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Paz, alegrìa y comuniòn AMBIENTACIÓN Hemos celebrado la Pascua del Señor Jesucristo: su paso por nuestro mundo. Él ha regresado a su Padre pero antes de partir ha pedido a sus discípulos esperar en Jerusalén la venida del Espíritu Santo. Acompañados de María cumplieron la consigna del Señor. Hoy, en esta solemnidad llamada Pentecostés, la Iglesia, nosotros que la constituimos, nos regocijamos y recibimos como aquellos discípulos el don del Espíritu de Dios. No sólo recordamos un hecho pasado y ya lejano, sino que vivimos un acontecimiento actual. La Iglesia vive en ese hoy perpetuo. Siempre es Pentecostés. Abramos nuestro corazón, nuestros hogares y Comunidades, la Sociedad en que vivimos a esta venida del Espíritu de Jesús. Ahora comenzamos a celebrar la Misión de la Iglesia, estimulada y fortalecida por la acción del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés es como la plenitud y la madurez de la Pascua. El Cirio Pascual, símbolo de la presencia de Jesús entre nosotros por su resurrección, queda apagado hoy para dar paso a la acción de la Iglesia por la fuerza del Espíritu. Si el Espíritu resucitó a Jesús, ahora despierta y llena de vida a la Comunidad cristiana y la empuja a desarrollar su misión con valor y fuerza apostólica. La Comunidad cristiana, que ha estado callada, silenciosa, se lanza a proclamar la resurrección de Jesús y su mensaje salvador a voz en grito en todas direcciones por la fuerza del Espíritu. Los textos de la Palabra de Dios que escuchamos en este Domingo nos dicen cuál es la actividad del Espíritu en la Iglesia y en el mundo a través de nosotros.

1. PREPARACIÓN: Invoquemos AL ESPIRITU SANTO Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetras las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vació del hombre si tu le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus sietes dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su merito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

2. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto? Hch. 10, 1-11: «Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar» La primera lectura es el relato bíblico de la venida del Espíritu, después de la Ascensión del Señor al cielo y nos proclama el primer Pentecostés de la Iglesia. Diez días después de la ascensión del Señor, en una manifestación divina, significada por el viento fuerte y por el fuego, el Espíritu de Dios colma el corazón de los discípulos. El Espíritu viene como fuego, significando que Él quiere purificar y transformar en amor los corazones de los discípulos de Cristo. El contenido de esta lectura relata un hecho trascendental: el nacimiento de la Iglesia al serle comunicado ostensiblemente el Espíritu de Dios que la convierte en Comunidad viva y operante. La descripción que Lucas hace del acontecimiento, precisamente en la ambientación de la festividad judía que se celebra, la de Pentecostés (la Alianza del Sinaí), está revestida de unos símbolos tomados del Antiguo Testamento, típicos de las teofanías: ruido, viento recio, fuego... La contraposición es clara: hoy queda sellada una nueva alianza y una nueva ley; la antigua queda derogada y reducida a promesa que ahora queda cumplida. En el Sinaí se manifestó Dios; en esta Nueva Alianza el Padre se manifiesta por su Espíritu, por el poder mediante el cual Dios actúa en el mundo, por la energía divina que impulsó a los profetas de todos los tiempos y muy especialmente al Profeta Jesús, de cuya plenitud fue prueba inequívoca su Resurrección. El hecho central del que lo anterior es marco y lo posterior consecuencia queda expresada en las palabra de Lucas: «Se llenaron todos de Espíritu Santo» (v. 4). El misterio de Cristo queda culminado con la efusión del Espíritu varias veces prometido y anunciado. Este Espíritu es el unificador de la Iglesia, el motor y la savia de la Comunidad naciente, el guía del nuevo Pueblo y de cada cristiano.


Están reunidos como Comunidad del Señor, no sólo los Apóstoles, sino esos 120 discípulos de que nos habla el libro de los Hechos (cfr. Hch. 1, 15b). Entre ellos, como primera discípula, está María, la Madre de Jesús. El Espíritu hace nacer la Iglesia de Jesucristo. De inmediato esa Iglesia se proyecta hacia el mundo. En ese día hay hombres de todas las regiones conocidas en ese entorno. Doce lugares, que representan una totalidad, afluyen a donde están los discípulos. Para ellos también ha venido el Espíritu de Dios. A pesar de su diversidad de origen, de lenguas y de razas encuentran una profunda unidad. Todos escuchan y entienden la Palabra divina, todos se hacen hermanos. Dios tiene un solo lenguaje para todos. Es la revelación del designio divino para ellos, lenguaje único de amor y misericordia divina que los reúne, los cobija, los hace uno en la diversidad. Lenguaje del amor que todos entienden como propio. Escuchan, aceptan, preguntan el camino y se hacen bautizar colmados de gozo. Allí está el Espíritu en acción haciendo crecer a la Iglesia. La dispersión que los diferentes idiomas producían entre gentes de «todas las naciones de la tierra» queda superada por la presencia del Espíritu que otorga «el don de lenguas» (la «glosolalia») que les permite a todos escuchar en su propia lengua «las maravillas de Dios» (v. 11).

Sal. 104(103): «Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra» Inspirado en un modelo egipcio de himno al sol (del tiempo de Akenatón), el salmo 104(103) canta la grandeza de Dios en la naturaleza: en lo grandioso y en lo sencillo. «Es un himno a Dios por la creación, no de la creación» (P. A. Schókel). Aquí las creaturas no son invitadas a bendecir, a alabar al Señor como en el salmo precedente (cfr. Sal. 103(102). Las creaturas están llenas de Dios y lo revelan. En la primera página de la Biblia, Dios es un creador trascendente. Desde fuera da órdenes, impone nombres, crea especies, les impone un impulso generador, y se retira a descansar. En este salmo Dios queda dentro del universo y se sigue ocupando de sus creaturas. Si Dios se durmiera, despertaría sin cosas. En este salmo todo está en movimiento. «Yahvé crea el mundo como un arquitecto. Como un padre de familia, extiende la lona que cubre la tienda de campaña. Como un jefe de un ejército, increpa a las aguas y éstas se retiran. Como un sabio agricultor, abre acequias para que las aguas rieguen los campos y den de beber a los animales. Como un padre de familia, distribuye sus bienes y sus dádivas» (Kraus). La intención del autor es clara: que todo el mundo quede abierto a Dios y que el hombre pase de la admiración a la adoración. «El Salmo 104(103) es un teatro donde todos los personajes se mueven en relación con Dios» (G. Doré).

1Co. 12, 3b-7.12-13: «Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu» Unos años más tarde san Pablo escribe a la Iglesia de Corinto. Para todos el Espíritu de Dios es ya una experiencia familiar. Su primera afirmación es categórica: «Nadie puede


decir "Jesús es el Señor" si no es movido por el Espíritu Santo». La máxima expresión de fe que encierra esa afirmación no es fruto de un aprendizaje humano, de una catequesis, de un estudio sino del poder actuante del Espíritu en el corazón del discípulo. Ese Espíritu es rico en dones, se manifiesta diversamente: en la enseñanza, en la dirección, en toda forma apostólica pero el Espíritu reúne a todos y les da la necesaria unidad de la experiencia cristiana. El Espíritu diversifica pero también reúne. Están consagrados todos por el Bautismo para constituir un solo cuerpo. Todos hemos bebido de un solo Espíritu. El Espíritu hace vivir la Iglesia según el proyecto de Dios, el Padre de los cielos. S. Pablo vuelve sobre la misma idea: el Espíritu Santo que une a los miembros de la Iglesia en un cuerpo. Pero por cuanto el Espíritu es en alto grado Espíritu de renovación y creatividad, el Cuerpo de la Iglesia no es uniforme, sino que sus miembros están llenos de diferentes vocaciones, gracias y cualidades. Esto es también don del Espíritu, que hace converger todas estas gracias para el bien común. En este texto S. Pablo explica algunos de los efectos del Espíritu Santo en la Iglesia: Primero, el Espíritu es lazo de unidad: somos un Cuerpo en Cristo, aunque somos diferentes y tenemos funciones diferentes en este Cuerpo, que es la Iglesia. Segundo, el Espíritu concede a cada miembro de la Iglesia un don o cualidad particular para el servicio del resto y para el bien común. Desde su manifestación en Pentecostés, el Espíritu no cesa de actuar en la Iglesia. Su actividad y sus manifestaciones son multiformes. De Él proceden todo don y toda acción buena. No pretendemos controlar ni manipular al Espíritu, puesto que «sopla donde quiere» con absoluta libertad. Sus carismas son diversos y diversamente repartidos. Sin embargo, esta diversidad se unifica en el único Espíritu que los distribuye y hacia la única finalidad por la que se otorgan: la común utilidad y la edificación de la Iglesia como el solo Cuerpo de Cristo. Si todo, pues, procede del mismo Espíritu y está dirigido al bien común de todos, no caben entre los cristianos antagonismos ni emulaciones; nadie puede presumir que posee en plenitud ni en monopolio al Espíritu de Dios. Si Dios «obra todo en todos» a través de su Espíritu, los cristianos nos complementamos mutuamente unos a otros realizando entre todos la Iglesia, Cuerpo de Cristo, puesto que todos los creyentes «hemos bebido de un solo Espíritu» (v. 13).

Jn. 20,19-23: «Como el padre me envió, así también los envío Yo»

EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN R/. Gloria a Ti, Señor (cfr. Mt. 28,16-20; Mc. 16,14-20)


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Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. 21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo los envío». 22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

Palabra del Señor. R/. Gloria a Ti, Señor Jesús. Re-leamos la Palabra para Interiorizarla a) Contexto: Estamos en el así llamado «libro de la resurrección» donde se narran, sin una continuidad lógica, diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado y los hechos que lo prueban. Estos hechos están colocados, en el IVº Evangelio, en la mañana (Jn. 20,1) y en la tarde (Jn. 20, 19) del primer día después del sábado y ocho días después, (Jn. 20, 26), en el mismo lugar y día de la semana. Jesús es el enviado del Padre. Él también nos envía. La disponibilidad de «andar» proviene de la profundidad de la fe que tenemos en el Resucitado. ¿Estamos preparados para aceptar su «mandato» y a dar la vida por su Reino? Este pasaje no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto (testimonio de Tomás), sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia.

b) Comentario: v. 19: … puertas cerradas… saludo de paz Entra hasta donde están los discípulos encerrados y cautivos del miedo. Para él no hay barreras ni impedimentos. Viene a desterrar el temor de sus corazones. Su saludo es la paz, es la plenitud del don divino que a partir de ahora los colma. El primer fruto de esa experiencia de Jesús es el gozo cristiano y la serenidad de la vida . =>: Las «puertas cerradas por miedo a los judìos»: hay una atmòsfera de miedo. No ha sido suficiente el anuncio, no bastan los signos, se necesita algo más. El miedo se expresa con la imagen de las puertas cerradas:miedo y encierro van juntos (cfr. Gn. 3, 10: «Tuve miedo y me escondí»). Mientras la alegrìa es la madre de la comunicaciòn, de la apertura, del impulso hacia los demàs, el miedo está a la base del cierre sobre sì mismo. Para el Señor Resucitado no hay puertas cerradas que le impidan entrar en la Comunidad.


El pertenece al mundo nuevo y para él no hay obstáculo que le cierre el paso hacia el hombre. Esta increíble aparición confirma su increíble resurrección. Su anuncio es la paz. Pero no la paz precaria de que solemos hablar los hombres. Paz hecha de compromisos, limitaciones y opresiones. La paz que él trae es la de Dios: toda barrera entre Dios y nosotros ha sido derrumbada. Esa paz supone la posesión de los bienes que Dios tiene destinados para el hombre, incluso desde nuestra peregrinación actual. El bienestar, la salud, el trabajo, la convivencia generosa entre todos hacen parte de esa paz. Pero ella encierra mucho más: la seguridad del amor que Dios nos tiene, su misericordia siempre pronta a perdonar, su paciencia infinita con nuestras caídas, el dársenos él mismo en el misterio de su gloria eterna.

v. 20: «Dicho esto, les mostró las manos y el costado» Es decir, les mostró sus estigmas, sus llagas. «Y los discípulos se alegraron al ver al Señor»: .no se asustan, no sienten repugnancia por los signos de la Pasión, por las llagas, sino que se alegraron por la alegría del Crucificado Resucitado. Juan muestra que el misterio pascual es una unidad. El evangelio subraya que la presencia de Jesús es real, pero distinta de la de antes, y que este Jesús Resucitado es el mismo que fue crucificado: la resurrección no quita nada de lo absurdo y del sufrimiento de la muerte, sino que nos hace ir más allá, nos la hace mirar con otra esperanza. Jesús puede dar aquella paz que proviene de dar la vida. Jesús resucitado, dador de la paz, lleva la alegría. Quizá podríamos decir: al principio de la comunidad hay ya alegría…

v. 21: «Como el pade me enviò, Yo los envìo» Una consecuencia del don del Espìritu Santo es la misión: todo aquel que ha recibido el Espíritu se convierte inmediatamente en testigo y en apóstol. Se transforma en luz con la que hay que iluminar, en fuego para incendiar la frialdad del mundo. Es el Espíritu que vivifica y hace misionera a la Iglesia. Esta escena de envío y misión tendrá su complemento y comprensión en Pentecostés, cuando por la fuerza del Espíritu los apóstoles entenderán el alcance de la encomienda de Cristo, penetrarán profundamente en su misterio y descubrirán claramente el sentido de su propia vocación de enviados. «Como el Padre me envió, así los envío yo»: En este Evangelio nos relata Juan en la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, la solemne transferencia de la misión recibida del Padre en favor de los apóstoles.

v. 22: «Reciban el Espíritu Santo» Empieza una nueva creación. Así como Dios había alentado sobre aquella figura de barro para darle la vida, Jesús da el Espíritu a los discípulos para que tengan su misma vida, una vida que se caracteriza por la reconciliación, por la capacidad de ser corderos de Dios que quitan el pecado del mundo a base de dar la propia vida por amor y con plena libertad.


San Juan en su evangelio une estrechamente el don del Espíritu Santo a la misma resurrección del Señor. Para él en el mismo día en que resucitó, Jesús glorioso, da a sus discípulos el Espíritu Santo. También expresa el Señor la presencia del Espíritu a través del soplo con que cobija a los discípulos. Alguna tribu africana, ante la carencia de la palabra espíritu en su lenguaje, escogió hablar de la Santa Respiración de Dios. Y para que la misión confiada tenga un aval de autoridad y poder, también de forma solemne, les otorga la facultad divina de perdonar o retener los pecados (por ejercerla Jesús fue acusado de blasfemo por los fariseos).

«Exhaló su aliento»: En este ceremonial sacramental Jesús realiza un gesto simbólico: soplar sobre ellos. Es un gesto significativo de inspiración vital (cfr. Gn. 2, 7 y Sb. 15, 11) y nueva creación. Ese hálito que Cristo comunica es su Espíritu: «Reciban el Espíritu Santo», portador de las facultades que les otorga. v. 23: «A quienes le peedonen los pecados, les quedan perdonados…» Otra consecuencia del Espíritu es el poder concedido por Jesús a sus discípulos de perdonar los pecados. Derribar esa barrera que se levanta entre Dios y nosotros. De modo especial el perdón es don propio de la resurrección. Por ella Dios abre la puerta del mundo nuevo inaugurado en Cristo resucitado, mundo al que todos estamos invitados. Todo cuanto obstaculiza nuestra entrada allí, todo alejamiento voluntario de quien es la fuente de la Vida eterna, toda soberbia y enfrentamiento insolente ante Dios, todo debe desaparecer. Dios reviste a su Iglesia, representada por los discípulos, de la capacidad de perdonar en su nombre. Pero también existe la posibilidad de que ese poder de misericordia se frustre, por causa nuestra. Que obstinadamente queramos permanecer en la lejanía y la enemistad hacia Dios. La Iglesia, siempre abierta al perdón, será el reproche constante ante los ojos y el corazón de quien quiere permanecer pecador.

3. MEDITACIÓN: ¿QUE NOS DICE el texto? La paz y del perdón El Evangelio nos recuerda que la paz y el perdón son dones y efectos del Espíritu Santo. Son también una dimensión de la unidad y fraternidad en la Iglesia y en la sociedad. La paz proviene de una fraternidad solida y bien establecida. La fraternidad proviene de la práctica de la justicia y la misericordia, que va más allá de la justicia. Cuando esta práctica es suficientemente estable, se arraigan la fraternidad y la verdadera paz.


Acentuemos, como lo hace el Evangelio, la importancia de la misericordia para edificar la fraternidad y la paz. La misericordia tiene que ver con el perdón y la reconciliación, muy aptamente expresado en el sacramento de la reconciliación-mencionado en el Evangelio- y en todo gesto y actitud humana que lleva a la reconciliación.

El Espíritu une y reconcilia El perdón y la reconciliación son particularmente urgentes en nuestros días. Muy obviamente en nuestra sociedad, pero igualmente en familias y en la convivencia humana en todos los niveles. La pura justicia no es suficiente, pues la justicia responde el dar a cada uno lo suyo, pero no llega al perdón. Y en la sociedad ha habido tanta injusticia, violencia y odio, que sin reconciliación y perdón la paz y la fraternidad no pueden ser restauradas. Ese es también el caso en muchas familias y relaciones personales. Estas son exigencias cristianas difíciles y a veces duras. Y cuando miramos la realidad humana, nos desanimamos. Una vez más, Pentecostés como la Fiesta del Espíritu creador de fraternidad y paz debería levantarnos el ánimo, y recordarnos que el perdón y la fraternidad son un don de Dios, antes que nada, y este don nos ha sido dado por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. La Iglesia animada por el Espíritu de Dios será el «instrumento» sacramental de salvación para el mundo: esto quiere decir que hace presente y visible la acción de Dios en la historia.

Dones para el bien común Esta presencia del Espíritu en la Iglesia exige de los creyentes, de cada uno de nosotros, una conversión y una transformación que facilite en los cristianos y en la Comunidad el incesante quehacer santificador del Espíritu. Todo lo que en la Iglesia disgregue, separe y desuna, es un pecado contra el Espíritu; todo lo que mate la caridad entre los hermanos, lo que fomente la enemistad entre los hombres, es ahogar el Espíritu y condenar a ineficacia a la Iglesia. Sólo quien deja en sí mismo y en la Comunidad eclesial amplios espacios de libertad para que el Espíritu actúe sin trabas, quien pone sus dones al servicio de la común utilidad y quien es capaz de agradecer a Dios los carismas de sus hermanos, aunque sean diferentes a los que él ha recibido, solo éste es el que ha comprendido el misterio de Pentecostés.

Bajo la acción del Espíritu A partir del bautismo, y robustecidos luego en la confirmación, el Espíritu Santo nos habita. No nos damos cuenta quizás de su presencia pero él está ahí. Cuando oramos él nos hace orar, cuando amamos cristianamente él nos hace amar, cuando nos llenamos de gozo y esperanza él está ahí, en lo íntimo de nosotros colmándonos de sus dones y sus


frutos. Cuando se nos enfría la fe y se nos oscurece la esperanza, cuando dejamos de amar y nos invade el desamor, cuando se nos hace tedioso orar es que nos hemos hecho reacios, infieles y duros a la acción del Espíritu. Pero él está ahí sin dejarnos, esperando la hora de nuestro regreso y nuestra apertura. En un mundo carente de amor y de solidaridad, sin unidad y conflictivo, pidamos al Espíritu que inunde con su amor que une y con su calor que reanima el corazón de todos hombres y mujeres de hoy. Sólo así será siempre Pentecostés, fiesta de gozo y de vida, de amor y de esperanza. No nos es posible desempeñar la misión que como cristianos tenemos en el mundo sin la fuerza de Dios. Es misión divina en el contexto de la fragilidad humana. Por eso necesitamos la presencia viva de Dios en nuestro acontecer de cada día. Que Dios impregne con su luz y su poder todo lo que vivimos. Nada ocurre en la historia de la salvación sin la presencia activa del Espíritu Santo.

PENTECOSTES es: - Confirmación de los Apóstoles en la FE: antes eran simpatizantes, cercanos, dispuestos a seguirlo, pero no eran verdaderamente “creyentes”. Por eso el hecho de la muerte acabó con su entusiasmo y los dispersó, los encerró en el miedo (Jn. 20,19). Ahora, el Espíritu los hace «creyentes» y testigos (cfr. Lc. 24,48; Hch. 1,8; 2, 32; 3, 15; 10, 39). - Nacimiento de la Iglesia: antes eran «grupo» pero no verdadera «comunidad», y se dispersaron a partir del hecho de la muerte de Jesús: unos se quedaron en Jerusalén, pero encerrados (Jn. 20,19) y otros decidieron huir de Jerusalén (Lc.24, 13ss.). Ahora, el Espíritu los reúne, los congrega, por encima de las múltiples diferencias de raza, cultura, idioma, costumbres, y los convierte en «Comunidad» (Hch. 2, 4.7-12). - Comienzo de la Misión: antes estaban «encerrados», con miedo.... Ahora el Espíritu los saca del encerramiento y los envía al mundo a proclamar el Evangelio (Jn. 20, 21-22).

4. ORACIÒN: ¿QUE LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS? Padre todopoderoso y eterno, hoy queremos bendecirte por algo especial: por el don del Espíritu Santo que mediante tu Hijo concedes al mundo. Lo hiciste al principio, cuando incubabas el universo en el calor del Espíritu, para que naciera un mundo de luz y de vida, que pudiera albergar al ser humano. Te damos gracias, porque mediante tu Espíritu lo sigues creando, conservando y embelleciendo.


Te bendecimos por haber puesto tu Espíritu en el hombre y en la mujer, y por el don continuo que de Él has hecho en la historia: Espíritu de fuerza en los jueces y gobernantes, Espíritu rector en sus reyes fieles, Espíritu de sabiduría en todos aquéllos que mostraban tu Ley y tu camino. Te alabamos por la acción de tu Espíritu en los profetas, que lo anunciaron como don interior y universal, para cuando Tú lo derramaras sobre toda carne, purificándola y dignificándola. Te bendecimos y damos gracias, sobre todo, por Jesucristo, lo mejor de nuestro mundo, el Ungido, lleno de tu Espíritu desde el seno de María. Por tu Espíritu lo condujiste al desierto, con su fuerza implantaba el Reino, evangelizando a los pobres, ayudando y fortaleciendo a todos, sirviendo y amando, Has querido que el Espíritu, que llenaba a tu Hijo, se transmitiera a toda la humanidad y creación. El lo comunicó a sus apóstoles el día de Pascua y lo envió a su comunidad reunida para hacerla testigo suyo en todos los lugares y tiempos. Concédenos que, como tantos santos, con los que ahora nos sentimos unidos, seamos por el Espíritu, testigos de Cristo en todo momento. Que el Espíritu nos de fuerza para luchar por la verdad, la justicia y el amor, luz para comprender a todos, ayuda para servir, profundidad para amar, paciencia para esperar. Amén.


5. CONTEMPLACIÓN - ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA? La Iglesia hoy, en la festividad de Pentecostés, reflexiona en comunidad a la luz de la Palabra de Dios, sobre su propia alma y principio vital: el Espíritu Santo. Esta verdad fundamental de nuestra fe no siempre es bien entendida entre los cristianos. Con frecuencia lo reducimos a interioridades piadosas de ámbito contemplativo; pero Pentecostés es primaria y fundamentalmente un acontecimiento eclesial comunitario. Esta acción del Espíritu Santo en nosotros con frecuencia la entorpecemos con nuestros pecados personales y sociales. Si hoy no nos entendemos ni incluso los que hablamos el mismo idioma y hasta decimos profesar una misma fe en Cristo, ¿no será que estamos ahogando al Espíritu, resistiendo a su influjo vivificante y unidor, y que, al no dejarnos invadir por El, estamos creando en nuestro tiempo una Babel de locos?

Relación con la Eucaristía Por la acción del Espíritu, que el Padre derrama sobre los dones de pan y vino que ofrecemos, se hace realidad el admirable intercambio eucarístico y la transformación admirable e inexplicable de esos pobres dones humanos en el Cuerpo y la Sangre del señor: «Te pedimos, Padre, que santifiques, por la efusión de tu Espíritu, estos dones, de manera que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y la sangre de Jesucristo, Señor nuestro».

Algunas preguntas para pensar durante la semana 1. Identifica en tu sociedad, tu familia y amistades, la obra del Espíritu. 2. ¿No encontramos en esta catequesis de Pablo solución para disipar entre nosotros las divergencias que nos están dividiendo en este momento de la vida de la Iglesia? 3. ¿Vivimos de acuerdo al Espíritu del Señor, según los frutos y dones que El nos comunica? 4. ¿Cómo actuamos en medio de una Iglesia una y diversa? 5. ¿No tenemos todos la misma fe? 6. ¿No hemos recibido todos el mismo Espíritu? 7. ¿No hemos aceptado una misma misión? Entonces, ¿qué «espíritu» nos anima?

P. Carlos Pabón Cárdenas, CJM.

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