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La Señorita Penwitt

- ¡Estoy harta de tu incompetencia! Esto colma mi paciencia. Luana, estás despedida. - ¿Cómo? No es posible. Pero, pero,… ¡no puedo perder mi empleo ahora! - Es mi última palabra. Daré las órdenes oportunas para que tengas el finiquito preparado al terminar el día. - Es usted… odiosa. La secretaria solloza camino de la puerta. Se vuelve y levanta el dedo índice amenazador. - Ahora puedo decírselo a la cara. No es más que una reprimida que solo encuentra placer en pisotear a todo aquel que le sale al paso. Algún día encontrará la horma de su zapato. - Cierra la puerta al salir. La jefa mantiene los ojos endiabladamente fríos, como siempre que toma una decisión grave. (Media hora más tarde) - Luana, ven a mi despacho. La secretaria aparece en el umbral con el semblante pálido. - Necesito que me pases esto en limpio. Que sea tu último día aquí no quiere decir que lo vayas a pasar sin dar golpe. Ah, y quiero que me pongas con el Sr. Falcon, el Sr. Poters y el Sr. Smith de Colorantes Mercury, por este orden. ¡Rápido, que no tengo todo el día!


La secretaria sale del despacho, se sienta frente a su mesa, resopla, lanza los folios sobre la bandeja y coge el teléfono. (Veinte minutos más tarde) - Luana, no me pase más llamadas. Voy a estar ausente durante una hora. (“¿Ausente? Tú lo que vas es a tomar el almuerzo en Martin’s con aquellos tipos de Morton & Morton. Si lo sabré yo”, piensa la secretaria. Vuelve a tomar el teléfono. (Hacia las dos, cuando la jefa regresa del almuerzo) - ¿Alguna novedad? ¿Alguna llamada? - No, nada. Encima de la mesa tiene aquello en limpio. ¿Alguna cosa más? La jefa lanza una mirada de conmiseración. - No, nada por ahora. Echa a andar por entre las mesas de los oficinistas con la total seguridad de que los ojos de ellos están posándose en ella. Se siente orgullosa de su cuerpo y de su elegancia al vestir. Se siente poderosa. Abre la puerta de su despacho y se mete dentro. Sentado detrás de su propia mesa, un individuo vestido con chaqueta de cuero negro y gafas de sol levanta la cabeza y la mira. - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?


- Soy un amigo de Luana. Me ha llamado para decirme que usted acaba de despedirla. ¿Es eso cierto? - Ahora más que nunca. Haga el favor de salir de mi despacho. ¿Quién le habrá dado permiso para entrar y tomarse estas libertades? Luana, claro. Voy a llamar a seguridad. Una fría y cortante presencia se hace notar en su garganta. Ha aparecido de detrás. No se había fijado que hubiera nadie allí, tras la puerta. Ésta chirría débilmente hasta cerrarse. - ¡De rodillas! La voz profunda del propietario de la navaja resulta terriblemente convincente. - Yo de usted obedecería. Mi amigo no está de muy buen humor hoy. La mujer hinca sus rodillas en el suelo. - Srta. Luana, no nos pase más llamadas. Estaremos ocupados durante un ratito. El que está sentado detrás de la mesa ha hablado por el interfono. Se pone en pie y se acerca. - Vaya, vaya. Mira lo qué tenemos aquí. ¿Tú qué piensas? - No está mal para ser una chupatintas. La mujer intenta decir algo pero el filo se hunde opresivamente en su garganta. Las manos del que está frente a ella descienden. Agarra la chaquetilla de la mujer por las solapas y la abre lentamente. El acto reflejo de ella por evitarlo tiene poca duración. La intimidación del


filo es demasiado poderosa. El tipo termina de sacar la chaquetilla y la lanza sobre una silla. No pierde el tiempo. Tira del lazo que ella luce en el cuello hasta deshacerlo. - Por favor, por favor. No me hagan daño. - Shhhh. Sus dedos van desabrochando uno a uno los botones de la blusa. Al alcanzar la cintura, donde la prenda se hunde bajo la falda, de un tirón la saca del todo. Termina con los dos botones que ahí se escondían. Abre la blusa y observa complacido la imagen que se revela. - Hay que reconocer que estas tías saben vestir por dentro y por fuera. Con la tranquilidad de quien tiene la situación bajo control, va llevando la blusa hacia atrás. En un momento dado, al llevar los botones de las muñecas aún abrochados, la prenda tira de los brazos de ella hacia su espalda. - Termina de sacarle la blusa. La cortante amenaza se esfuma de su garganta. La mujer, indecisa sobre la situación actual del arma, no se decide a gritar pidiendo auxilio. De cualquier modo, sería prácticamente imposible que nadie la oyera. Su despacho, como es conveniente por el cargo que ocupa en la empresa y por la delicadeza y confidencialidad de algunas conversaciones, está perfectamente insonorizado. La fuerza que desde las mangas de la blusa tiraba de sus muñecas hacia atrás deja de actuar cuando los botones se desabrochan. Su


libertad es pasajera ya que dos poderosas manos se aferran a sus brazos. El de delante se hace con el cierre de la falda. Lo va abriendo. Desciende la cremallera lateral. Sin la tensión, la prenda, cae sobre las rodillas descubriendo gran parte de las bragas. El que está frente a ella pone una mano en un bolsillo y extrae algo que, con un chasquido y una elongación repentina, se descubre como una navaja automática. - No me hagan daño, se lo suplico. La navaja se acerca a la garganta de ella. La punta de desliza suavemente sobre su piel. De repente, se mueve bruscamente. La mujer suelta un quejido aunque no ha sentido dolor alguno, más bien una sensación de libertad en su pecho. Acaba de cortar la parte central del sujetador y este se ha abierto de par en par. - ¡Dios mío, no! Susurra ella viendo sus senos al aire libre. La punta de la navaja se acerca peligrosamente de nuevo. - Por favor, no, no. Roza el seno hasta llegar al pezón. Ella tiembla y solloza. El roce contra tan sensible zona es muy débil. Aún así, la angustia se apodera de la infeliz. No osa ni respirar. Tras varias circunvalaciones el pezón se eriza enormemente. La molestia se agudiza más y más cuando, de repente, el frío roce se torna húmedo, cálido y suave. El tipo ha acercado su boca y está lamiéndola. La sensación que ella percibe ahora es, además de menos peligrosa, menos desagradable.


- Está buena, ¿eh? El de su espalda parece impacientarse al ver lo que hace su compinche. - Tranquilo, ya llegará tu momento. Tenemos tiempo de sobras. Con una mano soba el otro seno. Ella no quiere mirar. Trata de liberar sus manos y no lo consigue. - Haz que te la chupe. Quiero ver lo que sabe hacer. - Ya has oído a mi compañero. Dice bajándose la bragueta y sacándose un más que prominente pene. - No, eso no, por favor. Um, um,… Consciente de lo inútil de resistirse, abre los labios facilitando el paso. El tipo menea las caderas. La punta de su miembro se adentra y se aleja lentamente. Ella soporta estoicamente tanto los manoseos sobre sus senos como aquella asquerosa presencia en su boca. - ¡Qué boca de mamona! Ahora yo, ahora yo. El timbre del interfono les sorprende. - Srta. Penwitt, Srta. Penwitt, llamada por la dos. Es del Sr. Evans. Dice que es importante. - ¿Qué hacemos? Pregunta uno. - Está claro, ¿no? Ante todo mantener la calma. Contesta el que parece el líder.


Saca su pene de entre los labios de ella y, alargando la mano, se hace con el teléfono. Presiona la parpadeante luz del botón del aparato y acerca el auricular al rostro de la mujer. - Sí… dígame. Penwitt al aparato… ¡Ah!… Ella trata de mantener una conversación coherente, algo complicado teniendo en cuenta que el impaciente de su espalda acaba de penetrarla aprovechando el leve arqueo del tronco que ha adoptado ella para contestar. - No, ahora no es el mejor momento para decidir sobre…. ese… tema. Ya le llamaré más,… más,… más tarde. El tipo que sostiene el teléfono cerca de sus labios y el que la está penetrando se sonríen maliciosamente. El chapoteo de las entradas y salidas de su sexo se hace más patente a medida que discurren las penetraciones. - Más… más tarde le digo. Lo… siento… lo siento pero tengo otra… llamada. Descuide, descuide… déjelo en mis manos. Adiós. El líder cuelga el teléfono y, sin pérdida de tiempo acerca su miembro a la boca de ella. - Y ahora, hijos de puta, terminemos con esto de una puñetera vez. Um, um,… Es ella misma quien abarca el pene con sus labios y empieza a succionarlo con determinación. - Eso es mamona, sigue, sigue. ¡Qué bien, qué bien!


Los jadeos de los dos tipos se adueñan de la estancia. El que la penetra hace rato que ha dejado de sujetar sus manos para aferrarse a sus caderas. Ella se acaricia el sexo y los huevos del que está enfrente. Un leve crujido hace que ella dirija la mirada hacia la puerta. Está entreabierta y, por la pequeña obertura, asoma el rostro sonriente de la secretaria. - Ya os dije que era una auténtica zorra. Susurra a los dos asaltantes antes de volver a cerrar la puerta. - ¡Menudo chochazo tiene la tiparraca esta! ¡Cómo se traga mi polla! - Y qué decir de su boca. Esta puede con nosotros dos y con dos más si los hubiera. Si ellos tal vez parecen algo menos animados desde la aparición de la secretaria, ella rezuma excitación. Gime y se contorsiona con mayor afición lanzando su cuerpo contra ambas vergas. Unos dedos se hunden en el sexo con rapidez y la tensión se apodera de sus músculos. No puede continuar la felación porque el orgasmo la está fundiendo. Ahora son ellos los que tienen que moverse para adentrarse en ella. - Um, ah, ah,… Sus piernas flaquean. Las manos en sus caderas se ven obligadas a ejercer mayor fuerza de sostén. Se siente transportada. No tarda en notar el frío contacto de su mesa en su espalda. Dejan que su cuerpo repose sobre ella y, mientras uno la penetra frontalmente, el otro sigue empeñado en alcanzar el placer frotando su miembro contra sus labios.


Una vez en la vertiente decadente del clímax, la mujer agarra el pene con ambas manos masajeándolo poderosamente a cada succión. No tarda en notar la dureza y nerviosismo de ese pedazo de carne, alcanzando el límite máximo. - Ya voy, ya voy… Un torrente cálido y lechoso llena su boca. Deja que fluya por la comisura de sus labios y caiga sobre la mesa. Los espasmos posteriores producen menor cantidad de semen hasta que, la disminución de la dureza y grosor indican claramente que aquello ya se halla en su fase terminal. Algo que no parece cercana para el que la penetra y que ahora puede ver con mejor detalle por primera vez desde que comenzó la pesadilla. Es un tipo corpulento, alto y más bien grueso, con cara de pocos amigos y aspecto poco despierto. Por contra, dispone de un aparato de un calibre a tono con su envergadura. Aunque se mueve con soltura, no parece muy diestro. - ¿Te falta mucho, campeón? - No me metas prisa. Ya sabes que cuanto más me agobien, más me va a costar. Deja de penetrarla. Coloca los pies de ella en el suelo y le hace darse la vuelta. Con la barriga apoyándose en el borde de la mesa, la inclina hasta posar los pechos, le separa las piernas y la penetra de nuevo. - Así, así me gusta más follar a las potrancas como ésta. Se le ve distinto. Su cintura se mueve con mayor horizontalidad y parece más concentrado en la labor. La mujer mantiene las manos


atrás luchando por frenar la potencia de las fuertes embestidas, algo casi imposible. Suena de nuevo el interfono. - Srta. Penwitt, el Sr. Graham por la uno. - ¡Oh, no. Ahora Graham no! A pesar de sus protestas, el auricular acaba junto a sus labios. - Dime, Graham. Se mantiene en silencio durante varios segundos. - ¿Tú crees que estas son horas para este tipo de llamadas? Te tengo que colgar. No, no quiero oírte. Cuelgo, ¿me oyes? En vez de eso, el líder presiona el botón del altavoz y cuelga el auricular. Se escucha al interlocutor en toda la estancia. - Vamos, no seas tonta. Siempre dices lo mismo y nunca cuelgas. ¡Con lo cachonda que te pones! Lo haremos esta noche. Ya he quedado con los Harris y los Burke. Ponte el vestido negro, el del escote generoso. No te sacarán los ojos de encima en toda la velada. No me hagas la faena de ponerte bragas porque me obligarás a tener que rompértelas, como el viernes pasado. ¡Qué equivocada estabas si creías que eso frenaría mis ímpetus! Resulta terriblemente morboso saber que los maridos te desean y tú no llevas nada debajo. Les pones a cien. Y cuando, al final, nos quedamos solos en tu apartamento, el polvo que te meto es de los que hacen época. Las risas de los dos asaltantes asustan a la mujer. El tal Graham podría oírlas.


- No puedo. Hoy me será imposible. Tengo trabajo que hacer en la oficina. - ¡Que no me entere que tienes un lío con alguien de ahí! Con lo celoso que soy, sería capaz de cualquier barbaridad. - ¿Qué diablos quieres que pase en la oficina? Tus temores son imposibles aquí. Es lo más aburrido que hay en el mundo. El cinismo acaba de adueñarse del despacho. Ella aún tiene los labios pringosos de semen mientras el otro tipo sigue penetrándola. - ¿Sabes qué me gustaría? Que nos sucediera lo del otro día en el aparcamiento del cine. - ¡Cállate! - No. La broma me costó el reloj de Cartier y doscientos dólares pero valió la pena. Aquel ladronzuelo apuntándonos con aquel revólver viejo. Tú dándole el collar mientras sus ojos no hacían sino comerte el escote. No pude evitar estremecerme viéndole tan interesado en ti y tú sin bragas. Cuando nos hizo ponernos de espaldas, temí que llevara a cabo el deseo que se leía en su rostro. Le imaginaba amenazándote con el revólver mientras tú misma te levantabas la falda. Al ver tu desnudez se apresuraba a sacársela y a poseerte a escasos centímetros de todos los demás. Por eso, cuando oímos sus pasos lejanos y nos dimos la vuelta, mi polla estaba apunto de estallar. Aquella noche follamos como dos animales. ¿Eres capaz de negar que también a ti te excitó aquello? - Eres un degenerado, ¿no te lo habían dicho? El que la posee acelera sus movimientos, se arquea y descarga hundiendo sus uñas en las nalgas de ella. - ¿Cómo puede decirme esto alguien quien disfruta haciéndolo vestida de colegiala y llamándome tío Markus? Esta noche sin bragas. No me falles.


Un clic da por finalizada la conversación. El tipo cierra el interfono. - ¡Menudo elemento ese tal Graham! - ¡Y menuda esta! Se separan de ella y se apresuran a adecentar su aspecto. - Hijos de perra. Esto no voy a olvidarlo nunca. - Es precisamente lo que queríamos. Abren la puerta y desaparecen. Ella se apresura a cerrarla y a limpiarse el cuerpo. Se viste y se sienta en el sillón tras su mesa. Un potente cansancio hace mella en ella. Cierra los ojos y deja que el sueño barra dulcemente las emociones que caóticamente deambulan por su cuerpo. Unas sacudidas en su hombro la devuelven a la realidad. - Señorita Penwitt, se ha quedado usted dormida. Se incorpora sobresaltada. Su secretaria se halla junto a ella con cara de asombro y preocupación. - ¿Qué hora es? - Son las dos y diez de la tarde. - ¿Cómo? No puede ser. Pero si… deberían ser… por lo menos las…. - Minuto más, minuto menos. Mire. El reloj de pulsera marca esa hora. Sale del despacho para mirar el enorme reloj de pared de la sala. Coincide. Una ojeada alrededor


termina por convencerla. Los empleados son todavía los del turno de la mañana. Entra de nuevo en el despacho tocándose el cuerpo con ambas manos. Es como si necesitara cerciorarse de que su piel niega todas las experiencias de segundos antes. Se sienta en el sillón. La secretaria la mira atentamente. Espera. - ¿Qué miras? - Quisiera… le rogaría… - ¿Qué, qué? - Que reconsiderara su decisión de antes. Necesito este trabajo. Yo… - ¡Cállate! Repasa cada pliegue en el rostro de su secretaria. Todos confirman ignorar su “aventura” con aquellos dos. ¿Habrán sido imaginaciones suyas? ¿Mala conciencia tal vez? - Puedes seguir con nosotros. Pero otro error como el de antes y… Y… no puede evitar un escalofrío recorriéndole el cuerpo bajo el vestido. Algún día, finalmente se decidirá a despedir a su incompetente secretaria. Entonces, por si acaso, procurará no olvidarse de venir a la oficina llevando puesto el vestido negro escotado sin braguitas debajo.

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La señorita penwitt  
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