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Opinión

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Loja, Martes 6 de Agosto de 2013

¿Y Dios contrató al Chucho? Rubén Darío Buitrón Admitámoslo, sin eufemismos. ¿Cuántas veces opinamos en contra de Christian Benítez porque, supuestamente, no era capaz de hacer los goles que la Selección Nacional necesitaba para ganar los partidos? ¿Cuántas veces, desde los graderíos, fuimos racistas, fuimos arrogantes, fuimos discriminatorios, hicimos bromas de mal gusto, le pedimos al entrenador que sacara de la cancha a “ese paquete”? ¿Cuántas veces nos creímos directores técnicos y gritamos que el Chucho se comía demasiadas anotaciones y que en la Tri no era el gran goleador que sí era en México? ¿Cuántos linchamientos mediáticos hicimos al Chucho desde nuestra particular manera, tan ecuatoriana, de buscar culpables para arrojar sobre ellos todos los dardos de nuestras frustraciones y amarguras? Seamos coherentes, entonces. Que nos duela, que nos haga falta, que nos golpee el vacío, que nos conmueva la tragedia. Sí, por supuesto. Pero no idealicemos demasiado. No nos llenemos de retórica absurda (que algunos se atrevieron a llamar “poesía”). No lleguemos a sublimar al héroe al punto de decir que el Chucho se fue “porque el equipo de Dios necesitaba un goleador”. El súbito fallecimiento de Christian Benítez en un lejano país fue una oportunidad de oro para que el periodismo ecuatoriano se graduara de periodismo (contextos, referencias, fuentes, análisis médicos, historia), pero esta vez, como otras cuando hemos cometido errores graves, perdimos la asignatura. Sin entender que mientras más relevante es el hecho que conmueve a la sociedad, mayor es nuestra responsabilidad mediática, muchos optamos por la especulación y la visceralidad y no por la información concreta, relevante, no especulativa. Por eso, por gracia divina, desde ayer el Chucho dejó de ser el ídolo controversial que siempre fue. Olvidamos que él era esencial para la Tri y para el proyecto Brasil 2014, pero nos costó reconocer que como ser humano y como profesional podía equivocarse, podía sufrir la intensa presión que pesaba sobre él para

que convirtiera goles decisivos. Y así dejamos fuera el análisis de la muerte del futbolista ecuatoriano este 29 de julio de 2013. Lo dejamos fuera no sólo porque la tristeza llegó al corazón de la enorme hinchada Tricolor, sino porque el periodismo dejó de ser periodismo y se convirtió en cualquier cosa. Con razón, el radiodifusor Ramiro Diez reclamaba, indignado, que un locutor y un reportero de televisión dijeran que “Dios quería un delantero en su equipo”. Porque fue periodismo que caminó entre lo cursi y lo ridículo. Y no por culpa del Chucho, sino de nosotros, que caímos en lo fácil, en lo sentimentaloide, en el lugar común (sentida ausencia, el gran vacío, luto en la Tri, el último adiós, la cristiana sepultura). ¿Cómo fue posible que un canal escribiera en su cuenta de twitter: “Gracias, Chucho, por tantos momentos de alegría al país. Tu baile después del gol seguirá en el cielo”? Ha sido un campeonato de muletillas, frivolidades y frases huecas. Un torneo de egos. ¿Qué periodista se tomó la última foto con el Chucho? ¿Quién fue el último que lo entrevistó? Dejamos a un lado el periodismo y hasta nos atrevimos a declararnos deudos, víctimas, perjudicados, huérfanos. Y, lo peor, nos convertimos en protagonistas. Como decía Silvana Estacio en su twitter, en vez de informar sobre las causas de la muerte, concursamos sobre quién fue el periodista que más conoció al Chucho. Y competimos para saber quién tuvo la primicia. Lorena Pástor, otra twittera, lo reafirmó así: “Gente que empieza con “yo lo entrevisté, yo lo acompañé, yo lo apoyé” . ¿No se dan cuenta de que no es sobre ustedes el tema?”. En lugar de decir boberías como que el Chucho se fue al cielo porque Dios quería un delantero y lo contrató, debería preocuparnos lo mal que ejercemos nuestro oficio, tan mal que a veces tendríamos que asumir -en la misma línea de esa retorcida poética- que Dios no nos contrataría para trabajar en sus medios de comunicación. Admitámoslo, sin eufemismos.

Claves para una vida feliz

Soledad: pobreza más grande en el ser humano Elena Carrión Para ustedes amigos lectores, el amor es una emoción, un sentimiento, un concepto ético o bien una necesidad. La mayoría de las personas buscan el amor a ciegas sin saber lo que realmente significa amar y ser amado; confunden amor con dependencia emocional. La falta de amor es una de las causas principales del sufrimiento y la raíz de destrucción porque es capaz de arrojar a la soledad y al abandono, afectando gravemente la salud física y mental. El amor, es el sentimiento más poderoso del universo que transforma cuando nos sentimos amados, todo en nuestra vida se mejora paulatinamente, ya que el amor da vida, expande, energetiza y anima hacer grandes acciones; y, más importante aún, no sentir soledad, porque el amor une, creando lazos inquebrantables de solidaridad. Experimentar el amor en todas sus formas nos permite vivir una vida plena y feliz. El ser humano sufre más por falta de conocimiento que por falta de amor, por lo tanto es necesario conocer el significado de la palabra amor: la Real Academia Española define el amor “como un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”; agregando diría que es necesario primero aprender amarse uno mismo para poder dar amor. Masslow menciona al amor como una necesidad psicológica básica que debe ser cubierta para poder cubrir las otras

necesidades que nos lleva a la autorrealización indispensable para su supervivencia y la formación de su autoestima, amar con autosuficiencia y no a través de la carencia de amor, que crea dependencia y baja la autoestima de las personas. Amar es un arte y este debe ser con respeto, confianza y comunicación, sin mentiras ni condiciones, donde no se persiga dominar o someter, el verdadero amor provoca ternura y deseos de ayuda en su crecimiento y superación personal. Es necesario tener en cuenta que el ser humano no es un objeto; por lo tanto no es correcto utilizarlo sólo para suplir carencias o tener compañía. Martín Buber, filósofo vienés, dice en su obra YO-TU ”…que la relación entre el yo y el otro, sea un encuentro de gran valor para el entendimiento de la relación, no tratarlo como una cosa que sólo puede servir. El encuentro con el otro, permite evolucionar, siempre y cuando no tratemos al otro como un objeto, sino como una persona importante y valiosa…”, esto es el verdadero amor tratar al ser humano como un ser muy valioso, darle su importancia, escucharlo atentamente, comprenderlo, mirarlo a los ojos para decirle tú existes y eres importante. Ocurre a veces que andamos buscando el amor con personas equivocadas, es necesario primero buscarlo y encontrarlo en nuestro interior. Es importante reflexionar al respecto y preguntarnos amamos desde nuestra autosuficiencia, en libertad, respetando la individualidad del otro como ser humano, sin manipularlo o controlarlo; o simplemente la carencia emocional hace que vivamos con la persona equivocada coexistiendo en un espejismo lleno de soledad.

Peonia

Alfonso Palacios Cueva Tratándose de plantas del grupo de las herbáceas y que, además, no son conocidas por la mayoría de los habitantes de las poblaciones rurales en el mundo en general, porque para definir a los vegetales llamándolos por su nombre, éstos rigurosamente en su manifestación física pueden aparecer distintos, pero entre estos grupos constan inequívocamente los que pertenecen a especies, familias y géneros aparentemente similares, pero nunca en su contenido fotoquímico y la diferencia a simple vista entre vegetales que siendo de una misma especie, sin embargo los encontramos unos con hojas muy verdes y brillantes y otros con hojas o amarillas, oscuras y hasta de colores multivistosos. Entonces, existe una razón de fondo para no tener que descuidar estas particularidades propias del disímil campo de las plantas y que, forzosamente, nos llama a una profunda meditación cuando intentamos adentrarnos en el ámbito de sus efectos benéficos por la gran cantidad de químicos que los contienen para paliar, mitigar y sosegar los inesperados momentos aflictivos de la especie humana. Lo expresado nos conduce a la posibilidad de referirnos a una planta que puede ser para muchos desconocida. Se trata de la peonia. Esta planta crece hasta 3 palmos de altura, sustentada sobre robustos tubérculos fusiformes a manera de una sepa consistente y profunda que permite que la planta pueda regenerarse después de los períodos de verano. La peonia florece entre abril y mayo, siendo su floración una sola rosa con una corola de 5 a 10 pétalos los papiráceos. La flor puede ser roja, rosada o blanca, de acuerdo a la especie de la planta. Sus frutos se componen de 2 a 7 folículos abrideros por la cara superior, los que contienen numerosas semillas redondas, cuando frescas rojas y después negras. De la familia de la peonia existen unas 1.200 especies de vegetales existentes en todo el orbe. La peonia corresponde a la especie de los Antófitos y a la cuadragésima sexta familia de las Ranunculáceas. Su nombre científico: Paeonia Officinalis L. La composición química de la peonia es la siguiente: contiene fécula en concentraciones del 14 al 25%; glucosa, del 4 al 5 %; sacarosa, del 8 al 14%; ácido metarabínico, 2%; diversos ácidos orgánicos libres, hasta el l%; oxalato cálcico, del 0,4 al 0,56 %; y, el alcaloide Perigrinina. (Datos tomados del libro “Plantas Medicinales” de la Autoría del Dr. Pío Font Q.). La peonia ha sido conocida desde los tiempos de los naturalistas Hipócrates y Teofrasto, quienes la califican como planta hemostática de manera preferente. Pero de acuerdo a la composición química está considerada como una planta de efectos tóxicos, por cuya razón no debe ser utilizada para uso interno en ninguna forma. El empleo de esta planta requiere de prescripción y autorización médica. Su uso es contraindicado en todas sus formas.

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