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© Montserrat Álvarez ©Arandurã Composición y armado: QR Producciones Gráficas Queda hecho el depósito que marca la ley. Ilustración de portada: Alfred Rethel La Muerte cabalgando, de Otra Danza de la Muerte, 1849, grabado en madera 21 x 32 cm

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PALABRAS DE ADVERTENCIA AL LECTOR.

El lector lo habría advertido por sí mismo, con tan sólo leer el presente volumen, pero quiero adelantarme a su impaciencia. El libro que tiene entre sus manos consta de tres partes principales. En la primera (1) figura única y exclusivamente el Poema del Vampiro, obra no mía, sino de mi amigo Carlos Valdemar, que yo he numerado contando sus versos de cinco en cinco para facilitar al lector la lectura de la segunda parte (II), la más extensa y la peor -por ser la única de mi autoría-, que consiste en un conjunto de notas al mencionado poema, notas para la elaboración de las cuales me he basado en cuanto sé de Valdemar y sus ideas gracias a las largas conversaciones que en más de una ocasión hemos sostenido ambos. La tercera parte (III) la debemos a una pluma que no vacilaré en calificar de afortunada, como muy poco: la del Lic. Roberto Boursiac (al lector asunceno posiblemente le resulte conocido este nombre), quien ha tenido la gentileza de leer las dos primeras partes del libro y escribir esta tercera, o epílogo, como brillante respuesta a las ideas de Valdemar -y mías-o Quién lleva las de ganar en el torneo, es cosa que toca decidir al lector y no a mí. Como se ve, si bien soy yo quien firma la obra, no es lo más importante de ella lo que a mi humilde intervención se debe, en este caso. ¡Ah! Casi olvidaba el breve texto, titulado Al lector, con el cual espero arrojar algo de luz sobre todo esto. Confío en

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haber esclarecido un tanto el panorama del público, cuya sorpresa ante la aparición del nombre de mi amigo Carlos Valdemar (hasta hoy inédito) bajo el título de la primera parte, en vez del mío, no debo ya temer. Esto es todo cuanto quería decir a este respecto. Antes de ceder el paso al poeta, aprovecho para agradecerle, dondequiera que esté, el haber dejado en mis manos su obra. Quiero dar las gracias también al Lic. Roberto Boursiac por su valiosa colaboración. Y gracias al lector, de antemano, por su paciente indulgencia, que -cuando menos en lo que a mí respecta- necesitará en esta ocasión. Muchas gracias.

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III Epilogo al POEMA DEL VAMPIRO Lic. Roberto Boursiac

EVOCACION DE CARLOS VALDEMAR.

Ante todo, debo reconocer -si bien la poesía no es mi terreno- que, como poeta, Carlos Valdemar me parece bastante más que medianamente aceptable. Yo diría, incluso, que es notable (pese a algunas que otras rimas internas e imperfecciones formales de su texto), y que, desde el punto de vista de la historia de la literatura paraguaya -e incluso no es absolutamente imposible que también desde el punto de vista de la historia de la literatura, a secas-, su obra puede llegar a alcanzar, con el tiempo, cierta importancia. Dicho esto, puedo pasar al campo que es más de mi incumbencia, el de la filosofía. Desde el punto de vista filosófico, las ideas implicadas en el Poema del vampiro -ideas que he conocido indirectamente, a través de la paciente y minuciosa labor testimonial y exegética de la señorita Álvarez- me parecen sumamente discutibles. Solamente una vez en mi vida vi en persona a Carlos Valdemar, y tengo la esperanza de que no se repita semejante experiencia. Fue en una cafetería del centro de nuestra ciudad capital. Al entrar, reconocí de inmediato a la señorita Álvarez, a cuya mesa se sentaba este amigo suyo, cuya inelegante y hasta escasamente higiénica apariencia eran más propias de lucirse en un comedor público del Mercado Cuatro o en un lupanar de la Chacarita. No digo esto en un sentido peyorativo, sino con la intención de dar una imagen

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objetiva de este autor. Me aproximé, como es lógico, a la señorita Álvarez para saludarla, y fui invitado por ella a tomar asiento. Por desgracia, acepté. No tuve la menor ocasión de conocer las ideas de Carlos Valdemar -ni siquiera de tener la menor noticia que éste pudiera tener idea alguna-, cosa que ahora lamento, pues nuestro contertulio, si puede llamárselo así, se encerró en el más obstinado mutismo. Mutismo, por otra parte -y dado que yo no sabía quién era ese joven ni tenía idea, por ende, el más mínimo interés en, quién era ese joven ni tenía, por ende, en tratarlo-, que yo no hice nada por evitar. Envidié, sin embargo, su muy notable apetito y su necesariamente privilegiado aparato digestivo. Mas, pasado algún tiempo, no pude menos de preguntarme si tal apetito y tal estómago eran humanos, o si me encontraba ante el mismísimo Demonio de la Gula (que, según el demonólogo de fines del siglo XVI Binsfeld no era otro que el principalísimo diablo Belcebú), o ante uno de sus secuaces. Dicho de otro modo, Valdemar, de acuerdo a una expresión popular y grosera, comía más que un cerdo. Me disculpo si dicha expresión es algo "fuerte"; sólo intento ser gráfico. He señalado este hecho curioso y extravagante porque, ahora que conozco sus "espirituales" teorías metafísicas, la gula de este autor, debo reconocerlo, me parece, por decir lo menos, inconsistente. Hago notar al lector, por otro lado, que él insistió en pagar la -elevada- cuenta de manera violenta e incluso amenazante, por no decir feroz (¿quizá sería adecuado el calificativo de bestial?). No osé contradecirlo. (Me consolaba el hecho de que las

pocas masitas y el té consumidos por la señorita Álvarez y por mí sumaban tan sólo, aproximadamente, una décima parte del total. No exagero.) Observé, además, que el estado de ánimo de Valdemar, mientras se entregaba a los "placeres de la mesa" y tras haber saciado sus apetitos en este terreno, y pese a que la glotonería se suele asociar con la jovialidad y el humor alegre, era angustiosamente inquieto y sombrío. (Quizá se repudiaba por haber traicionado el ideal de la ascesis, al cual, como místico -la señorita Álvarez lo llama así-, debería entregarse. De cualquier forma, aquello había sido una auténtica orgía, y de las más desenfrenadas, de ravioles y hamburguesas, y es bien sabido que post coitum omne animal triste.) Es fácil para mí imaginar que, en su excéntrica y singularísima vida cotidiana, cuanto hay de "vocación de trascendencia" en el "alma" de Valdemar repudia la flaqueza (y quizá también la flacura, pues todos los hombres somos vanidosos, y a Valdemar, pese a su "sed de Dios", aún no le han sido otorgadas las dignidades angélicas) de su carne, "esclava" de la apetencia "instintiva" de la hamburguesa "mundana", en especial teniendo él plena consciencia de que hamburguesas y ravioles, siendo, como son, "bienes finitos", son, en cuanto finitos, incapaces -de esto puedo dar fe- de "saciarlo" verdaderamente en su hambre más alto y esencial. La apariencia física de este voraz y talentoso joven es cosa que, Sin duda, interesará al lector, pues Valdemar, pese a ser un vulgar ciudadano de carne y hueso -en su caso, más de hueso que de carne, dicho

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sea de paso- como cualquiera de nosotros, ha cobrado, en la vívida narración de la señorita Álvarez, un carácter como de personaje literario, y ¿qué personaje literario está realmente completo sin una descripción de su apariencia física? Este joven era -y confío en que lo siga siendo, dondequiera que esté, si su aparato digestivo y su hígado no lo han traicionado prematuramente- de estatura algo más que mediana, duro y enjuto de carnes, grande y tosco de huesos, de evidente y notoria fortaleza física, probablemente mayor que la común, dando la impresión como de estar hecho todo él de acero y permitiendo adivinar una vida de rudo trabajo mecánico, feo, desgarbado y sin gracia en su porte y maneras, de enmarañados, desordenados y largos cabellos y barba, muy pálido de tez, pese a ser ésta oscura, a más de embastecida y curtida por el sol, de ojos grandes e irascibles y muy negros, tupidas cejas, extraña y casi insolente fijeza en el mirar y pilosidad corporal abundante, que llegaba a invadir los dedos de las manos casi hasta la misma cutícula de las uñas -no pude verle las palmas-o En cuanto a sus ropas, eran éstas evidentemente viejas y muy usadas, teniendo sus blue-jeans una rotura en la rodilla izquierda que obedecía, a todas luces, no al imperio de la moda, sino al de la necesidad. Pese H Sil fealdad ya lo burdo de su aspecto, sus labios eran bien dibujados ni demasiado finos ni demasiado gruesos, y la nariz, recia y de noble apariencia, no resultando, en general, el conjunto de sus facciones, si uno lo veía bien, desagradable.

Tales fueron, a vuelo de pájaro, mis impresiones de Carlos Valdemar aquella tarde en la cafetería. Impresiones que en lo más fundamental y significativo yo calificaría, quizá exagerando un poco, de algo siniestras, lo cual probablemente se debiera a su hirsutismo, o quizá a su voracidad silenciosa, o puede que fueran fruto de mis inevitables prejuicios de pequeño burgués ante lo bajo y hasta dudoso de su extracción social, que saltaba a la vista; o puede, en fin, que nacieran de alguna cosa que percibí en él sin ser consciente de ello. No lo sé. El caso es que, repito, me produjo una impresión un tanto siniestra. De hecho, hasta me molestó ver a la señorita Álvarez alejarse, tras despedimos, en semejante compañía, llegando a albergar serias preocupaciones con respecto a su integridad física. No es que yo sea hombre fantasioso, que no lo soy en absoluto, pero lo cierto es que emanaba de este rústico y joven patán una cualidad indefinible que armonizaría a la perfección con la naturaleza que nuestra imaginación tiende a atribuir a, por ejemplo, los licántropos, o a los... vampiros. Sobradamente sé que esto parecerá estúpido al lector, pero llegué a pensar en seguir a la pareja manteniéndome a una cuadra o media cuadra de distancia de ellos, "por si acaso" (como, vagamente, pensé entonces). Me detuvo mi sentido del ridículo. A fin de cuentas, la señorita Álvarez es ya mayor de edad -tengo entendido que lo es desde hace bastante tiempo-, y, por otra parte, yo soy, digámoslo así (por más que las personas sin educación suelen emplear otra terminología para designar esta cualidad

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prudente), hombre pacífico por necesidad de mi temperamento. Evoco estos fantásticos temores para dar al lector una idea aproximada de la impresión indefinible que este hombre, en el cual no reparé demasiado en los primeros minutos de nuestro único encuentro, producía en quienes se acercaban a él. Pero basta ya de circunloquios.

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MI PRINCIPAL DISCREPANCIA CON VALDEMAR.

De buena gana admito la idea razonable de que el lenguaje configura un "mundo" y de que, en esta medida, la razón encierra al hombre dentro de los límites de este mundo estructurado apriorísticamente por el verbo, de modo tal que cuanto es racionalmente cognoscible, y, por ende, cuanto es inteligible y concebible para el hombre, es lingüísticamente expresable y de naturaleza lingüística, siendo, como son, razón y verbo fundamentos estructurales de cuanto se da al hombre en el fenómeno mundano. Está claro que, en este sentido al menos, el mundo valdemariano equivale a la realidad empírica del positivismo comtiano y del positivismo lógico del Círculo de Viena, e incluso, más específicamente, a lo que también Wittgenstein llama el "mundo" y cuyas fronteras, como en el caso de Valdemar, son las del lenguaje. Ya Comte señaló que cuanto tiene sentido puede verificarse empíricamente, y que no hay afirmación inverificable con sentido; esto, claro está, en lo tocante a cuanto no encierra en sí un sentido lógico a priori. Con esto estableció una conexión substancial entre el Cosmos como totalidad inteligible, esto es, entre el "mundo", y el lenguaje. En este contexto positivista tiene también sentido la idea valdemariana de una "vocación de trascendencia" (del mundo y sus determinaciones), vocación que, en los términos del

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Wittgenstein del Tractatus, no sería sino un error surgido de la incomprensión de la lógica del lenguaje. Sin embargo, la idea de Valdemar y la de Wittgenstein no solamente no se oponen, sino que son idénticas en lo fundamental. Me explico: el "error lógico" wittgensteiniano (respecto al cual, bien sabido es, Wittgenstein no ofrece sino un escueto consejo: "De lo que no se puede hablar, es mejor callarse") nace de la valdemariana "vocación de trascendencia". Esto resulta muy claro en aquel pasaje del Tractatus en el que el hombre es comparado con una mosca que, presa en una botella, se golpea inútilmente contra sus cristales. Esta -grotesca, patética y quizás decididamente ofensiva- imagen, que aparentemente poco tiene que ver con el "sublime" y "sagrado" impulso trascendental del "alma" valdemariana, concuerda plenamente con él. En ambos casos, en el de Valdemar y en el de Wittgenstein, se trata fundamentalmente de la superación del racionalismo mediante la autocrítica de la razón. De ese racionalismo que permitiera a Parménides informar la realidad con arreglo estricto a la legalidad apriorística de una lógica asumida como válida y cierta en sentido absoluto. O de ese racionalismo que permitiera a Descartes deducir su existencia, en el famoso cogito, de una aplicación a un caso particular (el de su ser en tanto res cogitans) del universal principio lógico de la no-contradicción. En el caso cartesiano, como en el parmenídeo, la razón fue entendida como el único medio infalible de aprehensión de lo real en sí mismo, objetivamente. La razón, al no volverse en un

movimiento reflexivo sobre sí misma para a sí entenderse como factor determinante de la experiencia mundana del hombre, asumía de forma un tanto dogmática como incuestionable su propia validez. En el caso de Wittgenstein, por el contrario, como en el de Valdemar, son definidos el poder y el alcance de la inteligencia racional, desde esa misma inteligencia, pero reconociendo ésta los límites mundanos de su propia capacidad aprehensiva y cognitiva, es decir, reconociendo la razón el hecho de que ella se es autodeterminante en su limitación esencial. Así, la razón, de ser el único camino hacia el conocimiento objetivo de la realidad, se convierte en parte de la muralla infranqueable de la subjetividad tras la cual se esconde la genuina e inaccesible esencia de las cosas tal como ellas realmente son en sí -o, si se quiere, tras la cual se esconde el noumenon kantiano-. Pero, en tanto que Wittgenstein quiere fundar el imperio de la ex-periencia mundana y de la lógica del lenguaje, Valdemar, contrariamente, se rebela contra la "gran cárcel del mundo", y, en tanto que Wittgenstein, logicista hasta las últimas consecuencias, aun cuando éstas puedan parecer ilógicas, llega a perder su yo en un solipsismo sin sujeto, Valdemar defiende la intuición inmediata y suprarracional de un "alma" a la que se refiere como al 11 yo que es más yo". Por otro lado, quiero observar que Wittgenstein establece en el Tractatus una conexión -no sustentada, a mi juicio; desesperada, quizá- entre el lenguaje y la realidad en la cual cada uno de ambos elementos justifica el sentido y la existencia del otro. Con lo cual,

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de más está decido, nada se justifica realmente. Hay proposiciones simples en el lenguaje porque hay en el mundo hechos atómicos, de los cuales aquéllas son "figuras" o "representaciones absolutamente definidas y directas"; y así como el sentido de la proposición simple descansa en la suposición del correlato fáctico del hecho atómico, la existencia extramental del hecho atómico no se discute porque su inexistencia sería incompatible con la naturaleza figurativa de las proposiciones. (Esta ingeniosa y engañosa petitio principii por la cual Wittgenstein supone una indemostrada conexión entre la realidad mental y un pretendido correlato extra mental de la misma es, según mi lectura, la única debilidad de su Tractatus, libro admirable si los hay, e incluso de gran belleza.) Contrariamente a esto, Valdemar deja flotando en la nada, por así decido, la "cárcel del mundo": no sustenta la "cárcel" sensible y lingüística del mundo en nada que podamos concebir, siendo, por el contrario, lo "realmente real" algo cuya absoluta heterogeneidad respecto al mundo lo torna irracional en su esencia más íntima indefectiblemente inalcanzable para la mente humana. En Valdemar, ha desaparecido del horizonte el mundo físico insensible subyacente a la naturaleza efluente galileica, han desaparecido los objetos simples y los hechos atómicos y el vacío de Demócrito y Leucipo, han desaparecido los simples y los hechos atómicos de Wittgenstein, ha desaparecido todo vestigio de un correlato natural capaz de dotar de algún sentido objetivo a nuestra experiencia mundana. Han desaparecido la concepción de lo

"realmente real" como una realidad natural, y en su lugar vemos surgir una presencia nueva y sobrecogedora sobre la cual flota quizá un solo espectro del pasado, que es el espectro del noumenon-, una presencia "demente", "caótica", "pavorosa", una presencia sobrenatural: Dios. Y es a la realidad de este supuesto Dios a lo que se refiere mi objeción central. A la realidad de ese supuesto Dios y a la capacidad de trascendencia del mundo de esa supuesta chispa divina que es en el hombre valdemariano el "alma". Intentaré ser breve al tratar este punto, pues no soy literato ni tengo el hábito de escribir, por lo cual mi prosa puede ser poco atractiva, y no quisiera fastidiar al lector. Existe en la obra de Lewis Carroll un pasaje fascinante y lóbrego en el cual Alicia encuentra al Rey Rojo acostado en el suelo, durmiendo, y en el cual recibe la advertencia de no despertarlo por nada del mundo, pues, si tal hiciera, ella y su "realidad" toda, que no son sino un sueño del durmiente monarca, desaparecerían de inmediato. Esto sería inadmisible si admitiéramos como incuestionable el principio lógico de la no contradicción, ya que Alicia piensa, y, por ende, existe, con independencia del Rey Rojo: si fuera una mera emanación de la consciencia de este monarca, no se nos presentaría como un psiquismo individual y autónomo. Y, ya que existe de tal forma, puesto que de tal forma piensa, no puede borrarse simplemente al despertar el rey. Alicia debería poder decir, como Descartes, que de una sola cosa no puede dudar, y es de que Alicia (y no el Rey Rojo o cualquier otro personaje) está dudando,

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y, consecuentemente, está existiendo; pues no se puede dudar sin existir, ya que para ser algo que duda hay que ser algo; decir lo contrario sería como decir que "p. -p" ("p y no p”), lo cual es inadmisible de acuerdo al principio de no contradicción. En otras palabras, Alicia no puede admitir ni por un momento que ella sea un sueño, puesto que tiene una percepción directa de su propio proceso mental, y éste, si admitimos el principio de no contradicción, implica su existencia autónoma y primigenia (la de Alicia) en tanto res cogitans. Pero resulta que en este pasaje se pone en duda la validez de tal principio de no contradicción, "-[p. -p]" (" no puede ser que p y no p"), puesto que Alicia, que en este caso viene a ser la res cogitans cartesiana, en realidad no existe -no es más que un sueño-o Así es el mundo para Valdemar: un sueño, el largo sueño de ese Rey Rojo que es la Humanidad, y, como sueño que es, es caprichoso, gratuito, arbitrario, ilógico incluso, con toda su lógica, que es una lógica onírica y nada realista, en última instancia. La razón es ilógica, la lógica es absurda: el hecho de que la proposición "[p.p]" sea contradictoria y el hecho de que su naturaleza sea inconcebible son tales solamente para el hombre dormido. Mas, nos dice Valdemar, si el hombre despertase vería entonces el ser de lo real, que en nada fundamenta su onírica fantasía ni se relaciona en 10 más mínimo con los descabellados caprichos de su sueño, siéndole heterogéneo en absoluto: si el hombre despertase, vería entonces, al abrir, no los ojos de su cuerpo, sino los de su alma, el estupefaciente horror, el resplandor supremo de la Divinidad, que es 10 que es

más allá del gran sueño del mundo y constituye la liberación de todos sus engaños y espejismos. Este es el reino de la Libertad. Reconozco que tal cosmovisión parece coherente y seductora, y que posee una innegable belleza, como corresponde a la obra de un verdadero poeta; pero no se tiene en pie. No existe absolutamente ninguna necesidad en la idea de una realidad supramundana, como tampoco la hay en la atribución a ésta de un carácter de heterogeneidad absoluta con respecto al fenómeno mundano. El empleo del término "realidad real" conlleva una tendenciosa petición de principio por la cual, con entera gratuidad, se confiere existencia, y con el más alto estatuto ontológico, a un indemostrado e indemostrable Ser extramental. Ser extramental que, en cuanto capaz "santas" o "sublimes" manifestaciones mundanas en la vivencia de las cuales puede alcanzarlo el alma, "trascendiendo el mundo en el mundo ", es concebido, pese a la afirmación de su carácter de absoluta heterogeneidad, como correlato objetivo, y, en el fondo, como fundamento y sustento ontológico, del subjetivo mundo humano. No existe, en suma, necesidad alguna en el ser del Dios valdemariano, ni, por ende, en la capacidad de trascendencia de la subjetividad del fenómeno mundano hacia ese ser (ni hacia nada) por parte de una dimensión humana tal como el alma valdemariano Todos estos conceptos y postulados carecen de toda necesidad lógica, siendo, desde el punto de vista lógico, meramente continentes; por lo cual, si bien, no siendo contradictorios, no cabe hablar

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de su imposibilidad, tampoco cabe concederles el menor valor probabilístico, perteneciendo, en mi opinión, al ámbito de la literatura. Con esto quiero decir que el despertar del sueño del mundo puede ser el despertar a la Nada, pues nada hay en la idea del Ser extramental, del Dios valdemariano, que la libere de la inmanencia mental, mundana a la que están sometidos el juicio analítico "el triángulo tiene tres ángulos", el principio lógico de identidad ("p=p") en que ese juicio se basa, la percepción táctil del rabo de un perro o la idea del queso roquefort. Cuando, en la lúgubre y solemne obra de Carroll, Alicia despierta de su sueño, el Rey Rojo se desvanece; pero Alicia, sin embargo, no es más que un sueño de este monarca con el que sueña: no hay, en el fondo, un soñante real que sueñe el sueño, sino que todo soñante es a un tiempo sueño y soñador, siendo un soñante soñado. Puede que la realidad sea así; ¿por qué no? Puede que la ilusión del mundo flote en la Nada, que el rostro de la Deidad de Valdemar sea el rostro sin rostro del no-ser, el no-rostro, que, por último, el Ser sea la Nada y la Nada sea el Ser, que LoQue-Es ("Eso mismo que Es", dice el poeta) sea el ser del No-Ser, que el hombre, en fin, no sea sino el sueño de un sueño, o -ya que ha quedado atrás el imperio apriorístico de la lógica- el sueño de la Nada. Pido al lector que por un instante imagine que no hay una realidad objetiva detrás de sus sensaciones subjetivas y de sus ideas, y, una vez que haya imaginado esto, lo desafío a que intente demostrar

que bajo algún punto de vista es necesario que las cosas no sean así. Imagine el lector por un momento que todo cuanto percibe y que llama realidad no es sino una emanación inconsciente de su yo, esto es, lo que habitualmente llamamos un sueño, y pregúntese a sí mismo: ¿existe alguna razón, sea ésta la que fuere, para que las cosas no sean así? Usted, lector, no puede tener percepción directa más que de su propio yo: los otros yos, las consciencias que usted atribuye mentalmente a los seres animados que ve en torno a usted o que percibe de algún modo -la mía, por ejemplo-, se basan en una inferencia que realiza usted a partir de las imágenes y los actos de éstos. Tal inferencia es inválida desde el punto de vista lógico. De tales actos e imágenes en modo alguno se desprende la necesidad de un yo que subyazca a ellos, de una consciencia objetivamente existente, tal que permita pensar seriamente al lector que sus amigos y sus enemigos existen no sólo dentro, sino también fuera de su mente, del mismo modo que de los actos e imágenes de los personajes que aparecen en sus sueños no puede usted desprender mediante recurso alguno, inferir en lo más mínimo, la subyacencia de yos independientes del suyo y que confieran una existencia extramental, objetiva, a tales seres oníricos. Puede que el lector, y espero que no me tome a mal lo que voy a decir, sea el Rey Rojo, el durmiente monarca perdido en la ilusión de sus propios espectros y misterios, y puede que yo sea también una ilusión suya, y que la lectura que realiza el lector de este libro no sea sino un coloquio in solitario del lector con su yo, un monólogo que se recubre con el

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disfraz engañoso del diálogo, y, por último, puede que la vasta historia humana en su totalidad sea otro tanto, el arbitrado, caprichoso y absurdo soliloquio de una mente que sueña. En suma, puede que el lector a un tiempo sea lector y autor de estas páginas, escritor y público. (A este respecto, sin embargo, y para ser sincero, debo decir al lector -si es que hay tal lectorque tengo la certeza absoluta de que, si alguien existe, ese alguien soy yo. Y, más bien, el fantasma puede que sea usted, y que deba usted su engañosa apariencia de realidad por completo al solo poder y capricho de mi mente, dicho sea sin ánimo de ofender.) Yendo un poco más lejos, por otra parte, es inevitable pensar que, siendo la lógica algo enteramente inherente a la subjetividad del soñante, y que, por ende, tiene sólo una validez relativa a su sueño, y no en modo alguno una validez objetiva y que pueda, consiguientemente, aplicarse con justicia al mundo vigil, puede este soñante, si toma consciencia de la naturaleza dudosa de su lógica, atreverse a pensar que quizá las cosas son lógicas solamente para él, y no en sí mismas. Así, el soñante puede alcanzar la idea -absurda desde el punto de vista lógico, posible desde el punto de vista de la razón autocrítica- de que quizás él mismo sea inexistente, ilusorio. "¡Cómo! -dirá alguien, natural y cartesianamente-. Si puedo dudar de mi existencia, existo. Mi duda presupone mi ser. La nada no puede dudar (ni nada)". Al decir esto, está haciendo una aplicación a un caso particular del principio, universalmente válido desde el punto de vista lógico, de la no-contradicción ("-[p.-p]"): el no-ser, al no ser,

no puede dudar, no puede ser en el ser de la duda, que es, no puede participar del ser de la duda (ni del ser de nada), porque, entonces, sería, y lo que no es, no es, pues nada puede a la vez ser y no ser" ("-[p.-p)", insisto). Pero si su lógica no tiene validez objetiva, entoncas la naturaleza de lo real no tiene por qué ser consistente con el principio lógico de la nocontradicción. Dicho esto, todo es posible. El soñante puede ser su propio sueño, un fantasma más, tan irreal como todos los demás fantasmas que lo rodean, un sueño soñándose a sí mismo eternamente, o, por último, y como ya dije antes, el fantasmagórico sueño de la Nada.

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Pero, para utilizar, una expresión recurrente en la prosa de la señorita Álvarez, "basta de divagaciones". Mi punto es éste: no podemos afirmar el ser de lo incognoscible. Y cuanto conocemos es parte del mundo. Por lo tanto, no podemos afirmar el ser de lo "supracósmico". O, lo que viene a ser lo mismo, no podemos afirmar el ser de lo incognoscible, y cuanto conocemos, en cuanto parte del mundo, es mental; luego, no podemos afirmar el ser de lo extramental. No podemos suponer un ser extramental supramundano que fundamente el ser de nuestra "realidad". Las murallas de la cárcel de la mente, que son las murallas de la gran cárcel del Cosmos, son indestructibles. Absolutamente indestructibles.


Antes de terminar, a la idea valdemariana de que el alma, en Dios, trasciende el mundo, quisiera oponer una idea antitética, no más posible ni más probable, sino igualmente hipotética, únicamente con el objeto de dar al lector un panorama más vasto y menos parcializado sobre la (posible) naturaleza de la (posible) divinidad: la idea de que Dios, lejos de ser la "dimensión trascendente del alma", es, por el contrario, lo más inmanente que existe. Suponiendo que en realidad haya un mundo en el sentido wittgensteiniano, esto es, con un fundamento empírico para las proposiciones lógicas referidas a la experiencia, entonces de un hecho atómico, como de un objeto simple, podemos decir que existe en la realidad empírica compartida. Es algo susceptible de verificación científica, y esta verificación científica entraña el supuesto de un sustento ontológico extramental para nuestra figura del hecho. Si la proposición atómica "p", con valor de verdad V ("verdadero": V[p]=V), significa "llueve", cualquiera puede comprobar su significación figurativa mirando por la ventana. Si no lloviera, esto es, si "p" careciera el" correlato fáctico y, consecuentemente, de sustento ontológico lo que figura con su significado, diríamos que el valor de verdad de "p" es F ("falso": V[p ]=F). En cualquiera de los dos casos, "p" tiene sentido porque podemos admitir la posibilidad de la existencia de algo

así como el fenómeno de la lluvia en el mundo de la experiencia común a todos los hombres. De esta forma, el señor B***, mojado por la lluvia, y sabedor del hecho de que su vivencia de la propia humedad es comunicable lingüísticamente al Sr. C***, y sabedor también de que éste, a su vez, puede 'dar testimonio verbal de lo seco o lo mojado de sus propias vestiduras, está en capacidad de postular la existencia de un mundo empírico extramental compartido por ambos, y en el cual un hecho atómico presta fundamento ontológico a "p". Esto no sucede con la experiencia intransferible e indecible del Dios de Valdemar, que no es susceptible de verificación científica y para cuya idea no hay un correlato fáctico que permita otorgarle la calidad de figurativa. La idea de Dios no cumple una función figurativa y la experiencia de Dios es in verificable. En este sentido, la idea de Dios no se distingue de, por ejemplo, la de unicornio, o de la de sirena. A nada puede asirse un hombre, por grande que su devoción sea, para postular una realidad extramental como sustento ontológico del ser de Dios, cuya idea -y sólo ella- posee: Dios se agota en la inmanencia de la mente humana, como las alucinaciones auditivas de un esquizofrénico delirante, para explicar las cuales es inútil buscar un movimiento de ondas sonoras en el espacio. Desde una perspectiva científica, son fenómenos esencialmente similares. Dije antes que, en mi opinión, la mayor parte de los conceptos y de las tesis de Valdemar pertenecen al ámbito de la literatura. Tengo que añadir que, para

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CONSIDERACIONES FINALES.


mí, la mayor parte de la gran filosofía está inficcionada de literatura. En todo filósofo -al menos, en todo filósofo creador- se esconde un ser simple y apasionado, un ser irracional y caprichoso, un poeta. El mismo Wittgenstein, por no ir más lejos, y ya que he mencionado esto hace poco, no es menos arbitrario e impetuoso que Valdemar cuando supone la indemostrada -y, a mi juicio, indemostrableexistencia del "hecho atómico" en su Tractatus. Y Valdemar no es menos loco y soñador que Wittgenstein cuando pretende imponemos el ser "supracósmico", "extramental", de su "inefable" Dios. Sería interminable hablar de la irracionalidad, de las transgresiones, de los disparates de Platón, de Aristóteles, de Hegel, de Descartes... ¿Debo nombrarlos a todos? En general, los grandes filósofos han sido siempre seres primarios, elementales, dominados como títeres por su subjetividad, que indefectiblemente los ha llevado a demostrar, o a pensar que han demostrado, aquellas cosas en las cuales necesitaban creer. Todos ellos han sido poetas, literatos, artistas, nada más. No, los verdaderos filósofos, los filósofos rigurosos, son hombrecillos oscuros e irrelevantes, como yo, que analizan todo, pero no crean nada, porque en nada creen. Todo lo critican, todo lo analizan, todo lo cuestionan lúcida, mezquina, minuciosamente. Estos somos los filósofos verdaderos. No se piense que hay presunción en esa frase, sino, más bien, todo lo contrario. Los verdaderos filósofos no nos hacemos ilusiones. No somos soñadores. Conocemos los alcances del pensamiento, y sus límites. Nos falta cierta

ingenuidad raigal, cierta puerilidad alucinada, esa extraña forma de la estupidez en que consiste el genio.

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DESPEDIDA.

Algo más sobre Carlos Valdemar. Quizá el tono de mi escrito, en la "Evocación" que iniciara este Epílogo, fue algo impertinente para con él. Contra lo que las apariencias, hasta el momento, plldil'1011 indicar al lector, este joven es un hombre al que respeto. Como me respeto, de un modo similar, a mí mismo, y de mí mismo y me mofo en algunas ocasiones. Quizás haya en mí algo de innatamente bufonesco, algo de aquel, casi surrealista por inverosímil (y, no obstante, yo puedo asegurarlo, muy real), Fiódor Pávlovich Karamásov de Dostoievsky. Pero también soy capaz de tomar en serio, de vez en cuando, alguna cosa. Y, aunque yo nunca la he experimentado -ya he dicho que soy un filósofo auténtico-, siempre, por alguna flaqueza de mi espíritu, he respetado la verdadera fe. Creo haber demostrado sobradamente ya que la creencia de Valdemar en su "pavoroso" e "inefable" Dios no es de naturaleza realmente filosófica, hablando en sentido estricto. Su convicción es hija de la fe verdadera. De la misma primitiva, y, diga él lo que quiera, quizá instintiva fe (aunque lleve un ropaje más sofisticado) que impulsaba a mi devota madre a rezar por mí todas las noches. Eso es Valdemar: un simple hombre de fe. Un simple, rústico hombre de fe. Otro factor todavía me impulsa a sentir respeto por Valdemar, y es éste: que veo en él a un extraño y auténtico rebelde. Envidio esa irreductible cualidad

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suya, lúcidamente apasionada. Espero que este tardío reconocimiento bastará para probar que no desprecio a Valdemar en absoluto. Por mi parte, y tal como mi último subtítulo puede haber sugerido ya a algún lector, me ha llegado el momento de regresar al polvo del cual el licenciado Roberto Boursiac surgiera hace cuarenta minutos. Quizá me hubiera gustado que se me concediera algo más de papel y de tinta, pero, en fin, ¿quién ha muerto jamás sintiendo que lo había dicho todo? Pido, no obstante, al lector que me guarde en su memoria, si puede, y suplico que disculpe este rasgo de sentimentalismo. Ser por naturaleza mutilado, incompleto, serví para expresar en unas pocas páginas el aspecto analítico de alguna mente ajena, y ahora debo desaparecer. ¡Que el lector, cuando le llegue el turno, pueda también decir que ha servido!

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AL LECTOR.

Vi por primera vez la tosca y desgarbada silueta de Carlos Valdemar, quien tendría más tarde tan gran importancia para mí, una noche muy oscura y cerrada. La luna estaba en cuarto menguante. Esto fue hace apenas algunos meses -nuestra amistad, aunque intensamente fructífera para mí, fue muy breve. Sus primeras palabras me parecieron herméticas, incoherentes, casi como las que suelen decirse en los

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sueños, pero supe con inmediata certeza que estaban llenas de significado. La mirada del desconocido que era para mí entonces todavía Valdemar me pareció extraordinariamente oscura y penetrante, tan penetrante como si, a través de los ojos en los cuales él clavaba los suyos, atisbase los profundos abismos del alma, y quizá sus alturas. En cuanto a su oscuridad, básteme decir que el ardiente sol que en ese primer encuentro brillaba sobre nuestras cabezas no les restaba negrura en absoluto, pese a que tal cosa sucede habitualmente con los más negros ojos, que, de negros, tórnanse en castaños a la cegadora luz del mediodía (era mediodía). Valdemar, tras hablar un poco, me dejó de pronto y de la forma más brusca, pero -y no sé por qué- yo tenía la certeza de que volvería a verlo. En el momento del despertar, en medio de las densas tinieblas de las primeras horas de la madrugada de aquella noche especialmente oscura, recordaba yo con claridad y precisión extremas cuanto dijera e hiciera, poco antes, Valdemar, y en ello estuve reflexionando hasta el amanecer. Volví a verlo, después, con frecuencia, tornándose con el tiempo sus palabras cada vez más claras e inteligibles para mí. Anoté muchas de ellas en mi diario, así como las circunstancias de algunos de nuestros encuentros, con lujo de detalles. (Esto me ha sido muy útil para redactar las Notas del presente libro.) Valdemar me dijo muchas cosas, una pobre idea de las cuales espero haber logrado esbozar lo más fielmente posible para el lector en este volumen. Quizá nunca

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hubiera hablado con nadie de Valdemar -pues tales fantasmas o espectros de los sueños son tímidos, y tienden a desvanecerse, a menudo para siempre, cuando se les menciona en el mundo vigil- de no ser por el hecho de que, en uno de nuestros últimos encuentros, y tras hacerme entrega de un casi ilegible manuscrito que resultó ser el Poema del vampiro, me anunció su inminente "viaje" o desaparición. En efecto, poco después dejó de visitarme. Dónde pueda estar ahora, y si volverá a buscarme alguna vez, y, de ser así, cuándo, o si ha desaparecido para siempre, son cosas que ignoro. Mas -y aunque con esto incurriré en el mismo "rasgo de sentimentalismo" por el cual el también desvanecido licenciado Boursiac se disculpara hace pocos minutos- pido al lector que, si puede, en medio de los azares de su absorbente existencia cotidiana, le conceda algo de vida en su memoria. Por otro lado, después de lo dicho se comprende que aquella Montserrat con la cual Valdemar conversó tantas veces, y pese al hecho de que responde al nombre de una persona supuestamente real, llamada Montserrat Álvarez, no era sino otro fantasma, pues tales conversaciones no tuvieron lugar nunca en lo que suele denominarse la realidad o el mundo real. De la misma forma y por idénticas razones, era también un fantasma aquella señorita Álvarez con la que el espectral licenciado Boursiac tomara té y pastitas en una memorable tarde fantasmagórica, sentados ambos, con el voraz espectro Valdemar, en la fantasmagórica cafetería de una ciudad fantasma. Es este, pues, un libro de fantasmas. Mas, ¿cabe llamar

engaño, imaginación, "literatura" a esto? Puede que la naturaleza fantasmal sea algo inevitable para el hombre. De hecho, estas líneas finales se suponen escritas por una persona real llamada Montserrat Álvarez, que debería ser yo; mas no soy yo, pese a que es mi mano la que traza estos signos, quien se dirige al lector en este instante, sino el espectro, apresado por la tinta de un bolígrafo, perpetuado por la tinta de una imprenta, de un momento fugaz, desaparecido ya en el tiempo, del devenir incesante de un esencialmente inaprehensible y fugitivo yo que ya no es el yo que era cuando fueron escritas estas líneas; ese yo que era entonces se ha extinguido y perdido en el pasado, y quien habla al lector ahora es su fantasma, un fantasma al cual, como antes al licenciado Roberto Boursiac y al iluminado Carlos Valdemar, le ha llegado el turno de desaparecer. Por otro lado, si cabe decir que tanto Carlos Valdemar como Roberto Boursiac son personajes literarios, ¿no sería adecuado afirmar otro tanto de Montserrat Álvarez, o del ser al que designe el nombre, cualquiera que éste sea, del lector? También nosotros, en nuestras existencias cotidianas, en el teatro del mundo, nos construimos máscaras que ofrecemos a los ojos de los otros y a nuestros propios ojos. Valdemar, que se me apareció en mis sueños, quizá no fuera sino un aspecto mío oculto habitualmente ante mis ojos por mi máscara de Montserrat. Tanto Montserrat Álvarez como Carlos Valdemar como Roberto Boursiac son facetas de un espíritu que en su mayor parte permanecerá incógnito para los demás y para sí hasta que el tiempo lo

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extinga, si lo extingue, y si existe tal cosa como el tiempo. Si algo puede aprenderse de este libro, es que lo que el lector considera su yo no es sino una faceta de su espíritu, del insoluble enigma de su espíritu. Nuestros nombres no son sino pseudónimos, y máscaras nuestros rostros, y una tragedia singular, o una comedia, según el punto de vista, la existencia, en la cual todos representamos nuestros papeles como buenos actores hasta que cae el telón. Pero de nuevo estoy empezando con mis divagaciones, por las cuales he tenido que pedir disculpas al lector en tantas ocasiones a lo largo de este libro, así que vuelvo a lo que iba. E iba diciendo que quien esto escribe, como Boursiac y como Valdemar, es también un fantasma, y que, como a ellos, le ha llegado el turno de desaparecer. Que sus últimas palabras sean para pedir disculpas al lector por cuantas extravagancias y disparates hayan podido decir y hacer los personajes que se dirigieran al lector en este libro, incluyéndose entre ellos

Montserrat Álvarez, Zaragoza, 1969 Poeta, ensayista y narradora. Se crió en Lima, Perú y a partir de 1991 vive en Asunción, Paraguay donde ha publicado varios libros, entre ellos: Zona Dark, 12 esbozos y cuento haitiano, Underground, Bala perdida, Apofática y otros ensayos, etc.

Montserrat Álvarez.

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wood mint  

resenha del libro del colectivo tano wood mint vecinos de woodie alien

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