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Abrir el infinito. Hacerlo trizas frente al instante. Morir como quien muere. Vivir como quien muere. Hace mucho creo que esta vida pregona su silencio absoluto. He de nombrar la nada.


2 HabĂ­a que llorar para que los versos destrozaran el alba. No con fuego, con instantes. Destrozarse junto al espejo del vivo que juega a morir. Caer como la eternidad en el infinito mientras se intenta desencontrar un sueĂąo. Me desarmo invĂĄlido ante los nombres que fui.


3 Preferiste no verme morir tejiendo este corazón enorme que se deshila. Dejaste que el alma y la mediocridad de la espera se entrelazaran; me dejaste caer, doliéndome despacio, cada vez que pronunciabas la palabra ausencia y nos desdoblábamos sobre la mierda que llamamos amor. Mis manos mutilaron el verbo amar. Como decir que tengo miedo y mi herida supura. No sé querer. Creo en la posesión. No sé nombrar al silencio. Espero todavía ahogarme con la tinta que aguardo; yo no sé morir, por eso escribo. Por eso tiemblo. Lloro como si me hubieran dejado, cuando en realidad nadie me ha tenido. Tengo un hueco que se profundiza desde hace siglos y unas ansias perturbadas que agrietan el saberme amado. Por momentos, Noche, temo clamar tantas verdades


4 El poema es azul. Vos me ofreces tu merced yo no sĂŠ que darte sino cadenas


5 No queda mรกs que dejarse atravesar por las lanzas y ver florecer al pรกlpito que sacude nuestras lenguas, que mueve nuestras manos y destruye lo poco que tenemos de vida. La nada que llamamos vivir Escribo esperando gustar el sabor de la ausencia cuando se va y esta soledad se transita menos. Cuando supe que te ibas las aguas se inundaron sobre mi pudor latente de cielo. Yo te nombro con dolencia. No buscamos humanidad. Morimos desde nuestro costado desnudo que tiembla, desde nuestra insignificancia. Temo no tener las heridas suficientes para abastecerme de mi propia sangre.


6 Nunca es suficiente dolerse cuando uno est谩 sangrando. Pedimos liberaci贸n pero a cambio recibimos una sinestesia eterna. Todo arde en la hora sangrienta. Lamento mi umbral solitario, memoria de lo que persiste en el soplo de la noche No quiero aceptar que la muerte y estas letras que reprimen son una mentira. Es siempre el miedo discerniendo, el olvido discerniendo, la muerte discerniendo. Yo me impongo en tu vida. Yo me anticipo a los hechos, inevitables como la lluvia


7 Busco unas alas donde anidar mi espejo. Soy una contusión ahuecada por la espera. Fuego e instante. Mañana. Mañana volveré a pronunciar el color del viento e imaginar el falso candor de tus blancas manos. A veces la tristeza se desborda en soledades adyacentes; las paredes se desgarran sobre otra herida antes recuperada y entonces sangra: El poema se infecta de las entrañas fronterizas del abismo. Escribir un poema es armar una casa con fragmentos de tristezas


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Y me acostumbre a nunca. Es el olor a sangre, hasta venido. Apuñalaste la oscuridad con tu tinta maldita y mis ojos, oh mis ojos, relámpagos y lenguas con pupilas admiran incesantes tu metamorfosis de pequeña dulce a puta y loca de remate. Tienen miedo. Temen escarmentar lo sepultado (un poema de Lautréamont, una pintura de Motherwell donde todo es sucio y hermoso, un hemisferio donde las plantas de león y las tristezas son posibles, por ejemplo.) Todavía me pesa una tristeza que se refina en la almohada, traslucida piel de lija. Cada vez es más grande este brillo que se oxida de a poco. Dicen que la gente hace el amor pero yo hago la nada. Estas manos ya no anidan, esta tierra no me besa. Incorporo mis penas, las hago humanas al pensarte; pierdo de mi para nacerte. Precioso Eclesiastés, sublime desastre el morir a cuentagotas. Mi jardín primitivo sos vos. No sé cómo decirte que te quiero porque temo entumecer al amor.


Hace tanta euforia que mis letras se mutilan.


9 Nunca hubo nadie. La mano tendida a la espera del que nunca viene termina cerrada, agrietada, muda. Busco una catástrofe para reponer mi herida. El fervor de la vida para saciar mi muerte. El olvido para enmudecer mi sombra; un grito para calmar mi sed. Porque la música no abandona y transmuta en cenizas del aire que no soy. No quiero saber la desgracia de saberme herido, inválido en el naufragio que nunca acaba. Aún mis manos insisten en armarse contra las fuerzas del mundo, en convulsionarse sobre el ruido y la furia. Me avergüenzo de mí vivir


10 Es siempre el desamparo primero Hablo con voces desconocidas que nacen de las profundidades de mi angustia. Triste y sombrĂ­o mi retrato en este reflejo de aguas claras que me incita a la ausencia. FĂ­jate, pero fĂ­jate bien que cuando te vas; la luna ya no es de plata. Es solo luna

Prueba