Jorge Fernández
abrir la acequia y soltar el agua; de puro miedo les tiembla; ya ni parecen hombres. Cada sentimiento eleva su voz peculiar; la vida lentamente languidece, sufre, se extingue callada. El sol en el medio día quema más fuerte, más punzante. La noche interminable retuerce la garganta; eriza de terror la piel el maullido de mal augurio de los perros, y la vida no se compadece de la vida estremecida de sed. Don Astudillo, taciturno y barbado, sumergido en su casa no muestra ni las narices. El un hijo muerto y los otros sedientos le mantienen en constante rabia peligrosa. A su hijo Luis, que anda más ensimismado y ojeroso que nunca, sólo por estar bebiéndose los orines, le cruzó sendos latigazos con el acial de azuzar a los bueyes, que el muchacho está sin moverse, con el cuerpo plagado de cardenales y estrías de sangre. Los hombres se reúnen a ratos y luego se dispersan, vaciándose mutuamente odio y coraje. Es que es una maldición de Dios. Todos los males del infierno cerniéndose sobre este hato 216