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LES RUEGO QUE ME ODIEN

Guillermo Roz


ISBN: 978-84-15737-56-8

Š Guillermo Roz Š 2013, de esta edición: Musa a las 9, S. L. www.musaalas9.com

                    

                    procedimiento.


Si esta es su forma de amar, les ruego que me odien. MOLIĂˆRE


A todos los hombres nos signan tres mujeres: nuestra madre y dos mås, una buena y otra mala. En mi historia, mi madre no serå mås que eso, la que me parió. Las otras dos son las que verdaderamente importan. Estoy seguro de que se confabularon para destruir esta vida que quiero contar. Pensåndolo bien‌, ¿por quÊ habrÊ dicho que una de las tres es buena? ¿QuÊ me lleva a querer salvarla del               


Primera


1

JUAN JACINTO, CON su engominado Juancito de siete aĂąos, y Roberto RenĂŠ, con su Elsita coqueta y obediente, de la misma edad, sellaron el pacto en una noche seĂąalada que, aunque enclavada                  

    Sociedad FilantrĂłpica de Quilmes (SFQ). Los hombres salieron al balcĂłn con vistas al RĂ­o de la Plata. Un aire hĂşmedo les lamĂ­a las caras. Las estrellas haraganeaban su luz y unos murciĂŠlagos revoloteaban con la gracia oscurecida de colibrĂ­es nocturnos. SabĂ­an de lo que iban a hablar, se conocĂ­an demasiado. Prendieron sus cigarrillos mentolados, dejaron las hebras grises en el aire y se dijeron que sĂ­, que estaban de acuerdo: diecisiete aĂąos resultaba una buena edad para el compromiso de sus correspondientes vĂĄstagos, o sea, Elsa y yo. SerĂ­a cuando terminĂĄsemos nuestros estudios secundarios. Estrecharon sus manos anilladas y sonrieron. Diez aĂąos pasaban rĂĄpido. Y pasaron.

    ! "! # $       " $   catorce, en el segundo aĂąo del colegio secundario. Fue entonces cuando se iniciĂł el triĂĄngulo que %$           #    & # '   *    hablar de Elsa, mi Elsa. + !       $ $*   $  $mos casĂĄndonos. Estaba hecha para mĂ­. Por su sonrisa, por su corte de pelo, por la manera en que   !        $ / leche con chocolate, y porque nuestras familias habĂ­an acordado que ella y yo habrĂ­amos de reproducir el modelo social al que ellos aspiraban. Mi padre, Juan Jacinto, y su padre, Roberto RenĂŠ, habĂ­an sido los fundadores de la Sociedad FilantrĂłpica de Quilmes, ciudad donde residĂ­amos todos. Eran de esos emprendedores cautos, arre  #  ! !/0 $

        !#1          %$

se. Respetaban mĂĄs que nada la tradiciĂłn y los valores de una educaciĂłn que los cercaba y determinaba cada una de sus inhalaciones y exhalaciones. Aplicaban todo lo aprendido como un molde del %$   2%      /3$              %  #

 3  # mujeres que seguĂ­an estrictamente el respeto por los sĂ­mbolos patrios como la bandera y el himno  

      $  /  




       4  # 

        !    % 

#   %              

  #            !   56# ' estĂĄ este chico!Âť. Crecimos en un espacio donde sabĂ­amos exactamente quĂŠ podĂ­a decirse y quĂŠ no, quĂŠ podĂ­a

 # ' ' # '   $    4'  maldito a los ojos de Dios y de la tradiciĂłn, nuestros dos grandes tĂłtems. Lo malo era sucio y si solo pensĂĄbamos en ello, nos ensuciarĂ­amos. Lo bueno era lo seguro, lo que nuestros padres habĂ­an     #%8  !   Recuerdo a mi padre atĂĄndose los cordones de los zapatos: un artesano tejiendo la mĂĄs noble de          %!  de esa parsimonia y el silencio de sus movimientos dibujados en el aire me conmovĂ­an. El esmero obsesivo en los detalles de su vida, en los gestos mĂĄs banales, me hacĂ­an sospechar que mientras /            3$ en su educaciĂłn y en sus modales una necesidad de trenzar cada acciĂłn como si le fuera la vida en         4 ! $#    $   4   !   # !  4     8         '   Entre las cosas mĂĄs importantes que les habĂ­an inculcado estaban la educaciĂłn y posterior colocaciĂłn de sus hijos. Las familias colocaban a sus retoĂąos en buenos colegios, empleos de jerarquĂ­a y   4  !' /         $  4   prenupciales venĂ­a en el ADN de nuestros mayores.

Desde el jardĂ­n de infantes el plan familiar comenzĂł a ejecutarse a la perfecciĂłn. Nos apuntaron a los    9  #  1    /9 ! ;   Aires: el Saint Georgeâ&#x20AC;&#x2122;s. Los ingleses, la colonia extranjera que habĂ­a dominado la zona durante todo  <#        2=>@ 4        B            # $   H    padres nos incubaban en ese antro de la buena educaciĂłn durante doce aĂąos y despuĂŠs, cuando $   %$             %9!#           K mĂĄs descaradamente ricas. En una foto inolvidable del primer dĂ­a de clase, irrumpimos Elsa y yo con nuestros babis rojos y una bolsita a juego. Ella sonrĂ­e a la cĂĄmara y yo lloro con furia desatada. En ese instante presente e inmortal a la vez, ella ya sabe ser la mujer que se adapta a todo. Me toma de la mano como una ma-


 %    K           que Elsa va a darse vuelta y a revelarme: "VH!  %# % VH!     ! #  ###   res, nada de tu presente ni tu futuro cambiarĂĄ? ÂżNo ves que todo estĂĄ escrito, idiota mĂ­o? Todo estĂĄ escrito. Vaya si lo sabĂ­amos desde nuestro nacimiento.

Durante la escuela primaria nuestros compaĂąeros creĂ­an que ĂŠramos hermanos o primos. Nos quedĂĄbamos sin argumentos para negarlo. Nuestras madres llegaban juntas para llevarnos y   &                   1       !                 '          indicaciones, el lenguaje, el asombro por las buenas notas o las muy malas conductas de otros niĂąos    X        / 

No nos sentĂĄbamos juntos en el mismo pupitre. No lo habĂ­amos elegido, por supuesto. En la escuela primaria de nuestra ĂŠpoca estaba mal visto sentarse al lado de un compaĂąero del sexo opuesto. Ese 4                  !    Elsa se aliĂł durante toda la primaria a la mĂĄs niĂąa hermosa de nuestra escuela. Se llamaba Mar #%      $         nuestro Saint Georgeâ&#x20AC;&#x2122;s. Elsa la peinaba todos los dĂ­as, le pintaba las uĂąas y se las despintaba para que su madre no la sermoneara, la mimaba y la trataba como a su muĂąeca. El padre italiano habĂ­a condenado a la niĂąa a llevar en el dedo anular izquierdo un anillo con una piedra preciosa, el cual paseaba diariamente en los anulares de todas las compaĂąeras. Yo me sentaba junto a Ronald Dempsey, un niĂąo extraordinariamente mudo. Su silencio inque# 4    %'    4 $        Z$ '["$   /      "  4 4  #        mĂĄs queridos, me mencionarĂ­a. ConstruyĂł un silencio especial, de aquellos dedicados a pensar o a temer. FrunciĂł el ceĂąo. Se 4           %!\  [   / gacha. "  !      "    '     


un rato, mientras hacĂ­a girar su lĂĄpiz Faber adentro de su envidiado sacapuntas de metal. Fue una de sus declaraciones mĂĄs sueltas y prolongadas.

           4     $!        = >@  + $   4 8    !   !!$               9       H   %   %   8     #  tenĂ­an por espĂ­ritu promover un mundo en donde ellos pudieran seguir reinando sobre todas las cosas, debĂ­amos. DebĂ­amos obedecer y marchar rectos por la bienaventurada lĂ­nea de lo que estĂĄ escrito con la sangre de lo no escrito. Elsa, Marcelina, Ronald, yo y el resto de aquellos burguesitos reclinĂĄbamos nuestros dĂ­as enteros ante el creador todopoderoso de la conservaciĂłn del sistema. Porque solo puede amar y re         #       9  $ aprendĂŠrselo de memoria para eternizarlo. Por los siglos de los siglos. Por respeto y agradecimiento      #  #     9/ ĂŠl. Ser rico y poderoso, pequeĂąoburguĂŠs y conservador es un estado que se hornea en las aulas de todo colegio de millonarios.

0       !    %   con el que se ganaba la vida. Encumbrar a nuestros progenitores era parte de nuestra esmerada enseĂąanza. Llegaban a visitarnos banqueros, dueĂąos de casinos, directores de orquesta y    4  $      %   le veĂ­a entre nervioso y enorgullecido, ausente o vomitador. Muchos de nosotros preferĂ­amos, tras    %   %  9   9 #

       %$          $%  Si tenĂ­amos suerte nos llevaban al lugar donde ejercĂ­a el visitante, como cuando fuimos a cono ] 0 ;   9> !H;  ^   $  9 49    !  !   ! %   /  + '     4 #   de comer a jirafas y a chimpancĂŠs.  $  # $H _$  $# valĂ­a de su emprendimiento, eso de la Sociedad FilantrĂłpica de Quilmes. Ellos, para no perder fuerza simbĂłlica, se presentaban siempre juntos.


La maestra Cecilia, pecosa y redonda, estrechĂł la mano a Roberto RenĂŠ y a Juan Jacinto con la cara iluminada, segura de presenciar la sĂşbita encarnaciĂłn de dos dioses. Sus carreras como empresarios #4   

       %$ ! personajes ciertamente reconocidos. En la prensa quilmeĂąa y bonaerense, se leĂ­an sus declaraciones    

    4    /$  #     $       /     < !   '   >                  = Georgeâ&#x20AC;&#x2122;s que ingresĂł con ellos al aula para presentĂĄrnoslos. La mĂĄxima autoridad del colegio, ese dĂ­a con la boca mĂĄs roja, las uĂąas mĂĄs largas y las pestaĂąas mĂĄs abundantes de lo habitual, exclamĂł  58    $ % !   1     cimientos de la futura sociedad donde todos volveremos a ser un poco mĂĄs hermanosÂť. Cecilia, la maestra cilĂ­ndrica, lloraba de emociĂłn y nosotros nos resignĂĄbamos al soberano aburrimiento con la exposiciĂłn de aquellos dos que ya sabĂ­an aburrirnos en casa.

Elsa y yo ĂŠramos demasiado pequeĂąos para no profesar mĂĄs que admiraciĂłn por nuestros insignes     $ 8   !  $ K   4       estuviese vivo.    /  _  [#`  

 4   !  =^1[    %  $    4  %/  "V1 '    $ %  "  0   ## $  %   k = $ %$   % !         25 $ $! $  w{|}~philos (o #Â&#x20AC;Â Â&#x201A;Â&#x201E;Â&#x2026;Â&#x2020;}~, antropos, que se traducen   !   Â&#x2021; @Â&#x2C6;Â&#x2021; @Â&#x2021; @#Â&#x2021;% @Â&#x2C6;Â&#x2021; %

@  $  Â&#x2021; %

@=     $Â&#x2030; Amor a la humanidadâ&#x20AC;Ś A travĂŠs de preguntas y respuestas los oradores explicaron que la verdadera esencia del ser humano residĂ­a en la experiencia del amor hacia los desamparados, los desprotegidos, los necesitados =^1    4 #  # $  4   9            $    %  #     cadores desplegaron pĂłsteres sobre el pizarrĂłn con imĂĄgenes de niĂąos negros panzones y coronados de moscas. + '     '      $      0  #


% !!4   Â&#x160;  $

      H   compromiso deberĂ­a comprender la constancia en nuestros estudios y el respeto por nuestras tradiciones y nuestros mayores. PodrĂ­amos ayudar a los pobres si conservĂĄbamos nuestra riqueza y la reproducĂ­amos y volvĂ­amos a reproducirla, en resumen.


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