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Asfixia Joaquín Rolón Carreras

Retira la cadena con prisa pero atenta, como esperando que en cualquier momento él salga tras ella e intente detenerla. Pero no saldrá. Con el tiempo ha llegado a conocerlo bien. Seguro que en ese momento estará aún sentado en su sillón, pensando en cualquier otra cosa, con su cara de no comprender nada todavía. O quizá se haya levantado y como si nada haya vuelto a los oficios en los que estaba antes de que ella lo visitara; antes de que lo encarara e intentara hacerle saber lo mal que la tiene; que no, no ha hecho nada malo, por eso tu carita de inocente que no tiene de qué preocuparse porque no has hecho nada malo; esa carita tan tierna que no se por qué me gustó tanto cuando te conocí, si ahora es la cara que menos soporto. Pero quizá ya se encuentra en el pasillo esperando impacientemente el ascensor, deseando que ella todavía no se haya montado en la bicicleta y haya partido velozmente, como procurando que no me alcances. En cambio ella se demora en darse prisa, enrollando la cadena debajo del asiento energéticamente pero más lentamente que de costumbre. Cuando está lista para salir hacia la calle él todavía no se ha asomado. No hubo discusión, porque para que ello ocurra se necesitan dos voces, no una sola. No intentes detenerme, eres un cretino y cierro la puerta detrás de mí y te dejo postrado con tu cara en tu sillón y salgo corriendo y todavía tú me haces caso. Porque él es bueno, siempre le hace caso en todo, y siempre cree entender, y cuando no me entiendes es porque no hay nada que entender, y no entiendes que en realidad me muero porque salgas en este momento y me detengas, porque por eso ando


mal, porque tu carita tierna que tanto me gusta dice que me entiende cuando en realidad deberías salir y por mí luchar contra mí. No saldrás. Abre el portón y sale. En la acera se monta a la bicicleta y lentamente comienza a pedalear. Debe ser la primera vez que lo encara y lo abandona enteramente segura y convencida de su inocencia y sin pensar que el pobrecito no hace nada con mala intención, si es el que más me escucha y yo que con mis cosas le echo la culpa de ser tan bueno con esa cara que me saca de quicio. Se encuentra cada vez más eufórica. Ya no me importa que no hayas salido. Pedalea cada vez con más fuerza y siente que sus pedaleos son los pasos más seguros que ha dado en mucho tiempo. La velocidad que va alcanzando con cada paso le hace sentir con más claridad la belleza que el aire va descubriendo al estrellarse en su rostro y al enfriar su pecho y su vientre. Sin darse cuenta, ha ido perdiendo casi toda la noción de su alrededor. Presiona el manubrio con ambas manos con fuerza, hasta que lo arranco y veo tu rostro y lo amenazo e intento desfigurarlo a golpes, pero permanece intacto. Ni una mueca. Sigo viendo el mismo rostro de pasividad, de inocencia, de pureza, de mierda. Soy incapaz de dejarte, pero te he dejado, y me alejo cada vez más de ti, cada vez más rápido, aunque tu cara sigue igual. Sus pedaleos ya son grandes pasos. El viento que se le escurre entre los recovecos más pequeños le hace descubrir puntos de su cuerpo que desconocía, puntos que tú desconocerás siempre. El aire frío le proporciona caricias diminutas, microscópicas, que como lamidos enfrían mi ombligo y mis senos y endurece mis pezones. Como nunca, está totalmente conforme con ella misma, con lo que es, con lo que soy y no eres capaz de percibir. Y esa conformidad nace en cada paso,


en cada planta de cada pie, y va subiendo cada vez con mayor rapidez a través de ambos tobillos, de ambas rodillas y de ambos muslos, hasta que por fin se concentra en el lugar donde convergen ambas piernas. Y es ahí donde ahora tengo tu rostro: entre ambas piernas, y aunque sigue igual, no resistirá por mucho tiempo. Lo presiono cada vez con más fuerza. Intento asfixiarlo. Me esfuerzo tanto que empiezo a sudar y a gemir. Soy el demonio atravesando la calle e incendiando callejones, avenidas, plazuelas, kioscos, teléfonos públicos, todo a mi paso. Tengo el cuerpo tieso. Tu rostro poco a poco va siendo invadido por el pánico, porque empieza a ahogarse entre los jugos que libero. Ya no es la cara de antes. Se ha transformado completamente. Lucha por zafarse de mí y yo la presiono con mis piernas y muslos con más fuerza. Desde abajo percibe con espanto cómo el viento penetra mi belleza. Y presiono y gimo y sudo y pedaleo y el viento me lame el ombligo y mis senos y mi cuello y eso me da más energía para seguir presionando. Tu rostro es irreconocible. Su espanto me encanta. No quiero que se asfixie todavía, quiero mantenerlo así, horrorizado. Quiero que me tenga miedo y que sepa quien soy realmente. Quiero que el viento me lama y me sorba con más fuerza. Que me siga poseyendo y que me penetre con sus infinitas estacas. Quiero que me siga haciendo suya y que llegue a esa intersección de calles al mismo tiempo que ese conductor distraído, y que la señora que espera que cambie la luz del semáforo y su perro y el conductor crean que el grito que se alcanza a escuchar en toda la calle es el grito de dolor por el impacto, y no sospechen que es el conjunto del grito del último suspiro del rostro que llevo entre las piernas y el de mi victoria.


Asfixia