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"LA VERDADERA HISTORIA DE LOS REYES MAGOS" (Un relato corto de Carlos Muñoz González)


Capitulo I No me conocéis, aunque yo a vosotros sí, a todos vosotros. Es posible que alguna vez hayáis visto mi sombra durante un instante entre los visillos de la habitación o tal vez, escuchado unos pequeños ruidos cerca, muy cerquita de vuestra cama; suaves sonidos de paquetes que se mueven, de lazos que se anudan... ¿Cómo es eso posible? Os preguntaréis. No, no me miréis con esa cara. Claro que es posible y bien posible, de hecho, ha sucedido y sucede desde hace exactamente dos mil diez años, y claro, seguirá sucediendo. Creo que me estoy poniendo un poco misterioso, ¿No?. Sí creo que sí... Bueno pues, Alehoopp!!. Mi nombre es Ishmin, aprendiz desde hace muchos muchos siglos del mayor mago que ha existido y existe: El Gran Bel-Sar-Utsar, vosotros le llamáis Baltasar; y desde la fecha más hermosa, desde aquella primera noche en que movidos por un sueño, el mayor de los milagros, una estrella de luz blanca y alegre y toda la esperanza del mundo, regalamos a un pequeño niño pero tan grande a la vez, un cofrecito lleno de Mirra; repartimos regalos a todos los niños del mundo y también a todos aquellos que aún siendo mayores, guardan en su corazón la inocencia que hace falta para creer sin tener que ver. Es por eso, claro, que en la madrugada del seis de enero de cada año, me cuelo mágicamente en vuestras casas...nos colamos quiero decir, porque somos muchos los que tenemos que trabajar esa noche: Magos aún jóvenes, como yo y ayudantes y pajes que mi Maestro y sus compañeros también magos han transformado por unas horas de pájaros a hombres alados y que vuelan de un lado para otro de vuestras casas colocando libros y juguetes a la velocidad del rayo y en el mayor de los silencios posibles. Y, cuando vosotros abrís los ojos al día siguiente, llenos de nervios e ilusión, nosotros ya nos hemos ido, dejándoos, más o menos, por que no somos perfectos, los regalos que habíais pedido en vuestras cartas... Las cartas a los magos...Por favor, recordadme que luego os cuente el misterioso proceso que siguen mi Maestro y sus dos compañeros, que por cierto se llaman Teokeno –el gran Brahmánindio del que luego os hablaré, más conocido como Melchor- y Mensor –uno de los siete sabios de la Medos de la legendaria ciudad de Ecbatana y único conocedor del poder de la duplicación de las cosas; llamado también Gaspar-, para leer millones y millones de cartas en unos pocos días y saber exactamente qué es lo que pedís cada uno... ¿Os he dicho el nombre de mi Maestro?....Si, creo que sí.... Bel-Sar-Utsar.... Los dos procedemos de la antigua ciudad de Babilonia, un lugar maravilloso, sí señor, con sus jardines colgantes, sus imponentes murallas... En la actualidad, la ciudad ha desaparecido por completo, al menos a los ojos de los humanos que sólo ven si acaso un montón de ruinas y pedruscos, ya que Babilonia sigue existiendo con el mismo esplendor de siempre cubierta baja una capa de invisibilidad que mi Maestro creó hace unos cuántos siglos utilizando, un milenario hechizo llamado "De la Luz rebotante".


Bel-Sar-Utsar es mi maestro desde que yo era un niño como vosotros, hace ya... ¡Uff, casi ni me acuerdo!. Yo había quedado huérfano y pedía limosna por las calles de Babilonia. De puro delgado que estaba parecía una raspa de sardina. Cierto día, Bel-Sar-Utsar, pasó delante de mí montado en un imponente camello blanco. Se paró y mirándome con muchísima ternura me preguntó con una voz muy grave pero de tremenda dulzura: -Estoy buscando un aprendiz...¿Quieres serlo tú?. No tuve que responderle pues él ya sabía de sobre que había aceptado. Sígueme, anda, vamos a mi casa...Eso sí, lo primero al llegar, lávate y quítate esos andrajos que llevas. -Si, si amo... lo que me digáis. –le respondí alto temeroso-. -No me llames amo, yo no soy el amo de nadie, llámame Maestro, pues desde el día de hoy es lo que seré. Y los dos; Bel-Sar-Utsar montado en su camello blanco y yo tras el hermoso animal, nos dirigimos hacia la su casa, un pequeño edificio situado en la parte más alta de la ciudad y con el tejado en forma de burbuja. Capítulo II. De aquel primer día ha pasado mucho, muchísimo tiempo; a pesar de todo todavía sigo siendo el aprendiz de Bel-Sar-Utsar. ¿Pero cómo es posible? Os preguntaréis y con razón. Veréis, os lo explicaré: En Babilonia y creo que en todas las partes del mundo, los magos tienen un proverbio que repiten una y otra vez a sus discípulos: "El aprendiz deja de ser serlo cuando ha comprendido todas y cada una de las cosas que su maestro le ha enseñado. A partir de ese momento el discípulo se convierte en Maestro ya que, desde ese instante sólo puede enseñarse a sí mismo." ... Y para seros sinceros, ése aún no ha sido mi caso. Todavía me quedan muchas cosas por comprender de mi Maestro, a decir verdad la inmensa mayoría. El caso es que aquí estoy, ayudando a Bel-Sar-Utsar en todas la faenas que encomiende y sobre todo en la que se avecina estos días; la gran misión de mi maestro y la de sus dos amigos, los magos de los que antes os he hablado; tres poderosos, sabios y buenos hombres unidos para siempre por la misión más hermosa que existe: Proporcionar felicidad a los más inocentes. Hoy es catorce de diciembre en la medida de tiempo que vosotros utilizáis y mi maestro, como todos los años, día arriba día abajo, ha tenido el gran sueño revelador: Un niño desnudito se le aparece, abriéndose paso entre las flores de un verde e inmenso prado. Se sienta en el suelo y con una voz venida del azúcar le dice. " Bel-Sar-Utsar, es la hora. De nuevo el momento ha llegado. Parte pues en breve y ve en busca de tus compañeros. Ve Bel-Sar-Utsar, ve"... A partir de ese momento todo son prisas. "Ishmin, prepara los camellos, Ishmin prepara los sacos, Ishmin búsca el bastón de mago y guárdalo en el cofre dorado, Ishmin, Ishmin, Ishmin...."


Y yo de un lado para otro...Para arriba, para abajo...Con razón mi Maestro nunca se pone nervioso. Mientras coloco sobre las alforjas del camello de Bel-Sar-Utsar, un pequeña caja llena de "esencia de río" –el mejor antídoto contra las tristeza-, veo llegar por el cielo a la enorme aguila "Berberiar" el aprendiz del mago Mensor –que no os parezca raro, los aprendices de mago no tienen que ser obligatoriamente humanos, puede serlo cualquier ser, hasta una pequeña hormiga-, acercándose hacia mí y proyectando su enorme sombra sobre el suelo. Un poco antes de llegar al suelo Berberiar frena casi en seco su caída y se posa junto a mí, sobre la rama de un gran castaño. -¡Que bueno verte de nuevo Ishmin! –dice Berberiar abriendo del todo su pico amarillo y abriendo sus ojos que todo lo ven, más que nunca-. -Hola Berberiar, amiga! Me acerco a ella y nos saludados. -El saludo entre aprendices es muy curioso. Nos colocamos uno en frente del otro y sin tocarnos pronunciamos tres veces las siguientes palabras "Tú mi amigo, yo, tú y tú todos"-. Después de eso, ya podemos continuar charlando. -Imagino lo que te trae por aquí amiga...Es el sueño, ¿no?. ¿Tu Maestro también lo ha tenido?. -Así es Ishmin, el pequeño niño ya se le ha aparecido a Mensor. Anda como un loco de atar preparándolo todo, ya sabes que al contrario de tu maestro, al mío no le gusta que nadie, ni siquiera yo, toque sus cosas...Entre tú y yo...creo que es un poco maniático... -Pues no sabes la suerte que tienes Berberiar –le respondo sonriendo-, el mío es de los más comodón!. Barbariar también sonríe, al estilo ave claro; abriendo mucho el pico y parpadeando muchas veces los ojos. -Bueno Ishmin –dice Berberiar- se acabó la risa –las grandes águilas siempre tan formales...-, tengo que volver rápidamente con mi maestro. Transmite a Bel-Sar-Utsar que en pocos días mi Maestro llegará al punto de encuentro de todos los años y que estará, como siempre a la hora prevista. Os ruega que no os demoréis...como siempre... -Esto último creo que no se lo diré al Maestro, Barbariar... -No creo que no Ishmin, creo que no...Por cierto habéis recibido noticias de Teokeno?. -No, todavía no, y mira que me extraña, siempre es el primero en dar la señal...Le habrá pasado algo?.

Capítulo III Teokeno, el bueno del Teokeno; el gran Santón, siempre solo, únicamente rodeado por sus bosques, los densos bosques que pueblan el Noroeste de la India. Se pasa todo el día entre árboles, buscando flores y plantas para realizar sus extraordinarias pócimas y ungüentos. Sólo él es capaz, mediante la aplicación del famoso emplasto de "la segunda oportunidad" – elaborado con más de mil hierbas- sobre las heridas, de hacer brotar un brazo nuevo a alguien que acaba de perderlo e incluso una cabeza, si la original está recién cercenada.


Durante muchos siglos Teokeno acudió a los campos de batalla, salvando a muchos guerreros y soldados de una muerte cierta, más no de la locura de los hombres que les impulsaba a seguir luchando y peleando entre ellos. Cansado de todo aquello Teokeno se aisló del mundo y de las gentes, conservando nada más que a dos amigos: A mi Maestro y al mago Mensor, los únicos que podían entenderle. El no tiene aprendiz, siempre nos dice a Berberiar y a mí en las noches que nos unen camino de nuestra gran misión "para qué voy a tener un discípulo, a ver, ¿Para qué?, si nunca entendéis ni la mitad de cosas que os intentan enseñar vuestros maestros. Yo para eso ya tengo a mis árboles, ellos nunca dicen nada, pero lo dicen todo. Haced la prueba: Buscad un árbol, el que más os guste. Después, sentaros a su lado y esperad, no importa el tiempo que haga falta. Llegado un punto en árbol entrará en vosotros y entonces comprenderéis que ellos son los verdaderos Maestros y nosotros, yo incluido, nada más somos pequeñas hormigas que trepan por su tronco...¿Lo habéis entendido, no?. Y Berberiar y yo siempre nos miramos, sin haber entendido una sola palabra. -¿Lo veis porqué no quiero un aprendiz? –dice Teokeno, algo enojado- sois una pandilla de ignorantes. Teokeno, por su condición de Brahmán–distinta a la de los magos, ya que un mago adquiere su sabiduría mediante el conocimiento y el Brahmán absorbe su saber de manera innata, de la propia naturaleza- es el primero que siempre recibe al niño de los sueños. Por eso nos extrañaba mucho que aún no supiéramos nada en absoluto de él. -Estoy empezando a preocuparme Berberiar, es muy raro no tener ni una sola noticia de Teokeno –le dije a Berberiar acariciándole la cabeza-. -No te preocupes, hombre, ya sabes que los Santones como él son duros de pelar. Se habrá entretenido charlando durante un rato –para Teokeno un rato abarca desde un segundo hasta tres años- a la gran higuera de los "Tres Ojos" –para quién no lo sepa "Tres ojos" es el árbol que sabe todas las preguntas y Teokeno antes de comenzar al gran viaje, siempre se pasa a hacerle una visita-. Iba a comenzar a hablar, cuando una suave brisa invadió el patio de naranjos de la casa de mi Maestro. -Aquí está Ishmin, ya tenemos noticias suyas. Aquella brisa meció suavemente a los naranjos que, al instante, comenzaron a mover sus ramas, lo mismo que brazos, haciéndonos gestos para que nos acercáramos a ellos. Eso hicimos y al instante dentro de nuestros pensamientos apareció la cara de Teokeno, sonriente que nos hablo: "Ya me he puesto en camino amigos, transmitid a vuestros amos la noticia, pronto me reuniré con ellos y con vosotros. Saludos". La imagen desapareció de nuestras cabezas. -¿Lo ves? –me dijo Berberiar- Ya te dije que no había que preocuparse. Yo sonreí aliviado. -Bueno Ishmin. He de irme. Aún me quedan muchas cosas por hacer y mi Maestro cada vez estará mas nervioso. Me voy. Recuerda Ishmin: en unos pocos días, donde siempre. Transmíteselo así a tu maestro.


-Así lo haré Berberiar. Que tengas buen vuelo de regreso, amiga... -¡Gracias Ishmin!. Y abriendo y batiendo sus poderosas alas, Berberiar se elevó lentamente en el cielo, dio un par de vueltas sobre nuestras casa y desapareció planeando en dirección Sur. Capítulo IV. Dejé el patio y subí corriendo las escaleras de caracol que conducían a la sala de magia, el lugar en donde mi Maestro realiza sus experimentos, pociones y sortilegios, para transmitirle las nuevas noticias. Encontré la puerta cerrada, señal inequívoca de que Bel-Sar-Utsar estaba trabajando. Nunca se le puede molestar cuando trabaja pero, como me pareció que lo que tenía que decirle era de gran importancia, tomé aire y golpeé dos veces la puerta con mi puño. -Maestro... No respondió. Insistí y volví a golpear otras dos veces la gruesa puerta, esta vez con más fuerza, por si el Maestro no me había oído. -¡Maestro, Maestro, soy yo, Ishmin... Iba a seguir hablando cuando, la puerta de abrió de improviso apareciendo frente a mí Bel-SarUtsar, mirándome con ojos de enfado y tocando con delicadeza la empuñadura de su bastón de mago –que no es si no el ojo cristalizado de un Roc-. -¡Pero es que no te tengo dicho que NO SE ME MOLESTE cuando esta puerta –y señaló la puerta con el dedo índice de su mano izquierda- esté cerrada!. Espero que sea algo muy importante Ishmin, muy importante. Con la cantidad de cosas que he que hacer en estos días, todavía sin noticias de mis compañeros y encima.... A Bel-Sar-Utsar, tampoco le gusta que le interrumpan pero, en ese momento lo vi necesario. -Eso es lo que venía a decirle Maestro. Ya tenemos noticias de ellos... -¿Ah, sí? respondió mi Maestro, cambiando el semblante de enfado por otro mucho más relajado mientras se colocaba un poco más hacia atrás el fabuloso turbante de seda roja que llevaba en la cabeza... ¿Y cuáles son esas noticias Ishmin?. -Señor, Mensor estará en pocos días esperándonos en el oasis de Al-krekhu a medio camino entre aquí y la ciudad de Sippar. Berberiar ha estado aquí hace bien poco y me lo ha dicho... -¿El aprendiz alado de Mensor, no?. Muy buen discípulo tiene mi amigo en él, con grandes virtudes. Deberías aprender algunas cosas de él –dijo Bel-Sar-Utsar, esperando en mí provocar cierto sentimiento de envidia que evidentemente consiguió. -Sí, además es un buen amigo, Maestro –le respondí yo mordiéndome un poco los dientes-. Bel-Sar-Utsar se echó a reír.... -Ja, ja, No te lo tomes así Ishmin. Era una broma. Para mí eres el mejor de los discípulos, ya lo sabes. Y acarició mi pelo con ternura


-Eso sí, hay que aplicarse más en los estudios... -Eeehh, claro, claro señor...-respondí yo mirando al precioso suelo de colores – -¿Y de Teokeno no se sabe nada?. -Maestro, el mago Teokeno también está en camino. Supongo que nos alcanzará más tarde, después de que el mago Mensor y nosotros señor, estemos juntos formando una única caravana. -¡¡¡Estupendo!!! –grito mi señor lleno de alegría- El destino nos lleva de nuevo, una vez más por el camino bueno... Ishmin, somos muy afortunados de que Dios no haya encargada una misión tan importante. Bel-Sar-Utsar pronunció unas frases en un idioma para mí completamente desconocido y al punto una esfera brillante surgió flotando entre nosotros. Nunca antes mi maestro había conjurado aquel hechizo... -¿Sabes lo que es esto, discípulo? Yo me acerqué un poco más a la esfera para intentar ver un poco más de ella. En su interior cientos de miles de pequeños puntos de luz iban de un lado para otro, lo mismo que los renacuajos en una charca. -No tengo ni idea de lo que es Maestro... -Son todos deseos de los hombres de esta tierra, especialmente de los niños –respondió mi maestro, mostrándome con una enorme sonrisa que dejaba ver sus enormes dientes blancos y que contrastaba con el negro de su piel, el gran corazón que en él habitaba-. Nosotros como magos que somos debemos de intentar cumplirlos, Ishmin. Somos hombres de ciencia, sabios...tenemos la obligación de ayudar a todo aquel que lo necesite... Yo le escuchaba con la boca abierta, pensado lo grande que era el hombre que tenía delante de mí. A pesar de su juventud, ya que mi maestro aún no había cumplido los veinticinco años, reunía en su alto y fuerte cuerpo de ébano la sabiduría de toda la humanidad... -Mañana al alba partiremos al encuentro de Mensor. El oasis de Al-krekhu está a cuatro o cinco días de aquí. Llegaremos a tiempo, seguro. Imagino que todo estará listo, ¿Verdad Ishmin?...¿La caravana está preparada?... -Sí maestro, todo está a punto: Sesenta camellos de los más puros y fuertes, cargados con agua y víveres para más de treinta días, un séquito de treinta y cinco sirvientes y camelleros, siete músicos y tres danzarinas, su tienda de viaje, diez baúles cargados con sus mejores vestidos y sedas...no recuerdo nada más... -Estupendo Ishmin...¿Y los regalos? ¿Imagino que también estarán a punto? Bel-Sar-Utsar frunció un poco el ceño esperando una respuesta rápida. -También maestro. Mandé emisarios hace unas semanas a Hadramut, la ciudad amurallada de altas casas y nobles gentes, para que fueran organizando una caravana de más de cien camellos cargados hasta los topes de presentes y ofrendas para todos los niños y hombres de corazón puro, y especialmente tres pequeños cofres para el Salvador; el Niño Dios. Yo calculo que, saliendo mañana, nuestra caravana y la de los regalos se juntarán a buen seguro cuando entremos en el reino de Judea, cerca ya de nuestro primer destino. Iba a seguir hablando pero Bel-Sar-Utsar, me interrumpió, pensando en voz alta. -Oro, incienso y mirra, los tres presentes para el Salvador....los tres símbolos.


Mi Maestro se quedó mirando hacia dentro de sí mismo pensando en lo que acababa de decir: En el oro, el metal más valioso, símbolo del Rey que estaba a punto de llegar. El incienso, mezcla de plantas aromáticas que purifica el aire, llenándolo de luz, símbolo de Dios. Y la Mirra, la rojiza y valiosa resina, usada para la elaboración de perfumes y medicinas, símbolo del hombre nuevo que está a punto de llegar. Bel-Sar-Utsar salió de sus pensamientos. -Vete a descansar Ishmin, el sol está cayendo y a partir de mañana nos esperan jornadas largas y duras, ande ve... -Sí Maestro. Que descanse. Antes de que me diera la vuelta Bel-Sar-Utsar cerró la puerta de su laboratorio. A buen seguro que él no dormiría en toda la noche. Yo tampoco pude descansar apenas. Desde la ventana de mi estancia, tumbado sobre mi lecho, contemplando las estrellas y sintiendo la brisa de la noche, solamente podía imaginar todas las aventuras, sitios y gentes que nos aguardaban en nuestro largo camino. Capítulo V. Partimos antes de que saliera el sol, cuando la ciudad aún sueña y el bullicio de las calles y plazas es muy escaso. Avanzamos por la gran Avenida principal de Babilonia, la que desemboca directamente en la Puerta principal de las murallas. Las murallas de Babilonia, ciudad maravillosa, llena de maravillosas visiones y obras: el templo de Belo, el palacio real con los jardines en el aire, los diques y los muelles del rio, el lago y los canales...y las prodigiosas murallas... Según me ha contado mi Maestro, que aparte de mago es también matemático e ingeniero, tienen ochenta y siete pies de grueso, trescientos cincuenta de altura, cuatrocientos ochenta estadios que hacen veinte leguas de circuito y forman un cuadrado perfecto, teniendo cada lado ciento veinte estadios, con veinticinco puertas en cada lado, todas ellas de bronce macizo. Una verdadera maravilla que hacen de mi ciudad una fortaleza inexpugnable. Al llegar a la enorme puerta, el grupo de soldados que la custodiaba, habló unos instantes con mi Maestro, preguntándole el motivo de su partida y el porqué de tan y tan lujosa caravana. El maestro, hombre muy respetado y querido en la ciudad y tenido por santo, no tuvo que dar muchas explicaciones, únicamente que partía camino de Jerusalén con el objeto de ver al Rey Herodes y ofrecerle sus respetos. Nos dieron paso franco y las enormes puertas, rugiendo como dos leonas hambrientas, se abrieron, dejando pasar a toda la caravana que, con pereza, salió poco a poco, dirigiéndose hacia el horizonte rojo del nuevo día. Montado en mi camello, miré hacia atrás varias veces, viendo como la ciudad se hacia cada vez más pequeña hasta que desaparecía entre las arenas del desierto. Respiré hondo y llené mis pulmones de aire fresco. Nuestro viaje acababa de comenzar y una gran emoción y nerviosismo me invadía.


-Tranquilo Ishmin –me dijo el Maestro que iba montado a mi lado en su camello blanco- dosifica tus emociones, si no, acabaras agotado al segundo día. El viaje hay que disfrutarlo y sobre todo éste, el mejor de todos. Asentí con la cabeza a las palabras de Bel-Sar-Utsar y acaricié el cuello de mi montura con cariño. -Si Maestro, así lo haré, descuide. Bel-Sar-Utsar hizo una seña con su mano dando su aprobación y azuzó un poco a su cabalgadura para que ésta se colocase al frente de la caravana que, en fila india dibujaba una maravillosa línea clara sobre la rojiza arena del desierto. Tardamos cinco días en llegar al oasis de Al-krekhu. Capítulo VI El camino hasta allí es duro y pedregoso. Una llanura que se pierde en el horizonte nos confunde durante todo el trayecto. Mires donde mires; nada hay. Tierra seca y roja. Es invierno y aunque en las horas principales del día, la temperatura es fresca y suave y nos alivia del duro polvo del camino, al caer el sol, un mundo tan frío y negro como la muerte nos invade. Tenemos que cubrirnos con nuestros mantos y, aún así, cualquier ropa es poca. El maestro nos intenta animar contando historias y conjurando algún encantamiento de luces multicolores; nos enseña el nombre de todas las estrellas de la bóveda celeste. Todos miramos boquiabiertos los pequeños puntos de luz mientras admiramos la sabiduría infinita del Maestro. El lugar en donde los camellos se cansan, es el lugar en donde se monta el campamento: Primero se hace un buen fuego con la leña que tres de los camellos llevan a sus lomos; madera suficiente para seis días; después se monta la tienda del Mago y, a continuación la del resto de los hombres que forman parte de la caravana. Cuando todo lo demás está preparado, sobre las ascuas del fuego, hacemos la comida, la única comida del día; sobre unas piedras planas, colocadas junto al fuego, dejamos unas tortas de harina de trigo amasadas por nosotros mismos. Unos minutos es suficiente para que se doren. Mezcladas con miel o con leche de camella están deliciosas. Hace algunos años, toda esta tierra que ahora cruzamos fue escenario de cruentas batallas entre ejércitos de miles de hombres, de caballos, de carros. En esta tierra roja, a medio camino entre Babilonia y Sippar, miles de hombres fueron masacrados sin importar su raza y credo. La segunda de las noches el Maestro contó a todos los hombres de la caravana que formábamos un gran círculo en torno al fuego, como es tradición entre nuestro pueblo. -En noches como las de hoy, cuando el viento sopla del Norte y si tenéis un oído limpio y un alma blanca, podréis escuchar el fragor de la batalla, los golpes de espada contra espada, los lamentos de los moribundos, el relinchar de los caballos que se encabritan aterrorizados ante decenas de lanzas que le amenazan... Creedme amigos, compañeros, la guerra no es buena... No hay una sola razón que justifique que dos hombres luchen entre sí, ni una sola. He visto muchas cosas pero, ninguna de ellas tan mala como la crueldad humana.


Los tres días siguientes hasta llegar al oasis, lugar de reunión de las caravanas del mago Mensor y la nuestra fueron bastantes duros. Una serie de tormentas de arena nos desviaron bastante de la ruta establecida, perdiendo además, dos camellos cargados con alimentos y agua. Además el terreno se tornó más abrupto y escarpado, temiendo los hombres que fuésemos atacados por alguna banda de salteadores y ladrones, como era más que habitual en aquellos tiempos. El Maestro nos tranquilizó diciéndonos que últimamente aquellos parajes se habían limpiado prácticamente de todas aquellas bandas de maleantes ya que las legiones romanas habían establecido campamentos más o menos permanentes por los contornos de la región estableciendo puesto de guardia y destacamentos para proteger la rutas de las caravanas. He de decir que a lo largo de aquellos cinco días, no vi destacamento romano alguno, aunque las palabras de mi maestro, me tranquilizaron, tal vez, y en gran medida por que provenían de él y no de otro. Al quinto día de travesía, con las reservas de agua a la décima parte y los camellos con las patas llenas de llagas al no estar acostumbrados a pisar terrenos tan duros, uno de los guías divisó a lo lejos un pequeño punto que al principio nada significaba pero que, a medida que se iba haciendo más grande, tomaba las trazas del Oasis de Al-Krekhu, el lugar de encuentro con los amigos y primera gran parada del viaje. Toda la caravana estalló en gritos de Júbilo y alegría. Lo peor del viaje había pasado. A partir de aquí y con dos caravanas unidas el viajes sería mucho más llevadero a agradable. O al menos eso era lo que pensaba en aquel momento. Capitulo VII El punto en el horizonte se fue transformando en el vergel de palmeras y agua que conforma el maravilloso oasis de Al-Krekhu, el único lugar en donde puede cargarse agua y víveres en la ruta hasta Sippara. Es este un oasis habitado permanentemente, ya que bajo su sombra y frescor, se levantan un pequeño grupo de casas de adobe en las que viven no menos de cincuenta personas. Gente tremendamente hospitalaria que colma de agasajos al viajero sin pedir nada a cambio, sólo la voluntad, casi siempre igual de buena, del caminante. Poco antes de llegar, Berberiar, el gran águila, discípulo de Mensor, voló majestuosamente hasta nosotros, posándose en el brazo de mi Maestro y haciéndole la más sofisticada de las reverencias. -Bienvenido Maestro Bel-Sar-Utsar, gran mago de Babilonia, sabios entre los sabios... Bel-Sar-Utsar le interrumpió quitándose el embozo que cubría su cara de ébano y hablando pausadamente: -Hola Berberiar, joven discípulo de Mensor. Ya sé que las águilas tenéis innato la virtud de la suma educación y de la galantería pero, creo que nos conocemos lo suficientes como para que te ahorres tantos halagos de mi persona no?. Berberiar se quedó con el pico abierto de estupefacción, por primera vez en su vida sin saber qué responder. Toda la caravana había escuchado aquellas palabras y, a excepción de los camellos, todo el mundo tenía una sonrisa dibujada en la boca, algunos incluso carcajadas..


Viendo que Berberiar estaba empezando a ponerse colorada de la vergüenza –cosa por otra parte casi imposible en un pájaro-, mi Maestro prosiguió continuó hablando. -Bueno, está bien, ya basta, no incomodemos a un amigo. Bien Berberiar, veo que habéis llegado con buen pie al Oasis. Eso me llena de alegría. ¿Algún percance en la ruta?. Berberiar tomó aire. -No, mi señor, salimos de Ecbatana con días azules y con días azules y de buen viento para volar llegamos al Oasis. Perdimos algunos camellos y nos encontramos con una caravana de comerciantes que se dirigían a la ciudad de Kish, con un gran cargamento de Sedas e incienso. Buena gente. El maestro Mensor les dio un talismán de piedra rosa, para que su camino fuera bueno. -Me alegro mucho Berberiar –dijo Bel-Sar-Utsar-. Mensor... ¿Dónde está mi viejo amigo, Berberiar?, tengo muchas cosas que contarle y supongo que él a mi también.. -Así es señor. Mi Maestro le espera en su tienda, la que está montada junto a la gran palmera. -Voy para allá entonces –dijo mi Maestro, mientras que ponía a su camello casi al galopeIshmin, ocúpate de los camellos y dadles comida y agua, que te ayude Berberiar. Después de montad el campamento, acudid a la tienda de Mensor. Os estaremos esperando. Como discípulos nuestros tenéis que saber todo lo referente al viaje que nos aguarda. Y Bel-Sar-Utsar desapareció entre las primeras palmeras del Oasis camino de la tienda de Mensor. Berberiar y yo no miramos y, rápidamente, nos pusimos con las faenas. Estábamos ansiosos por llegar a la tienda del Maestro Mensor. Entrar en la tienda de un gran mago es un tremendo honor. Cuando terminamos, estábamos, llenos de polvo y barro y olíamos a camello más, mucho más, que cualquiera de nuestras cabalgaduras, de modo que nos acicalamos al menos un poco antes de entrar a tienda del Mago. -¿Qué crees que pasará a partir de ahora Ishmin? –dijo Berberiar mientras limpiaba sus plumas con el pico y abría sus alas y las sacudía para quitarse el polvo-. -No tengo ni idea –le respondí- pero estoy ansioso por saberlo, te lo aseguro. Antes de que el sol cayera, los dos estábamos ante la puerta de Mensor. Berberiar, como discípulo suyo fue el primero en hablar: -Maestro, soy yo, Berberiar, tu discípulo. ¿Podemos pasar?. Estoy aquí con el Ishmin el aprendiz de tu amigo Bel-Sar-Utsar... -Entrad, entrad, vamos...-Dijo una voz profunda que salía del interior de la suntuosa tienda-. -Es la voz del Maestro Mensor –me dijo Berberiar en voz muy baja, mientras me hacía gestos con el ala para que entrásemos-. La tienda era mucho más grande de lo que aparentaba por fuera. Toda ella estaba elaborada en una tela del color azul muy brillante y del techo colgaban dos grandes lamparones de bronce que pintaba el ambiente de una luz tan dorada como el oro. El suelo estaba recubierto de alfombras rojas y verdes y sobre ellas, decenas de cojines bordados en plata se repartían. Al fondo, sentados sobre dos pequeños taburetes de madera negra, los dos grandes magos charlaban animadamente.


El Mago Mensor. Un hombre muy alto, con una piel blanca y fina que contrasta tremendamente con la de mi amo, negra y brillante como el ébano. Sus ojos son tan grandes, que da la impresión que nada se les puede escapar y su rostro está vestido con una larga barba de color cobre al igual que su cabeza, que se cubre con una larga melena de fuego. El no lleva turbante como mi Maestro, sino una pequeña corona de seis puntas, decoradas cada una de ellas con los seis signos de la vida, a saber, -aire, agua, tierra, fuego, alma y mente-. Viste de manera sencilla; una túnica finca de seda negra y un manto rojo de un tejido algo más grueso y abrigado que le arrastra por el suelo. Berberiar entra primero. -Eeehhh, Maestro, aquí estamos... Mensor nos mira con sus enormes ojos y nos sonríe. -Pasad, pasad... y acomodaos. Ishmin aquí tienes un taburete y tú Berberiar, pósate aquí sobre este poste. Hicimos lo que nos dijo. Mensor guardó silencio hasta el momento en que todos estuvimos en nuestros lugares, después comenzó a hablar: -Queridos discípulos; Bel-Sar-Utsar y yo mismo tenemos buenas, muy buenas noticias para vosotros. Tal vez las mejores que se podían esperar. Hemos contactado con el gran Teokeno utilizando nuestros "anillos de unión" –los anillos de unión son tres aros, forjados en el principio de los tiempos, supuestamente por el primer mago que existió. Su nombre no es conocido por nadie, ni tan siquiera por sus tres poseedores, en cierto modo descendientes directos de él ya que entre los tres aúnan todo el conocimiento y la sabiduría-. Teokeno y su caravana pasó hace una semana por el gran monte Zard Küh. Allí como manda la tradición pasó bastante tiempo esperando que la profecía durante tantos siglos anunciada se cumpliera y... -¡Y SE HA CUMPLIDO! –interrumpió mi maestro a Mensor levantándose lleno de alegría y levantando sus enormes y musculosos brazos al cielo-. ¡Se ha cumplido! ¡La estrella ha aparecido por fin, el niño Rey está a punto de nacer. La estrella nos guiará hasta allí!, bendita sea esta tierra y todos los que la pueblan. Mensor no se levantó. El era un mago de más edad que mi maestro y no se podía permitir tales actitudes de juventud. Aun así, su cara reflejaba una tremenda felicidad. Tanto Berberiar como yo nos quedamos quietos, sin decir nada, disfrutando de aquel momento tan especial. -Lo que quiere decir Bel-Sar-Utsar es que el mago Teokeno ha divisado la estrella que nos guiará a nuestro destino. Es un milagro esperado durante tanto tiempo. Yo me adelanté unos pasos de mi amigo alado, acercándome a Mensor y a mi Maestro y les pregunté: -¿Y cuando podremos nosotros ver la estrella?. Bel-Sar-Utsar se acercó a mi. -Pronto Ishmin. Según los cálculos de Teokeno, la estrella será visible en el Oasis esta misma noche. En unas pocas horas su brillo nos llenará de alegría y podremos emprender de nuevo el camino.


-¿El camino de nuevo Maestro?...¡Pero si acabamos de llegar! -Lo sé aprendiz, lo sé, pero no hay otra solución. Recogeremos el campamento y partiremos en cuanto la estrella sea visible en los cielos. A partir de ahora ella será nuestra guía. Transmite a los hombres que no monten el campamento. En ese momento Mensor se levantó. -Situaremos vigías en los cuatro puntos cardinales, en el exterior del oasis. A la primera vista de la estrella partiremos. Berberiar que había permanecido en silencio hasta aquel momento, acercándose a su Señor le preguntó: -Maestro; ¿Y el mago Teokeno...Cuándo se reunirá con nosotros?. -Pronto mi joven amigo, muy pronto. Según sus cálculos nuestras dos caravanas y la suya confluirán en la ciudad perdida, aquella edificada por el gran Alejandro y de la cual nadie sabe su nombre y su paradero. Desde allí las tres caravanas serán una sola. -¿Y la caravana de regalos proveniente de Hadramut?. ¿Cómo sabrá donde encontrarnos Maestro? –preguntó Berberiar a su amo, abriendo al máximo sus redondos ojos de águila. Mensor se acercó a él y pidió a Berberiar que se posara en su brazo derecho. -Porque tú la guiarás, Berberiar. Mi joven aprendiz. Ya estás preparado para hacer muchas cosas importantes por ti mismo. Esta será la primera. Parte antes de que el sol se oculte del todo y busca la caravana de presentes. Volando toda la noche hacia el Sur llegarás al alba a la ciudad de Habban. A buen seguro que la caravana habrá elegido sus alrededores para pasar allí la noche. Toma el mando y dirige al grupo hasta la el lugar que llaman Petra. Es en ese lugar donde nos volveremos a encontrar. Berberiar no daba crédito a lo que estaba oyendo. -Sí, sí maestro así lo haré –fue lo único que pudo decir-. -Aliméntate antes, Berberiar, que el frío de la noche es traicionero y bebe agua abundante. – dijo mi Maestro Bel-Sar-Utsar-. -Eso haré Bel-Sar-Utsar. –respondió el águila llena de alegría-. -Ten... Mensor sacó algo de un pequeño cofre dorado y se lo colocó a su discípulo en una de las patas. Es un pedazo de piel de Dragón chino. Te valdrá para comunicarte con nosotros siempre que quieras y contarnos el avance de tu viaje. Sólo tienes que pronunciar al nombre del dragón al que perteneció la piel tres veces....HAKU. -Gracias Maestro. Llevaré a la caravana a su destino. -Estoy seguro de ello, completamente seguro. Berberiar se despidió de nosotros con un pequeño golpe de ala sobre nuestro hombro –tal y como es costumbre entre las aves nobles- y poco después con el buche bien lleno de carne de conejo partió hacia el Sur, rumbo al encuentro de la caravana de regalos. Capítulo VIII


A las cuatro de la mañana de ese día el vigía situado en la parte Norte del Oasis, divisó a la estrella: Grande, redonda, tan blanca y hermosa... Las decenas de hombres que aguardábamos impacientes soportanto el frío, al verla, comenzamos a gritar de alegría y a levantar nuestros brazos hacia el cielo... Mensor y Bel-Sar-Utsar dieron la orden de iniciar la marcha y los camellos lentamente comenzaron su marcha. A partir de ese momento y, a pesar de las grandes distancias, los días pasaban cada vez más rápidamente. Las agotadoras jornadas transcurrían con la misma celeridad el vuelo de una libélula siguiendo el cauce de un río en busca de presas. Aquella brillante estrella que nos guiaba desde cielo nos infundía tanta paz y esperanza. Llegamos a la ciudad de Sippara, situada en el banco Norte del gran río Eúfrates y una de las ciudades más antiguas de Mesopotamia. Es una ciudad dividida en dos partes por una gran avenida: “Sippar del Dios-Sol “y “Sippar de la diosa Anunit, las divinidades más importantes que allí son adoradas. Las gentes son amables y educadas y nuestro llegada fue acogida como una fiesta. Mi maestro y el Mago Mensor fueron recibidos por su gobernante un hombre altísimo y de gran corpulencia llamado Akkad, que llenó de regalos a los magos, a los que éstos correspondieron igualmente con presentes. Contó mi Maestro a Akkad el motivo de nuestro viaje y éste, le pidió encarecidamente a BelSar-Utsar que transmitiera sus mejores deseos, respeto y devoción al niño-rey que estaba a punto de nacer. Dos días estuvimos en aquella ciudad tan acogedora; después continuamos camino guiados por la estrella. Atravesamos una zona de fértiles y húmedos valles regados por una serie de ríos medianos todos ellos afluentes del Eúfrates, hasta llegar también casi sin darnos cuenta a la doblemente amurallada ciudad de Thilabus. Allí pensábamos descansar tres días y abastecernos de provisiones y agua pero, poco antes de llegar a las proximidades de la ciudad, unos soldados nos dieron el alto, prohibiéndonos el acceso a la ciudad debido a una terrible epidemia de peste que estaba diezmando a hombres mujeres y niños. Tanto mi maestro como el Mensor, acataron las órdenes de aquellos soldados y mandaron detener la caravana, si bien insistieron en que ellos dos debían de entrar en la ciudad enferma ya que como magos y muy entendidos en ciencia y medicina, mucho podían hacer allí. Los soldados, después de mucho discutir, accedieron. Permitiendo entrar a los dos magos a la ciudad. Ninguno de nosotros llegamos a saber, en las pocas horas que estuvieron los dos magos en Thilabus, lo que hicieron; el caso es que semanas después, llegaron a nuestros oídos que en Thilabus se había obrado un milagro y que dos hombres santos, mediante la preparación de una medicina especial compuesta a base de tres hierbas desconocidas, habían salvado a una ciudad entera de una muerte segura. Recuerdo perfectamente las palabras de mi maestro al salir de la ciudad, al lado de Mensor, los dos sonriendo y cogidos por los hombres, como dos buenos amigos:


-Hemos tenido suerte Mensor, mucha suerte, si la estrellas no nos hubiera guiado hasta aquí, toda esta pobre gente hubiera muerte entre terribles dolores. Una prueba más de que vamos por el buen camino. Somos afortunados Mensor. La gran caravana continuó viaje, siguiendo al brillante punto de luz en el cielo. Cada poco Berberiar, gracias al pedazo de piel de dragón chino, se comunicaba, narrándonos el estado y la situación de la caravana que él mismo dirigía, cargada de regalos. Las últimas noticias eran que la caravana había dejado atrás días la ciudad de Ma’in, sagrado lugar al igual que Hadramut, también de elevados edificios rojos y azules, visibles casi desde cualquier parte; La cuidad “imperdible” como la llaman las gentes de lugar. Muy cerca ya de La Meca, una de los mercados más grandes de toda Arabia y lugar Santo y de peregrinación de las gentes de buen corazón, habían coincidido camino con unos mercaderes griegos, cosa algo rara por aquellos contornos tan de al Sur. -Lo más curioso –decía Berberiar algo asombrado- es que éstos no se extrañaron de que un águila les hablara. Lo vieron de lo más normal...curiosa gente los griegos. Si todo va bien llegaremos a Petra al tiempo que vosotros. Saludos Maestro, saludos a todos. Que Dios os bendiga. Nuestra ruta siguió a través de un gran desierto de arena y dunas destino hacia Phaliga, la ciudad en la que según cuentan las leyendas, tuvo lugar la construcción de la enigmática torre de Babel, la causa ahora por la cual, los hombres, todos iguales, hablamos lenguas distintas. Según se cuenta, hasta aquel día, todos los hombres hablaban un mismo idioma, pero su vanidad y arrogancia les condujo a creerse más o igual que el propio Dios. Intentaron construir la edificación más alta e imponente imaginada para así, colocarse a la altura del propio Dios. Éste, enojado por tanta osadía, castigo a los hombres, dividiendo aquel lenguaje universal en cientos de dialectos, haciendo imposible que se comunicaran y, por tanto, que acabaran aquella tan magnífica obra que acabó, con el paso del tiempo por derrumbarse. Horas antes de llegar a Phaliga, la caravana se topó con las ruinas de lo que había sido una imponente ciudad. Una ciudad enigmática, en ruinas, una urbe fantasma de la sólo quedaban largas filas de columnas y anchas puertas almenadas, con algunas estatuas de airosa compostura. Ni tan siquiera mi Maestro y Mensor sabían su nombre. -Debió de construirla el Gran Alejandro, supongo –dijo Bel-Sar-Utsar encogiéndose de hombros-. La tarde estaba cayendo y el frío empezaba a colarse por todos lados. En ese momento, de detrás de una de las enormes columnas partidas se escuchó una voz familiar: -No supongas Bel-Sar-Utsar, la ciudad fue construida por Alejandro. -Esa voz... –dijo mi Maestro abriendo mucho los ojos-...¿Teokeno? Efectivamente, de detrás la columna salió Teokeno, el tercero de los magos. Uno de los hombres más buenos que he conocido, incluyendo a mi Maestro. No demasiado alto, pero tampoco demasiado bajo, muy delgado, casi en los huesos, anciano, yo creo que desde siempre.


Debería de tener más cien años, aunque se movía con la misma agilidad y rapidez que yo mismo y su mirada era la de un niño, como si todo aún le sorprendiera, como si cada cosa que viera o tocara fuera nueva para él. Tenía una gran barba blanca que le llegaba a la altura de la cintura y vestía ropas blancas, nada lujosas. Sobre la cabeza, un pequeño turbante del color de la tierra. -Hola amigos. Qué bueno es volver a veros. Los tres magos se fundieron en un gran abrazo. -Al fin los tres juntos –dijo Teokeno casi con lágrimas en los ojos- habéis visto que belleza –y señaló a la estrella que de nuevo había comenzado a moverse mientras giraba su cabeza y me miraba-. Hola Ishmin, muchacho, ¿Cómo has crecido?. ¿Sigues haciendo caso a este loco chiflado al que llamas Maestro, ja, ja? No supe que contestarle. Callé y me puse rojo como el interior de una sandía. -Sin duda tienes un gran aprendiz, Bel-Sar-Utsar. Será un buen mago, seguro, aún mejor que tú Bel-Sar-Utsar. Apenas unas horas después la caravana principal, a la que por supuesto también se había unido la de Teokeno, solamente constituida por él mismo, tres camellos y cinco sirvientes a los que había ido liberando del camino de su condición de esclavos, continuó viaje en dirección a Phaliga. La estrella brillaba más que nunca aquella noche fría. Capitulo IX Llegamos a Phaliga al amanecer, justo cuando la ciudad se despierta y todos los mercaderes y comerciantes comienzan montar y colocar sus puestos y mercancías de todo tipo. Era día de mercado. Frutas, animales de todas las clases –hasta unos pequeños cachorros de león- , ánforas, vinos y aceites perfumados, espadas y lanzas para cazar, plantas medicinales...se reparten en decenas de puestos a lo largo de las calles principales de Phaliga. Es todo un espectáculo de colores, olores y sabores. Nuestra gran caravana quedó fuera de las murallas, pero los tres magos y yo mismo entramos en aquella populosa ciudad con el fin de comprar un tipo de planta que sólo crece por aquellos contornos y que es muy útil para los camellos y los animales de carga no enfermen y puedan soportar cargas mucho más grandes sobre ellos, además de convertir al animal más salvaje y fiero en un manso y dócil cordero. Es llamada la planta de "los tres deseos", ya que cada una de sus hojas, grandes como la mano de un hombre adulto, presenta tres grandes lóbulos, que han de ser comidos en crudo y de derecha a izquierda. Uno vez comido el último sólo hay que esperar una media hora para notar sus efectos. Curiosamente, en el hombre causa el efecto contrario, provocando tremenda debilidad y un humor de perros. Los tres magos compraron un buen saco de dicha planta a un tal "Bohismot", un curandero de Phaliga al que ya conocían desde hacia tiempo ya que muchos años atrás los tres magos y él habían compartido viaje más allá de donde llegó el Gran Alejandro, buscando el ser al que llaman "Hombre del frío", un ser mitad humano mitad animal que según las creencias, tiene grandes poderes.


La parada en Phaliga no duró mucho más. Después de tomar unos vasos bien llenos de un maravilloso vino Sirio a los que por supuesto invitó Bohismot en su casa y de un "hasta pronto". La caravana prosiguió su camino con el lento caminar del que conoce de sobre su lugar de destino. El siguiente punto importante de nuestro ruta sería la ciudad de Damasco, una de las ciudades conocidas más antiguas del mundo y que han estado habitadas continuadamente por más tiempo. El camino hasta allí desde Phaliga se hizo especialmente duro y penoso. Una tormenta de arena que duró dos días con sus noches y las heladoras temperaturas nocturnas, esa parte de la ruta en un suplicio. Al menos veinte camellos murieron y no menos de treinta hombres se perdieron en el desierto, siendo después imposible encontrarlos a pesar de los esfuerzos tanto de mi amo como de Mensor y Teokeno. Finalmente, la tormenta desapareció con la misma celeridad con la que vino, dejando a nuestro alrededor el paisaje desolado de un desierto al fin en calma. Un día más de ruta y llegaríamos a Damasco. Allí estaríamos un par de días reponiendo fuerzas y preparándonos en alma y cuerpo para el resto del viaje. Antes de llegar, como a media jornada a buen ritmo de Damasco, alcanzamos el campamento permanente romano de "Misicum", lugar en el que dos legiones y un cuerpo auxiliar: –la Iª Legio Flaminia, la Vº Legio Siriae y la Vexilium Hispanae –formada por guerreros hispanos, los más temidos y respetados por su valentía, coraje y honor- defendían la ruta de las caravanas de Oriente de los ataques de pueblos y tribus hostiles a Roma. Entrábamos en el Imperio Romano. Un Centurión de nombre Quinto Graco, un hombre joven, alto, de constitución delgada, pero fuerte y fibroso, Gladius en mano nos dio el alto. Sus ojos era azules como el mar, un color muy raro en aquellas tierras. Su cara reflejaba una tremenda pena. Teokeno que en el aquel momento iba a la cabeza de la caravana se detuvo y no con cierta dificultad descendió de su camello. El centurión se dirigió al gran mago con un respeto que por aquellos duros días no era nada corriente y saludó a Teokeno chocando su puño contra la coraza, como era costumbre entre las Legiones. Después comenzó a hablar: -Saludos. Por favor, señor. Nombre, procedencia y destino... El gran Teokeno, el que ve más allá de la carne mortal, respondió siempre con la verdad. -Mi nombre soldado es Teokeno, sabio y mago de la tierra de los grandes ríos, allí donde los árboles sabes escuchar y el gran tigre decide quién vive y quién no. Viajo con otros dos grandes sabios; ese gran negro joven de allí cuyo nombre es Bel-Sar-Utsar y aquel hombre de pelo y barba de fuego, que atiende al nombre de Mensor. Mensor, que escuchaba todo con atención saludó desde la distancia al soldado levantando su mano. -¡Hola! El Centurión instintivamente respondió al saludo.


-¿Y su destino?. -No lo sabemos aún legionario. Una estrella nos está guiando en nuestro viaje. Mira, allí está. ¿No ves como se mueve?. Teokeno señaló con su dedo hacia la posición en donde la estrella estaba. El curtido Legionario y sus subordinados elevaron sus ojos hacia arriba con curiosidad. -¿Dónde?. Ninguno de ellos pudo verla, excepto Quinto, que perplejo, envainó su gladius lentamente. -¡Por Júpiter! –exclamó-. En aquel momento Teokeno y todos los que formábamos la caravana nos dimos cuenta de que no todo el mundo podía ver la estrella. -¿La ves, muchacho? –le preguntó Teokeno a Quinto acercándose a él-. -¡Pero como no voy a verla! ¡Si es enorme...Y que hermosa!. El Centurión empezó a comprender. Los tres magos se acercaron a él. -¿Cuál es tu nombre, hijo? –le preguntó Mensor-. El se arrodilló. -Me llamo Quinto, Quinto Graco, señor...Centurión de Roma...He soñado con esto muchas veces, con un niño que va a nacer...¿Es verdad, acaso?. Los magos asintieron al unísono. Tras ello, estuvieron un buen rato hablando en voz queda con aquel Centurión que, después de ponerse en pie y abrazar a cada uno de los magos con fuerza, ordenó a sus legionarios que abrieran paso a la caravana para que siguiera su camino. Muchos años después, aquel centurión, convertido ya en General, coincidiría conmigo en Jerusalén, recibiendo a aquel niño Rey convertido al fin en hombre, con la alegría del que ha comprendido su destino. Capítulo X Quinto Graco, nos entregó un salvoconducto para poder continuar camino y tener libre acceso a Damasco y nos asignó cincuenta de sus mejores legionarios para proteger la caravana. Corrían malos tiempos en todas aquellas regiones y la inestabilidad y el descontento de las gentes era muy grande. El imperio Romano dominaba aquella región y otras muchas desde hacía bastantes décadas. A Pesar de que Roma, dejaba a la población conservar sus costumbres y religiones y permitía a los gobernantes conservar sus puestos, lógicamente con la supervisión el Imperio mediante la creación de provincias, generalmente dirigidas por un gobernador que en definitiva era el que impartía justicia, a nadie le gustaba que sus calles, pueblos, plazas, estuvieran repletas de soldados romanos, extranjeros de férrea disciplina que no dudaban ni un momento en mantener el orden aunque de ello dependiera el uso de la fuerza.


Esto provocaba constantes rebeliones y sublevaciones que eran rápidamente sofocadas por el ejercito romano. Las rutas de caravanas provenientes de Oriente, cargadas de riquezas, eran el objetivo principal de muchas de los insurgentes, intentando cortar de esa manera con el enriquecimiento de Roma; robando y matando a los comerciantes y quedándose con todas las mercancías, para luego venderlas al mejor postor y obtener armas y brazos fuertes para la lucha contra Roma... En esta situación llegamos a Damasco, una de las ciudades más hermosas que nunca haya visto. Damasco nunca tuvo murallas, al ser una ciudad de comerciantes y de gentes abiertas al mundo, pero desde hace cosa de treinta años, Roma construyó una muralla en torno a ella para protegerla del pillaje de pueblos venidos de Este. Es una de las ciudades más populosas de esta parte del mundo y según me ha contado mi Maestro, en ella habitan más de 250.000 almas. Entramos en la ciudad por una de las ocho puertas que tiene la muralla, la que llaman “Puerta de la Paz” y que entra directamente en la Avenida principal que divide la ciudad en dos, la calle que los romanos denominan “Decumanus”. Es allí donde se instala tradicionalmente el Gran Mercado, el más grande del mundo, más aún que el de la propia ciudad de Roma. Tras comprobar nuestras credenciales e identidad, se nos permitió el paso a la ciudad y su estancia en ella por no más de veinte horas, debido al gran número de personas y animales que conformábamos la caravana. Al vernos entrar, una gran multitud se personas se empezó arremolinar a ambos lados de la vía, saludándonos y levantando los brazos en señal de bienvenida. Y es que la hospitalidad de las gentes de Damasco es muy conocida. Los Magos, correspondieron al agasajo, lanzando dulces y muchas monedas de plata y cobre... Hasta los estrictos legionarios, dejaban en el suelo sus pilum para saludar y coger los regalos del suelo. Llegados a un punto de la ciudad, se nos ordenó dirigirnos hacia una zona muy abierta, el lugar en donde la caravanas debían de permanecer mientras se estuviera en la ciudad. Allí mi Maestro, Mensor y Teokeno, tuvieron que abonar los cuarenta sestercios que cuesta la estancia de una caravana en la ciudad de Damasco por día. -No cabe duda de que son comerciantes, ninguna duda –dijo Teokeno mientras soltaba las monedas sobre las palmas de la mano del funcionario encargado del estacionamiento-, treinta y nueve y cuarenta... Bel-Sar-Utsar me dio unas monedas de plata y me dijo: -Anda Ishmin, tómate la tarde libre, cómprate algo, ve al mercado, seguro que allí encuentras algo bonito. Nosotros iremos a visitar a una vieja amiga. Antes de que caiga el sol, quiero verte en este mismo lugar. Partiremos a la hora octava. -Sí, sí Maestro –le respondí lleno de alegría, mientras salía corriendo rumbo al mercado-. Pasé allí toda la tarde con la boca abierta, viendo las mil y una maravillas: Contadores de cuentos extraordinarios que hablaban de princesas hermosísimas prisioneras, custodiadas por terribles monstruos, legendarios héroes capaces, con un solo golpe de espada, de cercenar la cabeza de un gigante; encantadores de serpientes con hipnotizaban a los venenosos animales con el dulce sonar de sus flautas de barro.


Compré algo de carne seca y unos dulces de miel y me senté al lado de una pequeña fuente a contemplar mientras deleitaba mi paladar, aquel maravilloso mundo que me rodeaba.. ...El aire olía a especias; canela, azafrán...era todo tan hermoso que aquella parecía tanto un sueño que me acabé quedando dormido. Cuando desperté el sol estaba más que bajo. -¡El maestro me mata!. Corrí y corrí como si me fuera la vida en ello, llegando justo cuando mi Maestro acompañado de Mensor, Teokeno y una cuarta persona, hacían su aparición en el punto en el que Bel-SarUtsar, me había emplazado. -¿Lo veis? –dijo el Maestro señalándome- ¿No os decía que tengo el mejor discípulo?. Llegó a mi altura y me abrazó. Respiré tranquilo, aunque todavía me faltaba el aliento de tanta carrera. -Y además es un joven muy apuesto –dijo la cuarta persona que estaba junto a los magos, mientras se quitaba un pequeño mando de la cara-. Miré hacia ella. Se trataba de una mujer de gran belleza y muy elegantemente vestida. Sus ojos eran tan grandes, negros y brillantes como una noche llena de estrellas y su piel era del color de la almendra tostada. Yo me quedé absortó. -Hola... –dijo ella con una voz llena de marTeokeno, viendo que yo me había quedado en un mundo intermedio entre éste y otro, me dio un pequeño coscorrón en la cabeza. -¡Ay!. -¡Despierta Ishmin!. Mira te presento a Didho, Gran Sabia de Damasco, conocedora de todo el saber de los números. Nos va a acompañar en nuestro viaje. Ella me saludó haciendo un signo sobre mi frente. -Al igual que Teokeno yo no tengo discípulos, aunque sí que me gustaría enseñarte algunas cosas de las que Bel-Sar-Utsar me ha dicho que andas algo falto, ¿Querrás Ishmin?. -Por supuesto Maestra, por supuesto –respondí mientras le hacía una reverencia-. Ella se echó a reír. Más tarde mi Maestro me contó que Didho era una de las siete Magas de Akkad, la única que había conseguido sobrevivir y dar muerte a aquel que llamaban Balath, un ser lleno de maldad que arruinaba todo aquello en lo que pensaba. Después de aquella gran lucha, Didho lo abandonó todo refugiándose en Damasco para olvidar tanta tragedia. Ella también había soñado con el rey-niño y había visto la estrella en sueños.


Los magos, que sabían de su paradero, que para eso son magos, habían ido en su busca, y le rogaron que les acompañara en el viaje. Ella llena de alegría, había accedido. Tras pagar un suplemento de seis sestercios por exceso de forraje –ya que los camellos habían consumido más hierba de lo establecida como “normal” para un camello-, la caravana partió sin prisa a la hora establecida, en dirección a la ciudad de Tiro. Capítulo XI Durante el día y medio a buena marcha que duró el trayecto hasta Tiro, Didho me enseñó más cosas acerca de los números, de su magia y poder que mi Maestro en todos los años que llevaba a su cuidado. Según Didho, todas las cosas que vemos, olemos y sentimos con nuestra piel, pueden ser convertidas en números, en mil y un galimatías. -De este modo –según ella- siempre seremos capaces de entender porqué un pájaro vuela, porqué un pez sube y baja dentro del estanque a su antojo o porqué nuestra piel se arruga con el paso de los años y los huesos se vuelven frágiles y quebradizos. Verdaderamente Didho era un ser distinto a todo y a todos y los Magos la admiraban y querían como a un igual. Regularmente Berberiar, todas las noches, contactaba con nosotros informando del devenir de la caravana de regalos. Se encontraban en un punto más o menos intermedio entre la ciudad de Medina, en la que no habían podido detenerse debido a un gran incendio que había asolado más de un tercio de la ciudad y que aún permanecía devorándolo todo a su paso, y Hegra, antigua fortaleza amurallada, convertida en paso obligado para todos los viajeros provenientes del Sur ya que, desde allí hasta Petra, no podía encontrarse agua en absoluto. Todo aquel que no pasaba por la ciudad y se abastecía de agua moría sin remisión antes de alcanzar el siguiente civilizado. Afortunadamente, la naturaleza de ave cazadora de Berberiar y su extraordinaria vista –capaz de ver el estado de ánimo de un hormiga a más de mil pies de altura- permitió encontrar pozos de agua nunca antes hallados por nadie, consiguiendo así que las gentes de Medina pudieran sofocar el incendio. Desde aquel día, en la ciudad de Medina, las águilas son tratadas como a iguales, siendo reverenciadas y admiradas por todos. Al Mago Mensor se le saltaban las lágrimas de alegría y orgullo al saber que su discípulo estaba empezando a convertirse en algo mucho más grande que un aprendiz. -Le he enseñado bien, pero que muy bien –repetía una y otra vez, lleno de emoción-. El viaje continuó hasta el populoso Tiro. Cuidad costera. Destino y origen de muchas historias, Su puerto era grande y habitualmente muchos barcos arribaban a su magnifico Puerto. Tiro era una ciudad libre, Si bien estaba dentro de la Provincia romana de Siria, Roma le había permitido mantener la categoría de Puerto Franco. Esto beneficiaba tanto a los Tirenses, que, acostumbrados a invasiones desde siglos, veían al Imperio Romano como a un amigo alto y fuerte que les defendía de cualquier cosa, como a los Romanos, ya que en Tiro llegaban cantidad de riquezas de los territorios del Este del Mare Nostrum. Yo nunca había visto el mar.


Una vez mi Maestro me enseñó un dibujo que representaba una imagen de la Atlántida, un legendario lugar desaparecido entre las enormes olas del océano. El sólo hablar del agua salada me infundía un temor raro y desconocido. -Me da miedo Didho, mucho miedo, yo no quiero llegar a Tiro. Y Didho me respondía con cariño mientras golpeaba con la suavidad de una madre mi cabeza. -Cuando veas el mar, Ishmin, ya nunca podrás apartar su mirada de él. Se convertirá en tu amigo para siempre. Te lo aseguro. Yo tenía mis dudas. Cuando la caravana llegó finalmente a Tiro y vi el mar, comprendí que la Didho tenía la razón. Nunca había visto nada tan hermoso, ni tan siquiera las montañas sagradas del Kusehd, en donde el sol tiñe la nieve perpétua de su rojo fuego. Aquello era maravilloso. Por eso cuando, el Mago Mensor acompañado de Didho, discutió con unos comerciantes fenicios el precio del pasaje para llevar a todos los integrantes de la caravana por mar hasta la ciudad de Gaza, el corazón se me llenó de emoción. No sólo iba a contemplar aquel inmenso desierto azul, sino que además me iba a convertir en un pasajero de sus ondulados brazos. Capítulo XII El viaje Hasta Gaza por mar fue toda una experiencia. El tiempo era muy bueno y según los marinos, los vientos nos eran de los más favorables. Fue muy costoso meter a todos los camellos y su carga en las bodegas de las cuatro embarcaciones que formaban la expedición. Gracias a Didho que distribuyó los a los animales y a su carga siguiendo unas complicadas reglas matemáticas, los barcos estuvieron perfectamente equilibrados y listos para zarpar. En la travesía que duró prácticamente un día con su noche, pudimos observar gran cantidad de animales marinos, tales como peces voladores y delfines, estos últimos, seres que según mi Maestro eran capaces de salvar a las víctimas de los naufragios, empujándolos suavemente con su hocico hasta la costa. En la noche, las estrellas brillaban como joyas sobre el pecho de una reina; sobre una, nuestra estrella, cada vez más grande y hermosa. Llegamos a Gaza al amanecer. Una pequeña ciudad de pescadores, ahora convertida, desde la llegada de Roma en un importante punto estratégico. Desembarcamos y rápidamente nos pusimos en camino, ya que las últimas noticias de Berberiar situaban la caravana de los regalos muy cerca Petra y a nosotros todavía nos quedaba un buen trecho hasta allí. De modo que tras comprar provisiones –carne salada, agua, dátiles y naranjas-, partimos a ritmo de marcha hacia Petra. Atravesamos multitud de oasis y desiertos y pasamos jornadas abrasadoras y noches en las que el frío se hacía insoportable.


Todos esos territorios; Galilea, Samaria, Judea.. estaban muy fuertemente controlados por los Romanos y aunque el tránsito de la caravanas estaba garantizado –nosotros más aún gracias, al salvoconducto que nos proporcionó Quinto Graco-, el descontento de la población era mucho mayor que en los otros reinos por los que habíamos atravesado. Los magos se enfadaron bastante cuando la caravana tuvo que atravesar el río Jordán. No había puente ninguno, pero se habían construido unas grandes balsas cuadradas que sujetas mediante cuerdas a las márgenes del río permitían cruzar sin riesgo ninguno. El único problema es que era sábado, el día santo de los Judíos. Ese día no se puede trabajar y aquel que lo haga es duramente castigado. Teokeno intentó convencer a los dueños de las balsas de que intentarán hacer una excepción, ya que el motivo de nuestro viaje era sagrado y que la demora en él, podría suponer un desastre. Por mucho que se insistió, ninguno de los propietarios de las almadías aceptó. Por primera vez en mi vida vi a mi Maestro tremendamente malhumorado y a punto de ponerse ,a gritar... El caso es que tuvimos que esperar al día siguiente para poder atravesar el Jordán. -¡Es que no lo entiendo, no lo entiendo! –repetía una y otra vez mi Maestro mientras intentaba ser consolado por sus dos amigos y por Didho-. -Qué le vamos a hacer...-Decía Teokeno, por su edad, un hombre con mucha más paciencia que mi Joven Maestro- si hay que esperar, se espera, como no se puede hacer otra cosa... Dos días después llegamos a Petra, la ciudad más hermosa que nunca haya visto, con imponentes monumentos excavados en la Roca. Petra es el paso obligado del comercio que proviene de Arabia y es un vergel de agua y riqueza. Situado en un angosto y escarpado valle, Petra, la antigua capital del reino Nabateo y actualmente, capital de la provincia Romana de Arabia Pétrea, junto con Decápolis, ciudad cercana de fundación romana, es el primer punto verdaderamente civilizado antes o después de atravesar el despiadado desierto de Arabia. A Pesar de pertenecer a Roma, el imperio otorgó a Petra y a los nabateos una relativa autonomía, con la obligación principal de pagar impuestos y de proteger las fronteras de las tribus del desierto. Nada más llegar, un grupo de soldados Nabateos, al igual que ya nos había sucedido en Damasco nos indicaron hacia donde debíamos de ir. Petra estaba atestada de Caravanas que iban, venían o permanecían allí y había que poner un poco de orden. Fuimos conducidos hacia las afueras de la ciudad, lugar en donde se había construido un oasis artificial. Un lugar maravilloso. A Teokeno en esta ocasión no le importó pagar los 46 sestercios que costaba el impuesto de establecimiento de una gran caravana como la nuestra en Petra. -Seré un mago y, tal vez un sabio, pero he de reconocer que esta ciudad me supera; ¡Que orden!. Didho no paraba de mirar hacia los cuatro puntos cardinales. En Petra todo era perfecto. Un sistema de canales de agua elevados se encargaba de que ningún habitante tuviera que andar más de cinco minutos para llenar al ánfora de agua. El oasis estaba repleto de gentes, camellos, ruidos, olores –desde el mejor perfume hasta la boñiga de camello más repelente-.


Entre todo aquel bullicio, mi maestro distinguió a Berberiar que, posada sobre la rama de un manzano, devoraba con verdadero deleite a un conejo que había atrapado minutos antes, entre los campos de vides que crecían en el extrarradio de Petra. -¡BERBERIAR, amiga! –grito Bel-Sar-Utsar lleno de alegría- ¡Has conseguido llegar!. Berberiar levantó su cabeza y la giró casi 360 grados hasta el lugar de donde provenía aquella voz tan familiar. Al ver a Bel-Sar-Utsar, el águila soltó su presa y voló hacia mi maestro. -¡Mago Bel-Sar-Utsar, que alegría!. Ya estamos todos juntos de nuevo. Al poco, yo mismo, el mago Mensor, Teokeno y Didho, nos acercamos. Mensor y Berberiar se fundieron en un abrazo –bueno, todo lo que permite que un águila Real parlante pueda dar un abrazo-. -Estoy orgulloso de ti –dijo Mensor-Gracias Maestro –respondió el águila abriendo aún más sus ojos-. Después de los saludos –Berberiar me había traído de regalo, una rosa del desierto, una piedra marrón que, según se dice, abre los corazones de las más duras personas-, el águila nos relató a la luz de hoguera, ya con el sol, dormido, como las últimas jornadas del viaje hasta Petra habían sido muy duras y penosas, siendo atacados por tribus del desierto que habían causado bajas importantes entre los miembros de la caravana de regalos. Más de diez hombres habían sido muertos por aquellos diablos de arena. Ella misma fue herida en una pata por aquellos bárbaros. -Maestro –dijo Berberiar- tuve que recurrir al hechizo “Humanizante”, para poder ahuyentar a aquellos que nos atacaban, le pido mis perdones. El hechizo “Humanizante” había transformado a Berberiar en un Hipogrifo; un ser mitad humano, mitad águila, de fuerza sobre-humana. -No tuve más remedio Maestro...fue la única forma de poder traer sana y salva la caravana hasta aquí... Mensor no dijo nada. Sabía lo que significaba recurrir a aquel conjuro. -Está bien, discípulo –dijo él- has obrado de la única manera que podías. Nada puede serte recriminado. Todos callamos y consolamos a Berberiar con nuestra mirada. Un mago no puede matar y Berberiar lo había hecho. Pero estaba más que justificado. -Vayamos a descansar –sugirió Didho- mañana será otra día... Y seguro que más hermoso que este. Aquella noche dormimos al raso, teniendo a las estrellas por techo; y de entre ellas, una, la más brillante, indicándonos que pronto deberíamos de abandonar Petra para continuar viaje. Capítulo XIII Con el alba y con el primer bramido de los camellos, la caravana comenzó a despertarse y a prepararse. Había que salir cuanto antes ya que algo decía a los magos que la fecha del nacimiento del Niño-Rey era más que inminente.


La caravana era ya enorme: Más de cien camellos cargados hasta los topes, cerca de setenta ayudantes y conductores, cinco guías, un águila parlante, tres poderosos magos, una de las sabias más grandes –por no decir la más- de todo el mundo, un aprendiz –o sea yo-maravillado de todo aquello, una gran estrella que nos guiaba a través del mundo y un milagro que estaba a punto de suceder. Arrancamos a eso de los cinco de la mañana. Teokeno se sorprendió gratamente cuando uno de los soldados Nabatenos llegó corriendo haciendo aspavientos y llamándole con insistencia. -¡Señor, señor!. Teokeno frunció el ceño. -¿Qué quieres de nosotros soldado? ¿Más dinero?... El soldado se sorprendió y respondió con humildad mientras sacaba un pequeño saquito de su capa. -No, no señor. Han estado menos tiempo del estipulado en Petra. Sólo tienen que abonar 35 sestercios por su estancia. Tenga, aquí tiene lo que les sobra. Teokeno, el gran y viejo mago se quedó con la boca abierta. Después se acercó al soldado y le abrazó con todas sus fuerzas. El soldado no comprendió. Teokeno, se dio la vuelta y antes de montar en su camello grito para que todo el mundo le oyera. -¡Este es el lugar más honrado en el que he estado nunca!. Todos reímos, todos menos el soldado que, acostumbrado a aquello, seguía sin comprender el porqué de tantos parabienes. -Que hombre tan extraño... –pensó para sí el buen soldado-. De esta manera abandonamos Petra, dirigiéndonos de nuevo y siguiendo las indicaciones de nuestra brillante y celeste guía, hasta el río Jordán. Afortunadamente llegamos a sus riberas en jueves, día en el que nada tenían que hacer los Judíos, por lo que atravesamos sus aguas sin problema ninguno. Nuestro siguiente destino, la ciudad de Jerusalén, uno de los lugares más interesantes del mundo y también de los más inestables por aquellos días, ya que era el sitio en donde, a pesar de estar totalmente controlado por Roma, más inestabilidad social existía. Antes, atravesamos la ciudad de Jericó, la milenaria urbe amurallada que crece a orillas del Mar Muerto, un mar interior en el que su alta concentración de sales, impide casi por completo la vida. Dormimos junto a sus orillas, rodeadas de una calma tan grande que uno cree que se encuentra en un mundo completamente vacío. Solamente el manso ruido de las olas que mueren en la tierra, confiere un punto de realidad a nuestras existencias. Judea es un reino pequeño y, al parecer las noticias, vuelan. Debieron ser los dueños de las balsas, el caso, es que la noticia de que una enorme caravana cargada del presentes y dirigida por tres magos y una sabia todos ellos venidos de los más lejanos confines de la tierra y que se


dirigían a la ciudad santa de Jerusalén, corrió como corren las liebres como son perseguidas por un par galgos. Por eso cuando estábamos ya menos de dos horas de la ciudad, una centuria completa de soldados romanos nos estaba aguardando en el camino con la sana intención de proteger nuestro itinerario. Los magos, con muy buen criterio, consintieron de buena gana tal custodia, más que nada por ni evitar ningún conflicto. La entrada por la Puerta principal de la muralla de Jerusalén fue apoteósica, cientos de personas a ambos lados de la vía principal que conducía el Templo de Salomón, nos aclamaban y nos tiraban pétalos de flores. -¡Vaya! –dijo mi Maestro- o nos han confundido con otros o aquí las cosas se hacen a lo grande. La caravana completa continuó hasta las mismísimas puertas del Templo Salomón. Allí nos estaban esperando una gran cantidad de sacerdotes elegantemente vestidos que nos recibieron y agasajaron como si fuéramos reyes o emperadores. Los tres magos descendieron de sus camellos y fueron invitados a entrar en el Templo. Nosotros nos quedamos fuera, Didho algo enfadada ya que a ella no se le permitió la entrada al templo por su condición de mujer. Un buen rato estuvieron dentro los magos, cerca de una hora. Cuando salieron, su caras reflejaban cierta preocupación. -¿Ha pasado algo Maestro? –Le pregunté a Bel-Sar-Utsar. -No Ishmin, nada pasa, sólo que estos sacerdotes nos han hecho muchas preguntas acerca del nacimiento del Niño-Rey. Al parecer en las tradiciones judías, existe una profecía que habla del nacimiento de un niño-Rey que les liberara de la opresión romana ...No sé Ishmin...no sé... Después del templo. El grueso de la caravana quedó en la gran explanada del Templo y los magos, acompañados está vez a petición de los mismos, de Didho, Berberiar –al que se le pidió que no hablara- y yo mismo, fuimos conducidos al palacio del Herodes, el rey de Judea; un hombre de estatura más bien baja, de pelo y tez muy oscura y con una mirada huidiza que causaba al mirarle una sensación de desasosiego. Herodes había sido colocado en su puesto de Rey por los propios romanos, ya que veían en él a un hombre fácilmente manejable y manipulable, incapaz de rebelarse contra el poder imperial. Con tal de que a él le fuera bien, conservara su importante puesto para siempre y roma le llenara de riquezas a cambio de mantener la paz a todas costa tenía bastante. Su palacio era bastante humilde comparado con los de Babilonia, Damasco Petra, aunque al estar situado el la parte más alta de la ciudad, su simpleza se compensaba con las maravillosas vistas que tenía. Fuimos conducidos a la sala del trono. Allí estaba Herodes, esperándonos. La entrevista no duró mucho. El rey Herodes fue el grano y preguntó a los magos directamente, con educación aunque con rabia contenida- por el motivo de su viaje. Un mago nunca miente.


Teokeno, como mago más anciano, se erigió en portavoz de todos y le contó a Herodes resumidamente como tres magos con su séquito movidos por un sueño y guiados por una estrella, iban a rendir pleitesía al que iba a nacer, el rey de los Judíos y de todos los hombres. Los ojos de Herodes se llenaron de ira contenido y preguntó una y mil veces a los reyes si conocían el lugar en donde se encontrarían con aquel niño. Teokeno le respondió que no, que donde la estrella se detuviera allí estaría el niño. Herodes no más nada. Únicamente que aquella noche tuviéramos a bien ser sus invitados a que bebieran y comieran de los suyo –como es la hospitalaria costumbre judía-. Los magos tuvieron que aceptar un poco obligados –negarse hubiera provocado las iras de Herodes y quién sabe que más-, aunque insistieron en partir al día siguiente, con el alba, ya que estaban deseosos de concluir el viaje. Hedores aceptó de mala gana aunque con la condición de que cuatro sacerdotes del Templo de Salomón les acompañaran en el viaje. No hubo más remedio que aceptar. Se celebró un pequeño banquete a nuestro honor. Tras él el propio Herodes llamó a Bel-SarUtsar y le invitó a salir fuera, a un pequeño jardín con una cantarina fuente en el medio. En el cielo no había ni una sola nube. Podían verse miles, millones de estrellas...Y de entre todas una enorme y brillante, nuestra estrella guía del color del oro y del bien. -Bien mago Bel-Sar-Utsar –dijo Herodes- ¿Y donde está esa estrella que os guía, dime?. Bel-Sar-Utsar, alzó su brazo y la señaló con el dedo índice. -Allí, majestad a la derecha de la torre del templo. -Por mucho que Herodes miraba no la veía.... Era incapaz de verla, pues su corazón estaba ennegrecido por la ambición de poder y la avaricia. Aquella noche ninguno de nosotros durmió prácticamente nada. Los magos estaban muy preocupados por las oscuras pretensiones de Herodes que, aunque desconocidas, no tenían aspecto ninguno de ser buenas. El hecho de incorporar a la caravana a cuatro de sus sacerdotes más fieles, indicaba que él estaba también muy, pero que muy interesado en saber –y no precisamente por razones de admiración o devoción al que estaba por nacer- el paradero del Niño-rey-. -Hay que encontrar una forma de que Herodes, ni tenga manera ninguna de saber hacia donde nos dirigimos –dijo mi Maestro mientras asentían Mensor, Teokeno y Didho-. Berberiar, que estaba apoyado en el balcón de la amplia estancia en la que nos habían alojado, dando la vuelta completamente a su cabeza, nos hablo: -Se me está ocurriendo una idea que hará que los sacerdotes que nos ha impuesto Herodes, no lleguen al lugar en donde el Niño-Rey esté... -¡Por Dios Berberiar, no estarás de nuevo pensando en el hechizo "Humanizante"! –exclamó asustado Mensor-.


-No Maestro, ni mucho menos –respondió el águila- ninguno de ellos sufrirá daño alguno, verán de trata de los siguiente... ...Y en voz baja, nos contó el plan que se le había ocurrido. A todos nos pareció extraordinario. Al amanecer la caravana ya estaba lista y preparada para partir, más, Herodes de una manera absolutamente consciente demoró nuestra partida, intentando hasta el último instante sonsacarnos alguna información. Finalmente, cuando el sol estaba en todo lo alto, Teokeno levantó la mano, dando la señal de partida a la larga caravana que, como siempre, lentamente, como una enorme y perezosa serpiente, comenzó a moverse en dirección Oeste. Allí quedó Herodes, mirándonos desde la parte más alta de su palacio, absolutamente carcomido por la rabia. A media tarde, Teokeno, propuso hacer un alto para que los camellos descansaran. Fue ese el momento elegido para llevar a cabo el plan que nos liberaría de los ojos curiosos de aquellos cuatro sacerdotes. Con su pose más teatral, mi maestro se acercó a los sacerdotes con Berberiar en su brazo. Los sacerdotes mientras, sentados sobre una piedra comían pasas y cuchicheaban en voz muy baja, mirando de un lado para otro. -Miren señores, ¿Han visto alguna vez tan imponente animal?. Los sacerdotes miraron a Berberiar, que para lo ocasión llevaba el clásico capuchón que se coloca sobre las cabezas de las rapaces en el arte de la cetrería. Se quedaron asombrados ante la majestuosidad y tamaño de Berberiar –un águila de la altura de un niño de diez años, con unas garras tan poderosas como las de un león y con pico capaz de partir en dos las más dura de las espadas. -Es, es...¡Impresionante! –exclamó uno de ellos asombrado-. Y es que en toda la provincia de Judea la caza con rapaces es considerara todo un arte. Berberíar escuchaba toda aquella conversación con atención y se limitaba a soltar algún pequeño grito de vez en cuando, como hacen todas las águilas, claro. -¿Les gustaría una demostración de su vuelo?. –dijo mi Maestro poniendo cara de estar deseándolo-. -¡Claro, claro, por favor! –dijo uno de los sacerdotes incorporándose entusiasmado-. ¿Podría quitarle el capuchón?. -Por supuesto. Mi ave, a pesar de su aspecto terrible es dócil como un cordero. ¡Adelante, adelante!. En ese momento, el sacerdote deshizo la lazada que ataba el capuchón que llevaba Berberiar en su cabeza y se lo levantó. No hubiera sucedido nada si Berberiar hubiese sido un águila normal; pero no lo era. La inmensa mayoría de los humanos lo desconocen pero los ojos de las águilas reales parlantes, son hipnóticos; uno no puede dejar de mirarlos. Te atraen y quedas preso de ellos. Eso fue lo que les pasó a los sacerdotes.


Después, sólo falto el hechizo del “Tempus Agur” para hacer el resto. Este hechizo, confunde al que lo sufre en el tiempo, no sabiendo en que día vive, hasta que alguien le dice el día en el que se halla. Los que sufren de este hechizo, siempre preguntan los mismo. Y los sacerdotes no fueron distintos. -¿Qué día es hoy?. Aquel día era jueves, pero Mensor, con una sonrisa en la boca dijo en voz alta. -¡Pues sábado, que día va a ser si no?. Es hora de partir, vamos. Los sacerdotes se quedaron espantados...¡Sábado! ¡El día en el que nada se puede hacer!. Por mucho que se les insistió –evidentemente para ver si el conjuro había funcionado bienpara que prosiguieran el viaje, éstos negaron rotundamente. El día del “Sabath” nada se puede hacer, salvo permanecer quieto, meditar y rezar. De modo que para nuestra alegría allí les dejamos en un recodo del camino, con algo de comida y agua. Berberiar no podía parar de abrir el pico y troncharse de la risa, mientras aquellos cuatro sacerdotes se quedaban allí más plantados que una higuera. Todos aplaudimos la brillante idea de Berberiar. Libres ya de ojos espías y cayendo la tarde como un dulce velo de novia, apareció la estrella en el cielo, esta vez con una larga cola dorada, moviéndose con gran rapidez, de arriba abajo y de izquierda a derecha. -Estamos muy cerca de nuestro destino amigos –dijo Didho con su cálida vozTras una empinada cuesta, llegamos a la cima de una pequeña colina. Desde allí podía divisarse toda la comarca y, al fondo, Belén, una aldea de pastores de cabras y ovejas por su aspecto bastante pobre. Sin saber porqué, el loco de vagar de las estrella que durante muchos días nos había guiado se detuvo, posándose en un punto muy concreto de las afueras de aquel pueblito. -¿Hemos llegado Maestro? –le pregunté a Bel-Sar-Utsar, con los llenos de lágrimas de alegría-. -Si, hijo mío, hemos llegado. Estoy seguro de ello –respondió cogiéndome con cariño por el hombro-. Vamos. Descendimos la colina todo lo deprisa que la caravana lo permitía y quedamos en las afueras del pueblo. Allí un grupo de pastores, al vernos, corrieron hacia nosotros, levantando los brazos y saludándonos. -¡Son los Magos, los Magos! ¡Tal y como nos había dicho el Angel! ¡Alabado sea el señor, han venido! ¡La profecía es cierta!. ¡Corran, corran, el Mesías ha nacido, vengan a adorarlo!. Los tres magos, Didho, Berberiar y yo mismo nos acercamos a ellos. Eran hombres sencillos, acostumbrados a la dura vida del campo y del ganado, llenos de Fe por lo que habían visto.


A la luz del fuego, nos contaron como un enorme ser alado con forma humana se les había aparecido y les había transmitido el mensaje de que el Hijo de Dios acababa de nacer. Rápidamente ellos, hombres buenos, siguieron a aquella criatura divina hasta un lugar, una pequeña cueva a escasos siete estadios de donde se encontraban. Ellos corrieron hasta allí, hallando a un recién nacido, a su madre, una mujer muy joven y hermosa y al padre, algo más mayor que ella, con un rostro que reflejaba una infinita paz. El frío de la noche era grande y algunos de los pastores, se quedaron con ellos, ofreciéndoles sus ropas y preparando un buen fuego para espantar a la helada. Los que nos acabábamos de encontrar habían regresado al aprisco a coger más ropa y algunas ovejas, que colocadas al lado del niño, le darían calor tan solo con su respiración. -Además –dijo uno de ellos mientras nos ofrecía un pequeño cazo con leche de oveja recién ordeñada- el ser alado nos dijo que pronto, muy pronto vendrían una magos con todo su séquito para adorar el niño... Después se nos quedó mirando esperando una respuesta. -Así es buen hombre somos nosotros –respondió Teokeno lleno de emoción-. Anda llévanos hasta el niño y sus padres. Andamos un trecho por mitad del campo, hasta llegar a aquella cueva, en aquel momento el centro de todos los universos. La estrella se había situado sobre aquel lugar y giraba sobre si misma, produciendo una música celestial. Los pastores se arrodillaron en señal de respeto antes de llegar a la hoquedad pero los tres magos, Berberiar, Didho y yo, entramos en la cueva. Hacia frío allí dentro. Teokeno, Mensor y mi Maestro, portaban los tres regalos: El oro, el incienso y la Mirra y los depositaron, poniéndose de rodillas a los pies de aquel niño. -Señora... –habló Bel-Sar-Utsar- venimos de muy lejos para adorar a su pequeño. Hemos llegado al fin de nuestro camino como hombres, pues acabamos de descubrir la verdad y la luz... -Me llamo María –respondió ella sonriendo- y él es José –dijo señalando a su esposo-. No habla mucho, pero es el mejor hombre que he conocido y le amo con toda mi alma. El pequeño se llama Jesús. ¿Verdad que es hermoso?. José saludó con la mano mientras avivaba un poco el fuego. Didho se acercó al pequeño y lo contempló. Era precioso. Ella se quitó su manto y lo colocó sobre él. Después le dio un beso. -Así no tendrás frío, pequeño. Berberiar y yo también no acercamos. El águila asomó la cabeza para verle por un lado y yo por el otro. El niño miró a Berberiar y con su manita le tocó el pico. Por primera vez vi a Berberiar llorar. A mi me cogió de la mano y me la apretó con fuerza. Hubiera deseado que aquel momento hubiese sido eterno pero los magos se pusieron en pie. Esta vez fue Teokeno el que habló, dirigiéndose a María y José.


-Este lugar no es seguro para vosotros. Cada minuto que pasamos aquí pone en peligro vuestras vidas ya que es muy posible que Herodes ande sobre nuestros pasos. Herodes no es un hombre bueno, hará todo lo que esté en su mano para descubriros y muy presumiblemente asesinaros. Debéis de huir en cuanto María esté repuesta del parto. Unas horas después y tras cubrir aquellas pequeña cueva con un conjuro de invisibilidad, la caravana abandonó Belén, dejando a los pastores al cuidado de la Sagrada Familia. Nuestro destino ahora, llenos de alegría y felicidad era de nuevo Gaza. Allí las cuatro embarcaciones que habíamos cogido desde Tiro nos esperaban. Esta vez, para realizar un viaje por mar mucho más largo. La caravana llena de regalos tenía que cumplir un segundo objetivo; premiar a todos aquellos pequeños que, como Jesús, llenaban de paz y felicidad a toda la tierra, a los niños y gentes de corazón blanco. Antes de partir llegaron noticias desde Judea, María, José y Jesús, siguiendo las indicaciones de los magos, habían conseguido huir a Egipto, justo cuando Herodes, lleno de rabia y odio al no haber podido descubrir a aquel Niño-Rey, pleno de crueldad, había mandando asesinar sin piedad a todos los niños menores de dos años. Todos rezamos por ellos entre lágrimas. El rey Herodes murió bastantes años después, en extrañas circunstancias, aquejado de una terrible enfermedad producida por sus terribles pecados. El nuevo viaje se inició partiendo en las cuatro galeras con destino a Hispania, lugar que por ser el más alejado del Mare Nostrum debe ser el primero en el que los regalos han de repartirse. En nuestro de viaje de ida, hacemos escala en Chipre, en Rodas en la fabulosa isla de Creta, en Kefallonia, una de las Islas Jónicas. Después llegamos al Puerto del Pescara, en el Mar Adriático y atravesamos la península Itálica de Este a Oeste hasta la ciudad eterna; Roma. Desde el Puerto de Ostia nos hicimos de nuevo a la mar, atravesando el estrecho de Bonifacio que separa Córcega de Cerdeña, alcanzando la isla de Menorca cinco días después. Hoy, día cinco de enero, hemos alcanzado las costas de Hispania, arribando a una hermosa ciudad llamada Tarraco. Desde aquí todos nos distribuiremos para repartir los cientos de miles de regalos de la caravana. Es mucho trabajo, pero siempre nos sobra tiempo. Me llamo Ishmin y soy el aprendiz del mejor mago del mundo; Bel-Sar-Utsar. Los dos somos de Babilonia, una maravillosa y mágica ciudad en la que se según se dice, un hombre llamado Jukhush, alcanzó la inmortalidad y.... ...Pero esa es otra historia que algún día también os contaré.... FIN


LOS REYES MAGOS: UNA HISTORIA REAL