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En estado permanente de Misiรณn


El dinamismo del Reino AMBIENTACION De nuevo, nuestra presencia en la celebración del Domingo es expresión de nuestra fe. En la celebración escuchamos la Palabra de Dios y participamos en la Fracciòn del Pan. Así fortalecemos nuestra fe y vamos colaborando para que la semilla del Reino, sembrada en nosotros, llegue a dar su buena cosecha, como nos enseña el Evangelio de este Domingo.

1. PREPARACION: Invoquemos AL ESPIRITU SANTO Ven, Espíritu Santo, ilumina nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad, para que podamos comprender, aceptar y vivir la Palabra de Dios. Ven, Espíritu Creador, visita las mentes de los tuyos; llena de la gracia divina los corazones que tú has creado. Llena con tu santo poder a todos los que nos acercamos a escuchar la Palabra para que sepamos orarla y vivirla y, guiados por ella, nos encontremos con Jesucristo vivo, para gloria del Padre. Que nos dejemos empapar por la Palabra de Dios para hacer más fecunda nuestra vida en relación con los demás y que nuestra vida produzca frutos de amor y de justicia. Amén.

2. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto? Ez. 17,22-24: «Todos los árboles silvestres sabrán que Yo soy el Señor» ¿Es que ha abandonado Dios a su pueblo? Acaso ya no cuida del árbol tan amorosamente plantado? No. Aquí es donde encajan las palabras prometedoras y esperanzadas del texto de Ezequiel. Lo que pasa es que Dios no quiere ni necesita el poder, la apariencia, el dominio. Dios no necesita un árbol estructural y externamente poderoso, aplastante, para realizar su obra. Se sirve de lo pequeño y de lo humilde, pero autentico; prefiere la confianza en su iniciativa a la autosuficiencia de las propias obras. Y se extenderá, no por el prestigio externo o el pacto con las potencias mundanas, sino por su sinceridad, su testimonio, su humildad, su fidelidad a Yahvé-Dios.

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Los profetas hablaban sobre muchas cosas, pero su tema principal era siempre el futuro Mesías y su Reino. En la profecía de hoy, este tema principal viene nuevamente en la parábola de la pequeña rama plantada en la cima de la montaña. A su tiempo la rama crece y se convierte en un árbol noble y grande, visible para todos y dando la bienvenida a todos. Así será con el Reino de Dios.

Sal. 92(91): «Es bueno dar gracias al Señor» Este salmo tiene tres partes: a) Himno de acción de gracias (2-6); b) Reflexión de corte sapiencial (7-15) y c) Conclusión con el tema del himno (16). Canta la alegría que se deriva de una vida estructurada para la alabanza. El salmista plantea sus días a la vera del Santuario de Dios. Aborda el tema de la justicia divina que premia el bien y castiga el mal, según los esquemas tradicionales. La suerte reservada a los impíos y a los justos revela la profundidad de los designios divinos que el insensato es incapaz de comprender. El impío crece como la hierba, sin consistencia; a diferencia de la solidez de la palmera y el cedro, símbolos del fiel. Sin plantear expresamente el problema, el salmo quiere dar una respuesta a los interrogantes que suscita el aparente triunfo del mal.

2Cor. 5,6-10: «Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo» San Pablo compara el camino de nuestra vida con el sendero que debe seguirse desde el exilio a la tierra prometida que es el permanente encuentro con Cristo. Este viaje desde el exilio está en penumbra, guiado por la fe e inspirado por la esperanza, conduciéndonos por las huellas de las buenas obras. Pablo se nos presenta aquí como un hombre fatigado, sin éxitos humanos, tentado de abandonar el campo de batalla (v. 8). Sería mucho más sencillo morir para dejar de sufrir y estar para siempre con Cristo. Pero esto, piensa el Apóstol, sería en parte un huir de la realidad. La verdadera tarea del creyente es vivir en la fe, continuar la lucha en la esperanza, esforzarse por agradar a Dios y no por alagar a los hombres. Lo contrario sería correr el riesgo de presentarse ante el Señor el día del juicio con las manos vacías. Ayer como hoy la Iglesia tiene la tentación de renunciar a su misión. Unas veces huye de la realidad; otras veces busca seguridades humanas: dinero, concordatos, alianzas con los poderosos. Con frecuencia cree agradar a Dios con oro y plata, con aparatosas manifestaciones, con complicados ritos... Pero a Dios no le interesa nada de esto. Nos juzgará por lo que hayamos hecho en favor o en contra de la misión verdadera y de la verdad del evangelio. La opción de la Iglesia por la tarea evangelizadora no es otra que la opción por el Evangelio, por el anuncio humilde y fiel de la Palabra de Dios para provocar la conversión de corazón de los hombres. Según la Palabra de Dios, esta tarea exige a la Iglesia: renunciar a la apariencia externa, a las alianzas con los poderes del mundo, al éxito humano, a lo simplemente ritual, a poner la meta en el número de adscritos, a no tener en cuenta la Palabra de verdad y de justicia que germina en tantos corazones sinceros... En estado permanente de Misión


Exige igualmente humildad de medios, reconocimiento de su impotencia, confianza en Dios, constancia en la lucha, paciencia en la realización de la tarea... La Iglesia vuelve a ser «resto». Es un nuevo comienzo para que la semilla se haga árbol grande, auténtico, con frutos verdaderos. La evangelización es una llamada a la autenticidad de la conversión y de la misión en el mundo, según el Evangelio.

Mc. 4,26-34: «La semilla germina y crece sin que el agricultor sepa cómo» EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN MARCOS R/. Gloria a Ti, Señor 26

En aquel tiempo, Jesús decía (a la multitud): Así es el Reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; 27 y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. 28 Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; 29 y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado. (Mt 13,31s; Lc 13,18s) 30

Decía también: ¿A qué haremos semejante el reino de Dios, o con qué parábola lo compararemos? 31 Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra. (Mt. 13,34) 33

34

Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír. Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos en particular les declaraba todo.

Palabra del Señor. R/. Gloria a Ti, Señor Jesús.

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Re-leamos LA PALABRA para interiorizarla a) Contexto: Mc. 4, 1-14 El capítulo 4 de Marcos recoge las parábolas del Reino y es uno de los escasos “discursos” de Jesús en este evangelio. Después de la parábola del sembrador (4,3-9), la justificación de hablar así (4,10-12) y la explicación de aquella parábola (4,13-20), una pequeña escena de transición con dos dichos de Jesús (4,21-25) da paso a dos pequeñas historias que acontecen todos los días en la vida de todos nosotros: la del «campesino perseverante» (vv. 26-29: esta paràbola es propia de Marcos) y la del grano de mostaza (vv. 30-32), que se encuetra en los tres Sinópticos: Mt. 13, 31-32 y Lc. 13, 18-19; y sigue la conclusión de las parábolas (vv. 33-34). Después viene el episodio de la tempestad calmada (4,35- 41). Jesús continúa en tierras galileas ejerciendo su misión de hacer presente la soberanía de Dios, el «Reino de Dios», mientras tiene que afrontar la hostilidad de las autoridades, el rechazo de familiares y paisanos y la incomprensión de sus discípulos. b) Organización del texto: vv. 26-34 El texto presenta tres unidades: - la primera parábola (vv. 26- 29), centrada en el crecimiento del Reino de Dios, que pasa de simiente a fruto sin que intervenga ese hombre con el que se compara el Reino (¿una referencia al propio Jesús que está rodeado de dificultades en su misión, pero que confía completamente en ella?); - la segunda parábola (vv. 30-32), centrada en el crecimiento progresivo (¡aunque modesto!) del mismo Reino, comparado ahora con una semilla de mostaza; - la conclusión de las parábolas (vv. 33-34), con un papel especial y privilegiado para los discípulos, que reciben una instrucción privada de Jesús. c) Comentario: Jesús toma ejemplos de la vida cotidiana para hablar de la presencia del Reino de Dios en la misma. Contempla la realidad con una profundidad que le permite rastrear las huellas de Dios en la historia. Nos enseña a mirar con nuevos ojos nuestra propia vida y descubrir en ella las llamadas de Dios, su presencia fecunda. ¿Cómo leemos lo que pasa? vv. 26-29: La historia de la semilla que crece por sí misma. La primera parábola nos presenta a Dios como el agricultor que siembra con esmero (cfr. Mc. 4, 3 = parábola del sembrador), un agricultor que siembra y espera pacientemente a que la semilla dé frutos. Hace su trabajo, pero todo no depende de él. Son como los dos aspectos de nuestra vida cristiana: tarea y don / don y tarea. Exige nuestro compromiso, pero también nuestra confianza. También está presente la idea del proceso: semilla, brote, hoja, espiga y grano. En estado permanente de Misión


A veces, los frutos aparentes son falsos. El verdadero fruto está escondido, se produce en aquéllos que habíamos despreciado como «malos». Dios actúa y juzga de una manera distinta a como lo hacemos los hombres. Después de preparar la tierra con todo cuidado, ¿qué puede hacer el labrador una vez que ha sembrado la semilla? No puede hacer más que echar azadón y arrancar las malas hierbas. Y luego esperar pacientemente hasta el tiempo de la cosecha. El

agricultor que planta conoce el proceso: semilla, fino hilillo verde, hoja, espiga, grano. El agricultor sabe esperar, no siega el grano antes de tiempo. Pero no sabe cómo la tierra, la lluvia, el sol y la semilla tienen esta fuerza de hacer crecer una planta de la nada hasta la fruta. Así es el Reino de Dios. Es un proceso con etapas y momentos de crecimiento. Sucede en el tiempo. Produce fruto en el momento justo pero ninguno sabe explicar su fuerza misteriosa. ¡Ninguno, ni aún el dueño! ¡Sólo Dios! Jesús sembró la semillas de amor y justicia, pero los resultados se mantienen pobres. Sin embargo nosotros perseveramos pacientes, como Dios es paciente, y no nos rendimos. El Reino florecerá. Mientras tanto, cada uno de nosotros es una semilla, con poder para crecer. Tengo que llegar a ser un árbol y hacer crecer las ramas en las que otros pueden encontrar abrigo y protección. Con la ayuda de Dios debo llegar a ser un árbol que limpia el aire sofocante de forma que otros puedan respirar y vivir. vv. 30-32 : La historia del pequeño grano de mostaza que crece y se hace

grande. La segunda comparación es con un grano de mostaza que crece y se vuelve capaz de albergar los nidos de los pájaros. También está presente la imagen de un crecimiento «misterioso», «providencial», pero se destaca esa capacidad de albergar nuevas vidas. La semilla de mostaza es muy común en Palestina, de modo particular junto al lago de Galilea. Es conocida por su singular pequeñez. En Lc 17,6 Jesús usa esta imagen para expresar su esperanza de que sus discípulos tengan un mínimo de fe: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza…». Esta parábola tan sencilla compara dos momentos de la historia de la semilla: cuando es enterrada (los inicios modestos) y cuando se hace un árbol (el milagro final). Por tanto, la función del relato es explicar el crecimiento extraordinario de una semilla que se entierra en el propio jardín, a lo que sigue un crecimiento asombroso al hacerse un árbol. Al igual que esta semilla, el Reino de Dios tiene también su historia: el Reino de Dios es la semilla enterrada en el jardín, lugar que en el Nuevo Testamento indica el lugar de la agonía y de la sepultura de Jesús (cfr. Jn 18,1.26; 19.41); sigue después el momento del crecimiento en el que llega a ser un árbol abierto a todos. Así es el Reino. Comienza

muy pequeño, crece y extiende sus ramas.

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Jesús no explica la historia. Aquí vale lo que dice en otra ocasión: «Quien tenga oídos para oír, que oiga». Es decir: «¡Ustedes han oído, y ahora traten de entender!» A nosotros nos toca descubrir lo que esta historia nos revela sobre el Reino de Dios presente en nuestras vidas. Así, por medio de esta historia del grano de mostaza, Jesús provoca nuestra fantasía, pues cada uno de nosotros entiende algo de siembra. Jesús espera que las personas, nosotros todos, comencemos a compartir lo que cada uno descubre. (a) Jesús dice: "El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza“. El Reino no es algo abstracto, ni es una idea. Es una presencia en medio de nosotros (Lc 17,21). ¿Cómo es esta presencia? Es como el grano de mostaza: presencia bien pequeña, humilde, que casi no se ve. Se trata de Jesús mismo, un pobre carpintero, andando por Galilea, hablando del Reino a la gente de las aldeas. El Reino de Dios no sigue los criterios de los grandes del mundo. Tiene otro modo de pensar y de proceder. (b) La parábola evoca una profecía de Ezequiel, en la que se dice que Dios hará brotar una pequeña rama de cedro y la plantará en las alturas de la montaña de Israel. Este pequeño brote de cedro: «echará ramas y producirá frutos, y se convertirá en un magnífico cedro. Pájaros de todas clases anidarán en él, habitarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado, hago secar al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».(Ez 17,22-23). (c) El grano de mostaza, aún siendo pequeño, crece y suscita esperanza. Como el grano de mostaza, así el Reino tiene una fuerza interior y crece. ¿Crece cómo? Crece a través de la predicación de Jesús y de los discípulos y de las discípulas, en los poblados de la Galilea. Crece, hasta hoy, a través del testimonio de las Comunidades y se vuelve Buena Noticia de Dios que irradia y atrae a la gente. La persona que llega cerca de la Comunidad, se siente acogida, en casa, y hace en ella su nido, su morada. Al final, la parábola deja una pregunta en el aire: ¿quiénes son los pajarillos? La pregunta tendrá respuesta más adelante en el evangelio. El texto sugiere que se trata de los paganos que van a poder entrar en el Reino (cfr. Mc.7,24-30). vv. 33-34:

Jesús explica la parábola a sus discípulos. En casa, solos con Jesús, los discípulos quieren saber el significado de la parábola. No la han comprendido. Jesús se queda atónito ante su ignorancia (Mc 4,13) y en aquella ocasión responde con una frase difícil y misteriosa. Dice a sus discípulos: «A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; sin embargo, a los de fuera todo viene expuesto en parábolas para que miren pero no vean, escuchen pero no entiendan, para que no se conviertan y sean En estado permanente de Misión


perdonados!». Esta frase mueve a la gente a preguntarse: Entonces ¿de qué sirve la parábola? ¿Para aclarar o para ocultar? ¿Puede ser que Jesús se sirva de la parábola con el fin de que la gente continúe viviendo en la ignorancia y no llegue a convertirse? !Por supuesto que no! Porque en el evangelio de hoy Marcos dice que Jesús usaba las parábolas «de acuerdo a lo que podían oir» (Mc 4,33). ¡La parábola revela y esconde al mismo tiempo! Revela a aquéllos que están dentro, que aceptan a Jesús, Mesías Siervo. Esconde a aquállos que insisten en considerarlo el Mesías, el Rey grandioso. Estos comprenden las imágenes de la parábola pero no llegan a aceptar su significado.

3. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE el texto? Algunas enseñanzas sobre la naturaleza del Reino: Primero: El Reino (su crecimiento completo) es en el futuro (vida eterna). Pero asimismo, el Reino es una realidad presente (una creciente semilla), inspirando nuestra esperanza, y expresando los actos de Jesús y su presencia entre nosotros. Segundo: El crecimiento del Reino en la historia, en las sociedades y en nuestros corazones, viene de la gracia de Dios (aun si nos quedamos dormidos). No puede, por lo tanto, ser detenido. El Reino crece silenciosa y misteriosamente, así como el trabajo de la gracia y de la conversión en la humanidad. No siempre puede ser verificado. Por lo tanto, la evangelización siempre dará frutos, aunque en el crepúsculo y a través del camino de la cruz. Jesús deja en la tierra la semilla del Reino de Dios. Una fuerza secreta, divina, lo hará crecer hasta su total desarrollo y perfección. Entonces volverá Cristo para la siega (A. 14, 15). Debemos, por tanto, confiar en la virtud de la semilla. Y no debemos atribuirnos a nosotros su vitalidad. Nos lo dice maravillosamente uno de los mejores trabajadores que ha tenido el Reino de Dios, San Pablo: «Ahora bien: ¿Qué es Apolo? ¿Que es Pablo? Ministros por medio de los cuales recibieron ustedes la fe; cada uno según la medida que Dios le otorgo. Yo plante, Apolo rego. Pero era Dios quien obraba el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo ni el que riega, sino el que hace crecer, Dios» (1Co. 3, 5-7). Esta parábola a más de mantener en humildad a cuantos trabajan en el campo del Señor, nos dará serenidad y esperanza: «Somos colaboradores de Dios», recuerda San Pablo a todo Apóstol. «Y ustedes son labranza o campo de Dios», dice a los fieles (1Co. 3, 9). El Reino de Dios, la Iglesia de Cristo, siempre humilde y sin apoyos humanos, tiene una riqueza y una virtualidad divina que la capacitan para vigorizar a cuantos a ella se

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acojan. Este Reino nada tiene de espectacular. Su fuerza es recatada, silenciosa, pero irresistible.

Aprendamos a tener paciencia: Vivimos en un tiempo en el que se espera siempre eficiencia y resultados inmediatos. Pero una planta o un árbol necesita tiempo para crecer; y las relaciones humanas no pueden construirse, ni nuestros problemas resolverse, de la noche a la mañana. También la gente necesita tiempo para crecer y cambiar. Afortunadamente, Dios es paciente con nosotros. Pero nosotros debemos ser pacientes unos con otros y, con la ayuda de Dios, permitir a los demás, a la Iglesia, al Reino de Dios de justicia, amor y paz, el tiempo necesario para crecer. Nosotros justamente podemos solo sembrar la semilla y, a continuación, esperar con confianza. Si sembramos buena semilla, ciertamente crecerá. Jesús nos asegura que brotará y que dará fruto.

El valor de las cosas pequeñas. Tres enseñanzas importantes que encontramos en el Evangelio de hoy:

a) Lo normal son las cosas pequeñas Estamos acostumbrados a ver y escuchar a personajes famosos y ricos; a que se hable de proyectos y resultados importantes y fascinantes; de grandes cambios para transformar el mundo; grandes problemas que nos desbordan, pero que hay que acometer. Ante todo eso nos sentimos, por eso, pequeños, individuos pobres, impotentes. El Señor nos advierte que los grandes proyectos y los grandes protagonistas son la excepción. Lo normal son las cosas pequeñas como el grano de mostaza. Eso es lo que conforma nuestro vivir diario. No podemos hacer cosas grandes y excepcionales, pero podemos hacer que nuestras obras pequeñas, cotidianas, esten llenas de bondad. Podemos ser sembradores de amor, de ilusión, de solidaridad, perdón, alegría, esparciendo las innumerables semillas de bondad en nuestro entorno. Si todos hiciéramos lo mismo cambiaríamos el mundo con más fuerza y energía que las grandes empresas.

b) Nos parece que eso no sirve para nada. Nos cansamos de ser buenos y de que todo siga igual. Tenemos prisa en ver los resultados de nuestro trabajo y nos parece que todo depende de nosotros, y nos sentimos frustrados si no salen las cosas como nos parece a nosotros.

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Nosotros hemos de ser como el labrador que siembra, pero que sabe esperar y contempla, como a su tiempo, la semilla crece y da fruto. Eso es una forma de humildad, de paciencia, y confianza. Hemos de saber esperar y dar tiempo al tiempo; saber confiar en que el Señor es el que hace crecer y que el tiene mas empeño que nosotros en cambiar el mundo y los hombres. Hemos de estar convencidos de la fuerza transformadora del Espíritu y dejar que todo transcurra según el tiempo de Dios.

c) La salvación es universal para todos los hombres, los pájaros pueden anidar en el arbol en el que se ha convertido la mostaza. Nosotros ponemos freno a la universalidad de Dios cuando decimos: A ese no, y la distancia que margina impide que a ese o a esos les llegue la semilla de la bondad. A ese no, y no vemos lo bueno de cada hombre. Hemos de colaborar con el bien, venga de donde venga, porque todo lo verdaderamente bueno viene de Dios. Hemos de acoger a todos y no marginar ni excluir a nadie de la acción de Dios. Que sepamos valorar las pequeñas acciones hechas con amor. Que aprendamos a ser pacientes y dejemos actuar a Dios. Que dejemos actuar al Espíritu para que demos frutos de buenas obras, que colaboren en la construcción del Reino y a la transformación del mundo.

El árbol frondoso Desde Natán los Profetas mantienen viva la esperanza del Rey Davídico, del Vástago de David que establecerá en la tierra el Reino Mesiánico. Esta profecía de Ezequiel nos lo confirma: Ezequiel, testigo del mayor desastre de la Historia de Israel, ve el árbol real de David caído en tierra, destrozado por los leñadores: «La Casa de David era árbol frondoso. Mas fue arrancado con furor, abatido en tierra. Se secaron sus ramas. Las devoró el fuego. No queda una sola rama fuerte, ni un cetro para reinar» (Ez. 19, 1. 11). Nabucodonosor arrasó la ciudad de Jerusalén con su Templo y Palacio Real. Deporto a Babilonia toda la familia davídica. Pero pronto la elegía de Ezequiel se trueca en canto de gozo. Dios toma un vástago de la familia davídica: «Y lo plantaré Yo mismo sobre un monte alto y excelso. Sobre la montana elevada de Israel, y lo plantaré; y dará fruto; y se hará cedro majestuoso; y se acogerán a él todas las aves de toda pluma; y morarán a la sombra de sus ramas. Yo, Yahvé, lo he dicho y lo cumpliré» (Ez. 17, 22). En el plan de Dios el dolor, el destierro, la humillación van purificando de adherencias de terrena grandeza y poder, la esperanza del Rey Mesías, El Hijo de David no fundara un reino terreno, sino el Reino de Dios. En estado permanente de Misión


Jesús aprovecha esta profecía de Ezequiel para explicarnos el Reino de los cielos que El ha venido a fundar: «Es semejante el Reino de los cielos a un grano de mostaza...» (Mt. 13, 31-32). Cristo, Vástago de la Raíz de David (Ap 22, 16), es el árbol gigante que cobija a todos los hombres y a todos nos nutre.

4. ORACIÓN: ¿QUE LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS? Te damos gracias, Padre, y te bendecimos, porque con la venida de tu Hijo Jesús ha empezado a llegar tu Reino. Por mediación suya has suscitado un movimiento misterioso de germinación, de gestación y de crecimiento. Jesús es la verdadera semilla del Reino, que, hundiéndose en la tierra profunda, va pujando, abriendo caminos de luz y de vida. Te damos gracias, Padre, porque en Jesús nos revelas la gran paradoja de la fe: sólo lo exiguo y pequeño tiene posibilidad de comulgar con la dinámica de tu Reino; no, en cambio, lo que ha dominado, lo que ha triunfado. Tus acciones admirables las realizas, no a través de Goliat, sino de David. El milagro del banquete que nos prometes no se prepara mediante la abundancia, sino por la modestia de los dos panes y los cinco peces. A pesar de todo, creemos en la fuerza de tu futuro y confesamos nuestra fe en el porvenir de la promesa. Que tu Hijo dé claridad a nuestros ojos y alumbre nuestros corazones para superar las apariencias de lo superficial y penetrar hasta las raíces de lo que tiene futuro y garantía de eternidad. Asiste a los pastores de tu Iglesia, para que orienten a los fieles al verdadero centro de todo. A Ti , Padre, la gloria y el honor, por los siglos de los siglos. Amén. En estado permanente de Misión


5. CONTEMPLACIÓN - ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA? El verdadero creyente ha de pensar siempre que su fe no es una adquisición que se conserva, sino un don de Dios que necesita crecer y extenderse. Podemos engañarnos pensando que tenemos verdadera fe, porque cumplimos con una serie de requisitos religiosos o de ritos. Pero nuestra fe no es autentica si, junto a esto, no existe la conversión profunda y radical por la verdad del Evangelio, por Cristo. Podemos ser cristianos bautizados, pero aún no plenamente convertidos. Vamos a examinar en estos momentos nuestra conciencia y a pedir perdón por la mediocridad de nuestra opción cristiana...

Relación con la Eucaristía En la Eucaristía, nuestra pequeña ofrenda humana («un pedazo de pan y un poco de vino = semilla de mostaza»), por la acción del Espíritu Santo, «sin que nosotros sepamos cómo», se convierten en el «Pan de Vida» y el «Vino de Salvación». Y ese Pan se parte y se reparte para la vida del mundo.

Para orar y vivir la Palabra: Algunas preguntas para meditar durante la semana 1. Una cosa es cierta: la Iglesia ha tomado conciencia y ha proclamado como tarea prioritaria para nuestro tiempo la «evangelización»: ¿no es este caso el aspecto nuclear de la misión que Cristo le ha encomendado? 2. ¿Qué exige e implica esta concepción de la Iglesia misionera? ¿Cómo ilumina esta opción la Palabra de Dios? 3. ¿Cómo es la semilla del Reino de Dios en nuestra vida? ¿Sentimos que vivimos en proceso, que nuestra vida cristiana crece y fructifica? 4. Nuestra experiencia cristiana tiene que ser centrífuga e inclusiva, abierta a los demás para ofrecer cobijo y protección. ¿Cómo hacer esto práctico en los tiempos de crisis que vivimos? 5. Piensa en experiencias en las cuales has sentido el Reino de Dios creciendo dentro de ti mismo.

P. Carlos Pabón Cárdenas, CJM.

Libro virtual: https://www.flipsnack.com/cpccjm2017/undecimo-domingo-ordinario-b.html

O también: https://issuu.com/cpc2017/docs/undecimo_domingo_ordinario_b En estado permanente de Misión

Undecimo domingo ordinario b  
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