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El amanecer en los llanos del Meta, camino a El Mielรณn.

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PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA D E C O LO M B I A Juan Manuel Santos Calderón Presidente de la República Óscar Adolfo Naranjo Trujillo Vicepresidente de la República Rafael Pardo Rueda Alto Consejero Presidencial para el Posconflicto Eduardo Díaz Uribe Director para la Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito Claudia García Directora para el Posconflicto Sergio Bueno Director para la Acción Integral contra las Minas AntipersonalDescontamina Colombia Catalina Sandoval Directora Inversión Privada para el Posconflicto Gloria Ospina Sorzano Directora Ejecutiva del Fondo Colombia en Paz Mariana Escobar Agencia para la Renovación de Territorio ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS Martín Santiago Coordinador Residente y Humanitario del Sistema de las Naciones Unidas en Colombia

E Q U I P O D I R E C C I Ó N PA R A L A S U S T I T U C I Ó N D E C U LT I V O S ILÍCITOS – DSCI Ana María Corrales Acevedo Arturo Ospina De La Roche Beatriz María Henríquez Vega Belky Estela Durango Regino Carlos Ossa Escobar Charles José Dulcey Claudia Paola Salcedo Vásquez Diana Catherin Rosas Cubillos Ingrid Carolina Ríos Juan Carlos Palou Juan Pablo Pedraza Neme Lina Marcela Duque María Alexandra Cabrera Brunner Mauricio Valdiri Miguel Fernando Mejía Alfonso Paula Neira Selma Asprilla Tatiana María Cuadros López Diana Espinosa

ASESORES REGIONALES Luis Fernando Pineda Rivera Héctor Álvarez Antonio Salazar López Edwin Daniel Montoya Gutiérrez Jhenny Muñoz Hincapié Pueblo Natalia Arboleda Escobar Pueblo Nirla Marian Mosquera Palacios Isauro Prieto ANTIOQUIA Ricardo Miguel Polo Llanos Sebastián Vera Alvarado Héctor Ezequiel Bragagnini ARAUCA Wberty Arenas Rojas Diana Carolina Díaz Lozada Carlos Armín Hurtado Hugo Motta CAQUETÁ Arturo Ospina Pedro Barón Tomás Aquino Ropero Pino Edwin Ortiz Milena González M. NS-CATATUMBO Walter David Aldana Quiceno Jaime Andrés Astaiza Bravo Alejandro José Luna Francisco José Montaño CAUCA Luis Fernando Pineda Alfonso Esteban Casas Mateus Germán Alirio Londoño CHOCÓ Clara Patricia Meléndez Daniel Sampayo Negrete Rafael Hoyos Mercado Aristides de la Rosa Barrios CÓRDOBA

Bo Mathiansen Representante de UNODC en Colombia Guillermo García Jefe de Área de Desarrollo Alternativo UNODC 8

Fidel Navarro Gutiérrez Jorge Yonathan Villamizar José Jacinto Cubides Alfonso Luis Hernando Rave Restrepo Luz Dary Carvajal GUAVIARE Hermann Orjuela Lozano Fabián Mauricio Urrea Sánchez Solanyi Angélica Herrera Martínez Luis Fernando Romero META Daniel Ramírez Germán Efraín Obando Melo Jair Serafín Cortés Ortiz Carlos Cortés Sánchez Selma Asprilla Gerson Angulo NARIÑO Miguel Mauricio Ortega Clavijo Andrés Felipe Jacobo Aldemar Yuri Yandar Barahona Norman Eduardo Pérez Erazo Francisco Pérez PUTUMAYO

VIDAS SIN COCA H I S T O R I A S Y R E T R AT O S D E S U S T I T U C I Ó N V O L U N TA R I A DIRECCIÓN GENERAL

Rafael Pardo Rueda DIRECCIÓN EDITORIAL María Fernanda Márquez Ramírez PRODUCCIÓN GENERAL Natalia Ramírez Jaramillo Delio Aparicio El Jardín de las Delicias C O O R D I N A C I Ó N O P E R AT I VA Arlen Siu Rodríguez C R O N I S TA S Delio Aparicio Óscar Bustos Bustos Fernando Cárdenas Hernández Margarita Isaza Lina Rincón

FOTÓGRAFOS Delio Aparicio Juan Manuel Barrero Bueno Natalia Botero Fabio Cuttica Camilo Rozo FOTOGRAFÍAS DESPLEGABLE Nelson Cárdenas PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA ARCHIVO ALTA CONSEJERÍA PARA EL POSCONFLICTO DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN Amparo Carrizosa Bravo C O R R E C C I Ó N D E E S T I LO Santiago Rojas Quijano F O T O G R A F Í A D E P O R TA D A Juan Manuel Barreto PREPRENSA Javier Davíd Tibocha Maldonado IMPRESIÓN Linotipia Martínez S.A.S

Ricardo Polo Carlos Eljure Samir Alfonso González Olivera SUR DE BOLÍVAR José Diego Henao Giraldo Cristian Mora Astaiza Héctor Osorio VALLE DEL CAUCA Mauricio Rodríguez Ramírez Orlando Bustamante Bernal Judith Gómez Aguirre VICHADA

ISBN 978-958-59898-2-5 Bogotá – Diciembre de 2017

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El escepticismo ha sido la nota dominante de la política de sustitución de cultivos ilícitos. Cuando en el 2015 se anunció desde La Habana el acuerdo sobre cultivos de uso ilícito, pocos miraron con interés ese tema. Más bien la mayoría, de los pocos que seguían el desarrollo de los diálogos, esbozó una cierta sonrisa de incredulidad. “¡Qué van las FARC a dejar el lucrativo negocio de la coca! ¡Qué van a dejar los cultivadores esa actividad!”. “Es un saludo a la bandera”, decían los menos críticos. Un año largo después se firmó el Acuerdo Final y el tema de cultivos ilícitos pasó a tercera o cuarta página, detrás de los temas claves de desarme, participación política, justicia transicional. Eduardo Díaz Uribe y Pastor Alape. Puerto Asís, 18 de febrero de 2017. Fotografía: Nelson Cárdenas

Encuentro veredal para la presentación del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito.

preocupación era la fumigación o la erradicación. Era una especie de círculo vicioso retórico. “Estamos cultivando coca, que es ilegal, porque el Estado nos abandonó y, como hacemos algo ilegal, ni nos mira”. Las organizaciones campesinas más combativas, por su parte, tenían la teoría de la sustitución gradual. O sea que los programas de sustitución debían convivir con los cultivos de coca mientras los cultivos alternativos daban frutos. Querían mantener la coca mientras el árbol de cacao se volvía productivo. El escepticismo hizo que ningún núcleo de productores aceptara entrar a sustituir. No había credibilidad ni en el Gobierno ni en que algún día la justicia los perseguiría.

Desde antes de que se firmara el Acuerdo Final se intentó implantar el Programa de Sustitución, pero el escepticismo, que ya rayaba en indiferencia, no solo estaba entre los analistas, intelectuales y periodistas sino, más grave aún, entre los campesinos productores. La credibilidad del Estado era cercana a cero, tanto en cuanto a posibilidades de sustitución, como en cuanto a temor a la ley.

Solo hubo una excepción, un núcleo de cultivadores de coca en Cumaribo, en el centro del Vichada, que venía trabajando con la Fuerza Aérea en la idea de convertir lo que era conocido como el triángulo negro del Vichada, zona de operación de alias Negro Acacio de las FARC, quien les había inducido a cultivar coca, en el triángulo del cacao del Vichada.

Todos sabían que el cultivo de la coca era ilegal y nadie sentía el más mínimo temor de que eso tuviera consecuencias para el cultivador. La mayor 12

Con ese solo avance el Programa de Sustitución aprendió. Allí se definieron los parámetros del 13


programa. Cómo inscribir las familias productoras, cómo cruzar la información con otras bases de datos. Cuánto debía ser y por cuánto tiempo el apoyo mensual a los cultivadores, cuánto el apoyo alimentario, cuánto y desde cuándo la financiación de proyectos del ciclo corto y rápido, cómo se debía organizar la asistencia técnica y cómo hacer la monitoría y verificación de parte de UNODC para determinar la erradicación voluntaria y la no resiembra. De esta experiencia obtuvimos parámetros adecuados que se sumaron a los sondeos realizados en diferentes zonas coqueras en relación con la rentabilidad y productividad.

me llamó, nos reunimos y el 27 de enero se firmó un desarrollo del Acuerdo de paz en el que se dio vida al Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS). El escepticismo, sin embargo, continuaba. Los campesinos seguían sin tener confianza, sus organizaciones en las regiones cocaleras expresaban a los funcionarios del Gobierno su incredulidad de que ese anexo al Acuerdo lo hubieran firmado las FARC. Días después de la reunión del Yarí, se celebró en Popayán una gran movilización de los campesinos cultivadores para fundar la asociación Coccam, que asocia a cultivadores de coca, amapola y marihuana, y allí el firmante del anexo Jairo Quintero, dirigente de las FARC, intervino y les explicó a los campesinos el acuerdo. De ahí en adelante, con integrantes de las FARC, los funcionarios del Gobierno y de UNODC se recorrerían los territorios cocaleros explicándolo. Ya la Policía había informado que en varios desplazamientos de los frentes de las FARC hacia las zonas veredales, estos habían reunido a los campesinos y los habían instado a dejar la coca y entrar al Programa de Sustitución.

Se cerró la negociación con las FARC en agosto en La Habana, se firmó primero en Cartagena en septiembre y luego se reformuló el Acuerdo y se volvió a firmar a finales de noviembre de 2016. Sin embargo, ningún avance había tenido el Programa de Sustitución. A mediados de enero de 2017 se dispuso una reunión en el Yarí con el Secretariado de las FARC para revisar varios temas, en especial el llamado fast track legislativo, y para concertar ciertas características de las zonas veredales en donde irían a ubicarse los guerrilleros. Mientras María Angela Holguín y Sergio Jaramillo se ocupaban de los espinosos temas de las zonas veredales y el proceso de desarme, con Juan Fernando Cristo y Álvaro Leyva nos metimos a una cabaña con Timochenco y Jesús Santrich y, luego de mirar el cúmulo de iniciativas legislativas necesarias para darle curso al Acuerdo, planteé la necesidad de desarrollar el punto 4, pues con el enunciado general ya firmado no se podría avanzar. Le mostré en una simple hoja de papel los parámetros que se habían aplicado en el Vichada. Timoleón, Rodrigo Londoño, quedó de revisarlo. A los dos o tres días Pastor Alape

En Putumayo, tal vez la zona más combativa y organizada, fue donde se destrabó en definitiva el Programa. El 18 de febrero y después de 4 días de negociaciones en Puerto Asís, Eduardo Díaz, director del Programa de Sustitución, y Pastor Alape, la Gobernación, todos los municipios, las juntas comunales y las organizaciones campesinas e indígenas firmaron un acuerdo departamental colectivo para la sustitución. Luego se firmó otro en Guaviare y siguieron muchos más. A la fecha de escribir este prólogo, a finales del 2017, se han firmado 82 acuerdos colectivos entre regionales y municipales en 14 departamentos. 14

El escepticismo se empezaba a romper al menos entre los productores. De los acuerdos colectivos de intención de entrar al Programa se inició una segunda fase, que es la socialización de los acuerdos en las veredas o núcleos de productores. Fue un trabajo intenso liderado por la oficina de sustitución, llamada la oficina de Eduardo, con menos de una docena de funcionarios y con la colaboración de la Agencia de Renovación del Territorio (ART), de algunas gobernaciones y alcaldías, de integrantes de las FARC, que tenían en ese momento inmensas dificultades de movilización, pues no tenían la situación judicial resuelta, y con los funcionarios de UNODC, con quienes han recorrido 2490 veredas de 85 municipios y han realizado más de 1500 reuniones a las que han asistido no menos de 20 000 familias de productores. En una de esas reuniones de socialización en Barranquillita, Guaviare, fue secuestrado Harley López, funcionario de UNODC, por una disidencia de las FARC, y permaneció 60 días en cautiverio.

campesinos habían derribado las matas de coca, como era el compromiso. El primer informe de UNODC en agosto indicó que el 94 % de los campesinos que entraban al Programa efectivamente erradicaban. Se rompía entonces otro escepticismo.

Una vez surtida la fase de socialización, se inició la inscripción de familias productoras y de lotes de coca en cada vereda. Este proceso, monitoreado por Naciones Unidas, empezó a mediados de mayo en Briceño, Antioquia. La participación de las FARC fue crucial en este primer paso. 11 veredas se acogieron al Programa, pero el escepticismo se mantenía. “No van a derribar la coca” decían no solo los críticos. El gobernador de Antioquia, uno de los escépticos en ese momento, manifestó que los campesinos mantenían los cultivos y que habían recibido la plata y la habían dilapidado. Envió un grupo de funcionarios a Briceño a apoyar el proceso y ya en el municipio se encontraron con que los campesinos estaban erradicando y le habían pedido ayuda al Ejército para hacerlo más rápido. En julio se verificó que los

Se ha roto el escepticismo entre los productores y las organizaciones de productores, pero se mantiene entre varios grupos y sobre varios temas. Se mantiene un escepticismo hacia el futuro. ¿Qué van a sembrar quienes cultivaban coca y la han arrancado voluntariamente? ¿Es sostenible el esfuerzo financiero? ¿No se presentará resiembra en otros lugares? ¿Existe la infraestructura necesaria para que estas regiones tengan posibilidades de acceso a los mercados? Miremos uno por uno.

A la fecha han recibido el primer pago 24 580 productores y a 31 de diciembre habrán entrado casi 60 000, cumpliendo así las metas de reducción de cultivos. Es lo que Camilo González denomina un tsunami hacia la legalidad. El Programa se ha hecho de manera territorializada. Si una vereda entra al Programa, tiene que entrar toda la vereda, logrando un impacto contundente. Otro punto, también novedoso, es que hemos buscado mantener la organización de los cultivadores de coca, y no destruirla. Son agricultores que saben su oficio y tienen una estructura organizada, por lo que articularnos con ellos es más efectivo que seguir tratando de destruirlas.

¿Qué producto alternativo se sembraría? En cada núcleo cocalero, siguiendo el orden y el cronograma en que se está sustituyendo, se están montando viveros de cacao con la Federación Nacional de Cacaoteros y se hará lo mismo con los cafeteros. 15


Ya se proyectó iniciar en Briceño con 500 familias la producción de café. Para cultivos de ciclo corto, se ha dispuesto una bolsa de semillas a disposición de quienes estén incluidos en el Programa. Estos productos tienen mercados formales asegurados y adicionalmente se montarán comercializadoras en las regiones.

de los noventa, con un par de años de excepción, el primer productor mundial de hoja de coca. Una realidad dramática frente a la cual ninguna, óigase bien, ninguna estrategia antidroga ha funcionado plenamente. Ni la erradicación, ni los guardabosques, ni la fumigación, nada. El ahora famoso Plan Colombia tenía la meta explícita de reducir a la mitad la producción de coca en cinco años. No de acabarla, no de diezmarla, no, era reducir a la mitad la producción. O sea, ha sido una estrategia de contención del problema más que una de solución definitiva.

La sostenibilidad financiera está prevista para absorber el tsunami. En el presupuesto de 2017 están estas partidas incluidas y en el del 2018 también lo están. La resiembra debe estar controlada por una fuerza pública que, por su mayor capacidad y por haber dejado atrás el conflicto, ahora tiene una inmensa posibilidad de control en todos los rincones del territorio nacional. La resiembra deberá ser tratada con severidad, procediendo a la erradicación forzosa inmediata cuando se detecte.

Ahora y por el Acuerdo de paz se abre una ventana de oportunidad que no habíamos tenido en los veinticinco años anteriores. Un programa de sustitución voluntaria de cultivos con las siguientes características: 1) es negociado a nivel de vereda o de núcleos de productores; 2) es participativo, incluye alcaldes, organizaciones campesinas, juntas comunales; 3) tiene compromisos explícitos tanto del Gobierno como de los cultivadores; 4) y tiene a las FARC del lado de promover activamente la sustitución, a diferencia de su comportamiento en los años del conflicto.

Por último, la infraestructura y dotación de bienes públicos en estas regiones tendrá que desarrollarse con los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), que están ya articulados con el Programa de Sustitución. Todas las zonas donde hoy se cultiva coca son parte de la geografía de priorización territorial y los PDET, que tendrán proyección por diez años, deberán transformar el aislamiento de estas regiones.

Tenemos la oportunidad de transformar e integrar regiones marginadas, de incorporar miles de campesinos productores a la producción legal, de convertirnos en el tercer productor de cacao del hemisferio, de incrementar la producción de café y sobre todo de dejar atrás una historia trágica que ha atrasado a Colombia por más de tres décadas.

Colombia tiene, por primera vez en la trágica historia de la coca en el país, la ventana de oportunidad de poder reducir de manera sostenible el cultivo de la coca. Nuestro país ha sido desde los ochentas el primer exportador de cocaína del mundo y desde mediados 16

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En Vidas sin coca todas son crónicas optimistas, que nos cuentan del comienzo del fin. El fin de una forma de vida de campesinos de Antioquia, Caquetá, Putumayo o Guaviare que por lo menos en los últimos veinticinco años han dependido de la venta de las hojas de coca o de las panelas de pasta que muchos aprendieron a procesar en cocinas artesanales. En cortos relatos, construidos con cultivadores, queda claro que los entrevistados han aceptado una nueva aventura, esta vez dejando atrás una forma de vivir que les ha brindado el sustento con un cultivo ilegal escogido como opción de sobrevivencia en un rincón arrancado a la selva.

de grupos armados que se disputan pedazos del negocio en toda la cadena, desde el cultivo hasta las rutas del tráfico de la cocaína ya procesada. Por décadas se han mantenido esos cultivos y todo el circuito que les sigue, moviéndose como una burbuja o un globo en esos territorios de frontera. Sumando unos años con otros se recorren cerca de cuatro décadas de producción y reproducción de esas economías cocaleras que se intentan dejar atrás. En estas historias no se habla de cultivos tradicionales de hoja de coca, como los que se han mantenido por siglos en comunidades indígenas e incluso en algunas campesinas con usos ancestrales incorporados de las culturas originales. En estos casos los cultivos de coca son desencadenados por la demanda de materia prima para el procesamiento y los mercados de clorhidrato de cocaína. El colono que habla se metió al primer eslabón de la cadena, el peor retribuido, pero en todo caso el que le ha permitido tener hasta cuatro veces los ingresos de una tradicional finca campesina en la misma zona. Y para esa opción ha necesitado entre una

Los protagonistas de estas crónicas son campesinos, en mayoría hombres adultos, que llegaron a abrir monte más allá de todo y se fueron encontrando con la coca como única alternativa de ingreso para la subsistencia en territorios lejanos de las zonas pobladas, a donde se llega por caminos difíciles. Es asombroso el relato de la persistencia de estas familias en esas economías prohibidas, llenas de los sobresaltos de la guerra, de la presencia alternada 18

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y cinco hectáreas de coca, o de coquita, como la siguen llamado cariñosamente incluso ahora que decidieron acoger los planes de sustitución voluntaria que nacen de los acuerdos de La Habana entre el Gobierno Nacional y las FARC.

la región en planes de desarrollo territorial con inversiones en infraestructura vial, servicios sociales y bienes públicos. El pequeño colono de esta historia se encuentra por primera vez ante un dilema de hierro: o acepta la oferta o se mete más adentro del monte a esperar la llegada de los emisarios de los narcotraficantes y de nuevos grupos armados que llenen el vacío dejado por las FARC. Ese ya es un enredo mayor, pero no es una especulación porque los nuevos patrones ya están rondando, con sus sicarios y sus dólares, y al mismo tiempo llega la fuerza pública, que entra como Pedro por su casa a zonas que antes tenía limitadas por las minas y los francotiradores. El panorama es más complicado para el campesino pues no se trata de simples cálculos de ingresos, sino de la llegada de la más grande tormenta.

Ya se sabe un poco sobre las motivaciones que han mantenido a estos pequeños colonos en un cultivo fácil por la botánica, pero difícil y azaroso por el ambiente de violencia y muerte que lo rodea. Sin embargo, se sabe menos sobre el motor que ahora los impulsa a aceptar una oferta de transición hacia otra forma de vivir. Las crónicas nos llevan a pensar que por allá ha sido tremendo el impacto de la salida de las FARC como grupo armado que ejercía control territorial y social y hacía el papel de autoridad y regulador del mercado de la coca y de la pasta básica para cocaína. Desde que en La Habana se firmó el borrador de acuerdo sobre sustitución de cultivos y política de drogas en mayo de 2014, en esa selva profunda, y en la que queda más cerca, se prendieron las alarmas. “Algo va pasar en este pueblo”, fue la voz —el chisme— que se regó como pólvora. “Dicen que el acuerdo nos incluye si tenemos coca y aceptamos la sustitución”; “vamos a esperar a ver qué ofrecen y qué cumplen, porque ya hemos vivido muchas promesas incumplidas”.

“No hay salida, este negocio se complicó, mejor dicho, se perrateó. No hay salida, si me quedo con la coca me erradican sin pacto; si me meto al monte, pierdo la finca y después me fumigan o llega la tropa; si me alío con los disidentes, narcos, clanes o las nuevas bandas, me toca otra guerra. No queda más que aceptar y pagar por ver: de pronto esta vez el Gobierno y su nuevo aliado anti-coca sí cumple y le llega el cuarto de hora a estos rincones olvidados de la tierra”, dicen.

Lo que estos campesinos no esperaban ver en su vida, ahora lo tienen en vivo y en directo: el Gobierno y las FARC les presentan una oferta, la única desde este lado, que comienza con arrancar toda la coca a cambio del pago de doce millones de pesos y la promesa de un apoyo en el primer año con pequeñas obras locales y proyectos productivos de pancoger y de ciclo corto; ya en el segundo año se les ofrece otro proyecto en especie a cambio de la comprobada fidelidad al programa y además se habla de incluir

Estas crónicas vienen de territorios especiales y de colonos con finca y cultivo de coca en zonas en donde tuvo gran presencia las FARC, que ahora aparece como garante de los pactos voluntarios. Para tener el cuadro completo hay que mezclarlas con las de los raspachines, asalariados, pequeños comerciantes y cultivadores de coca que no tienen tierra y son simples arrendatarios o, peor aún, ocupantes a la 20

fuerza de tierras ajenas. Narraciones como las que nos ofrece este libro nos enriquecen con la voz del campesino que quiere pasar la página y meterse a la economía legal y hay que juntarlas con las de los cultivadores de coca en territorios indígenas y de comunidades negras o con las de otros que no están en zonas influidas por las FARC. No estamos en tiempos comunes y corrientes. Mucho se está reinventando en un momento especial para todos en Colombia y especialísimo para este mundo cocalero. La desconfianza sigue presente y la incertidumbre es pensada como un salto al vacío de centenares de miles de familias que han decidido hacer fila para firmar los pactos. La expectativa por el cumplimiento de los pactos envuelve a más de 200000 familias que están pidiendo ser incluidas. Este Gobierno habla de incluir 74 000 familias en el paquete completo del Plan de Atención Inmediata e inicio de los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial, antes de la elecciones de mayo y de la elección de nuevo presidente de la República. Es una meta ambiciosa y exigente, pero en tiempos de cambio y de tsunamis (como el de los cocaleros hacia la legalidad), los retos son mayores. Ya hay otras 74 000 familias lanzadas al hambre por la erradicación forzada y más de 100 000 familias en zonas cocaleras sin FARC que exigen entrar en los programas antes de que termine este Gobierno. No hay respuesta fácil y no se encontrará en las recetas conocidas ni en las advertencias de los que se especializan en pronosticar desastres. En todo caso, el camino será menos difícil si se escucha la voz de la gente desde la Colombia profunda.

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Hasta hace apenas seis meses, el municipio de Briceño, en Antioquia, no vivía casi de otra cosa que de coca. A pesar de esta dependencia, de manera unánime y sin muchas objeciones, sus treinta y cinco veredas decidieron vincularse al programa de sustitución. Por lo menos once veredas ya arrancaron la totalidad de sus matas. Las restantes veinticuatro están en medio de esa tarea. Así que allí el Programa Nacional Integral de Sustitución va avanzando. El municipio respira un ambiente totalmente nuevo y crece la esperanza. Pero están surgiendo asuntos complejos que indican que el proceso no va a ser nada fácil y que se va a necesitar un esfuerzo de fondo y sin precedentes de parte del Estado y de todas las partes involucradas, para no defraudar a las comunidades.1 TERRITORIO COMANCHE Eran colonos que llegaron ávidos tras la madera de estas montañas. Tumbaron y vendieron la mayor parte del bosque y luego echaron sus pequeños cultivos de pancoger. La tierra es buena y daba fríjol, maíz, yuca, cacao, café, algo de arroz. También cazaban, tenían gallinas, un par de cerdos para el engorde. Un palo de guanábana por aquí, unos naranjos por allá. Pero era tan solo una economía de subsistencia en un territorio escarpado, olvidado, con pésimos caminos. Una que otra cosa se subía a lomo de mula y con dificultad se bajaba al pueblo para comprar un machete, las velas para la lumbre, las pilas para la radio. Familias campesinas muy pobres. En ese ambiente se apareció la coca. Unos dicen que fue hace cincuenta, otros que cuarenta años que empezaron a trabajarla. Pero lo cierto es que a mediados de los noventa era muy difícil encontrar una familia bregando para sacar adelante un cultivo de tomate de árbol. La fiebre fue tal que para meter coca le echaron sierra al cacao, al café, a los mangos. Hoy la fruta, los huevos y la mayor parte de la canasta familiar llega los miércoles en chivas provenientes de Medellín. La administración municipal señala altos índices de desnutrición en niños y adultos. * Los nombres de algunos personajes de esta historia fueron modificados para proteger su identidad. 26

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Adolfo Guarín tiene veintinueve años. Con tan solo doce se dijo que para qué escuela, e inició su propio cultivo. Como todo el mundo ya la trabajaba, sabía cómo preparar la fruta y manejar el semillero. El momento justo para trasplantar las matas, la distancia de siembra, el abono de levante, los baños para manejar el grillo, la chapola, el mojojoy y otras plagas. A los dieciocho meses sacó su primera raspa. En esta región no se vendía la hoja, sino que todo cultivador, grande o pequeño, utilizaba lo que llaman una ‘caleta’ donde se preparaba la base. Adolfo echó su primera cosecha en la pista de secado. La picó con la guadaña y la mezcló con el cemento. Esa mezcla la metió en canecas con gasolina, luego agregó ácido sulfúrico y vio cómo el agua se ponía oscurita, como le habían enseñado. A esa mezcla le echó la perga y luego la soda y entonces apareció lo que él llama la miel, la mercancía, un líquido bien blanco que rápido se fue convirtiendo en una pasta. —No había que transportarlo ni bregar con eso, era apenas una bolsita de dos libritas y en ese entonces pasaban a recogerlo a la puerta de la casa. Pago al contado. Descontando jornales y gastos de insumos —se los fiaron en el casco urbano de Briceño—, me quedaron dos millones y medio de esa primera raspita. ¡Ah! ¡¿Qué?! Me fui al pueblo a gastármelos. —¿Y usted era el único niño con su propio cultivo de coca? —¡No hombre! ¡Había pelaos de once años con su buena pistola en la pretina!

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Exceptuando la producción de leche, para el año 2000 la base de coca era el principal motor económico del norte de Antioquia, lo que lo convirtió en escenario de una disputa territorial entre el Frente 36 de las FARC y el Bloque Mineros de las AUC. Briceño fue seleccionado para realizar los pilotos de sustitución de cultivos ilícitos y de desminado humanitario.


Su padre, hoy con noventa y nueve años y dos hijos muertos, nunca entró al negocio. Siempre les dijo que de eso tan bueno no daban tanto; y tenía toda la razón. El tamaño normal de los cultivos en esta zona era de media hectárea, es decir, unas cinco mil matas. Álvaro Flórez Bravo era una de las pocas excepciones. Tenía unos treinta mil árboles, un cultivo grande para el promedio de Briceño. Eso le producía veinticinco libras de base cada dos meses. A 1 150 000 pesos la libra, eran unos 28 millones bimensuales. Sacando los gastos —recolectores, insumos, precursores químicos— se ganaba unos cinco o seis millones de pesos al mes. Una suma muy difícil de conseguir por acá. Estuvo casi diez años en ese negocio y hace seis meses arrancó toda su coca. Actualmente se siente en el limbo económico, pero dice que no se arrepiente. —¿Por qué? —Porque perdí mucha gente querida y porque muchas veces estuve muy cerca de la muerte. Una vez los paramilitares me tuvieron amarrado a un palo dos días para matarme. En otra ocasión fue la guerrilla a buscarme a la casa. Hasta debajo de la cama me buscaron. Me tocó irme con lo que tenía puesto. Prefiero la paz que tenemos ahora. —¿Y por qué lo querían matar? —Por todo, esto se volvió un pandemónium en el que mataban por todo. Si le vendía a los paras, lo mataba la guerrilla. Si le vendía a la guerrilla, lo mataban los paras. Diario había muertos. En el pueblo, por los caminos. Había enfrentamientos día y noche entre el Frente 36 de las FARC y el Bloque Mineros de las AUC por el control de la zona. La guerrilla contra el Ejército, la Policía. Muchos caminos los minaron, fijaron fronteras... A los consumidores los mataban. Si usted cruzaba mal un límite, si se movía a ciertas horas, muerto. Que porque usted era informante de este o del otro. Que porque venía de Ituango, que porque una cosa o la otra. Muertos, muertos, muertos todos los días. “Se veía la plata, pero no salimos de pobres. En cambio, sí nos trajo fue mucha violencia”, es el argumento que se escucha por doquier. Para muchos se debe a que el grueso de las ganancias eran para los traficantes y a que la coca creó una cultura perniciosa del consumo y el derroche. Adolfo juntó la plata de los primeros pagos de la cuota de sustento y construyó una nueva casa con bases de cemento y paredes de ladrillo, un cuarto para sus gemelos, una cocina y una cochera para empezar a engordar cerdos.

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—¿Y si usted era periodista? —Amigo, muerto fijo. Pero vea usted, a Dios gracias las cosas han cambiado...

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Ana Milena Bedoya y Cristina Quiroz son estudiantes de último semestre de Derecho de la Universidad de Antioquia, sede Yarumal. Esperan la chiva de regreso a Briceño. Salieron muy de madrugada en una una chiva para dictar un taller sobre el Derecho de petición y la Acción de tutela a veinte jóvenes de la vereda el Roblal. Una tarea que hace parte de su práctica de Formación jurídica básica. Se movilizan por los caminos solas, sin ningún distintivo, sin carros oficiales, sin compañía de ningún funcionario o fuerza pública. Una osadía que nadie se hubiera atrevido a realizar en esta zona un tiempo atrás.

LA TIERRA PROMETIDA no es solo arrancar las matas de coca. Lo que se propone es erradicar las condiciones de pobreza y abandono que llevaron a las familias campesinas a hacer parte de esas economías ilícitas. En otras palabras, erradicar la coca creando escenarios para que el campesino pueda llevar una vida digna en la legalidad. Pues bien, el municipio escogido para llevar a cabo el piloto de sustitución fue Briceño.

El Acuerdo de Paz para la Terminación del Conflicto colombiano contiene solo los lineamientos, los principios, para la construcción de una paz duradera. La filigrana, los detalles de cómo debe hacerse cada cosa, ha tenido que ir construyéndose. Durante la fase de diálogos en La Habana, las partes acordaron entonces adelantar un piloto para ver cómo era que se iba a ejecutar la sustitución de cultivos ilícitos, incluida en el punto 4 del Acuerdo —Solución al Problema de las Drogas Ilícitas—. Vale la pena mencionar que el objetivo de la sustitución 32

El municipio no cuenta con vías de acceso aéreas o fluviales. Tampoco con red vial primaria. Entre las veredas existe solo una vía terciaria en pésimo estado. Esto dificulta la conectividad con el área metropolitana, con municipios vecinos e incluso al interior del municipio mismo, situación desfavorable para la comercialización de productos y la movilidad de la población.

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De las treinta y cinco veredas, once estuvieron de acuerdo en ser el conejillo de indias para el piloto. ¿Por qué aceptaron? Unos tenían razones más pragmáticas que otros, pero las respuestas eran más o menos las mismas: porque ahora que no estaban las FARC, nadie iba a defenderlos de la erradicación forzada. Porque a final de cuentas los que se habían enriquecido eran otros, el campesino seguía pobre. Y porque querían vivir en paz, tranquilidad era lo que más codiciaban ahora. Si era cierto, como les dijeron, que el programa traería inversión para ayudarlos a salir de la pobreza, entonces que ellos se la jugaban. Por más de un año participaron en reuniones, juntas, asambleas. Para hacer las discusiones más ordenadas organizaron cinco mesas temáticas que bautizaron así: Tierra, aguas y medio ambiente, Infraestructura, Desarrollo productivo, Desarrollo social y Seguridad. De todo eso produjeron sendos documentos con conclusiones. El 27 de enero de 2017, superada la tormenta del plebiscito y consolidado el Acuerdo Final, por fin el Gobierno lanzó oficialmente el Programa Nacional Integral de Sustitución, dicen ellos, basado en todos sus aportes.

El primer paso de ese Programa es la puesta en marcha del Plan de Atención Inmediata (PAI). Este Plan trae un paquete de ayudas por 36 millones de pesos para las familias que sembraban y también para las familias que no tenían coca, pero que estaban en medio de la producción. Esa plata se distribuye a lo largo de dos años. PRIMER AÑO — 1 000 000 de pesos mensuales por 12 meses para el sostenimiento inmediato, ahora que se quedan sin la coca. Una vez la familia recibe el primer desembolso, tiene sesenta días para arrancar las matas. Naciones Unidas hace la verificación de los lotes —tajos, como les dicen los campesinos— antes y después de arrancar. El que no levanta sus matas en ese plazo no recibe los siguientes pagos. — 1 800 000 pesos para un proyecto de autosostenimiento. Una huerta, un cultivo de fríjol, de maíz. El pancoger que tenían antes de echarle machete para reemplazarlo por coca. — 9 000 000 de pesos para un proyecto de ciclo corto. Unas marraneras, unas gallinas ponedoras. Algo que no sea solo para el consumo de la casa, sino que les ayude a obtener ingresos. SEGUNDO AÑO — 10 000 000 de pesos en especie para un proyecto productivo de largo aliento: café, cacao, un galpón con gallinas ponedoras, una buena marranera. Incluye asesoría y acompañamiento para el diseño y puesta en marcha de sus ideas. Una vez el campesino tenga bien armado su proyecto, el Gobierno le dará los insumos para hacerlo realidad. Para los recolectores y las mujeres que cocinaban en las caletas, se contempla un contrato de trabajo por doce meses con un salario de un millón mensuales. ¿A qué se dedicarán? A realizar algunos trabajos de recuperación en las veredas o a estudiar, eso es al menos lo que establece el Acuerdo.

Fabián de Jesús Vásquez. Treinta y seis años. Tenía un cultivo de tres hectáreas. Recibió su primer pago de ayuda alimentaria en los primeros días de noviembre. Ahora tiene sesenta días para arrancar sus diecisiete mil matas. “Estábamos muy equivocados, no nos estaba dejando sino muertes y malas costumbres. Lo que no sé es cómo vamos a hacer para sacar en el futuro, diga usted, una tonelada de tomate de estas montañas”.

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Dairo Alberto Gómez y su hijo Emiliano. Durante diez años Dairo, padre soltero, vivió de la recolección de coca. Quiere estudiar para poder recibir los pagos mensuales de un millón para los recolectores, pero no tiene mucha inclinación hacia la agricultura. Le gusta la ebanistería. Sin embargo, todo el mundo rumora que la formación será solo sobre temas relacionados con el cultivo de la tierra.

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Liliana Andrea Pérez estudió solo hasta segundo de primaria y desde los catorce años se dedicó a la recolección de la hoja y luego desembocó en la cocina. Cada tajo, especialmente los más grandes, tenía una caleta donde se procesaba la base de coca. En la caleta siempre había una cocinera encargada de atender los quince o veinte raspadores. El Plan de Atención Inmediata incluyó a estas cocineras de las caletas en la misma categoría que a los raspadores. A Liliana le preocupa que le toque ir a estudiar porque dice que no sabe leer ni escribir, solo firmar.

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LO S O B S TÁ C U LO S D E L C A M I N O La única notaría que existe en Briceño amaneció abarrotada de campesinos. Algunos salieron de sus veredas muy de madrugada para llegar primeros. Son todos beneficiarios del Plan de Asistencia Inmediata que necesitan presentar una documentación sobre sus terrenos para poder recibir el siguiente pago. Un requisito, dicen, que recién se inventaron los del Gobierno. Como las diligencias están tomando tiempo, se han albergado en los cafés alrededor de la plaza central para comentar con caras largas sus inconformidades con el proceso. Pero no es fácil entender qué es lo que los abruma. Qué es lo que, según ellos, está marchando mal. Se acaloran, se contradicen unos a otros, dan versiones diferentes o dicen que ellos mismos no entienden lo que está sucediendo. Algunos afirman que ya arrancaron sus cultivos y ahora están por fuera del programa. Otros se refieren a unos asesores técnicos que no aparecen... A un paro que están cocinando entre los recolectores. Se angustian pensando cómo van a sacar en el futuro una tonelada de cacao con las carreteras que tienen. Juan Vianey Correa Euse. Erradicó dos hectáreas, unas once mil matas. “Antes de la llegada de la coca yo sembraba maíz, fríjol, yuca… comida. Pancoger, que llaman. Después me dediqué solo a la coca. Por ahí andan diciendo que los proyectos productivos por acá van a ser de cacao. Pero yo de eso no sé, ¿sí me entiende?”.

Las once veredas del piloto empezaron a recibir el millón mensual de sostenimiento en junio de este año; ya van por el sexto pago. Las otras veinticuatro veredas se contagiaron y firmaron los acuerdos colectivos e individuales para iniciar la erradicación. Muchos no lo creerían, pero la mayor parte de la coca de Briceño ya está arrancada. La que no, está en proceso. La seguridad y el ambiente de la población es ahora otro. Según Medicina Legal, a noviembre de 2017 solo se han presentado dos homicidios. Con este cambio llegaron instituciones del Estado que hacían falta, como la Fiscalía o la Procuraduría. Crece la esperanza y se siente el cambio, pero también empiezan a aparecer problemas e imprevistos que ponen en riesgo lo logrado hasta ahora. La tranquilidad y la seguridad los tuvo satisfechos un buen tiempo, pero ya se van acostumbrando al encanto de esa sensación y empiezan a aflorar otras dudas, dudas que tienen que ver con asuntos profundos sobre el funcionamiento del programa. Dudas sobre cómo es que van a poder progresar ahora en la legalidad. 38

Un anciano de ochenta años con una fotocopia de su cédula arrugada en la mano dice que salió de su vereda a las tres de la mañana. Pagó treinta mil pesos de transporte para llegar al casco urbano de Briceño. Tiene el turno setenta y cinco en la notaría y no cree que vayan a alcanzar a atenderlo ese día. Tendría que pasar la noche en el pueblo, pero no tiene dónde. Solo tiene otros treinta mil pesos para el transporte de regreso.

Dairo Alberto Quiroz. Erradicó veintiún mil matas. En el pueblo escuchó a alguien que dijo que no iban a financiar proyectos con ganado, que porque esa no es la vocación de esa tierra. Que lo que les van a financiar son proyectos de cacao o café. Con una risa nerviosa dice: “Yo lo que quiero es unas vacas para sacar lechita. Con café y cacao uno por aquí se encarta, parce”. Rosa Vera Areiza. Sesenta años. “Nosotros metimos la coca pero nunca quitamos la comidita como los demás vecinos. Siempre conservamos la huertica, los marranos, un lotecito de café. La cuestión es que usted recoge el cafecito y brega mucho para venderlo. Con la coca no se bregaba tanto”.

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—¿Y trajo las escrituras de su predio? —A mí un vecino solo me dijo que viniera con la cédula. ¿Tocaba traer escrituras? Definitivamente la situación merecía una aclaración. Buscamos al oficial de Naciones Unidas que acompaña el proceso en Briceño, pero nos explica que como parte neutral no está autorizado para dar declaraciones a la prensa. La funcionaria del Programa Nacional de Sustitución no tiene problemas en hablar de las cosas que están complicando el trabajo allí, pero nos recomienda hablar con el hombre delegado por las FARC para el proceso en el norte de Antioquia. —¿Y por qué con él? —Porque las FARC tiene responsabilidad en lo que sucedía acá. Y porque se comprometieron en el Acuerdo a hacer parte de la solución. Eso es muy novedoso y está siendo muy importante. Además, trabajan hombro a hombro con nosotros, con el equipo local de la Alcaldía, con las instituciones del Estado. Conocen de primera mano lo que está pasando. Y están teniendo que entender lo difícil y complejo que va a ser esto. Hacerlo bien en el marco de las leyes y los procesos del Estado...

Javier Aníbal Zapata. 76 años. Aunque nunca sembró coca es beneficiario legítimo del Plan de Asistencia Inmediata. Se les identifica como 'No cultivadores' y reciben la ayuda por ser campesinos rodeados de zonas de producción. 40

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Los campesinos afirman que era el comandante de la zona, pero él no quiere hablar del tema. Se identifica apenas como un excombatiente más al que la organización le ha encargado colaborar para que el proceso allí salga lo mejor posible. No quiso darnos su nombre de guerra. Su nombre real es Luis Bernardo Piedrahíta.

cómo el mismo Gobierno puede solucionar esas inconsistencias. Ahora se procedió a exigirles títulos de tierra, promesas de compraventa o contratos de arrendamiento. Pero va a suceder algo similar: la medida para identificar a los tramposos va a afectar a personas de la comunidad que ya arrancaron sus matas y no tienen estos documentos. Porque muchos trabajaban en un tajo cedido por un vecino en un contrato de palabra, o en un terreno sin escrituras. Así funcionaba por aquí.

Por ser la primera vez que ex miembros de una guerrilla toman parte activa en un proyecto como este, decidimos conocer sus opiniones respecto a las inconformidades que están empezando a aflorar entre la comunidad.

¿Qué otro tipo de injusticias se están presentando? Gente a la que no se le ha pagado por no saber escribir, por escribir mal la cédula. Son formalismos que no tienen en cuenta la realidad del campo. Y el transporte de las veredas al casco urbano de Briceño es muy caro para ellos. Ancianos de más de setenta años que cuando vienen por el pago, resulta que no está. Pero esas personas han cumplido con sus compromisos y ya han levantado las matas. Eso tenemos que solucionarlo. Los recolectores han amenazado con iniciar un paro. ¿Cuál es el problema con ellos?

¿Cuál es su balance del proceso de sustitución aquí en Briceño? Pues en general debo decir que el panorama es complejo. El tema de las inconsistencias entre los beneficiarios es quizá el problema más notorio en este momento. En estos programas siempre aparecen personas que buscan aprovecharse. Entonces hay gente que se ha venido de otras partes del país a colarse y muchas personas de las comunidades se están prestando para esas trampas. Familias que hace quince o veinte años se fueron de las veredas están volviendo nuevamente para beneficiarse de las ayudas. Frente a eso el Gobierno ha empezado a aplicar una serie de filtros que, a nuestro modo de ver, están generando injusticias. Por ejemplo, empezaron a condicionar los pagos de la asistencia alimentaria a la presentación del Sisbén. Así planeaban determinar si las personas eran o no de aquí o si pertenecían a un mismo núcleo familiar y estaban duplicando los beneficios. Con esa medida resultaron afectadas familias que sí son de aquí pero que ni siquiera tienen Sisbén. En este momento están por fuera y estamos revisando

Luis Bernardo Piedrahíta Valencia. Es una de las dos personas delegadas por las FARC para el proceso de sustitución de cultivos ilícitos en el norte de Antioquia.

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Resulta que se definió que no se podía pagar a los recolectores a cambio de nada, que había que contratarlos a través de un contrato de prestación de servicios por doce meses. En ese contrato se tiene que estipular con qué actividades de recuperación de las veredas o de estudio ellos deberán cumplir, tal y como se definió en el Acuerdo Final. Pero ningún recolector cuenta con aportes al servicio de salud, pensiones y riesgos profesionales, que son requisitos de la normativa laboral para poder contratarlos. Muchos no tienen idea de lo que es eso. Hay algunos que incluso son analfabetas. Así que no se les ha podido contratar. Por eso y porque además no hay una organización en el municipio que pueda administrar los recursos de esos contratos. Se pensó hacerlo a través de las Juntas de Acción Comunal, pero tampoco tienen la capacidad. Yo que estoy moviéndome todo el tiempo entre las comunidades, puedo decirle que lo más grave de esa demora es que se están desplazando, ¿y a dónde?, quizá a recoger café o a lugares donde todavía funciona la coca. Para muchos, es lo único que saben hacer. Y mientras haya mano de obra...

Bertha Rodríguez. Cuatro hijos. Clasificó en el Programa como ‘No cultivadora’. Solamente posee un terreno de novecientos metros cuadrados y no duerme tranquila pensando en que cuando llegue el momento de desarrollar el proyecto productivo la excluyan por no tener tierra dónde trabajar.

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¿Cuál es el problema que tiene el municipio para poder contratar el personal?

llegue cuanto antes la asesoría. Ya tenemos algunas posibles soluciones, pero esta demora está siendo lamentable. Hay otros problemas, pero que son ya externos al proceso.

Me gusta esa pregunta porque me lleva a otro asunto urgente que también está atrasado. El de la asistencia técnica integral. Se definió que el Programa de Sustitución debía empezar con todos sus componentes a la par. Así que cuando se iniciaran los desembolsos del tema alimentario, también debería arrancar la asistencia técnica. Pero algunas veredas ya van por el sexto pago y la asistencia no ha comenzado. Y eso no es bueno. Si queremos que las familias se hagan sostenibles con otra clase de productos, necesitan acompañamiento técnico.

¿A qué se refiere con externos? Me refiero a la presencia de bandas criminales. Geográficamente se ha ido creando un cerco alrededor de esta zona, con presencia de grupos del Clan del Golfo y la banda de los Pacheli. Ellos han ido creando alianzas que obstaculizan que este proceso de sustitución voluntaria tome más fuerza entre las comunidades. ¿Y también hay aciertos,o solo motivos para preocuparnos?

La razón de la demora es que el Gobierno tenía lista una licitación para contratar esa asesoría, pero las comunidades dijeron que ellas querían ejecutar los recursos y tener sus propios técnicos. Tenían un argumento contundente: muchos proyectos fracasaron en el pasado porque la asesoría se entregaba a organizaciones foráneas sin conocimiento del territorio y de sus dinámicas.

Herney Jaramillo Martínez. Dejó la escuela a los once años, sin haber aprendido a escribir, para dedicarse a la recolección de coca. Dice que hace mucho que no se emplea. Y el retraso en los pagos para los recolectores lo tiene molesto. En la zona hay algo de café para recoger, pero son muchos los recolectores que están de brazos cruzados. Ha pensado muchas veces en irse de la vereda.

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No, claro que hay aciertos. Y son muchos. Primero, me gustaría mencionar que estamos haciendo un gran trabajo de equipo. La gente del Gobierno, de la administración municipal, el personal del Programa Nacional de Sustitución, de las Naciones Unidas, el Ejército, la Policía, las comunidades y las FARC. Hemos consolidado un equipo muy sólido de trabajo. Nadie toma decisiones solo. Todo se acuerda, todo se discute. Nadie hace nada por separado. Eso minimiza los errores y le da credibilidad al proceso frente a las comunidades. Y el resto del país también debería estar tranquilo por eso. Porque aquí hay un equipo bien consolidado trabajando por una misma meta.

Las Juntas de Acción Comunal, que son las que podían contratar esa asesoría técnica, no están legalizadas, les hace falta capacitación para el manejo de los recursos, no tienen la capacidad para administrar estos fondos. Y ahí ha estado la demora. Debo decir que desde el principio, más de un año atrás, durante los primeros diálogos con las comunidades, ellas demandaron capacitación y asesoría para poder legalizar y fortalecer sus Juntas, pero no les prestamos atención. Y ahora estamos en ese cuello de botella, parados. Buscando alternativas para que

Otro logro, que a mí personalmente me gusta mucho, es que aquí se ha hecho una socialización muy seria del Acuerdo de paz. Realmente en el país muy poca gente lo leyó o lo conoce a profundidad. Aquí, en cambio, lo analizamos y lo estudiamos muy 45


a fondo con las comunidades. Eso, para mí, es un gran logro.

hacemos parte de esto, incluidas las comunidades. Finalmente, ¿usted sí cree que esta región va a poder dejar de depender de la coca y empezar a vivir de otra cosa?

También es muy importante resaltar el hecho de que el 100 % de las veredas del municipio firmaron sus acuerdos para hacer la sustitución. Eso no ha sucedido en ninguna otra parte. Y debo decir que para que eso sucediera, la participación de las FARC fue fundamental. Tenemos credibilidad en estas comunidades.

Mire, en el Acuerdo en el punto 4, Solución al Problema de las Drogas Ilícitas, quedó establecido que tenía que estar amarrado al punto 1, el de la Reforma Rural Integral. ¿Por qué? Porque con 36 millones de pesos y una asesoría estas familias no van poder darle un vuelco a su vida. El punto 1 es el que se propone llevar educación, servicios básicos, carreteras, formalización de la tierra, créditos y todas esas otras cosas de alta envergadura al campo para que el campesino, cocalero o no, pueda salir de la pobreza. Pues recientemente a Briceño han empezado a llegar las agencias encargadas de esa renovación estipulada en el punto 1. La Agencia para la Renovación del Territorio (ART) y otras. Hasta el momento no hemos podido articularnos y eso tiene que darse rápido. Pero, y esta es mi opinión personal, si nos integramos y logramos traer vías y abrirle mercados a los productos que se van a empezar a producir, creo que estos territorios pueden cambiar.

Algunas personas nos dijeron que lo hicieron porque si ya las FARC no estaban como grupo armado, nadie iba a defender los cultivos de la erradicación forzada. Eso también puede ser cierto. Pero si las FARC no hubieran estado habría sido diferente. En las asambleas comunitarias los campesinos lo decían: que ellas entraban al programa porque las FARC iban tomar parte. Pero lo cierto es que todas las veredas dieron el paso y eso es una gran victoria. Ahora, si usted mira, once veredas ya arrancaron la totalidad de las matas; trece están en medio de esa tarea y las otras once están a punto de comenzar. Eso también es un logro. Nuestra meta era llegar a diciembre con todos los tajos levantados, pero imprevistos y dificultades nos retrasaron. Pero ahí vamos, estoy seguro de que si seguimos trabajando duro y solucionamos los inconvenientes, Briceño va a estar muy pronto libre de coca.

*** Con inconvenientes o no, los campesinos no se han quedado quietos. Sin que lleguen los recursos, muchos de ellos ya están sembrando maíz, fríjol, han ido recuperando sus huertas caseras, con la esperanza de que las cosas se vayan arreglando. El asunto es, dicen, no dar marcha atrás.

¿Algún otro resultado que quisiera mencionar? Sí. La memoria que estamos construyendo de este proceso. Estamos llevando una documentación muy detallada e imparcial de todo lo que se está haciendo. Eso va a ser un documento muy importante para la historia del país, con la versión de todos los que 46

Adolfo Guarín es presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Guarimán. Mucha gente llega a su puerta a quejarse porque no le ha llegado el desembolso, porque no pueden cumplir los requisitos para el pago, preguntándole por qué aún no han aparecido los técnicos para la asistencia. A todos les dice lo mismo: hay que tener paciencia, cambiar de vida no es ‘soplar y hacer botellas’. Mientras tanto ha decido empezar a recuperar su parcela y está sembrando un cultivo de fríjol.

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HISTORIA: ÓSCAR BUSTOS BUSTOS F OTO G R A F Í A : C A M I LO R O Z O

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En mañanas vegetales como esta, el río Putumayo se ve muy ancho desde el improvisado muelle al que llegamos para buscar una embarcación que nos pase al otro lado, donde dicen que vive Tolibío Gustavo Madroñero, un antiguo cultivador de hoja de coca que ahora es impulsor de la sustitución de cultivos ilícitos en Puerto Asís. Sorprende que en medio del caudal de aguas achocolatadas —muy crecido con los aguaceros de los últimos días—, esté enterrado el muro de contención de más de cien metros de largo, que hasta hace seis meses estaba en la ribera izquierda del río y que ahora parece un gran elefante blanco, como un monumento que denuncia la corrupción o la vergüenza de sus constructores.

—Hay bufeos que se aparecen a los hombres en los ríos y que los enloquecen —agregué. Entonces, un hombre joven que estaba a mi lado, con rasgos indígenas, pero vestido con bluyín y protegido con una gorra, me encara muy serio y dice: —Usted es de los que creen en la teoría de la evolución… No crea eso, niña, que a todos los seres nos creó Dios con un soplo divino. Agregó, con aires engreídos, que Charles Darwin se arrepintió y pidió perdón por haber publicado su teoría. Pensé que el joven confundía a Darwin con Galilei y, ante los ojos como platos de la niña, iba a responderle que estaba confundido, cuando la mujer intervino para romper la tensión:

—¿No hay bufeos por aquí? —pregunto en voz alta, mientras busco a los delfines de río en mitad de la corriente, mecido por los vaivenes de la embarcación que nos conduce hasta la otra ribera. Una niña mulata, de unos doce años, vestida con sudadera escolar, y otra mujer mayor que parece su madre, levantan la mirada, sorprendidas.

—Esta charla puede demorarnos un día entero y hasta podemos tomarnos unas cervecitas.

Siguiendo la ruta que nos llevaría a encontrarnos con el señor Tolibío, en el vehículo que nos recogió, pronto llegamos a una carretera en la que los tubos conductores del petróleo demarcaban la vía y donde también circulaban en ambas direcciones los carrotanques transportadores del crudo. Era la carretera Puerto VegaTeteyé, toda ella una viva representación de la expansión petrolera que tiene el departamento de Putumayo. Entre los carrotanques avanzaban varias camionetas de la Policía con uniformados fuertemente armados y en actitud alerta, y camiones del ESMAD, cargados con otros hombres protegidos con cascos y uniformados de negro. El conductor de nuestro vehículo comentó que los indígenas y campesinos habían amenazado con tomarse la vía como protesta por los daños ambientales ocasionados por la explotación petrolera y que ello explicaba la presencia del escuadrón antimotines. Después de los caseríos de Puerto Vega, La Tuaya y Campo Alegre, llegamos al corregimiento La Carmelita, donde el campamento en que se desarmaron cuatrocientos ochenta guerrilleros de las FARC ofrece una imagen casi pintoresca, con sus casas prefabricadas, sus antenas de DirecTv y sus callecitas cubiertas de recebo. Más adelante salimos de la carretera y entramos por una trocha en busca de la vereda México, donde habita Tolibío. El vehículo avanzó unos tres kilómetros, hasta donde la tierra roja se puso muy encharcada y no pudimos avanzar más. —Ahora tienen que caminar unos veinte minutos hasta la casa de don Tolibío —nos dijo el conductor y nos vio emprender la marcha.

Qué inteligente la señora, me dije, mientras la niña sonreía y el indígena y yo quedamos silenciosos, imbuidos en el ruido del motor de la embarcación. Pensé que la niña —que seguía tensa por la curiosidad y mantenía sus ojos muy abiertos— no olvidaría jamás esta conversación y me alegré de que en un departamento que hasta hace pocos años fue escenario de las más crueles violencias por parte de todos los actores armados, se tocaran temas casuales como el encantamiento por seres fantasiosos. Cuando la pequeña embarcación nos dejó al otro lado del río, la madre y su niña subieron en una moto y se despidieron con gestos alegres, mientras el indígena que defendió la teoría de la creación no nos quiso dar la cara.

—Dicen que más adelante, en el Amazonas —señala la mujer, tratando de abarcar con la mirada la amplitud del río. —¿Mamá, qué son bufeos? —pregunta la niña en un tono muy bajito, dirigiéndose a la oreja de su madre. —Son como peces muy feos —se le ocurre responder a la señora, pero yo la desmiento y digo que son bonitos, mientras deslizo la mirada sobre las aguas irisadas, deseando que un delfín de agua dulce aparezca con su cerebro prominente y pose para los pasajeros con su alegría natural. Para hacer la descripción de un bufeo, hablo de su cerebro casi humano y de sus apariciones legendarias. 54

Don Tolibío lava y seca su rostro antes de partir hacia una de las reuniones del Programa de Sustitución junto a campesinos de la comunidad de La Carmelita en Putumayo.

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Todo lo que Tolibío cuenta, sentado bajo el cobertizo que antes le servía como cristalizadero de la hoja de coca, es como una película de terror. Le ayudan su actitud seria de hombre poco dado a la sonrisa y una memoria tan detallada que uno puede ver las escenas que describe. Entendemos que sobre esta finca de noventa hectáreas que él, su mujer y sus dos hijos llegaron a administrar en el 2000, cayeron sucesivamente todas las desgracias. Y sí, todo comenzó cuando conoció a un mal amor: la mata de coca, a la que todavía se refiere con diminutivos y califica de suave al tacto y bonita a la vista.

—Un día llegó el Ejército aquí cuando esto estaba lleno de hoja y había unos treinta bultos de cemento y quince tambores de gasolina. Y los del Ejército dijeron que iban a quemar. Como el dueño de la finca no estaba, entonces la señora mía salió y le pidió el favor al teniente que no hiciera eso, pues si prendía candela aquí, se quemaba la casa. Entonces lo convenció y el tipo dijo que él no iba a hacer eso. A lo último llegó uno más jodido y dijo que no, que a esto tocaba meterle candela y, como además no estaba el dueño y querían que hubiera plata por ahí para untarles, nos obligaron a que sacáramos todo de allá, las camas, las ollas y la ropa, y ahí sí le metieron candela a esto.

—La matica era frondosita… La hojita era bien suavecita para uno rasparla. Con esa matica yo iba a…

Entre la casa construida con tablas de madera y el cristalizadero que fue quemado, hay escasos diez metros. La columna de humo debió durar mucho rato y era cierto el riesgo de que la casa también se quemara.

Era tan grande el sueño, tan jugosas las ganancias que iba a obtener con la cosecha, que por un instante el gesto queda suspendido y las palabras atrapadas en la garganta, como si en esa matica hubiera puesto todas sus ilusiones. Cuando recupera el relato, viene la sucesión de hechos que son la historia de su vida.

—Quemaron las máquinas, un motor de la picadora, los abonos… Todo… todo. La guadañita la salvamos porque estaba prestada en otra finca, pero los soldados tenían la orden de buscar lo que hubiera por ahí y todo lo tiraban en la candela. Todo eso tenía que suceder… Y gracias a Dios no nos pasó nada—dice, como si las calamidades fueran asunto de la Providencia. Ahora, rodeado de gallinas cluecas y gallos altaneros, echa su cuento de la hoja de coca como si hablara de una mujer encantadora a la que, por más que lo intentó, no logró conquistar.

Ni los grupos de hombres armados que veía atravesar la finca, sin saber si eran guerrilleros, paramilitares o del Ejército; ni los enfrentamientos con cilindros bomba y balas de fusil en el mismo patio de su vivienda; ni las fumigaciones aéreas que los dejaban tosiendo a él, a su mujer y a sus hijos, y que después afectaban a los animales, que morían intoxicados porque los pastos habían quedado envenenados, lo habían hecho desistir del hechizo por la matica de sus amores. Los días pasan más tranquilos en la finca de don Tolibío y doña Rosa Ofelia gracias a los cambios que el Programa de Sustitución ha traído a sus vidas.

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—Recuerdo tanto que tenía un pedacito por acá arriba, una hectárea sembrada con la matica; yo mismo compré la semilla y fui y la sembré, ya tenía un porte así, ya tenía casi nueve meses de sembrada. Entonces… ya contaba con ella, soñaba

Tampoco lo hizo desistir de ese amor enfermizo el incendio de la cocina que tenía al lado de su vivienda, en la que transformaba aquella hoja en pasta de cocaína. Él se acuerda: 57


con lo que me iba dar, porque iba a hacer esto y lo otro… Estaba limpiando la mata cuando miré que pasaban unos helicópteros, como tres o cuatro. —No… —me dije—. Esto qué será. —Cuando ya al ratico tres avionetas pasaron así, dieron la vuelta por allá y bajaron y me rodearon por ahí donde estaba. Ese día me salvé. Dije: —Esto pasó. —Como a los dos días volvieron otra vez por aquí, un día frío como hoy. Al otro miércoles volvieron. Llegaron y tas… Lo fumigaron todo. Ahí la moral se me cayó otra vez, puesto que la esperanza que yo tenía era esa, de que con esa matica yo iba a… Luego la moché, me conseguí otro trabajito y la dejé. Como a los nueve meses volví y la limpié, y sí, le hice una cosechita, me devolvió algo de lo perdido —cuenta, apenas insinuando una sonrisa. Pero un día sintieron tan cerca el ruido de las balas y el estallido de las bombas, cuando los del Ejército se enfrentaron con los guerrilleros, utilizando los dos grupos su vivienda como mampara —como si él ni su familia existieran—, que para protegerse tuvieron que meterse debajo de la casa, toda la familia, incluido Robert, el hijo menor, que estaba de brazos y les había nacido entre una fumigación y otra. Desde el duro y frío suelo tuvieron que escuchar el silbido de las balas y la tronazón de los cilindros bomba. Al cabo de muchas horas, al fin sintieron que todo quedó en silencio. Entonces salieron de su escondite, uno detrás de otro, como ratones de su madriguera, y descubrieron que ni las tejas de zinc que cubrían la casa se habían salvado de las esquirlas de las granadas. Por eso decidieron irse para Samaniego, Nariño, su patria chica, a pasar una temporada. Pero allá no había oportunidades laborales y, en cambio, él tenía cuatro bocas que alimentar, cinco con la suya:

Doña Rosa es tímida y muy buena cocinera. Sus comensales usuales son su hijo Robert y su esposo, que ahora pasa mucho más tiempo en casa. Desde el balcón cuida y contempla a los animales domésticos que a diario los acompañan en su finca.

—Entonces me comuniqué con unos amigos de acá de la finca, me dijeron que esto ya estaba más calmado volvimos para quedarnos y ya llevamos aquí diecisiete años —dice. 58

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S A C A R S E D E L C O R A Z Ó N A L A M AT I C A D E SUS AMORES

al Gobierno y con ellos tenemos un compromiso que vamos a cumplir.

su duelo. La conversación con otros líderes, que seguramente también estaban sufriendo el mismo desamor, lo fue sacando a territorio seguro. La comunidad se dividió, unos a favor y otros en contra, pero finalmente se impuso la decisión mayoritaria: erradicar voluntariamente los cultivos de la hoja, asunto que hicieron paulatinamente y que fue verificado por un equipo técnico de las Naciones Unidas.

Hace cerca de un año, Tolibío escuchó por la radio que la sustitución de cultivos ilícitos se iba a realizar en Putumayo y otras regiones de Colombia, gracias a los acuerdos de paz firmados en La Habana entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las FARC. Entonces se le ocurrió asistir a una reunión de la Junta de Acción Comunal de su vereda y, en unas elecciones, ofrecerse como presidente. Los demás miembros lo aceptaron. Dice que al mismo tiempo estaba preparando un terreno en la finca para sembrar otra vez la hoja de coca, que no dejaba de coquetearle, ni él de lanzarle otra buena mirada… Tan frondosita. Pero que lo consultó con su hijo mayor, quien le aconsejó no seguir trabajando más con los cultivos ilícitos. Recuerda que le dijo:

Desde su silla bajo el cobertizo, Tolibío impulsa la mandíbula para señalar que ahora tiene nuevos cultivos en la finca: de maíz, yuca, caña y pastos para el ganado. Aunque la casa no es propia, su esposa, Rosa Ofelia, la cuida como una tacita de plata. Al fin y al cabo, allí han vivido diecisiete años. El jardín del patio frontal tiene un color y una gracia que envidiaría cualquier señora encopetada de una gran ciudad.

—Todos arrancamos la matica de raíz y estuvimos pendientes de que no estuviera apenas mochada, ni cortada con guadaña. Tan pronto arrancamos, recibimos el primer pago y los otros fueron llegando conforme nosotros íbamos arrancando las otras hectáreas. Los que se metieron cumplieron —afirma.

El caño que pasa por detrás de la casa, que hasta hace poco fue escenario de la guerra de los cilindros y la metralla, ahora discurre noble y cristalino, mientras unas aves escandalosas vuelan en bandada sobre los potreros. Los pájaros mochileros, que cuelgan sus nidos en las palmas de chontaduro y en los cananguchales, cantan con un sonido que parece una cascada de agua fresca. Dos pelotas de fútbol y una vieja bicicleta, tan gastadas que Robert, a su edad, ya debe estar cansado de ellas, descansan en el antiguo cristalizadero que ha sido pintado y no tiene huellas del incendio. Hay una ceiba que por su altura sobresale en la distancia y parece joven, pero Tolibío se apresura a aclarar que un vecino, que murió hace poco de setenta y cinco años, alguna vez le dijo que la veía igual que cuando había sido un niño.

Agrega que hoy las expectativas de los campesinos de su vereda están fincadas en la asistencia técnica que les ofrezca el Gobierno sobre las posibilidades de los cultivos alternativos en sus suelos.

—Si es como las FARC dicen que la paz se va a dar, ya va a llegar la sustitución. Entonces no sigamos trabajando más con eso, papá.

—Algunos ya han sembrado arroz, otros están sembrando plátano —dice. Él mismo, con los pagos anticipados, ha comprado en total cinco vacas. Y finaliza: —Lo mejor es que ahora estamos tranquilos, porque eso de trabajar con la coca era con esos nervios… que lo hacían ver a uno que sí iba a tener algo bueno y al mismo rato se le perdía todo. Eso ya no, la coca ya no me nace —afirma, como para sellar su nuevo compromiso. Pero un gesto de temor ensombrece su rostro delgado:

Agrega que a pesar de que otros compañeros de la Junta dijeron que eso era mentira, él empezó a interesarse en el tema y a asistir a las reuniones con los miembros del Gobierno y algunos exguerrilleros. Hasta que un día reunió a los miembros de su comunidad, en la vereda México, y les dijo: —Yo creo que la mejor alternativa para nosotros los campesinos es acogernos al plan de sustitución. Nos toca olvidarnos de la matica que tanto nos dio de comer, pero que también nos trajo muchos dolores.

En este rincón del planeta, que ha sido el universo que conocen los hijos de Tolibío, las cosas están vivas y todo indica que se respiran aires nuevos. Putumayo es lugar de conjuros y de otros hechizos.

—En el caserío se escuchan comentarios de que por ahí andan grupos que dizque dicen que no nos metamos en esto, que de pronto nos van a matar… Pues en fin. Pero no dejan de ser simples habladurías que a nosotros no nos afectan, porque uno le cree es

Fue duro para él decir aquello, una punzada que sintió en el corazón le anunció que comenzaba 60

La pañoleta que cuelga del adorno en la pared fue un regalo del hijo mayor de don Tolibío, Carlos Andrés, que hace unos años fue lancero del Ejército Nacional. Está siempre ahí, junto a la cruz que su padre hizo a mano para la protección del hogar. 61


A finales de la década de los cincuenta, Aura Rosa y Argemiro Figueroa decidieron dejar su Huila natal y emprender un viaje a lo largo de la cordillera hacia el sur, en busca de terrenos baratos, extensos y fértiles que estaban a la venta en Caquetá. Muchos años después, se sentaban al final de la tarde a contarle a sus doce hijos cómo fue llegar y construir una nueva vida a punta de trabajar el campo en la vereda La Nutria. Jairo, el décimo hijo de la pareja, es hoy presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda. Él, sus hermanos varones que sobrevivieron a la violencia y a la enfermedad, y otros hombres que se han vuelto familia a lo largo de los años, se reúnen para ir en minga a erradicar la coca que aún queda en sus fincas. Hoy están parados a la sombra de unas matas de plátano, recordando historias del pasado y contemplando la coca que sembraron hace unos años y que ellos mismos acaban de arrancar de raíz; conscientes de lo que esta les dio en tiempos de prosperidad, pero también abriéndose esperanzados a lo que traerá su ausencia.

HISTORIA: LINA RINCÓN FOTOGRAFÍA: JUAN MANUEL BARRERO

Con este ritual de cambio, las familias de La Nutria cumplen con su parte del trato que hicieron con el Gobierno colombiano en el marco de los acuerdos de paz: tras haber recibido el primer pago del Programa de Sustitución, se unen para erradicar las plantaciones dentro del plazo estipulado. Pero el recorrido muestra que en meses recientes este cultivo ha dejado de estar en auge en la vereda. El escenario de unas cuantas plantas dispuestas de forma irregular y que han perdido su frondosidad por la falta de cuidado confirma las palabras de Jairo, quien asegura que hacía un tiempo estas hojas que les dieron tanto se habían convertido en una fuente de intranquilidad, que el negocio cada vez era menos rentable y el esfuerzo cada vez menos representativo del trabajo y el riesgo que implicaba. Ahora es Jairo quien se sienta al final de la tarde a hablar con sus hijos y les cuenta cómo fue crecer en La Nutria, los años en que la economía prosperó por el negocio de la coca y el tiempo en el que los campesinos quedaron atrapados entre un fuego cruzado en los picos de violencia del conflicto armado. Habla de cómo se vio obligado a dejar su tierra con ellos y con su esposa cuando el caserío de El Triunfo, donde se daban cita los habitantes de la vereda, desapareció tras una orden de desalojo de las FARC. Y John Mario, su segundo hijo, le pide que cuente más, motivado por la curiosidad, conmovido por lo que ha vivido su padre y también esperanzado porque su vida adulta ha sido y muy probablemente seguirá siendo muy diferente.

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En 2012, al oír que el Gobierno y las FARC habían empezado una negociación para acabar el conflicto armado, Jairo decidió volver para recuperar sus tierras. En sus parcelas empezó a criar unas pocas vacas y a cultivar únicamente plátano y yuca para mantener alejados de su casa a quienes cobraban vacunas o encarcelaban a los cultivadores de coca. Pero tomó en arriendo terrenos de otras fincas para sembrar la planta que siguió siendo una fuente de ingresos hasta que se vinculó al Programa de Sustitución Voluntaria. Fue en ese momento que Jairo tomó la decisión de dejar la coca definitivamente e invertir todos sus esfuerzos en cambiar la historia de su familia y de la comunidad haciendo el mejor uso posible del subsidio que recibiría. —Ahorita ya se está volviendo a agrandar El Triunfo, ya va pa’ adelante otra vez. Tiene ganas de coger vida otra vez. La idea es poder montar una cooperativa para los proyectos productivos. Porque yo sé que no toda la gente va a coger la línea de ganadería. Hay unos que no tienen tierra, pero pueden criar especies menores. Entonces los productos podrían llegar ahí y la gente ir y comprarlos. O montaría una tienda para no tener que trasladarnos a Montañita y nosotros mismos comprar todo ahí a precios favorables. Así el ingreso va a quedar entre nosotros y el pueblito va a coger más fuerza, va a tener más ambiente. ***

John Jairo Figueroa, de 42 años, proveniente del Huila, conversa con un grupo de campesinos durante la erradicación voluntaria de las matas de coca en una ‘minga’, esfuerzo colectivo de la comunidad de La Nutria, en la finca Horizonte en el municipio de La Montañita, Caquetá.

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Mireya Ramírez y Argemiro Figueroa, hermano de Jairo, fueron una de las primeras parejas en volver a la zona después de tres años de estar probando suerte en Florencia, sin mucho éxito. Construyeron una casa de madera en un filo de montaña, a unos diez minutos de la iglesia de El Triunfo y la llamaron La Isla. Antes, nadie tenía permiso de instalarse en las partes más altas del terreno porque eran puntos estratégicos para iniciar el ataque contra el otro bando. Por eso, cuando hicieron la casa, Mireya celebró esta nueva posibilidad dejando una ventana que da sobre el extenso paisaje de piedemonte selvático, que no se cansa de admirar. Además, cada diciembre va a Florencia a escoger el color con el que cubrirá el exterior de su casa: el año pasado fue rosado, con un zócalo gris oscuro, y este será azul cielo, que se ve bonito con el paisaje verde del fondo.

—Yo no me voy por allá con todos estos muchachos, tenemos que seguir adelante, nosotros de hambre no nos vamos a morir. Sin dejar de cultivar la coca, la familia se dedicó a poner en marcha el proyecto productivo del ganado que ahora esperan fortalecer con el subsidio que les ofrece el Programa de Sustitución. Hoy en día Mireya se levanta todas las mañanas a las cuatro, prepara el desayuno y se toma un último tinto con la familia antes de ir juntos al corral, donde trabajan hasta las ocho. Luego vuelve, organiza la casa y al rato baja otra vez a visitar a sus vacas. Hasta hace tres meses casi siempre hacía sola estas labores, mientras su hijo y su marido trabajaban en la plantación de coca, a donde les llevaba el desayuno y el almuerzo. Pero desde que dejaron de cuidar la mata, tiene una ayuda más constante con el trabajo del ganado y, como no tiene que empacar y transportar refrigerios, le ha quedado tiempo para relajarse e ir poniendo la casa bonita en esos raticos, antes de las tres, cuando bajan todos a hacer el segundo ordeño, después del cual ella se queda lavando el corral y las cantinas.

La Isla es una de las fincas más visitadas de la vereda. Mireya es secretaria de la Junta de Acción Comunal y ella y su familia son un ejemplo y un apoyo para toda la comunidad. Cuando regresaron en 2005, pidieron un préstamo de cinco millones de pesos para comprar tres vacas y sembraron tres parcelas con coca, plátano, yuca, botón de oro y también matarratón para alimentar el ganado. Con los ingresos que entraron de la comercialización de la leche pudieron sostenerse y con los que entraron de la coca lograron mandar a dos de sus hijos a hacer sus estudios universitarios en Florencia, lejos de grupos armados que los podían reclutar.

Proyectos en La Isla SAS, propiedad de Mireya Ramírez y Argemiro Figueroa. Esta finca es productora de leche en la inspección de El Triunfo del municipio de La Montañita, Caquetá.

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—Las plantas de coca las dejé quietas hace como tres meses y ya las tengo para arrancarlas. Lo mío ahora es acabarlas rápido para ya olvidarme de eso y seguir con las vaquitas, que son sagradas. Ahora con el ganado nos va mucho mejor, porque usted saca una vaca y la vende y no tiene problema.

—Después vinieron las erradicaciones y la cosa se empezó a poner muy difícil, y ahí fuimos pensando que teníamos que buscar otras opciones, pero esas representaban gastos y los ingresos que daban no eran ni parecidos a los de la coca. Argemiro pensó en que nos fuéramos para Timbiquí, pero yo le dije: 67


—Esto acá se vive muy bueno —asegura Hans Anderson, el segundo hijo de Mireya y Argemiro, después de una tarde de recordar sus años de infancia entremezclando historias de épocas violentas que han ido quedando atrás y leyendas del campo que, reconoce entre risas, todavía siguen haciendo que le dé miedo meterse en la selva de noche. —Un día, cuando vivíamos allá arribita, la casa quedó en la mitad del fuego, eso fue en el 2002, estando nosotros adentro. Uy, Dios mío, casi nos matan ese día, eso sí es un susto muy tremendo. Por eso yo soy uno de los que apoya mucho el proceso de paz. Por tanta violencia que vivimos acá. Esto ha cambiado mucho. Ya usted no volvió a ver un guerrillero, un miliciano, y muy poco hasta el Ejército, solo cuando vienen a hacer el desminado. Usted no volvió a escuchar una balacera, usted ya puede andar tranquilo pa’ donde quiera, esto está muy bueno por acá. Las historias de violencia son para Anderson cosa del pasado, de su infancia. Para Roiman, su hermano menor, son recuerdos familiares de situaciones que él no vivió en carne propia. Y para Melany, la primera nieta de Jairo, serán cuentos de otros tiempos. Tal y como él lo ha soñado desde que empezó el proceso de paz: —Me gusta pensar que los retoños que vienen, los hijos y los nietos, ya no se van a llevar la misma intranquilidad que tuvimos que vivir nosotros durante tantos años. Al menos que ellos sepan las historias, pero que las oigan como cuentos, como algo que no les va a pasar, que no los va a afectar, con menos temor. Que uno pueda empezar esos relatos diciendo “Érase una vez…”. Mireya Ramírez habla del pasado difícil que tuvieron que vivir en La Isla, en medio del conflicto. 68

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Un niño cruza por La Isla. 70

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El rumor brotó desde la vereda El Capricho, como si fuese un pozo petrolero, y se propagó por las vías destartaladas del Guaviare. Viajaba en las flotas de madrugada, en las motocicletas de los colonos. Se metió con sigilo en los campos y en las selvas tupidas, tal cual lo hacen las malas noticias de la guerra desde hace décadas. Serpenteó por caños y por ríos marrones hasta llegar a los caseríos más apartados de la región. Si fue por tierra o por agua, nadie sabe cómo aterrizó el chisme en El Mielón, a seis o siete horas de distancia de El Capricho. El ruido que generó el Plan Piloto de erradicación voluntaria de coca pegó tan fuerte en esta vereda, ubicada en la frontera entre el Guaviare y el sur del Meta, que los habitantes decidieron ir, por cuenta propia, a tocar las puertas del Estado. Allá mismo, donde se originó la vaina. Y comprobar, de primera mano, si era verdad ‘tanta belleza’. Una madrugada cualquiera de este año, húmeda y asoleada, un puñado de los líderes más curtidos de la región emprendió la travesía con algunos chécheres, por si acaso. Pasaron Puerto Concordia, llegaron a la capital, San José del Guaviare, y luego, sin siquiera un descanso, tomaron la ruta por esa trocha destapada para entrar en el meollo del asunto: la vereda Las Colinas, en El Capricho, uno de los epicentros cocaleros y uno de los veintiséis puntos en el que se concentran más de quinientos excombatientes de las FARC, justo antes de salir vestidos de paisano y estrenando cédula.

HISTORIA: FERNANDO CÁRDENAS HERNÁNDEZ F OTO G R A F Í A : FA B I O C U T T I C A

Los delegados del Programa de Sustitución voluntaria deambulaban por el casco urbano como si llevaran años en la zona, así que a los visitantes no les costó enterarse de lo que se estaba fraguando. Incluso, escucharon las voces de sus excolegas cocaleros que desgranaban los pormenores de sus nuevas ocupaciones con el ganado, con el cultivo de un tal sacha inchi (maní inca) y también con el cacao. Y, por supuesto, se enteraron de los pagos en efectivo que sagradamente les están llegando a sus bolsillos cada sesenta días. Solo de esta forma, la primera versión de los hechos se transformó en una posibilidad concreta de un acuerdo. Con la palabra empeñada y un estrechón de manos, ellos retornaron a sus hogares por la misma vía que habían surcado a la venida. Lo diferente era que ahora cargaban en los morrales una buena nueva para contar a las veintiséis familias de El Mielón, en el municipio de Mapiripán. Sus lugareños esperaban impacientes el regreso de la comitiva.

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No es aventurado señalar que la esperanza no estaba tan arriba, casi tocando las nubes, desde los tiempos en que la coca era el alma del pueblo. Desde entonces la pesca del río nunca pudo inflar el ánimo de los locales, así que no se recuerda en esta llanura un evento tan promisorio como el que sus encargados negociaron con el Gobierno. Era la primera vez que se conseguía, al menos de labios para afuera, algo material y concreto de ‘lo público’, como dicen acá.

cada inscrito tiene dos meses de plazo para arrancar de raíz las plantas. Nada de mocharlas bien abajo, como han hecho algunos avispados en otros lugares. Solo al verificar que el campesino sí cumplió, vienen los siguientes abonos de dinero y toda la artillería social del Estado, en forma de proyectos sociales y agrícolas. En el ambiente hay un titubeo constante. Miran con recelo el papel del Estado en esta historia: no siempre su actuación fue de caballeros. Nunca se apareció, por ejemplo, en forma de servicios públicos, como electricidad, vías o alcantarillado. Vino, a cuentagotas, con una escuela de pocos grados, que obliga a los jóvenes a meterse de jornaleros o a mudarse a San José cuando se asoman al bachillerato.

Por el lado de los campesinos, la palabra consistió en dejar de lado esa mata poderosa —aunque parezca un arbusto simplón—, apenas se materialicen el apoyo en efectivo y los proyectos agrícolas de los que ellos mismos fueron testigos en su visita a Las Colinas.

En un ejercicio de memoria colectiva, los habitantes recuerdan la intervención más sistemática del Estado: con avionetas, que pasaban raudas por los aires descargando veneno a chorros sobre los campos. El llamado glifosato, que tumbaba los cultivos sin distinción y donde no se salvaban ni los plátanos, ni la yuca, ni nada. O también enumeran las veces en que brilló por su ausencia mientras un frente guerrillero o los paramilitares se paseaban a sus anchas en todas esas veredas con fusiles al hombro. De esas épocas queda solo un sinsabor.

—Nosotros vamos a cumplir —dice mirando a los ojos Rogelio Ayala, el presidente de la Junta de Acción Comunal—. Ahora le toca al Gobierno —remata sin dejar un milímetro de espacio para vacilar en aquella promesa. Luego de que las FARC entregaran sus AK-47, el llamado del Gobierno para erradicar voluntariamente las plantaciones de la hoja verde hizo eco en estas comunidades del Guaviare y del sur del Meta. Unas ocho mil familias ya han puesto su nombre y apellido en el contrato como garantía, según las autoridades del programa.

*** ‘Patrón’. Ese es el vocablo utilizado por acá para bautizar a alguien que tiene una finca ‘bien alentada’. Cabe aclarar que ninguno de ellos se acerca a convertirse en un barón de la droga. En todo caso, en El Mielón había varios patrones que llegaban al caserío, sobre todo los fines de semana, a buscar víveres y algo de diversión, a cambio de la pasta base que producían en los campos. Uno, dos, tres kilos en promedio. El que trabajaba para ellos recibía el mote de ‘raspachín’, a secas.

El pacto con El Mielón se baraja en los siguientes términos: ellos se comprometen a erradicar voluntariamente todas sus matas, ya verificadas y medidas por Naciones Unidas, tan pronto el Gobierno cumpla con los dos primeros desembolsos de dos millones de pesos. Después del pago en efectivo,

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Una ceiba se alza sobre la maleza camino a El Mielón 75


Por mucho tiempo, uno de los patrones del lugar ha sido Ángel Solís, quien maneja un predio de cuarenta y cinco hectáreas, a una hora del pueblo, entre cultivos de arroz y potreros de ganadería cebú. En su hacienda, llamada El Bostezo, no se levanta un portón a la entrada, pero sí una casona donde los recolectores comen algo para apaciguar el estómago y toman guarapo fermentado de cáscara de piña, para frenar ese sol que atortola hasta al más macho. Por más que Ángel firmara recientemente el pacto, todavía sus días corren bajo el parasol de la coca. —Me queda un tajo —dice y apunta hacia un lado del potrero donde alberga una hectárea y media del arbusto. En este momento, sus recolectores están sacando las últimas hojas para llevarlas luego a un laboratorio hechizo bajo la sombra de los árboles—. Este poquito me alcanza para la panela y una remesa —confiesa. El dueño justifica su actividad por la facilidad que ofrece la economía cocalera. —Yo compré hace unos doce años. Cultivé maíz, yuca y plátano y, como no me dio resultado por las carreteras y los precios, me dediqué a la coca —afirma. Para que entienda bien alguien de la ciudad, él hace un ejercicio matemático: si se compara una siembra de maíz de una hectárea frente a un cultivo de coca del mismo tamaño, dice que la hoja se demora dos meses y el maíz cuatro. —La gran diferencia está en que usted recolecta el maíz y se acabó la producción. En cambio, usted recoge la mata y la mata sigue ahí lista para la siguiente cosecha.

Las manos de Edwin durante una pausa en la última raspa. 76

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forzada, se llama el operativo. Ya en la noche, después de haber perdido una cosecha que representaba varios millones de pesos, Ángel habló con su esposa en el dormitorio de la casa y decidieron unirse al programa. La pareja concluyó que apenas les giren el primer pago van a erradicar ese rincón que les queda.

En su análisis aporta otro dato que inclina aún más la balanza hacia el lado oscuro de la historia: tanto con una hectárea de coca como con una de maíz, queda un millón de pesos. El contraste está en que con su actual producto se trabaja menos. —El maíz es por bulto y para sacarlo al mercado hay que conseguir un camión y llevarlo por estas carreteras, que en invierno son imposibles. Mientras que el kilo de coca yo lo meto en mi camisa y ya.

—Nada más de gasolina, de químicos, de laboratorios, de pasta base. Palabra de campesino —advierte. Solo guardará la romana, la balanza que utiliza para pesar los bultos de hoja en el patio de su casa. —Para no olvidar que fui coquero —remata con algo de orgullo.

—Y si suena tan maravilloso, ¿por qué firmó el acuerdo?

Siente un cosquilleo, algo muy cercano al temor, ante el cambio que se asoma a la vuelta de la esquina.

—Nos han estado persiguiendo y ya que nos brindan la oportunidad, hay que aceptarla. Uno se cansa, no queremos más contienda desde que nos fumigaron y erradicaron los cultivos. Edwin raspó por mucho tiempo la hoja de coca; esta será su última cosecha.

—Un señor de esos no nos puede fallar —dice como para aferrarse a algo; ese señor es el Estado. Y en estos caseríos, unas ocho mil familias, entre núcleos del Guaviare, sur del Meta y Vichada, ya se la jugaron por esta partida que pretende dejar atrás los tiempos de la ilegalidad.

Ese día no se le borra de la memoria al patrón. Fue una pesadilla ver cómo su trabajo se iba al canasto de la basura. Estaba haciendo labores de cuidado con sus matas, cuando llegaron de improviso los agentes antinarcóticos:

Para llegar a El Mielón hay que atravesar una vereda conocida como Pueblo Loco, cuyo nombre proviene de las parrandas memorables de la época de la bonanza. De ese tiempo cuando los caseríos respiraban unos fines de semana de comercio, de muchedumbre. Llegaban hasta doscientas lanchas al muelle, la música de las tiendas traspasaba varios kilómetros a la redonda y había coteros que cargaban las mercancías en los navíos. Venían más de cien patrones a tomar cerveza en las bodegas con billares de paño fino. Había peleas de gallos valientes, bailes con chicas de ambiente. Una verdadera fiesta, con pistolas al cinto y una que otra trifulca de borrachos.

—¿El señor Ángel? —Sí señor, yo soy. —Usted tiene coca en su predio y venimos a erradicarla. —Sí, yo tengo. —¿Nos podría indicar dónde está? —Vamos y se las muestro…

Los oficiales recorrieron la plantación de extremo a extremo y, a la mañana siguiente, arrancaron de tajo el cultivo, con varios grupos de apoyo. Erradicación 78

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Un pequeño niño, hijo de campesinos, en una de las vereda cercanas a El Mielón.

Mural en la tienda de El Mielón.

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Estas postales de antaño ya no existen. Quien decida hoy visitar esta vereda húmeda y tropical, a tres horas de San José, tendrá la oportunidad de encontrarse con un atardecer llanero y una aldea casi fantasmal. —Un moridero —apunta un habitante. Sin ir más lejos, a un costado de la cancha de microfútbol y básquetbol, cerca de la orilla del caño, abundan los negocios desventurados. Sus estanterías no brillan por la abundancia e incluso cuesta trabajo encontrar una cerveza fría.

Don Ángel, campesino de El Mielón, cultivó por años la hoja de coca y acaba de entrar al Programa de Sustitución Voluntaria. A sus espaldas, su última cosecha.

En su entorno, hay varias casas abandonadas por gente que no aguantó la última recesión cocalera, producto del glifosato y la erradicación forzada. Esos pobladores decidieron ir a buscar otros horizontes en las grandes ciudades. Por acá los entienden.

Su casa y todas las casas vecinas son de piso de barro y techo de zinc. Si el dueño de alguna de ellas ahorró con la coca, tiene en la entrada un panel solar que le da energía unas horas al día para encender bombillos, mirar el noticiero y enfriar la gaseosa.

Eso sí, hay lugareños que aguantaron el chaparrón sin moverse y ahora albergan el premio de la ilusión. Doña Aminta Parra es una de las que se ha mantenido inmóvil. En silencio. Allí está sentada en su tienda, tanto en las buenas como en las malas. Incluso cuando aparecieron los paramilitares y mataron a su marido sin motivo alguno hace dieciséis años. Su pecado fue ser cocalero en una zona guerrillera. Ella lo enterró en el cementerio del pueblo.

Afuera está estacionada una moto a la sombra. La cocina es de leña y cuelgan las ollas relucientes en la pared. El menú diario es pescado fresco o carne con yuca, arroz y patacón. En la vía principal hay niños que juegan al trompo y perros callejeros que buscan restos de alimento moviendo la cola. —¿Cuánto vale esa cámara? —grita un niño al ver a un fotógrafo.

Desde ese hito trágico ha preferido sobrevivir del pescado que saca en los meandros cercanos todas las madrugadas, antes de la aparición del sol. Los vende afuera de su tienda ribereña a unos compradores a eso del mediodía. Piensa que su situación será distinta cuando ocurra el milagro.

Rogelio observa un brazo del río Guaviare desde una casa abandonada. Este pequeño pueblo conoció la riqueza debido a la coca años atrás, abandonado hace años, ahora lo habitan pocas familias dispuestas a volver a empezar.

—Unos dos millones de pesos. —Ah, no es cara —dice, como si ya estuviera familiarizado con los billetes.

—Mi pensado es comprar unas vacas y vamos a esperar qué proyectos llegan.

La herencia palpable de la cultura de la coca. 82

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Más allá de la relación íntima que tiene la comarca con la mata, Rogelio Ayala, presidente de la Junta, da crédito de todo el potencial que cobija su pueblo en estos tiempos de paz. Siente como suyo el mérito de lo que pasa en la actualidad. El nuevo panorama dista de cuando era pequeño y raspaba la mata por un jornal que alcanzaba para dulces y ropa de moda. Tras eso se hizo patrón, al mismo tiempo que se casó y alcanzó a vivir las mejores épocas. Pero también vivió las peores. —Hemos tenido mucho golpe por estar cultivando y nos hemos llevado la peor parte de todo el proceso. Lo valioso de su actitud es que con el dinero del Gobierno él quiere arreglar su negocio Matekaña, un puesto en el que vende Coca-Cola, carnes y pescado fresco para atender las necesidades de sus vecinos. Rogelio sabe que la resurrección del caserío pronto será otro rumor que viajará por el río o por la carretera destapada y que con el tiempo traerá a los dueños de los almacenes abandonados, a los médicos del puesto de salud y a otros recolectores de las fincas. Mientras tanto, este dirigente se está jugando su pellejo político por su apuesta hacia la legalidad. —Luego de esto, quiero ser concejal —confiesa. Desde el margen del río mira cómo, poco a poco, el pueblo empieza a sacudirse de su letargo y su pecho se abulta como el de un palomo cada vez que otras familias se acercan a preguntar por la buena nueva. A veces no le creen a su relato, como le pasó a él hace unos meses, aunque sabe que ya se aproxima el primer pago, instante en el que la vaina ya no tendrá reversa.

Un brazo del río Guaviare entra hasta la población de El Mielón. 84

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Un joven juega en la vía principal de El Mielón; encarna el equilibrio difícil, pero dinámico, de este momento en la vida de la comunidad y del país.


La última casa del caserío tiene las paredes pintadas de azul claro y los zócalos, de rojo. Parece cerrada desde el camino, pero un tendido de café que recibe el sol de la mañana indica el cuidado de alguna persona. Por un costado se llega al patio y ahí está María Jeníbera Espinosa, que le acaba de echar maíz a las gallinas. Las contempla. Se está tomando un tinto hecho en aguapanela mientras espera a Gerardo, su esposo, que salió temprano a sembrar una pucha de frisoles. Por dentro, la casa tiene colores más vivos: un verde limón que la mujer justifica con una sonrisa: —Aun cuando estemos viejos, hay que ser alegres. Ella y Gerardo Vera tienen ochenta y seis años y están casados desde los dieciocho. Él nació en estos contornos de Antioquia, donde antes se levantaba Berlín Viejo, una mina explotada por ‘místeres’ alemanes que después de la Segunda Guerra Mundial mermó su producción y fue perdiendo habitantes. Los campesinos se quedaron, silvestres en las montañas, a horas y días en mula de cualquier lugar poblado. Con los años, una casita aquí y otra casita allá fueron conformando Pueblo Nuevo, esta vereda de Briceño a la que ahora se llega en carro después de dos horas de seguir una trocha por abismos y valles. María Jeníbera nació en El Roblal, pero creció en Ochalí, Yarumal, el municipio más importante del norte de Antioquia. De allá se la trajo Gerardo cuando se prometieron estar juntos siempre.

H I S T O R I A : M A R G A R I TA I S A Z A V E L Á S Q U E Z F O T O G R A F Í A : N ATA L I A B O T E R O

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—Tuve quince hijos, pero se me murieron cuatro niñas. Por la falta de recurso, que no venían por aquí médicos ni a colocar vacuna ni nada, los niños se morían y uno se quedaba sin saber por qué. La una se me murió de dos años, la otra como de nueve meses y así, todas pequeñitas. Me quedaron once. Ya todos empezaron a crecer, y se pusieron jovencitos, “que yo me voy a ir para el Quindío”, “que yo me voy para Cali”, “que yo me voy a Medellín”… Y ellos se me iban. Por allá en el Valle del Cauca fallecieron dos. Uno se llamaba Jorge Alcides, que se ahogó en un río, y el otro se llamaba Flavio, que lo mataron y no supimos por qué. Me quedan vivos nueve: dos mujeres y siete hombres. Mis nueve hijos se llaman… —hace una pausa, ordena la explicación y continúa—: Vea, están las dos hijas que viven en Cali y vienen cada rato donde mí, no me abandonan; la una es Luz Marina y la otra, Rosa Evila. De los hombres hay uno que vive en el Quindío que se llama Rigoberto; y los que tengo aquí son Jonás, Óscar, Argiro, Gerardito, Fredy y Wilfer. Han visto crecer a dos puñados de nietos y después de varios trasteos, de recorrer montes y cañadas, consiguieron esta casa rodeada de tierra bendita: 89


—Aquí lo que se siembra ahí mismo da —dice Argiro, de cincuenta y seis años, uno de los hijos del matrimonio Vera Espinosa, que pasa a saludar; también se toma un tinto y pregunta por el viejo. —Argiro, el viejito, no ha venido y se fue después de los tragos; ya era hora de que hubiera vuelto. Él cogió para abajo a la sementera nueva —dice María Jeníbera con señas de preocupación y queja al mismo tiempo. —Tranquila, mamá, que ese señor es muy guapo y debe estar que llega —la tranquiliza Argiro y se le sienta al lado. Así es por la mañana y también por la tarde. Gerardo y María Jeníbera viven solos pero los hijos que se quedaron por aquí siempre están pendientes de ellos. La mamá los menciona como si aún fueran niños o pollitos que no se alejan de la gallina: —Es que yo no quiero ni que un mosco los pique. Argiro asiente con la cabeza y se pasa de una mano a otra una bolsa llena de fríjol que va a ir a sembrar: —Tengo como veintidós kilos sembrados. Eso para fines de diciembre lo estamos cogiendo. Tengo también plátano y yuquita. Por aquí hay que trabajar mucho. La vereda de Pueblo Nuevo se levanta en la Cordillera Central, un tejido montañoso con una alta presencia de ceniza volcánica, que hace que sus pobladores tengan un terreno fértil y exuberante. Las mujeres tienen muy claro que hay erradicar la coca no solo de la tierra, sino de la mente y la vida de las familias de la vereda. 90

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Su papá le enseñó a arar y querer la tierra, para que nunca falte la comida y no tenga que pedirle nada a nadie. María Jeníbera interviene: —Gerardo, como fue tan buen padre con esos hijos que Dios nos dio, él les regaló a todos adónde hacer las casas y dónde hacer más sementeras. En la vereda es tiempo de siembra. Todos están entusiasmados con los nuevos cultivos, que en realidad son los de siempre, o más bien, los que había antes de que llegara la coca, hace unos veinte años. En las casas se oye hablar ahora de fríjol, maíz, plátano, yuca, cacao, aguacate y café, ese que es la esperanza de Argiro y de toda la familia Vera. Hasta junio de este año, las tierras fértiles estuvieron llenas de ‘madera’, la forma en que algunos nombraban las matas de coca para no sentirlo un cultivo tan ajeno, ilegal. —Nosotros no sabemos cómo fue que esa semilla llegó por acá, porque aquí ni la conocíamos —dice María Jeníbera y da gracias a Dios de que ya no haya más coca sembrada. —Arrancamos todas las matas, no dejamos ni una, y por eso ahora estamos enfocados en el café, que ojalá nos dé la comida —agrega Argiro, que sigue pasándose de mano a mano la bolsa de fríjol con fertilizante morado—.

María Jeníbera Espinosa y Gerardo Antonio Vera. En los últimos meses se ha dedicado a pintar con algunas amigas, para estrechar lazos y combatir las rencillas que nunca faltan entre vecinas. Su cuadro más especial lo hizo con la idea de reunir a todos en torno a la naturaleza y la paz. El cuadro no tiene un nombre fijo, pero ella está convencida del poder que tiene de pacificar. 92

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Esto es para el consumo, y si de pronto uno saca bastante, también vende, pero la realidad es que el fríjol es bueno trabajarlo para la casa, porque si uno como campesino va y lo vende, le dan un precio muy barato, pero si uno lo tiene que comprar, le sale muy caro; entonces es mejor tener y sacar para la familia. —Por aquí las tierras son muy productivas; si siembra caña, caña da; si siembra aguacate, café, naranjas, todo da. El que aguante hambre es porque no sembró. Lo que necesitamos es buen impulso para el café, que coja como más precio; no vemos qué otro artículo sembrar. Yo por ejemplo allí terminé un cocal y al otro día sembré café, y ahí está creciendo, bien bonito. Argiro explica cómo era el cultivo de la coca:

Una cosa era la mata, la hoja, y otra la cocina, la caleta, de donde se sacaba la ‘mercancía’, la pasta blandita que Gerardo cuando llega de la sementera describe como “un blanqueado de panela”. Ella descansa cuando ve entrar a su viejito y le ofrece desayuno. Argiro se persigna, se despide de sus padres y emprende el camino abajo para sembrar el fríjol y revisar el café nuevo.

—Ahí fue cuando llegó el conflicto armado y nos llamaron a todos los de este contorno a preguntarnos: “¿Usted va a sembrar?... ¿Y usted?... ¿Y usted?”. Y decía: “Ah, sí, yo quiero”. Y todos aceptamos. Entonces nos anotaron y dijimos: “Esto hay que hacerlo porque nos comprometimos”. Y como nos metimos con esa gente, ya nos pusimos fue a sembrar. Yo empecé con mil palitos de coca.

La marquesina tiene poco café adentro. Gerardo recogió el que estaba expuesto al rayo directo del sol y ya lo está escogiendo. Los granos más oscuros, como con cáscara de madera, son la pasilla, y los claros son el café fino, el que se vende a buen precio en la bodega de Briceño.

Cuando cogí las hojitas, fueron como ocho arrobas y de ahí me salió casi una libra de mercancía. Me dijeron que eso valía como un millón de pesos. No le habían puesto precio en forma y yo me quedé muy contento. Hice un mercado grande, pagué otros que debía, y sembré más coca. Total que llegué a ajustar doce mil palos. Ya me cogía por ahí mis tres kilos de mercancía… Pero no vaya a creer, eso fue de año en año, despacio, de a poquito era que iba pudiendo sembrar más, porque la pobreza era mucha y no había tanta tierra.

—Esto es lo que nos queda: todo se acaba, pero el café y la comidita siguen. —Sus palabras son las de un campesino cuyas manos solo han sabido tomarle el pulso a la tierra.

—Eso es un palo muy fácil de sembrar; es como con la yuca: se clava así el palito —se agacha al pie de la cocina como si estuviera en el corte—, y enseguida le da un jarretazo, tan —una patada al piso—, y queda listo. A los siete meses la mata ya tiene la hoja que es la que se raspa, eso luego cada dos meses; por eso es que siempre da... —Hace una pausa en la explicación y su mamá interviene:

—Yo fui nacido por acá. Me conozco todo este territorio. Sé cómo iban las cosas y cómo han ido virando. Para decirle, pues, que llegamos un día al punto de la coca. Hubo personas, como yo, que cuando eso vino por aquí, dizque la coca, nos preguntábamos cómo sería esa mata, qué era pues lo que tanto decían. Eso es una mata que es tosquita la hoja… Y yo decía: “¿Esto sí le dará la comida a uno?”. Y bueno, esperé a que todos sembraran y seguí viviendo mi vida como la llevaba mi papá. La vida de él fue trabajar la agricultura, ver crecer los montes. Un gallo canta, insistente, al comienzo de la tarde.

—Gracias a Dios de eso ya no queda nada. ¡Ah! Eso no era comida y trajo mucha violencia. Argiro sonríe, dice que sí con la cabeza y mira a su mamá como sorprendido de su pensamiento. —Las matas las arrancamos todas, pero todavía hay caletas por aquí; eso quedará como para historia, porque no sirve más.

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Gerardo cuenta que aunque el cultivo llegó hace dos décadas, fue hace una cuando ya todos tenían su cultivo. —Y ahí con la coca fue que comenzó el pueblito a regir, se veía que todos cogían platica, y la comida ya no daba tanta brega conseguirla. Paola Vera Zapata (arriba). Fue recolectora y ‘todera’ del cultivo. Es madre cabeza de familia y en esta nueva de su vida se ocupa en la recolección de café. Es consciente que la guerra se acabó y aunque se siente tranquila con la erradicación, le preocupa el futuro de su hijo. Yisela Vera Areiza (abajo) también fue recolectora. A sus dieciocho años tuvo a su hija Jhosa, que hoy tiene dos cumplidos. Como joven, ha participado en algunos proyectos en la comunidad y se ha dedicado a cuidar la tierra con cultivos de pancoger mientras sale adelante el Programa de Sustitución.

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cuando se pusiera difícil tener la comida. Teníamos esa coca y yo pensaba que iba a encontrar a los hijos por ahí pelados; no podía uno dormir tranquilo, porque creía que ya iban a llegar, que ya nos iban a matar, que le iban a echar candela a la casa. Ah, pero siquiera ya hicimos ese cruce con el Gobierno, para arrancar todo. Hambre no hemos aguantado, ni aguantaremos Dios mediante, porque la tierra da muchas cosas. —Gerardo levanta la cabeza y mira al cielo, que hoy promete un aguacero.

Pero los tiempos se pusieron difíciles. —Después ya se oyó decir que venían esos paracos. Mucha gente se fue desplazada de miedo, porque oían decir que mataban a hombres y mujeres en las carreteras, a algunos les robaban las cargas del café que sacaban y ya la venta de la coca estaba muy disputada. Todo el mundo sabe que eso se le ha vendido es a la guerrilla, pero cuando los paramilitares entraron desterraron a la guerrilla, y ya eran ellos los que compraban, y ahí fue cuando mataron gente como un berraco y empezaron a aburrir a los campesinos de toda parte. Por aquí cogían a las personas en la carretera, y por nada los mataban, no había sino que hablar —explica Gerardo.

—Tuve esas matas unos doce años. Yo llevaba la hojita a las caletas de las gentes que tenían bastante sembrado. Para decirle que yo no fui capaz de aprender cómo se manejaba eso. Yo veía que lo guarapeaban, pero no más; dejaba que me dieran lo que quisieran por la hoja que les llevaba, a la conciencia de ellos. Había unos de buena consigna, otros de mala consigna, así fue siempre. Los de la caleta me entregaban la mercancía, entonces ya yo me encargaba de ir viendo quiénes eran los compradores: mandaba la mercancía con alguien que yo supiera que iba a vender y le pagaba la comisioncita. Los del conflicto armado —las FARC, del Frente 36— había veces que organizaban la cita con los compradores: ponían un lugar y allá llegaban; yo apenas conocí a uno que otro comprador, porque no me gustaba hacer ese negocio.

Él y María Jeníbera resolvieron irse a vivir a Briceño para estar tranquilos. Residieron en la cabecera municipal durante trece meses, de eso ya hace tres años. —La señora y yo solos allá. Venía a veces a dar vuelta, de entrada por salida, a llevar plátanos, cosas para comer. Topé las sementeritas, todas caídas. Ya nos resolvimos a volver porque estábamos aburridos ahí en el pueblo; uno sin hacer nada, y el que se enseña, se enseña: a mí me hace falta estar viendo mi contorno. Porque yo me voy para mis sementeras y me quedo ratos sembrando, caminando, a veces me siento, descanso y vuelvo y arranco. Esa es mi vida.

Gerardo insiste en que ahora, a cinco meses de haber arrancado todos los cultivos de coca en Pueblo Nuevo, él y la gente viven mucho mejor, al menos tranquilos, aunque siguen siendo muy pobres y es difícil sacar las cosechas para venderlas en Briceño.

Alza los hombros y corre para un lado del costal extendido los granos de café más claros, los mejores, antes de continuar su relato. —De esas cosas que yo le voy a comentar: hemos sufrido tanto y comimos de eso mucho tiempo, pero yo agradezco mucho hoy en día no tener de esos palos de coca. Qué bueno que no tenemos nada, aun

Hay un carro que va y viene todos los días, pero el pasaje vale 18 mil pesos, y como a Gerardo no le gusta dejar sola a su viejita, para ir y volver los dos, 96

María Jeníbera Espinosa y uno de sus cuadros.

así sea el mismo día sumando cinco horas en carretera, se tiene que gastar 72 mil pesos, un dineral que solamente la venta de café puede compensar. A María Jeníbera le gusta estar en la casa, mantenerla limpia, hacer la comida. —Yo siempre he sido de adentro —dice. En las tardes se sienta a inventar manualidades para poner más bonito su hogar. Ahora está dibujando y decorando con escarcha dorada unos angelitos en espuma para la navidad. Su felicidad es que los hijos lleguen todos y el 24 de diciembre hagan una fiesta en la casa. Ella hace un sancocho de gallina y bailan hasta la madrugada. Gerardo se pone muy contento porque vienen las hijas de Cali y la familia está completa. 97


Este año puede que la navidad sea diferente a la del año pasado. Como ya no hay coca, ya nadie raspa en Pueblo Nuevo y la plata no se ve tanto. Los cultivos de café, cacao y aguacate, que son los que prometen dar algún dinero más a los habitantes de estas montañas, aún están lejos de empezar a producir en buena forma. Sin embargo, Gerardo es optimista porque con el dinero del Programa de Sustitución de Cultivos, “que no es mucho pero en algo compensa lo que daba la coca”, van a poder tener un diciembre con un buen mercado y los regalitos para todos: pares de medias, cremas de manos, un sombrero, botas nuevas, algunos aretes, carros de juguete y muñecas de plástico. —Hay que seguir confiando en que la tierra nos va a sostener y que nada nos va a faltar. Ya tengo un café soqueado que el año entrante me va a dar cosecha. Lo importante es que estemos tranquilos y juntos, sin tener que mendigarle nada a nadie, porque para eso trabajamos. La viejita y yo hemos vivido así siempre y así vamos a seguir, hasta que tengamos licencia —dice Gerardo, orgulloso de lo que ha conseguido en sus ochenta y seis años.

Adelfa Zapata. Su familia era cultivadora y ahora comienza una etapa nueva, llena de desafíos, pero en compañía de su hija Mary Luz, que es peluquera y madre soltera. Adelfa sigue siendo una hábil costurera.

Su hijo Argiro, sonriente, dice que lo más importante para él es que su papá les enseñó a trabajar y a ser honrados: —Cuando estábamos pequeñitos, él se llevaba a la sementera un canasto grande de bejuco, y nos ponía ahí para que lo viéramos trabajar y aprendiéramos. Nos quedábamos quietecitos, y lo veíamos volear machete, sembrar, recoger, hacer de todo. Así fue como nos levantamos.

Gloria Stella Vera y Liliana Vera. Gloria Stella es madre cabeza de familia. Tiene dos hijas y viven en Pueblo Nuevo desde hace seis años. Se acogió al Programa de Sustitución como recolectora, aunque todavía no ha empezado a recibir la ayuda del Gobierno. —Hemos sufrido igual mucho con la presencia de los paras y la guerrilla. Sin la coca la guerra aquí se ha ido —dice.

El aguacero prometido por fin riega la tierra y Pueblo Nuevo se cubre de neblina. No se ven más las montañas allende el río Cauca ni el camino que conduce al Orejón, la vereda más famosa de Briceño, que terminó el programa piloto de Desminado Humanitario en diciembre del 2016. A esta hora la casa de los Vera Espinosa empieza a ser visitada por los hijos de María Jeníbera y Gerardo que regresan de sembrar y hacerse su jornal en el campo. Los nietos también pasan a saludar, reciben la aguapanela con pan que les da la abuela, y revolotean por la vereda. La viejita es feliz rodeada de niños, de los que dice son como pajaritos, que se suben a los árboles para coger guayabas, naranjas y limones, y a veces la buscan para que los acompañe en las tareas de la escuela. Argiro mira a sus padres y aunque se preocupa por ellos, dice que todavía van a tener muchos más años de vida. —Aquí en Pueblo Nuevo, la gente es muy sana, ¡avemaría! Hay ancianitos que todavía están garrapateando la tierra. Gerardo, que se queja de dolor en la cintura y de que los pies se le ponen a veces pesados, ve si ya escampó del todo, porque quiere terminar un trabajo en la huerta. El descanso llega pronto, cuando cae la tarde. 98

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Casi un año después de haberse incorporado al Programa de Sustitución Voluntaria de Cultivos, veinte hombres de la vereda El Carmen se dan cita una mañana frente a la escuela, para ir en minga a erradicar las matas de coca que aún se mantienen de pie en cada uno de sus terrenos. Calculan que, si trabajan a diario, entre todos podrán terminar la erradicación en menos de una semana. Van llegando uno a uno, cada hombre con su palín en mano, cada uno decidido a cumplir de una vez con su labor. Algunos callan y otros hablan sobre el significado de este momento. Hay un dejo de nostalgia en unos y una dosis de optimismo en otros mientras juntos imaginan las posibilidades del futuro.

HISTORIA: LINA RINCÓN FOTOGRAFÍA: JUAN MANUEL BARRERO

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RAMIRO Ramiro conoció la coca en 1981 cuando, teniendo siete años, vio llegar a su hermano Delio a la casa paterna con trescientas semillas de una planta que hasta entonces era poco conocida en El Carmen. Delio había decidido ir a sembrar en una de las parcelas de su padre la mata que ya estaba trayendo ingresos significativos a la gente de El Danubio, cerca de Solano, donde llevaba algunos años trabajando como recolector.

recogida obtenía robustas ganancias, hasta mil pesos por gramo de base, que en ese entonces era suficiente dinero para hacer el mercado de un mes. Pero en un momento Delio dejó todo para unirse a las filas de la guerrilla y fue entonces que Ramiro y su padre empezaron a hacerse cargo del cultivo. Aprendieron a cuidar la mata y a cortar la semilla para volverla a sembrar y poco a poco fueron ampliando sus cocales. Al cabo de unos meses, los vecinos se dieron cuenta de que el negocio era bueno y así, en un corto periodo de tiempo, la mayoría de los campesinos de El Carmen y otras veredas aledañas empezaron a comprar semillas e invertir sus esfuerzos en cultivar coca; algunos se limitaban a sacar la hoja en arrobas, otros preparaban la base y todos vendían lo que produjeran, sin necesidad casi sin necesidad de desplazarse, sin siquiera tener que buscar o identificar al comprador.

Antes de que Delio llegara con sus ramas de coca, Ramiro, su papá y sus tres hermanas, habían vivido de comer el arroz y la yuca que cultivaban y de un trapiche que les permitía cubrir otras necesidades básicas. Todos, menos la hermana menor, se levantaban los sábados a las tres de la mañana a trabajar en la molienda, después de haber pasado el día del viernes cortando caña. En ese entonces el trabajo no estaba tecnificado. Los palos de caña se metían uno a uno en el trapiche que funcionaba por tracción animal y al final de cada una de estas jornadas quedaba un bulto de panela que daba para comprar el mercado de la siguiente semana. Aunque alcanzaba para sobrevivir, el esfuerzo físico era demasiado grande comparado con el ingreso que representaba. La coca, en cambio, era un negocio próspero. Delio iba y venía y en cada 102

Así pasaron casi dos décadas. Durante este tiempo la coca le dio a casi todas las familias de la vereda con qué poner comida en la mesa y un techo sobre sus cabezas, con qué pagar la educación de sus hijos y un buen servicio de salud. Pero una noche del ‘97 cayó la primera lluvia de glifosato, acabando con algunos cultivos de coca, 103


CLEMENTE

pero también con otros de maíz, plátano o yuca que se comercializaban o servían para el pancoger.

Clemente nació hace sesenta y nueve años. No sabe exactamente dónde, pero sí que se crió en la cordillera y se siente más caqueteño que ninguno. Se nota que tiene a cuestas más abriles que la mayoría, en su piel quemada, en los cayos de sus manos, en sus canas, en la lesión de su ojo izquierdo, en su forma de hablar. Pero no en su brío o en la fuerza física que demuestra cada vez que clava el palín para sacar de raíz una mata de coca. Al cabo de una hora de estar trabajando, con la camisa roja ya empapada en sudor, se detiene a tomar agua de panela, lo único que refresca y devuelve las fuerzas cuando se trabaja bajo ese intenso rayo de sol.

Con esta aspersión y con las que siguieron cayó también sobre los campesinos de la vereda el desasosiego, la angustia de perder una y otra vez el trabajo de meses, la frustración de no tener otra opción viable para la subsistencia. Durante casi veinte años la vida de Ramiro fue esforzarse por reanimar sus cocales para levantarse tantas mañanas y encontrarlos agonizando otra vez después de haber oído las avionetas durante la noche. Desde esa época empezó a cuestionar su insistencia con cultivar la mata y a hablar con los vecinos sobre las alternativas que podía haber, pero siempre llegaban a la misma conclusión: ningún otro producto tenía salida, no había una infraestructura de comercio suficientemente buena para ponerse a sembrar otra cosa. Aun estando a tan solo cincuenta kilómetros de Florencia, el transporte de un bulto de plátano, yuca o maíz costaba una tercera parte del precio al que se podía vender. Y eso sin calcular todo el trabajo, el tiempo y el dinero que había que invertir.

Cuenta que, durante casi cuarenta años, y hasta hace unos treinta, cultivó en sus tierras arroz y maíz. Recuerda que un tiempo antes de que llegara la coca a la región, la tierra, cansada y debilitada por la práctica constante de la quema de suelos, empezó a perder su capacidad para sostener estos cultivos. El maíz cada vez se daba menos y con él disminuyó también el ingreso económico. Se empezó a hacer más difícil juntar la plata del mes; ya no daba para pagar las matrículas de la universidad de los hijos, para comprar la ropa o conseguir atención médica.

Ahora Ramiro tiene planes de implementar esos proyectos que tuvo en su mente durante años.

Y fue por esos años que llegó la coca a la vereda y empezó a regarse la voz de lo bueno que era trabajar con ella. Clemente demostró interés, probó en una pequeña parcela y vio que requería trabajo, como los otros cultivos, pero que esta era una planta resiliente y agradecida, que aproximadamente cada cuarenta y cinco días daba una cosecha abundante para la que nunca faltaban compradores y buenos precios.

—He estado averiguando a ver si se puede trabajar con mojarras. No tengo tierra ni adecuación para pensar en tener ganado, entonces quiero es enfocarme en especies menores para poder tener producción en dos, cuatro, seis meses. En este clima todo está condicionado para eso y si nos dan asistencia técnica de calidad yo sé que eso va a ser muy favorable.

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Clemente Lugo de sesenta y nueve años proveniente del Tolima, lleva cincuenta años viviendo en la zona del Carmen Bajo. Se alista con un grupo de campesinos para erradicar voluntariamente las matas de coca en el municipio de La Montañita.

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Supo muy pronto que algo extraordinario e inusual estaba pasando, que se avecinaba una etapa de bonanza y que, si se empeñaba en sacar adelante este nuevo negocio y era capaz de pensar en grande, podría llegar a vivir más cómodo. Así fue como dedicó tres décadas más a trabajar el mismo terreno del que conocía cada centímetro, pero esta vez con una labor que consideraba menos dura y más agradecida.

su familia. Con calma, distancia y sabiduría, José María pondera el pasado y la coyuntura presente y se sorprende, casi, al constatar que quizá su vejez no será como lo hubiera imaginado hace un par de años. Recuerda épocas en las que los cultivos de maíz garantizaban el sustento de muchas familias de la región y revive la tranquilidad que sintieron los campesinos de la vereda cuando empezaron a venir arrieros de otras partes del país para facilitar la sacada de las cargas. Y luego la amenaza que estos comenzaron a representar porque entre ellos se colaban malhechores que después volvían solos a robar.

La noche de la primera aspersión lo cogió desprevenido. Y, como Ramiro y muchos otros campesinos de la vereda, Clemente se resistió por muchos años a dejar su mata. Volvió a cultivarla una y otra vez, pero, inevitablemente, el negocio empezó a decaer y Clemente se encontró de nuevo haciendo un gran esfuerzo a cambio de una muy pequeña recompensa.

Recuerda que la inseguridad se acentuó cuando muchos campesinos empezaron a invertir en ganado y coca al ver que los maizales estaban cansados y cada vez era más difícil sacar una buena cosecha. Recuerda que, a finales de la década de los ochenta, empezaron a llegar guerrilleros vestidos de civil. Creando lazos con los campesinos, interesándose por sus problemas y ofreciéndose a ayudar a resolverlos, haciendo justicia y castigando a quienes se atrevían a intentar quitarles lo que se ganaban con el sudor de la frente. Y asegura que al cabo de unos meses había vuelto a haber paz en la vereda, que por un tiempo nadie volvió a robar. Pero la calma duró lo que tardaron los guerrilleros en instalarse y en conocer el terreno y a los habitantes de la región. Nadie imaginó que la presencia de estas personas fuera a llevar a la violencia que empezó a apoderarse de todo y que se instalaría allí durante tantos años.

—A mí a veces hasta me da vergüenza decir que yo vivía de la coca, porque yo sé que para algunos es un cultivo maldito. Pero para nostoros no. Porque por mucho tiempo nos dio la comida y la salud. No es fácil despojarse de lo que le da a uno de comer, pero hace muchos años que esto nos ha venido trayendo problemas. Nosotros no queremos ir a la cárcel, queremos hacer las cosas bien y tener una vida libre, una vida sana y legal y es eso lo que nos motiva a comprometernos.

JOSÉ MARÍA José María sembró maíz y arroz como lo había hecho su padre, hasta que, a los vinticinco años, conoció el negocio de la coca y decidió empezar a trabajar como recolector. Poco a poco fue transformando la mayoría de sus propios cultivos en cocales, hasta que esta mata se volvió el sustento principal de

José Efraín Torres, de sesenta y dos años, habla de la época en que sembraba y cosechaba hoja de coca en la finca La Hermosa, zona Coconuco, en el municipio de La Montañita. 106

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—Algo que fue muy duro para nosotros fueron las fumigaciones. Yo seguía teniendo una maicera a la que un cuñado y yo le habíamos metido mucho trabajo y estaba el maíz listo para cosechar y recuerdo un primero de mayo vino esa avioneta y lo mató todo. A mí me daba era como rabia. Además porque esa vez a la coca no le pasó nada. Hay árboles que son más flojos y a los cuatro días de las fumigaciones estaban peladitos y en esa época llovía mucho y esa lluvia se llevaba todo ese veneno a los ríos, a las aguas. Desde ese entonces José María pasaba horas preguntándose cuál era el propósito de tanta destrucción. Para él, al ser simplemente una mata, la coca es indefensa, porque no puede moverse para escapar y ocultarse, porque no puede armarse para protegerse. —Y con todo y eso, no la han podido acabar. Yo siempre he dicho que para acabar con la coca no se necesita armamento ni aviones. Eso se elimina charlando y llegando a un buen entendimiento. ¿Cuántos millones se gastaron? ¿Por qué en lugar de gastarse esos millones no vinieron al campo y conversaron con cada campesino, así como están haciendo ahora? Hacía mucho tiempo nosotros teníamos la idea de sustituirla y estábamos dispuestos a hacerlo. Por eso hoy, que sí tenemos la posibilidad, estamos comprometidos con cumplir. Sabemos que no va a ser como antes, que uno salía y vendía y veía la plata rápido. Pero ahora al menos vamos a tener una vida mejor. José María está entusiasmado porque ya ha cambiado el ambiente, porque ahora duerme tranquilo de noche y trabaja tranquilo de día. Ya no se queda paralizado del susto cada vez que

José María Alturo trabaja en su finca El Jazmín. Después de más de veinte años, en octubre pasado dejó de cultivar hoja de coca para pasarse a otros cultivos como la yuca y el cacao. 108

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llega el ejército o la policía. Ahora los mira a los ojos y los invita a tomar café o agua de panela antes de bajar con ellos a su parcela y mostrarles su cultivo de cacao, para que comprueben que ahí no hay nada ilícito. —Uno mantenía una vida muy estresante como campesino, porque uno era como ilegal. Como que la mata lo hacía a uno ilegal. Entonces ahora cambia la situación porque ya no tendremos ningún temor de nada. El peso de luchar durante casi veinte años por mantener viva la planta que les dio de comer, pero que también significó para ellos vivir en la ilegalidad, ha terminado por agotar a los campesinos de la vereda El Carmen. Como Ramiro, Clemente y José María, todos los presentes ya han renunciado al vínculo que los unió a la mata de coca durante la bonanza, unos tiempos que ahora les parecen lejanos. Pero la honran por última vez al tomar la decisión de desterrarla juntos y con sus propias manos, al no dejar esta labor a cargo de nadie más, de nadie que no comprenda del todo cómo se fue formando, y luego cómo se fue desgastando, ese lazo que en un momento unió sus vidas a la existencia de la coca. Muchos de ellos ya han empezado a implementar proyectos productivos, entre los cuales hay un trapiche creado con un apoyo de Asopanela que produce panela molida de alta calidad. Como dice Robinson, presidente de la Junta de El Carmen y uno de los beneficiarios del proyecto: —Yo me imagino ver unas fincas y a los campesinos criando cerdos, ganado peces y aves. Nuestro sueño es ver la comunidad productiva haciendo panela, leche y caucho, y muchos de nosotros ya estamos empezando a cumplir ese sueño.

Manos campesinas que se suman a la minga para erradicar voluntariamente matas de coca.

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—Todas estas tierras antes estaban cultivadas solo con hoja de coca —dice Juan Diomedes Medina, lanzando su mirada más allá de los árboles que nos rodean en la vereda La Cordialidad del corregimiento La Carmelita, en el municipio de Puerto Asís, al sur de Colombia. Juan Diomedes es moreno, macizo, pero no gordo, y muy conversador. Con la gracia de los buenos narradores, remata sus mejores frases con risas explosivas. Su casa está al borde de la vía, hasta donde llegamos en una camioneta, entre caminos carreteables de tierra muy roja y acariciados por las brisas húmedas que trae el invierno. En algún lugar de la casa cacarea desesperada una gallina y canta el gallo que la persigue. El cielo amenaza lluvia y muchos pájaros de todos los colores lo atraviesan en bandadas, chillando, en busca de refugio. La finca de Juan Diomedes tiene dos hectáreas. Hasta hace seis meses tenía un cultivo de hoja de coca de media hectárea, que él dice que encontró cuando compró la tierra y decidió conservar. Cuando empezó a escuchar en la radio las noticias sobre los acuerdos de paz entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las FARC, salía y miraba su cocal y se preguntaba si uno tan pequeño sería tenido en cuenta en el capítulo de la sustitución de cultivos. La casa tiene una apariencia humilde, pero el piso de cemento del corredor se ve nuevo y brillan relucientes las tejas de zinc que cubren toda la estancia. Adentro, en la semioscuridad de la cocina, está una mujer muy vieja y trajinada, que se afana por prepararnos un tinto. Juan Diomedes la presenta como su madre, María Gratulina Medina Benavides. Más que su madre, ella parece su abuela y también la abuela de la humanidad entera, con su mirada curiosa y juguetona.

HISTORIA: ÓSCAR BUSTOS BUSTOS F OTO G R A F Í A : C A M I LO R O Z O

La cédula de Juan Diomedes revela que ya cumplió cuarenta y seis años de edad, pero su apariencia es la de un hombre más joven, un comeaños. Precisa que es soltero y no tiene hijos, y que siempre ha vivido con su mamá. Lo miro otra vez y veo que su jovialidad esconde la memoria y la sabiduría de un lobo viejo. 114

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En la pared del corredor de la entrada, al lado de un reloj de DMG (David Murcia Guzmán, del que Juan Diomedes es un defensor) está una foto descolorida de la otra hija de doña María, una jovencita de veinte años que murió junto con sus dos pequeños hijos, cuando un derrumbe arrastró a un precipicio el bus en que viajaban. Madre e hijo se miran y recuerdan. Dicen que la tragedia ocurrió en un sitio llamado Murallas, en el alto Sibundoy, y que ellos no pudieron reclamar una indemnización, dizque porque la joven madre estaba indocumentada. Es un recuerdo vivo, pero remoto; Juan Diomedes tenía dieciocho años y estaba lejos de imaginar que se iba a convertir en uno de los líderes de la Colombia del posconflicto. La única queja que su madre expresa de que el hijo que le queda se haya convertido en líder social de la región, es que la deja sola cada vez que tiene que salir. Juan Diomedes ha hecho varios viajes en representación del Plan Piloto para la Sustitución de Cultivos Ilícitos del Putumayo del corredor Puerto Vega-Teteyé, del que hacen parte diez comunidades del corregimiento La Carmelita. Hace cuatro meses fue a Pauna, Boyacá, donde los campesinos le mostraron que fueron capaces de eliminar de raíz los cultivos de hoja de coca y de sustituirlos por otros alternativos. También allí le contaron que superaron la guerra de las esmeraldas, la misma que durante décadas había borrado del mapa a familias enteras. —Aquí nos toca igual —dice con su voz de adolescente y tono decidido—. Dejar los cultivos ilícitos para que el Gobierno invierta en los campesinos.

Juan Diomedes Medina, líder comunitario y cabeza del Programa de Sustitución en su zona, colabora cortando caña en el lote de uno de sus vecinos. 116

Para recordar que el Putumayo era, literalmente, un mar de hoja de coca y que casi todos sus habitantes habían caído víctimas de la fiebre de sembrarla, Juan Diomedes dice que era tanta la dedicación a esa matica que cortaban las matas de plátano que hacían sombra en los cultivos porque pensaban que impedían su crecimiento. También recuerda que, por tener su cocal, la gente no sembraba plátano en las fincas y preferían ir a comprarlo al mercado de Puerto Asís.

nada los amenazara. Pero un mal recuerdo hace que florezca en su rostro una mueca de hastío: con la abundancia de los cultivos de coca llegó la violencia. Primero, los narcotraficantes; luego, la delincuencia; más tarde, la guerrilla. Después vinieron las fumigaciones aéreas con glifosato. Era la guerra. —Tuve que ver morir a muchos vecinos y amigos y a los mismos familiares por causa de la guerra —se lamenta. Recuerda con precisión que en 1999 llegaron los paramilitares a Puerto Asís y que a plena luz del día había balaceras en las calles, que dejaron muchas víctimas.

—No solo sembraban la matica y la idolatraban como a un dios, sino que se la sembraban en el corazón —cuenta, enfático y memorioso. Sin embargo, hace también un esfuerzo por comprender a sus paisanos y dice que lo hicieron por el abandono del Estado, que durante mucho tiempo no construyó una sola carretera ni ayudó a la comercialización de los productos agropecuarios que cultivaban los campesinos.

—Cuántos amigos tuvieron que caer, injustamente. Porque muchas veces no era que ellos fueran delincuentes, sino porque los señalaban como guerrilleros —dice. Cuando, hace seis años, Juan Diomedes compró las dos hectáreas de tierra en la vereda La Cordialidad en las que hoy vive, confirmó que muchos de sus vecinos no habían escapado a la fiebre cocalera, pues lo impresionó la abundancia de los cultivos. Pero tampoco se salvaron de las fumigaciones.

—Entonces los campesinos de monte adentro, donde les toca caminar unas tres o cuatro horas hasta sus fincas, decían: “Yo no voy a sembrar un cultivo donde me va a costar sacarlo, mientras que un kilo de coca lo echo en un bolso y arranco y salgo” —sentencia con sorna.

—Con las fumigaciones, las pocas matas de plátano que habían sobrevivido se fueron al piso. Pero a los campesinos les bastaba con podar bajito la mata de hoja de coca, para que a los seis meses el cultivo estuviera mejor que antes —precisa y ríe con toda la gana.

RECUERDOS DE UNA TEMPORADA DE DIFUNTOS En los ires y venires de sus historias —mientras el aire se llena de humedad anunciando que muy pronto caerá el aguacero— Juan Diomedes recuerda los años felices de su infancia en Puerto Asís, cuando los campesinos iban al pueblo sin peligros a la vista y los fines de semana podían quedarse hasta altas horas de la noche en las calles y los billares, sin que 117


La casa de Juan Diomedes Medina en La Carmelita está rodeada de cañaduzales, que él y un vecino y amigo trabajan. Hasta hace poco esta parcela, y casi todas a su alrededor, fueron plantaciones de coca. Hoy la herramienta es para la zafra y, si hay algo raro, son sus huevos azules. Juan Diomedes es líder comunitario y cabeza de la sustitución en su zona; con los primeros dineros que le aportó el Programa de Sustitución financió un panel solar.

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UNA DECISIÓN PROVIDENCIAL LO C O N V I R T I Ó E N L Í D E R

que acumularon por haber sembrado la matica en sus corazones y convencerlos de los beneficios que recibirían si la erradicaban.

Cuando el Gobierno Nacional y las FARC instalaron el campamento La Carmelita para la concentración y la dejación de las armas de los 480 hombres de los Frentes 32 y 38 —integrantes del Bloque Sur de esa guerrilla—, Juan Diomedes se involucró directamente en el proceso, así como los habitantes de diez comunidades que viven alrededor de la zona veredal: una parte importante del acuerdo implicaba que la comunidad se comprometiera a sustituir voluntariamente los cultivos ilícitos en 1,3 kilómetros a la redonda, una zona en la que los esfuerzos de erradicación forzosa no habían dado resultado. La pequeña finca de Juan Diomedes quedaba incluida. Todas las veredas, sin excepción, tenían cultivos de hoja de coca de diversas extensiones, aunque otros campesinos se dedicaban a actividades lícitas con productos distintos y otros más, que no eran propietarios de tierras, a labores de recolección de la hoja, los llamados ‘raspachines’ nómadas.

Y sí que lo logró. Con el compromiso por parte del Gobierno Nacional de dar a los campesinos un pago por anticipado, antes de arrancar las matas de coca, la mayoría de los cultivos fueron erradicados en las diez veredas y este proceso fue verificado por un equipo técnico de las Naciones Unidas. Como quedó estipulado en el Acuerdo de La Habana, son las comunidades las que escogen los proyectos productivos que las beneficien, y hoy cada una está decidiendo si es cacao, caña panelera, sacha inchi, ganadería o pimienta, de acuerdo a la calidad de los suelos. También definen el acompañamiento técnico. Hoy, Juan Diomedes no solo integra una comisión de evaluación y seguimiento y asiste como representante a uno de los consejos asesores territoriales, sino que se asoció con sus vecinos y creó una organización con personería jurídica para construir el sueño colectivo de tener una finca de producción panelera, con trapiche moderno y que cumpla toda la normatividad.

La zona que iba a estar limpia de los cultivos de hoja de coca fue delimitada y se hizo un primer registro de 830 familias, de las cuales 500 fueron priorizadas. Para que erradicaran voluntariamente sus cultivos ilícitos, el Gobierno les ofreció varios proyectos productivos, les dio una remesa de alimentos y les pidió inscribirse voluntariamente. Era la oportunidad que Juan Diomedes había esperado. Él participó activamente en las concertaciones y con su voz conciliadora recorrió las veredas, una a una, para recordarles a sus vecinos todo el dolor

El pago anticipado que Juan Diomedes recibió por erradicar su cultivo lo invirtió en arreglos locales de la casa y en un panel solar, que la ilumina de día y de noche, pues hasta allí no llega la red eléctrica.

La caña en el cultivo de Juan Diomedes ya cree y promete estar lista dentro de pocos meses.

—La energía solar me sirve mucho, porque no solo veo televisión que antes no veía, sino que puedo estudiar hasta altas horas de la noche todos esos documentos que me envían —dice, mientras nos muestra su cuarto y una pequeña biblioteca. 120

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Pero no todo es color de rosa. Juan Diomedes expresa ahora un gesto de duda:

daba su primer gorjeo después del aguacero. Tengo la impresión de que Juan Diomedes, que vivió en carne propia la violencia de los noventa y la que arreció después, con la entrada del nuevo milenio tiene el rostro fresco de una nueva Colombia. Sabe del dolor, pero muestra otra cara. Con sus modos tranquilos y su voz serena refleja esperanza y muchas ganas de salir adelante. Su sonrisa abre todos los futuros.

—Lo más preocupante es que uno mira a la gente y ellos no le preguntan cuándo vamos a empezar a trabajar, qué proyectos vamos a hacer, sino lo que preguntan es cuándo es el otro pago. Tras una pausa, estalla su risa, no sin ironía. Por eso dice que se mueve entre las comunidades y los delegados del Gobierno, buscando agilizar los procesos para que cada quien inicie cuanto antes su proyecto productivo. —Solo así podemos empezar a decir que ya el nuevo cultivo alternativo nos va a empezar a dar algo, para no volver a sembrar coca por hambre. De un momento a otro el aguacero se precipitó sobre un pequeño cultivo de pimienta que estábamos recorriendo, y entonces tuvimos que salir a las carreras hacia la casa, a la que llegamos acezando y castigados por los grandes goterones. Durante unos quince minutos llovió muy fuerte y vimos que las gallinas y los gallos se protegían bajo los vástagos de plátano, parados como señoritas y con los cuellos estirados. Nuestras voces casi no se oían entre el tamborileo de la lluvia en las tejas de zinc. Al final, el aguacero cesó y en un instante quedamos metidos en neblinas que apenas dejaban ver las siluetas de los árboles. Luego, todo el paisaje ofrecía una imagen limpia, mientras un pájaro de cabeza roja y plumas negras se despabilaba en una rama y

El fruto de la pimienta en dos puntos distintos, que funcionan por igual para la cosecha. El cultivo de la pimienta se ajusta de manera ideal al clima y condiciones del Putumayo, así como a las necesidades productivas de los campesinos que con él han pasado a reemplazar las plantas de coca.

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A las afueras de Puerto AsĂ­s se encuentra una gran planta de producciĂłn de palmitos que ayuda de manera efectiva a los campesinos y cultivadores a completar el ciclo productivo de esta palmera. 124

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Era la mañana más especial del año. Tal vez, la más esperada. Por ese motivo, al momento de pasar lista, nadie se dio el lujo de estar ausente en el coliseo La Esperanza de San José del Guaviare, ese 14 de junio de 2017. Luego de meses de diálogo y de la firma del acuerdo con las familias cocaleras de los caseríos de El Capricho, se pudo dar este paso. A la hora, el lugar y el día indicados estaban allí presentes todos los campesinos, como si fueran una colmena de abejas. Esa mañana los lugareños de la zona rural de Colinas dispusieron de los medios de transporte que los iban a llevar por esa carretera enlodada hasta la capital del departamento. Así que, bien de madrugada, los pobladores contrataron un carro que los vino a buscar, otros usaron sus motos y los más afortunados lograron un cupo en la flota diaria, una camioneta de mil batallas. La cita era a las ocho de la mañana. Una mujer, doña Nelcy Rodríguez, salió con su marido desde la finca El Paraíso, en Colinas, y abandonó por un día sus vacas y su labor de hacer queso fresco y cuajada. Todo por ir a San José. Recuerda que los hoteles estaban llenos, que las tiendas donde vendían insumos como motosierras, alambre y remesas no daban abasto por las ventas sorpresivas de esos días. Ella compró una tonelada de sal para el ganado y algo de ropa para su pareja y su hijo de doce años. A esa misma hora salieron desde otro predio cercano René León y su hijo Yamid, nombre puesto en honor al famoso periodista, quienes también sellaron el pacto de acabar con los cultivos de coca. Viajaron por sus propios medios y llegaron a cumplir la cita muy puntuales. En total, en ese coliseo deportivo se presentaron 354 personas de las veredas rurales de El Capricho, incluida Colinas, los cuales se comprometieron a erradicar unas 260 hectáreas del arbusto ilegal en menos de 60 días.

HISTORIA: FERNANDO CÁRDENAS HERNÁNDEZ F OTO G R A F Í A : FA B I O C U T T I C A 126

Era de suma importancia que no ocurriera ningún percance. Las malas noticias viajan mucho más rápido que las buenas nuevas, y por lo tanto eso no podía suceder para el programa de sustitución voluntaria: que el desprestigio se colara por esos rincones selváticos y sabaneros, cuando había miles de cocaleros que estaban a la expectativa de si el Gobierno pagaba esa primera vez. Estaba en juego la reputación del plan piloto de la región. 127


Fidel Navarro, quien lidera el Programa de Sustitución Voluntaria en la zona (PNIS), y su equipo de trabajo corrieron como nunca para que en el recinto saliera todo como estaba planeado. Como un reloj suizo. Se reunieron con la fuerza pública, imprimieron los cupones, articularon los pagos con el banco, entre otros asuntos que no dejaron de lado las cuentas en Excel de cada uno de los beneficiados. Este costeño, un personaje singular a quien la gente respeta tanto por su compromiso como por su discurso social, ha sido franco en señalar que los pagos se hacen si, y solo si, cada favorecido cumple con la promesa de dejar los cultivos ilícitos y arrancarlos de raíz. Nada de medias tintas, es decir, cortar la mata hasta las rodillas. En medio de este acuerdo está el papel de comprobación y monitoreo de Naciones Unidas. Después, como dice él, viene todo el apoyo del Estado. Esa mañana de junio, a cada uno de ellos se le dio un cupón de dos millones de pesos, equivalente a los dos primeros meses de ayuda. En sus propias manos. Aunque no lo veían como algo estratosférico —el arbusto ilegal da más dinero, a fin de cuentas—, lo avalan como un gesto sin precedentes. —Es bueno y sirve para arreglar la finca y comprarme una moto —dice Yamid León, de treinta y cuatro años—. Y queremos que lleguen los proyectos productivos. —Cada papel llevaba impreso el logo de la Presidencia, el nombre del personaje, el código y el valor. Fue tanto el alboroto que solo se dio por terminada la jornada a las cuatro de la tarde. Yamid, campesino de Colinas, en el interior de su casa junto a su familia. Durante años sembró coca; ahora hace parte del Programa de Sustitución. 128

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Los que faltaron, les tocó presentarse al día siguiente con similar prontitud. Apenas recibían el cheque, los campesinos iban a la oficina del Banco Agrario, que no estaba acostumbrado a manejar tanto dinero en un día, y salían con dinero en efectivo. Los cajeros de la entidad sudaban, se rascaban sus cabezas ante la aglomeración. Las filas se duplicaron. Para hacer honor a la verdad, los beneficiarios del programa no viajaron a ciegas a un primer encuentro con el Gobierno, ya que en el casco urbano de El Capricho en el último tiempo el Estado se ha hecho presente de varias maneras: la instalación de la luz eléctrica y una planta de agua potable que están montando ahora mismo. Antes, la autoridad central también había llegado de otra forma: con artillería pesada contra los grupos rebeldes y con la fumigación sobre los campos. Los últimos reportes oficiales también se manifestaron por medio de una zona veredal de ex combatientes del frente de las FARC que operaba en el Guaviare, y que ha servido para mejorar algunos tramos de la trocha central que surca la región. De todas formas, la desconfianza y la historia de abandono jugaban en contra. El hecho de recibir este primer abono les dio a las comunidades un nuevo aire y, también, a las que siguieron en las semanas siguientes: Chuapal, Guacamayas, Las Acacias, La Reforma, Charras, Las Damas, Calamar, El Retorno, y así. Contadas a ojo, unas trescientas veredas que se incorporaron al Programa. En la zona rural de Colinas, Yamid León y Nelcy Rodríguez son vecinos de vereda que comienzan nuevos proyectos: ganadería, plátano, yuca, caña y productos lácteos.

Fue tanta la locura en estos meses de pago, una y otra vez, que en las jornadas se desembolsaron más de ocho mil millones de pesos y donde el banco tuvo que colgar un letrero de cerrado al no disponer de reservas de billetes frescos. A Fidel Navarro le tocó 130

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reunirse con las autoridades para optimizar los siguientes pagos. Le llamaron “llevar el banco a la gente”. Se citó a la multitud en los municipios más representativos, sin tanto viaje. Algo como una ‘caja extendida’, donde los pobladores recibían el cupón, daban unos pasos y canjeaban ese bono por efectivo en cuatro o cinco cajeros móviles en el mismo lugar. Al poco tiempo apareció el rumor de un posible asalto. De posibles atracos a las personas que salieran del recinto, por lo que el Ejército tuvo que desplegar una fuerza para proteger a cada individuo. Pusieron puntos de control a las afueras de los pueblos. Pero también, por razones obvias, se empezaron a transportar los valores en helicóptero a cada municipio y a utilizar las cajas fuertes de las alcaldías para proteger, en especial en las noches, el dinero de los campesinos. Después de Colinas, vino Charras. Doña Edith Osorio fue una de las que se pegó el viaje de 104 kilómetros para recibir el primer desembolso. Se compró una remesa grande y el resto lo guardó en un sitio secreto para montar su proyecto múltiple: una droguería y una peluquería, dos en una, en su casita de madera y piso de tierra. También lo hizo Pablo José Hernández ese 27 de julio de este año. Ambos ya sabían muy bien qué comprar para hacer rendir el dinero. Y los dos retornaron con remesas a ese caserío que conoce muy bien la dureza de la guerra.

Un detalle de la finca de Nelsy Rodríguez en Colinas. Junto a su esposo, arrancaron la coca y ahora producen leche y queso. 132

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Luego vinieron los otros pueblos. Tras ellos, los siguientes pagos. Las compras de remesas y cositas para las fincas. Y como era de esperarse, el rumor de la palabra cumplida del Programa se propagó por todos los rincones del Guaviare. La historia de estos pueblos que han vivido de la coca es parecida, casi calcada, en cualquier punto del territorio. Primero, hace décadas, llegaron los colonos de otras latitudes a cultivar la mata ante el ruido de la bonanza. Los caseríos vivían entonces bajo esa economía subterránea, donde el comercio y la diversión salpicaban los fines de semana. Los narcos compraban allá mismo la mercancía, en efectivo, en los negocios del casco urbano de las veredas donde usar la gramera era una cuestión rutinaria. Hasta que llegaron los grupos armados, y empezaron a controlar el negocio y la zona. —Era un comercio muy bueno —dice John Jairo Contreras, dueño del restaurante Sol y Sombra, en Colinas—. Cuando entró la guerrilla, desarmaron a todo el mundo, pusieron las leyes por años, y reinaron hasta hace poco. Como un acto reflejo, todos recuerdan el día en que se aparecieron los aviones con glifosato o cuando llegaron las brigadas que sacaban las matas a la fuerza. Ellos pasaban sin pedir permiso ante la mirada triste de los campesinos. Los combates de la fuerza pública con la guerrilla, en la época de la seguridad democrática, formaban parte del paisaje cotidiano. En resumen, todos estos hechos hicieron que el sustento del campesino —hacer pasta base de coca y venderla— no fuera algo seguro.

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Por este motivo, advierte el líder comunal Holmes Rodríguez, la gente que pudo levantar sus fincas en El Capricho tiene ahora más posibilidades de salir adelante. Este es parte del secreto para que estos municipios se transformaran en el laboratorio del programa, donde al cabo de unos meses son el ejemplo para mostrar de territorios sin una mata de coca. Luego de los primeros pagos en estos rincones del Guaviare, la comunidad muestra otro temperamento.

Casi el mismo pensamiento tiene Yamid y su familia. En este instante se dedican a cuidar el ‘ganadito’. Incluso, con los pagos han comprado algunos terneros para cría y sacan la leche a la puerta de la finca a eso de las diez de la mañana, antes de que pase el camión a recoger los baldes. —Ya sin coca, estamos esperando que nos digan las posibilidades de cultivos —sostiene. Ya nadie habla de los pagos en estas veredas, pues el Gobierno ya puso la cuota inicial. Solo se conversa sobre los proyectos que se avecinan.

—De la desconfianza se ha pasado a que se está cumpliendo. Y los campesinos sí estamos pensando en los cultivos que vienen —aclara el dirigente. Ahora se pide la famosa asistencia técnica, que les permita llevar a cabo proyectos productivos que hagan trabajar sus tierras. Don Rodrigo en la finca de su nieto, donde se cultiva cacao, yuca y tienen algo de ganado.

El caserío de Charras fue durante cinco años un desierto en medio del llano. Un pueblo sin moradores, sin ruido. Solo se aparecía la lluvia y el viento de las tardes veraniegas. La imagen de las casas destruidas obedeció a la arremetida paramilitar ese 16 de octubre de 2002. Lo que pasó ahí, en la inmensidad de la sabana, casi nadie lo supo. Cinco años antes, en 1997, había ocurrido la matanza de Mapiripán, muy cerca, y con esa barbarie bastaba para que las noticias ignoraran estos hechos.

En la zona rural del municipio ya hay varios proyectos que sirven de ejemplo. En la finca de don Rodolfo hay algunas hectáreas de palos de cacao que dan un fruto rojo de gran talante. Hay otras zonas que empiezan a hablar de cultivos de sacha inchi para hacer un aceite especial, muy cotizado, así como plantaciones de yuca, plátano y caña. La mayoría se la juega por proyectos de lechería o ganadería, como doña Nelcy.

Pero sigue ahí, latente, la memoria de ese día en la voz de los campesinos. No lo olvidan fácilmente. A sus setenta y un años, Pablo José Hernández recuerda que le quemaron el rancho y que tuvo que salir corriendo con lo que llevaba puesto, con su familia completa. Ellos se internaron en la selva:

Por su queso vienen los compradores a la vereda. La leche que ordeña todos los días la recoge un carro y la lleva al tanque de enfriamiento que tiene su asociación en el pueblo. Son treinta y cinco socios que se alentaron con este proyecto, cuando llegó la luz eléctrica a El Capricho, y donde un carro de Alquería se lleva frío el producto todos los días hacia la gran ciudad, San José.

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—Dormíamos en el suelo con mosquitos y un plástico —acota—. Un hijo no alcanzó a esquivar los retenes y lo mataron. Doña Edith, la señora Amanda y la santandereana Lina también echaron trocha sin mirar atrás. Dejaron sus casas, las fincas y se metieron a la manigua bien adentro donde no las encontraran. Se salvaron y pudieron volver años después. 137


En realidad, pasaron más de cinco años para que empezara a ocurrir el retorno de las familias, a cuentagotas, cuando la temperatura ya había bajado. Volvieron a levantar de a poco, tanto las casitas del pueblo como las fincas de varias hectáreas donde habían dejado las gallinas, las vacas y los cultivos de coca. No quedaba nada. Se calcula que desde esos tiempos han vuelto unas sesenta familias al pueblo.

varios meses solo ha podido recopilar tres fotografías impresas, ya que cuando el pueblo salió corriendo no alcanzaron a empacar los recuerdos. En la cancha central de microfútbol, además de ser la entretención de los muchachos, también es el epicentro para los partidos entre la Policía y los miembros de las FARC. Hay casas que tienen de mascotas un cusumbo, un zaíno, sin contar al lugareño que adoptó un chulo a punta de migas de alimento.

Tanto el retorno como la paz fueron dos hechos concretos para que ellos hicieran realidad la recuperación de sus tierras. Y lo están logrando. Con la firma del proceso en La Habana, el frente guerrillero que por décadas estuvo en la zona se concentró en la zona veredal, a un costado del caserío, lo que permitió un comercio significativo y una tranquilidad que no se veía por esos lados desde hace varias décadas.

Bajo este panorama se presentó el acuerdo para que las familias dejaran para siempre la coca. Y todas se unieron y firmaron. Ahora la gente piensa en el futuro. Algunos arreglan sus tiendas, como don José. Otros ya empiezan a proyectar los negocios como doña Edith, que dedica su tiempo libre a ser partera.

—Aquellos días del trueque, cuando era bueno por acá —rememora uno de los habitantes.

—Miro jugar a los muchachos y a todos los he recibido yo —dice sonriendo. Con los pagos ella empieza a construir su sueño de tener la peluquería y la droguería a la vez. Para eso le queda bastante camino, pues la luz no es constante y los insumos médicos brillan por su ausencia. Pero ahí va, despacio.

Hoy en ese caserío se siente un aroma a progreso, más allá de que la planta eléctrica no funciona, otra vez, y que los servicios públicos son escasos. Al menos prendió el día que los visitó el presidente Santos. En la única calle destapada, se ven hombres martillando los techos y otros cortando trozos de madera para volver a levantar las viviendas. Se palpan las ganas de renacer que tienen los moradores.

Lo cierto es que el rumor de que Charras y los otros pueblos del Guaviare se volvieron a levantar, gracias a este programa, ya penetró en la espesura del bosque. Por algo, en estos días un puñado de campesinos del Vichada, aún más lejos en el mapa de Colombia, viene caminando o por río durante más de seis días para llegar al pueblo. Dicen que quieren enterarse de primera mano cómo es este asunto de que después de la coca hay vida.

Hay una biblioteca móvil en la que los niños juegan con manualidades o leen los libros de la ciudad. También hay un cine foro e internet, los cuales tienen gran acogida entre los habitantes y los excombatientes. El último estreno fue del documental Colombia, magia salvaje, que provocó aplausos. El proyecto cultural que no ha podido tener éxito es el de memoria fotográfica. La encargada de la biblioteca dice que en

Apenas logren aterrizar en el caserío se darán cuenta de que ese rumor es completamente cierto. 138

Dos niñas caminan hacia el colegio por las calles de El Capricho, una zona que vivió mucho tiempo en medio de la violencia y el comercio de coca. 139


Una pareja de jĂłvenes vive un instante perfecto en Charras; es un nuevo comienzo para ellos tambiĂŠn.

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Viveros de cacao en germinaciรณn para el Programa de Sustituciรณn. 142

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En 2017, Colombia estrenó acuerdo de paz con un récord histórico de áreas cultivadas con hoja de coca en quince años. A la vez, comenzó a trabajar el Programa Nacional Integral de Sustitución de cultivos (PNIS), el proyecto quizá más ambicioso que ha diseñado un Gobierno colombiano para cambiar la coca por economías legales, que por primera vez vincula a las FARC en la solución del problema. En lo corrido del año, el PNIS ha estado en el ojo del huracán y viene avanzando a los tumbos: la oposición lo rechaza, los paros cocaleros en varias regiones lo han sacudido, y los regaños (y luego los elogios) de Donald Trump y el Gobierno de Estados Unidos le han caído. A punto de cumplirse un año de la firma del acuerdo de paz, los investigadores de la Fundación Ideas para la Paz (FIP) —el centro de investigación más pilo del país en temas de posconflicto— le hicieron un corte de cuentas a la política de sustitución de Santos. ¡Pacifista! leyó el informe y concluye que estas son hasta hoy las cinco cosas buenas y las cinco malas del programa de sustitución de coca.

A N D R É S B E R M U D E Z L I É VA N O Este artículo, publicado el 9 de noviembre de 2017 en el portal ¡PACIFISTA! (www.pacifista.co), aparece en este libro por cortesía de VICE Colombia. El texto forma parte del Proyecto COCA, una iniciativa de ¡PACIFISTA! y Open Society Foundations para visibilizar las historias de vida del eslabón más frágil de la cadena de la cocaína: los cultivadores, sus familias y su entorno. 144

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LO BUENO 1 . S Í S E E S TÁ S U S T I T U Y E N D O E N L A S ZONAS MÁS DURAS DE LA COCA Aunque la coca está en sus niveles más altos en quince años, el PNIS ataca hoy el problema en su epicentro: las regiones donde históricamente se ha concentrado la coca como Guaviare, Putumayo, Caquetá o el sur del Meta.

(van 25000). Esto hace difícil cumplir la meta de 50000 hectáreas arrancadas que se fijó Santos. Y, sobre todo, hará tardar ver sus efectos y constatar si la desaparición de la coca es temporal, como ha sido la constante en Colombia, o si realmente son sostenibles los planes alternos para las 200000 familias que viven de la mata.

una voluntad de las comunidades. En Colombia, cuando la estrategia principal eran la erradicación forzada y la fumigación, las tasas de resiembra en la temporada siguiente eran de hasta 50 por ciento.

2 . L A G E N T E S Í E S TÁ C U M P L I E N D O C O N SALIR DE LA COCA

Parte del éxito de la sustitución hasta ahora es que las FARC están montadas en el cuento. Su papel es poco visible para el grueso de la población colombiana, más pendiente de saber si la guerrilla recién desarmada entregó sus listados de bienes o si revelará ante la justicia transicional la verdad sobre su relación con el negocio.

Hasta ahora, en los lugares donde se han firmado los acuerdos individuales, la gente ya da el primer paso. En otras palabras: ya están arrancando la mata.

Precisamente en esas regiones, el Estado ha sido históricamente ausente y las comunidades desconfían profundamente de las instituciones, pues su única relación consistía en los aviones de aspersión y en los escuadrones policiales de erradicación. Pero ahora, mediante acuerdos concertados, han comenzado a erradicar ellos mismos de manera voluntaria y comenzarán a sustituir por otros cultivos con el apoyo del Gobierno.

El sistema funciona así. Tras firmar los acuerdos, las familias reciben un primer pago del subsidio y arranca a correr el reloj de dos meses para limpiar su finca de coca. Cuando se comprueba que cumplieron se les hace un segundo pago y comienzan los proyectos de sustitución.

“No podemos perder de vista que el PNIS está entrando en zonas que históricamente estuvieron bajo el control de las FARC, con una intervención que pretende romper la lógica contrainsurgente con la que el Estado había operado antes en estos territorios”, dice Juan Carlos Garzón, uno de los investigadores que lideró el informe de la FIP. “Esto implica llegar a zonas donde hay que construir las mínimas condiciones para comenzar el tránsito a una economía legal y establecer un vínculo de confianza con las comunidades”.

Los números de UNODC en municipios históricamente cocaleros son dicientes: • En San José del Guaviare se ha arrancado 97 por ciento. • En Uribe, Meta, 88 por ciento. • En Puerto Asís, 98 por ciento. • Y en Cumaribo, Vichada, 99 por ciento. • El que reduce el promedio es Tibú, en el Catatumbo, donde solo va 44 por ciento.

Los avances son lentos. Y lo son porque están viviendo una transición: están pasando de la fase en que se suscribieron acuerdos con comunidades completas (que reúnen a 115 000 familias) a la fase en que cada familia individualmente debe firmarlos

Esto es fundamental porque, como han aprendido Colombia y otros países, como los del sudeste asiático, los cultivos ilícitos solo desaparecen —y no sencillamente se mueven de lugar— cuando hay 146

“Le comparto una cifra que a mí no me deja dormir: en 94 por ciento de las zonas donde se hace desarrollo alternativo resulta que no hay coca”, le dijo el economista Daniel Mauricio Rico, uno de los que más ha estudiado la coca, en una entrevista con María Isabel Rueda el pasado enero.

3 . L A S FA R C S Í E S TÁ N AY U D A N D O A SALIR DE LA COCA

Y añadió: “Cuando miramos dónde está la coca, vemos que solo 3 por ciento de los campesinos que tienen cultivos reciben algún tipo de asistencia del Gobierno. En contraste, 19 de cada 20 veredas donde se invierten los recursos de desarrollo alternativo no tienen y no han tenido coca (…). Es histórico, esa es una de las muchas cosas en que la política antidrogas del gobierno Santos y el gobierno Uribe son casi idénticas”.

Según confirmó ¡Pacifista! con dos investigadores que han monitoreado el tema y con un funcionario del Gobierno, sin embargo, su rol ha sido decisivo a la hora de congregar a las comunidades, sobre todo en aquellas zonas bajo su dominio territorial, donde los pobladores se han sentido estigmatizados. En algunos lugares las reuniones con funcionarios del Gobierno se han demorado incluso dos semanas, por pedido de las comunidades, a la espera de que hubiera representantes de las FARC.

En cambio hoy, 79 por ciento de las familias beneficiadas son cocaleras —según verificaciones de Naciones Unidas— y las restantes viven en las mismas veredas con coca, dado que tienen las mismas necesidades de apoyo productivo y servicios públicos. Es decir, ahora sí están los que son. 5 . T O D O S L O S A C T O R E S PA R T I C I PA N , INCLUIDAS AUTORIDADES Y COMUNIDADES

4 . L A M AY O R Í A D E LO S B E N E F I C I A R I O S S O N FA M I L I A S C A M P E S I N A S C U LT I V A D O R A S D E C O C A

La mayor garantía de que la coca no se vuelva a sembrar es que las comunidades estén comprometidas y activamente involucradas en sustituirla. Hasta ahora los acuerdos colectivos del PNIS han sido el fruto de muchos espacios de participación comunitaria, que están permitiendo construir confianza y promoviendo una activa participación de los actores locales, en regiones donde el Estado muchas veces ni había ido.

Aunque esto suene obvio, no lo es. Una de las mayores lecciones del pasado en Colombia es que un porcentaje alto de los recursos de sustitución no llegaba a los campesinos cocaleros. A la vez, la inmensa mayoría de quienes tenía coca no estaba en ningún programa del Gobierno.

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Y no solo de las comunidades, sino también de los mandatarios.

En algunos lugares esa falta de claridad ha provocado enfrentamientos con las comunidades, que piden la primera y no la segunda. Pero, sobre todo, la experiencia histórica ha demostrado que la erradicación forzosa es un pañito de agua tibia que no resuelve el problema de fondo. Su coincidencia en el tiempo con los regaños de Estados Unidos a Colombia muestra que, como dice la FIP, “se trata de una carrera por mostrar resultados” más que una apuesta real por cambiar las condiciones en los territorios.

Como dice Juan Carlos Garzón: “Eso no significa que se estén fortaleciendo las capacidades locales aún, pero es una experiencia muy distinta a la de los programas de Bogotá que llegaban a los usuarios pasándose por encima a todos los actores locales”. Por ejemplo, los alcaldes están presentes en casi todos (15 de los 17 acuerdos colectivos que revisó la FIP hace dos meses) e incluso gobernadores que han sido críticos del aumento en la coca, como el antioqueño Luis Pérez, se han montado al bus.

Y que dista de la real estrategia de la zanahoria y el garrote que aplicaron con mucho éxito los países del sudeste asiático, donde la segunda era una herramienta de control en caso de que fallara la primera.

LO MALO 1 . S E G U I M O S P O N I E N D O PA Ñ O S DE AGUA TIBIA

2 . E L R E T R A S O E N L A I M P L E M E N TA C I Ó N JUEGA EN CONTRA

Sobre el papel, el Gobierno Santos entendió cuáles han sido los fracasos de la política de drogas en el país. En la práctica, sin embargo, mucho de lo que hace contradice la visión de sustitución con las comunidades que propone el acuerdo, con lo que demuestra que cambiar viejas mañas es difícil.

En estos momentos, 17000 familias cocaleras arrancan sus matas de coca. Pero la pregunta del millón es: ¿Y después qué? La razón para preocuparse es que el programa de corto plazo —arrancar las matas— avanza, pero el de mediano y largo plazo —elevar las condiciones de vida y las oportunidades de los campesinos en zonas cocaleras— está muy retrasado.

Las dos metas del Gobierno de sustituir 50000 hectáreas de coca y la de erradicar a la fuerza otras 50000 riñen entre sí. En teoría, la sustitución se iba a hacer con los campesinos, y la erradicación forzosa se guardaba para los ‘cultivos industriales’ (o no campesinos) o los que hubieran sembrado después de la fecha corte de julio de 2016. Pero, sin que el Ministerio de Defensa siquiera se esforzara por definir el tamaño de un cultivo industrial, las dos estrategias se vienen pisando los zapatos.

La visión del acuerdo de paz es que, para salir de la coca, hay que cambiar las condiciones en esas regiones, algo que se logra con vías terciarias, veterinarios, agrónomos, educación, salud, electricidad y acceso a mercados. Esos programas, sin embargo, vienen de otras entidades del Estado (prácticamente todos los Ministerios) y están muy rezagados. Con eso, aunque comenzaran pronto los cultivos de sustitución, ¿cómo 148

podrán los campesinos asegurar que crecen sanos, que salen al mercado y que se venden?

primer año— 2,7 billones de pesos. Si se suman los 11,6 millones que recibe cada familia en el segundo año, la cifra total superaría los 4 billones.

A esto se suma que las zonas cocaleras están, en muchos casos, en una situación más dramática que la del —ya de por sí maltrecho— campo colombiano. Por ejemplo, un número muy alto de campesinos colombianos no tienen escrituras formales sobre sus predios, con lo que no pueden sacar siquiera un préstamo en el Banco Agrario. Si entre campesinos esa cifra ronda 50 por ciento, según los cálculos de la economista Ana María Ibáñez, en algunas zonas cocaleras ese porcentaje supera el 80 por ciento, según UNODC. Sin que les formalicen la propiedad, los cocaleros seguirán en una situación muy precaria.

Como señalan los investigadores de la FIP, “este es un monto de dinero que claramente desborda las capacidades del Estado. El PNIS ha operado sin un techo presupuestal en el establecimiento de acuerdos y sin el respaldo de los recursos necesarios para implementarlo”. 4 . A Ú N N O H AY S A L I D A S PA R A L A C O C A E N T E R R I T O R I O S É T N I C O S Y PA R Q U E S Hasta finales de 2016, entre parques nacionales, resguardos indígenas y consejos comunitarios afro sumaban 32 por ciento del total de coca en Colombia. Esta tendencia se explica porque estos lugares tienen una protección especial de la Constitución y no admiten una erradicación con herbicidas como el glifosato. Aprovechándose de ese valor natural de los parques y la autonomía de los territorios étnicos (donde la erradicación forzada podría violar el deber de la consulta previa), los grupos criminales impulsaron la llegada de colonos para cultivar coca.

Con unas elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina y un posible cambio de Gobierno, ¿qué garantiza que esas políticas continúen, sobre todo si siguen tan rezagadas? 3 . L A P L ATA N O VA A A LC A N Z A R En medio de tanta coca, también hay un número récord de cocaleros. Y la matemática de cuánto costará acompañarlos en su tránsito de la coca a la legalidad aún no cuadra.

Ese es el problema: aún no hay una solución para la coca que crece ahí. Los afro e indígenas están enfrentados con el Gobierno y dicen no haber sido consultados en la creación del PNIS, mientras que el programa en parques nacionales —que aparece en el Acuerdo de paz— no ha comenzado.

Solo con las 24 953 familias que recibirán su primer pago en noviembre de 2017 y que arrancan su coca, el PNIS ya está desbordado financieramente. Las cuentas son así: una familia recibe 12 millones de pesos en el primer año (un millón mensual), y otros 12,4 millones en especie (proyectos productivos y asistencia técnica como veterinarios o agrónomos), con lo que ya se requerirían 608000 millones de pesos, o el doble del monto inicial que tenía el programa. Para cubrir las 115000 familias que han firmado acuerdos colectivos, se irían —solo en el

Para rematar, no hay cómo resolver los conflictos que existen en esos territorios. Como en Tumaco, donde muchos colonos cocaleros llevan años invadiendo los territorios afro y con malas relaciones con los titulares de esas tierras. Una solución para 149


ellos requiere reubicarlos en otras tierras, una tarea que difícilmente puede hacer la Agencia Nacional de Tierras dado que ni siquiera tiene listo el inventario de baldíos para el fondo para campesinos sin tierra. 5. LA VIOLENCIA SUBE EN ZONAS COCALERAS (MIENTRAS QUE EN EL R E S TO D E C O LO M B I A B A J A ) En los municipios con coca los homicidios se dispararon 12 por ciento este año, mientras que en el resto del país bajaron 8 por ciento, mostrando que es ahí donde está parte del problema. Esa cifra, ya de por sí alarmante, tiene un matiz adicional. De los 183 municipios que tienen coca, 93 registraron un aumento en los homicidios. Al cruzar esos datos con la presencia de grupos armados, los investigadores de la FIP encontraron que hay una correlación entre las zonas más violentas y el control territorial del Clan del Golfo y de disidencias de las FARC. Eso significa que una de las metas centrales de la sustitución —que cambien las condiciones de vida de los habitantes rurales— se está viendo amenazada ya por esa alza en las muertes violentas, con lo que la ventana de oportunidad que abrió el Acuerdo de paz se está cerrando rápidamente en muchas regiones. Como dice la FIP, “los grupos armados organizados (disidencias de las FARC, ELN y facciones criminales como el Clan del Golfo) vienen avanzando rápidamente en ocupar los territorios, con impactos directos en los niveles de violencia”.

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María Inés Cuarán, curandera y gobernadora de la etnia de los Pastos, habla frente a representantes del Gobierno, el Ejército y miembros del Programa de Sustitución durante una reunión global en Puerto Asís. Fotografía: Camilo Rozo

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Atardecer en el rĂ­o Putumayo a la altura del muelle La Esmeralda. FotografĂ­a: Camilo Rozo


PNIS

PROGRAMA NACIONAL INTEGRAL DE SUSTITUCIÓN DE CULTIVOS ILÍCITOS

PRINCIPIOS QUE RIGEN EL PROGRAMA • Integración a la Reforma Rural Integral (RRI) Erradicar definitivamente los cultivos de uso ilícito, trabajando de la mano con las comunidades de los territorios afectados, para construir alternativas de generación de ingresos, acceso a bienes y servicios públicos, oportunidades de desarrollo social y mejores condiciones de vida, desde una perspectiva de integración territorial e inclusión social

• Construcción conjunta participativa y concertada • Enfoque diferencial de acuerdo a las condiciones de cada territorio • Respeto y aplicación de los principios y las normas del Estado social de derecho y la convivencia ciudadana

2 Definición del territorio

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Tiene alcance en todo el territorio nacional, se iniciará en: • Zonas priorizadas en el marco de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET). • Densidad de cultivos de uso ilícito y de población. • Parques Nacionales Naturales. •Casos en los que las comunidades se hayan acogido al Tratamiento Penal Diferencial.

Etapa A: Reconocimiento Estratégico 2

Análisis de la documentación

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Identificación de actores

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Definición de la Estrategia de entrada

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Elaboración de un documento síntesis

El proceso en los territorios se implementará conjuntamente entre gobierno, delegados de las FARC-EP y representantes de las organizaciones sociales. 154

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• Sustitución voluntaria

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Acuerdo colectivo municipal, Departamental o Regional con: • El compromiso con la sustitución voluntaria y concertada, la no resiembra, ni de no participar en la comercialización ilegal de las materias primas derivadas de los cultivos ilicitos. • La alianza de los gobiernos nacionales, departamentales y municipales, con el Plan de Atención Inmediata (PAI) y la puesta en marcha del proceso de construcción de los Planes Municipales Integrales de Sustitución y Desarrollo Alternativo (PISDA). • El compromiso de las FARC a acompañar, impulsar y socializar el proceso de sustitución en el marco de la no repetición. • El compromiso de las organizaciones que representan las comunidades del territorio con apoyar, acompañar y coordinar todo el proceso de implementación del PNIS.

Levantamiento de línea base de cultivos ilícitos La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito - UNODC, realiza el levantamiento con base en la información recogida en las asambleas de verificación.

Socialización del PNIS con autoridades locales y regionales, líderes de organizaciones, Juntas de Acción Comunal, sector Defensa

Definición conjunta y participativa de prioridades

Caracterización socioeconómica Busca levantar información de las tierras de los campesinos para diseñar la ruta de formalización, titulación y acceso a tierras para los que no la tienen.

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Asamblea comunitaria para la definición de los componentes del Plan de Atención Inmediata comunitario (PAI) Programa de guarderías infantiles rurales, construcción y dotación de comedores escolares y suministro de víveres, mecanismos de información para facilitar el acceso a oportunidades laborales, programas contra el hambre para la tercera edad, programas de superación de la pobreza y generación de ingresos, brigadas de atención básica en salud, estímulos a la economía solidaria y cooperativa, y estrategias de comercialización. Pago a las familias Entrega directa, durante un año, de un millón de pesos mensuales por cada núcleo familiar.

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Constitución de la Comisión Municipal de Planeación Participativa, el Consejo Municipal de Evaluación y Seguimiento y el Consejo Asesor Territorial

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Recolección y análisis de información de cultivadores y recolectores a vincular al programa Hecho por el Gobierno, las FARC y las organizaciones, de la mano con las comunidades, quienes realizan el levantamiento de la información preliminar de familias en los territorios en donde se va a implementar el Programa.

• Se buscará que los proyectos y garanticen el arraigo de las familias al territorio, y la optimización de las inversiones. • Según el tipo de proyecto avalado, los montos de los tres componentes se podrán integrar para la implementación de un solo proyecto. • Se promoverá, a través de la asociatividad, el desarrollo de proyectos colectivos y con visión a largo plazo.

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Adecuación del terreno y/o levantamiento de los cultivos ilícitos Cada familia realizará el levantamiento total de los cultivos ilícitos y adecuará el terreno para el desarrollo de los proyectos productivos.

Etapa C: Implementación

Etapa B: Alistamiento Asambleas comunitarias y elección de delegados a la Comisión Municipal de Planeación Participativa y al Consejo Municipal de Evaluación y Seguimiento

• Se priorizará la producción de alimentos y la generación de valor agregado y encadenamiento productivo. Adicional a las actividades, se promoverán actividades económicas artesanales, ambientales, industriales y de servicios.

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Verificación a nivel central Tiene lugar a lo largo de la intervención del Programa, por la Dirección General del PNIS y por las asambleas comunitarias.

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Asambleas de verificación

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Vinculación individual al programa Se realizará la vinculación individual, para familias cultivadoras, no cultivadoras y recolectores y se inicia la autorización de pagos.

Para este acuerdo colectivo, la Dirección del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos -PNIS- convocará a las diferentes entidades responsables del Gobierno, en el marco del desarrollo territorial y la RRI, para que se vinculen al proceso participativo en cada municipio o territorio para el diseño de los Planes Integrales Comunitarios y Municipales de Sustitución y Desarrollo Alternativo.

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Verificación del levantamiento de matas de los cultivos ilícitos.

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Asistencia Técnica Integral Capacitación, giras de intercambio de experiencias y asistencia técnica desde la firma del acuerdo colectivo.

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Implementación de los componentes de autosostenimiento

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Generación de ingresos rápidos

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Cada familia, comunidad o asociación de productores definirá el uso de los recursos para garantizar su sostenimiento y las líneas productivas a desarrollar en sus tierras.

Para suplir las necesidades inmediatas de los núcleos familiares y sustituir de manera oportuna y suficiente los ingresos derivados de los cultivos ilícitos. Proyecto productivo con visión a largo plazo Para asegurar a las familias mejores ingresos y condiciones de vida digna. Elaboración participativa, implementación y evaluación de los Planes Integrales Comunitarios y Municipales de Sustitución y Desarrollo Alternativo - PISDA, que contemplará aspectos como servicios públicos, infraestructura, seguridad, desarrollo social, vías, tierras, entre otros, teniendo en cuenta los Planes de Desarrollo Nacional, Departamental y Municipal, y donde corresponda los POT, planes comunitarios, de desarrollo sostenible, de vida, de etnodesarrollo y salvaguarda, y ambientales. Además, contendrá planes de obras de infraestructura social de ejecución rápida, sostenibilidad y recuperación ambiental, planes de formalización de la propiedad, planes para zonas apartadas y con baja concentración de población. Todo esto con cronograma, metas e indicadores.


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Vidas sin coca  
Vidas sin coca  
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