Page 1

Cuentos para leer en el ascensor

¨Portugaleteko Udalaren Kultura Saila/ à rea de Cultura del Ayuntamiento de Portugalete.


Cuentos para leer en el ascensor

Web/Mira lo que escribo navas.aster@gmail.com

Imagen de portada

PUBLICADO BAJO LICENCIA CREATIVE COMMONS Si distribuyes o reproduces los textos e imรกgenes de este libro, menciona a sus autores, no los alteres y no los utilices nunca con fines comerciales. Gracias. Portugalete, 23 de Abril de 2011.


Cuentos para leer en el ascensor

INTRODUCCIÓN Olvídese de la tundra o del desierto del Gobi; el ascensor es el lugar más inhóspito del mundo. Piense, sin ir más lejos, en la angustia que le genera la simple posibilidad de quedarse encerrado en él; en la forzada y estrecha convivencia que le obliga a mantener no sólo con los vecinos sino con completos desconocidos, en esas antológicas conversaciones sobre el tiempo, en la implacable severidad de sus espejos que subrayan cada arruga y acentúan ese color ceniciento que nos imprimen los años. Ojalá estas humildes historias le ayuden a pasar lo mejor posible ese mal trago.


Cuentos para leer en el ascensor

Mรกs que palabras


Cuentos para leer en el ascensor

PURA CORTESÍA

Si pasáis por allí no dudéis en acercaros –les dijimos. Ellos nos respondieron lo propio. Pura cortesía: dos besos al aire y cada mochuelo a su olivo. Ya sabéis donde tenéis vuestra casa –insistí. Nadie imaginaba que dos semanas después sonara el timbre y aparecieran en la puerta aún con cierto bronceado del crucero. Pero pasad, no os quedéis ahí –improvisé mientras avanzaban por el pasillo mirando todo como si lo reconocieran. Esa misma tarde ella estiró, con delicadeza irrebatible, las cortinas de nuestra habitación y él dejó unos pantalones sobre la cama. Si pasáis por aquí no dudéis en acercaros –nos dijeron, de corazón, mientras nos acompañaban hasta la puerta. Tienen una casa muy luminosa –le dije a mi marido ya en el ascensor.

En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

5

In medio, virtus.

A las palabras conviene pillarles el punto, créanme. Yo, sin ir más lejos, era un niño brillante pero me conformé con el suficiente: ya es suficiente, cariño –me decía mi madre, rogándome que no fuera más allá, que tonterías las justas. Con los estudios actué en consecuencia: no quería ponerme pesado, impertinente, sobresaliente. Bilbao, Mario: Suficiente. Ni lo muevas -pensaba. He oído suficiente –me ha cortado mi mujer cuando he empezado a contarle lo nuestro. Hasta ese instante no había reparado en su vertiginoso diptongo, en esa t tan desabrida. A aquel suficiente de mi mujer le faltaba además el convencimiento de mamá, la tinta roja del profe. Por eso he insistido y le he dado más detalles. Es más que suficiente me ha dicho apartando por fin la vista -España directo- del televisor de plasma. Por la ventana entraba una luz tímida, difusa, mortecina. Insu... -eso es- ficiente. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

ETC

Etcétera es uno de los mayores avances de la humanidad, un invento comparable a la rueda. Si no fuera por etcétera nuestras listas serían interminables. Si no fuera por ese cajón, por esa discreta alfombra bajo la que deslizar nuestros inventarios, estábamos aviados. Eso creía también Bovedilla hasta que Robledo, el Jefe de Personal, dijo –soltó- aquel etcétera. Quiero agradecer a Benítez, a Salgado, a Peláez, etcétera, la dedicación y empeño que han derrochado en este proyecto. Fue en ese instante cuando realmente Bovedilla comprendió el verdadero significado de aquella palabra: el doble sentido de su t, la sombra del despido a los pies de su r. En fin, que la vida de Bovedilla, como la mía –como la suya, amable lector- está también servidita de dudas, inquietudes, cábalas, sinsabores, tribulaciones, etcétera.


Cuentos para leer en el ascensor

BULTO Hay palabras con perdón- cabronas. Palabras que parecen ermita y son catedral. Posiblemente la peor de todas sea bulto. No abultas nada -me solían decir de pequeño recriminándome con una sonrisa mi falta de estatura y peso. De niños decidíamos, elegíamos a bulto, hacíamos bulto. La vida nos enseñó a escurrir el bulto. Crecimos y en los aeropuertos nos preguntaban recelosos por el número de bultos expuestos allí sobre la cinta de facturación. Comprendimos con la edad que el bulto es incierto, imprevisible. A saber lo que se esconde bajo esa manta o dentro de esa -los vieron de noche trasladando un sospechoso bulto- alfombra. Por eso asusta, acojona tanto, cuando dentro de ti encuentras o encuentran un bulto. Le hemos detectado un bulto. Un pequeño bulto -te dicen intentando restarle importancia. Nos asalta entonces toda la niebla que encierra esa palabra, todo su escepticismo. Hasta ese preciso momento no tomamos conciencia de su significado; no reparamos en la oscuridad de su u, en la frialdad de su t.


Cuentos para leer en el ascensor

SÍSTOLE- DIÁSTOLE Hace unos meses asistí a una boda civil.

¿Y aún conociendo los artículos 564 y 647 del Código Civil, persiste usted en contraer matrimonio con Doña Yolanda...? le preguntó el oficiante, alcalde de la localidad, al novio. Él, ligeramente descolocado, dijo que sí, que persistía.

No supe cómo interpretar aquella pregunta; tenía, sí, un fondo disuasorio. Algo así como caballero, ¿sabe usted dónde carajo- se mete? ¿Por qué coño es usted tan testarudo? Tenía un matiz de allá penitas o de sarna con gusto no pica; vamos algo similar a no venga usted diciendo que no le habíamos avisado, que usted sólo pasaba por aquí y que no sabía en qué consistía; que si llega a saberlo hubiera desistido, o, incluso, resistido. Sí, la novia también persistió.

¡Que se besen! ¡Que se besen! insistimos los invitados a los postres.


Cuentos para leer en el ascensor

DEL NORTE

De niña se la mandó buscar en un diccionario Don Serafín, su maestro de primaria; hoy la ha asaltado desde la etiqueta de un paquete de gulas. Es posible que la mujer no la haya pronunciado jamás. Sucedáneo no es una palabra que uno vaya diciendo a las primeras de cambio. Dice uno sucedáneo en el ascensor, en la carnicería y levanta ampollas, sospechas, recelo. Hoy, tontamente, en este supermercado donde lleva haciendo la compra quince años, comprende la crudeza de su significado. Hasta su marido -ella se hubiera casado con Rafael- es un sucedáneo. El pekinés que saca a pasear por el parque -ahora cae en la cuenta- es también un sucedáneo. Pequeño, pero sucedáneo, al fin y al cabo. Ella quería un niño. Y, puestos a pedir, también una niña. De hecho, la casa, el coche, esa misma ciudad en que se siente de repente atrapada, son –cómo coño no se ha dado cuenta antes...- también sucedáneos. Este lunes lluvioso es un mal sucedáneo de viernes. Ella, bien mirado, también lo es. Un sucedáneo, ya saben. La mujer habrá tropezado con sucedáneo en un par de ocasiones pero ha sido con las gulas en la mano cuando se le ha venido encima toda la sinceridad de su s, toda la franqueza de su d. Vamos, cuando la palabra de marras le ha hecho daneo , digo daño. La mujer permanece aún un momento más con el producto en la mano y finalmente lo deja en el carro. Se acerca a la caja y saca un billetero de polipiel muy aparente. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

TANGO

No sé, Paula, tesoro, por qué eres tan celosa. No; no sé cómo te has hecho esa peli tan rara; en qué te basas para tirar por la ventana toda una vida juntos; que para Abril, date cuenta, hará veinte años que nos dimos el sí en La Almudena. ¿Qué te hace creer que estoy enamorado de esa chica que nos cuida a la abuela por las tardes? Agradecido, sí, porque la muchacha es cariñosa, se desvive y pone a la abuela a hacer pis sin arrugar el morro. ¿Y paciencia? Ni el santo Job: que tu madre –reconócelo- cuenta siempre las mismas batallas y la pivita argentina le escucha siempre con esa sonrisa... No sé por qué pensás eso, boluda; si vos sós -lo sabés- la mujer de mi vida. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

SIÉNTESE

Matías llevaba un par de años temiendo aquel momento. Tarde o temprano ocurriría pero nada de malo había en intentar postergarlo: Pilates, crema anti edad, vaqueros, litros de Grecian 2000. Quien busca el peligro perece en él –solía pensar Matías y evitaba tomar los transportes públicos atestados, las horas punta de los consultorios. Fue a bocajarro, en un autobús interurbano al que se subió precipitadamente. Siéntese –le dijo cortésmente una veinteañera cediéndole su asiento. Tenía una sonrisa dulce, delicada: para que te fíes de nadie... En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

FRÁGIL Podía haber escogido cualquier otra expresión: deberíamos darnos un tiempo, somos demasiado diferentes, cielo, dejémoslo, quizás lo más sensato es que cada uno siga su camino. Y el caso es que el verbo se escucha: han roto, rompieron el verano pasado. Quiero que rompamos –me dijo una mañana con un tetrabrik de leche desnatada en la mano. ¿El qué? –estuve ridículamente a punto de preguntarle pero me contuve. Quiero romper –repitió entonces y oí hacerse añicos el delicado cristal de su m, intuí la rabia que tanto tiempo llevaban incubando sus erres. No; estoy razonablemente bien, pero... no sé, me noto el alma torpe, como escayolada.


Cuentos para leer en el ascensor

Cr贸nica de agua


Cuentos para leer en el ascensor

Hay un excelente ejercicio narrativo que consiste en observar la realidad más cotidiana desde un prisma inesperado. Colocar al narrador de nuestra historia en el equipo contrario, olvidarse del poli y meternos en la piel del asesino; que hable la mascota (el canario, el pez, el pequinés) y nos cuente qué hay de verdad –ya es un secreto a voces- en lo de que su dueña tiene un amante. Ponerse en , ver la península desde Marruecos, la Tierra desde Marte resulta tan sugerente como saludable. A este estilo responden los micros de Crónica de Agua. Con este pariente pobre de Gurb daremos un repaso al planeta y a sus habitantes.


Cuentos para leer en el ascensor

LOS NOMBRES Son curiosos los seres humanos. Posiblemente lo más curioso sean sus nombres. Hay tipos que se llaman Juan, Pedro, Argimiro... Les he preguntado la razón del apelativo, el significado de la palabra pero no han sabido responderme. Alguno –Habilio- argumentaba que también su padre o su abuelo se llamaba así; otro lo atribuía al arbitrario gusto de sus progenitores; aquél a su musicalidad... El caso es que sus nombres no los definen. De hecho en un mismo lugar puedes encontrar tres Migueles o dos Vanesas y esto conduce a no pocos errores y malentendidos. En vano he intentado encontrar alguna similitud entre quienes responden al mismo apodo. Hay Migueles y Joses altos y bien parecidos y los hay achaparrados y patizambos. Lo más insólito es que cuando son rigurosamente iguales o gemelos reciben nombres muy diferentes. Suelen, cuando media entre ellos cierta afectividad, apocoparlos y así Jose María se queda en Chema o Gaudencio en Chencho. Sólo cuando la relación es muy especial o íntima se olvidan del nombre habitual y responden a cariño, cielo, corazón o ratita. He intentado dirigirme a ellos en semejantes términos y no he recibido sino incomprensión y algún que otro soplamocos.

A ese nombre inicial suele acompañarlo una retahíla de adjetivos que ellos conocen con el nombre de apellidos. Con estos últimos no he tenido mejor suerte. Conozco Herreros que trabajan paradójicamente en oficinas y tipos que presumen de Grande, que son más bien poquita cosa. Con decir que hay un Zapatero que es presidente del gobierno...

XJM345678, reportando desde Tierra.


Cuentos para leer en el ascensor

LOS OJOS

El resto de los habitantes de Agua (Tierra) cierran los dos a la vez; bien cuando parpadean, bien cuando duermen. Sólo Benito, el vecino del tercero, cierra uno y mantiene el otro abierto. Me desconcierta Benito, el vecino del tercero: me mira de arriba abajo, se demora en mis pechos o en mis caderas y cierra un ojo -normalmente el izquierdo- frunciendo a la vez los labios. Que no me entere yo que ese culito pasa hambre -me dice viéndome subir apostado en el rellano. Salvo Benito, el vecino del tercero, el resto de los habitantes de Agua (Tierra) se sirven de otro orificio -boca- para sus libaciones. Acaso Benito -eso es- sea como yo, un ser en tránsito que aún no controla ni conoce su cuerpo. En fin. XJM, reportando desde Tierra (digo Agua).


Cuentos para leer en el ascensor

Ejercicios de heterografĂ­a


Cuentos para leer en el ascensor

VESO Dícese del beso inadecuado. Bien por la persona a la que va dirigido; bien por el momento o el espacio en que vesamos; bien por la pasión o la neutralidad que ponemos en ellos. Los peores vesos, curiosamente, son aquellos que no alcanzaron las mejillas, los labios, el cuello... Aquellos que quisimos -lamentamos tanto no haberlo hecho...- dar; aquellos que esperábamos recibir. Vesos. Dichosos, malditos vesos.


Cuentos para leer en el ascensor

Cuentos para leer en el el ascensor


Cuentos para leer en el ascensor

CÓRNER Cuando pitó el primer fuera de juego brotaron los improperios. Casero le llamaron. Comprao. Yo me mantuve en silencio. Bermúdez nuestro media punta estaba en una posición correcta pero aquel único error, incluso despiste, –pensé- no era suficiente para dudar de la imparcialidad del colegiado. Maricón –le gritaron cuando sentó en el banquillo a Peláez. Era nuestro jugador quien había sido agredido en aquel lance pero aquel despropósito no ponía en entredicho la virilidad del árbitro. No tenía yo constancia de su opción sexual. Me contuve, pues. Cabrón –vocearon al unísono mis compañeros de grada cuando señaló el inexistente penalti. Cállate, Fermín, me dije. ¿Qué pruebas tienes tú de que a este señor le es infiel o no su señora?. Cuando empezó a celebrar ostentóreamente los goles del equipo contrario y a abrazar a su entrenador, los aficionados le mentaron a la madre Chitón, Fermín –pensé- ¿qué sabrás tú de las condiciones en que fue engendrado este caballero? Medité unos minutos sobre cuál sería el apelativo más acertado para aquel comportamiento, para afear aquella conducta. No había que entrar en la descalificación personal ni dejarse cegar por la acritud. Bobo –balbuceé finalmente cuando ya se perdía por el túnel de vestuarios. Eso sí, con un odio...


Cuentos para leer en el ascensor

NÚMEROS

Sobre la mesa en que escribo estas líneas hay tres libros y dos cuadernos. Desde la ventana a la que se asoma el escritorio se puede ver una plaza en la que juegan... 17, no, 18 niños a los que custodian nueve adultos. Del autobús que se ha detenido en la parada descienden 9 hombres, cuatro mujeres y nuestro protagonista. Silvia, mi mujer, se ríe cuando le digo que estoy escribiendo, combinando letras. Lo tuyo, cariño – me ha dicho ya, con ésta, 19 veces- son los números. No sé en qué se basa.


Cuentos para leer en el ascensor

SILOGISMOS

Le debía mucho a Don Félix, el profesor de filosofía que le enseñó los silogismos. Cursaba por entonces Bachillerato y quería aprender a nadar. Todos los hombres, chaval, flotan. Tú, Julián, eres un hombre. Tú, flotas –pensaba Julián asomándose temerosamente al lago. Aquella forma de razonar le había guiado desde entonces por la vida y le había consolado: Todos los hombres se equivocan, Julián; tú eres un hombre; tú –de vez en cuando, qué coño...- te equivocas. Hasta su hijo había utilizado con él aquella argumentación cuando Julián presentó el primer episodio de Alzheimer: Tu casa, papá, tiene jardín; esta casa no lo tiene; ésta –no te pongas cabezón, cojones- no es tu casa. Algo grave le había hecho Julián a la Parca para que lo tuviera olvidado, arrumbado, en aquella residencia. Todos los hombres son mortales, Julián; tú Julián –eres un hombre; tú, Julián –no te apures- eres mortal –solía pensar cuando un chispazo de lucidez le encendía los ojos.


Cuentos para leer en el ascensor

TIC TAC

Cuenta la leyenda que el Rey mandó construir una cárcel en la capital donde recluir a los mayores criminales de su reino y que puso al frente del penal a uno de sus lugartenientes. El monarca, anciano ya, se acercó un buen día a la fortaleza. Éste degolló a los siete miembros de una familia; el de más allá estranguló a treinta y cuatro niños –se regodeó su general en los detalles y en el número de víctimas de los condenados. El oficial acompañó hasta la puerta a su señor y leyó la desilusión en sus ojos. Os falta, amigo mío, encerrar al homicida más desalmado –dijo inesperadamente. Decidme, majestad, dónde está e iré personalmente a prenderlo –respondió el soldado. En mi bolsillo –le contestó entonces el Rey, mostrándole su delicado reloj de plata.


Cuentos para leer en el ascensor

INAPRECIABLE

Una mancha. Todo empezó con una pequeña mancha de humedad en nuestro dormitorio. Compré una lata de pintura y la eliminé de un brochazo. No acerté con la tonalidad; aquel parche, aquel remiendo saltaba a la vista y decidí entonces cubrir toda la pared. El resto de la habitación lucía un blanco muy diferente al que yo había utilizado y no tuve más remedio que pintar todo el cuarto. Una salpicadura, unas gotas rebeldes, arruinaron la puerta del armario. El carpintero nos dijo que ya no se trabajaba esa madera y recomendó sustituir aquel mueble por uno de avellano. La cama no se llevaba nada bien con aquel advenedizo y tuvimos que cambiarla. La alcoba, amueblada ahora en estilo provenzal, parecía no formar parte de la casa y hubo que deshacerse de todos los enseres y redecorar toda la vivienda que acabó tomando el aire de una casa rural en medio de los Alpes. Bastaba asomarse por sus ventanas de aluminio, a la ciudad, para sentirse incómodo y desubicado. La vendimos y nos mudamos a este apartamento, funcional, moderno, minimalista. Ha sido ella -¿la ves, cielo?- quien la ha encontrado; una diminuta, casi inapreciable, mancha en la pared del pasillo. Tengo –tenemos- miedo.


Cuentos para leer en el ascensor

2: 45

El hombre comprende al escuchar la radio que en cuestión de minutos, nada de lo ocurrido esa madrugada en aquella habitación será verdad. Si alguien lo vió entrar -veamos el lado bueno- nunca lo recordará; ni él mismo tendrá la certeza de haber estado allí ni de haber apretado el gatillo. Ni siquiera el cadáver desmadejado que hay a los pies de la mesa resulta, ahora que se fija bien, muy convincente. A pesar de los cuatro impactos de bala juraría que aquel tipo no está muerto. Bueno, sí, todavía sí; pero sólo hasta las tres. Si quiere cobrar ese encargo tendrá que esperar hasta esa hora para ajustar su reloj y volver a hacer su trabajo. Porque a las tres serán las dos.

Manda pelotas


Cuentos para leer en el ascensor

CABALGATA (El grupo que está en torno a la mesa lo forman un matrimonio octogenario y dos hijos cuarentones que escriben aplicadamente sobre folios cuadriculados). PADRE . (Indeciso; no encuentra las palabras) Mamá y yo pensamos que tal vez sea el momento de que lo sepáis. (Vuelve la vista hacia la anciana que está sentada a su derecha). MADRE. (Mira a los hijos con una mezcla de ternura y determinación) Lo hemos ido dejando hasta ahora por miedo a haceros daño: se os ve tan... ilusionados. (Los HIJOS mantienen un silencio expectante mirándose alternativamente entre ellos y a sus progenitores) PADRE . Ya sabéis: los... Reyes (Baja ligeramente la voz, como si fuera a desvelar un secreto) HIJO 1. ¿Qué Reyes...? MADRE. Los Reyes Magos a los que estáis escribiendo las cartas. HIJO 2. ¿Qué pasa con ellos? MADRE. Los Reyes Magos somos... nosotros. PADRE. Mamá y yo. (Los HIJOS se miran entre sí descolocados: tal vez -sí- haya que ir pensando en enviarlos a una residencia).


Cuentos para leer en el ascensor

INVENTARIO

A punto estaba de apoyar sus labios a unos milímetros del ombligo de la mujer cuando el hombre se detuvo, recapituló y calculó el camino que había recorrido hasta esa dulce sima: 1. Los años que la pretendió; porque fue un lustro lo que tardó ella en acceder a sus requiebros. 2. Las infinitas tardes de sesión continua hasta que con cierta naturalidad consiguió deslizar su brazo por sus imperturbables hombros 3. La torpeza con que su mano alcanzó tras decenas de cafés la mano, siempre huidiza, de ella. 4. El primer beso, ansioso, apasionado de él; neutro, renuente, de ella. 5. Las charlas interminables sobre las relaciones prematrimoniales, su importancia; las horas invertidas en desmitificar la virginidad y defender el deseo. 6. Los ramos de flores, los regalos de San Valentín que ella aceptaba con tanta indiferencia. 7. Los 165 kilómetros que habían recorrido hasta aquel hotel que por fin la había convencido. 8. La culpabilidad con que se había puesto el preservativo.

Sí, fue en ese preciso instante cuando -inasequible a los suspiros sofocados de ella, a su piel trémula, a su desconcierto, a la obscenidad que para retenerlo le acababa de susurrar al oído- el hombre se levantó, se acercó al galán, se vistió parsimoniosamente y desapareció por la puerta. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

MISERICORDIA

La mujer se acercó un poco más y leyó el mensaje -Es triste pedir pero mas triste es rovar- que el mendigo mostraba a sus pies en un cartón. La mujer se agachó, se llevó la mano al bolsillo y con un gesto de determinación en los labios enmendó la falta ortográfica con un rotulador verde. ¿Eso es... todo? –preguntó, desconcertado, el mendigo. Les das la mano y te cogen el brazo... –farfulló la mujer y añadió al cartel la tilde que faltaba.


Cuentos para leer en el ascensor

PANDA De eso sí que me acuerdo: a aquel tipo le gustaban mucho las cafeterías tranquilas. Nos sentábamos en alguna mesa y él envolvía mi mano bajo la suya. La movía entonces sobre el velador mirándome embelesado a los ojos. Cada dos por tres presionaba –era un gesto medido y preciso- delicada e insistentemente con el dedo índice o el corazón sobre mi puño cerrado. Me abandonó en cuanto supo que había pillado un virus que se estaba merendando mis neuronas. Me parece recordar que era -sí- informático. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

TRAIDORES

Si no anda uno listo, el cuerpo le -o lo traiciona. Está diciendo uno A cortésmente y los ojos dicen B. Lo mismo pasa con las manos: te descuidas un segundo y se van al pan. Mi marido fue a Pasapalabra y le -o lo- traicionaron los nervios. Cuando veíamos juntos el programa, sus nervios le demostraban una inquebrantable lealtad pero fue llegar a la tele y amotinarse. Anduvo un tiempo cabizbajo, rumiando aquella pública infidelidad. Tardes enteras me tuvo repasando aquel rosco nefasto. Lo olvidó mucho después, cuando lo -o le- traicioné con un veinteañero. Hace -si no me traiciona la memoria- casi dos años que no le -o lo- veo.


Cuentos para leer en el ascensor

UNA Y MIL VECES (Escoge el final) Me ha ocurrido –lo sabes- desde siempre. Vuelvo una y mil veces sobre mis pasos para comprobar que he cerrado el coche. Abro una y otra vez la puerta de casa para cerciorarme de que dejo las luces apagadas; me echo la mano al bolsillo casi compulsivamente para asegurarme de que ahí siguen la cartera, las llaves... Comprende entonces que te abandone en mitad de la noche, en medio de un –son, amor, tan realesbeso, de una caricia; que te deje, tesoro. desconcertada, abrazando el aire y cruce la ciudad hasta aquí para que una lápida me confirme una y mil veces.

1.

que estoy muerto.

2.

que estás muerta.


Cuentos para leer en el ascensor

30-15

Esta niña tiene manos de pianista –le dijo una vecina a mamá cuando apenas tenía siete años. Aquella frase me costó –mi madre era una persona muy influenciable- varios años de solfeo e instrumento que acabaron por confirmar que la presunta pianista no iba más allá de mis nudillos. Muchacha, tú lo que tienes es pie de atleta –me dijo el médico al que acudí alertada por un insufrible picor entre los dedos. Aquel prometedor -acaso el señor me mandaba por ese caminodiagnóstico me animó a inscribirme en un polideportivo y en una media maratón. El flato y la lipotimia que me sobrevinieron en el tercer kilómetro me demostraron que de atleta sólo tengo un pie; concretamente el izquierdo. Cabeza de chorlito –me espeta, al recordarlo, mi marido que para esas cosas tiene memoria de elefante. Años después un traumatólogo con vista de lince me aseguró que tenía codo de tenista. Durante meses he intentado emular a Kournikova con muy poco éxito. No empuño, según mi entrenador, como debo la raqueta. Tienes manos de pianista –me dice mirándome desilusionado los dedos. Lo peor, con diferencia, es que tengo –no se lo van a creer- piel de naranja. Eso dice, al menos, mi cuñada, que tiene patas de gallo. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

DALTONISMO

Te quiero; ¿por qué me odias? Te odio; ¿por qué me quieres? R. de Castro

La vida es complicada. No sé, por ejemplo, si leo porque voy al trabajo en tren o si voy al trabajo en tren para poder leer. Ya saben, no distingo –debe de ser una especie de daltonismo- muy bien entre causa y consecuencia. No estoy muy segura de si ayer me dormí porque estaba cansada o estaba cansada, porque me dormí. Igual –no quiero que se vuelvan locos- no hay tanta diferencia. Tampoco tengo muy claro si me casé con él porque lo amaba o como lo amaba, me casé con él. Ni si él me engañó porque no me quería o no me quería, porque me engañó o si me quería por qué coño me engañó. Si se lo cuento es porque no lo entiendo; como no lo entiendo se lo cuento. Sí; la vida es complicada.


Cuentos para leer en el ascensor

FRASE PERDIDA

Me perdí en un cruce de palabras Fito y Fitipaldis, Antes de que cuente diez.

Le dejé muy clarito que no pensaba llevármela a morir a casa -le escuché decir a quemarropa a una mujer por el móvil. Me está costando extraerme esa bala -digo... esa frase- perdida. Parece, además, de mucho calibre y temo que me explote dentro mientras intento desactivarla o alojarla, al menos, en el hueco menos vulnerable de mi cuerpo; o de mi alma. Cuidado -mucho cuidado- ahí afuera, amigos.


Cuentos para leer en el ascensor

POR FIN Lo más insólito de ese viaje no fue la ciudad anegada, ni el David, ni aquella torre en equilibrio inestable. Lo más sorprendente fue aquella mujer que conocí en el Trastevere y que tampoco tenía ombligo.


Cuentos para leer en el ascensor

PARALELISMOS

Guillermo Turiel, Contatore, autor de obras como Antes de nada, despu茅s de todo, El precio de la luz y La noche ilesa muri贸 asesinado. El crimen fue obra de Claudio Turel, Maracaibo, autor de delitos contra la salud p煤blica, robos con violencia e intimidaci贸n y allanamiento de morada. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

TRAJES DE CEREMONIA

Dependiente y caballero. El cliente se ve por fin bien dentro del traje gris marengo: sobrio y elegante. Entre los asistentes estarán el señor juez, el señor comisario y, probablemente el padre párroco. Sin contar con la multitud de curiosos que no querrán perderse detalle –le había dicho al empleado de la sastrería para que comprendiese la importancia de acertar con el atuendo. ¿Qué le parece ésta? –le dice ahora el muchacho tendiéndole una corbata demasiado seria. Apagada–responde categórico el comprador, que se inclina por una estampada. ¿Hablamos, señor, de una boda, comunión, bautizo, jubilación, toma de posesión...? –pregunta el dependiente. Suicidio, amigo mío; suicidio –le responde ajustándose el nudo a la garganta.


Cuentos para leer en el ascensor

A CIEGAS Lo primero que he visto del hombre con el que me he citado por Internet es el diario. Me reconocerás porque llevaré el diario –me había dicho. Me ha gustado, lo confieso, esa otra forma de llamar al periódico. Yo también –le dije , emocionada por aquel primer acuerdo. Estamos ya sentados uno frente al otro. Él ha puesto junto a su cortado La Razón; yo, junto a mí menta poleo, El País.

En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

COMPLEMENTARIOS

(Hombre y mujer sentados en un sofá. Por el tono diríase que abordan un episodio de crisis de pareja: somos tan diferentes, cariño...). ELLA. No sé, cielo, cómo no lo ves: estamos hechos el uno para el otro. Para compartir la vida (se pone pelín pedante) no debemos buscar a alguien idéntico, sino simétrico, una media naranja... ÉL. --ELLA. Tú eres -reconócelo, cosita- terco y yo flexible. ÉL. --ELLA. Tu calma frena mi impulsividad; date cuenta, corazón. ÉL. --ELLA. (desesperada) Tú... eres podólogo; yo, logopeda. ÉL. ---


Cuentos para leer en el ascensor

NO FROST

Ya sé, ya sé que no es así exactamente. Que, bien mirado, no es más que una nevera pero si te lo paras a pensar ese electrodoméstico da vértigo. Lo abres sin ningún tipo de precaución un miércoles y te encuentras en uno de sus estantes con el lunes. Vale, de acuerdo, sí: con el guisado que no conseguiste terminar el lunes, pero lunes a fin de cuentas; metido, recluído en un tupper, pero lunes. Decides obviar el calendario y cenarte ese retal del lunes y lo metes en el microondas con la intención de que el calor lo ablande y lo vuelva miércoles o, al menos mediodía de martes. Lo peor es que el viernes tropiezas con el miércoles; bueno, con el trozo de bonito con tomate que te pareció excesivo el miércoles porque ese trozo de pez –basta mirarlo, fíjate- es miércoles; maquillado con albal, pero miércoles. Lo masticas lentamente para que se vuelva viernes o al menos jueves a media tarde pero esta vez esos minutos de miércoles se te quedan en el estómago que no quiere, que está harto de que le des gato, digo miércoles, por liebre, digo por viernes. Intentas mantener, retener ese trozo de miércoles que te cenaste el viernes pero acabas soltándolo aparatosamente la madrugada del sábado.

El fuego, la rueda estuvieron bien pero con el frigorífico fuimos ya demasiado lejos.


Cuentos para leer en el ascensor

LLÁMAME

¿Contratamos un servicio “Abrígate”? –le pregunta la empleada de la agencia de viajes alargándole los bonos del vuelo y del hotel. ¿”Abrígate”? –pregunta extrañado el viajero. Hay personas que llegan a destino y no tienen alguien querido a quien llamar. La vida y la muerte nos van dejando tan solos.... Por un poco más usted tendrá un número al que telefonear: una madre (“Abrígate, tesoro”), una hija (“Abrígate, papá”), una esposa (“Abrígate, cariño”) –le explica pacientemente la joven. Póngame, por favor, un “Abrígate, tigre” –se decide finalmente el hombre. Algo parecido al deseo le enturbia los ojos.


Cuentos para leer en el ascensor

NO HAY COLOR Pues a mĂ­ el Negro me cae de puta madre -dijo entonces el Rojo.


Cuentos para leer en el ascensor

INCONTINENCIA Hasta entonces fui un escritor mediocre. Fue a los sesenta y dos cuando comenzó mi brillante carrera literaria. Me despertaba de madrugada para desaguar y, de vuelta a la cama, me asaltaban las musas que me mantenían tecleando hasta el amanecer. Crítica y público esperan impacientes una nueva novela. Incautos: no saben que me acabo de operar de la próstata.


Cuentos para leer en el ascensor

TARDE DE TERRAZA El resto del año es un lugar inhóspito. El balcón de ese décimo piso está orientado al Norte y sólo en pleno verano los habitantes de la casa se acodan en su barandilla. No; el resto del año apenas apartan la cortina para decidir qué abrigo ponerse o regresar a la cama y arrebujarse en medio de una tormenta de granizo. Es avanzado Julio o a primeros de Agosto, con un cigarrillo entre los dedos o recostados en una tumbona cuando descubren el lugar donde viven desde una perspectiva asombrosa. La ciudad que contemplan no les parece la misma por la que caminan a diario. Ven edificios desconocidos; jurarían que aquellas colinas que quiebran en ese punto el horizonte nunca estuvieron allí; que esa calle que hierve bajo sus pies -menuda tontería- no es tampoco la que corresponde a su domicilio. Tampoco el mar. Porque ellos hasta esta aciaga tarde en que se les ha ocurrido asomarse a la terraza, vivían –así lo creían ellos al menos- en Segovia.


Cuentos para leer en el ascensor

UN CHICO PROMETEDOR Carlitos aún creía en los Reyes pero -estaba claro- no confiaba en ellos. Si no, no hubiera hecho lo que hizo; si Carlitos hubiera confiado en los Reyes no hubiera secuestrado al Niño Jesús. En el belén, San José tenía las manos levantadas al cielo como pidiendo una explicación y la Virgen miraba, desolada y meditabunda, el pesebre vacío. Volveréis a ver al Niño si Melchor me trae la Wii -rezaba el mensaje de atropellada caligrafía que encontraron bajo la mula. El Nacimiento cada vez estaba más alborotado. Los pastores y la lavandera se acercaron al portal para interesarse por lo ocurrido; convocaron una concentración silenciosa junto al río y regresaron mansamente a sus sitios. El centurión romano peinó con un par de legionarios musgo y cartón piedra sin ningún resultado. Melchor buscó inútilmente en sus alforjas el trasto que pedía aquel mocoso. Despedíos del Crío si llamáis a la policía -terminaba la nota. Dejaron la Wii junto a los zapatos. No durmieron en toda la noche: no tenían muy claro que Carlitos cumpliera su promesa. En fin.


Cuentos para leer en el ascensor

VETE A DORMIR

Algunas noches me la tropiezo en la vida real. Ella sube por alguna escalera mecánica y yo bajo; yo entro al cine del que ella sale; ella camina por una acera y yo por la opuesta; ella abandona el bar de copas al que llego; se monta en el autobús del que yo me apeo. Mi metro esta madrugada iba en un sentido; el suyo en el contrario. Se han detenido en paralelo. ¿Por qué, cielo, no estás ya dormido y en la cama? –me ha reprochado como siempre con la mirada. Sí, no hay duda: era ella, la mujer de mis sueños.


Cuentos para leer en el ascensor

ÍNDICE

Más que palabras .............................................................. 3 Crónica de Agua .............................................................. 13 Ejercicios de heterografía ............................................... 17

Cuentos para leer en el ascensor ................................... 19

CUENTOS PARA LEER EN EL ASCENSOR.  

Colección de microrrelatos para celebrar el Día Internacional del Libro

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you