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DE AMOR LOCURA Y MUERTE CICLO DE LECTURAS


La que bajó casi corriendo

Eduardo Vardé


Lecturas a la sombra

La que bajó casi corriendo Eduardo Vardé

Lo que tengo que contar es otra cosa, es una despedida, un desencuentro, un momento en que el pliegue espacio tiempo no se da y cada uno es coaccionado a seguir su camino. Pero no puedo dejar de pensar en las nubes negras trepando sobre mi cabeza. Esas nubes con formas de monstruos, esos gigantes que escupían luces y fuego. Además de las nubes estaba el agua, las gotas gruesas arrojadas del cielo, que no había visto caer, pero que inferí por las marcas sobre las baldosas de la vereda. Había salido de comer en compañía de alguien que no quería y que no volvería a ver. Tal vez este sea el desencuentro, tal vez, pero no sé. Mi cabeza estaba en otro lado, a diez cuadras. Las había repasado en mi memoria como si alguna vez las hubiese caminado. Ese recuerdo no existía, jamás había hecho ese recorrido, pero lo estaba haciendo en la imaginación y ahí, durante ese ahora, se volvía real. ¿Cuántas cosas que se imaginan se vuelven realidad de tanto pensarlas? El hecho es que pude haber contado los pasos que me 7


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llevaría del bar a la otra puerta, pero no podría haberme desdoblado tanto. Necesitaba algo que además de imposible es egoísta, lo sé. Entonces, partí, caminé sobre las huellas de un goteo pasajero que era el preámbulo de la imagen más linda del mundo. Luego subí al auto y el repiqueto comenzó. Un tac precediendo a otro tac y a otro y a otro y a otro. Como si fueran mis labios chocando con los de ella, la que abre su boca y mueve el equilibrio del mundo para bien o para el otro lado. El ritmo comenzaba a aumentar casi como un redoblante de cine en un momento de tensión. Entonces, dejé a mi acompañante, la que bajó casi corriendo, en la parada del colectivo y seguí adelante sin poder comprender el rechazo a mi aventón. No la pensé más, nunca más. Ya era pasado lo arriba firmado. Doblé a la izquierda, crucé las vías ya sin poder ver adelante. Una masa líquida caía sobre el parabrisas. Los monstruos estaban envidiando lo que se venía, se retorcían de bronca. Esto no es lo que tengo que contar, pero es inevitable que fluya. Fluir suele ser inevitable, hasta que un dique coacciona para detener el afluente. El que escribe siempre es el que escribe. Simple como ese eufemismo. No vamos a decir una cosa por otra. Ya demasiado con decodificar la metáfora del lenguaje. Imaginate si a eso le agregamos un hombre rondando de cerca. Un tipo cuya suerte ha sido (verbo que marca que la acción no se acabó) más suertudo que yo por haber llegado tiempo antes. Ya lo dijo el poema, el tiempo es la cruz de todos. 8


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Pero solo hay que pensarla, sí, a ella, para que se descalibre todo en mí. Porque las palabras no se pueden combinar para decir lo que quiero cómo quiero decirlo. Debería unir todo esto en un mismo momento y la palabra no me va a dejar jamás hacerlo: llegar, apagar todo y quedarme sintiendo la lluvia, la puerta que nunca escuché abrirse, el vestido largo de algodón, mojado, el cabello siendo una liana por donde bajaban los gritos del cielo, la sonrisa más natural del mundo, la sorpresa de ver todo junto y sentir todo junto y no poder encontrar la forma de transmitir lo que provocó ese segundo de girar a la izquierda, verla (que significa ver todo junto y sentir todo junto y no poder explicarlo) y sonreír. Si me preguntaran qué es el arte, la respuesta sería es este momento que intento y no puedo abarcar y también es este último momento que revivo al intentar escribirlo. El arte, entonces, es mirarla por vez primera cada vez que la veo y desear que no sea la última primera vez nunca jamás. En otro sitio, aquella que me había rechazado el aventón, estaba mandando mensajes a otro que posiblemente la recibiría entre sus brazos y la secaría con mucho cariño. Aquella pensaba en algo, seguro, porque no puede detener a su cabeza cuando se le arrebata el impulso y se enreda con la voz callada. Aquella miraba a través el vidrio empañado la pareja que iba en el otro micro, la boca de él llegando a la de ella, como si fuera un recuerdo borroso que lo empañado traía y dejaba entre sus manos. Apoyó 9


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la cabeza contra el cristal, luego estiró su mano opuesta y con el índice dibujó sobre lo empañado del vidrio. Así se habría quedado el resto del viaje, escuchando la lluvia caer, repasando los momentos de alegría que se evaporan cuando la cosa no es, pero parece. Y yo acá, sonriendo. Cuando ella terminó de cruzar la vereda y se acercó a la ventanilla del auto ya no tenía espacio seco en su rostro. La lluvia le había dejado una gota colgando por donde, si la suerte me acompañaba, acunaría mis besos. Perdón, esto no era lo que quería contar, pero se me escapa en el intento. Después, bajé y entramos. Tomó una toalla, giró la cabeza levemente a la izquierda y comenzó a secarse. No podía hablar. Mis ojos se transformaron en una cámara y fotografié cada movimiento de sus manos, el espacio libre entre su oreja y su hombro derecho, la curva baja de su espalda, en donde me quiero prender y no soltarme más. ¿Cuántas veces la memoria se vuelve falaz al contar un recuerdo si entre lo que cuenta y cómo lo cuenta hay un abismo metafórico inabarcable? Lo que pasó después quedará libre de perderse entre los pliegues del espacio y del tiempo. No me podría arriesgar a caer en la trampa del lenguaje dos veces consecutivas. Contar no es suceder hechos unos tras otros. Es mirar el borde de la palabra, la quinta línea del vestido mojado cuando se largó tormenta. También mirarla irse, luego de tantas horas y sentir que ella también fue o es o ha sido la que bajó casi corriendo. 10


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Me faltó decir que aquella había caminado bajo el agua desde el descenso por la puerta delantera hasta su casa, pensando en que ya nada sería lo que había sido. Tenía razón, tal vez siempre la tuvo. Se sentó en el sillón de su living, sacó el celular húmedo de la cartera y marcó un número que nunca más volvería a sonar. Entonces, cortó y marcó otro. Y así.

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Cuento de Eduardo Vardé

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