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Arando la tierra AntologĂ­a de cuentos del Taller de Literatura Creativa

Escuela de Lectura y Escritura Creativa Los Santos 2017


Arando la tierra AntologĂ­a de cuentos del Taller de Literatura Creativa

Escuela de Lectura y Escritura Creativa Los Santos 2017


Prólogo

L

a presente compilación de cuentos breves, nace en el marco de los talleres de Literatura Creativa realizados en la Institución Educativa La Laguna, que se encuentra en la vereda del mismo nombre, en cercanías al pueblo de la Mesa de los Santos. Como parte de las actividades que duraron cerca de un mes, a la par de diferentes lecturas, exposiciones teóricas y muestras audiovisuales; se planteó la escritura de un cuento a los alumnos, niños entre los 11 y 14 años de edad. Como resultado se ha obtenido esta cartilla. El lector se encontrará con diferentes textos infantiles en los que las temáticas varían o se repiten (el tema del leñador, o la serpiente, o de la sombra robada), dado que dichos argumentos fueron planteados como ejercicio detonante del proceso escritor. Por otra parte se verán cuentos reescritos (el clásico Hansel y Gretel; A la deriva, de Horacio Quiroga; y Autopista al Sur, de Julio Cortázar), lo cual se da pues los alumnos tuvieron la oportunidad de acercarse a dichos textos, y su primer intento en el terreno de la cuentística fue rescribir, con otras formas, un texto reconocido. Por otra parte, también se hallaran cuentos nacidos netamente de la imaginación de los niños, que, en casos, derivan en situaciones inconcebibles y escandalosas pero que logran ser plasmadas en formas bien logradas y que cumplen, en menor o mayor medida, con el género cuento. “Arando la tierra” es una reunión de cuentos breves que constituye el primer paso de estos jóvenes, muy jóvenes autores. Quizá, algunos mantengan el empeño por contar su entorno en forma escrita, por expresar sus pasiones a través de las letras. Otros, por el contrario, quizá hayan notado que al “arar” el mundo con la literatura, su tierra no era óptima para sembrar cuentos; pero, sea el primer caso o el segundo, han dado un paso en el conocimiento de lo que les gusta o no les gusta hacer. Esperamos que, con el Taller de Literatura Creativa, algunos de los niños que hoy aparecen reunidos acá, inicien este camino largo de la escritura. Emanuel José Acuña


Contenido

Nada para ver................................................................................................9 Hacer cuentas..............................................................................................11 Feria en el pueblo.....................................................................................13 El leñador con suerte............................................................................. 15 Los diablitos................................................................................................16 La casa embrujada...................................................................................18 Ver el atardecer......................................................................................... 20 Un león valiente........................................................................................22 La familia López........................................................................................23 La mascota....................................................................................................25 El viejo campesino que soñaba...................................................... 26 Un trancón sin fin.....................................................................................27


Nada para ver Por Adriana Lucía Díaz González

Ella acababa de salir del bar en el que había estado toda la noche, bebiendo y bailando sola; solo quería pasar un rato diferente, fuera de su casa… La calle estaba totalmente vacía. El sonido de automóviles y motocicletas interrumpían el maravilloso silencio que más que nada parecía el soundtrack de la tragicomedia que era su vida. Grandes árboles, ayudados por la luna, proyectaban enormes sombras sobre la carretera por la cual caminaba aun sin rumbo. Luego de caminar por casi una hora, se sentó en un andén a solo un par de calles de su casa, sacó unos cigarrillos que acostumbraba a llevar en su chaqueta o bolso. Los fumó uno a uno, con aburrimiento, con rabia, con tristeza, sintiéndose cada vez más vacía. Pero ¿qué le faltaba? Miró sus zapatos, que lindos, se inclinó hacia adelante, quería ver su sombra en el pavimento, verse como la rama de alguno de esos grandes árboles. Nada, hasta su sombra la había abandonado. Se levantó desesperada, abrió los brazos, salto, buscó la orientación en la que estaría su sombra producida por luz de la luna pero fue 9


inútil. No tenía sombra, que era lo único que pensaba que le quedaba. Ahora, sola, sentía que seguir con ese show ya no era más que perder tiempo. En su oportunidad sobre la tierra había sufrido más allá de los limites imaginables, sufrido sola y por complejos dentro de su propia mente. Por su cabeza pasó una vez más pero con mucha más solides la idea del suicidio. En realidad, prefería no llamarlo así. Pensaba que acabar con lo que se supone debería llamar vida, era un favor a las personas que la rodeaban falsamente. Ella, luego de tantos cigarrillos, no se sentía más que un personaje. Subió hasta el último piso de casa, que apenas eran tres. Sería una pena quedar inválida, joderse más aún. Ella quería acabar con eso para siempre. Recordó las clases de natación, en lo bonita que era el agua estática, al principio pensó que inconscientemente se estaba dando razones para vivir pero luego de un momento lo entendió, su ser, por una última vez, le había dado una gran respuesta. Como un clavado, su pose favorita, así debía lanzarse. Justo cuando caía, que parecía lentamente, vio su sombra proyectada en el suelo, haciéndose cada vez más pequeña. Ojalá hubiera una segunda oportunidad para las personas condenadas a la soledad.

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Hacer cuentas Por Merwinth Scolinths Bárcenas Moreno

Sus padres, que ya eran de edad, le habían dado todo: dinero para el estudio y para su carrera, para que así él fuera un gran profesional. Con ese fin, habían trabajado fuertemente y gastado sus ahorros, una gran fortuna. Ahora, solo tenían un poco de dinero guardado. A eso se le sumo la enfermedad de la madre; los problemas económicos iban aumentando y ya no alcanzaba para el médico. El padre habló con su hijo sobre sus problemas. Él, luego de consultar con su joven esposa, les hizo un préstamo. El hijo se convirtió en el único apoyo para ellos. Con el tiempo la madre se fue recuperando, la llevaron al mejor hospital y al mejor médico. La esposa del hijo, al ver la mejoría de la madre, insistía en cobrar el dinero a sus suegros; pero ellos aún no habían podido recuperarlo. Entonces, un día el hijo, junto con su esposa, fueron a visitar a los padres de este. Él les dijo:”alisten una calculadora, papel 11


y lápiz qué vamos a hacer cuentas”. La madre se sintió triste, porque no tenían el dinero y porque su hijo les daba la espalda. Con calma, el hijo hizo una lista en la que miraba cuánto gastaron sus padres. Tuvo en cuenta la crianza, la educación y la carrera. También, incluyó sus juguetes, sus berrinches y los escándalos que de adolecente les dio. En fin, realizo una lista en que no se escapaba ni la ropa, ni los zapatos, ni los helados de los domingos. Pero su esposa se enojó. Le dijo: “¿qué hace? Nosotros veníamos a cobrarles lo que nos debían sus papás. ¿Se volvió loco?”. “Después de hacer cuentas quédense tranquilos, ustedes no me deben nada, en cambio yo les debo mucho, gracias por todo.” Dijo el joven a sus padres, sin poner atención a las palabras de su esposa. Ella, furiosa, decía que cobraría el dinero, que haría lo necesario. Le recordaba que ahora eran esposos y que pronto tendrían un hijo, para lo que les serviría el dinero. El hijo, de forma calmada, le recordó que si tenían un hijo, seria con la bendición de Dios y Él sabría si ellos podrían mantenerlo. Entonces, en un último intento por convencerlo de que cobraran, ella le dijo al esposo: “pero usted me dijo que iríamos a cobrarle a sus papás”. Y él, de forma jocosa, le dijo: “qué íbamos a hacer cuentas, y es diferente”.

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Feria en el pueblo

Por Diego Agustín Gutiérrez Rondón

A mi tío le gustaba tomar mucho. Se iba a la caseta después de entrar las cabras al caney, arrear las vacas al potrero y alimentar los marranos con lo que quedo de nuestra comida. Cuando salía, no volvía sino hasta bien tarde por la noche. A veces, llegaba que ni podía caminar; y cuando estaba muy borracho se quedaba dormido fuera de la casa, con los perros. La abuela le decía que un día le iba pasar algo pero él no hacía caso. La abuela es quien sabe de remedios y de brujas y de cosas de esas que ha aprendido de los años. Eso era todos los viernes y sábados; pero cuando eran ferias era toda la semana. En una semana de ferias, un miércoles en que llevaba ya varios días tome que tome, así borracho trabajó todo el día y después de guardar los animales se fue a beber de nuevo. Esta vez se le quedo abierta la cerca de los marranos y nadie se dio cuenta.

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En la noche se oyó ruidos y yo me asusté. No dije nada porque un varón no se asusta. Al otro día, salimos y lo vimos ahí con los marranos encima. Todavía le estaba mordiendo la cara.

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El leñador con suerte

Por Brayan Stiven Poveda Gómez

Existió un leñador con mucha suerte que, estando con sus amigos en el bosque, cortando leña, encontró un lingote de oro en medio de un árbol recién talado. Sus amigos, que lo acompañaron al mercado a vender el lingote, le decían que tenía mucha suerte: por eso siempre lo acompañaban, esperando para que les diera algo de lo que encontraba. Luego de varios días sin hallar nada nuevo, por fin encontró algo al talar otro árbol; pero esta vez era un trapo sucio y maloliente. Los amigos se burlaron de él “se te acabó la suerte”, dijeron, y se fueron a talar árboles a otras partes del bosque. La increíble es que al limpiar su bota con el trapo, el cuero del zapato se convirtió en oro. Todo lo que limpiaba con el trapo se transformaba. El leñador, nunca volvió a talar árboles, y nadie supo más de él.

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Los diablitos

Por Carlos Sebastián Gómez

Los niños salieron del bosque y dijeron que estaban perdidos; llegaron con la ropa hecha harapos, y yo, la bruja del bosque, me comí el cuento. Cuando los vi caminar por el jardín de mi casa (horneada hace apenas uno días) tumbando las flores de caramelo, mordiendo los tallos de dulce con sabor a limón, salí para ver qué pasaba. Me dijeron que llevaban varios días sin comer, se llamaban Hansel y Gretel, eran hermanos. Y me dijeron que si les podía dar de comer. Los dejé pasar a mi casa y después de que les regañe por comerse parte del jardín, y que les dije que no debían comerse las pareces de ladrillos de amasijo, ni los vidrios de azúcar cristalizado, ni la meza de galleta: porque esas no son cosas buenas para el estómago, les serví el más delicioso sapo gigante de pantano que he cocinado, un manjar sin duda alguna.

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Le puse seguro a la puerta de mi casa y salí a buscar a sus padres montada en mi escoba voladora. Después de varias vueltas al bosque y de preguntar a varias personas no di con los papás de los niños. Al regresar, vi con espanto mi casa destruida. Hansel y Gretel se habían comido un muro y una columna, la casa no resistió y cayó. Los niños estaban en el piso tumbados, untados de pastel y caramelo; los embargaba mucho dolor por tanto comer y mascullaban por su agonía. Pero eso no era lo que más me fastidiaba, por el contrario era la destrucción de mi pequeña casa, mi casa, de la bruja del bosque, yo que nunca hago daño a nadie. Los ayude por compasión y por ingenua. Apenas hube puesto el fogón para calentar agua de raíz de matarraton, para los males de estómago, la niña, creyendo que los obligaría a reconstruir mi casa, me empujo en el caldero. Escaparon mientras me chamuscaba entre la leña. Cuando me arreglé los harapos y me quité las ajaduras de la candela, volé por el bosque y los vi con unos de los señores con los que yo había hablado: con razón no me dijeron que eran sus hijos.

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La casa embrujada

Por Alex Yohani Rojas Peña

En las afueras del pueblo había una casa que de solo verla daba miedo, se sentían ruidos extraños en su interior que producían, a todo el que pasaba, terribles escalofríos. Había un leñador que era muy pobre y vivía cerca a la casa. Él decía que adentro había oro, pero que nunca se había sabido de ello pues solamente alguien capaz de derrotar las fuerzas malignas obtendría el tesoro. Todo el que lo había intentado, nunca volvía a salir. Se decía que en la casa habitaban duendes, y que ellos eran los causantes de las desapariciones. Entonces, un día, el leñador que era muy pobre y noble, lleno de curiosidad decidió ingresar para ver qué pasaba a dentro. Vio a los duendes bailando sobre el oro, pero ellos también lo vieron. Lo persiguieron, el miedo que tenía el leñador no lo dejaba avanzar; buscó y buscó la manera de salir pero no pudo. Suplicó a los duendes que lo dejaran ir para poder reunirse con

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sus hijos; pero los duendes solo se burlaban de él y le dijeron: “la salida vale dos años de esclavitud”. Durante mucho tiempo fue esclavo en la casa embrujada y el leñador hacia todo lo que le pedían. Cumplido ese tiempo, y como los duendes habían visto la nobleza del leñador y la disposición para cumplir sus órdenes, lo dejaron libre y le llenaron los bolsillos con mucho oro. Convirtiéndolo en un hombre con grandes riquezas. Nadie volvió jamás a entrar en la casa embrujada.

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Ver el atardecer

Por Natalia Rocío Tasco Saavedra

A mamá no le gusta que yo diga palabrotas. Una vez, mientras caminábamos por el parque, un perro se nos cruzó en el camino y yo dije una grosería que espantó hasta unos pajaritos que estaban en unos árboles. Mamá, con el rostro rojo, me regañó con dos días sin televisión y un buen tiempo sin salir a la calle. Cuando llegamos a casa había tanta oscuridad que, cuando escuché que alguien rezongaba al fondo, escupí otra palabrota y mamá, esta vez, me dio de palmadas en las piernas. Fui a mi cuarto y descubrí que el del sonido espantoso era papá, que recién se había despertado y estaba asustado. Entonces, me puse furioso y me tiré en el colchón a llorar mucho tiempo. Cuando abrí los ojos, vi la pared amarilla y supe que ya era de día. En mi rostro sentía aún las lágrimas como gusanitos pegajosos. Después de desayunar, fui hasta la reja y observé la calle. Salí lentamente de casa, sin que mamá me viera, y fui a jugar al parque. Había muchas personas, rostros conocidos 20


y desconocidos, columpiándose, corriendo y saltando sobre tangara. Jugué cuanto pude y regresé a casa al mediodía. Mamá, sonriente, me pellizcó el cachete. Sorprendido, creí que no me había visto salir, ya que ella todo el día lava la ropa de algunos vecinos en el patio y no tiene oportunidad de vigilar la puerta. Cuando estaba almorzando, se acercó de nuevo y me dio otro pellizco, aún más duro, con una sonrisa fuerte. “¿Cree que no me di cuenta, señor?”, me dijo. Yo sonreí pero su gesto era tan rígido que se me desbarató la sonrisa. Y ahí, mientras comía, duplicó mi castigo y durante mucho tiempo no pude vislumbrar el atardecer en el parque, los árboles poniéndose su cobija para dormir. Nada.

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Un león valiente

Por Edgar Ferney Almeida González

Una vez en áfrica un hombre fue mordido por una serpiente mientras cazaba para alimentar a su familia y para su león, mascota que los acompañaba al cazar. Ese día había salido con sus dos hijos: Manuel y Frank. Una especie rara de pitón los había seguido, pero ninguno se había dado cuenta. Cuando por fin se percataron de la serpiente el padre trató de defender a sus hijos, pero enredado en una liana, quedó indefenso y la serpiente lo atacó. Los hijos solo podían ver pues si lo ayudaban también iban a morir. En ese momento apareció el León, que aunque era superado en tamaño por la serpiente, ayudó a su dueño como pudo. Mientras la víbora luchaba con el león, que perdió la pelea y fue comido por la serpiente, el hombre pudo escapar junto con sus hijos.

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La familia López

Por Sergio Bueno Bárcenas

Un sábado en el Tolima, en 1994, la familia López se levantó presto y muy emocionada porque se iban a ir de viaje a Santa Marta, irían en avión. María, la mujer de Andrés; y Luis, el único hijo, tenían mucho miedo. Andrés les dijo que no sintieran temor de cuando el avión se levantara y empezara a volar, que era seguro. Pero Lucho le contó que había tenido un sueño en el que el vuelo se caía y que su mamá moría. Andrés lo tranquilizó y le dijo que no tuviera en cuenta esas pesadillas, que él y María fueran a hacer las maletas. Quince minutos después, con todo listo, tomaron un taxi al aeropuerto; pero unos inconvenientes con el taxi y con los tiquetes, hizo pensar a lucho si no era un señal para que no fueran. Abordaron el avión justo a tiempo, se abrocharon los cinturones de seguridad y despegaron.

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Al rato, ya ni Andrés ni María tenían miedo, pero Luis aún estaba asustado. En ese momento oyeron un estruendo y por la ventana donde estaba sentado el joven vio el ala derecha incendiarse. El piloto avisó que se abrocharan los cinturones que iban a estrellarse. El avión caía de punta y se incendiaba muy rápido. Todos, excepto Andres y Luis, murieron. Luis, que no podía caminar, fue sacado del avión por su padre, mientras gritaba buscando a María. Pero nada se podía hacer.

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La mascota

Por Luis Arturo Bueno Almeida

Un día Alberto y Gilberto, ambos leñadores, fueron al bosque a trabajar. Para cubrir más terreno se separaron y quedaron en reunirse a las 5 pm. Cuando Alberto empezó a cortar el árbol, una serpiente lo mordió y para defenderse la mató de un hachazo; pidió ayuda a Gilberto que lo escuchó y ayudó. Lo llevó hasta un carro para transportarlo al hospital pero este no funcionó, tuvo que llevarlo en la espalda. Al llegar al hospital Alberto estaba muy mal, pero los médicos lo ayudaron. Inesperadamente un hombre ahogó al moribundo Alberto con una almohada. A los tres días el hombre se entregó, dijo que Alberto mato a su mascota la serpiente.

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El viejo campesino que soñaba

Por Eduar Alexander Santos González

Existió un campesino que toda su vida la entregó a cuidar su hermoso jardín, el más hermoso del mundo. Todas las mañanas el viejo campesino se levantaba muy temprano para que a sus flores no les faltara nada. Él se sentía muy feliz al ver cómo su jardín le agradecía día y noche toda la dedicación. Sin embargo, algo perturbaba el alma y la vida del viejo campesino. Juan, como se llamaba el viejo, no había podido tener hijos: una de las cosas que más le entusiasmaban en la vida. Juan, desde que era joven, casi un niño, soñaba con la idea de tener un hijo a quien cuidar y proteger. El viejo Juan nunca había tenido la ocasión de conocer a una mujer con la que formar una familia. Quizá, al tener familia que cuidar, su jardín no hubiese sido más que otro común.

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Un trancón sin fin

Por William Orlando Díaz Almeida

En unas carreteras lejanas de Nueva York, John, quien trasportaba gasolina en su camión, trayéndola desde california, se encontró con un trancón. Se detuvo y esperó. Unos minutos después bajó y pregunto porque no se avanzaba, le respondieron que nadie sabía pero que ya iban tres días de trancón. John se preguntaba por qué si no había pasado nada había tanta congestión. Pasaron más días, luego semanas y meses, incluso años. Recogieron comida y agua, pero con tanto tiempo ya no sabían cómo hacer para sustentarse. Pasaron tres años, y las personas de edad morían, nacían niños y había algunas personas muy enfermas. Luego de un debate, se decidió caminar para ver hasta donde llegaba el trancón. Después de recorrer mucho camino, llegaron a una zona que estaba oscura, al inicio y al final del embotellamiento. 27


Los recién llegados preguntaron qué sucedía, y los que estaban ahí dijeron que así había sido siempre, un trancón.

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Arando la tierra  

Antología de cuentos del Taller de Literatura Creativa Los Santos, realizado en varias instituciones educativas del municipio de Los Santos...

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