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Prólogo de la autora

Esa puerta me observa como una gigantesca boca depredadora. Por ella entra un torrente de aire y un haz de deslumbrante irradiación. El abrigo que me han hecho ponerme y la enorme mochila de mi espalda pesan tanto que temo que las piernas se me doblen de un momento a otro. Tal vez también el miedo tenga algo que ver. Estoy asustada. No es la primera vez pero siempre lo parece. Alguien me empuja. “¡Ya voy, ya voy!” digo mientras mi cuerpo se echa para atrás. Las manos presionan mi espalda con mayor ímpetu. Mis pies se arrastran hacia la puerta, hacia la claridad, hacía la columna de aire, hacia la inmensidad.

Me gustaría ser creyente, hacer el signo de la cruz o lo que fuera para aceptar con mayor resignación lo inevitable. Porque, aunque sé que puedo echarme atrás, jamás lo haré. Detesto la cobardía. Las puntas de las botas alcanzan el borde. El cielo es terriblemente azul y cristalino. Cuatro nubes desperdigadas, perdidas en la inmensidad, están burlándose de mí. No miro hacia abajo. Es lo último que debería hacer ahora. ¿Después? … No tendré más remedio. 7


Un empujón inesperado me saca del atolladero. Sin él no hubiera dado el último paso. Pierdo el equilibrio y caigo hacia delante fundiéndome en el mar espeso de aire. Cierro los ojos. Siempre lo hago al principio. Es mi forma de menguar el pánico, de sentir menor virulencia en el vértigo de mi aplastado estómago, de conjuntar la mente en agarrotar los músculos para que mi cuerpo no se deforme ante el ataque aéreo frontal. Cierro la boca para que no se me hinche. No quisiera parecer un ridícul0 pez globo volador.

Hace frío, mucho frío. Pasados los primeros instantes, en que mi corazón está a punto de estallar en el interior del pecho, la locura va disimulándose. El ruido del aire rascando el perímetro del abrigo es mi única compañía. Estoy tan tensa que apenas siento el cuerpo. Mi cerebro resucita. Abro los ojos para asomarme al vacío desde su interior. Deseo abrazar la quimera de que nunca llegaré a alcanzar el suelo. ¡Queda tan lejano! Disfruto de la sensación de estar flotando en el vacío, nadando en el aire, volando con los brazos y las piernas. Las cuatro nubes ya no se ríen de mí. Han quedado atrás, ahí arriba.

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Pero la cruda realidad vendrá a encontrarme. El horizonte terrestre se agiganta. Lo que parecían manchas se transforman en campos y los puntos en personas. ¡Santo cielo, esto va mucho más rápido de lo que esperaba! Vuelvo a tener los músculos atenazados, a sentir dolor, a dudar. ¿Hay que ser muy valiente o muy cobarde para alcanzar la anilla y tirar de ella? Si me rindo, si cedo al terror, al frío, al dolor muscular, si me quedo estática, dentro de nada, tras una escalofriante colisión, todos mis problemas futuros se habrán acabado.

El sol ilumina mi frente pero es un dedo autómata tirando de la anilla quien devuelve la claridad a mi consciencia. Soy la primera sorprendida. El subconsciente ha dialogado con el instinto de supervivencia y han decidido por mí. Una auxiliadora sábana sedosa se desliza desde la mochila de mi espalda y se abre casi inmediatamente. Se produce una enorme sacudida. Espero que aguante eso de ahí arriba. Mis piernas balancean hacia todas partes. Soy una marioneta colgando de los tentáculos de una medusa. Tengo la sensación de que lo más duro ya ha pasado. El suelo se acerca ahora de un modo más suave. Mansas brisas me pasean de un lado a otro. No sé exactamente dónde terminaré posándome. 9


Los puntitos de antes son ahora personas de carne y hueso, con rostros, sonrisas, saludándome manos en alto. Les devuelvo los gestos y los parabienes. Mis piernas empiezan a encogerse para adaptarse al aterrizaje. Corro el riesgo de tropezar y perder la verticalidad. Morder el polvo no sería fatal pero sí lacerantemente vergonzoso. Llego al suelo. Ya tengo una cierta práctica y no me cuesta excesivamente frenar el impulso y lograr mantener el equilibrio. Mis brazos se mueven como aspas recogiendo los cordeles y plegando anárquicamente la sábana sedosa.

Mis seres queridos vienen a felicitarme. Ha sido todo más bien sencillo. ¿Quién se acuerda ahora del pavor que sentí aquella primera vez que tuve que dejarme caer de espaldas sin saber si alguien iba a recogerme? Coral, sigues más viva que nunca. Aprovecha estas ganas de vivir para gritarles a los indecisos que todo es posible si tienes coraje.

“El verdadero valiente no es el que no tiene miedo, sino el que lo domina”.

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Prólogo de la autora