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RENÉ DRUCKER, ANGÉLICA PINO, ROSALBA NAMIHIRA, PAULINA MARTÍNEZ

gunas de dichas recomendaciones pertenecen a acuerdos y objetivos a los que México se ha adherido, aun cuando no se logren cumplir. Desde los años setenta, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) recomendaba que los países invirtieran para finales de la década de los ochenta 1% de su producto interno bruto (PIB) en investigación y desarro­ llo experi­mental (IDE)3 y advertía, además, que la tasa de crecimiento debía duplicar cada cinco años el financiamiento para estas actividades, lo que equivalía a 15% de crecimiento real anual. En 2003, la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), en la Reunión de Ministros y Altas Autoridades de Ciencia y Tecnología de la Comunidad Iberoamericana, celebrada en Ma­ drid, ratificó como meta que cada país invirtiera 1% del pib en investigación y desarrollo experimental (OEI, Globalización, 2004: 35), lo que sigue sien­ do un objetivo pendiente para México y para varios países de la región. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) destaca que la inversión en ciencia y tecnología (CYT): “es la causa de 25% del crecimiento económico en países en vías de desarrollo y de cuando menos de 50% en países desarrollados” (Foro Consultivo Científico y Tecnológico, 2004). Por su parte, la OCDE tiene estudios que indican que, para las empresas, la rentabilidad del gasto en investigación está entre 10 y 20%, y los sectores de alta tecnología alcanzan una rentabilidad directa de 50%. Para dar una mejor idea, la rentabilidad directa de los negocios es de 5% en promedio (OCDE, “Science, Technology and Industry Outlook”, 2004). Otros indica­ dores acreditan una tasa de retorno social de la inversión en investigación y desarrollo de 20 a 70% (Zvi Griliches,4 1998). En 2001, la ocde publicó los resultados de un estudio acerca de los es­ fuer­zos de los países miembros en ciencia y tecnología, el cual señala que, por cada 1% de incremento en la inversión ide por parte del sector guberna­ mental, la productividad se incrementó 0.17%; en el caso de las empresas, el mismo aumento significó 0.13% de incremento en la productividad y, en la inversión de las empresas nacionales en el extranjero, el aumento en la pro­ ductividad fue de 0.44%. Todo esto, sólo como efectos directos (OCDE, 2001 y Conacyt, octubre de 2003).   El gasto en IDE (GIDe) se compone del gasto total de sector público, las instituciones de edu­ cación superior, el sector privado y los recursos externos que se involucran en investigación y desa­ rrollo ex­perimental (externo: se refiere a todas las instituciones e individuos localizados fuera de las fronteras de un país, organizaciones internacionales –no empresas privadas– (Conacyt, 2004:377 y p. 3 de la edición de bolsillo). 4   Zvi Griliches, profesor de Harvard y director del Programa sobre Productividad y Cambio Téc­ nico en la Oficina Nacional de Investigación Económica, en Estados Unidos de América. 3

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