Issuu on Google+

Cuentos para esperar en los semรกforos Aster Navas


ESTIMADO PEATÓN

No, si ya sé que no llega usted al metro o al médico y que así, a primera vista no se acerca ningún vehículo en ninguno –cerciórese, haga el favor- de los dos sentidos pero se la está usted jugando. ¿Cuánto puede tardar en cambiar el semáforo? ¿Unos segundos? Justo lo que tardará en leer uno de estos relatos.


INMEJORABLES VISTAS. Les juro que yo quería venderla. De hecho no tardé en poner el cartel –SE VENDE- en su entrada y mi número de teléfono. Nadie me llamó y en un segundo pasquín intenté ser más explícito: SE VENDE CASA. Tampoco recibí ninguna oferta y decidí afinar más: SE VENDE ESTA CASA. Nadie se interesó por ella. Tal vez –pensé- la construcción (se) impersonal haga pensar a más de uno que tendrá que bregar con una inmobiliaria. VENDO ESTA CASA, redacté finalmente pero al tercer día comprendí que ese “esta” parecía mostrar fastidio: “esta (puñetera, miserable, ruinosa...) casa”. Lo corregí: VENDO MI CASA. Al de pocas horas lo retiré. Más que un cartel parecía una confesión, una renuncia, un naufragio. El texto sugería que estaba desahuciado; un tipo que ponía el hogar familiar en venta carecía de sentimientos o el agua le llegaba al cuello. Por eso rectifiqué: NO SE VENDE. Muchos me llamaron preguntando qué era lo que no se vendía y me vi obligado a aclararlo: NO SE VENDE CASA. ¿Qué casa? –preguntaban. No dejaba de sonar el teléfono y tuve que ser categórico: NO SE VENDE ESTA CASA. Las llamadas pedían una explicación más detallada; la razón o las causas por las que no se vendía. Resultaba –me señaló un señor de Murcia- además confuso: ¿No quería o no podía venderla? Intenté ser más elocuente: NO VENDO MI CASA. Recibí entonces ofertas multimillonarias y hube de ser tajante: NUNCA VENDERÉ MI CASA. En fin.


TRES MILÍMETROS

Últimamente, amor, nadie me llama. He buscado por si acaso mi nombre en la guía. Estoy –fíjate bien- en la cuarta columna de la página trescientos cuarenta y cinco: GARRIDO, Juan José. Tres milímetros más abajo he tropezado contigo: GARRIGAS, Marta. No te conozco de nada pero me ha parecido ver en esa proximidad la mano del destino. He marcado intrigado tu número. No he sabido qué responder a tu dígame: Lo siento. Tan sólo estaba comprobando –a veces es tan equívoca- la realidad. He mirado la dirección y vives dos calles más arriba; según el buzón de tu portal en un tercero luminoso. No me ha quedado más remedio –compréndelo- que sitiarte: emboscarme en el bar de enfrente hasta memorizarte; apostarme en el rellano hasta enamorarme. Tu marido – convéncete: esta misma mañana te ha dado un beso tan neutro...- te quiere menos que a mí mi esposa. Al volver a casa ha sonado por fin el teléfono: GARMA, Claudia. Tan sólo –se ha disculpado- quería comprobar la realidad: últimamente nadie le llama. Le he asegurado –no te preocupes- que eras la mujer de mi vida. ¡Cachis! ¡Por tres milímetros...! –ha dicho y ha colgado. Parecía despechada: seguro que había visto en el alfabeto el inconfundible dardo de Cupido.

¡La muy tonta!


__________________________________________LOS COCHES DE PAPÁ

Papá siempre tuvo muy bien la cabeza: - A la chiquilla la operamos de anginas cuando compramos el Gordini -decía con una seguridad envidiable. - Recuerdo perfectamente aquellas Navidades -rememoraba- porque tuve un golpe de lo más tonto con el Seiscientos. - Cuando se casó Juan aún no teníamos el 124 -argumentaba, y todos nos asombrábamos del tiempo transcurrido. Fuimos -insistía- a la boda en el Milquinientos; no sé -nos miraba extrañado- cómo no os acordáis. Cuando murió mamá malvendió el Clyo y dejó de conducir. Físicamente está muy bien pero desde entonces -no me digan por qué- le falla cada vez más la memoria. Fue a finales del verano; en Septiembre. Lo recuerdo perfectamente: acababa de comprarme el Ford Mondeo. En fin.


CUIDADO CON LAS MEDUSAS

Nunca pregunté nada. De niña me dejaba tomar de la mano hasta la playa y allí me apostaba como el resto. Algo, pensaba, crucial ocurrirá allá en el horizonte, Martita, para que nadie lo pierda de vista, para que, religiosamente y todos los días este arenal se llene de gente con los ojos fijos en el mar. Sólo los niños le dábamos de cuando en cuando la espalda para jugar con la arena; el resto, desde las terrazas, desde las toallas, incorporados en sus tumbonas, no perdían detalle; contemplaban expectantes las aguas, seguros de que ese martes, de que aquel jueves, de que ese mismo miércoles ocurriría, por fin, lo que esperaban. Curiosamente ese acontecimiento sólo tendría lugar –arbitrariedades del destino- un día soleado pues los días nublados y aún más los lluviosos bajaba curiosamente el número de asistentes. Con la pubertad seguí acudiendo con mis amigas a las que –tal vez, pensaba, era algo demasiado evidente y se burlarían de mí- tampoco planteé nada. Continué, pues, plantándome frente al océano sin cuestionarme el motivo. Más tarde fui con mi novio de toda la vida; no sabría decirles en qué punto la inercia desahució al amor. ¿A qué estamos, cielo, esperando? –le pregunté una mañana de Agosto con la vista fija en el Cantábrico. Él se puso inesperadamente lívido, como sorprendido en una falta grave y, sin desviar la vista de las olas, me propuso matrimonio.

Mis niños nunca han preguntado nada; se dejan llevar de la mano hasta la playa.

En fin


DEMASIADO CORAZÓN

El otro día escuché en el metro una confesión inquietante: El sueldo era inmejorable pero yo – ya me conoces- no tengo estómago. El estómago se las trae. De hecho hablamos de él como si tuviera –mi estómago no me tolera el picante- una existencia independiente. Mi Antonio tenía –no me puedo quejar- estómago. Sí, estaba completo. De vez en cuando yo lo decía que no tenía corazón y otros le aseguraban que no tenía cojones. Pero son cosas que se dicen en sentido figurado: bastaba llevarle al Antonio la mano al pecho o a la entrepierna para comprobar que tenía lo que hay que tener.

No; todo estaba en su sitio. Lástima –eso acabó con nuestro matrimonio- que tuviera un colon tan irritable. Me ponía del hígado.

En fin.


Sol

Munduruk se adentró en la cueva buscando un espacio para una nueva pintura. Un dardo de luz le iluminó los pies: por un pequeño agujero en la pared entraba una luz blanca y fría. Aplicó el ojo a aquel orificio; desde la minúscula ventana vio sin poder leerlo un cartel que decía Sol y un grupo de mujeres y hombres, ridículamente vestidos, con gesto impaciente. Primero fue el temblor, luego el estrépito y por fin la enorme culebra metálica.

Cegó asustado la hendidura y alcanzó la salida. Desde entonces, se quedaba, por momentos, ausente, como si le llegara, difuminado, el inconfundible fragor del metro; absorto, inmóvil, como aquella tarde en que lo embistió el bisonte.

En punto Elenita, así, a simple vista, es un encanto, una niña modelo. La muchacha, de unos diez años, escoge cuidadosamente a sus víctimas: suelen ser hombres y mujeres que rozan los cuarenta. Los asalta en plena calle. Señor, ¿qué hora tiene, por favor? –pregunta a bocajarro. Las once y cuarto, cielo –dicen, alejándose acera adelante, con los hombros más caídos que hace apenas un instante, con algunas canas más en las sienes que hace tan sólo un segundo.

Mejor no les cuento lo que hace con los ancianos.


Manchas

El vecino del quinto coincide con la vecina del tercero en el ascensor. Lleva meses soñando con ella: se acuesta y la recrea cada noche, desnuda y cómplice, en su misma cama. Con un gesto que le desarma, la mujer se aparta la melena y muestra en su cuello la deliciosa mancha de café que el tipo tantas veces ha imaginado. Se despide fría y distante; no sabe que ese cuarentón conoce las coordenadas exactas de su ombligo.

Sobrinos, primos y demás familia

Don Marcial García Ruibarbo CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE D.E.P. Misa funeral a las siete y media de la tarde de mañana Miércoles, 25 de Mayo, en la Basílica de Santa María: Planta de cruz latina, bóveda de crucería; gótico tardío. En fin.


Hechos consumados.

El tipo, mal que bien, consumó su matrimonio. Años después, arruinado, consumó un atraco. Nunca me explicó por cuál de los dos delitos acabó en la cárcel. En fin.


Recórcholis.

Tengo un montón de palabras muertas de la risa. Me pasa con ellas lo que con una camisa estampada que nunca saco del armario: no encuentro el momento, la ocasión de lucirla; no encaja con ninguno de mis pantalones. Además con las palabras hay que tener un cuidado especial porque se oxidan: decide uno, tras mucho meditarlo, decir “jolín” y la puñetera exclamación suena mal, como una bisagra herrumbrosa. Hoy, por fin, he tenido la oportunidad de decir “¡cáspita!”. La tenía especialmente abandonada. Sí, “¡cáspita!” he dicho presuroso –la ocasión la pintan calva- cuando mi mujer me ha confesado –“tenemos que hablar, cariño”- que tiene un amante. Ella entonces me ha mirado alarmada. Te perdono porque te veo “contrita” –he añadido. Más que nada para tranquilizarla.

En fin.


Ocho

Salí del garaje y tropecé con el semáforo cerrado. Me impacienté esperando la luz verde y miré incluso con antipatía a los peatones. Era el primer disco -pensé- de los ocho que me separaban de la autopista. Embragué, metí primera y llegué al segundo; en el octavo me enzarcé con el vendedor de kleenex. Al volver del trabajo recorrí aquel laberinto de luces en sentido inverso.

Al llegar a casa respiré aliviada. Pablo me abrazó y yo me separé delicadamente.

Nunca debí regalarle aquel pijama rojo.

En fin.


Zoco

A Antonio Miranda le fascinó Estambul. En el zoco se encaprichó de un brazalete de bronce y ámbar y, por señas, preguntó su precio al orfebre. Regateó con gestos hasta que, sin esperarlo, le brotaron las primeras palabras en turco: unos monosílabos que crecieron y se hicieron frases. Incapaz -no entendía ni papa de castellano- de volver a casa, abrió el puesto más humilde de este mercado: el de contador de historias.

Yo -por cuarenta piastras- le compré ésta.

Un poco -no sé regatear- cara...

En fin.


Yo (quizás él)

Paciencia y barajar -me dije. Sí. Paciencia y barajar, Bernardo -me dije el día que me rescindieron el contrato. Sí; eso me dije en el ascensor. No; por supuesto que no hablo solo; como mucho -la jodiste, Bernardo- alguna exclamación, uno de esos exabruptos reflejos que a usted también se le escapan si se corta al afeitarse. Poco a poco, sin embargo, empecé (acaso debería decir "empezó") a hacerme preguntas -¿Por qué no te tomas la tarde libre, Bernardo? y -es una idea cojonuda- a responderlas. Aquellas frases se convirtieron en reflexiones, anécdotas...

Ayer mismo me conté (tal vez debería decir "me contó") un chiste buenísimo. Es (no sé si decir "soy") un cachondo. Estás loco, Bernardo -me dije, (bueno, me dijo) muy serio, tras escuchar mi (no sé si decir "su") risa floja.

En fin.


Te imagino

Durante un tiempo viví junto a un campo de fútbol. Las tardes de domingo podía ver los encuentros que disputaban voluntariosos equipos de Regional Preferente. Un edificio más alto me impedía ver la mitad del estadio; tuve que inventar muchos goles, arriesgados avances por la banda y memorables paradas. Más tarde me mudé a un bloque cercano a la estación: desde su balcón podía ver los vagones apostados en las vías. Un pabellón industrial me ocultaba los andenes de los trenes de largo recorrido; intuí presurosos viajeros, emocionadas despedidas, gestos desatados y contenidos. Vine después a este apartamento frontero al tuyo. A diario te puedo ver deambular por la casa; leer en el salón, trajinar en la cocina. Una torre de oficinas me oculta tu alcoba; te imagino… En fin.


Dominó

El tipo del andén bostezó. La mujer lo vio desde el vagón y no pudo reprimir otro bostezo que viajó por todo el convoy rebotando de boca en boca. Una niña de trenzas lo apeó por fin en Embajadores y se lo contagió a un mantero con el que alcanzó la calle. Allí el bostezo se subió a una motocicleta, enfiló la avenida y se repartió a derecha e izquierda en un semáforo. A mí me ha atrapado sentado con Marisa en esta terraza. Te aburres conmigo -me ha dicho, enfadada, y se ha perdido calle abajo. Hacia Embajadores.

En fin.


Sol

Munduruk se adentró en la cueva buscando un espacio para una nueva pintura. Un dardo de luz le iluminó los pies: por un pequeño agujero en la pared entraba una luz blanca y fría. Aplicó el ojo a aquel orificio; desde la minúscula ventana vio sin poder leerlo un cartel que decía Sol y un grupo de mujeres y hombres, ridículamente vestidos, con gesto impaciente. Primero fue el temblor, luego el estrépito y por fin la enorme culebra metálica.

Cegó asustado la hendidura y alcanzó la salida. Desde entonces, se quedaba, por momentos, ausente, como si le llegara, difuminado, el inconfundible fragor del metro. Absorto, inmóvil, como aquella tarde en que lo embistió el bisonte.


Cuestión de detalle

Llevo quince años yendo al mismo peluquero; como profesional es un desastre pero, mientras perpetra su corte de pelo, el tipo se interesa por mi úlcera de estómago; eso le absuelve. Llevo diez años con el mismo mecánico; como profesional es lamentable pero, mientras me cobra las bujías que no me ha cambiado, el hombre me regala un ambientador con aroma de lavanda; eso le indulta. Mi mujer lleva ya tres meses con la misma aventura; como amante, según ella, el tipo es un fraude pero, cuando abandona nuestro dormitorio, olvida siempre sobre la mesilla una cajetilla de Chesterfield; eso le salva.


Carne

Cuenta la leyenda que hubo un rey de Arabia que abdicó inesperadamente en su primogénito. Su poder alcanzaba las nieves del Atlas pero nada podía contra la muerte. Fue por eso que una mañana de Abril e subió a un alazán blanco y con una docena de hombres abandonó el palacio. Durante años recorrió todas las regiones de su inmenso reino. En cada pueblo, en cada aldea, junto a cada oasis encontró siempre un cuidado cementerio. Cuenta la leyenda que llegó un buen día a un valle que no recogían los mapas. Era un lugar insólito pues no había rastro de tumbas, panteones, piras ni mausoleos. Fueron recibidos con una hospitalidad encomiable y acomodados en un hermoso palacete. Los trataron con una delicadeza exquisita: comieron los mejores platos, bebieron una hidromiel deliciosa y durmieron con la certeza de saberse inmortales. Sólo meses más tarde, cuando el chamán lo desnudó bruscamente y, mirándolo satisfecho, desenvainó la daga, comprendió que eran caníbales.


Frente frío.

Nunca fui mujer de un solo paraguas. Pocos, muy pocos me han durado semanas; la mayoría días contados. Y no, no es cuestión de olvido o memoria. Si los abandono –escojo minuciosamente el espacio y el momento- en el metro o sobre la mesa de un restaurante es, simple y llanamente, por desamor. Necesito cada vez más tiempo para superar esos naufragios. Paso meses buscando un nuevo candidato: prefiero, después de tanto fracaso, calarme hasta los huesos a equivocarme. Me pateo tiendas y centros comerciales: unos chulean de doble varilla, otros –los más vulgares- de centímetros de contero; los plegables juran y perjuran que se adaptarán a mi vida.

Este otoño torrencial me ha hecho precipitarme: ahí lo tienen, en el atestado paragüero de esta cafetería. Sí, el estampado.

Como lo pierda de vista o lo deje de la mano, me abandonará y se irá con cualquiera. No; no parece –fíjense cómo presume de mango- paraguas de una sola mujer.

En fin.


Parche

Si lo cuento es porque estoy preocupado: llevo una semana viendo esas bicicletas. No, ya sé que es normal ver una bicicleta pero no así: con su rueda trasera -siempre la misma...pinchada. Sus dueños las arrastran con gesto de fastidio por parques, calles y avenidas; otros desmontan en mitad de las aceras la cubierta y componen el neumático. Si lo cuento es porque tal vez tenga algún significado: son demasiadas bicicletas pinchadas; hoy, sin ir más lejos, ya he visto tres. Tal vez los hados quieren decirme que algo va mal; ya sabe, que debo detenerme, "apearme" y poner remedio a mi vida.

Sí, es algo parecido a cuando veía bailarinas de ballet. ¿Recuerda, doctor? Una esperando el autobús; otra, más allá, en la frutería; aquella, en la boca del metro.

No sé; no sé...

En fin.


Titulares

La mujer del tren desplegó el periódico. El hombre que viajaba a su lado desvió la vista hacia el diario. Al principio, tímidamente; luego, tras ponerse unas gafas graduadas, con total desparpajo. Se sentía incómodo así, con la cabeza ladeada, y acabó pasando el brazo por sus hombros. Si quiere usted echarle un vistazo, caballero... -se enfadó ella, plegándolo y tendiéndoselo. El hombre del tren lo abrió entonces por la sección de deportes. La mujer desvió los ojos hacia las noticias. Al principio, tímidamente; luego, sin ningún recato. Se sentía incómoda así, con la cabeza inclinada, y acabó apoyándola sobre el antebrazo de aquel tipo. Terminaron haciendo el amor en un hotel que se anunciaba en la página 14. En fin.


Guau

Vivía al lado de la estación. De hecho, el tren pasaba a escasos metros de su propia casa; lo suficientemente cerca como para apreciar cada detalle. Hacía ese trayecto -ida y vuelta- cada día. Una mañana reparó en -nunca se hubiera comprado aquellos pantalones- la ropa que colgaba en el balcón, en el extraño coche aparcado en su entrada; en el -de dónde demonios habría salido- inquieto perro que custodiaba la verja. Algunos días un tipo de bigote asomaba a alguna de sus ventanas; otros, una mujer pelirroja. Un niño de unos cuatro años trastabilleaba por el... por su... -¡qué coño!- jardín.

A su regreso nada quedaba de aquella absurda alucinación cotidiana.

Tras el desconcierto acabó gritando a aquellos intrusos desde la ventanilla. Ni siquiera -debían llevar tanto tiempo viviendo allí- levantaban la vista al paso del convoy.

En fin.


Palabras Se conocieron en el funeral de un amigo común. Estoy tan... no sé; me siento tan... -dijo ella. Consternada -sugirió tímidamente él. Se vieron durante un tiempo. Tal vez... se me ocurre... claro que no sé qué pensarás tú. Tal vez podríamos vivir... -propuso ella. Juntos -concluyó él. Creo... claro que habría que confirmarlo... que estoy... -anunció ella, al de un par de años de casados. Embarazada -dedujo él. Vino después el desencanto y ella le reprochó lo que ya era un secreto a voces. No es necesario que te inventes más congresos. Ya sé que este fin de semana has quedado con... ya sabes... tu -le reprochó ella. Amante -reconoció él. Quiero que sepas que eres, eres... -se irritó ella. ¿Despreciable? -preguntó él. No. Eres un... lo tengo -es una palabrota- en la punta de la lengua; eres un... ¿Un hijoputa? -reconoció él. No exactamente; eres un... le espetó. ¿Un cabrón? -aventuró él. Sí; pero un cabrón, cabrón; un cabro... ¡Ah! Un cabronazo -sentenció él. Eso mismo -le abrazó, aliviada: sin aquel tipo estaba perdida; no encontraba, ya saben..., las... sí, hombre; las...


En fin. Cebra

Aparte de los lugares de encuentro convencionales como bares, cines o cafeterías, los seres humanos se suelen agrupar en los pasos de peatones. Se apostan unos frente a otros, impacientes, y, guiados por una señal convenida del semáforo o del sentido común, se lanzan como posesos unos hacia otros. Pero esta impulsividad apenas dura unos instantes pues, justo en el preciso momento en que deberían encontrarse, se esquivan disimulada o descaradamente. Muy pocos son los que se detienen en mitad de la carretera o de la calle y se dan un abrazo, un apretón de manos, uno de esos curiosos besos... A pesar de que este tipo de espacios acotados con rayas blancas son muy numerosos, el tiempo del que se dispone para cruzarlos es tan limitado que resulta difícil relacionarse e intimar: para cuando se balbucea un buenos días o está usted preciosa, señorita, el semáforo se cierra o un vehículo los disuade de seguir en la vía pública.

Una lástima. Se los ve –no sé...- tan solos.


Trescuartos. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Pablo Neruda Jodida ropa, Natalia. Ahora, al abrir el armario, tengo la sensación de enfrentarme a un peligro tácito, a una mina antipersona. Jamás imaginé que entre el algodón, el lino, el tergal y las microfibras se agazaparan bombas racimo, tomahawks y misiles de largo alcance. Jamás imaginé que en los recovecos de las chaquetas, de los abrigos, de los pantalones se ocultaran armas tan refinadas, artefactos –nuestro matrimonio fue una guerra- sin explotar con los detonadores aún intactos. Lo había, Natalia, superado tan bien: el desamor, el divorcio, la guerra por la custodia, la soledad desconcertante del apartamento. Cuatro años olvidándote, dando esquinazo a la nostalgia, borrándote del disco duro. Jamás debí ponerme aquella trenca, la marinera; ya sabes, aquel viejo tres cuartos azul oscuro. Pero, este invierno, tesoro, es muy crudo y la pensión que os paso no me deja renovar mi vestuario. Fue frente al espejo; al guardar la billetera -con una mano ya en la puerta, con un pie casi en el felpudo- cuando tropecé en su bolsillo interior con las entradas: el cine Rex, la peca tostada de tu cuello intermitente bajo la bufanda. Hijos de un dios menor, Fila 7; 20:30. Me ha costado llegar a Cortefiel. Iba, amor, tan malherido.


A diestro y siniestro

Siempre tuve ese problema. Por lo demás -créame- siempre fui un chico brillante pero me hacía un lío con izquierda y derecha. Ponga su nombre a la derecha, Gutiérrez -me decía Don Félix, mi maestro de primeras letras. Yo me bloqueaba entonces por unos instantes y lo colocaba finalmente a la izquierda. Ni qué decir tiene que mis problemas crecieron en la mili: las horas de instrucción eran un tormento y no tardé en convertirme en mofa, befa y bufa de todo el destacamento. Luego llegó la democracia y nunca supe si votar izquierda o derecha. ¿Y dice usted que ésta no es mi casa sino el 5º izquierda? Entonces ¿quién coño es la mujer que está aquí en la cama, a mi derecha?.

No sabe, créame, cuánto lo lamento. Suelte, se lo ruego, la pistola que tiene en su mano izquierda. ¿O es la derecha?

En fin.


Piel de naranja

(Hombre y mujer caminan por la playa. Atardece. Han hablado ya de los hijos, del tiempo, de la excelente residencia donde, por fin, han admitido a la madre de él; de la reforma – inaplazable- de la cocina, de la revisión –hace un ruido tan raro- del coche; de que ella no sea acaba de fiar del Fresh Banking, de que él sí; de Bertín, de House –no es tan diferente, cielo, de nuestro médico de familia-; de las ventajas de viajar en tren...)

ELLA. (Llevándose de repente las manos a las piernas) ¿Crees que tengo celulitis? ÉL. (Rotundo, acompañándose incluso de un exagerado movimiento de cabeza) No, cariño. En absoluto. ELLA. Lo niegas con tanta firmeza para no preocuparme. Por lo menos (se detiene) podías mirarme. ÉL. Tal vez tengas (fija la vista en los glúteos de ella y entrecierra con gesto de avezado cirujano los ojos) un poco; pero muy poco... Yo te veo aún (nada más decirla repara en lo desafortunado de la palabra y se muerde el labio inferior) guapísima. ELLA. ¿Insinúas que empiezo a estar mayor? (Ha subido el tono de voz) ÉL. (Pasándole la mano sobre el hombro) Yo no he dicho eso, ratón. ELLA. Pero lo piensas; sé que lo piensas (dice ella buscando los labios de su marido: juraría que ayer mismo -¿o sí?- no tenía ese bigote)

En fin


Cajas

A Dios gracias la señora acabó serenándose. Deshechita había estado la pobre Doña Noelia hasta ese instante. Claro que no era para menos. Mira que también Don Pablo morirse así, de esa manera tan turbia, en ese horrible garito –siempre llevó una vida tan desordenada- del Barrio Chino… Sí; menos mal que, al verlo en el féretro, la señora acabó tranquilizándose: todos la vieron tan entera en las exequias, tan conforme junto al ataúd de pino, tan fuerte cuando sellaron el nicho...

Ya en casa sorteó con una sorprendente elocuencia los últimos pésames y se encerró en el vestidor. Fue colocando cada prenda en su percha, cada complemento en su cajón; esta pulsera en este joyero; el broche de ámbar en aquel cofrecito; los pendientes en su cajita nacarada.

Sonreía.


El hombre del tiempo

El tipo, menudo y achaparrado, no tenía la apariencia de mago, adivino ni zahorí. No tenía en los ojos una fuerza especial, movía las manos con una torpeza descorazonadora y hubo que ayudarlo a colocar aquel baúl en medio de la plaza. No perdió el tiempo en presentaciones y en medio de un silencio clamoroso abrió la tapa del arca y extrajo de ella unas katiuskas y un impermeable. Se calzó y se vistió con una absurda premura, miró al cielo y abrió un paraguas de fieltro bajo el cielo raso. Llovió durante dos semanas mansamente; se llenó el pantano y concluyó la pertinaz sequía. El forastero vivió desde entonces en palacio con su mágico equipaje. Durante años se vistió según las necesidades del reino, asegurando la siega y la vendimia. Durante años tuvimos nieve en Enero y un tibio sol en mayo. Durante años el invierno no fue excesivamente severo ni la canícula demasiado rigurosa. Durante años el crudo viento del nordeste fue una brisa tenue que apenas alteraba a las veletas.

El monarca, tan vanidoso, le pidió un día disfrutar de la playa en Febrero. Los trigos, majestad, esperan la lluvia para espigar; ya os bronceareis en julio –le repuso convencido.

El hombre del tiempo fue ajusticiado y desde entonces el rey dispuso a su antojo de su vestuario. Es una pena que a las infantas les haya apetecido esquiar en Mayo: estaban ya tan hermosos los naranjos…


Fe de vida

En este mundo –créanme- hay sitios increíbles. Posiblemente el más increíble de todos sea el Registro Civil. Ayer mismo me pasé por allí en busca –abrigaba algunas dudas- de mi fe de vida. Una funcionaria muy amable me ha certificado en un folio sepia que le consta que sí, que juraría que un servidor está vivo; muy desmejorado pero vivo. Vamos, que ella pondría la mano en el fuego Mientras estampaba el membrete pensé que si yo estuviera en su lugar me sentiría desbordado: antes de mí había asegurado por escrito a una mujer que su marido estaba muerto. Que no le diera más vueltas; que desde ese momento no contara con él para bajarle la basura.

Al salir coincidí con la viuda en el ascensor. Yo me sentía tan vital y ella... tan liberada.

Entiéndanlo.


Together

Un buen día me asomé al espejo y me saludé. Buenos días, cabronazo –me dije, ya saben, en tono de broma; una tontería como otra cualquiera para enfrentar el lunes. Un respeto, caballero –me respondió con voz más grave y pausada el tipo del otro lado, un individuo con idéntica apariencia pero -a la vista estaba- bastante mejor educado. Durante un tiempo siguió así, manifestándose discretamente: una maldición, un juramento o una salida de tono y el otro Mariano asomaba y me afeaba –cálmate, hombrecon un susurro conciliador tanto temperamento. Paulatinamente debió ir tomando confianza pues fue subiendo el volumen. Ya hace meses que discute –hemos llegado a la descalificación en el metro y a acalorados enfrentamientos en autobuses interurbanos- conmigo en público. Se atreve a reconvenirme – no digas tonterías, capullo- y amonestarme con un tono cada vez más insolente; me quita la razón delante de mi mujer e hijos y, cuando veo un partido de fútbol, anima siempre al equipo contrario. Cuando pido un con leche él prefiere un cortado y me he llegado a cambiar diez veces de zapatos. Sí. Sé lo que están pensando. Yo también hubiera ido hace años al psiquiatra pero el muy hijoputa –he trepado varios puestos en la empresa- habla un inglés comercial impecable y tiene conocimientos de informática a nivel de usuario. Además, hago el amor todas las noches: el muy canalla tiene enamoradísima a mi esposa.

En fin.


La vida es móvil

En el compartimento viajábamos cuatro pasajeros.

El primero en sonar –el tren acababa de salir de Bilbao- fue el del señor calvo. De acuerdo, cielo- respondió.

El segundo –el convoy se acercaba a Miranda- fue el del joven de la corbata. Sí; me abrigaré, cariño- aseguró.

El tercero –por los cristales se adivinaba la silueta de Burgos- fue el de la monja mercedaria. Llevo las pastas, madre –confirmó la sor a su abadesa.

Luego fue creciendo aquel silencio incómodo y expectante y me tuve que apear, abochornado, antes de llegar a mi destino.

Sólo entonces sonó mi móvil; aún se distinguía el furgón de cola.

En fin.


No me lo tomen a coÑa

En lugar de tela siempre digo paño. Nunca peleo; riño. A la patria siempre la llamé terruño; cariño, a mi compañera. El óxido es para un servidor roña; el aseo, un baño; la felicidad, un sueño. No hay rocas sino peñas; no hay tubos, sino caños. Cuando me sorprendo digo ¡Coño...! Sobre cualquier fruta dadme piña; no hay río como el Miño, deporte como la caña.

De cuando en cuando tengo el corazón en un puño.

Me llamo Toño. Toño Egaña Vicuña. Prefiero no dar más señas


Nos ha jodido Mayo con las flores

Al Corte Inglés. Aquel año, amor, también la primavera llegó primero al Corte Ingles y del brazo de Emidio Tucci fue escalando plantas hasta llegar a Oportunidades. Sólo después se asomó a las calles y fue reclamando el ombligo de las adolescentes, los bancos de los parques y las terrazas de las avenidas. El caso es que un buen día el aire se nos antojó tibio y la luz eterna; cargamos entonces el coche con una mesa de camping y una nevera y nos fuimos de picnic. Tras los postres tú seguiste deshojando margaritas. Me quieres; no me quieres; me quieres; no me quieres; me quieres; ¡no me quieres! ¿Lo ves Mariano? –me dijiste lanzándome una mirada implacable mientras yo me levantaba azorado en busca de otra flor (la vigésimo sexta) que desmintiera rotundamente a sus compañeras. Prueba, cariño, con ésta –sonreí forzadamente, un poco harto de aquel juego.

Comenzaba a odiarte con la misma fuerza con que te amé en invierno. En fin, amor, que nos ha jodido –y bien- Mayo con las flores.


Ponte a la cola Desde niño me fascinaron las colas. Recuerdo que en la escuela, Don Evaristo nos hacía formar antes de subir a las aulas. De cuando en cuando me asalta la nitidez de aquel recuerdo: el desangelado patio, el tono casi marcial del maestro, las filas cerradas y perfectas, mi primer pantalón largo. He hecho auténticos amigos en las colas: avanzan con una lentitud exasperante e invitan a la conversación y a la confidencia. Haciendo, en fin, cola en el cine conocí a mi esposa; una pelirroja de pies zambos y ojos almendrados que suspiraba por Errol Flynn. Años después me abandonó por un tipo que encontró en la cola de un autoservicio. Antes -contémoslo todo- yo le había sido infiel con una viuda que me tropecé en la cola del registro Civil. El fin de semana que me corresponde llevo a mi hijo al Parque de Atracciones; hacemos cola disciplinadamente hasta alcanzar -nos da tiempo a hablar de tantas cosas...- la noria o la montaña rusa. Me fascinan -ya ven- las colas: es tan intrigante saber quién es la morena que tienes por delante; quién, en cuestión de segundos se te pondrá detrás; indagar para qué puñetas vamos a esperar así, pacientemente, en fila de a uno, civilizada y ordenadamente; cómo reaccionará la gente si intentas colarte... Al llegar mi turno y para no levantar sospecha me matriculo sin mucho convencimiento en italiano, me subo a un escandaloso tren turístico, compro una entrada para un concierto de Azúcar Moreno o doy la señal para un apartamento en Torrevieja. Hoy, por cambiar, he intentado colarme en esta fila interminable. Nadie, curiosamente, se ha indignado; han tolerado mi escaramuza con una sonrisa condescendiente, casi agradecida. Sólo -hay tan buena gente…- podía ser la cola del Infierno.


Las horas

Hasta hace nada –apenas unos meses- Gregorio Costa había sido un tipo equilibrado y juicioso. Su vida y su psique dieron un vuelco a raíz de aquel telediario. Nada en definitiva del otro jueves: las primeras nieves, una calle de Cisjordania, Bagdad... Gracias por elegirnos para informarse y recuerden que hoy a las tres serán las dos –concluyó la locutora sin despeinarse. Al bueno de Gregorio el mundo se le vino abajo. Su vida era de una regularidad aritmética: los días tenían veinticuatro horas; las horas, sesenta minutos. Algo, resumiendo, se quebró en su interior. Medio año en una –qué amables los eufemismos...- casa de reposo le había devuelto una estabilidad que por momentos creyó irrecuperable. La doctora Uriarte convirtió durante ese tiempo al enemigo de Gregorio en su mejor aliado. La terapia fue la rutina: los miércoles, garbanzos; a las dieciocho veinticinco –así caigan chuzos de punta- paseo; cinco cucharadas soperas de cereales, siete –ni uno más ni uno menos- largos de piscina; el patio mide novecientos cincuenta y dos pies, a las veinte cuarenta y cinco se apaga la luz. El veintisiete de Marzo el paciente fue finalmente dado de alta. Todos lo vieron traspasar, renuente, la verja de la calle. Unas horas más tarde hubo de ser ingresado aquejado de una crisis de pánico: acababan de afirmar por televisión que esa misma noche a las dos serían las tres.


La extraña pareja

(Hombre y mujer apostados en el alféizar de una ventana. El sol de media tarde ha tomado la ciudad y da gusto estar así, mano sobre mano, entreverados los ojos. La calle se muestra extrañamente vacía: ni coches ni peatones) HOMBRE: Un día de estos (por su tono diríase que intenta impresionar a su esposa) me armo de valor y salgo de casa. MUJER: (Aferrándose a su brazo) No digas (por su mirada, se siente orgullosa de su marido) tonterías. (Unos inesperados pasos sobre la acera interrumpen la conversación de la pareja. El caminante avanza con pies de plomo. De vez en cuando se detiene como si no supiera por dónde continuar su camino. A doscientos metros del súper el asfalto se abre y lo devora. Anochece)


Rain man El joven se metió bajo su paraguas en el semáforo. Llovía a mares y el tipo –disculpese acercó a la mujer. Al cambiar el disco ella apresuró el paso pero él no se despegó de su lado. La mujer no se atrevió a disuadirle: diluviaba y no hubiera sido justo reprocharle su conducta. Por otro lado, la naturalidad y el desparpajo con que el extraño se movía la descolocaba. Por eso siguieron así, sin mirarse, durante un buen rato por la Avenida. El intruso era ligeramente más alto y, al tercer varillazo, se ofreció –permítame- él a empuñarlo. Poco después la pasó el brazo por los hombros y la dejó sin argumentos para despedirlo en el portal o impedir que subiera en el ascensor: para cuando se quiso dar cuenta lo tenía tomando una cerveza en el sofá. Le costó convencer a su marido para que le hicieran –en el tresillo, amor, no hay quien duerma- un hueco en la cama y mediar –no querrás, Teodoro, que contraiga cualquier cosa- cuando aquel desconocido pidió un preservativo. A ella –hay que probar de todo, Marisa- le resultó aún más difícil aceptar que aquel adonis fuera bisexual.

Se despidió a primera hora y lo vieron alcanzar la calle desde la ventana; llovía a cántaros y, al llegar al semáforo se refugió –disculpe-bajo el paraguas de una mujer.

Nunca se había sentido tan celosa.

En fin.


Complementarios

El resto de pájaros solía preferir los cables del tendido, las antenas, las chimeneas. Sólo el inquieto arrendajo se posaba sobre aquella oxidada veleta.

La veleta era para el arrendajo una atalaya excelente; de la veleta partía y a la veleta volvía una y mil veces. El arrendajo embellecía el desnudo brazo de la veleta; ésta lo sujetaba orgullosa, como quien muestra un tesoro.

Aquel matrimonio tan bien avenido naufragó una tarde de Noviembre: No paras en casa –dijo la veleta al pájaro reprochándole tanto trajín. Pues a ti te dan a veces unas ventoleras… –respondió el pájaro afeándole a la veleta su volubilidad.

Esa misma tarde el arrendajo se apoyó en la parabólica. La veleta, despechada, le dio la espalda aprovechando el inesperado viento del nordeste.

Tras la torre de la iglesia se agazapaba el invierno.


Mi mano derecha

Hace un tiempo que mis manos se llevan fatal. La diestra se debió hartar un día de tanto agravio comparativo: mientras su compañera se entregaba a la desidia, a ella se le confiaban todas las tareas. La gota que colmó el vaso debió ser el Rolex que hace un mes coloqué a la izquierda en su muñeca. Ese mismo día intenté aplaudir y ambas se cruzaron en el aire sin llegar a encontrarse. Desde entonces la derecha, despechada, no responde a ninguno de mis dictados y actúa con una independencia retadora. Delega las labores más ingratas en su contraria y me pone en un brete continuo: ayer mismo en una reunión de trabajo se dedicó a hurgar en mis narices, hoy a la mañana - cuando se lo he reprochado me ha soltado un soplamocos- ha pellizcado en el trasero a la vecina del quinto. Prescinde de los cubiertos, roba en el supermercado y hace gestos obscenos a la policía. Es inútil, créame, recluirla en un bolsillo o intentar controlarla llevando el brazo en cabestrillo.

Por eso, amigo mío, hágale caso y deme su cartera. La muy puñetera es muy capaz de apretar el gatillo.


Convendrán conmigo Vaya por delante que nunca me gustaron las multitudes. No; no es que sea un tipo insociable pero –convendrán conmigo- que las aglomeraciones resultan agobiantes. Hace un par de años comencé a esquivar a los vecinos. Escuchaba pacientemente tras la puerta, miraba y remiraba por la mirilla y sólo cuando juzgaba libres reallano y ascensor me aventuraba a salir de mi domicilio. A fin de cuentas –convendrán conmigo- es gente con la que uno sólo habla del tiempo o del mantenimiento del edificio. No me costó demasiado evitar a los amigos. Los que lo eran de verdad –convendrán conmigo- hubieran persistido y no lo hicieron. Fui restringiendo las visitas a mis padres argumentando distancia, exceso de trabajo y compromisos ineludibles. Su ojito derecho –créanme- fue siempre mi hermano mediano: yo fui un susto o una sorpresa. Cambié mi horario de trabajo para no coincidir con mi esposa: es cada día más violento tropezármela en el baño o en el pasillo. Ayer, por fin, la convencí de las ventajas de camas y cuartos separados y de lo olvidadita –debería acercarse los fines de semana- que tiene a su hermana. El roce diario –convendrán conmigo- es lo que destruye los más sólidos matrimonios. Tengo –perdónenme- que dejarles. Debo apagar el ordenador y alcanzar la calle: mi hija va a llegar de un momento a otro. Pertenece –convendrán conmigo- a una generación que me resulta incomprensible. Antes debería afeitarme pero he decidido no volver a mirarme en los espejos. No hay mayor –convendrán conmigo- extraño que ese ser simétrico que nos mira con cara de pasmo.

En fin.


La princesa descalza Jassim engendró a Besalú, el Prudente; Bessalú engendró a Touzer, el Magnánimo; Touzer engendró a Tepuí, El Iluminado; Tepuí fecundó entonces a Naroé y ésta concibió a Ifaín, El Ilustrado. El reinado de Ifaín fue de lo más convencional hasta que su hija tuvo edad de merecer. El monarca decidió entonces convocar a justas literarias a sus súbditos: la blanca mano de la princesa Zulema sería de aquel que cautivara a la Corte con el mejor de los cuentos. A tan curioso certamen se presentaron ciudadanos de todas las medinas y uno a uno recitaron en el Salón del Trono sus relatos. Sorprendieron a su majestad el del sapo astrónomo, el de la mujer de los pies menguantes, el del constructor de laberintos y el del jardinero perezoso. Creía el sultán haberlos escuchado todos y a punto estaba de dar su fallo inapelable cuando apareció ante él el último candidato: era un tipo desvalido pero de mirada, paradójicamente, desafiante. Sois, señor, un rey de cuento; un… personaje de papel –dijo y, sin mediar reverencia, dio al monarca la espalda y caminó hacia la puerta. El rey, indignado, lanzó tras él al cuerpo de guardia. Los soldados tropezaron en el primer párrafo y fueron dando tumbos hasta la última –“y comieron perdices”- línea. A pie de página encontraron el zapato izquierdo de la princesa.

Junto al número 137.


Diana El paje, un doncel de quince años de nombre Edmond, se dejó poner sobre la cabeza una manzana Golden y se encomendó a Saint Etienne. El arquero tomó entonces de su carcaj una de las saetas, humedeció su áspid entre los labios, la ajustó delicadamente a la ballesta y apuntó hacia el objetivo. El dardo cruzó El Salón de los Requiebros, apagó con su rebufo las velas de un candelabro de alpaca y rompió el corazón del fruto que quedó ensartado sobre un precioso tapiz florentino que reproducía las murallas de Carcasonne. Doisneau; Marcel Doisneau. Medalla al mérito en la batalla de Poitiers, cruz de plata en las justas de Avignon, flecha de honor en Savigny -se presentó el tirador, dando por suyo el trofeo: la mano de la princesa Margueritte. Aún no se habían acallado las muestras de admiración cuando el segundo doncel se colocó sobre los cabellos una ciruela Claudia y se encomendó a Sant Antoine. El arquero tomó una de sus flechas, recorrió su tallo con la yema de los dedos, la apoyó sobre la cuerda y la lanzó hacia la diminuta esfera. El venablo describió una línea perfecta, despeinó a Mme Givenchy y reventó la fruta. Tavernier; Pascual Tavernier. Real caballero de Santiago, lis de oro en los Juegos de Vichy, Primera Ballesta de Bayonne –se descubrió el tipo volviendo goloso los ojos hacia la infanta. Se mandó coronar la cabeza del último muchacho con una picota. Mientras el joven se encomendaba a Saint Maurice, el tirador escogía una saeta de cedro y enderezaba las plumas de su culatín.


Tensó el arco y el afilado dardo, olvidándose de la cereza, se escoró hacia el flanco derecho, rozó la nariz de Mme Grenouille y atravesó limpiamente la garganta del rey. Brosseur; Patrick Brosseur. Republicano; aficionado.

Tamaños Bajo el microscopio, la bacteria que está acabando con la vida del paciente parece una galaxia: tiene un núcleo dorado y sus esporas, de diferentes tamaños, orbitan en un mar de leche.

Nos alejamos del enfermo: ahora vemos su piel, su cuerpo, su cama, la habitación 504, los tejados del Hospital Clínico; la ciudad a vista de pájaro, la región; el país en una imagen de satélite; el planeta azul con su luna, la Vía Láctea.

Desde el telescopio la galaxia parece una bacteria: tiene un núcleo dorado y sus planetas, grandes y pequeños, orbitan en un mar de leche.

En fin.


Bolígrafo

¿Bo-lí-gra-fo? –me preguntó el policía sin mirarme dando vueltas al BIC intentando desentrañar su funcionamiento.

Sirve para escribir. Antes –miré al tipo con una complicidad ridícula- la gente “escribía” sobre una superficie de celulosa llamada “papel”.

Es un simple cilindro de tinta con una bola en su extremo –añadí viendo que cada vez miraba el boli con mayor recelo. Me lo he traído –dije en mi descargo- del 2005. Trabajo en ese cuadrante del pasado. Se quedó en uno –puse cara de inocente- de mis bolsillos al subir a la cronocápsula

Se coge así –se lo arrebaté y escribí “BIC” sobre la palma de mi mano. Es –se lo juro, agente- completamente inofensivo. Allá, en el sigo XXI los muchachos lo llevan a la escuela. El guardia me lo requisó y mientras me iba empezó a garabatear sobre un pañuelo desechable.

El preservativo –aquí lo tengo, amor- no me lo encontraron


Bucaramanga

El 24 de Marzo de 1907 el tren llegó a Bucaramanga. El acontecimiento hizo que el Gobernador en persona viajara en el primer vagón de aquel viaje inaugural. Al apearse los indígenas lo abuchearon; sólo el alcalde se le acercó con un obsequio en la mano. No sé de qué carajo se quejan estos boludos –espetó al edil el Gobernador, mientras abría el estuche. Dos trenes al día –continuó- tendrán a estos indios desagradecidos comunicados con el mundo. Luego se ató a la muñeca el reloj de oro que costeó el ayuntamiento y emprendió el regreso acompañado por su séquito. Sólo a mitad de camino se percató de que las manecillas no se movían. Malhumorado lo lanzó por la ventanilla; el muy desagradecido no supo apreciar que dos veces al día el reloj le daría la hora exacta.

En fin.


XL

El cinco de Octubre de 1972 mi difunta madre me compró en Vistebién una trenca. Mentiría si dijera que me sentaba como un guante: yo por aquel entonces acababa de cumplir los cinco años y mamá quería que aquel gabán me abrigara hasta la llegada de la democracia. Tuve –no les quiero aburrir- una infancia difícil y me recuerdo refugiado en aquella prenda enorme que se iba adaptando a mí a regañadientes. Una eternidad tardaron en aparecerme las manos por sus bocamangas y su longitud de sotana hipotecó buena parte de mis juegos infantiles. Hasta que conseguí llenarla maldije injustamente aquel trescuartos del que sólo conseguían librarme los tibios días de principios de Mayo. Sólo la primavera me despojaba de aquella odiosa armadura que acababa bajo una funda de plástico en el fondo del armario. Cuando Octubre se encaramaba de nuevo a la copa de los árboles, la pelliza, aún alcanforada, reaparecía para cerciorarse de que tampoco aquel verano había crecido lo suficiente. Tuve que esperar a los nueve años para alcanzarla. Claro que la historia no termina aquí pues, desde entonces, aquella parca fue creciendo según yo iba medrando. Al principio atribuí el milagro a la versatilidad de su lana o a los desconsiderados estirones de mis compañeros con los que siempre andaba enzarzado en alguna trifulca. El caso es que alcancé la adolescencia y parecía que me hubieran confeccionado aquella trenca a medida. Fue también por entonces cuando comencé a sorprender en ella una complicidad tan humana que me inquietaba. Era ella, motu proprio, la que me cubría con la capucha cuando el frío o la lluvia arreciaban; era ella la que se desabrochaba disimuladamente al entrar en un edificio… En sus bolsillos he encontrado, desde entonces, la solución a infinidad de problemas. Me basta bucear en ellos para encontrar objetos que hace un minuto no estaban allí: el preservativo, la moneda que me falta para el bonobús, el calendario de una cafetería que no conozco; un móvil con el que avisar a la grúa desde la comarcal en la que he pinchado. En uno de sus huecos estaba ese exquisito regalo de aniversario que olvidé comprar, la aspirina para ese súbito dolor de cabeza, un encendedor, un mondadientes, un klínex…


Sea cual sea la tesitura ahí está este humilde chambergo para echarme un capote. Por eso no me lo quito de encima a pesar de los comentarios de la gente; a pesar de que estemos en Agosto; a pesar de que un industrial como yo parezca con ella -está tan deteriorada- un pordiosero. A fin de cuentas es el único que ha permanecido a mi lado en este naufragio. Ahora que mi empresa ha quebrado y los bancos subastan a la baja hasta mis pertenencias más íntimas, he buscado en sus bolsillos una respuesta. En el derecho he tropezado –me he sobrecogido; los revólveres tienen el tacto inconfundible de los reptiles- con una Browning. En el izquierdo una primorosa carta al Sr. Juez explicándole los motivos para quitarme la vida.

Ya sabía yo que en un momento como éste no iba a dejarme tirado.

Su apenada esposa

Don Pedro Serralvo Garay METEORÓLOGO D.E.P. Misa funeral a las siete y media de la tarde de mañana Martes, 24 de Marzo: cielos nubosos a muy nubosos; riesgo de precipitaciones al final del día. En fin.


Metro

Gracias a Dios que descubrí el transporte público: hasta hace nada mi difunto me llevaba en coche a todos los sitios pero desde entonces nada –menos aún esta casa desoladaes lo mismo. Me siento tan acompañada; siempre con gente, ahí mismo, a mi lado o en el asiento frontero: es una proximidad tan reconfortante la de esos pasajeros que apenas encuentran espacio para esquivarme la mirada. Eso sí, prefiero el metro. Paso tardes enteras viajando en el suburbano sin alcanzar nunca esa superficie donde estoy tan sola. Disfruto sobre todo de las horas punta: alientos, olores, perfumes, pieles. Hoy incluso un joven atractivo ha recorrido mi cuerpo –tenía unas manos inmensas y cálidas- con una delicadeza desquiciante. Lo he sentido pegado a mi espalda y me ha hecho jadear después de tanto tiempo.

Sí. Ha merecido la pena: a fin de cuentas apenas llevaba dinero en la cartera.


Arena

Butrek, el mercader de alfombras, salía cada semana hacia Damasco. A mitad de camino el comerciante volvía los ojos hacia el Este y el desierto le mostraba entonces un pequeño oasis. Butrek sonreía desengañado: durante generaciones sus antepasados le hicieron ver que aquel vergel era tan sólo un espejismo, una travesura de la arena.

Faruk, el hortelano, cultivaba la menguante tierra de un oasis. A mitad de mañana levantaba su vista de la tierra miraba hacia el Oeste y veía surgir entre las dunas una larga caravana. Butrek se enjugaba inalterable el sudor: sus antepasados le hicieron entender que aquellos jinetes eran una mentira, una impostura del desierto.


Salgo en los papeles

Yo, Pablo Barbeito, salgo en los papeles. No, no soy una celebridad ni un personaje pero los diarios me reservan siempre –Pablo Barbeito acude al dentista; Barbeito se baña en la playa; Barbeito se corta el pelo- un espacio en alguna de sus páginas pares. La primera vez que me vi en el periódico –Don Pablo Barbeito juega a la petanca- me sentí halagado pero bastaron un par de días para que me preguntara quién demonios me espiaba: no me sentía perseguido ni acosado por ninguna cámara pero me angustiaba que la prensa aireara –Pablo Barbeito de compras en el súper- mi vida privada. Decidí llamar a EL ECO pidiendo explicaciones. Una telefonista me pasó con un supuesto alto directivo que me atendió –claro, amigo, no volverá a ocurrir- con ese tono inconfundible que se emplea para despachar a los locos. No sólo no me hicieron caso sino que a partir de ese momento las noticias –Barbeito bebe más de la cuenta; Barbeito tiene problemas de sobrepeso; Barbeito malgasta su sueldo- se volvieron agresivas. Las imágenes, claramente manipuladas, me mostraban bebiendo una pinta de cerveza, luciendo una tripa innoble o pegado a una máquina tragaperras. Aquello me pareció excesivo y puse el tema en manos de un abogado que –no sabe cuánto lamento no poder ocuparme de su caso…- me acompañó hasta la puerta de su despacho con esa deferencia que reservamos para los pirados.

Decidí entonces que no iba a regalarles ni una sola imagen más y me encerré –Pablo Barbeito no ha acudido hoy a la oficina- en mi domicilio con la esperanza de acabar con aquel reality show. EL ECO, sin embargo, continuo dando cumplida cuenta –Barbeito prepara un


pésimo arroz con setas; Barbeito abusa de los somníferos- de mi vida doméstica y me mostró en bata y zapatillas. Me presenté en la redacción del tabloide, destrocé un par de ordenadores y exigí hablar con su Director: el tipo –mañana mismo, señor Barbeito, zanjamos este tema- me miró con esa sonrisa condescendiente que reservamos para los sonados y me regaló un cohiba.

Les he vuelto a llamar a media mañana: no; no me gusta nada la foto con que ilustran mi esquela.

Mensaje número uno

Hay aparatos fascinantes. Tal vez el más fascinante de todos sea el contestador automático. Ayer llamé por error a mi propia casa. Cinco tonos después me escuché a mí mismo lamentándome por no poder atenderme y sugiriéndome –ya saben- que me dejara un mensaje al oír la señal. No parecía mi voz. Me avergonzó su tono, su fingida cordialidad, el sinsentido del enunciado y no pude menos que llamarme “capullo” después del pitido. Desde ese día –soy muy sensible- mi contestador lo atiende una señorita de Telefónica. Cada vez telefoneo más a menudo a mi domicilio: me excita tanto imaginar su voz quebrando el silencio del piso vacío que me atrevo a hacerle las proposiciones más indecentes.

Ella –es tan seria- se queda muda.


Cuento de la lechera.

Iba una lechera camino del mercado. El cielo –en Abril tan voluble- estaba despejado y el sol empezaba a calentar. Con el primer sofoco a la buena mujer le dio por pensar que con aquellos calores el contenido de su cántara fermentaría en un par de horas y que suerte tendría si lo vendiera a la mitad de su precio a algún mayorista sin escrúpulos. La fatalidad querría que ese mercader fuera proveedor del alcázar y que el duque desayunara esa leche a la mañana siguiente. El noble, entre estertores, mandaría prender al comerciante y éste no dudaría en dar su nombre a la justicia. La arrestarían al ocaso y tras un juicio rápido y sumarísimo la darían garrote en la Plaza de los Curtidores. Pensando en esto decidió verter la leche en una acequia y emprender el regreso a casa. El cielo –en Abril tan voluble- empezaba a encapotarse y el frío viento del Nordeste le hizo avivar el paso.

Lástima.


De cómo Don Alonso fue de patitas al infierno y de lo que en él le aconteció. Alonso de Orellana y Cosío abandonó este valle de lágrimas el cuatro de Julio del año de gracia de 1487. Fue enterrado en sagrado en el monasterio de Valvanera y el sufragio de su alma fue encomendado a los frailes cartujos de aquella piadosa comunidad. Orellana sabía que las plegarias de los monjes no lo librarían del infierno: se lo venían advirtiendo desde niño su madre, su conciencia y su ilustre confesor, Don Toribio Calderón, a la sazón Arcipreste de Valderas. Hasta sus vasallos, a los que esquilmaba, le auguraban, al cobro de cada diezmo, el fuego eterno. Tal vez por eso –y porque la Parca lo sorprendiera ebrio en una de sus tantas orgíasno le afectó en exceso el tono airado de San Pedro: llevaba tantos años vislumbrando al santo cancerbero enumerar sus culpas con gesto severo que apenas le molestó la displicencia del apóstol. Esperó pacientemente Orellana a que el celestial portero se desahogara recriminándole tanto licor, tanto devaneo y tanto derecho de pernada y empezó a bajar escaleras dispuesto a afrontar una más que merecida penitencia. Al franquear la puerta del infierno se encontró empero –Dios es misericordioso- en una bulliciosa taberna: Échese, vuesa merced, un trago al coleto –lo sacó de su pasmo otro condenado alargándole una jícara de aguardiente. Orellana se llevó entonces, goloso, la copa a los labios sin ningún resultado: ¡Pardiez! Pero... si no tiene agujero –maldijo Don Alonso examinando el envase del derecho y del envés. Pues así todo... amigo mío –suspiró el compañero, mirando resabiado a una de las exuberantes camareras- así... todo.


Ideas de bombero No dije ni esta boca es mía. La vida me ha convencido de que no tengo razón; de que lo que me ronda por la cabeza, como siempre, es una solemne tontería. Ya desde niño mis padres –“este hijo tiene ideas de bombero”- me lo dejaron claro. Los profes –“Pero Herrero, alma de cántaro...”- se mofaban en el instituto de mis comentarios de texto. En la oficina – “y usted a lo suyo, Don Toribio”- nunca me dejaron opinar. Los amigos –“¡no digas chorradas, Tori!”- también contribuyeron. Tuve suerte y me casé contigo, una mujer de temperamento que ni escuchas –“¿tú qué coño sabrás, cariño…?”- mis descabelladas sugerencias. Por eso suspiré y guardé un inteligente silencio. No, no podía –parecías tan dormidadespertarte por semejante tontería. Cerré la puerta del armario y me olvidé del tipo en pelotas que creí ver entre el chaquetón de ante y el traje gris marengo.


Elija su destino.

La expendedora automática de billetes casi me lo exigía. No, no era un ¿Te gusta conducir? del que puedes salir del paso sin despeinarte; un ¿Te falta Tefal? que puedas ignorar yendo al baño. Se acercaba tal vez a ese ¿a qué huelen las nubes? que me torturaba durante horas y me hacía mirar al cielo o al ¿y tú de quién eres? de una empresa de refrescos que me exigía una apuesta inequívoca por un sabor determinado. No; allí estaba fijo en su pantalla, en su ojo de cíclope. Aquel trasto no se iba a rendir hasta que le contestara. Elija su destino me exigía como condición sine qua non para seguir adelante y añadía –no sé si movido por la cortesía o por la impaciencia- por favor. Suelo comprar el billete en una ventanilla convencional, atendida por una amable joven que no hace preguntas tan profundas; como mucho esboza un buenas tardes o menudo tiempecito. Hoy estaba colapsada y esa frase me ha estropeado el viaje. A Dios gracias la máquina había desplegado un abanico con algunas sugerencias. Cerré los ojos –el destino, pensé, debe ser ciego- y sin otra ayuda que el tacto pulsé en la pantalla sobre una de las posibilidades. Recogí el billete con la angustia del que escucha un veredicto, el fallo de un jurado inapelable. Viajé hasta aquella estación de cercanías. Al apearme, una desconocida me dio un beso neutro en los labios; el niño que la acompañaba me llamó papá.

En fin.


Reproducirse

Existen verbos inquietantes. Posiblemente uno de ellos sea reproducirse. El vecino de arriba se ha reproducido varias veces con muy desiguales resultados. Al fin, con la séptima reproducción parece haberse quedado -tiene su misma cara- satisfecho. El matrimonio joven del ático llevaba años intentando reproducirse pero -no es una mera cuestión de voluntad- no lo conseguía. Al final adoptaron una niña china que -seamos sinceros- reproducirles, lo que se dice reproducirles, no les reproduce a ninguno de los dos pero que les ha hecho muy felices. A mí me da como miedo reproducirme. En mi vientre crece, según ese término, una copia, una reproducción que intentaré pulir, igualar con el original, que es una copia de otro original que también fue una copia, una reproducción de otro original que no fue sino una copia. Menos mal que salgo de cuentas este mismo viernes... En fin.


Cielos despejados.

El locutor daba las noticias de madrugada; sin mucho convencimiento, con la íntima sospecha de que más de una noche nadie le escuchaba. La primera vez fue una gamberrada, un motín contra las bajas presiones que le aguarían el fin de semana. Así, al llegar a la información meteorológica dijo -quién coño se iba a dar cuentatodo lo contrario de lo que el guión vaticinaba. Cielos despejados y temperaturas primaverales -aseguró por el micrófono sin que apenas le temblara la voz. A la mañana siguiente el tiempo era apacible y los termómetros rozaron los veinticinco grados. Semanas más tarde, felicitó al equipo local por su victoria en el partido de la jornada, desmintiendo el aciago resultado de aquella misma tarde y haciéndoles trepar varios puestos en la clasificación general. Meses más tarde desvió un huracán que a esa misma hora debería haber anegado Cartagena de Indias, abortó un golpe de estado de cuyo éxito llevaba todo el día hablando la Agencia EFE y dio la mayoría absoluta al partido socialista que, según el último escrutinio, había recibido un tremendo varapalo. Era duro enmendar la realidad y una noche, cansado, decidió dejarlo. Y estos son los números premiados en la Lotería Primitiva -dijo y recito lentamente las cifras apuntadas en su boleto.


Largo recorrido

Los lunes se acercaba a la librería y empleaba toda la tarde en escoger un buen título.A mitad de semana hacía cola en las ventanillas de largo recorrido. Allí, según la extensión del volumen, tomaba un billete de ida y vuelta con algún -León, Madrid, Córdoba- destino. Acomodado ya en el vagón abría el libro. Mientras el relato avanzaba, el convoy cruzaba El Bierzo o sorteaba Despeñaperros. Los años y las responsabilidades le hicieron conformarse con un abono de metro y una novela en préstamo de alguna biblioteca pública. Su mujer y sus hijos compartieron y toleraron aquellas horas eternas -"ya está bien, tesoro; volvámonos a casa"- viajando en el suburbano. Avanzaba la trama y sobre sus cabezas se extendía La Castellana o Nuevos Ministerios. La edad aconsejó ingresarlo en una residencia. Mientras avanza la intriga deja atrás la habitación 504 y se detiene bajo una pérgola. Su nieta -chucuchucuchu...- imita, incansable, el sonido de un tren y mece la silla de ruedas. En fin.


Cuentos para esperar en los semáforos