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Cantamorts

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C a n t a m o r t s Florencia Scaglione 2012 Ariel Halac, textos 2012 Cr Balmes 17 17194 Camallera Girona Espa単a NIF X 5794597 T

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El Tren de las Dos

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Es la segunda vez que la veo. La primera fue una fiesta de cumpleaños. Ahora está en el gimnasio. Los niños alrededor patinando y en bicicleta. Es madre de una niña. Hay tantas madres y tantas niñas que no se cual es, ni ella ni la niña. Lo que relata hace que cobre vida, que cobre fuerza. La hace objeto de deseo y de tristeza. Esa voz que se ha repuesto a todo, esa mirada que de tan clara se pierde en la oscuridad. “El Tío Pepe es el bar que queda a la entrada del pueblo, frente a las vías, frente a la fábrica. Nos habíamos separado no hacía mucho, llevábamos dos años así. Joan vivía ahí, en esa pensión, solo”. La niña juega frente a la calesita, su sweater rojo y sus zapatos con algo de barro que mira hacia arriba y ve venir a mamá. “ Te quiero mucho mami” dice . Ella se queda dura, como un durmiente entre dos hierros. No ha sido lo peor aquello, no ha sido lo más espantoso, lo de antes. Lo peor es esto. Peor es no decirlo, no poder compartirlo. Lo peor es estar aquí callada, 4


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con la niña en brazos. Es peor decir “te quiero cariño”. Cantamorts es un pueblo inexistente, atravesado por trenes de carga y de pasajeros que terminan en la frontera. A veces los trenes, con sus pasajeros, cruzan al primer pueblo francés, Cerbere. Los pasajeros a veces siguen de largo a Montpellier, incluso a París. Cantamorts es tan pequeño que su código postal no figura en las guías de teléfono del bar. Sin embargo dos trenes se detienen aquí al día. Casi no baja ni sube nadie, pero se detienen. Los pasajeros soñolientos apoyados en las ventanillas, la gente colgada de las barras junto a las puertas que se abren con estruendo dan la impresión de que hay dos planetas en uno. Carla vive en este planeta. Abraza a su hija. Lo ha visto todo y ahora es ella la que pregunta, la pequeña ¿“Cuando regresa papá”?. Carla no responde. Ha cuidado niños, ha repartido gas. Se ha hecho prostituta un tiempo, ha trabajado en los peores bares de los peores pueblos de la comarca. Ha ido y vuelto de Báscara, el pueblo vecino, intentando 6


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estabilizarse. Cuando finalmente lo había logrado, cuando finalmente había logrado que su hijo mayor se mudara a L´Espuries y consiguiera algo en el Hotel de la playa, sucedió aquello. La escucho contárselo a su amiga, a la mesera ecuatoriana del bar del polideportivo. A otra madre y a otro padre que tiene un bebé en brazos. Está fuera de sus cabales. Yo no podría contar que a alguien se le cortó la respiración con un cable de televisor en una sucia pensión de un pueblo perdido. No podría hacerlo con esa naturalidad y que todo el mundo escuche. Carla me está hablando a mí. “Hace un frío espantoso, hace dos años, en marzo, nevó” me cuenta. No sé que decir. Si es la nieve o es el fracaso o es la muerte la que nos arrastra. O si son estos niños que dan vueltas por el polideportivo con sus patinetes y sus bicicletas los que nos dan sentido. O si es solo la vida la que nos despeña hacia la muerte. No sé que decirle a esta viuda que lo ha perdido todo. “Estoy con pastillas, sabes y he sobrevivido por la niña. Aún tomo las pastillas porque el ánimo 8


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lo he tenido tan abajo que casi me muero” dice. La miro a los ojos. Sus ojos sonríen, me está hablando a mí, todos escuchan. Tal vez está así por el espejo de las pastillas. “Es una larga historia” dice, y suspira. Las luces amarillas de los patrulleros y los uniformes ondean en el viento negro de la tramontana. A estos pueblos el viento los deja enloquecidos y sin rumbo. La tramontana no deja vivir en paz. Son las tres. La hora en que mueren los infortunados. La hora en que pasa el carguero por las vías y se atropella el pueblo. A esa hora han descubierto el cadáver. Ha estado días ahí y Carla no se ha enterado. “Estábamos separados, hacía dos años, no nos veíamos mucho” le explica al inspector. Abraza a su hija, la besa y le dice. “No te preocupes cariño, no ha pasado nada”. La cara morada y la sangre en el cuello. Se meó encima mientras se ahogaba. El forense que se le 10


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acerca y le dice. “Señora, se ha suicidado con el cable del televisor” “No se lo puedo decir a la niña, no se lo puedo decir” dice en el bar del Polideportivo. Todos la escuchamos. Vemos a la niña patinando como si nada. Suspendida en el suelo helado, en el pabellón que empieza a ensombrecer, en la tarde de viento. La veo levantarse, irse con naturalidad. Definitivamente loca o definitivamente recuperada. Da igual, me gusta. El Tío Pepe se ve desde el tren. Es el bar más grande del pueblo Los trenes pasan por aquí sin que los pasajeros sospechen lo que sucede si alguien está solo en esa pensión, arriba del Tío Pepe. Nadie sospecha la piel morada y el golpe contra el suelo.. Nadie en el tren de las dos lo sospecha. Nadie en el tren de las nueve puede entender el horror de ese instante. 12


Cita a las 12

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La estación de Cantamorts está reformada. Algún funcionario ha pensado que es mejor que se extienda la vereda, que haya más bancos, un refugio contra la lluvia y el viento que la azota en invierno. Allí está la vía, que bajo el puente sigue su curso hasta la primera curva y luego desaparece. Allí está ella, formal, vestida como para trabajar, que se dirige al extraño descaradamente. “Siempre estamos mirando estas pantallitas” Peter está en realidad mirando para adelante, hacia la nada, ha dejado de mirar los sms y los mails y las llamadas perdidas hace varios minutos. Así que la observación le parece hasta agresiva. “Son nefastas estas pantallas, nos consumen la vida” . Se sorprende a sí mismo con la profundidad de la confesión. También le sorprende que la mujer elegante suba detrás de él al tren, que se le siente al lado. “¿Tú de donde eres?” lanza ella como un dardo

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“ De Cantamorts” dice e intenta concentrarse en el vaivén del tren, en el guarda que se acerca a venderle el boleto. “¿Tiene cambio de cincuenta?” pregunta al agente, que está por expedir el billete. El tipo, rechoncho , seguro en el puesto de guarda , allí donde morirá tarde o temprano, niega con la cabeza. “ Yo te pagaré el boleto” dice ella y él la mira como midiendo si es un acto de seducción, de audacia o simplemente una forma de sostener una relación extraña y que en algún punto tendrá algo oscuro. El guarda se queda mirando, atrapado en su propia miseria y contrariado con las cosas que a veces suceden en los vagones. 16


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Estás sorprendido? “ pregunta ella sonriendo. “Cuando alguien me cae bien intento ayudarlo” Encantada, soy Sandra” dice. “Soy Peter” responde él y le mira la boca, sensual, la comisura de los labios generosos y los ojos negros. Ella le da una tarjeta, le dice, como para terminar de dejarlo sin palabras.” Nos vemos mañana a las 12 en el Hotel Bergantín, junto al mar. El sol del mediodía allí es fantástico, además, mañana es sábado” Se beja y lo deja pensando Peter se baja del tren en la parada siguiente y mira la pantalla de su móvil. Siente una especie de triunfo, mezquino, dudoso. Amanece un día claro, Peter se levanta temprano, impaciente con el encuentro. Busca leña y termina de pulir una mesa. Ella está allí sentada esperándolo. Pero no es como él lo había imaginado .Está en la mesa del Hotel Bergantín. “Cambio de planes” piensa. Hay dos personas más tomando té junto al mar. “ Te presento a mi marido y a mi hermana” le dice ella. 18


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La conversación se desliza sobre temas trascendentes, pero lejos del lugar que Peter se había imaginado. Peter es carpintero, vive solo, no tiene pareja hace años y un ligue fácil solo basado en su propio sex appeal le había resultado casi inexplicable. En Bajorana había entablado una relación frustrada con la panadera, En Cantamorts, una sus días terminaban en el Tío Pepe. Las cuatro putas de la ruta no le atraían en lo más mínimo. Peter se sume en un estado cercano al coma, contemplando el mar desde un bar donde alguien que parecía estar ahí no está. Escucha la diatriba del marido y de la hermana sobre las pastillas. Le explican el sistema de ventas, basado en el networking global. Le aclaran como funciona la compañía de producción de fármacos con sede en Utah. Son un equipo mundial, con sede en todas partes. Han llegado a Cantamorts para triunfar.. Explican el efecto de los químicos producidos en el laboratorio americano. Están algo exaltados. 20


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Peter empieza a pensar que ellos l han consumido esas pastillas con devoción, creyendo en sus efectos. Lo que está viendo son personas que actúan bajo una droga, no gente racional intentando convencerlo de un negocio. La hermana médica ahonda en los detalles del fármaco: En el laboratorio de Utah han descubierto algo que llaman “ la molécula de la felicidad” Con nanotecnología la han aislado. Actúa sobre una glándula que segrega una sustancia llamda endorfina.” Peter ve su rostro embelazado, ve como el marido toca la mano de su mujer. Como Sandracontempla el mar abstraída y ya no lo mira ni le habla como en el tren. “ Esta sustancia y nuestro sistema comercial y de vida ha permitido a millones de personas hacerse ricas con un mínimo de esfuerzo” remata el marido con una mirada entre abstraída e intensa. “Lo mejor es que hemos encontrado la fórmula de la felicidad”. Las dos horas siguientes transcurren página por página. Han traído una presentación power point impresa donde se explican todas las 22


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ventajas tanto del producto como del sistema de venta networking. Peter desconecta. Deja que transcurran los minutos, intenta prestar atención. Simula que lo que le están diciendo lo puede convencer de algo. Hace rato que ha tomado una determinación. Pero no se la comunica a sus interlocutores. Al final del día Peter está solo en el Tío Pepe. Mira atentamente la etiqueta en el frasco, un arco iris dibujado como con trazo de lápiz y la inscripción HAPPY PILL en letra cursiva. Apura el vaso de vino puro del Duero de la casa. La mezcla es insípida. Toma tres pastillas más antes de que termina de esconderse el sol junto a las vías, con eso van cinco s. Le han dicho en la entrevista que solo una por semana. Pero él intentará ver que pasa en la combinación del vino . “ Es cierto” se dice “algo debe haber en esta sustancia. ”Mira como entran y salen las cuatro putas del Tío Pepe, como en cámara lenta, con una intensidad inusual.

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Una noche mรกs

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La tarde cae atroz sobre Cantamorts. Una tarde roja como la puerta de la estación de tren. Son las seis y ya anochece. Boris ha ido al supermercado antes de que la noche se pueble de fantasmas, sus propios fantasmas. Cuando cae esa hora, la hora del desasosiego, las siete para ser más precisos, Boris piensa en lo que falta para que ese tiempo definitivo llegue. El tiempo del final. Caterina ha sido su mujer desde que son pequeños, en la vieja Ucrania, allá donde los inviernos duran nueve meses y se come el gulag más exquisito de la tierra, en todas sus variedades. Mucho más no cuenta Boris sobre su tierra, que ya ha olvidado con tantos años que lleva en este pueblo. En el Tío Pepe aún no despunta la primavera. Aún están allí las cinco putas de siempre. Las que descansan en la ruta. Entre ese bar y el que baja en la Nacional IV Boris recala las tardes. Son iguales ambos bares, del mismo dueño. Allí se sirven los mismos vinos rancios del Duero, los que nadie quiere a un euro el vaso. Boris los consume uno después de otro cada tarde, entre 26


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las ocho y las nueve. Excepto las tardes en que hay partido Boris está solo. No es que no tenga donde ir Boris. No es que duerma solo o no tenga una casa donde recalar. Es que el pueblo se lo devora así de solitario como es y lo hace un ser hermitaño y triste. Caterina no quiero verle aparecer cuando las niñas vuelven del colegio. Boris es una amenaza, no real, sino ficticia. El único daño que ha hecho Boris en los últimos años ha sido a sí mismo. Pero lo ha sufrido Caterina en su cuerpo como si fuera ella la que ha quedado hemipléjica después del último intento. Es aún invierno. Este invierno leve, que no tiene nada que ver con el de Ucrania, deprime a Boris más que cualquier otra cosa. Solo el viento de la Trifulga, ese viento frío que viene del mar y se lo lleva todo, por días enteros podría hacer 28


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enoloquecer hasta la muerte. El viento hasta que solo queda el alma deshilachada de los parroquianos refugiados en el Tío Pepe. . La depresión de Boris se conjuga con la de las putas que pueblan el Tío Pepe y el Abuelo Eduardo, los dos bares en los que alterna su presencia fantasmagórica. Cuando termina la última copa de vino, la décima, irá a dejarle su último jornal a Caterina. Lo ha decidido. Volverá a casa y lo intentará de nuevo. Delante de todos, de las niñas, las trillizas, delante de Caterina. No le importa nada, lo intentará. El viento ha pegado hoy todo el día. Se ha detenido solo el tren de las cuatro, el de las seis pasó de largo, vaya a saber por que. Quizás es una huelga de la compañía de trenes o se han olvidado de este pueblo definitivamente, quien sabe. Boris termina de saborear la copa del Tío Pepe. Avanza en zigzag por la calle donde el viento hace estragos y recala en la puerta de su casa. 30


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Caterina no le abre, ella ha decidido no abrile más porque conoce lo que trae el viento de la tarde, a las siete. Boris se queda ahí esperando hasta que escucha el carguero de las diez. Está descompuesto de frío, hambre y borrachera. Entonces Caterina le abre y lo deposita en el sofá delante del fuego, donde Boris duerme su borrachera hasta el día siguiente. Hay que levantar las niñas y llegar al colegio, Boris duerme y no se entera de nada. Esta noche irá de nuevo al Tío Pepe y se propondrá seriamente terminar con esto, como hoy , como ayer, hasta que lo logre.

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Fonollera

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“Cantamorts” dice en la ventanilla. La mujer lo mira bovinamente, como pasando de largo con su vista hacia el pasillo de la estación. Le extiende el billete como si fuera una expendedora automática, bien podría no estar ahí. “Andén uno” le indica y él no la escucha, respondiendo el llamado de Viga al teléfono móvil. Mortensen se ubica en el andén dos. No hay más que dos mujeres jóvenes al otro lado de la vía. Ambas visten de negro y están sentadas en el suelo. También hay una luz en el horizonte, la luz del tren de las cuatro. Es ese el que tiene que tomar. ¿O no? Su mente divaga en torno a oscuros asuntos de negocios. Deudas, deudas, cuestiones pendientes. Promesas. Desafíos imposibles de cumplir. Un cúmulo de números. Algo está sonando. Es su aparato móvil, vibra, suena, lo toma y ve el número oculto. “Estamos hablando con el Sr. Euclides Mortensen” “El mismo” responde y se arrepiente de hablar 34


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“ Tendríamos que hacerle unas preguntas de seguridad para corroborar su identidad” El teléfono muere. Está sin batería. Es el tren. MOrtensen sube y se siente extraño. Este no es el tren de cada día, le dice algo en su cuerpo. Está viendo las paradas en la pantalla intermitente: Fonollera, Tremallera, Cremallera. Estos pueblos no le dicen nada. No los conoce. Nunca se ha dirigido a Fonollera, no sabía que existía. Cantamorts está en dirección Francia y este tren va en otra dirección, parece. Mortensen ve al tipo que tiene al frente. El tren es lujoso. Hay mesas delante de los asientos de cuatro. El señor está trabajando con un ordenador, con un traje urbano. Este tren es raro se dice Mortensen, no es el tren de siempre. Una mujer se le sienta al lado. Lo observa intensamente. Mortensen mira la pantalla de su teléfono móvil, muerta, ha muerto. La mujer le habla. 36


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Se ha quedado sin batería” le dice “ Así parece” responde Mortensen nervioso y mira por la ventanilla, tampoco reconoce el paisaje. Fija la mirada en el tipo que tiene al frente. Nunca vio un personaje así en el tren a Cantamorts. “ Perdón” dice sin levantar la voz y solo luego de cuatro segundos el hombre levanta la cabeza. Lleva barba, pelo negro, ojos negros, nariz aguileña, piel tostada. Lo mira fijo como intentando ayudarle, como conociendo lo que va a pasar después. “ Este tren…” La mujer que está sentada a su lada ha callado, su intento de conversación fracasa.. “ ¿Este tren se dirige a Cantamorts?” pregunta. Las ruedas chirrían salvajemente, el tren se está deteniendo.” Fonollera” dice el altavoz. Solo basta una mirada más, una mirada oscura y un gesto con la cabeza, negativo, para que Mortensen se aleje del hombre, de la mujer y desesperado, boqueando llegue a la puerta abierta y se baje. El tren arrasa con el paisaje y Mortensen se queda solo, ahí. En Fonollera. No hay nada más que él, el tren que se aleja. No hay forma de 38


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cruzar del otro lado de la vía. Hay un pueblo, se distingue, se adivina mejor dicho más allá de un pequeño cerro y de algo que parece una escuela o un edificio municipal. Mortensen no tiene teléfono móvil, no podrá avisarle a nadie. Ahora también se da cuenta que las últimas dos monedas se las dio a la cajera de la otra estación. El billete no le sirve desde Fonollera. No tiene más dinero. SE acerca a la vitrina, donde están los horarios de trenes. Están todos tachados, los horarios. No hay nada que indique si vendrá otro tren, a otra hora. Algo frío le sube a MOrtensen desde el suelo. Contempla la casona semiderruida que hace de estación, la vía que está sin temblar ya y el cielo que se ha puesto negro anunciando tanto tormenta como noche. NO hay luz alrededor de la estación. Lo que le sube es algo tieso y tan doloroso como un metal en el cuello. Es pánico. Ahora camina hacia el bar del pueblo. Pero en el camino se ha perdido. No ha encontrado la calle que baja hacia la iglesia. Es de noche, las 40


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primeras gotas caen. El bar está cerrado. No hay noción de cómo se puede salir de ese pueblo en las próximas horas, de cómo puede pasarse la noche sin dinero y sin un móvil con el cual conectarse con el mundo exterior. Cuando Viga llega a la estación es tarde. Pregunta al guarda por los horarios. Mira la ruta del tren. “ Me habló unos minutos antes de sacar el pasaje” dice, con la niña en brazos y los niños correteando delante de las vías. “Cuidado no se van a caer” grita y sonríe al guarda. “Puede ser que se haya quedado en alguno de estos pueblos?” “ La línea de Fonollera hace diez años que no funciona señora, imposible” , dice Patiño, el guarda y mira el horario nuevamente. “ Es extraño lo que le ha pasado a su marido, voy a llamar a la central” Viga mira a los niños y teme que en algún momento se caigan, que aparezca un tren y los atropelle, que haya una tragedia en Cantamorts. En este momento le preocupa mucho más eso que el hecho de que su marido, Euclides Mortensen hace veinticuatro horas que no aparece y nadie puede deducir su paradero. 42


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