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Tram(a)pero

christian kent LambarĂŠ 2012

La cancha ava de kurnikova

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Christian Kent, Asunzión 1983 Poeta, músico y editor gastronómico. Publicó en el 2011, el libro de poemas Lieutenant, tanto en Santiago de Chile como en Asunzión del Paraguay.

Colección polvo de hornear

Título: Tram(a)pero Autor: Christian Kent Primera edición: La concha ava de kurnikova, mayo 2012 Lambaré, Paraway Agradecemos a su autor la predisposición para editar este texto

Contacto: www.lacanchaavadekurnikova.blogspot.com la.cancha.ava.de.kurnikova@gmail.com

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A Isabella

Vida sin mar No acabamos el libro que llevas blanco bajo el brazo. Mira, esta es Lisboa en mi mano. Trazo el caracol que viene a mĂ­ con deseo de ser signo. Preguntame si leĂ­ poemas de Anguita. Si tambiĂŠn yo entro en tus gemidos como en el mar a la noche. Quiero saber de ti como si poseyera demasiada arena.

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Las Delicias Sin motivo y con el peso desigual de su tristeza la doña deja sobre la mesa un plato de mandiocas que nadie quiso en otra mesa otro mediodía. El olor rancio que emana la cocina es la medida de mi confianza, de mi fe porque ¿no sale el amor de una cocina rancia y no salimos nosotros y nuestra casa y nuestros ridículos trabajos y el beso en la frente de un fétido y negruzco paraíso?

Un chorro de limón Declaro en esta lengua que no sé – el sol muriendo como un mal actor de pueblo con la patria en los labios – la guerra a todos y a todo cuanto se mueve.

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de conjuros.

Goodbye Lieutenant

Vitrina desde dentro La pared blanca ayuda a esparcirse esta luz muerta, moribunda dígase cada vez que el foco se incendia con un impulso. Así es como mis manos se adormecen sobre ciudad de muchas capas, frazadas y cartones y bolsas debajo de los cuales duerme un hombre, un poeta corríjome. Pero no voy salir del encierro cuando mi fantasma haga silbar los goznes del portoncito de enfrente y baje la calle y llene su vaso con la cerveza de los que pasan y dejan tras de sí sus hojas marrones. Voy a quedarme aquí con los brazos cruzados , y en el pecho el corazón vibrando como el escaparate de los tacones altos y las carteras de escamas relucientes que cerró su cortina metálica contra la cara morbosa del mundo. Voy a quedarme aquí sorbiendo un mate demasiado lavado para decirse amargo, y pasearé a mis perros por las calles de este poema.

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Es una trampa, la infancia, andar arrastrando los zapatos en una vereda que nunca fue de nosotros. Y esa latita abollada que pateamos mil veces hasta sacar de cuadro - el saplé en la cara, la rabia, la camisa dentro del pantalón – es una trampa que tendimos entre vos y yo, como la correa entre el perro y su hombre. Otras cosas también, el paso atrás cuando llamaron nuestro nombre, derribando la última silla de la memoria, para irnos. Llegará el momento, daremos la vuelta en la misma esquina, me darás la ventana que llevas a cuestas, para saltar al pasto, a los grillos, a la noche.

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Los perros de Quisco Allá dónde antes Nada, es sábado, las sábanas sedimentan sus perros poetas cantando la canción del amo: sobre la arena que cae, barco a barco por el cuello del reloj.

el Quisco

Ganamos el premio robado, el deseo de escribir a dos manos un poema simple como ver el sol o arreglarse el cuello.

Bajo la única luz del mundo que nace de un panchero en la madrugada, esperan el entretiempo para preocuparse de la siguiente cerveza, pero nadie habla, no tiene sentido andar deshojando el verboso árbol de qué calor o este va a llover seguro, y por otra parte ¿qué digo? Cosas simples solían circundarnos.

En la mano un puñado de troyas y waterlúes y el pacífico muerde el puñal, escribir es como jugar a la pelota...

Ya no se puede pensar los días que echados en las partes blancas del poema nos dedicabamos a nada, a tapar el sol y mordernos el cuello en esas últimas líneas que decían algo sobre nosotros, algo que no sabíamos, pero atesoramos en la retiración de Trilce con birome, tu letra era melancólica y redonda: “...no me vayan a haber dejado solo, y el único recluso sea yo”. Era solo eso. Nuestras manos horribles, pesadas, indispuestas a cerrarse y aferrrarnos el corazón 6

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Retrato de una dama

Encuentro con J. Teillier (trampa solar)

Hay una sombra que se forma bajo los ojos de las mujeres, decía abuelo acariciando sus ojeras. El poeta, el campesino, que derrotado por el sol escribe: “Nde resa kuarahyame aguahe apyty’umi”.

En la escalera que baja a la calle espero que la luna recorra el último tramo de un fin de semana sin dormir, que sea domingo y frente a la casa, en el Dodge 30 de su padre, me encuentre a Teillier sentado al volante, con el motor apagado, las ventanas cerradas, y la mirada estancada en el parabrisas. No es bueno que un niño se quede solo en el auto, el calor, la falta de aire, un infierno. Espero acercarme a golpear el vidrio para saber si todo está bien, si acaso le gustaría que lo acompañe en eso de mirar el parabrisas, si no le gustaría caminar conmigo a comprar una bolsa de galletas y gaseosa o tal vez fumar los últimos cigarrillos que me quedan. Como si lo arrancara súbitamente de su espejo, como si en el momento de golpear el vidrio hubiese roto para siempre el sueño de Alicia bajo el árbol de la memoria, se da vuelta y me mira. Llega por fin la claridad del domingo, Teillier y yo encontrándonos en indefinida multitud de ojos y narices y bocas que se revelan con los primeros rayos del sol.

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Carta de Hannah perdida en un libro a Natalia Figueroa

Y queriendo estar cercados de una absurda multitud, abrimos la mano vacía de colibríes.

Precisamente una guía turística del Brasil, deshojada, que un visitante de esta casa dejó al abandonar su pieza, la carta señalaba un barrio cualquiera de Río.

Querido Profesor, estoy feliz cuidando de mis caracoles. Aquí son la medida del tiempo, y son también la medida de lo humano. He dejado, en estos últimos días, que me derramaran su baba en las manos y he pensado en vos, en las caminatas por Iturbe hacia el río, en esa flor que trajiste un día acomodada en la camisa y me dijiste, sin esperanzas: dibujamos una línea entre este mundo y el otro. Ya no me queda ninguna fe, el mar, la brisa salada que me corta los labios, todo tiene el sabor de la despedida, y ya no sé hace cuanto dejamos la casa. Página 67. Hay un hotel no muy lejos de Copacabana, no es un hotel caro, quizás pueda viajar, deshacer mi valija, fumar junto a la ventana, mandarle a Hannah postales de papagayos y corcovados.

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Ya no queda espacio

La oscuridad está a punto de pasar (trampa lunar)

No queda otra cosa que rumiar y mirarnos con ojos de otro mundo. Encendemos un fósforo luego otro y los tiramos al suelo de la cocina.

Tengo la imagen de un bosque venido a ceniza. Bajo la cama los cuervos se posan sobre un alambrado infinito, están tus zapatos, una media sin par, un horizonte de cocoteros donde jugamos a escondernos, a mirarnos con ojos de otro mundo. Todo esto es una trampa, y en el fondo nuestra casa.

De qué libertad nos hablan si ya trajimos todo lo que hoy debimos, el corazón, el nido indispuesto de tantas abejas. Nos olvidamos ciertamente al despertar. Y la mañana que era tan clara en el paisaje de los sueños, tan nítida, se nos iba como agua entre las manos, y yo me apretaba la cabeza intentando algo aunque sea una pista o no sé. Trajimos esto, tu corazón y todas las abejas y el trébol que se detiene a mirar como nos bañamos el uno al otro amparados por las luces fluorescentes. Trajimos lo debido y para no olvidar, me escribiste en el brazo un verso sobre la oscuridad, de los mejores que te he leído.

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La Naranja de Hipómenes Cazador Extender el hogar como una servilleta usada sobre la mesa del desayuno, decir un poema en voz alta, perseguir el grial entre dragones y doncellas custodiadas por plantas carnívoras; para que finalmente la intimidad atraviese los márgenes. Y entonces, de cara a la máquina que nos vende el viaje a la calle de todo lo perdido, pensaremos en los días en que fuimos un error, falta ortográfica en la boca de doña Modesta y su despensa de arquetipos. Míticos a pesar del tiempo, levantaremos en la mano la moneda inexacta de lo humano y compraremos el pan, el paté y la leche de nuestra alegría. Levantamos por fin de la mesa, la servilleta ofrecida como un capullo – junto a la taza de café – para algún dios fugaz que traza infinitos caminos en el espacio.

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(trampa de arena) La sensación de echarse una piel de jaguarete encima del cuerpo desnudo, bronceado con la tinta del uruku y con la tierra roja de los montes. En la mano izquierda un puñado de flechas, en la derecha el arco. (Los hombres que siguen tus pasos no saben nada de la selva.) Inclinado sobre la rodilla izquierda, escucha todo cuanto ocurre: los karaja aullando en las ramas, un mborevi no muy lejano husmeando la sangre de un roedor herido, el olor del rocío, la larva defecando en el charco, el culto solar de todo lo vivo, distinto y claro en la maleza.

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TRAM(A)PERO  

libro de poemas de Christian Kent editada por la kurnikova lambareña, 2012, Paraway

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