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Número 06

marzo 2014

La revista literaria de las Nuevas Voces

POESÍA • CUENTO • ENSAYO

Yolanda Arroyo Pizarro

entrevista

MUDANZAS LO AZUL DE Juan Antonio

Olmedo López-Amor

TRIVIA

Curiosidades Literarias

Libros

NUEVOS ARTESANALES


¡F

EDITORIAL

eliz Aniversario, Corpus! Hace un año, por el mes de marzo, Corpus Litterarum: La Revista de las Nuevas Voces salió por primera vez, con mucha incertidumbre, en busca de un espacio en el quehacer literario. Aunque es cierto que un año es nada, que doce meses son, prácticamente, un abrir y cerrar de ojos, el trabajo ha sido arduo y constante. Corpus se ha vuelto para mí sinónimo de compromiso. No solo por el compromiso que han demostrado mis compañeros hacia el proyecto desde la gestación del mismo, sino también por el compromiso que tenemos cada uno para con la literatura de Puerto Rico. Ese compromiso que, en primera instancia, se traduce en mantener un espacio para la difusión de la literatura emergente. Por eso, hoy le agradezco a mis compañeros Sandra B. Valentín y a Julio A. García por ese compromiso incondicional desde el comienzo. También a Raymond Meléndez, que se unió posteriormente a Corpus con el mismo entusiasmo. Gracias, chicos. Sin duda alguna, ha sido un año gratificante para todo el equipo. En especial los últimos meses han estado llenos de muchas experiencias. En el mes de febrero estuvimos en la Feria de Libros Independientes y Alternativos (FLIA), donde presentamos los primeros tres libros de la nueva faceta de la revista: Corpus Editorial. Luego fuimos invitados a varios programas radiales para ser entrevistados: compartimos con los amigos de Piedra, Papel y Tijera, estuvimos en D’Letras y, finalmente, en Artefusión. Esto tan solo para mencionar algunas de las cosas que hemos estado haciendo desde comienzo del año. ¿Qué es lo que sigue ahora? Bueno, todavía quedan propuestas sobre la mesa. En los próximos meses estaremos presentando el cuarto libro que se publicará bajo el sello de Corpus Editorial y, como siempre, seguiremos trabajando para hacer de Corpus Litterarum una mejor revista para ustedes los lectores. Dicho esto, quiero agradecer a todos los que participaron en esta edición de aniversario. Sin la colaboración de ustedes Corpus no sería lo que es hoy. También quiero aprovechar para agradecerle a Yolanda Arroyo Pizarro por el tiempo que nos regaló y por permitirnos entrevistarla. Fue todo un placer compartir ella. Ahora, sin más preámbulos, los dejo con la sexta edición de Corpus Litterarum. E. J. Nieves, Editor

Editores Editor y Diseñador Gráfico Editor y Relaciones Públicas Diseñador de Medios Web Investigación

E. J. NIEVES SANDRA B. VALENTÍN MEDINA JULIO A. GARCÍA ROSADO RAYMOND P. MELÉNDEZ-MIRANDA E. J. NIEVES SANDRA B. VALENTÍN MEDINA

es una revista que tiene como fin proveer un espacio de publicación para la producción literaria de las nuevas voces, tanto de estudiantes universitarios como también del público general que desean darse a conocer en el mundo literario. PUEDE ENVIARNOS SUS PREGUNTAS Y COMENTARIOS A: Email: revistacorpuslitterarum@gmail.com Blog: www.corpuslitterarum.weebly.com

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Los textos publicados en esta revista son de la autoría de cada autor/ra; por lo que los derechos de propiedad intelectual les pertenecen exclusivamente a esto/as. Tales escritos son publicados aquí con la autorización correspondiente, y con el propósito de su exposición y lectura. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del titular del Copyright, bajos las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante venta. Si usted está interesado en la publicación de alguno de los escritos, es necesaria la autorización expresa del/la autor/ra.


34 38 20 especial de corpus entrevista

Una escritora babillosa, Yolanda Arroyo Pizarro

E.J. Nieves, Raymond P. Medina Sandra B. Valentín Medina

desde el escritorio

Evento de la tercera noche

Raymond P. Meléndez Medina

reseña

Mudanzas de lo azul

Juan Antonio Olmedo López-Amor

secciones

Trivia: Curiosidades literarias Libros: Lo nuevo en vitrinas

cuentos Violación

Adriana Pantoja

Jennifer

20

Miguel Ángel De Jesús

The Tower And The Architect André Betancourt

El poeta

Luis Cintrón

32

píntame un vanitas carmen r. marín

La caminata

Hilary Muñoz Lago

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Quimera

Ricardo Vega

Conjuro de lluvia

David Caleb Acevedo

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El hijo de este siglo Federico Lotario

A orillas del mar

Heidi Marie Muñoz Lago

poemas 4 5 6 8 9 10 11 12 14 18

A la noche

Francheska Lebrón

Estancias

Miguel Ángel De Jesús

Razón sin razón Luis Cintrón

Recuerdos

Nicole M. Justiniano Valle

Visualización

Wanda M. Lluveras Gómez

La tierra de los espejos Claudio R. Cruz Núñez

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Violación Adriana Pantoja Ha llegado mi hora. Ya no soy nadie. Solo soy una cosa sucia y desechable. Levanto la vista y me doy cuenta de que no soy la única. Estamos todos sumidos en un inmenso salvajismo, inmóviles ante la crueldad de otros más grandes que nosotros. Aún así, sé que tarde o temprano, ellos se encontrarán en la misma situación; y, aunque sean más grandes, estarán igual de indefensos. La vida es injusta. O debería decir los demás, los imperiales, los que reinan y dominan sin importarles cuánto daño hagan a su alrededor. Esos son los injustos. Ayudamos, servimos a alguien distinto cada día; y no hay preguntas, no hay respuestas. ¿Qué más da? El pez grande se come al pequeño, el más poderoso oprime al desvalido: ya es ley de vida y así hay que aceptarlo. Generalmente, mi vida es apacible y tranquila. No molesto a nadie, ni siquiera a mis compañeros. Entre nosotros hay suma cordialidad y afecto; nos ayudamos cuando la situación lo amerita y nos damos las gracias. En un día normal, puedo estar tranquila hablando con mi vecina inmediata, cuando de pronto algún monstruo invade nuestra residencia. Brusco, sin consideración ni conciencia, nos separa y me lleva entre sus manos sin escapatoria. Mi compañera se queda desconsolada y asustada, pero hacia sus adentros está feliz: no es a ella a quien violarán en esta ocasión. Me llevan a lugares diferentes. Llego a una zona en donde un aire rico me acaricia con suavidad. Veo colores, tonos que contrastan. Oigo ruido; son otros monstruos que «ruidean» a mi alrededor. Siento calor; las cinco cadenas que me atan sudan con fuerza, me transmiten una horrible sensación de pegajosidad. Por fin me suelta el monstruo y me tira contra una superficie dura. Percibo olores gustosos; los he percibido antes. Ahora se unen a olores naturales exteriores, y entre ambos se forma un olor raro y peculiar... ¡Pobre tonta! Me dejo transportar por mis pensamientos, sin darme cuenta de que es mi propia mente la que 4

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escapa a la tortura. Aunque quizás sea mejor escapar de vez en cuando de uno mismo y no sentir nada. Y me agarran y me sujetan con la mayor brusquedad. Del susto olvido olores, colores, visiones, calores, todo. Estoy presa e indefensa ante un monstruo que hará de mí lo que guste. Hoy recogeré sobre mis hombros, para beneficio del monstruo, una materia movediza. No huele, no sabe a nada; solo sé que es movediza. Se mueve hacia todos lados, brinca, salta, transmite mi miedo y confusión, sin siquiera habernos comunicado alguna vez. ¡Es como si ella también percibiera que será violada igual que yo! Poco a poco, las garras del monstruo me llevan frente a él. ¡Es horrendo! Esa cara solo revela maldad y egoísmo. Su composición «carática» es desproporcionada; su nariz parece montaña saliente, sus labios como chupones de pulpo, sus dientes, garras afiladas... y sus ojos parecen disfrutar sin límites un acto horrendo. Se abre la enorme y oscura cueva. No se ve nada, solo oscuridad. Tengo miedo; voy hacia ella. Me empujan sin yo querer. ¡Horror! Adentro. Mi salida es peor; me arrastran afuera. Me desgarran, pero continúo. Recojo materia. Camino tortuoso. Adentro. Me arrastran. Afuera. Movimiento continuo, cada vez más rápido. Adentro. Mareo. Afuera. No sé lo que hago. Adentro. ¡Auxilio! Afuera. Adentro. Afuera. Adentro. Afuera. Adentro. Afuera... Quedo extenuada sobre algún sitio. Sé que ya no estoy al aire libre porque los olores que percibo son comunes y corrientes, mezclados con podredumbre y suciedad. No estoy sola; veo a antiguos compañeros ultrajados, desgarrados, violados igual que yo. Me invade una tristeza enorme al oír gritos desconsoladores, entre los cuales oigo los míos propios. Los monstruos nos limpian con cuidado, como si la limpieza nos devolviese la virginidad. Después de limpia, ¿a quién le importará mi tragedia? ¡A nadie, solo a mí! La violación de una indefensa cuchara es la costumbre, un acto vil y repetitivo de un brutal glotón.


Jennifer (o la chumba que quería ser nalgúa) Miguel Ángel De Jesús Una de estas cosas nunca es como las demás; ese era el caso de Jennifer. Se decía que era una mujer maldita y desgraciada a la burla eterna y a la vergüenza de la carencia. Mujer soltera con una maestría en Administración de Empresas, de senos firmes, pelo oscuro, caderas delineadas, ojos soleados y rostro redondo. Era casi la mujer boricua que todo hombre, y quizás alguna que otra mujer, desearía tener como trofeo en la cama, pero lo que carecía de atrás opacaba su belleza mestiza. Ser chumba era la maldición de Jennifer, y hoy se le ocurrió acabar con el sufrimiento. Después de salir de un ajetreado día en La Empresa, se marchó a su apartamento en El Condominio y caminó entre la muchedumbre de revistas y basura que había conglomerado una vez la depresión había cargado su vida. Entró a la ducha y limpió las ocho horas de aquella oficina, vistió una bata de lazo rojizo y apuñó un cóctel de píldoras que cargó en la mano derecha de camino hacia el cuarto oscuro para dar fin a su pena. En el instante que acercó las pastillas a los labios, la puerta de la habitación estalló abierta y un señor vestido con una bata blancuzca entró al cuarto. Alterada, Jennifer lanzó las pastillas hacia el extraño y este solo se acercó más a la mujer y pidió que se diera la vuelta para ver sus nalgas. Sorprendida por la orden, Jennifer se puso de pie y le enseñó la niñez de aquellas cositas. El hombre se presentó como el Dr. Víctor Grande, reconocido cirujano plástico de mujeres puertorriqueñas suicidas por imperfecciones, examinó el gluteus minnimum de Jennifer y prometió traerle la respuesta la noche siguiente, una rápida operación de reconstrucción de glúteos. Con la promesa ya enmarcada en sus glúteos flácidos y arrugados, Jennifer se deshizo de las otras pastillas que guardaba en el botiquín del baño y estuvo despierta toda

la noche esperando la llegada del doctor. Rutina diaria: Rito de la mañana donde se ducha, cepilla, viste, desayuna y se va al destino. Rito transitorio de ocho horas: Trabajo, bochinches, sexo ocasional, reuniones, firmas y papeleo. Rito de la tarde/noche: Salir del trabajo, coger el tapón de la #30, realizar alguna diligencia, llegar a la casa. Jennifer fue puntual; prometió estar lista y desnuda a las ocho en punto sobre la cama. Escuchó la puerta abrirse y el Dr. Grande entró arrastrando el cuerpo casi inerte de un hombre que cargaba nalgas de pelotero. Jennifer no tuvo tiempo para salir corriendo de la habitación; el Dr. Grande le inyectó sin perder tiempo la anestesia a la paciente. Lo último que ella recordó fue caer justo al lado de las nalgas expuestas de aquel hombre; un el paraíso deseado. El día se coló entre sus ojos; no recordó el evento de la noche anterior. Jennifer prosiguió al rito mañanero. Al vestirse, notó que la falda la ceñía demasiado. Al darse vuelta, le sorprendió la redondez protuberante de aquellas nalgas bronceadas como por el sol de Ocean Park. Eran nalgas perfectas. El flujo de sangre boricua le circuló los cachetes cuando se las manoseó deseando que fueran otras las manos que allí tocaban. Jennifer, al fin orgullosa de su nombre, salió desnuda del apartamento hacia el mall. Pa’l carajo la oficina, aquella mujer necesitaba unos Burbu jeans.

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The Tower And The Architect André Betancourt “I hate you.” “What did I do now, Samantha?” “You’re never going to change, are you?” “What did I do?” “What you always do. Your job. You build and you destroy. I fucking hate you.” I’ve always been good at what I do. I construct beautiful buildings, skyscrapers that flip off God. I say I myself, in singular form, because I undermine everybody around me, they don’t know true beauty, I’m the real artist. That’s how great I think I am. Am I some sort of egocentric asshole with a god complex? I suppose you could say that. But my towers, they’re beautiful. I made them, they’re mine. And if for some reason I find something wrong with them or around them, I destroy them or leave them unfinished. Oh and, I like exploding them, it’s more fun that way; the insurance deals with that debris crap anyway. So at the end of the day I have too much on my plate or I’m too busy admiring my work to be dealing with the lousy bureaucracy of it all and I know I’m breaking some laws while I do that. But I don’t have time for that either. Do I feel empty? I do. That’s why I create what I know is beautiful and crush anyone who doesn’t think like me. At the very least you have to give me credit for being honest. “You left for London three months ago. What are you doing here?” “I’m pregnant. And you sent me.” “I don’t think it’s mine.” “You what? Oh, I’m sorry, let me add something to your godliness. Yes, your dick works perfectly. I’m pregnant. That’s why I came back. You did it, you fucking did it again, miles away and you still find a way to fuck me up.” “You still have a bad mouth, Samantha. Why are you so angry all the time?” “How can you be so empty? Why are you like this? Just tell me why.” “I didn’t really mean to break your heart. I don’t like doing that. I told you.” “But you did. And you hide. Like you always do. You used to come back, but not anymore. You’re not even wondering about the baby. You’re going to be a father, you know. And there’s not one fucking part of your face or body moving.” Towers are never this complicated. I create them, I like them and they stay there. They’re beautiful. They don’t talk, they don’t complain, they don’t have a bad mouth. If they did, I would ignore 6

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them. Samantha is incredibly hard to ignore. I admit, Samantha has always caught my attention. She’s broken, and I don’t know if I told you this before but, I also like fixing things. Fixing them up to perfection, if not, I ignore them. Samantha is shattered, I think part of me likes that. I think I want to fix her. But Samantha is not a tower. I can’t fix her.


“What are you staring at?” “While you were away I made a beautiful tower after I exploded the one that was taking up space. It’s over there, the tall one, the one that reflects the sun. I want to give it a name. Can’t think of one yet.” “Name it Samantha.” “I don’t think so.”

“Why?” “Because the tower is perfect.” “You fucking asshole.” “You really need to work on your vocabulary Samantha. I didn’t mean it like that. I think.” “…What’s your favorite building so far?} “Good question. I’d go with the one from Chicago. The Christmas Tower.” “I’m going to fucking jump from that tower with your unborn child. “Don’t.” “What difference does it make to you? Are you afraid I’ll ruin its pristine perfect beauty?” “No. I don’t want you to die, much less with a baby on the way. I still care about you Samantha. I told you.” “You goddamn liar. Why do you play these games? You met me when we were building a tower together. You said we had built the perfect tower. You said you loved that piece of work more than anything then you looked at me as if I was the only other thing that mattered to you besides your “art”. In fact, drops of tears came down of you when we were looking at it, the only human thing I have ever seen from you. You gave me the world after that. I thought a man like you was impossible. I won’t say you’re like all men, because you’re not, no fucking way you are. But you’re fucking despicable. In a snap, you became emotionless for no fucking reason and left me a VIP pass on your jet to fucking London, everything paid. You gave me everything, all I ever wanted, then you write a check to erase me from your life. How can you be like this? I just need to know.” “Why jump off the Christmas Tower anyway?” “It’s the one we built, you stupid imbecile.” I do care about her. A lot. I don’t remember building that tower with her. But Samantha is always honest, she is. She really cares about me. And I guess it’s understandable to be frustrated with a person like me. I think when I found out I couldn’t fix Samantha I did want to erase her from my life. But if I may speak freely, I like that persistence of hers. Don’t misunderstand, I don’t like women chasing after me or me chasing after women. I just like the conflict, the drama. It’s exciting. All of the situations and where they may or may not lead. Am I a troublemaker? Do I ruin lives? Maybe. But I don’t mean any harm. I really don’t. It’s the way I am. I make mistakes. I can recognize that. Do I have to respond to my mistakes? I don’t know. Do I? Says who? I have my own way of dealing with things. And I can’t explode Samantha. She’s really beautiful, after all. “It’s cold out here.” “Take my jacket.” “Thanks.” “You look nice today, Samantha.” “I fucking hate you.” “I know.” Corpus Litterarum

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El poeta Luis Cintrón Su jornada existencial se acababa. Los ojos perlados mostraban la naturaleza de sus últimas palabras murmuradas en soledad. Las luces del día abrazaron la noche hecha muerte por él; estaba por comenzar la época de lluvias. Las paredes, llenas de letras, rodeaban su cuerpo de tintas y versos, y el momento se esparció por todas las calles del pueblo. Sus líneas, sus imágenes, títulos y nostalgias poéticas crearon zanjas y se cultivaron dentro de los subconscientes de los que, anteriormente, solo mostraron indiferencia hacia las abiertas puertas mentales del ahora difunto. Al día siguiente, el pueblo, esclavo de la suerte y relleno por encierros, vivió de las tan esperadas lluvias. 8

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Pasaron semanas. Los pensamientos generales se convirtieron en hoces e, involuntariamente, comenzaron a separar el grano del trigo en una cosecha como si estuviera hechizada. Las vainas curtidas que cubrían las almas andantes cayeron al suelo que antes había estado repleto de polvo sediento y luego era blanco como la leche. El choque entre dolores y frustraciones excusadas de los residentes dieron virtudes a molinos y el recuerdo del difunto, con sus letras antes ignoradas, abolió el hambre local con su huerto de oraciones que recibió con honores una medalla honorífica, un día festivo y un busto en medio de la plaza.


píntame un vanitas carmen r. marín era abrir las ventanas para amarnos y seguir imaginándote senil, recostada Karen Sevilla llegamos hace décadas a esta isla. tan lejana y distinta a la otra. pero a estas alturas del esqueleto una isla es una isla es una isla. se trataba de mi última noluntad. tienes esa manera de salirte siempre con la tuya dijeron tus ojitos miopes de por vida. solía bromear que dejarías de amarme si llegaras a corregir tu vista, como en la novela de pérez galdós. me ayudaste a colgarme la ropa en lo que quedaba del cuerpo. jamás podría explicarte esta sensación dispareja de cansancio y euforia camino a la playa. ochenta años no son nada. qué difícil llegar hasta aquí con tanto olfato. tenía que morir frente a la sal, palpar su vestido de gotas minúsculas; el océano es un pretexto para la sal. eras más joven que yo. conducías todavía. grande el auto de alquiler para dos ancianas pequeñitas; apenas suficiente para acoger nuestra descomunal promesa. nos dirigimos a este apéndice de ínsula que no es más que un brote adolescente sobre el nivel del mar, pero tiene playa. la casa, también alquilada. comimos higos secos con yogur y miel. lamí otra vez el amor en tus dedos; los que me abrazaron en el sexo y en la desgracia. tus manitas se habían achicado aun más por la artritis. no se cansaron de cepillarme. qué harás con tanta cabellera mañana, pregunté. guardaré solo unos mechones para que no sigas tu camino calva, te verás horrible calva. nunca abandonamos ese humor truculento; asegurábamos que sería nuestro boleto al infierno. cuando las mareas del dolor penetraron hasta las uñas esa noche, cumpliste. lloramos un poco ambas. la expectativa de encontrarnos en un otro lado estaba descartada; siempre fuimos muy descreídas, a pesar de la esperanzadora broma del infierno. sabíamos que hasta allí llegaría la memoria de nuestro olor. nos des

pedimos. besaste mi frente, mi nariz, los pómulos maquillados, mis labios, los párpados. te recostaste a mi lado y miraste hacia adentro, sosteniendo mi mano. yo aspiré tu olor y me lo llevé. poco antes del amanecer te las ingeniaste para arrastrar hasta la arena mi cuerpo desalojado. eras debilucha, sí. pero confiamos en aquello que leímos sobre los efectos de la adrenalina… y tu voluntad formidable para complacerme, siempre. cuánto te amé. cuánto me amas. sin manta ni toalla ni mortaja. directamente sobre la arena. allí me sentaste con las piernas cruzadas. a la espera de la inyección de salitre. mirando hacia el sur. habrían de ser molestos los guijarros, pero te sentaste conmigo. por un momento dudé si luego podrías ponerte en pie por tu cuenta, yo ya no podría ayudarte. fue entonces cuando me estremecí. había muerto. y quise abrazarte. habría que esperar unas cuantas semanas. esperaste. después, desprendiste el cráneo del resto de mi osamenta, con manos pequeñitas y artríticas. me acariciaste. lavaste exhaustivamente el hueso redondo y perfecto en agua de mar. las yemas de tus dedos besaban ahora los huecos de mis ojos, los pómulos sin maquillaje ni carne, la barbilla pequeña, podía sentirlo. fuiste tan delicada. lástima que por la revocación de aquellas leyes, no pude dejarte herencia, ni siquiera para paliar la posibilidad de acusaciones de homicidio. te he dejado tan desprovista. pero eso no te importa. cargas mi cabeza como a un bebé adorado. me has envuelto en un chal sedoso y me llevas de vuelta a casa, en nuestra isla. sobre la repisa de la chimenea falsa, como un tótem, habita mi cráneo, y tú pintas un vanitas. siempre fuimos tan barrocas. Corpus Litterarum

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La caminata Hilary Muñoz Lago No hay mucho que decir ahora. Solo que —y eso sería un tal vez— el viaje a mi casa no fue una de mis caminatas favoritas. Las aceras estaban hechas una mierda. Y para terminar de joder estaba lloviendo. Vi carros trepados en la acera; y os juro que si caminaba por la calle, me atropellarían. Brinqué un charco en el momento que escuché lo que parecía ser un helicóptero. Miré a mi derecha, luego arriba. Todo estaba nublado. Parecía que nevaría, por lo blancas que andaban las nubes. Claro, pero... ¿Cómo carajo podía nevar en una isla tropical? La ruidosa ave de metal no apareció por ningún lado. Miré de nuevo a mi derecha y descarté el insignificante sonido. Mis pies tomaron vida propia y echaron a andar. A pocos minutos me perturbó otro sonido fuerte. La explosión activó las alarmas de los carros. Un pedazo de metal ardiente cayó en mi cabeza. La visión se me volvió carmesí. Luego unos puntillos blancos. No sé cómo, pero caí. Vi un hombre con un gabán oscuro como el ónix. Un gabán caro; eso

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Corpus Litterarum

parecía. Llevaba puesto un sombrero a lo Abraham Lincoln, y unos zapatos del mismo color, que no paraban de brillar como un sol en la penumbra. ¿Sería acaso la luz en el túnel? Él hombre se quitó el sombrero y se arrodilló, lo que arruinó el elegante gabán. Sonrió. ¿Quién diría que el dichoso ángel de la muerte tuviera tan buen gusto y que le gustara sonreír? Y es así cómo mi mente deja de narrar mi muerte.


Quimera Ricardo Vega Me puse bonita ya de mayor. Todas las memorias de juventud, hasta mediados mis treinta, eran de una adolescente y luego mujer común, quizás hasta fea. Siempre tan deseosa de ser otra cosa, que hasta mi nombre María olvidé. Entonces, todo cambió. Pasados mis treinta y cinco años, me cayó un manto de sensualidad en el cuerpo. Además, una explosión de ideas en la cabeza que me volvieron deseada e interesante de escuchar. Por fin era el centro de la acción. «Alicia», me decía, «bébetelo todo, y con gusto. Deja que los que se tiran a tus pies compensen por el largo

tiempo del desprecio, el rincón oscuro. Encuentra en la lisonja de los bardos el alivio al pesado fardo de tu obra callada, el cruel anonimato». Alicia se admiró frente el espejo mientras la esquina de su labio sonrió repasando la década de reinado. Voló el pensamiento en la imaginación de un porvenir aun mayor cuando la presencia le encrespó los vellos y su espalda anticipó el toque. Vio entonces el reflejo de su esposo, por primera vez arrugado, que le susurró: «María». Corpus Litterarum

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Conjuro de lluvia David Caleb Acevedo —¿Y cómo vas a hacer que llueva, si ya no hay magia en el mundo? —pregunta Nalo a su mejor amiga. —No lo sé todavía —contesta Kiki. —¿Cuándo lo sabrás? —Cuando sepa adónde se fue la magia del mundo. El Valle de Naitzlen alguna vez fue verde. Los papiros cuentan de un tiempo idílico en el que las nubes bajaron negras del cielo para hacerse blancas sobre la hierba y las montañas. De siete aldeas que vivían en paz, cuyos miembros cultivaban los siete arroces en laderas fértiles. De mujeres sabias que elevaban sus cánticos al cielo y recibían las bendiciones de los Gran Tauri. Pero todo eso cambió el Día de la Amnesia. Desde entonces, los hechizos no funcionan. Las danzas no logran nada. Las palabras se las lleva el viento. Ese año se terminaron las provisiones en la aldea Makug, la última de las siete. El proceso comenzó cincuenta años atrás, cuando el Valle de Naitzlen comenzó a secarse, primero en la aldea Kairine. Los refugiados invadieron la segunda, Yéyorah, y así sucesivamente hasta que el Valle terminó de secarse en Makug. —Si no hacemos algo, tendremos que escalar las montañas. —Pero ¡siempre hemos estado en el Valle! El Valle es nuestra vida misma. —El Valle o la muerte, Kiki. —No, si puedo lograr algo. Kiki se levanta a menudo con dolores de cabeza. El racionamiento de agua y alimentos la tiene así. El invierno será duro y no sobrevivirá. Los demás ya se han ido. Si logra revivir el Valle, de seguro volverán. 12 Corpus Litterarum

Tienen que volver. El Valle será tan esmeralda que no podrán resistirse. —¿Cómo puedes hacer algo si ya nadie recuerda qué pasó? —Yo recordaré. Te lo prometo, Nalo. Yo recordaré. Y la hija de la strega más poderosa del Valle prepara un brebaje de peyote. Lo bebe durante la luna llena y conversa sola sentada en lo que alguna vez fue una ladera de azularroz. Y clama con sinceridad: —Ayuda. Alguien, por favor. Gran Tauri, ayúdenme. Alguien allá arriba, auxilio. Y sopla un viento fuerte que la saca de su meditación y le empuja el cuerpo. —¿Qué rayos…? Kiki se refugia en la casa que comparte con Nalo. La única que queda en pie en las siete aldeas. Una luciérnaga se posa en la punta de su nariz. Se siente vieja. Le duelen los huesos, y el espejo solo le devuelve la imagen demacrada de quien se niega a perder batallas perdidas desde antes de comenzar. La luciérnaga juega un poco frente a su rostro y Kiki ríe por primera vez en años. La sigue con la mirada hasta que aterriza en un pergamino. Y se extingue. Kiki toma el rollo en sus manos y lo abre. Encuentra lo que parece poesía: Poema de Maya En el principio te dije que comieras bebieras y durmieras a gusto en la hierba mojada bajo un techo de puntos de plata


en la obsidiana de los Gran Tauri. Come, bebe, duerme y sé feliz. Porque cuando olvides, no comerás, ni beberás, ni dormirás bajo el cobijo del azularroz. Oye, mi niña, el viento. Oye, mi niño, el agua bajo la tierra. Escucha, viejo hermoso, el rumor de la luz, el patrón de la brisa, el temblor de las tierras, el canto de los árboles. Escucha. Los Gran Tauri hemos tejido patrones en todo. Deja que tu sangre te guíe, hermana sabia. Y no pierdas la conexión. No des por sentado el verde, ni el agua, ni el viento. Porque si los olvidas, se olvidarán de ti.

Kiki cierra el pergamino y se sienta. ¿Fue esto lo que sucedió? ¿Es la naturaleza una colección de criaturas con mente propia? ¿Tiene sentimientos el viento? ¿Están heridas las nubes? ¿En un chiste? ¿Eso fue lo que le pasó a la magia? ¿La gente olvidó lo que era en realidad? Kiki sale de la casa y camina por varias horas en dirección a las montañas del sur. Nalo la ve y le grita. —¡Kiki! Pero ella no contesta porque está escuchando. Cierra los ojos y siente la tierra bajo los pies. Miles de eones de historia en los granos de sedimento. La tierra es historiadora y la llamaré Anasha. El aire le refresca un poco el sudor. El aire logra eso. Es una criatura invisible que se alimenta del líquido. Lo llamaré Ehri. El agua refresca, da forma, abre cauces en la tierra, cae del cielo, se acumula y arrastra todo lo que no le gusta. El agua es la más caprichosa de las cosas. Es fina y todo lo traspasa, o gruesa como el golpe de un río. Al agua llamaré Sura. Y así conversa con la naturaleza muerta. Y con sus manos palpa el aire y siente los patrones. Pide per-

miso aquí y allá, se humilla ante otros elementos, se rinde al poder del cosmos en algunos puntos y le promete a los Gran Tauri predicar la verdad de la magia. Levanta las manos y comienza a tejer símbolos en el aire. Las luciérnagas se acercan a sus dedos, y entonces la anciana Kiki teje luz. Ahí es cuando le prestan atención las criaturas del mundo muerto. Da tres pasos hacia la montaña y mueve la mano derecha en una ola. El viento comienza a soplar desde el lado contrario al que llevaba soplando por tantos años malditos. Levanta la pierna derecha y azota el piso con su pie. La tierra comienza a elevar los nutrientes que se habían hundido en el subsuelo. El agua es más difícil. Kiki se acuclilla a medias y comienza a tejer el aire con ambas manos, furiosa; movimientos de grandes olas, círculos y ritmo. Sura se rinde y brota a sus pies desde el río que había menguado durante décadas. Finalmente, el Gran Tauri Solen sale de entre las nubes y brilla. Cae la lluvia. Nalo se le acerca. —¿Cómo lo hiciste? —No lo sé. Creo que dejé de pensar y simplemente escuché. —¿Crees que ahora volverán? —Tienen que volver. El Valle de Naitzlen tarda solo dos semanas en recuperar sus colores. La vida regresa. Los animales salen de sus refugios, o simplemente rescriben el valle en sus coordenadas migratorias. Pero los humanos nunca regresan. Los que escalaron las montañas jamás volverán. Kiki abraza a Nalo un día, desconsolada. Nalo ha expirado hace días. —Prométanme que ya no serán caprichosos. El mundo depende demasiado de ustedes. Y una luciérnaga se detiene en la punta de su nariz mientras Kiki muere. Luego la luciérnaga se apaga. Corpus Litterarum 13


El hijo de nuestro siglo Federico Lotario Segunda Parte: Elogio de la nieve amarilla -1Madre Naturaleza, ¿por qué siempre has de ser tan bicha? Nos lanzas a este planeta de mierda sin pedirnos una segunda opinión y luego osas exigirnos que nos pleguemos a todas tus leyes y disposiciones arbitrarias, castigando toda disidencia con brutalidad harto mayor que la de cualquier nacido de mujer. El Hombre, sombra de una sombra, se apoltrona en este mundo do persigue su efímero medro a la salud del Papa y los señores obispos, sus ínfulas tan gastadas como esos labios suyos que hablan mucho sin decir nada según aguardan que los manden besar al próximo Emperador. Llegué a Ciudad Tal hace medio año, habiendo inmolado mis life savings en un desesperado intento por dar con Laurita. Habiéndome ausentado de la casa de mis padres, di con sus expectativas por el suelo y ahora estoy comiéndome un cable en este villorrio. Lo que más me endiabla de mi hermanita es su puta indisciplina: nunca se llevó bien con los estudios, ni tampoco recuerdo que en casa jamás la hubiesen obligado siquiera a fregar. Si papá y mamá me hubiesen eximido de par de bofetones para cobrárselos a ella (IVU e intereses incluidos) sabrá Dios si ahora sería al menos una enfermera (im)práctica en lugar de la barragana de tal o cual manganzón que sólo ha sabido ser otro mediocre más. Fue por casualidad que supe dónde trabaja: un comivete en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. He estado devanándome los sesos en este cuchitril desde las siete de la mañana, y ni señales de ella. Si tuviera dos chavos de seso, hace horas hubiese preguntado si aquí trabaja una tal Laurita Jiménez (nombre asumido), mas tengo miedo de que crean que la estoy acosando o algo así… mentira: lo que en realidad temo es haberme equivocado y que ella ni venga por acá. Tan pronto como pude entrar, ordené un cafecito puya: he dejado perder varias horas hurtándole medio sorbito o dos cada diez u once minutos, disimulando como mejor puedo para que no me acusen de loitering. ¿Y qué saqué con todo esto? Un enemistad irreparable con mis papilas gustativas y dos empleaduchos que de vez en cuando me miran como si fuese el Anti14 Corpus Litterarum

cristo. Van a ser las doce del mediodía: tengo que reunir fondos para almorzar. Cojo mis bártulos y me voy, pesaroso por no poder compartir con Jorgito mi apendejada pena… -2[Nota a los que lean: estoy narrando eventos que sí ocurrieron, mas no como acontecieron, sino como debieron haber ocurrido, por lo que os exhorto a pasarse eso de verosímil y plausible por donde no les entra el sol. Yo no dejo de fabular ni cuando me va el pellejo en ello: reíd, llorad, blasfemad, lo que queráis, mas hacedlo todo a vuestro propio riesgo]. Después de mucho buscar y rogar, convencí al dueño de una tiendita de electrónicos que me cediera par de dólares a cambio de barrerle bien la entrada. Hice tan buen trabajo que no sólo me dio los billetes, sino que también me cedió una bolsita de Doritos que al parecer han estado durmiendo el sueño de los justos desde los noventa. ¿Quién dijo que no hay caridad en el mundo? Estoy sentado afuera, almorzando en cuclillas. Entran dos o tres pasantes: uno sale vuelto el proud owner de un televisorcito; dos parten con las manos vacías, y el resto pasa el tiempo haciendo window-shopping. En medio de tantos hipócritas leedores, me llama la atención un perro sato que se pasea por los alrededores. Siendo tan blandengue, le ofrezco un manojo de migajitas: el pobrecito se las jampea como si de la Última Cena se tratase; procurando recompensar mi generosidad, el saco de pulgas procede a mearse en la nieve que me circula los alrededores. En circunstancias normales le rompería el hocico, pero ahora ni me incomodo: me basta con observar cómo la Madre Naturaleza deshilvana sus bicherías a la salud de tanta imagen y semejanza de Dios. -3El Hombre es la única criatura cuyo pensamiento dizque se parece remotamente al del viejo hediondo, parecido que no deja pasar un día sin agriarnos la existencia: jamás verás a una paloma desviviéndose por sacar «A» en el examen de la semana que viene, ni conozco a gallina de palo alguna obsesionada por tener algún puto diseño listo para el lunes sólo para


que el culo de vaca de tu jefe te mande a fregar después que hurtaste horas enteras al sueño mientras él estaba follándose a su amiguito! Si cada uno naciera únicamente con el brain power estrictamente necesario para comer, trabajar de sol a sol, cagar y follar, no sabríamos qué es eso del sida ni el global warming... pero como Tú, ¡oh Diosito!, no sabes contentarte con well enough, ahí tienes a Tus nenes queridos a punto de lanzar al carajo tan arduo trabajo, ¡y Tú ahí haciéndote la manicura! He vuelto al comivete. Estoy haciendo durar lo más posible un café de mayor tamaño y unas tostadas. Algunos comensales almuerzan con desgano; otros charlan y sonríen felices porque la Hágia Naturaleza les escatimó la mitad de las neuronas. Entre los últimos estamos yo y una empleaducha que pasa el tiempo mapeando: dejaría escapar un chiste de doble sentido, pero ya no da gracia. Si yo fuera un caballero andante y ella mi ovejita descarriada, la agarraría por el antebrazo y danzaríamos un vals de Strauss. No me hartaría de decirle que es muy buena y que cose muy bonito, que tiene un poder ingénito que no puede destruir ni el oráculo de Yahvé ni la saeta de Apolo, y ella respondería que yo soy un príncipe excelente, un muy santo y desinteresado varón, ¡y magnífico en la cama, por cierto! Mejor al estilo Rousseau: ambos somos los únicos remanentes del otrora puro e inocente mundo salido de la raja de las manos del Creador deísta. Sufriríamos calumnias, hambre, frío y desnudez que nos harían perder el Paraíso para pasarnos la vida tratando de volver a aquel lugar de todos y de nadie… válgame Dios, ¡qué rolas se fumaba el mamabicho ése! A ver si reconocen esta. Ella y yo nos levantamos después de un mutuo soñar horripilante y nos sabemos metamorfoseados en unos engendros raros, por lo que debemos eyacular sobre una escena primitiva e ir volando al trabajo tras visitar una colonia penal y dar limosna a un artista del hambre que nos acuse de un crimen desconocido (¿carmen et error?) y nos exilie a un castillo azul donde podamos hacernos sexo a orillas del mesón... Hago como si fuera a decirle algo, pero me muerdo la lengua. ¿Qué carajo estoy haciendo? ¡Abre la boca, canto de pendejo! Pregúntale si encontró a Waldo, si se ha follado a Romney, ¡lo que sea! La muchachita

sigue trabajando. Con frecuencia intenta apartar sus ojos de los míos, mas no deja de lanzarme ojeadas furtivas. Nos miramos en intervalos cada vez mayores. Mientras cavilo cómo desatarme la lengua, Doña Prosaica me dirige la palabra. “Something on your mind, hon?” Yo no digo ni pío. La muchacha se asoma a la ventana del local y luego parte hacia la cocina. Para cuando se ha ido, me percato de la tarjetita que ha dejado sobre mi mesa, la cual dice lo siguiente: Boulevard Des Morts 15, D-113. Adivina, adivinador, ¿adónde voy a parar yo? -4Cojo la tarjeta y me alejo así no más. Voy leyendo con sumo cuidado los letreros del camino hasta dar con el que busco. Husmeando con sutileza, busco y rebusco hasta que alguien me bloquea el paso: “You lose somethin’, bud?”, pregunta un negro de seis pies ocho, cruzando los brazos como si quisiese sodomizarme a puño limpio. “I’m looking for D one-one-three”, respondo con mi Puertorrican English. “Is this Des Morts Blvd.?” “Could be... if you introduce me to some friends.” Sentí escalofríos cuando pronunció esas últimas dos palabras. Iba a hablar de nuevo cuando le sonó el celular: “You rang? Yeah, of course he’s here, but don’t you think we… no, I’m not questioning you or anything, just… fine. You’re the boss”, responde con reluctancia mientras se despega del auricular y me pregunta en castellano: «¿Tú te llamas Tal Cual?». “Maybe,” respondo con una sonrisita cínica. “¿Tienes algo para mí?” El negro vuelve al celular: “He’s beatin’ ‘round the bush; should I… ok, I’ll do it.” Colgó: ¿qué haría este tal ahora? Consideré cinco posibilidades. A. Me pegaría un tiro así no más. B. Trataría de venderme un Rolex de dudosa pinta. C. Me arrojaría al suelo para violarme con su tubo PVC. D. Todas las anteriores. E. Ninguna de las anteriores. F. A y C son darwinianamente correctas. Corpus Litterarum 15


G. A y B son católicamente y apostólicamente válidas por siempre jamás. H. B y C son correctas, y a lo mejor la A (Sí, mentí otra vez: ¿qué más hay de nuevo?). El ogro se puso a caminar tras mandarme que lo siguiese. Durante el trayecto no dejaba de preguntarme a mí mismo qué carajos estaba haciendo; tampoco lograba desterrar la idea de que Laurita estaba inmiscuida en todo esto. No dejaba de imaginarme cómo su noviecito se holgaba de abusar de ella, cuánto le encantaba tenerla reducida a secretaria en el teléfono, mucama en la casa y muy ducha meretriz en la cama. El tipo me condujo a un domicilio propio de los suburbios gringos; mientras tocaba a la puerta y susurraba como si alguien le oyese adentro, me recriminé mi mutismo imbécil e hice en vano mil y un intentos fe dar la media vuelta y perderme calle abajo. Ya en la sala, el hombre señaló una butaca prácticamente recién comprada y dijo lo siguiente: «La jefa está reunida; te atenderá tan pronto termine. En lo que el hacha va y viene, ahí tienes la cocina si quieres comer o beber algo. See ya». El Fulano subió las escaleras hacia el segundo piso antes que pudiese inquirir para qué coño me había traído a este lugar. Pasó una hora; dos, tres, cuatro: nada. Tenía la vejiga a punto de estallar, pero no osaba ni rascarme; estaba demasiado anonadado para hacer algo que no fuese maldecirme a mí mismo: el tipo no me había vendido un falso Rolex; tampoco había querido dejarme muerto tras sodomizarme a puñetazos... -5Después del divorcio, mamá se quedó conmigo y Laurita se apoderó de papá. No volvimos a coincidir salvo durante los grandes días feriados, festividades familiares y alguna que otra ocasión inesperada. Papá y ella siempre eran lo más puntuales, sus comparecencias las únicas ocasiones que él se permitía no pensar matemáticamente ni hablar del trabajo. Todo se conformó a la inexorable normalidad, hasta que… Después que reuní los cojones para usar el cuarto de baño de aquel primer piso, la puerta principal se abrió desde afuera y dejó entrar a un muchachito moreno de unos doce o trece años y constitución recia, vestido como un prospect o algo parecido. No sabía si debía saludarle o dar la alarma, mas el chamaco entró así no más, tras lo cual se metió a un clóset aledaño y salió con una aspiradora que encendió y pasó con presteza, sin siquiera pedirme que levantara los pies. No dejaba de pensar: ¿por qué a mamá le endiabla tanto ese ruido? Al terminar el chamaco desconectó el aparato, se fue y regresó con un mapo y un cubo lleno de agua. Por Dios, ¡le prestaba más atención al suelo que a mí! Eso sí, el ilustrísimo colocó un CD en un estéreo aledaño, el cual procedió a tocar una canción que yo no había oído en décadas: Morena me llama, El hijo del rey. Si otra vez me llama Yo me vo con el. 16

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Morena me llaman los marineros. Si otra vez me llaman yo me vo con ellos. Morena me llaman, yo blanca nazi. El sol del enverano a mi me hizo ansi. Me puse a cavilar… ¡pero claro! Papá tenía un disquito de música antigua que solía escuchar con frecuencia. Esa cancioncita me encantaba cuando chiquito, pero él no la soportaba; de hecho, tenía que pedirle reiteradas veces que me dejase escucharla. Así fue hasta que un día lo miré y noté que lloraba durante el coro; no sé si se percató, pero entonces me dio la espalda y dejó la habitación sin palabra alguna. Ahí comenzó cierto remordimiento que no me ha dejado hasta hoy; tampoco recuerdo haberle reclamado la canción desde entonces… Esa fue la última vez que conversé con mi padre. -6¡Ahí viene, ahí viene, el llantén y el gemir pendejo! Guardaos vuestras simpatías y lágrimas, hipócritas leedores: que cada cual se entretenga buscando su paraíso perdido, o que se vaya a fregar. Venciendo mi pasotismo, me levanté y pregunté varias veces al muchacho dónde había adquirido ese CD, pero el muy chamaco se quedó parado como un estúpido a la par que esquivaba mis ojos. Ya me estaba empezando a enfadar tamaña insolencia, pero me comedí y le pregunté si hablaba Spanish, a lo cual respondió poniendo un rostro a cuyas expresiones adjunto mis autoritativas verbalizaciones: [«Todo el que ud. quiera».]. Respondió, esquivando mis ojos. Resumí: «¿Qué vienes a buscar aquí?». Frunció el ceño: [«Yo debería preguntarle lo mismo a ud».]. Se me trancó la lengua: no era que el manganzón no quisiera hablar, ¡es que no podía! Volví al asunto: «¿Dónde escuchaste esa canción?». [«Mi jefa y su boyfriend se pasan mascullándola».]. Juro que creí oír «masturbándola». Ya iba a subir las escaleras como un bólido cuando bajó el negro «Sorry to keep you waiting. La jefa está tomando una siesta: mandó decir que te atenderá esta noche sin falta». Entonces miró al chamaco con una repugnancia que no supe explicar; el otro buscó el clóset hasta que halló una pala, salió afuera y cerró la puerta tras de sí. -7El negro me hizo sentar de nuevo a la par que hacía lo mismo en un loveseat aledaño. Le hubiese considerado un tipo de lo más chévere de no haber sido tan grandote. Mientras él leía el Chicago Tribune, me entretuve mirando por la ventana mientras el morenito apartaba la nieve de la entrada moviéndola allá y acá, matizando peculiarmente el amarillento dejado por los perros con rojiblanco grisáceo. No sabía qué hacer conmigo mismo. Quería irme donde el chamaco y traérmelo adentro, acostarlo bocarriba tras haberlo dejado sin nada salvo los boxers para acariciarle el lánguido cuello, manosearle las escápulas y moldearle


el espinazo con los dedos para luego pasar la noche abrazados como un nene a su dinosaurio de peluche. La erección subsiguiente me abochornó sobremanera; si el gorila se dio cuenta, no dijo nada al respecto. Habiendo tirado el periódico sobre la mesa, fue a la cocina y regresó al cabo de un minuto con un plato lleno de pollo y gombo que colocó frente a mí, instándome a «coger fuerzas». Mientras empezaba a comer, el tipo abrió la puerta del frente y llamó a un tal Andrés; la vista se me tornó encarnadina mientras el muchacho se asomaba, su mirada un claroscuro de conmiseración y temor… -8Cuando abrí los ojos, el suelo, el techo, las paredes y otras superficies se me presentaban en una especie de color rosáceo según percibía los demás los objetos como tallos coloreados con capas de amarillo mostaza. Intenté levantarme: me acometió un intenso dolor por atrás. Intenté gritar: tenía la mandíbula desencajada. Noté que me faltaban cuatro dientes de entrambas hileras. Alguien entró en aquel aposento: era Andrés. Su color trocado en ocre sangriento, sus ojos reciprocaban con los míos como si pidiesen perdón. Quise exigirle explicaciones, mas el dolor en la boca me devolvió a tan bizarra realidad. Viendo que no podíamos hablarnos, considero oportuno verbalizar una vez más: [«¿¡Qué carajo me han hecho!?»], bramé tan pronto pude, a lo cual respondió con un mudo «Intenté avisarte». [«¡¿Cuándo carajo tú me avisaste nada?!»], ladré otra vez. [«¡Desde que viniste no has hecho más que estarte ahí como un pendejo!»]. [«¿Con qué derecho me llamas pendejo?»], replicó con tono ofendido. [«¡Yo no fui quien dejó todo y salió a perseguir a una cuera que no ha visto desde el accidente!».]. ¿Cómo coño sabía eso? Antes que pudiera preguntarle más, el negro entró y le echó fuera con una sonrisa alevosa. “Well, buddy boy, how do you like what we did to you?” Si no le contesté, no se debía tanto al despecho que me carcomía como a cuán fuera de mí me tenía toda esa mierda. «La jefa quiere verte», dijo mientras me apeaba sobre sus gruesos hombros y me conducía por un pasillo estrecho sin más testigos que la ambigua mirada de Andrés. No pasó mucho rato antes de que el negro se metiera a otro cuarto y procediese a inmovilizarme los brazos y las piernas con unos cepos. No había claridad en el lugar, mas se fue haciendo la luz. Tan pronto volví a abrir los ojos, no pude creer a quién tenía frente a mí. ¿Laurita? ¡Era ella! Estaba sentada sobre un trono tallado de botellas de plástico y vidrio, su cabeza coronada con una tiara papal, un ureo dorado en forma de escorpión y un penacho de plumas rojas. Vestida con una chaqueta de cuero negro, su mano izquierda sostenía un dildo aún ensangrentado, y la derecha, una tomahawk que tenía un orificio. Mientras sonreía con una malicia que no le había visto ni cuando éramos nenes, Laurita se levantó y habló en estos términos: «¡Saludos, hermanito! ¿Qué te trae a esta verruga en

el culo de Gringolandia?». Ya conocéis el chiste: [«¿Que qué me trae por aquí? ¡Tú, cabrona! ¡Solamente tú!»]. «My God, Tal Cual!», exclamó. “Mom and Dad would be so pissed...” [«¿Y tú que haces aquí? ¿Sigues buscando quien te friegue?»]. «Hermanito, si yo ya no friego…». Cuando hubo dicho esto, Andrés y el negro aparecieron a su lado mientras ella hacía señas a un grupo de matones que procedieron a joderme a golpes... -9Sí, ya sé que se me fue la mano con lo de los matones. Ya me está aburriendo el cuentecito éste, ¿mas cómo terminarlo? Podría dejarlo ahí y mandarlo todo al carajo, mas ni yo mismo me perdonaría tamaña inconstancia. Bien sabéis, hipócritas lectores, que es menester que toda trama y personaje se conforme católica e inapelablemente a las antiguas leyes de la eikología, principio divinamente inspirado por Jesucristo Buddha Mitra Hermes Trismegisto Maxlax que dictamina aquellas leyes que rigen el comportamiento ético que media en las acciones de los seres humanos. Lo antedicho remite al precepto de la verosimilitud manchurreteado ideado por los renacentistas, el cual prescribe que todas las acciones humanas deben atenerse a los cánones más retardados imbéciles preconizados por la opinión de las gentes... Quedísimos lectores, de mí podrán decir que soy un incordio, un puto poetastro que pontifica incluso cuando le han metido sabrá Dios qué mierda por el culo, mas no podréis decir que os haya dicho nada que no sea la pura verdad... sea cual sea. Para cuando desperté, me percaté que Andrés todavía estaba ahí, leyendo lo siguiente: Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados y lo escondió e instaló, a él y a su nodriza, en el dormitorio. Lo mantuvieron oculto de la vista de Atalía y no lo mataron. Le pregunté qué demonios estaba leyendo. Mirándome con el rabo del ojo, me contestó que se trataba del Segundo Libro de los Reyes, documento al del cual se la maman todos los demás. Mientras mis párpados se volvían cada vez más pesados, al fin escuché aquellas palabras que tanto aguardaba: Todo el pueblo del país exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila. En cuanto a Atalía, había muerto a espada en el palacio real. Con todo y dolencias, sonreí para mis adentros sin saber por qué. Cuando me volvió a vencer el sueño, me percaté de que esto es lo que siempre había deseado… [El manuscrito termina en esta parte; presumimos la existencia de páginas perdidas].

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A orillas del mar Serie: Monólogos sin sentido Heidi Marie Muñoz Lago Hola querida insomnia, tiempo sin seducirte entre líneas. La vida da vueltas; dicen que la vida continúa, que no tiene finalidad, sino trascendencia. ¿A dónde iré sin ti? ¿En dónde pereceré y pasaré el resto de mis días mortales? Como el vaivén indeterminado de sollozos y tu voz que junto a las olas rompen en la orilla, para no regresar. Aún te busco entre los granos de arena. ¡Ay, qué actividad tan inútil! ¿Por qué te busco, si sé que no estarás, que ya te has marchado? Trato de recoger las ojeras que me llegan a las rodillas. Estos ojos se han cansado de llover tu recuerdo. Ese aroma de tu piel que se interrumpe con el salitre y aun así es hasta más intoxicante que la propia fragancia de esa agua bombardeada por bicarbonato de sodio. Tan solo si fueras capaz de dejar el orgullo irse al carajo y 18

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reconocieras que ambos erramos y no obstante, podemos remediarlo. Ya te perdí y la silueta de tu cuerpo se ha ido a dar unas cuantas vueltas con esa brisa playera que ahora me abofetea. De manera jocosa suelo pensar que eres tú quien me golpea, quizás por lo idiota que fui o tal vez porque acepté y te dejé marchar. A ver cuéntame, ¿y tú cómo pasas tus días? Ya no queda más que aquellas huellas a la orilla del mar. Las mismas huellas que se han ido a pasear románticamente con los instantes que no te di, esos que eran tuyos, solo tuyos; pero fueron desperdiciados por algún detalle fútil. ¡Ay, insomnia querida, váyase al carajo! Llévate de paso mis pensamientos y sueños sobre ella. No, no me hacen falta. Adieu, adiós, auf wiedersehen.


Escritor, queremos que formes parte de la Revista de las Nuevas Voces. Contáctanos y podrías publicar en nuestra próxima edición. ¿Aficionado de la literatura? Aquí conocerás a los grandes escritores del mañana.

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ENTREVISTA

Una escritora babillosa,

Por E.J. Nieves, Sandra B. Valentín Medina y Raymond P. Meléndez Miranda

E.J.: Yolanda, ¿cómo es tu proceso de escritura? Yolanda: Mira, mi proceso de escritura es un poco neurótico, obsesivo, quizás, porque yo necesito escribir todos los días. Y no recuerdo cuándo fue que empezó. Sí sé que antes decía: «Pues, mira, tantas veces a la semana». Pero yo todos los días tengo que escribir algo que tenga que ver con el arte, con la parte artesanal de construir las historias y las palabras. Hace un tiempo, me levantaba bien temprano, ponía la alarma para las tres de la mañana. Luego de ese tiempo ya no tuve que poner alarma porque el cuerpo se levantaba solo. Me hice esa costumbre de levantarme temprano a escribir, o de acostarme muy tarde a escribir, aprovechando que padecía de insomnio. Ya que no podía hacer nada más con eso, así que, artísticamente, puse a trabajar el insomnio. Pero a veces ya no tengo ni siquiera que hacerlo porque escribo incluso antes de irme a la oficina en la mañana, antes de acostarme en la noche y, sobre todo, leo también todos los días. Mi proceso de escritura se nutre necesariamente por las lecturas que hago. Raymond P: Suelen clasificarte como escritora feminista, lésbica, que además trabaja la negritud. ¿Cuál consideras, si alguno, que puede ser o es el problema de ser clasificada de tantas maneras? Yolanda: También me han clasificado como lesboterrorista. No encuentro absolutamente nada de malo en que me clasifiquen. Yo entiendo y respe-

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to que las clasificaciones la gente las necesita para organizarse. Entonces, sería un poco injusto de mi parte decirle al otro: «No me clasifiques» porque yo estoy ahora mismo clasificándolos a ustedes. Y ustedes me están clasificando a mí: Ella es esto, ella es esto, ella es esto. Eso está chévere, ellos me están intimidando. Esas clasificaciones… Eso se necesita. El ser humano necesita explicarse la vida y, a veces, nos explicamos la vida con las etiquetas. Esto es para esto, esto tiene vitamina E, esto tiene vitamina C, esto lo voy a usar para cocinar, esto lo voy a usar para hacer el amor. Constantemente estamos haciendo


Yolanda Arroyo Pizarro

que me quedo fuera, no siento que: Ah, pero es que no estoy en esa lista y yo escribo de eso. No importa. En ese momento quienes constituyeron, digamos, esa lista para hacer un foro, para hacer una antología, ellos también se explicaron el mundo desde la literatura utilizando las etiquetas que mejor entendieron. Así que, no me molesta. E.J.: Sabemos que ofreces constantemente talleres de escritura creativa. ¿Cómo se siente esa experiencia de formar a futuros escritores?

Yolanda: Se siente bien reconfortante. Por otro lado, drena mucha energía porque yo me inmiscuyo mucho con mis participantes. Sé que hay otros etiquetas. Y, usualmente, hacemos métodos que tienen otros maestros etiquetas de lo que nos importa. Lo de la literatura, gente bien cotizada que no nos importa lo descartamos y y bien establecida. Pero a mí me funlo ponemos en la etiqueta de «eso no ciona meterme con mis estudiantes. tiene importancia». Así que, yo me En el último taller que ofrecí, que fue siento muy honrada de que cualquie- en el Coloquio del Otro Lado en Mara se tome el tiempo de clasificarme. yagüez, lo primero que yo le dije a mi No me molesta para nada. No siento grupo fue: «Antes de yo salir de aquí hoy, yo necesito quererlos. Así que, muéstrenme razones con su arte, con lo que usted hace con las palabras, sea poesía, ensayo cuento, muéstreme razones para yo quererlos, para que usted me importe». Entonces, eso suena ¡qué chévere! Pero es un gasto de energía bien fuerte. Y me drena mucho. Pero yo necesito eso, yo necesito que las cosas me importen. ¿De qué otro modo yo voy a defender a esa gente después, si ellos pasaron por mi vida como estudiantes?

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Sandra B.: Háblanos un poco sobre las labores del escritor para mantenerse vigente. Por ejemplo, tienes un blog muy activo, una editorial, viajas a encuentros internacionales, ofreces talleres y, pese al tiempo que toma todo esto, tu producción literaria es abundante. ¿Cómo lo logras?

con algún tipo de producción en el ámbito cultural yo sé que se va a parir un texto literario. Raymond P.: Existe algún temor de que con tanta producción te quedes algún día sin algo que contar? ¿Crees que existe tal cosa como el «writer’s block»?

Yolanda: Yo hago trampa; te voy a explicar en qué consiste la trampa. La trampa consiste en que todas esas actividades que parecen abrumantes o abrumadoras dentro de mi diario vivir: ir a congresos, escribir en el blog, visitar otros países, yo no permito que nada de eso se haga aislado. Para mí cada viaje es un libro que yo voy a hacer. De cada viaje, de cada taller, de cada experiencia, yo necesito devolverle al mundo como yo vi eso y ahí

Yolanda: Sí, todo el tiempo. El writer’s block no lo veo así tanto. No creo que exista. Creo que siempre hay algo que escribir. Pero sí me da miedo que un día me quede sin cosas que decir. Por miedo a que haya vivido ya tanto, y que lo que viví ya lo radiografié o lo anoté para que permaneciera para la experiencia mía o de otros, pienso que se me pueden acabar las experiencias y eso a veces me da mucho miedo.

va a salir un escrito. Entonces, haciendo esa combinación se me hace muy fácil tener elementos para escribir un cuento, escribir una novela. A veces, todo lo que hago es escribir escenas, me siento a escribir escenas. El ensayo que yo escribí, Besarte en África, que me publicó Revista Cruces, la revista de del sistema universitario Ana G. Mendez, es un texto que nació en el viaje que fui a África en mayo del año pasado. Yo sabía que tenía que escribir no solamente lo que nos pasó. Aunque no nos hubiera pasado lo que nos pasó, tenía que escribir de África. Cuando fui a Francia fue lo mismo, ahí parí un libro Media Lengua, que fue mayormente escrito en parís y así sucesivamente. Mi trampa es esa; de cada experiencia que tiene que ver

E.J.: En las conferencias fuera del país siempre mencionas a la nueva cepa de escritores puertorriqueños y lo que están haciendo aquí en la isla. Eso es loable, y has logrado generar interés. En cierto sentido te has convertido en mensajera del quehacer literario nuestro. Cuéntanos sobre la importancia de que otros países miren lo que se está escribiendo en Puerto Rico.

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literario, y eso lo hace la academia y lo hace muy bien. Yo había notado que había una necesidad de hacer lo mismo con los nuevos artistas de la palabra porque, a veces, se les hacía demasiado extenso o demasiado largo el llegar hasta esa meta para que un día los miraran o miraran la novela de alguno de los escritores o de alguna de las escritoras. Pasaba mucho tiempo. Entonces, pienso que es necesario que si estamos fomentando la lectura y la escritura desde grados primarios, kinder a sexto, luego entramos de séptimo a cuarto año con un refuerzo de esas destrezas de escritura, esas destrezas de lectura, que a su vez tienen una continuidad en la universidad o en lo que se hace a nivel posgrado, es necesario transferir esa experiencia de que siga leyendo,

siga escribiendo, porque de momento hubo un gap. Si ese estudiante, en efecto, se enamoraba de las letras, de lo que leía y de estar escribiendo entre lo que él se convertía en ese escritor probado, en ese escritor exitoso para los ojos de la academia pero también del público, había un silencio. Y en ese silencio se nos iban y perdíamos a mucha gente valiosa y talentosa. Porque entonces, era uso y costumYolanda: Hay una tradición de la bre no hacer ese tipo de comentarios academia, que es una muy buena a un escritor que estaba comenzantradición: la de estar divulgando do o ya hubiese empezado y tuviese constantemente ya sea en las revis- unas cuantas publicaciones porque tas académicas de las universidades, se tenía que probar. Ese desfase a mí ya sea conferencias en congresos, el siempre me llamó la atención. Sobre quehacer literario probado, el ya es- todo, que se diera en el contexto de tablecido de una gente que tiene una que hay maestros de la literatura que calidad y una consistencia, un corpus constantemente están haciéndole este


cheering up, este: ¡Hurra, hurra, qué bien que estás escribiendo así!. Pero cuando el estudiante se decide hacerlo de manera profesional y con un poco más de estructura, los dejaban solos. Vuelvo y te digo, me dolía que se perdiera mucho talento. Entonces, decidí echarle mano a esa oportunidad. Esa gente también hay que mirarla, también hay que reseñarlos. Quizás no ponerle la etiqueta o el de eres un gran escritor, porque eso pasa luego de muerto, la gente cree que

eso se da en vida pero la realidad es que no. Alguien puede escribir bien y uno puede decirle: «¡Qué bien escribes!». La etiqueta de buen escritor, de gran escritor, o de un escritor que influenció en su tiempo, se tiene que dar generaciones mucho más tarde que el escritor ya ha fallecido, y ver cuál fue el marco conceptual de esa interferencia, de cómo él afectó su entorno y el mundo a su alrededor. Mirando ese desfase es que me llamó la atención la idea de no permitirlo

por lo menos desde mi atrios, desde donde yo estaba mirando la vida, que siguiera pasando. Yo admiro el talento joven. Si veo algo que creo que vale la pena, que casi siempre hay mucho y bueno, lo digo, lo expreso, escribo reseñas sobre el autor si estoy en un congreso lo menciono. Sandra B.: Eres defensora de los derechos humanos, los animales y el medio ambiente. Esto se refleja en tus libros. La negritud, como tema que

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predomina, sobresale con importancia. ¿Lo ves como activismo? ¿Te parece que estás llevando el activismo a la literatura? Yolanda: Creo que sí. Y te comentaba, antes de comenzar la entrevista, que por primera vez en Coloquio del otro lado en Mayagüez escuché esta palabra que fue el título que le puse al taller de: Artivismo. Le puse el título: Taller de Artivistas. Los que se graduaron esa tarde del taller se convirtieron en artivistas de la palabra. Creo que sí, y creo que hay que llevar también el discurso fuera del libro. En muchos de nosotros el discurso se queda en el libro, pero fuera del libro somos otra cosa. A mí me gusta que haya una consistencia en lo que denuncio en papel y en lo que denuncio con la voz y las acciones. Yo siempre voy a despreciar con todas las fuerzas de mi corazón al opresor, venga de donde venga. Eso es algo que tengo bien claro. Una vez yo lo identifico, en cualquiera de las instancias de vida, sé que tengo que denunciarlo, que tengo que apuntarlo con el dedo, mostrarlo, visibilizarlo y abochornarlo. Entiéndase: minoría, marginalidad, todo lo que se da en las inequidades y las desigualdades. Pero sí, creo en el activismo con la literatura. E.J.: A menudo, cuando se escribe sobre la negritud, se recurre a ciertos estereotipos de la esclavitud para presentar la imagen de la mujer negra. Por ejemplo, se presenta la mujer negra como esclava u objeto sexual. ¿El recurrir a estos estereotipos para presentar una crítica o para abogar por una reescritura de la negritud no es hasta cierto punto contradictorio? ¿Cómo se logra manejar el tema de modo que se eliminen los estereotipos y no nos resulte un efecto contrario que prolongue el prejuicio? Yolanda: Lo es totalmente. Si viviéramos en Tennesee. O si viviéramos en Oxford, Inglaterra. O en lugares donde los textos sobre la época esclavista abundan y cansan por el tema. En Puerto Rico no abundan, no cansa el tema. Así que, me corresponde a mí y a todos los que se sientan invitados a seguir escribiendo. Nosotros cambiamos de patrones españoles a patrones norteamericanos. En el cambio de ese patronato, nosotros

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estábamos sumergidos en tantas cosas, que se nos extirpó momentos cruciales de documentación literaria. La época esclavista fue uno de esos momentos en que se nos arrancó. Nosotros ya superamos la esclavitud. ¿Pero cuándo lo hablamos? Si de eso van, más o menos, ciento y pico de años, los primeros cincuenta no se podía hablar porque el código negro lo prohibía, y las leyes que se incluyeron en la declaración de la abolición de la esclavitud prohibían hablar de eso. Así lo dice: «se prohíbe usar la palabra esclavitud». Así que, nosotros estuvimos casi medio siglo que no podíamos hablar de la esclavitud. Y hubo gente que se creyó que por esa ley no podía hablarse de la esclavitud. Luego de eso empezaron unas que otras voces, mínimas. Y de pronto ahora… O sea, Puerto Rico está bien, bien atrasado en el tema de la africanía, en el tema de la negritud. Es por eso… Número uno: porque somos muy jóvenes. Fue en 1873. Realmente somos jóvenes. El resto de Latinoamérica también está joven, pero ellos han hecho cosas. En Colombia, por ejemplo, se está hablando de «afrorreparaciones». El grupo de islas del Calcón, del grupo de Caribe, las islas del Caribe acaban de unirse para pedirle a Europa que reparen lo que hicieron con la esclavitud. Es como si le pidieran los judíos una sanción a los nazis, ¿no? Ustedes nos hicieron esto y esto y esto y necesitamos que reparen este dolor, este genocidio. Pero Puerto Rico no puede hablar de «autorreparaciones», porque Puerto Rico no sabe qué le pasó. Entonces, mi invitación es que haya más gente que lo diga. Y yo invito a cualquiera que esté en contra de lo que yo estoy diciendo a que me muestre los textos, que diga: «Mira, todos estos miles de libros hablan de la esclavitud, y hablan de la esclavitud estereotipada. ¿Cómo es que tú te atreves a hablar de las negras?». Yo quisiera encontrarme con esa biblioteca. Ese día dejo de escribir y me callo la boquita y me sentiré realizada. Pero yo también soy estudiosa. Investigo. Y sé quién dijo qué de la esclavitud. Claro, estamos viciados porque estamos leyendo de Ecuador, de Estados Unidos, y estamos hartos. Vimos a Kunta Kinte en Roots. Fuimos creciendo con Kunta Kinte, y vimos cómo violaban a esas mujeres. Entonces, cuando sale alguien a escribir, dicen: «Pero, loca, ya eso

es un cliché; ya se tocó». ¿Dónde en Puerto Rico se habló de eso? Yo quiero saber. Como la respuesta es no, y yo lo sé, hay que seguir escribiendo. Ahora bien, el estereotipo de la mujer que yo utilizo es rush porque tan pronto entra a escena esta mujer, que fue lo que pasó en la esclavitud, que fue abusada sexualmente, en ese momento yo creo una instancia heroica para que ella se zafe de eso; sea a través del cimarronaje, sea a través de una revuelta, de la huida, sea suicidio, la matanza de niños blancos, la matanza de esclavos, etc. Eso es lo que revierte la idea de esta mujer que aceptó ser esclava y que ella sabía que Jesúscristo era su salvador y que este quería —porque eso fue lo que le dijeron a los esclavos—. Eso es lo que ocurre en Saeta, en Matrona, en Wanwue, en Los amamantadores. Yo no permito que la mujer quede como víctima. Sí hay una situación que, en algún momento, hay desigualdad, marginalización y dolor. ¿Qué vamos a hacer con ese dolor? Yo no me creo el cuento de que las mujeres ni los hombres se quedaron cruzados de mano diciendo: «¡Ay, verdad, es que yo soy esclavo!» En libros históricos en el Archivo Nacional existen instancias de todo lo que hicieron los esclavos. Hubo algunos que, calladitos la boca, aprendieron a leer y a escribir español. Cuando los vendían o revendían, no le decían al amo que sabían. ¿Y tú sabes lo que se pusieron a hacer? Velaron el proceso de manumisión. Este es el proceso por etapa en que primero pasaban una etapa y eras un esclavo de tal. Luego pasabas a ser un esclavo que podía recibir ingreso, pasabas a ser libre. Y ellos falsificaron. Aquí hubo gente bien lista. El puertorriqueño es listo; de ahí es que viene esa listería. Ellos creaban documentos… «Mira, usa esto, di que eres libre…». Hubo muchas liberaciones que no fueron legales. Como nosotros con las licencias… Somos expertos falsificando licencias, expertos. Así que ellos hicieron todo lo posible para no permanecer en ese entuerto de esclavizado. Pero muchos perdieron la vida. Y esas historias no se conocen. Y mientras esté a mi alcance, yo las voy a dar a conocer. Raymond P.: En Puerto Rico tenemos muchas escritoras, y cada vez surgen más en los distintos géneros literarios. ¿Qué nos puedes decir sobre


esa voz femenina nueva y cuán diferente es lo que nos tiene que contar? Yolanda: Mira, en Puerto Rico hay muchas escritoras, pero el discurso en los medios y el discurso que primero se acerca al público es el del varón todavía. Y yo no sé por qué a estas alturas eso es todavía así. Tú vas a los congresos, a los coloquios, a los conversatorios y te das cuenta. Ves una mesa con cinco hombres y dos mujeres, cuando en Puerto Rico sucede lo que acabas de decir, hay más escritoras. Algo pasa; ahí volvemos al desfase. Algo pasa a nivel sociológico. Y esto pasa desde la concepción de la literatura femenina o de la literatura escrita por mujeres. Nos siguen enajenando aun los que son aliados, aun los que son defensores de que la desigualdad a través del género no debe existir. Aun ellos están haciendo algo mal que no nos permiten a nosotras ser figuras predominantes en ese conglomerado. Ahora bien, con respecto a la segunda parte de la pregunta, la voz femenina no nos tiene que contar nada diferente. El mundo es mundo desde que existe. La gente hace exactamente lo mismo. Es interesante, y esto pasa en las primeras etapas de los romances… ¡Ay, Dios mío, nadie me había besado así!, ¡nadie me había tocado así!; y uno cree que esto que me está pasando le está pasando por primera vez a la humanidad. Desde que la humanidad existe, no hay posiciones sexuales nuevas. Todo ya se ha probado. Así que no hay nada nuevo que nosotras tengamos que decir. Habiendo dicho eso, todo es nuevo. Contradicción, ¿no? Porque desde la mirada individual se miran cosas distintas y se le da prioridad a cosas que otros no. Pero eso tiene que ver con el individuo. Exigirle al grupo femenino que nos muestre su mirada es cargarlo; dos mujeres no vemos las cosas iguales. A mí una mujer me mandó a callar y a que respetara a las blancas. Eso fue en una discusión totalmente pública por Facebook. Dijo: «Respeta a los blancos, que tú, escribiendo sobre las negras, lo que estás fomentando es que se le falte el respeto a la persona blanca». Eso me lo dijo una mujer, no me lo dijo un hombre. Así que, pedir «déjame ver la mirada de la mujer» es cargarla. Sí tenemos mucho que decir todavía porque nos pasan cosas que a los varones no les pasan. Sobre esa voz

tendría que decir que necesitamos que sean más «babillosas». Tenemos muy pocas mujeres «babillosas». Me gustaría eso, que hubiera más valentía, más honestidad. ¿Por qué yo tengo que leer un cuento que me hable de los diferentes tacos de zapatos? ¿O sobre la lencería? ¿De lo linda que me veo ahora que he bajado veinte libras? ¿En serio? ¿Ves? Hay muchas escribiendo, pero todavía necesitamos mujeres graduadas de la universidad de la «babilla». Sandra B.: Eres una escritora de temática muy variada. Háblanos sobre qué, específicamente, separa a «Violeta» de tus trabajos anteriores ¿Cuál dirías que es ese ingrediente especial esta vez? Yolanda: Mira, en Violeta, como en Caparazones, hay una mujer que quiere tener prole con otra mujer. En Caparazones hay una inseminación. En Violeta la inseminación es doble. Vamos a tener un hijo, pues vamos a tenerlo juntas; tú te embarazas y yo me embarazo. Así las dos experimentan el asunto de la maternidad. Esto rompe con el esquema de la pareja que una es masculina y la otra femenina. Yo creo que esta es una de las grandes diferencias de Violeta con otras cosas que yo he escrito. Por otra parte, está el asunto sobre la poliamoría. Que se sientan y discuten la probabilidad de incluir a una tercera en la relación. Es un asunto que, aún dentro de la comunidad LGBT, es polémico. Por costumbre, en ocasiones, las relaciones que se dan dentro de la comunidad LGBT, para resistir lo menos posible la opresión, la denuncia, la burla y el maltrato de otra gente, se trata de normalizar hasta el punto de que queremos llevar un matrimonio como los heterosexuales. Queremos usar las reglas de juego que ellos usan, queremos ir a misa como ellos. Pero, sin duda, hay unas resistencias que se dan con esas socializaciones. Yo trato de exponerlas en Violeta. Por ejemplo, cuando muestro que una de las protagonistas, después de que se casa por primera vez con una mujer, sigue moviéndose. Se va a Canadá y se casa, cambia de estado y se casa, y nunca se divorcia. Ahí hay un asunto de poligamia que, dentro del contexto heterosexual, sabemos que hay una ilegalidad. Esa persona, ese hombre o mujer iría preso. Pero,

en este momento se están dando en la comunidad LGBT situaciones así para romper el paradigma del matrimonio. O, simplemente, porque la persona es sinvergüenza y le gusta casarse con todo el mundo. Yo quise que fuera una mujer en una relación interracial con una mujer blanca. Esta negra es más que negra; es violeta. A veces, nos dicen eso: «No, fulano no es negro, es violeta. Es bien negro, bien negro». Pues esta protagonista mía es casi Lupita Nyong’o, la actriz de Twelve Years A Slave. E.J.: ¿Qué proyectos tienes sobre la mesa? Lo que estés trabajando que nos quieras contar. Yolanda: Acabo de firmar un contrato con la Publicadora/Editora Educación Emergente que dirige la Dra. Lissette Rolón de la UPR de Mayagüez con un libro de cuentos que expande los textos que ya existían en Lesbianas en claves caribeñas, que es un libro de cuento muy bonito que me publicó Egales en Madrid, pero que se ha hecho muy difícil la distribución en Puerto Rico. Entonces, tomamos algunos cuentos de ahí, incluimos cerca de media docena de cuentos nuevos, le pusimos por título Lesbofilias y la publicadora estrenó un sello que va a tocar solamente el tema queer. Y yo, pues lo voy a estrenar. Estoy muy emocionada con eso. Por otro lado, en términos de presencial, hay un congreso que se llama: Citizens Alliance for Lesbian, Gay, Bisexuals, Transgenders, Transsexuals and its Allies Health, que va a ser en Puerto Rico el 4 y 5 de abril en el Recinto de Ciencias Médicas. Voy a estar allí con una conferencia que se titula: Literaturizando la libertad sexodiversa: Aproximaciones LGBTTQA a la narrativa y a la poesía puertorriqueña. Así que, eso va a estar pasando. E.J.: Yolanda, te agradecemos mucho por tu tiempo y por estar aquí con nosotros hoy. Ha sido todo un placer el estar aquí contigo. Yolanda: Gracias a ustedes por la oportunidad y por acercarse. Y por este trabajo de difusión tan importante. Tienen una aliada con nosotras.

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A la noche Francheska Lebrón A Brendon y al Lunático. Trae contigo todas las luces olvidadas: su boca curva que se desvanece vacía al nacerse, la caricia del viento que finge sus cicatrices. Puedo nombrarla herida y esconderla en las sombras. Puedo llamarla en otras pieles como el abismo al silencio. La veré desnuda, sintiendo el peso de los siglos como Borges. La veré escondida detrás del universo de cara al mar en los callejones sordos, en las caricias viejas, en las copas calladas, en las arenas cómplices de olvidos... Sus caminos son flechas oscuras que nos callan. Sus sonrisas son párpados translúcidos que nos esconden y sus besos blancos serán, 4 letras de luz sobre el agua.

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Estancias Miguel Ángel De Jesús Hago de estas manos la cabaña que amansa tus mejillas en el más gélido de los inviernos. Y con el mismo anhelo, atrapo un rayo del sol y lo envuelvo en un obsequio a la negrura que se aloja entre tus dientes y resienten la luz que mis labios revelan a los tuyos. Detuve una ráfaga colérica que circulaba entre mis dedos; la transmuté a una diadema que liberó los remolinos inquietos que enredaban memorias en tu cabello. Fui hasta el rincón vacío entre las galaxias y privé de una espiral su destello para hacer de tus pómulos la noche más esperada. De un susurro, las montañas descansaron en valle revelando ramales que antes te eran inalcanzables. Divisas una ventana que se abre entre mis costillas tras la fisura de este pecho. Allí yace el hogar que te ha esperado entre el tiempo y más allá de tus muertes que has sufrido una y mil veces por verte vagabunda entre hombros y costados que atropellaban la curva de tu rostro. Anda, recuéstate por última vez en la recámara que late entre mis atrios.

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Razón sin razón Luis Cintrón El cuerpo flotaba río abajo con dos balas en los ojos mientras todos observaban. Sobre su eterna cama de madera y bañado en aceite listo para vestirse de cenizas, el cuerpo alejaría la paz entre bandos. La fricción entre las dunas del coraje, con sus miradas vengativas, causó que ese cuerpo se convirtiera en una almenara eterna en la oscuridad de una pelea de costas que al parecer nunca tendrá final. Ambos lados se enfrentarán con ventaja al pensar que tienen la razón, ambos lados en desventaja al ignorar el uso de la razón. Fragilidad humana... Frescura de la venganza.... La piedad entra bajo su capa, escondida, en la choza de la insensatez para negociar la tregua que destruye bienes infieles.

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Recuerdos Nicole M. Justiniano Valle Recostada sobre la cama, recuerdo tus manos inquietas recorriendo el mapa de mi cuerpo. Recorres las montañas y planos, hasta llegar al valle del deseo. Tienes el timón de mi cuerpo y me diriges a la locura. Plantas en mí bandera, en señal de conquista. Una lluvia de placer se avecina, hasta brotar al fin un mar de colores. Una felicidad inexplicable me arropa. Luego de aquella aventura excitante… Vuelvo a la realidad. Corpus Litterarum

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Visualización Wanda Margarita Lluveras Gómez

Un nuevo comienzo surge en lo más lejano, en lo recóndito, en lo cercano. Entre las paredes negras de lo infinito renace en rubores de oro una guiñada dorada, oro entretejido en el silencio sonoro, de lo creado en el tiempo distante del ser humano, faro de misterio en el telón sin luz más iluminado. Renace el río entre sus aguas surgiendo más cristalina, más deseada, para luego empapar los labios llenándolos del renacer indispensable, de su incólume bendita agua. Renace la tierra en mil colores cubierta de puro vaivén verdoso, arrastrados por el invisible viejo soplo, y en la mirada de lo inexistente se crea una belleza principesca, coronada en la misma entraña de la tierra preñada, Renacen los cantos pasando del dolor a la alegría, con bienvenidas, con esperanzas resurgidas. Renacen las manos

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en manos nuevas, asegurando la continuación de variados, nuevos cantos. Las ideas aguardan su resurgir: en las décadas, en los siglos, en lo esperado, en lo inesperado, en lo comprensible e incomprensible, hasta hacerse luz, en aquello jamás imaginado. Renace una presencia de luna brillante opaca de oasis fresco y seco, en las noches profundas de los sueños, trayendo melancolía llena de distancia. Con ello rompe como una noche quebrada, el rostro del momento, el de otro tiempo. Renace mil veces esa palabra, la más esperada desde el génesis de toda alma. Esa, precisamente esa palabra: la de las mieles, la de las flores, para algunos: la de recuerdos atesorados, o la de las soledades infinitas en besos idos o esperados.


La tierra de los espejos Claudio Raúl Cruz Núñez Comienza el soliloquio de la computadora de los pájaros. Estamos en el granero de la globalización. Es un acuerdo de polen mediático y asuntos de Estado. Sueño con la tierra descansada, con el saldo azul de las aves. Ya mi padre no pinta casas ni cría gallos de pelea. Mi madre abandonó su mundo epistolar y no riega las rosas de su jardín cuadrado. Son los tiempos del Hubble de los satélites, del chip, de las fiestas de la muerte y de la fama. Todo se nos escapa y el día viaja en módem y teclados. Ayer corría con caballos de palo y trompos de aventura; hoy el alba se me parece al insomnio. Se calienta el hielo y el trigo de los campos se muta en caracoles. Las noches refulgen de óxido y ceniza. El dios de los planetas anda solo por la calle. Se burlan de la madre que parió las cordilleras, defecan en el cuerpo de los ríos. Buscan a Jack Kevorkian con su receta de eutanasia. Estamos caminando al filo de una sierra de cadena y Wall Street sigue entre risas. Leo sobre la muerte por hambre de l@s niñ@s y no puedo entender la inusitada belleza de las flores. Contemplo la fruta y la semilla y hay luz de asombro en la mañana; pero el hombre taladra el témpano del ocaso, computariza el humus milenario,

hace un collar de rieles y electrodos. Todo lo centraliza y le da carnet de mercancía. Pasan los ruiseñores a través de las persianas de la hoguera. Desde las montañas Himalayas hasta el Cerro Puntita de Ciales conspiran los señores hemisféricos. Son los arquitectos del cactus del mercado, son los que se comen los silos de la abundancia. Las tórtolas cantan frente a mi ventana. Algún presagio obscuro las detiene. El zorzal de la costumbre es un pájaro negligente que se duerme. El sol, como una caldera, me pregunta: ¿a dónde ha ido el equilibrio de la tierra? Llegan los transeúntes, llegan los hijos y las hijas del matricidio, los hijastros de la cama almidonada; y nada está a salvo , nada acaricia al río, a la mar, a las crisálidas. Es la hora de la perpendicular mentira, es el tiempo del alcohol y del saqueo. Escucho un jazz de lejanía. Es el ave de las premoniciones. El Aconcagua se está pudriendo. No le llega el aliento del oxígeno. La Antártica reprime su sonrisa de escarcha; parece que su cuerpo se desmiembra en blanco funerario. Desde las inmedibles estepas se oye el silbido del viento, se percibe el humor de los glaciares. El mundo comienza a ser de cubos de cristal, de nieve, de frío, de invernadero. Allá en las cumbres resuena el indígena de piedra y sangre vieja. Nunca se ha ido, está en el pan de barro, en la sal del aire y el sereno. Todo llega, el globo ensimismado nunca cesa. Es el último aviso telúrico y gigante, es la voz profunda de la tierra de los espejos.

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DESDE EL ESCRITORIO DE

Evento de la tercera noche Raymond P. Meléndez Medina Entablando una conversación silenciosa, mis dedos viajan, palpando encanto. Que estar hundido entre él era una decisión, meta y creer Un cuerpo azotando al otro, baile férvido, carnal. Mi miembro fuerte pero respetuoso, gozando de la fricción a sordas Inadvertidamente a la partida, me arrojé al naufragio de aquellos labios. Sin miedo, se encontraron estos, succionando placer, sexuando medula. Entre olas y envuelto en pudicia, codiciando un pedacito de tierra fértil para cantar mio el descubrimiento. Cultivar lujuria y sembrar pedacitos de mi ser

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RESEÑA Juan Antonio Olmedo López-Amor

La editorial Vitruvio publica en el número 370 de su colección Baños del Carmen el último poemario del sevillano Jesús Cárdenas «Mudanzas de lo azul».

Título: Mudanzas de lo azul Autor: Jesús Cárdenas Género: Poesía Editorial: Vitruvio Año de publicación: 2013 Número de páginas: 96 ISBN: 978-84-941328-1-0

Hablar de Jesús Cárdenas es hablar de un trabajador de la palabra, un escribiente afanado tanto en poetizar su vida como en comprender ese vínculo invisible que aferra su alma indeleblemente a la palabra. Jesús nació en 1973 en Alcalá de Guadaira (Sevilla). Es profesor de Literatura además de ensayista y articulista, vocaciones que constatan una personalidad tan analítica como inquieta. Entre sus publicaciones poéticas se encuentran: Algunos arraigos me vienen (Diputación provincial de Sevilla. 2006) y La luz entre los cipreses (Ediciones en huida. 2011). Entre sus trabajos de investigación destacan: El concepto de lo popular en Juan Ramón Jiménez (Procompal. 2007) o Textos literarios: comentarios lingüísticos (Procompal 2007). No es casualidad que en varios de sus estudios Jesús haya fijado su atención en la obra de Juan Ramón. Si bien el poemario empieza con tres citas pertenecientes a Cernuda, Hierro o Reed, que pueden interpretarse como influencias del autor, es la sombra no confesada del autor de Espacio (1954) la que planea bajo estos versos. Mudanzas de lo azul comienza con un poema titulado La curvatura solitaria del azul, una premisa escrita en heptasílabos que ya dilucida —a grandes rasgos— algunos de los caracteres temáticos y recursos del libro: «En el vasto horizonte / los recuerdos sin rostro, /trazo el tiempo sin tiempo / sin celebrar mudanza…». Amor, Tiempo, talante dialogístico, melancolía. Quizá este primer poema no está incluido entre los cinco bloques que componen el poemario porque es utilizado a modo de poética, el autor dirige unas palabras previas al lector y para ello utiliza el heptasílabo de manera exclusiva. Cuando el famoso científico Isaac Newton, allá por el año 1672, consiguió demostrar que el espectro luminoso se divide en siete colores, constató que el color azul ocupa el quinto lugar en esa escala, como cinco son los bloques del poemario. En vexilología —estudio de las banderas— el azul es un color frecuente y vinculado muchas veces a aspectos de

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significación trascendental, Cárdenas hace de buen vexilólogo y utiliza la coloración cian del título para encarnar las más diversas acepciones de un azul que translitera su influjo en la conciencia del yo lírico narrador y viceversa, invitando al lector a asistir a un intercambio de efluvios tan expresionista como perturbador. Si analizamos el título del poemario, observamos que el azul no es tal, sino lo azul, y ese artículo neutro que lo precede sustantiva la maravilla informe de una mirada que va transmutando su esencia en busca del conocimiento, de ahí la mudanza. El primer bloque lleva por título La hora del té y comienza con el poema La búsqueda inagotable y permanente de las palabras —escrito en endecasílabos blancos— donde el poeta aborda una cuestión tan arraigada en el ser humano como la de querer conquistar lo imposible: «En sueños buscas adueñarte de ella: / una palabra hermosa, nunca dicha…». Buscar la Palabra significa dos cosas: que no se posee y que se anhela; y yendo más allá en nuestra pretensión de «Prometeos» buscamos una palabra nunca dicha. Queremos no solo la Palabra sino toda su exclusividad y poder. El ego nos lo ordena y no podemos negarnos a ello; es demasiado atrayente, pero el discurso poético de Cárdenas trunca ese sueño al concluir el poema narrando lo absurdo de perseguir dioses: «Relámpago en la noche, verso esquivo…» o «En vano buscas adueñarte de ella». La belleza de las palabras es una de esas posesiones efímeras de las que gozamos —o al menos eso creemos— mientras vivimos, un perfume imposible de atrapar si pretendes eternizarlo que discurre siempre ajeno tanto a conciencias como a voluntades. El poemario arranca con la «palabra» como eje central de su argumento. Los poemas Palabras como avispas «endecasílabos blancos» y Palabras «versos libres que terminan sin punto final» expresan ese amor por esas pequeñas y volátiles canciones que nos comunican: «Raras son las palabras que oscurecen, / las que terminan siendo doblegadas». El autor reconoce el poder comunicativo y eucarístico de la palabra, y dedica versos apasionados a sublimar esa fusión no planeada entre el alma inquieta y la escritura: «Cómo si no se entiende / Que un cosmonauta haya visto maravillas / Y esté deseando pronunciarlas». Como decía Carlos Bousoño: «Así fue la palabra, / así fue y así sea / donde el hombre respira, / porque respire el hombre». En el segundo bloque, titulado En vibrante sacudida, la comedida solemnidad y el declarado elogio son cambiados por una desesperanza plausible. El autor nos muestra caminos distintos en su andadura, adentrándose por parajes más existencialistas y humanos. Y aunque su discurso soporta una densa carga de desencanto, ello no le impide —al igual que Juan Ramón— seguir en busca de la belleza: «Ahora lo sé. / Me reconozco en aquella arena, / vestigios de un amor en lenta retirada». La soledad, el amor, la memoria, la percepción del sentido absurdo, una demolición de los pilares que sustentan Jesús Cárdenas

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la esperanza pero no a la esperanza misma: «A pesar de los malos tragos, / se prometió seguir…». Sobrevive en los versos del poeta un optimismo latente que no permite la aparición del victimismo ni la sensiblería, haciendo honor al título del libro. El discurso poético de este autor sevillano no queda varado en ningún punto concreto, sino que va fluctuando por un recorrido argumental —nunca mejor dicho— en constante mudanza. Y esa mudanza es la de la misma vida,

Playa de solitarios, resplandecen estos versos: «Me he preguntado al verlos / si bajo sus gafas arrastran fantasmas». Entre las tantas y tantas pinceladas de género variopinto, aparecen fotogramas elegíacos que son satélites de la luz y el tiempo: «Vencer la luz abrasadora / y dejarme atrapar por su frío cuarzo de invierno» o «En mi espacio requiero de más tiempo, / de agujas que corran hacia atrás», imágenes que dibujan el mismo escenario donde sembró su maestría el maestro de Oliva,

una metamorfosis procurada por el paso del tiempo y las circunstancias que conlleva verse obligado a vivir hasta morir. Ya en el tercer bloque, El mar desde la orilla, y tras paladear los dos bloques anteriores, el lector encontrará una variada gama de matices al paso ya que, al igual que los buenos vinos, los versos van expandiendo sus cláusulas ganando en densidad y aromas. En el poema De escamas y de abismos estos versos sentencian a nuestra arrogancia: «Todo deja curtido el tiempo / para que podamos entregarnos a la memoria». A momentos, el talento del artista camina por senderos de poesía de la experiencia. A momentos, también lo hace por encrucijadas metafísicas, pero encuentro un postgusto prolongado de postmodernismo en toda la obra en general, una miscelánea de sabores que, en lugar de proscribirse unos a otros, se concatenan de manera natural, formando un ecléctico caudal de atrayentes motivaciones. Lo predecible y el miedo comienza con estos versos: «Descubres que en las cosas predecibles / el miedo y el dolor / se hacen más soportables», y no puedo evitar recordar ese dibujo en el agua que trazó Benítez Reyes: «Bien sabes que estos años pasarán, / que todo acabará en literatura». Coronando esa matemática certeza, Benítez Reyes no solo concluyó uno de sus mejores poemas, sino que diagnosticó hábilmente su propia enfermedad y la de muchos otros, como entre ellos, Jesús Cárdenas. Además de la notoria influencia poética del gran poeta de Rota, Felipe Benítez Reyes, también encontrará, quien conozca la obra de los poetas Dolors Alberola o Francisco Basallote, suficientes motivos para comprender que estos autores figuren en la página de <agradecimientos> del poemario. Lo humano y lo metafísico conviven en este poemario manteniendo una alternancia tautomérica en sus roles, un equilibrio a veces sacudido por el descarnado mensaje de la realidad. Acerca de la soledad, y circunscritos en el poema

Francisco Brines, curiosamente otro admirador de Juan Ramón Jiménez y Cernuda. En el cuarto bloque, titulado Mecanismos eróticos, la luz adquiere una mayor relevancia. Se sobredimensiona su poder simbólico para así trascender en los versos todo su valor pictórico: «Hay una mano que insiste en borrar luz del cuadro, / desnudez del océano, / y en dejar otra luz que no resulte indiferente». La Nada se conceptualiza en una encarnación metapoética, o debería decir metapictórica: «Podría interpretarse que el propio silencio / aparece en los bordes del lienzo». En ese solipsismo del viajero, la carga se reduce a los enseres del desposeído, es decir, a su propia experiencia; por ello la metáfora de lo absurdo del mortal que sueña la inmortalidad en ese carboncillo de Boceto de una mujer, o esas alas perdidas que renacen gracias al pensamiento del amor en El deseo o el mar. Llegados al quinto y último bloque del libro titulado Mudanzas del viento, las dudas y cavilaciones existenciales son sustituidas por las certezas de las imposibilidades. Cárdenas relata su propio adiós sin despedida, consciente de la revelación panteística del mundo y de la vida. Decide consagrarse a esa trasformación periódica que lo obliga a cambiar de rumbo, a desandar, a desaprender. Cercano en ocasiones a esa tercera etapa en la poética de Juan Ramón, Cárdenas alcanza cotas de poesía suficiente como en estos versos: «Sobre la comunión de carne y espíritu, / interviene el bramido del silencio». El dictado del poeta es un soliloquio que rememora el amor a la vez que condena el absurdo de los apegos, esa controversia incrustada en todo ser viviente que lo flagela y angustia, que lo asusta pero a la vez lo enciende. En definitiva Mudanzas de lo azul es una aventura recomendable; ya no por su riqueza de sensaciones, que pueden terminar en reflexión, sino por su honestidad de fondo y forma, un peldaño importante en el ascenso de Jesús Cárdenas, que posee la valía de lo auténtico. Algo que sin duda le reportará gratas consecuencias.

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TRIVIA

CURIOSIDADES LITERARIAS 1. ¿Cuál escritora recibe ganancias de modo perpetuo de las diferentes editoriales que han publicado sus libros? Danielle Steel J.K.Rolling Isabel Allende Suzanne Collins Nora Roberts 2. ¿Cuál escritora guardó en su escritorio el corazón de su esposo muerto? Marguerite Duras Agatha Christie Gertrude Stein Mary Wollstonecraft Shelley Emily Brontë 3. ¿Cuál escritor nunca utilizó adverbios terminados en «mente»? Octavio Paz Alejo Carpentier Gabriel García Márquez Miguel Angel Asturias Rómulo Gallego 4. ¿Cuál escritor solo escribía 500 palabras por día? Charles Dickens Herman Melville Jorge Luis Borges Graham Greene Juan Rulfo 5. ¿Qué libro fue censurado como pornografía en 1856, cuyo autor fue procesado en corte aunque luego se le absolviera de semejante delito? Madame Bovary, Gustave Flaubert Salomé, Oscar Wilde, Bel-Ami, Guy De Maupassant, Casa de muñecas, Henrik Ibsen Dracula, Bram Stoker 36

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6. ¿Cuáles dos escritores comparten el honor de que se nombrara a dos montañas en la superficie lunar con sus respectivos nombres, específicamente, en la cara oculta de la Luna? Ray Bradbury y Aldus Huxley Issac Asimov y Robert Heinlein Frank Herbert y Arthur C. Clarke Douglas Adams y Orson Scott Card H. G. Wells y Julio Verne


Julio Verne Agatha Christie William Shakespeare Stephen King Miguel de Cervantes Saavedra

RESPUESTAS: [1] J.K.Rolling [2] Mary Wollstonecraft Shelley [3] Gabriel García Márquez [4] Graham Greene [5] Madame Bovary, Gustave Flaubert [6] H. G. Wells y Julio Verne [7] Agatha Christie [8] Fyodor Dostoevsky [9] Lewis Carroll [10] Emily Dickinson [11] Las puertas del Paraíso, Jerzy Andrzejewski [12] Edgar Allan Poe

7. ¿Cuál de estos autores se considera el más traducido de la literatura?

8. ¿Cuál escritor nació en un manicomio? Leo Tolstoy Vladimir Nabokov Fyodor Dostoevsky A.S. Pushkin Anton Chekhov 9. ¿Cuál escritor tuvo once hermanos tartamudos? Gustavo Adolfo Béquer C.S. Lewis Lope de Vega Lewis Carroll J. R.R Tolkien 10. ¿Cuál escritora vivió gran parte de su vida encerrada en una habitación, cuya obra comenzó a publicarse luego de su muerte? Emily Brontë Sor Juana Inés de la Cruz Rosario Castellanos Emily Dickinson Jane Austen 11. ¿Cuál de estas novelas posee la oración más larga de la literatura? Los miserables, Víctor Hugo Las puertas del Paraíso, Jerzy Andrzejewski El otoño del patriarca, Gabriel G. Márquez La boca, José Carlos Somoza Cristo versus Arizona, Camilo José Cela 12. ¿Cuál escritor murió en un hospital una semana después de disfrutar la más salvaje despedida de soltero? Felisberto Hernández Edgar Allan Poe Franz Kafka H. P. Lovecraft Luis Zapata Quiroz Jack Kerouac

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Burlesca Iris Alejandra Maldonado

NUEVOS LIBROS ARTESANALES

Bagatelas Sandra B. Valentín Medina

El palacio de la memoria David Caleb Acevedo Miradas de balcón Julio A. García Rosado Necrópolis Ana María Fuster Lavín

13 delitos de odio Raymond P. 38

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La investigación de la muerte de Rosalía de la Paz E. J. Nieves Autopsia Anuchka Ramos Ruiz

400 nuevos soles Cindy Jiménez-Vera


• Presentación de dos libros de del autor caborrojeño Luis Asencio Camacho «Corsario, la última voluntad del pirata Cofresí» «Itinerario de muerte» El Candil 7:00 pm

PRÓXIMAS ACTIVIDADES

jueves, 27 de marzo de 2014 • A Voces 5: Forzando el pie de La Tuerca (lectura de poesía y cuento) Libros AC, Santurce 7:00 p.m.

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Revista Corpus Litterarum Sexta Edición