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La columna libre

La columna libre Paloma Colino Marzo de 2007 La Unión de Correctores Unos cardan la lana y otros se llevan la fama, reza el dicho. En una sociedad mal arbitrada, sucede a veces, muchas veces, con demasiada frecuencia, que quienes realizan las tareas más duras e ingratas no obtengan ningún reconocimiento a su esfuerzo. En los sectores de la edición y la comunicación, el corrector es el peón que acarrea el cemento, que se ensucia las manos y que se juega la cabeza (la vista) en los andamios, pero también el peón que da los últimos remates, esos que deciden el aspecto final de una construcción: el acabado de la fachada, las filigranas de la cornisa, la limpieza de una tarea bien hecha, entregada llave en mano a plena satisfacción del futuro habitante lector. La corrección es una tarea mentalmente exigente, que no puede desempeñarse adecuadamente más de unas pocas horas al día. Con los codos en la mesa y la mirada fija en el papel o en la pantalla del ordenador, después de cinco, seis horas, la concentración se va diluyendo. Del corrector depende, en última instancia, que un texto respete las normas elementales (y siempre en discusión) de la gramática, que la vaca con uve dé leche y la baca con be lleve maletas, que el debe de exprese posibilidad y el debe más infinitivo exprese tanto la posibilidad como la obligación. Que en la página diecisiete María se llame igual que en la página doscientos veinte, tanto si es una mujer como si es una planta: pero entonces con minúscula. A diferencia de la costumbre de otras latitudes, en los libros españoles son pocos los literatos, los científicos o los autobiógrafos que dedican un párrafo para agradecer esa labor callada. En las páginas de créditos, rara vez se menciona al corrector. En el mundo de la edición, la humilde tarea del corrector es la peor pagada. Las malas editoriales, a la hora de recortar gastos, recortan los de la corrección. Los escaparates de las librerías están llenos de libros mal corregidos, un pienso en mal estado que se arroja al abrevadero de un lector al que no se respeta. Algunas editoriales, por ser malas, posponen los pagos al corrector; y otras, malísimas, ni siquiera le pagan. Se valen de su soledad de corrector de fondo para aplazar sin fecha de vencimiento el pago de una factura: se argumenta el atropello con una coma que no se vio o con un criterio de unificación discutible, o se le responsabiliza de errores que en realidad se deben a la mala organización de quien le encargó el trabajo. La Unión de Correctores (UniCo) se propone acabar con la indefensión de estos profesionales. Entre muchas otras iniciativas, propone que la próxima Ley del Libro incluya el control de calidad del texto en el proceso de edición. El pasado sábado 24 de febrero, en el Ateneo de Madrid, la Unión de Correctores celebró su asamblea de socios y debatió sobre las enmiendas al proyecto de Ley del Libro. En esta iniciativa cuenta con el apoyo de instituciones prestigiosas como el Instituto Cervantes, la Oficina de Publicaciones de la Unión Europea y diversas facultades de Lingüística, así como de otras instituciones, como la Real Academia Española. También cuentan con el apoyo de esta humilde servidora. Quien ha sido correctora una vez, siempre es correctora. Más información en www.uniondecorrectores.org


La columna libre, Paloma Colino