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OBRA DIRIGIDA POR

Dn.

Jermán Argueta

Conde del Valle de Temascalcingo y Caballero Andante de los Viejos Polvos y Gozos de esta Noble, Leal y Mefítica Ciudad de México. Noble Marqués de las Aguas Extintas del Lago de Texcoco. Comandante General de las Tropas de Asalto del Barrio de La Merced. Caballero de la Orden de la Cruz de su Parroquia, Capellán del Hospital de Bubas del Amor de Dios. Insigne Limosnero Titular de la Catedral Metropolitana. Oidor y Guía Espiritual de las Monjas Magdalenas de Sullivan y La Merced. Visitador Insigne de la Casa de Mancebía de Las Gallas. Prior del Monasterio Las Glorias de Mayahuel. Duque de las Chinampas de Xochimilco. Alcalde y Veedor del Pulque y sus Curados de Frutas y Legumbres. Custodio de los Tepalcates Olorosos de la Primera Piñata del Monasterio de San Agustín de Acolman. Sastre Oficial de las Calzas y Trajes de sus Majestades Melchor, Gaspar y Baltasar. Mayordomo Celosísimo de los Desvaríos de Eros y Tanatos. Gentil Camarero de las Alcobas de las Once Mil Vírgenes. Alcalde Real y Pontificio contra los Impíos Hombres del PRI… mer Pecado Institucional y los que van por el PAN. Astrónomo y Cosmógrafo del Rey Carlos V. Mariscal de los Mares, Lagos, Golfos y Penínsulas de la Colonia Tacuba. Hermano Tornero de la Casa de Citas de La Bandida. Almirante Admirado por la Flota del Barrio. Catador Etílico y Etéreo de los Viñedos de Tacubaya y Sepulturero a Perpetuidad del Panteón de San Fernando.

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Contenido Editorial foja 6 El Callejón de la Danza Por Francisco Ibarlucea foja 15

Don Tomás Treviño y Sobremonte

Auto de fe del año 1649

Por Jermán Argueta Los aguadores foja 8 foja 19

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Documentos y libros PROHIBIDOS por el Tribunal del Santo Oficio

Por Armando Ruiz foja 23

Litografía Casa de los Azulejos y Plaza de Morelos

Obra de Casimiro Castro foja 36 Texto descriptivo foja 38

Retablo de anécdotas foja 39 Luna que rueda sobre la Ciudad de México o el extraño caso de la mujer del sombrero Fotografías de Jermán Argueta foja 40

Directorio

Jermán Argueta

Director General

Armando Ruiz Aguilar

Everardo Gordillo Estrada

Coordinador Editorial

Subdirector

Heroico cuerpo de escritores, antropólogos, historiadores... Francisco Ibarlucéa, José Genis, Josefina Palacios

Corrección de pruebas*

Diseño, collages e intervenciones

David Elías Briseño

J. Araceli Ordaz “El Ánima Sola”

cronicas_leyendas@hotmail.com

Tel. 55422899

http://www.revistacronicasyleyendasmexicanas.com.mx/ Calle de Las Cruces 36 interior 103, Centro Histórico de la Ciudad de México REVISTA VIRTUAL / TOMO 2-VI ÉPOCA © Álvaro Jermán Argueta Pérez

*NOTA: Corrección cuando se pueda, y cuando no, la sintaxis y ortografía son responsabilidad del autor.

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Editorial Bienvenidos a Crónicas y Leyendas Mexicanas

L

as ciudades son un desprendimiento de los cuerpos que la habitan para posicionarse de ella. Las ciudades históricas son un libro, un cuerpo como el del ser amado que se escribe día con día. Andar y desandar por las calles, casas, plazas emblemáticas y dejar un halo de presencia para

que otros en la ausencia también la imaginen. La ciudad se escribe y se rescribe aún en la ausencia nuestra. Imaginándola también es escritura o reinvención. Así, en la escritura y la reinvención, sale este segundo número de Crónicas y Leyendas Mexicanas para que circule por las redes sociales. Cuando haya plata también saldrá con el olor de la tinta y la caricia del papel. Hoy en este número, nuestra ciudad histórica, habla de los personajes populares como el aguador que ahora nos vende el agua en botellones de plástico de veinte litros. Antes el aguador, del siglo XIX que aparece en las litografías, cargaba con dos odres de barro, el más grande, y que llevaba en la espalda, se llamaba chochocol (probablemente venga de la lengua náhuatl). Los aguadores antes, como los de ahora, son portadores de noticias de las vecindades y que hoy también son de casas habitación y edificios de departamentos. Estas páginas de nuestra revista virtual también tienen el Auto de fe cuando quemaron en el año de 1649 a don Tomás Treviño y Sobremonte en el Quemadero de San Diego, que hoy estaría en el lado poniente de la Alameda Central, junto al Centro Cultural José Martí. Y lean para que se enteren que este sucedido fue para foja 6


llevar al fuego al mismísimo don Tomás Treviño y Sobremonte, su mujer, sus dos hijos, su suegra y sus cuñados. Y en el fondo del asunto le quitaron todos sus bienes y su riqueza. Todavía a finales del siglo XIX estaba su casa en ruinas, muy bella con sus ajaracas y dos esculturas de arcángeles que remataban la construcción, allá por el Cacahuatal, barrio de San Pablo; entre el Metro Pino Suárez y La Merced. Hay que decir que las ciudades históricas que como la nuestra son de cantera, tezontle, argamasa, pintura, tezontle, piedra volcánica espuma que lo mismo es de un rojo tibio que de un color carmesí o sangre muerta; tienen vida, espíritu animado de todos estos materiales. Así la Ciudad tiene el ritmo de la sangre con la que está construida, el ritmo de nuestros corazones que late en las noches. Está enhebrada de palabras y cánticos en el silencio que son un rumor en el oleaje de los charcos cuando llueve. Las ciudades históricas danzan en su juego de luces, en su respiración y tienen el efecto de provocar ese desprendimiento sensorial tan necesario para estar en el ritual y en el trance que invade nuestra piel epidermis de la ciudad que se escribe como un libro. Como un libro que se suma a esa biblioteca que nos pertenece con sus sucesos, recuentos de la vida y leyendas imaginarias que son tan nuestras porque nos habitan como patrimonio de lo imaginario. Nuestra revista da cuenta de los rumores y del andar de todos los que la hemos vivido y construido con nuestros deseos, olvidos y aventuras. Entren a ella para que también lean Documentos y libros prohibidos por la Inquisición, El Callejón de la Danza, nuestro Retablo de anécdotas y vean una bella litografía de Casimiro Castro que nos habla de la Plaza Guardiola. Bienvenidos a la casa de Crónicas y Leyendas y sigan nuestros pasos por viejas calles, casas, callejones, plazas y voces que como un murmullo están tatuadas en sus muros.

Jermán Argueta foja 7


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hí va la procesión, ahí van los reos, setenta y siete condenados a la hoguera del quemadero de San Diego. Entran por la Plaza Mayor y dan vuelta por Plateros y por la misma calle llegan a Loreto y por la misma calle llegan a San Francisco. Avanzan. Avanzan lentos ante tanta gente y protegidos por los guardias reales. El pregonero hincha el pecho y anuncia con voz al cuello: —¡Este hombre que vos miráis, Don Tomás Treviño y Sobremonte, será llevado a la hoguera junto con su mujer María Gómez, su hijo Rafael y su hija Leonor. Y de los reos que los acompañan, unos serán quemados y los otros serán azotados por calles y plazas!

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Avanza la procesión y don Tomás Treviño y Sobremonte, montado sobre una mula, y amordazado, piensa en todos los bienes que le ha confiscado el Santo Oficio. Piensa cómo lo han torturado no sólo a él, también a su familia y a la familia de su esposa. Le han exigido que confiese ser un hereje, un creyente en la ley de Moisés, pero él ha dicho siempre que no, ¡que no!... Y hoy lo único que sabe es que la sentencia está por cumplirse. Es el 11 de abril del año de 1649. Y avanza, avanza la procesión de la muerte que acecha en el fuego vivo, y le viene a la mente el arzobispo inquisidor don Juan de Mañozca, y lo imagina mirando satisfecho el auto de fe, el más importante, hasta ahora, de la Nueva España. Avanza la procesión y la gente se asoma por las azoteas, por los balcones; se aglomera en las calles. Ahí están los negros, los indios, los mestizos, los malandros, los crápulas, los bebedores, las mujeres de la vida galante, los criollos, los españoles, los nobles. Han llegado de todas partes: Antequera, Valladolid, Guanajuato, San Miguel El Grande, Tacuba, Xochimilco, Chalco; de los muchos pueblos, haciendas y Villas de la Nueva España para estar ahí presentes. Es domingo, día festivo por la quema de reos del 11 de abril del año de Dios de 1649. Avanza la procesión… —¡Este hombre que vos miráis será condenado a la hoguera con toda su familia! Ahí van los reos, y entre ellos, los sentenciados vivos, llevan como padrinos a dos indígenas de Tlatelolco que van junto a ellos. Otros son cargados en cajas color gris rata, oscura, porque ya no son ellos, sino sus huesos los que van ahí camino al quemadero de San Diego, el que está junto a la Alameda; frente al convento franciscano de San Diego. Y es que los reos que han sido sentenciados a morir, pero que ya muertos son, siguen sentenciados a morir foja 10


aunque sólo sean sus huesos los que han de calcinarse. Y los otros reos, los condenados ausentes o prófugos, pues son elaborados en esfinge o escultura de pasta de caña, también para ser quemados; ellos marchan, inermes que están, cargados por indígenas. Avanzan, avanza la procesión. Y ahí en la Alameda llena de árboles, esperan los niños, los jóvenes, la gente que para hacer más corta o festiva la espera, se acerca a la vendimia y compra agua de chía, alegrías de amaranto. Los indios, mujeres y hombres, beben pulque. Los árboles están también atiborrados de jóvenes, quienes desde ahí tienen mejor vista para ubicar a los reos y mofarse de ellos. Avanzan…

—¡Estos hombres y mujeres que vos miráis, han sido sentenciados a morir en la hoguera! Y por fin llegan hasta el estrado donde van a ser quemados uno a uno. Don Tomás Treviño y Sobremonte mira cómo su suegra es amarrada en medio de la leña, y cómo un fraile pide para ella la muerte con garrote para que no sea quemada viva. El garrote tampoco es una muerte piadosa, es un tornillo que da vuelta a espaldas de la víctima y la va asfi xiando lentamente con el apoyo de una diadema de acero atada al cuello y unas cadenas al pecho. Y se escuchan los gritos, los lamentos y el crujir del fuego que toma fuerza y crece. Las cajas de los muertos son reducidas a cenizas y el viento esparfoja 11


ce por toda la ciudad el olor a carne quemada de los reos que ya están en la hoguera. Y don Tomás Treviño y Sobremonte, con el pecho atravesado de dolor, mira subir al estrado a sus dos hijos, Rafael y Leonor, y ahí les preguntan que cómo quieren morir. Ellos imploran que les apliquen la pena de garrote; no quieren morir vivos mirando cómo el fuego los abraza. El verdugo entonces empieza a darle vuelta al torniquete. Ellos están amarrados a un palo, las cadenas van aprisionando su cuerpo. Don Tomás Treviño y Sobremonte mira cómo sus hijos son asfi xiados poco a poco mientras de los ojos desorbitados de ambos salen gruesas lágrimas. Él, ya sin la mordaza, grita y maldice a los inquisidores.

Don Tomás Treviño es juzgado a las afueras del convento de Porta Coeli, lugar donde los sábados se determinaba la condena para los reos. Las ejecuciones eran los domingos. A don Tomás Treviño y familia los llevaron al quemadero de San Diego.

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—¡Malditos vosotros que creéis que Dios castiga! Dios no asesina, no es verdugo, no quema. ¡Malditos! ¡Malditos seáis todos vosotros! Rafael y Leonor están muertos. Algunos religiosos santiguan desde lejos a los cuerpos. No pocos mestizos y criollos dejan que el corazón vuelva a su ritmo, respiran un poco más para saberse vivos. Respiran el aire que han dejado de respirar los hijos de don Tomás. Éste llora por la vida de sus hijos, y llora con la rabia que ya no quiere ser contenida. Desconsolado, baja los ojos del cielo, después de buscar a ése su Dios que los ha abandonado, y ahora mira cómo el verdugo acerca la tea encendida a los cuerpos inermes de sus vástagos y la leña empieza a arder. Arden los cuerpos inocentes y abandonados también por su Dios. Ha transcurrido más de una hora y don Tomás Treviño apenas puede distinguir entre el humo a su mujer, a María, su compañera de la vida y de las desventuras, del trabajo, la madre de sus hijos. Ella también sufre en el suplicio del garrote, luego su cuerpo es un mismo cuerpo con el fuego que también es ofrenda para la muerte. Su cuerpo arde en la mirada cristalina de no pocos indios, arde en la mirada rojiza de llanto de don Tomás. Arden los ojos con el humo que oculta las lágrimas verdaderas ante el suplicio y los extintos gritos de piedad de doña María. Y don Tomás Treviño vuelve a gritar con furia: —¡Malditos vosotros, inquisidores! ¡Malditos, hijos del fuego eterno del maligno! El aire se ha inundado de olores que expiden las piras de leña, de humo y de carne quemada de los reos. Ahora es el turno de don Tomás Treviño, pero cuando un religioso se acerca piadosamente a él para pedirle arrepentimiento por “el mal” cometido, el hombre no puede sino mirar la hipocresía que exhibe el clérigo, y vocifera con un dolor iracundo mirándolo con los ojos enrojecidos de furia: foja 13


—¡Largaos de aquí, cura del demonio! ¡Largaos! ¡Que no me arrepiento de creer en Dios y en la ley de Moisés! ¡Sí, soy judío! Entonces los guardias lo suben a donde están apilados los troncos de leña y lo amarran en un palo, mientras él no deja de maldecir al arzobispo inquisidor don Juan de Mañozca, que está frente a sus ojos con una mirada de éxtasis ante el suplicio de los reos. Don Tomás lo maldice diez veces, veinte, maldice a todos los que le condenaron a él y a sus hijos a morir en la hoguera. Y ahí, con su sambenito pintado con llamas de fuego, serpientes y escorpiones; ahí, con su coroza, su gorro, está don Tomás Treviño y Sobremonte ordenándole al verdugo: “¡Apuraos, apuraos! ¡Echadle fuego!” Él sabe que para su persona la condena es morir vivo en el fuego, él sabe que sus palabras y su dolor y su ira sí llegan a los rostros duros de los personeros del Santo Oficio. En ese momento, el verdugo se acerca con la tea encendida, pero la leña, que es verde, apenas y si levanta un humo que se le mete a don Tomás por la nariz. Y entonces él, con el coraje desbordado y recordando todos los bienes, toda su riqueza que le ha quitado la Santa Inquisición, grita con una voz potente, estentórea, que será recordada en toda la época de la Nueva España y por los siglos de siglos: —¡Echad más leña, echad más leña!.. ¡Echad más leña y fuego, que mi dinero me cuesta!

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Sucedido en los rumbos de la Plaza de la Aguilita, donde hoy se encuentra el Café Bagdad Dedicado a mi musa huitzilopochca: Yarenita Guerrero n esta calle de la antigua capital de la Nueva España, situada junto al primer mercado de La Merced, llamada por muchos años El Callejón de la Danza o la Cueva de los Nahuales, resulta que, a mediados del siglo XVIII, causaba gran aversión y mucho miedo a sus habitantes el pasar o acercarse a él, pues se encontraba muy apartado de la traza de esta noble y leal ciudad, y en él sucedían cosas sobrenaturales, que costaban la vida a los atrevidos. Cuentan que en el lugar, alrededor de una hoguera, a mitad de la calle, se llevaba a cabo una danza infernal. Ésta era practicada por nahuales quienes cubiertos con plumas y haciendo gestos diabólicos, armaban una gritería que causaba terror a todos los vecinos, los cuales se encerraban a cal y canto, temblando de miedo, en la oscuridad de sus aposentos. Dicen que la situación se complicaba pues estos espectros entraban en las casas a robar niños y mujeres, de mal y buen ver. ¡Qué llanto el de las madres y de los desgraciados que habían perdido a sus hermanas, esposas, hijas! Los habitantes del barrio, naturales de estas tierras en su mayoría, suplicaban protección y justicia. Pero la protección y la justicia a los indios, desde entonces, fallaba, a pesar de la insistencia. El terror en ese callejón hacía más largas y angustiosas las noches de sus habitantes. Hasta que el tiempo pasó y sumo años, fue entonces que un mozuela de foja 16


veinte años, miembro del cuerpo de arcabuceros del virrey, decidió investigar, intrigado por la historia y por la advertencia que escuchó decir al párroco de la iglesia de la Santísima Trinidad, una mañana de domingo: “¡Queridos hermanos, por nada del mundo os acerquéis a esa callejuela, no será a Dios ni a sus discípulos a los que se encuentren a su paso, sino a sus maléficos enemigos!” Impresionado, don Simón de Esnaurrízar, nuestro valeroso joven, cierta noche se envolvió en su capote, colocándose dos pistolas al cinto, con el arcabuz en mano y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, y se encaminó a dicho callejón. Y para que su ánimo no flaqueara, se echó dos alipuses entre pecho y espalda. Cauteloso, deslizándose por los muros de las casas contiguas al callejón, se acercó al lugar y vio que la danza estaba en pleno apogeo: hombres y mujeres en pelotas, pintarrajeados y con plumas pegadas a la piel, gemían al tiempo que saltaban alrededor de la lumbre. Armándose de valor, Simón penetró de un salto en el centro del dantesco aquelarre dando tremendo arcabuzazo aqueste danzante; a otro le descerrajó un tiro, y a otro más lo atravesó con su toledana. Y mientras daba su propia lucha con los presuntos hijos de Satanás, don Simón de Esnaurrízar arremetía además con su palabra: Gustave Doré

— ¡A mí, arcabuceros del Virrey! ¡A mí, corchetes! Y este don Simón, que contaba con buena fortuna, casi de inmediato

Cauteloso, deslizándose por los muros de las casas contiguas al callejón, se acercó al lugar...

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recibió la ayuda de los soldados de una ronda que, cercanos al lugar, acudieron al callejón al escuchar sus gritos y no sólo eso, sino que hasta los asustados vecinos del barrio, al enterarse que aquello que los asustaba tanto estaba lejos de ser un aquelarre, salieron prestos a brindar su puño y aguerrida ayuda contra los presuntos nahuales, quienes pronto ingreGustave Doré

saron en el calabozo del Santo Oficio.

Recibió la ayuda de los soldados de una ronda que, cercanos al lugar, acudieron al callejón al escuchar sus gritos.

Con la excitación que el enfrentamiento habría provocado, los soldados decidieron efectuar un minucioso regis-

tro de las casuchas habitadas por estos zánganos. No faltó quien denunciara que tal casa era habitada por un mal viviente. Al poco rato de husmear y buscar, encontraron a los infelices niños desaparecidos y a las mujeres de buen y mal ver —que en realidad todas estaban de muy mal ver, por lo enflaquecidas—, envueltas en sus harapos. A los chamacos, se supo, los “nahuales” los enseñaban a pedir limosna en las plazas. Las madres, los esposos y hermanos de los niños y mujeres ultrajados, estaban felices de reencontrarse con la querencia familiar después de tanto tiempo de ausencia, angustia, temor, impotencia y, sobre todo, de lucubraciones en tomo de presuntos nahuales y seres infernales. Por tal motivo, por muchos años esta calle, que hoy es República del Salvador y Talavera, se le conoció como el Callejón de la Danza.

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El aguador. Miguel Mata y Reyes, 1854. Col. Museo Nacional de Historia. Página anterior: Aguador. Porteur d’eau. Claudio Linati, 1828.

no de los personajes más impresionantes ante los ojos extranjeros: apenas se concibe cómo para llevar 50 libras de agua, no se haya encontrado otro medio que meterla en una olla de barro casi tan pesada como su contenido, cuya forma esferoide concentra su peso en un solo punto. Esta vasija, que no es suficiente para las necesidades de una familia, y un peso tan incómodo que no puede aumentarse, hacen necesaria una pequeña reserva suplementaria contenida en un cántaro... El aguador, amordazado así o encerrado en sus dobles correas, marcha erguido, sin poder permitirse el menor movimiento de cabeza y lleva el líquido a su cliente. Claudio Linati. Civils, Militaires et Réligieux de Mexique dessinés d’après Nature, Bruxeles, 1828.

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The Alameda. City of Mexico. Postal. Finales del siglo XIX.

En 1890 había sólo en la ciudad de México alrededor de 1,500 aguadores.

Censo General de la República Mexicana, 1900.

Fountain and Santo Domingo square, Mexico. Postal. Finales del siglo XIX.

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Mexican aguadores. Postal. Finales del siglo XIX.

Las correas que se cruzan sobre su cabeza le impiden llevar sombrero, por ello el aguador es el único ser en México que lleva gorra. Claudio Linati. Civils, Militaires et Réligieux de Mexique dessinés d’après Nature, Bruxeles, 1828.

Fuente de Salto del Agua. Casimiro Castro, 1855.

... el aguador, que me contaría que hoy no aguanta el espinazo porque al no encontrar agua en la Fuente de Salto del Agua tuvo que ir a la de Tlaxpana para llenar su chochocol. Elena Poniatowska. El último guajolote. Cultura, SEP, 1982. foja 22


Documentos y libros prohibidos por el Tribunal del Santo Oficio

Por el Documentalista

Armando Ruiz Aguilar wargy1954@hotmail.com foja 23


Orígenes de la Inquisición El Tribunal del Santo Oficio se constituyó en 1231 con los estatutos Excommunicamus del Papa Gregorio IX para reducir la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia y para someter a los inquisidores a la jurisdicción del pontificado. Al poner bajo dirección pontificia la persecución de los herejes, Gregorio IX actuó movido por el miedo a que Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano, tomara la iniciativa y la utilizara con fines políticos. Tribunal del Santo Oficio fue el nombre oficial de una institución judicial creada con el objetivo de localizar, procesar y sentenciar a las personas culpafoja 24


bles de herejía. Aunque popularmente se la llamaba Inquisición, la gente lo hacía en alusión no a una organización, sino a una técnica judicial que bien pudiera ser interpretada como “pregunta” o “investigación”. En la Iglesia cristiana primitiva la pena habitual por herejía era la excomunión, y la meta del inquisidor no era castigar al culpable, sino identificarlo para que confesara sus pecados, se arrepintiera de ellos y restablecerlo al camino del Señor. Se estima que sólo 10% o menos de los casos acabaron en ejecución, un castigo reservado más bien para los herejes obstinados (ésos que no se arrepentían de sus pecados). Por cierto, vale comentar que en 1965, en atención a innumerables quejas, el Papa Paulo VI reorganizó el Santo Oficio bajo un nuevo nombre: Congregación para la Doctrina de la Fe, cuya titularidad corrió cargo del entonces cardenal Joseph Alois Ratzinger, el ahora Papa Benedicto XVI.

La Inquisición en España A diferencia de la Inquisición medieval, la Inquisición española se fundó a propuesta del rey Fernando V y de la reina Isabel la Católica, y sólo con la aprobación papal (1478). Su principal quehacer fue ocuparse del problema de los llamados marranos o judíos conversos, de los adeptos al Islam, y desde 1520 de los sospechosos de apoyar al protestantismo. Conformada por el gran inquisidor y su tribunal, esta entidad tenía jurisdicción sobre los tribufoja 25


nales locales de virreinatos como el de México y Perú, donde predominaron los casos de bigamia y hechicería sobre los de herejía. Por otra parte, a finales del siglo XV, al alcanzar la imprenta un gran desarrollo en España, particularmente en Sevilla, esta ciudad se constituyó en el centro de comercio del libro hispano; por lo que en 1480 el Estado inició el control sobre las obras impresas al otorgar permisos de impresión. A partir del año 1500, por decreto Real se debía expresar el título y el contenido de cada texto, para impedir el paso de las obras prohibidas. En 1502 se estableció la censura y se ordenó a libreros, impresores, mercaderes y autores presentar sus libros ante las autoridades para su revisión, bajo pena de confiscación de bienes y destierro a quien no lo hiciese. Se exceptuaban las obras litúrgicas y gramaticales, y dicha orden se extendía a bibliotecas de conventos, universidades, así como a colecciones particulares. No fue sino hasta 1558 que Felipe II modificó la ley prohibiendo publicar libros de poco interés y/ o contrarios a la religión y las buenas costumbres. En 1559 el examen de los libros religiosos fue más riguroso, para no permitir el contrabando. Fernando de Valdés, quien era el inquisidor general, promulgó entonces el Catálogus Librorum qui prohibentur que se revisaba periódicamente en Roma y España, el cual era una lista de textos prohibidos o un índice. Por tanto los libreros tenían una copia de este catálogo, con el fin de no introducir en las colonias las obras que en él se marcaban. El Tribunal del Santo Oficio dio estrictas instrucciones a los Comisarios que se encontraban en los puertos de mayor actividad comercial con España, para que procedieran a inspeccionar con minuciosidad los libros que llegaban, siguiendo cuidadosamente sus índices a efectos de confiscar aquéllos que ahí aparecían registrados. A pesar de tales empeños, el libro se introdujo sistemáticamente en América. Así, junto con la evangelización llegó la heterodoxia religiosa o científica. foja 26


La Inquisición en México El Santo Oficio se estableció en la Nueva España hacia el año de 1571, pero la presencia de instancias inquisitoriales se remonta a los días que siguieron a la Conquista, cuando en 1520 Hernán Cortés promulgó sus Ordenanzas contra blasfemos. En un principio se implementó una inquisición monástica (1522 a 1533) llevada a cabo por los frailes evangelizadores y extirpadores de idolatrías; posteriormente una inquisición episcopal (1535-1571), hasta que se creó el Santo Oficio. En 1530 Nuño Beltrán de Guzmán inició el proceso por idolatría contra el señor de los tarascos, Caltzontzin. Con la llegada de los franciscanos se comisionó al fraile Martín de Valencia para que usara sus poderes inquisitoriales en la Nueva España hasta la llegada de los prelados dominicos, quienes arribaron en 1526, pasando el cargo a fray Tomás Ortiz, y luego, al año siguiente, a fray Domingo de Betanzos, quien presidió el Tribunal del Santo Oficio de mayo de 1527 a septiembre de 1528. Después siguió fray Vicente de Santa María, quien realizaría el primer auto de fe en la Nueva España en octubre de 1528, al ser quemados por herejes Hernando Alonso y Gonzalo de Morales. Más tarde, el 30 de noviembre de 1539, el obispo franciscano fray Juan de Zumárraga mandó quemar vivo a don Carlos Chichimecatecuhtli, cacique de Texcoco y descendiente en línea directa de Nezahualcóyotl. En 1571 el Tribunal del Santo Oficio se estableció en terrenos del monasterio de Santo Domingo. El primer auto de fe oficial se llevó a cabo en septiembre de 1569, al “dar por libre” a don Pedro Juárez de Toledo, acusado de herejía en Guatemala; siendo también “relajados en persona” (condenados a muerte) cinco ingleses. El sexto auto de fe se realizó el 24 de febrero de 1590, siendo víctimas varios miembros de la familia de don Luis de Carvajal El Viejo (gobernador foja 27


Ilustraci贸n de las Cr贸nicas de Nuremberg, Hartmann Schedel (1440-1514).

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de Nuevo León), condenados por ju-

mia o hechicería, que eran los casos

daizantes. Años más tarde, en fecha

más sonados en esa sociedad novo-

8 de diciembre de 1596 se efectuó el

hispana. Además existió la obligación

auto de fe más notable del siglo XVI

de conciencia de denunciar incluso a

en México al quemarse a nueve reos

los padres o a los hijos, lo que provo-

(cinco de ellos de esa familia Carva-

có un terror social que repercutió en

jal) de un total de 49 procesados.

el comportamiento cotidiano.

Esos actos tuvieron un macabro

Ante el Tribunal del Santo Ofi-

rasgo de festividad popular, ya que

cio se castigaban los casos de herejía,

mucha gente acudía para presenciar

inclusive los existentes entre mon-

la procesión de los “relajados”, peni-

jas y sacerdotes, las faltas a la moral

tenciados que salían con sogas y co-

y sexual (bigamia, poligamia, sodo-

rozas de llamas de fuego (pintadas) y

mía), a los eclesiásticos que hacían

una cruz verde en las manos, acom-

proposiciones deshonestas, a los que

pañados cada uno de un religioso

ejercían prácticas mágicas y hechi-

para que los exhortase a bien morir, y

cerías, a los que cometían delitos re-

un familiar de guarda.

ligiosos menores (blasfemias, renie-

Para las autoridades religiosas y

gos, acciones escandalosas).

civiles esos actos tenían la finalidad de

Así era el panorama virreinal in-

emitir un mensaje subliminal a la po-

quisitorial hasta las primeras décadas

blación expectante de lo que le podía

del siglo XIX, cuando fueron enjuicia-

pasar en caso de que cayera en tenta-

dos Miguel Hidalgo y Costilla y José

ciones heréticas o prácticas de biga-

María Morelos.

LIBROS Y PROHIBICIONES EN EUROPA Se castigaba la lectura, posesión y difusión de los libros prohibidos que desestabilizaban a la Iglesia y a la Corona por contener temáticas judías, o protestantes en general. Así, mientras foja 29


la Inquisición medieval se había centrado en las herejías que ocasionaban desórdenes públicos, el Santo Oficio se preocupó de la ortodoxia de índole más académica y, sobre todo, la que aparecía en los escritos de teólogos y eclesiásticos destacados. Por este motivo el Papa Pablo IV en 1555 encargó la elaboración de una lista de libros atentatorios contra la fe o la moral y así, en 1559 aprobó y publicó el primer Índice de Libros Prohibidos.

LOS ARCHIVOS DEL VATICANO En 1998 el entonces cardenal alemán Joseph Ratzinger (hoy Papa Benedicto XV), fue el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio) y formalizó la apertura parcial de los archivos pontificios para la consulta del periodo de 1542 a 1903 para beneplácito de los investigadores de religión y de historia de las mentalidades. Pese a la satisfacción generalizada por la apertura del archivo inquisitorial pontificio, se ha encontrado que faltan muchas hojas en los expedientes, sobre todo en lo relacionado a la descripción de los métodos utilizados para «quitar el demonio» del cuerpo de los acusados a través de la tortura y la mutilación. Incluso se sabe que están incompletos los expedientes de los procesos contra Galileo Galilei y contra el dominico Giordano Bruno, quemado en la hoguera por herejía (por cierto, la Iglesia sólo rehabilitó a Galileo Galilei hasta 1992). Al propio expurgo documental para destrucción consentida se dieron otros acontecimientos ajenos a la Iglesia católica, como el sucedido en 1559, cuando una muchedumbre que exaltada festejaba la muerte del Papa Pablo IV asaltó el Vaticano quemando vandálicamente gran número de documentos; al igual que durante la invasión napoleónica a los Estados Pontificios, cuando al trasladar algunos de esos archivos pontificios a París, parte se perdió y otra se dispersó por bibliotecas de distintos países europeos. foja 30


No obstante, a partir de ahora los expertos podrán consultar también el famoso Índice de Libros Prohibidos, en donde hay constancia de que en esa lista alguna vez figuró ¡la propia Biblia!, y que al igual que otros textos que eran incautados, miles de ejemplares de ésta terminaron en la hoguera porque la Iglesia, que utilizaba como lengua oficial el latín, no estaba de acuerdo con facilitar el acceso a los textos sacros sin una autorización eclesiástica expresa. La prohibición de una consulta pública documental generalizada hasta 1903 impide en la actualidad, dados los criterios de políticas administrativoarchivísticas, la consulta del papel del Vaticano y el modernismo surgido a partir de 1902, donde hay innumerables casos de teólogos y obispos italianos, franceses y alemanes; y hasta los más recientes y espinosos casos de comportamientos de la Iglesia frente al fascismo, el franquismo y el nazismo, particularmente en el período del Papa Pío XII.

LA CENSURA Y EL MIEDO EN LOS LIBROS PROHIBIDOS El Índice de Libros Prohibidos se publicó por primera vez en España en 1551 y ya para 1621 estaban vetadas las obras de Erasmo, y otras que hoy en día nos parecerían francamente inofensivas como El Lazarillo de Tormes, que no pudo ser leído en la península ibérica sino hasta 1559, a pesar de haber aparecido la versión expurgada de 1573 y con algunos capítulos como los IV y el V, que no reaparecerían hasta la supresión del Santo Oficio en 1834. Por tanto la delación y el miedo fueron instrumento de control social, y así todos los fieles estaban obligados a delatar cualquier expresión de herejía, brujería y toda acción que atentase contra los cánones de la época, ya fuesen parientes, aun padres o hijos. Los grandes literatos de la propia España no escaparon al ojo clínico de la Inquisición y así la lectura, posesión y difusión de las ideas vertidas en libros también operaba bajo esa disposición. foja 31


LOS ARCHIVOS Y LIBROS DE LA INQUISICIÓN En los documentos del Archivo de la Inquisición novohispana se puede apreciar la vida social e intelectual del pueblo, su mentalidad en cualquier momento dado. Una sociedad se conoce por sus herejes y sus disidentes. “La manera como las instituciones sociales reaccionan ante el rebelde, el inconforme, el que discute y el individuo intelectualmente combativo, produce todo tipo de datos sobre la herejía, la traición, la reacción ante esto ayuda a medir el cambio social o ideológico.” Así, el estudio de la documentación del Tribunal del Santo Oficio resguardada en el Archivo General de la Nación (AGN) apunta a esa idea. Ésta es una de las más ricas y completas colecciones documentales en Latinoamérica, ya que resguarda 1555 volúmenes (106.5 metros lineales) abarcando sus asuntos el período de 1522 a 1819. Los volúmenes 1 a 252 se refieren al siglo XVI, los correspondientes 253 a 681 al siglo XVII, los volúmenes 682 a 1396 son los respectivos del siglo XVIII, los numerados del 1397 al 1469 devienen al siglo XIX. Los volúmenes 1470 a 1544 corresponden al lote Riva Palacio y el volumen 1545 es un índice de la época del lote Riva Palacio Los casos más descriptivos de este acervo son: herejía, apostasía hechicería, solicitantes, supersticiones, simonía, fornicación, blasfemia, idolatría, judaísmo, curanderismo, brujería, quiromancia, bigamia, poligamia, mancebía, incesto, piratería, luteranismo, palabras malsonantes y heréticas. También hay memorias, edictos y autos por introducción, posesión, lectura y difusión de libros prohibidos. Otras directrices de investigación complementarias para entender al Tribunal del Santo Oficio en sus fuentes originales es el estudio de las series documentales del mismo AGN: arzobispos y obispos, bienes nacionales, concurso de Peñaloza, edictos de Inquisición, Judicial, Real Fisco de la Inquisición e Historia. foja 32


LIBROS PROHIBIDOS EN LA NUEVA ESPAÑA Hubo una gran penetración clandestina de biblias protestantes, obras de autores luteranos, escritos de humanistas del Renacimiento, libros de historia clasificados como ortodoxos, libros de caballería, además de obras de medicina y cosmografía; a pesar de que en el Concilio Provincial Mexicano de 1555 en su Capítulo LXXIV insistía sobre el peligro que imprimir y difundir libros considerados dañinos. Para intentar remediar el problema de los libros prohibidos se excomulgaba y se imponían multas de 50 pesos para obras impías. En el 2º Concilio Provincial (1565) se prohibió que los indios tuvieran biblias y sermonarios. En el 3er. Concilio (1585), el capítulo dedicado a la impresión y elección de libros, se sancionaba con la excomunión a los infractores que imprimieran o comerciaran con libros que antes no hubieran sido examinados. Se prohibió imprimir, circular, comprar, vender, y tener libros que no hubiesen sido examinados y aprobados por el ordinario que se basaba en el Index Librorum Prohibitorum por ser el catálogo más completo de libros heréticos, de versiones no autorizadas de la Biblia, de libros de ciencia heterodoxos y de obras de adivinaciones, sortilegios y magia. Otro Manual, el Qualificatorum Sanctae lnquisitionis, enumeraba los libros sujetos a expurgación o bien propuestos a ser quemados. Con esas dos obras se justificó la censura libresca inquisitorial novohispana hasta los inicios del siglo XIX. Es de decir que aunque hubo muchos intentos de prohibir muchos textos heterodoxos, nunca dejaron de circular. De manera periódica se inspeccionaban bibliotecas y librerías que, casi siempre, en forma sorpresiva, sacaban a la luz pública las obras prohibidas que sus poseedores leían, y que para nosotros resultan un adecuado índice para conocer tanto el estado de la cultura en la Nueva España como las diversas características que adoptó la represión libresca a lo largo del siglo XVI. foja 33


Pasaban clandestinamente a la Nueva España y por ende pesaba su prohibición, las obras de Erasmo, biblias heterodoxas (1531, 1532, 1542, 1546, 1549, 1551), las obras clásicas de Homero, Plutarco, Virgilio, Cicerón, Ovidio, Marco Aurelio, Lucano, Terencio, Petrarca, Camoens. También se prohibieron varios de los clásicos hispanos, poetas, dramaturgos, novelistas y místicos como Jorge de Manrique, Quevedo, Juan de Mena, Garcilazo, Ercilla, Lope de Vega, Francisco de Rojas, Mateo Alemán, Espinel, Cervantes y los dos Luises, el de Granada y de León. Libros de caballería como Amadis de Gaula, El caballero de Febo, D. Oliveros de Castilla, Palmerín, Los dos caballeros, Celidón y el Determinado, D. Olivante de Laura, D. Belianis, Roncesualles, Roldán, etc. Obras históricas, geográficas, tratados de ciencia y jurisprudencia y para el período de la Independencia se consignaron las obras Misión de Mahoma; Proclama de José Napoleón, primer rey de España y del continente de América

Santo Domingo de Guzmán en una quema de libros, detalle, por Pedro Berruguete.

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dirigida al clero americano y Avisos y exhortaciones de un criollo español a sus conciudadanos de América, bajo la imputación de persuadir la independencia de estos dominios o por aconsejar su sujeción a la intrusa dinastía de Napoleón, o para evitar la lectura de “proclamas sediciosas que inducen a la insurrección”, según consta en el archivo de la Inquisición A pesar de la vigilancia y control ejercidos por las autoridades civiles y eclesiásticas, existía un intenso contrabando de libros. La técnica seguida era pasarlos en barricas de vino, toneles de fruta seca o en cajas de doble fondo, ya que eran mercancías pagadas a muy buen precio y valía la pena el riesgo. Esta breve exposición pretende dar un panorama general de las vicisitudes de ese patrimonio cultural que son los documentos de archivo y los libros ante la administración institucional y los límites de la intolerancia.

BIBLIOGRAFÍA

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Plaza de Guardiola Plaza de Morelos La litografía que sus ojos miraron en las páginas 36-37, es un testimonio de Casimiro Castro que nos muestra la casa del Marqués de Santa Fe Guardiola, después sería residencia de la rica familia Escandón y hoy es parte del Banco de México (lo podemos ver a la izquierda en el afiche de Goodyear-Oxo, de 1945). Regresemos a la imagen de la página anterior: ahí podemos ver una escultura del Generalísimo Morelos que mandó hacer Maximiliano de Habsburgo. Esta escultura después fue ubicada en la Plaza de la Santa Veracruz (¿recuerda usted el Hospital Morelos que atendía a las damas de la caricia?) y hoy adorna una de las avenidas de la colonia Morelos donde por cierto, le robaron la espada. Ahí donde está el letrero del “Gran Circo Chino” estuvo una botica de la emprendedora familia Autrey, en lo que fuera parte del convento grande de San Francisco. También podemos apreciar, aparte de la gente de clases sociales muy bien diferenciadas, la Casa de los Azulejos, que fue reconstruida en 1735; hoy la podemos admirar siendo el restaurante Sanborns, que luego clonó otros restaurantes. foja 38


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uando la mujer tomó la luna por un instante demasiado largo, endulzó aquel bocado como burbuja y encargo. Y del sombrero germinó una ciudad que en el ombligo tenía otra luna. Y era la bruma sombra luminosa de una ninfa que abre sus piernas como mariposa. Jermán Argueta, 2012.

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Jermรกn Argueta, 2012.

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Revista meramente virtual de Crónicas y Leyendas Mexicanas / Tomo 2 de 2  
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