado así, “castigando al malo”. Y el problema de mi madre se agravó con mi padre que le pegaba aún más. Si mi madre hubiese tenido un marido bueno, que no la maltratara, ella tal vez no me habría reñido tanto a mí, pero dio con un hombre que por celos la veía mala cada tres o cinco días, pensando que ella se acostaba con los hijos de Mel y Yeya, ¡o con todo el pueblo!, que se emborrachaba para ahogar su pena, y que pegaba a mi madre castigándola por mala. ¡Normal que la autoestima de ella estuviese por los suelos y su rabia por las nubes! ¡Normal que ella también tuviera sus crisis…!, y normal que descargara conmigo, a quien veía malo por no obedecerla o por no aprobar los exámenes, por lo que me reñía, gritaba, comparaba y pegaba. Pero al hacerme eso me Atrofió la Natural Autoestima que tenía cuando nací y me metió, para toda la vida, el Criterio de CAstigar al Malo. Por esta razón, ni los psiquiatras, ni los

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psicólogos, ni la sociedad, ¡ni los propios enfermos!, saben de dónde vienen los maltratos, porque nadie pregunta por el trato de sus madres para con ellos. Y si alguien pregunta, para todo el mundo, incluso para los maltratadores, la madre no maltrata, sino que educa, y que los malos eran ellos, los niños, por portarse mal… >>Recuerdo a un vecino del pueblo, quien está hecho polvo por el alcohol, va a prostitutas cada vez que tiene dinero, nadie quiere estar a su lado por pesado y peleón y varias veces ha sido denunciado por malos tratos a su mujer, y cuando le pregunté si le pegaron en su niñez contestó que “hasta en el carnet de identidad, ¡pero menos mal que mi madre me pegó, me dijo, porque si no sería un golfo de verdad!”. Y yo pensé para mí que si su madre le hubiese pegado más, ya estaría en la cárcel o muerto. –La víctima disculpa a su verdugo, como en el Síndrome de Estocolmo. –Claro. No olvides que el verdugo es la madre o el padre, las mejores personas del mundo porque nos dieron la vida, nos alimentaron y nos dieron regalos. Aparte, el trauma se adquiere en los primeros dos o tres años de vida y esos recuerdos los olvidamos, quizá para no odiar a quien nos traumatizó. Después de esos años, ya nos portamos mal por lo que recibimos leña, cosa que al final terminamos por ver “normal”. >>Y la periodicidad de las crisis parece la misma: mi padre reñía a mi madre cada tres o cinco días, ella me reñía a

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mí cada tres o cinco días, y cada tres o cinco días yo entro en crisis. Recuerda -dijo Alberto mirándome unos segundos-, en crisis es cuando aparece Juan, mi parte “mala”, haciéndome celoso y peleón, y estas crisis, creo, aparecen a través del sueño, cuando duermo, ya que este problema lo adquirí de forma inconsciente, pues nadie era consciente, nadie se daba cuenta, de lo que se estaba metiendo en mi mente. Y el inconsciente trabaja en los sueños. Creo que por eso soñamos cosas reales y ficticias, porque tenemos en la memoria de nuestro inconsciente la realidad que veíamos con nuestros ojos, “niños buenos”, y la ficción que nos hacían ver nuestros padres castigadores, “niños malos”. Y por eso, cada tres o cinco noches, me acuesto tranquilo y contento y despierto al día siguiente desconfiado y enfadado, como si durante el sueño apareciera en mi mente el Diablo para convencerme de que el mundo entero es malo… >>En realidad -aclaró Alberto suspirando-, no es el Diablo el que aparece en mis sueños, sino que el interruptor que inicia la crisis, ¡lo que me convierte de bueno a malo!, está en mis sueños. O sea, en mis sueños, cuando duermo, cada tres o cinco noches, vuelvo a ser castigado, comparado, reprimido, etc., igual que en la niñez, y al despertar, con un sudor frío, vuelvo a sentirme como cuando me hacían todo eso, triste, miedoso, ansioso, angustiado, con la autoestima por los suelos, comparándome con todo el mundo pensando siempre que soy el peor, sintiendo que nadie me quiere, sospechando que todo

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el mundo es malo, y rabioso, ¡muy rabioso!, contra ese mundo malo. Lo que no sé es quién me castiga en mis sueños. ¿Sueño con mi madre y ella me vuelve a castigar? ¿Soy yo mismo quien se castiga en los sueños? ¿Es el mundo entero quien me castiga en mis sueños? No lo sé… El cerebro es muy complejo y casi nunca nos acordamos de los sueños, por lo que es difícil saber su relación con nuestra vida despierta. ¿Recuerdas cuando nació mi hijo? Contesté que sí y puntualizó: –Cuando nació el niño yo estaba llorando pero contento, prometiendo a aquella mujer, sincero, que iba a cambiar, que iba a ser bueno con ella, ¡que nunca más le iba a hacer daño!, pero me dormí un rato en el coche y entonces volví a ser castigado y comparado en mis sueños, y volví a despertar desconfiado, sintiéndome rodeado por la maldad, intranquilo y peleón, por lo que, ya por la tarde, ¡con el niño recién nacido!, comencé a sospechar que mi hermano estaba liado con mi mujer por lo que lo eché de la habitación, con mala cara “por malo”, pero con la excusa de que ella estaba cansada y tenía que descansar, y terminé discutiendo con ella, gritándole insultos como ¡puta!, ¡eres despreciable!, ¡eres ruin!, ¡eres mala!, porque yo creía que era amante de mi hermano. –¿Por qué pegabas a tu mujer por su falta de virginidad? -pregunté recordando sus paranoias. –Porque el puritanismo de mi madre me hizo creer que el sexo es malo, y sin matrimonio peor, sobre todo en las mujeres,

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y mi mujer había tenido sexo sin matrimonio, por lo que yo la veía mala en mi cabeza puritana. Recuerdo que mi tía, la que sí está dentro de los límites del pueblo, me riñó una vez porque llamé a mi primo, tendríamos diez años, para que viera a dos perros teniendo sexo en la calle. El sexo era malo, y por eso me riñó. Como mi madre, cuando me riñó por masturbarme. –¿Y por qué te hacían daño las relaciones anteriores de tus parejas? –Porque cuando entraba en crisis mi autoestima bajaba y mi obsesión por el sexo aumentaba, y como aprendí a compararme por las comparaciones de mi madre, lo más que me hizo, compararme, lo que yo más hacía era compararme con ese antiguo novio a quien veía mejor que yo. ¡En mi cabeza yo la veía a ella más feliz en la cama con él que conmigo! Por eso creía que ella me mentía cuando decía que me quería a mí, porque yo sentía lo contrario. ¡Al compararme en todo como el peor por las comparaciones de mi madre, y al estar obsesionado por el sexo, mi cabeza no paraba de compararme con el otro sexualmente, y al sentirme peor amante por mi baja autoestima y por mi eyaculación precoz, esas comparaciones destrozaban mi cabeza y mi corazón… hasta hacerme desear la muerte, mía o de ella, casi cada día! Llegábamos al final de la playa cuando dimos media vuelta. Él paseaba triste y yo, cabizbaja, afirmé: –Menos mal que no estás muerto; así puedo conocerte yo. Pero vamos a ver, ¿no hay forma de curar este problema?

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-pregunté intentando cambiar su tristeza por una respuesta esperanzadora. –Por lo que yo sé -contestó-, hasta ahora no la hay. Y no la hay porque los que tienen que descubrir la terapia no saben que esta enfermedad existe. Para todo el mundo los celos y los enfados son algo natural, propio de los humanos, de su naturaleza. Todo el mundo piensa que son sentimientos normales. Para el mundo, si estás enamorado es normal que sientas celos (si no los sientes, no quieres a tu pareja); sin embargo los celos producen dolor, lo que no los hace buenos. Y para el mundo es normal que te enfades si te hacen algo malo (si no, no tienes sangre en las venas); sin embargo enfadarse produce rabia, lo que no es bueno para el corazón. Para mí nadie nace celoso y rabioso, sino que nos hacen así a base de maltratos en nuestra niñez. Y parece que nadie lo sabe. Por eso los psiquiatras se han inventado un montón de enfermedades para justificar nuestras atroces acciones, como el trastorno bipolar, la esquizofrenia, la psicopatía, la paranoia, la doble personalidad, la personalidad bordeline o la maniaco depresiva, y siguen sin curarnos, por muchas lobotomías, trepanaciones, descargas eléctricas, terapias de parejas, intentos de cambio de conducta, pastillas y consejos que nos den. Pero los médicos no tienen la culpa de no curarnos ya que ellos no conocen el problema, pues creo que para conocerlo de verdad hay que vivirlo…

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>>Por desgracia, lo peor no es eso, sino que lo peor es que esta enfermedad lleva con los humanos desde la antigüedad. ¡Fíjate si es antigua -exclamó Alberto mirando al cielo-, que la primera muerte violenta que se conoce, la de Caín sobre Abel, fue por este problema! Caín sintió celos de Abel, vio maldad en Abel, y su rabia le obligó a emplear el CCAM, matándolo. Yo no creo en las religiones, en ninguna, ya te lo dije, pero sí uso ejemplos de la religión, o de otros temas, para explicar este problema. De hecho, creo que fue la religión quien metió esta enfermedad en la humanidad, en los humanos… –Con la Iglesia hemos topado -dije con seriedad. –Si, con la Iglesia hemos topado -repitió Alberto, pero con un tono tristón. Le pedí disculpas por interrumpirle, y le rogué que me explicara. –Si piensas un poco -dijo-, todas las religiones predican dos cosas por encima de todo, el amor y el castigo, lo mismo que me pasaba a mí con mis parejas, que las amaba y castigaba. ¿Cómo metió este problema en el humano la religión? Te cuento lo que yo creo… Alberto ya no me miraba, sino que parecía absorto dando sonido a sus pensamientos. –Observando -dijo- cómo vive la humanidad en La Tierra, mirando qué principios mueven a la humanidad, fácilmente daríamos con la raíz de este problema. Excluyendo las teorías de Adán y Eva y de Darwin, ambas indemostrables hasta la

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fecha, lo cierto es que el humano era totalmente ignorante cuando apareció en La Tierra. O sea, al principio de los tiempos, el humano no sabía siquiera qué o quién era él, y tampoco sabía qué era la vida, la noche, el día, la lluvia, el fuego o la muerte; no sabía nada de nada. Era como un bebé al nacer. Pero el bebé se hizo niño, y como niño, ignorante ¡y curioso!, comenzó a preguntarse por qué pasaban las cosas, sobre todo, las cosas “malas”: noche, vejez, enfermedad, muerte, cosas que le hacían daño y por las que sentía temor, y al no tener respuestas, el hombre creyó que un ser superior les mandaba esas cosas…, y se inventó a Dios. O sea, Dios no hizo al hombre a su imagen y semejanza, sino que el hombre, con su imaginación, hizo a Dios por miedo a lo desconocido. Por eso hay tantos y tan diferentes dioses en La Tierra, por las tantas y distintas maneras que tiene el humano de imaginar lo desconocido. Pero en esa época Dios, tal vez el mismo Sol, era la respuesta razonable para aquellos humanos donde la ciencia no existía. Dios les servía para explicar todo lo que no entendían, y creyeron que era Dios quien les mandaba esas cosas “malas” por lo que, para calmar a Dios, a alguien se le ocurrió la idea de ofrecerle tributos. Después se inventó el rezo, para pedirle a Dios que no les mandara más cosas malas, pero las cosas “malas” continuaban y entonces, otro alguien, guiado por su propio miedo, pensó que la humanidad “era mala” y que por eso, por malos, Dios les mandaba esas cosas “malas”. Así se inventó la maldad humana, y ese otro alguien, a voluntad

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propia, se erigió en verdugo de Dios para atajar dicha maldad, por lo que empezó a prohibir cosas para no molestar a Dios y terminó castigando a quien no obedecía… Así apareció el Criterio de CAstigar al Malo, impuesto y practicado por los religiosos y sus fanáticos seguidores. –¡Pero el humano nunca es malo para Dios ya que Dios nunca castiga! -repliqué con fuerza. –Exacto. El humano jamás es malo para Dios, sino para dicho verdugo por estar en contra de sus ideas dictadoras y castigadoras. Y Dios le servía de excusa a esa gente para conseguir sus propósitos, que no eran otros que apaciguar la “supuesta” ira de Dios y colmar sus ansias de poder… De hecho, los religiosos siempre han vivido mejor que los otros seres de la Tierra; todos son bien alimentados por el poder, popular, político y financiero, y todos tienen las mejores casas del mundo. Sólo tienes que mirar al Vaticano. Cierto, pensé. La mejor casa de los pueblos, y donde mayor riqueza hay, es la Iglesia. –Y claro -concluyó Alberto con un tono algo rabioso -, ante tanta represión y castigo de la religión, el humano se vació de autoestima y se llenó de rabia, rabia que desahogaba con sus hijos “malos”, y éstos con sus hijos “también malos”, trasmitiendo el problema de generación en generación. Por eso, en todas partes del mundo existen los celos y los enfados, porque en todas partes del mundo hay religiones, con sus dioses particulares y con sus correspondientes y leales

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verdugos, riñéndonos, mal educándonos, mintiéndonos y amedrentándonos con el castigo divino. Un ejemplo de dónde está esta enfermedad es en la religión hinduista, donde hay cientos de dioses y donde sus adeptos tienen claras evidencias de baja autoestima. De ahí que muchos hindúes pasen hambre, pues no pueden comer ni un trozo de carne de vaca ya que, para su religión, las vacas son sagradas. De ahí también las castas, que diferencian a los malos de los buenos. ¡Je, casualidad!, que los buenos sean los brahmanes, los curas, y los malos sean los que limpian las letrinas, los sudra, los intocables, los de la clase social más baja. Sin ir más lejos, a Gandhi lo mataron por este Síndrome ANACCAM, ya que el que lo mató vio maldad en él, por celos, pues creyó que por su culpa, por culpa de que Gandhi luchó contra los británicos por la independencia de La India, ésta perdió parte de su territorio, fundándose, con la partición, Pakistán, ¡lo que para el asesino era malo!, haciéndole sentir rabia contra Gandhi. Y como éste se merecía castigo, por malo, por haber roto el país, uno de su misma religión lo asesinó, aplicando el Criterio de CAstigar al Malo. “Muerto el perro, acabada la rabia”. >>Otro ejemplo evidente está en las religiones monoteístas, religiones que creen en un sólo Dios y que institucionalizaron dos premisas por encima de todas las demás: el amor a Dios, único, y el castigo al malo, a rajatabla. De ahí que sus descendientes sean muy celosos y muy peleones, pues tienen muy metido en sus mentes el Síndrome

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ANACCAM. Por ejemplo, la religión católica, compuesta por gente muy celosa que ve maldad en todas partes, inventó la Inquisición,

con

sus

inquisidores,

verdaderos

terroristas

religiosos, para aplicar el castigo con dureza, encarcelando, torturando, quemando y matando a todos los que ellos creían malos, como brujas, prostitutas, paganos, herejes, científicos, libreros y, sobre todo, judíos, judíos que “habían matado a Cristo”. Hoy no queman ni matan al “malo”, pero siguen viendo maldad en los humanos. Tanto es así, que la religión católica ve maldad en todo lo que no se parezca a ellos, y por eso es de las religiones más racistas que existen pues, como decía Machín, no hay ni angelitos negros en el cielo. Y por eso están en contra de los anticonceptivos y del aborto, porque, para ellos, todo lo que tenga que ver con el sexo es malo ya que, según ellos, y por culpa del sexo, Dios echó del Paraíso a Adán y Eva. Para mí, Dios no los echó del Paraíso, sino que la religión convirtió el Paraíso en un Infierno porque el Paraíso es la propia Tierra. ¡Es preciosa! Pero la vemos mala por la forma “mala” que tenemos de mirar la vida, por los celos. Y para mí, el que dijo que el sexo es malo fue un poderoso religioso ¡impotente! al que le daba envidia que los demás disfrutaran del sexo y él no. Además, si la gente usa anticonceptivos, o aborta, nacerían menos niños, y, según su filosofía, habría menos fieles, menos adeptos que los sigan manteniendo con todo tipo de lujos. Fíjate, ¿por qué crees que existen los confesionarios? -preguntó Alberto mirándome.

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–¿Para que el cura perdone nuestros pecados? –Sí, eso dice el cura, para que Dios perdone nuestros “pecados” haciendo penitencia, pero lo cierto es que allí sólo le contamos al cura nuestras cosas “malas”, cosas “malas” con las que nos tiene a su merced, “¡bien agarraditos por el cuello!”, con lo que, si quiere, nos puede chantajear con castigos divinos o terrenales para que hagamos lo que desee, como ir a misa todos los domingos para escuchar sus macabros sermones, darle un sueldazo ¡por la cara! marcando su casilla en nuestras nóminas, donar a la Iglesia nuestra herencia al morir, o dejarnos violar desde la niñez. –Qué fuerte lo que dices. –Si, es fuerte acusar a la religión, pero es lo que pienso, y además, tú no les contarás nada de lo que te estoy diciendo, ¿verdad? -preguntó Alberto sonriéndome. –Te prometo que no -respondí-, aunque me gustaría mirar la cara de un cura si se entera de tus argumentos. –Seguro que me condena al Infierno, aunque creo que ya vivo en él. ¡Soy el Diablo…! Bueno, sigo. También están los musulmanes, que por celos tapan a sus mujeres para que nadie las mire ni pueden salir solas a la calle sino con alguien que las controle para que “no se vayan con otro”, y las lapidan hasta la muerte castigándolas por malas si se salen de la línea marcada por sus Brigadas de la Moral. O matan a personas inocentes sólo por no creer en su dios, ¡infieles! Si encima, siendo pobres y obsesionados por el sexo (por algo se pueden casar con

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varias mujeres), se les promete desde niños varias vírgenes en el cielo si dan su vida por Dios, van a la muerte con los ojos cerrados y el pecho lleno de bombas. De hecho, tengo en casa una estadística, entre otro montón de apuntes, donde se demuestra que, en los países donde más se reza, en los países donde la religión tiene mucho poder, es donde peor se vive, sin libertad (sobre todo para la mujer), con miseria, con maltratos, con asesinatos y con dictaduras. Por esto odio a las religiones, porque ellas metieron este problema en los humanos… Alberto cerró los ojos y los puños, suspiró con fuerza, quizá sacando del pecho su impotencia, o su rabia, y al cabo de unos segundos, ya con los ojos abiertos y cogiendo mi mano, continuó su explicación. –En algún momento de la historia alguien se dio cuenta de que metiendo la religión en la mente de los niños, esos niños, en su madurez, adoraban con más fervor a su Dios, y a partir de entonces la religión, en todas partes del mundo, se enseña y practica desde que se nace. Dicen que la fe en Dios existe y yo creo que no, que lo que existe es una gran comedura de coco a los niños, con cerebros manipulables, como de plastilina, para que crean en algo que no ven… –Si -dije interrumpiendo otra vez-, ahí te doy la razón, porque yo fui maestra y trabajé con muchos niños, y sé que si a una criatura se le dice que en China vuelan los burros, y todo el mundo le dice lo mismo, ese niño creerá siempre que en China los burros vuelan.

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–Y si encima se le castiga por dudar -añadió Alberto-, cuando ese niño sea hombre no sólo creerá que el burro vuela, sino que lo adorará e incluso dará la vida por defender, del mundo malo, a su burro volador. –¿Por qué el humano necesita a Dios si Dios, que yo sepa, no hace nada por el humano? -pregunté-. Dios nunca ha ido a un hospital a hacer una operación para salvar a un niño con la cabeza destrozada por una caída, porque quien lo salva es el médico que lo opera; sin embargo, pedimos a Dios que lo salve. Dios tampoco lleva comida a los niños de África muertos de hambre, sino las ONG; Sin embargo, le damos gracias a Dios. ¿Por qué necesitamos a Dios? Alberto me miró y contestó: –Porque la religión, incluso sin ella saberlo, nos bajó la autoestima con los castigos de nuestros padres para hacernos dependientes de Dios. El humano no cree ni tiene fe en sí mismo, ¡se cree malo e inservible!, y es entonces cuando recurre a ese Dios que todo lo puede, ayudarnos a aprobar los exámenes, milagros para salvar nuestras vidas, perdonar nuestros pecados, ¡nuestras maldades!, o llevarnos al cielo para vivir como angelitos después de morir, dando sentido divino a la muerte en lugar de verlo como algo bueno de la Naturaleza ya que, si nadie muriera, ¡de forma natural!, La Tierra estaría superpoblada desde hace siglos. Y aquí no hay camas “pa’tanta” gente, como dice Celia Cruz… –¿Y se puede acabar con la religión?

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–Si. Pero sólo hay una forma de acabar con ella (que yo sepa), y es subiendo la autoestima a los humanos curándoles los celos. Cuando el humano crea en sí mismo, Dios no le hará falta. Como no le hace falta a ningún otro animal de la Tierra. Yo nunca he visto a un león dar gracias a dios por la gacela que se ha comido. Ni a una gacela rezando para que el león no se la coma. Alberto hablaba como dando una conferencia de algo que es visible, pero que sólo él ha visto. No sé, me parecía viejo todo lo que me decía, como si yo también lo supiera, pero me parecía nuevo porque, tal vez, nunca me paré a pensar en ello. Y también porque nunca he escuchado ni leído nada parecido. –¿Qué te parece mi teoría? -preguntó mirándome a los ojos. –Alucinante -respondí con convicción-. Me parece todo increíble, pero creíble, pues es coherente lo que dices. Sabiendo eso, hasta yo misma rechazo desde hoy toda religión. Ya soy atea -concluí sonriendo. Alberto sonrió también, y yo pregunté, ilusionada: –¿Por qué no escribes un libro con tu teoría? –Porque yo no sé escribir un libro -contestó-; bueno, nunca lo he intentado. Me gusta más hablar. ¿Hablo mucho? –¡Sí! -exclamé-. ¡Jamás he escuchado a nadie tanto tiempo ni tantas palabras! ¡Ni siquiera cuando veo a Fidel Castro en la tele!

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–Sí, sin crisis soy muy dicharachero. Parezco una cotorra. Bla bli bli, bli bli bla… Alberto comenzó a reír a carcajadas y yo le acompañé riendo también. Los porros, pensé… Después de reírnos un rato, Alberto, ¡cómo no!, continuó hablando. –Además -dijo-, no creo que me publiquen si escribo un libro, pues piensa, primero, que yo soy el malo de la película y al malo nadie lo quiere ni lo ayuda, como le pasó a mi padre, y segundo, que mi teoría dice todo lo contrario de lo que el mundo entero cree. Aunque parte del mundo ya sabe que pegar a los niños es malo…, y por eso se está prohibiendo pegar en las escuelas. No sé. Lo interesante no sería escribir un libro, porque la mayoría de las personas que tienen este problema en grado fuerte no suele leer, sino hacer una película para que esta gente se sienta identificada y pida ayuda, o un documental que se pondría en la tele con la explicación de este problema para que los padres aprendan a educar a sus hijos. Sólo así acabarán los malos tratos; sólo así se cortará la cadena. ¿Utopía? ¡Quién sabe…! Cómo tú misma dijiste, la vida da muchas vueltas. Alberto sonrió pero con tristeza, y mientras seguíamos paseando por la arena, concluyó: –O sea, que desde siempre existe este problema mental. Y

sus

peores

maltratadores,

consecuencias, dictadores,

entre

psicópatas,

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otras,

somos

mafiosos,

los

racistas,


prostitutas, violadores y vagabundos, “la escoria de la sociedad”. Alberto me miró unos segundos y yo le pedí que me diera ejemplos de famosos en la historia. –De acuerdo. Los ejemplos ilustran y empiezo conmigo. Soy maltratador porque los celos me hacen creer, en crisis, que mi pareja es mala porque ha hecho algo “malo”, esto, aquello o lo de más allá, y enfadado le echo la bronca y la castigo, maltratándola; igual que hacía mi madre conmigo y mi abuela con mi padre, maltratador también… Claro, eso lo hacemos de manera inconsciente. Ahora que recuerdo, mi padre también se escondía

después

de

una

pelea

con

mi

madre

por

arrepentimiento, remordimientos, ganas de morir, etc., como me pasa a mí. Pero eso lo sé ahora. Antes yo sólo pensaba que él era malo…, lo mismo que se piensa de todos los que tienen este problema, como los dictadores, que prohíben lo que a ellos no les gusta, y al que no obedezca lo castigan encerrándolo en casa o en calabozos, o pegándole un tiro en la sien, por malo. Como ejemplo, Franco, quien tuvo una madre puritana y un padre exigente y severo que no escondía su desprecio hacia su hijo Paco y que lo abandonó al poco tiempo, por lo que, con nueve años, ingresó en un colegio militar donde la represión y disciplina se llevaba a rajatabla, cosa que acabó practicando. Tuvimos suerte de que el Rey Juan Carlos fuera educado en su infancia sin riñas, represión ni castigos, suerte que no tiene este problema, porque si no, aún seguiríamos en una dictadura.

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Al no tener este problema, al no ser celoso, ¡al ver la realidad!, Juan Carlos razonó y comprendió que lo mejor para España después de Franco era vivir con democracia y libertad, lo contrario de las dictaduras, y por eso puso en el gobierno a otro hombre con buena niñez, y por lo tanto, con buena cabeza, Adolfo Suárez. Menos mal… >>O la psicopatía, donde los celos hacen creer al psicópata que todo el mundo es malo, y por eso castiga a ese mundo malo, torturándolo y asesinándolo, como Andrei Chikatilo, quien se comió algunas de sus víctimas y quien fue muy despreciado, humillado y castigado en su niñez por su madre que le gritaba amenazante: “¡Van a venir los vecinos, te van a matar y te van a comer por malo!”, porque, entre otras cosas que hacía “malas”, se orinaba en la cama. ¡Cualquiera no se mea, cuando te amenazan con que te van a comer los vecinos…! Al final, loco perdido, terminó comiéndose él a los otros para que los otros no se lo comieran a él. >>Igual que las mafias o las bandas callejeras, compuestas por personas que tienen muy asumido su papel de malos y castigadores, y por eso actúan como malos, robando y traficando, y castigadores, matando al malo por robar la mercancía del jefe mafioso o por no pagarla a su debido tiempo. De aquí los ajustes de cuentas. Y como ejemplo, Al Capone, quien con cinco años entró en un colegio público de un barrio bajo de Nueva York con muchos prejuicios hacia los niños de inmigrantes, a los que casi se les impedía estudiar, y con

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normas muy severas donde la represión y la violencia eran el pan de cada día. De hecho, con catorce años, y después de recibir muchas palizas, un profesor le pega y él le devuelve el golpe, por lo que lo echan del colegio y se une a bandas callejeras “donde hará carrera”. >>Y con los racistas, como los cabezas rapadas, otro tanto de lo mismo, donde sus celos les hacen creer que todo el que no sea como ellos es malo, y por eso castigan al malo, robándole, violándolo, insultándolo o matándolo. Como ejemplo, Hitler, quien en su niñez fue maltratado a menudo por su padre. Se puede leer en cualquier libro de su biografía. Incluso se leerá un párrafo de una conversación que tuvo con su secretaria, a quien dijo: “Entonces, siendo niño, tomé la decisión de no llorar nunca más cuando mi padre me pegaba. Unos días después tuve la oportunidad de poner a prueba mi voluntad; mi madre, asustada, se escondió detrás de la puerta. En cuanto a mí, conté silenciosamente los golpes del palo que azotaba mi trasero”. Y tanto azote lo volvió loco, frio y vengativo. Y racista porque, al pegarle su padre por no ser perfecto, él aprendió a hacer lo mismo con el mundo, castigar a “los no perfectos”. Y como su cristiana religión decía que los “no perfectos” eran los judíos “porque mataron a Cristo”, creó campos de exterminio para judíos “malos”. >>Y la prostitución, sobre todo en las mujeres, que se da por su obsesión por el sexo y por su necesidad de tener dinero para sobrevivir, dinero que no consiguen trabajando ya que

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pierden los trabajos por su carácter peleón, como Aileen Wuornos, quien mató a varios hombres mientras se prostituía con

ellos

porque

pensaba

que ellos

eran

malos

¡por

aprovecharse de ella!, y quien fue muy maltratada y violada en su niñez infinitas veces por su abuelo. >>¡Porque las mujeres también tienen este problema!, unas más fuerte que otras, pues ellas también fueron niñas y también recibieron castigos y represión. Castigos y represión que luego dan a hijos, continuando la cadena, y a maridos. Por algo hay hombres maltratados, aunque los especialistas esconden ese dato diciendo que es una violencia diferente. ¡Que yo sepa, maltratar se hace igual en todas partes! O sea, cuando un novio pega a su novia en España está sintiendo la misma rabia que siente un hijo cuando pega a su madre en Venezuela, y la misma que siente una madre cuando pega a su hijo en Rusia, o la misma que siente un vecino por la vecina que no se acuesta con él. El motivo es lo de menos. Sólo hay que observar la acción-reacción. En todas partes del mundo, en todas las relaciones humanas, la gente se pelea, ¡discute!, de igual forma ante la misma “supuesta” maldad de otros. ¡Todo el mundo

que

grita,

insulta,

compara,

desprecia,

humilla,

amenaza, pega y mata lo hace para castigar al malo! Pero los especialistas dicen que es una violencia diferente. ¡Menudos especialistas!

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Alberto movió la cabeza de un lado a otro indicando tristeza e impotencia y yo también me sentí triste e impotente, pues comprendí su frustración. –Referente a la obsesión -rememoró-, yo la defino como un impulso intenso, desenfrenado, inconsciente e irresistible por conseguir algo que me dé alegría una y otra vez, porque necesito elevar mi autoestima siempre que baja cuando entro en crisis, por la que siento ganas de llorar o de morir ya que creo que no sirvo para nadie ni para nada. Los enfermos que no tienen este problema en grado muy fuerte suelen ser obsesionados por la lectura, la limpieza, el trabajo, el deporte o irse de compras, y no maltratan físicamente, aunque sí discuten mucho, pero para los de grado muy fuerte la obsesión principal es el sexo porque cuando niños se nos prohibía, a rajatabla, hablar de sexo; incluso nos pegaban por “pecadores”, cuando en realidad veíamos que no era tan malo pues todos lo practicaban. Tanto puritanismo nos hizo creer que el sexo era algo “muy” importante, lo que nos obsesionó por conocerlo, y cuando supimos lo bueno que es, masturbándonos solos al principio,

y

luego

haciéndolo

con

otras

personas,

nos

obsesionamos por tenerlo a diario sin importarnos con quien. >>Poniendo un ejemplo para definir la obsesión, imagina que llevas tres meses sin comer y a lo lejos ves que alguien tiene un plátano. Por el hambre, por tu necesidad de comer para sobrevivir, haces lo que sea para conseguir ese plátano, incluso matar. Pues eso ocurre con los celosos en grado fuerte,

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obsesos por el sexo, que para conseguir su “comida sexual” se van continuamente a buscar sexo, como me pasaba a mí, llegando a ser infiel diciendo que “un día sin sexo no es un día”, y otros, por su pobreza, llegan a prostituirse; y otros, verdaderos locos, llegan incluso a violar para calmar su obsesión sin pensar en las consecuencias, ser linchado o ir a la cárcel, como el Monstruo de los Andes, Pedro Alonso López, quien violó y mató a numerosas niñas en Sudamérica y quien fue muy castigado por su madre prostituta que lo echó a la calle con ocho años por intentar tener relaciones sexuales con su hermana menor, y violado por un desconocido que le dio cobijo en su casa, y más palizas, siendo aún un niño, vaciándolo de autoestima y llenándolo de más rabia, y quien, al creer que el mundo adulto era malo, pues los adultos le hicieron daño, sobre todo una mujer, buscó, de forma inconsciente, la pureza y bondad en niñas para desahogar su obsesión. La obsesión, su hambre sexual, era más fuerte que cualquier castigo que pudiera recibir, porque cuando niño soportó el mayor de los castigos que se pueden soportar, el maternal. Alberto hablaba muy rápido, como para no olvidar nada de lo que estaba explicando, pero parándose y mirándome, exclamó: –¡Ojo! ¡No pienses que intento disculpar a los malos, maltratadores, asesinos, psicópatas y violadores diciendo que somos enfermos para que no vayamos a la cárcel! ¡No! ¡Si hemos hecho algo malo, debemos pagar por ello, simplemente

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por justicia…! Y más de lo que se paga en España actualmente, por seguridad. De eso no tengo ninguna duda. Lo que sí me gustaría es que se nos curase la mente, que se nos curase esta enfermedad, antes de que hagamos daño. –No te preocupes -dije a Alberto cogiendo sus manos con las mías, frente a frente-. Te comprendo. Tú no estás en un juicio ante un tribunal, sino con una amiga a la que le cuentas tu historia. No tienes que justificar tus actos; sólo me los estás contando, y yo te escucho. Nada más. –Gracias -agradeció mirándome fijamente-. Es muy agradable hablar contigo. No has dejado de prestarme atención, ¡durante horas!, ni me has reprochado nada, lo que te agradezco sinceramente. ¡Ni

te has dormido!

-exclamó

sonriendo. Alberto puso las palmas de mis manos en sus mejillas, como llevándome cerca de su corazón, me las besó, y retomando el paseo concluyó: –Y con los vagabundos, es fácil ver sus celos y su rabia; es fácil ver su Síndrome ANACCAM, su baja autoestima y su odio a la sociedad “mala”. Como ejemplo, Francisco García, El Escalero, que mató a varios vagabundos como él y quien recibió brutales palizas de su padre alcohólico. Y de los locos, ¿qué te voy a decir?, si tú misma has visto su locura tirándose de los pelos ante el ruido de una mosca o con la baba cayéndole mientras hablan con el aire. Sólo estudia su niñez.

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–Es increíble -dije asombrada- que nadie se haya dado cuenta de este problema, con la cantidad tan grande de gente que hay investigando cualquier cosa de la vida, cosas, algunas, sin la menor importancia para vivir mejor. ¿Y tú has expuesto tu teoría a los médicos, psiquiatras y psicólogos que te han tratado? –Sí, y se han reído de mí, diciendo que no estoy enfermo, que soy “anormalmente malo”, y que estoy equivocado, ¡qué cómo va a saber un paciente más que el profesional! Pero ellos parecen saber menos porque han querido reeducarme, cosa que no necesito ya que sin crisis soy un hombre normal, y porque me han dado consejos y pastillas para controlar la rabia cuando yo no quiero controlarla sino ¡no sentirla! Pero se ríen de mí, diciendo que eso es imposible, que eso es algo natural en el humano. –Es triste saber que quien debe curarte no puede ayudarte -dije bastante desconcertada ante la presunta incompetencia de esos médicos-. Pero tiene que haber alguna solución, ¿no? –Sí, tiene que haberla -contestó-, pero como nadie sabe que esta enfermedad existe, nadie busca la solución. Solución que llegaría, supongo, a través de la Hipnosis, accediendo al inconsciente, a los sueños, y matando al Diablo que aparece en mi cabeza cuando duermo. Cosa que tal vez consiga con mi muerte…

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Alberto cerró los ojos y yo me agarré a su mano. Nuestras sombras se proyectaban nítidas en la arena delante de nosotros, insinuándome que hacíamos buena pareja, pero, para no soñar, cerré también mis ojos y durante unos segundos me dejé llevar por este hombre que me llenaba la cabeza. ¡Y el corazón! Me pidió sentarnos un rato en la arena a la orilla del mar y sentados dijo: –Para no cansarte más, ¿a dónde me lleva esto? Pues mira. Este problema (al que voy a poner el nombre de “Síndrome de Aurita” en honor a ti por escucharme, pero no me lo agradezcas pues se trata de algo triste), cada tres o cinco días, cuando entro en crisis, me lleva a ser desconfiado, pues sospecho maldad en todo el mundo; me lleva a ser miedoso y supersticioso, por lo mismo, por creer que todo el mundo me quiere hacer algo malo; me lleva a ser acomplejado, pues yo mismo me veo malo, feo, gordo, flaco, inútil y estúpido; me lleva a ser envidioso, ya que creo que los demás, y sus cosas, son mejores que yo y mis cosas; me lleva a ser egoísta, pues no puedo compartir “mis cosas que suben mi autoestima”; me lleva a ser maniático, porque soy un obsesionado por la perfección, cosa que buscaban en mí siendo niño; me lleva a ser mentiroso, porque no puedo decir la verdad a quien veo malo ni contar a nadie “mis maldades”; me lleva a ser inseguro, puesto que siento que soy malo y que no sirvo para nada; me lleva a gritar para llamar la atención, quizá la que no me daban

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de niño (incluso hay veces que hablando con alguien no hago más que tocarlo y tocarlo para que me atienda, aunque esté pegado a mí); me lleva a tener ansiedad, pues sentir que soy malo me provoca angustia y nervios (recuerdo que cuando niño mi madre decía que yo tenía hormiguillas en el culo, y de mayor tengo tics, como mover el pie de forma acelerada pareciendo que doy patadas al aire o enrollarme el pelo con un dedo, a veces durante muchos minutos, dejando hasta de respirar por el run run en mi cabeza); también me lleva a ser apático, pues si no sirvo, ni nada de lo que yo hago sirve, ¿para qué hago algo…? Por esto mi casa sigue igual de mal que hace años, por vago. Asimismo, este problema me lleva a ser machista, pues siento odio hacia las mujeres ya que una mujer me maltrató; me lleva a ser intolerante, pues no veo como errores los fallos de los demás sino que los veo como maldades, y, según el trauma, ninguna maldad se puede quedar sin castigo. Y también me lleva a ser posesivo porque veo maldad en todos los listillos que me quieren robar mi pareja, y por eso la encierro en casa o donde sea para que nadie la mire porque “lo mío, es mío”. Alberto suspiró con fuerza, como buscando más aire del que sus pulmones necesitaban, y con rabia y lágrimas en sus ojos exclamó: –¡Y este problema también me lleva a ser un maltratador!, como ya has escuchado; ¡me puede llevar a ser alcohólico, pues con tanta tristeza me refugiaré en el alcohol

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que algo de alegría te da cuando te emborrachas!, aunque seré más peligroso borracho, como le pasaba a mi padre y como me pasó a mí en casa de mis suegros donde, alcoholizado, quería matar a todo el mundo. ¡También este problema me puede llevar a estar toda la vida con pastillas de psiquiatras al catalogarme depresivo por mis ganas de suicidarme, o esquizofrénico, ya que por celos tengo alucinaciones, veo cosas que nadie ve y escucho voces que nadie escucha!; ¡o me puede llevar a robar, pues nadie me quiere trabajando a su lado, por peleón, por lo que, o robo, o moriré de hambre!; ¡o me puede llevar a la cárcel por vender droga para sobrevivir o por violar a alguien gracias a mi obsesión por el sexo o por matar a alguien por mi agresividad al vengarme de alguien “malo”! ¡O sea, estoy condenado a sufrir y causar dolor toda la vida por culpa de mí mismo, de mi propia cabeza! ¿Qué te parece mi maravilloso

futuro?

-preguntó

mirándome

con

los

ojos

inyectados de sangre. ¡Dios! ¡Cuánto me dolía verle sufrir! Le contesté que me parecía muy triste, pero volví a insistir, testaruda: –¡Tiene que haber alguna solución! –Sí -confirmó secando con sus brazos la cara bañada por las lágrimas-, tiene que haberla, siempre y cuando yo tenga razón con mi teoría, donde digo que padezco una enfermedad, ya que las enfermedades se pueden curar, aunque se tarde mil años en encontrar la solución, pero, ¿dónde encuentro yo a alguien que crea que el mundo es redondo, si todo el mundo

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cree que el mundo es plano? ¿Dónde encuentro yo a alguien que crea de verdad que los celos y los enfados son síntomas de una enfermedad y que busque la solución? ¿Seguiré vivo para cuando se encuentre dicha solución...? >>Estos últimos años he vivido algo más tranquilo gracias a Naomí, ¡quien me acaba de dejar!, y a mi madre, quien nunca dejó de ayudarme, ¡pero que ahora está a punto de morir por un cáncer! ¿Qué pasará cuando ella se muera? ¿Me suicidaré? ¿Me volveré más loco de lo que ya estoy? –¡Tú no estás loco! -repliqué con firmeza-. ¡Eres muy inteligente! –La locura no nos quita la inteligencia -concluyó-; sólo que en crisis la usamos mal para castigar el mal que creemos ver… Sí, estoy loco aunque mi apariencia te engañe. O al menos tengo momentos de locura, arrebatos mentales, cruzadas de cables o venadas que pueden acabar con mi vida o la de otros. Por eso es mortal mi enfermedad. Y por eso tengo mucho miedo, porque si antes montaba el escándalo en cualquier sitio y a cualquier mujer para que no me abandonara, llorando, gritando, insultando, amenazando o pegando, ¿qué haré ahora que he perdido a la única persona que me ha hecho feliz? ¿Qué ocurrirá cuando pase el tiempo y realmente me dé cuenta de que Naomí ha roto para siempre su relación conmigo? ¿Qué pasará cuando la vea con otro o embarazada de otro? Seguro que me destroza el alma y el corazón… pero, ¿sabré aceptarlo? ¿Podré aceptarlo?

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>>No, creo que no. Si antes no razonaba, no creo que comience ahora. Creo que de esta locura viene el típico crimen pasional: Ella me deja por mis maltratos pero yo, por mis celos, la veo mala por despreciarme, ¡por abandonarme seguramente para irse con otro!, y por eso me enfado y la castigo matándola y gritando: ¡Si no eres mía no serás de nadie! Luego me aplico a mí mismo ese Criterio de CAstigar al Malo, porque también yo me veo malo ¡pues acabo de matar a la persona que amo!, y después saldrá un breve artículo en algún periódico diciendo: “Los celos, móvil del asesinato y posterior suicidio tras una fuerte discusión”, y todos pasarán un tupido velo a mi existencia olvidando para siempre a este vulgar y triste solitario. Sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Nos levantamos, me aferré a su brazo y paseando en silencio llegamos a donde estaba nuestra palmera, que aún nos obsequiaba con su generosa y refrescante sombra. Hacía calor, pero seguíamos solos en la playa. Había una pregunta que me rondaba la cabeza. Él dijo antes que la persona que padece ese problema no razona ni comprende que él es el culpable de sus desgracias, no sabe que él es el malo, en fin, no sabe que está loco. Entonces, ¿cómo es que Alberto me hablaba con tanta lógica, como si fuera un psicólogo que analiza el problema desde la distancia? No parece, hablando como me habla, que él tenga ese problema, esa enfermedad que dice tener.

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–Tú dices que estás loco y que lo sabes. ¿Cómo has conseguido darte cuenta? –Porque soy un hombre con suerte -contestó-, quizás, con mucha suerte dentro de lo malo. Y te digo por qué tuve suerte. Si la mujer con la que me casé hubiese sido virgen, yo habría demostrado los celos y enfados poco a poco, y tardaría años en darme cuenta de que soy celoso y peleón. Con encerrarla en mi casa para no ver a alguien mirándola tendría suficiente para no sufrir mucho. Siempre pensaría que son otros los malos y no me divorciaría. Ni nunca hubiese pensado que yo tenía un problema mental. ¡Pero no lo era! ¡Su falta de virginidad me hacía sentir unos celos terribles!, celos por los que la maltrataba, por lo que, ¡por suerte!, me separé joven, y después, al conocer a otras mujeres que sí eran vírgenes y castigarlas de igual forma, empecé a preguntarme por qué pegaba: “Si antes pegué a mi mujer porque no era virgen, ¿por qué pego ahora a otras que sí lo son?”. Luego todo se encadenaría,

pregunta

tras

pregunta,

respuesta

tras

respuesta... Suerte que pude estar con otras mujeres, mujeres buenas que no tenían este problema ¡y que no me dieron problemas reales!, con quienes supe que yo era el que hacía daño, el malo. O el loco… >>También porque Naomí jamás me dio un problema; ella nunca me reprochó nada, nunca se enfadó conmigo, por lo que tuve paz y tranquilidad a su lado, cosa que me ayudó a pensar más en mí mismo. Pero ahora ella me ha dejado, y

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tengo miedo a qué le haré cuando yo entre en crisis. ¿La mataré? –Espero que no -contesté bastante preocupada. –Sí, yo también espero que no… El tiempo lo dirá. También, y repitiendo, tuve la gran suerte de que mi madre me llevara siempre con ella cuando trabajaba, por lo que mi padre nunca me pegó y no trastornó más mi cabeza, y porque en casa de Mel y Yeya aprendí, aunque en menor medida, lo que era la paz, el amor, la confianza y la amistad. Por eso siempre he buscado esa vida porque es la que he deseado, pero como aprendí más de lo malo por estar más tiempo en mi casa, nunca he conseguido esa paz interna que, al parecer, sólo voy a conseguir cuando muera. –No hables así -objeté-. Tú aún te puedes curar y vivir una vida normal. –Sí -replicó-, seguramente. Pero como no me haga rico para pagar a alguien que investigue, o como no venga por aquí uno de Alaska, no encontraré jamás la forma de vivir que yo necesito. –¿Por qué de Alaska? -pregunté escéptica. Mirándome y sonriendo contestó: –Porque Alaska está lejos y quizás allí, entre sus montes helados, esté hibernando el mago dueño del frasco que contiene el elixir que curará los celos. Sonreí por la broma y después pregunté:

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–¿Y sabiendo lo que sabes, no deberías estar curado? O sea, sabiendo que pegar está mal, ¿por qué lo haces? ¿No te puedes contener? ¿No lo puedes evitar? –No, porque yo sólo tengo una cabeza para pensar y sentir, y cuando esa cabeza me dice que ella, ¡o quien sea!, es mala por esto o aquello, ¡cuando mi propia cabeza me hace sentir rabia y ganas de venganza hacia alguien!, ¿con qué otra cabeza razono para parar? La de abajo no razona… >>Por este motivo no sirven de casi nada las órdenes de alejamiento, porque, llenos de tristeza y rabia, nos importa un rábano que nos metan en la cárcel o que nos maten, porque realmente queremos morir. Sentí mucha impotencia al comprobar que tenía razón, pues sólo tenemos un cerebro. Después cogió la botella de agua y me preguntó si quería beber. Dije que sí, y abriendo la boca me dio él mismo; fue tan paciente que no se derramó ni una gota de agua por mis labios. Se lo agradecí intentando hacer yo lo mismo con él, pero fallé porque se movía haciéndome reír y derramar al mismo tiempo el agua. Cuando terminamos de beber y de jugar me acerqué a él y lo besé. Se dejó besar un momento pero me retiró de sus brazos suavemente. Lo miré y él hizo un gesto de resignación. ¿Comprendí o no comprendí...? No lo sé. Lo cierto es que acepté su rechazo en silencio. Volvió sus ojos al mar, evitando los míos, y yo pregunté:

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–¿Y no hay forma alguna de cortar la crisis? ¿No hay nada que te desbloquee la mente en ese momento? –Sí, hay una cosa que me desbloquea; bueno, dos, o mejor tres. Una, irme otra vez a dormir a ver si el siguiente sueño es bueno y despierto sin crisis. A veces lo hago adrede tomando pastillas. Otra forma es con un impacto positivo, algo que me impacte mucho y que me suba de golpe la autoestima, como una vez que, yendo por la carretera peleando con una de tantas novias, gritándole insultos, amenazas, etc., hubo un accidente donde habían dos heridos tirados en la carretera, y al parar para ayudarles la mente se me desbloqueó por completo, de forma automática, ¡porque ya servía para algo!, al menos, para socorrer a dos personas llevándolas al hospital. Ayudar te hace creer que eres bueno, que vales, te sube la autoestima y desactiva la crisis. También es un impacto positivo ligar. Si en crisis voy a una fiesta y alguna mujer se fija en mí y se lía conmigo, aunque sea fea, significa que ya sirvo para alguien, que gusto a ese alguien, ¡que valgo!, y eso me sube la autoestima, me hace feliz y desaparece la crisis. Y la tercera cosa que me desbloquea la mente es ver a la persona con la que peleo peor que yo, más triste o más hundida que yo. Justo cuando la veo peor es cuando paro de maltratar porque eso me hace creer que ella me necesita, y que me necesiten sube mi autoestima, por lo que desaparece la crisis; y al ver otra vez la realidad viene el arrepentimiento, sincero, por el daño que hice.

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Pero casi siempre paro cuando el castigo que creo que merece esa persona está dado. Venganza cumplida… –Qué enrevesada es la mente, ¿verdad? –Si. Es tan complicada que milenios después de aparecer aún se desconoce casi todo del cerebro. Alberto se dio varios golpes en la cabeza con un dedo y dijo: –Mí querida cabeza… Se quedó en silencio unos segundos, como ido, y al volver a la realidad recordó: –A veces sueño, cosa que hago muy a menudo (quizá porque nunca he tenido la vida que realmente he deseado o por no saber qué deseaba), que algún día aparecerá mi hada madrina que me tocará con su varita y ¡Plim!, curado. Porque con este problema jamás conseguiré tener una vida digna. ¡Fíjate! ¡Por culpa de este problema he perdido mi niñez y mi juventud recibiendo palos y disgustos y dando palos y disgustos! ¡Estoy perdiendo la madurez siendo un adulto de mierda, por algo Naomí me ha dejado, y al ritmo que voy perderé la vejez siendo un viejo verde, ruin y solitario! ¿Ese es mi destino? ¡Llevo toda la vida viviendo con el pecho carcomido por los celos y la rabia y el cerebro pervertido por el sexo! ¿Eso es vida? ¿Tú crees que puedo hacer feliz a alguien? ¿Tú crees que alguien puede quererme con esta mala cabeza? Alberto miró al cielo con rabia, como quien no acepta una injusticia, y no supe qué contestarle, aunque deseaba con todo

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mi corazón decirle que no se preocupara, que todo iba a salir bien, pero, ¿cómo borrar su pasado? ¿Cómo borrar lo que le enseñaron de niño y lo que hizo de grande? ¿Cómo quitar de su mente lo que le hace daño? ¿Cómo quitarle su trauma? ¿Cómo? –Yo puedo quererte -dije sin pensar-, porque te comprendo y podría ayudarte a buscar la solución. –Sí -replicó-, sé que puedes quererme, pero al final me odiarías ya que yo todavía estoy mal de la cabeza y no soportarías mis maltratos. Y también puede suceder que, por mucho que tú me quieras, no consiga alejar de mi corazón a Naomí; en ese momento sufriré más y tú sufrirás más. Y eso no sería justo, encima sabiendo lo que sé. Maltratarte, sabiendo que soy maltratador, no sería digno de un hombre, y yo quiero ser un hombre. Es como si te pego el SIDA sabiendo que lo tengo. Sería mala persona, ¿no? –Sí, tienes razón -afirmé resignada. Comenzó a llegar gente a la playa, pues hacía un día espléndido: un matrimonio con sus matules veraniegos a cuestas, la abuela, una niña y un perrito. Éste era tan bonito y juguetón que se lo indiqué a Alberto quien, mirándolo, dijo: –Cuando estoy mal, en crisis, tengo miedo de todo, de ahí que después me digan los médicos que soy supersticioso, o hipocondríaco, y de ese miedo salen las fobias que mucha gente padece, pero cuando estoy bien todo me da paz. En realidad me gusta mucho la Naturaleza. ¡Es perfecta! Las

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imperfecciones existen para que valoremos más lo que es perfecto. Alberto filosofa como si nada. La verdad es que era agradable escucharle y mirarle. ¡Y besarle! ¿Y amarlo?, me pregunté con la cara ardiendo por el atrevimiento de mi pensamiento. –A veces pienso mucho -explicó-, y al fumar hachís parece que amplío más mi imaginación por las cosas que digo referente a la vida: “Los filósofos filosofean la filosofía popular filosofeándola”. Esto quiere decir que las personas que le ponen palabras extrañas a lo cotidiano en la vida de los humanos se llaman a sí mismos filósofos. ¡Más bien -dijo sonriendo-, estoy un poco ido de la cabeza! Sin dormir y fumando toda la noche y toda la mañana ya no sé qué pensar. Además, creo que ya he terminado. Ya sabes quién soy y por qué estoy loco. Con más tiempo te daría más datos, pero ahora me siento cansado, muy cansado. Lo mejor que podemos hacer es descansar un ratito. ¿Te parece bien? Asentí con la cabeza, y después de darme un beso Alberto se tumbó quedándose dormido a los pocos segundos. Yo le miré durante un buen rato y luego fui a darme un baño. ¡No podía descansar sabiendo que está sufriendo! Mi cabeza daba vueltas pensando en cómo poder ayudarle, pero necesitaba despejarme, por lo que después de estar unos minutos en el agua, nadando y relajándome, y

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viendo que Alberto no se movía, me fui a dar un paseo por la orilla de la playa. Cuando volví a su lado seguía apareciendo más gente ya que, no siendo un día de fiesta, hacía un tiempo estupendo para disfrutar del mar y del Sol. Comencé a abanicar a Alberto con un abanico que saqué de mi bolso porque estaba sudando, aunque la palmera daba sombra, pero a las once de la mañana el calor era sofocante. Estuve así unos minutos hasta que Alberto se despertó, un poco somnoliento y con los ojos enrojecidos, pero sonriente. –¡Uf -dijo-, estoy sudando! Voy a darme un baño. ¿Vienes? Contesté que prefería hacerme un porro para cuando él regresara, y se fue al agua. Entró despacio al principio y luego se zambulló. Me gustaba mirarlo, sobre todo cuando me saludaba con sus manos. Cuando acabé de liar el cigarrillo fui al mar casi corriendo a su lado. Nadamos y jugamos durante muchos minutos tirándonos agua, buceando el uno por debajo del otro, divirtiéndonos, y nos íbamos acercando cada vez más. Al final nos abrazamos y nos besamos. ¡Dios mío!, pensé. A pesar de todo lo malo que me ha dicho, ¡yo le deseo! ¡Es tan bueno conmigo! Alberto me tomó en brazos y me llevó hasta la palmera. Me dejó encima de mi toalla con mucha suavidad y me dio un beso fugaz, como para evitar lo que pudiera venir. Se sentó en

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su toalla y encendió el pitillo que yo había dejado a la vista. Al cabo de un momento, después de pasármelo, expresó: –A ti te conocí como Alberto y no como Juan. Este no te hubiese hablado sino follado, con perdón, si le hubieses dejado, cosa que dudo porque Juan sólo liga prostitutas, pagando, o locas igual de obsesionadas por el sexo, pero tú eres una mujer en toda regla. Ni me hubieses mirado. O te habría asustado mi mirada huraña y lasciva. ¡Vamos! ¡Ni te hubieses dado cuenta de que existo…! Por lo tanto, es necesario que siga a tu lado como Alberto. Tengo tu dirección y si te veo otra vez no dudaré, si sigues deseándolo, en hacerte el amor, porque es verdad que lo deseo. ¡Eres muy hermosa…! Pero si ahora no lo hago me sentiré un hombre de verdad, y no un mierda obsesionado por el sexo. Prefiero perder tu cuerpo antes que tu amistad. Necesito más de ésta. Pasé el pitillo a este hombre y me quedé mirándolo sin saber qué pensar. ¿Cómo es posible que su pasado sea tal y como me lo ha descrito? ¡No veo por parte alguna que Alberto sea tal y como dice que es! Sé que es verdad esta historia, pues le veo sincero, pero, ¿es esta historia una realidad imposible de cambiar? –¿Por qué no te vienes conmigo a Valencia? -le pregunté-. Allí hay buenos médicos y puedes vivir en mi casa, como amigos, hasta que te estabilices. Yo puedo ayudarte a salir adelante.

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Esta propuesta mía dejó algo sorprendido a Alberto, como si no esperara tanta ayuda de una desconocida, pero reponiéndose contestó sin titubeos: –No puedo irme de Tenerife. No puedo por una razón: mi madre. Está bastante enferma y tendría un disgusto muy grande si yo me voy de aquí otra vez, dejándola sola con su enfermedad. Supongo que a ella le gustaría morir en paz, con su familia unida y feliz, pero ¿qué paz tendrá sabiendo que su marido y su hijo están mal de la cabeza? ¿De qué le habrá servido sufrir? ¿De qué le habrán servido tantas lágrimas derramadas para intentar salvar a su marido y a su hijo? Volvieron a brillar sus ojos pero, apagando la colilla en la arena y aguantando sus lágrimas, declaró: –También hay otra razón, aunque de menor importancia, por la que ahora no puedo irme contigo. Posiblemente me renueven el contrato de trabajo como recepcionista por un año más en Los Claveles. Esto querrá decir que, si consigo vivir sin el amor de mi novia, cosa que dudo bastante, si consigo vivir sin la protección de mi madre cuando muera, y si consigo mantener este trabajo, al menos por un año más, algo mejor tengo que estar de mi cabeza. ¡Vamos, digo yo! Alberto me miró, como esperando confirmación, y sin esperar respuesta a su pregunta fijó la mirada en el mar y concluyó: –Pero no creo en esta posibilidad. Solo cabe esperar un milagro porque si no mi cabeza me destruirá, provocando

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sufrimiento en mí y en los demás. Lo malo es que yo no creo en los milagros. –Quizás -reiteré- el camino que necesitas para curarte está en Valencia, donde yo sé que hay buenos médicos, y donde

puedes

contar

con

mi

desinteresada

amistad

quedándote en mi casa sin compromiso alguno hasta que encuentres una solución, hasta que te cures. –Gracias, de corazón -replicó-. Por eso tengo tu dirección. Por si alguna vez necesito de verdad esa ayuda que me ofreces. Todo puede pasar, y algo pasará. El tiempo lo dirá... También existe la remota posibilidad de que Naomí todavía me ame y vuelva a mi lado, ¡y si me voy es para no regresar jamás!, por lo que para siempre la perderé. Y yo aún tengo esperanza… Sí, eso es verdad. La esperanza es lo último que se pierde. Aproveché la pausa de su relato para pedirle respuesta a otra pregunta. ¿Qué pasó en concreto para que su hermano no tenga este problema? –Porque -contestó- justo cuando se coge este trauma, en los primeros tres o cuatro años de vida, mis padres estaban separados. Recuerda cuando te dije que tendría mi hermano como dos años y no volvió a ver a mi padre hasta que tuvo ocho. El aprendió sólo de mi madre, y en esos años en los que estuvo separada de mi padre ella no estaba tan mal como para castigarlo cada tres o cinco días, por lo que él se convirtió en un niño bueno, que no daba disgustos a mi madre, y por eso le riñó menos y menos se traumatizó…

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–Cosa que contigo fue al revés -interpreté-, porque al estar tu madre peor por tu padre, más te reñía por portarte mal lo que te ponía peor. –Sí. Como el pez que se muerde la cola: cuanto más me reñía, criticaba o comparara para que fuera más bueno, más malo me hacía. Puede que mi hermano tenga este mismo problema porque alguna riña se habrá llevado, sobre todo de mi padre, pero no lo tiene fuerte como yo. Tengo envidia de él porque tiene todo lo que yo siempre he deseado, una vida normal, pero me alegra de corazón saber que él no está loco. Esta es otra de las cosas que me demostró que mi problema no es genético, porque si fuera así, mi hermano sería tan celoso y peleón como yo. Y, por suerte, no lo es. Creí ver que se empañaban sus ojos de nuevo e intenté secárselos con mis dedos, momento que él aprovechó para tumbarme de espaldas sobre la arena donde comenzó a besarme dulcemente. Me aferré a su cuerpo con fuerza, pero separándome con suavidad expresó, mirándome a los ojos: –Eres muy bella, y sé que haremos el amor si estoy contigo toda esta semana. A Juan le encantaría, pero Alberto no disfrutaría porque tiene su corazón en otra. ¡Y yo quiero ser Alberto! Por lo tanto, tengo que pedirte, muy a mi pesar, que vayas pensando en adelantar tu regreso a Valencia. Lo mejor que puedes hacer es marcharte mañana, recordarme con cariño, y “rezar” por mí de vez en cuando.

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Ahora fueron mis lágrimas las que rodaron por mis mejillas y él quien me las secó con sus dedos. Si dice que es muy malo con todo el mundo, ¿por qué es tan bueno conmigo? ¿Tal vez porque realmente está mejor de su enfermedad? ¿O quizá porque sólo llevamos unas pocas horas juntos y aún no ha tenido tiempo de demostrar conmigo lo malo que es? No lo sé, pero soñando con verlo curado y feliz, poco a poco me dormí en sus brazos. No sé cuánto tiempo estuve durmiendo, pero cuando desperté hacía mucho calor; Alberto me tenía aún en sus brazos. Me abracé más a él si cabía y volví a llorar. ¡Sentía en mi piel toda su ternura! Al rato me llevó en brazos al agua y allí calmé mi calor y mis lágrimas. Después de nadar unos minutos salimos del agua, nos secamos, recogimos y nos fuimos de la playa. Alberto me invitó a comer chicharros a la plancha con papas arrugadas y mojo picón en un restaurante de carretera con vistas al mar, donde la comida era buena y la cuenta barata, y al terminar nos subimos al coche y dimos una vuelta a la isla pasando por el Teide, donde me cantó unas canciones preciosas que había compuesto él mismo con la guitarra que llevaba en el maletero, maletero que parecía el armario de su casa. Gastaría muchas palabras describiendo el placer que sentía a su lado, oyéndole cantar sus canciones de amor y de protesta, incluso contra sí mismo, y describiendo el paisaje que mis ojos admiraban, por lo que acortaré diciendo, como dice

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Alberto, que aquí rodaron, Adán y Eva, la película de “El paraíso”, allá por la antigüedad. Realmente era muy bonito; era… ¡maravilloso! Pero en ese viaje a veces lo miraba y sentía casi necesidad de que me volviera a contar su vida. ¡No me lo creía! ¡No podía ser que un hombre como él tuviese ese problema! ¡Y menos creía real que, aún teniendo esa “enfermedad”, no hubiese forma de ayudarlo! No hablamos más del tema, pero todo daba vueltas en mi cabeza porque, aunque él me pidió que no buscara soluciones, ¡yo las buscaba! Cuando regresamos a Playa de las Américas, ya de noche, lo hacíamos riendo. Alberto acababa de contarme un chiste y reíamos, pero mi sonrisa era casi forzada. Sabía que me quedaba muy poco tiempo para estar con él y no sabía qué hacer ni qué decir para seguir a su lado, pero lo intenté pidiéndole que me llevara a bailar, o simplemente a pasear. –Mejor no -dijo-. Mi cabeza puede cambiar y tal vez no te vea como te veo ahora, por lo que tú también puedes cambiar de opinión hacia mí. Si te vas de aquí conociendo sólo a Alberto tal vez algún día me abras tu puerta, al menos como amigos, pero si conoces a Juan... Alberto aparcó el coche a la puerta del hotel con una serena resignación y mi pecho se encogía ante la tristeza que se me avecinaba, pero saqué fuerzas de flaqueza pensando que en cuanto llegase a Valencia buscaría la forma de ayudarle.

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Después de un silencio que se me hizo eterno, Alberto concluyó: –Incluso creo que es mejor que ni te acuerdes de mí; te haría daño si alguna vez te hablo en crisis. De todas formas, siempre estarás en mi corazón. Y siento no haberte contado una historia más bonita, pero es la única que tengo. ¡Y gracias por escucharme! ¡Hablar consuela! ¡Gracias! Me besó con cariño y se bajó del coche para, rodeándolo, abrir mi puerta. Me acompañó hasta la Recepción donde, gracias a Dios, había más gente y así pude disimular un poco mi tristeza ante su compañero de trabajo. Alberto mismo me dio la llave y al hacerlo cogió mi mano y me la besó. Me miró a los ojos y yo, no pudiendo resistir más, me abracé a él durante muchos segundos hasta que me separé, me di media vuelta, y sin mirar atrás me metí en el ascensor que en ese momento estaba abierto como esperándome a mí. Entré en el apartamento y después de cerrar la puerta me tiré en la cama llorando, pensando en todo lo que Alberto me había dicho. Me parecía muy injusta su situación, y más injusto me parecía que no hubiese solución para su problema. ¡Me sentía muy apenada por él! Cerré los ojos, recordando los suyos, y preguntándome antes de quedarme dormida: ¿Me dará la sorpresa de volver a verle? No recuerdo qué soñé, pero fue agradable. Desperté a las tres de la mañana y noté la humedad que mis lágrimas dejaron

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en la almohada. Al mirar el reloj, intuí que Alberto no me daría ninguna sorpresa. Salí al balcón para fumar un cigarrillo, pensando en él, en sus palabras, y mirando el reflejo que la Luna dejaba en el mar como si fuera una carretera hacia el cielo; no se oía ruido alguno. Al rato opté por ponerme debajo de la lengua una pastilla para el insomnio, tal vez parecida a las que toma Alberto, aunque por causas diferentes; yo las tomo por el estrés de trabajo y él por el estrés de su mente. Pero esta vez yo necesitaba dormir. ¡No podía estar toda la noche en vela y llorándole! Me metí debajo de las mantas sin quitarme la ropa, quizá para no olvidar su olor, y al poco tiempo me quedé dormida. A la mañana siguiente me fui a la ducha nada más despertar y, después de preparar mis maletas, llamé por teléfono al aeropuerto para pedir pasaje en el primer vuelo que saliese para Valencia. ¡Tenía unas ganas tremendas de irme de esta isla para buscar ayuda! Me dijeron que el primer avión que salía era a la una de la tarde, si no había retraso, y confirmé mi billete, cancelando también mi estancia en el hotel. Salí de la habitación con mis maletas y después de desayunar pedí un taxi al recepcionista. Solicité al compañero de Alberto una tarjeta del hotel, y al cabo de media hora estaba en el mostrador del aeropuerto abonando el precio del viaje.

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Cuando subí al avión, no pude frenar mi desasosiego y mis lágrimas volvieron a brotar, a pesar de estar rodeada de más pasajeros. Pero yo ni me enteraba; sólo pensaba en él. Y mientras me alejaba de esta isla mi sollozo aumentó, pero aún tuve fuerzas suficientes para mandar un juramento por los aires hacia el corazón de Alberto. ¡Juré que intentaría hacer todo lo posible por ayudarle! ¡Lo necesita!

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Tres días después

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–¿Alberto? Hola. Soy Aurita. Llamé ayer y me dijo tu compañera que trabajabas hoy por la tarde. ¿Qué tal estás? -pregunté bastante nerviosa.

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–Bien, gracias -contestó a través del teléfono con su risueña pena-. Todavía al pie del cañón. ¿Y tú cómo estás? –Bien, gracias -respondí-. Te llamo para contarte que, a pesar de no haberte dicho nada, y por motivos mucho más insignificantes que el tuyo, yo también estoy yendo a la consulta de una psicóloga. El otro día tuve cita y le hablé de ti, preguntándole si conocía a alguien que supiese de tu problema. Me habló de un psicólogo que, al parecer, ha patentado un método de hipnosis con una terapia en casetes o algo así. Te doy el teléfono, aquí en Valencia, y por favor, llámale; sólo perderás el dinero de la conferencia. Le di el número, me lo agradeció, y después de desearle con todo mi corazón buena suerte colgué, pensando en volver a llamarle más adelante para saber cómo le iba. ¡Ojalá que esté más feliz! ¡Ojalá que deje de creer, para siempre, que es un vulgar y triste solitario, porque no lo es! Fin

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Tenerife. España Querido lector/a, si quieres dejar el comentario de tu impresión, pensamiento, sensación, o simplemente tu crítica, debes rellenar el formulario que aparece más abajo y enviarlo.

PANEL DE MENSAJES

Y si quieres saber cómo está Alberto veinte (20) años después,

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debes encontrar otra palabra clave que, rellenandola en el formulario que aparece tras darle a “¿Cómo está Alberto?”, te dará acceso a mi e-mail personal o a un formulario de contacto, y yo personalmente te diré si está vivo o muerto, y algunos detalles más que tú quieras preguntarme. Esta palabra clave sale en la última página de la novela, cuando yo me despido de Alberto. Y después de todo esto, te doy millones de GRACIAS por haberme leído. Sólo quería dar a conocer esta teoría, y que quien pueda, o quiera, solucione este “problema”.

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Programador de la web.

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segundaparte