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Eructorial

por Lubrio

Si sentís muy fríos los dedos para tipear en tu computadora, te aconsejamos tomar unos guantes viejos, cortar los dedos (¡los del guante, no los tuyos!) y con la mano más tibia, hacer click en algún programa para leer esta nueva Cripy. ¿Cómo te trata el otoño? ¿Ya aparecieron los primeros resfríos? Si en este momento estás tosiendo frente a la pantalla, te podemos asegurar que cuando vayas por la página cinco vas a dejar de hacerlo... cuando llegues a la mitad de la revista ya no te va a doler nada y cuando la termines... te va a doler todo de nuevo, vas a toser y tener fiebre. ¿Qué pensabas? ¿Qué somos mágicos? Ya bastante trabajo tenemos con entretenerte y darte un buen susto cada mes. ¡Tapate la boca para estornudar! ¡Dejaste tus mocos pegados sobre el monitor y ahora Zoila está más verde que nunca! Creo que en cuanto termines de leer la revista deberías volver a la cama. Me pica la nariz. Me arden los ojos. Estoy tiritando de frío... oh, no. ¡Me contagiaste! ¡Gracias! Ahora tengo una excusa para quedarme en cama a leer, ver la tele y dibujar todo el día. ¡Sos un verdadero amigo! Nos vemos en un mes... me voy a tomar la temperatura. ¡Hasta la próxima!

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Dicen que el exceso de frío provoca serios ataques de eructos... este hombre de las nieves dibujado por Alarcón, lo confirma.


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TOPATI por Brian Janchez


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OVEJA NEGRA MÁSCARAS Dibujos: El Gory Guión: Lubrio

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CONTINUARA...


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El espĂ­ritu Willy

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por Amadeo Balderrama


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PÁGINAS MACABRAS

Lazos familiares

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Cumplir diez años la primera vez es especial, cuando el festejo se repite año tras año… deja de serlo. Merma la convocatoria a la fiesta tanto como el entusiasmo del cumpleañero. En el primer festejo la casa estaba llena, y eso que no era una casa pequeña. Un niño vampiro no se ve todos los días. Los vampiros no pueden tener hijos, por eso cuando la familia llegó al pueblo fue un gran acontecimiento. No faltó nadie a la fiesta de cumpleaños, otros vampiros, fantasmas, un par de duendes, una desconfiada familia de hombres lobo y hasta una bruja. A ninguna criatura sobrenatural le caen bien las brujas, dudaron en dejarla pasar pero podría haber sido peor si no se lo permitían. Todos los años al llegar mayo se festejaban los diez años de Marcos, después de varias décadas el niño vampiro comenzó a cansarse. Estuvo a punto de decírselos a sus padres en los últimos veinte años, al ver el entusiasmo que ellos tenían desistía de la idea… no quería lastimarlos. Eran unos excelentes padres y Marcos los amaba. Allí estaba de nuevo, rodeado de globos negros y con una torta gigante en forma de sarcófago frente a él. A la fiesta sólo había asistido su madrina vampiro, una mujer fina y elegante que amedrentaba a cualquiera que no la conociera de verdad; Carolina, la nena fantasma que era su amiga desde que se mudó; y Antonio, su nuevo mejor amigo, perteneciente a una manada de hombres lobo. Nadie más. -¡¡Acá está tu regalo!! – dijo la madre muy contenta. -Esperemos te guste – dijo el padre – ¿a que no sabés que es? Lógicamente por la forma que tenía el paquete era un nuevo ataúd, un poco más grande que el que ya tenía para dormir. No entendía para qué, si él ya no crecería. Se sonrió, fingió como todos los años no poder abrir el paquete para que su padre pudiera ayudarlo. Su madrina lo llevó aparte para darle su regalo. -Como regalo voy a darte un consejo… hablá con tus padres de una buena vez… -No sé como explicarles que ya no quiero que me traten como a un niño de diez años por más que lo aparente. Y que no necesito un ataúd nuevo, sino la verdad – le dijo Marcos a su madrina, que aunque parecía fría y un tanto malvada, era el ser más amable que había conocido. – ¿De verdad ese era mi regalo? La madrina sonrió y le entregó una bolsita con monedas de oro, al igual que los últimos años. - No importa que la criatura sea humana o sobrenatural, a todos les gusta el oro… quizás algún día te sean útiles. Y no entiendo que tiene de terrible poder ser niño para siempre – le revolvió con dulzura el cabello oscuro a su ahijado y se marchó. Carolina, la nena fantasma dormía mientras flotaba. Había sido su primera amiga cuando Marcos era pequeño de verdad. Carolina era divertida por más que llevara mucho tiempo muerta, habían pasado buenos momentos juntos. Ahora esa Carolina no existía, tenía sueño la mayor parte del día, sus energías parecían agotarse y estaba cada vez más transparente. Cuando se despertó, le dio un beso en la mejilla al cumpleañero y se fue a su casa bostezando. El único invitado que quedaba era Antonio, tenía catorce años reales, cabello largo y enmarañado. Se lo notaba un poco inquieto y de a ratos se rascaba incómodo. -¿Mañana? – preguntó Marcos. El chico asintió. La noche siguiente habría luna llena y sus efectos empezaban a molestarlo. -¿Que tal las transformaciones? -Mejorando – respondió Antonio. No era un tema del cual solieran hablar. Las primeras transformaciones, que comen-

zaban en la adolescencia cada luna llena, eran las más dolorosas. A medida que transcurría el tiempo se iban haciendo más fáciles, y al llegar a la adultez podría transformarse en lobo cuando deseara sin ninguna molestia. Se habían conocido una noche de luna llena en la que Antonio hecho lobo cayó en una trampa. Marcos justo pasaba por ahí. A veces los humanos, que vivían en el pueblo contiguo, se atrevían a entrar en el bosque y colocar trampas. Los seres sobrenaturales, porque no se consideraban “monstruos” sino seres con capacidades muy diferentes, habían hecho una tregua con los humanos para no molestarse mutuamente… no siempre se respetaba. Más allá de los roces entre hombres lobo y vampiros, Marcos lo ayudó sin dudarlo. Los chicos se reían de esa situación, los ancianos de ambas comunidades contaban historias de batallas y traiciones entre las razas, pero era todo un gran invento. La verdad era más superficial y sencilla, se disputaban la popularidad entre los suyos y entre los humanos. Marcos se acercó a su madre muy seguro de sí mismo. Esa noche le preguntaría sobre su identidad. La señora vampiro lo miró con sus dulces ojos claros, su piel, al igual que la de su hijo era muy pálida y por debajo de ella podían verse venitas azuladas que le surcaban el rostro. El chico no pudo hacerlo, le agradeció por la fiesta y le dio un abrazo. -Cobarde… - le dijo Antonio cuando Marcos volvió a su lado. -No es fácil. Todos saben que los vampiros no pueden tener hijos, habré tenido una familia humana pero no recuerdo nada de esa vida. ¿Y si ellos mataron a mis padres humanos para robarme? Ahora no matan… no sé antes. No quiero hacerlos sentir mal por andar investigando. -Podríamos preguntarle a mi abuelo, es muy anciano y vivió con los humanos – dijo Antonio – Mientras tengas algo para ofrecerle, si es dorado mejor… es el color que más le gusta. El abuelo al cual hacía referencia Antonio era el jefe de la manada a la que pertenecía, no eran parientes directos, por respeto los chicos de la comunidad lo llamaban así. Aunque lo de rivalidad vampiro-lobo había mermado, el ir a su terreno sin invitación formal ponía a Marcos un poco nervioso. Juntó todas las monedas de oro que su madrina le había regalado, se puso su buzo negro de la suerte, y salieron. Al llegar a la comunidad miraron a Marcos de arriba a abajo, algunos convertidos en lobos lo olfatearon al pasar. “Es mi amigo”, decía Antonio para que los demás lo dejaran tranquilo. El abuelo los recibió en su casa, era un hombre anciano y regordete. Extendió la mano esperando que Marcos le diera su ofrenda. Cuatro monedas de oro cayeron sobre su mano, el lobo en jefe las miró con atención y las guardó en el bolsillo de su gastado saco marrón. -¿En qué puedo ayudarte? – preguntó, su voz no era amable pero tampoco era hostil. -Quiero saber quienes eran mis verdaderos padres…mi familia humana – contestó Marcos en voz bajita, el viejo lobo lo intimidaba – Usted vivió en el pueblo de los humanos quizás… -Tuve que irme de allí como todos los demás hombres lobo. ¿Sabés por qué? – su voz ahora sí sonaba hostil, se acercó tanto a Marcos que pudo sentir su aliento rancio – ¡Por culpa de tu gente! Nosotros pasamos desapercibidos si no nos transformamos, podemos vivir tranquilamente entre los humanos, pero los vampiros no… y siempre tienen que hacerse notar, llamar la atención. Devoran sin control. Tuvimos que huir antes de que nos persiguieran… -Claro, porque ustedes no han destruido aldeas enteras

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con sus habitantes incluidos… - dijo Marcos molesto. Antonio lo tomó del brazo y lo tironeó hacia la puerta al ver que el abuelo lobo se levantaba de la silla furioso, no estaba acostumbrado a que le contestaran y menos un mocosito vampiro. -Mejor nos vamos, gracias abuelo… no quisimos molestarte – se excusó Antonio. -Deberías hablar con los fantasmas, tu familia humana seguramente estará muerta. Tus papis vampiros se habrán encargado de ellos – dijo el viejo con malicia y sonrió. Marcos sabía que el abuelo podría tener razón, pero no por eso odiaría a sus padres vampiros. Que su familia humana estaba muerta, de eso estaba seguro. Habían pasado demasiados años. Ir a preguntarle a los fantasmas era una buena idea. Los muchachos emprendieron el camino hacia el cementerio abandonado donde residían los fantasmas. Recostada sobre una lápida Carolina dormía más traslúcida que nunca. La nena abrió los ojos despacio, se desperezó dando un gran bostezo. -Perdón por haberme ido temprano de tu fiesta de cumpleaños… estoy tan cansada – dijo volviendo a bostezar – ¿Por qué viniste? -Necesito hablar con el jefe de los fantasmas… si es que tienen uno. -No, pero el fantasma más sabio está a tres lápidas a la izquierda – Carolina terminó de decir eso y se durmió otra vez. El más sabio de los fantasmas era pequeñito, no habría tenido más de seis años al morir. Se elevó rápidamente para quedar por sobre las cabezas de los chicos y no quedar tan diminuto. “Dicen que lo bueno viene en envase chico”, dijo Antonio en voz baja. Marcos fingió toser para ocultar la risa. -Un nene vampiro y un lobo… que extraña combinación – dijo el fantasma que al hablar dejaba en claro que de niño sólo tenía la apariencia – ¿Qué están buscando? Marcos le explicó la situación mientras el fantasma lo miraba pensativo. -No, acá no están… ni estuvieron. No todos los que mueren se convierten en fantasmas, sólo aquellos que tienen algún asunto pendiente – explicó. -Pensé que yo podría ser ese asunto y… - dijo Marcos. -Por lo visto no les importabas tanto – concluyó el fantasma socarronamente. Antonio le gruñó enojado, era un chico tranquilo la mayor parte del tiempo pero cuando se acercaba la luna llena su carácter cambiaba. El trato burlón del fantasma hacia su amigo le había caído muy mal. Marcos sacó su bolsita de monedas de oro para pagarle al fantasma por su escasa información. El fantasma las rechazó ofendido. -No me hacen falta – le dijo de mala manera – Ustedes los vampiros se creen tan superiores, están tan muertos como nosotros pero claro… tienen un cuerpo. La verdad es que son débiles, dependen de la sangre de otros para vivir, a nosotros no nos hace falta nada… nosotros somos más fuertes. -Tenés razón con nuestra dependencia para vivir – le contestó Marcos – Pero ustedes también tienen debilidades, su energía empieza a agotarse y se vuelven cada vez más transparentes hasta que desaparecen… Vos no sos superior a mí, ni yo a vos. Dejaron atrás el cementerio. Caminaron en silencio durante un rato. -¡Malditas pulgas! – dijo Antonio molesto mientras se quitaba algo del cabello – Se me suben antes de la luna llena…

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-Podríamos hablar con alguna bruja – comentó Marcos, su amigo lobo negó con la cabeza. -¡¡Jamás!! No debemos acercarnos a ellas, son perversas y traicioneras, te dirían cualquier cosa con tal de que quedaras en deuda… nada de lo que dicen es cierto – contestó Antonio con voz firme – Podríamos ver a los gitanos… No, los gitanos no. A Marcos le asustaban más que las brujas, eran especialistas en maldecir vampiros, de las maneras más originales y despiadadas. A su tío vampiro lo había maldecido una gitana, le dijo mientras lo señalaba con un dedo: “tu boca se cerrara cada vez que la necesites abierta”. Él se rió, parecía una estupidez… mas no lo era y nunca pudo alimentarse de nuevo, cuando quería abrir la boca para hincarle los dientes a su víctima se le cerraba y era imposible volvérsela a abrir, ni que intentaran entre muchos. Cansado y débil se sentó a esperar el amanecer en el jardín de su casa hasta que el sol lo redujo a cenizas. -Será porque tu tío se comió a toda la familia de esa gitana, no lo maldijo porque sí – replicó Antonio – Vos no les hiciste nada… ¡vamos! Al llegar al campamento gitano, Marcos se subió la capucha del buzo para taparse. “Así es peor”, dijo Antonio y se la volvió a bajar. No engañaría a los gitanos con una simple capucha, mejor mostrarse como realmente era y no que creyeran que ocultaba algo. Se detuvieron en el carromato de una gitana, que según el cartel que tenía en la puerta, podía leer tu futuro, aconsejarte en el presente y descubrir tu pasado. -Conocí a tu tío muy bien – dijo la gitana antes de que Marcos se sentara, de todas las gitanas habían elegido justo a esa. Quería poner la mente en blanco y no pensar en nada que pudiera disgustarla pero mientras más lo intentaba más se le llenaba de imágenes – No temas, sé que vos no sos como él. Tomó las frías manos del niño entre las suyas. Cerró los ojos, cuando volvió a abrirlos estaban blancos, en trance dijo: “Tus padres te entregaron por voluntad propia, no fuiste arrebatado. Ellos están muertos pero sus almas no descansan en paz…” Soltó las manos de Marcos y con ojos normales lo observó detenidamente. -Puedo darte sus nombres – le dijo la gitana y los anotó en un papel, mirando a Antonio gritó – ¡Niño, ya dejá de rascarte! ¡Estas llenándome el lugar de pulgas! Marcos le pagó con las monedas de oro, había sido la que mejor información le había dado. Al salir los chicos del carromato la gitana siguió quejándose de las pulgas y del olor a pelo de perro sucio que tienen los hombres lobo. -No le des importancia, con perfume se arregla – dijo Marcos a su amigo palmeándole la espalda – Tengo que ir al pueblo de los humanos a comprobar si alguno de mis parientes aún sigue con vida. Ir al pueblo de los humanos no le gustaba para nada al lobo. Si antes los corrían con antorchas y palos no quería imaginarse que podrían tener con los adelantos de la época. Tenía miedo aunque no lo reconocería frente a un vampiro por más amigo que fuera. -Te acompaño aunque creo que es una locura… Ambos chicos marcharon camino abajo, esta vez se pusieron las capuchas de sus buzos sabiendo que no les servirían. Como era de madrugada las calles se encontraban desiertas. Pasaron con cautela el arco que daba la bienvenida al pueblo, esperando que alguna alarma para monstruos sonara apenas lo cruzaran… nada ocurrió. Marcos señaló una de las construcciones en la cual podía leerse “Registro de las personas”. Estaba cerrado con llave, eso no era impedimento para un vampiro, por más pequeño que fuera tenía más fuerza que un niño humano. Entraron sigilosamente. El sereno los sorprendió en la habitación


de los archivos. “Tenés mucho sueño ahora”, dijo Marcos encantándolo y el sereno cayó dormido. Marcos intentaba prender la computadora mientras Antonio buscaba entre carpetas ordenadas alfabéticamente. Afuera ya no había silencio. Sabían que estaban allí, era el momento de escapar. El sereno estaba de pie en la puerta de la habitación. “Los encantamientos ya no sirven, aprendan trucos nuevos”, dijo sonriendo. Los humanos ya no eran tan vulnerables como antes. Lo derribaron y salieron corriendo del edificio. Afuera los esperaban personas con antorchas, palos, piedras y cadenas. -No cambiaron tanto las cosas – dijo Antonio asustado. Marcos no podía volar, saltar alto sí… pero su cuerpo era pequeño para poder hacerlo con Antonio, y no pensaba dejar solo a su amigo. Arremetió contra la gente mostrando sus colmillos como si fuera una bestia salvaje. “Es tan pequeño casi es dulce”, dijo una mujer y todos rieron. Un chico humano se le acercó y con la antorcha que llevaba le prendió fuego el buzo. Antonio se tiró sobre él para apagarlo, una cadena se enganchó en su tobillo y lo arrastró hacia atrás. El lobo aulló de dolor, era una cadena de plata… el único material que puede herir y matar a un hombre lobo. Marcos rodó sobre sí mismo apagándose el fuego, no estaba muy herido, sólo un poco chamuscado. Miró a los humanos, podría atacarlos, lastimarlos de verdad si así lo quería pero sus padres le habían enseñado a no hacerlo, su familia ya no se alimentaba de humanos ni los hería por más que se lo merecieran. Empujó a cuantos pudo, clavó uñas y dio uno que otro mordisco. De un zarpazo cortó la cadena con la cual el humano arrastraba a su amigo. Los ojos de Antonio estaban amarillos y aunque faltaba un día para la luna llena sus dientes habían crecido. El lobo rengueaba, aún tenia la cadena enroscada en el tobillo. Los humanos les cerraban el paso. “¡Atemos al vampiro y dejemos que se queme con el sol!”, dijo un hombre. Marcos metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó las monedas que les quedaban. -¡Son monedas de oro! – gritó mientras las arrojaba lejos de ellos. Los humanos corrieron hacia las monedas, se empujaron, golpearon y pisotearon. Usaron los palos y piedras contra ellos mismos, olvidándose por completo de los muchachos que, apoyándose uno en el otro, se fueron lo más pronto que sus heridas le permitieron. Después de dejar a Antonio seguro en su casa, Marcos llegó con la cara magullada y el pelo chamuscado a la suya. Tenía las manos ensangrentadas de rasguñar personas y unos cuantos dedos lastimados por romper las cadenas. Pronto sanarían. Aún tenía el papel con el nombre de sus verdaderos padres en el bolsillo. -¡Estábamos preocupados, hijo! Ya está por amanecer… ¿qué te pasó? – dijo el padre. Marcos por fin tomó el coraje y habló con sus padres vampiros. Dejándoles en claro cuánto los quería y que no deseaba lastimarlos. - Tendrías que haber hablado con nosotros desde un principio… no andar preguntando por ahí – lo consoló la madre – Siempre te diremos la verdad. La madre abrió el papel que Marcos le dio, leyó los nombres allí escritos y dijo en voz calma: “Estos somos nosotros, tu padre y yo, eran nuestros nombres humanos antes de convertirnos en vampiros. Somos tus padres verdaderos. Los únicos. A los diez años tuviste un grave accidente. Los médicos aseguraron que no sobrevivirías. Esa noche la vampira que hoy conocés como tu madrina se nos acercó ofreciéndonos darte la vida eterna al convertirte. Primero pensamos que te quería apartar de noso-

tros, pero no era así. Nos convertiría a todos, y lo único que pedía a cambio era formar parte de nuestra familia, estaba cansada de ser una vampira solitaria y deseaba compartir su riqueza. Borró tus recuerdos de humano para que no recordaras el accidente y fueras feliz…” Satisfecho con la respuesta, se echó a descansar en su nuevo ataúd. Por más agotado y dolorido que estuviera con todo lo sucedido aquella noche, estaba contento. Había sido el mejor cumpleaños de todos. No estaba tan mal eso de ser un niño para siempre. Cuando el gallo cantó anunciando el amanecer, Marcos ya estaba profundamente dormido.

Texto: Verónica Roldán Ilustración: Exequiel Boris

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De TeJorh!

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en cuatro semanas, la cripy galopa de nuevo...


Cripy #15