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LA VIDA

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“Torre de control”*

Esta columnilla que hoy iniciamos —con buenos y sanos propósitos—,

no pretenderá decir nada inédito o novedoso. Va sólo a opinar sobre diferentes temas. Va a comentar los distintos sucesos que ocurren en la vida cotidiana. Se alista pues, a tropezar con cosas agradables y —desde luego— desagradables. “Torre de control”, más vale decirlo, no contará con sitio ni día fijo. Aparecerá cuando buenamente sea posible, pero no más. *** Hay que volver a insistir en la enumeración de las boletas en los teatros capitalinos. Si a usted —por desgracia— se le viene en mente ir a cine el sábado, domingo, o en día festivo, ni lo intente. Es imposible. Las salas ya no dan abasto. Pero además, mientras no haya un orden riguroso ni exista una planificación que convenga, tratar de entrar a un cine en días feriados es algo así como someterse a un examen de paciencia. En Bogotá el único teatro que beneficia a su clientela con la boletería numerada es el Teusaquillo, en donde, por cierto, al fin decidieron cambiar a La Hija de Ryan. D’Artagnan cambiaría el nombre de su columna por el de “Torre”, atendiendo la observación de uno de sus lectores. Así lo anunció el 9 de abril de 1974: *

Hemos recibido el siguiente mensaje, que con gusto acatamos: Señor D’Artagnan: Hablar de Reloj del tiempo equivale, para serle franco y entendible, a zapato del pie. Por fortuna Daniel Samper ha caído en buena cuenta del error original. Usted también. Usted ya cayó en el error pero aún no lo ha corregido. Yo me pregunto: ¿De qué sirve una torre, si no para divisar, objetar, objetivizar, vigilar, controlar? Deje sólo la Torre. El "control" depende de usted. Santiago Colmenares L., Bogotá.

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Roberto Posada García-Peña *** Los colegios —tanto públicos como privados—, deberían cuidarse en cuanto al estudio de ciertas materias se refiere. Por ejemplo, con la Anatomía y todas aquellas que abarcan a la Biología, no hay por qué imponerlas en forma tan drástica. No todo el alumnado piensa especializarse en medicina, ni tampoco de zoólogos o botánicos como para obligarlos a que se aprendan “de memoria” todo lo que el profesor les dicta. Y esto lo denunciamos porque, casos se han vivido… *** No hay derecho en tolerar que las autoridades distritales mantengan el Templete coma hoy está. Sucio, convertido en auténtico basurero. Y es inadmisible un descuido tan desmesurado, precisamente en lugares que el Papa pisó. El privilegio de haber celebrado un Congreso Eucarístico en Colombia es demasiado grande como para querer desdeñar estos sitios, convertidos ahora en depósitos de toda clase de desperdicios. *** ¡Vaya festival rock el que tuvimos! Aquí sí se requería el esnobismo de que tanto se habla. No somos enemigos de esta clase de celebraciones. Antes bien le hacen falta a una sociedad que las creó. Pero lo del Ancón, como lo dijo el Vilanero, fue “burda copia de otros actos semejantes sucedidos en Estados Unidos. Hasta el baño —en el río en físicos cueros. *** Las 104 páginas que La Patria, de Manizales, nos ha regalado con ocasión de su cincuentenario, vale la pena guardarlas. Sobre todo por su impecable nitidez en cuanto a tipografía se refiere. Sólo acaso por disfrutar de su trabajo material —sin demeritar el intelectual—, ediciones como ésta del cincuentenario son dignas de “sacarles el jugo”. El Tiempo, 29 de junio de 1971

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Política y fútbol “La mayoría de los hinchas de Millos son liberales, mientras que en los santafereños hay mucho godito”. Luisa de Aves (El Tiempo, domingo 12 de agosto de 1973).

A riesgo de contrariar al conocido publicista Alberto Casas (Alberto

Casas Sanz de Santamaría), creemos nuestra obligación salir y dejar en claro, como nos han pedido algunos hinchas que lo hagamos, la posición ideológica de la afición que sigue al equipo azul. Pues ha ocurrido que nuestros más enardecidos rivales, aprovechando la circunstancia de que su equipo viste de rojo, han tomado la camiseta de los suyos no solo como emblema deportivo sino también como distintivo político. Y esto último no se compagina —jamás— con su historial, porque los verdaderos liberales en estas andanzas del fútbol hemos sido —siempre— los seguidores del diez veces campeón, y eso mismo vamos ahora a demostrar. Precisamente, antes de Millonarios —entonces la década del 30— existía un equipo, dirigido por el argentino Fernando Paternóster, que se llamaba Deportivo Municipal. Habían sido sus fundadores, entre otros, Álvaro Rozo, Antonio José Vargas y Hernando Beltrán. Más tarde, Alfonso Senior. Alberto Lega, antiguo futbolista de renombre y a quien debe el país las primeras importaciones argentinas, quiso aportar 50 mil pesos. Esto permitió que Luis Camacho Montoya, cronista deportivo de El Tiempo en esa época y quien no miraba con simpatía la gestación del club, resolviera, desde estas mismas páginas, bautizarlo Millonarios. No eran, pues, los fundadores de Millos los más reconocidos oligarcas. El Deportivo Independiente Santa Fe, en cambio, “nació de la idea de un grupo de distinguidos caballeros bogotanos de la sociedad” —dice El Tiempo del 30 de enero de 1961—, entre quienes figuran Gonzalo Rueda Caro, los hermanos Ferro, los hermanos Lara Hernández, Luis Robledo,

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Roberto Posada García-Peña Ernesto Gamboa, Juan Busquets, Luis Vásquez, Mendoza, el español García del Diestro y Urueña. Sin embargo, otra condición, distinta de la que le quisieron dar sus fundadores, ha adquirido Santa Fe, y lo creemos así por cuanto más que una institución populista, en el sentido exacto, ellos aún creen que pregonando a los cuatro vientos aquello de que le han ofrecido más campos de oportunidades al futbolista amateur, tienen a su haber a la afición. Y eso es falso. Primero, porque en Millonarios también hay divisiones inferiores, más organizadas y mucho más lucidas, si se quiere, y, además, porque esa creencia que guarda de “equipo popular” fue horriblemente desacreditada por el mismo Santa Fe recientemente en el Torneo Apertura, y el año pasado. No está bien mezclarle al fútbol política, pero tampoco está mal. Eso hace falta para prender mecha, sobre todo ahora cuando el ambiente no conserva ya la misma adhesión entusiasta de antes. El últimas, eso no es lo que importa. Lo que importa es dejar despejada la duda que había, y que le otorga al Santa Fe una condición de masas que nunca fue suya, y a Millonarios otra, de clase, que jamás se identifica con la proyección que sus directivos quisieron darle al equipo desde un principio, cuando lo fundaron. “Un hincha azul”*, El Tiempo, 19 de agosto de 1973

Así se llamó la columna durante los primeros años. Después alternaría su aparición con “Torre de control”. *

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Teoría sobre el chisme

José Jaime Nicholls, alcalde de Medellín, expidió hace pocos días un

decreto —el 449 del 11 de agosto— por medio del cual se prohíbe hacer chismes y anuncia multas hasta por 5 mil pesos a los infractores. Lástima que este Nicholls fuera solo alcalde de Medellín y no presidente de la república, a fin de que su decisión de condenar el chisme hubiera tenido cobertura nacional y no apenas local. Este es, como sabemos, un país de chismosos, en todos los ámbitos, y lo que privadamente hacen, o dicen que hacen, los hombres públicos especialmente cuántos desempeñan las más altas jerarquías, al poco tiempo se vuelve el plato de comer, en todas las fiestas y reuniones sociales, que además no debieran interesar a los no invitados, pero que los medios de comunicación se han encargado, como gran cosa, de convertirlas en noticia de primera plana. Los saludables beneficios que traerá la medida del alcalde Nicholls —tan saludables como improbables— no explican sin embargo, en este servidor, su grandísima ingenuidad, imperdonable por los demás en un funcionario que se presume desempeña un puesto con funciones políticas, y en el trópico. Como el amor en la ópera, el chisme es la fuente nutricia de la política colombiana. Y los políticos son grandes chismosos, pero no son los únicos. También los “ejecutivos” de la empresa privada, como los miembros del mundo de la farándula, muestran suficientes aptitudes para no quedarse atrás, en materia de inventar cuentos sobre su compañero, que es su competencia. Y son chismosas las señoras que juegan bridge o hacen costura, y los que andan sin oficio, y los cronistas de fútbol, y los otros. ¡Este decreto del alcalde Nicholls daría para todo un poema de Fernando Garavito! 17

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Roberto Posada García-Peña Por desventura, en Colombia hay tantos chismosos como leguleyos, y ya el concejal liberal del sector “guerrista” Iván Darío Morales Cano ha anunciado que demandará próximamente el inocuo decreto. Los motivos: “Sostiene el edil —según informa El Mundo— que un decreto de esa naturaleza no puede ser expedido por el poder ejecutivo (en este caso el alcalde), pues es competencia del poder legislativo, que es el que hace las leyes”. ¡Poderoso argumento para tumbar el chisme! Lo condenable no es tanto el hecho de que las gentes se imaginen cosas y las suelten, como mentiras blancas o verdaderas a medias, sino que, en un régimen democrático (no hay que escribir “que se dice democrático”, porque eso es chisme), en un régimen democrático como el nuestro, los lectores debemos enterarnos de lo que sucede arriba en las altas cumbres, justamente a través de lo que “comentan” los columnistas que ocurrió en tal o cual comida. Hace poco, por ejemplo, Eduardo Caballero Calderón informaba sobre una reunión, ocurrida hace unos años, en la cual dos renombrados lopistas actuales eran quienes más gozaban con la lectura de las originales que había escrito su primo, Caballero Escobar, contra López. Columnas leídas se han vuelto “Juan sin Miedo” y “Margoth al ataque” en El Espacio, el “Mirador” de Pardo Llada, las indiscreciones de la Morera, el “Periscopio político” de Carlos Murcia, especialmente cuando las noticias son de su inventiva; y las mejores páginas, sino las más vistas, que publican Cromos y Al Día, son las que registran los hechos sociales de la semana, sobre todo por las leyendas de cada foto, que han de ser insinuantes y mentirosas, o no valen la pena. Los propios periódicos capitalinos, con muy buen éxito, han preferido darles mayor cabida a estos “acontecimientos de la sociedad”, frente a las noticias internacionales o cualquiera otra. Y no sólo los periódicos. En nuestro medio, hasta novelas se han escrito con base en el chisme, las cuales se venden como pan y sus consumidores las mantienen, en bibliotecas, al lado de Joyce y de García Márquez, para matizar. Ahora mismo, una importante editorial acaba de premiar un nuevo libro de Álvarez Gardeazábal, Los míos, y, cuantos conocen el tema, convienen en que se trata de un ensayo más, lleno de chismes, sobre alguna familia prestante del Valle. Como pasa con el clientelismo en relación con el empleo, existe en Colombia otra infraestructura paralela, cual es la del chisme como base de la noticia, de la novela y —lo que es peor— de la historia. Contra el alcalde Nicholls se alega que más le habría valido preocuparse de los tremendos problemas de su ciudad, y no del chisme, como exceso de 18

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Los mosquetazos de D’Artagnan “puerilidad administrativa”. Este buen señor tuvo, a nuestro juicio, una sana y original idea, pues, tras de aquel, siempre hay una intención mansalva y nociva. Pero, claro, para que el chisme quedara prohibido, habría primero que imponer una dictadura. Se sabe que cuando Juan Vicente Gómez mandaba, en Caracas no había ladrones, porque al que cogieran in fraganti, le cortaban la mano. En nuestro caso, habría que arrancarles la lengua a los chismosos. Son muchos (en Medellín está, por ejemplo, un señor Alberto Aguirre) y además el comité de los derechos humanos sería el primero en poner cantaleta contra una norma, extraordinaria en la teoría, como la que ha dictado José Jaime Nicholls para ponerle coto a algo que para los colombianos es comidilla sagrada. El Tiempo, 23 de agosto de 1981

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De Aracataca a Estocolmo

ESTOCOLMO. José Gilberto Bañol es un músico campesino que vive en

Riosucio, y que jamás había salido del país. Fue nuestro compañero durante un viaje casi eterno de más de veinte horas, y en el vuelo compartimos varios secretos de cocina. Bañol es uno de los 22 integrantes del grupo de danzas folclóricas de Ingruma, aunque hace mil cosas aparte de bailar. Ante todo se define como campesino y lo que más comenzó a extrañar, desde el momento en que se subió al Jumbo 747 de Avianca, fueron sus fríjoles y su arepa. “Esta comida de avión sabe a hostia, es decir a nada”, fue su comentario. Y lo que más soso y desabrido le pareció —con razón— fueron los espárragos. Como José Gilberto Bañol (caldense, con cuatro hijos, labriego) llegaron a Estocolmo 65 artistas y cuatro directores musicales, algunos sin duda más viajados que otros. Candelario, por ejemplo, uno de los hijos de Leonor González Mina, “La Negra Grande de Colombia”, conoce a Europa de cabo a rabo, pues forma parte del trío que viaja por el mundo con su madre, y sabe cómo es la cosa. Sabe, verbigracia, que el frío por estos lados es tan penetrante que la cara de todos estos nórdicos parece anestesiada, y que si uno como turista no se la cubre con toda clase de ruanas y chiros, de pronto siente que se le va a caer la nariz. El Jumbo a Estocolmo fue todo un relajo, como se preveía, y el whisky corrió por doquier. Pero paradójicamente el relajo no estuvo a cargo de los cantantes, que se comportaron sobriamente durante el periplo, sino de varios colegas que mejor es no citar, para no recordar desagradables incidentes. En Madrid topamos con Gabo, el gran galardonado de toda esta pachanga, y los saludos y abrazos en el aeropuerto de Barajas fueron atronadores. Radiante de felicidad, García Márquez acababa de llegar 20

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Los mosquetazos de D’Artagnan a España procedente de La Habana, y sólo venía acompañado por los periodistas Yamid Amat y Amparo Pérez. Pero Gabo no se unió al escuadrón Aracataca-Estocolmo, sino que tomó rumbo directo hacia Suecia a través de una línea escandinava, sin hacer escala en París. Esa noche —el martes— tenía una comida privada con su amigo, el viceministro sueco de Relaciones Exteriores, quien había sido además el encargado de comunicarle por teléfono —en octubre pasado— la buena nueva de que la Academia le otorgaba el Premio Nobel de Literatura 1982. El Gran Hotel es el sitio donde están congregados todos los Premios Nobel de este año. El lugar se encuentra custodiado por detectives vestidos de civil, para evitar que los descubran. Obviamente se presume que con semejantes huéspedes este hotel podría ser un delicioso bombón para cualquier organización terrorista. El miércoles en la mañana algún importante miembro de la Academia, vestido de militar y con toda clase de medallas en el pecho, fue a “pasar revista” a fin de cerciorarse de que todos sus invitados ya hubieran llegado, y tanto su arribo —el del “Prefecto”, por ponerle un nombre— como su despedida constituyeron todo un espectáculo, aun para los propios suecos. En efecto, una y otra —llegada y salida— fue en carroza, lo cual ocasionó trancones de tránsito que, ante el derroche de pompa y protocolo, a los automovilistas ni los ofuscó ni los sacó de casillas. Simplemente esperaron expectantes dentro de sus carros mientras el ceremonial transcurría con la parsimonia del caso. El esperado discurso de García Márquez lo pronunció en la tarde del miércoles, en la Fundación Nobel, sin mayores arandelas, ni formalismos. Incluso había jóvenes sin corbata, y luego de unas breves palabras de presentación, a cargo de un miembro de la Fundación, el escritor colombiano inició su conferencia de casi siete cuartillas, con voz pausada y modulando cada una de las palabras. Quince o veinte minutos después concluyó todo, sin copas de champaña ni bocaditos de coctel. Gabo empezó la lectura de la charla sin dirigirse a ninguno de los asistentes, y al terminar no pocas personas literalmente se le botaron encima, con sus libros en sueco, para recibir personalmente el autógrafo del autor. La suya fue una alocución política llena de recursos literarios, y sería interesante conocer si en la traducción a los demás idiomas su escrito mantiene, como en castellano, igual perfección idiomática y, sobre todo, la misma calidad estética. Mas eso habrá que averiguárselo a doña Carmen Balcells, su ángel de la guarda y dulce compañía comercial. El Tiempo, 12 de diciembre de 1982 21

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Un retrógrado ante el rock Asumo algunos riesgos al declararme furibundo enemigo del rock en español, pero…

Estamos en pleno boom del rock en español y no será leve el alud de música

estridente que nos tocará soportar este año a los colombianos. Cuando algo como determinada música entra de moda en todos los hogares, resulta difícil evitar no escucharla, pues las emisoras radiales no se dedican a otra cosa que a difundirla día y noche, al igual que los muy deplorables programas musicales de nuestra televisión. Salvo, claro está, excepciones consabidas que confirman la regla. Será, sin embargo, cierta acentuada vocación de vejez lo que me ha inducido a asumir una actitud distinta frente a un auge con el que no me identifico, por parecerme bobo o simplón. Alguien dirá: ¿Y eso qué nos importa? Si lo que importa es que El Campín se llenó de bote en bote, cuando hubo hace meses, en Bogotá, una especie de “concurso” entre distintas agrupaciones latinoamericanas. Las cuales —con todo el respeto por eso tan ambiguo que llaman “la juventud”— no se sabía cuál gritaba mayores estupideces, en un extraño éxtasis sin duda estimulado por yerbita. Pues, según relataba algún periódico capitalino al día siguiente, después de tanto paroxismo, al parecer una buena proporción de los asistentes se fumaron hasta la gramilla del estadio. Sé que incurro en algunos riesgos al declararme furibundo enemigo del rock en español, aunque estoy consciente de que, como dicen los discjockeys, está “pegando” durísimo, y a lo mejor tanto rechazo me coloque al lado de aquellos pacatos que, cuando aparecieron Los Beatles, resolvieron esconderse en sus bibliotecas y poner a todo volumen las sinfonías de Beethoven y los conciertos de Bach. Pero es que algo —o mucho— va de ese rock suave, interpretado por Simon and Garfunkel o Niel Diamond, 22

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Los mosquetazos de D’Artagnan a las canciones majaderas de nuestros intérpretes hispanos. Que eso son. Curado de espanto sobre todo después de haber visto a las Hinojosas en TV, para nada me inquieta la ordinariez en el “mensaje” de las letras de estos trovadores de nuevo cuño, si es que tienen alguno… ¿Ustedes, amables lectores, podrían señalar cuál es el valor intelectual y el significado literal de textos como este, de “Los toreros muertos” de España? En uno de cuyos apartes dice: “Pilar no tiene bicicleta pero tiene un buen par de tetas”. ¿Y qué tal este otro “issue”, como dicen los gringos, de los “Hombres G.” de España? “Voy a vengarme de ese marica”. Y sigamos con los chapetones, que el destape, tío, está de alquilar balcón… Este es “hit” de la agrupación Siniestro Total: “Ayatollah no me toques la pirola, Ayatollah no me toques la pirola… más”. Pero todo eso no es nada porque existe un conjunto denominado Semen Up, que haría morir de felicidad al extinto Truman Capote, de acuerdo con su último libro —Plegarias atendidas—, especie de testamento biográfico del gran escritor y periodista norteamericano. Sólo que con Semen Up, las que doblan no son propiamente las campanas, sino otra cosa. Veamos: “Lo estás haciendo muy bien, muy bien, lo estás haciendo muy bien, muy bien… Pero, cariñito, no pares; tú sigue y no hables, que Dios te lo pague que lo haces muy bien… Y mientras yo me concentro, chúpala más que ya llega el momento y lo has hecho muy bien. Lo estás haciendo muy bien, muy bien…”. Y, para concluir, nada tan tierno y oportuno como la transcripción de algunos apartes de otra de las canciones más populares de los inefables Toreros Muertos: “… Y creo que he bebido más de cuarenta cervezas hoy, y creo que tendré que expulsarlas fuera de mí. Y subo al water que hay arriba en el bar y las empiezo a mear, y me echo a reír, y sale de mí una agüita amarilla, cálida y tibia…” Es un rock escapista el que —según vemos— sufre de incontinencia; básicamente comercial y sin recursos que permitan al oyente escuchar unas tocatas agradables, así no sean necesariamente clásicas. Y lo peor es que, ligado al ditirambo de estas orquestas, corre la droga de mano en mano, lo que tendrá que haber aumentado nuevamente el consumo nacional en forma alarmante. ¡Y lo que falta! 23

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Roberto Posada García-Peña Compensa sin embargo el hecho de que cada vez que la orquesta sinfónica o la filarmónica —o algún conjunto de cámara— ofrece un concierto en cualquier plaza del país, también los recintos se llenan de bote en bote: síntoma de que la buena música es igualmente apetecida por amplios sectores juveniles y no sólo por los retrógrados, en contraste con las pléyades que siguen los golpes rockeros del momento. Aunque es un hecho —como fenómeno de masas, periodísticamente inocultable— que no sólo en Latinoamérica sino en todas partes de Europa se impone este ritmo duro, en diversos lenguajes y dialectos, como en el caso de España con la “movida” gallega, que ya internacionalmente empieza a conocerse gracias a las interpretaciones de Siniestro Total y Os Resentidos, conjuntos que representan bien la nueva cultura pop. Con todo, tengo 34 años, carezco de canas, todavía me considero impetuoso y fiestero, pero… ¡no entiendo la belleza del rock versión español!, lo cual —por estar en otra nota— me aparta por completo de la onda del doctor Andrés Pastrana, y quizás por eso nunca seré alcalde —alcalde rockero— como él. Ni político exitoso, sino apenas un burgués gentilhombre con radiola y pizarrón. El Tiempo, 27 de enero de 1989

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Dartanan  

Dartanan, Editorial Planeta

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