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ALFREDO FONSECA BUFFET Afirma el Dr. Rubén Jaén Centeno que la mayoría de las personas que consideramos “normales”, si llegasen a tener la experiencia de vida que alcanzo a tener Alfredo Fonseca apenas a los 65 años, decidirían seguramente “abandonar el ruedo y dirigir la lidia desde la barrera”. Los que lo conocen dicen que siempre se ha destacado por su entusiasmo y por la pasión que pone en todo lo que hace. Puesto en palabras de Asdrúbal Hernández Urdaneta: “es como una fuerza de la naturaleza, un fenómeno telúrico, cuando algo se le mete en la cabeza no hay poder en el mundo que lo pueda detener”. Las vivencias de Alfredo Fonseca como profesional de la ingeniería y constructor son anecdóticas e interesantísimas, pero son las que ha tenido como ganadero y empresario del campo las que nos reúnen con él en la tarde de hoy. Su intensa y apasionada labor como productor y criador, y las iniciativas que creó y que ayudó a poner en funcionamiento para modernizar el campo y el circuito de las carnes rojas en Venezuela, son las que lo acreditan plenamente. Creador, innovador, siempre pendiente de aprender para probar nuevas técnicas, nuevas razas, nuevos toros, nuevos pastos, nuevos enfoques financieros, Alfredo Fonseca es definitivamente el rey del “back to back”. En casa de los Jaén Urrutia en muchas oportunidades han surgido cuentos y anécdotas acerca del tío Alfredo, muchos de ellos sobre sus hazañas como cazador y tantas otras a propósito del gran ganadero que es; y fue precisamente gracias a la oportuna sugerencia que me hizo el Dr. Jaén, a quien molesté con un borrador del manuscrito de mi libro Nuestra Carne para que lo revisara, que le pude realizar la entrevista que me demostró lo poco que conocía al personaje. Cuando salí de su casa ese mediodía, me fui comprendiendo cabalmente por qué es que “no se puede ser borracho de poquito”. Entre sorprendido y encantado escuché por vez primera hablar de CEVENIA la Central Venezolana de Inseminación Artificial que en 1979 fundó Alfredo Fonseca junto con sus cuñados Jesús y José Antonio Chapellín, buscando impulsar de una manera definitiva la inseminación artificial en Venezuela. Esta empresa, que llegó a movilizar mucha gente y equipos por todo lo ancho y


amplio del territorio nacional consiguió (empleando palabras del propio Alfredo) “democratizar la ganadería ya que por primera vez se hizo asequible material genético de animales superiores para todos los ganaderos que lo requirieran”. Los cursos de inseminación y de trasplante de embriones que se impartieron gratuitamente a veterinarios y técnicos fue lo que permitió mejorar rápidamente la composición racial del rebaño nacional e impulsarlo definitivamente hacia un nuevo esquema de productividad. Por cierto que en CEVENIA había un toro de la raza Marchigiana llamado “Vitino”, que según Asdrúbal Hernández, estaba acostumbrado a que se le extrajera semen mediante métodos no naturales. Un buen día el toro fue despachado para la finca de Manuel Angulo y a los pocos meses llego la queja de que el toro no le gustaban las vacas, pero que por el contrario, talanquera que veía, talanquera que intentaba montar. La tomadera de pelo que se montó por tal motivo fue tal, que el ejemplar Vitino con todo y su itálico pedigrí fue a parar al matadero. La efectivísima labor como lobbylista de Alfredo Fonseca es poco conocida. Fue él quien ideó y vendió la idea dentro del gobierno de Carlos Andrés Pérez para que se estimulara el crecimiento del sector agropecuario de una manera similar a como lo venía haciendo muy exitosamente Brasil. La propuesta, que fue apoyada por un grupo de empresas constructoras de envergadura que acompañaban su idea, condujo a la creación y promulgación del decreto del Ministerio de Hacienda No. 1.530 que permitía deducir hasta un 20% de lo que entonces se pagaba por concepto de impuesto sobre la renta a las empresas o personas naturales que realizaran nuevas y comprobables inversiones en el campo.

Esta iniciativa de Alfredo Fonseca

trajo como consecuencia un

crecimiento instantáneo sin precedentes ya que se incorporó una cantidad nada

despreciable

de

nuevos

inversionistas

que

tradicionalmente

no

participaban en la actividad y muchos de ellos se quedaron en el campo. Participando como cebuísta, Alfredo Fonseca se le ocurrió crear, junto con don Antonio Julio Branger, una empresa de servicios sin fines de lucro que se dedicara a formar técnicos especializados en hacer peritaje en operaciones agropecuarias, servicio que dicho sea de paso, no existía todavía en Venezuela.

Esta

importantísima

iniciativa,

que

se

llamó

SERVICIOS

AGROTECNICOS, C.A. fue la que le dio nacimiento a los departamentos


agropecuarios de los bancos y que permitió e hizo posible que se pudieran comenzar a otorgar y supervisar con mayor control y celeridad los créditos agropecuarios. Para muchas personas la creación en 1989 de la empresa KARNICOS, la cual surge de una propuesta que le planteó a Alfredo Fonseca la empresa holandesa MAKRO para que montara en 4 meses una planta de desposte y de empaque de carnes, constituye un hito en la historia del procesamiento de carnes en Venezuela. Junto con su hermano Rafael, y sin tener conocimientos en la materia aceptó la propuesta, consiguió el financiamiento e inspirándose en una modernísima operación de procesamiento y comercialización de carnes para exportación que existía en Costa Rica, dio las directrices para que se diseñara, entrenara a los despostadores y se pusiera en funcionamiento la planta en unos galpones que se habían adquirido para tal fin en El Tuy. Al cabo de los cuatro meses, y contra cualquier pronóstico, KARNIKOS comenzó, bajo la gerencia general de su sobrino Fernando Fonseca Medina, a despachar exitosamente las 120 canales diarias de carne despostada y empacada al vacío que requería la primera tienda de MAKRO que había abierto en Caracas. El cambio que esto introdujo en la forma de comercializar la carne en el país, sumado a la atípica respuesta que se comenzó a observar entre los consumidores, fue lo que hizo que las grandes cadenas de supermercados comenzaran a incorporar vitrinas refrigeradas en sus tiendas para competir ofreciendo carne empacada a sus clientes y que algunas empresas industriales comenzaran a montar plantas de desposte en sus instalaciones para así poder atender la creciente demanda. Esta señal que fue dada por el mercado de carne en cortes y empacada a nivel de consumidor influyó notoriamente en la ganadería venezolana de carne, estimulando de manera contundente la producción de novillos e incrementando su participación en el beneficio nacional bovino en sustitución de los animales enteros y promoviendo consecuentemente la segmentación del mercado. La pasión por la ganadería y el campo que heredó Alfredo Fonseca junto con sus hermanos Rafael y Gustavo de su padre Rafael Fonseca Fonseca, y la formación rural que recibieron durante su infancia en la hacienda “Bella Vista” en Cúa, estado Miranda fue lo que los moldeó como los destacados ganaderos que llegaron a ser.


Los comienzos de Alfredo Fonseca como ganadero se producen de una forma fortuita y, si se quiere, hasta insospechada. Con 500 mil bolívares que se ganó con un cuadro del 5 y 6 que pegó, adquirió un lote muy especial (y de una calidad muy poco usual) de animales que se había enterado iban a vender sus vecinos de apellido Lander. Es precisamente esta decisión de inversión la que desataría en su personalidad esa afición y obsesión por la actividad ganadera que habría de caracterizarlo por el resto de su vida. Ya casado, como bien dice el Dr. Jaén: “con su novia de siempre, Trina Chapellín”, y con sus cuatro hijas: Lucía, María Elena, Carolina y Andreína, construyó en Buena Vista con las 270 vacas paridas mestizas de las razas Holstein y Pardo Suizo que compró, un centro de producción lechero, que llegó a ser un modelo en su género, donde se producían doce mil litros diarios de leche. Posterior a su paso por el hato Las Tejas de su suegro José Antonio Chapellín en Aragua, y estableciendo una sociedad con su hermano Gustavo, Alfredo Fonseca compró en Guárico el hermoso hato Aguaro que había pertenecido al General Juan Vicente Gómez. Aguaro prácticamente le cambió la vida a Alfredo Fonseca ya que por su caudaloso río, sus enormes sabanas y frondosos bosques pasó a ser el centro de todos sus desvelos y admiración, además de iniciarlo en los caminos de la preservación de la biodiversidad. Este espectacular hato llegó a formar parte de la operación ganadera que él mismo diseñó y

estableció luego de comprarle su parte a su hermano Gustavo.

Además del hato Aguaro que es una operación vaca-maute bajo el esquema de cría extensiva, se incluía la hacienda “Bajo Verde” que manejaba y maneja la cría de los reproductores; el hato “Mahomito” que se encargaba de la ceba; y los hatos “Moriche Solo” que se ocupaba del levante y “La Vaquera” que manejaba las vacas y becerros de leche. Alfredo Fonseca, siempre ha sido un excelente amigo y un proverbial consejero. Asdrúbal Hernández recuerda la vez que Alfredo le dio este utilísimo consejo: “Mi Negro, ahora hay que andar con encachadura de vaca”. En nuestro argot ganadero actual, no existen muchas personas que entiendan esa expresión en su más fiel significado. En la época en que todavía se hacían los rodeos en el llano, todas las categorías de ganados estaban mezcladas. Los mautes que conseguían ser capados, se

devolvían al rodeo al cual

pertenecían, y ahí crecían y engordaban por los siguientes tres o cuatro años.


En la época de la cosecha, en un par de oportunidades se acostumbraba parar los rodeos para cosechar los novillos que ya estuvieran gordos o para recoger los que ya tenían el tamaño adecuado para ser vendidos a algún cebador del centro. El aparte se realizaba uno a uno y a pata del caballo, por lo que el caporal encargado de sacarlos, desde su montura veía a los animales desde arriba y así identificaba por su cornamenta a los novillos que iban a salir, la cual es completamente distinta a la de la vaca. Aquellos novillos que tenían “encachadura de vaca”, no eran detectados y consecuentemente se quedaban en el rodeo eternamente salvándose del matadero. Andar con “encachadura de vaca” equivale a sobrevivir sin dejar de hacer lo que uno hace, haciéndolo bien, pero sin que los otros se den cuenta. Para conocer al Alfredo Fonseca como deportista y cazador de safaris, se hace indispensable la lectura del libro que narra las correrías de sus safaris en compañía de Rubén Jaén y Leopoldo Sucre Figarella titulado “Así vimos Africa”, y que está hoy catalogado entre los más importantes y más leídos libros que sobre el tema se hayan escrito. El Dr. Jaén dice que la formación juvenil que tenía Alfredo Fonseca y su contacto con el campo, lo hacían uno de los mejores aficionados para un safari porque estaba en condiciones de “leer” los terrenos, seguir un rastro, adivinar las acciones de los mamíferos y además tener una resistencia enorme para caminar, todo ello sin hablar de una certera puntería que había adquirido a través de la práctica constante. Los safaris africanos se transformaron en una meta para Alfredo Fonseca y todos sus amigos, razón por la cual los viajes a Kenya, Tanzania, Sudán, Centro Africa y Botswana se hicieron cada vez más frecuentes y más peligrosos. Dicen que es en la selva donde se demuestra el valor personal de una persona y a Alfredo Fonseca parece que le tocó demostrarlo varias veces como la vez en el bosque de la República Centroafricana cuando de improviso le salió del bosque a él y a su guía profesional un enorme elefante de 6 toneladas. De acuerdo a quienes conocen o han vivido este tipo de lances, parece que bajo circunstancias como esas no hay precisamente mucho tiempo para pensar, así que Alfredo Fonseca se plantó, cargó y disparó con su .458 Winchester repetidas veces apuntándole al cráneo al elefante hasta que éste cayó fulminado enterrando sus colmillos a pocos centímetros de sus botas (Asdrúbal Hernández por cierto me pidió explícitamente que preguntara si se


recordaba en donde había quedado la trompa). Lo cierto es que una vez superada la experiencia, y tembloroso por lo que había experimentado, se volteó para compartir el momento con el guía, pero éste hacía rato que lo había abandonado y había salido disparado hacia el campamento lo cual dejó muy cuestionada la fama y el supuesto profesionalismo del cual disfrutaba. Alfredo Fonseca, afirma el Dr. Jaén, no siente – o no reconoce- limitaciones y siempre continúa con su trabajo de ganadero y su obsesión con los vacunos y la tierra. Como todos sabemos, ésta actitud bajo condiciones normales, ya sería una verdadera hazaña, pero con la situación actual que vive Venezuela, ese coraje rebasa cualquier límite comparativo. Como si fuera poco, está siempre alerta ante los acontecimientos y me consta que se indigna coléricamente ante las hipocresías e injusticias que vivimos a diario en estos días aciagos. Alfredo Fonseca es una persona que ha vivido intensamente, que no puede dejar de luchar – y triunfar-, con excelente ánimo a pesar de las enfermedades y de los obstáculos que se le presenten. Hay una anécdota de sus años de coleador en el Tuy, que me narró Asdrúbal Hernández, en la cual Alfredo Fonseca se quebró el dedo pulgar quedándose este volteado para atrás. Cuando salieron de la clínica adonde lo habían llevado, quienes lo acompañaban comentaron lo sorprendidos que estaban por el aguante que había demostrado cuando le enderezaron a palo seco el dedo antes de enyesarlo. Cual sería la sorpresa de todos cuando éste levantó su otra mano con el dedo quebrado y aclaró: “No chico, lo que pasó fue que me enyesaron la mano buena”. El homenaje que hoy estamos realizándole a nuestro querido amigo Alfredo Fonseca Buffet nos honra profundamente como ganaderos, gente de la carne, y como venezolanos; y nos complace aún más poder hacerlo con el máximo galardón que entrega nuestra institución el Consejo Venezolano de la Carne, por haber estado entre sus fundadores y porque casualmente lleva el nombre de quien fuera en vida uno de sus más queridos y entrañables amigos, Elías Castro Correa.


Premio Elias Castro Correa - 2012