Page 1

#7


4 6 7 8 17 18 20 22

Foto portada: Marta García

Contraviento#7 Dirección y edición: La Pica En Flandes Colaboraciones: Teresa Ruiz | Javier de la Orden | Antonio Muñoz | Roberto Lumbreras | Luis F. Pizarro |Alejo de la Orden | Isidro Rodríguez |

Maquetación y Diseño: Seño Fotografías: De sus autores en Flick.com Publicidad: La estampita

Números anteriores para descargar: http://contraviento07.googlepages.com

Contacto:

contraviento07@gmail.com Queda autorizada la reproducción parcial o total de los contenidos citando a sus autores, claro. Contraviento no comparte necesariamente las opiniones publicadas. Distribuyendo CONTRAVIENTO en formato pdf se ahorra papel y se escucha el suspiro de algún árbol.

Puertollano agosto 2009

22


Alejo de la Orden Los pasos de cada día Erik Johansson Antonio Muñoz Una parte de mí Roberto Lumbreras El mes de la Gioconda Teresa Ruiz Sobre la existencia de Dios Luis Pizarro Viaje por Italia II Javier de la Orden Crónicas de Avelardía. Acto segundo

Isidro Rodríguez

3


Daniel Candal 2009 4


Los pasos de cada día

Con lentitud se consumen las sombras y la luz vuelve a colonizar las almas que ya horadan silenciosas el territorio de la duda y la ilusión; sin certezas ni dictados salvadores que muden aquella mirada vulnerable, sólo el impulso que nace del deber de respirar a toda costa… y temblar. Instante preciso en que la propia indigencia con la eterna contrariedad se mide y sugiere, donde sea, como sea, un reflejo de sereno azul, paz del alma, una razón última que impele a resistir. Y para cuando el momento llegara de la renuncia que acecha y asedia, de nosotros ya nada inquietante podrá obtener el olvido: será un recurso gastado que ni siquiera conmoverá. Porque los malos tiempos poseen la exacta duración de cualesquiera otros, mas nuestra percepción se prende como si ya fuera a ser todo gris; así, yo digo que es el tránsito por la vida lo que nos hace creer que es el dolor el estado habitual, …cuando no se encuentra el amor. Acudiré, pues, al diario menester, con suavidad meceré los tiempos que acosan al espíritu disminuido para que no se convierta en enemigo, y posaré miradas de compasión y ternura al través de todo lo que respira; y reventaré, en fin, la contingencia de los días para creerme un dios que redima aquellas lágrimas vertidas a la vera de una memoria luminosa. Alejo de la Orden 5


http://www.alltelleringet.com/

6


Una parte de mí Escuchando a RADIOHEAD: No surprises

1907-1908 Óleo y oro sobre lienzo. 180 x 180 cm. Österreichische Galerie. Viena. Austria.

Gustav Klimt “el beso”

A

Antonio Muñoz

hora que te veo tan cerca, que te siento como mía, que he conseguido dar este paso tan decidido, es cuando empiezo a comprender todo lo maravilloso y atroz que hemos vivido, nuestros días juntos y disjuntos, nuestra vida en común y separados, con sus virtudes y vicios, su sensatez y sus ambages, con su esplendor, su majestuosidad y su declive, un maridaje sin manual de instrucciones. Siempre he idolatrado tu pelo al viento, cobrizo natural, largo y liso, ondeando al viento sin fin, precioso y preciso, preso cuando lo acordonabas con tu coletero, ficticio cuando lo retocabas. Tu rostro de ángel, pálido pero refulgente, brillante aun con tus pecas, gotas de cacao en la leche. Tu sonrisa es de otro mundo, labios finos, dientes color hueso, culpa de esos cafés que tanto hemos disfrutado, rodeando esa nariz redonda, esférica platónica, perfecta. Tus manos siempre me han recordado a las de una pianista aunque el único piano que has tocado ha sido el que ha hecho vibrar mi corazón. Manos huesudas, blancas, con las venas marcadas y en punta, con las uñas tan cuidadas y pulidas. Tus muñecas, antebrazos y hombros, rígidos y fibrosos hacen que las manos parezcan alas a punto de despegar, gráciles y sutiles. Tu torso es perdición, con tu cuello desembocando en un pecho montañoso, abrupto, un pecho firme y apto para el recogimiento. Tu vientre plano, con el ombligo intentando escapar, desemboca en un pubis tabú para todos menos para mí, porque eres mía y lo sabes. Tus piernas largas y delgadas, blancas y suaves, lampiñas y ligeramente arqueadas, flexibles y atléticas, me han hecho perder la razón en más de una ocasión…hoy no, precisamente. Será mejor que, una a una, ponga ya todas las partes en esta bolsa, que la cierre bien, la deje en el maletero del coche y luego la arroje por el acantilado donde, mirando al mar, hicimos por primera vez el amor. Miraré cómo cae quien tanto me ha dado, que la gravedad y las rocas cumplan su cometido y que las gaviotas y los peces se alimenten de ti como todo mi cuerpo se ha nutrido de tu pasión. No sé donde iré, si caeré con el coche por otro acantilado o si cruzaré la frontera o si, en una noche de alcohol y exceso vaya a acompañarte allá adonde te acabo de enviar, rebanando y trepanando lo poco que valoraba de mi vida. Creo que ha llegado la hora de decirte que toda tú eres parte de mí, que has rellenado el rompecabezas que era mi vida, taciturna y oscura. Me has regalado tu tiempo y tu cariño y yo te he regalado mi locura y mi perdición. 7


a e t ro t El mes de la Gioconda de Roberto Lumbreras Personajes:

Texto con registro de propiedad intelectual, e inscrito en la Sociedad General de Autores y Editores

8


UNO Salón de un apartamento decorado a la última. Frente: puerta de la calle, seguida de sofá con mesita auxiliar, detrás una librería colgante con una mini-cadena “hi-fi”. A la izquierda de los espectadores, hueco de pasillo que da a las otras piezas; hacia los espectadores a un balcón imaginario. En línea de proscenio una mesa-escritorio con cajón y útiles de escritura. Es la una de la madrugada, CLAUDIA, aparece en pijama de corte japonés, dormida en el sofá del salón, con la luz encendida. Se ha dejado puesto a medio volumen un disco con canciones románticas. En la mesa auxiliar hay una botella de whisky y un vaso vacío. Suena el timbre de la puerta, Claudia se despierta extrañada, pues no espera a nadie. Apaga el equipo con el mando a distancia. Va a la puerta. CLAUDIA.- (Ojea por la mirilla. Abre la puerta sin quitar la cadena.) ¿Quién es usted?. (Fingiendo aplomo) Es la una de la madrugada. Va a despertar a mi marido... FERNANDO.- Si es usted la señora de Francisco Féser, debería saber que su marido no está en su casa, no está en su cama. CLAUDIA.- (Abriendo la puerta con la cadena puesta) ¿Le ha ocurrido algo? FERNANDO.- Tranquila. Fran está perfectamente. CLAUDIA.- (Quita la cadena, lo deja pasar, el hombre de mediana edad y vestido con ropa de marca. CLAUDIA Cierra la puerta, pero sin cerrojo) ¿Son amigos? FERNANDO.- Compañeros de trabajo. CLAUDIA.- ¿Le ha mandado él? FERNANDO.- En cierto modo, sí. CLAUDIA.- ¿Y bien? FERNANDO.- ¿Puedo sentarme? (a un ademán de Claudia, se sientan en el sofá uno en cada extremo. Fernando saca un documento que desdobla y extiende sobre la mesa auxiliar). CLAUDIA.- ¿Qué es eso? FERNANDO.- (Grave) Las normas de un juego. Suscritas por los dos jugadores. Hoy comienza el mes. “El mes de la Gioconda”. El mes de su marido y el mío. Y hoy es el primer día: la hora de la verdad. CLAUDIA.- Sospecho que mi marido ha ideado algo para herirme. FERNANDO.- Descuide. Algo me dice que el juego va a fallar. Está usted muy tensa para jugar. Por mi parte, siento que tampoco va conmigo este... “divertimento”. Le confieso que esperaba una llamada, que no se ha producido CLAUDIA.- ¿Llamada?, ¿juego?, ¿reglas? (Seria) No son horas para jugar a los acertijos. Haga el favor de irse a su casa. FERNANDO.- No puedo. Fran está en mi casa. Por eso estoy yo en la suya. CLAUDIA.- (Cansada) Váyase, o me veré obligada a llamar a la policía FERNANDO.- (Mostrándole un documento) Si llama, le aseguró que hará el ridículo: este papel, que Fran y yo hemos firmado, lo explica todo: son las normas del juego. CLAUDIA.- (Apartando el papel, desabrida.) Tratándose de Fran, y a estas horas, la palabra “juego” adquiere connotaciones... picantes. ¿Me equivoco? (Pausa) Déjese de rodeos. Si ha venido a decirme que mi marido me la está pegando con otra, lo había dado por hecho. Fran y yo hace tiempo que... FERNANDO.- (Volviendo a reír incómodo) Bueno... No exactamente. (Señalando una botella de güisqui) ¿Puedo? (Claudia le acerca la botella y un vaso. Fernando se sirve. Da un buen trago). La Compañía en la que trabajamos organizó un juego muy excitante para sus mejores ejecutivos. Doce equipos de a dos: un mes de juego para cada equipo. Por medio de un sorteo, nos emparejó a Fran y a mí para jugar. Y al mismo tiempo nos

9


desemparejó, pues el juego consistía en desligarnos durante un mes de nuestras respectivas parejas. A nosotros nos tocó este mes: abril. El mes que el calendario de este juego designa con el nombre en clave de “Mes de La Gioconda”. Como enero fue el de Paulina Bonaparte, febrero el de Madame Bovary, y marzo el de Lady Chatterley. (Pausa. Fernando apura el vaso). Pues bien. Llegó abril; el esperado “mes de la Gioconda”. De un momento a otro, su marido entrará en la emoción de una aventura al azar con otra mujer, mi novia, con la impunidad moral y quizás la excitación morbosa de saber que su esposa, usted, puede estar poniéndole los cuernos con... un servidor (Bebe otro trago. Enfático de pronto) Pero el juego tiene una cláusula de seguridad, una cláusula prevista para no herir a nadie. A esta hora, cualquiera de las mujeres de este juego puede anularlo con una simple llamada a su hombre, pero solamente cualquiera de las damas... si no deseara jugarlo. Tiene usted la oportunidad de parar el juego. Yo le estaría eternamente agradecido por ello. Confieso que no estoy preparado. No va conmigo este jueguecito. Quiero a Cristina, mi novia. Esta noche me he dado cuenta de que no podría soportar... CLAUDIA.- Usted no quiere a su novia: si la quisiera no la hubiese metido en el “jueguecito”. Son sólo celos. Celos masculinos. Su instinto de posesión física. FERNANDO.- ¿Y usted? ¿Acaso no los tiene? Intente imaginarlo: si no se produce la llamada, Fran y Cristina retozarán impunemente en mi propia cama durante un mes... ¿No se imagina sus besos, sus caricias, sus gritos de placer? ¿No la disturba siquiera? Desde luego, Fran no me habló de usted como una mujer tan cerebral. No puedo creer que no esté celosa. CLAUDIA.- ¿Celos? Hace tiempo que rebasé el umbral de los celos. Esta noche, como tantas noches en los últimos meses, he sentido tristeza, soledad, incertidumbre... Y cuando usted llamó, fue sólo extrañeza lo que sentí. ¿Celos? Ya no. Ahora intento ocuparme de mí. Me enfrento a una equivocación de años. Intento defenderme de este insulto continuado. Sé que no me merezco esto, y a la vez que yo soy la mayor culpable por haberlo permitido; por haber esperado tanto tiempo a tomar una determinación. (Pausa) Ya no hay celos. La infidelidad de Fran es una rutina. Tengo hecho callo. Me tiene sin cuidado lo que haga con otras. (Cauta de pronto. A Fernando) Claro, que quizás para eso sirve su papel: quizás usted tiene que venir aquí para contarme con toda suerte de detalle lo apetecible que es su Cristina, y lo bien que se lo estará pasando Fran con ella... Para que yo no sea tan indiferente. Porque si Claudia no sufre, el goce de Fran no es tanto. El placer del adúltero tiene que ver con el dolor de la engañada. Un placer que tiene algo de sádico, como el dolor de la cornuda tiene algo de masoquismo. Sí... puede que el juego sea más sutil de lo que se imagina. Usted tiene que despertar mis celos dormidos, y yo sufrir. (Enérgica) ¡Pero yo no soy masoca! ¡Yo no jugaré más el papel de víctima! ¡Ya le he dicho que se acabó el sufrimiento! ¡Se acabó Fran! ¡Se acabó el secuestro de mi vida! (Pausa. Serena de pronto) Hoy precisamente he tomado una determinación. Cada minuto que pasa estoy más segura, me siento mejor. Lo que ha sucedido ahora sólo confirma que debo seguir hasta el final. FERNANDO.- Habla con una frialdad fingida. ¿Es acaso de piedra? Algo le dolerá, en lo más recóndito; habrá algún buen recuerdo de Fran por lo que merezca ... CLAUDIA.- Ya se lo he explicado. No pienso repetir el monólogo. (Transición.) Es usted el que no quiere admitir que Fran ha jugado con ventaja, como es su estilo. Fran le ha engañado también a usted. Porque Fran no pierde nada en el juego, y usted sí. Porque usted dice que quiere a su novia, o al menos piensa que le pertenece. Mientras que a Fran y a mí no hay ya nada que nos una. Mañana mismo presentaré mi baja en la empresa: no quiero ver a Fran ni el trabajo...¡Y quizás denuncie en el sindicato este juego machista y dañino! FERNANDO.- (Iluminado de pronto. A Claudia) ¡De eso me sonaba su cara!. Soy el nuevo ejecutivo de cuentas. Nos presentaron en la fiesta de Navidad. Es lógico que no se acuerde de mí: ¡con tanta gente! Aunque nos dimos la mano. (Le da la mano) Fernando Puig. Encantado de nuevo. CLAUDIA.- (Sonriendo protocolariamente) Claudia Fergó. A mí también me resultaba familiar su cara. Sabía que estaba relacionado con la empresa. FERNANDO.- ¡Ya me acuerdo!: es usted la secretaria de... ¡Luis Bosch!, el Director del Departamento de Personal.

10


CLAUDIA- (Sonriendo) Buena memoria. Tuteémonos, por favor. FERNANDO.- Excelente. (Hay un silencio tenso. Claudia enciende un cigarro y se sirve un poco de güisqui. Fernando canturrea la canción “Mona Lisa”. Transición. Fernando se muestra de nuevo preocupado, mira su reloj. A Claudia) Entonces... ¿no piensas hacer nada? CLAUDIA.- Rehacer mi vida. La vida que pudo ser maravillosa con otra persona. (Pausa. Ilusionada de pronto. Se levanta y pasea por el salón.) Bienvenido seas, “Mes de la Gionconda”. Este mes sí. Este mes me atreveré por fin a escribir la carta. Esa carta de amor que debí escribir hace mucho tiempo. La carta que ahora me permite participar en este juego. Sí. Quiero tomar parte en este juego... pero con quien yo elija y de la forma que yo elija. FERNANDO.- ¿A qué se refiere? CLAUDIA.- (Siguiendo en su discurso) ¡Qué alivio!, ahora puedo pensar con libertad, sin recato, sin mala conciencia... (Mirando a Fernando) Incluso deseo gritarlo a todo el mundo. FERNANDO.- ¿Tan especial es esa carta? CLAUDIA.- Es especial su destinatario: él hace especial esta carta, y yo me siento especial cuando pienso en él. Sí: hoy comienza para mí una vida nueva. Voy a dar el gran paso adelante, que en realidad es hacia atrás... pues voy a correr al encuentro de lo que no me atreví a tomar y dejé escapar un día. (Claudia abre el balcón de par en par, enciende el equipo de música con el mando a distancia. Suena el segundo movimiento del concierto nº 1 para piano de Chopin. Se sienta con bolígrafo en el escritorio. Respira hondo y mira con la vista perdida a la calle. Fernando se sienta y bebe). Hace una bonita noche estrellada. Es una noche propicia para escribir una declaración de amor. Comencemos por una confesión en verso. Los versos son difíciles. Me llevará toda la noche conciliar la belleza de los sentimientos con la de la palabra. Verso blanco, pues no quiero que la rima vete las palabras que mi corazón precise. Esta noche voy a comenzar a decírselo. ¡Qué bonito es amar, con la vaga esperanza de que al menos en el pensamiento te correspondan! Amor puro, incorruptible, invariable, inacabable, y sublime... amor que te hace sentir diosa junto a un dios... ( Volviéndose a Fernando) Me refiero a Él: un antiguo compañero de la Facultad. Sé que él también llegó a sentir lo mismo por mí, aunque no lo dijera con palabras. Cuando nos conocimos, acababan de ordenarlo sacerdote. ¡Sí lo hubiese conocido sólo unos meses antes...! ¡Si me hubiese atrevido a escribirle esta carta entonces...! (Pausa. A Fernando) Si él no hubiese sido un sacerdote, hoy no hubiera estado casada con Fran. (Pausa) En cuanto al tipo de relación entre mi amado y yo, tendrá que ser estrictamente platónica... Pero, no me importa. Sólo una mujer puede saber lo intensamente que se puede llegar a amar alguien sólo con el pensamiento, con el corazón, con las palabras escritas... FERNANDO.- (Mira el reloj, ansioso) Y Cristina, ¡supongo que será la excepción! Bien sé que Cristina no está escribiendo cartas de amor. ¡La muy... ¡ CLAUDIA.- Ni Fran tampoco. Si yo a Fran le fuera a leer un poema de amor antes de entregarme en la cama, se echaría a reír, y en todo caso consideraría haber cumplido con los preliminares amorosos. Fran no me escribió nunca una carta de amor; sólo me mandaba esas postales de felicitación ya escritas que venden en las papelerías. (Riendo) Hasta tengo una repetida. (Con asco) ¡El muy imbécil! FERNANDO.- (Desesperado. Mira su reloj) El tiempo corre y Cristina no llama. Cris, mosquita muerta, calentorra, choco-loco, zorrona… (a Claudia.) ¡Te juro que estoy en una situación límite! CLAUDIA.- Pues llama tú. Anula el juego. ¡A mí que me cuentas! FERNANDO.- (A Claudia) Pero, ¡la que tiene que llamar es Cristina! Porque si no llama, sabes lo que eso significa, ¿no? CLAUDIA.- Sí: que con el jueguecito tú mismo se lo has puesto en bandeja; que era una adúltera en potencia; que probablemente ya te haya engañado otras veces; que si le gusta Fran, puede que el mes de la Gioconda se convierta el año de Leonardo da Vinci... Y quién sabe, si al final no acaba en boda, pasando por el divorcio... Por mí puede quedárselo para siempre. Es otro hombre muy distinto el que me quita el sueño (sonríe feliz, evadida). FERNANDO.- (Herido) ¡No! Porque todo está previsto. Las reglas de este juego lo prohíben: Sólo puede ser un mes. Un mes... ¡Y se acabó todo! Sólo un mes. ¡Un mes de tortura! ...Debo hacer algo. (mira el reloj).

11


CLAUDIA.- ¡Olvídate ya de ese juego! (Grave) Pero no olvides la lección: con el amor no se juega. El amor no es un juego, y si se usa como un juego, resulta ser muy peligroso. Por el amor puede llegarse a matar. Eso no viene en las páginas de Economía, pero se puede leer todos los días en las páginas de sucesos. FERNANDO.- ¿Matar a quién? CLAUDIA.- No seas ingenuo: Él a ella; él al otro; él a ella y al otro; él a ella, al otro y finalmente a sí mismo... Convendría que leyeses las historias de Otelo, Werther, Don Juan... te enseñarían mucho de eso: no son cuentos, sino formas sublimadas de las páginas de sucesos. El llamado con petulancia “homo sapiens” a veces no tiene inteligencia ni para dominar sus instintos. (Pausa) Confieso que la primera vez que Fran me puso los cuernos estuve a punto de coger su rifle y... Era muy fácil: un ataque de celos, y “pum”, “pum”; luego, un buen abogado, presiones de la plataforma feminista, y en unos meses a la calle, absuelta por “enajenación mental transitoria”. FERNANDO.- ¿Y porqué no lo hiciste? CLAUDIA.- No fue por piedad, ni por miedo, te lo aseguro. Me faltaba un detalle para no ir a la cárcel: Nunca los pude pillar “in fraganti”, en mi propia casa, en mi propia cama... Lo que habría legitimado ante la sociedad el ajusticiamiento, y hubiera servido como circunstancia eximente. FERNANDO.- (Aparte)

Cris, te quiero... Maldito putón, te mataría por esto...(Se lleva las mano a la cara.

Desesperado vuelve a mirar al reloj. A Claudia) Estoy muy nervioso. Saldré a dar una vuelta. CLAUDIA.- Al otro lado del puente hay una chocolatería abierta. Te vendrá bien el paseo y el chocolate. FERNANDO.- Gracias, me vendrá bien el paseo y un aguardiente. Volveré dentro de una hora. (Se va). CLAUDIA.- (Que comienza a escribir, y lee en voz alta) “Tú nunca lo supiste, porque te amé en silencio... Oscuro.

DOS (Claudia recita en voz alta, sentada en el escritorio) Tú nunca lo supiste, porque te amé en silencio. O tal vez lo supiste, pues te amé locamente. De besos ensoñados me iba alimentando, cogiendo las caricias que se te derramaban. Bendecía la noche donde no eras de nadie y velaba tu sueño mi pensamiento insomne; La noche que borraba todas las distancias, e invisibles, mis dedos dibujaban tus sueños. ¡Oh amor puro guardado en la clausura de mi alma, ocupado en responsos musitando tu nombre, en ayunos de ti, y en mortificaciones hiriéndome el cilicio de tu cercana ausencia!

(Suena el teléfono móvil. Claudia comprueba la procedencia de la llamada con fastidio, pero no contesta. En 12


voz alta) ¡Qué tripa se le habrá roto! ¡Se habrá olvidado los preservativos! (Apaga el teléfono, y en ese momento llaman la puerta. Claudia sale a abrir. Comprueba por la mirilla. Entra Fernando, aterido de frío. Se sienta en el sofá.) FERNANDO.- ¿Con quién hablabas? CLAUDIA.- Conmigo misma. FERNANDO.- Me pareció oír un teléfono móvil. ( Saca una cajita y esnifa un polvo blanco). ¿Qué tal va el poema? (Sigiloso de pronto) Perdón : no te interrumpo. CLAUDIA.- (A Fernando) En lugar de “coca”, necesitarías más bien un tranquilizante. FERNANDO.- Lo que necesito es a Cristina... y a la vez quiero repudiarla; sería capaz de hacerle el amor… y luego de estrangularla. (Transición) ¡Si no encuentro rápido una solución me voy a volver loco! (Pausa) Cuando pasaba por el puente, he estado a punto de tirarme al río. No me lo puedo quitar de la cabeza: la imagen de Fran y Cristina revolcándose en mi cama; Fran y Cristina riendo, brindando por “el mes de la Gioconda”... ¡el mes de la cachonda! ¡Cristina follando con un desconocido durante un mes! ¡Ninguna tortura puede aguantarse tanto tiempo! CLAUDIA.- Lo que necesitas es un psicólogo. Te veo muy encoñado. FERNANDO.- ¡Cómo no voy a estar encoñado? ¡Es mi novia! ¡Lo que necesito es a mi novia! (Transición). CLAUDIA.- Estas cosas pasan. Te servirá de escarmiento. No te fíes ni de tu padre. Y sobre todo no te fíes de ningún amigote. Ya sabes el refrán: hay tres cosas que no se deben dejar a los amigos: la pipa, la pluma... y la mujer. FERNANDO.- ¡Qué gilipollas he sido! Creí que Cristina iba a ser la parte más débil de este juego, la verdadera víctima. Es difícil creerlo. (Transición. Iluminado de pronto) O quizás... CLAUDIA.- O, para ser más exacto: tú creías que iba a ser justo al revés, que tu Cristina se iba a “rajar” y, mientras llamaba para anular el juego, a ti te habría dado tiempo para echar un polvo conmigo. Pues ya lo ves: te ha salido el tiro por la culata. (FERNANDO le hace un gesto evasivo.) No lo des más vueltas. Cristina ha dado un tropiezo. La tentación es muy fuerte. Fran tiene mucho oficio. FERNANDO.- (Enérgico.) Iba a decir que quizás el ladino de Fran no haya jugado limpio. Vamos, que haya explicado a Cristina, a su manera y conveniencia, las normas del juego; incluso haya omitido hablar de la “regla de seguridad”: la llamada de “fin de juego”. En ese caso la falta es muy grave: se trata de una seducción fraudulenta, un auténtico estupro, ¡pues se habría aprovechado de la simpleza de Cristina! (Pausa.) Otra posibilidad es que Fran haya puesto el énfasis de su discurso en lo que se supone que debería estar ocurriendo en esta casa... Cristina se habría puesto furiosa, y se habría prestado al juego sólo por venganza. En este caso, sería una prueba de que Cristina me ama. De otro modo... CLAUDIA.- El que no se contenta es porque no quiere… Demasiado retorcido. Lo más factible sigue siendo lo más natural: que el juego se tome por un juego...(enfática) y se juegue. Ya te digo que mi marido es muy fogoso, y un gran seductor. Es cruzarse con una tía que esté bien, y se le van los ojos: primero al pecho, y luego al culo con una media verónica impecable... Pronto aprendí que cada vez que Fran tuviera una buena coyuntura para pegármela, me la pegaría. Y, de hecho, así ha venido sucediendo. Si la chica está de buen ver, todo depende de lo fácil de seducir que sea. En este caso, (que no se acuerda del nombre) tu... FERNANDO.- (Herido) ¡Cristina! CLAUDIA.- El que se pica, ajos come. FERNANDO.- ¡Ya está bien! ¡No eches más leña al fuego! ¿Te crees que no me estoy dando cuenta de que intentas malmeterme ? CLAUDIA.- ¿Malmeterte yo? ¡No, si ahora voy a tener yo la culpa! ¡Lo que me faltaba! ¡Encima de cornuda, apaleada! (Transición) ¡Ah! Lo olvidaba. En efecto he recibido una llamada. Era Fran. (Acercándose a Fernando) ¡A ver qué dices ahora de esto!: tu Cristina no encuentra preservativos; han debido de acabar la caja. FERNANDO.- (Que se sienta y se lleva las manos a la cabeza. Hundido) ¡Y es que no hay farmacias de guardia! ¡Es

13


que tienen que arruinarle a uno la vida y la imagen por no levantarse, vestirse, coger el coche y buscar una maldita farmacia de guardia? CLAUDIA.- Mi marido y Cristina, querían saber si estarías tú dispuesto a dejarlos que lo hagan... “a pelo”. Claro, que yo le he dicho a Fran que eso es muy peligroso. Pero a Cristina se le oía decir que le iba a venir la regla, y que no había peligro. Pero yo me refería a otro peligro. A lo que mi marido ha contestado con una declaración por escrito, anexa a las normas del juego, en la que afirma no padecer enfermedad infecto-contagiosa. (riendo) ¡El muy jeta! FERNANDO.- (Se incorpora de golpe, rojo de ira) ¡La muy...! CLAUDIA.- (A FERNANDO.) Tranquilo: que te va a dar algo (transición) Ahora, no es por disculparla, pero es justo considerar que, a muchas mujeres, cuando les va a venir la regla, están... sexualmente muy excitables. Y teniendo en cuenta que Cristina no es muy cerebral, según has dicho tú mismo... y por otra parte, Fran, al que yo llamo “Inseminator”, se la estará trabajando con su eficaz sistemática... pues es lógico que hayan agotado todos los preservativos, pero no las ganas de tu Cristinita... FERNANDO.-¡Déjate de sarcasmos! ¿No te das cuenta de que tu marido va a introducir todo su asqueroso semen dentro de mi... CLAUDIA.- ¿ ...Agujero particular? FERNANDO.- ¡De mi novia! CLAUDIA.- (Ofreciéndole el teléfono móvil, después de pulsar el botón para contestar a la llamada.) Tranquilo: esperan tu respuesta. (Fernando rechaza el teléfono con un gesto brusco.) Yo que tú les llevaría corriendo condones. Fran tiene varias cajas en casa: XXL, sabor a banana o a fresa. Elige tú por Cristina. Están encima del armario de nuestro dormitorio, escondidos en la funda del rifle de Fran. Como ves, a Fran le gusta mucho la caza mayor... (Fernando da un lingotazo de la botella de güisqui y desaparece hacia la habitación. Claudia vuelve al poema, cuya recitación sigue en voz alta, donde lo había dejado. Suena la misma música arrobadora) Sabía que sufría con amor tan enorme, pero más sufriría de ese amor despojada; deseaba la sed, porque tú eras el agua, soportaba la herida porque tú eras el bálsamo. Pero no hablé jamás: no podía perderte. Todo me lo callé, bebiéndome las lágrimas, amordazando versos, viendo expirar mil rosas, renunciando a mi amor por continuar amando... FERNANDO.- (Que pasa por detrás, muy decidido, con un rifle de caza en su funda) Me voy. Les voy a dar la respuesta en persona. CLAUDIA.- (Con fastidio.) ¡Aquí no hay quien se concentre! (Ve de reojo a Fernando saliendo con el rifle en su funda de tela, y sonríe maliciosa. Pone otra vez el disco de Chopin con el mando a distancia, y prosigue la recitación del poema). Y así, mi amor-semilla, enterrado está vivo, apacible dormita en tu hielo hibernado; Pues lo que no te dije, siempre será presente, y el beso contenido aún no ha muerto en tus labios. (Comienza a reír. ) Me ha salido un poema místico-erótico, que ni pintado para seducir a un cura... (Ríe a

14


carcajadas) Seducir... A un cura... (Nuevas risas. Repentinamente seria. Recita el último verso, pero con afectación burlesca) ...Y el beso contenido aún no ha muerto en tus labios. (CLAUDIA finge expirar de amor, derrumbándose sobre el poema y el escritorio. Vuelve a la risa progresivamente y ya sin parar, con la cabeza sobre la mesa y oculta entre las manos. Suena la canción “Mona Lisa”) Oscuro.

TRES CLAUDIA. saca del cajón del escritorio un maletín de ejecutivo, abre la cerradura con combinación y saca otro teléfono móvil, éste de gama alta. Se levanta, efectúa una llamada, y se pasea por la línea del proscenio. Pero no contesta. Se extraña. Insiste, seria. Vuelve a insistir, preocupada Habla al contestador automático. CLAUDIA.- Luis... (Divertida) Comando a Base: “Mes de la Gioconda” ejecutado con éxito... (Cínica.) Aunque ha habido un contratiempo… O un imprevisto afortunado, según se mire: En estos momentos Fernando se habrá cargado a mi marido. Repito: Fran ya no existe. Estoy libre. Estamos libres. Y voy a cambiar los billetes a Toledo por unos de avión a Tahití. Llámame enseguida. Te quiero, Luis. (Se oye llamar a la puerta con los nudillos, repetidas veces, cada vez más fuerte. Claudia se despierta, guarda el poema en el cajón del escritorio bajo llave; luego va a la puerta y comprueba por la mirilla la identidad del que espera. Claudia abre y entra Fernando, jadeante, que cierra la puerta rápidamente pero sin hacer el más mínimo ruido, verificando luego por la mirilla que no le ha observado nadie. Fernando se quita la cazadora, y se seca el sudor de la cara con un pañuelo).

FERNANDO.- (A Claudia, enajenado.) Lo hice. Estaban “ensartados”, en la moqueta del salón. Me los he cargado. Yo sí me he atrevido. No he leído Otelo, pero he visto El crimen perfecto. Nadie me ha visto. Su rifle tiene sus propias huellas: yo usé guantes de látex. Vivo en una casa de campo, en medio del bosque. Los ruidos de arma de fuego son muy comunes. Es un lugar ideal para la caza, también la mayor. (Con énfasis “in crescendo”) Todo habrá sucedido así: Un intercambio de parejas. Y en medio del ruido y la bacanal… un ladrón profesional irrumpe en medio de la fiesta, y no quiere testigos: el ladrón ha tenido suerte pues usará el arma que el incauto de Fran se ha llevado al chalet. (Transición. Con odio.) Abrí con cuidado la puerta. No me oyeron entrar. No advirtieron mi presencia, o no vieron que iba armado. De otro modo hubieran parado, cesado sus gritos de placer. No dudé. Disparé, hasta la última bala. Y el juego se terminó. CLAUDIA.- (Que se sienta. Sonríe, hace un ademán de brindis con el vaso de güisqui, y bebe. Señalando el documento con las instrucciones del “juego” ) Y el “Mes de la Gioconda”, es tu coartada perfecta...

15


FERNANDO.- Nuestra coartada. (A Claudia) En efecto, este es tu mes. Y yo te lo he puesto en bandeja. Te espera una nueva vida con tu cura. (Pausa) Ahora tú y yo somos algo así como “camaradas”. Tenemos una causa y un secreto en común. Al final, resulta que tú y yo no somos tan distintos. Los dos somos personas de principios: (enfático) personas serias. (transición, A Claudia). Me pondré una bata de Fran. La policía vendrá mañana, en cuanto dé aviso la asistenta.. Nos harán preguntas. Habrá que hacer un poco de teatro. (Claudia sale a la habitación. Fernando apura la botella de güisqui. Al poco vuelve Claudia con una almohada y una manta) CLAUDIA.- ( A Fernando) Convendría que dejases en la cama algún rastro de tu virilidad: en el cajón de la mesilla de Fran hay un Play-Boy. Yo dormiré en el sofá. FERNANDO.- Es el único detalle que faltaba. Será el crimen pluscuamperfecto (Da un suspiro). Y Tres pájaros de un tiro. ¡Malditos pervertidos! CLAUDIA.- ¿Tres pájaros? FERNANDO.- Sí: Un menage à trois. Lo siento por… TU JEFE. CLAUDIA.- (Perpleja.) ¿Mi… jefe? FERNANDO.- (Con una sonrisa cínica.) Sí: Luis, Luis Bosch. Por lo visto tu jefe hacía a todo. Vestido de mayordomo. Tu Fran encima de mi Cris y Luis encima de tu Fran: Parecían una banderilla… ¡picante! CLAUDIA.- (Desmoronándose.) No, no puede ser… FERNANDO.- (Sacando un teléfono móvil. Al verlo CLAUDIA, se echa las manos a la cara.) Éste es su teléfono móvil. Le llamabas, pero el estaba muy ocupado para atenderte… Menos mal que reparé en el detalle: el mensaje que dejaste es altamente comprometedor para ti y para mí, socia. (CLAUDIA borra el mensaje y mete el teléfono en el vaso de whisky que llena. FERNANDO ríe su ingenuidad.) Lo malo es que el mensaje no se encuentra en el teléfono, sino grabado en la compañía telefónica. (CLAUDIA comienza a gimotear.) Tranquila: no te delataré; ya te digo que eres mi socia. (Transición.) Así que, tú y Luis Bosch estabais liados. Y Luis Bosch ha liado a todo el mundo para sus fantasías de pervertido. ¡Menudo elemento! Ahora sabemos por qué le iban tanto los “recursos humanos”… CLAUDIA.- (Deja de gimotear. Con ira) ¡Basta ya! No es momento de ironías. Los dos hemos sido engañados. Y los dos nos hemos vengado. Ahora, debemos pensar fríamente. No tardará en aparecer la policía. (CLAUDIA comienza a desabotonarse la bata, y Fernando hace lo propio con su camisa). FERNANDO.- (Cogiendo el contrato del juego que deja a la vista.) Sigamos el guión y actuemos como dos ingenuos jugadores. CLAUDIA.- Sí, será mejor que La Policía nos sorprenda haciendo lo que debíamos estar haciendo esta noche sin ninguna maldad. (CLAUDIA se acuesta en el sofá. Fernando se quita el pantalón y saca del bolso dos estuches de preservativos. A CLAUDIA) ¿Lo prefieres de banana o de fresa?

TELÓN

16


sobre la existencia de dios

Dios existe Entre tu aliento y el mío Entre tu boca y la mía Entre tu lengua y la mía Dios existe Entre tu vientre y el mío Dios existe Entre tus caderas y las mías Entre tus manos y las mías Entre tus ojos y los míos Dios existe entre tu cuerpo y el mío Dios existe cuando meto la palma de mi mano en tu pelo Y cierro el puño Como para que me pertenezcas Como yo te pertenezco a ti Y te muerdo los labios y te hiero Dios existe aquí Entre estas cuatro paredes Que se han convertido en el santuario Al que se dirigen mis pasos cada mañana Cada tarde Cada noche Dios existe Cuando te derramas entre mis muslos y te quedas dormido en el hueco de mi axila Y entonces, en ese instante Dios duerme. 17

Teresa Ruiz


VIAJE POR ITALIA (II) ROMA: un acercamiento a Bernini

Si Miguel Ángel desplaza su magia por Florencia y por Roma, Juan Lorenzo Bernini impregna la segunda con su arte, extendiéndose por toda la ciudad. Napolitano de nacimiento, Bernini se encontraba desde muy temprana edad en la Roma barroca del siglo XVII. Acompañando a su padre, escultor, el joven Juan Lorenzo, dotado de un gran talento, bebió lo necesario para convertirse muy pronto en uno de los más grandes artistas que ha visto la Humanidad. El resto lo hicieron los Papas, que lo protegieron y lo favorecieron para que nos pudiera dejar un legado brillantísimo, especialmente en la escultura y en la arquitectura.

San Longino de Bernini

Para contemplar a Bernini en Roma, en toda su integridad, harían falta bastantes días. Por eso en este artículo intentaremos descubrir algunas pautas que permitan acercarnos a él. En este sentido, es imprescindible la visita a la Ciudad del Vaticano, donde la Basílica de San Pedro reúne un gran número de sus principales obras, empezando por la propia Plaza de San Pedro con su célebre columnata en forma elíptica, gran abrazo simbólico del Cristianismo, que acoge a todos los que visitan la Basílica, y que permite enfocar la mirada hacia su majestuosa fachada. Una vez dentro de San Pedro, el espacio nos demuestra hasta qué punto Bernini fue preferido por los Papas, sobre todo por Urbano VIII, del cual podemos admirar su impresionante sepulcro, con la figura de la muerte en forma de esqueleto. Claro que impresionante en San Pedro lo es casi todo, y si no, alcemos la vista para contemplar el conjunto que cubre el altar mayor, es decir, el Baldaquino, con sus imponentes columnas salomónicas. Sin tiempo para reponernos, en las inmediaciones de éste, está colocada la escultura colosal (mide más de tres metros de altura) de San Longino, el centurión que 18


traspasó con su lanza a Jesús. Luego, en el ábside de la Basílica, en línea recta con el Baldaquino, podremos admirar otro monumento espléndido: la Cátedra de San Pedro, dedicado a la glorificación de la autoridad papal, de bronce y llena de relieves sobredorados. Finalmente, tampoco debemos dejar de ver la obra escultórica que enmarca el sepulcro de Alejandro VII (justo en la puerta de entrada a una de las sacristías de la Basílica), otro de los papas que llenó de encargos al artista italiano. Como no queremos hacer muy extenso este escrito, nos limitaremos a reflejar la conveniencia de visitar la Plaza de España porque allí podremos ver otra huella de Bernini, la Fuente de la Barcaza o de la Barcaccia, obra preciosa y de gran elegancia, al pie de la famosa escalinata de la citada plaza. Y es que es en este tema de las fuentes donde el genial creador barroco mostró también su desbordante fantasía, como lo demuestra su Fuente de los Cuatro Ríos, ubicada en la Plaza Navona de la capital italiana, que, según las informaciones, ha concluido sus trabajos de restauración en el reciente mes de diciembre. Si disponemos de días suficientes, necesariamente tendremos que incluir la Iglesia de San Andrea en el Quirinal, la Capilla Cornaro (Iglesia de Santa María de la Victoria) para ver el Éxtasis de Santa Teresa, el Éxtasis de la Beata Ludovica Albertoni en la Iglesia de San Francisco a Ripa, y la Galería Borghese para admirar su David o su Apolo y Dafne. Claro, que para poder realizar todo esto, no piensen en pasar sólo dos días en Roma, una ciudad increíble, tanto como el genial Bernini, del cual también podemos ver su tumba cuando lleguemos a la Basílica de Santa María la Mayor, así como la casa donde vivió y murió (1680), muy cerca de la Fontana de Trevi. Tumba de Bernini en Santa María La Mayor

© Luis F. Pizarro. Texto y fotos.

19


Prólogo. Contraviento #3 Acto primero. Contraviento #5

Crónicas de Avelardía Acto Segundo De lo acontecido en el bautismo y de la aparición y su mucha importancia para las crónicas del tal Isaías No habrían de ser siquiera las ocho en el momento en el que el reluciente carro se encaminó a través de los encinares centenarios acarreando recua tal, que hasta los potrancos parecían susurrar entre ellos el disgusto que soportaban. Además de Don Rodrigo, permítaseme que mantenga el tratamiento pues así a él se refiriera en toda ocasión nuestro ilustre Avelardo, además de Don Rodrigo, prosigo, e Ifigenia, obligada su comparecencia como progenitores del tal, acompañábanles Lucio y Petra, los encalados abuelos maternos, quienes lucían a la sazón, recién sacados del baúl del altillo, sus ajuares más lucidos y blancos para la ocasión. Desfilaba la procesión en pesado cabalgar, aquí y allá seseando barro, y en el segundo carro apenas se vislumbraban a los tíos maternos de la criatura, más preocupados por protegerse del frío de la mañana que de preservar impolutos los trajes de estreno que orgullosos portaban; y pues bien es sabido que la prestancia en el vestir es cosa reñida con el natural acomodo, el uno y el otro se esforzaban por estirar mangas y solapas buscando afanosamente algo del calor que parecía que se les escapaba en cada exhalación. Matías y Blas, infantes del reino del molino sobre las aguas del Valdeazogues, tan voluntariosos como parcos en palabras, acompañaban a su sobrino más motivados por la alegría de alejarse de la molienda cotidiana que por la mística bautismal. Junto a ellos, algunos primos y tíos de Almadén y Guadalmez, que los de Agudo no eran bienvenidos por un quítame allá esas pajas, repartidos entre los carros restantes. Y el último, acaso el más importante, el avituallamiento para el almuerzo posterior. Y así, llegada la ruidosa prole bajo el manto protector del Santo, Don Severiano, de quien dicen, y yo no objeto, que ya era sacerdote en la fundación del lugar por aquel conde de Chicharros allá en el siglo XVI, indagó la posibilidad de llamar al neonato Antonio, en honor del santo patrón, y como viera que la súplica primera cayera en saco roto, hizo velada amenaza sobre las consecuencias de ulteriores venganzas divinas. Pero al punto Don Rodrigo se impuso, y con las artes de quien se sabe buen tratador de lo divino y lo humano, prometió un más que gratificante donativo para el santo, quien finalmente pareció interceder en favor de un nombre más apropiado a la categoría del retoño. Y como quiera que el destino así lo quiso, en ese punto apareció el alcalde y el alguacil, orgullosos prohombres ya desde que la reina Isabel les concediese el título de villa segregándoles de Almadén, quienes requirieron la presencia de Don Rodrigo con el fin de solicitarle su adhesión pecuniaria a una causa mayor: el Fomento de la Marina y Apoyo a la Guerra de Cuba, con lo que hubo de ausentarse en el momento preciso de la inscripción del bautizado. He de apuntar aquí, que entre los presentes no se hallaba ninguno nacido en el Siglo de las Luces, por lo que desprovistos de éstas, de luces, y acaso por la rudimentaria capacidad ortográfica, aún puede leerse que Avelardo López de Palacios y Montiel nació el día de nuestro Señor 28 de octubre de 1898 y recibidos los santos Sacramentos del Bautizo en la Iglesia de San Antonio el 14 de noviembre del mismo año. Y puesto que nadie indagara ni objetara sobre el uso de la “b” larga en vez de la corta, hete aquí que el Abelardo original se tornara en Avelardo y que, con los años, al portador del nombre se le antojara especialmente gracioso el lapsus plumis y 20


optara por no remover lo que el buen cristiano de Don Severiano quiso que fuera. Maledicentes hay, que en todo cocido garbanzo negro aflora, que esa fue la venganza de San Antonio, aunque de la leve sonrisa del párroco ya nadie se acuerda. Transcurrida la fiesta cada cual tornó a su redil, los molineros a su molino, los parientes a sus apariencias y los López de Palacios a su aislamiento.

Ilustración: NomeEdonna

Que diez años no son nada es cosa evidente, el adulto ve pasar los años, uno tras otro, y se le van antojando a cada cual más corto, como si lo cotidiano, a fuerza de ser monótono empujara las horas, y éstas en vez de caminar saltaran a grandes trancos, haciendo obligado el olvido de muchos lunes y sábados, como si nunca se hubieran vivido, y sólo cuando uno se detiene a mirar atrás, observa atónito la transformación del entorno, de aquello cuanto nos rodea, de todo, excepto uno mismo, que henchidos de soberbia nos creemos imperturbables al paso del tiempo. Pero qué distinta es la infancia, a Avelardo, que no hubo quien osara el Avelardito, esos diez años se le hicieron eternos, las horas nunca acababan de pasar, tan entretenidas como estaban. A los diez años, inconsciente y feliz, que la inconsciencia no todos la perdemos con la infancia, uno parece ya haber vivido toda la vida. Cada día es diferente, pleno de nuevas vivencias, nimias en su mayoría, lleno de diferentes colores por descubrir y de matices por rematar, y uno sabe que el tiempo pasa por lo que deja de estar, aunque no de ser. Don Severiano marchó en buena lid a otras orillas apenas vislumbrado el nuevo siglo, avergonzado por no verse cumplir sus predicciones catastrofistas por el siglo venidero, que entonces, como ahora, ya los había. Lucio, el abuelo, perdió un día la barca de Aquerontes y murió ahogado en las crecidas de 1904. Meses después, por tristeza dijeron, le acompañó Petra, a quien el alba olvidó de despertar una mañana. Matías y Blas, ensalzados de infantes a reyes del molino, dieron a Avelardo algún que otro primo con el que trepar a los árboles para robar huevos de los nidos y a su madre le vio crecer por dos veces lo que más tarde supo que no eran las entrañas: Clara, dos años menor que él, y Antonia, la pequeña, que iluminada por el santo patrón marcharía años después a llevar la palabra de dios a tierras africanas y desde donde ya nunca regresó. Por eso, sin duda, el joven Avelardo vivió aquellos aconteceres dichoso y reluctante a seguir creciendo. Casi salvaje y libre, disfrutó los días sin más necesidades que las del hambre, que le hacían regresar instintivamente a su casa siempre a la misma hora, y se adueñó de su entero tiempo. Apedreó vencejos y golondrinas, gorriones y colorines, acorraló y pataleó ovejas y cerdos, pisoteó culebras y desmembró a cuanto bicho reptante tuviera el infortunio de tropezarse con él. Pero como no hay dicha ni mal que cien años dure y el alma necesita de serenidad y cadenas que la guíen por el camino de la bonhomía, un septiembre aún caluroso, por cumplir los diez años, apareció en el horizonte Isaías, maleta en ristre, enfundado en un viejo traje ya desgastado que dejaba ver aquí y allá los zurcidos que como heridas de guerra le jalonaban de arriba abajo. Un sombrero hongo ridículo, de prestado parecía, un hatillo de libros atados penosamente con cuerdas deshilachadas y una pipa siempre humeante que al joven Avelardo siempre le gustaba probar al menor descuido. Isaías, en efecto, era criatura grave y calmada, aherrojado por un bigotillo saltarín que apenas le cubría de un lado a otro de la comisura de los labios, como si el mismo Avelardo se lo hubiera dibujado, y una mirada tranquila, sosegada, a través siempre de unos quevedos casi opacos a fuerza de huellas y polvo que era cosa milagrosa que pudiera siquiera entrever lo que tenía frente a sí. Con más hambre que ambición, no tardó en dejar la escuela de Alcolea, pueblo del que también huyera el Baroja de la medicina, aceptando el cargo de tutor de los hijos de Don Rodrigo, quien, al fin, tras mucho habérselo recomendado el nuevo párroco de San Antonio, accedió a que un antiguo compañero de seminario de Ciudad Real les viniese a traer algo de civilización a aquellas pobres almas desatendidas. Y no es que les faltara cariño y atención, sino que en la vida habrían de necesitar, le precisaba el cura, algo más que saber leer y escribir y los obligados números que su padre tan afanosamente les había inculcado.

(Continuará) 21


22


contraqué...? I Puede alguien decirme hasta dónde llega la vida? Seco y pedregoso está el camino y se percibe largo… En los campos nada florece… Será una primavera vestida de crudo invierno… O no será otra cosa nada más que la nada… Esto ya es así. No hay retorno. II La luna llena se baña en la luz rojiza del ocaso. Me indica que me siente y lo hago en el borde del camino. Introduzco las manos en los bolsillos. Las vuelvo a sacar y le ofrezco dos puñados de recuerdos. Alzo los brazos hacia ella, abro las manos y todos caéis sobre el pedregoso camino. III Esto ya es así y no existe el deseo de retorno. Ha desaparecido el sabor amargo de tu boca y los pies no pisan caminos ya pisados. Los labios no se humedecen, se los tragó el pozo negro de la garganta. Se fueron las palabras, ya no digo. IV La luna en el centro de la bóveda se rodea de estrellas. Los ojos no quieren ver y no ven. El pensamiento anda en tropel cuando no desaparece. ¿Te llamaré poniente o levante? No me llames porque mis oídos no oyen. Esto es así porque así debía ser. A los lejos el mar se mueve, me espera, me llama… En el horizonte se ilumina una línea de amanecer azulado. Voy hacia la luz finita.

Isidro Rodríguez 23


PAUSA

MARIO BENEDETTI

De vez en cuando hay que hacer una pausa contemplarse a s铆 mismo sin la fruici贸n cotidiana examinar el pasado rubro por rubro etapa por etapa baldosa por baldosa

IN MEMORIAM

y no llorarse las mentiras.

1920 - 2009

sino cantarse las verdades. 24

Contraviento 7  

poesia, teatro, relatos, fotos y más

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you