Page 1

COSTANZA Revista Literaria Abril 2018

Paola Balboa / Mijail Lamas / Carlos Barbarito Julio Antonio Corigliano / Saccas / Fabrizio Gabrielli Patricia Fernรกndez Corral / Giovanni Verga / Campo Ricardo Burgos Lรณpez


Costanza Revista Literaria Publicación digital trimestral Abril de 2018 Esta revista se edita en Barcelona (España) ISSN: 2604-3254 Dirección: Manuel E. González López Edición: Manuel E. González López Chiara Presutti Colaboran en este número: Paola Balboa Mijail Lamas Carlos Barbarito Julio Antonio Corigliano Saccas Fabrizio Gabrielli Patricia Fernández Corral Campo Ricardo Burgos López

Contacto: costanzarevistaliteraria@gmail.com

Declaración legal: Todas las obras pertenecen a sus autores, que responden por la originalidad y autoría de las mismas. Los editores no se hacen responsables por las opiniones de sus colaboradores. I


Declaración de intenciones

Costanza Revista Literaria se postula como un espacio de difusión de la literatura despojado por completo de límites, ya sea en cuanto a la generación de los autores, la extensión de trabajos o los temas. El parámetro que guía el criterio de selección es, simplemente, la calidad. Poesía, narrativa y ensayo o artículos son, en principio, las categorías dentro de las que se enmarcan las obras que se publican en Costanza, aunque dichas categorías no son para nosotros más que un simple modo de ordenar los textos, una taxonomía necesaria, pero no un límite o un corset que impida apreciar, valorar y publicar trabajos que apuesten por la hibridación o la experimentación con los géneros literarios. Todo texto es bienvenido, en la medida en que ese texto constituya una apuesta sincera por la estética.

II


Sumario 1

Poesía

2

PAOLA BALBOA

20

MIJAIL LAMAS

25

CARLOS BARBARITO

56

Narrativa

57

El cincel de Dubort – JULIO ANTONIO CORIGLIANO

62

La sarna – SACCAS

76

Cómo jugar la pelota: la verdadera historia de Berni – FABRIZIO

GABRIELLI

84

El corazón, Ramón, el corazón – FABRIZIO GABRIELLI

89

18 de julio de 1936 – PATRICIA FERNÁNDEZ CORRAL

100

Las cosas – GIOVANNI VERGA

107

Ensayos/Artículos

108

Escarbando en Philip K. Dick (una indagación sobre El hombre en el castillo) – CAMPO RICARDO BURGOS LÓPEZ

134

Biografías

146

Colaboraciones

III


POESÍA

1


PAOLA BALBOA (Selecciรณn de pomas de Zutana y Con la sed y el agua)

2


Zutana

3


Esta constante variedad de letras irrumpe el silencio de un piso mojado de un techo que despliega la infecundidad de los dĂ­as en las noches. Todo envuelto en un hastĂ­o de manos que esperan, que abrazan, hieren, de bocas que gritan ausencia.

4


No encuentro la aventura del lenguaje, ni la dicha ni la gloria. Si aprendiĂŠramos el silencio serĂ­amos menos monstruos.

5


Mi vientre en cada luna aborta el amor y la vida. Los gritos retumban en vacĂ­os profundos. Revueltas de sangre.

6


La oportuna muerte alcanza los zĂłcalos de un suelo sucio, envenenado. RocĂ­o de mentira cubre la calle y el espanto nos devora y el horror permanece en cuerpos que no mueren nunca. Las monedas ruedan en bajadas innombrables. Ruedan por medios que nada envidia la peor rata.

7


Contener la risa ante el disparate Supone la resignaciĂłn de la opiedad del tiempo y del hombre. Contener el sufrimiento Precisa ejercicios genĂŠticos, el dominio de la mente ante rĂ­os de sangre que fluyen por los costales de las venas.

8


No sé por qué te sientes culpable. Destruiste ideales como querías. Es difícil aceptar que cada gota de orina entrega algo de tu integridad.

9


No peles los gajos de un traje hacia el sur vacĂ­o; no huelas escamas del mar castrado. No mueras. La tierra llaga de presencia.

10


Sobre pasto mojado quiebra la tierra un sorbo de melancolía. Su andar de tristeza como rocío lento abarca silencios de un mar contenido en los ojos de sueños. Aunque temiendo mostrarse un amor resplandece. Tu presencia evita que mis lágrimas sean sólo de sangre.

11


Nuestra boca magnate saborea el jugo de una uva íntima que termina por deshacerse en la grotesca degradación de una sola siempre misma vez. Ha quedado ese olor mustio de vejez innombrable de muro tieso con ojos ciegos, de cuerpo envuelto que rueda azarosamente con impulso creado, frágil, torpe. Como cuando callamos lo que debimos callar ayer y en cambio ráfagas inundan los rostros. Y no saber cómo el jugo de uva, ya mustio.

12


Con la sed y el agua

13


ÂżEn quĂŠ viaje te perdimos vida si tus ojos conmovĂ­an el instante y un exhalado aire abarca el mundo? Mira nuestro pleno verde adormecido.

14


ÂżAcaso quieres deslizarme hacia esa orilla en la que debo recorrer inversamente un mundo que me desvela?

15


¿Encender los faros para iluminar tanta soledad? Sólo veré la imagen del caído en mis ojos.

16


El amparo de nuestro abrigo huyó hacia regiones más cálidas. Se derramó impía la noche, ¿No oyes las ruinas caer? Oh, desmesura interna oscura casa de fondo infinito.

17


En tierra fĂŠrtil la hoja sobre el labio hĂşmedo acumula soplos verdes. Se erizan los bordes cuando la tocas. Toma esplendor con la luz y olvida las sombras. Olvida la muerte este verde intenso del cuerpo.

18


Sobre la avenida, una casa de cerámica desmoronándose con las puertas abiertas hacia adentro. Un hombre muerto reflejado en el espejo. Una mujer ciega cosiendo y descosiendo sus vestidos para la velada nocturna, repite a gritos: -Qué hermosa paz oh, qué paz. ¿No es verdad, querido?

19


MIJAIL LAMAS (Selección de poemas de El canto y la piedra, publicado por Valparaíso Ediciones, 2017)

20


VII

Todos han fracasado al describirte, te imaginaban blanca, pero tu cuerpo es negro como el barro. Tu cabellera no es como el trigo, es la noche primera de las cosas y la última tierra que cae sobre los cuerpos. El resplandor oscuro que emana de tu sexo se convierte en manía galopante, indómita montura. Tus miembros de yegua indócil son el fruto letal de la demencia.

21


VIII

Hoy me he tomado el día, nadie lo nota. Siempre habrá alguien más que cumpla mi trabajo. Así que juego cartas con el viejo Barquero y los dos abogados que son hijos de Europa. El vino que bebemos sabe un poco a vinagre. Yo le cuento a Caronte, como todos los años, que yo no he de acostumbrarme a que te marches. Minos y Radamanto, ya hace tiempo nombrados magistrados de la suprema corte, nos van ganando la partida. Caronte y yo creemos que se han puesto de acuerdo y hacen trapa. No nos jugamos mucho: unas cuantas monedas, la vida, la muerte…

22


Ulises (Negándose a volver)

Ítaca, la desconfiada, la del sol calcinante y las chozas horrendas, de la tristeza que se incendia en los ojos, la del hedor temprano de las carnicerías y los charcos de sangre donde nada un cadáver. Ítaca, la sin sombra, la de los ignorantes vendedores de opio, la que canta a sus asesinos en tres miserables acordes. Ítaca la de la bacanal estúpida, la del alcohol frustrado, la del rencor amargo para los que se han ido a perderse en el mar. Ítaca la enquistada en nuestras pesadillas, donde se vuelve a andar como quien no ha partido.

23


Bíblica

Dejé todas mis barcas flotando a la deriva. Y fui por un Noé que naufragaba poniendo el corazón en andamiajes. Adiviné mi porvenir donde esta tinta negra da cuenta de mi alma. Una mujer me había obsequiado de Jericó los frutos más dulces que tenía antes que destruida fuera Jerusalén. También me regaló las aguas del Jordán que me acaricia, el salmo de la duda y un pan indivisible en noches de Magdala. La parábola del tiempo que nadie proclamó la encontré entre sus labios. Entonces en secreto ella me confesaba: la infancia del Mesías es siempre Nazaret. Al final de esa noche me fue más necesario conservar al demonio en la sonrisa para ir iluminando todas esas mañanas que habremos de nacer hasta la muerte.

24


CARLOS BARBARITO (Selección de poemas de Poesía quebrada, Teatro de Lirios, Éxodos y trenes, Páginas del poeta flaco, Cenizas del mediodía y Radiación de fondo)

25


Hacia las horas devenidas en voces…

Hacia las horas devenidas en voces de criaturas con los pies embarrados y los ojos lagañosos; aquí, la soledad del pedazo de carbón que flota en el agua, el mínimo salario del fósforo, el desmayo del lector a los pies del libro que se obstina en guardar su secreto -hay un desgarro de piel, un inútil reservorio de esmeriles, una teología de resortes y engranajes que vale lo que vale una nuez aplastadahacia palabras difíciles de ser pronunciadas, entramados que impiden la cosecha, telas que se chamuscan -hacia donde no se llega, menos que perro que husmea el olor de su semejante, menos que ese olor a orina en el tronco de un árbol caído al borde del camino-

Poema inédito escrito el 6 de marzo De 2018

26


POESÍA QUEBRADA, PRIMEROS POEMAS Y POEMAS DISPERSOS

27


Diario de abril

Atardece, el viento penetra por debajo de las puertas y, en las terrazas, las ropas danzan la triste música del otoño. veo a dos adolescentes acariciarse en el banco de una estación, ella tiene los ojos azules y él la aprieta contra su pecho. Después, ¿buscarán una habitación y se desnudarán el uno al otro y en silencio, la luz de una lámpara? ¿Qué es el viento? ¿Quién es que me llama por mi nombre de viajero? ¿Qué soy yo, quién soy que me miro en el espejo y no me reconozco? y la respuesta que tarda en llegar, y mi hijo que duerme su sueño invertebrado en el vientre de una desconocida, ahora que estoy solo, en otoño, y ningún pájaro me sobrevuela.

28


Tengo pocas cosas

Tengo pocas cosas, todas erradas, débiles: recuerdo como lloviznas, un apellido que nunca olvidaré, el corazón lleno de incertidumbres, los ojos heridos por el otoño. Ayer enterré a mis muertos, cerré sus ojos y besé el hielo de sus frentes. Y después lloré hasta quedarme sin lágrimas, Solo bajo la luz de una lámpara, rodeado de fantasmas, sepultado vivo en un mundo que no me ve, no me habla ni me oye.

29


Escrito en la pared del siglo

Qué esfuerzo el de la tibia por alcanzar el pájaro, el del vaso por contener el alba, el del caballo por ser mariposa. Qué dolor el del que da de beber a su propia sombra, el del que siempre anda descalzo sobre las brasas. Qué número el uno irremediable, qué desnudez la del que nunca anduvo desnudo, la del que llora al borde del pañuelo su hartazgo de dioses y su hambre de alimento

30


Teatro de lirios

31


Un hombre hablándole a su propia sombra. Un lagarto en mitad del sueño de un niño. Un papel donde alguien escribió: hoy desperté y no me encontré el corazón. Otro hombre con las manos en el rostro sentado en un retrete. Una mujer con cuerpo de avispa, con ojos de avispa. El vacío, la oscuridad, la nada. El segundo antes de la ejecución, del suicidio. La orfandad, la miseria, las sirenas en plena noche. Hay un infierno y está en este mundo.

21 de mayo de 1984.

32


…Y de ellos no queda sino el silencio. Oscuridad sin límites. Huesos desnudos, expuestos al ojo helado del coleóptero, al insaciable apetito de la lluvia. De ellos no queda sino pena en los vivos. En los que pasan, y claman, y tiemblan cada vez que el viento dice mañana…

33


Miseria de la poesía

I Tiene hambre, está sentado en el suelo, revuelve la tierra con un palo, se lleva cáscaras a la boca, pellejos, huesos; un perro le lame mansamente las costuras del alma, le entra en panes y peces a sus sueños. Matarán a ese perro. 1983. II ¿Qué de tu corazón, partido de soledad, dolor y rabia? ¿Qué de tu alma, de tu blanca y leve alma, si te llevaron hasta el aire, hasta el agua? ¿Qué, en fin, de tu destino, de tu nombre y de tu flecha, sin pájaro en el hombro ni espejo en qué mirarte?

34


Éxodos y trenes

35


Francesa de Burano

Esa muchacha de breve camisa que desnuda dos muslos delicados, blanquísimos, cuelga ropa en el balconcito de piedra; ella conoce a la perfección las cosas elementales, las del agua, las del aire y las del fuego. Y no hay quien se atreva a desmentirla cuando lava sus senos en el pequeño lavatorio, cuando canta antiguas canciones aprendidas en los días de la infancia, cuando yace junto a su amante envuelta por la claridad del alba.

36


Barro Miguel

Lo han matado de cĂĄrcel y de espanto. A ĂŠl, justo a ĂŠl, que amaba hasta la tos de su semejante.

37


Lautreamont

¿Ducasse? Dirás el aparecido, el vertiginoso círculo en llamas en cuyo centro el hombre queda suspendido en un vacío de inerte y sombría plenitud, el furioso hijo de la crueldad que recorre la tierra para diseminar todos los dolores, todos los venenos. ¿Ducasse? Dirás el de la existencia anfibia, el mutante, el que concluye pactos con la prostitución y lame las sangrantes heridas de los niños. ¿Ducasse? Diré el que escribe sentado cerca del piano, el triste y silencioso caminante por las orillas del Sena, el que permanece horas ante un libro que no lee, sumido en profundas ensoñaciones, el que tiene miedo y tiembla cada vez que la noche viene a visitarlo.

38


La nave de los locos

Esa mujer que amasa el pan y no lo come. Ese niĂąo ciego que pregunta por las estrellas. Esos que no se abrazan por temor a Dios, a romperse. El dolor. La demencia. Sin embargo me pongo el saco y salgo. Sin embargo trabajo por un sueldo, y me callo, y me someto.

39


Pรกginas del poeta flaco

40


Noticias de la noche A Jorge Reboredo

No quiso esperar hasta la muerte, fue a su encuentro. No quiso la falla en el corazón, la falla en los huesos. Lo vi morir, con un tajo en la garganta. La vida le negó su ala, el viento se llevó sus mínimas pertenencias, los andenes de Retiro, el cuerpo de la mujer, el vino a media noche, el poema, la esperanza. Lo vi morir, desnudo bajo los hierros. Y aunque no creía en el otro lado, acaso camine por una Buenos Aires extraña y hermosa como una diorita o un hexámetro. Acaso sea feliz, pero a qué precio.

16 de abril de 1985.

41


Un tordo apareció muerto esta mañana en mi jardín

No es esa ala quebrada, esos ojos cubiertos por una película blanquecina, ya definitivamente vueltos hacia lo Oscuro, tampoco es la brisa de la mañana, venida desde lo más lejos para tan sólo agitar una pluma, ni el silencio, ni el rocío, ni las hileras de hormigas brotando del corazón de la tierra, es eso Otro, lo que mi mente no alcanza a explicarse, lo que llega para rasgar el velo de las cosas, para abolir de un golpe lo que fue milagro de la altura, orgullo del aire, matrimonio perfecto del canto y la sangre. 1984

42


Aguas “En un país que yo conozco ya estará anocheciendo”. Olga Orozco

Las aguas de la noche me alcanzan. Abiertas la exclusas que las sujetan, me alcanzan y me golpean en la frente y en las manos. Veo la sombra ocupar el vacío que dejó tu cuerpo. Y veo también cómo se pierde tu voz entre trizados espejos, cómo es arrastrada por la corriente junto con alambres retorcidos, mariposas desgraciadas, cenizas y papeles. (Cierro los ojos, Siento como una ráfaga, ruidos distantes, un golpe de sellos, luego silencio)

43


Las aguas de la noche me golpean mientras ando, con el Ăşltimo de tus olores fijado ciegamente contra mi pecho, hacia una lastimadura por la que vagarĂŠ sin oficio. 1986.

44


No vendrás “¿Qué queda de toda esta miseria? ¿Una muchacha con un abrigo verde en el muelle de la estación? ¿No?” Beckett

No vendrás. Me lo dicen el niño sin su aro, la lluvia, la mano derecha de Giordano Bruno, aquel rubio y triste esqueleto, Dostoyevski, Pitágoras, el crepúsculo. No vendrás, no emergerás del agua del Silencio para traerme el pan, el botón que falta, la piedra del alba. (Rostro de huérfano en las estaciones, pozo de infinita niebla, perro que ladra en la distancia: la palabra.) ¿Qué de mí entonces? ¿Los ojos quemados? ¿La mendicidad? ¿El invierno en los puentes?

45


Cenizas del mediodĂ­a

46


AH! LE POÉTE écrit pour le vide des cieux… Pier Jean Jouvet

Desde el follaje, el constante árbol sombrío. El niño no se apiada y se extravía en el agua. Se apaga, se cierra con su secreto. Para la santidad basta con un silencio espeso. Para matar basta con un color ocre o bermejo. Rodean la ciudad, la devastan e incendian. Lo profundo se divide y la pesca no se inicia. Recogerán pañuelos donde nada perdura. Habrá seguro un ojo caído y un No entre llanto y sangre. Un humo erróneo sin fuego. Un padre tallado en bronce, eterno e inmóvil. Una cal de la China, un siglo sin tu sexo. El arco se tensa, la flecha se parte. Se rompe la respuesta contra el metal del eco. El corazón es inhábil, todo pájaro naufraga. Un vacío al que sólo acuden el tiempo y los motores. Un lenguaje al que tal vez sólo yo conozca. O conozcan ciertos y raros animales, los muertos.

47


Habrá olvido en la tarde de las redes olvidadas y los botes quietos. Un olvido tejido con lana de animal hallado a la deriva y ciego. A esa hora se tumbará el poema, para siempre inconcluso; no quedará trabajo que culmine en ventura ni ventura que impregne al amor, despojado de sí y en fuga. Este día en el que respiramos precede a esa tarde, lo anuncia el reflejo de cada rostro en el agua turbia que casi todos suponen el espejo más perfecto.

48


A Liliana Golubinsky

El Gran Nudo se desata. El hilo se extiende hacia una espuma anterior a toda espuma, hacia lo labrado por ningún labrador en una jornada anterior a años y horas. Metal que ya no cincela, ningún ala para la espada inmóvil, desconsuelo del aire y del agua, del aire que no conduce el sonido, del agua que no traga ahogados ni atrae a los sedientos ¿Qué éramos entonces, en esa música enmudecida sino delgadas sombras sin soplo en las narices, cuerpos vacíos de anhelos, desmayos de llaves frente a puertas carentes de bisagra y cerraduras? Apenas un viento que sopla sobre la superficie, de lado a lado, sin testigos. (Puerto de Santos, 13 de enero de 2009)

49


Radiaciรณn de fondo (Selecciรณn. Publicado por Editorial aBrace, 2018)

50


No hay sino esto…

No hay sino esto, concentrado en un punto ciego. Algo, inefable pero evidente, quedó, en el barro y no en la alhaja. Y allí, ninguna curación para el dolor en la espalda, la peste, que fuera sagrada y ahora el agua servida desde las casas en las que nadie tiene perro y se teme al silencio, a las tormentas. Lo que se extraña es aquello que alguna vez fuera obviado o escarnecido: la saliva tornando ácido el aire, la continua batalla entre el salmo y la serpiente, la voz que pregunta detrás de la voz en trance: ¿dónde la médula, el útero, el ofertorio?

51


¿De qué color…?

¿De qué color es la despedida? La mano busca en vano una moneda en el bolsillo y se cortan dos cuerdas, la primera y la última; en el metal, el óxido trabaja, y ya nada me recuerda tu mirada en dirección al aire donde se desbandaban las mariposas. Adiós. Escribo esta palabra en una mínima madera. ¿De qué color…? ¿Del color de la lluvia, de la piedra abandonada en el camino, de la hierba dura y seca que ni muerde ni el animal más hambriento?

52


No entiendo la causa

No entiendo la causa de ese temblor, de esa pena hecha amargo fruto en la rama más flaca y alejada; no entiendo la causa de eso que torna blanca la mano hacia el negro extendida y convierte en mero reflejo lo que pugna por consistir y no lo logra. ¿Y aquello que enviuda, se cubre de cenizas, repta, se alimenta con comida de gato? ¿Qué hay por encima de mí y debajo? ¿Qué me sostendrá y traerá alivio, al cabo de las horas, en la hora precisa de la última, fatal mordedura?

53


No saber, no saber… A Julio Silva No saber, no saber y es medianoche. De la eterna ubre, una leche indiferente, agrisada. Si voy hacia la estrella, algo me cierra el paso. ¿De qué triste fuente mi debilidad? No saber si es sangre o saliva el líquido en mi boca. Lo que me urge es esto que oscila, pulsa a medias, carga con su hambre y su sarna, halla luz sólo en los ojos de los roedores, profesa una religión con su dios delgado y escamoso. El mar no puede ser sondeado -me dicen. ¿Y si entrego parte de mi carne? ¿Y si entregadas carne y médula la noche persiste en fijar en el hueso su burdel, en el nervio su ley bifurcada en oquedad y espectro?

54


Llega un momento…

Llega un momento en que el pie, aunque desnudo, no entra en el zapato. Entonces de nada vale, como antes, mirarse al espejo, anotar al margen, buscar cada cosa en cada lugar donde se la guardaba. ¿Qué es lo que a esta hora el poema, éste, cualquier poema, anuncia y, por pudor o temor, calla?

55


NARRATIVA

56


El cincel de Dubort Por

JULIO ANTONIO CORIGLIANO

Al señor Antonio González, albañil.

I —Te aseguro, patrón, que es mío… Dile, Dubort… no mientas. ¡Hey, muchachos, ustedes conocen mis herramientas… ése es mi cincel! Tres hombres sujetaban al colérico Calcas, mientras frente a él, a unos metros, estaba Dubort; de brazos cruzados, cabeza gacha, mirada esquiva y rostro ensombrecido… Unos cuantos albañiles rodeaban a los litigantes y en el centro el maestro constructor, quien salomónicamente aguardaba una respuesta del acusado. —¿Qué dices, Dubort? ¿Éste es tu cincel? —Sí… —¡Mientes! ¡Cochino!... ¡Diles la verdad! Patrón, déjanos, déjame que lo destroce. ¡Suéltenme! —Calcas, si no te tranquilizas terminarás encerrado, ¿me entiendes? 57


—No permitiré que me roben mis cosas… —No te lo advierto más, Calcas… Y tú, Dubort, ¿dices que este cincel es tuyo? —Sí. —¡Es falso, falso! ¡Por Dios, cómo se puede mentir así! ¡Cochino, cochino! ¡Déjame, patrón…!¡Te voy a estrangular, miserable! —¡Basta, cállate, bocón…! Alguien

entre

los

presentes

juzgó

excesivas

aquellas

bravuconadas… Calcas no era muy querido; había dado pruebas de ser un pendenciero y un calumniador. —Sí, cállate, cállate… Otras voces se hicieron oír. Fue fatal para Dubort, podía mentir, pero no ante quienes le demostraban su confianza y su afecto. —Óyeme, Dubort —dijo el maestro una vez más —¿Tú robaste el cincel? —Sí… Un doloroso silencio se hizo en torno a ellos. — Pensaba devolverlo, lo juro… lo tomé para no perder el puesto. —¿Pero tú tenías el tuyo, ¿qué ha pasado con él? Dubort recibió aquella pregunta con apreciable desagrado. Quiso contestar apresuradamente… Balbuceó algo incomprensible… Quedó paralizado ante el asombro de los demás… Finalmente estalló: —No sé, no sé, lo juro… —Lo habrás perdido, cabeza fresca —replicó el maestro—. ¿Qué dices no sé? Lo habrás perdido… Sólo un altercado más entre aquella ruda gente. Una pelea entre tantas; luego, una reconciliación algo forzada, la enemistad por un corto tiempo… Rutinas en la vida de miles de hombres que combaten oscuramente por el sencillo trofeo de seguir viviendo. Dubort devolvió el cincel y dejó de trabajar en la torre… Al tiempo pudo conseguir nuevamente uno. Todo continuó como siempre, subiendo y bajando la rueda de los días, los años, las vidas… 58


II —¿Por qué hiciste eso? Aquella misma noche, Demas requería de Dubort una respuesta satisfactoria. Éste lo escuchaba compungido. —¡Pero no seas mojigato! Creo que soy tu amigo, o al menos hasta este momento lo era… Por lo que espero una muy buena respuesta. ¿Qué tenías que robarle a ese imbécil? ¿No podías haberme pedido ayuda? Sabes que tengo herramientas de sobra. —Perdóname, Demas, he sido más que tonto. Te pido que no grites, me avergüenzo; oye, mi familia duerme, ellos no saben nada. —Eres un tonto… Te aseguro que tu mujer y tus hijos están bien enterados de todo. —¿Por qué dices eso? —exclamó Dubort aterrorizado. —Porque la noticia voló por el pueblo. Al llegar a mi casa fue lo primero que me preguntaron los míos. —¿Qué cosa? —¿Qué había pasado? Si era verdad lo del robo, si estabas preso… Dubort se tomó la cabeza con las manos. Estaba espantado. —¿Por qué los míos no me han dicho nada? —Tal vez por no herirte… Tal vez esperen tus propias explicaciones. —¿Mis propias explicaciones…? Se puso de pie. Anduvo maquinalmente por la habitación. Llegó hasta Demas y lo palmeó afectuosamente en los hombros. Luego, salió fuera de la casa. Demas fue tras él. Se sentó a la puerta y contempló angustiado el cielo nocturno. —Es que… Es todo tan estúpido —Demas se sentó junto a él—. Es todo tan estúpido. Me avergüenza decirlo, Demas. No sé, temo que todos se rían de mí. A veces paso por tonto. Tú lo sabes… Mira las estrellas, Demas. Mira las estrellas… Tienen miles de años. Mira aquella bien grande, parece la reina de todas… Obsérvala. ¿Sabes cuantos hombres habrán mirado esa estrella? Ricos, pobres, viejos, jóvenes, cristianos, 59


paganos, libres, esclavos, felices, tristes. Miles y miles miraron y mirarán esa estrella… Y aún está allí sin ninguna memoria de nosotros… No querrías preguntarle: ¿Te acuerdas de Abdmán, el eunuco que tantas noches elevó hacia ti tus ojos? ¿No serías feliz si ella pudiera contarte la historia de Abdmán, o de Rodrigo, o de Pazzini? Miles de historias, de vidas y vidas y vidas… de las que nadie, absolutamente nadie, recuerda nada… Pero aquella estrella sí, todo. ¡Tú podrías reclamarle los detalles de tantas oscuras existencias! Porque bien sabes que los reyes y los papas tienen quien les narre sus historias, pero nosotros… —Creo, Dubort, que estás desviando el tema. Sabes que respeto tus ocurrencias, pero en este caso quisiera que me explicases lo del robo. —¡No! Es lo que trato de hacer, Demas… Atiende. Desde aquí podemos ver la iglesia. Allá en lo alto, en la cúpula, trabajamos nosotros… ¿Has observado lo pequeñito que se ve un hombre allá arriba? Sí, pequeño, pequeño… Casi no se ve. En estos días me he detenido a vernos tan pequeños que me ha entrado miedo… Y nuestra iglesia allí, enhiesta, orgullosa, desafiante… con miles y miles de años por delante. Miles de años, ¿sabes? Y esta mañana me sentí enamorado de estos miles de años… Así, cuando, aparentemente, nadie observaba, me abracé a la cúpula… Sí, me abracé a ella y besé sus piedras. Te juro, Demas, hubiera querido fundirme en ellas, transformarme en piedra y ser llevado firmemente a través de los siglos. Me acometió una desesperación incontenible. Tomé mi cincel y lo hundí entre los bloques… Luego me sentí mejor, mucho mejor… Demas cruzó sus brazos sobre los hombros de Dubort y ambos quedaron en silencio. —La estupidez fue tomar el cincel de Calcas. No sé, yo estaba medio tonto… Mira la cúpula, Demas, hay una parte de mí en ella… ¿La vez? Me imagino las cosas dentro de cuatrocientos años, cuando otros hombres estén aquí. Mi cincel, mi viejo cincel, estará con ellos y permanecerá silenciosamente en medio de sus sueños, sus penas, sus luchas… Pero si le preguntaran algo no sabría responder ni de Abdmán, ni de Rodrigo, ni de Pazzini. Bastaría con que diera algo de Dubort, de 60


sus manos gastadas, de su trabajo, de sus locuras. No contaría mi historia ni mucho menos… ¿Qué sabe él de mi vida? Pero daría una preciosa señal: “¡Aquí estuvo Dubort!” Una noche silenciosa y amplia velaba el murmullo de aquella charla casi imperceptible. Las últimas palabras se enhebraban al canto de un grillo lejano… —Perdóname —dijo Dubort. Demas estaba perplejo, conmocionado… Se puso de pie lentamente y tras él lo hizo su amigo. Luego se miraron con afecto. —Escúchame, entrarás a tu casa y les contarás a todos la historia… Mañana nos veremos en el trabajo… nuevamente tan pequeños, ¿eh? —No, Demas, tal vez mi cincel hable también de ti… —Tal vez. Hasta mañana, Dubort… ¡O hasta los próximos cuatrocientos años! Ambos rieron y se despidieron con un abrazo.

61


La sarna Por

SACCAS

Hará cosa de un mes y medio que apareció. Lo recuerdo con claridad porque fue el día en que empezó mi problema. Primero se presentó mi problema; luego, por la tarde, apareció lo otro, algo que en principio no debía ser motivo de zozobra, porque un animal nunca puede serlo, pero que al cabo de los días, a fuerza de repetirse, de rondar por los límites de mi casa, de exhibirse, consiguió ser zozobra y también asco, enquistó su presencia en mi cabeza, se entretejió en mis pensamientos hasta lograr que ya no pudiese volver a acercarme a la puerta de calle o mirar por la ventana sin presentirlo, sin sospecharlo, sin temer el arribo y el rechazo que me causaba la posibilidad de encontrarme frente a él. De cualquier modo, como ya dije, ese día la primera preocupación fue mi problema, que también se enredaría en mi mente en poco tiempo. Llegó bien temprano, apenas levantarme de la cama, cuando luego de una carrera veloz desde mi habitación hasta el baño, durante la cual 62


apenas pude contener las ganas de orinar, contemplé, parado frente al inodoro, cómo caían sólo dos o tres gotitas de ese mar que presionaba en mi vejiga; dos o tres gotitas acompañadas por una sensación de ardor que avanzaba desde el interior de mi cuerpo y se desplazaba por el conducto corporal por donde debía salir –y no salía— la orina. Eso —que no saliera la orina— a mi edad era (es) un problema. Podía ser una infección o los riñones, o podía ser algo maligno y en ese caso debía ir al médico cuanto antes, porque cuando hay algo maligno en el cuerpo una operación oportuna le salva la vida a uno. Pero decidí postergar el inevitable encuentro con el médico hasta el día siguiente, porque mi hija me había prometido que vendría a verme con mi nieta. Aunque fuese algo malo, un día más no empeoraría mucho las cosas. (Dicen que cuando hay algo malo allí —la dificultad para orinar es su síntoma— en poco más de un mes todo se ramifica y ya no hay salvación posible). Traté de no pensar en el tema, tomé mucho líquido y me dediqué a esperar a mi hija y a mi nieta. Ver a la nena me haría olvidar de todo, yo lo sabía; la veía poco, pero cada vez que venía a verme jugaba con ella y eso hacía que se me olvidasen todos los achaques y dolores. A las doce empecé a preparar el almuerzo. A las dos y media de la tarde empecé a comer solo, porque era evidente que mi hija no vendría. Cerca de las tres me llamó para narrarme una serie de falsas complicaciones que le habían impedido traerme a mi nieta. —No te preocupes, ya habrá otra oportunidad —le dije. No quería pensar, pero pensaba. Era inevitable, porque el ardor y las ganas de orinar estaban presentes, y me resultaba imposible no sentir. Fui al baño como diez veces, y en cada una de esas veces, lo de siempre: dos o tres gotitas, nada más. Pensé que caminar me haría bien, hasta podía tomar una cerveza o dos en el bar, algo que sin duda me serviría de estímulo, aunque con el frío que hacía lo mejor hubiese sido una ginebra. El frente de mi casa tiene un porche y también unas rejas que la resguardan de cualquier intruso. Aclaro esto porque estaba por salir a 63


tomar mi cerveza, de hecho ya abría la puerta, ya notaba la oscuridad temprana del invierno a las siete de la tarde, cuando unos centímetros antes de apoyar mi pie izquierdo sobre las baldosas del porche vi a ese perro que dormía acurrucado en el piso, casi al lado de la puerta, y que nada más verme comenzó a exhibir sus colmillos blancos en señal de advertencia, para lanzarme enseguida unas dentelladas mudas que apenas dejaban oír el sonido seco de los dientes golpeando entre sí; al recuperarme de la sorpresa, dejé de mirar su hocico y reparé en la sarna que le cubría de costras y de llagas la piel despojada de pelos, mientras, como si tuviese que extraerlos de algún lugar remoto de su cuerpo, comenzaba a emitir unos ladridos afónicos, porque había intuido que no iba a tardar en echarlo del lugar que había elegido para pasar la noche. Entonces avancé. El perro se irguió y retrocedió un poco, pero sólo para tomar carrera e intensificar sus ladridos, como si yo fuese el intruso y no él, como si hubiese determinado que mi casa era su nuevo territorio y pretendiese expulsarme. —¡Fuera de acá, perro de mierda! Mi grito lo asustó. Corrió en dirección a las rejas, resbalándose sobre el piso de mosaico, para escapar entre dos barrotes mientras se golpeaba, alternativamente, contra cada uno de ellos. Salí a la calle rumbo al bar, riéndome al pensar en el resbalón y en el susto del perro. Veinte metros después sentí un hormigueo en la pantorrilla de mi pierna izquierda. Miré hacia abajo y descubrí la causa: el perro, silencioso, intentaba morderme. Me di vuelta y le lancé una patada. Le erré, y es evidente que supo lo que se le venía encima, porque antes de que pudiera partirlo en dos de un puntinazo comenzó a correr. No me alcanzaba con que se fuera, quería que su ataque no le resultase impune, que no creyese que le tenía miedo —los perros saben percibir y sacar ventaja del temor de sus enemigos—, así que agarré una piedra y se la tiré. Le pegué en el lomo. Dio un aullido breve de dolor y corrió aún más rápido. —Perro de mierda, así vas a aprender…

64


El bar estaba lleno esa noche. Tomé cuatro cervezas sentado a la barra. Entre cerveza y cerveza eché alguna mirada al partido de fútbol que pasaban por televisión. Cuando empezó el segundo tiempo llegaron unos amigos que nada más verme me invitaron a jugar a las cartas con ellos. —Estoy cansado… mejor no. No quiero que nadie me eche la culpa a mí por su derrota. No tenía ganas de jugar ni de nada. Ni siquiera prestaba atención al partido, miraba sin ver, y pensaba. Tendría que ir a la casa de mi hija. Llegué a esa conclusión al terminar la tercera cerveza. Era el único modo de ver a mi nieta, porque si esperaba que mi hija la trajese a mi casa, estaba muerto. Siempre con excusas para no venir. Siempre. Los hijos creen que los padres son tontos o que uno se vuelve estúpido por el solo hecho de ser viejo. No, con los años un hombre se vuelve viejo y una ruina física, y acaso se apodere de uno la vileza, pero no se convierte en un tonto ni en un crédulo. Lo triste es que no imagino la razón de tanta mentira, ni por qué no quiere venir; a lo mejor cree que voy a pedirle plata o que quiero que me ayude a hacer algo, pero yo no necesito ni plata ni ayudas para hacer nada, toda la vida trabajé como un burro para no andar mendigando en la vejez. Ya me iba del bar cuando me vinieron ganas de orinar. “La cerveza, gracias a Dios”, me dije. Fui al baño y cuando estuve frente al inodoro sólo salió un chorrito y nada más; hice fuerza, y entonces salieron dos o tres gotitas más, dejando dentro de mí algo de ardor. Me fui del bar con mal humor, porque tendría que ir al médico y nunca me gustaron los médicos. Uno va a la consulta, cuenta lo que le pasa, el tipo escucha atentamente con cara de estar oliendo mierda y cuando uno termina de hablar, siempre la misma respuesta: “Hay que hacer unos estudios”. Nunca saben nada. Miles de años de medicina, cinco de carrera —en el mejor de los casos— y nunca tienen una respuesta. Mientras iba pensando en eso se cortó la luz en el barrio. Las calles quedaron a oscuras. Aproveché esa oscuridad para intentar orinar todas 65


las veces que me fuese posible mientras caminaba hacia mi casa. Un chorrito en un árbol, otro en una pared, uno en una esquina, otro en la columna de alumbrado: parecía un gato marcando territorio. Fueron pequeñas descargas, no una meada como Dios manda. No se veía casi nada en mi cuadra, pero cuando me faltaban veinte metros para llegar a mi casa me pareció ver una silueta, una sombra que casi al ras del piso salía de entre los barrotes de las rejas y se alejaba veloz hacia la otra esquina. —El perro —dije. No veo bien, pero supe que era el perro. Intuirlo en la oscuridad me causó cierto grado de enojo. Maldito. Si dejaba que se tomase la costumbre de dormir en mi porche, no lo sacaba más de ahí. Y quién sabe si no terminaría contagiándome la sarna a mí. Pondría pimienta en el piso. Siempre había oído decir que era una buena medida para ahuyentar a los perros. Y aunque no sabía si era cierto, no perdía nada con probar. Al día siguiente no apareció. De cualquier modo, tiré mucha pimienta por todo el porche; aunque, para ser sincero, no sabía de qué manera la pimienta podía espantar a los perros. Tal vez al oler —siempre están oliendo todo— se les mete en la nariz y la picazón los hace escapar, no lo sé. El caso es que la puse, pero el perro no vino. Tres días después pedí turno para ir al médico. Me decidí. No era cuestión de esperar toda la vida. Y no fue el miedo lo que me llevó a pedir turno, sino la incomodidad de ir al baño cien veces por día y el esfuerzo físico para orinar un par de gotas que no brindaban ningún alivio. Aunque ya sabía lo que me esperaba al día siguiente: levantarme temprano, llegar al consultorio, contarle el problema, tolerar la cara de oler mierda y después, lo de siempre: “Hay que hacer unos estudios”. Así eran las cosas. Por la mañana me desperté antes que sonara el despertador, producto de la ansiedad. Me puse un pantalón de vestir, un saco y el sobretodo. Hacía frío. Tenía ganas de orinar, pero al ir al baño: nada. Hice fuerza. Más fuerza, y nada otra vez. Caminé hacia la puerta de mi casa y las ganas de orinar se renovaron, intensas, empujando desde mi interior, 66


pero me propuse aguantarlas. Ya no iba a perder tiempo porque estaba seguro de que no iba a salir ni una gota. Abrí la puerta pensando en que, si las ganas continuaban, entraría en algún bar y ahí descargaría lo que tuviese dentro. Cerré con llave. Crucé el porche hacia la reja y mientras metía la llave en la cerradura de la puerta de calle sentí unas ganas incontenibles de ir al baño, me dio calor aguantármelas y hasta tuve que sacarme el sobretodo, y un segundo después de ese calor, agudos esta vez, lacerantes, los ladridos del maldito perro a mis espaldas, junto con su intento de morderme las pantorrillas, hicieron que me asustase y, con el susto, causaron que un chorro escueto de orina se escapase de mi verga; un chorro breve y ardoroso, pero suficiente para mojar el pantalón. —¡Hijo de puta!¡Hijo de mil putas! —le grité al perro mientras trataba de darle una patada. El perro apenas retrocedía, tomaba carrera y volvía a ladrar, a mostrarme sus colmillos, a reiterar sus intentos de morderme. —¡Ay, qué asco, el viejo se meó! —oí decir entre risas a unas adolescentes que pasaban por la vereda. Por fin le pegué una de las tantas patadas que le tiré. Mi pie se hundió en el medio de su cuerpo, en las costillas, y el golpe lo hizo volar hasta pegar contra la pared, para después caer al piso y escapar aullando entre los barrotes de las rejas. Cuando levanté la mirada me di cuenta de que la calle estaba llena de vecinos que habían salido por mis insultos o el aullido del perro o por casualidad. Me miraban. Cerré la puerta de la reja y me metí en mi casa. No fui al médico. Ya no quería ir. Y mientras me cambiaba la ropa sentí en toda mi piel el abrazo de una ira infinita: por las miradas de los vecinos, por el perro, por la indiferencia de mi hija, por los médicos, por las risas de esas mocosas, por las ganas de orinar que terminaban en nada… Pero decidí olvidarme de todo, menos del perro; no volvería a pensar ni a preocuparme por ninguna otra cosa hasta terminar con el perro. Y entonces, súbita, me llegó la idea: “Lo quemo con agua caliente; si se salva, seguro que no vuelve más”. 67


A partir de esa mañana comencé a dejar una olla con agua sobre la cocina para que estuviese preparada cuando el perro volviese a meterse en el porche de mi casa. Entonces sólo tendría que hacerla hervir y vaciársela encima. Cada tres o cuatro horas encendía el fuego, para que el agua se mantuviese caliente, así, si necesitaba hervirla, en caso de su llegada, el tiempo de espera sería lo más breve posible. Pero a pesar de mi previsión, por unos días el perro no pisó la cuadra. Me pasaba el día entero mirando por la ventana, para verlo en el momento de entrar a mi porche y entonces darle el regalo que tenía para él. A los tres días volvió. Vigilaba sus movimientos desde mi ventana, y comprobé cómo esa inmundicia pretendía hacer de nuestra cuadra su territorio. Perseguía a otros perros callejeros o les ladraba a los transeúntes o a los coches. Tenía carácter esa mierda. Iba de una esquina a la otra, pero no cruzaba los límites de mi casa. Algunos días, mientras lo miraba gruñir a la gente, traté de adivinar su raza, si es que la tenía, pero era difícil darse cuenta por la ausencia de pelaje; parecía un galgo, su cuerpo —su delgadez— era similar, pero resultaba imposible determinar si la misma era producto de la raza o del hambre. Una tarde, mirarlo me transportó a mi niñez. El perro estaba echado en la vereda de enfrente, con la panza contra el piso y las patas delanteras extendidas, aferrando con las uñas de sus falanges un hueso que mordisqueaba y que había robado de la basura. Esa Imagen, la de sus patas sosteniendo un hueso, fue la que me impuso la memoria de otro perro callejero, pero de mi infancia. Aquel perro era un cachorro y lo que aferraban sus patas no era un hueso sino un palo. La postura era misma. Jugaba con el palo, se revolcaba en el pasto sin que se le escapase de entre las patas; pero al girar sobre sí mismo se podía ver en sus sobacos y en su pancita el cuero pelado por una sarna incipiente. Durante años —acaso nunca haya dejado de hacerlo— pensé en ese perro que jugaba inocente y ajeno al germen de la enfermedad atroz que llevaba en su piel, del porvenir de odio y piedras que le estaba reservado. Me pregunté esa tarde si este 68


perro que odiaba o aquel otro de mi niñez habrían asociado, aunque sólo fuese por instinto, las piedras de la gente a la comezón que los torturaba. ¿Cómo habría sido pasar del universo de caricias del cachorro a las pedradas del perro sarnoso? Pensé tantas veces en eso a lo largo de mi vida. Era seguro que los años de persecución y de piedras habrían terminado por destruir su inocencia natural para transformarla en miedo, en desconfianza, en resentimiento o en algo más oscuro que lo habría ido devorando como la sarna, pero desde adentro. Este perro sarnoso que yo necesitaba matar alguna vez había sido como aquel de mi niñez, capaz de inspirar ternura o esas sobras de amor que los hombres otorgan a los animales, aunque ahora fuese un repelente proveedor de asco. ¿Cuánto duró ese viaje a mi niñez? Pocos minutos. Una estadía breve, hasta que el perro se cansó del hueso y se alejó rumbo a la esquina, en busca de otro hueso u otro perro al que hostigar o contagiar su sarna.

Durante una semana, el perro se desplazó a su antojo por nuestra cuadra, hizo de ella su territorio, pero no pisó el porche de mi casa. En cuanto a mi malestar, había cesado el ardor, pero no la dificultad para orinar ni la preocupación que me carcomía, aunque pretendiese olvidarla, aunque fingiese que no me importaba; podía olvidar mientras vigilaba al perro, mientras pensaba en él, mientras ideaba estrategias para quemarlo, pero bastaba sentir la presión del líquido que inundaba la parte baja de mi cuerpo y la imposibilidad de expulsarlo para recordar que tal vez algo crecía y se ramificaba dentro de mí. El lunes siguiente desperté a las ocho de la mañana con unas ganas intensas de orinar. Fui al baño, y el sonido del agua que caía de la canilla mientras me lavaba los dientes incrementó las ganas de mear hasta hacerlas incontenibles. Terminé con los dientes, me desplacé hasta el al inodoro y, con un esfuerzo importante —debía hacer fuerza, mucha—, logré orinar.

69


Era probable que no hubiese sacado todo el líquido que se acumulaba en mi vejiga, pero largué lo suficiente como para sentir un alivio físico. Salí del baño y enseguida oí el sonido de una vibración en la puerta de comedor, como una sucesión de golpes breves y continuos. Entré en mi habitación, cuya ventana daba al porche, y miré: contra la puerta, echado en el piso de mármol, el perro se rascaba y golpeaba la puerta con el retroceso de la pata que usaba para rascarse la piel lacerada por la sarna. Rápido, caminé hacia la cocina y encendí el fuego. Abrí la canilla de agua caliente y dejé correr el chorro de agua hasta que empezó a salir caliente, muy caliente. Llené las ollas y las puse a hervir. En unos minutos estarían listas. El ruido había cesado. Corrí hacia la ventana de mi pieza y volví a mirar: el perro seguía allí, enroscado, con el hocico apoyado sobre su torso, con la mirada perdida. Había dejado de rascarse. Lo miré durante minutos que fueron largos pero llenos de expectativa, de ansiedad, imaginando, mientras lo miraba, los aullidos que emitiría por ese hocico horrible cuando sintiese el agua hervida caer sobre su piel. Volví a la cocina para controlar el agua. Empezaban a subir burbujas diminutas desde el fondo de la olla hacia la superficie. El punto de ebullición estaba cerca, el dolor del perro estaba cerca, el final estaba cerca. Volví a la pieza y miré, a través de las rendijas de la persiana, el porche: el perro seguía allí, quieto, fijo como una estatua esculpida en carroña en lugar de mármol. Me quedé mirándolo hasta que empecé a oír el sonido del agua que ya hervía. Entonces, llevado por una euforia infantil, fui a la cocina, agarré la olla y caminé hacia la puerta de calle. Sostuve la olla con una mano y la presión de mi cadera contra la pared mientras abría la puerta. En esos pocos segundos que demoré en abrir la puerta el calor del metal me provocó una quemadura leve en la cintura. Sin mirar, una vez que la puerta estuvo abierta, vacié el contenido de agua sobre el perro.

70


Pero el agua cayó en el piso de mármol y produjo una nube de vapor que se elevó lenta y densa en el aire helado del invierno. El perro no estaba, se había salvado. Tuve una sensación de vacío, como si me hubiesen robado una pertenencia largamente anhelada apenas unos minutos después de haberla obtenido. Entré en mi casa y me quedé sentado en el sofá del comedor, con la olla vacía a mi lado, intentando sobreponerme a la decepción. En algún momento miré por la ventana. La calle estaba desierta de gente y de perros. Volví al sofá y me acosté allí hasta la tres de la tarde, aunque no dormí. Me hicieron levantar las ganas de ir al baño, y una vez en el baño, lo de siempre: mucha fuerza y poco líquido. Todavía tenía puesto el pijama, no me había cambiado. Fui a mi pieza a vestirme, y mientras lo hacía, a pesar de que había dicho que no volvería pensar en ellas, las recordé. Quería ver a mi nieta; me llegó el deseo de repente, pero no iba a llamar a mi hija para que me la trajera, esta vez iba a ir yo y no le daría a mi hija ninguna posibilidad de esgrimir sus excusas. En menos de diez minutos estaba en la calle. Sólo treinta cuadras me separaban de la casa de mi nieta; tres kilómetros escasos que se trasformaban en una distancia infinita cuando era mi hija la que debía hacer ese recorrido. Tres kilómetros que para mí no eran nada, aunque hiciese frío. Mientras caminaba me pregunté por qué no venía a verme, por qué nunca quería venir a verme. Ella tenía tiempo, no trabajaba, no necesitaba ni se enfrentaba a la obligación de caminar; su esposo ganaba dinero y podía permitirse el lujo de venir en taxi. ¿Por qué? En mi juventud siempre temí la vejez, el deterioro físico, pero más que eso, lo que realmente temía era cierto envilecimiento moral que, para mí, acarreaba la vejez. Lo veía en hombres y mujeres que habían sido honorables y que traicionaban, en su ancianidad, una vida ejemplar por avaricia o por deseo; o tal vez no había traición y simplemente el carácter

71


se debilitaba a la par del cuerpo con el paso del tiempo y era incapaz de resistir las malas pasiones. ¿Habría caído, yo también, víctima del envilecimiento de los años? Llegué a la casa de mi hija y antes de llamar oí las risas de mi hija y mi nieta. Toqué el timbre. Me pareció oír pasos que se acercaban a la puerta. Sospeché ojos que me miraban a través de la mirilla o de las rendijas de la persiana. Sentí el silencio y en el silencio, el viento frío que castigaba la calle. Toqué el timbre otra vez, y otra, y otra. Imaginé la mano de mi hija tapando la boca de mi nieta. Decidí volver. En la calle caminé sin pensar, acompañado, en principio, por el viento con el que llevaba la misma dirección que yo; después, padecí la compañía y la lealtad de las ganas de orinar. En algún momento me crucé con unos niños de cinco o seis años que jugaban con autos de juguete en la vereda. Habían trazado un circuito con un pedazo de ladrillo. No sé por qué se me dio por decirles alguna cosa, pelearlos un poco. —Dejen los juguetes para los bebes y vayan a buscar novias, tontos. —Callate, viejo choto. Me reí. Rocé un cochecito con mi pie y lo saqué de la pista. —¡Viejo de mierda! Me alejaba sonriendo cuando lento, débil, me llegó el impacto inofensivo de una piedra en la cabeza. —¡Tomá! —oí a mis espaldas. Me di vuelta y amagué a tirarles con la misma piedra. —¡Tirá, tirá, viejo maricón! Seguí mi camino. Los nenes ya no tenían miedo de los adultos.

Apenas llegué a mi casa fui al baño. Después de hacer un gran esfuerzo, oriné. Al salir del baño me puse a ver la televisión. Pasaron las horas, me preparé un churrasco para cenar. Tomé media botella de vino 72


tinto durante la cena. Dejé pasar el tiempo sin pensar en nada. Cuando me aburrí me puse a limpiar la cocina. Terminé de limpiar la cocina a las once de la noche. Era buena hora para sacar la basura. Caminé hasta el comedor con la bolsa de basura en mi mano izquierda. Goteaba algún líquido por un vértice. Me enojó contemplar ese rastro líquido que quedaba tras de mí. Abrí la puerta y una corriente de aire frío me heló la cara. Sin saber por qué llevé la mirada hacia abajo y entonces descubrí que a mis pies estaba el perro, acurrucado. Me miró, pero no intentó escapar ni atacarme, se quedó en el que consideraba que era su lugar, mi casa. Iba a patearlo, pero me invadió el asco y no pude hacerlo. Entonces cerré la puerta, dejé la bolsa a un costado y corrí a la cocina para calentar el agua. La olla estaba vacía. Me había olvidado de cargarla al mediodía luego de haberla vaciado en vano en el porche. Me insulté hasta el cansancio. Llené la olla en la pileta y el ruido del agua que corría hizo que volviesen mis ganas de orinar. Encendí el fuego, puse la olla sobre las llamas al máximo. Tenía que esperar, y mientras lo hacía rezaba para que el perro no se fuera. Desde mi pieza lo miré. Lo vigilé. Y permaneció allí sin moverse, ignorante de lo que yo le preparaba. No hacía nada, miraba de reojo hacia la calle, olfateaba las costras de su piel. Pero no se movía. Por fin oí el sonido del agua que comenzaba a hervir. ¿Se iría durante el tiempo que me llevaría recorrer el trayecto de mi pieza a la cocina y de la cocina al comedor? Pensé un segundo en ello mientras iba a la cocina. La olla pesaba. Mientras caminaba de la cocina al comedor sentí el calor de las asas que quemaba mis manos. Frente a la puerta, apoyé otra vez un costado de la olla contra la pared, apretándola con mi cadera mientras abría la puerta con mi mano izquierda. Abrí la puerta. Fue un segundo, no sé si fue por la ropa que yo llevaba puesta o porque me estaba quemando, pero la olla se resbaló de mi cadera y cayó 73


sobre mi pie derecho, y un instante después sentí el calor del agua que me quemaba el pie y la tibia. Grité y vi que, pese a todo, el perro que permanecía allí, casi inmóvil; vi cómo levantaba la cabeza sobresaltado por mi grito y por el ruido de la olla con agua al caer sobre mi pie, dentro del comedor de mi casa. Sentado en el sofá, me saqué el zapato y la media lo más rápido que pude. Mi piel estaba roja. Me arremangué el pantalón del lado derecho para que la tela mojada con agua hervida no siguiese quemándome. Entonces miré hacia la puerta y comprobé que el perro seguía en el porche, indiferente a todo, lejos del odio o del miedo que pudiese sentir por mí. No soporté que no se hubiese asustado, que siguiese allí. Fui a buscar la escoba, no se me ocurrió otra cosa. Cuando volví le di un escobazo bien fuerte. El perro no se movió. Le di otro escobazo, y otro, entonces me miró con una expresión casi humana en los ojos, como si me dijese: “Dejame, mirá cómo estoy”. Fue un segundo, sólo un segundo, y luego bajó la mirada. Desistí. No pude volver a pegarle. Tiré la escoba en el piso del comedor y fui al baño. Tenía ganas de orinar. Tuve que hacer mucha fuerza. Oriné sangre. Me acosté a dormir.

Por la mañana, desperté con ganas de ir al baño, pero me quedé en la cama aguantando, conteniendo el líquido que generaba mi cuerpo. A las dos horas de haber despertado me acordé del perro. Me asomé por la ventana. Ahí continuaba, todavía. —La puta que lo parió —dije. La escoba estaba en el piso del comedor. Le iba a romper el palo por el lomo. Salí de la cama en calzoncillos y camiseta. Abrí la puerta y sentí un frío húmedo y penetrante. Miré al perro y lo empujé y lo pinché con las puntas de la paja de la escoba. Hice fuerza y lo moví veinte centímetros. Una roca. En eso se había convertido el perro. Estaba muerto. 74


Metí el perro en una bolsa y lo tiré en el contenedor de basura de la esquina de mi casa, junto con los guantes que me había puesto para agarrarlo. Sentía unas ganas infinitas de orinar, pero me las aguanté. Era las once de la mañana y me acosté otra vez, y, en la cama, cubierto hasta el pecho con las tres frazadas que usaba para dormir, pensé en que a lo mejor podría ir al médico la semana siguiente. Esperar un poco más no iba a cambiar mucho las cosas, ni para bien ni para mal.

75


Cómo jugar la pelota: la verdadera historia de Berni Por

FABRIZIO GABRIELLI Traducido del italiano por Manuel E. González López

Me llamo Berni, soy el vicecomandante del Batallón Ravena y cuando digo que no basta que el esférico te llegue a los pies, también debes saber cómo jugarlo un instante antes que los demás, el comandante Nico asiente serio. Hay partidos que en el fixture los mete la historia, que hace sorteos poco clementes.

76


El destino teje los cruces, desafíos a un solo golpe, sin posibilidad de apelación, sin partido de revancha: y tú solamente debes entender con quién quieres estar, qué camiseta vestir, los gestos técnicos que harás. Lo sabes, aunque sea difícil: lo tienes que saber prever. La historia, en ciertos momentos, o elijes como vivirla o ella te elije. En Gamoña, en aquella parte de los Apeninos que cose la Toscana con la Emilia, no muy lejos de la arteria gangrenosa y purulenta de la Línea Gótica, cada día del verano del cuarenta y cuatro es un buen día para morir. Diez de julio. El diez de julio aún más, que es también santa Felicita, y la única felicidad es aquella que a los hombres de Silvio Corbari y a los de la 36a Brigada Bianconcini parece explotarles en la cara cuando nos cruzamos y yo les recuerdo que cuando se recibe la pelota es necesario tener ya claro en mente cómo jugarla. Yo lo oigo decir qué fuerte que era Berni, ¿eh? Berni, éste es el nombre que me puse cuando decidí con quién estar, y a quién desafiar. El diez de julio, habría que decir también, nació Carl Orff, el de Carmina Burana, que nos tamborileaba en las cervicales en aquellos días. El diez de julio aún más. Conozco todos los árboles y todas las plantas del Apenino. Cuando era un gorrión hice el Instituto Agrario, en Imola. Aprendía como llevar la contabilidad agraria y referencias sobre técnica de producción, y mientras tanto cultivaba mis pasiones: leía a Keats, enloquecía por Bruegel el viejo y pateaba la pelota; cosas así. Football ya no se decía más football, sino, después, al camarada podestá de Faenza ¿quién lo aguantaba? Cuando tenía dieciséis años jugaba de lateral derecho para los blanquicelestes de Faenza. El lateral no tiene la importancia, en el juego, del tres cuartos o del centro delantero. Cuando roza la pelota el público no enmudece, dice ¡pásala! ¡pásala! Y espera que se muestre el número diez, aquél que sabe 77


ya qué jugada hacer aún antes que el cuero golpee sobre el otro cuero, el de los botines. Pero aquella de defender, concretamente y moralmente, un área, una zona, es la vocación que a la fuerza tienes que tener si eres un lateral, y también si eres un campesino: tu zona es la banda, una franja de terreno cultivado con maíz, tu integridad moral, tu territorio. Allí izas y haces flamear tu bandera, tu estandarte, y no pasa el extranjero. Yo esa vocación la tenía, y cómo. Y habría estado dispuesto a dar cuenta de ella al extremo. Decían que lo sabía hacer. Que cómo defendía yo la banda. Que me salía bien. El ser un lateral, no un campesino. Un día un observador me ve poniéndolo todo en la marca: “Ven a jugar con nosotros, a Firenze”, me dice. La casaca violeta sobre los hombros pesa como una roca cuando eres poco más que un muchachito. Gritan: Corre. Más fuerte, corre. Y yo corro. Triunfante hacia la serie A. Es mil novecientos treinta y uno y jugamos nuestro primer partido en casa de recién ascendidos. Poco antes del puntapié inicial los jerarcas fascistas se desplazan velozmente hasta el círculo central; toca la banda, se canta Giovinezza, se bautiza al estadio con el nombre de Giovanni Berta, escuadrista muerto diez años antes en un enfrentamiento con los comunistas. A mí, cuando no había que entrenarse o jugar, me gustaba encontrarme con los escritores, estrechar las manos de los poetas y de los actores, visitar muestras y museos. Una vez, en uno de esos encuentros culturales, me contaron la historia de cuando a Berta lo tiraron al Arno desde el puente colgante. Un poeta, una vez en que por poco no termina todo de mal modo, recitó esos versos que dicen:

78


Han matado a Gianni Berta, hijo de un escualo. Bendito el comunista que le aplastó las manos. En el nuevo estadio Giovanni Berta hay que saludar romanamente al público, antes del inicio del partido. Un buen día, no sé qué me pasa por el cerebro, me vienen ganas de probar a ver qué cosa puede suceder si yo, el brazo, no lo alzo. Y, de hecho, no lo alzo. Pero qué cosa se le habrá metido en la cabeza a Brunito, dice alguno. Porque a lo mejor no se los dije, pero antes de existir resistiendo, o resistir existiendo, que sería lo mismo, me llamaba Bruno, Bruno Neri. No sucede nada, ahí, en ese momento. Pero dentro de mí, justo en esa parte del estómago donde se decide qué jugada hacer aún antes que te llegue la pelota… En fin, está demasiado claro con cuál bando me debo alinear. Ya me siento mejor. En el mil novecientos treinta y tres se juegan los juegos universitarios internacionales, en Turín. “Una brillante jornada de juventud en el Stadio Mussolini”, titulan en La Gazzetta del Popolo, y si Italia hace honor al lema ganar y ganaremos es también gracias, en parte, a mi marcaje y a mis movimientos de conexión, porque ya de lateral no juego más, juego delante de la defensa, de volante central, una vida de gregario, la mía, como la que se pide a los jóvenes fascistas, después de todo. Una vida de sacrificio y atrevimiento. En Florencia, después del gesto del no saludo, he tenido algún que otro problema. Nada serio, por suerte, pero había algún escuadrista que me silbaba. En suma, yo no resultaba muy simpático. Entonces decidí ir a jugar a Lucca, estaba el húngaro Erbstein que era un gran entrenador aunque judío… Me dije que, tal vez, antes de que el aire se volviese demasiado pesado, podría aprender algo de él.

79


Si siembras cuando hay que sembrar y riegas cuando hay que regar y estás detrás de tus plantaciones, después recoges los frutos. Es otra cosa que aprendí en el instituto técnico agrario, en Imola. Yo, mis frutos, recogerlos los he recogido: Mister Vittorio Pozzo me convocó una vez para la nacional mayor y salí en la gazzetta rosa. “Pasado como es sabido por las filas del Lucca, en virtud de su elevada clase, ha merecido arribar a la meta a la cual aspiraba. Jugador serio, concienzudo, tenaz”, escribieron. Y luego no llegas ahí, a jugar con el Torino, si no eres serio y tenaz… no por darme aires. Bajo la Mole permanecí cuatro años: después me cansé y decidí retirarme del fútbol profesional, colgué los botines y me volví a mi ciudad, Faenza. En Europa ya había empezado la guerra. En Italia, todavía no. Tengo un primo, hijo del hermano de mi padre, se llama Virgilio y es notario en Milán. Me dio una gran mano, mi primo, cuando me había obsesionado con invertir el dinero ganado pateando una pelota en comprar un taller mecánico que primero había sido Antonio Melandri; lo había visto muchas veces entonar Oh che gélida manina en el teatro de Faenza, al Melandri. Era un buen tenor. Virgilio está en contacto con el padre Sturzo, Ugo La Malfa, Giovanni Gronchi. Virgilio es un antifascista, dice que esta historia del Duce tiene que terminar, yo le respondo que cuando la pelota te llega, ya debes saber cómo jugarla, pero, presta atención, también el adversario se imagina que tú la jugarás como la jugarás, y te rompe una pierna, llegado el caso. Virgilio, después, un día se dejará atrapar por haber dicho eso del Duce y del Führer y de que la guerra tiene que terminar; lo detendrán los alemanes, lo torturarán, lo deportarán a Bolzano, a un campo de concentración, pese a no ser judío, ya que no sólo mandaban a los judíos a los campos. Yo estos riesgos no quería correrlos; mira, a mí me bastó ver la situación para dejar el taller, volver a Faenza y entrenar a los 80


blanquicelestes por un tiempo. Alguno se me acercaba y me decía que había sido un grande, aquella vez en el Stadio Berta, cuando no había saludado romanamente. Grande o no grande, yo me sentía un buen italiano; como todos, algunas veces era feliz y algunas veces tenía miedo, y como a todos me dieron ganas de llorar cuando en el cuarenta y tres me llegó la orden de reclutamiento. Me dieron ganas de llorar del miedo. Me mandaron a Sicilia. Estaba en Trinacria cuando desembarcaron los aliados, se está yendo todo a la puta que lo parió, pensé, aquella vez, yo que, las malas palabras, soy un tipo que jamás las dice. Cuando volví otra vez a Faenza me encontré con Virgilio. A Virgilio le gustaba hacer jugadas peligrosísimas, y, de hecho, había reunido un puñado de conspiradores, hagamos una formación partisana, decía. Yo me meto a hacer lo que hacía en la cancha, de volante central: me ocupo de coordinar y de hilvanar las maniobras, y después, de recuperar el armamento y los víveres lanzados por los aliados. Los recupero como recuperaba los balones sobre el césped verde. Piensa el destino, algunas veces. La guerra es un río en crecida, pero yo ya no tengo miedo ni nada. Y, por otra parte, a los ríos estoy habituado: siempre viví y jugué a la vera de los ríos: el Lamone, el Arno, el Po. Ahora está el Serchio. El Serchio que corre entre los valles del Apenino tosco-emiliano y en ocasiones, también trae abajo cadáveres, algunas veces de partisanos, otras de republicanos, alguna que otra vez también de nazifascistas. No se fija en la cara de nadie, el Serchio. Al football no lo frena ni siquiera la guerra.

Y nosotros que

habíamos comido pan y fútbol por años, cómo hacíamos para estar quietos. Un día de mayo, el siete, enfrentamos al Boloña. Yo vuelvo a endosar la camiseta del Faenza, entre las filas de los azul y rojo está también Dino Fiorini. 81


Dino es una bandera de los felsinei, ganó cuatro scudetti y dos copas internacionales, en una época en que las únicas batallas transnacionales eran aquellas disputadas para llevarse a casa la copa de la Exposición de Paris. Hizo, incluso, de modelo para los productos de belleza de Bourjois. Dino, cuando se trató de elegir qué camiseta vestir, esa pegada a la piel debajo de la casaca de juego, decidió que sería la negra. Es teniente en la Guardia Nacional Republicana, y cada vez que le paso cerca durante ese partido, me tira terribles patadas a las tibias. Algunas veces no se trata de entender cómo jugar la pelota antes de que te llegue, sino de hacerle mal al adversario. Aunque no tenga mucho sentido, después de todo. ¿Sabes a quién han fusilado en Monterenzio? Me dijo esta mañana Nico mientras subíamos hacia Gamoña. No, ¿a quién?, le respondí yo. Dino, Dino Fiorini, aquel del Bologna. El republicano. Gamoña está sobre el Apenino, sobre la cresta que es una sutura entre Toscana y Emilia, poco distante de la arteria gangrenosa y purulenta de la Línea Gótica, y cada día del verano del cuarenta y cuatro es un día bueno para morir. El diez de julio. El diez de julio aún más. Estoy con Vittorio Bellenghi, llamado Nico, el comandante del Batallón Ravena, me gusta ser su vice, compartir la responsabilidad. Nos ponemos la ametralladora al cuello para hacer un barrido de la zona: debemos recuperar un lanzamiento sobre el Monte Livata, veamos cómo está la situación, nos decimos. Erbstein decía que cuando el equipo contrario te agarra a contrapié, estás jodido, es una cuestión de posiciones, decía, de estrategia, decía, si consigues agarrar al contrario a contrapié nueve sobre diez veces te llevas la victoria a casa. Si lo hacen los otros, estás jodido.

82


Nosotros nos encontramos entre los pies una pelota envenenada, el maldito diez de julio. Un pelotón de alemanes se nos para de frente, son muchos y están armados, somos conscientes de que, con una ráfaga de pases, el adversario puede aniquilarnos y escaparse rumbo al arco. Ráfagas de ametralladora. Sentimos la vida que se nos desvanece. Tanto para el adversario. Cuando se recibe la pelota es necesario haber ya decidido cómo jugarla, decía siempre yo, y se lo repetía también esta mañana a Vittorio. A menos que no meta la mano el destino, pienso, entonces no se puede hacer nada, y me ocurre aquél destino que no he probado nunca. Es como si alguna cosa me estuviese cayendo del estómago, abajo, como un precipicio sin fin. * * * Gamoña es todavía una costura entre Emilia y Toscana. Entre estas antiguas piedras, está escrito en una lápida, el diez de julio de 1944, una lápida roída por el tiempo, los comandantes Bruno Neri y Vittorio Bellenghi murieron padeciendo ultraje brutal de la ira nazi.

Este relato, incluido en el libro SFORBICIATE, aparece por cortesía de la editorial PIANO B y del autor.

83


El corazón, Ramón, el corazón Por

FABRIZIO GABRIELLI Traducido del italiano por Manuel E. González López

Esta historia de la deontología váyasela a contar a otro, no a Clarita Cruz, que no nació ayer: cuarenta años de honroso servicio, una juventud dedicada a estar encima de la noticia. Escribía de fútbol, ¿se lo imaginan? Una mujer que escribía de futbol en el Perú los tardíos setenta, una carrera a la sombra de las polémicas de Tito Navarro a las que él sí que le metía enjundia, mientras yo no, yo sólo usaba alguna palabra valija (tirolibre, por ejemplo), o algo por el estilo de melena negra como chicha morada, pantorrilas tiernas como el ceviche. Estaba siempre encima de la noticia. Cabalgaba la noticia. Mis artículos hablaban sobre jugadores. Estaba encima de los jugadores. 84


Los cabalgaba. Y ellos: vamos, ríos de palabras. Se tiene una predisposición de ánimo más ecuménica después del sexo. Me adoraban en La Voz. Una pluma que no está nada mal, decían, nada mal, aunque después todo terminó en el olvido, porque es así que termina siempre todo; la actualidad es una manada de gacelas en fuga, un segundo y desaparece en el polvo hasta el Elzevir más elaborado. Leonardo Cuéllar parecía Hailé Selassiè. Tenía las piernas chuecas y hubiese hablado por toda la noche. Me dijo que el Real Madrid y el Barcelona lo querían, pero él no pensaba transferirse a Europa, estaba bien así con los Pumas, entrenando dos veces por semana y el resto del tiempo en el campo, a tocar la guitarra y a soplar dientes de león. Jan Jongbloed no era ese personaje que todos querían hacer creer. Fumaba cuarenta cigarrillos al día. Sólo faltaba que encendiese uno mientras lo cabalgaba. Discutimos mucho sobre Johann Cruijff. “No sabe lo que se pierde al no estar ahí cuando nos robemos la copa bajo los ojos del idiota con bigotes”, parloteaba despreciativo. Y el idiota con bigotes era Videla.

Todos siempre tenían una historia fabulosa para contarme. Quizás sentían la necesidad de entusiasmarme, de llenarme de curiosidad. Eran proclives al sensacionalismo. Ramón Quiroga no. Él era cristalino, sincero y cristalino, y tenía la cara de un montonero triste. Si había alguno que no debía haber estado allí en Argentina, ése era Quiroga. Tantos amigos en Rosario, donde había nacido, seguro que alguno tenía su nombre en la agenda. Y ve a creerle a quien decía que la ciudadanía peruana le servía para no ser fichado

85


como extranjero en el Sporting Crystal. La ciudadanía peruana le servía para no sentirse más argentino, sobre todo. Sucedió que en aquel mil novecientos setenta y ocho el régimen militar argentino se encontró con un regalo de la historia: el campeonato de mundo, en casa. La ocasión para llevar a cabo, luego del Proceso de Reorganización Nacional, el Proceso de Rehabilitación Internacional. Bueno, se trataba de dejar en casa a la estrella de Argentinos Juniors que se llamaba Diego Armando, y después de cerrar un ojo sobre Cesar Luis Menotti, gente que torcía fácilmente la nariz cuando surgía el nombre de Videla. Por lo demás, una ocasión única. Las prevaricaciones, las violaciones a los derechos humanos, todo pasaría a un segundo plano bajo las chispas doradas del certamen futbolístico. Me lo imagino a Videla alisándose bigotes (han pensado alguna vez en la inquietante ligazón entre bigotes y dictaduras, y sí que los bigotes vuelven los rostros más ridículos, y te esperarías de todo excepto que fuese capaz de algo brutal un hombre con los bigotes así). Pero la Argentina fatigaba. Hasta perdió contra Italia, marcó un tal Romeo Benetti, mientras que el Perú de Quiroga, de Percy Rojas, de Chumpitaz y de Cubillas —deberían haber visto como andaba aquel Perú— redujo a escombros a Escocia e Irán, frenó en cero a cero a la Holanda de Jongbloed y del fútbol total. Perú andaba una maravilla. Te lo digo, pero te ruego, no lo cuentes por ahí, me dijo Quiroga mientras encendía un cigarrillo. Último partido de la segunda fase de grupos. Se juegan la clasificación entre cuatro: Polonia, Brasil, Perú y Argentina. La tabla de posiciones dice: si La Argentina mete cuatro goles a los peruanos, está en la final. Si no, no. Y va Brasil. El día anterior al partido los andinos reciben una visita. En el vestuario se presenta Videla en persona, junto al secretario de estado norteamericano, Henry Kissinger. Quiroga ni siquiera los saluda, 86


continúa a ajustarse los botines, finge un malestar, está destruido por los rumores que giran en torno a su nombre: Quiroga el argentino, Quiroga se venderá, Pongan a Sartor, incitan lo periódicos brasileños. Quiroga, durante esa visita, tiene la caradurez de no estrechar la mano a ninguno. Parece Matthias Sindelar cuando, en un match celebrativo entre Alemania y Austria organizado por Hitler en ocasión del Anschluss, se negó a saludar a Hitler. Tiene coraje para vender, Quiroga. Y sin embargo… Y sin embargo el día después recibe seis goles. Alguno, en los años siguientes, ha sospechado un caso de corrupción. Se habló de dos naves cargadas de granos de trigo prometidas por el régimen al gobierno peruano. Al lado de Videla y Kissinger aparecieron las caras sombrías de los jefes del narcotráfico colombiano, faltaba sólo la C.I.A., la O.T.A.N., el papa, y ¿quién más? ¿Simón Bolivar? ¿El alma santa de Carlos Gardel? Algún otro dijo: Quiroga y su condescendencia al gran diseño del régimen. Mentiras. Mire, nosotros en Perú en los años treinta celebrábamos un rito, en ciertos pueblos del interior, se lo llamaba Yawar Fiesta. Yawar en quechua significa sangre, una fiesta de sangre, una matanza. La ha narrado Arguedas, incluso. Una matanza no tiene, en sí, la fascinación del juego. Una matanza es una matanza. Hay tanto folklore, sí; tradición, sí; pero al final de la feria se llena un toro de dinamita y lo hacen volar por los aires. Y la gente grita, y la gente baila y la gente se torna bárbara. Olvida las preocupaciones. Vive intensamente el espectáculo y vuelve a casa feliz.

87


Eso es, aquel Argentina-Perú fue una Yawar fiesta. Y Quiroga, Quiroga era el toro. El destino te hipnotiza, y él se había derrumbado bajo el peso de los rumores, de la responsabilidad, y entonces vía libre a Kempes y a Luque, a Luque y a Kempes, Quiroga estaba distraído, no sentía esos golpes, pensaba en sus amigos de Rosario, en aquellos de Buenos Aires, en sus agendas y quizás en su nombre escrito en esas agendas; tenía miedo, Quiroga, tenía miedo a lo que sucedía a cien metros de la cancha, en los centros de reclusión, en Garage Olimpo, de la guerra sucia, de los desaparecidos, de los aviones que decolaban y se aligeraban de la carga subversiva directamente en vuelo. Y pensaba, Quiroga, pensaba que, si ese partido hubiese resultado sucio, entonces quizás alguno hubiese querido ver claro, y no solo en un mísero partido de fútbol, era tan obvio, tan hay algo que no va, tan igual a todas las cosas que son tan así en este mundo, y quizás esa escena del bigotudo que entrega la copa a Passarella hubiese sido vista como lo que era, una pantomima. Una sucia pantomima. Treinta años después todavía hay quien duda de Ramón Quiroga. Yo he dejado desde hace un pedazo de tiempo de estar encima de la noticia, de cabalgar la noticia y a los jugadores, y la historia verdadera, aquella que emanaba de sus labios de indio, no conseguiré tenerla para mí por mucho tiempo, no si se continúa a enlodar su nombre. Porque yo a él, a aquel montonero de la cara triste, lo quería de verdad, fue el único del que me enamoré alguna vez, aunque nunca se lo haya dicho, otra que Kempes, otra que Cuéllar, otra que Crujiff, él y sólo él me tocó el corazón, Ramón, el corazón.

Este relato, incluido en el libro SFORBICIATE, aparece por cortesía de PIANO B y del autor.

88


18 de julio de 1936 Por

PATRICIA FERNÁNDEZ CORRAL

El montón de libros aumentaba con presteza e iba tomando una forma que me recordaba peligrosamente a la Torre de Pisa. Amancio, el bibliotecario, rebuscaba entre nuevos, y también viejos, ejemplares por catalogar con la innecesaria premura de quien desea enterrar a alguien bajo cientos de miles de páginas: a mí. Lo confirmaba la mirada airada y despectiva que, sin ningún reparo, me dirigía antes de subir de nuevo al depósito. Mirada que se veía correspondida con la mejor de mi repertorio de sonrisas cínicas, que tampoco era demasiado buena. Muy a mi pesar no me quedaba otro remedio que sufrir la arrogancia con que el anciano y “experimentado” bibliotecario miraba a la pobre, literalmente hablando, y tontina estudiante que tenía que pasarse el verano catalogando libros 89


por cuatro duros para poder pagar la pensión y no regresar al pueblo. Pero no importaba. Aquel hombre, que me consideraba inútil por ser mujer y joven, no sabía cuánto agradecía yo el fresco de los empedrados pasillos de la Universidad aquel bochornoso mes de julio. Sin necesidad de escapar a mi dilema existencial sobre cómo terminaría la página que había quedado prendida de mi máquina de escribir, pude desviar la atención de la torre de libros al escuchar acercarse unos pasos firmes y decididos que no reconocí. Con la vista enfocada en la estrecha puerta tardé unos segundos en ver aparecer a un hombre alto y delgado vestido de militar. Lo seguí con los ojos mientras con un par de veloces movimientos se plantó frente a mí delante del mostrador. Sujetaba firmemente el fusil con su mano derecha y llevaba prendidos de la solapa unos galones que no sabía qué significaban. —¡Señorita, abandone el edificio! —ordenó secamente con un estruendo de voz. Debí permanecer quieta, mirándolo durante un breve espacio de tiempo, porque finalmente descargó con fuerza la palma de su mano sobre un ejemplar de La Ilíada. —¡Inmediatamente señorita! —gritó con ojos encendidos. Alargué el brazo para coger el bolso, apoyado sobre mi silla, me levanté de un salto y rodeé el mostrador pasando detrás de él lo más de prisa que pude. Al alcanzar la puerta aminoré el paso y volví la cabeza a tiempo de ver cómo el militar entraba en la sala de lectura dispuesto a perturbar la paz de los que allí se hallaban. Corrí por el pasillo desierto todo lo que me lo permitieron los tacones desgastados de los zapatos. El sonido rebotó en las paredes cuando comencé a bajar la majestuosa escalera hacia la segunda planta. Escuché la algarabía y al poco rato vi cómo los corredores se inundaban de gente. Compañeros que, durante el verano, utilizaban las aulas para reuniones estudiantiles; o no. Entre la marabunta alborotada sobresalían varias gorras de color verde. Intenté ir contra corriente en busca de Raúl, amigo y vecino de la habitación de arriba. Habíamos llegado juntos. Acudía a una de aquellas reuniones “estudiantiles”. Quise 90


abrirme paso a empujones, pero los empujones los recibía yo. La gente profería improperios varios ante tan insultante atropello. Una mano a mi espalda sujetó mi hombro. Traté de soltarme, sin siquiera pararme a pensar que pudiese ser uno de los militares. —¡Julia! Me volví, escudriñando entre las caras. La mano se había visto obligada a alejarse. —¡Raúl! —¡Vámonos! —dijo indicando la salida con un movimiento de cabeza. Avanzados unos metros, sin que ambos nos perdiésemos de vista, hasta que pude colocarme a su lado. —Raúl, ¿qué está pasando? —pregunté asustada, en un tono de voz demasiado bajo, que quizá parecería demasiado sospechoso. —No estoy seguro —respondió él, pendiente ahora de nuestros flancos. —¿Cómo que no estás seguro? —Ahora no —me cortó tajante y furtivamente. Cientos de estudiantes y transeúntes alertados por el alboroto se congregaban a las puertas de la Universidad. Raúl me condujo a un discreto y estratégico segundo plano desde el que no perdíamos ripio de lo que acontecía. El edificio había quedado vacío de estudiantes, pero los militares todavía permanecían en el interior. La incertidumbre era mayúscula. Los jóvenes vociferaban protestando airados, los rumores corrían de boca en boca, a cada vez un poco más alarmantes, a cada vez haciendo una bola un poco más grande. Se hablaba de disidencia y de ajusticiamiento, se hablaba también de muerte. No era la primera vez que se hablaba de eso, sólo que ya no parecían especulaciones. El hombre que me había obligado a abandonar mi rutina diaria apareció luciendo el mismo semblante adusto. Su silueta se recortaba, “magnánima”, sobre el marco de la puerta. —¡Dispérsense! ¡Vamos, apártense todos! ¡Aquí no hay nada que ver! ¡La Universidad queda clausurada hasta nueva orden! 91


Pero sólo retrocedimos unos pasos, dejando espacio al camión que se acercaba por uno de los laterales. Eran más en número de los que había creído en un primer momento, unos diez o doce. Desfilaron conduciendo en medio de ellos a otras tantas caras conocidas. Caras a las que había escuchado, o a veces no, en las aulas. Algunas, que chorreaban sangre, ya habían probado la culata del fusil. No sabría decir quién llevaba la cabeza más alta y la mirada más teñida de orgullo, si captores o cautivos. El profesor Rodríguez parecía incluso que trataba de contener una sonrisa. Pobre profesor Rodríguez. Artrítico, reumático y sabio como pocos. No pintaba nada allí, siendo zarandeado por aquel uniformado. Por un instante pareció verme. Por un instante creí que me hacía una seña alzando los ojos. Lo interpreté como algo del estilo de “cuida de la biblioteca”. Pero profesor Rodríguez, si estos descerebrados clausuran la Universidad, ¿cómo voy a cuidar de la biblioteca? —No te preocupes por Rodríguez, es mayor y no les sirve de mucho. Lo soltarán enseguida. Vámonos ya, esto puede ponerse peor. —¡¿Peor?! —exclamé mientras me empujaba delante de él abriéndose paso entre la muchedumbre. —Sí. Camina y calla. —¿Y tus amigos? ¿Dónde se han metido? —Ellos pueden cuidarse solos. “También yo”, pensé. Especialmente si dejaba, de una vez por todas, de relacionarme con él y su peculiar camarilla. Recorrimos las antiguas callejuelas a una velocidad poco acostumbrada en Raúl. Aunque todo empezaba a no parecerse a lo acostumbrado. Los viandantes que pasaban junto a nosotros lo hacían al mismo paso ágil y nervioso, sin mirarse unos a otros, la vista enfocada al empedrado. Como si todo el mundo tuviese prisa por llegar a algún sitio, aunque no supiesen a donde. —Venga, date prisa —apremió Raúl colgando mi brazo del suyo, como si fuésemos una feliz pareja de enamorados, para poder tirar de mi con más facilidad.

92


Su tono de voz era algo más relajado que minutos antes en la Universidad. Por primera vez, sin detenerse, se volvió para mirarme mientras me hablaba. —Te contaré todo cuanto estemos en la pensión. Ya no es seguro hablar por las calles. —¿Por qué? —sabía que sabía la respuesta, pero todavía me negaba a aceptarla. No hasta que no lo viese más claro, y ojalá no lo viese, aunque tuviese que quedarme ciega por el resto de la vida —En la pensión, Julia. Y, aun así, debemos tener mucho cuidado. Nunca se sabe quién puede estar al otro lado de la pared. —Sí lo sé. Está la Señorita Colomer, con sus insoportables ataques nocturnos de tos. Sonrió ante mi sarcasmo. —Ahora sólo puedo decirte que no olvidarás el día de hoy— murmuró apretándome el brazo ligeramente en un gesto que se me antojó reconfortante. No olvidaría aquel día. Puede que Raúl tuviese razón o puede que no, pero me hizo recordar mí llegada a la biblioteca aquella mañana, cuando escribí, con pulcra caligrafía, la fecha en el libro de registro: dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis. Doña Estrella nos miró con la acostumbrada expresión de desaprobación con que nos obsequiaba cada vez que entrábamos o salíamos juntos de la pensión. Más motivo tenía la pobre esa mañana al verme firmemente cogida del brazo de Raúl. —Buenos

días

tenga

usted,

Doña

Estrella—

la

atajó

mi

acompañante, con su más amable sonrisa, antes de que ella pudiese insinuar ningún tipo de reprobación. Calculé que habría tardado unos pocos segundos en comenzar a encomendar nuestras almas perdidas a todos los santos. Los mismos segundos en que subí un piso más de lo acostumbrado y la puerta de la habitación se cerró tras ambos. —Bueno, habla de una vez, que me estoy poniendo nerviosa.

93


—Ssssss!!! ¡Baja la voz! —apoyó la palma de la mano y la oreja en la pared izquierda, para luego hacer lo propio en la derecha. No salía de mi asombro. Bien era cierto que la situación en la calle era alarmante, pero la paranoia de Raúl comenzaba a rozar límites insospechados. Para mi tranquilidad pronto se relajó. Se despojó de su chaqueta raída y se sentó al borde de la cama. Vi como por primera vez en toda la mañana parecía derrotado. Hundió la cara en las manos, apoyadas sobre sus rodillas. —Por lo visto, el General Mola y sus tropas se sublevaron ayer desde Marruecos. —¡Madre de Dios! No pude evitar el contenido beato de mi espontánea exclamación. En

cuanto

me

percaté

esperé

que,

dada

la

gravedad

de

los

acontecimientos, Raúl lo pasase por alto. —Se comenta que Franco ha volado a Marruecos para hacerse cargo. —Vaya por Dios. —¡Julia, déjate de dioses que no es el momento, coño! —Lo siento. No te pongas así. De todas maneras, se veía venir que el Gobierno no aguantaría. Hace meses que se sospechaba de un pronunciamiento militar. —Lo sé. Pero no estábamos preparados, todavía no. —¿Quiénes? ¿Tus amigos y tú? —Sí— respondió clavándome una mirada gélida—. Mis amigos y yo. Me lo negué a mí misma con la cabeza gacha. El corazón me palpitaba de nuevo. Traté de calmar mi ansiedad recorriendo la habitación de un lado a otro bajo la atenta mirada de Raúl. —Julia, no esperarías que entregásemos sin más el país en manos de Franco… —¡¿Y por qué no?!— alcé la voz. Mi semblante no debía de ser demasiado agradable a la vista, Raúl se vio obligado a apartar la mirada al suelo—. ¡¿Es qué pensáis que vamos a estar peor con él?! ¡¿De veras 94


crees que podemos estar peor?! Porque yo sólo veo una forma en la que podemos estar peor, y es justo en la que vosotros nos vais a meter a todos. Y no me vengas con pamplinas de derechos y libertades, ¿o acaso realmente las tenemos ahora?! ¡Este país es un caos! —¡Julia, eso es precisamente por lo que vamos a luchar! —me gritó poniéndose en pie de un salto—. Lo que queremos es sentar unas bases, y hacerlo bien esta vez. Es posible. Recuerda 1871. Mira a tu alrededor, otros lo han conseguido. Sólo queremos poner unos cimientos sólidos, para que entre todos podamos levantar el edificio —añadió a modo de colofón tras un breve silencio. Quedaban probadas las habilidades de Raúl para la oratoria. Mientras hablaba se había ido acercando a mí lentamente y su discurso, de una manera casi hipnótica, había hecho que me replantease mis propias palabras. Realmente, tampoco hacía falta demasiado para ello. Tenía claras muchas cosas, pero mis ideas respecto a la política no era una de ellas, por muchas vueltas que le viniese dando al tema en los últimos tiempos. —Eso me parece estupendo y muy noble, Raúl. Pero también me parece demasiado idílico. Y, por desgracia, si seguís adelante ahora no podréis hacerlo a vuestra manera, sino a la suya. —Lo sé —reflexionó durante unos instantes con la mirada perdida—. Pero para hacer grandes cosas hay que pagar grandes precios. —Raúl, los héroes, al final, no son más que un nombre grabado en un muro. —No pretendo ser un héroe. —Lo serás si sigues con esto. Pero no estarás vivo para poder ver el final. —Creo que exageras, Julia. —¿Quién me lo dice? ¿El paranoico que da un rodeo de diez minutos completamente innecesario? ¿O el que cree que las paredes tienen voz y voluntad para desvelar sus secretos?

95


Justo a tiempo de evitar que aquello se convirtiese en una discusión con serias consecuencias dos sonoros golpes en la puerta nos sobresaltaron. Raúl se lanzó hacia ella. —¿Quién llama? No escuché nada, pero obviamente él sí porque abrió con total confianza. Al otro lado pude distinguir a un chico alto, de pelo negro y tez pálida, con unos grandes ojos oscuros, más melancólicos incluso que los del resto de los mortales por aquel entonces. Lo reconocí como uno de los miembros del “club estudiantil” de Raúl, al que había catalogado como un muchacho un tanto extraño. Caminaba siempre mirando al suelo y apenas hablaba. Raúl decía que se debía a que su abrumadora inteligencia lo mantenía continuamente ocupado en la resolución de misterios irresolubles. El chico se adentró en la habitación dirigiéndome una fugaz mirada de desconfianza. —Juan, ésta es Julia, mi vecina —intervino Raúl. —Ah. Bueno, si estás acompañado volveré más tarde. Juan vestía unos pantalones de pana marrones, demasiado gruesos para el mes de julio. Llevaba una camisa raída y una chaqueta vieja de color verde oscuro. En la mano sujetaba una gorra. Era alto y desgarbado. Los ojos, pequeños y pardos, eran inquietantes. Hacía varios días que no se afeitaba. Más de un profesor le hubiese prohibido entrar en el aula con semejante pinta. Se dio la vuelta dispuesto a salir. —No. Quédate, Juan. Ella es de confianza. Raúl cerró la puerta y el silencio llenó por completo la estancia durante varios segundos. Era evidente que Juan no confiaba en mí. Permaneció callado, mirando al suelo. —Habla, Juan. ¿Qué sabes? Juan alzó la mirada por encima de la gorra y clavó sus ojos en mí. No dijo nada. No apartó la vista. Sostuve su mirada hasta que los ojos empezaron a parecerme demasiado grandes, demasiado encendidos. —Raúl, yo me voy. Tengo unos trabajos que terminar. —¿Trabajos? ¿Pero es que no has visto la que se ha montado en la Universidad? Por el momento puedes ir olvidándote de tus trabajos. 96


—Da lo mismo. Yo tengo cosas que hacer. Me dirigí hacia la puerta. Tenía que pasar junto al tal Juan y notaba sus ojos siguiendo cada movimiento que hacía y cada paso que daba. —Adiós. Cerré de un portazo. No porque estuviese enfadada. O, al menos, no con Raúl. Ese tipo era un imbécil. Era la última vez que consentía que me mirase así, que me intimidase de esa manera. Me había echado de la habitación de Raúl. Él no era quien para hacer eso. Caminé por el pasillo. No se lo permitiría. Bajé las escaleras tratando de que los tacones de mis zapatos no sonasen demasiado apurados. Sabía que aquel intruso estaría escuchando hasta que cerrase la puerta de mi habitación, debajo de ellos. Y la cerré. Estaban justo bajo la bombilla de la habitación de Raúl, así que, justo sobre la mía. Caminé hacia la mesa que servía de escritorio haciendo sonar mis zapatos. Me senté. Unos segundos, y comencé a escuchar murmullos. Me descalcé y me puse en pie. Levanté la silla con cuidado y la coloqué bajo la bombilla. Cogí el vaso de la mesilla de noche. Me subí a la silla y, con el vaso pegado al techo, escuché. “El Ejército se está haciendo con el sur del país sin dificultades… Raúl, es la Revolución, debemos defender el país de los fascistas... Se están cometiendo desmanes por las calles, si vieras lo que he visto mientras venía hacia aquí… Estamos en guerra… Hay que quiere impedir que los sublevados lleguen a Madrid…”. Me bajé de la silla con cuidado de no hacer ruido. Algunas palabras se me agolpaban en la cabeza. Guerra. Defender Madrid. El tal Juan había dicho algo de unas brigadas populares, el propio Líster asumiría la defensa. Alguna vez lo había pensado, pero no creía que llegase a pasar, no tanto, no así. El tío Ernesto, escritor de buena pluma y poca fama, había dicho que el mundo no estaba tan loco, que España no estaba tan loca como para lanzarse a una Guerra Civil que ni unos ni otros resistirían. El tío Ernesto no era un personaje subversivo, era sólo el tío Ernesto: ni de izquierdas ni de derechas, de nada. Pero ser de nada creaba fama de anarquista en la sombra; y por eso, el tío Ernesto no era bien visto. La fonda en la que vivía desde que había llegado a la ciudad, hacía ya muchos años, estaba a unos metros. 97


Tan capaz era, el tío Ernesto, de estar todavía en la cama y no haberse enterado de nada. Salí poniendo cuidado en no caminar demasiado de prisa ni demasiado despacio, no fuese a levantar las sospechas del que me parecía más un espía que un defensor del país. Ya fuera de la pensión apuré el paso. Atajé por un par de callejuelas y crucé la plaza hacia la fonda Casa Rosa. —Buenos días, niña. —Buenos días, Doña Rosa. ¿Sabe si está mi tío arriba? —Allí seguirá, supongo yo, no ha salido en toda la mañana. Golpeé la puerta con insistencia. Dentro no se escuchaba un solo ruido. Era imposible que no oyese mis golpes, aunque estuviese durmiendo, el tío Ernesto tenía el sueño ligero. — ¡Tío Ernesto! ¡Abra la puerta que soy yo, Julia! Casi no había terminado la frase cuando una mano asomó por la puerta y me sujetó fuerte del brazo. Tiró de mí y, haciéndome atravesar un espacio por el que jamás creí caber, me metió en la habitación. —Muchacha, ten cuidado…, que así vas a conseguir que nos maten a los dos— mi tío Ernesto susurraba nervioso. La habitación estaba más desordenada de lo que me la encontraba los domingos, cuando iba a hacer la limpieza. El tío Ernesto, flaco y desgarbado, se movía rápido guardando ropa y papeles en una maleta. Observé intrigada. —Tío, sabe usted lo que ha pasado, ¿verdad? —Pues claro que lo sé, mujer, ¿queda alguien que no lo sepa? Además, no me ves que estoy poniendo pies en polvorosa. —Pero ¿por qué, tío? Usted no ha hecho nada ¿verdad? —No sé lo que es nada para esta gente, Julia. Mira niña, yo no me meto en politiqueos, pero tengo mis ideas, como todos. Y aquí, nos van a matar hasta por pensar. —Pero ¿qué dice, tío? No pueden matar a la gente porque sí. Harán presos a comunistas, anarquistas, y a los fieles a la República. Y ya está… Y esos todo el mundo sabe quiénes son. “Hasta yo”, pensé, pero no lo dije. 98


—Niña, tú cuídate de andar con esa gente de la Universidad con la que te juntas. Y a partir de ahora: oír, ver y callar. ¿Entendido? —Sí, tío, entendido —le di la razón para que se quedase tranquilo, sin ningún convencimiento de que aquello fuese necesario, y menos aún de que lo fuese a cumplir. Pero en un minuto la vida puede darse la vuelta, ponerse patas arriba y volverse loca. El minuto en el que escuchamos los fuertes pasos por la escalera, la voz ronca ordenando abandonar las habitaciones. El minuto en que nos quedamos petrificados, mirándonos, esperando que supusiesen que no había nadie. El minuto en el que no supusieron y echaron la puerta abajo. —Don Ernesto González, escritor subversivo, anarquista y propagandista —el hombre que me había echado de la biblioteca hablaba a mi tío, que no respondió. Ni falta que le hizo responder, sabía lo que iba a pasarle. Miró directamente a los ojos de aquel hombre mientras le apuntaba al entrecejo, justo hasta que disparó. Y el tío Ernesto cayó al suelo, igual que un espantapájaros viejo. —Y tú ¿quién eres? Yo no sabía quién ser en aquel horror que sólo estaba comenzando. No sabía quién tenía que ser. Oír, ver y callar. Y se hizo el silencio... Pero no en mi cabeza...

99


Las cosas Por

GIOVANNI VERGA Traducido del italiano por Manuel E. González López y Chiara Presutti

Un viandante que caminase a la vera del lago de Lentini —que parece tendido allá como un trozo de mar muerto— y de los rastrojos quemados de la llanura de Catania, y que pasase después entre los naranjos siempre verdes de Francofonte y los alcornoques grises de Resecone, y las pasturas desiertas de Passaneto y de Passanitello, si ese viandante, para engañar el aburrimiento del largo camino polvoriento bajo el cielo oscuro por el calor, en la hora en que los cascabeles de las camillas tocaban tristemente en la inmensa campaña, y las mulas balancean cabeza y rabo, y el camillero canta su canción melancólica para no dejarse vencer por el sueño de la malaria, preguntase: —¿Esto de quién es? 100


Escucharía como respuesta: —De Mazzarò. Y si al pasar cerca de una granja grande como un pueblo, con almacenes que parecen iglesias, con las gallinas acurrucadas en bandadas a la sombra del pozo, con las mujeres que se ponen la mano sobre los ojos a modo de visera para ver quien pasa, volviese a preguntar: —¿Y esto, de quién es? —De Mazzarò. Y caminando y caminando, mientras la malaria le pesa sobre los ojos, de improviso sacudido por el ladrido de un perro al atravesar una viña interminable que se extiende por la colina y la llanura inmóvil, como si le pesara el polvo, al encontrarse al guardián acostado boca abajo sobre su escopeta, al lado del valle profundo, y que levanta la cabeza somnolienta mientras abre un ojo para ver quién es, si volviese a preguntar: —¿Esto, de quién es? Volvería a escuchar como respuesta: —De Mazzarò. Después venía un olivar tupido como un bosque, donde la yerba nunca crecía, y la cosecha duraba hasta marzo. Eran los olivos de Mazzarò. Hacia el atardecer, cuando el sol se ponía rojo como el fuego, y la campaña se velaba de tristeza, se encontraban las largas de los arados de Mazzarò que volvían despacio, despacio del barbecho, y los bueyes que pasaban el vado lentamente, con el hocico en el agua oscura; y se veían en las pasturas lejanas de la Canziria, en la ladera estéril las inmensas manchas blancas de los rebaños de Mazzarò; y se oía el silbato del pastor resonar en el cañón, y el cencerro que tocaba ora sí, ora no, y el canto solitario perdido en el valle. Todas cosas de Mazzarò. Parecía que fuera de Mazzarò hasta el sol que se ponía, y las cigarras que zumbaban, y las aves que iban con vuelo breve a acurrucarse detrás de la tierra removida, y el silbido del autillo en el bosque. Parecía que Mazzarò estuviese acostado sobre la tierra tan grande él como grande era la tierra y que se caminase su sobre su vientre. En cambio —decía el camillero—él era un 101


hombrecillo que al verlo parecía no valer nada; y de gordo no tenía otra cosa que la barriga, no se sabía cómo hacía para llenarla, porque no comía más que céntimos de pan, y eso que era rico como un cerdo; pero tenía una cabeza que era un brillante aquel hombre. De hecho, con esa cabeza como un brillante, había acaparado todas aquellas cosas, donde antes iba de la mañana a la noche a zapar, a podar, a cosechar; con el sol, con la lluvia, con viento; sin zapatos en sus pies, y sin un pedazo de abrigo; que todos recordaban de haberle pateado el trasero, todos los que ahora lo llaman Excelencia, y le hablan con la gorra en la mano. Pero ni siquiera por esa razón se había vuelto soberbio, ahora que todos las Excelencias del pueblo eran deudores suyos; él decía que Excelencia quería decir pobre diablo y mal pagador. El seguía llevando su gorra, aunque ahora la llevaba de seda negra: era su única grandeza. Y últimamente, también había llegado a ponerse el sombrero de fieltro, porque costaba menos que la gorra de seda. Cosas poseía hasta donde llegaba la vista, y él la tenía larga (por todos los lados, delante y detrás, en la montaña y la llanura). Más de cinco mil bocas, sin contar los pájaros del cielo y los animales de la tierra, comían en su tierra, y sin contar la suya, que era la que comía menos de todas: se conformaba con dos monedas de pan y un trozo de queso, engullido de prisa, de pie, en un rincón de su almacén, grande como una iglesia, en medio del polvo del trigo que no dejaba ver, mientras los campesinos descargaban los sacos, o recostado sobre un pajonal cuando el viento barría el campo helado, durante el tiempo de la siembre, o con la cabeza dentro un cesto en los días calientes de la siega. Él no bebía vino, no fumaba, no usaba tabaco, y eso que sus huertos producían tabaco a lo largo del río, con hojas altas y anchas como niño que se vendían a noventa y cinco liras. No tenía el vicio del juego ni el de las mujeres. De mujeres nunca había mantenido otra más que su madre, la que le había salido doce tarì cuando había tenido que hacerla llevar al camposanto. Es que él había pensado y repensado mucho en qué significan las cosas, cuando iba sin zapatos a labrar la tierra que ahora era suya, y había experimentado lo que cuesta levantar los tres tarì de la jornada, en 102


el mes de julio, con la espalda encorvada catorce horas, con el capataz detrás, a caballo, que te azota cuando amagas a levantarte apenas un momento. Por esta razón no había dejado pasar un minuto de su vida que no estuviese empleado en conseguir las cosas; ahora sus arados eran numerosos como las largas filas de cuervos que llegaban en noviembre; y otras filas de mulas, que nunca se acababan, llevaban las semillas; las mujeres que estaban agachadas en el barro de octubre a marzo para cosechar sus aceitunas era incontables, como incontables eran las hurracas que venían a robarlas; y en la temporada de la vendimia acudían aldeas enteras a sus viñedos, y hasta donde se oía cantar en la campaña era por la vendimia de Mazzarò. En el tiempo de la siega, los segadores de Mazzarò parecían un ejército de soldados, y para mantener toda esa gente con la galleta de la mañana y el pan y la naranja amarga del desayuno, y la merienda, y la lasaña de la noche, se necesitaba dinero montones, y las lasañas se servían en recipientes grandes como tinajas. Por eso, cuando iba a caballo detrás de la fila de sus segadores, con el látigo en la mano, no perdía de vista a ninguno, y no paraba de repetir: ¡encorvémonos, muchachos! A Mazzarò, que todo el año estaba con las manos metidas en los bolsillos para no gastar, le sacaba tanto el rey con sus impuestos que le daba fiebre cada vez que debía pagarlos. Pero cada año todos esos almacenes grandes como iglesias se llenaban tanto de trigo que había que levantar el techo para que cupiese todo; y cada vez que Mazzarò vendía el vino se necesitaba más de un día para contar el dinero, todo en tarì de plata, porque él no quería ese papel sucio por sus cosas, e iba a comprar ese papel sucio sólo cuando tenía que pagar al rey o a los demás. En las ferias, el ganado de Mazzarò cubría todo el campo y llenaba las calles, tanto, que se necesitaba de media jornada para dejarlo desfilar. Y el santo con la banda a veces tenía que cambiar de camino y ceder el paso. Todas esas cosas las había conseguido él, con sus manos y su cabeza, con el no dormir por la noche, enfermando de malaria, palpitaciones y fiebre, con su fatiga de la mañana a la noche, dando 103


vueltas bajo el sol y bajo la lluvia, desgastando sus botas y sus mulas: sólo él no se desgastaba pensando en sus cosas, que era todo lo que tenía en el mundo; porque no tenía ni hijos ni sobrinos ni parientes. No tenía más que sus cosas. Cuando uno es así, quiere decir que está hecho para las cosas. También las cosas estaban hechas para él, parecía que tuviese imanes para ellas, porque las cosas quieren estar con quien sabe tenerlas y no con quien las derrocha, tal como hacía aquel barón que antes había sido el patrón de Mazzarò, ése que por caridad lo había recogido desnudo en sus campos, ése que había sido el dueño de todas aquellas praderas y de aquellos bosques y de aquellos viñedos y de todo aquel ganado, el mismo que parecía el rey cuando llegaba a sus tierras a caballo, con todos sus capataces detrás, haciéndose preparar también el alojamiento y la comida, el estúpido, de modo que todos sabían el momento y la hora en que llegaba, y ninguno, entonces, se dejaba pillar sin hacer nada. “Uno como ese quiere que lo roben a la fuerza”, pensaba Mazzarò, y se moría de risa cuando el barón le daba patadas en el trasero mientras se frotaba la espalda murmurando “el que es tonto que se quede en casa, las cosas no son de quien las tiene sino de quien las consigue”. Pero él, después de haber conseguido sus cosas, no mandaba avisar si iba vigilar la siega o la vendimia o cuándo ni cómo; aparecía de improviso, a pie o montado en la mula, sin capataces, con un trozo de pan en el bolsillo y los pajares como lecho, durmiendo con los ojos abiertos y la escopeta entre las piernas. De ese modo, Mazzarò se convirtió en el dueño de todas las cosas del barón; y éste perdió primero el olivar, luego los viñedos, luego la pradera, luego las granjas y, finalmente, su propio palacio; no pasaba día en que no firmase un pagaré al que Mazzarò le ponía debajo su bella cruz. Al barón no le quedó otra cosa más que el escudo de piedra que antes estaba en el portal, que fue lo único que no quiso vender, diciéndole a Mazzarò: sólo eso de todas mis cosas no es para ti. Y era verdad, Mazzarò no sabía qué hacer con eso, y no hubiese pagado por él ni dos monedas. El barón seguía tuteándolo, pero ya no le daba patadas en el trasero.

104


¡Eso sí que es una cosa hermosa, tener la fortuna que tiene Mazzarò!, decía la gente, sin saber lo que le había costado acaparar aquella fortuna: ¡cuántas preocupaciones, cuánta fatiga, cuántas mentiras, cuánto riesgo de ir a la cárcel! Y cómo aquella cabeza que era un brillante había trabajado día y noche, más que una piedra de molino, para conseguir las cosas. Y si el propietario de una esclusa limítrofe se obstinaba en no cedérsela y quería tener agarrado del cuello a Mazzarò, éste buscaba una estratagema para obligarlo a vender, para engatusarlo, a pesar de la natural desconfianza campesina. Él le hablaba, por ejemplo, de la fertilidad de una finca que no producía ni siquiera altramuces y llegaba a convencerlo de que era una tierra prometida, hasta que el pobre diablo se convencía y la alquilaba para especular con ella y finalmente perdía el dinero del alquiler, la casa y la esclusa, Mazzaró se lo quedaba por un pedazo de pan. ¡Y cuántas molestias tenía que soportar Mazzarò! Los aparceros que se quejaban de las añadas malas, los deudores que mandaban en procesión a sus mujeres a arrancarse los cabello y golpearse en el pecho para conmoverlo y que no los dejase en la calle o quitarle la mula o el burro porque no tendrían con qué ganar para comer. “¿Ves lo que como yo? ¡Pan y cebolla! Y eso que tengo los almacenes llenos y soy el dueño de todas estas cosas”, respondía Mazzarò. Y si le pedían un puñado de habas de todas esas cosas, decía “¿Qué, les parece que lo he robado? ¿No sabéis lo que cuesta sembrarlas zaparlas y cosecharlas?” Y si le pedían una moneda contestaba que no la tenía. Y no las tenía de verdad. Porque en su bolsillo no tenía nunca doce tarì, porque mucho dinero era lo que se necesitaba para sacarle provecho a todas esas cosas, el dinero entraba y salía de su casa como un río. Por otra parte, a él no le importaba el dinero, decía que el dinero no era cosas, y en cuanto juntaba una buena suma, compraba enseguida una parcela de tierra, porque quería llegar a tener tanta tierra como tenía el rey, y ser mejor que el rey, porque el rey no podía venderla ni decir que era suya. Sólo una cosa le dolía: que empezaba a hacerse mayor y tendría que dejar la tierra allí donde estaba. Esto le parecía una injusticia divina, que después de haber consumido la vida en comprar cosas, que luego de 105


haberlas conseguido tuviese dejarlas, cuando aún se proponía comprar más. Se pasaba las horas sentado en sobre una canasta, con el mentón entre sus manos, mirando sus viñedos que reverdecían ante sus ojos y los campos ondulantes de espigas como el mar y los olivares que velaban la montaña como una niebla, y si un muchacho semidesnudo encorvado por el peso que portaba le pasaba delante, Mazzarò, de envidia, le tiraba su bastón entre las piernas y refunfuñaba: “¡Mirad a quien le quedan muchos días! ¡A éste que no tiene nada! Así que, cuando le dijeron que debía dejar sus cosas para pensar en su alma, como un loco se fue al corral y, tambaleante, comenzó a matar a golpes de bastón sus pavos y sus patos, mientras gritaba: ¡Cosas mías, vengan conmigo!

106


ENSAYOS ARTÍCULOS

107


Escarbando en Philip K. Dick (Una indagación sobre el hombre en el castillo) Por

Campo Ricardo Burgos López

El hombre en el castillo del escritor estadounidense Philip K. Dick (The Man in the High Castle) es uno de esos libros que, como les ocurre a todos los clásicos, desde su aparición en 1962 ha debido soportar el uso y el abuso. Así mismo, como también les ocurre a todos los clásicos, es un texto al cual es inevitable volver una y otra vez, pues sus sucesivas lecturas siempre están revelando nuevas vetas. De acuerdo entonces con esta tradición, en el siguiente artículo pretendemos "usar, abusar y 108


releer" una vez más El hombre en el castillo. Para este caso concreto, dividiremos nuestro trabajo en cuatro partes. En la primera de ellas, para aquellos lectores que aún no la conozcan, plantearemos un brevísimo resumen del argumento desde el cual Dick ha creado su obra. En la segunda, proporcionaremos algunas apuntaciones críticas que llamen la atención

sobre

ciertas

tesis

y

características

que

juzgamos

fundamentales en la novela. En la tercera sección analizaremos dos puntos de la obra dickiana desde la perspectiva del filósofo francés Clément Rosset. Finalmente, ofreceremos las conclusiones de nuestra indagación. 1. SINOPSIS El hombre en el castillo es una ucronía, es decir, una novela que explora tiempos o etapas históricas que nunca ocurrieron. Como sabemos (o al menos, como postulará Dick en su novela, hasta donde suponemos saber) la Segunda Guerra Mundial concluyó con la derrota del Eje Alemania-Japón-Italia a manos de los Aliados. La obra de Dick retrata un mundo donde el Eje ha derrotado a los Aliados, y Estados Unidos ha sido invadido y dividido entre japoneses y alemanes. En este planeta horripilante donde el delirio nazi ha hecho cuanto le ha dado la gana (por ejemplo, han secado el Mar Mediterráneo, han exterminado a todos los africanos y a casi todos los judíos, han reducido otra vez a los negros a la esclavitud), Dick ubica varias historias pero se centra de modo especial en cinco: La de Robert Childan, la de Frank Frink y su ex esposa Juliana, la del señor japonés Nobusuke Tagomi, y la del agente alemán que se escuda tras el falso apellido Baynes. Childan es un vendedor de "artículos artesanales norteamericanos" como por ejemplo cómics, muy acomplejado por la inferioridad de la "raza estadounidense" frente a la evidente superioridad de los japoneses. Frank Frink es un joyero que al principio de la novela pierde su trabajo y a quien Dick nos muestra en su batalla por instalarse como trabajador independiente. Juliana es la esposa separada de Frink, que inicia una 109


aventura romántica con un desconocido. Tagomi es un funcionario japonés en la zona de ocupación asiática sobre lo que fue Estados Unidos de América. Por último, Baynes es un alemán que de modo encubierto viaja a la zona de dominio japonés sobre Estados Unidos, con un propósito que Dick va revelando lentamente. La trama se desarrollará a partir de tres ejes: Uno es el comercio de "antigüedades estadounidenses anteriores a la Segunda Guerra Mundial", otro es la misión de Baynes en los "Estados Pacíficos de América", y el tercero la difusión de un extraño libro llamado La langosta se ha posado escrito por un tal Hawthorne Abendsen. Sobre este tercer eje habría que anotar que es quizá el más logrado y el más complejo de todos, dado que allí, Dick muestra una curiosísima "novela" donde los alemanes y japoneses han perdido la Segunda Guerra Mundial y los Aliados han vencido. Con semejante contenido, por supuesto, el libro es prohibido y perseguido por los nazis, y sobre su autor pesa una pena de muerte. Uno de los cinco personajes centrales (Juliana) se obsesionará tanto con La langosta se ha posado, que viajará hasta el búnker donde Abendsen se protege de los nazis, conocerá al mismo Abendsen, y junto a él hará el descubrimiento capital y estremecedor del libro: Que Alemania y Japón "en realidad" perdieron la Segunda Guerra Mundial.

2. ALGUNOS APUNTES CRÍTICOS ACERCA DE "EL HOMBRE EN EL CASTILLO" Tal como adelantamos en la introducción, ahora esbozaremos algunas ideas que pueden ser útiles a la hora de comprender la novela de Dick.

110


2.1 El hombre en el castillo es la historia de una disidencia y él mismo un acto de disidencia. La novela describe un Planeta Tierra bajo la bota de dos totalitarismos (el japonés y el alemán) de los cuales el alemán es el más cruel y poderoso. En ese mundo sólo existen el arte "políticamente correcto" que permiten los imperios, y las "artesanías norteamericanas de preguerra" que se suponen inofensivas por ser sólo recuerdos de una cultura vencida. El arte moderno y contemporáneo tal como lo conocemos —por definición un arte antitradicional y "políticamente incorrecto" — ha sido borrado del mundo. Dado que ese Estados Unidos que pinta Dick sufre bajo un régimen totalitarista, es apenas obvio que no existan gérmenes de esa disidencia y de ese individualismo sobre el cual está erigido el arte de la Modernidad. Empero, en medio del torrente de arte servil y obediente que le gusta al poder y que es la norma descrita en el texto, de repente aparece ese "libro maldito": La langosta se ha posado. En ese libro se propone un mundo alternativo al "real", un mundo que reta a la totalidad del sistema, un mundo que a ojos de los nazis sólo puede ser calificado como "pecaminoso". La langosta se ha posado es peligrosa porque ocasiona que sus lectores piensen cosas "que no deben pensar", porque obliga a considerar el universo desde un nuevo punto de vista, porque aquel que pasa por sus páginas contempla el mundo con nuevos ojos. En últimas, La langosta se ha posado1 (¿o deberíamos llamarla El hombre en el castillo?) es peligrosa porque "desrealiza lo real", porque le quita realidad a la "realidad", porque muestra que por demasiados recovecos el mundo que juzgamos "verdadero" está contaminado de "ficción". Si hay algo claro en El hombre en el castillo es que la obra parte desde una sospecha ontológica. Sin saber bien por qué, Abendsen intuye que el mundo donde él vive no puede ser real; de hecho, que escriba y publique La langosta es un modo de hacer pública su sospecha. Con su libro, Abendsen plantea que la humanidad entera se halla sumida en un delirio del cual sería oportuno despertarla. Lo curioso del asunto es que esta situación planteada en El hombre en el castillo 111


halla paralelo en otros planos ¿Qué es El hombre en el castillo sino una novela donde Dick asevera que el mundo que percibimos a través de los sentidos es menos real de lo que suponemos? ¿Qué es El hombre en el castillo sino el epítome de la vida de Dick? (Alguien que nunca en su vida estuvo completamente seguro de que este mundo que compartía con los demás humanos fuera real). ¿Qué es El hombre en el castillo sino la imagen de tantos y tantos filósofos que a lo largo de la historia humana han sostenido que este universo nuestro sólo es una sombra de algo distinto? ¿Qué es El hombre en el castillo sino la manifestación de ese anhelo tan íntimo de todo ser humano de que este mundo, después de todo, sea menos real de lo que parece? Si hay una aspiración humana a la cual responde la obra de Dick es el deseo de que nuestra vida no sea todo, de que haya un "más allá" que haga palidecer de vergüenza a este "más acá". Como toda gran obra, El hombre en el castillo aspira a ser una Biblia, es decir, un contramundo en el mundo, una contrarrealidad frente a la "realidad". Como lector es emocionante percibir la valentía (¿o terquedad?) de este Dick que página a página le lleva la contraria a todas las personas que se hallan sometidas al totalitarismo del mundo fenoménico, que se limitan a creerle a sus percepciones y ya. Imagino que es la emoción análoga que experimentaba ese San Pablo que en sus epístolas escribe que se queda con la locura de Dios frente a la sabiduría de los hombres. Digámoslo de una vez: Frente a Dick —como ocurre con el Cervantes de El Quijote — sus lectores sentimos unas ganas irremediables de quedarnos con su "locura" y no con "el realismo" de los demás.

2.2 El hombre en el castillo ofrece una imagen clara del pecado. Uno de los momentos sobrecogedores de la novela ocurre cuando Dick narra el modo en que, tras su triunfo, los nazis han suprimido a los africanos: Se los han comido. Tras reducirlos a fragmentos humanos 112


mediante ciertos experimentos, han empleado para alimentación lo que era empleable en tal propósito, y el resto de huesos, piel y órganos se han utilizado como insumos para ciertas industrias alemanas. En su Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters) C.S.Lewis volvió famosa su definición del Diablo y por consiguiente del pecado: El Diablo es alguien que anhela comerse todo el universo, es alguien que cualquier otra forma de vida (animal, humana o divina) sólo la considera como alimento o medio para crecer él mismo. El pecado —sostenía Lewis— básicamente es considerar al otro como alimento, como un insumo, como un medio para un único fin que soy yo mismo. En El hombre en el castillo Dick asume esta misma posición. Como imagen que son del mal y del pecado, los nazis sólo pueden ver a los que no son como ellos, como puros instrumentos, como puros medios, como puro alimento. Acierta Dick cuando recuerda que los nazis son, por sobre todo, caníbales2, unos caníbales tecnológicos pero al fin y al cabo tan antropófagos como lo alcanzaron a ser algunas tribus primitivas en los albores de la historia humana. En el universo de El hombre en el castillo el caníbal gobierna al planeta Tierra y el lector de inmediato se pregunta si no ocurre lo mismo en este mundo del siglo XXI donde unos países utilizan a otros como insumos o alimentos para sus "propósitos nacionales". Uno se pregunta si este planeta que habitamos no está más próximo al mundo de Dick de lo que nosotros quisiéramos aceptar. Ya en otro plano, Dick también nos hace

reflexionar.

¿Acaso

todos

los

seres

humanos

no

somos

esencialmente caníbales? (En tanto todos estamos caídos y por ende sufrimos de la repulsiva tendencia a utilizar a los demás hombres y mujeres como medios para un único fin válido que soy yo). ¿Hay uno sólo de los lectores de este artículo que no sea más parecido a los nazis de lo que él mismo quisiera? ("Nazi" entendido como aquel que ve a otro ser humano como medio y no como fin). A sus lectores, Dick les recuerda que todo hombre debe luchar contra su caníbal interno, que debe batallar contra su propensión a reducir a los demás a un instrumento. El canibalismo físico —y es bueno recordarlo— sólo es la etapa final del canibalismo espiritual que todos los humanos padecemos. En algún texto 113


y con gran sapiencia, Thomas Mann llamó a Hitler "mi hermano". Así ponía de presente que, después de todo, Hitler no es tan diferente de nosotros como nosotros mismos desearíamos creer. Escritores como Mann o Dick cumplen precisamente ese cometido: Traernos a la memoria que —lo queramos o no— somos mucho más semejantes a Hitler (al Diablo, al caníbal) de lo que nos gustaría suponer.

2.3 El hombre en el castillo bien podría verse como un catálogo de antipercepciones. Si por antipercepciones entendemos la tendencia a concederle un lugar secundario a la información que nos proporcionan los sentidos para privilegiar en su lugar otros modos no fenoménicos de ver el mundo, uno bien puede sostener que El hombre en el castillo es un catálogo o muestrario de diversos modos de "antipercibir" la realidad3. Primero está el modo nazi. Para los nazis —como bien anota Dick— es más real una abstracción como "la raza", "la tierra" o "el honor" que un individuo concreto. Para el nazi, lo real es lo abstracto e invisible, y de allí que consideren lógico sacrificar al individuo concreto4. Para el nazi (y por extensión para cualquier sistema totalitario o fundamentalista) el mundo concreto está contaminado de "falsedad" y se requiere acercarlo a como dé lugar a "lo real" (el ideal abstracto e invisible). En segundo lugar, Dick menciona a Baynes, el agente que, a pesar de ser alemán, siente que vive en un mundo psicótico. Baynes es consciente de que el hecho de que cierto modo de vida gobierne al mundo, no comprueba que ese modo de vida sea verdadero5. De allí que él experimente el mundo como contaminado de falsedad. En tercer lugar, Dick cita a los Kasoura, una pareja japonesa que es cliente de Childan pero que —igual que Baynes— hace rato han dejado de creer que el hecho de que algo sea "tocable" significa que sea verdadero6. Por último, Dick cita a Abendsen y Juliana. Abendsen —como ya vimos— ha escrito un libro para divulgar su 114


sospecha de que el mundo es justo como se repudia en el discurso del status quo, Juliana descubre que Abendsen dice la verdad. El hombre en el castillo bien podría caracterizarse como la historia de diferentes individuos que antiperciben el universo. Ahora bien, si llevamos esta idea de Dick a otro nivel, veremos que, ciertamente, ella bien puede usarse para describir ciertas cosmovisiones del mundo en que vivimos. Por ejemplo ¿qué es el cristianismo sino un modo de antipercepción? Según el cristianismo, nuestro universo se caracteriza por su condición de caído, por su alejamiento de Dios y, por ende, por su contaminación de irrealidad (pues, de acuerdo con el discurso cristiano, sólo en Dios ocurre el máximo de realidad). En el cristianismo se reitera una y otra vez que La Realidad (es decir, Dios) trasciende

el

mundo

fenoménico.

Sólo

así

pueden

entenderse

aseveraciones cristianas clásicas como aquella de San Ignacio de Antioquía que al referirse a la vida tras la muerte (El Cielo) dice que "sólo allí seré verdaderamente hombre" (lo que implica que, en este orbe fenoménico, él es un hombre a medias). Pero es que no sólo el cristianismo es un modo de antipercepción, bien podría afirmarse que, con las excepciones del caso, las religiones tienden a ser antipercepciones. ¿No habla el hinduismo del "Velo de Maya" y de que el universo percibido es como un sueño? ¿No mencionan judíos y musulmanes trasmundos de los cuales nuestro mundo se halla alienado y frente a los cuales resulta inficionado de irrealidad? Demos incluso un paso más. El hombre en el castillo está erigido sobre las antipercepciones de muchos personajes en el libro, además de la consabida antipercepción de Dick. ¿Pero es que acaso los humanos no nos caracterizamos por ser más antiperceptores que perceptores? Rosset ha planteado eso en El principio de crueldad: Es parte constituyente de la condición humana el no aceptar la realidad tal como la percibimos y más bien creer que la realidad que tenemos frente a nuestros sentidos es una "realidad incompleta", el creer que la realidad percibida cobra sentido sólo si existe una trasrealidad7. En tanto en todos los humanos anida la 115


sospecha de que la realidad percibida no es suficiente y que ella está entreverada con lo que no es real, todos somos dickianos.

2.4 En El hombre en el castillo la historiografía es novela y la novela es historiografía. Como ya se apuntó, El hombre en el castillo se estructura desde una doble inversión: Mostrar que la historiografía (o narración de la historia) es una novela y que la novela es historiografía. Ello es claro en el hecho de que la historiografía (que el Eje ganó la Segunda Guerra Mundial) si se analiza bien resulta ser un invento, y en que la ficción La langosta se ha posado resulta aprehender la realidad mejor que las versiones oficiales que hacen circular los detentadores del poder. En su ensayo "El historicismo" , C.S. Lewis recuerda que lo que un hombre común con instrucción entiende por "Historia" es más bien un cuadro indefinido del pasado, "un país de sombras, habitado por fantasmas tales como el hombre primitivo, el Renacimiento o los griegos y romanos de la Antiguedad" 8. Apunta también que del pasado "más bien, no sabemos casi nada (al menos cuantitativamente) La mayor parte de las experiencias del "pasado tal como ocurrió" ha sido instantáneamente olvidada por las personas. Del pequeño porcentaje recordado (y nunca con máxima precisión), han comunicado una cantidad aún menor a los individuos más cercanos, un porcentaje todavía más pequeño ha sido registrado, y sólo una parte de éste ha pasado a la posteridad" 9. Según Lewis, del gran texto que constituye la totalidad del pasado sólo contamos con una selección que representa "en relación con el texto original, lo mismo que una palabra en comparación con la totalidad de los libros del Museo Británico"

10.

Así pues, si la historiografía que conocemos hoy es

más bien indefinida, poblada de fantasmas y de ella ignoramos casi todo ¿No podría plantearse que la reconstrucción del pasado a partir de los escasos materiales disponibles está más cerca de la novela que de lo 116


efectivamente sucedido? Dadas sus limitaciones ¿No está la historiografía más bien unida con demasiadas suposiciones que la emparentan más de lo que ella misma quisiera, con la novela? Por otra parte, ¿no son incontables los casos de novelas o ficciones que capturan la realidad con mayor profundidad que cualquier narración histórica? ¿No se aprende más de la historia y del ser de Colombia leyendo Cien Años de Soledad que cualquier mamotreto histórico? ¿No conocemos mejor el espíritu del Renacimiento leyendo El Quijote que auscultando textos sobre ese período? ¿No dice más sobre el siglo XX en Occidente La metamorfosis de Kafka que tratados y más tratados sobre el tema? La apuesta de El hombre en el castillo es esa: Llamar la atención sobre la inmensa carga ficcional de lo que suponemos histórico, hacer conciencia de cómo el símbolo novelesco puede decir más sobre la realidad que cualquier cúmulo de hechos.

2.5 El hombre en el castillo postula que para acceder a la verdad no necesariamente ayuda el estar cerca de los hechos. El hombre en el castillo trata de un hombre —Abendsen— que alejado del mundo y encerrado en su búnker (su castillo) ve la realidad con mucha mayor facilidad que quienes están inmersos en los hechos. Es la figura del pensador (sea artista, filósofo, místico o científico) que aislado en su "torre de marfil" cuenta con una mejor perspectiva para ver el universo que aquellos hombres que están en contacto con los hechos y que no cuentan con suficiente distancia para emitir ciertos juicios. Aquí de nuevo Dick es paradójico. Contra el empirismo y el materialismo que han convertido a "los hechos" en ídolos, Dick postula primero que los hechos ya son interpretaciones (vieja tesis de Nietzsche), y que no está de más una cierta desconfianza de ellos (Dick acaba siendo así un hereje del empirismo y el materialismo).

117


2.6 De acuerdo con El hombre en el castillo, los humanos estamos condenados a "traficar con falsificaciones". Si hay un motivo persistente en El hombre en el castillo es el de la falsificación. Como decíamos antes, los tres ejes narrativos están permeados por él. El eje del comercio con antigüedades gira alrededor del problema de cómo determinar si esos objetos antiguos son auténticos o sólo falsificaciones. El eje de Baynes juega con la noción de que Baynes es un "sueco falsificado". El eje de La langosta se ha posado propone la idea de que el universo está falsificado. Adicionalmente, demasiados personajes están obsesionados por falsificaciones. Frank Frink se gana la vida como falsificador de objetos y luego trata de elaborar joyas "auténticas". Childan vive ansioso por descubrir los objetos falsos que se filtran en su negocio. Juliana y Abendsen sospechan que el universo entero ha sido falsificado. "Baynes" es el nombre falso para un falso sueco que

sospecha

que

Alemania

es

falsa.

Tagomi

es

alguien

que

progresivamente descubrirá que ha afincado su vida en nociones falsificadas. En la obra de Dick, los humanos están ansiosos de percibir "lo real" pero están condenados a moverse entre "falsificaciones". A este respecto únicamente quisiera anotar la coincidencia con cierta tesis cristiana ya anotada. Dado que Dios es la realidad al ciento por ciento, es inevitable que todas sus criaturas —en tanto son distintas de Él— comporten una cierta "irrealidad". Ser criatura inevitablemente entraña un "quantum" de falsificación.

2.7 El hombre en el castillo es un texto que se autocomenta y así se permite ironizar sobre las victorias humanas.

118


Al leer El hombre en el castillo (una ucronía) nos encontramos otra ucronía (La langosta se ha posado) que constantemente es leída y comentada por diferentes personajes. La langosta se ha posado cuenta con las mismas características de El hombre en el castillo: Propone una vía alternativa a la real y se presenta como una antipercepción. Es claro que éste ha sido el modo en que Dick no sólo narra, sino que critica su propia narración. Así mismo, es un recurso que le permite a Dick deslizar sofisticadas ironías como aquella de Childan al pensar que un mundo donde Alemania y Japón hubieran perdido la guerra con los Aliados, hubiera sido sensiblemente peor. (Y entonces el lector de El hombre en el castillo se ve obligado a pensar si de pronto este mundo nuestro donde Estados Unidos triunfó en la guerra, sí es en muchas cosas peor que si hubieran triunfado Alemania y Japón). Es más. Mediante este recurso Dick nos hace percibir que, considerando las cosas en sentido estricto, es un error garrafal suponer que este mundo donde Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial, es mejor que uno donde hubiera sido derrotado ¿Por qué? Sencillamente porque la historia humana corre en un solo carril, no contamos con dos universos (uno donde hubieran triunfado Alemania y Japón, y otro donde hubieran triunfado los Aliados) para compararlos y extraer resultados. Si creemos que un mundo donde Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial, es superior a otro donde el resultado hubiera sido diferente, es solamente porque triunfó Estados Unidos y porque la potencia dominante en cierto período de la historia humana suele imponer su cosmovisión. (Y aclaro que no estoy haciendo apología de los nazis y los japoneses, sólo puntualizo que lo que el común de la gente da por un hecho —que el triunfo de Estados Unidos fue lo mejor para la humanidad— tiene muchísimo pero muchísimo de suposición gratuita y de propaganda). Incluso —para horror del "pensamiento políticamente correcto" hoy tan en boga— en algún momento Dick no condena en bloque al nacionalsocialismo y se permite aseverar que en ese partido era rescatable "la parte socialista" y el desarrollo económico que impulsó11 (y 119


de nuevo el lector vuelve a recordar que cuando Estados Unidos ganó la guerra, acogió a cualquier cantidad de cerebros alemanes que instaló en su territorio, y que finalmente fueron responsables en un grado altísimo de logros tecnológicos como la bomba atómica y el programa espacial estadounidense). Eso sí, Dick deja claro que en la Alemania de la época existía una parte podrida y repulsiva: "los SS, la exterminación racial y la segregación"

12.

De hecho, continuando con su juego irónico, en algún

instante los personajes del libro que leen La langosta se ha posado hallan que en ese universo donde Alemania perdió la guerra, con el tiempo Estados Unidos e Inglaterra sucumben a la peor parte de sí mismas. Ambos países se hunden en la plutocracia, se dedican a rendirle culto al "Dios Dinero", y ya "no hay espiritualidad"

13.

De nuevo Dick nos obliga

a ver algo que no nos gusta ¿Acaso eso que narra La langosta se ha posado no es lo que ha ocurrido en nuestro mundo actual? ¿Qué representan los Estados Unidos y la Europa de hoy, sino el triunfo del capitalismo y el arrinconamiento del plano trascendente del hombre? En nuestro país y en la esfera futbolística ha hecho carrera la frase atribuida al técnico Francisco Maturana según la cual "Perder es ganar un poco". Pues bien, Dick en su libro contradice esta frase y propone que "Ganar es perder un poco" ¿Por qué? Porque a la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial le cabe responsabilidad en este mundo donde lo espiritual tiende a importar un rábano. Porque esa victoria sin duda salvó a la humanidad de un totalitarismo, pero la llevó a otro tipo de totalitarismo (el unanimismo materialista y hedonista que hoy asfixia a Occidente). En El hombre en el castillo, Dick quiere mostrar a una Alemania y un Japón que al ganar el mundo han perdido su alma, y hacer pensar a sus lectores que, con su triunfo militar, a Estados Unidos le ocurrió lo mismo. Irremediablemente, al analista de Dick se le acabará ocurriendo que de pronto lo mejor que pudo haberle sucedido a la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial, era que perdieran ambos bandos, tanto el Eje como los Aliados.

120


2.8 El hombre en el castillo es un libro sobre iluminaciones. La novela de Dick bien puede verse como la reiteración insistente de un motivo: Personajes que súbitamente son iluminados o sufren "insights" y que a partir de ese momento se ven obligados a contemplar el mundo con nuevos ojos. Le ocurre a Juliana que desde su lectura de La langosta se ha posado contempla el universo de otro modo. Le ocurre a Tagomi que desde su conocimiento de hasta donde llega la maldad alemana, ve el mundo de otro modo. Le ocurre a Childan que aprende a ver de otro modo desde que toma conciencia del significado de Frink y sus joyas. Le sucede a Baynes que hacia el final de la obra empieza a reconsiderar el porvenir de Alemania y la humanidad de una nueva manera. Le pasa a Frink que tras su liberación en las postrimerías de la historia, advierte para qué ha de vivir. Le sucede a Abendsen que ve confirmados sus temores cuando comprueba que La langosta se ha posado era un texto histórico y no ficcional. El hombre en el castillo trata de hombres y mujeres que al principio se hallan dormidos y poco a poco van despertando, trata de hombres y mujeres que poco a poco dejan atrás el mundo ficticio para instalarse en el verdadero. Por último, nosotros los lectores de Dick, también despertamos luego de leer su libro. No sabemos bien a qué, pero hemos despertado.

2.9 El hombre en el castillo culmina en el instante en que se completa su autolectura. La narración de El hombre en el castillo llega a su fin cuando Juliana acaba de leer La langosta se ha posado (autorrepresentación de El hombre en el castillo). En ese punto es también cuando Juliana arriba a casa de Abendsen y descubre que el libro es por entero real. Este 121


es un modo de culminar la novela que lleva a pensar en esos textos de Borges donde el lector acaba leyendo su propia vida, o en las postrimerías de Cien Años de Soledad cuando Melquíades termina leyendo lo que le ocurre a él mismo. Por supuesto esta estructura de "serpiente que se muerde la cola" ha dado y dará mucho qué hablar, pero sólo quisiera anotar un paralelismo. El hombre en el castillo trata de un texto que se autolee pero ¿qué es la vida sino un proceso de autolectura? Me explico. Desde que nacemos hasta que morimos, la vida se nos va en un constante autodesciframiento,

en

una

perpetua

autodecodificación,

en

un

interminable autointerrogarse, en un inacabable estarnos leyendo una y otra vez a nosotros mismos. En cierto instante —años, meses, días, horas, minutos o milésimas de segundo antes— comprendemos que la vida terminó, que ya no habrá más tiempo para nosotros, y entonces cesamos la lectura, ya no batallamos, nos entregamos, nos disponemos a morir. La vida culmina cuando resolvemos no leernos más, cuando cerramos la solapa de los días y aceptamos que la página en blanco de la muerte tome el lugar de nuestras líneas.

2.10 El hombre en el castillo puede verse como una suerte de ascenso místico. Veíamos en un apartado anterior que en la novela de Dick es una constante que los principales personajes se hallan en una suerte de tránsito desde "un modo de ver irreal" hacia un "tipo de percepción más iluminada". En el personaje en quien la "iluminación" alcanza más profundidad quizás es en Juliana que tras leer La langosta se ha posado viaja en busca de su autor, lo conoce, y junto a él descubre que la obra describe "la realidad". Así mismo, en su entrevista con Abendsen, Juliana descubre que él ha escrito La langosta se ha posado copiando lo que el mítico libro del I Ching contestaba a cada una de sus preguntas. Este viaje de la lectora hacia el escritor resulta análogo al viaje de la 122


criatura hacia una suerte de Demiurgo (Abendsen) que a su vez ha actuado a instancias de la Providencia insondable (representada en el I Ching). En El hombre en el castillo Dick se adscribe a la teoría clásica de la creación, según la cual el poeta escribe lo que le dictan las musas, donde el escritor es un lápiz en manos de fuerzas superiores que él apenas intuye. Si además recordamos que en ciertas declaraciones Dick admitió haber escrito El hombre en el castillo consultando cada capítulo con lo que le respondía el I Ching, es claro también que El hombre en el castillo es una obra que narra su propio proceso de creación, una obra donde Dick se asume plenamente como un profeta que inspirado por La Providencia tiene la misión de desenmascarar el mundo falso donde los humanos residimos tan cómodos.

2.11 El hombre en el castillo está estructurado desde la inversión de la

relación

ficción-realidad

porque

—paradójicamente—

esa

inversión permite percibir la realidad. En algún instante de El hombre en el castillo un personaje afirma que la novela La langosta se ha posado sólo es un "pobre sustituto de la realidad"

14.

La obra de Dick se basa sobre la inversión de tal proposición,

consiste en la aseveración de que "la realidad es un pobre sustituto de la ficción". En contradicción a la idea de que "la ficción es una realidad de segundo grado", Dick ha estructurado El hombre en el castillo sobre la noción de que "la realidad es una suerte de ficción de segundo grado". El hombre en el castillo quiere introducir en sus lectores la idea de "¿Y qué tal si el mundo es sólo un derivado de la novela? ¿Y qué tal si lo que juzgamos imaginación resulta real y lo que juzgamos real es sólo una variedad de la imaginación?". Además de lo anterior, es claro que Dick cree en "la verdad de la ficción". En alguna obra Vargas Llosa ha mencionado que la ficción 123


literaria es una mentira que dice verdades, y Dick apoyaría tal afirmación. Es más, en El hombre en el castillo, Dick ha elaborado una tesis sobre la función de la novela y de la ficción. Así como La langosta se ha posado y El hombre en el castillo nos ayudan a reconsiderar nuestro punto de vista acerca de "la realidad", la ficción literaria tiene esa misma misión. Una novela, un cuento o un poema no sólo cumplen una función recreativa sino que también nos facultan para ver el mundo desde una nueva óptica. Según Dick, la especie humana sufre de la tendencia a contemplar el universo de un modo astigmático, nuestra percepción del mundo distorsiona al mundo15. El artista y el arte tendrían la tarea de proporcionarle al público nuevas "gafas conceptuales" que contribuyan a corregir su inherente astigmatismo. A través de esa novela La langosta se ha posado que tiene más contenido de verdad que ese mundo que la juzga ficción (y de esa novela El hombre en el castillo que, si se la mira bien, es "una mentira con exceso de verdad"), Dick plantea que en un símbolo puede haber más verdad que en un hecho. En un mundo que, como ya se anotó también, le rinde culto a los hechos, al pragmatismo y a lo empírico, la posición de Dick es absolutamente desafiante y a contravía. La langosta se ha posado (que es como la novela El hombre en el castillo se apoda a sí misma en su interior) es la verdad disfrazada de mentira en un planeta mentiroso que se disfraza de verdad. Así como La Providencia Divina ha escrito La langosta se ha posado para comunicar la verdad a los hombres, es obvio que —desde la perspectiva dickiana— esa misma Providencia lo ha elegido a él para comunicar su mensaje: Que el mundo fenoménico en el interior del cual habitamos es menos real de lo que parece, que es más una ficción compartida que otra cosa. Dick es profeta en el pleno sentido del término: Anuncia y denuncia. Anuncia que detrás de las percepciones humanas (de los fenómenos) hay más de lo que suponemos. Denuncia que este mundo de percepciones humanas (de fenómenos) no acaba de convencer a quienes lo perciben, que hay en él algo espurio. 124


2.12 Pero, aunque El hombre en el castillo denuncia al orbe fenoménico y anuncia que hay más que ese orbe, también se permite dudar de eso. Es ilustrativo que en el capítulo final del libro Abendsen (la figura de Dick) reconoce no estar seguro de nada, encontrar difícil creer en algo16. Es cierto que Abendsen ha descubierto que el mundo fenoménico no es real, pero también le cuesta aceptar eso. Con este planteamiento Dick se encuadra ante el mismo problema que ha caracterizado a toda la novela occidental moderna y posmoderna desde El Quijote hasta nuestros días: Que el mundo está hecho de verdades que no son claras, de verdades que se contradicen. En sus últimas escenas, Abendsen acepta que debe continuar su vida aun cuando nada pueda comprender de ella, que La Providencia más pareciera necesitar que los humanos vivan, y no tanto que entiendan. En esa última aseveración implícita en el texto de Dick, hay toda una declaración de principios.

3. ANALIZANDO A DICK DESDE ROSSET Como ya se apuntó en el principio, en esta sección trataremos de considerar El hombre en el castillo empleando para ello algunos de los planteamientos del filósofo francés Clément Rosset que pueden arrojar una

novedosa

visión

sobre

la

obra

dickiana.

3.1 Los Principios de Realidad Suficiente e Insuficiente En su obra El principio de crueldad, Rosset ha ofrecido una síntesis de su visión filosófica. Frente al "Principio de realidad insuficiente" que, según él, constituye el fundamento de la filosofía occidental, Rosset opone lo que él denomina el "Principio de realidad suficiente". 125


Expliquémonos. Según Rosset, un sentimiento típico de los seres humanos al encontrarse en el mundo es que las cosas son verdaderas en su detalle pero dudosas en su conjunto; es decir, que es difícil dudar de una cosa en particular pero en cambio es posible dudar del todo en general ¿Por qué esto? Porque cualquier ser humano puede tener una percepción precisa de un solo objeto tomado individualmente (este computador en que ahora escribo, este lápiz que ahora uso, este libro que ahora leo, está página de papel que sirve de soporte a lo que escribo, este cuarto donde ahora me encuentro), pero uno sólo puede tener un sentimiento vago de todas las cosas (esta ciudad con millones y millones de habitantes y de historias, este país, este planeta con miles de millones de habitantes, esta galaxia con incontables planetas, este universo, este multiverso del cual nuestro universo sólo es uno entre tantos). El hecho que del 99.9% del universo tengamos una percepción ambigua, imprecisa o nula es la situación que a tantos filósofos les ha llevado a desestimar el mundo sensible y considerarlo una "casi nada" (y aquí Rosset pone como ejemplo entre otros a Platón, Rousseau o Kant)17. Fuera de lo anterior, la realidad es tan desmesurada, que ante la percepción y la mente humanas aparece como ininteligible e intolerable, como algo que —incluso si pudiera ser conocida en su totalidad— no tendría sentido a la luz de nuestro entendimiento. Tristemente para el hombre, ese monstruo que es la realidad no incluye las claves de su comprensión, y de allí que ella sea experimentada como insuficiente. Ante esta circunstancia —afirma Rosset— la filosofía occidental ha optado tradicionalmente por recurrir a algo más allá de lo real (La Idea, El Espíritu, El Alma del Mundo, etc) que permita completar a la experiencia inmediata. Esa insistencia de los filósofos por aseverar que la experiencia inmediata es insuficiente (por sostener que lo real necesita de una trasrealidad) es lo que Rosset entiende por "Principio de realidad insuficiente". Es merced a ese principio que existe una larga secuencia de pensadores que desconfían de sus percepciones inmediatas y que hallan su síntesis en hegelianos como Eric Weil cuando dice que "la 126


realidad que podemos experimentar está desprovista de toda realidad real: Lo que se da inmediatamente no es real"

18.

Como señalábamos, ante estos filósofos adscritos al Principio de realidad insuficiente, Rosset manifiesta su oposición. Para el pensador francés, cuando filósofos como Weil llegan a defender que lo que experimentamos carece de "realidad real", sólo queda recordar lo que apuntaba L.M. Vacher: Que la función de la filosofía pareciera ser la de "acreditar tonterías desacreditando evidencias"

19.

¿Por qué —se

pregunta Rosset— esa epidemia de filósofos empeñados en rechazar lo "manifiestamente verdadero"?20 Para el francés, no es que la realidad inmediata sea "irreal" como suponen los filósofos, sino que es ininteligible y por ende dolorosa. Para los filósofos (como para el resto de los humanos) que esa realidad inmediata y desmesurada sea todo lo que haya (que esa realidad sea suficiente) es algo que produce angustia. A los filósofos (como a los humanos) les duele aceptar que la realidad inmediata es cruel (es decir, única, irremediable, inapelable). Dado que la realidad considerada en sí misma y sin acudir a una trasrealidad es sencillamente intragable e indigesta para el espíritu humano, por milenios los filósofos (y los humanos) se han aplicado muy juiciosos a tornarla más tragable y digerible ¿Y cuál es la vía privilegiada para hacer más consumible semejante potaje inhumano? Según Rosset, consiste en dudar de ese potaje inhumano. La filosofía sería la miel con la cual los filósofos hacen que los humanos se traguen el aceite de ricino de la realidad. Los filósofos no serían otra cosa que administradores de "aspirinas espirituales" que permiten aguantar la intragable realidad. Rosset define al hombre como un extraño animal cuyo entendimiento le alcanza para entender que la realidad es excesiva, pero que al mismo tiempo carece de los recursos psicológicos para resistir tal conocimiento. Debido a que la conciencia de la desmesura de la realidad es algo que rebasa de lejos las fuerzas humanas, a lo largo de la historia hombres y mujeres se las han ingeniado para condenar lo real. La filosofía —como la religión— ha sido uno de los trucos humanos para mantener a raya a la verdad. La filosofía 127


no buscaría revelar la verdad sino hacer que el hombre se olvide de la verdad21. Los filósofos —como lo revela una larga tradición que entre sus cabezas sobresalientes contaría a individuos como Platón o Hegel, y que se halla epitomizada en la frase ya citada de Weil— serían exorcizadores de lo real, individuos que intentan demostrar a como dé lugar, que lo real no es real (pues el hombre sufre a consecuencia de lo real). Al reino aplastante del ser y sin pudor alguno, la filosofía opone "el reino fantasmático y moral de un deber ser"

22.

En discrepancia con esa filosofía que se dedica a negar la realidad sólo por ser desagradable, Rosset se inscribe en la lista de pensadores que admiten que la realidad es cruel, pero que eso no la hace menos real. Si el Principio de realidad insuficiente es defendido por esa filosofía occidental que vende una ilusión tranquilizadora (que lo real no es real), el Principio de realidad suficiente que reivindica Rosset acepta la tesis más cruel pero verdadera (que lo real —¡ay!— es real).

3.2 Dick y Los Principios de Realidad Suficiente e Insuficiente Si consideramos la obra dickiana desde la lupa de Rosset, es claro que la obra del autor estadounidense se ubica dentro de la tradición del Principio de realidad insuficiente. Dick constituye una exacerbación de esa sensación de que las cosas son verdaderas en detalle, pero dudosas en conjunto; Dick firmaría sin dudarlo la sentencia de Eric Weil según la cual "lo que se da inmediatamente no es real"; Dick se adscribe a esa "actitud profesional del filósofo" que tanto molesta a Rosset de rechazar la experiencia inmediata y "acreditar tonterías". Es más, en la actitud filosófica mencionada bien podría hallarse la raíz de los textos dickianos, pues Dick entiende la literatura en ese modo que le causa roncha a Rosset. Para Dick, hacer literatura consiste en "defender tonterías" y rechazar lo evidente. En la perspectiva dickiana, para ser escritor (o artista o filósofo) se ha de estar dispuesto a pasar por tonto, dispuesto a no creerle tanto a nuestros ojos, oídos, olfato, tacto y gusto. La obra de 128


Dick —diría Rosset— es un ejemplo en el mundo de la literatura, de la misma clase de intento emprendido por Platón, Kant o Hegel en el ámbito de la filosofía, o por tantos y tantos creadores de religiones. Desesperado ante la crueldad del universo, Dick también optaría por condenar la realidad y por intentar exorcizarla. Dick —para usar terminología de Rosset— sólo sería uno más de la larga tradición de "curanderos de Occidente" entre cuyas figuras estarían Platón o Rousseau (y entonces, lo único que se me ocurriría confesar, es que Dick se encuentra en una compañía bastante estimulante).

3.3 El Principio de Incertidumbre Rosset insolubles"

23

define

la

filosofía

como

la

"ciencia

de

problemas

en tanto las soluciones que aporta a sus problemas son

necesariamente dudosas, no necesariamente ciertas. A esto se refiere lo que el francés llama el "Principio de Incertidumbre", a que el filósofo auténtico siempre conservará dudas respecto de las soluciones que sugiere. Para Rosset, la filosofía no es una disciplina que proporcione certidumbres, sino un instrumento para disipar ideas mucho más falsas que aquellas que se formulan en su lugar. Más que una disciplina que anuncie soluciones, la filosofía sería una disciplina que denuncia soluciones. Más que el marcador que escribe algo en un tablero, la filosofía sería el borrador que elimina las falsedades escritas en el tablero. Para Rosset la auténtica filosofía se caracteriza por su constante duda de sí misma pues, en el mismo instante en que la filosofía se cree a sí misma, deja de ser filosofía (se transforma en religión o ideología)24.

3.4 Dick y El Principio de Incertidumbre

129


Si consideramos a Dick desde la noción del Principio de incertidumbre de Rosset, notaremos que El hombre en el castillo es una obra que más que anunciar algo, denuncia algo; en concreto, la obra de Dick no nos dice qué es la realidad sino que denuncia aquello que asumimos como realidad. La labor de Dick es plenamente filosófica pues no consiste tanto en darnos algo en qué creer, sino en "curarnos" de ciertas ilusiones y creencias. Además, en Dick es característica su constante duda de las soluciones que él mismo ofrece. Frente a las personas que de modo acrítico aceptan que "lo real es lo real", que han caído en la "religión del realismo", Dick propone la herejía de no creer en tal "religión de lo real".

4. CONCLUSIONES Para cerrar nuestro periplo por la obra dickiana, enumeremos algunas conclusiones.

a) En El hombre en el castillo, Philip K. Dick es esencialmente un disidente de lo real, alguien siempre dispuesto a demostrar que "la realidad" —como decía Vladimir Nabokov— es una expresión que en todos los casos se ha de escribir entre comillas. Así mismo, El hombre en el castillo bien podría verse como un texto con un evidente anhelo de una trasrealidad, de una esfera que trascienda la realidad perceptible (y de antemano y para ser consecuente, solicito disculpas por no haber escrito comillas cada vez que empleé la palabra "realidad"). b) El hombre en el castillo es un catálogo de diversos tipos de antipercepción y él mismo una tremenda antipercepción. Así mismo, si recordamos que de un modo u otro todos los humanos tendemos a ser 130


antiperceptores, bien podría afirmarse que Dick sólo es la elevación al cubo del antiperceptor que es todo ser humano. c) La obra de Dick también podría ser vista como una reivindicación de "la verdad de los símbolos" frente a "la ficción que constituyen los hechos", de allí se deriva que Dick confíe más en la novela que en la historiografía, y que asuma la realidad como una ficción de segundo grado. d) El hombre en el castillo es una novela que se autocomenta, se autocritica, se autolee y que narra su propio proceso de creación. Es una ficción que se sabe ficción y que se da a la tarea de desleír todo lo que consideramos "probado" (de allí también ese humor dickiano que sostiene que "ganar es perder un poco", o que de pronto Occidente no estuvo tan de buenas cuando Estados Unidos triunfó en la Segunda Guerra Mundial). e) En El hombre en el castillo Dick se asume profeta, no sólo por denunciar lo que denominamos "realidad", sino por su incisivo cuestionamiento del canibalismo inherente al ser humano, y de la falta de espiritualidad de este mundo que habitamos. Contribuyen también a esta situación, evidentes motivos religiosos que aparecen en la obra como el del ascenso místico y las iluminaciones. f) El hombre en el castillo postula también una poética (pues es una reflexión sobre la ficción literaria) y una posición clara respecto de lo que han de ser arte y literatura (la obra de arte ha de obligar a su lector o espectador a contemplar el universo con nuevas gafas; el escritor —por antonomasia— es un oftalmólogo pues ayuda a su lector a observar el mundo desde perspectivas impensadas). g) Desde la terminología de Rosset, Dick se ubicaría en la tradición del Principio de realidad insuficiente, en tanto su literatura gira alrededor de la negación de lo inmediato y evidente. Como cualquier Platón o cualquier Moisés, Dick no puede tragarse la realidad pero, a diferencia 131


de esos otros que apelan a filosofías o religiones, Dick hace uso de la literatura. h) También desde la terminología de Rosset, Dick se adscribe al Principio de incertidumbre. Esto porque Dick es más un denunciador de la realidad, que un anunciador de la naturaleza de ella. i) Philip K. Dick —por último— es un escritor que quiere proteger a la humanidad de "la locura de lo real", de "ese delirio colectivo que es la realidad". Es alguien que siempre nos recuerda que los humanos estamos condenados a ser astigmáticos en nuestro modo de ver el mundo, que la llamada "realidad" es más un símbolo de otra cosa, que el cultivo a ciegas de los hechos es algo que aleja de la realidad. Si le hemos de creer a Dick, para percibir lo real no sólo debemos traficar con hechos sino también con símbolos, hemos de creer y descreer de los hechos. Es cierto que por su postura ontológica seguramente Dick sería condenado sin atenuantes por filósofos estilo Rosset, pero también es claro que eso es un problema de ellos y del francés.

1 A partir de este momento nos referiremos a La langosta se ha posado sólo como La langosta. 2 Philip K.Dick, El hombre en el castillo, Barcelona, Ediciones Minotauro, 2002, p. 19-20. Las demás citas que se hacen de la obra de Dick, corresponden a ésta edición. 3 El termino de “antipercepción” proviene de Rosset de quien hablaremos más adelante. 4 Dick, op.cit., p. 48-49. 5 Ibíd. 6 Dick, capítulo 7. 7 Clément Rosset, El principio de crueldad, Valencia, Pre-Textos, 1994, p. 13-378 C. S. Lewis, El historicismo, en El perdón y otros ensayos cristianos, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 55-56. 9 Ibíd., p. 59. 10 Ibíd., p. 60. 11 Dick, op. cit., p. 164. 12 Ibíd. 13 Ibíd., p. 167. 14 Ibíd., p. 73. 15 Ibíd., p. 237. 132


16 17 18 19 20 21 22 23 24

Ibíd., p. 260. Rosset, op.cit., p. 13-37. Ibíd., p. 19. Ibíd., p. 20. Ibíd. Ibíd., p. 31. Ibíd., p. 33. Ibíd., p. 41. Ibíd., p. 39-56.

Bogotá, Septiembre de 2005.

Este artículo se publicó en el número 159 de la revista Axxon, en febrero de 2006 http://axxon.com.ar/

133


Biografías

134


Paola Balboa

Paola Balboa nació en la Ciudad de Buenos Aires, en 1967. Es profesora en Letras (Escuela Nacional Normal Superior de Profesorado Mariano Acosta). Obtuvo la Diplomatura Superior en Ciencias Sociales con

mención

en

Lectura,

Escritura

y

Educación

(Facultad

Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO). Fue capacitadora en el Equipo de Lecturas y Escrituras (Escuela de Capacitación docente del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se desempeñó como Tutora virtual de la Especialización Superior en Educación Primaria y TIC, en la materia Infancia, escuela primaria y TIC. Políticas y perspectivas y en la materia Enseñar Lectura, Escritura y Oralidad con TIC, perteneciente al Instituto Nacional de Formación Docente del Ministerio de Educación de la Nación (INFD). Trabajó como profesora de Lengua y literatura, de Literatura, coordinando talleres literarios y realizando talleres de Mitología griega en distintos establecimientos durante más de 10 años. Actualmente se desempeña como asesora pedagógica en el Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y, 135


también, como docente de la materia Enseñanza de las Prácticas del Lenguaje en la Formación Específica del profesorado para la enseñanza Primaria, dependiente del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Es autora de “Zutana”, (Editorial Filofalsía, Buenos Aires, 1989) y de “Con la sed y el agua” (Editorial Tierra firme, Volumen 214 de la Colección de poesía Todos bailan. Director: José Luis Mangieri. Buenos Aires, septiembre de 1996). Es coautora del guion cinematográfico “La palabra historia”, basado en la novela “Los tres impostores” de Arthur Machen, 1998. Durante estos años, colaboró y publicó poemas en diferentes revistas literarias nacionales. En la actualidad está escribiendo una novela corta perteneciente al género fantástico “El dolor y el deseo” y un libro de poemas “Una mujer en tu ventana”, próximos a publicar.

136


Carlos Barbarito

Foto de Laura Riera

Carlos Barbarito nació el 6 de febrero 1955 y ha publicado los siguientes libros de poemas: Poesía quebrada (Prólogo de María Pugliese; dibujos de Salvador Galup; Mano de Obra, Buenos Aires, 1984). Teatro de lirios (Prólogo –sin firma- de Edna Pozzi; Fundación Alejandro González Gattone, Pergamino, 1985). Éxodos y trenes (Prólogo de Alberto Luis Ponzo; dibujos de Rafael Landea; Último Reino, Buenos Aires, 1987). Páginas del poeta flaco (Dibujos de Juan Carlos Moisés; Filofalsía, Buenos Aires, 1988). Caballos (y otros poemas) (Hojas de Sudestada, colección dirigida por Ana Emilia Lahitte, La Plata, 1990). Parte de entrañas (Arché, Buenos Aires, 1991) Viga bajo el agua (Dibujo de Willi Baumeister; Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1992). El peso de los días (Prólogos de Santiago Sylvester y Dolores Etchecopar; diseño del libro electrónico de Carlos Read; dibujos de Félix Kelly y Diego Martínez; Ediciones Electrónicas Altamira, Buenos Aires, 1995). La luz y alguna cosa (Prólogo de Cristina Piña; Último Reino, Buenos Aires, 1998). Desnuda materia (Selección de Claudio González Baeza; fotografía de Andrea Miranda; ilustración de Diego Martínez; Ediciones del Árbol, Buenos Aires, 1999). Puntos de fuga (Prólogo de Héctor Sommaruga; fotografías de José de Jesús Cacho; Colectivo ZonAlta, Toluca, 2002). La orilla desierta (Muestra gráfica de Fabio Herrera; diseño de Viviana Ujueta; Andrómeda, San José de Costa Rica, 2003). Piedra encerrada en 137


piedra (Hespérides, La Plata, 2005). Figuras de ojo y sombras (Bermingham Edit., Donostia, 2006). Música humana y de paramecio (Dibujos de Mónica Goldstein; Colección Manija, San José de Costa Rica, 2008). Un fuego bajo un cielo que huye (Prólogo de Francoise Roy; dibujo de tapa de Lisandro Demarchi; Baile del Sol, Tenerife, 2009). Cenizas del mediodía (Fotografía de Sergio Bonzón; portada de Javier Muñoz Nájera; Praxis, México D.F., 2010). Paracelso (Arte de tapa de Miguel Ángel Huerta; Barcelona, Excodra, 2014). Falla en el instante puro (Prólogo de Eduardo Espina; fotografías de Liliana Gelman y María de la Vega; Botella al mar, Buenos Aires, 2016).

138


Mijail Lamas

Mijail Lamas nació en Culiacán, Sinaloa,

en 1979. Estudió

Literaturas Hispanicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2005/06 y 2006/07. Es poeta, traductor y crítico. Ha publicado los siguientes libros de poemas: Contraverano (2007), Cuaderno de Tyler Durden seguido de fundación de la casa (2008), Un recuento parcial de incendios, selección de poemas (2009) y Trevas. Canción del navegante de sí mismo (2013). Obtubo el accésit del XXVII concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza en 2011 con El canto y la Piedra, y el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura, en 2012.

139


Julio Antonio Corigliano

Julio Antonio Corigliano nació en Buenos Aires en el año 1955 allí reside. Es Licenciado en Filosofía y Maestro. Ha publicado El juglar, el espejo y la fuente (cuentos), así como los poemarios Pequeña quietud de la hora y Luna ascendida sobre el bosque. Ha recibido el tercer premio internacional de poesía entregado por la revista española en formato digital, Katharsis por Entre las hojas del plátano. Ha publicado en la revista de la Universidad del Estado de México el artículo Poesía y silencio. (Hay versión digital). Del mismo, modo artículos filosóficos diversas revistas especializadas.

140


Patricia Fernández Corral

Patricia

Fernández

Corral.

Santiago

de

Compostela,

1980.

Licenciada en Historia (Universidad de Santiago de Compostela, 2003). Profesora de Geografía e Historia. Premios literarios en las categorías infantil y juvenil (1991, 1996). En el verano de 2005 publicó tres relatos cortos en el diario El Correo Gallego. En 2007 participó en la exposición “Apaga a luz, quero medo”, a través de la Asociación AGPI, como parte del VIII Salón do Libro Infantil e Xuvenil de Pontevedra con el texto “Pepe o da Barcala”; y publicó el texto “Señorita” en la Antología de Jóvenes Escritores “El libro y su autor”, de Lulú Publicaciones. En la actualidad ejerce como docente para la Consellería de Educación de la Xunta de Galicia, publica un blog centrado en el relato y novela corta, y realiza colaboraciones literarias esporádicas.

141


Fabrizio Gabrielli

Fabrizio Gabrielli escribe y traduce libros. Ha traducido a Leopoldo Lugones y colaboró con Revista Undici, Esquire, Finzioni, Edizioni Sur y Futbologia, ocupándose de Sudamérica, futbol, comida y literatura, también combinadas. Su último libro se titula “Sforbiciate. Storie di pallone ma anche no” (Piano B, 2012) Es vicedirector de L’ultimo Uomo.

142


Campo Ricardo Burgos López

Campo Ricardo Burgos López es psicólogo, pero tiene la fortuna de no ejercer la psicología. Obras suyas son Libro que contiene tres miradas (Premio Nacional de Poesía Colcultura,1993), José Antonio Ramírez y un zapato (novela, 2003), Pintarle bigote a la Mona Lisa: las ucronías (crítica, 2009), El clon de Borges (novela, 2010), Otros seres y otros mundos. Estudios en literatura fantástica (crítica, 2012), Introducción al estudio del diablo (crítica, 2013), Planeta Homo (novela, 2016) y Notas para una historia de la literatura fantástica colombiana (1997-2015). Asimismo, compiló la Antología del cuento fantástico colombiano (2007).

143


Saccas

Saccas es el nombre artístico de Manuel E. González López. En una vida anterior, nació en Buenos Aires, en 1964. Publicó dos libros de cuentos: Las ramas quebradas (2003) y Caballo negro (2007). Su cuento “La hermana” se publicó en la revista literaria El interpretador, en 2005; en el año 2011, el número 54 de PROSPEKTIVA RIVISTA LETTERARIA incluyó, traducido al italiano, su cuento “Besos en el aire”. Radicado en España desde el año 2003, ha vivido en las ciudades de Santiago de Compostela y Vitoria Gasteiz. Al margen de las cuestiones literarias, ha realizado extensos viajes en moto, en los que ha recorrido España, Italia, Francia y Grecia. En su vida actual, vive en Barcelona y dirige Costanza.

144


Giovanni Verga

Giovanni Verga nació en Catania, Sicilia, en el seno de una familia noble, el 2 de septiembre de 1840. Es el mayor representante del Verismo italiano y, junto con Manzoni, uno de los más grande narradores italianos del ochocientos. El foco de su mirada es el mundo de los humildes. Del estrato más desfavorecido de la sociedad es, sostiene Verga, en donde se manifiestan las leyes fundamentales de la existencia. La literatura de Verga tiene el mérito de haber puesto en el centro de su narrativa el mundo meridional y siciliano de la post unidad italiana, convirtiendo en protagonistas a los pequeños burgueses, campesinos, artesanos, pescadores, lo cuales eran víctimas de un destino de injusticia pobreza y sufrimiento. El estilo Verga intenta una fusión entre la lengua italiana y el dialecto siciliano, utilizando los modos y cláusulas del siciliano con las estructuras del italiano. Entre sus primeras obras destacan: Eva (1873), Tigre reale (1873), Eros (1875); mientras que, del período verista, se puede señalar: I Malavoglia (1881), Novelle Rusticane (1883) libro de relatos entre los que se encuentra Las cosas (Le cose), de cuyo protagonista, Mazzarò, Verga desarrollará el personaje de su gran novela, Mastro don Gesualdo (1889). Murió en Catania, en 1922.

145


COLABORACIONES: Costanza Revista Literaria publica textos de poesía, cuento y ensayo sin restricciones en cuanto a su extensión, generación de sus autores o tema. Quienes deseen enviar sus obras deben hacerlo, aclarando en el asunto del mensaje el género al que pertenece dicho texto, a la siguiente casilla de email: colaboraciones.costanza@gmail.com

146


Próximo número: Julio 2018

147

Costanza Revista Literaria  
New