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XXII EXALTACIÓN MARÍA SANTÍSIMA DE LA CANDELARIA

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Candelaria, Luz del Mundo Hace algún tiempo, un buen amigo me invitó a contemplar unas litografías. Se trataba de unas bellas y antiguas estampas italianas de la Madre de Nuestro Redentor, en las que se recordaban su Letanías: Madre de Cristo, Madre Admirable, Madre Amable, Santa María... Pero en ningún lugar encontré tu nombre. Ninguna litografía a recordarte se atrevía. Volví a mirarlas y a contemplarlas. Las releí con tesón y atención... pero a verte nunca alcanzó mi retina, sólo mi corazón. ¿Cómo puede ser que dicho hueco no hubiese sido henchido? ¿Cómo puede ser que quien las escribiera, tu nombre tan torpemente al olvido relegara? ¿Cómo permitiste que de tu nombre se olvidaran? ¿Cómo puede ser que quien las dictara, tu nombre no extrañara? ¿Es eso posible? ¿Es que tu nombre en ningún momento echó en falta? Tal vez no se trate de un olvido. Seguramente no hablamos de un descuido, sino que, con la intención de que nadie te nombrara sin pensar, ese alguien te dejó fuera para que entre el resto, tu nombre no se oyera sólo de corrido. Que quien te llame lo haga por tu nombre. Que quien te recuerde te miente sólo a ti y quien te quiera, entre el resto de advocaciones y Letanías, no te permita compartir. Porque si única es la madre de Dios, única eres tú, Candelaria. ¿Cómo si no se iba a llamar la que a Jesús alumbró? La que de Luz y Claridad al mundo entero inundó. Candelaria. Si es así, que no te nombren. Que nadie ose evocarte sin pensar. Que no seas texto de oración nocturna, triste y taciturna. Que quien quiera llamarte, abra bien los ojos y con la claridad que tu nombre da, diga bien alto, CANDELARIA, ¿Dónde estás? Y se

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presente a ti, así, sincero. Sin más nombres que enturbien un Credo del que Tú eres el cuerpo entero. Mejor así, Candelaria. Que no te enseñen en las oraciones de los colegios, ni te recuerden en sus plegarias los enfermos. Que quien te rece, lo haga sólo por amor, que le salga espontáneamente del corazón, no por sufrimiento, porque, ¿Es que acaso cabe pena o dolor dentro de una oración a tu corazón materno? ¿Es que acaso alguien pudiera no encontrar Amparo y consuelo cuando al recordarte, alcanzara a nombrarte? Qué torpes las palabras serían entonces, Madre, si tan sólo se usaran para pedirte y llorarte, y no para alegrarse de la oportunidad que das a tus hijos de rezarte. Y es que quien no te ha rezado, no sabe lo que es amarte. Y quien no te ha amado, no sabe lo qué es rezarte. En ese caso, dejaré de buscarte entre las Letanías; elogios ordenados y bienintencionados que como mucho, sólo me dirigen hacia Ti. En ese caso, dejaré de rezarte con otro nombre que no sea el de la Luz, pues ya sé dónde encontrarte; y no es en una Letanía, ni en una oración, sino donde más brilla tu ser, Madre mía. Donde te guardo desde que nos presentaron. Te buscaré en mi corazón. Salve Reina del Mundo, Madre, Hija, compañera de viaje, No dejes cada día de acompañarme, Pues la Oración que amarraste en mi corazón, De amor, sedoso nudo, Me mata de no encontrarte, Candelaria, Luz del Mundo, Candelaria, Madre.

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Gracias, hermano (SALUDOS)

Cuando comenzó a sentir la cercanía del palio, cogió en brazos a su hija para que pudiera ver de cerca a la Señora; o tal vez para que desde su trono, la Señora pudiera verla a ella al pasar. Desde la altura del paso, sus dos caritas se distinguían entre el gentío, como si se tratara de las dos Marías encendidas de una candelería. Desde la multitud, la Luz de aquel rostro pareciera iluminarlas solamente a ellas. Y justo cuando las tres miradas se cruzaban, la pequeña era fuertemente abrazada para, como el loco que cree parar el tiempo agarrando fuertemente la arena entre sus manos, pretender que aquel momento, entre ellas tres, para siempre se quedara. Abrazo que a diferencia de otros, sólo se da a quien se quiere con el alma, pues con él se transmite el amor que en ese preciso instante, se recibiría de la imagen que sólo de ellas dos velaba. El abrazo más sincero, Desgarro sempiterno con el que en silencio, Una madre demuestra a su hija, Que sólo delante de María, Cobran sentido las palabras repetidas hasta lo eterno. Hija mía, delante de Ella te abrazo para que te vea, Para que a través de mis manos firmes te sienta, Meciéndote por un instante en mi cuna de materno sustento, Te abrazo, hija mía, Te abrazo al verla, porque Te quiero. No duden que pocos abrazos son tan sinceros como los que una madre da a su hija delante de la Virgen. Y tan poco duden, que si José Carlos ha querido presentarme a ustedes con estas bellas palabras, lo que realmente ha hecho es presentarme a la Candelaria cuando me abrazaba; señalándome para que a partir de ahora, y sólo con su permiso, ya no me retire su Dulce Mirada. José Carlos, amigo, gracias por presentarme ante tu Hermana.

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Dolorosa y Esperanza nuestra Dejando atrás la puerta que da acceso desde El Compás, silente a través de la iglesia, avanzaba buscando tu cara. Aquélla que tantas veces había visto pero que daba la impresión que ya no recordaba. Todo estaba en penumbra y el silencio que gobernaba, dilataba la sensación de haber entrado en tu reino. Aquél del que fuiste Señora durante tanto tiempo. Dueña de un feudo invernal que se combate con el calor de un corazón encendido en pura llama. Aquélla que no quema. Aquélla que nos atrae a su alrededor para gozo de nuestro corazón. Candela que marca sin ajar pero que marchita con tan sólo faltar. Incandescencia de vida de los que fuimos por ella señalados y que no por estar lejos se termina mustiando, pues su recuerdo permanece, a fuego grabado, en el rincón más profundo del alma; la de sus hijos Candelarios. Reino mucho mayor de lo se pudiera pensar. Mayor incluso de lo que la mayoría alcanzaría nunca imaginar, pues sus lindes no conocen medida alguna, perdiéndose en la propia inmensidad de lo que una vez comenzado, valeroso y atrevido sería aquél que pretendiera buscarle el final. Y es que no se recuerda de nadie que se haya alejado de él dejándole de rezar, y si lo hubiera:

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¡Que me lo presenten, que lo quiero conocer! ¡Que me explique cómo se puede vivir sin estar cerca de su Ser! Porque yo, que nací y me crié en San Francisco, No creo que lo alcanzara a entender. ¿Quién lo consuela en el llanto? ¿Quién le ilumina cuando en la oscuridad de cada día, Surge el desconsuelo y el quebranto que nos rompe la vida? ¡Que me lo presenten, que lo quiero conocer! ¡Que me haga comprender que hay Luz fuera de su llama! ¡Que me diga si su corazón lejos de Ella no se apaga! Pero que me convenza mirándome a los ojos, cara a cara, Porque sin tu Luz, Candelaria, mis ojos ya no querrían ver. Dominio que comenzó aquel día de pleno invierno en el que, cubriéndole su pequeño cuerpo lo llevaste para que fuera presentado en el Templo. Virgen de la Presentación. A Él que todo lo era. A Él que te hizo madre de Dios y madre nuestra. A Él que arropabas en tus brazos para que no lo vieran. Que no lo toquen ni le hagan nada, porque a quien llevas en tu regazo, sólo tú llevaste antaño en tus entrañas. Poco a poco lo destapaste para devolvérselo al Señor, y entre el murmullo del Templo resonó en tu vientre la temida profecía del viejo Simeón. ¡Y a ti misma, María, un puñal te atravesará el corazón! Qué ingratas las palabras cuando vienen sin ser llamadas. Y Tú, Candelaria, cerrando los ojos se quemaron tus mejillas al derramarse cada una de tus cinco lágrimas; dejando de latir un corazón, que atravesado por primera vez, quedaba expedito de cualquier humana razón. Contéstenme. ¿Hay mayor pena que aquélla que ataca al corazón? ¿Acaso se puede vivir sabedor de que la condena acabará sólo cuando ésta acabe con ellos dos? Madre e Hijo unidos por el profético Simeón; aquél que hizo que Candelaria se convirtiera en Dolorosa; Candelaria, mi Mayor Dolor.

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Y sin embargo, Candelaria es sobre todo Esperanza. Ilusión por la lustración que optó por recibir aún sin necesitarla. Pues aquélla que con su Hágase, su Fiat, recibió del Padre la Gracia ¿Para qué pretender buscarle simuladas y humanas manchas, como si de una más entre las mujeres se tratara? Ella representa el anhelo de la Purificación. Nuestra Esperanza de vernos libres de todo mal gracias a su mediación. Y yo pecador, rogándole que no se olvide de mí en cada uno de mis rezos. Pidiéndole que se acuerde de mí cuando me mire desde el Cielo ¿Cómo se iba a olvidar de mí la que no abandonó a su hijo moribundo a los pies de aquel dichoso madero? Tú, que acogiste a tu hijo roto por el Silencio, cuando hace ahora justo 20 años, llamó aquel Domingo de Ramos, a las puertas de este mismo templo. Yo estaba a tu lado, ¿lo recuerdas? Yo estaba justo aquí, preparando mi carbón y mi incienso. Y vi cómo miraste hacia el fondo, intentando entender lo que decía aquel lloroso nazareno de la lejana Hermandad del Cerro. Hace ahora justo 20 años que tus lágrimas aliviaron su tormento; aquel gaditano sufrimiento. Los hermanos del Amor en rabiosa afonía lloraban, Sin concebir que su nuevo Cristo en tus brazos se quedaba, Sin entender todavía que sólo se consigue alegría, A tu lado, Madre mía, Sólo a tu lado, Candelaria. Y es curioso que antes de llamarte Candelaria ya reunieras en tu nombre tanto la inmensa pena por tu puñal, como nuestra eterna alegría por poder rezarte día a día. Nuestra Señora de los Dolores, por muchacha cordobesa; y que éstos fueran Gozosos y Gloriosos, una vez más nos demuestran, que sólo bajo tu Amparo podemos encontrar certeza; sólo siguiendo el ejemplo de tu hijo, que de rodillas y en silencio, profundamente te reza.

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Candelaria de la Axerquía. Madre y Señora nuestra, Azahar de San Francisco, Virgen Morena, Cordobesa. Tú que en tus lágrimas portas mis penas, Y que en tus manos enciendes mis alegrías, No me desampares, Madre mía, No me sentencies a ingente condena. Y si alguna vez lejos de ti me viere, Que no apague nadie tu candelería, Que brille toda la noche; hasta el nuevo día, Porque allí donde encendida estuviere, Sería mi faro, mi única guía, Dolorosa y Esperanza, Candelaria, siempre mía.

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Custodios y Libreas El silencio combatía con un leve rumor suspendido a media altura. Varias imágenes, imperturbables en sus altares desde hace siglos, me musitan hacia dónde dirigirme. El camino no tiene pérdida, y sin embargo, me disipo delante de cada una de ellas. A fin de cuentas, sus historias, siempre mudas, son la suya propia. Justo antes de su capilla, la que perteneciera antiguamente a la hermandad de la Expiración, en un pequeño retablillo le hace perenne guardia el custodio de este castillo, que se llama Córdoba, y que nos guarda de cualquier peligro y penoso desazón. Custodio de Córdoba y portero de esta fortaleza, morada mariana, que hoy es San Francisco. Quien la guarda para que nadie le consiga, sin antes por él mismo haber sido visto. Muro Santo, Altar bendito, Custodio de la Córdoba Cristiana, Y de mi Virgen Candelaria, Que se convierte en llama, Para junto al Arcángel, Mostrarnos el camino. Y qué casualidad, que Arcángel y nuestra preciosa imagen, los dos se hicieron cordobeses en el barrio de San Lorenzo. Es por esto por lo que San Rafael la cuida y la mima con meticuloso celo. Y seguramente por ello también sería, por lo que cuando no pudo asistirla, por otras ocupaciones divinas, desde el cielo le envió a otro Rafael, que de cuidarte, niña María, desde que a San Francisco llegaste, él siempre se ocuparía.

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Aquel otro custodio de pelo color de plata, Que dejándose la voz en cada llamada, Te mimaba y acompañaba, Para que esta ciudad de rezarte nunca se olvidara. Aquél al que elegiste desde tu primera salida, Y que mirándote a los ojos cada Domingo de Ramos, Paseaba orgulloso tu palio entre sus hermanos, Para que pudieran ver tu rostro iluminado por franciscana candelería. A aquella Virgen adolescente, Que adornaba de blancas flores todo el frontal, Con la misma mirada que la actual, Siempre tan linda, niña inocente. Portada por la primera cuadrilla de esta hermandad, Que la quería y la sentía de verdad. Ca uno con su molía, ná de costal, Y tú, Rafael, delante de ellos, su capataz. Capataz, entre otros, del Santísimo y de la Candelaria, ¿Qué más pedir, si eso es lo que más amabas? Si te miraba sólo a ti cuando avanzando de espaldas, Delante de ella y con tanto mimo, Su llamador tocabas. ¿Te acuerdas abuelo? Cuando yo no levantaba un palmo del suelo, Y que armado con mi canastilla, Buscaba aquella sonrisa que José Carlos nos decía, Que Ella siempre esbozaba al son Campanilleros. ¿Abuelo, te acuerdas? Cuando vestido de esclavina, Te daba la mano porque yo no quería, Que me quitaran de tu lado cuando bajarais la Cuesta. ¿Abuelo, lo recuerdas? Pues a mí no se me olvida, Porque fue Ella la que quiso mirarte cada Domingo cara a cara, Que te puso al frente para que por Córdoba entera la guiaras, Cogidita de tu brazo, como dos “enamoraos”, Como sólo se lleva a quien se ama. Que fuiste su capataz, Y a mí eso no se me olvida, Capataz de la Luz de nuestras plegarias.

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Capataz, de mi Virgen Candelaria.

Casi en frente, el Ecce-Homo que dicen salió de las manos de la Roldana. Delicadeza femenina. Divinidad humana. Plegarias de siglos ante él derramadas. Y algo más arriba, en el centro del Retablo Mayor, el Santísimo Cristo de las Maravillas, de este templo y sus fieles, histórico bienhechor. Bajo él, Nuestra Madre de la Aurora, que imaginada por Gómez Sandoval, quien también soñara la imagen de San Rafael que acabamos de saludar, nos vino desde la Ermita de su mismo nombre para siempre podernos salvaguardar. Con su niño siempre cogido, que no se lo retiren, y bajo él, otros dos angelitos custodios, siempre alertas, siempre a sus pies. Porque nuestra Madre necesita de angelitos. Para eso los creó Dios. Para cuidar de su tierno corazón, que se alimenta del calor del batir de sus alitas. Que se crece cuando los tiene cerca, y jugando con su niño los contempla. Cuando su cara acarician con sus rechonchas y dulces manitas. Para eso los creó Dios. Para que le lleven, como a una novia el manto, para que en las esquinas de su paso le porten piadosos rosarios y guíen al dragón alado de su llamador. Para eso los creó Dios. Para que le alivien en su hondo pesar. Y que a base de Misericordias, pueda perdonar a quienes con Desagravios, desde el día de su purificación, la quisieron inquietar. En el primero de sus tormentos; aquel impío puñal. Y tal vez sea ahora cuando comience a entender, que sólo con tan extensa cuadrilla de angelitos, de tan necesarios cuidados y tiernos cariños, se le pueda proveer. ¿Quién si no lo iba a hacer? Y tal vez sea hoy cuando logre por fin asimilar, que si de angelitos se nutre su corte, sea éste el motivo por el que Ella misma nos pidiera que le enviáramos al que portabas en tu vientre, Pilar. ¿Cómo lo iba yo entonces a imaginar? Tantas lágrimas derramadas. Tantas noches en vela pasadas. Tantas explicaciones no pedidas pero tampoco dadas. Pensando que lo habíamos perdido, sin darnos cuenta que lo que habíamos hecho, era enviar a nuestro angelito al paraíso. Paraíso celestial, Amor mío; desde donde en respuesta nos enviaron a nuestra pequeña

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Candela y al niño que viene hoy de camino. Ya no lloremos más por él, porque por fin hoy he entendido, que ahora vive junto a la Candelaria, bajo su manto protegido. Y que nadie lo separe de su lado, de su lecho acurrucado, porque nuestro niño, ahora es su angelito preferido. Al que más cerca tiene. Al que besa su carita cada vez que puede. Porque Ella, así lo había querido. No lloremos más, Pilar, que a hacer la Corte a su madre Candelaria, él también hoy ha venido. Angelitos triunfantes, Mayordomos de tu ajuar, Valerosos guerreros, siempre al frente, De tu paso de plata, callejero altar. Angelitos triunfantes, Servidores y libreas, Que de oro te coronan, Sustentando tu presea. Angelitos triunfantes, Brotes de azahar, Fragancia del barrio, De la Axerquía, Catedral. Angelitos triunfantes, Agua del manantial, De tu vientre materno, Eterno hontanar. Manadero de pureza, De ternura fontanal, Angelitos triunfantes, A la Candelaria, ¡Alabad, alabad, alabad!

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Consuelo en mi llanto amargo Ya queda poco para alcanzarte. He recorrido casi todo este templo y me encuentro tan cerca de ti, que el murmullo en su interior pareciera no escucharse. En tu capilla, un vano me recuerda que hoy te vistes de reina para presidir este precioso altar. Me acerco buscándote, avanzando firmemente entre la opacidad sólo fragmentada por algunos cirios que no pueden dejar de llorar. Vierten lágrimas de cera hirviendo. Entregando su ser para que nosotros, en silencio, podamos verte también llorar. ¿Qué tendrás Candelaria, que tu mera presencia me hace sollozar, quedando a la vez mi alma henchida de serenidad? ¿Qué tendrás, Madre, que detienes al mismo tiempo cuando éste se rompe, inquieto, por verte pasar? Nuestro regocijo es la certeza de tu hierática omnipresencia. Nuestra satisfacción, el convencimiento de tu inconmensurable omnipotencia. Solemne compañía que centellea desde al alba, con la promesa de tu llegada, que no por prometida, deja de ser añorada. Alborada que desgaja las tinieblas cada final de enero. Paseo matutino que se convierte en rosario indeleble en nuestro caduco recuerdo; y que, en medio de cada invierno, despierta unos corazones que hibernan, desde que perdimos de vista a la Virgen del Amparo, allá por el mes de noviembre, ya sólo un recuerdo que se alcanza a duras penas. Alba que se proyecta sobre la Axerquía sólo cuando los primeros rayos de sol se atreven a rozar tus mejillas. Antes de que tú salieras, la vida no existía. Inerme de tu palio, sales descalza a pasear. Desde algunos balcones te miran y te rezan. Desde algún portal te imploran repartir aquello que atesoras, esa belleza que alumbra en la aún media penumbra a la que obliga la Aurora de nuestra peculiar manera de rezar.

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Ahora es cuando tú te muestras más Señora. Alzo la mirada a las pequeñas parihuelas para mirarte una vez más, y comprender que eres imposible de abarcar por este corazón mortal. Tú, que todo lo eres, bajas para acompañarnos en esta oración matinal. Rosario de la Aurora, refugio invernal. Para andar con tus hijos hasta aquel precioso altar, donde San Rafael, de nuevo Él, te volverá a custodiar. Precisamente en la calle Candelaria. ¿Acaso una casualidad? Virgen del Rosario, Señora de la Aurora, Orgullo de esta antigua collación, De San Francisco, eterna mediadora. Tú que enciendes cada día, Que iluminas y preservas la Axerquía, Por no verte, ¿quién no lloraría? Por tenerte, ¿quién no moriría? Que tu rezar al final de la madrugada, Resuene por siempre en nuestras mortales almas, Y encontremos en ti, Candelaria, Luz, Vida, Confianza. Rosario en Aurora, Ferviente intermediario, Corazón de puñal clavado, De amor virginal, desgarrado. Que encuentra leve bálsamo, Al pasear por este barrio, Rosario de la Aurora, Lenitivo del corazón aciago. Bálsamo de lo profano, Alivio del repudiado, Sustento del humillado, Rosario de la Aurora, Consuelo en mi llanto amargo.

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En Córdoba, Candelaria Ya nada me aparta de ti. Entre tú y yo, sólo el tiempo de la distancia que nos separa. Exiguos metros de este antiguo convento, que aunque escasos, recorrerlos se me haría eterno. Ya nada me impide verte la carita, madre mía, y caer en la cuenta, de que sólo por ti estoy aquí. Tantos años vividos bajo el favor de tu manto, para descubrir que es hoy cuando más protegido, por a ti cercano, me hallo. Dicen que cada Domingo de Ramos, enciendes con el calor de tu mirada, los balcones que se juntan y se agolpan para comprobar si es verdad, que las lágrimas siguen recorriendo en silencio tu cara. Dicen que cada Domingo de Ramos, la Feria extiende su velo blanco sobre sus naranjos, para cubrirte de novia de este barrio, que se enamora de ti cuando entre sus calles, te muestras avanzando sobre tu paso. Dicen, que cuando tú pasas, por un momento se hace el silencio, y que el bullicio sólo regresa, cuando perdido de vista tu manto, recordamos que tu presencia, no fue sólo un recuerdo, sino evocada certeza. Dicen, que cuando tú pasas, para no distraerte, las fuentes detienen el gorgoteo de sus aguas. Ni tan si quiera se atreven a ofrecerse para que enjuagues en ellas tus ojos y limpies tus palmas. Aquellas que portan tu manípulo y en recuerdo de tu hijo, algunas veces incluso una pequeña ramita de olivo. Hijo que sobre una columna, derrama más lágrimas que gotas de sangre, al pensar en el sufrimiento y dolor que sentirá al verlo su madre. Dicen que al contemplarte, la misma Virgen de los Plateros, en su retablo, abrazó a sus angelitos durante aquel instante, en el que saltándose las leyes de los lienzos, se movieron dentro de aquellos viejos azulejos, para poder así adorarte.

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Dicen tanto, que para verte, ya casi no es necesario mirarte. ¿Mas acaso alguien pudiera no querer contemplarte, Durante el recreo de tu seráfico paseo, Cuando recorres la calle Deanes? Cuando tu reflejo se proyecta sobre las blancas paredes de la Judería,

Aquéllas que reciben la vida que desprende la Candelería, Que tus costaleros llevan siempre encendida; Tal vez disimulada por el incienso, Pero nunca apagada, ni en la noche vencida. Cuando al acercarse a la Catedral, Una solitaria saeta, Mitad suspiro aliviado, mitad amarga queja, Te acompaña en tu caminar, De inerme quietud y eterna Soledad. Itinerario de ventanas de rejas forjadas, Desde donde se vierten las continuas plegarias, Que en forma de petalada, Se posan en tu palio, Para enjugar cada lágrima derramada. Itinerario de rojo manto y blanca saya, Como los cirios que portan en sus manos, Las filas de nazarenos de clara capa, Armados por verde escudo hortelano, Y cubrerrostro afilado a modo de espada.

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Y sonando ya las últimas marchas, Cuando a este templo regresen tus andas, Que se eche a la calle todo tu barrio, Que se quede pequeña la Cruz del Rastro, Para verte pasar, Y abrazar entre los varales de tu palio, A la Madre sin cuya presencia crece el letargo. Aquél del que sólo se sale cuando, Gastados ya los cirios, Impróvidos del incienso atrás evaporado, Concluyas tu itinerario, Regresando de nuevo a tu franciscano palacio. Cuando ya no nos quede aire en los suspiros, Derramados sobre los candeleros nuestros quejidos, Nos encontraremos de nuevo contigo, Cuando regreses a cruzarte por el Portillo. Cuando volvamos a verte radiante, Portando orgullosa tu corazón atravesado, de amor sangrante, Que nos protege y nos da la vida, Aquélla que se te arrebató aquel día, En que asumiste ser Madre y ser Hija. Única Luz que deslumbra en la Candelería de nuestra fe, Credo y Cuerpo de nuestras vidas. Será entonces cuando broten de nuevo las lágrimas, Queriendo contener la imagen tantas veces recordada, De tu palio, rojo fuego, que llena de Dolor y Esperanza, Calles y plazas, balcones y ventanas, corazones y almas, Por ver otra vez a la Madre de Dios, Que en Córdoba, hermanos, se llama ¡Candelaria!

Muchas gracias

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