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Historia de la Filosofía

Tema 5 Razón y fe: de Agustín de Hipona a Guillermo de Ockham

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TEMA 5 RAZÓN Y FE: DE AGUSTÍN DE HIPONA A GUILLERMO DE OCKHAM 0. LA APARICIÓN DEL CRISTIANISMO 1. EL ORIGEN DEL PROBLEMA 2. DIVERSAS POSIBLES SOLUCIONES 3. LA POSICIÓN DE LOS PADRES DE LA IGLESIA 3.1 SAN JUSTINO, SAN CLEMENTE Y TERTULIANO (S. II-IV) 3.2 RAZÓN Y FE EN SAN AGUSTÍN (S. IV-V): LA CONCILIACIÓN ENTRE RAZÓN Y FE 4. RAZÓN Y FE DURANTE LA EDAD MEDIA 4.1 SAN ANSELMO DE CANTERBURY (S. XI): CREER PARA ENTENDER 4.2 RAZÓN Y FE EN EL S. XIII 4.3 SANTO TOMÁS DE AQUINO (S. XIII): LA COLABORACIÓN MUTUA ENTRE RAZÓN Y FE 4.4 GUILLERMO DE OCKHAM (S. XIV): LA OPOSICIÓN ENTRE LA RAZÓN Y LA FE 0. LA APARICIÓN DEL CRISTIANISMO A partir del siglo primero y, sobre todo, del segundo, la doctrina cristiana va a irrumpir con fuerza en el pensamiento griego. La fe cristiana y la filosofía griega van a unirse para constituir el pensamiento medieval y eso a pesar de que sus intereses y objetivos eran contradictorios. En general, lo que pretendía la filosofía griega era utilizar la razón para comprender el mundo y establecer bases sólidas sobre las que desarrollar una conducta individual y social determinada (piensa en Platón o en Aristóteles). El conocimiento genérico del mundo y de las cosas que pretende la filosofía era muy amplio, abarcaba tanto cuestiones genuinamente filosóficas, o abstractas, como cuestiones éticas, políticas, artísticas, científicas, teológicas y religiosas. Lo único que tienen en común tan diversos propósitos es el deseo de llevar la razón, el poder del pensamiento y de la racionalidad, tan lejos como sea posible. La fe cristiana no pretendía ni conocer el mundo ni explicar la realidad ya que sus fines eran puramente espirituales: la salvación. Sin embargo va a echar mano del pensamiento griego o helenístico para apuntalar conceptualmente sus creencias. ¿Cómo es posible que dos aspectos de la realidad tan distintos puedan llegar a confluir? Podemos hablar de dos factores: -uno es el factor humano, porque muchos de los cristianos conocían la filosofía griega; -otro es el ético-social, en el sentido de que la filosofía, como el cristianismo, supone comportamientos éticos y prácticas sociales que se contrastan.


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En sus primeros tiempos, el cristianismo se mostró extraordinariamente violento y combativo para con todas aquellas ideas y teorías que lo contradecían. Esta postura se reforzó cuando logró llegar a ser, mediante el Edicto de Milán, proclamado por Constantino (en el año 313), la religión oficial del Imperio Romano. Sin embargo, a la larga, la postura de colaboración y simbiosis de ideas se fue reforzando e imponiendo, y todo ello por un motivo muy sencillo y muy importante: porque la doctrina cristiana, mucho más simple, no explicaba nada sobre el funcionamiento de la naturaleza o la organización política. El único marco teórico general de comprensión de las cosas era el griego, y al cristianismo no le quedó otro remedio que adoptarlo. Evidentemente, al adoptar un marco general de pensamiento ajeno a sus primitivas intenciones, se colaron con él una serie de ideas que no eran de raíz cristiana. Juntas, todas ellas configuran el plano teórico en el que las sociedades occidentales, muchos cientos de años después, nos seguimos moviendo: el mundo intelectual de nuestra sociedad (con todas sus ramificaciones, eso también debes tenerlo presente: historia, ciencia, arte...) ha sido construido a partir de la matriz de ideas de origen griego y de origen cristiano o judeo-cristiano, en la medida en que la mayor parte de ellas se encuentran en el Antiguo Testamento. Veamos algunas de las ideas más novedosas que difunde el cristianismo y que contrastan con el pensamiento griego: a) Dios. No es una entidad teórica o racional (piensa en Aristóteles), sino un ser que puede, incluso, llegar a hacerse de carne y hueso, y sacrificarse por los hombres para nuestra salvación. Es un Dios que es a su vez un padre severo y amoroso. Nos crea, es responsable de nosotros, y, al final, nos pedirá cuentas. Es decir, que, por primera vez se salta el abismo que en los griegos separa a los dioses de los hombres y se establece una vinculación personal entre Dios y el ser humano. b) El ser humano. El ser humano, en general, sin distinción, aunque sea mujer o esclavo, posee una dignidad y un valor infinito que en los griegos no se da. La dignidad la adquiere precisamente por ser hijo de Dios, y por tener un alma que Dios resucitará y juzgará. Pero es que por primera vez esto le posibilita ser un sujeto libre y responsable. Los seres humanos nacen marcados por el pecado original pero pueden redimirse a través de la fe. El mal, así como el bien, dependen de sus actos, de su voluntad de hacer el bien, que será irremisiblemente juzgada. c) La historia y el tiempo. La historia y el tiempo ya no son eternos ni giran en círculos. La historia y el tiempo comienzan en el momento en que Dios creó el mundo y a los hombres que lo habitan. La historia terminará con el fin del mundo y el juicio final. En ese momento, aunque se termina la historia, comienza la eternidad de los premios en el cielo, y la eternidad de los castigos


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en el infierno. El tiempo, que es el transcurrir de la historia, es tal y como nosotros lo vemos: no es circular, sino que significa avance, progreso, recorrido, movimiento, de un punto inicial a un punto final, que son total y absolutamente distintos e irrepetibles. d) La verdad. La verdad ya no es el resultado de un esfuerzo racional como pretendían Platón y Aristóteles. La verdad es la palabra de Dios, que Dios mismo ha revelado y que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Esta verdad se cree si se tiene fe, y no se discute, ni se investiga ni se intenta mejorar. Ahora bien, sobre aquellas cuestiones sobre las que Dios no ha dicho nada, bienvenido sea todo el conocimiento griego. Pero en caso de duda o de controversia, la primacía de la teología, del saber teológico, del saber revelado, del saber divino, es clara. Estas han sido las tesis más generales que pensadores cristianos trataron de conectar, a base de gigantescos esfuerzos teóricos, con el pensamiento griego y, puesto que la filosofía es la búsqueda del conocimiento siguiendo la razón, y el cristianismo parte de ciertas verdades dadas por la fe (concedida como gracia divina), habría que dilucidar, en caso de duda, qué le corresponde a la fe y qué a la razón. Esta tarea será objetivo básico de la filosofía cristiana y musulmana durante más de diez siglos en los que se pueden diferenciar varias fases. 1. EL ORIGEN DEL PROBLEMA El cristianismo no es una filosofía, sino una doctrina de salvación. No pretende competir con los sistemas filosóficos, sino que se presenta como una doctrina revelada por Dios que tiene como objetivo salvar al hombre. Sin embargo, esa doctrina revelada por Dios incluye una serie de afirmaciones sobre asuntos que desde el comienzo de la filosofía habían sido cuestionados por los filósofos: en ella se da un sentido al hombre -problema central de la filosofía-, se habla del alma, del mundo, de Dios... No es que el cristianismo utilice métodos filosóficos para hacer esas afirmaciones. La veracidad de la doctrina cristiana se apoya en el valor de la palabra de Dios y su aceptación se hace por la fe. Pero sus afirmaciones están ahí, conviviendo en un mismo mundo con otras afirmaciones sobre idénticos temas, y provenientes de los sistemas filosóficos helenistas que ocupan el panorama intelectual en el momento de la aparición del cristianismo. Por otra parte, aunque los primeros cristianos no proceden en general de ambientes intelectuales -ni tampoco son los intelectuales sus problemas prioritarios-, pronto comienzan a convertirse hombres que proceden de ámbitos filosóficos y que, además, necesitan recurrir a argumentos filosóficos para defender su religión frente a los ataques de sus perseguidores. Y


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es en estos momentos cuando comienza a plantearse el problema de las relaciones entre la razón y la fe -o entre la filosofía y la teología-, problema que seguirá planteándose mientras existan hombres creyentes, y que es uno de los más importantes durante la Edad Media: ¿Necesita el creyente de la actividad filosófica o es la filosofía una actividad incompatible con la fe? ¿Destruye la fe el esfuerzo racional hecho al margen de la misma o se puede integrar este en la creencia? 2. DIVERSAS SOLUCIONES POSIBLES Ante el problema de las relaciones entre razón y fe pueden adoptarse dos posiciones: una conciliadora -que es la mayoritaria a lo largo de la filosofía medieval- y otra de oposición. Las dos posturas se encuentran ya prefiguradas en un personaje de gran influencia en los primeros años del cristianismo: San Pablo. a) En los Hechos de los Apóstoles (17, 16-34) al narrar Pablo de Tarso su estancia en Atenas describe cómo se esfuerza por vincular el mensaje cristiano con las supuestas creencias del auditorio pagano y presenta la Buena Nueva no como una ruptura, sino como un complemento y perfeccionamiento de lo que la filosofía helenista ya había dicho sobre Dios: Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que adoráis sin conocer eso os vengo yo a anunciar. b) Sin embargo, el rechazo de su doctrina le lleva a adoptar ante el tema de las relaciones entre la fe y la razón una posición totalmente distinta. Tened cuidado de no encontraros con alguien que os reduzca a la esclavitud a través del vano engaño, que nadie os desoriente con discursos capciosos de la Filosofía siguiendo una tradición humana que sigue los hábitos mundanos y no a Cristo (Epístola a los colosenses. 2, 2-4). 3. LA POSICIÓN DE LOS PADRES DE LA IGLESIA En los primeros siglos de nuestra era, la mayor parte de los cristianos que se enfrentan con el problema van a valorar positivamente el esfuerzo filosófico realizado al margen del cristianismo y van a mantener que, gracias a él, se pueden alcanzar verdades integrables en la visión religiosa del mundo, aunque a veces se pueda también llegar a errores no conciliables con la fe.


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3.1 SAN JUSTINO, SAN CLEMENTE Y TERTULIANO (S. II-IV) -Es el caso, por ejemplo, del apologista San Justino (S. II). En su opinión, la religión cristiana, fundada en la fe en una revelación divina, es la única doctrina capaz de solucionar todos los problemas filosóficos y, por tanto, los cristianos, por el mero hecho de serlo, tienen el derecho a reclamar para sí el título de filósofos. El hombre sólo conoce la verdad completa sobre sí mismo y sobre la naturaleza desde que Dios se la ha revelado por medio de Cristo. -Esta misma actitud de valoración de la razón se encuentra en la postura de todos los Padres de la Iglesia, especialmente en los de la Escuela de Alejandría (S. II y III), que con toda naturalidad se dirigen a la filosofía helenista de la época y la utilizan para volcar en ella el mensaje revelado. San Clemente nos dice: la filosofía es cosa buena en sí y necesaria; pero es una especie de revelación incompleta fundada en la razón; deber ser completada por la revelación. -También existen en estos primeros siglos autores -son los menos- que piensan que existe una oposición radical entre la actividad filosófica y la creencia religiosa, por lo que defienden que el creyente debe abandonar el uso de la razón y limitarse exclusivamente a creer. El caso más significativo es el de Tertuliano (S. II), que adopta una actitud de radical oposición a la filosofía. Para él, todos los filósofos, incluidos Sócrates y Platón, son pura y simplemente los patriarcas de los herejes. Si alguna vez han enseñado alguna doctrina parecida a lo que dice el cristianismo es por coincidencia. La fe hay que aceptarla tal como es y todo intento de racionalizarla la destruye y conduce a la herejía al que lo hace. Este es el sentido de la fórmula lapidaria que la tradición le atribuye: Credo quia absurdum est, creo porque es absurdo. 3.2 RAZÓN Y FE EN SAN AGUSTÍN (S. IV-V): LA CONCILIACIÓN ENTRE RAZÓN Y FE San Agustín, posiblemente el pensador cristiano más importante de los primeros siglos del cristianismo, adopta una actitud conciliadora entre la filosofía y la teología. No se ocupa tanto de marcar las fronteras entre razón y fe cuanto de recalcar que las dos tienen como misión el esclarecimiento de la verdad única que, como creyente, no podía considerar otra que la verdad cristiana. La razón sin la fe, dice San Agustín, no es apta para hacernos alcanzar la Verdad, fundamento último de toda verdad, pero, al mismo tiempo, mantiene que hay que comprender lo que se cree. Razón y fe, filosofía y religión se funden en un único concepto de búsqueda que


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lleva a la Verdad, a la Sabiduría y a la Felicidad. La razón y la fe colaboran, para comprender la verdad cristiana, por este orden: a) Primero, la razón ayuda al hombre a alcanzar la fe: piensa San Agustín que el asentimiento a las verdades de la fe debe ir precedido por algún trabajo de la razón, puesto que, aunque en gran parte las verdades de la fe no son demostrables, se puede demostrar que es legítimo creerlas, y es la razón la encargada de hacer esa demostración. b) Después, la fe orienta e ilumina a la razón: la auténtica Sabiduría no se la proporciona al hombre la filosofía -entendida como actividad racional centrada en el análisis de lo real-, sino la actividad racional volcada sobre los contenidos de la fe. Sin fe no puede haber Sabiduría. c) Finalmente, la razón, a su vez, contribuye al esclarecimiento de los contenidos de la fe: una vez aceptada la fe, la razón le permite al creyente, siempre dentro de unos límites, profundizar en lo que la fe dice; la filosofía es valorada por San Agustín como una técnica racional que ayuda al creyente a profundizar en su fe, permitiéndole alcanzar así la sabiduría. La afirmación de San Agustín: comprende para creer, cree para comprender expresa perfectamente cuál es su opinión acerca de la colaboración de la razón y la fe en la comprensión de la Verdad. 4. RAZÓN Y FE DURANTE LA EDAD MEDIA Mientras no llegue el S. XIII, las relaciones entre razón y fe van a ser entendidas mayoritariamente en la línea de San Agustín. Se va a insistir, sobre todo, en que la razón sirve para contribuir a esclarecer los contenidos de la fe y, por lo mismo, se va a utilizar como una herramienta, como una técnica al servicio de la teología, lo que da origen a la célebre expresión: la filosofía es la esclava de la teología. Se piensa que la fe es un don de Dios, pero que sería dejadez no emplear la razón para comprender la fe. 4.1 SAN ANSELMO DE CANTERBURY (S. XI): CREER PARA ENTENDER También se va a agudizar la necesidad de creer para poder entender. Es el caso, por ejemplo, en el S. XI, de San Anselmo de Canterbury, un monje italiano que vivió la mitad de su vida en Francia y acabó siendo obispo de Canterbury. San Anselmo reitera el concepto de sabiduría cristiana agustiniana, que implicaba la precedencia de la fe, y defiende la unión entre la verdad de la razón filosófica y la verdad de la fe revelada, pero en el sentido de subordinación incondicionada de la primera a la última; sin fe no hay verdadero conocimiento. Una afirmación suya expresa con claridad cuál es su posición: creo para poder entender.


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4.2 RAZÓN Y FE EN EL S. XIII La postura que se había mantenido a lo largo de la Edad Media con respecto a las relaciones entre la razón y la fe, y que hacia de la filosofía una esclava de la teología, se basaba en una valoración de la filosofía exclusivamente como instrumento de trabajo intelectual incapaz de encontrar la verdad sin la ayuda de la fe. Pero cuando en el S. XIII se conozca el aristotelismo árabe es imposible seguir con esta valoración de la razón. La obra que habían desarrollado los pensadores árabes -sobre todo Avicena y Averroes- demuestra que la razón es capaz, por sí sola, de proporcionar al hombre una visión unitaria del universo y, además, incompatible con la de la fe. Averroes mantiene la teoría de la doble verdad. Existe una verdad según la razón y otra según la fe, que no son necesariamente contrapuestas, sino que atañen a ámbitos distintos. Las expresiones simbólicas y alegóricas, que se encuentran en los ritos y tradiciones religiosas, corresponden a una verdad de fe, que hace inteligible la verdad a la multitud inculta; pero la verdad pura y científica está reservada a los filósofos, que extraen del símbolo y de la alegoría los principios verdaderos de la filosofía. Por tanto, una verdad, que es siempre la misma, es entendida claramente en el ámbito filosófico y expresada alegóricamente en el ámbito religioso o teológico. Con esta doble postura, Averroes, es autónomo frente a la revelación y subordina la teología a la filosofía. De esta forma, si hay contradicción entre fe y razón es esta última la que decide sobre la auténtica verdad. Ante esta situación, los pensadores cristianos se ven en la necesidad de separar, de distinguir la filosofía de la teología, aunque traten después de concordarlas. Santo Tomás de Aquino realizará esta labor. 4.3 SANTO TOMÁS DE AQUINO (S. XIII): LA COLABORACIÓN MUTUA ENTRE RAZÓN Y FE Santo Tomás mantiene que la filosofía y la teología son dos ciencias distintas con objetos, métodos y criterios diferentes, y que cada una en su propio campo es autónoma y autosuficiente. La filosofía, al igual que teología, por sí solas, pueden llegar a la verdad en los temas de los que se ocupan. El filósofo, aceptando exclusivamente lo que puede demostrar mediante la razón; el teólogo, basándose en la autoridad de Dios, en la revelación, y argumentando a partir de ella (la diferencia con San Agustín y con los pensadores anteriores es clara, puesto que hasta el siglo XIII


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se pensaba que la razón no podía encontrar por sí sola la verdad y necesitaba de la “iluminación” de la fe). Sin embargo, una vez realizada esta delimitación de dominios, Santo Tomás trata también de concordar la razón y la fe. Afirma que, cuando el objeto de la filosofía y el de la teología coinciden, es decir, cuando se ocupan de los mismos temas, necesariamente tiene que existir armonía entre lo que descubre el filósofo y lo que afirma el teólogo. El motivo que da Santo Tomás para explicar esta necesaria coincidencia es que es el mismo Dios el que ha creado al hombre como ser racional y el autor de la revelación, por lo que no puede existir una contradicción entre lo que Dios revela y lo que el hombre conoce con la razón que Dios le ha dado. La distinción y, al mismo tiempo, la necesaria armonía que existe, según Santo Tomás, entre la razón y la fe, le permiten distinguir: -Verdades propias de la fe (de la teología): verdades que el hombre no puede llegar a conocer por sí mismo, con el mero uso de su razón. A estas verdades, llamadas artículos de fe, solamente podemos llegar con el auxilio de la revelación divina, sin la cual no serían ni tan siquiera pensables. Es, por tanto, la fe la que nos permite alcanzar estos conocimientos, de entre los que podemos citar la divinidad de Jesucristo, el valor redentor de su Pasión, el misterio de la Trinidad… -Verdades propias de la razón (de la filosofía): verdades alcanzables únicamente por la razón, pues no han sido reveladas (la fe no nos aporta su conocimiento), como los conocimientos propios de las matemáticas, la física, la química,... -Verdades comunes a la razón y a la fe (a la filosofía y a la teología): el hombre está capacitado para, usando únicamente su razón, sin apoyo de la revelación, llegar a conocer ciertas verdades que, por otro lado, han sido reveladas por Dios. Estas verdades, asequibles de modo natural para el hombre y, sin embargo, reveladas, reciben el nombre de preámbulos de la fe, por ejemplo, la existencia de Dios, del alma y del pecado. Esta zona de intersección entre razón y fe permite establecer entre ambas unas relaciones de complementación, de ayuda mutua: a) La razón puede ayudar a la fe: -demostrando los llamados “preámbulos de la fe” o, lo que es lo mismo, demostrándole al hombre que es racional creer; -ilustrando las verdades de la fe que son asequibles a la razón;


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-haciendo ver que los “misterios”, aquellas verdades de la fe que están por encima de la razón, no se oponen a la misma. b) La fe, a su vez, puede ayudar a la razón: -adelantándose a ella en la solución de los problemas, puesto que al hombre que utiliza sólo la razón para hacerlo, le cuesta mucho esfuerzo; -confirmando con la autoridad divina lo descubierto por el hombre; -actuando como criterio extrínseco de verdad. 4.4 GUILLERMO DE OCKHAM (S. XIV): LA OPOSICIÓN ENTRE LA RAZÓN Y LA FE Para Ockham únicamente se puede conocer aquello que puede ser intuido o experimentado, por lo tanto, Dios y todo lo que concierne a los artículos de fe no entran en la esfera de la razón. Aunque santo Tomás había diferenciado entre razón y fe, Ockham lo hace de una forma mucho más radical. Una y otra no se necesitan en ninguno de sus aspectos. Por un lado, la fe solo obedece a una especie de revelación de Dios y por tanto la razón no puede decir nada en esa esfera. Por otro, la razón, aun siendo un don entregado por Dios a los hombres, no puede tomar ningún postulado de la fe, apela a las facultades intuitivas del hombre, a su experiencia, para conseguir los conocimientos que le sean pertinentes. Así pues, en Ockham no se da simplemente una distinción entre razón y fe, sino una ruptura, una oposición radical entre ellas.

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