Issuu on Google+

Documentos da Doctrina Social da Igrexa Congreso Diocesano de Leigos Mondo単edo-Ferrol


DOCUMENTOS DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

ENCÍCLICAS 1. De León XIII a Pío XII Rerum Novarum(1891). Quadragesimo Anno (1931). 2. Juan XXIII Mater et Magistra (1961). Pacem in Terris (1963). 3. Concilio Vaticano II Gaudium et Spes (1965). 4. Pablo VI Populorum Progressio (1967). Octogésima Adveniens (1971). 5. Juan Pablo II: Laborem Exercens(1981). Sollicitudo Rei Socialis (1987). Centessimus Annus (1991).

DOCUMENTOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL SOBRE PASTORAL OBRERA Pastoral Obrera de Toda la Iglesia (1995). Por un trabajo al servicio de todo el hombre (2005).


Rerum novarum Carta Encíclica de S.S. León XIII sobre la "condicion" de los obreros El ardiente afán de novedades que hace ya tiempo agita a los pueblos, necesariamente tenía que pasar del orden político al de la economía social, tan unido a aquél. -La verdad es que las nuevas tendencias de las artes y los nuevos métodos de las industrias; el cambio de las relaciones entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en pocas manos, y la pobreza ampliamente extendida; la mayor conciencia de su valer en los obreros, y su mutua unión más íntima; todo ello, junto con la progresiva corrupción de costumbres han hecho estallar la guerra. Cuán suma gravedad entrañe esa guerra, se colige de la viva expectación que tiene suspensos los ánimos, y de cómo ocupa los ingenios de los doctos, las reuniones de los sabios, las asambleas populares, el juicio de los legisladores, los consejos de los príncipes; de tal manera, que no hay cuestión alguna, por grande que sea, que más que ésta preocupe los ánimos de los hombres. La «cuestión obrera» Por esto, pensando sólo en el bien de la Iglesia y en el bienestar común, así como otras veces os hemos escrito sobre el Poder político, la Libertad humana, la Constitución cristiana de los Estados y otros temas semejantes, cuanto parecía a propósito para refutar las opiniones engañosas, así ahora y por las mismas razones creemos deber escribiros algo sobre la cuestión obrera. Materia ésta, que ya otras veces ocasionalmente hemos tocado; mas en esta Encíclica la conciencia de Nuestro Apostólico oficio Nos incita a tratar la cuestión de propósito y por completo, de modo que aparezcan claros los principios que han de dar a esta contienda la solución que exigen la verdad y la justicia. Cuestión tan difícil de resolver como peligrosa. Porque es difícil señalar la medida justa de los derechos y las obligaciones que regulan las relaciones entre los ricos y los proletarios, entre los que aportan el capital y los que contribuyen con su trabajo. Y peligrosa esta contienda, porque hombres turbulentos y maliciosos frecuentemente la retuercen para pervertir el juicio de la verdad y mover la multitud a sediciones. 2. Como quiera que sea, vemos claramente, y en esto convienen todos, que es preciso auxiliar, pronta y oportunamente, a los hombres de la ínfima clase, pues la mayoría de ellos se resuelve indignamente en una miserable y calamitosa situación. Pues, destruidos en el pasado siglo los antiguos gremios de obreros, sin ser sustituidos por nada, y al haberse apartado las naciones y las leyes civiles de la religión de nuestros padres, poco a poco ha sucedido que los obreros se han encontrado entregados, solos e indefensos, a la inhumanidad de sus patronos y a la desenfrenada codicia de los competidores. -A aumentar el mal, vino voraz la usura, la cual, más de una vez condenada por sentencia de la Iglesia, sigue siempre, bajo diversas formas, la misma en su ser, ejercida por hombres avaros y codiciosos. Júntase a esto que los contratos de las obras y el comercio de todas las cosas están, casi por completo, en manos de unos pocos, de tal suerte que unos cuantos hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre los hombros de la innumerable multitud de proletarios un yugo casi de esclavos.


I. SOCIALISMO 3. Para remedio de este mal los Socialistas, después de excitar en los pobres el odio a los ricos, pretenden que es preciso acabar con la propiedad privada y sustituirla por la colectiva, en la que los bienes de cada uno sean comunes a todos, atendiendo a su conservación y distribución los que rigen el municipio o tienen el gobierno general del Estado. Pasados así los bienes de manos de los particulares a las de la comunidad y repartidos, por igual, los bienes y sus productos, entre todos los ciudadanos, creen ellos que pueden curar radicalmente el mal hoy día existente. Pero este su método para resolver la cuestión es tan poco a propósito para ello, que más bien no hace sino dañar a los mismos obreros; es, además, injusto por muchos títulos, pues conculca los derechos de los propietarios legítimos, altera la competencia y misión del Estado y trastorna por completo el orden social. La propiedad privada 4. Fácil es, en verdad, el comprender que la finalidad del trabajo y su intención próxima es, en el obrero, el procurarse las cosas que pueda poseer como suyas propias. Si él emplea sus fuerzas y su actividad en beneficio de otro, lo hace a fin de procurarse todo lo necesario para su alimentación y su vida; y por ello, mediante su trabajo, adquiere un verdadero y perfecto derecho no sólo de exigir su salario, sino también de emplear éste luego como quiera. Luego si gastando poco lograre ahorrar algo y, para mejor guardar lo ahorrado, lo colocare en adquirir una finca, es indudable que esta finca no es sino el mismo salario bajo otra especie; y, por lo tanto, la finca, así comprada por el obrero, debe ser tan suya propia como el salario ganado por su trabajo. Ahora bien: precisamente en esto consiste, como fácilmente entienden todos, el dominio de los bienes, sean muebles o inmuebles. Por lo tanto, al hacer común toda propiedad particular, los socialistasempeoran la condición de los obreros porque, al quitarles la libertad de emplear sus salarios como quisieren, por ello mismo les quitan el derecho y hasta la esperanza de aumentar el patrimonio doméstico y de mejorar con sus utilidades su propio estado. 5. Pero lo más grave es que el remedio por ellos propuesto es una clara injusticia, porque la propiedad privada es un derecho natural del hombre. -Porque en esto es, en efecto, muy grande la diferencia entre el hombre y los brutos. Estos no se gobiernan a sí mismos, sino que les gobiernan y rigen dos instintos naturales: de una parte, mantienen en ellos despierta la facultad de obrar y desarrollan sus fuerzas oportunamente; y de otra, provocan y limitan cada uno de sus movimientos. Con un instinto atienden a su propia conservación, por el otro se inclinan a conservar la especie. Para conseguir los dos fines perfectamente les basta el uso de las cosas ya existentes, que están a su alcance; y no podrían ir más allá, porque se mueven sólo por el sentido y por las sensaciones particulares de las cosas. -Muy distinta es la naturaleza del hombre. En él se halla la plenitud de la vida sensitiva, y por ello puede, como los otros animales, gozar los bienes de la naturaleza material. Pero la naturaleza animal, aun poseída en toda perfección, dista tanto de circunscribir a la naturaleza humana, que le queda muy inferior y aun ha nacido para estarle sujeta y obedecerla. Lo que por antonomasia distingue al hombre, dándole el carácter de tal -y en lo que se diferencia completamente de los demás animales- es la inteligencia, esto es, la razón. Y precisamente porque el hombre es animal razonable, necesario es atribuirle no sólo el uso de los bienes presentes, que es común a todos los animales, sino también el


usarlos estable y perpetuamente, ya se trate de las cosas que se consumen con el uso, ya de las que permanecen, aunque se usen. Los bienes creados 6. Y todo esto resulta aun más evidente, cuando se estudia en sí y más profundamente la naturaleza humana. El hombre, pues, al abarcar con su inteligencia cosas innumerables, al unir y encadenar también las futuras con las presentes y al ser dueño de sus acciones, es -él mismo- quien bajo la ley eterna y bajo la providencia universal de Dios se gobierna a sí mismo con la providencia de su albedrío: por ello en su poder está el escoger lo que juzgare más conveniente para su propio bien, no sólo en el momento presente sino también para el futuro. De donde se exige que en el hombre ha de existir no sólo el dominio de los frutos de la tierra sino también la propiedad de la misma tierra, pues de su fertilidad ve cómo se le suministran las cosas necesarias para el porvenir. Las exigencias de cada hombre tienen, por decirlo así, un sucederse de vueltas perpetuas de tal modo que, satisfechas hoy, tornan mañan a aparecer imperiosas. Luego la naturaleza ha tenido que dar al hombre el derecho a bienes estables y perpetuos, que correspondan a la perpetuidad del socorro que necesita. Y semejantes bienes únicamente los puede suministrar la tierra con su inagotable fecundidad. No hay razón alguna para recurrir a la providencia del Estado; porque, siendo el hombre anterior al Estado, recibió aquél de la naturaleza el derecho de proveer a sí mismo, aun antes de que se constituyese la sociedad. 7. Pero el hecho de que Dios haya dado la tierra a todo el linaje humano, para usarla y disfrutarla, no se opone en modo alguno al derecho de la propiedad privada. Al decir que Dios concedió en común la tierra al linaje humano, no se quiere significar que todos los hombres tengan indistintamente dicho dominio, sino que, al no haber señalado a ninguno, en particular, su parte propia, dejó dicha delimitación a la propia actividad de los hombres y a la legislación de cada pueblo. -Por lo demás, la tierra, aunque esté dividida entre particulares, continúa sirviendo al beneficio de todos, pues nadie hay en el mundo que de aquélla no reciba su sustento. Quienes carecen de capital, lo suplen con su trabajo: y así, puede afirmarse la verdad de que el medio de proveer de lo necesario se halla en el trabajo empleado o en trabajar la propia finca o en el ejercicio de alguna actividad, cuyo salario -en último término- se saca de los múltiples frutos de la tierra o se permuta por ellos. De todo esto se deduce, una vez más, que la propiedad privada es indudablemente conforme a la naturaleza. Porque las cosas necesarias para la vida y para su perfección son ciertamente producidas por la tierra, con gran abundancia, pero a condición de que el hombre la cultive y la cuide con todo empeño. Ahora bien: cuando en preparar estos bienes materiales emplea el hombre la actividad de su inteligencia y las fuerzas de su cuerpo, por ello mismo se aplica a sí mismo aquella parte de la naturaleza material que cultivó y en la que dejó impresa como una figura de su propia persona: y así justamente el hombre puede reclamarla como suya, sin que en modo alguno pueda nadie violentar su derecho. La propiedad y las leyes 8. Es tan clara la fuerza de estos argumentos, que no se entiende cómo hayan podido contradecirlos quienes, resucitando viejas utopías, conceden ciertamente al hombre el uso de la tierra y de los frutos tan diversos de los campos; pero le niegan totalmente el dominio exclusivo del suelo donde haya edificado, o de la hacienda que haya cultivado. Y no se dan cuenta de que en esta forma defraudan al hombre de las cosas


adquiridas con su trabajo. Porque un campo trabajado por la mano y la maña de un cultivador, ya no es el campo de antes: de silvestre, se hace fructífero; y de infecundo, feraz. De otra parte, las mejoras de tal modo se adaptan e identifican con aquel terreno, que la mayor parte de ellas son inseparables del mismo. Y si esto es así, ¿sería justo que alguien disfrutara aquello que no ha trabajado, y entrara a gozar sus frutos? Como los efectos siguen a su causa, así el fruto del trabajo en justicia pertenece a quienes trabajaron. Con razón, pues, todo el linaje humano, sin cuidarse de unos pocos contradictores, atento sólo a la ley de la naturaleza, en esta misma ley encuentra el fundamento de la división de los bienes y solemnemente, por la práctica de todos los tiempos, consagró la propiedad privada como muy conforme a la naturaleza humana, así como a la pacífica y tranquila convivencia social. -Y las leyes civiles que, cuando son justas, derivan de la misma ley natural su propia facultad y eficacia, confirman tal derecho y lo aseguran con la protección de su pública autoridad. -Todo ello se halla sancionado por la misma ley divina, que prohibe estrictamente aun el simple deseo de lo ajeno: No desearás la mujer de tu prójimo; ni la casa, ni el campo, ni la sierva, ni el buey, ni el asno, ni otra cosa cualquiera de todas las que le pertenecen1. Familia y Estado 9. El derecho individual adquiere un valor mucho mayor, cuando lo consideramos en sus relaciones con los deberes humanos dentro de la sociedad doméstica. -No hay duda de que el hombre es completamente libre al elegir su propio estado: ora siguiendo el consejo evangélico de la virginidad, ora obligándose por el matrimonio. El derecho del matrimonio es natural y primario de cada hombre: y no hay ley humana alguna que en algún modo pueda restringir la finalidad principal del matrimonio, constituida ya desde el principio por la autoridad del mismo Dios: Creced y multiplicaos2. He aquí ya a la familia, o sociedad doméstica, sociedad muy pequeña en verdad, pero verdadera sociedad y anterior a la constitución de toda sociedad civil, y, por lo tanto, con derechos y deberes que de ningún modo dependen del Estado. Luego aquel derecho que demostramos ser natural, esto es, el del dominio individual de las cosas, necesariamente deberá aplicarse también al hombre como cabeza de familia; aun más, tal derecho es tanto mayor y más fuerte cuanto mayores notas comprende la personalidad humana en la sociedad doméstica. 10. Ley plenamente inviolable de la naturaleza es que todo padre de familia defienda, por la alimentación y todos los medios, a los hijos que engendrare; y asimismo la naturaleza misma le exige el que quiera adquirir y preparar para sus hijos, pues son imagen del padre y como continuación de su personalidad, los medios con que puedan defenderse honradamente de todas las miserias en el difícil curso de la vida. Pero esto no lo puede hacer de ningún otro modo que transmitiendo en herencia a los hijos la posesión de los bienes fructíferos. A la manera que la convivencia civil es una sociedad perfecta, también lo es -según ya dijimos- y del mismo modo la familia, la cual es regida por una potestad privativa, la paternal. Por lo tanto, respetados en verdad los límites de su propio fin, la familia tiene al menos iguales derechos que la sociedad civil, cuando se trata de procurarse y usar los bienes necesarios para su existencia y justa libertad. Dijimos al menos iguales: porque siendo la familia lógica e históricamente anterior a la sociedad civil, sus derechos y deberes son necesariamente anteriores y más naturales. Por lo tanto, si los ciudadanos o las familias, al formar parte de la sociedad civil, encontraran en el Estado dificultades en vez de auxilio, disminución de sus derechos en vez de tutela de los mismos, tal sociedad civil sería más de rechazar que de desear.


11. Es, por lo tanto, error grande y pernicioso pretender que el Estado haya de intervenir a su arbitrio hasta en lo más íntimo de las familias. -Ciertamente que si alguna familia se encontrase tal vez en tan extrema necesidad que por sus propios medios no pudiera salir de ella, es justa la intervención del poder público ante necesidad tan grave, porque cada una de las familias es una parte de la sociedad. Igualmente, si dentro del mismo hogar doméstico se produjera una grave perturbación de los derechos mutuos, el Estado puede intervenir para atribuir a cada uno su derecho; pero esto no es usurpar los derechos de los ciudadanos, sino asegurarlos y defenderlos con una protección justa y obligada. Pero aquí debe pararse el Estado: la naturaleza no consiente el que vaya más allá. La patria potestad es de tal naturaleza, que no puede ser extinguida ni absorbida por el Estado, como derivada que es de la misma fuente que la vida de los hombres. Los hijos son como algo del padre, una extensión, en cierto modo, de su persona: y, si queremos hablar con propiedad, los hijos no entran a formar parte de la sociedad civil por sí mismos, sino a través de la familia, dentro de la cual han nacido. Y por esta misma razón de que los hijos son naturalmente algo del padre..., antes de que tengan el uso de su libre albedrío, están bajo los cuidados de los padres3. Luego cuando los socialistas sustituyen la providencia de los padres por la del Estado, van contra la justicia natural, y disuelven la trabazón misma de la sociedad doméstica. Comunismo = miseria 12. Además de la injusticia, se ve con demasiada claridad cuál sería el trastorno y perturbación en todos los órdenes de la sociedad, y cuán dura y odiosa sería la consiguiente esclavitud de los ciudadanos, que se seguirían. Abierta estaría ya la puerta para los odios mutuos, para las calumnias y discordias; quitado todo estímulo al ingenio y diligencia de cada uno, secaríanse necesariamente las fuentes mismas de la riqueza; y la dignidad tan soñada en la fantasía no sería otra cosa que una situación universal de miseria y abyección para todos los hombres sin distinción alguna. Todas estas razones hacen ver cómo aquel principio del socialismo, sobre la comunidad de bienes, repugna plenamente porque daña aun a aquellos mismos a quienes se quería socorrer; repugna a los derechos por naturaleza privativos de cada hombre y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común. Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de reputarse inviolable. Y supuesto ya esto, vamos a exponer dónde ha de encontrarse el remedio que se intenta buscar. II. LA IGLESIA Y EL PROBLEMA SOCIAL 13. Con plena confianza, y por propio derecho Nuestro, entramos a tratar de esta materia: se trata ciertamente de una cuestión en la que no es aceptable ninguna solución si no se recurre a la religión y a la Iglesia. Y como quiera que la defensa de la religión y la administración de los bienes que la Iglesia tiene en su poder, se halla de modo muy principal en Nos, faltaríamos a Nuestro deber si calláramos. -Problema éste tan grande, que ciertamente exige la cooperación y máxima actividad de otros también: Nos referimos a los gobernantes, a los amos y a los ricos, pero también a los mismos obreros, de cuya causa se trata; y afirmamos con toda verdad que serán inútiles todos los esfuerzos futuros que se hagan, si se prescinde de la Iglesia. De hecho la Iglesia es la que saca del Evangelio las doctrinas, gracias a las cuales, o ciertamente se resolverá el conflicto, o al menos podrá lograrse que, limando asperezas, se haga más suave: ella -la Iglesia- procura con sus enseñanzas no tan sólo iluminar las inteligencias, sino también regir la vida y costumbres de cada uno con sus preceptos; ella, mediante un gran número de benéficas instituciones, mejora la


condición misma de las clases proletarias; ella quiere y solicita que los pensamientos y actividad de todas las clases sociales se unan y conspiren juntos para mejorar en cuanto sea posible la condición de los obreros; y piensa ella también que, dentro de los debidos límites en las soluciones y en su aplicación, el Estado mismo ha de dirigir a esta finalidad sus mismas leyes y toda su autoridad, pero con la debida justicia y moderación. Concordia, no lucha 14. Como primer principio, pues, debe establecerse que hay que respetar la condición propia de la humanidad, es decir, que es imposible el quitar, en la sociedad civil, toda desigualdad. Lo andan intentando, es verdad, los socialistas; pero toda tentativa contra la misma naturaleza de las cosas resultará inútil. En la naturaleza de los hombres existe la mayor variedad: no todos poseen el mismo ingenio, ni la misma actividad, salud o fuerza: y de diferencias tan inevitables síguense necesariamente las diferencias de las condiciones sociales, sobre todo en la fortuna. -Y ello es en beneficio así de los particulares como de la misma sociedad; pues la vida común necesita aptitudes varias y oficios diversos; y es la misma diferencia de fortuna, en cada uno, la que sobre todo impulsa a los hombres a ejercitar tales oficios. Y por lo que toca al trabajo corporal, el hombre en el estado mismo de inocencia no hubiese permanecido inactivo por completo: la realidad es que entonces su voluntad hubiese deseado como un natural deleite de su alma aquello que después la necesidad le obligó a cumplir no sin molestia, para expiación de su culpa: Maldita sea la tierra en tu trabajo, tú comerás de ella fatigosamente todos los días de tu vida4. -Por igual razón en la tierra no habrá fin para los demás dolores, porque los males consiguientes al pecado son ásperos, duros y difíciles para sufrirse; y necesariamente acompañarán al hombre hasta el último momento de su vida. Y, por lo tanto, el sufrir y el padecer es herencia humana; pues de ningún modo podrán los hombres lograr, cualesquiera que sean sus experiencias e intentos, el que desaparezcan del mundo tales sufrimientos. Quienes dicen que lo pueden hacer, quienes a las clases pobres prometen una vida libre de todo sufrimiento y molestias, y llena de descanso y perpetuas alegrías, engañan miserablemente al pueblo arrastrándolo a males mayores aún que los presentes. Lo mejor es enfrentarse con las cosas humanas tal como son; y al mismo tiempo buscar en otra parte, según dijimos, el remedio de los males. 15. En la presente cuestión, la mayor equivocación es suponer que una clase social necesariamente sea enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiese hecho a los ricos y a los proletarios para luchar entre sí con una guerra siempre incesante. Esto es tan contrario a la verdad y a la razón que más bien es verdad el hecho de que, así como en el cuerpo humano los diversos miembros se ajustan entre sí dando como resultado cierta moderada disposición que podríamos llamar simetría, del mismo modo la naturaleza ha cuidado de que en la sociedad dichas dos clases hayan de armonizarse concordes entre sí, correspondiéndose oportunamente para lograr el equilibrio. Una clase tiene absoluta necesidad de la otra: ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. La concordia engendra la hermosura y el orden de las cosas; por lo contrario, de una lucha perpetua necesariamente ha de surgir la confusión y la barbarie. Ahora bien: para acabar con la lucha, cortando hasta sus raíces mismas, el cristianismo tiene una fuerza exuberante y maravillosa. Y, en primer lugar, toda la enseñanza cristiana, cuyo intérprete y depositaria es la Iglesia, puede en alto grado conciliar y poner acordes mutuamente a ricos y proletarios, recordando a unos y a otros sus mutuos deberes, y ante todo los que la justicia les impone.


Patronos y obreros 16. Obligaciones de justicia, para el proletario y el obrero, son éstas: cumplir íntegra y fielmente todo lo pactado en libertad y según justicia; no causar daño alguno al capital, ni dañar a la persona de los amos; en la defensa misma de sus derechos abstenerse de la violencia, y no transformarla en rebelión; no mezclarse con hombres malvados, que con todas mañas van ofreciendo cosas exageradas y grandes promesas, no logrando a la postre sino desengaños inútiles y destrucción de fortunas. He aquí, ahora, los deberes de los capitalistas y de los amos: no tener en modo alguno a los obreros como a esclavos; respetar en ellos la dignidad de la persona humana, ennoblecida por el carácter cristiano. Ante la razón y ante la fe, el trabajo, realizado por medio de un salario, no degrada al hombre, antes le ennoblece, pues lo coloca en situación de llevar una vida honrada mediante él. Pero es verdaderamente vergonzoso e inhumano el abusar de los hombres, como si no fuesen más que cosas, exclusivamente para las ganancias, y no estimarlos sino en tanto cuando valgan sus músculos y sus fuerzas. Asimismo está mandado que ha de tenerse buen cuidado de todo cuanto toca a la religión y a los bienes del alma, en los proletarios. Por lo tanto, a los amos corresponde hacer que el obrero tenga libre el tiempo necesario para sus deberes religiosos; que no se le haya de exponer a seducciones corruptoras y a peligros de pecar; que no haya razón alguna para alejarle del espíritu de familia y del amor al ahorro. De ningún modo se le impondrán trabajos desproporcionados a sus fuerzas, o que no se avengan con su sexo y edad. 17. Y el principalísimo entre todos los deberes de los amos es el dar a cada uno lo que se merezca en justicia. Determinar la medida justa del salario depende de muchas causas: pero en general, tengan muy presente los ricos y los amos que ni las leyes divinas ni las humanas les permiten oprimir, en provecho propio, a los necesitados y desgraciados, buscando la propia ganancia en la miseria de su prójimo. Defraudar, además, a alguien el salario que se le debe, es pecado tan enorme que clama al cielo venganza:Mirad que el salario de los obreros... que defraudasteis, está gritando: y este grito de ellos ha llegado hasta herir los oídos del Señor de los ejércitos5. Finalmente, deber de los ricos es, y grave, que no dañen en modo alguno a los ahorros de los obreros, ni por la fuerza, ni por dolo, ni con artificio de usura: deber tanto más riguroso, cuanto más débil y menos defendido se halla el obrero, y cuanto más pequeños son dichos ahorros. 18. La obediencia a estas leyes, ¿acaso no podría ser suficiente para mitigar por sí sola y hacer cesar las causas de esta contienda? Pero la Iglesia, guiada por las enseñanzas y por el ejemplo de Cristo, aspira a cosas mayores: esto es, señalando algo más perfecto, busca el aproximar, cuanto posible le sea, a las dos clases, y aun hacerlas amigas. -En verdad que no podemos comprender y estimar las cosas temporales, si el alma no se fija plenamente en la otra vida, que es inmortal; quitada la cual, desaparecería inmediatamente toda idea de bien moral, y aun toda la creación se convertiría en un misterio inexplicable para el hombre. Así, pues, lo que conocemos aun por la misma naturaleza es en el cristianismo un dogma, sobre el cual, como sobre su fundamento principal, reposa todo el edificio de la religión, es a saber: que la verdadera vida del hombre comienza con la salida de este mundo. Porque Dios no nos ha creado para estos bienes frágiles y caducos, sino para los eternos y celestiales; y la tierra nos la dio como lugar de destierro, no como patria definitiva. Carecer de riquezas y de todos los bienes, o abundar en ellos, nada importa para la eterna felicidad; lo que importa es el uso que de ellos se haga. Jesucristo -mediante su copiosa redención- no suprimió en modo alguno las diversas tribulaciones de que esta vida se halla entretejida, sino que las convirtió en excitaciones para la virtud y en materia de mérito,


y ello de tal suerte que ningún mortal puede alcanzar los premios eternos, si no camina por las huellas sangrientas del mismo Jesucristo: Si constantemente sufrimos, también reinaremos con El6. Al tomar El espontáneamente sobre sí los dolores y sufrimientos, mitigó de modo admirable la fuerza de los mismos, y ello no ya sólo con el ejemplo, sino también con su gracia y con la esperanza del ofrecido galardón que hace mucho más fácil el sufrimiento del dolor: Porque lo que al presente es tribulación nuestra, momentánea y ligera, produce en nosotros de modo maravilloso un caudal eterno e inconmensurable de gloria7. -Sepan, pues, muy bien los afortunados de este mundo que las riquezas ni libran del dolor, ni contribuyen en nada a la felicidad eterna, y antes pueden dañarla8; que, por lo tanto, deben temblar los ricos, ante las amenazas extraordinariamente severas de Jesucristo9; y que llegará día en que habrán de dar cuenta muy rigurosa, ante Dios como juez, del uso que hubieren hecho de las riquezas. Riquezas, posesión y uso 19. Sobre el uso de las riquezas, tan excelente como muy importante es la doctrina que, vislumbrada por los filósofos antiguos, ha sido enseñada y perfeccionada por la Iglesia -la cual, además, hace que no se quede en pura especulación, sino que descienda al terreno práctico e informe la vida-: fundamental en tal doctrina es el distinguir ente la posesión legítima y el uso ilegítimo. Derecho natural del hombre, como vimos, es la propiedad privada de bienes, pues que no sólo es lícito sino absolutamente necesario -en especial, en la sociedad- el ejercicio de aquel derecho. Lícito es -dice Santo Tomás- y aun necesario para la vida humana que el hombre tenga propiedad de algunos bienes10. Mas, si luego se pregunta por el uso de tales bienes, la Iglesia no duda en responder: Cuanto a eso, el hombre no ha de tener los bienes externos como propios, sino como comunes, de suerte que fácilmente los comunique con los demás cuando lo necesitaren. Y así dice el Apóstol: Manda a los ricos de este mundo que con facilidad den y comuniquen lo suyo propio11. Nadie, es verdad, viene obligado a auxiliar a los demás con lo que para sí necesitare o para los suyos, aunque fuere para el conveniente o debido decoro propio, pues nadie puede dejar de vivir como a su estado convenga12; pero, una vez satisfecha la necesidad y la conveniencia, es un deber el socorrer a los necesitados con lo superfluo: Lo que sobrare dadlo en limosna13. Exceptuados los casos de verdadera y extrema necesidad, aquí ya no se trata de obligaciones de justicia, sino de caridad cristiana, cuyo cumplimiento no se puede -ciertamente- exigir jurídicamente. Mas, por encima de las leyes y de los juicios de los hombres están la ley y el juicio de Cristo, que de muchos modos inculca la práctica de dar con generosidad, y enseña que es mejor dar que recibir14 y que tendrá como hecha o negada a Sí mismo la caridad hecha o negada a los necesitados:Cuanto hicisteis a uno de estos pequeños de mis hermanos, a mí me lo hicisteis15. En resumen: quienes de la munificencia de Dios han recibido mayor abundancia de bienes, ya exteriores y corporales, ya internos y espirituales, los han recibido a fin de servirse de ellos para su perfección, y al mismo tiempo, como administradores de la divina Providencia, en beneficio de los demás. Por lo tanto, el que tenga talento cuide no callar; el que abundare en bienes, cuide no ser demasiado duro en el ejercicio de la misericordia; quien posee un oficio de que vivir, haga participante de sus ventajas y utilidades a su prójimo16. Trabajo 20. A los pobres les enseña la Iglesia que ante Dios la pobreza no es deshonra, ni sirve de vergüenza el tener que vivir del trabajo propio. Verdad, que Cristo confirmó en


la realidad con su ejemplo; pues, por la salud de los hombres hízose pobre él que era rico17 y, siendo Hijo de Dios y Dios mismo, quiso aparecer y ser tenido como hijo de un artesano, y trabajando pasó la mayor parte de su vida: Pero ¿no es éste el artesano, el hijo de María?18. Ante ejemplo tan divino fácilmente se comprende que la verdadera dignidad y grandeza del hombre sea toda moral, esto es, puesta en las virtudes; que la virtud sea un patrimonio común al alcance, por igual, de los grandes y de los pequeños, de los ricos y de los proletarios: pues sólo a las obras virtuosas, en cualquiera que se encuentren, está reservado el premio de la eterna bienaventuranza. Más aún: parece que Dios tiene especial predilección por los infelices. Y así Jesucristo llama bienaventurados a los pobres19. A quienes están en trabajo o aflicción, dulcemente los invita a buscar consuelo en El20; con singular amor abraza a los débiles y a los perseguidos. Verdades éstas de gran eficacia para rebajar a los ricos en su orgullo, para quitar a los pobres su abatimiento: con ello, las distancias -tan rebuscadas por el orgullo- se acortan y ya no es difícil que las dos clases, dándose la mano, se vuelvan a la amistad y unión de voluntades. Bienes de naturaleza y de gracia 21. Mas, si las dos clases obedecen a los mandatos de Cristo, no les bastará una simple amistad, querrán darse el abrazo del amor fraterno. Porque habrán conocido y entenderán cómo todos los hombres tienen el mismo origen común en Dios padre: que todos se dirigen a Dios, su fin último, el único que puede hacer felices a los hombres y a los ángeles; que todos han sido igualmente redimidos por Cristo, y por él llamados a la dignidad de hijos de Dios, de tal suerte, que se hallan unidos, no sólo entre sí, sino también con Cristo Señor -el primogénito entre los muchos hermanos- por el vínculo de una santa fraternidad. Conocerán y comprenderán que los bienes de naturaleza y de gracia son patrimonio común del linaje humano; y que nadie, a no hacerse indigno, será desheredado de los bienes celestiales: Si, pues, hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Jesucristo21. Tal es el ideal de derechos y deberes que enseña el Evangelio. Si esta doctrina informara a la sociedad humana, ¿no se acabaría rápidamente toda contienda? Ejemplo de la Iglesia 22. Ni se contenta la Iglesia con señalar el mal; aplica ella misma, con sus manos, la medicina. Entregada por completo a formar a los hombres en estas doctrinas, procura que las aguas saludables de sus enseñanzas lleguen a todos ellos, valiéndose de la cooperación de los Obispos y del Clero. Al mismo tiempo se afana por influir en los espíritus e inclinar las voluntades, para que se dejen gobernar por los divinos preceptos. Y en esta parte, la más importante de todas, pues de ella depende en realidad todo avance, tan sólo la Iglesia tiene eficacia verdadera. Porque los instrumentos que emplea para mover los ánimos, le fueron dados para este fin por Jesucristo, y tienen virtud divina en sí: tan sólo ellos pueden penetrar hasta lo más íntimo de los corazones y obligar a los hombres a que obedezcan a la voz de su deber, a que refrenen las pasiones, a que amen con singular y sumo amor a Dios y al prójimo, y a que con valor se destruyan todos los obstáculos que se le atraviesan en el camino de la virtud. Y en esto basta señalar de paso los ejemplos antiguos. Recordamos hechos y cosas, que se hallan fuera de toda duda: esto es, que gracias al cristianismo fue plenamente transformada la sociedad humana; que esta transformación fue un verdadero progreso para la humanidad y hasta una resurrección de la muerte a la vida moral, así como una perfección nunca vista antes, y que difícilmente se logrará en el porvenir;


finalmente, que Jesucristo es el rpincipio y el fin de estos beneficios que, como vienen de él, en él han de terminar. Habiendo, en efecto, conocido el mundo, por la luz del evangelio, el gran misterio de la Encarnación del Verbo y de la redención humana, la vida de Jesucristo Dios y Hombre penetró en toda la sociedad civil, que así quedo imbuida con su fe, sus preceptos y sus leyes. Por lo tanto, si ha de haber algún remedio para los males de la humanidad, ésta no lo encontrará sino en la vuelta a la vida y a las costumbres cristianas. Indudable verdad es que, para reformar a una sociedad decadente, preciso es conducirla de nuevo a los principios que le dieron ser. Porque la perfección de toda sociedad humana consiste en dirigirse y llegar al fin para el que fue instituida, de tal suerte que el principio regenerador de los movimientos y de los actos sociales sea el mismo que dio origen a la sociedad. Corrupción es desviarla de su primitiva finalidad: volverla a ella, es la salvación. Y si esto es verdad de toda sociedad humana, lo es también de la clase trabajadora, parte la más numerosa de aquélla. 23. Y no se crea que la acción de la Iglesia esté tan íntegra y exclusivamente centrada en la salvación de las almas, que se olvide de cuanto pertenece a la vida mortal y terrena. -Concretamente quiere y trabaja para que los proletarios salgan de su desgraciado estado, y mejoren su situación. Y esto lo hace ella, ante todo, indirectamente, llamando a los hombres a la virtud y formándolos en ella. Las costumbres cristianas, cuando son y en verdad se mantienen tales, contribuyen también de por sí a la felicidad terrenal: porque atraen las bendiciones de Dios, principio y fuente de todo bien; refrenan el ansia de las cosas y la sed de los placeres, azotes verdaderos que hacen miserable al hombre aun en la misma abundancia de todas las cosas22: se contentan con una vida frugal y suplen la escasez del salario con el ahorro, alejándose de los vicios que consumen no sólo las pequeñas fortunas sino también las grandes, y que arruinan los más ricos patrimonios. Caridad de la Iglesia 24. Más aún: la Iglesia contribuye directamente al bien de los proletarios, creando y promoviendo cuanto pueda aliviarles en algo; y en ello se distinguió tanto que se atrajo la admiración y alabanza de los mismos enemigos. Ya en el corazón de los primitivos cristianos era tan poderosa la caridad fraterna, que con frecuencia los más ricos se despojaban de sus bienes para socorrer a los demás, hasta tal punto que entre ellos no había ningún necesitado23. A lo diáconos, instituidos precisamente para ello, dieron los Apóstoles la misión de ejercitar la beneficencia cotidiana; y San Pablo, el Apóstol por antonomasia, aun bajo el peso de la solicitud de todas las Iglesias, no dudó en entregarse a los viajes más peligrosos para llevar personalmente las colectas a los cristianos más pobres. Depósitos de piedad llama Tertuliano a estas ofertas, hechas espontáneamente por los fieles en cada reunión, porque se empleaban en alimentar y sepultar a los pobres, y en auxiliar a los niños y niñas huérfanos, así como a los ancianos y a los náufragos24. Poco a poco se fue formando así aquel patrimonio, que la Iglesia guardó siempre religiosamente como herencia propia de los pobres. Y éstos, gracias a nuevos y determinados socorros, se vieron libres de la vergüenza de pedir. Pues ella, como madre común de los pobres y de los ricos, excitando doquier la caridad hasta el heroísmo, creó órdenes religiosas y otras benéficas instituciones que ninguna clase de miseria dejaron sin socorrer y consolar. Todavía hoy muchos, como antes los gentiles, hasta censuran a la Iglesia por caridad tan excelente, y determinan sustituirla por medio de la beneficencia civil. Pero no hay recursos humanos capaces de suplir la caridad cristiana, cuando se entrega por completo al bien de los demás. Y no puede ser ella sino una virtud de la Iglesia, porque es virtud que mana abundante tan sólo del


Sacratísimo Corazón de Jesucristo: pero muy lejos de Cristo anda perdido quien se halla alejado de la Iglesia. III. DEBERES DEL ESTADO 25. No hay duda de que, para resolver la cuestión obrera, se necesitan también los medios humanos. Cuantos en ella están interesados, vienen obligados a contribuir, cada uno como le corresponda: y esto según el ejemplo del orden providencial que gobierna al mundo, pues el buen efecto es el producto de la armoniosa cooperación de todas las causas de las que depende. Urge ya ahora investigar cuál debe ser el concurso del Estado. -Claro que hablamos del Estado, no como lo conocemos constituido ahora y como funciona en esta o en aquella otra nación, sino que pensamos en el Estado según su verdadero concepto, esto es, en el que toma sus principios de la recta razón, y en perfecta armonía con las doctrinas católicas, tal como Nos mismo lo hemos expuesto en la Encíclica sobre la constitución cristiana de los Estados. La prosperidad nacional 26. Ante todo, los gobernantes vienen obligados a cooperar en forma general con todo el conjunto de sus leyes e instituciones políticas, ordenando y administrando el Estado de modo que se promueva tanto la prosperidad privada como la pública. Tal es de hecho el deber de la prudencia civil, y esta es la misión de los regidores de los pueblos. Ahora bien; la prosperidad de las naciones se deriva especialmente de las buenas costumbres, de la recta y ordenada constitución de las familias, de la guarda de la religión y de la justicia, de la equitativa distribución de las cargas públicas, del progreso de las industrias y del comercio, del florecer de la agricultura y de tantas otras cosas que, cuanto mejor fueren promovidas, más contribuirán a la felicidad de los pueblos. -Ya por todo esto puede el Estado concurrir en forma extraordinaria al bienestar de las demás clases, y también a la de los proletarios: y ello, con pleno derecho suyo y sin hacerse sospechoso de indebidas ingerencias, porque proveer al bien común es oficio y competencia del Estado. Por lo tanto, cuanto mayor sea la suma de las ventajas logradas por esta tan general previsión, tanto menor será la necesidad de tener que acudir por otros procedimientos al bienestar de los obreros. 27. Pero ha de considerarse, además, algo que toca aun más al fondo de esta cuestión: esto es, que el Estado es una armoniosa unidad que abraza por igual a las clases inferiores y a las altas. Los proletarios son ciudadanos por el mismo derecho natural que los ricos: son ciudadanos, miembros verdaderos y vivientes de los que, a través de las familias, se compone el Estado, y aun puede decirse que son su mayor número. Y, si sería absurdo el proveer a una clase de ciudadanos a costa de otra, es riguroso deber del Estado el preocuparse, en la debida forma, del bienestar de los obreros: al no hacerlo, se falta a la justicia que manda dar a cada uno lo suyo. Pues muy sabiamente advierte Santo Tomás: Así como la parte y el todo hacen un todo, así cuanto es del todo es también, en algún modo, de la parte25. Por ello, entre los muchos y más graves deberes de los gobernantes solícitos del bien público, se destaca primero el de proveer por igual a toda clase de ciudadanos, observando con inviolable imparcialidad la justicia distributiva. Aunque todos los ciudadanos vienen obligados, sin excepción alguna, a cooperar al bienestar común, que luego se refleja en beneficio de los individuos, la cooperación no puede ser en todos ni igual ni la misma. Cámbiense, y vuelvan a cambiarse, las formas de gobierno, pero siempre existirá aquella variedad y diferencia de clases, sin las que


no puede existir ni siquiera concebirse la sociedad humana. Siempre habrá gobernantes, legisladores, jueces -en resumen, hombres que rijan la nación en la paz, y la defiendan en la guerra-; y claro es que, al ser ellos la causa próxima y eficaz del bien común, forman la parte principal de la nación. Los obreros no pueden cooperar al bienestar común en el mismo modo y con los mismos oficios; pero verdad es que también ellos concurren, muy eficazmente, con sus servicios. Y cierto es que el bienestar social, pues debe ser en su consecución un bien que perfeccione a los ciudadanos en cuanto hombres, tiene que colocarse principalmente en la virtud. Sin embargo, toda sociedad bien constituida ha de poder procurar una suficiente abundancia de bienes materiales y externos cuyo uso es necesario para el ejercicio de la virtud26. Y es indudable que para lograr estos bienes es de necesidad y suma eficacia el trabajo y actividad de los proletarios, ora se dediquen al trabajo de los campos, ora se ejerciten en los talleres. Suma, hemos dicho, y de tal suerte, que puede afirmarse, en verdad, que el trabajo de los obreros es el que logra formar la riqueza nacional. Justo es, por lo tanto, que el gobierno se interese por los obreros, haciéndoles participar de algún modo en la riqueza que ellos mismos producen: tengan casa en que morar, vestidos con que cubrirse, de suerte que puedan pasar la vida con las menos dificultades posibles. Clara es, por lo tanto, la obligación de proteger cuanto posible todo lo que pueda mejorar la condición de los obreros: semejante providencia, lejos de dañar a nadie, aprovechará bien a todos, pues de interés general es que no permanezcan en la miseria aquellos de quienes tanto provecho viene al mismo Estado. Gobierno; gobernados 28. No es justo -ya lo hemos dicho- que el ciudadano o la familia sean absorbidos por el Estado; antes bien, es de justicia que a uno y a otra se les deje tanta independencia para obrar como posible sea, quedando a salvo el bien común y los derechos de los demás. Sin embargo, los gobernantes han de defender la sociedad y sus distintas clases. La sociedad, porque la tutela de ésta fue conferida por la naturaleza a los gobernantes, de tal suerte que el bienestar público no sólo es la ley suprema sino la única y total causa y razón de la autoridad pública; y luego también las clases, porque tanto la filosofía como el Evangelio coinciden en enseñar que la gobernación ha sido instituida, por su propia naturaleza, no para beneficio de los gobernantes, sino más bien para el de los gobernados. Y puesto que el poder político viene de Dios y no es sino una cierta participación de la divina soberanía, ha de administrarse a ejemplo de ésta, que con paternal preocupación provee no sólo a las criaturas en particular, sino a todo el conjunto del universo. Luego cuando a la sociedad o a alguna de sus clases se le haya causado un daño o le amenace éste, necesaria es la intervención del Estado, si aquél no se puede reparar o evitar de otro modo. Intervención del Estado 29. Ahora bien: interesa tanto al bien privado como al público, que se mantenga el orden y la tranquilidad públicos; que la familia entera se ajuste a los mandatos de Dios y a los principios de la naturaleza; que sea respetada y practicada la religión; que florezcan puras las costumbres privadas y las públicas; que sea observada inviolablemente la justicia; que una clase de ciudadanos no oprima a otra; y que los ciudadanos se formen sanos y robustos, capaces de ayudar y de defender, si necesario fuere, a su patria. Por lo tanto, si, por motines o huelgas de los obreros, alguna vez se temen desórdenes públicos; si se relajaren profundamente las relaciones naturales de la familia entre los obreros; si la religión es violada en los obreros, por no dejarles tiempo tranquilo para cumplir sus deberes religiosos; si por la promiscuidad de los sexos y por otros incentivos de pecado, corre peligro la integridad


de las costumbres en los talleres; si los patronos oprimieren a los obreros con cargas injustas o mediante contratos contrarios a la personalidad y dignidad humana; si con un trabajo excesivo o no ajustado a las condiciones de sexo y edad, se dañare a la salud de los mismos trabajadores: claro es que, en todos estos casos, es preciso emplear, dentro de los obligados límites, la fuerza y la autoridad de las leyes. Límites que están determinados por la misma causa o fin a que se deben las leyes: esto es, que las leyes no deben ir más allá de lo que requiere el remedio del mal o el modo de evitar el peligro. Los derechos, de quienquiera que sean, han de ser protegidos religiosamente, y el poder público tiene obligación de asegurar a cada uno el suyo, impidiendo o castigando toda violación de la justicia. Claro es que, al defender los derechos de los particulares, ha de tenerse un cuidado especial con los de la clase ínfima y pobre. Porque la clase rica, fuerte ya de por sí, necesita menos la defensa pública; mientras que las clases inferiores, que no cuentan con propia defensa, tienen una especial necesidad de encontrarla en el patrocinio del mismo Estado. Por lo tanto, el Estado debe dirigir sus cuidados y su providencia preferentemente hacia los obreros, que están en el número de los pobres y necesitados. La propiedad privada 30. Preciso es descender concretamente a algunos casos particulares de la mayor importancia. -Lo más fundamental es que el gobierno debe asegurar, mediante prudentes leyes, la propiedad particular. De modo especial, dado el actual incendio tan grande de codicias desmedidas, preciso es que las muchedumbres sean contenidas en su deber, porque si la justicia les permite por los debidos medios mejorar su suerte, ni la justicia ni el bien público permiten que nadie dañe a su prójimo en aquello que es suyo y que, bajo el color de una pretendida igualdad de todos, se ataque a la fortuna ajena. Verdad es que la mayor parte de los obreros querría mejorar su condición mediante honrado trabajo y sin hacer daño a nadie; pero también hay no pocos, imbuidos en doctrinas falsas y afanosos de novedades, que por todos medios tratan de excitar tumultos y empujar a los demás hacia la violencia. Intervenga, pues, la autoridad pública: y, puesto freno a los agitadores, defienda a los obreros buenos de todo peligro de seducción; y a los dueños legítimos, del de ser robados. Límites del trabajo 31. El trabajo excesivamente prolongado o agotador, así como el salario que se juzga insuficiente, dan ocasión con frecuencia a los obreros para, intencionadamente, declararse en huelga, y entregarse a un voluntario descanso. A este mal, ya tan frecuente como grave, debe poner buen remedio la autoridad del Estado, porque las huelgas llevan consigo daños no sólo para los patronos y para los mismos obreros, sino también para el comercio y los intereses públicos: añádase que las violencias y los tumultos, a que de ordinario dan lugar las huelgas, con mucha frecuencia ponen en peligro aun la misma tranquilidad pública. Y en esto el remedio más eficaz y saludable es adelantarse al mal con la autoridad de las leyes e impedir que pueda brotar el mal, suprimiendo a tiempo todas las causas de donde se prevé que puedan surgir conflictos entre obreros y patronos. Tutela de lo moral 32. Asimismo, el Estado viene obligado a proteger en el obrero muchas otras cosas; y, ante todo, los bienes del alma. Pues la vida mortal, aunque tan buena y deseable, no es de por sí el fin último para el que hemos nacido, sino tan sólo el camino e instrumento para perfeccionar la vida espiritual mediante el conocimiento de la verdad


y la práctica del bien. El espíritu es el que lleva impreso en sí la imagen y semejanza de Dios, y en él reside aquel señorío, en virtud del cual se le mandó al hombre dominar sobre todas las criaturas inferiores y hacer que todas las tierras y mares sirvieran a su utilidad. Llenad la tierra y sometedla a vosotros, tened señorío sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que sobre la tierra se mueven27. En esto todos los hombres son iguales, sin diferencia alguna entre ricos y pobres, amos y criados, príncipes y súbditos; porque el mismo es el Señor de todos28. Nadie, por lo tanto, puede impunemente hacer injusticia a la dignidad del hombre, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia, ni impedirle el camino de la perfección que se le ordena para conquistar la vida eterna. Y aun más: ni siquiera por su propia libertad podría el hombre renunciar a ser tratado según su naturaleza, aceptando la esclavitud de su alma: porque ya no se trata de derechos, en los que haya una libertad de ejercicio, sino de deberes para con Dios, que deben cumplirse con toda religiosidad. Obreros - mujeres - niños 33. Consecuencia es, por lo tanto, la necesidad de descansar de obras y trabajos en los días de fiesta. Mas nadie entienda con ello el gozar, con exceso, de un descanso inactivo, y mucho menos aquel reposo que muchos desean para fomentar los vicios y malgastar el dinero; sino un descanso consagrado por la religión. Unido a la religión el descanso aparta al hombre de los trabajos y afanes de la vida cotidiana, para traerle hacia los pensamientos de los bienes celestiales y hacia el culto que por justicia es debido a la divina majestad. Esta es principalmente la naturaleza, y este el fin del descanso en los días de fiesta, lo cual sancionó Dios con una ley especial aun en el Antiguo Testamento: Acuérdate de santificar el sábado29; y lo enseñó además con su mismo ejemplo, en aquel misterioso descanso que se tomó, luego de haber creado al hombre: Descansó en el día séptimo de todas las obras que habían hecho30. 34. En lo que toca a la defensa de los bienes corporales y exteriores, lo primero es librar a los pobres obreros de la crueldad de ambiciosos especuladores, que sólo por afán de las ganancias y sin moderación alguna abusan de las personas como si no fueran personas, sino cosas. Ni la justicia ni la humanidad consienten, pues, el exigir del hombre tanto trabajo que por ello se embote el alma y el cuerpo llegue a debilitarse. En el hombre toda su naturaleza, así como su actividad, está determinada por ciertos límites, fuera de los cuales no se puede pasar. Es verdad que el ejercicio y la práctica afinan la capacidad del trabajo, pero con la condición de que, de cuando en cuando, se cese en el trabajo y se descanse. El trabajo cotidiano no puede prolongarse más allá de lo que toleren las fuerzas. Pero el determinar la duración del reposo depende de la clase de trabajo, de las circunstancias de tiempo y de lugar, y aun de la misma salud de los obreros. A los que trabajan en canteras, o en sacar de lo profundo de la tierra las riquezas en ella escondidas -hierro, cobre y otras cosas semejantes-, porque su trabajo es más pesado y más dañoso a la salud, deberá compensarse con una duración más corta. Además, se ha de tener en cuenta las distintas estaciones del año, pues no pocas veces un mismo trabajo es tolerable en determinada estación, mientras se torna imposible o muy difícil de realizar en otro tiempo. 35. Finalmente, un trabajo proporcionado a un hombre adulto y robusto, no es razonable exigirlo ni a una mujer ni a un niño. Y aun más, gran cautela se necesita para no admitir a los niños en los talleres antes de que se hallen suficientemente desarrollados, según la edad, en sus fuerzas físicas, intelectuales y morales. Las fuerzas que afloran en la juventud son como las tiernas hierbas, que pueden agostarse por un crecimiento prematuro; y entonces se hace imposible aun la misma educación de los niños. Asimismo, hay determinados trabajos impropios de la mujer, preparada


por la naturaleza para las labores domésticas que, si de una parte protegen grandemente el decoro propio de la mujer, de otra responden naturalmente a la educación de los hijos y al bienestar del hogar. Establézcase como regla general que se ha de conceder a los obreros tanto descanso cuanto sea necesario para compensar sus fuerzas, consumidas por el trabajo; porque las fuerzas que afloran en la juventud son restauradas por el descanso. En todo contrato, que se haga entre patronos y obreros, se ha de establecer siempre, expresa o tácita, la condición de proveer convenientemente al uno y al otro descanso: inmoral sería todo pacto contrario, pues a nadie le está permitido exigir o promover la violación de los deberes que con Dios o consigo mismo le obligan. Justo salario 36. Ya llegamos ahora a una cuestión de muy gran importancia: precisa entenderla bien, a fin de no caer en ninguno de los dos extremos opuestos. Dícese que la cuantía del salario se ha de precisar por el libre consentimiento de las partes, de tal suerte que el patrono, una vez pagado el salario concertado, ya ha cumplido su deber, sin venir obligado a nada más. Tan sólo cuando, o el patrono no pague íntegro el salario, o el obrero no rinda todo el trabajo ajustado, se comete una injusticia: y tan sólo en estos casos y para tutelar tales derechos, pero no por otras razones, es lícita la intervención del Estado. Argumento es éste que no aceptará fácil o íntegramente quien juzgare con equidad, porque no es cabal en todos sus elementos, pues le falta alguna consideración de gran importancia. El trabajo es la actividad humana ordenada a proveer a las necesidades de la vida y de modo especial a la propia conservación: con el sudor de tu frente comerás el pan31. Y así, el trabajo en el hombre tiene como impresos por la naturaleza dos caracteres: el de ser personal, porque la fuerza con que trabaja es inherente a la persona, y es completamente propia de quien la ejercita y en provecho de quien fue dada; luego, el de ser necesario, porque el fruto del trabajo sirve al hombre para mantener su vida -manutención, que es inexcusable deber impuesto por la misma naturaleza. Por ello, si se atiende tan sólo al aspecto de la personalidad, cierto es que puede el obrero pactar un salario que sea inferior al justo, porque, al ofrecer él voluntariamente su trabajo, por su propia voluntad puede también contentarse con un modesto salario, y hasta renunciar plenamente a él. Pero muy de otro modo se ha de pensar cuando, además de la personalidad, se considere la necesidad- ods cosas lógicamente distintas, pero inseparables en la realidad. La verdad es que el conservarse en la vida es un deber, al que nadie puede faltar sin culpa suya. Sigue como necesaria consecuencia el derecho a procurarse los medios para sustentarse, que de hecho, en la gente pobre, quedan reducidos al salario del propio trabajo. Y así, admitiendo que patrono y obrero formen por un consentimiento mutuo un pacto, y señalen concretamente la cuantía del salario, es cierto que siempre entra allí un elemento de justicia natural, anterior y superior a la libre voluntad de los contratantes, esto es, que la cantidad del salario no ha de ser inferior al mantenimiento del obrero, con tal que sea frugal y de buenas costumbres. Si él, obligado por la necesidad, o por miedo a lo peor, acepta pactos más duros, que hayan de ser aceptados -se quiera o no se quiera- como impuestos por el propietario o el empresario, ello es tanto como someterse a una violencia contra la que se revuelve la justicia. Por lo demás, en esta y en otras cuestiones -como la jornada del trabajo en cada una de las industrias, las precauciones necesarias para garantizar en los talleres la vida del obrero-, a fin de que la autoridad no se entrometa en demasía, principalmente porque son tan distintas las circunstancias de las cosas, tiempos y lugares, será más oportuno


reservar dicha solución a las corporaciones de que más adelante hablaremos, o intentar otro camino en el que se salven, con arreglo a la justicia, los derechos de los obreros, limitándose el Estado tan sólo a acudir, cuando el caso lo exija, con su amparo y su auxilio. Ahorro - propiedad 37. Si el obrero recibiere un salario suficiente para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, fácil le será, por poco prudente que sea, pensar en un razonable ahorro; y, secundando el impulso de la misma naturaleza, tratará de emplear lo que le sobrare, después de los gastos necesarios, en formarse poco a poco un pequeño capital. Ya hemos demostrado cómo no hay solución práctica y eficaz de la cuestión obrera, si previamente no se establece antes como un principio indiscutible el de respetar el derecho de la propiedad privada. Derecho, al que deben favorecer las leyes; y aun hacer todo lo posible para que, entre las clases del pueblo, haya el mayor número de propietarios. De ello resultarían dos notalbes provechos; y, en primer lugar, una repartición de los bienes ciertamente más conforme a la equidad. Porque la violencia de las revoluciones ha producido la división de la sociedad como en dos castas de ciudadanos, separados mutuamente por una inmensa distancia. De una parte, una clase extrapotente, precisamente por su extraordinaria riqueza; la cual, al ser la única que tiene en su mano todos los resortes de la producción y del comercio, disfruta para su propia utilidad y provecho todas las fuentes de la riqueza, y tiene no escaso poder aun en la misma gobernación del Estado; y enfrente, una muchedumbre pobre y débil, con el ánimo totalmente llagado y pronto siempre a revolverse. Ahora bien; si en esta muchedumbre se logra excitar su actividad ante la esperanza de poder adquirir propiedades estables, poco a poco se aproximará una clase a la otra, desapareciendo la inmensa distancia existente entre los extraordinariamente ricos y los excesivamente pobres. Además de ello, la tierra llegará a producir con mayor abundancia. Cuando los hombres saben que trabajan un terreno propio, lo hacen con un afán y esmero mayor; y hasta llegan a cobrar gran afecto al campo trabajado con sus propias manos, y del cual espera para sí y para su familia no sólo los alimentos, sino hasta cierta holgura abundante. Entusiasmo por el trabajo, que contribuirá en alto grado a aumentar las producciones de la tierra y las riquezas de la nación. Y aun habría de añadirse un tercer provecho: el apego -por parte de todos- a su tierra nativa, con el deseo de permanecer allí donde nacieron, sin querer cambiar de patria, cuando en la suya hallaren medios para pasar la vida en forma tolerable. Ventajas éstas, que no pueden lograrse sino tan sólo con la condición de que la propiedad privada no sea recargada por excesivos tributos e impuestos. Luego si el derecho de la propiedad privada se debe a la misma naturaleza y no es efecto de leyes humanas, el Estado no puede abolirlo, sino tan sólo moderar su uso y armonizarlo con el bien común: el Estado obraría en forma injusta e inhumana, si a título de tributos exigiera de los particulares mucho más de lo que fuere debido en justicia. IV. LAS ASOCIACIONES 38. Finalmente, son los mismos capitalistas y los obreros quienes pueden hacer no poco -contribuyendo a la solución de la cuestión obrera-, mediante instituciones encaminadas a prestar los necesarios auxilios a los indigentes, y que traten de unir a las dos clases entre sí. Tales son las sociedades de socorros mutuos, los múltiples sistemas privados para hacer efectivo el seguro -en beneficio del mismo obrero, o de la orfandad de su mujer e hijos- cuando suceda lo inesperado, cuando la debilidad fuere extrema, o cuando ocurriere algún accidente; finalmente, los patronatos fundados para niños, niñas, jóvenes y aun ancianos que necesitan defensa. Mas ocupan el primer lugar las asociaciones de obreros, que abarcan casi todas aquellas


cosas ya dichas. De máximo provecho fueron, entre nuestros antepasados, los gremios de artesanos; los cuales, no sólo lograban ventajas excelentes para los artesanos, sino aun para las mismas artes, según lo demuestran numerosos documentos. Los progresos de la civilización, las nuevas costumbres y las siempre crecientes exigencias de la vida reclaman que estas corporaciones se adapten a las condiciones presentes. Por ello vemos con sumo placer cómo doquier se fundan dichas asociaciones, ya sólo de obreros, ya mixtas de obreros y patronos; y es de desear que crezcan tanto en número como en actividad. Varias veces hemos hablado ya de ellas; pero Nos complace en esta ocasión mostrar su oportunidad, su legitimidad, su organización y su actividad. 39. La conciencia de la propia debilidad impulsa al hombre y le anima a buscar la cooperación ajena. Dicen las Sagradas Escrituras: Mejor es que estén dos juntos que uno solo; porque tienen la ventaja de la compañía. Si cayere el uno, le sostendrá el otro. ¡Ay de quien está solo, pues no tendrá, si cae, quien lo levante!32. Y en otro lugar: El hermano, ayudado por el hermano, es como una ciudadela fuerte33. Y así como el instinto natural mueve al hombre a juntarse con otros para formar la sociedad civil, así también le inclina a formar otras sociedades particulares, pequeñas e imperfectas, pero verdaderas sociedades. Naturalmente que entre éstas y aquélla hay una gran diferencia, a causa de sus diferentes fines próximos. El fin de la sociedad civil es universal, pues se refiere al bien común, al cual todos y cada uno de los ciudadanos tienen derechos en la debida proporción. Por eso se llama pública, puesto que por ella se juntan mutuamente los hombres a fin de formar un Estado34. Por lo contrario, las demás sociedades que surgen en el seno de aquélla llámanse privadas; y en verdad que lo son, porque su fin próximo es tan sólo el particular de los socios. Sociedad privada es la que se forma para ocuparse de negocios privados, como cuando dos o tres forman una sociedad a fin de comerciar juntos35. El Estado 40. Ahora bien; estas sociedades privadas, aunque existan dentro del Estado y sean como otras tantas partes suyas, sin embargo, en general y absolutamente hablando, no las puede prohibir el Estado en cuanto a su formación. Porque el hombre tiene derecho natural a formar tales sociedades, mientras que el Estado ha sido constituido para la defensa y no para el aniquilamiento del derecho natural; luego, si tratara de prohibir las asociaciones de los ciudadanos, obraría en contradicción consigo mismo, pues tanto él como las asociaciones privadas nacen de un mismo principio, esto es, la natural sociabilidad del hombre. Cuando ocurra que algunas sociedades tengan un fin contrario a la honradez, a la justicia, o a la seguridad de la sociedad civil, el Estado tiene derecho de oponerse a ellas, ora prohibiendo que se formen, ora disolviendo las ya formadas; pero aun entonces necesario es proceder siempre con suma cautela para no perturbar los derechos de los ciudadanos y para no realizar el mal so pretexto del bien público. Porque las leyes no obligan sino en cuanto están conformes con la recta razón, y, por ello, con la ley eterna de Dios36. Asociaciones religiosas 41. Pensamos ahora en las sociedades, asociaciones y órdenes religiosas de toda clase, a las que ha dado vida la autoridad de la Iglesia y la piedad de los fieles, con tantas ventajas para el bienestar mismo de la humanidad cuantas muestra la historia. Dichas sociedades, aun consideradas a la luz sola de la razón, al tener un fin honesto,


por derecho natural son evidentemente legítimas. Si de algún modo se refieren a la religión, únicamente están sometidas a la autoridad de la Iglesia. No puede, pues, el Estado atribuirse sobre ellas derecho alguno, ni arrogarse su administración; antes bien, tiene el deber de respetarlas, conservarlas y, si fuere necesario, defenderlas. Pero, ¡cuán de otra manera ha sucedido, sobre todo en estos nuestros tiempos! En muchos lugares y por las maneras más diversas, el Estado ha lesionado los derechos de tales comunidades, contra toda justicia: las enredó en la trama de las leyes civiles, las privó de toda personalidad jurídica, las despojó de sus bienes: bienes, sobre los que tenía su derecho la Iglesia, el suyo cada uno de los individuos de aquellas comunidades, y el suyo también aquellas personas que los habían dedicado a cierto fin determinado, así como aquellos a cuya utilidad y consuelo estaban dedicados. Nos, pues, no podemos menos de lamentarnos de semejantes despojos tan injustos como perniciosos; y ello, tanto más cuanto que vemos cómo se prohiben sociedades católicas, tranquilas y verdaderamente útiles, al mismo tiempo que solemnemente se proclama pro las leyes el derecho de asociación; y en verdad que tal facultad está concedida con la máxima amplitud a hombres que maquinan por igual contra la Iglesia y contra el Estado. Asociaciones obreras 42. Cierto que hoy son mucho más numerosas y diversas las asociaciones, principalmente de obreros, que en otro tiempo. No corresponde aquí tratar del origen, finalidad y métodos de muchas de ellas. Pero opinión común, confirmada por muchos indicios, es que las más de las veces dichas sociedades están dirigidas por ocultos jefes que les dan una organización contraria totalmente al espíritu cristiano y al bienestar de los pueblos; y que, adueñándose del monopolio de las industrias, obligan a pagar con el hambre la pena a los que no quieren asociarse a ellas. -En tal estado de cosas, los obreros cristianos no tienen sino dos recursos: O inscribirse en sociedades peligrosas para la religión, o formar otras propias, uniéndose a ellas, a fin de liberarse valientemente de opresión tan injusta como intolerable. ¿Quién dudará en escoger la segunda solución, a no ser que quiera poner en sumo peligro el último fin del hombre? 43. Muy dignos, pues, de alabar son muchos católicos que, conociendo las exigencias de estos tiempos, ensayan e intentan el método que permita mejorar a los obreros por medios honrados. Y una vez quehan tomado su causa, se afanan por mejorar su prosperidad, tanto la individual como la familiar, así como también por mejorar las relaciones mutuas entre patronos y obreros, formando y confirmando en unos y en otros el recuerdo de sus deberes y la observancia de los preceptos evangélicos: preceptos que, al prohibir al hombre toda intemperancia, le hacen ser moderado; a la vez que, en medio de tantas y tan distintas personas y circunstancias, logran que, dentro de la sociedad, se mantenga la armonía. Para ese fin vemos cómo se reúnen con frecuencia, en Congresos, varones los más ilustres que se comunican mutuamente sus consejos, unen sus fuerzas, se consultan sobre los mejores procedimientos. Otros se consagran a reunir a los obreros, según sus diversas clases, en oportunas sociedades: las ayudan con sus consejos y sus medios, les procuran honrado y fructuoso trabajo. Les animan y patrocinan los Obispos, y bajo su dependencia muchos miembros de uno y otro clero atienden con singular celo al bien espiritual de los asociados. Ni siquiera faltan católicos ricos que, como haciendo causa común con los trabajadores, no perdonan gastos para fundar y difundir ampliamente asociaciones que le ayuden al obrero, no sólo a proveerse con su trabajo para las necesidades presentes, sino también a asegurarse un decoroso y tranquilo descanso en lo por venir. Los grandes beneficios que tantos y tan denodados esfuerzos han logrado para el bien común, son tan conocidos que sería inútil querer hablar ahora de


ellos. Pero nos dan ocasión de esperar todo lo mejor para lo futuro, si estas sociedades crecieren sin cesar y se organizaren con prudencia y moderación. Proteja el Estado semejantes asociaciones jurídicamente legítimas, pero no se entrometa en lo íntimo de su organización y disciplina; porque el movimiento vital nace de un principio interior y fácilmente lo sofocan los impulsos exteriores. 44. Esta sabia organización y disciplina es absolutamente necesaria para que haya unidad de acción y de voluntades. Por lo tanto, si los ciudadanos tienen -como lo han hecho- perfecto derecho a unirse en sociedad, también han de tener un derecho igualmente libre a escoger para sus socios la reglamentación que consideren más a propósito para sus fines. -No creemos que se pueda definir con reglas ciertas y precisas cuál deba ser dicha reglamentación: ello depende más bien de la índole de cada pueblo, de la experiencia y de la práctica, de la cualidad y de la productividad de los trabajos, del desarrollo comercial, así como de otras muchas circunstancias, que la prudencia debe tener muy en cuenta. En resumen; puede establecerse la regla general y constante de que las asociaciones de los obreros deben ordenarse y gobernarse de tal suerte que suministren los medios más oportunos y convenientes para la consecución de su fin, el cual consiste en que cada uno de los asociados reciba de aquéllas el mayor beneficio posible tanto físico como económico y moral. Es evidente que ha de tenerse muy en cuenta, como fin principal, la perfección religiosa y mora; y que a tal perfección debe enderezarse toda la disciplina social. Pues de otra suerte dichas sociedades degenerarían y se deformarían, y no tendrían mucha ventaja sobre aquellas otras asociaciones que no quieren preocuparse para nada de la religión. Por lo demás ¿de qué serviría al obrero haber podido encontrar en la sociedad una gran abundancia de bienes materiales, si su alma se pusiera en peligro de perderse por no recibir su propio alimento? ¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?37. Consigna es de Cristo Jesús, que señala el carácter que distingue al cristiano del pagano: Todas esas cosas las van buscando los gentiles..., buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas os serán añadidas38. Partiendo, pues, de Dios como principio, gran importancia se dará a la instrucción religiosa, de suerte que cada uno conozca sus deberes para con Dios, qué debe creer, qué debe esperar y qué debe hacer para su eterna salvación; que todo esto lo lleguen a saber muy bien y que se tenga buen cuidado de fortalecerles y prevenirles contra los errores corrientes y contra los varios peligros de corrupción. Que el obrero se anime al culto de Dios y al amor de la piedad, y señaladamente a la observancia de los días festivos. Aprenda a reverenciar y amar a la Iglesia, madre común de todos; y asimismo a obedecer sus mandatos y frecuentar los sacramentos, medios establecidos por Dios para lavar las manchas del alma y para adquirir la santidad. 45. Si el fundamento de los estatutos sociales se coloca en la religión, llano está el camino para regular las relaciones mutuas de los socios mediante la plena tranquilidad en su convivencia y el mejor bienestar económico. Distribúyanse los cargos, atendiendo tan sólo a los intereses comunes; y ello con tal armonía, que la diversidad no perjudique a la unidad. Conviene, asimismo, muy bien distribuir y determinar claramente lascargas, y ello de tal suerte que a nadie se lastime en su derecho. Que los bienes comunes de la sociedad se administren con rectitud, de tal suerte que los socorros sean distribuidos en razón de la necesidad de cada uno; y que los derechos y deberes de los patronos se armonicen bien con los derechos y deberes de los obreros. Si unos u otros se creyeren dañados en algo, de desear es que se busquen en el seno de la misma corporación hombres prudentes e íntegros, que como árbitros terminen el pleito con arreglo a los mismos estatutos sociales. Con suma diligencia habrá de proveerse para que en ningún tiempo falte trabajo al obrero, y para que haya fondos disponibles con que acudir a las necesidades de cada uno; y ello, no


sólo en las crisis repentinas y casuales de la industria, sino también cuando la enfermedad, la vejez o los infortunios pesaren sobre cualquiera de ellos. Invitación a los obreros 46. Si tales estatutos son aceptados voluntariamente, se habrá provisto lo bastante al bienestar material y moral de las clases inferiores; y las sociedades católicas ejercitarán una influencia no pequeña en el próspero progreso de la misma sociedad civil. Lo pasado nos autoriza no sin razón a prever lo futuro. Pasan los tiempos, pero las páginas de la historia son muy semejantes, porque están regidas por la providencia de Dios, la cual gobierna y endereza todos los acontecimientos y sus consecuencias hacia aquel fin que ella se prefijó al crear el linaje humano. -Sabemos que en los primeros tiempos de la Iglesia se censuraba a los cristianos, porque la mayor parte de ellos vivían de limosna o del trabajo. Y aun así, pobres y débiles, lograron conciliarse la simpatía de los ricos y el patrocinio de los poderosos. Se les podía contemplar activos, laboriosos, pacíficos, ejemplares en la justicia y, sobre todo, en la caridad. Y, ante tal espectáculo de vida y costumbres, se desvaneció todo prejuicio, enmudeció la maledicencia de los malvados; y, poco a poco, las mentiras de la inveterada superstición cedieron su lugar a la verdad cristiana. 47. Mucho se habla ahora de la cuestión obrera, cuya buena o mala solución interesa grandemente al Estado. Bien la solucionarán los obreros cristianos, si, unidos en asociaciones y dirigidos con prudencia, siguieren el mismo camino que con tanto beneficio para sí y la sociedad recorrieron nuestros padres y antepasados. Porque gran verdad es que, por mucha que sea entre los hombres la fuerza de los prejuicios y de las pasiones, sin embargo, si la malicia en el querer no apagare en ellos el sentido de la honestidad, deberá ser mucho mayor la benevolencia de los ciudadanos hacia aquellos obreros, cuando les vieren activos y moderados, sobreponiendo la justicia a las ganancias y anteponiendo la conciencia de su deber a todas las demás cosas. Y de ello se seguirá otra ventaja, esto es, el ofrecer esperanza y facilidad no pequeña de conversión aun a aquellos obreros, a quienes falta la fe o una vida según la fe. Estos, no pocas veces, comprenden que han sido engañados por falsas apariencias, por vanas ilusiones. Y sienten también cómo amos codiciosos les tratan inhumanamente, y cómo casi no les estiman sino en poco más de lo que producen con su trabajo; y cómo en las sociedades, donde se encuentran metidos, en vez de caridad y amor no hay sino internas discordias compañeras inseparables de la pobreza orgullosa e incrédula. Desanimados en su espíritu y extenuados en su cuerpo, muchos querrían liberarse de esclavitud tan abyecta; pero no se atreven, o porque lo impide el respeto humano o porque tiemblan ante la segura miseria. En modo admirable aprovecharían a todos éstos para su salvación las asociaciones católicas, si, allanándoles el camino, les invitaren haciéndoles salir de las dudas; y si, ya arrepentidos, los acogieren en su patrocinio y su socorro. SOLUCIÓN DEFINITIVA: CARIDAD 48. Ved, Venerables Hermanos, quiénes y de qué modo han de trabajar en esta cuestión tan difícil. -Que cada uno cumpla en la parte que le corresponde; y ello muy pronto, porque la tardanza haría más difícil la cura de un mal ya tan grave. Cooperen los gobiernos plenamente con buenas leyes y previsoras ordenanzas; ricos y patronos tengan siempre muy presentes sus deberes; hagan cuanto puedan, dentro de lo justo, los obreros, porque ellos son los interesados: y puesto que, según hemos dicho ya desde el principio, el verdadero y radical remedio tan sólo puede venir de la religión, todos deben persuadirse de cuán necesario es volver plenamente a la vida cristiana, sin la cual aun los medios más prudentes y que se consideren los más idóneos en la materia, de muy poco servirán para lo que se desea.


La Iglesia nunca dejará que falte en modo alguno su acción, tanto más eficaz cuanto más libre sea; y, sobre todo, deben persuadirse de esto quienes tienen por misión proveer al bien común de los pueblos. Pongan en ello todo su entusiasmo y generosidad de celo los Ministros del Santuario; y, guiados por vuestra autoridad y con vuestro ejemplo, Venerables Hermanos, nunca se cansen de inculcar a todas las clases de la sociedad las máximas vitales del Evangelio; hagan cuanto puedan en trabajar por la salvación de los pueblos y sobre todo procuren defender en sí y encender en los demás, grandes y humildes, la caridad, que es señora y reina de todas las virtudes. Porque la deseada salvación debe ser principalmente fruto de una gran efusión de la caridad; queremos decir, de la caridad cristiana que es la ley en que se compendia todo el Evangelio y que, pronta siempre a sacrificarse por el prójimo, es el más seguro antídoto contra el orgullo y el egoísmo del mundo; virtud, cuyos rasgos y perfiles plenamente divinos trazó San Pablo con estas palabras: La caridad es paciente, es benigna; no busca sus provechos; todo lo sufre; todo lo sobrelleva39. En prenda de los divinos favores y en testimonio de Nuestro amor, a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro Clero y a vuestro pueblo, con gran afecto en el Señor, os damos la Bendición Apostólica. Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1891, año décimocuarto de Nuestro Pontificado. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16

Deut. 5, 21. Gen. 1, 28. S. Th. 2. 2ae., 10, 12. Gen. 3, 17. Iac. 5, 4. 2 Tim. 2, 12. 2 Cor. 4, 17. Cf. Mat. 19, 23-24. Cf. Luc. 6, 24-25. 2. 2ae., 66, 2. Ibid. 2. 2 ae., 32, 6. Luc. 11, 41. Act. 20, 25. Cf. Mat. 25, 40. S. Greg. M. In Evang. Hom. 9, n. 7.


17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39

2 Cor. 8, 9. Marc. 6, 3. Cf. Mat. 5, 3. Cf. Mat. 11, 28. Rom. 8, 17. Cf. 1 Tim. 6, 10. Act. 4, 34. Apolog. 2, 39. 2. 2 ae., 61, 1 ad 2. S. Th. De regimine princ. 1, 15. Gen. 1, 28. Rom. 10, 12. Ex. 20, 8. Gen. 2, 2. Gen. 3, 19. Eccl. 4, 9-12. Prov. 18, 19. S. Th. Contra impugn. Dei cultum et relig. c. 2. Ibid. Cf. S. Th. 1. 2 ae., 13, 3. Cf. Mat. 16, 26. Cf. Mat. 6, 32-33. 1 Cor. 13, 4-7


Quadragesimo anno Carta enciclica de S.S. Pío XI sobre la restauración del orden social en plena conformidad con la ley evangélica, 15 de mayo de 1931 Cuarenta años han transcurrido desde la publicación de la magistral encíclica Rerum novarum, de León XIII, Predecesor Nuestro, de s. m.; y todo el mundo católico, movido por un ímpetu de profunda gratitud, se apresta a celebrar su conmemoración con la brillantez que se merece tan excelso documento. A tan insigne testimonio de su solicitud pastoral, Nuestro Predecesor había preparado el camino con otras encíclicas sobre los fundamentos de la sociedad humana, o sea, la familia y el venerable sacramento del Matrimonio1, sobre el origen del poder civil2, y sus relaciones con la Iglesia3, y sobre los principales deberes de los ciudadanos cristianos4, contra los errores del socialismo5 y sobre la perniciosa doctrina acerca de la libertad humana6; y otras muchas semejantes, que expresaban abundantemente el pensamiento de León XIII. Pero la encíclica Rerum novarum se distingue particularmente entre las demás por haber trazado, cuando era más oportuno y sobre todo necesario, normas segurísimas a todo el género humano para resolver los arduos problemas de la sociedad humana, comprendidos bajo el nombre de cuestión social. OCASIÓN 2. En efecto, cuando el siglo XIX llegaba a su término, el nuevo sistema económico y los nuevos incrementos de la industria en la mayor parte de las naciones hicieron que la sociedad humana apareciera cada vez más claramente dividida en dos clases: la una, con ser la menos numerosa, gozaba de casi todas las ventajas que los inventos modernos proporcionan tan abundantemente; mientras la otra, compuesta de ingente muchedumbre de obreros, reducida a angustiosa miseria, luchaba en vano por salir de la estrechez en que vivía. Era un estado de cosas al cual con facilidad se avenían quienes, abundando en riquezas, lo creían producido por leyes económicas necesarias; de ahí que todo el cuidado para aliviar esas miserias lo encomendaran tan sólo a la caridad, como si la caridad debiera encubrir la violación de la justicia, que los legisladores humanos no sólo toleraban, sino aun a veces sancionaban. Al contrario, los obreros, afligidos por su angustiosa situación, la sufrían con grandísima dificultad y se resistían a sobrellevar por más tiempo tan duro yugo. Algunos de ellos, impulsados por la fuerza de los malos consejos, deseaban la revolución total, mientras otros, que en su formación cristiana encontraban obstáculo a tan perversos intentos, eran de parecer que en esta materia muchas cosas necesitaban reforma profunda y rápida. Así también pensaban muchos católicos, sacerdotes y seglares, que, impulsados ya hacía tiempo por su admirable caridad a buscar remedio a la inmerecida indigencia de los proletarios, no podían convencerse, en manera alguna, de que tan grande y tan inicua diferencia en la distribución de los bienes temporales pudiera en realidad ajustarse a los designios del Creador Sapientísimo. En tan doloroso desorden de la sociedad buscaban éstos sinceramente un remedio urgente y una firme defensa contra mayores peligros; mas por la debilidad de la mente humana, aun en los mejores, sucedió que, de una parte, fueran rechazados como peligrosos innovadores, y por la otra, encontraran obstáculo -dentro sus mismas filas-


en los defensores de pareceres contrarios; por lo que, sin opción entre tan diversas opiniones, dudaban qué camino habían de tomar. En tan grave lucha de pareceres, mientras por una y otra parte ardía grave la controversia, y no siempre pacíficamente, los ojos de todos se volvían, como en tantas ocasiones, a la Cátedra de Pedro, depósito sagrado de toda verdad, de la cual se difunden palabras de salvación para todo el mundo. Hasta los pies del Vicario de Cristo en la tierra acudían con insólita frecuencia así los entendidos en materias sociales como los patronos y aun los mismos obreros, y con voz unánime suplicaban que, por fin, se les indicara el camino seguro. Largo tiempo meditó delante del Señor aquel prudentísimo Pontífice todo este conjunto de cosas; llamó a consejo a varones sabios, consideró atentamente y en todos sus aspectos la importancia del asunto y, por fin, escuchando la voz de la conciencia del oficio Apostólico7 y para que su silencio no pareciera abandono de su deber8, determinó hablar a toda la Iglesia de Cristo y a todo el género humano con la autoridad del divino magisterio a El confiado. Resonó, pues, el 15 de mayo de 1891, aquella tan deseada voz, ni asustada por la dificultad del tema, ni debilitada tampoco por la vejez; y, más bien reforzada con un resucitado vigor, enseñó a la gran familia humana a entrar por nuevos caminos en lo tocante a la vida social. PUNTOS CAPITALES 3. Os es, Venerables Hermanos y amados hijos, conocida y muy familiar la admirable doctrina con la que para siempre se hizo célebre la encíclica Rerum novarum. El buenísimo Pastor dolorido de que tan gran parte de los hombres se hallara sumida indignamente en una miserable y calamitosa situación, había tomado sobre sí el empeño de defender la causa de los obreros, que el tiempo había entregado solos e indefensos a la inhumanidad de sus patronos y a la ambición de despiadados competidores9. No pidió auxilio ni al liberalismo ni al socialismo: el primero se había mostrado completamente impotente para dar una solución legítima a la cuestión social; y el segundo proponía un remedio que, al ser mucho peor que el mismo mal, hubiese lanzado a la sociedad humana a mayores peligros. El Pontífice, en el uso de su pleno derecho, cual consciente guardián de la religión y administrador de los intereses con ella relacionados, puesto que se trataba de una cuestión en la que no es aceptable ninguna solución si no se recurre a la religión y a la Iglesia10, fundado únicamente en los inmutables principios derivados de la recta razón y del tesoro de la revelación divina, con toda confianza y como teniendo poder11 señaló y proclamó los derechos y las obligaciones que regulan las relaciones entre los ricos y los proletarios, entre los que aportan el capital y los que contribuyen con su trabajo12, como también la parte que toca a la Iglesia, a los poderes públicos y a todos cuantos con el problema se hallan más interesados. No resonó en vano aquella voz apostólica. La oyeron con estupor y la acogieron con el mayor favor, no sólo los hijos obedientes de la Iglesia, sino también muchos que estaban lejos de la verdad y de la unidad de la fe, y casi todos los que en adelante se preocuparon, o como estudiosos particulares o como públicos legisladores, de la cuestión social y económica. Pero quienes con mayor alegría recibieron aquella Encíclica fueron los obreros cristianos, que ya se sentían defendidos y vindicados por la suprema autoridad de la tierra, y no menor gozo cupo a todos aquellos varones generosos que, preocupados


hacía tiempo por aliviar la condición de los obreros, apenas habían encontrado hasta entonces otra cosa que indiferencia en muchos y odiosas sospechas, cuando no abierta hostilidad, en no pocos. Con razón, pues, todos ellos fueron acumulando tan grandes honores sobre aquella Encíclica; y todos los años suele renovarse su recuerdo con manifestaciones de gratitud, que varían según los diversos lugares. No faltaron, sin embargo, quienes en medio de tanta concordia experimentaron alguna conmoción: algunos, aun católicos, recibieron con recelo, y algunos hasta con escándalo, la doctrina de León XIII, tan noble y profunda y que a los oídos mundanos sonaba como totalmente nueva. Ella, en efecto, se enfrentaba valiente con los ídolos del liberalismo y los echaba a tierra, no tenía en cuenta para nada los prejuicios ya tan inveterados, se adelantaba, sorprendiendo, a los tiempos contra lo que se pudiera esperar; y así fue que los aferrados en demasía a lo antiguo se desdeñaban de aprender esta nueva filosofía social, y los de espíritu apocado se asustaban de ascender a alturas tantas; y no faltaron quienes admiraron aquella claridad, pero la juzgaron como un ideal quimérico de perfección, más bien deseable que realizable. FINALIDAD DE LA ENCÍCLICA En todas partes se va a celebrar con fervoroso espíritu la solemne conmemoración del cuadragésimo aniversario de la encíclica Rerum novarum, principalmente en Roma, donde se reúnen obreros católicos de todo el mundo. Creemos oportuno, Venerables Hermanos y amados hijos, aprovechar la ocasión para recordar los grandes bienes que de ella brotaron en favor de la Iglesia católica y aun de la sociedad humana; para defender la doctrina social y económica de tan gran Maestro contra algunas dudas y desarrollaría más en algunos puntos; por fin, para descubrir, tras un diligente examen del moderno régimen económico y del socialismo, la raíz de la presente perturbación social y mostrar al mismo tiempo el único camino de salvadora restauración, o sea, la reforma cristiana de las costumbres. Todas estas cosas, que Nos proponemos tratar, constituirán los tres puntos cuyo desarrollo ocupará toda la presente Encíclica. I. FRUTOS DE LA ENCÍCLICA «RERUM NOVARUM» 4. Al dar principio al punto propuesto en primer lugar, Nos vienen a la mente aquellas palabras de San Ambrosio: No hay deber mayor que el agradecimiento13, y sin podernos contener damos a Dios Omnipotente las más rendidas gracias por los inmensos beneficios que la Encíclica de León XIII ha traído a la Iglesia y a la sociedad humana. Si quisiéramos recordar, aunque fuera de corrida, estos beneficios, tendríamos que traer a la memoria casi toda la historia de estos últimos cuarenta años en lo que se refiere a la vida social. Con todo, pueden fácilmente reducirse a tres puntos principales, siguiendo las tres clases de intervención que Nuestro Predecesor anhelaba para realizar su gran obra restauradora. A) LA OBRA DE LA IGLESIA 5. Ya el mismo León XIII había luminosamente declarado lo que se debería esperar de la Iglesia: De hecho la Iglesia es la que saca del Evangelio las doctrinas, gracias a las cuales o ciertamente se resolverá el conflicto, o al menos podrá lograrse que, limando asperezas, se haga más suave: ella -la Iglesia- procura con sus enseñanzas no sólo iluminar las inteligencias, sino también regir la vida y costumbres de cada uno con sus preceptos; ella, mediante un gran número de benéficas instituciones, mejora la condición misma de las clases proletarias14.


EN LA DOCTRINA 6. Ahora bien: la Iglesia en modo alguno dejó se estancaran fuentes tan preciosas; antes bien, bebió en ellas a raudales para el bien común de la tan ansiada paz social. La doctrina que en materia social y económica contenía la encíclica Rerum novarum, el mismo León XIII y sus sucesores la proclamaron repetidas veces, ya de palabra, ya en sus escritos; y cuando hizo falta, no cesaron de inculcarla y adaptarla convenientemente según las exigencias de las circunstancias y de los tiempos, mostrando siempre caridad de padres y constancia de pastores en defender principalmente a los pobres y a los débiles15. Lo mismo hicieron tantos Obispos, que expusieron la misma doctrina con asiduidad y prudencia, la ilustraron con sus comentarios y cuidaron de acomodarla a las distintas circunstancias de los diversos países, según la mente y las enseñanzas de la Santa Sede16. Nada tiene, pues, de extraño que muchos doctos varones, eclesiásticos y seglares, bajo la guía y magisterio de la Iglesia, emprendieran con diligencia el ocuparse de la ciencia social y económica, según las necesidades de nuestra época. Les guiaba principalmente el empeño de que la doctrina absolutamente inalterada e inalterable de la Iglesia satisficiera más eficazmente a las nuevas necesidades. Y así, por el camino que enseñó la luz que trajo la Encíclica de León XIII, brotó una verdadera ciencia social católica; y de día en día la fomentan y enriquecen con su trabajo asiduo esos varones esclarecidos que llamamos cooperadores de la Iglesia. Los cuales no la dejan escondida en sus reuniones eruditas, sino que la sacan a la plena luz del día. Magníficamente lo demuestran las cátedras instituidas y frecuentadas con gran utilidad en las Universidades católicas, Academias, Seminarios; los Congresos sociales o Semanas tantas veces celebrados, los Círculos de estudio organizados y llenos de frutos consoladores, y, finalmente, tantos escritos sanos y oportunos, divulgados por todas partes y por todos los medios. Pero no quedan reducidos a estos límites los beneficios que trajo el documento de León XIII: la doctrina contenida en la encíclica Rerum novarum se fue adueñando, casi sin sentir, aun de aquellos que, apartados de la unidad católica, no reconocen el poder de la Iglesia; y así, los principios católicos en materia social fueron poco a poco formando parte del patrimonio de toda la sociedad humana, y ya vemos con alegría que las eternas verdades tan altamente proclamadas por Nuestro Predecesor, de f. m., con frecuencia se alegan y se defienden no sólo en libros y periódicos acatólicos, sino aún en el seno de los Parlamentos y ante los Tribunales de justicia. Más aún: cuando, después de cruel guerra, los jefes de las naciones más poderosas trataron de volver a la paz, mediante una renovación total de las condiciones sociales, entre las normas establecidas para regir en justicia y equidad el trabajo de los obreros, sancionaron muchísimas cosas que se ajustan perfectamente a los principios y avisos de León XIII, hasta el punto de parecer extraídas de ellos. Ciertamente, la encíclica Rerum novarum quedaba consagrada ya como documento memorable, al cual con justicia pueden aplicarse las palabras de Isaías: Enarbolará una bandera para las naciones17. EN LAS APLICACIONES 7. Entre tanto, mientras, abierto el camino por las investigaciones científicas, los mandatos de León XIII penetraban en las inteligencias de los hombres, procedióse a su aplicación práctica. Primeramente, con viva y solícita benevolencia, se dirigieron los cuidados a elevar la clase de aquellos hombres que, aumentada considerablemente con el desarrollo progresivo de las industrias modernas, aun no había obtenido un


lugar o grado adecuado en la sociedad humna, y, por lo tanto, yacía casi olvidada y despreciada: la clase de los obreros. A ellos dedicaron inmediatamente sus más celosos afanes, siguiendo el ejemplo de los Obispos, sacerdotes de ambos cleros, que, aun hallándose ocupados en otros ministerios pastorales, obtuvieron también en este campo frutos magníficos en las almas. El constante trabajo emprendido para imbuir el ánimo de los obreros en el espíritu cristiano, ayudó en gran manera a hacerlos conscientes de su verdadera dignidad y a que, al serles propuestos claramente los derechos y las obligaciones de su clase, progresaron legítima y prósperamente, y aun llegaran a ser guías de los otros. Así es como ellos lograron obtener, ya con más seguridad, mayores recursos para la vida; no sólo se multiplicaron las obras de beneficencia y caridad según los consejos del Pontífice, sino que, además, siguiendo el deseo de la Iglesia, y generalmente bajo la guía de los sacerdotes, nacieron por doquier nuevas y cada día más numerosas asociaciones de auxilio o socorro mutuo para obreros, artesanos, campesinos y asalariados de todo género. B) LA OBRA DEL ESTADO 8. Por lo que atañe al Poder civil, León XIII, sobrepasando audazmente los límites impuestos por el liberalismo, enseñó con valentía que aquél no puede limitarse a ser mero guardián del derecho y del recto orden, sino que debe trabajar con todo empeño para que con todo el conjunto de sus leyes e instituciones políticas, ordenando y administrando el Estado, ... se promueva tanto la prosperidad privada como la pública18. Bien es verdad que a las familias y a los individuos se les ha de dejar su justa libertad de acción, mas ello siempre sin daño del bien común y sin injusticia alguna de las personas. A los gobernantes les toca defender la comunidad y todas sus partes; pero, al proteger los derechos de los particulares, debe tener principal cuenta de los débiles y de los desamparados: Porque la clase rica, fuerte ya de por sí, necesita menos la defensa pública; mientras que las clases inferiores, que no cuentan con propias defensas, tienen una especial necesidad de encontrarlas en el patrocinio del mismo Estado. Por lo tanto, hacia los obreros, que se hallan en el número de los pobres y necesitados, debe el Estado dirigir preferentemente sus cuidados y su providencia19. No hemos de negar, en efecto, que algunos de los gobernantes, aun antes de la Encíclica de León XIII, hayan provisto a las más urgentes necesidades de los obreros y reprimido las mas atroces injusticias que se cometían con ellos. Pero desde la Cátedra de Pedro resonó la voz apostólica por el mundo entero; y entonces, finalmente, los gobernantes, más conscientes del deber, se prepararon a promover una política social más activa. En realidad, la encíclica Rerum novarum, mientras vacilaban los principios liberales que hacía tiempo impedían toda obra eficaz de gobierno, obligó a los pueblos mismos a favorecer con más verdad y más intensidad la política social; animó a algunos excelentes católicos a colaborar útilmente en esta materia con los gobernantes, siendo frecuentemente ellos los promotores más ilustres de esa nueva política en los Parlamentos; más aún: sacerdotes de la Iglesia, penetrados totalmente por la doctrina de León XIII, fueron quienes en no pocos casos propusieron al voto de los diputados las mismas leyes sociales recientemente promulgadas y quienes decididamente exigieron y promovieron su cumplimiento. De ese trabajo ininterrumpido y de esa labor infatigable surgió un nuevo ramo de la ciencia jurídica, completamente desconocido en los tiempos pasados, que defiende valientemente los derechos sagrados de los obreros, como nacidos de su dignidad de


hombres y de cristianos: estas leyes se proponen la protección de los obreros, y principalmente la de las mujeres y la de los niños: su alma, salud, fuerzas, familia, casa, oficinas, salarios, accidentes del trabajo; en fin, todo cuanto pertenece a la vida y a la familia de los obreros. Si tales leyes no se ajustan ni en todas partes, ni en sus detalles, a las normas de León XIII, no se puede negar que en ellas se escucha muchas veces el eco de la encíclica Rerum novarum, a la que debe atribuirse en parte muy considerable las mejoras logradas en su condición de obreros. C) LAS ASOCIACIONES 9. Finalmente, el sapientísimo Pontífice enseña que los patronos y aun los mismos obreros pueden contribuir especialmente a la solución mediante instituciones encaminadas a prestar los necesarios auxilios a los indigentes, y que traten de unir a las dos clases entre sí20. Afirma que entre estas instituciones ocupan el primer lugar las asociaciones, ya de sólo obreros, ya de obreros y de patronos, y se detiene a ilustrarlas y recomendarlas, explicando con sabiduría admirable su naturaleza, razón de ser, oportunidad, derechos, obligaciones y leyes. Estas enseñanzas fueron publicadas en el momento más oportuno; cuando los gobernantes de ciertas naciones, esclavizados totalmente por el liberalismo, favorecían poco a las asociaciones de obreros, y aun eran abiertamente opuestos a ellas; y, mientras hasta con favor y privilegios reconocían similares asociaciones para otras clases y aun las protegían, con odiosa injusticia negaban todo derecho de asociación precisamente a los que más la necesitaban para defenderse de los atropellos de los poderosos. Y no faltaron, aun entre los mismos católicos, quienes miraban con suspicacia los intentos de los obreros por formar tales asociaciones, como si tuvieran cierto resabio socialista o revolucionario. OBRERAS 10. Las normas trazadas por León XIII, en uso de su autoridad, consiguieron romper esas oposiciones y deshacer esos prejuicios, y merecen, por lo tanto, el mayor encomio; pero su mayor importancia está en que amonestaron a los obreros cristianos para que formasen las asociaciones profesionales y les enseñaron el modo de hacerlas, y con ello grandemente confirmaron en el camino del deber a no pocos que se sentían atraídos con vehemencia por las asociaciones socialistas, las cuales se hacían pasar como el único refugio y defensa de los humildes y oprimidos. Por lo que toca a la creación de esas asociaciones, la encíclica Rerum novarum observaba muy oportunamente que han de ordenarse y gobernarse de tal suerte que suministren los medios más oportunos y convenientes para conseguir el fin propuesto, que consiste en que cada uno reciba de la sociedad el mayor beneficio posible, tanto físico como económico y moral. Sin embargo, es evidente que ha de tenerse muy en cuenta, como fin principal, la perfección religiosa y moral, y que a tal fin ha de enderezarse toda la disciplina social21. Porque si el fundamento de las leyes sociales se coloca en la religión, llano está el camino para regular las relaciones mutuas de los socios con plena tranquilidad en su convivencia y el mejor bienestar económico22. A fundar estas instituciones se dedicaron con prontitud digna de alabanza el clero y muchos seglares, ansiosos de llevar a la realidad, íntegramente, el propósito de León XIII. Y así, las citadas asociaciones formaron obreros verdaderamente cristianos, los cuales, al armonizar la diligencia en el ejercicio profesional con los preceptos saludables de la religión, defendieron sus propios temporales intereses y derechos con eficacia y fortaleza, manteniendo su obligada sumisión a la justicia y su sincero deseo


de colaborar con las demás clases de la sociedad a la restauración cristiana de toda la vida social. Consejos e indicaciones de León XIII, que se llevaron a la práctica de distintas maneras, según las variables circunstancias de los diversos lugares. Así, en algunas regiones una misma asociación tomaba a su cargo realizar todos los fines señalados por el Pontífice; en otras, porque las circunstancias lo aconsejaban o lo exigían, se recurrió a una especie de división del trabajo y se instituyeron distintas asociaciones: las unas se encargaron de la defensa de los derechos y mejoras legítimas de los asociados, en los contratos de trabajo; otras, de la ayuda mutua en los asuntos económicos; otras, finalmente, de cuidar los deberes religiosos y morales y otras obligaciones semejantes. Este segundo método se empleó principalmente donde los católicos no podían constituir sindicatos católicos por impedirlo las leyes del Estado, o determinadas prácticas de la vida económica, o esa lamentable discordia de ánimos y voluntades tan profunda en la sociedad moderna, así como la urgente necesidad de resistir con la unión de fuerzas y voluntades a las apretadas falanges de los que maquinan novedades. En tales circunstancias los católicos se ven como obligados a inscribirse en sindicatos neutros, con tal que éstos respeten siempre la justicia y la equidad y dejen a sus socios católicos una plena libertad para cumplir con su conciencia y obedecer a los mandatos de la Iglesia. Pertenece, pues, a los Obispos, si reconocen que esas asociaciones son impuestas por las circunstancias y no presentan peligro para la religión, aprobar que los obreros católicos se adhieran a ellas, teniendo, sin embargo, ante los ojos los principios y garantías que Nuestro Predecesor, de s. m., Pío X, recomendaba23; entre esas garantías, la primera y principal es que siempre junto a esos sindicatos han de existir otras agrupaciones dedicadas a dar a sus miembros una seria formación religiosa y moral, para que ellos, a su vez, puedan infundir en las organizaciones sindicales el buen espíritu que debe animar toda su actividad. Así se logrará que esas agrupaciones ejerzan una influencia benéfica aun fuera del círculo de sus miembros. Gracias, pues, a la Encíclica de León XIII, las asociaciones obreras están florecientes en todas partes, y hoy cuentan con una gran multitud de afiliados, por más que todavía, desgraciadamente, les superen en número las agrupaciones socialistas y comunistas; a aquéllas se debe el que, dentro de los confines de cada nación y aun en Congresos más generales, se puedan defender con eficacia los derechos y peticiones legítimas de los obreros cristianos, promoviendo así los saludables principios cristianos en torno a la sociedad. DE OTRAS "CLASES" 11. Además de esto, las verdades tan sabiamente razonadas y tan enérgicamente defendidas por León XIII sobre el derecho natural de asociación se comenzaron a aplicar con facilidad aun a otras asociaciones, ya no sólo a las de los obreros; por lo cual debe atribuirse a la misma Encíclica de León XIII, en no pequeña parte, el que aun entre los campesinos y gentes de condición media hayan florecido y aumenten de día en día estas utilísimas agrupaciones y otras muchas instituciones que felizmente a las ventajas económicas unen el cuidado de las almas. DE PATRONOS 12. No se puede afirmar otro tanto de las agrupaciones entre patronos y jefes de industria, que Nuestro Predecesor deseaba ardorosamente ver instituidas, y que, con dolor lo confesamos, son aun escasas; mas eso no debe sólo atribuirse a la voluntad


de los hombres, sino a las dificultades mucho más graves que se oponen a tales agrupaciones, y que Nos conocemos muy bien y ponderamos en su justo peso. Pero tenemos esperanza fundada de que en breve desaparecerán los impedimentos; y aun ahora, con íntimo gozo de Nuestro corazón, saludamos ciertos ensayos no vanos, cuyos copiosos frutos prometen mies mucho más abundante para lo futuro24. CONCLUSIÓN 13. Todos estos beneficios, Venerables Hermanos y amados hijos, debidos a la Encíclica de León XIII, más bien delineados que descritos, son tantos y tan grandes, que prueban plenamente que en ese documento inmortal no se dibujaba un ideal social bellísimo, sí, pero quimérico y demasiado alejado de las verdaderas exigencias económicas de nuestros tiempos, y por lo mismo irrealizable. Por lo contrario, demuestran que Nuestro Predecesor bebió del Evangelio, fuente viva y vital, la doctrina que puede, si no acabar inmediatamente, al menos mitigar en gran manera esa lucha mortal e intestina que desgarra a la sociedad humana. Que la buena semilla tan abundantemente sembrada hace cuarenta años cayó en gran parte en buena tierra, lo atestigua la hermosa mies que con el favor de Dios ha recogido la Iglesia de Cristo, y aun todo el género humano para bien de todos. No, es por lo tanto, temerario afirmar que la experiencia de tantos años demuestra que la Encíclica de León XIII es como la Carta magna, en la que debe fundarse toda actividad cristiana en cosas sociales. Y los que parecen menospreciar la conmemoración de dicha Encíclica pontificia blasfeman de lo que ignoran, o no entienden nada en lo que sólo superficialmente conocen, o, si entienden, rotundamente han de ser acusados de injusticia e ingratitud. Pero, con el correr de los años, han ido surgiendo algunas dudas sobre la recta interpretación de algunos pasajes de la Encíclica de León XIII y sobre las consecuencias que debían sacarse de ella: lo cual ha dado lugar a controversias no siempre pacíficas aun entre los mismos católicos. Por otra parte, las nuevas necesidades de nuestra época y el cambio de condición de las cosas reclaman una aplicación más cuidadosa de la doctrina de León XIII, y aun exigen algunas adiciones a ella. Aprovechamos, pues, gustosísimos tan oportuna ocasión para satisfacer, en cuanto Nos es dado, a esas dudas y atender a las cuestiones de nuestro tiempo, conforme a Nuestro oficio apostólico, por el cual a todos somos deudores25. II. DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA 14. Antes de ponernos a explanar estas cosas, establezcamos como principio, ya antes espléndidamente probado por León XIII, el derecho y deber que Nos incumbe de juzgar con autoridad suprema estas cuestiones sociales y económicas26. Es cierto que a la Iglesia no se le encomendó el oficio de encaminar a los hombres hacia una felicidad solamente caduca y temporal, sino a la eterna. Más aún, no quiere ni debe la Iglesia, sin causa justa, inmiscuirse en la dirección de las cosas puramente humanas27. Mas renunciar al derecho dado por Dios de intervenir con su autoridad, no en las cosas técnicas, para las que no tiene medios proporcionados ni misión alguna, sino en todo cuanto toca a la moral, de ningún modo lo puede hacer. En lo que a esto se refiere, tanto el orden social como el orden económico están sometidos y sujetos a Nuestro supremo juicio, pues Dios Nos confió el depósito de la verdad y el gravísimo encargo de publicar toda la ley moral e interpretarla y aun exigir, oportuna e importunamente, su observancia. Es cierto que la economía y la moral, cada cual en su esfera peculiar, tienen principios propios; pero es un error afirmar que el orden económico y el orden moral están tan separados y son tan ajenos entre sí, que aquél no depende para nada de éste. Las


leyes llamadas económicas, fundadas en la naturaleza misma de las cosas y en las aptitudes del cuerpo humano y del alma, pueden fijarnos los límites que en dicho orden económico puede el hombre alcanzar, y cuáles no, y con qué medios; y la misma razón natural deduce manifiestamente de las cosas y de la naturaleza individual y social del hombre cuál es el fin impuesto por Dios a todo el orden económico. Así, pues, es una misma ley moral la que nos obliga a buscar derechamente en el conjunto de nuestras acciones el fin supremo y último, y, en los diferentes dominios en que se reparte nuestra actividad, los fines particulares que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, les ha señalado, subordinando armónicamente estos fines particulares al fin supremo. Si fielmente guardamos la ley moral, los fines peculiares que se proponen en la vida económica, ya individuales, ya sociales, entrarán convenientemente dentro del orden universal de los fines, y nosotros, subiendo por ellos como por grados, conseguiremos el fin último de todas las cosas, que es Dios, bien sumo e inexhausto para Sí y para nosotros. A) SOBRE EL DOMINIO O DERECHO DE PROPIEDAD 15. Pero, viniendo a hablar más en particular, comencemos por el dominio o derecho de propiedad. Ya conocéis, Venerables Hermanos y amados hijos, con qué firmeza defendió Nuestro Predecesor, de f. m., el derecho de propiedad contra los errores de los socialistas de su tiempo, demostrando que la supresión de la propiedad privada habría de redundar no en utilidad, sino en daño extremo de la clase obrera. Pero como no faltan quienes con la más injuriosa de las calumnias afirman que el Sumo Pontífice y aun la misma Iglesia se puso y continúa aún de parte de los ricos, en contra de los proletarios, y como no todos los católicos están de acuerdo sobre el verdadero y auténtico sentir de León XIII, creemos conveniente rebatir las calumnias contra su doctrina, que es la católica en esta materia, y defenderla de falsas interpretaciones. CARÁCTER INDIVIDUAL Y SOCIAL 16. Primeramente, téngase por cosa cierta y averiguada que ni León XIII ni los teólogos que enseñaron guiados por el magisterio y autoridad de la Iglesia, han negado jamás o puesto en duda el doble carácter de la propiedad -el que llaman individual, y el que dicen social-, según que atienda al interés de los particulares o mire al bien común; antes bien, todos unánimemente afirmaron siempre que el derecho de propiedad privada fue otorgado por la naturaleza, o sea, por el mismo Creador, a los hombres, ya para que cada uno pueda atender a las necesidades propias y de su familia, ya para que, por medio de esta institución, los bienes que el Creador destinó a todo el género humano sirvan en realidad para tal fin; todo lo cual no es posible lograr en modo alguno sin el mantenimiento de un orden cierto y determinado. Por lo tanto, hay que evitar con cuidado los dos escollos, contra los cuales se puede chocar. Así como -negado o atenuado el carácter social y público del derecho de propiedad- por necesidad se cae en el llamadoindividualismo, o al menos se acerca uno a él, así también por semejante manera -rechazado o disminuido el carácter privado e individual de ese derecho- se precipita uno hacia el colectivismo, o por lo menos se rozan sus postulados. Quien pierde de vista estas consideraciones, lógicamente naufragará en los escollos del modernismo moral, jurídico y social, denunciados por Nos en Nuestra primera Encíclica28. Y de esto deben persuadirse especialmente quienes, con afán de novedades, no se avergüenzan de acusar a la Iglesia, con infame calumnia, como si hubiera dejado que en la doctrina de los teólogos se infiltrase el concepto pagano de la propiedad, que debería sustituirse por otro que, con asombrosa ignorancia, llaman ellos cristiano.


DEBERES DE LA "PROPIEDAD" 17. Para poner justos límites a las controversias suscitadas en torno a la propiedad y a los deberes a ella inherentes, quede establecido, a manera de principio fundamental, lo mismo que proclamó León XIII, a saber, que el derecho de propiedad se distingue de su uso29. Respetar santamente la división de los bienes y no invadir el derecho ajeno, traspasando los límites del dominio propio, son mandatos de la justicia que se llama conmutativa; no usar los propietarios de sus propias cosas sino honestamente, no pertenece a esta justicia, sino a otras virtudes, el cumplimiento de cuyos deberes no se puede exigir jurídicamente30. Así que sin razón afirman algunos que la propiedad y su uso honesto tienen unos mismos límites; pero aun está más lejos de la verdad el decir que por el abuso o el simple no uso de las cosas perece o se pierde el derecho de propiedad. De ahí que es obra laudable y digna de todo encomio la de quienes, sin herir la armonía de los espíritus y conservando la integridad de la doctrina tradicional en la Iglesia, se esfuerzan por definir la naturaleza íntima de los deberes que gravan sobre la propiedad, y concretar los límites que las necesidades de la convivencia social trazan al mismo derecho de propiedad y al uso o ejercicio del dominio. Por lo contrario, se engañan y yerran los que pretenden reducir el carácter individual del dominio hasta el punto de abolirlo en la práctica. PODERES DEL ESTADO 18. Y en verdad que los hombres en esta materia deben tener cuenta, no sólo de su propia utilidad, sino también del bien común, como se deduce de la índole misma del dominio, que es a la vez individual y social, según hemos dicho. Determinar por menudo esos deberes, cuando la necesidad lo pide y la ley natural no lo ha hecho, eso atañe a los que gobiernan el Estado. Por lo tanto, la autoridad pública, guiada siempre por la ley natural y divina e inspirándose en las verdaderas necesidades del bien común, puede determinar más cuidadosamente lo que es lícito o ilícito a los poseedores en el uso de sus bienes. Ya León XIII había enseñado muy sabiamente que Dios dejó a la propia actividad de los hombres y a la legislación de cada pueblo la delimitación de la propiedad privada31. La historia demuestra que la propiedad no es una cosa del todo inmutable, como tampoco lo son otros elementos sociales, y aun Nos lo dijimos en otra ocasión con estas palabras: Qué distintas han sido las formas de la propiedad privada desde la primitiva forma de los pueblos salvajes, de la que aun hoy quedan muestras en algunas regiones, hasta la que luego revistió en la época patriarcal, y más tarde en las diversas formas tiránicas (usamos esta palabra en su sentido clásico), y así sucesivamente en las formas feudales, monárquicas y en todas las demás que se han sucedido hasta los tiempos modernos32. Es evidente, con todo, que el Estado no tiene derecho para disponer arbitrariamente de esa función. Siempre ha de quedar intacto e inviolable el derecho natural de poseer privadamente y transmitir los bienes por medio de la herencia; es derecho que la autoridad pública no puede abolir, porque el hombre es anterior al Estado33, y también porque la familia, lógica e históricamente, es anterior a la sociedad civil34. He ahí también por qué el sapientísimo Pontífice León XIII declaraba que el Estado no tiene derecho de gravar la propiedad privada con tal exceso de cargas e impuestos que llegue casi a aniquilarla: Siendo el derecho de la propiedad privada debido a la misma naturaleza y no efecto de las leyes humanas, el Estado no puede abolirlo, sino tan sólo moderar su uso y armonizarlo con el bien común35.


Al conciliar así el derecho de propiedad con las exigencias del bien general, la autoridad pública no se muestra enemiga de los propietarios, antes bien les presta un apoyo eficaz, porque de este modo impide seriamente que la posesión privada de los bienes produzca intolerables perjuicios y se prepare su propia ruina, habiendo sido otorgada por el Autor providentísimo de la naturaleza para subsidio de la vida humana. Esa acción no destruye la propiedad privada, sino que la defiende; no debilita el dominio privado, sino que lo fortalece. OBLIGACIONES SOBRE LA RENTA LIBRE 19. Por otra parte, tampoco las rentas del patrimonio quedan en absoluto a merced del libre albedrío del hombre; es decir, las que no le son necesarias para la sustentación decorosa y conveniente de la vida. Al contrario, la Sagrada Escritura y los Santos Padres constantemente declaran con clarísimas palabras que los ricos están gravísimamente obligados por el precepto de ejercitar la limosna, la beneficencia y la liberalidad. El que emplea grandes cantidades en obras que proporcionan mayor oportunidad de trabajo, con tal que se trate de obras verdaderamente útiles, practica de una manera magnífica y muy acomodada a las necesidades de nuestros tiempos la virtud de la liberalidad, como se colige sacando las consecuencias de los principios puestos por el Doctor Angélico36. TÍTULOS DE LA "PROPIEDAD" 20. La tradición universal y la doctrina de Nuestro predecesor León XIII atestiguan que la ocupación de una cosa sin dueño (res nullius) y el trabajo o la especificación, como suele decirse, son títulos originarios de propiedad. Porque a nadie se hace injuria, aunque neciamente digan algunos lo contrario, cuando se procede a ocupar lo que está a merced de todos o no pertenece a nadie. El trabajo que el hombre ejecuta en su nombre propio, y por el cual produce en los objetos nueva forma o aumenta el valor de los mismos, es también lo que adjudica estos frutos al que trabaja. B) CAPITAL Y TRABAJO 21. Muy distinta es la condición del trabajo cuando se ocupa en cosa ajena mediante un contrato. A él se aplica principalmente lo que León XIII dijo ser cosa certísima, a saber, que es el trabajo de los obreros el que logra formar la riqueza nacional37. ¿No vemos acaso con nuestros propios ojos cómo los inmensos bienes que forman la riqueza de los hombres salen y brotan de las manos de los obreros, ya directamente, ya por medio de instrumentos o máquinas que aumentan su eficacia de manera tan admirable? No hay nadie que desconozca cómo los pueblos no han labrado su fortuna, ni han subido desde la pobreza y carencia a la cumbre de la riqueza, sino por medio del inmenso trabajo acumulado por todos los ciudadanos -trabajo de los directores y trabajo de los ejecutores-. Pero es más claro todavía que todos esos esfuerzos hubieran sido vanos e inútiles, más aún, ni se hubieran podido comenzar, si la bondad del Creador de todas las cosas, Dios, no hubiera antes otorgado las riquezas y los instrumentos naturales, el poder y las fuerzas de la naturaleza. Y, en verdad, ¿qué es el trabajo, sino el empleo y ejercicio de las fuerzas del alma y del cuerpo en los bienes naturales o por medio de ellos? Ahora bien, la ley natural, o sea la voluntad de Dios promulgada por medio de aquélla, exige que en la aplicación de las cosas naturales a los usos humanos se guarde el orden debido, y éste consiste en que cada cosa tenga su dueño. De ahí resulta que, fuera de los casos en que alguno trabaja con sus propios objetos, el trabajo y el capital deberán unirse en una empresa común, pues cada uno sin el otro resulta completamente ineficaz.


22. Tenía esto presente León XIII, cuando escribía: Ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital38. Por consiguiente, es completamente falso atribuir sólo al capital o sólo al trabajo lo que es un resultado de la eficaz colaboración de ambos; y es totalmente injusto que el uno o el otro, desconociendo la eficacia de la otra parte, trata de atribuirse a sí solo todo cuanto se logra. PRETENSIONES DEL CAPITAL 23. Verdad es que, durante mucho tiempo, el capital se adjudicó demasiado a sí mismo. Todo el rendimiento, todos los productos, los reclamaba para sí el capital; y al obrero apenas se le dejaba lo suficiente para reparar y reconstituir sus fuerzas. Se decía que por una ley económica, completamente incontrastable, toda la acumulación de capital cedía en provecho de los afortunados, y que por la misma ley los obreros estaban condenados a pobreza perpetua o reducidos a un bienestar escasísimo. Es cierto que la práctica no siempre ni en todas partes se conformaba con este principio de los liberales vulgarmente llamados manchesterianos; mas tampoco se puede negar que las instituciones económico-sociales se inclinaban constantemente a ese principio. Así que ninguno debe admirarse de que esas falsas opiniones o falaces postulados fueran atacados duramente, y no tan sólo por quienes, en virtud de tales teorías, se veían privados de su derecho natural a mejorar en la condición de su vida. REIVINDICACIONES DEL TRABAJO 24. A los oprimidos obreros se acercaron los que se llaman intelectuales, oponiendo a una ley imaginaria un principio moral no menos imaginario, a saber: Todo lo que se produce o rinde, separado únicamente cuanto basta para amortizar y reconstruir el capital, corresponde en pleno derecho a los obreros. Este error, cuanto más atractivo se muestra que el de los socialistas -según los cuales los medios de producción deben transferirse al Estado, o "socializarse", como vulgarmente se dice- es tanto más peligroso y apto para engañar a los incautos: suave veneno, que bebieron ávidamente muchos a quienes jamás había podido engañar un franco socialismo. JUSTA DISTRIBUCIÓN 25. Por cierto, para que con estas falsedades no se cerrara el paso a la justicia y a la paz, unos y otros tuvieron que ser advertidos por las sapientísimas palabras de Nuestro Predecesor: La tierra, aunque esté dividida entre particulares, continúa sirviendo al beneficio de todos39. Y esto mismo hemos enseñado Nos poco antes, al decir que la naturaleza misma estableció la repartición de los bienes por medio de la propiedad privada para que rindan esa utilidad a los hombres de una manera segura y determinada. Importa tener siempre presente este principio para no apartarse del recto camino de la verdad. Ahora bien; para obtener enteramente o al menos con la posible perfección el fin señalado por Dios, no sirve cualquier distribución de bienes y riquezas entre los hombres. Por lo mismo, las riquezas incesantemente aumentadas por el progreso económico y social, deben distribuirse entre las personas y clases, de manera que quede a salvo aquella común utilidad de todos, alabada por León XIII, o, por decirlo con otras palabras, para que se conserve íntegro el bien común de toda la sociedad. Esta ley de justicia social prohibe que una clase excluya a la otra de la participación de los beneficios. Violan esta ley no sólo la clase de los ricos, cuando, libres de cuidados en la abundancia de su fortuna, piensan que el justo orden de las cosas está en que todo rinda para ellos y nada llegue al obrero, sino también la clase de los proletarios cuando, vehementemente enfurecidos por la violación de la justicia y excesivamente dispuestos a reclamar por cualquier medio el único derecho que ellos reconocen, el


suyo, todo lo quieren para sí, por ser producto de sus manos; por esto, y no por otra causa, impugnan y pretenden abolir la propiedad, así como los intereses y rentas que no sean adquiridos mediante el trabajo, sin reparar a qué especie pertenecen o qué oficio desempeñan en la convivencia humana. Y no debe olvidarse aquí cuán inepta e infundada es la apelación de algunos a las palabras del Apóstol: si alguno no quiere trabajar, tampoco coma40; porque el Apóstol se refiere a los que pudiendo y debiendo trabajar se abstienen de ello, amonestando que debemos aprovechar con diligencia el tiempo y las fuerzas corporales y espirituales sin agravar a los demás, mientras nos podamos proveer por nosotros mismos. Pero que el trabajo sea el único título para recibir el alimento o las ganancias, eso no lo enseñó nunca el Apóstol41. Dése, pues, a cada cual la parte de bienes que le corresponda; y hágase que la distribución de los bienes creados se corrija y se conforme con las normas del bien común o de la justicia social; porque cualquier persona sensata ve cuán grave daño trae consigo la actual distribución de bienes por el enorme contraste entre unos pocos riquísimos y los innumerables necesitados. ELEVACIÓN DEL PROLETARIADO 26. Tal es el fin que Nuestro Predecesor proclamó haberse de lograr: la redención del proletariado. Debemos afirmarlo con más empeño y repetirlo con más insistencia, puesto que tan saludables mandatos del Pontífice en no pocos casos se echaron en olvido, ya con un estudiado silencio, ya juzgando que el realizarlos era imposible, cuando pueden y deben realizarse. Ni se puede decir que aquellos preceptos han perdido su fuerza y su sabiduría en nuestra época, por haber disminuido aquel pauperismo que León XIII veía con todos sus horrores. Es verdad que la condición de los obreros se ha elevado a un estado mejor y más equitativo, principalmente en los Estados más cultos y en las naciones más grandes, donde no se puede decir que los obreros, en general, se hallen afligidos por la miseria o que padezcan escasez en la vida. Pero es igualmente cierto que, desde que las artes mecánicas y las industrias del hombre se han extendido rápidamente e invadido innumerables regiones, tanto en las tierras que llamamos nuevas cuanto en los reinos del Extremo Oriente, famosos por su antiquísima cultura, el número de los proletarios necesitados, cuyo gremio sube desde la tierra hasta el cielo, ha crecido inmensamente. Añádase el ejército ingente de asalariados del campo, reducidos a las más estrechas condiciones de vida, y privados de toda esperanza de poder jamás adquirir propiedades estables42, y, por lo tanto, sujetos para siempre a la triste suerte de proletarios, si no se aplican remedios oportunos y eficaces. Es verdad que la condición de proletario no debe confundirse con el pauperismo, pero es cierto que la muchedumbre enorme de proletarios, por una parte, y los enormes recursos de unos cuantos ricos, por otra, son argumentos perentorios de que las riquezas multiplicadas tan abundantemente en nuestra época, llamada del industrialismo, están mal repartidas e injustamente aplicadas a las distintas clases. 27. Por lo cual, con todo empeño y todo esfuerzo se ha de procurar que, al menos para lo futuro, las riquezas adquiridas se acumulen con medida equitativa en manos de los ricos, y se distribuyan con bastante profusión entre los obreros, no ciertamente para hacerlos remisos en el trabajo, pues el hombre nace para el trabajo como el ave para volar, sino para que con el ahorro aumenten su patrimonio; y administrando con prudencia el patrimonio aumentado, puedan más fácil y seguramente sostener las cargas de su familia, y para que, libres de las inseguridades de la vida, cuyas vicisitudes tanto agitan a los proletarios, no sólo estén dispuestos a soportar las contingencias de la vida, sino que puedan confiar en que, al abandonar este mundo, los que dejan tras de sí quedan convenientemente proveídos.


Todo esto es lo que Nuestro Predecesor no sólo insinuó, sino que lo proclamó clara y explícitamente; y Nos queremos una y otra vez inculcarlo en esta Nuestra Encíclica; porque, si con vigor y sin dilaciones no se emprende ya, de una vez, el llevarlo a la práctica, es inútil pensar que puedan defenderse eficazmente el orden público, la paz y la tranquilidad de la sociedad humana contra los promovedores de la revolución. 28. Pero es imposible llevarlo a efecto si no llegan los obreros a formar su módico capital con cuidado y ahorro, como ya hemos indicado, siguiendo las huellas de Nuestro Predecesor. Pero ¿de dónde pueden ahorrar algo para adelante quienes no tienen otra cosa que su trabajo para atender al alimento y demás necesidades de la vida, sino del precio de su trabajo y viviendo con parquedad? Queremos, pues, tratar de esta cuestión del salario, que León XIII calificaba de muy gran importancia43, declarando y desarrollando su doctrina y sus preceptos cuando fuere preciso. EL SALARIO 29. En primer lugar, los que condenan el contrato de trabajo como injusto por naturaleza y dicen que, por esa razón, ha de sustituirse por el contrato de sociedad, hablan un lenguaje insostenible e injurian gravemente a Nuestro Predecesor, cuya Encíclica no sólo admite el salario, sino aun se extiende largamente explicando las normas de justicia que han de regirlo. Pero juzgamos que, atendidas las circunstancias modernas del mundo, sería más oportuno que el contrato de trabajo se suavizara algún tanto en lo que fuera posible por medio del contrato de sociedad, tal como ya se ha comenzado a hacer en diversas formas con no escaso provecho así para los obreros como aun para los mismos patronos. Así es como los obreros y empleados llegan a participar, ya en la propiedad, ya en la administración, ya en una cierta proporción de las ganancias logradas. León XIII ya había prudentemente declarado que la cuantía justa del salario tiene que deducirse de la consideración, no de uno, sino de diversos títulos. Suyas son estas palabras: Determinar la medida justa del salario depende de muchas causas44. Con esto refutó, de una vez, la ligereza de quienes creen que se puede resolver este gravísimo asunto con el fácil expediente de aplicar una regla única, y ésta, por cierto, alejada de la realidad. Yerran, en efecto, gravemente los que no dudan en propagar el principio corriente de que el trabajo vale tanto y debe remunerarse en tanto cuanto se estima el valor de los frutos producidos por él; y que, en consecuencia, el obrero tiene derecho a reclamar todo cuanto es produto de su trabajo: lo absurdo de este principio queda refutado sólo con lo ya dicho acerca de la propiedad. CARÁCTER DEL TRABAJO 30. Ahora bien; como en el dominio, así también en el trabajo, principalmente en el que por contrato se cede a los demás, claro es que debe considerarse, además del aspecto personal o individual, el aspecto social;porque la actividad humana no puede producir sus frutos, si no queda en pie un cuerpo verdaderamente social y organizado, si el orden jurídico y el social no garantizan el trabajo, si las diferentes profesiones, dependientes unas de otras, no se conciertan entre sí y se completan mutuamente, y, lo que es más importante, si no se asocian y unen, como para formar una sola cosa, la dirección, el capital y el trabajo. El trabajo, por lo tanto, no se estimará en justicia ni se remunerará con equidad, si no se atiende a su carácter individual y social.


C) TRES PUNTOS FUNDAMENTALES 31. De este doble carácter, intrínseco por naturaleza al trabajo humano, surgen gravísimas consecuencias, según las cuales debe regirse y determinarse el salario. 1) EL OBRERO Y SU FAMILIA 32. En primer lugar, al obrero se le debe dar una remuneración que sea en verdad suficiente para su propia sustentación y para la de su familia45. Porque justo es que también el resto de la familia concurra, cada uno según sus fuerzas, al sostenimiento común de todos, como sucedía antes, singularmente en las familias de campesinos, y también en muchas de artesanos y comerciantes en pequeño; pero es un crimen el abusar de la edad infantil y de la debilidad de la mujer. En casa principalmente, o en sus alrededores, las madres de familia pueden dedicarse a sus faenas, sin dejar por ello las atenciones de su hogar. Pero es un gravísimo abuso, que se ha de eliminar con todo empeño, el que la madre, por la escasez del salario del padre, quede obligada a ejercitar un arte lucrativo, abandonando sus peculiares deberes y quehaceres, y, sobre todo, la educación de sus niños. Ha de hacerse, pues, todo lo posible para que los padres de familia perciban un salario tal, que con él puedan atender convenientemente a las ordinarias necesidades domésticas. Y si las circunstancias presentes de la sociedad no siempre permiten hacerlo así, pide la justicia social que cuanto antes se introduzcan reformas tales, que a cualquier obrero adulto se le asegure ese salario. -No será aquí inoportuno dar la merecida alabanza a cuantos con previsión tan sabia como útil han ensayado e intentado diversos medios para acomodar la remuneración del trabajo a las cargas de la familia, de manera que al aumento de éstas corresponda el aumento de aquél; y aun, si fuere menester, se puedan también satisfacer las necesidades extraordinarias. 2) LA EMPRESA 33. Para determinar la cuantía del salario deben asimismo tenerse presentes las condiciones de la empresa y del empresario; sería injusto pedir salarios desmedidos, que la empresa, sin grave ruina propia y, por lo tanto, de los obreros, no pudiera soportar. Pero no debe reputarse causa legítima para disminuir a los obreros el salario, si la ganancia menor es debida a la incapacidad, pereza o descuido en atender al progreso técnico y económico. Mas si las empresas mismas no tienen entradas suficientes para poder pagar a los obreros un salario equitativo, porque o se ven oprimidas por cargas injustas o se ven obligadas a vender sus productos a precios menores de lo justo, quienes de tal suerte las oprimen reos son de grave delito, pues privan de su justa remuneración a los obreros que se ven obligados por la necesidad a aceptar un salario inferior al justo. Todos, obreros y patronos, en unión de fuerzas y de voluntades, se consagren a vencer los obstáculos y las dificultades: procure la autoridad pública ayudarles en obra tan saludable con su previsión y su prudencia. Mas si el caso llegare al extremo, se habrá entonces de deliberar si la empresa puede continuar o si ha de atenderse a los obreros en alguna otra forma. En este punto, verdaderamente gravísimo, conviene que exista y actúe eficazmente una cierta unión y una concordia cristiana entre obreros y patronos. 3) EL BIEN COMÚN 34. Finalmente, la cuantía del salario debe atemperarse al bien público económico. Ya hemos expuesto más arriba cuánto ayuda a este bien común el que los obreros y empleados lleguen a reunir poco a poco un modesto capital, mediante el ahorro de


alguna parte de su salario, después de cubiertos los gastos necesarios. Pero tampoco debe desatenderse otro punto, quizás de no menor importancia y en nuestros días muy necesario, a saber: que se ofrezca oportunidad para trabajar a los que pueden y quieren trabajar. Esto depende no poco de la fijación de los salarios; la cual, así como ayuda cuando se encierra dentro de los justos límites, así, por lo contrario, puede ser obstáculo cuando los sobrepasa. ¿Quién no sabe que los salarios demasiado reducidos o excesivamente elevados han sido la causa de que los obreros quedaran sin tener trabajo? Este mal, que se ha desarrollado principalmente en los días de Nuestro pontificado, ha perjudicado a muchos, ha lanzado los obreros a la miseria y a duras pruebas, ha arruinado la prosperidad de las naciones y puesto en peligro el orden público, la paz y la tranquilidad de todo el orbe de la tierra. Contrario es, por lo tanto, a la justicia social, el disminuir o aumentar indebidamente los salarios de los obreros para obtener mayores ganancias personales, y sin atender al bien común. La misma justicia exige que, en unión de mentes y de voluntades, en cuanto sea posible, los salarios se regulen de manera que sean los más quienes puedan prestar su trabajo y percibir de éste los frutos necesarios para el sostenimiento de su vida. A lo mismo contribuye la justa proporción entre los salarios: y con ella se enlaza estrechamente la razonable proporción entre los precios de venta de los productos obtenidos por las distintas artes, cuales son la agricultura, la industria y otras semejantes. Si se guardan convenientemente tales proporciones, las diversas artes se aunarán y se ensamblarán, como para formar un solo cuerpo, y, a la manera de los miembros, se comunicarán mutua ayuda y perfección. Pues la economía social quedará sólidamente constituida y alcanzará sus fines tan sólo cuando a todos y a cada uno de los socios se les provea de todos los bienes que las riquezas y los subsidios naturales, la técnica y la constitución social de la economía puedan ofrecer. Esos bienes han de ser tan suficientemente abundantes que satisfagan las necesidades y comodidades honestas, y eleven a los hombres a aquella condición de vida más feliz que, administrada prudentemente, no sólo no impide la virtud, sino que la favorece en gran manera46. 4) EL ORDEN SOCIAL 35. Todo cuanto hasta aquí hemos dicho sobre el reparto equitativo de los bienes y el justo salario, se refiere principalmente a las personas particulares y sólo indirectamente toca al orden social, principal objeto de los cuidados y pensamientos de Nuestro predecesor León XIII, que tanto hizo por restaurarlo en conformidad con los principios de la sana filosofía y por perfeccionarlo según las normas altísimas de la ley evangélica. Mas para consolidar lo que él felizmente inició y para realizar cuanto aún queda por hacer, así como para alcanzar los más felices beneficios para la sociedad humana, ante todo se necesitan dos cosas: la reforma de las instituciones y la enmienda de las costumbres. Al hablar de la reforma de las instituciones, principalmente pensamos en el Estado; no porque de su influjo haya de esperarse toda la salvación sino porque, a causa del vicio del individualismo que hemos señalado, las cosas han llegado ya a tal punto que, abatida y casi extinguida aquella exuberante vida social que en otros tiempos se desarrolló en las corporaciones o gremios de todas clases, han quedado casi solos frente a frente los particulares y el Estado. Semejante deformación del orden social lleva consigo no pequeño daño para el mismo Estado, sobre el cual vienen a recaer todas las cargas que antes sostenían las antiguas corporaciones, viéndose él abrumado y oprimido por una infinidad de cargas y obligaciones.


Es verdad, y lo prueba la historia palmariamente, que la mudanza de las condiciones sociales hace que muchas cosas que antes hacían aun las asociaciones pequeñas, hoy no las puedan ejecutar sino las grandes colectividades. Y, sin embargo, queda en la filosofía social fijo y permanente aquel importantísimo principio que ni puede ser suprimido ni alterado; como es ilícito quitar a los particulares lo que con su propia iniciativa y propia actividad pueden realizar para encomendarlo a una comunidad, así también es injusto, y al mismo tiempo de grave perjuicio y perturbación para el recto orden social, confiar a una sociedad mayor y más elevada lo que comunidades menores e inferiores pueden hacer y procurar. Toda acción de la sociedad debe, por su naturaleza, prestar auxilio a los miembros del cuerpo social, mas nunca absorberlos y destruirlos. Conviene que la autoridad pública suprema deje a las asociaciones inferiores tratar por sí mismas los cuidados y negocios de menor importancia, que de otro modo le serían de grandísimo impedimento para cumplir con mayor libertad, firmeza y eficacia cuanto a ella sola corresponde, ya que sólo ella puede realizarlo, a saber: dirigir, vigilar, estimular, reprimir, según los casos y la necesidad lo exijan. Por lo tanto, tengan bien entendido esto los que gobiernan: cuando más vigorosamente reine el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, quedando en pie este principio de la función supletiva del Estado, tanto más firme será la autoridad y el poder social, y tanto más próspera y feliz la condición del Estado. D)ARMONÍA ENTRE LAS CLASES 36. Esta debe ser, ante todo, la mira; éste el esfuerzo del Estado y de todos los buenos ciudadanos, que, cesando la lucha de clases opuestas, surja y aumente la concorde inteligencia de las profesiones. La política social tiene, pues, que dedicarse a reconstituir las profesiones. Hasta ahora, en efecto, el estado de la sociedad humana sigue aún violento y, lo por tanto, inestable y vacilante, como basado en clases de tendencias diversas, contrarias entre sí y, por lo mismo, inclinadas a enemistades y luchas. Aunque el trabajo, según explica muy bien Nuestro Predecesor en su Encíclica47, no es vil mercancía, sino que ha de reconocerse en él la dignidad humana del obrero y no ha de ser comprado ni vendido como cualquier mercancía; sin embargo, en nuestros días, según están las cosas, sobre el mercado que llaman del trabajo, la oferta y la demanda separan a los hombres en dos bandos, como en dos ejércitos, y la disputa de ambos transforma tal mercado, como en un campo de batalla, donde, uno enfrente de otro, luchan cruelmente. Como todos ven, a tan gravísimo mal, que precipita a la sociedad humana hacia la ruina, urge poner un remedio cuanto antes. Pues bien; la perfecta curación no se obtendrá sino cuando, quitada de en medio esa lucha, se formen miembros del cuerpo social bien organizados; es decir, órdenes o profesiones en que se unan los hombres, no según el cargo que tienen en el mercado del trabajo, sino según las diversas funciones sociales que cada uno ejercita. Así como, siguiendo el impulso natural, los que están juntos en un lugar forman un municipio, así los que se ocupan en un mismo arte o profesión, sea económica, sea de otra especie, forman asociaciones o cuerpos, hasta el punto que muchos consideran esas agrupaciones, que gozan de su propio derecho, si no esenciales a la sociedad, al menos connaturales a ella. El orden, como egregiamente dice el Doctor Angélico48, es la unidad resultante de la conveniente disposición de muchas cosas; por esto el verdadero y genuino orden social requiere que los diversos miembros de la sociedad se junten en uno con algún vínculo firme. Esta fuerza de cohesión se encuentra, ya en los mismos bienes que se


producen o servicios que se prestan, en lo cual de común acuerdo trabajan patronos y obreros de una misma profesión, ya en aquel bien común a que todas las profesiones juntas, cada una por su parte, amigablemente deben concurrir. Esta unión será tanto más fuerte y eficaz cuanto con mayor fidelidad cada individuo y cada orden pongan mayor empeño en ejercer su profesión y sobresalir en ella. De todo lo que precede se deduce con facilidad que en dichas corporaciones indiscutiblemente tienen la primacía los intereses comunes a toda la profesión; y ninguno hay tan principal como la cooperación, que intensamente se ha de procurar, de cada una de las profesiones en favor del bien común de la sociedad. Pero en las cuestiones tocantes especialmente al logro y defensa de las ventajas o a las desventajas especiales de patronos y obreros, cuando fuere necesaria una deliberación, deberá hacerse separadamente por los unos y por los otros. Apenas es necesario recordar que lo enseñado por León XIII sobre la forma política de gobierno puede aplicarse, guardada la debida proporción, a los colegios o corporaciones profesionales, a saber: que es libre a los hombres escoger la forma de gobierno que quisieren, quedando a salvo la justicia y las exigencias del bien común49. Ahora bien: así como los habitantes de un Municipio suelen fundar asociaciones con fines muy diversos en las cuales es completamente libre inscribirse o no inscribirse, así también los que ejercitan la misma profesión formarán unos con otros sociedades igualmente libres para alcanzar fines que en alguna manera están unidos con el ejercicio de la misma profesión. Nuestro Predecesor describió clara y distintamente estas asociaciones; Nos basta, pues, inculcar una sola cosa: que el hombre tiene libertad, no sólo de fundar estas asociaciones, que son de orden y derecho privado, sino también la de escoger para sus socios aquella reglamentación que ellos consideren más a propósito para sus fines50. Y ha de reivindicarse la misma libertad para fundar asociaciones que sobrepasen los límites de cada profesión. Las asociaciones libres que están florecientes y se gozan viendo sus saludables frutos, vayan preparándose el camino para formar aquellas otras agrupaciones más perfectas, u órdenes, de que hemos hecho mención, y promuévanlas con todo denuedo, según el espíritu de la doctrina social cristiana. 37. Nos resta atender a otra cosa, muy unida con lo anterior. Así como la unidad del cuerpo social no puede basarse en la oposición de clases, tampoco la recta organización del mundo económico puede entregarse al libre juego de la concurrencia de las fuerzas. Más aún; de tal principio, como de fuente emponzoñada, nacieron todos los errores de la ciencia económica individualista, la cual, suprimiendo por olvido o ignorancia el carácter social y moral del orden económico, sostuvo que éste había de ser juzgado y tratado como totalmente independiente de la autoridad pública, por cuanto que su principio directivo y su norma se hallaba en el mercado o libre concurrencia de los competidores; y con este principio habría de regirse mejor que por la intervención de cualquier entendimiento creado. Pero la libre concurrencia, aun cuando, encerrada dentro de ciertos límites, es justa y sin duda útil, no puede ser en modo alguno la norma reguladora de la vida económica; y lo probó demasiado la experiencia, mientras fueron aplicadas a la práctica las normas del espíritu individualista. Es, por lo tanto, completamente necesario que se reduzca y sujete de nuevo la economía a un verdadero y eficaz principio directivo. La dictadura económica, que ha sustituido recientemente a la libre concurrencia, mucho menos puede servir para ese fin directivo, ya que, inmoderada y violenta por naturaleza, para ser útil a los hombres necesita un freno enérgico y una dirección sabia -freno y dirección, que no puede darse a sí misma. Así que se ha de buscar algo superior y más noble para regir con severa integridad aquel poder económico, a saber: la justicia y la caridad social. Por lo tanto, las instituciones públicas y toda la vida social de los pueblos deben estar


informadas por esa justicia; es conveniente y muy necesario que ésta sea verdaderamente eficaz, o sea, que de vida a todo el orden jurídico y social y la economía quede como imbuida por ella. La caridad social debe ser como el alma de ese orden; la autoridad pública no deberá desmayar en la tutela y defensa eficaz del mismo, y no le será difícil lograrlo si arroja de sí las cargas que, como decíamos antes, no le competen. Más aún, convendría que varias naciones, unidas en sus estudios y trabajos, puesto que económicamente dependen en gran manera unas de otras y mutuamente se necesitan, promovieran con sabios tratados e instituciones una fausta y feliz cooperación de la economía internacional. Restablecidos así los miembros del organismo social, y restituido el principio directivo del mundo económico-social, podrían aplicarse en alguna manera a este cuerpo las palabras del Apóstol acerca del cuerpo místico de Cristo: Todo el cuerpo trabado y unido recibe por todos los vasos y conductos de comunicación, según la medida correspondiente a cada miembro, el aumento propio del cuerpo para su perfección mediante la caridad51. Recientemente, todos lo saben, se ha iniciado una especial organización sindical y corporativa, de la cual, dada la materia de esta Nuestra Encíclica, parece bien dar aquí brevemente una idea con algunas consideraciones. El mismo Estado de tal suerte constituye en personalidad jurídica al sindicato que, a la vez, le confiere un cierto privilegio de monopolio en cuanto que sólo el sindicato, así reconocido, puede representar a los obreros y a los patronos, respectivamente, y él solo puede concluir contratos y pactos de trabajo. La adscripción al sindicato es facultativa, y sólo en este sentido puede decirse que la organización sindical es libre, puesto que la cuota societaria y ciertas tasas especiales son obligatorias para todos los que pertenecen a una categoría determinada, sean obreros o patronos, así como para todos son obligatorios los contratos de trabajo estipulados por el sindicato jurídico. Es verdad que autorizadamente se ha declarado que el sindicato oficial no excluye de hecho la existencia de otras asociaciones profesionales. Las corporaciones se constituyen por representantes de los sindicatos de obreros y patronos de la misma arte o profesión; y, en cuanto verdaderos y propios órganos e instituciones del Estado, dirigen y coordinan los sindicatos en las cosas de interés común. La huelga está prohibida; si las partes no pueden ponerse de acuerdo, interviene la Magistratura. Basta un poco de reflexión para ver las ventajas de esta organización, aunque la hayamos descrito sumariamente: la colaboración pacífica de las clases, la represión de las organizaciones y de los intentos socialistas, la acción moderadora de una magistratura especial. Para no omitir nada en argumento de tanta importancia, y en armonía con los principios generales más arriba expuestos y con lo que luego añadiremos, debemos asimismo decir que vemos no faltan quienes temen que, en dicha organización, el Estado se sustituya a la libre actividad, en lugar de limitarse a la necesaria y suficiente asistencia y ayuda; que la nueva organización sindical y corporativa tenga carácter excesivamente burocrático y político; y que, no obstante las ventajas generales señaladas, pueda servir a intentos políticos, particulares, más bien que a la preparación y comienzo de un mejor estado social.


Creemos que para alcanzar este nobilísimo intento, con verdadero y estable provecho para todos, es necesaria primero y principalmente la bendición de Dios y luego la colaboración de todas las buenas voluntades. Creemos, además, y como consecuencia natural de lo mismo, que ese mismo intento se alcanzará tanto más seguramente cuanto mayor sea la cooperación de las competencias técnicas, profesionales y sociales y, lo que es más, de los principios católicos y de la práctica de los mismos, no de parte de la Acción Católica (porque no pretende desarrollar actividad estrictamente sindical o política), sino de parte de aquellos de Nuestros hijos que la Acción Católica educa exquisitamente en los mismos principios y en el apostolado bajo la guía y el magisterio de la Iglesia; de la Iglesia, que en el terreno antes señalado, así como dondequiera que se agitan y regulan cuestiones morales, no puede olvidar o descuidar el mandato de custodia y de magisterio que se le confió divinamente. Cuanto hemos enseñado sobre la restauración y perfección del orden social es imposible realizarlo sin la reforma de las costumbres: la historia misma nos lo muestra con toda claridad. Existió en otros tiempos un orden social, no ciertamente perfecto y completo en todas sus partes, pero sí conforme de algún modo a la recta razón, si se tiene en cuenta las condiciones y necesidades de la época. Pereció hace tiempo aquel orden de cosas; y no fue, ciertamente, porque no pudo adaptarse, por su propio desarrollo y evolución, a los cambios y nuevas necesidades que se presentaban, sino más bien, o porque los hombres, endurecidos en su egoísmo, se negaron a abrir los cuadros de aquel orden, como hubiera convenido, al número siempre creciente de la muchedumbre, o porque, seducidos por una apariencia de falsa libertad o por otros errores, y enemigos de cualquier clase de autoridad, intentaron sacudir de sí todo yugo. Resta, pues, que, llamados de nuevo a juicio, así la organización actual económica como el socialismo, su más acérrimo acusador, y dictada sobre ambos franca y justa sentencia, averigüemos a fondo cuál es la raíz de tantos males; y señalamos, como su primero y más necesario remedio, la reforma de las costumbres. III. CAMBIOS DESDE LEÓN XIII 38. Grandes cambios han sufrido desde los tiempos de León XIII tanto la organización económica como el socialismo. En primer lugar, es manifiesto que las condiciones económicas han sufrido profunda mudanza. Ya sabéis, Venerables Hermanos y amados hijos, que Nuestro Predecesor, de f. m., enfocó en su Enciclica principalmente el régimen capitalista, o sea, aquella manera de proceder en el mundo económico por la cual unos ponen el capital y otros el trabajo, como el mismo Pontífice definía con una expresión feliz: Ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital52. A) EN EL ORDEN ECONÓMICO León XIII puso todo empeño en ajustar esa organización económica a las normas del recto orden; de donde se deduce que no puede condenarse por sí misma. Y, en realidad, no es por su naturaleza viciosa; pero viola el recto orden cuando el capital esclaviza a los obreros o a la clase proletaria con tal fin y tal forma que los negocios y, por lo tanto, todo el capital sirvan sólo a su voluntad y a su utilidad, despreciando la dignidad humana de los obreros, la índole social de la economía y la misma justicia social y bien común.


Es cierto que aun hoy no es éste el único modo vigente de organización económica; existen otros, dentro de los cuales vive una muchedumbre de hombres, muy importante por su número y por su valor, por ejemplo, la profesión agrícola; en ella la mayor parte del género humano, honesta y honradamente, halla su sustento y su bienestar. Tampoco están libres de las estrecheces y dificultades que señalaba Nuestro Predecesor en no pocos lugares de su Encíclica, y a las que también Nos en ésta hemos aludido más de una vez. Pero el régimen económico capitalista se ha extendido muchísimo por todas partes, después de publicada la Encíclica de León XIII, a medida que se extendía por todo el mundo el industrialismo; tanto, que ha llegado a invadir y penetrar hasta en las condiciones económicas y sociales de quienes se encuentran fuera de su esfera de acción, comunicándoles así las ventajas como las desventajas y deficiencias propias, y estampando en ellas su propio carácter. Así, pues, cuando invitamos a estudiar las transformaciones que el orden económico capitalista ha experimentado desde el tiempo de León XIII, no sólo Nos fijamos en el bien de los que habitan en los países dominados por el capital y la industria, sino en el de todos los hombres. DICTADURA ECONÓMICA 39. Primeramente, salta a la vista que en nuestros tiempos no se acumulan solamente riquezas, sino que también se crean enormes poderes y una prepotencia económica despótica en manos de muy pocos. Muchas veces no son éstos ni dueños siquiera, sino sólo depositarios y administradores, que rigen el capital a su voluntad y arbitrio. Su poderío llega a hacerse despótico como ningún otro, cuando, dueños absolutos del dinero, gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto; diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en su mano, por decirlo así, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto que naturalmente produjo la libertad ilimitada de los competidores, que sólo dejó supervivientes a los más poderosos, esto es, con frecuencia, a los más violentos en la lucha y a los que menos atienden a su conciencia. A su vez, esta concentración de riquezas y de fuerzas produce tres clases de lucha por el predominio: primero, se combate por la hegemonía económica; luego se inicia una fiera batalla para obtener el predominio sobre el poder público, y consiguientemente poder abusar de su fuerza e influencia en los conflictos económicos; finalmente, se entabla el combate en el campo internacional, en el que luchan los Estados pretendiendo usar la fuerza y poder político para favorecer las utilidades económicas de sus respectivos súbditos, o, por lo contrario, haciendo que las fuerzas y el poder económico sean los que resuelvan las controversias políticas originadas entre las naciones. SUS FUNESTAS CONSECUENCIAS 40. Ultimas consecuencias del espíritu individualista en el campo económico, Venerables Hermanos y amados hijos, son las que vosotros mismos estáis viendo y deplorando: la libre concurrencia se ha destrozado a sí misma; la prepotencia económica ha suplantado al mercado libre; al deseo de lucro ha sucedido la ambición del predominio; toda la economía se ha hecho extremadamente dura, cruel,


implacable. Añadanse los daños gravísimos, suscitados por la confusión y mezcla lamentable entre las atribuciones y deberes del orden político y las del económico: valga como ejemplo uno de los más graves, la caída del prestigio del Estado, el cual se hace esclavo y dócil instrumento de las pasiones y ambiciones humanas cuando, libre de todo partidismo y teniendo como único fin el bien común y la justicia, debería estar erigido en soberano y supremo árbitro. Por lo que toca a las naciones en sus relaciones mutuas, se ven dos corrientes que manan de la misma fuente: de una parte, el nacionalismo o también el imperialismo económico; y de otra, el no menos funesto y detestable internacionalismo del capital, o sea, el imperialismo internacional del dinero, para el cual la patria está donde se está bien. Y REMEDIOS 41. Los remedios a males tan profundos quedan indicados en la segunda parte de esta Encíclica, donde de propósito hemos tratado de ello bajo el aspecto doctrinal: bastará, pues, recordar la sustancia de Nuestra enseñanza. Puesto que el régimen económico moderno descansa principalmente sobre el capital y el trabajo, deben conocerse y ponerse en práctica los preceptos de la recta razón, esto es, de la filosofía social cristiana, que conciernen a ambos elementos y a su mutua colaboración. Para evitar ambos escollos, el individualismo y el socialismo, debe sobre todo tenerse presente el doble carácter, individual y social, del capital o de la propiedad y del trabajo. Las relaciones que anudan el uno al otro deben ser reguladas por las leyes de una exactísima justicia conmutativa, apoyada en la caridad cristiana. Es imprescindible que la libre concurrencia, contenida dentro de límites razonables y justos, y, sobre todo, el poder económico, estén sometidos efectivamente a la autoridad pública en todo aquello que le está peculiarmente encomendado. Finalmente, las instituciones de los pueblos deben acomodar la sociedad entera a las exigencias del bien común, es decir, a las reglas de la justicia social; de ahí resultará que la actividad económica, función importantísima de la vida social se encuadre asimismo dentro de un orden sano y bien equilibrado. B) EN EL SOCIAL-POLÍTICO: TRANSFORMACIÓN DEL SOCIALISMO 42. No menos profunda que la del régimen económico es la transformación que desde León XIII ha sufrido el socialismo, con quien principalmente tuvo que luchar Nuestro Antecesor. Entonces podía considerarse todavía sensiblemente único, con una doctrina definida y bien sistematizada; pero luego se ha dividido principalmente en dos partes, casi siempre contrarias entre sí y llenas de odio mutuo, sin que ninguna de las dos reniegue del fundamento anticristiano, propio del socialismo. PARTIDO DE VIOLENCIA: "COMUNISMO" 43. Una parte del socialismo sufrió un cambio semejante al que indicábamos antes respecto a la economía capitalista, y dio en el comunismo. Enseña y pretende, no oculta y disimuladamente, sino clara y abiertamente, y por todos los medios, aun los más violentos, dos cosas: la lucha de clases encarnizada y la desaparición completa de la propiedad privada. Para lograr su ideal, nada hay a lo que no se atreva, ni nada que respete; y, una vez conseguido el poder, tan atroz e inhumano se manifiesta, que parece cosa increíble y monstruosa. Nos lo dicen las horrendas matanzas y ruinas con que ha devastado inmensas regiones de la Europa Oriental y Asia; y que es enemigo abierto de la Santa Iglesia y del mismo Dios, demasiado, por desgracia, demasiado nos los han probado los hechos y es de todos bien conocido. Por eso juzgamos superfluo prevenir a los buenos y fieles hijos de la Iglesia contra el carácter impío e injusto del comunismo; pero no podemos menos de contemplar con profundo dolor la incuria de los que parecen despreciar estos inminentes peligros, y con cierta pasiva


desidia permiten que se propaguen por todas partes doctrinas que destrozarán por la violencia y por la muerte toda la sociedad. Mayor condenación merece aún la negligencia de quienes descuidan la supresión o reforma del estado de cosas que llevan a los pueblos a la exasperación y con ello preparan el camino a la revolución y ruina de la sociedad. PARTIDO MODERADO: "SOCIALISMO" 44. La parte que se ha quedado con el nombre de socialismo es ciertamente más moderada, pues no sólo profesa que ha de suprimirse toda violencia, sino que, aun sin rechazar la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada, las suaviza y modera de alguna manera. Diríase que, aterrado por sus principios y por las consecuencias que se siguen del comunismo, el socialismo se inclina y en cierto modo avanza hacia las verdades que la tradición cristiana ha enseñado siempre solemnemente, pues no se puede negar que sus peticiones se acercan muchas veces a las de quienes desean reformar la sociedad conforme a los principios cristianos. 45. La lucha de clases, sin enemistades y odios mutuos, poco a poco se transforman en una como discusión honesta, fundada en el amor a la justicia; ciertamente, no es aquella bienaventurada paz social que todos deseamos, pero puede y debe ser el principio de donde se llegue a la mutua cooperación de las profesiones. La misma guerra a la propiedad privada se restringe cada vez más y se suaviza de tal modo que, al fin, ya no es la posesión misma de los medios de producción lo que se ataca, sino cierto predominio social que contra todo derecho se ha tomado y arrogado la propiedad. Y de hecho, semejante poder no pertenece a los que poseen, sino a la potestad pública. De este modo se puede llegar insensiblemente hasta el punto de que estos postulados del socialismo moderado no difieren de los anhelos y peticiones de quienes desean reformar la sociedad humana fundándose en los principios cristianos. En verdad que con toda razón cabe el defender que se puedan legítimamente reservar a los poderes públicos ciertas categorías de bienes, aquellos que llevan consigo tal preponderancia económica que no se podría, sin poner en peligro el bien común, dejarlos en manos de los particulares. Estos deseos y postulados justos ya nada contienen contrario a la verdad cristiana, ni tampoco son, en verdad, reivindicaciones propias del socialismo. Por lo tanto, quienes solamente pretenden eso, no tienen por qué agregarse al socialismo. Pero no vaya alguno a creer que los partidos o grupos socialistas, que no son comunistas, se contenten todos de hecho o de palabra con eso sólo. Los más llegan a suavizar en alguna manera la lucha de clases o la abolición de la propiedad, no a rechazarlas. 46. Ahora bien; esta mitigación, y como olvido de los falsos principios, hace surgir, o mejor, a algunos les ha hecho plantear indebidamente esta cuestión: la conveniencia de suavizar o atemperar los principios de la verdad cristiana, para salir al paso del socialismo y convenir con él en un camino intermedio. Hay quienes se ilusionan con la aparente esperanza de que así vendrán a nosotros los socialistas. ¡Vana esperanza! Los que quieren ser apóstoles entre los socialistas, deben confesar abierta y sinceramente la verdad cristiana plena e íntegra, sin connivencias de ninguna clase con el error. Procuren primeramente, si quieren ser verdaderos anunciadores del Evangelio, demostrar a los socialistas que sus postulados, en lo que tienen de justos, se defienden con mucha mayor fuerza desde el campo de los principios de la fe cristiana y se promueven más eficazmente por la fuerza de la caridad cristiana.


Pero ¿qué decir en el caso de que el socialismo de tal manera se modere y se enmiende en lo tocante a la lucha de clases y a la propiedad privada, que no se le pueda ya reprender nada en estos puntos? ¿Acaso con ello abdicó ya de su naturaleza anticristiana? He aquí la cuestión, ante la cual se quedan perplejos muchos espíritus. Y son muchos los católicos que, sabiendo perfectamente que nunca pueden abandonarse los principios católicos ni suprimirse, parecen volver sus ojos a esta Santa Sede y pedir con insistencia que resolvamos si ese socialismo está suficientemente purgado de sus falsas doctrinas, de tal suerte que, sin sacrificar ningún principio cristiano, pueda ser admitido y en cierto modo bautizado. Para satisfacer, según Nuestra paternal solicitud, a estos deseos, decimos: El socialismo, ya se considere como doctrina, ya como hecho histórico, ya como acción, si sigue siendo verdaderamente socialismo, aun después de sus concesiones a la verdad y a la justicia en los puntos de que hemos hecho mención, es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica, porque su manera de concebir la sociedad se opone diametralmente a la verdad cristiana. SOCIALISMO Y CATOLICISMO 47. Según la doctrina cristiana, el hombre, dotado de naturaleza social, ha sido puesto en la tierra para que, viviendo en sociedad y bajo una autoridad ordenada por Dios53, cultive y desarrolle plenamente todas sus facultades para gloria y alabanza de su Creador; y cumpliendo fielmente los deberes de su profesión o de su vocación, sea cual fuere, logre la felicidad temporal y juntamente la eterna. El socialismo, por lo contrario, completamente ignorante y descuidado de tan sublime fin del mundo y de la sociedad, pretende que la sociedad humana no tiene otro fin que el puro bienestar material. La división ordenada del trabajo es mucho más eficaz para la producción de los bienes que los esfuerzos aislados de los particulares; de ahí deducen los socialistas la necesidad de que la actividad económica (en la cual sólo consideran el fin material) proceda socialmente. Los hombres, dicen ellos, haciendo honor a esta necesidad real, están obligados a entregarse y sujetarse totalmente a la sociedad en orden a la producción de los bienes. Más aún, es tanta la estima que tienen de la posesión del mayor número posible de riquezas con que satisfacer las comodidades de esta vida, que ante ella deben ceder y aun inmolarse los bienes más elevados del hombre, sin exceptuar la misma libertad, en aras de una producción mucho más eficaz. Piensan que la abundancia de bienes que ha de recibir cada uno en ese sistema, para emplearlo a su placer en las comodidades y necesidades de la vida, fácilmente compensa la disminución de la dignidad humana, a la cual se llega en el ordenamiento socializado de la producción. Una sociedad cual la ve el socialismo, por una parte, no puede existir ni concebirse sin el empleo de una gran violencia, y por otra, entroniza una falsa licencia, puesto que en ella no existe verdadera autoridad social; ésta, en efecto, no puede basarse en las ventajas materiales y temporales, sino que procede de Dios, Creador y último fin de todas las cosas54. 48. Si acaso el socialismo, como todos los errores, tiene una parte de verdad (lo cual nunca han negado los Sumos Pontífices), el concepto de la sociedad que le es característico y sobre el cual descansa, es inconciliable con el verdadero cristianismo. Socialismo religioso, socialismo cristiano, son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero. SOCIALISMO EDUCADOR 49. Todo esto, que hemos recordado y confirmado solemnemente con Nuestra autoridad, se debe aplicar de la misma suerte a una nueva forma del socialismo hasta


ahora poco conocida, que actualmente, sin embargo, se va propagando por muchas agrupaciones socialistas. Su primera preocupación es educar los espíritus y las costumbres; ante todo intenta atraer, bajo capa de amistad, a los niños para arrastrarlos consigo, pero se extiende también a toda clase de hombres con el intento de formar finalmente al hombre socialista, en el cual se apoye la sociedad formada según los principios del socialismo. Hemos tratado largamente en Nuestra encíclica Divini illius Magistri55 de los principios en que se funda y de los fines que persigue la pedagogía cristiana; y es tan evidente y claro cuánto pugna con esas enseñanzas lo que hace y pretende el socialismo educador, que podemos dispensarnos de declararlo. Sin embargo, parece que ignoran o ponderan poco los gravísimos peligros que trae consigo ese socialismo quienes nada hacen por resistir a ellos con la energía y celo que la gravedad del asunto reclama. Nuestro deber pastoral Nos obliga a avisar a éstos de la inminencia del gravísimo mal: acuérdense todos de que el padre de este socialismo educador es el liberalismo; y su heredero, el bolchevismo. CATÓLICOS, PASADOS AL SOCIALISMO 50. Por lo tanto, Venerables Hermanos, podéis comprender con cuánto dolor vemos que, sobre todo, en algunas regiones, no pocos hijos Nuestros, de quienes no podemos persuadirnos que hayan abandonado la verdadera fe y perdido su buena voluntad, dejan el campo de la Iglesia para pasarse a las filas del socialismo: unos, que abiertamente se glorían del nombre de socialistas y profesan la fe de éstos; otros, que por indiferencia, o tal vez con repugnancia, dan su nombre a asociaciones que por su ideología o por su actuación son socialistas. Angustiados por Nuestra paternal solicitud, examinamos e investigamos los motivos que los han llevado tan lejos, y Nos parece oír lo que muchos de ellos responden como excusa: que la Iglesia y los que se dicen adictos a la Iglesia favorecen a los ricos, desprecian a los obreros, y nada se cuidan de éstos. Por eso ellos tuvieron que pasarse a las filas de los socialistas y alistarse en ellas para poder ocuparse de aquellos. Es, en verdad, lamentable, Venerables Hermanos, que haya habido y aun haya ahora quienes, llamándose católicos, apenas se acuerden de la sublime ley de la justicia y de la caridad, en virtud de la cual nos está mandado no sólo dar a cada uno lo que le pertenece, sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados, como a Cristo mismo56, y, lo que aun es más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro. Hay, además, quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en sus exacciones injustas, para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombre son la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su parte de bienestar en esta vida. La historia entera de la Iglesia claramente prueba que esa apariencia y esa acusación es inmerecida e injusta; la misma Encíclica, cuyo aniversario celebramos, es testimonio elocuente de la suma injusticia de tales calumnias y contumelias lanzadas contra la Iglesia y su doctrina. 51. Aunque afligidos por la injuria y oprimidos por el dolor paterno, lejos estamos de rechazar a los hijos miserablemente engañados y tan apartados de la verdad y de la salvación; antes al contrario, con la mayor solicitud que podemos, los invitamos a que vuelvan al seno maternal de la Iglesia. ¡Ojalá quieran dar oídos a Nuestra voz! ¡Ojalá vuelvan a la casa paterna de donde salieron y perseveren en ella, en el lugar que les


pertenece, a saber, entre las filas de los que, siguiendo con entusiasmo los avisos promulgados por León XIII y renovados solemnemente por Nos, procuran restaurar la sociedad según el espíritu de la Iglesia, afianzando la justicia y la caridad social! Persuádanse que en ninguna otra parte de la tierra podrán hallar más completa felicidad, sino en la casa de Aquel que, siendo rico, se hizo por nosotros pobre, para que con su pobreza llegáramos nosotros a ser ricos57; que fue pobre y estuvo entregado al trabajo desde su juventud; que invita a Sí a todos los agobiados con trabajos y cargas para confortarlos plenamente en el amor de su Corazón58, y que, finalmente, sin acepción de personas, exigirá más a aquellos a quienes dio más59 y dará a cada uno según sus obras60. C) LAS "COSTUMBRES" 52. Pero si más diligente e íntimamente consideramos este asunto, claramente descubriremos que a esta restauración social tan deseada debe preceder la renovación profunda del espíritu cristiano, del cual se han apartado desgraciadamente tantos hombres, entre los inclinados a los problemas y a las cosas económicas; de lo contrario, todos los esfuerzos será estériles y el edificio se asentará no sobre roca, sino sobre arena movediza61. En realidad, el examen que hemos hecho de la economía moderna, Venerables Hermanos y amados hijos, Nos la ha mostrado cargada de gravísimos defectos. Hemos llamado de nuevo a juicio al comunismo y al socialismo, y hemos encontrado que todas sus formas, aun las más suaves, están muy lejos de los preceptos evangélicos. Por lo tanto -usamos las palabras de Nuestro Predecesor-, si ha de haber algún remedio para los males de la humanidad, ésta no lo encontrará sino en la vuelta a la vida y a las costumbres cristianas62. Ya que sólo esto puede traer el remedio eficaz a la solicitud excesiva por las cosas caducas, que es el origen de todos los vicios; sólo esto puede hacer que la vista fascinada de los hombres, fija en las cosas mudables de la tierra, se separe de ella y se eleve a los cielos. Y ¿quién negará que éste es el remedio que más necesita hoy el género humano? EL MAYOR DESORDEN ACTUAL 53. Todos se impresionan casi únicamente con las perturbaciones, calamidades y ruinas temporales. Y ¿qué es todo esto, mirando con ojos cristianos, como es razón, comparado con la ruina de las almas? Sin embargo, se puede decir sin temeridad que las condiciones de la vida social y económica son tales, que a una gran parte de los hombres les crean las mayores dificultades para cuidarse de lo único necesario, su salvación eterna. Como Pastor y Defensor de tan innumerables ovejas hemos sido constituidos por el Príncipe de los Pastores, que las redimió con su Sangre, y no podemos contemplar sin lágrimas el tan inmenso peligro en que se hallan; más aún, conscientes del oficio pastoral e impulsados por la solicitud paterna, meditamos continuamente cómo podremos ayudarlas, recurriendo también al incansable empeño de quienes por justicia o por caridad se interesan por ellas. ¿Qué aprovecharía a los hombres hacerse hábiles para ganar aun el mundo entero por medio de un uso más sabio de las riquezas, si por ello se condenasen las almas?63. ¿De qué sirve mostrarles los principios seguros de la economía, si arrebatados por una sórdida y desenfrenada codicia se entregan con tal ardor a sus cosas que, oyendo los mandamientos del Señor, hacen todo lo contrario?64


CAUSAS DE ESTE MAL 54. La descentralización de la vida social y económica, así como la consiguiente apostasía en una gran parte de los obreros, tienen su principio y origen en las pasiones desordenadas del alma, triste consecuencia del pecado original; él deshizo de tal modo la concordia admirable que existía entre las facultades humanas, que el hombre, fácilmente arrastrado por los malos apetitos, se siente vehementemente incitado a anteponer los bienes caducos de este mundo a los celestiales y duraderos. De aquí esa insaciable sed de riquezas y bienes temporales que en todos los tiempos ha empujado a los hombres a infringir las leyes de Dios y a conculcar los derechos del prójimo, pero que en la organización moderna de la economía prepara atractivos mucho más numerosos a la fragilidad humana. La inestabilidad propia de la vida económica y, sobre todo, su complejidad, exigen de los que se han entregado a ella una actividad absorbente y asidua; y en algunos se han embotado los estímulos de la conciencia hasta llegar a la persuasión de serles lícito el aumentar sus ganancias de cualquier manera y defender por todos los medios las riquezas acumuladas con tanto esfuerzo y trabajo contra los repentinos reveses de la fortuna. Las fáciles ganancias que la anarquía del mercado ofrece a todos, incitan a muchos al cambio de las mercancías con el único anhelo de llegar rápidamente a la fortuna con la menor fatiga; su desenfrenada especulación hace aumentar y disminuir incesantemente, a medida de su capricho y avaricia, el precio de las mercancías hasta echar por tierra con sus frecuentes alternativas las previsiones de los fabricantes prudentes. Las instituciones jurídicas destinadas a favorecer la colaboración de los capitales, dividiendo y limitando los riesgos, han sido muchas veces la ocasión de los excesos más reprensibles; vemos, en efecto, que las responsabilidades se han disminuido hasta el punto de no impresionar sino ligeramente a las alma; que, además, bajo la capa de un nombre colectivo se cometen las injusticias y fraudes más condenables; los que gobiernan estos grupos económicos, despreciando los deberes de su cargo, traicionan los derechos de quienes les confiaron la administración de sus ahorros. Finalmente, hay que señalar a aquellos hombres astutos que, olvidando la obligada honorabilidad de su propia profesión, no temen poner acicates a la codicia de sus clientes y, después de excitados, los aprovechan para su propio lucro. Corregir estos gravísimos inconvenientes y aun prevenirlos, debiera haber sido propio tan sólo de una severa disciplina de las costumbres, mantenida firmemente por la autoridad pública; pero, desgraciadamente, faltó muchísimas veces. Los gérmenes de la nueva economía aparecieron por vez primera, cuando los errores racionalistas habían arraigado ya plenamente en los entendimientos; y con ellos pronto nació una ciencia económica distanciada de la verdadera ley moral: así es como quedaron libres de todo freno las concupiscencias humanas. Con esto creció mucho el número de los que ya no se cuidaban sino de aumentar sus riquezas de cualquier manera, buscándose a sí mismos sobre todo y ante todo, sin que nada les remordiese la conciencia, ni aun ante los mayores delitos contra el prójimo. Los primeros que entraron por este ancho camino, que lleva a la perdición65, fácilmente encontraron muchos imitadores de su iniquidad, gracias al ejemplo de su aparente éxito, o con el inmoderado alarde de sus riquezas, o porque se mofaban de la conciencia de los demás como si fuera víctima de vanos escrúpulos, o porque anulaban a sus competidores, si eran más honestos en sus negocios. Era natural que, marchando los directores de la economía por camino tan alejado de la rectitud, la masa de los obreros se precipitara a menudo por el mismo abismo; tanto más, cuanto que muchos de los patronos utilizaron a los obreros como meros instrumentos, sin preocuparse nada de sus almas, y sin pensar siquiera en sus intereses superiores. En verdad, el ánimo se horroriza al ponderar los gravísimos


peligros a que están expuestos, en las fábricas modernas, la moralidad de los obreros (principalmente jóvenes) y el pudor de las doncellas y demás mujeres; al pensar cuán frecuentemente el régimen moderno del trabajo y principalmente las irracionales condiciones de habitación crean obstáculos a la unión e intimidad de la vida familiar; al recordar tantos y tan grandes impedimentos que se oponen a la santificación de las fiestas; al considerar cómo se debilita universalmente el sentido verdaderamente cristiano, que aun a hombres indoctos y rudos enseñaba a elevarse a tan altos ideales, suplantado hoy por el único afán de procurarse por cualquier medio el sustento cotidiano. Así, el trabajo corporal, que estaba destinado por Dios, aun después del pecado original, a labrar el bienestar material y espiritual del hombre, se convierte a cada paso en instrumento de perversión; de la fábrica sale ennoblecida la materia inerte, mientras en aquélla se corrompen y envilecen los hombres. D) REMEDIOS 1) VIDA CRISTIANIZADA 55. Ningún remedio eficaz se puede poner a tan lamentable ruina de las almas; y, mientras perdure ésta, será inútil todo afán de regeneración social, si no vuelven los hombres franca y sinceramente a la doctrina evangélica, es decir, a los preceptos de Aquel que sólo tiene palabras de vida eterna66, palabras que nunca han de pasar, aunque pasen el cielo y la tierra67. Los verdaderos conocedores de la ciencia social pide insistentemente una reforma asentada en normas racionales que encuadren la vida económica en un régimen sano y recto. Pero ese régimen, que también Nos deseamos con vehemencia y favorecemos intensamente, será incompleto e imperfecto si todas las formas de la actividad humana no se ponen de acuerdo para imitar y realizar, en cuanto es posible a los hombres, la admirable unidad del plan divino. Ese régimen perfecto, que con fuerza y energía proclaman la Iglesia y la misma recta razón humana, exige que todas las cosas vayan dirigidas a Dios, como a primero y supremo término de la actividad de toda criatura, y que, después de Dios, todos los bienes creados, cualesquiera que sean, se consideren como simples medios, de los que ha de usarse en tanto en cuanto conduzcan al fin supremo. Lejos -por ello- de Nos el tener en menos las profesiones lucrativas o considerarlas como menos conformes con la dignidad humana; al contrario, la verdad nos enseña a reconocer en ellas con veneración la voluntad clara del divino Hacedor, que puso al hombre en la tierra para que la trabajara e hiciera servir a sus múltiples necesidades. Tampoco está prohibido, a los que se dedican a la producción de bienes, aumentar su fortuna justamente; antes es equitativo que el que sirve a la comunidad y aumenta su riqueza se aproveche asimismo del crecimiento del bien común conforme a su condición, con tal que se guarde el respeto debido a las leyes de Dios, queden ilesos los derechos de los demás y en el uso de los bienes se sigan las normas de la fe y de la recta razón. Si todos, en todas partes y siempre, observaran esta ley, pronto volverían a los límites de la equidad y de la justa distribución no sólo la producción y adquisición de las cosas, sino también el consumo de las riquezas, que hoy con frecuencia tan desordenado se ofrece; al sórdido egoísmo, que es la mancha y el gran pecado de nuestros días, sustituiría en la práctica y en los hechos la ley suavísima, pero a la vez eficacísima, de la moderación cristiana, que manda al hombre buscar primero el reino de Dios y su justicia, porque sabe ciertamente por la segura promesa de la liberalidad divina que los bienes temporales le serán dados por añadidura en la medida que le hicieren falta68. 2) LEY DE LA CARIDAD 56. Mas para lograr establecer todo ello, es menester que a la ley de la justicia se una la ley de la caridad,que es vínculo de perfección69. ¡Cómo se engañan aquellos incautos reformadores que desprecian soberbiamente la ley de la caridad, cuidando


sólo de hacer observar la justicia conmutativa! Ciertamente, la caridad no debe considerarse como una sustitución de los deberes de justicia que injustamente dejan de cumplirse. Pero aun suponiendo que cada uno de los hombres obtenga todo aquello a que tiene derecho, siempre queda para la caridad un campo dilatadísimo. La justicia sola, aun observada puntualmente, puede, es verdad, hacer desaparecer la causa de las luchas sociales, pero nunca unir los corazones y enlazar los ánimos. Ahora bien; todas las instituciones destinadas a consolidar la paz y promover la colaboración social, por bien concebidas que parezcan, reciben su principal firmeza del mutuo vínculo espiritual que une a los miembros entre sí; cuando falta ese lazo de unión, la experiencia demuestra que las fórmulas más perfectas no tienen éxito alguno. La verdadera unión de todos en aras del bien común sólo se alcanza cuando todas las partes de la sociedad sienten íntimamente que son miembros de una gran familia e hijos del mismo Padre celestial; aun más, un solo cuerpo en Cristo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros70; por donde si un miembro padece, padecen a la vez todos los demás71. Sólo entonces los ricos y todos los dirigentes cambiarán su indiferencia habitual hacia los hermanos más pobres en un amor solícito y activo, recibirán con corazón abierto sus peticiones justas y perdonarán de corazón sus posibles culpas y errores. Por su parte, los obreros, depuesto sinceramente todo sentimiento de odio y envidia de que tan hábilmente abusan los propagadores de la lucha social, aceptarán sin molestia el puesto que les ha señalado la divina Providencia en la sociedad humana, o mejor dicho, lo estimarán mucho, bien persuadidos de que colaboran útil y honrosamente al bien común, cada uno según su propio grado y oficio, y que siguen así de cerca las huellas de Aquel que, siendo Dios, quiso ser entre los hombres Artesano y aparecer como hijo de Artesano. E) RESTAURACIÓN CRISTIANA 1) EMPRESA ARDUA 57. De esta nueva difusión -por el mundo- del espíritu evangélico, que es espíritu de moderación cristiana y caridad universal, confiamos que saldrá la tan deseada total restauración en Cristo de la sociedad humana y laPaz de Cristo en el Reino de Cristo: a este fin resolvimos y firmemente propusimos desde el principio de Nuestro pontificado consagrar todo Nuestro cuidado y solicitud pastoral72. También vosotros, Venerables Hermanos, que por mandato de Espíritu Santo regís con Nos la Iglesia de Dios73, incansablemente colaboráis con muy laudable celo a este mismo fin, tan capital y hoy más necesario que nunca, en todas las partes de la tierra, aun en las regiones de las sagradas Misiones entre infieles. Merecéis, pues, toda alabanza, así como todos esos valiosos cooperadores, clérigos o seglares, que Nos alegran al verlos participar con vosotros en los afanes cotidianos de esta gran obra. Son Nuestros amados hijos inscritos en la Acción Católica, y comparten con Nos de manera especial el cuidado de la cuestión social, en cuanto compete y toca a la Iglesia por su misma institución divina. A todos ellos exhortamos una y otra vez en el Señor a que no perdonen trabajos, ni se dejen vencer por dificultad alguna, sino que cada día crezcan en valor y fortaleza74. Ciertamente que es muy arduo el trabajo que les proponemos; conocemos muy bien los muchos obstáculos e impedimentos que por ambas partes, en las clases superiores y en las inferiores de la sociedad, se oponen y hay que vencer. Pero no se desalienten; de cristianos es afrontar ásperas batallas; de quienes como buenos soldados de Cristo75 le siguen más de cerca, lanzarse aun a los más pesados trabajos. Confiados únicamente en el auxilio omnipotente de Aquel que quiere que todos los hombres se salven76, procuremos ayudar con todas nuestras fuerzas a aquellas infelices almas alejadas de Dios; y enseñémoslas a separarse de los excesivos cuidados temporales y aspirar confiadamente hacia las cosas eternas. A veces se


obtendrá esto más fácilmente de lo que a primera vista pudiera esperarse. Puesto que si en el fondo aun del hombre más perdido se esconden, como brasas debajo de la ceniza, fuerzas espirituales admirables, testimonio indudable del alma naturalmente cristiana, ¡cuánto más en los corazones de esas grandes masas, que se han ido al error más bien por ignorancia o por las circunstancias exteriores! Por lo demás, señales llenas de esperanza y de una renovación social son esas falanges obreras, entre las cuales con increíble gozo de Nuestra alma vemos alistarse incluso nutridos grupos de jóvenes obreros que reciben obedientes las inspiraciones de la divina gracia y tratan de ganar para Cristo con increíble celo a sus compañeros. No menor alabanza merecen los jefes de las asociaciones obreras que, sin cuidarse de sus propias utilidades y atendiendo solamente al bien de los asociados, tratan de acomodar prudentemente con la prosperidad de la profesión sus justas peticiones y de promoverlas, y no se acobardan en tan noble empresa por ningún impedimento ni sospecha. También hacen concebir alegres esperanzas de que han de dedicarse por completo a la obra de restauración social esos numerosos jóvenes que por su talento y sus riquezas tendrán puesto preeminente entre las clases superiores de la sociedad y que tan preocupados se hallan ya por estudiar los problemas sociales. 2) CAMINO A SEGUIR 58. El camino por donde se debe marchar, Venerables Hermanos, está señalado claramente por las presentes circunstancias. Como en otras épocas de la historia de la Iglesia, hemos de enfrentarnos con un mundo que en gran parte ha recaído casi en el paganismo. Si han de volver a Cristo esas clases de hombres que le han negado, es necesario escoger de entre ellos mismos y formar los soldados auxiliares de la Iglesia que los conozcan bien y entiendan sus pensamientos y deseos, y puedan penetrar en sus corazones suavemente con una caridad fraternal. Los primeros e inmediatos apóstoles de los obreros han de ser obreros; los apóstoles del mundo industrial y comercial, industriales y comerciantes. Buscar con afán estos apóstoles seglares, tanto obreros como patronos; elegirlos prudentemente, educarlos e instruirlos convenientemente, os toca principalmente a vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro clero. A todos los sacerdotes les aguarda un delicado oficio: que se preparen, pues, con un estudio profundo de la cuestión social, ellos que forman la esperanza de la Iglesia. Mas aquéllos, a quienes especialmente vais a confiar este oficio, es del todo necesario que revelen ciertas cualidades: que tengan tan exquisito sentido de la justicia, que se opongan con constancia completamente varonil a las peticiones exorbitantes y a las injusticias, de dondequiera que vengan; que se distingan por su discreción y prudencia, alejada de cualquier exageración, y que, sobre todo, estén íntimamente penetrados de la caridad de Cristo, porque es la única que puede reducir con suavidad y fortaleza las voluntades y corazones de los hombres a las leyes de la justicia y de la equidad. No dudemos en marchar con todo ardor por este camino, más de una vez comprobado por el éxito feliz. A Nuestros muy amados hijos elegidos para tan grande obra les recomendamos con todo ahinco en el Señor que se entreguen totalmente a educar a los hombres que se les han confiado; y que en ese oficio verdaderamente sacerdotal y apostólico usen oportunamente de todos los medios más eficaces de la educación cristiana: enseñar a los jóvenes, fundar asociaciones cristianas, organizar círculos de estudio, todo ello según las enseñanzas de la fe. Pero, sobre todo, estimen mucho y apliquen frecuentemente, para bien de sus alumnos, aquel instrumento preciosísimo de renovación privada y social que son los


Ejercicios Espirituales, como ya dijimos en Nuestra encíclica Mens Nostra. En ella hemos recordado explícitamente y recomendado con insistencia, además de los Ejercicios para todos los seglares, los Retiros especialmente dedicados a los obreros77. En esa escuela del espíritu no sólo se forman óptimos cristianos, sino también verdaderos apóstoles para todas las condiciones de la vida, inflamados en el fuego del Corazón de Cristo. De esa escuela saldrán, como los Apóstoles del Cenáculo de Jerusalén, fortísimos en la fe, armados de una constancia invencible en medio de las persecuciones, abrasados en el celo, sin otro ideal que propagar por doquier el Reino de Cristo. Y, ciertamente, hoy más que nunca hacen falta valientes soldados de Cristo que con todas sus fuerzas trabajen para preservar la familia humana de la ruina espantosa en que caería si el desprecio de las doctrinas del Evangelio dejara triunfar un estado de cosas que pisotea las leyes de la Naturaleza no menos que las de Dios. La Iglesia de Cristo nada teme por sí, pues está edificada sobre la piedra inconmovible, y bien sabe que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella78; tiene, además, seguridad en la prueba que la experiencia de tantos siglos proporciona: de las tempestades más violentas ha salido siempre más fuerte y coronada con nuevos triunfos. Pero su maternal corazón no puede menos de conmoverse ante los males sin cuento que estas tempestades acarrearían a miles de hombres, y, sobre todo, ante los gravísimos daños espirituales que de ahí resultarían y que llevarían a la ruina a tantas almas redimidas por la sangre de Cristo. Nada debe quedar por hacer, a fin de apartar a la sociedad de tan graves males; tiendan a eso nuestros trabajos, nuestros esfuerzos, nuestras continuas y fervientes oraciones a Dios. Puesto que, con el auxilio de la gracia divina, en nuestras manos está la suerte de la familia humana. Por todo lo cual, no permitamos, Venerables Hermanos y amados hijos, que los hijos de este siglo se muestren más prudentes que nosotros, que por la divina bondad somos hijos de la luz79. Les vemos, en efecto, con qué maravillosa sagacidad se consagran a escoger activos adeptos y formárselos para esparcir sus errores cada día con mayor amplitud entre todas las clases y en todos los puntos de la tierra. Pero siempre que tratan de atacar con más vehemencia a la Iglesia de Cristo, los vemos acallar sus internas diferencias, formar en la mayor concordia un solo frente de batalla y trabajar con todas sus fuerzas unidas para alcanzar su ideal común. 3) UNIÓN Y COOPERACIÓN 59. Pues bien; nadie en verdad ignora el celo incansable de los católicos, que tantas y tan grandes batallas sostienen por doquier, así en obras del bien social y económico como en materia de escuelas y religión. Pero esta acción laboriosa y admirable es en no pocas ocasiones menos eficaz porque las fuerzas se dispersan demasiado. Unanse, pues, todos los hombres de buena voluntad, cuantos quieren combatir, bajo la dirección de los Pastores de la Iglesia, la batalla del bien y de la paz de Cristo; todos, bajo la guía y el magisterio de la Iglesia, según el talento, fuerzas o condición de cada uno, se esfuercen en contribuir de alguna manera a la cristiana restauración de la sociedad que León XIII deseó en su inmortal encíclica Rerum novarum; no miren a sí mismos, ni a sus propios intereses, sino a los de Jesucristo80; no pretendan imponer sus propios pareceres, antes estén dispuestos a deponerlos, por buenos que parezcan, si el bien común lo exige; para que, en todo y sobre todo, Cristo reine, Cristo impere, a quien se debe honor, gloria y poder para siempre81. Y para que esto suceda felizmente, a todos vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, miembros todos de la inmensa familia católica a Nos confiada, pero con


particular afecto de Nuestro corazón a los obreros y demás trabajadores manuales que habéis sido más vivamente encomendados a Nos por la divina Providencia, como también a los patronos y jefes de trabajo cristianos, os damos con paternal ánimo la Bendición Apostólica. Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1931, año décimo de Nuestro Pontificado. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15

Arcanum 10 febr. 1880. Diuturnum 29 iun. 1881. Immortale Dei 1 nov. 1885. Sapientiae christianae 10 ian. 1890. Quod apostolici muneris 28 dec. 1878. Libertas 20 iun. 1888. Rerum novarum n. 1. Rerum novarum n. 13. Rerum novarum n. 2. Cf. Rerum novarum n. 13. Mat. 7, 29. Rerum novarum n. 1. S. Ambrosius De excessu fratris sui Satyri, 1, 44. Rerum novarum n. 13.

Baste indicar algunos docs.: Leo XIII, Ep. Ap. Praeclara 20 iun. 1894; Enc. Graves de communi 18 ian. 1901; Pius X, Motu pr. sobre la Acción popular cristiana 8 dec. 1903; Bened. XV, Enc. Ad beatissimi 1 nov. 1922; Pius XI, Enc. Ubi Arcano 23 dec. 1922; Enc. Rite expiatis 30 april. 1926. 16

Cf. La Hiérarchie catholique et le probleme social despuis l'Encyclique "Rerum novarum" -1891-1931- páginas XVI-335, edit. por la Un. int. d'Etudes sociales, fundada en Malinas (1920) bajo la presidencia del Card. Mercier, París, edics. "Spes", 1931. 17 18 19 20 21

Is. 11, 12. Rerum novarum n. 26. Rerum novarum n. 29. Rerum novarum n. 38. Rerum novarum n. 44.


22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49

Rerum novarum n. 45. Pius X Enc. Singulari quadam 24 sept. 1912. Cf. Carta de la S. Congr. del Concilio al Obispo de Lille (Liénart) 5 junio 1929. Cf. Rom. 1, 14. Rerum novarum n. 13. Ubi arcano 23 dec. 1922. Ibid. Rerum novarum n. 5. Cf. Rerum novarum n. 19. Rerum novarum n. 7. Alocución al Comité de Acción Católica para Italia, 16 mayo 1926. Rerum novarum n. 6. Rerum novarum n. 10. Rerum novarum n. 37. Cf. S. Th. 2. 2ae., 134. Rerum novarum n. 27. Rerum novarum n. 15. Rerum novarum n. 7. 2 Thess. 3, 10. Ibid. 3, 8-10. Rerum novarum n. 37. Rerum novarum n. 36. Rerum novarum n. 17. Cf. enc. Casti Connubii 31 dec. 1930. Cf. S. Th. De regimine principum 1, 15. -Rerum novarum n. 36. Cf. Rerum novarum n. 16. Cf. S. Th. Contra Gent. 3, 71; cf. 1a., 65, 2, i. c.


50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76

Cf. enc. Immortale Dei 1 nov. 1885. Rerum novarum n. 44. Eph. 4, 16. Rerum novarum n. 15. Cf. Rom. 13, 1. Enc. Diuturnum 9 iun. 1881. Enc. Divini illius Magistri 31 dec. 1929. Iac. c. 2. 2 Cor. 8, 9. Mat. 11, 28. Cf. Luc. 12, 48. Mat. 16, 27. Cf. Mat. 7, 24. Rerum novarum n. 22. Cf. Mat. 15, 26. ] Cf. Iud. 2, 17. Cf. Mat. 7, 13. Cf. Io. 6, 70. Cf. Mat. 16, 35. Cf. Mat. 6, 23. Col. 3, 14. Rom. 12, 5. 1 Cor. 12, 26. Cf. enc. Ubi arcano. Cf. Act. 20, 28. Cf. Deut. 31, 7. Cf. 2 Tim. 2, 3. Cf. 1 Tim. 2, 4.


77 78 79 80 81

Cf. enc. Mens Nostra 20 dec. 1929. Mat. 16, 18. Cf. Luc. 8. Cf. Phil. 2, 21. Apoc. 5, 13.


Mater et Magistra Carta encíclica de S.S. Juan XXIII sobre los recientes desarrollos de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana Discurso de S.S. Juan XXIII el 14 mayo 1961 A TODOS LOS TRABAJADORES DEL MUNDO Espectáculo incomparable que supera a todo cuanto habríamos podido esperar. Dejadnos saludar con vosotros esta nueva primavera de la Santa Iglesia. Venerables Hermanos Amados hijos: Vuestra presencia tan solemne y respetuosa y, al mismo tiempo tan vivaz y vibrante, aquí junto al sacro sepulcro de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, llena de extraordinaria alegría vuestro corazón y el Nuestro. ¿Quién os ha traído aquí en tan gran número, reunidos de todos los países, pertenecientes a toda edad, a toda clase social y a toda lengua? Os ha reunido el recuerdo de un gran Papa y de una Carta, de una carta que él en su tiempo había escrito y había hecho mandar a todo el mundo: mas no sobre un argumento del acostumbrado ministerio pontificio, como sería el estimular a devoción y a cristiana piedad, sino precisamente en un tema doctrinal y práctico sobre el trabajo de los campos y de las fábricas, sobre el trabajo de todos cuantos desarrollan humanas energías -brazos, cabeza y corazón, cuerpo y alma- para sustentamiento de la vida, para prosperidad, para progresiva riqueza del mundo entero. El humilde Papa su sucesor que os está hablando era un niñito de diez años en aquel 1891: pero recuerda muy bien, cómo en su parroquia, y doquier en torno a él las palabras iniciales de aquel documento Rerum novarum (Nos estábamos entonces en los latinazos) eran repetidas en las iglesias y en las reuniones como título de una enseñanza, en verdad no improvisada, sino tan antiquísima como el Evangelio de Jesucristo Salvador, pero puesta en aquel mayo de 1891 bajo una luz nueva y mejor adaptada a las modernas circunstancias del mundo. Se trataba de situaciones y cuestiones recientes sobre las cuales cada uno gustaba en decir la suya, y muchos la decían muy fuera de propósito, suscitando peligros de confusión y tentación de desorden social. La enseñanza secular de Pedro viviente 2. El papa León, el admirable pontífice, había querido sacar de los tesoros de la enseñanza secular de la Iglesia la doctrina justa y santa, la verdad iluminadora para la dirección del orden social según las exigencias de su tiempo. Aquella Carta encíclica Rerum novarum, situándose con gran valor a la par que con gran claridad y decisión, sobre todo entre las varias relaciones de los campesinos y de los obreros, llamados proletarios, por una parte, y los propietarios y empresarios por otra, indicaba cuán indispensable era restaurar los modos de la justicia y de la equidad en beneficio y en ventaja de los unos y de los otros, invocando como necesarias así la intervención del Estado como la acción honesta y leal de los interesados, trabajadores y dadores de trabajo.


La Rerum novarum fue, por lo tanto, una primera llamada grande y solemne en este orden de principios, que conmovió un poco a todos: y que, aun circunscribiendo entonces su alcance a la cuestión obrera en el ámbito de relaciones ya indicadas, tuvo el mérito de abrir un horizonte, mucho más luminoso porque sacaba luz e irradiación de la purísima doctrina de la Santa Iglesia Católica, y de sus inagotables fuentes que son el Antiguo y Nuevo Testamento. Los cuarenta años que transcurrieron desde la primera difusión y penetración de esta doctrina -esto es, desde el 1891 al 1931- fueron señalados por acontecimientos muy vivaces, complejos y a veces violentos; las variaciones de los desarrollos y de las consiguientes disputas de clases y de pueblos, determinadas por la primera guerra, se hicieron tan oscuras y amenazadoras que sugirieron a la amplia y luminosa mente y al corazón firmísimo del papa Pío XI el reanudar el coloquio de la Sede Apostólica con el mundo del trabajo haciéndole conocer mejor la doctrina cristiana de la Iglesia, en relación a las nuevas posiciones impuestas gradualmente por las mismas conquistas del ingenio humano, por el progreso de las demás técnicas, trastornadoras de las formas tradicionales que habían llegado a ser fatigantes para las mismas masas trabajadoras de los campos y de las fábricas. Desde León XIII a Pío XI y Pío XII 3. Y fue entonces cuando apareció, como recuerdo y más amplio desarrollo de las bases de economía social asentadas por la Rerum novarum, otro documento pontificio titulado Quadragesimo anno, para señalar los pasos que habían de darse, siempre a la luz de los principios cristianos, a las nuevas experiencias, a las nuevas relaciones de cooperación mundial de los hombres trabajadores, de las familias y de las naciones, y ciertamente para señalar el camino, pero también para estimular y rectificar su progreso feliz y provechoso. Alegría grande trajo consigo también esta enseñanza del papa Pío XI con la Quadragesimo anno. Aunque limitando el estudio y la resolución de los nuevos mayores problemas dentro del ámbito del sector industrial, el horizonte de la cuestión social se ensanchaba y resplandecía. Así, sucedió en la mayor precisión y en el relieve más vivo que fue dado al trabajo, a la propiedad, al salario, puestos en relación con las exigencias del bien común y por lo tanto bajo el aspecto social. En el vértice estaba siempre el principio supremo según el cual es regulada toda relación: esto es, no la desenfrenada libre concurrencia ni la prepotencia económica, fuerzas ciegas ambas, sino las razones eternas y sagradas de la justicia y de la caridad. Las exigencias de la justicia no pueden en verdad ser satisfechas si la sociedad no se recompone orgánicamente a través de la reconstitución de los cuerpos intermedios con finalidades económico-sociales. Consecuencia muy fuerte e importante hecha surgir en la Quadragesimo anno, es el estudio paciente e incesante de la colaboración entre las naciones grandes y pequeñas. Amados hijos, en este momento deseamos Nos rendir homenaje, después que a los papas León y Pío XI, también a la sagrada y bendita memoria del Santo Padre, el duodécimo Pío, el cual también, continuando el surco de la Quadragesimo anno, iluminó con su profunda enseñanza los varios sectores de la sociología de los que hubo de ocuparse con referencia a la interna estructura de cada una de las


Comunidades políticas, y también a las relaciones entre las mismas en un plano mundial. Muy frecuentemente su palabra, hablada y escrita, ha sido una enseñanza ocasional caracterizada por la amplitud de los horizontes tocados y descubiertos. Pero ¡qué riqueza, a través de aquellos volúmenes suyos que quedan para nuestra admiración y veneración como una colección siempre digna de consultarse a causa de los preciosos minerales que en ella abundan! Venerables Hermanos y amados hijos, pensad que cuanto hasta aquí os hemos dicho no es sino un acercamiento al punto más luminoso al que Nos hemos propuesto conduciros, esto es más allá de la Rerum novarum, más allá de la Quadragesimo anno, a un tercer documento que, celebrando aquellos dos precedentes y añadiéndoles las nuevas experiencias de actividades sociales que se han multiplicado desmesuradamente en estos últimos treinta años, que nos están más cercanos, les añade, como corona, todavía un más copioso complemento de cristiana doctrina, que la juventud perenne y fecunda de la Santa Iglesia, Una, Católica, Apostólica, Romana, tiene siempre pronta, para luz y para guía de los siglos y de los pueblos. La nueva próxima Encíclica 4. Hemos de confesaros que Nuestra intención era verdaderamente el poderos ofrecer, y el ofrecer a toda la Iglesia Católica precisamente en el día del faustísimo recuerdo del septuagésimo aniversario de la Rerum novarum -1891 -15 mayo- 1961este tercer documento de alcance general en forma de Carta encíclica, amplia y solemne. Gozamos en daros la seguridad de que Nuestra promesa se ha mantenido: la Encíclica está terminada, pero la solicitud por hacer que llegue a todos los creyentes en Cristo, y a todas las almas rectas esparcidas por el mundo, a la misma hora, en su texto oficial latino y en las varias lenguas habladas, Nos aconseja retardar algún tanto la publicación del texto. Entre tanto, amados hijos, dejad que os lo repitamos. Vuestra presencia aquí en extraordinariamente.

Roma,

en

estos días,

Nos es muy querida

Esta semana nos acerca y prepara para la Pentecostés, y nos trae el recuerdo de los reunidos en Sión: viri religiosi ex omni natione quae sub caelo est1. Vosotros, amados hijos, descendientes de aquellos buenos católicos, que fueron los primeros en acoger hace ahora setenta años, y que tan grande honor hicieron a la proclamación de la doctrina católica social del gran papa León, os habéis reunido aquí representando a todos los trabajadores cristianos de la tierra. Bien merecido, pues, tenéis que, como Pedro en Sión, también su humilde Sucesor, os descubra el secreto y os revele ya sin más, pero en expresiones abreviadas, el contenido de este tercer documento pontificio, que muy pronto será pan y alimento saludable y delicioso de vuestras almas y, así lo esperamos, de todos cuantos confían en la Iglesia Santa y bendita de Jesucristo: Magister et Salvator mundi2. Como sucede en la lectura cotidiana del Breviario para nosotros los sacerdotes, sea así también con vosotros mientras Nos escucháis la gracia del Espíritu Santo, para luz de vuestro entendimiento y de vuestros corazones: Spiritus Sancti gratia illuminet sensus et corda nostra.


Esquema del solemne documento 5. El solemne documento, por lo tanto, que dentro de pocas semanas será -Nos place repetirlo- alegría de vuestros ojos, alimento sano y sustancioso de vuestras almas, se desarrolla en cuatro cuadros muy distintos. Primero: La síntesis de las enseñanzas de tres Papas -León y los dos Pío, el undécimo y el duodécimo. Segundo: La presentación de un primer grupo de problemas de acción social que todavía persisten en su continuada presión desde setenta años a esta parte. Tercero: La afirmación de los nuevos problemas graves y a veces peligrosos de esta época nuestra reciente y contemporánea a nosotros. Finalmente, cuarto: La recomposición de las relaciones de la convivencia social a la luz de la enseñanza de la Santa Iglesia. El primer cuadro ya os es familiar por todo lo que hemos expuesto hasta aquí como introducción a nuestro coloquio. En él brilla la naturaleza y el contorno del buen camino de la doctrina pontificia señalado por la Rerum novarum de León XIII, continuado por la Quadragesimo anno de Pío XI y por las notas de carácter social tan variadamente esparcidas en las manifestaciones habladas o escritas de Pío XII. En verdad que se han verificado profundas innovaciones en estos últimos años, tanto en las internas estructuras de cada una de las Comunidades políticas, como en las mutuas relaciones entre las mismas: innovaciones y problemas que imponen ulteriores aplicaciones y desarrollos de las enseñanzas ya delineadas por la Rerum novarum, mas referidas -ya lo hemos dicho- a las cambiadas circunstancias actuales. Volviéndonos hacia el segundo cuadro, nos hallamos ante la visión de estos nuevos problemas. Ante todo y precisamente los tocantes a las relaciones entre iniciativa privada e intervención de los poderes públicos en el campo económico; luego el cada vez más ampliado difundirse de formas asociadas en las varias manifestaciones de la vida; la remuneración del trabajo; las exigencias de la justicia con referencias a las estructuras productivas; y el gravísimo punto de la propiedad privada. La inminente Encíclica, en el estudio y en la solución de estos problemas -no es superfluo el repetirlo- tiene en cuenta los desarrollos que se han seguido desde la enseñanza de León XIII a la de Pío XI, y a los mensajes iluminados y sabios de Pío XII, dominada siempre su doctrina por el motivo fundamental que es afirmación inmutable y valiente defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana. Los problemas del tercer cuadro de los que la Encíclica se ocupa son los más evidentes y apremiantes en el actual momento histórico. Confieren tono y color característicos a este documento pontificio. Por la humana y cristiana solidaridad 6. Surge ante todo el problema de la agricultura. La agricultura era una vez -mas qué decimos: ¿era una vez?-, fue durante milenios de historia, desde las primeras páginas de la Biblia santa, la riqueza y la perenne primavera que se renovaba cada año sobre la tierra, la poesía y el encanto de la vida: y ahora está reducida y está para reducir a muchas, a muchas comunidades humanas, a un estado, como suele decirse, de depresión. Lo que se delinea entre las mayores exigencias de la justicia es


concretamente esta justicia de volver a ajustar el equilibrio económico y social entre los dos sectores de la convivencia humana. Nuestro ya inminente documento está para ofrecer las principales directrices inspiradas en una solidaridad humana y cristiana, consideradas las más eficaces para intento tan noble y tan grande. Otro problema de proporciones mundiales, que interesa y reclama la angustiosa atención de Nuestro apostólico ministerio junto con la cooperación de cuantos creen y viven en Cristo y su Iglesia, se halla constituido por el estado de indigencia, de miseria y de hambre en el que se debaten millones y millones de vidas humanas. De aquí el descontento, que se torna a veces en cruel realidad, de las relaciones entre las comunidades políticas económicamente desarrolladas y las económicamente infradesarrolladas. Este es precisamente el llamado problema de la edad moderna, aunque diciendo todo y diciendo verdad, en el estudio de la historia de los pueblos, abarcando las vicisitudes seculares de todos los núcleos humanos esparcidos por el mundo, en pasados tiempos pudo casi considerarse como inexorable, teniendo en cuenta las causas antiguas y continuas de retraso de los sistemas económicos, en relación con las condiciones infelices de muchas regiones. Justamente, santamente -amados hijos- ha de ser proclamado y exaltado el principio de la solidaridad entre todos los seres humanos; y recordando y predicando muy alto el deber que tanto las comunidades como cada uno de los individuos tienen, cuando disponen abundantemente de medios de subsistencia, de ir en auxilio hacia cuantos se encuentran en condiciones de malestar. Mas el auxilio de "emergencias" no suprime de raíz las causas de este malestar. Por lo tanto, se impone la obra de colaboración en el plano mundial, obra que sea desinteresada, multiforme, encaminada a poner a disposición de los países económicamente infradesarrollados grandes capitales e inteligentes competencias técnicas, aptas para favorecer paralelamente el desarrollo económico y el progreso social, cuidando, con una sana y benéfica previsión, de interesar a los primeros y principales "protagonistas" mismos del trabajo humano, en la realización de su propia elevación individual, familiar y social. Primera luz y fuerza: el precepto del Señor 7. Se trata de una gran empresa, finalidad noble y apremiante para la paz misma del mundo. Para llevarla a feliz término, confiriéndole incesante vigor, son imprescindibles las relaciones de sincera comprensión y de activa colaboración entre los pueblos. Lo cual supone -y ahora Nos place volver a confirmarlo ante este cielo benigno, y ante este templo, el máximo de la cristiandad- supone, repetimos, el praeceptum Domini, que afirma y proclama el reconocimiento y el respeto de un orden moral, válido para todos: que reconozca su fundamento en Dios tutor y vengador, distribuidor del bienestar, de la riqueza y de la misericordia; y reivindicador terrible, a quien nadie se sustrae, de la justicia y de la equidad. Sobre este motivo, como de fondo, se coloca y se alza la intervención de la Santa Iglesia aun en el campo económico y social. Siempre el Decálogo -amados hijos-, siempre el Evangelio. Del buen Jesús, "camino, verdad, vida y luz del mundo", taumaturgo al servicio de los sufrimientos y enfermedades humanos, mártir divino por la humana expiación, y rey victorioso y triunfal de los siglos y de los pueblos; de él es donde toma inspiración el esfuerzo por buscar la justicia, y con él se hace potente. La defensa y la elevación de los débiles ven abiertas las maravillas de la caridad, que


aseguran la salvación y la resurrección de los hombres y de los grupos étnicos, la transformación de las zonas retrasadas y de los secretos deprimidos. Esta es la gran responsabilidad que atañe a todos, a todos; y a la cual nadie puede sustraerse mientras vive. El juicio final del mundo, al terminar su destino, es éste: Venite benedicti, discedite maledicti3. Estas palabras son el compendio y conclusión de la historia del mundo, consumada y decidida a través de la enumeración de las formas más variadas, concedidas o negadas, de la asistencia social de hombre a hombre, de familia a familia, de pueblo a pueblo. 8. El cuarto cuadro de la nueva Encíclica os entretendrá con visión deliciosa sobre la recomposición de la convivencia humana. El estudio de la naturaleza del hombre y de la doctrina de la Iglesia, bjao la luz de la Revelación, señala los caminos seguros para realizar una convivencia humana dignificada, pacífica y fecunda. Muy natural es que esta doctrina, al tener a la verdad como fundamento, a la justicia como finalidad, al amor como elemento propulsor, sea no sólo aprendida, sino también asimilada, difundida y traducida a la realidad. Cierran el documento, vasto e interesante, algunas indicaciones preciosas, útiles e idóneas para alimentar y hacer siempre cada vez más activa en todos y en cada uno la conciencia de los deberes sociales. Amados hijos: Esperad la Encíclica con alegre ansia y estudiadla bien. 9. Volviendo ahora a las muchas cosas, dichas a vosotros, en este prolongado coloquio del pastor con su grey, con el corazón abierto a los intereses del espíritu y no olvidado de los de la tierra, Nos ocurre ofreceros una imagen que os resultará placentera e instructiva. Lo que más conmovió a todos los fieles de la Santa Iglesia, al anunciarse la encíclica Rerum novarum del papa León XIII, en el 1891, fue la sorpresa de escuchar como la voz de una nueva campana, que desde la torre antigua de la parroquia, de cada una de las parroquias del mundo, de ciudades o de pueblos, vino a añadirse al concierto de los otros bronces, familiares a los buenos fieles en las antiguas y pacíficas costumbres de la piedad religiosa. Aquel sonido del 1891 no fue considerado como discordante de la entonación de las otras campanas, sino más bien armonioso, vibrante y jubiloso. Cuarenta años después, en el 1931, no una, sino muchas nuevas campanas se añadieron en la torre de la parroquia. La encíclica Quadragesimo anno fue el gran gesto del papa Pío XI, que dio la señal, y levantó un feliz y más amplio concierto de invitaciones y de amonestaciones sobre la cuestión social, y sobre los varios y nuevos problemas propuestos a la atención de todas las almas rectas e inspiradas en las fuentes perennes de la doctrina evangélica de significación universal. La celebración, en estos días, de la anual conmemoración que se repite desde hace exactamente setenta años, de la Rerum novarum en tiempos de un más vasto desarrollo de las solicitudes maternales de la Iglesia, de los sacros Pastores y de tantos miembros del laicado en colaboración fervorosa, encaminadas a la difusión de la buena doctrina y de su inmediata y vasta aplicación, es motivo de singular exultación, y de estímulo vivo y jubiloso.


Entusiasta y férvido apostolado social 10. La alegría está en comprobar que el antiguo fervor, suscitado por el gesto del papa León y renovado por sus sucesores, perdura y promueve entusiasmo, y fortifica sentimientos y propósitos de buen apostolado social. En esta sazón, desde la torre antigua y desde las nuevas, multiplicadas por llanuras y montañas, doquier que la naturaleza atrae y ofrece fecunda sus dones, ya no es el penetrante sonido de una o de varias campanas, sino de todo un intenso repicar, toda una fiesta de bronces, de armonías que vibran para gloria difusa de Jesucristo, hijo de Dios, hermano nuestro, maestro, redentor y salvador del género humano; que se proyecta siempre en las misteriosas efusiones de su gracia sobre las almas, no sólo en preparar y encaminar hacia los bienes celestiales, sino que influye también sobre los cuerpos y sobre todo lo que es verdadero bienestar de la vida en la tierra, para el orden civil y social. El estímulo que nos es lícito y fructuoso sacar de esta conmemoración y de otras manifestaciones que a ésta seguirán casi doquier en el mundo, quiere inspirarse en las palabras que el evangelista San Juan, el predilecto del Señor, ha escrito en la primera de sus tres cartas, y de la cual, precisamente hoy por la mañana, nos ha tocado gustar en el Breviario algunos rasgos impresionantes. Enseñanza, pues, referida por el apóstol de Jesús es que "Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna"4. Conviene vivir en esta luz en una recíproca comunión con El. Si tuviésemos pecado, la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica; pues Jesús es propiciación por los pecados de todo el mundo. Y otras persuasivas palabras son éstas: "Necesario es saber vivir y caminar con Cristo". "Qui dicit se in ipso manere, debet sicut ille ambulavit, et ipse ambulare"5. ¡Cuán magnífico programa es éste, de vida cristiana y de apostólica actividad social! Vivir en Cristo que es luz divina, caridad universal; moverse sobre sus huellas y en compañía suya: in ipso manere: cum ipso ambulare,que es actividad dinámica y tranquila, ordenada y pacífica, en loa de Dios, en servicio de la justicia, de la equidad, de la fraternidad humana y cristiana. Operando así y moviéndonos así, estamos en la verdad -digámoslo humildemente con las palabras mismas de nuestro San Juan-: Estamos en la Verdad, esto es, en Dios: en su hijo Jesucristo, al que sea gloria y bendición en los siglos. Amén, Amén6. Carta encíclica sobre los recientes desarrollos de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana Madre y Maestra de todos los pueblos, la Iglesia universal fue fundada por Jesucristo a fin de que todos, a lo largo de los siglos, viniendo a ella y recibiendo un abrazo, encontrarán plenitud de más alta vida y garantía de salvación. A esta Iglesia, columna y fundamento de la verdad7, ha confiado su santísimo Fundador una doble misión: la de engendrar hijos, y la de educarlos y regirlos, guiando con materno cuidado la vida de los individuos y de los pueblos, cuya gran dignidad siempre miró ella con el máximo respeto y defendió con solicitud. [2] El cristianismo, en efecto, es unión de la tierra con el cielo, en cuanto que toma al hombre en su ser concreto -espíritu y materia, inteligencia y voluntad- y lo invita a elevar la mente desde las mudables condiciones de la vida terrenal hacia las alturas de la vida eterna, que será consumación interminable de felicidad y de paz.


[3] Y así, la Santa Iglesia, aunque tiene como principal misión el santificar las almas y hacerlas partícipes de los bienes del orden sobrenatural, sin embargo, se preocupa con solicitud de las exigencias de la vida cotidiana de los hombres, no sólo en cuanto al sustento y a las condiciones de vida, sino también en cuanto a la prosperidad y a la cultura en sus múltiples aspectos y según las diversas épocas. [4] La Santa Iglesia, al realizar todo esto, cumple el mandato de su Fundador, Cristo, que sobre todo se refiere a la salvación eterna del hombre, cuando dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida8 y Yo soy la luz del mundo9; y en otro lugar, al mirar la multitud hambrienta, compadecido prorrumpe en las palabras: Me da compasión de esta muchedumbre10, dando así prueba de preocuparse también de las exigencias terrenales de los pueblos. Y el Divino Redentor muestra este cuidado no sólo con palabras, sino también con los ejemplos de su vida, cuando para calmar el hambre de la multitud, más de una vez multiplicó el pan milagrosamente. [5] Y con este pan dado como alimento del cuerpo quiso anunciar aquel celestial alimento de las almas, que había de dar a los hombres en la víspera de su Pasión. [6] No es, pues, de admirar que la Iglesia católica, imitando a Cristo y siguiendo su mandato, haya mantenido constantemente en alto la antorcha de la caridad durante dos mil años, es decir, desde la institución de los antiguos Diáconos hasta nuestros tiempos, no sólo con preceptos, sino también con ejemplos ampliamente ofrecidos; caridad que, al armonizar los preceptos de mutuo amor con la práctica de los mismos, realiza admirablemente el mandato de este doble dar, que compendia la doctrina y la acción social de la Iglesia. 2. [7] Ahora bien, insigne documento -por todos reconocido- de esta doctrina y acción, desarrolladas a lo largo de los siglos de la Iglesia, es sin duda la inmortal encíclica Rerum novarum11, promulgada hace setenta años por Nuestro Predecesor, de f. m., León XIII, para proclamar los principios, según los cuales se pudiera resolver cristianamente la cuestión obrera. [8] Pocas veces la palabra de un Pontífice tuvo como entonces una resonancia tan universal, así por la profundidad de la argumentación y por su amplitud como por el vigor de su estilo. En realidad aquellas orientaciones y aquellos llamamientos tuvieron tanta importancia que nunca y de ningún modo podrán caer en el olvido. Se abrió un camino nuevo a la acción de la Iglesia, cuyo Pastor Supremo, como haciendo propias las dolencias, los gemidos y las aspiraciones de los humildes y de los oprimidos, se alzó, como nunca antes, en abogado y defensor de sus derechos. [9] Y hoy, aun habiendo pasado un largo periodo de tiempo, continúa todavía operante la eficacia de aquel Mensaje, no sólo en los documentos de los Pontífices sucesores de León XIII, que en sus enseñanzas sociales se refieren continuamente a la Encíclica leoniana, ya para inspirarse en ella, ya para aclarar su alcance, siempre para proporcionar incentivo a la acción de los católicos; sino también en los ordenamientos jurídicos mismos de los pueblos. Prueba de ello es el que los principios cuidadosamente profundizados, las directrices históricas y los paternos llamamientos contenidos en la magistral Encíclica de Nuestro Predecesor, todavía hoy conservan su primitivo valor; más aún, sugieren nuevos y vitales criterios con que los hombres se pongan en grado de juzgar rectamente el contenido y las proporciones de la cuestión social, tal como hoy se presenta, y se decidan a asumir la correspondiente responsabilidad.


I. ENSEÑANZAS DE LA ENC. "RERUM NOVARUM" DESARROLLOS DEL MAGISTERIO DE PIO XI Y PIO XII

Y

OPORTUNOS

Los tiempos de la "Rerum novarum" 3. [10] León XIII habló en años de transformaciones radicales, de fuertes contrastes y de acerbas rebeliones. Las sombras de aquel tiempo nos hacen apreciar más claramente la luz que dimana de su enseñanza. [11] Como es sabido, en aquel entonces la concepción del mundo económico, más difundida y puesta por obra en mayor escala, era una concepción naturalista, que niega toda relación entre la moral y la economía. Motivo único de la acción económica, se afirmaba, es el provecho individual. Ley suprema reguladora de las relaciones entre los factores económicos es una libre concurrencia sin límite alguno. Intereses de los capitales, precios de las mercancías y de los servicios, ganancias y salarios se determinan pura y mecánicamente según las leyes del mercado. El Estado debe abstenerse de cualquier intervención en el campo económico. Las asociaciones sindicales, según las diversas naciones, o se prohiben, o se toleran o se consideran tan sólo como de derecho privado. [12] En un mundo económico así concebido, la ley del más fuerte encontraba plena justificación en el plano teórico y dominaba el terreno de las relaciones concretas entre los hombres. De lo cual resultaba un orden económico totalmente turbado, desde sus mismas raíces. [13] Y así, mientras riquezas incontables se acumulaban en manos de unos pocos, las clases trabajadoras se encontraban en condiciones de creciente malestar. Salarios insuficientes o de hambre, agotadoras condiciones de trabajo y sin ninguna consideración a la salud física, a la moral y a la fe religiosa. Inhumanas, sobre todo, las condiciones de trabajo a las que frecuentemente eran sometidos los niños y las mujeres. Siempre surgía amenazador el espectro del paro. La familia, sujeta a un proceso de desintegración. [14] Como consecuencia, profunda insatisfacción entre las clases trabajadoras, en las cuales cundía y se aumentaba el espíritu de protesta y de rebeldía. Esto explica por qué entre aquellas clases encontraban amplio favor las teorías extremistas que proponían remedios peores que los males que habían de corregirse. Caminos de reconstrucción 4. [15] En aquel conflicto tocó a León XIII publicar su Mensaje social -la Rerum novarum- fundado en la misma naturaleza humana, y ajustado a los principios y al espíritu del Evangelio; Mensaje que al aparecer suscitó, aun entre no sorprendentes oposiciones, universal admiración y entusiasmo. Ciertamente no era la primera vez que la Sede Apostólica descendía al campo de los interereses terrenales, en defensa de los débiles. Ya otros documentos del mismo León XIII habían allanado el camino; pero entonces se formuló una síntesis orgánica de los principios y una perspectiva histórica tam amplia que hacen de la encíclica Rerum novarum una suma del Catolicismo en el campo económico-social. [16] No fue aquel un acto sin audacia. Mientras algunos osaban acusar a la Iglesia católica de que, frente a la cuestión social se limitaba a predicar a los pobres la resignación y a exhortar a los ricos a la generosidad, León III no dudó en proclamar y defender los legítimos derechos de los obreros.


Y al entrar a exponer los principios de la doctrina católica en el campo social declaraba solemnemente: Con plena confianza, y por propio derecho Nuestro, entramos a tratar de esta materia: se trata ciertamente de una cuestión en la que no es aceptable ninguna solución, si no se recurre a la religión y a la Iglesia12. [17] Muy bien conocéis, Venerables Hermanos, aquellos principios básicos expuestos por el inmortal Pontífice con tanta claridad como autoridad, según los cuales debe reconstruirse el sector económico-social de la humana convivencia. [18] Primero miran al trabajo, que debe ser valorado y tratado no como una mercancía, sino como directa actuación de la persona humana. Para la gran mayoría de los hombres, el trabajo es la única fuente de la que obtienen los medios de subsistencia; por esto su remuneración no puede dejarse a merced del juego mecánico de las leyes del mercado, sino que se debe determinar según la justicia y la equidad, las cuales en caso contrario quedarían profundamente lesionadas, aunque el contrato de trabajo hubiese sido estipulado libremente por las dos partes. [19] A ello se añade que la propiedad privada, incluso la de los bienes de producción, es un derecho natural que el Estado no puede suprimir. Es intrínseca a ella una función social; por lo cual es un derecho que se ejercita no sólo en provecho propio, sino también en el de los demás. [20] El Estado, cuya razón de ser es la realización del bien común en el orden temporal, no puede permanecer ausente del mundo económico; debe estar presente en él para promover con oportunidad la producción de una suficiente abundancia de bienes materiales, cuyo uso es necesario para practicar las virtudes13 y para tutelar los derechos de todos los ciudadanos, sobre todo de los más débiles: tales son los obreros, las mujeres, los niños. Es también deber indeclinable suyo contribuir activamente al mejoramiento de las condiciones de vida de los obreros. [21] Corresponde, además, al Estado procurar que los contratos de trabajo estén regulados según la justicia y la equidad, y que en los lugares de trabajo no sufra mengua, en el cuerpo ni en el espíritu, la dignidad de la persona humana. A este respecto, en la Encíclica leoniana se señalan las líneas según las cuales se ha estructurado, no siempre en la misma forma, la legislación social de las Comunidades políticas en la época contemporánea; líneas que, como ya observaba Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno14, han contribuido eficazmente al nacimiento y al desarrollo de la nueva y nobilísima rama del derecho, llamada el Derecho laboral. [22] A los trabajadores, se afirma asimismo en la Encíclica, se les reconoce como natural el derecho de formar asociaciones, ya exclusivamente de obreros, ya mixtas de obreros y patronos; y también el derecho ya de conferirles la estructura y organización que juzgaren más idónea para asegurar sus legítimos intereses económicoprofesionales, ya de moverse con autonomía y por propia iniciativa en el interior de las mismas, en la forma más favorable a sus intereses. [23] Obreros y empresarios deben regular sus mutuas relaciones inspirándose en el principio de la solidaridad humana y de la fraternidad cristiana, ya que tanto la concurrencia de tipo liberal como la lucha de clases de tipo marxista son antinaturales y muy contrarias a las enseñanzas cristianas. [24] Tales son, Venerables Hermanos, los principios fundamentales según los cuales se rige un verdadero orden económico-social.


[25] Por lo tanto, no debe extrañar que los católicos más capaces, atentos al llamamiento de la Encíclica, hayan dado vida a muchas iniciativas para traducir en realidad aquellos principios. Y sobre la misma línea se han movido también, bajo el impulso de exigencias objetivas de la misma naturaleza, hombres de buena voluntad de todos los Países del mundo. [26] Con razón, pues, la Encíclica ha sido y es aún reconocida como la Carta magna15 de la verdadera instauración de un nuevo orden económico-social. "Quadragesimo anno" 5. [27] Pío XI, Nuestro Predecesor de s. m., a cuarenta años de distancia, conmemora la encíclica Rerum novarum con un nuevo documento solemne: la encíclica Quadragesimo anno16. [28] En este documento, el Sumo Pontífice confirma que la Iglesia tiene el derecho y el deber de aportar su insustituible concurso a la feliz solución de los apremiantes y gravísimos problemas sociales que angustian a la familia humana; corrobora los principios fundamentales y las directrices históricas de la Encíclica leoniana; aprovecha, además, la ocasión para precisar algunos puntos de doctrina, sobre los cuales habían surgido dudas entre los católicos, y para desarrollar el pensamiento social cristiano conforme a las nuevas circunstancias de los tiempos. [29] Las dudas se referían, en modo especial, a la propiedad privada, al régimen de salarios, a la conducta de los católicos ante una determinada forma de socialismo moderado. [30] En cuanto a la propiedad privada, Nuestro Predecesor confirma el carácter de derecho natural, que le compete, y acentúa su aspecto social y su función respectiva. [31] Respecto al régimen de salarios, rechaza la tesis que lo califica de injusto por naturaleza; pero reprueba las formas inhumanas e injustas con que no pocas veces se ha llevado a la práctica; ratifica y desarrolla los criterios en que debe inspirarse y las condiciones que deben cumplirse para que, en él, no sean quebrantadas la justicia y equidad. [32] En esta materia, claramente indica Nuestro Predecesor que en las presentes circunstancias es oportuno suavizar el contrato de trabajo con elementos tomados del contrato de sociedad, de tal manera que los obreros lleguen a participar, ya en la propiedad, ya en la administración, ya en una cierta proporción de las ganancias logradas17. [33] Hay que considerar asimismo de suma importancia doctrinal y práctica esta su afirmación de que el trabajo no se estimará en justicia ni se remunerará con equidad, si no se atiende a su carácter individual y social18. Por consiguiente, al determinar la remuneración, declara el Pontífice, la justicia exige que se tengan muy presentes, además de las necesidades individuales de los trabajadores y su responsabilidad familiar, las condiciones de los organismos productores, donde los trabajadores ejercen su actividad, y las exigencias del bien económico público19. [34] El Pontífice proclama que la oposición entre comunismo y Cristianismo es radical, y concreta que de ningún modo puede admitirse que los católicos militen en las filas del socialismo moderado: ya porque es una concepción de la vida limitada al ámbito del tiempo, en la que el bienestar material se estima como supremo objetivo de la sociedad; ya porque en él se propugna una organización social de la convivencia


atendiendo únicamente al fin de la producción, con grave perjuicio de la libertad humana; ya porque en él falta todo principio de verdadera autoridad social. [35] Pero no escapa a la atención de Pío XI que en los cuarenta años pasados desde la promulgación de la Encíclica leoniana la situación histórica había sufrido un profundo cambio. Efectivamente, la libre concurrencia, en virtud de una dialéctica que le era intrínseca, había terminado por destruirse o casi destruirse a sí misma; había conducido a una gran concentración de la riqueza y a la acumulación de un poder económico enorme en manos de pocos, y éstos muchas veces no son ni dueños siquiera, sino sólo depositarios y administradores, que rigen el capital a su voluntad y arbitrio20. [36] Por lo tanto, como acertadamente observa el Sumo Pontífice, la libre concurrencia se ha destrozado a sí misma: la prepotencia económica ha suplantado al mercado libre; al deseo de lucro ha sucedido la ambición del predominio; toda la economía se ha hecho extremadamente dura, cruel, implacable21, determinando la sumisión de los poderes públicos a los intereses de grupo, y desembocando en el imperialismo internacional del dinero. [37] Para poner remedio a tal situación, el Supremo Pastor indica como principios fundamentales la reinserción del mundo económico en el orden moral y el logro de los intereses, individuales y de grupo, dentro del ámbito del bien común. Esto lleva consigo, según sus enseñanzas, el reajuste de la convivencia mediante la reconstrucción de organismos intermedios autónomos con fines económicoprofesionales, creados libremente por los respectivos miembros y no impuestos por el Estado; el restablecimiento de la autoridad de los poderes públicos en el desenvolvimiento de las funciones que son de su competencia respecto a la realización del bien común; la colaboración en el plano mundial entre las Comunidades políticas, aun en el campo económico. [38] Mas los motivos de fondo que caracterizan la magistral Encíclica de Pío XI pueden reducirse a dos. Primer motivo: que no se puede tomar como criterio supremo de la actividad y de las instituciones del mundo económico el interés individual o de grupo, ni la libre concurrencia, ni el predominio económico, ni el prestigio de la nación o su potencia, ni otros criterios semejantes. [39] En cambio, se consideran criterios supremos de estas actividades y de estas instituciones la justicia y la caridad sociales. [40] Segundo motivo: que debemos afanarnos por dar vida a un ordenamiento jurídico -interno e internacional, con un complejo de instituciones estables, tanto públicas como privadas- inspirado en la justicia social, con el cual vaya acorde la economía, de tal manera que resulte menos difícil a los economistas desarrollar sus actividades en armonía con las exigencias de la justicia, dentro de la esfera del bien común. Rm. Pentecostés 1941 6. [41] También ha contribuido no poco Pío XII, Predecesor Nuestro de v. m., a definir y a desarrollar la doctrina social cristiana. El 1 de junio de 1941, en la solemnidad de Pentecostés, transmitía un radiomensajepara llamar la atención del mundo católico sobre una conmemoración que merece esculpirse con caracteres de oro en los fastos de la Iglesia; esto es, sobre el quincuagésimo aniversario de la publicación... de la fundamental encíclica social Rerum novarum, de León XIII...22; y para dar a Dios Omnipotente... humildes gracias por el don que... prodigó a la Iglesia con aquella Encíclica de su Vicario en la tierra, y para alabarlo por el soplo del Espíritu renovador


que por medio de ella se derramó desde entonces más creciente sobre la humanidad entera23. [42] En el radiomensaje el gran Pontífice reivindica para la Iglesia la indiscutible competencia para juzgar si las bases de un determinado ordenamiento social están de acuerdo con el orden inmutable que Dios Creador y Redentor ha manifestado por medio del derecho natural y de la revelación24; confirma la perenne vitalidad y la inagotable fecundidad de las enseñanzas de la encíclica Rerum novarum, y aprovecha la ocasión para dar ulteriores directrices morales sobre tres valores fundamentales de la vida social y económica..., que se entrecruzan, se unen y completan mutuamente. Estos son: el uso de los bienes materiales, el trabajo, la familia25. [43] Por lo que se refiere al uso de los bienes materiales, Nuestro Predecesor afirma que el derecho de cada hombre a usar de estos bienes para su sustento obtiene prioridad frente a cualquier otro derecho de contenido económico; y esto también frente al derecho de propiedad. Ciertamente, añade Nuestro Predecesor, también el derecho de propiedad sobre los bienes es un derecho natural; sin embargo, según el orden objetivo establecido por Dios, el derecho de propiedad está dispuesto de tal manera que no puede constituir obstáculo para que sea satisfecha la ineludible exigencia de que los bienes, creados por Dios para todos los hombres, equitativamente afluyan a todos, según los principios de la justicia y de la caridad26. [44] En orden al trabajo, reiterando la doctrina de la Encíclica leoniana, Pío XII confirma que es un deber y un derecho de cada uno de los seres humanos. Luego a éstos corresponde, en primer término, regular sus mutuas relaciones de trabajo. Sólo en el caso de que los interesados no cumplan o no puedan cumplir su función, corresponde... al Estado, como deber suyo, el intervenir en el campo, en la división y en la distribución del trabajo, según la forma y medida que requiera el bien común rectamente entendido27. [45] Por lo que se refiere a la familia, el Sumo Pontífice afirma que la propiedad privada de los bienes materiales también debe ser considerada como espacio vital de la familia; es decir, como un medio idóneo para asegurar al padre de familia la sana libertad de que tiene necesidad para cumplir los deberes que el Creador le ha señalado, concernientes al bienestar físico, espiritual y religioso de la familia28. Esto determina asimismo el derecho que tiene la familia de emigrar. Sobre este punto Nuestro Predecesor advierte que si los Estados, tanto los que permiten la emigración como los que acogen a los emigrados, procuran eliminar cuanto pueda ser impedimento a que surja y se desenvuelva una verdadera confianza29 entre sí mismos, de ello se seguirá una utilidad recíproca, que contribuirá también a aumentar el bienestar humano y el progreso de la cultura. Ulteriores cambios 7. [46] El estado de las cosas, ya tan cambiado en la época de la conmemoración hecha por Pío XII, ha sufrido en estos veinte años profundas innovaciones, así en lo interior de las Comunidades políticas, como en sus mutuas relaciones. [47] En el campo científico-técnico-económico: el descubrimiento de la energía nuclear, sus primeras aplicaciones a fines bélicos, su sucesiva y creciente utilización para usos civiles; las ilimitadas posibilidades descubiertas por la química en las producciones sintéticas; el extenderse la automatización y la automación en el sector industrial y en el de los servicios; la modernización de la agricultura; la casi total desaparición de las distancias en las comunicaciones, sobre todo por efecto de la


radio y de la televisión; la rapidez creciente de los transportes; la conquista iniciada de los espacios interplanetarios. [48] En el campo social: el desarrollo de los sistemas de seguros sociales, y, en algunas Comunidades políticas económicamente desarrolladas, la instauración de sistemas de seguridad social; en los movimientos sindicales, la formación y acrecentamiento de una actitud de responsabilidad respecto a los mayores problemas económico-sociales; una progresiva elevación de la instrucción básica; un bienestar cada vez más extendido; la creciente movilidad social y la consiguiente reducción de las distancias entre las clases; el interés del hombre de cultura media por los hechos cotidianos de dimensiones mundiales. Además, la aumentada influencia de los sistemas económicos en un número siempre creciente de Comunidades políticas hace resaltar más los desequilibrios económico-sociales entre el sector de la agricultura, por una parte, y el sector de la industria y de los servicios, por otra; entre zonas económicamente desarrolladas y zonas económicamente menos desarrolladas en el interior de cada una de las Comunidades políticas; y, en el plano mundial, los desequilibrios económico-sociales, aún más estridentes, entre los Países económicamente avanzados y los Países económicamente en vías de desarrollo. [49] En el campo político: la participación de un siempre creciente número de ciudadanos de diversas condiciones sociales en la vida pública de muchas Comunidades políticas; la extensión y profundización, cada vez mayor, de la acción de los poderes públicos en el campo económico-social. A esto se añade, además, en el plano internacional, el ocaso de los regímenes coloniales y la independencia política que han obtenido los pueblos de Asia y Africa; la multiplicación y la intensificación de las relaciones entre los pueblos y la profundización de su interdependencia; el nacimiento y desarrollo de una red cada vez más rica en organismos de dimensiones mundiales, con tendencia a inspirarse en criterios supranacionales: organismos con fines económicos, sociales, culturales y científicos, o, finalmente, políticos. Fines de la nueva Encíclica 8. [50] Nos, por lo tanto, sentimos el deber de mantener viva la antorcha encendida por Nuestros grandes Predecesores, y de exhortar a todos para que en sus documentos busquen impulso y orientación para resolver la cuestión social en la forma más conforme a las necesidades de nuestro tiempo. Por este motivo, al conmemorar en forma solemne la Encíclica leoniana, Nos complacemos en aprovechar esta ocasión para confirmar y precisar puntos de doctrina ya expuestos por Nuestros Predecesores, y, al mismo tiempo, desarrollar el pensamiento de la Iglesia sobre los nuevos y más importantes problemas del actual momento. II. DETERMINACIONES Y DESARROLLO DE LAS ENSEÑANZAS DE LA "RERUM NOVARUM" Iniciativa personal, e intervención de los poderes públicos en el campo económico 9. [51] Ante todo, debe afirmarse que el mundo económico es creación de la iniciativa personal de cada uno de los ciudadanos, ya en su actividad individual, ya en el seno de las diversas asociaciones para el logro de intereses comunes. [52] En él, sin embargo, por las razones ya aducidas por Nuestros Predecesores, deben estar también activamente presentes los poderes públicos a fin de promover, en las formas debidas, el desarrollo productivo en función del progreso social para beneficio de todos los ciudadanos.


[53] Su acción, tiene carácter de orientación, de estímulo, de coordinación, de suplencia y de integración. Debe inspirarse en el principio de subsidiariedad30 formulado por Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno: Queda en la filosofía social fijo y permanente aquel importantísimo principio que ni puede ser suprimido ni alterado; como es ilícito quitar a los particulares lo que con su propia iniciativa y propia industria pueden realizar para encomendarlo a la comunidad, así también es injusto, y al mismo tiempo de grave perjuicio y perturbación para el recto orden social, confiar a una sociedad mayor y más elevada lo que pueden hacer y procurar comunidades menores e inferiores. Toda acción de la sociedad debe, por su naturaleza, prestar auxilio a los miembros del cuerpo social, mas nunca absorberlos y destruirlos31. [54] Es verdad que los actuales avances científicos y de las técnicas de producción ofrecen a los poderes públicos mayores posibilidades concretas de reducir los desniveles entre los diversos sectores de la producción, entre las diversas zonas dentro de las Comunidades políticas y entre las diversas Naciones en el plano mundial; como también de contener las oscilaciones en el sucederse de las situaciones económicas, y de afrontar con esperanza de resultados positivos los fenómenos de la desocupación de masas. Por consiguiente, los poderes públicos, responsables del bien común, no pueden menos de sentirse obligados a desenvolver en el campo económico una acción multiforme, más vasta, más profunda y más orgánica, como también a acomodar a esta finalidad las instituciones, los empleos, los instrumentos y los métodos de acción. [55] Pero siempre debe afirmarse el principio de que la presencia del Estado en el campo económico, por extensa y profunda que sea, no se encamina a empequeñecer cada vez más la esfera de la libertad en la iniciativa personal de los individuos, sino más bien a garantizar a esa esfera la mayor amplitud posible, tutelando efectivamente, para todos y cada uno, los derecho esenciales de la persona; entre los cuales se ha de reconocer el derecho que cada persona tiene de ser y permanecer normalmente como primer responsable de su propia manutención y de la de su propia familia, lo cual exige que en los sistemas económicos esté permitido y facilitado, a cada individuo, el libre desarrollo de la actividad de una profesión provechosa. [56] Por lo demás, la misma evolución histórica pone de relieve cada vez con mayor claridad que, entre los hombres, no puede existir una convivencia ordenada y fecunda sin una cooperación, en el campo económico, así de los particulares como de los poderes públicos; aportación simultánea, concordemente realizada y proporcional a las exigencias del bien común, todo ello según las variables condiciones de los tiempos y de las costumbres. [57] Y así es como la experiencia atestigua frecuentemente que, donde falta la iniciativa personal de los particulares, domina la tiranía política; pero hay, además, estancamiento de los sectores económicos destinados a producir, sobre todo, la gama indefinida de los bienes de consumo y de los servicios que se refieren no sólo a las necesidades materiales, sino también a las exigencias del espíritu: bienes y servicios que exigen, de un modo especial, la genialidad creadora de los individuos. [58] En cambio, donde falta o es defectuosa -en el orden económico- la debida actuación del Estado, reina un desorden irremediable, con el abuso de los débiles por parte de los fuertes menos escrupulosos, que prosperan en todas tierras y en todos tiempos, como la cizaña entre el trigo.


"Socialización" Origen y amplitud de este fenómeno 10. [59] Uno de los aspectos típicos que caracterizan a nuestra época es la "socialización", entendida como un progresivo multiplicarse de las relaciones de convivencia, con diversas formas de vida y actividad asociada, e institucionalización jurídica. Como origen y fuente de este hecho aparecen múltiples factores históricos, entre los que deben contarse los progresos científico-técnicos, una mayor eficiencia productiva y un nivel de vida más alto en los ciudadanos. [60] La "socialización" es al mismo tiempo reflejo y causa de una creciente intervención de los poderes públicos aun en los sectores más delicados, como los relativos a la sanidad, la intrucción y la educación de las nuevas generaciones, la orientación profesional, los métodos para la reeducación y readaptación de sujetos en cualquier manera deficientes; pero es también fruto y expresión de una tendencia natural, casi incontenible, de los seres humanos: la tendencia a asociarse para conseguir los bienes que, siendo aspiración de cada uno, superan la capacidad y los medios de que aisladamente pueden disponer los individuos; tendencia, que ha dado vida, sobre todo en los últimos tiempos, a una rica serie de grupos, de movimientos, de asociaciones, de instituciones para fines económicos, culturales y recreativos, sociales, deportivos, profesionales y políticos, que han surgido doquier, dentro de cada una de las Comunidades nacionales, y en el plano mundial. Valoración 11. [61] Es claro que la "socialización" así entendida lleva consigo muchas ventajas. En efecto, hace que puedan satisfacerse muchos derechos de la persona, particularmente los llamados económico-sociales, como, por ejemplo, el derecho a los medios indispensables para el sustento humano, a la asistencia sanitaria, a una instrucción básica más elevada, a una formación profesional más completa, a la habitación, al trabajo, a un descanso conveniente, a la honesta recreación. Además, gracias a la organización, cada vez más perfecta, de los medios modernos de la difusión, del pensamiento -prensa, cine, radio, televisión- los particulares pueden participar en los acontecimientos humanos de esfera mundial, y ello doquier se encuentren. [62] Pero al mismo tiempo la "socialización" multiplica las formas organizativas y hace cada vez más circunstanciada la reglamentación jurídica de las mutuas relaciones entre todos los ciudadanos. Consiguientemente restringe el radio de la libertad en la actuación individual de cada hombre, y utliza medios, sigue métodos y crea ambientes que dificultan el que cada uno piense independientemente de los influjos externos, obre por iniciativa propia, ejercite su responsabilidad y afirme y enriquezca su persona. ¿Habrá, pues, de concluirse que la "socialización", al crecer en amplitud y profundidad, convertirá necesariamente a los hombres en autómatas? Es una interrogación, a la cual se debe responder negativamente. [63] La "socialización" no ha de considerarse como un producto de fuerzas naturales que obran fatalmente, sino que, como hemos observado, es creación de los hombres, seres conscientes, libres e inclinados naturalmente a obrar con responsabilidad, aunque en su acción se ven obligados a reconocer y respetar las leyes del desarrollo económico y del progreso social y no pueden sustraerse del todo a las influencias del medio ambiente.


[64] Por lo cual creemos que la "socialización" puede y debe realizarse de modo que se obtengan las máximas ventajas que consigo pueda traer, pero que se eviten o, por lo menos, se reduzcan cuanto posible sus efectos negativos. [65] Mas para así lograrlo, se requiere que en los hombres investidos de autoridad pública presida y gobierne una recta concepción del bien común; concepción, que ha de respetar el conjunto de las condiciones sociales que permiten y favorecen, en los seres humanos, el desarrollo integral de su persona. Creemos, además, necesario que los organismos intermedios y las múltiples iniciativas sociales, en las cuales tiende ante todo a expresarse y realizarse la "socialización", gocen de una efectiva autonomía respecto a los poderes públicos y vayan tras sus intereses específicos con relaciones de leal colaboración mutua, y en subordinación a las exigencias del bien común. Y no es menos necesario que dichos organismos presenten el aspecto y el carácter de verdaderas comunidades, lo cual tan sólo se manifestará cuando los respectivos miembros siempre sean tratados como personas y sean estimulados a tomar parte activa en su vida societaria. [66] En el desarrollo de las formas organizativas de la sociedad contemporánea, el orden se realiza cada vez más mediante el equilibrio renovado entre una exigencia de colaboración autónoma y activa de todos, individuos y grupos, y una oportuna actuación estatal, que coordina y dirige convenientemente la iniciativa privada. [67] Si la "socialización" se cumple en el ámbito del orden moral siguiendo las líneas indicadas, no trae, de por sí, peligros graves de cargas excesivas en daño de los ciudadanos como individuos; en cambio, contribuye a fomentar en ellos la afirmación y el desarrollo de las cualidades propias de la persona; además, se concreta en una reconstrucción orgánica de la convivencia que Nuestro predecesor Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno32 proponía y defendía como condición indispensable para que queden satisfechas las exigencias de la justicia social. Remuneración del trabajo Criterios de justicia y equidad 12. [68] Profunda amargura embarga Nuestro ánimo ante el espectáculo inmensamente triste de innumerables trabajadores de muchas Naciones y aun de Continentes enteros, a los cuales se les da un salario que les somete, a ellos y a sus familias, a condiciones de vida infrahumana. Esto, sin duda, se debe, además, al hecho de que en aquellas Naciones y en aquellos Continentes el proceso de la industrialización está o en sus comienzos o todavía en fase no suficientemente avanzada. [69] Pero en algunas de esas Naciones la abundancia y el lujo desenfrendado de unos pocos privilegiados contrastan de manera estridente y ofensiva con las condiciones de extremo malestar de los más; en otras todavía hoy se obliga a la actual generación a vivir con privaciones inhumanas para aumentar la eficiencia de la economía nacional según ritmos acelerados que sobrepasan los límites que la justicia y la humanidad consienten; mientras en otras Naciones un elevado tanto por ciento de la renta se consume en robustecer o mantener un mal entendido prestigio nacional o se gastan sumas enormes en armamentos. [70] Además, en las Naciones económicamente desarrolladas no es raro comprobar cómo se fijan altas, y aun altísimas compensaciones por prestaciones de poco esfuerzo o de discutible valor, en tanto que al trabajo asiduo y provechoso de enteras categorías de ciudadanos honrados y trabajadores les corresponden muy bajas retribuciones, insuficientes o ciertamente no proporcionadas a lo que contribuyen al


bien de la comunidad o a la renta de las respectivas empresas o al bien total de la economía de la nación. [71] Por eso creemos deber Nuestro afirmar una vez más que, así como la retribución del trabajo no se puede abandonar enteramente a la ley del mercado, tampoco se puede fijar arbitrariamente, sino que debe determinarse conforme a justicia y equidad. Esto exige que a los trabajadores les corresponda una retribución tal que les permita un nivel de vida verdaderamente humano y hacer frente con dignidad a su responsabilidad familiar; pero exige además que, al determinar la retribución, se mire a su efectivo influjo en la producción y a las condiciones económicas de la empresa; a las exigencias del bien común de las respectivas Comunidades políticas, particularmente en lo que toca a las repercusiones sobre el empleo total de las fuerzas laborales de toda la Nación, así como también a las exigencias del bien común universal, o sea, de las Comunidades internacionales de diversa naturaleza y amplitud. [72] Claro está que los criterios que acabamos de exponer valen siempre y en todas partes; pero no se puede determinar el grado en que deben ser aplicados, en los casos concretos, sin tener en cuenta la riqueza disponible: riqueza que, en cantidad y en calidad, puede variar y de hecho varía de Nación a Nación y dentro de una misma Nación, de un tiempo a otro. Proceso de adecuación entre el desarrollo económico y el progreso social 13. [73] Mientras las economías de las diversas Naciones evolucionan rápidamente y con ritmo aún más intenso después de la última guerra, creemos oportuno llamar la atención sobre un principio fundamental, a saber: que al desarrollo económico debe ir unido y proporcionado el progreso social, de suerte que de los aumentos productivos puedan participar equitativamente todas las categorías de ciudadanos. Para ello es necesario vigilar atentamente y emplear los medios eficaces, de suerte que las desigualdades económico-sociales no aumenten, antes se atenúen lo más posible. [74] También la economía nacional -observa justamente Nuestro predecesor Pío XII, como fruto que es de la actividad de los hombres que trabajan unidos dentro de la comunidad del Estado, no tiene otro fin que asegurar sin interrupción las condiciones materiales en que pueda desarrollarse plenamente la vida individual de los ciudadanos. Donde esto se lograre en forma duradera, el pueblo será económicamente rico, porque el bienestar general y, por consiguiente, el derecho personal de todos al uso de los bienes terrenales, se realizará entonces conforme a la finalidad establecida por el Creador33. De donde se sigue que la riqueza económica de un pueblo no consiste tan sólo en la abundancia total de los bienes, sino también, y aún más, en la real y eficaz distribución según justicia para garantía del desarrollo personal de los miembros de la sociedad, pues tal es la verdadera finalidad de la economía nacional. [75] No podemos dejar de señalar aquí el hecho de que hoy, en muchas economías, las empresas medianas y grandes obtienen frecuentemente un rápido e ingente aumento de su capacidad de producción gracias a la autofinanciación. En tal caso estimamos poder afirmar que a los obreros les sea reconocido un título de crédito frente a las empresas en las que trabajan, especialmente cuando se les da una retribución no superior al salario mínimo. [76] Acerca de esto debe recordarse el principio propuesto en la encíclica Quadragesimo anno por Nuestro predecesor Pío XI: Es completamente falso atribuir sólo al capital o sólo al trabajo lo que es un resultado de la eficaz colaboración


de ambos; y es totalmente injusto que el uno o el otro, desconociendo la eficacia de la otra parte, trate de atribuirse a sí solo todo cuanto se logra34. [77] La indicada exigencia de justicia puede ser cumplida de diversas maneras, sugeridas por la experiencia. Una de ellas, y de las más deseables, consiste en hacer que los obreros, en las formas y en los grados más oportunos, puedan llegar a participar en la propiedad de las mismas empresas, puesto que hoy, lo mismo y aún más que en los tiempos de Nuestro Predecesor, con todo empeño y todo esfuerzo se ha de procurar que, al menos para lo futuro, las riquezas adquiridas se acumulen con medida equitativa en manos de los ricos, y se distribuyan con bastante profusión entre los obreros35. [78] Pero, además, debemos recordar que la proporción justa entre la remuneración del trabajo y las rentas ha de realizarse en armonía con las exigencias del bien común, así de la propia Comunidad política como de la entera familia humana. [79] En un plano nacional deben considerarse como exigencias del bien común: dar ocupación al mayor número de obreros; evitar que se constituyan categorías privilegiadas, incluso entre los obreros; mantener una adecuada proporción entre salarios y precios y hacer accesibles bienes y servicios al mayor número de ciudadanos; eliminar o contener los desequilibrios entre los sectores de la agricultura, de la industria y de los servicios; realizar el equilibrio entre expansión económica y desarrollo de los servicios públicos esenciales; ajustar, en los límites de lo posible, las estructuras productivas a los progresos de las ciencias y las técnicas; lograr, finalmente, que las mejoras en el tenor de vida de la generación presente sean tales que preparen también un porvenir mejor a las generaciones futuras. [80] Son, en cambio, exigencias del bien común en un plano mundial: evitar toda forma de concurrencia desleal entre las economías de los varios Países; favorecer la colaboración entre las economías nacionales mediante convenios eficaces; cooperar al desarrollo económico de las Comunidades políticas económicamente menos adelantadas. [81] Es obvio que las indicadas exigencias del bien común, así en el plano nacional como en el mundial, también han de tenerse en cuenta cuando se trata de determinar la parte de las utilidades que corresponde asignar, en forma de beneficios, a los responsables de la dirección de las empresas; y, en forma de intereses o de dividendos, a los aportadores de capitales. Exigencias de la justicia frente a las estructuras productoras Estructuras conformes a la dignidad del hombre 14. [82] Las normas de justicia han de regir no sólo en la distribución de la riqueza, sino también en orden a la estructura de las empresas que desarrollan actividad productora. Porque a la naturaleza de los hombres va unida la exigencia de que, al desarrollar su actividad productora, tengan también posibilidad de cumplir su propia responsabilidad y perfeccionar su propia persona. [83] Por lo tanto, si las estructuras, el funcionamiento, los ambientes de un sistema económico, son tales que comprometan la dignidad humana de cuantos en él despliegan su propia actividad, o les entorpezcan sistemáticamente el sentido de responsabilidad o les dificulten de algún modo la manifestación de su iniciativa personal, tal sistema económico es injusto, aun en la hipótesis de que la riqueza que produzca alcance un alto nivel y sea distribuida según criterios de justicia y equidad.


Nueva confirmación de una directriz 15. [84] No es posible determinar en un solo esquema las estructuras de un sistema económico que mejor respondan a la dignidad de los hombres y sean más idóneas para desarrollar en ellos el sentido de responsabilidad. Sin embargo, Nuestro Predecesor Pío XII traza oportunamente esta directriz: En la agricultura, en las artes y en los oficios, en el comercio y en la industria, hay que garantizar y promover la pequeña y la mediana propiedad; las uniones cooperativas deben asegurarles los beneficios de las grandes empresas; y... ha de ofrecerse la posibilidad de moderar el contrato de trabajo mediante un contrato de sociedad36. Empresa artesana y empresa cooperativa 16. [85] Por lo tanto, se deben conservar y promover, en armonía con el bien común y dentro de las posibilidades técnicas, la empresa artesana, la empresa agrícola de dimensiones familiares; y también las iniciativas cooperativas, que son el complemento y perfección de las dos precedentes. [86] Más adelante hablaremos de la empresa agrícola de dimensiones familiares. Aquí creemos oportuno hacer alguna indicación tocante a la empresa artesana y a la cooperativa. [87] Ante todo, se debe notar bien que ambas empresas, para ser vitales, deben incesantemente ajustarse, así en las estructuras como en su funcionamiento y en la producción, a las situaciones siempre nuevas determinadas por los progresos de las ciencias y de las técnicas, y también por las mudables exigencias y preferencias de los consumidores: acción de reajuste, que debe ser realizada en primer lugar por los propios artesanos y por los propios cooperativistas. [88] Para tal fin, es necesario que unos y otros tengan buena formación en el aspecto técnico y en el humano, y que estén profesionalmente organizados; y es también indispensable que se realice una conveniente política económica relativa sobre todo a la instrucción, los impuestos, el crédito y los seguros sociales. [89] Por otra parte, la acción de los poderes públicos en favor de los artesanos y los cooperativistas halla su justificación, además, en el hecho de que unos y otros son portadores de genuinos valores humanos y contribuyen al progreso de la civilización. [90] Invitamos, por tales razones, con paternal ánimo a Nuestros carísimos hijos artesanos y cooperativistas, esparcidos por todo el mundo, a que sean muy conscientes de la nobleza de su profesión y de su valiosa contribución, para que mantengan firmes en las Comunidades nacionales el sentido de la responsabilidad y el espíritu de colaboración y permanezca en ellos ardiente la aspiración a producir obras de un trabajo fino y original. Presencia activa de los trabajadores en las empresas grandes y medianas 17. [91] Además, moviéndonos en la dirección trazada por Nuestros Predecesores, también Nos consideramos que es legítima en los obreros la aspiración a participar activamente en la vida de las empresas, en las que están incorporadas y trabajan. No es posible prefijar los modos y grados de tal participación, pues se hallan en relación con la situación concreta que cada empresa presente; situación, que puede variar de una empresa a otra, y que en lo interior de cada empresa está sujeta a cambios, a menudo rápidos y fundamentales. Creemos, sin embargo, oportuno llamar la atención sobre el hecho de que el problema de la presencia activa de los obreros existe


siempre, sea pública o privada la empresa; y, en cada caso, se debe tender a que la empresa llegue a ser una verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente en las relaciones, funciones y deberes de cada uno de sus individuos. [92] Esto exige que las relaciones entre los empresarios y dirigentes, por una parte, y los dadores de obra, por la otra, lleven en cada empresa el sello del respeto, la estima, la comprensión, la leal y activa colaboración e interés como en una obra común; y que el trabajo sea concebido y vivido por todos los miembros de la empresa, no sólo como fuente de ingresos, sino también como cumplimiento de un deber y prestación de un servicio. Eso implica también que los obreros puedan hacer oír su voz y prestar su aportación para el eficiente funcionamiento y desarrollo de la empresa. Observaba Nuestro predecesor Pío XII: La función económica y social que todo hombre aspira a realizar exige que el desarrollo de la actividad de cada uno no esté totalmente sometido a una voluntad ajena37. Una concepción humana de la empresa debe, sin duda, salvaguardar la autoridad y la necesaria eficacia de la unidad de dirección; pero no puede reducir a sus colaboradores de cada día a la condición de simples silenciosos ejecutores, sin posibilidad alguna de hacer valer su experiencia, enteramente pasivos respecto a las decisiones que dirigen su actividad. [93] Conviene, por último, recordar que el ejercicio de la responsabilidad, por parte de los obreros, en los organismos de producción, al mismo tiempo que responde a las legítimas exigencias propias de la naturaleza humana, está también en armonía con el desarrollo histórico en el campo económico-social-político. [94] De lamentar es que, como ya hemos indicado y se verá más ampliamente después, no son pocos los desequilibrios económico-sociales que en nuestro tiempo ofenden a la justicia y a la humanidad, y profundos errores dan forma a la actividad, fines, estructuras y funcionamiento del mundo económico. No obstante, es un hecho indiscutible que los regímenes económicos, por el impulso de los progresos científicotécnicos, se van hoy modernizando y se tornan más eficientes, con ritmo mucho más rápido que en lo pasado. Esto exige de los obreros aptitudes y cualidades profesionales más elevadas. Simultáneamente, y como consecuencia, se ponen a su disposición mayores medios y más amplios márgenes de tiempo para que se instruyan y se pongan al día, para su cultura y su formación moral y religiosa. [95] Se hace también posible un aumento de los años destinados a la instrucción básica y a la formación profesional de las nuevas generaciones. [96] De ese modo se crea un ambiente humano que favorece en las clases trabajadoras el que puedan tomar funciones incluso de grave responsabilidad, en sus respectivas empresas; mientras las Comunidades políticas muestran cada vez mayor interés en que todos los ciudadanos se sientan responsables de la realización del bien común en todos los sectores sociales. Presencia de los trabajadores en todos los sectores 18. [97] La época moderna ha logrado un amplio desarrollo del movimiento asociativo de los trabajadores y su reconocimiento general en los ordenamientos jurídicos de los diversos Países y en el plano internacional, para los fines específicos de colaboración, sobre todo mediante el contrato colectivo. No podemos, sin embargo, dejar de hacer notar cuán oportuno o necesario es que la voz de los obreros tenga posibilidad de hacerse oír y escuchar más allá del ámbito de cada empresa productora, y aun en cualquiera de los estratos nacionales.


[98] La razón consiste en que cada uno de los organismos productores, por muy amplias que puedan ser sus dimensiones y elevada e influyente su eficiencia, están vitalmente insertados en la estructura económico-social de las respectivas Comunidades políticas y condicionados por ella. [99] Pero las resoluciones que más influyen sobre aquella estructura no son tomadas en lo interior de cada uno de los organismos productores; son, por lo contrario, decididas por poderes públicos o por instituciones que operan en plano mundial, o regional, o nacional, o de sector económico, o de categoría productora. De ahí la oportunidad o la necesidad de que, así en los poderes públicos como en las referidas instituciones, además de los que aportan capitales o de quienes representan sus intereses, también se hallen presentes los obreros o quienes representan sus derechos, exigencias y aspiraciones. [100] Nuestro afectuoso pensamiento y Nuestro paternal estímulo se dirigen hacia las asociaciones profesionales y los movimientos sindicales de inspiración cristiana, presentes y actuantes en diversos Continentes, y que en medio de muchas y a veces graves dificultades han sabido trabajar y continúan trabajando por la eficaz defensa de los intereses de las clases obreras y por su elevación material y moral, tanto en el ámbito de cada una de las Comunidades políticas como en el plano mundial. [101] Con satisfacción creemos obligado el poner bien de relieve que su meritoria obra no debe medirse tan sólo por sus resultados directos o inmediatos, fácilmente comprobables, sino también por sus positivas repercusiones en todo el mundo del trabajo, en medio del cual difunde ideas rectamente orientadoras y al que lleva un impulso cristianamente renovador. [102] Tal creemos, también, que debe considerarse la acción que Nuestros amados hijos ejercen con ánimo cristiano en otras Asociaciones profesionales y movimientos sindicales que, inspirados en los principios naturales de la convivencia, respetan -en lo moral y en lo religioso- la libertad de las conciencias. [103] Y también Nos complacemos en expresar Nuestro cordial aprecio hacia la Organización Internacional del Trabajo (O. I. T.), que desde hace decenios presenta su eficaz y preciosa colaboración para instaurar en el mundo un orden económicosocial ajustado a los principios de la justicia y de la humanidad, en el que encuentran su expresión incluso las demandas legítimas de los obreros. Propiedad privada Cambios modernos 19. [104] En estos último decenios, como es sabido, la separación entre propiedad de los bienes de producción y responsabilidades directivas en los mayores organismos económicos se ha ido acentuando cada día más. Sabemos que esto crea difíciles problemas de control por parte de los poderes públicos para garantizar que los objetivos pretendidos por los dirigentes de las grandes organizaciones, sobre todo aquellas que mayor repercusión tienen en la entera vida económica de una Comunidad política, no estén en contraposición con las exigencias del bien común. Son problemas, como la experiencia atestigua, que se plantean igualmente tanto si los capitales que alimentan las grandes empresas son de propiedad de ciudadanos particulares como si proceden de entidades públicas. [105] También es verdad que no son pocos actualmente -y su número va creciendolos ciudadanos que encuentran la razón de mirar con serenidad el porvenir en el hecho


de contar con la seguridad social o con otros sistemas de seguros; serenidad, que en otro tiempo se fundaba en la propiedad de patrimonios, siquiera fueran modestos. [106] Por último, ha de observarse que en nuestros días se aspira, más que a convertirse en propietario de bienes, a adquirir capacidad profesional, y se tiene mayor confianza en los recursos que se obtienen del trabajo o de los derechos fundados en el trabajo que en las rentas cuya fuente es el capital o derechos fundados sobre el capital. [107] Eso, por otra parte, está en armonía con el carácter preeminente del trabajo como expresión inmediata de la persona, frente al capital, que es un bien de orden instrumental, por su naturaleza; lo cual ha de ser considerado, por lo tanto, un paso hacia adelante en la civilización humana. [108] Los indicados aspectos que presenta el mundo económico han contribuido ciertamente a difundir la duda sobre si hoy ha dejado de ser válido o ha perdido importancia un principio, del orden económico-social, constantemente enseñado y propugnado por Nuestros Predecesores, es decir, el principio en que se establece el derecho natural de la propiedad privada de los bienes, incluso de los bienes de producción. Reafirmación del derecho de propiedad 20. [109] Esa duda no tiene razón de existir. El derecho de propiedad privada de los bienes, aun de los de producción, tiene valor permanente, precisamente porque es derecho natural fundado sobre la prioridad ontológica y de finalidad de los seres humanos particulares, respecto de la sociedad. Por otra parte, en vano se insistiría en la libre iniciativa privada en el campo económico, si a dicha iniciativa no le fuese permitido disponer libremente de los medios indispensables para su afirmación. Además, la historia y la experiencia atestiguan que, en los regímenes políticos que no reconocen el derecho de propiedad privada de los bienes incluso de producción, son oprimidas y sofocadas las expresiones fundamentales de la libertad; por eso es legítimo deducir que éstas encuentran garantía y estímulo en aquel derecho. [110] En esto halla su explicación el hecho de que ciertos movimientos políticosociales que se proponen conciliar y hacer convivir la justicia con la libertad, y que eran hasta ayer netamente negativos respecto al derecho de propiedad privada de los bienes instrumentales, hoy, más plenamente informados sobre la realidad social, rectifican su propia posición y asumen, respecto a aquel derecho, una actitud substancialmente positiva. [111] Hacemos, pues, Nuestras, en esta materia, las observaciones de Nuestro predecesor Pío XII: Luego, cuando la Iglesia defiende el principio de la propiedad privada, persigue un alto fin ético-social. Ella ya no pretende, pura y simplemente, mantener el actual estado de cosas, como si en él viera la expresión de la divina voluntad, ni proteger por principio al rico y al plutócrata contra el pobre y el menesteroso; ¡muy al contrario! Pero la Iglesia persigue, ante todo, que la institución de la propiedad privada sea tal cual debe ser según los designios de la divina sabiduría y las disposiciones de la naturaleza38. Es decir, que sea garantía de la libertad esencial de la persona y al mismo tiempo un elemento insustituible del orden de la sociedad. [112] Además, ya lo hemos advertido, hoy, en muchas Comunidades políticas, los procedimientos económicos van aumentando rápidamente su eficiencia productora; pero, creciendo las ganancias, la justicia y la equidad exigen, según ya se ha visto,


que dentro de los límites consentidos por el bien común sea también elevada la remuneración del trabajo; ello permite más fácilmente a los obreros ahorrar y formarse así un patrimonio. No se comprende, por lo tanto, cómo puede ser negado el carácter natural de un derecho que halla su origen principal y su perenne alimentación en la fecundidad del trabajo; que constituye un medio apropiado para la afirmación de la persona humana y el ejercicio de la responsabilidad en todos los campo; un elemento de consistencia y de serenidad para la vida familiar y de pacífico y ordenado progreso en la convivencia. Efectiva difusión 21. [113] No basta afirmar el carácter natural del derecho de propiedad privada, incluso de los bienes de producción, sino que también se ha de propugnar insistentemente su efectiva difusión entre todas las clases sociales. [114] Según afirma Nuestro predecesor Pío XII, la dignidad de la persona humana exige normalmente, como fundamento natural para vivir, el derecho al uso de los bienes de la tierra, al cual corresponde la obligación fundamental de otorgar a todos, en cuanto posible sea, una propiedad privada39; y, por otra parte, entre las exigencias que se derivan de la nobleza moral del trabajo, también se halla comprendida la conservación y el perfeccionamiento de un orden social que haga posible una segura, aunque modesta, propiedad privada a todas las clases del pueblo40. [115] Tanto más debe propugnarse y realizarse la difusión de la propiedad en un tiempo como el nuestro, en el cual, según ya se idnicó, los sistemas económicos de un número creciente de Comunidades políticas están en camino de rápido desarrollo; por lo cual, si se utilizan recursos técnicos, de diversa naturaleza pero de comprobada eficacia, no resulta difícil promover iniciativas y llevar adelante una política económicosocial que aliente y facilite una más amplia difusión de la propiedad privada de bienes de consumo duraderos, de la vivienda, del predio [familiar], de los enseres propios de la empresa artesana y agrícola-familiar, de acciones en las sociedades grandes o medianas; como ya se está practicando ventajosamente en algunas Comunidades políticas económicamente desarrolladas y socialmente avanzadas. Propiedad pública 22. [116] Cuanto se ha venido exponiendo no excluye, como es obvio, que también el Estado y las demás entidades públicas puedan legítimamente poseer en propiedad bienes de producción, especialmente cuandollevan consigo tal preponderancia económica que no se podría, sin poner en peligro el bien común, dejarlos en mano de los particulares41. [117] En la época moderna existe la tendencia hacia una progresiva ampliación de la propiedad cuyo sujeto es el Estado u otras entidades de derecho público. Este hecho encuentra una explicación en el desarrollo de las funciones cada vez más vastas que el bien común exige a los poderes públicos. Mas también en esta materia debe seguirse el principio de la subsidiaridad, ya enunciado; según el cual, ni el Estado ni las otras entidades de derecho público deben extender su propiedad sino tan sólo cuando lo exigen motivos de manifiesta y verdadera necesidad del bien común, y no con el fin de reducir la propiedad privada, y menos aún de eliminarla. [118] Ni ha de olvidarse que las iniciativas de naturaleza económica del Estado y de otras entidades de derecho público deben confiarse a las personas que a una excepcionalmente sólida competencia junten una honradez ejemplar y un vivo sentido de responsabilidad para con el País. Además de que sus actuaciones deben estar sujetas a un cuidadoso y constante control, incluso para evitar que en el seno de la


propia organización del Estado se formen centros de poder económico, con daño de su misma razón de ser, que es el bien de la comunidad. Función social (prop. priv.) 23. [119] Otro punto de doctrina propuesto constantemente por Nuestros Predecesores es que, al derecho de propiedad privada sobre los bienes, le es intrínsecamente inherente una función social. En efecto, en el plan de la creación, los bienes de la tierra están destinados, ante todo, para el honesto sustento de todos los seres humanos, como sabiamente enseña Nuestro predecesor León XIII en la encíclica Rerum novarum: Quienes han recibido de la munificencia de Dios mayor abundancia de bienes, ya exteriores y corporales, ya internos o espirituales, los han recibido a fin de servirse de ellos para su perfección, y al mismo tiempo como administradores de la divina Providencia, en beneficio de los demás. Por lo tanto, el que tenga talento, cuide no callar; el que abundare en bienes, cuide no ser demasiado duro en el ejercicio de la misericordia; quien posee un oficio de que vivir, haga participante de sus ventajas y utilidades a su prójimo42. [120] En nuestro tiempo, tanto el Estado como las entidades de derecho público han extendido y siguen extendiendo el campo de su presencia e iniciativa; pero no por esto ha desaparecido, como algunos erróneamente se inclinan a pensar, la razón de ser de la función social de la propiedad privada, ya que dicha función social brota de la naturaleza misma del derecho de propiedad. Además, siempre hay una amplia variedad de situaciones dolorosas y de necesidade delicadas y a la par agudas, que las formas oficiales de la acción pública no pueden alcanzar, y que, en todo caso, no están capacitadas para satisfacer; por lo cual siempre queda abierto un vasto campo para la sensibilidad humana y la caridad cristiana de los particulares. Por último, ha de observarse que, para la promoción de los valores espirituales son a menudo más fecundas las múltiples iniciativas de personas aisladas o de grupos, que la acción de los poderes públicos. [121] Nos complacemos aquí en recordar cómo en el Evangelio es considerado legítimo el derecho de propiedad privada sobre los bienes; pero al mismo tiempo el Maestro Divino dirige frecuentemente a los ricos apremiantes llamadas para que muden en bienes espirituales, sus bienes materiales, dándolos a los necesitados, bienes que el ladrón no roba, ni la polilla o el orín corroen y que ellos encontrarán aumentados en los graneros eternos del Padre Celestial: No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gusano los consumen, o donde los ladrones perforan y roban. Antes bien, amontonad tesoros en el cielo: allí no hay ni la polilla ni el gusano que los consuman, ni ladrones que perforen y roben43. Y el Señor considerará como hecha o negada a Sí mismo, la caridad hecha o negada a los indigentes: En verdad yo os lo digo, en la medida en que lo hicisteis a uno de estos mis más pequeños hermanos, a Mí lo hicisteis44. III. NUEVOS ASPECTOS DE LA CUESTION SOCIAL 24. [122] El desarrollo de la historia muestra cada vez más cómo las exigencias de la justicia y la equidad no sólo atañen a las relaciones entre trabajadores dependientes y empresarios o dirigentes, sino que también conciernen a las relaciones entre los diferentes sectores económicos, y entre las zonas económicamente más desarrolladas y las zonas económicamente menos desarrolladas dentro de una misma nación; y, en el plano mundial, a las relaciones entre países en diverso grado de desarrollo económico-social.


Exigencias de justicia en orden a las relaciones entre los sectores productores Agricultura, sector deprimido 25. [123] En el plano mundial, no parece que la población agrícola-rural haya disminuido, en términos absolutos. No obstante, es indiscutible la existencia de un éxodo de la población agrícola-rural hacia los núcleos o centros urbanos, éxodo que se verifica en casi todos los Países y que algunas veces adquiere proporciones multitudinarias y crea problemas humanos complejos, de difícil solución, en lo que atañe a la vida y dignidad de los ciudadanos. [124] Sabemos que a medida que progresa una economía, disminuyen las fuerzas de trabajo aplicadas a la agricultura, mientras crece el porcentaje de las fuerzas de trabajo dedicadas a la industria y al sector de los servicios. Sin embargo, pensamos que el éxodo de la población del sector agrícola hacia otros sectores productivos, se debe a menudo, además de a las razones objetivas del desarrollo económico, a múltiples factores, entre los cuales se cuentan el ansia de huir de un ambiente considerado cerrado y sin porvenir; el deseo de novedades y aventuras, de que está poseída la presente generación; el atractivo de un rápido enriquecimiento; la ilusión de vivir con mayor libertad, gozando de medios y facilidades que de ordinario ofrecen los núcleos y los centros urbanos. Pero, además, creemos que no es posible dudar de que dicho éxodo encuentra uno de sus factores en el hecho de que el sector agrícola, casi en todas partes, es un sector insuficientemente desarrollado, sea por lo que se refiere al índice de productividad de las fuerzas del trabajo, sea por lo que se refiere al tenor de vida de las poblaciones agrícolas-rurales. [125] De ahí un problema de fondo, que se plantea en casi todos los Estados: cómo proceder para que llegue a reducirse el desequilibrio en la eficiencia productiva, entre el sector agrícola, por una parte, y, por la otra, el sector de la industria y los servicios; y para que el tenor de vida de la población agrícola-rural se distancie lo menos posible del tenor de vida de los ciudadanos que obtienen su retribución del sector de la industria o del de los servicios; y que cuantos trabajan la tierra no padezcan un complejo de inferioridad, antes al contrario, estén bien persuadidos de que, también dentro del ambiente agrícola-rural, pueden afirmar y perfeccionar su persona mediante su trabajo, y mirar confiados al porvenir. [126] Nos parece, por lo mismo, oportuno indicar algunas directrices que pueden contribuir a resolver el problema; directrices que pensamos tengan valor, cualquiera sea el ambiente histórico en el que se actúa, con la condición -como es obvio- de ser aplicadas en la forma y grados que el ambiente permite, sugiere o exige. Adecuación de los servicios públicos esenciales 26. [127] Ante todo, es indispensable ocuparse, especialmente por parte de los poderes públicos, de que en los ambientes agrícolas-rurales tengan conveniente desarrollo los servicios esenciales, como los caminos, los transportes, las comunicaciones, el agua potable, la vivienda, la asistencia sanitaria, la instrucción básica y la instrucción técnico-profesional, las condiciones apropiadas para la vida religiosa, los medios recreativos; y de que haya en ellos disponibilidad de aquellos productos que permitan a la casa agrícola-rural estar acondicionada y funcionar de un modo moderno. Cuando en los ambientes agrícolas-rurales falten tales servicios, elementos constitutivos hoy de un tenor de vida digno, su desarrollo económico y su progreso social llegan a ser casi imposibles o avanzan con demasiada lentitud. Y esto tiene la consecuencia de que llega a ser casi incontenible y difícilmente controlable el que la población huya de los campos. Desarrollo gradual y armónico del sistema económico


27. [128] Se requiere, además, que el desarrollo económico de las Comunidades políticas sea realizado en manera gradual y con armónica proporción entre todos los sectores productivos. Es decir, se necesita que en el sector agrícola se efectúen las innovaciones concernientes a las técnicas productoras, la selección de los cultivos y las estructuras administrativas que el sistema económico, mirado en su conjunto, permite y pide; y que, lo más que sea posible, se efectúen en las debidas proporciones respecto al sector de la industria y de los servicios. [129] La agricultura viene así a absorber una mayor cantidad de bienes industriales, y pide una más calificada prestación de servicios; a su vez, ofrece a los otros dos sectores y a la comunidad entera los productos que responden mejor, en cantidad y calidad, a las exigencias del consumo, contribuyendo a la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda: elemento muy positivo para el desarrollo ordenado de todo el sistema económico. [130] En tal manera creemos que también debería resultar menos difícil, tanto en las zonas que se abandonan como en aquellas a las que acuden, controlar el movimiento de las fuerzas del trabajo que han quedado libres por la progresiva modernización de la agricultura; proporcionarles formación profesional para su provechosa inserción en los otros sectores productivos; y la ayuda económica, la preparación y la asistencia espiritual para su integración social. Apropiada política económica 28. [131] Para obtener un desarrollo económico que mantenga proporción armónica entre todos los sectores productivos, es también absolutamente necesaria una vigilante política económica en la materia agrícola; política económica que atienda prudente a los impuestos, al crédito, a los seguros sociales, a la defensa de los precios, a la promoción de industrias complementarias, a la modernización de las instalaciones lo más perfectas posible. Imposición tributaria 29. [132] Principio fundamental en un sistema tributario que sea conforme a la justicia y a la equidad, es que las cargas sean completamente proporcionadas a la capacidad contributiva de los ciudadanos. [133] Mas responde también a una exigencia del bien común el tener presente, en el reparto de los tributos, que las "entradas" en el sector agrícola se forman con una mayor lentitud y están expuestas a mayores riesgos en dicha formación; y que se encuentran también mayores dificultades en lograr los capitales indispensables para su incremento. Capitales a conveniente interés 30. [134] Por las razones ya indicadas, los poseedores de capitales son muy poco inclinados a invertirlos en este sector; y en cambio son propensos a emplearlos en los demás sectores. Por el mismo motivo, la agricultura no puede pagar altos intereses, y ni siquiera, por lo regular, los intereses del mercado, para procurarse los capitales necesarios en su desarrollo y en el normal incremento de sus empresas. Es, por lo tanto, necesario, atendiendo a razones del bien común, aplicar una particular política crediticia y dar vida a instituciones de crédito que aseguren a la agricultura esos capitales, con un tipo de interés en condiciones convenientes. Seguros sociales 31. [135] En agricultura puede ser indispensable el implantar dos sistemas de seguro: uno relativo a los productos agrícolas, y el otro a los agricultores y sus respectivas familias. Por el hecho de que la renta agrícolapro-capite es, generalmente, inferior a la


renta pro-capite de los sectores de la industria y de los servicios, no sería conforme a los criterios de la justicia social y de la equidad el que se implantaran sistemas de seguros sociales o de seguridad social en los cuales el trato dado a los agricultores, y a sus respectivas familias, fuera sustancialmente inferior al que se garantiza al sector de la industria y de los servicios. Estimamos, por lo tanto, que la política social debe proponerse que el trato del régimen de seguros dado a los ciudadanos no presente diferencias notables, cualquiera que sea el sector económico en el que trabajen o de cuyos réditos vivan. [136] Los sistemas de seguros sociales y de seguridad social pueden contribuir eficazmente a una redistribución de la renta total de la Comunidad política, según criterios de justicia y de equidad; y pueden, por lo tanto, considerarse uno de los instrumentos para reducir los desequilibrios, en el tenor de vida, entre las diversas categorías de ciudadanos. Ttutela de los precios 32. [137] Dada la naturaleza de los productos agrícolas, es necesario que se promueva un sistema eficaz para defender sus precios, utilizando para tal fin los múltiples recursos que hoy es capaz de sugerir la técnica económica. Sería muy de desear que tal sistema sea principalmente obra de las propias clases interesadas; pero no puede faltarle la acción moderadora de los poderes públicos. [138] Ni ha de olvidarse, en esta materia, que el precio de los productos agrícolas a menudo constituye una retribución del trabajo más bien que una remuneración del capital. [139] El Pontífice Pío XI, en la encíclica Quadragesimo anno, observa con razón que a la realización del bien común contribuye la justa proporción entre los salarios; pero inmediatamente añade: y con ella se enlaza estrechamente la razonable proporción entre los precios de venta obtenidos por las distintas artes, cuales son la agricultura, la industria y otras semejantes45. [140] Es verdad que los productos agrícolas están ordenados a satisfacer ante todo necesidades humanas primarias; por lo cual sus precios deben ser tales que los hagan accesibles a la totalidad de los consumidores. Sin embargo, es claro que no puede aducirse esa razón para forzar a toda una categoría de ciudadanos a un estado permanente de inferioridad económico-social, privándoles de un poder de compra indispensable para su digno tenor de vida: ello también está en plena oposición al bien común. Integración de las rentas agrícolas 33. [141] También es oportuno promover -en las zonas agrícolas- las industrias y los servicios relativos a la conservación, transformación y transporte de los productos agrarios. Y, además, es deseable que en ellas se desarrollen iniciativas propias de los otros sectores económicos y otras actividades profesionales: de ese modo se ofrecen a las familias de agricultores posibilidades de aumentar sus rentas, y ello en el mismo ambiente en que viven y trabajan. Adecuación de las estructuras de la empresa agrícola 34. [142] Finalmente, no es posible establecer a priori cuál sea la estructura más conveniente para la empresa agrícola, dada la variedad que presentan los ambientes agrícolas-rurales en el interior de cada Comunidad política, y, más aún, entre los diversos Países del mundo. Con todo, cuando se tiene una concepción humana y cristiana del hombre y de la familia, no se puede menos de considerar como ideal la empresa que está configurada y funciona como una comunidad de personas, en la que


así sus relaciones internas como su estructura se ajusten a las normas de justicia y al criterio de la doctrina cristiana, especialmente si se trata de empresas de dimensión familiar. Nunca se hará bastante para que tal ideal se convierta en feliz realidad, en la proporción que cada tiempo lo permita. [143] Es oportuno, sin embargo, llamar la atención sobre el hecho de que la empresa de dimensiones familiares es vital, a condición de que ella pueda lograr una renta suficiente para el decoroso tenor de vida de la respectiva familia. Para ello es indispensable que los cultivadores sean instruidos, puestos al día incesantemente y asistidos técnicamente en su profesión. También es muy de desear que los agricultores tengan sus convenientes asociaciones profesionales; que constituyan una red de variadas instituciones cooperativas, y que ocupen su lugar correspondiente así en los organismos administrativos como en los políticos. Los trabajadores de la tierra: su "elevación" 35. [144] Estamos convencidos, no obstante, de que los promotores del desarrollo económico, del progreso social y de la elevación cultural de los ambientes agrícolasrurales, deben ser los mismos interesados, es decir, los trabajadores de la tierra. Ellos pueden fácilmente comprobar la nobleza de su trabajo: ya porque viven en el templo majestuoso de la creación; ya porque están en frecuente contacto con la vida de las plantas y de los animales, vida inagotable en sus manifestaciones, inflexible en sus leyes, y que sin cesar evoca el recuerdo de la providencia de Dios Creador. Ella produce también la variedad de alimentos de que se nutre la familia humana, y proporciona un número cada vez mayor de materias primas a la industria. [145] Es, además, un trabajo que pone de relieve la dignidad de una profesión que se distingue por la riqueza de sus aptitudes concernientes a la mecánica, la química, la biología; aptitudes, que deben ponerse al día incesantemente, dada la repercusión que en el sector agrícola tienen los progresos científico-técnicos. Y también es un trabajo que se caracteriza por los aspectos y valores morales que le son privativos. Exige, en efecto, capacidad para orientarse y adaptarse, paciencia para esperar lo futuro, serio conocimiento para comprender la suma importancia de su profesión, espíritu para perseverar y capacidad para renovarse sin cesar. Solidaridad y colaboración 36. [146] También se ha de recordar que en el sector agrícola, como por lo demás en cualquier otro sector productivo, la asociación es actualmente una exigencia vital; y lo es mucho más cuando el sector tiene como base la empresa de dimensiones familiares. Los trabajadores de la tierra deben sentirse solidarios los unos de los otros, y colaborar para dar vida a cooperativas y asociaciones profesionales o sindicales, unas y otras necesarias para lograr que la producción se beneficie de los progresos científico-técnicos, para contribuir eficazmente a la defensa de los precios de los productos, para ponerse en un plano de igualdad frente a las categorías económicoprofesionales de los otros sectores productivos, ordinariamente organizadas, para que su voz sea oída en el campo político y en los órganos de la administración pública: las voces aisladas casi nunca tienen hoy posibilidad de hacerse oír y mucho menos de hacerse escuchar. Sensibilidad a las llamadas del bien común 37. [147] Con todo, los trabajadores agrícolas, como por otra parte los trabajadores de cualquier otro sector productivo, al utilizar su multiforme organización, deben moverse dentro del ámbito del orden moral-jurídico: es decir, deben conciliar sus derechos y sus intereses con los derechos y los intereses de las otras categorías económicoprofesionales, y subordinar los unos y los otros a las exigencias del bien común. Los trabajadores de la tierra, empeñados en mejorar y elevar el mundo agrícola-rural, pueden legítimamente pedir que su acción sea mantenida y apoyada por los poderes


públicos, siempre que ellos por su parte se muestren y sean sensibles a las exigencias del bien común y contribuyan a su realización. [148] Nos es grato, a propósito de esto, expresar Nuestra complacencia a aquellos hijos que en las más diversas partes del mundo se ocupan de las organizaciones cooperativas, de las asociaciones profesionales y de los movimientos sindicales, a fin de elevar económica y socialmente a todos cuantos cultivan la tierra. Vocación y misión 38. [149] En el trabajo agrícola encuentra la persona humana mil incentivos para su afirmación, para su progreso, para su enriquecimiento, para su expansión, incluso en la esfera de los valores del espíritu. Es, por lo tanto, un trabajo que debe concebirse y vivirse como una vocación y una misión: es decir, como una respuesta a la invitación de Dios a contribuir al cumplimiento de su plan providencial en la historia, como un compromiso a obrar el bien para la elevación de sí mismos y de los demás, y como una aportación a la civilización humana. Acción de reequilibrio y de propulsión en las zonas subdesarrolladas 39. [150] Entre ciudadanos pertenecientes a una misma Comunidad política no es raro que haya pronunciadas desigualdades económico-sociales, debidas principalmente al hecho de que unos viven y trabajan en zonas económicamente más desarrolladas y otros en zonas económicamente menos desarrolladas. En semejante situación, la justicia y la equidad exigen que los poderes públicos actúen para que esas desigualdades sean eliminadas o disminuidas. A este fin se debe procurar que en las zonas menos desarrolladas se aseguren los servicios públicos esenciales y que esto se haga en las formas y en los grados sugeridos o reclamados por el ambiente y, normalmente, correspondientes al nivel medio de vida vigente en la Comunidad nacional. Pero es también necesario que se emprenda una política económico-social apropiada principalmente respecto a la oferta de trabajo y las migraciones, los salarios, las contribuciones, el crédito, las inversiones, atendiendo particularmente a las industrias de carácter propulsivo: política apta para promover la absorción y el empleo rentable de la mano de obra, para estimular la iniciativa empresarial, para aprovechar bien los recursos locales. [151] Con todo, la acción de los poderes públicos debe hallar siempre su justificación en motivos del bien común. Por lo cual se ha de ejercer con criterios unitarios en el plano nacional, con la finalidad constante de contribuir al desarrollo gradual, simultáneo y proporcionado de los tres sectores productivos: agricultura, industria, servicios; y con preocupación activa de que los ciudadanos de las zonas menos desarrolladas se sientan y se comporten, en el mayor grado posible, como responsables y promotores de su propia elevación económica. [152] Finalmente, se debe recordar cómo también la iniciativa privada debe contribuir a establecer el equilibrio económico y social entre las diferentes zonas de una Nación. Más aún, los poderes públicos, en virtud del principio de subsidiaridad, deben favorecer y ayudar a la iniciativa privada, confiando a ésta, siempre que sea posible de manera eficiente, la continuidad del desarrollo económico de lo ya iniciado. Eliminar o reducir los desequilibrios entre tierra y población 40. [153] Aquí conviene tener muy presente cómo hay no pocas Naciones, en las cuales existen palmarias desigualdades entre territorio y población. Efectivamente, en unas hay escasez de hombres y abundancia de tierras de labor; mientras que en otras abundan los hombres y escasean las tierras cultivables.


[154] Además, hay Naciones, en las que, a pesar de la riqueza de los recursos naturales en estado potencial, lo primitivo de los cultivos no permite la producción de bienes suficientes para satisfacer las necesidades elementales de las respectivas poblaciones; mientras en otras Naciones el alto grado de modernización alcanzado en los cultivos, determina una superproducción de bienes agrícolas con reflejos negativos en la respectiva economía nacional. [155] Es obvio que la solidaridad humana y la fraternidad cristiana piden que se establezcan entre los pueblos relaciones de colaboración activa y multiforme; colaboración, que permita y favorezca el movimiento de bienes, capitales y hombres, a fin de eliminar o disminuir las desigualdades apuntadas; pero de esto hablaremos luego más ampliamente. [156] Queremos, sin embargo, expresar aquí Nuestra sincera estima por la obra eminentemente benéfica que realiza la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura (F. A. O.), fomentando relaciones fecundas entre los pueblos, promoviendo la modernización de los cultivos, sobre todo en las Naciones que están en vía de desarrollo, aliviando el malestar de las poblaciones en las que escasean los alimentos. Exigencias de justicia en las relaciones entre Naciones, en grado diverso de desarrollo económico El problema de la época moderna 41. [157] Tal vez el problema mayor de la época moderna es el de las relaciones entre las Comunidades políticas económicamente desarrolladas y las Comunidades políticas en vías de desarrollo económico: las primeras consiguientemente, con un alto nivel de vida; las segundas, en condiciones de escasez o de miseria. La solidaridad que une a todos los seres humanos y los hace como miembros de una sola familia, impone a las Comunidades políticas que disponen de superabundantes medios de subsistencia, el deber de no permanecer indiferentes frente a las Comunidades políticas cuyos miembros luchan contra las dificultades de la indigencia, de la miseria y del hambre, y no gozan de los derechos elementales de la persona humana. Tanto más cuanto que, dada la interdependencia cada vez mayor entre los pueblos, no es posible que reine entre ellos una paz duradera y fecunda, si el desnivel de sus condiciones económicas y sociales es excesivo. [158] Conscientes de Nuestra paternidad universal, Nos sentimos el deber de reafirmar, en forma solemne, cuanto en otra ocasión hemos dicho: "Todos nosotros somos solidariamente responsables de las poblaciones subalimentadas..."46. [Por eso] "es menester educar la conciencia en el sentido de la responsabilidad que pesa sobre todos y cada uno, particularmente sobre los más favorecidos"47. [159] Bien claro está que el deber, siempre proclamado por la Iglesia, de ayudar al que lucha contra la indigencia y la miseria, lo deben mayormente sentir los católicos, quienes tienen un motivo nobilísimo en el hecho de ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo: En esto -proclama el apóstol San Juan- hemos conocido el amor de Dios, en que dio El su vida por nosotros, y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguien, gozando las riquezas del mundo, ve a su hermano en necesidad, y le cierra las entrañas ¿residiría el amor de Dios en él?48. [160] Vemos, pues, complacidos cómo las Comunidades políticas, que disponen de sistemas económicos altamente productivos, prestan su apoyo a las Comunidades políticas que se hallan en fase de desarrollo económico, para que con menor dificultad logren éstas mejorar sus propias condiciones de vida.


Auxilios urgentes 42. [161] Hay Naciones en las cuales se producen bienes de consumo y sobre todo productos agrícolas con exceso; mientras hay otras, en las que grandes sectores populares luchan contra la miseria y el hambre: razones de justicia y de humanidad piden que las primeras vengan a socorrer a las segundas. Destruir o desperdiciar bienes que son indispensables a los seres humanos para que sobrevivan, es herir la justicia y la humanidad. [162] Sabemos que producir bienes, particularmente agrícolas, que sobrepasen las necesidades de una Comunidad política, puede tener repercusiones económicamente negativas respecto a algunas categorías de ciudadanos. Pero ésta no es razón suficiente para eximir del deber de prestar una ayuda de "emergencia" a los indigentes y a los hambrientos; si bien es una razón para que se empleen todos los medios a fin de contener las repercusiones negativas y para que su peso se distribuya equitativamente entre todos los ciudadanos. Cooperación científico-técnico-financiera 43. [163] Las ayudas de "emergencia", aunque respondan a un deber de humanidad y de justicia, no bastan para eliminar y ni siquiera para aminorar las causas que en un considerable número de Comunidades políticas determinan un estado permanente de indigencia, de miseria, o de hambre. Las causas se encuentran, principalmente, en lo primitivo o atrasado de sus sistemas económicos. Por lo cual no se pueden eliminar o reducir sino a través de una colaboración multiforme, encaminada a que sus ciudadanos adquieran aptitud, formación profesional, competencia científica y técnica; y a poner a su disposición los capitales indispensables para iniciar y acelerar el desarrollo económico con criterios y métodos modernos. [164] Bien sabemos cómo en estos últimos años se ha ido difundiendo y madurando cada vez más la conciencia del deber de afanarse en fomentar el desarrollo económico y el progreso social en las Naciones que se debaten en medio de mayores dificultades. [165] Organismos mundiales y regionales, Estados por sí solos, fundaciones, sociedades privadas, ofrecen a dichas Naciones en medida creciente su propia cooperación técnica en todos los sectores de la producción; y multiplican las facilidades a millares de jóvenes para que puedan estudiar en las Universidades de las Naciones más desarrolladas y adquirir una formación científico-técnica y profesional correspondiente a nuestro tiempo. Entre tanto, las instituciones bancarias mundiales, algunos Estados y entidades privadas proporcionan capitales y dan vida o contribuyen a dar vida a una red cada vez más rica de iniciativas económicas en las Naciones en proceso evolutivo. Nos complace aprovechar la presente ocasión para expresar Nuestro sincero aprecio de semejante obra ricamente fecunda. Pero no podemos dejar de observar que la cooperación científico-técnico-económica entre las Comunidades políticas económicamente desarrolladas y las que apenas están en la fase inicial o en vía de desarrollo, exige una expansión aún mayor que la actual; y es de desear que tal expansión en los próximos decenios llegue a caracterizar sus relaciones. [166] En este punto juzgamos oportunas algunas consideraciones y algunas advertencias. Evitar los errores de lo pasado 44. [167] La prudencia aconseja que las Comunidades políticas, que se hallan en un estado inicial o poco avanzado en su desarrollo económico, tengan presentes las


experiencias por las que pasaron las Comunidades políticas económicamente ya desarrolladas. [168] Producir más y mejor responde a una exigencia de la razón y es también una necesidad imprescindible. Pero no es menos necesario y conforme a la justicia que la riqueza producida se reparta equitativamente entre todos los miembros de la Comunidad política: por lo cual se ha de tender a que el desarrollo económico y el progreso social vayan a la par. Esto requiere que se actúe, en cuanto sea posible, gradual y armónicamente en todos los sectores de la producción: agricultura, industria y servicios. respeto a las peculiaridades de cada Pueblo 45. [169] Las Comunidades políticas en fase de desarrollo económico suelen presentar un sello inconfundible de propia individualidad: ya por los recursos y características específicas del propio ambiente natural, ya por sus tradiciones, a menudo ricas en valores humanos, ya por las cualidades típicas de sus propios miembros. [170] Las Comunidades políticas económicamente desarrolladas, al prestar su cooperación, deben reconocer y respetar aquella individualidad y superar la tentación que les empuja a proyectarse, a través de su cooperación, en las Comunidades que se están desarrollando económicamente. Obra desinteresada 46. [171] Pero la tentación mayor que puede hacer presa en las Comunidades políticas económicamente desarrolladas es la de aprovecharse de su cooperación técnicofinanciera para influir en la situación polítia de las Comunidades en fase de desarrollo económico, a fin de realizar en ellas planes de predominio. [172] Donde esto se verifique, se debe declarar explícitamente que en tal caso se trata de una nueva forma de colonialismo, que, por muy hábilmente que se disfrace, no por ello sería menos dominadora que la antigua forma de colonialismo, de la cual muchos pueblos han salido recientemente; nueva forma de colonialismo, que influiría negativamente en las relaciones internacionales, al constituir una amenaza y un peligro para la paz mundial. [173] Es, pues, indispensable y conforme a una exigencia de la justicia que la mencionada cooperación técnico-financiera se preste con el más sincero desinterés político, a fin de poner a las Comunidades, que se hallan en vía de desarrollo económico, en condiciones de realizar por sí mismas su propia elevación económicosocial. [174] De este modo se ofrece una preciosa contribución a la formación de una Comunidad mundial, en la cual todos los miembros sean sujetos conscientes de sus propios deberes y de sus propios derechos, y que trabajen, en plano de igualdad, por la consecución del bien común universal. Jerarquía de valores: su respeto 47. [175] Los progresos científico-técnicos, el desarrollo económico, las mejoras en las condiciones de vida, son ciertamente elementos positivos de una civilización. Pero debemos recordar que no son ni pueden ser considerados como valores supremos, con relación a los cuales revisten un carácter esencialmente instrumental. [176] Observamos con amargura que en las Naciones económicamente desarrolladas no son pocos los seres humanos, en quienes se ha amortiguado, apagado o invertido la conciencia de la jerarquía de valores; es decir, en quienes los valores del espíritu se


descuidan, olvidan o niegan; mientras los progresos de las ciencias y de las técnicas, el desarrollo económico, el bienestar material se pregonan y defienden frecuentemente como preeminentes y aun se ensalzan como única razón de la vida. Esto constituye una asechanza demoledora entre las más deletéreas, en la cooperación que los pueblos económicamente desarrollados prestan a los pueblos en fase de desarrollo económico: pueblos, en los cuales no raras veces, por antigua tradición, está aún viva y operante la conciencia de algunos de los más importantes valores humanos. [177] Atentar a esa conciencia es esencialmente inmoral; en cambio, ha de ser respetada y, en lo posible, iluminada y perfeccionada para que siga siendo lo que es: fundamento de la verdadera civilización. La Iglesia: su "contribución" 48. [178] La Iglesia, como es sabido, es universal por derecho divino y lo es también históricamente por el hecho de estar presente, o de tender a estarlo, en todos los pueblos. [179] El establecimiento de la Iglesia en un pueblo tiene siempre consecuencias positivas en el campo económico-social, como lo demuestran la historia y la experiencia. La razón es que los seres humanos, al hacerse cristianos, no pueden menos de sentirse obligados a mejorar las instituciones y los ambientes del orden temporal: ya para que en ellos no sufra mengua la dignidad humana, ya para que se eliminen o reduzcan los obstáculos del bien y aumenten los estímulos y las invitaciones al mismo. [180] Además, la Iglesia, al penetrar en la vida de los pueblos, no es ni se siente jamás como una institución impuesta desde fuera. Esto se debe al hecho de que su presencia se concreta en el renacer o resucitar de cada uno de los seres humanos en Cristo; y quien renace o resucita en Cristo no se siente nunca coaccionado por lo exterior; al contrario, se siente libre en lo más profundo de su ser y encaminado hacia Dios; se consolida y ennoblece cuanto en él representa un valor, de cualquier naturaleza que sea. [181] La Iglesia de Cristo -observa sabiamente Nuestro predecesor Pío XII-, fidelísima depositaria de la divina prudencia educadora, no puede pensar ni piensa en menoscabar y desestimar las características particulares que cada pueblo, con celoso cariño y comprensible orgullo, custodia y guarda cual precioso patrimonio. Su fin [de la Iglesia] es la unidad sobrenatural en el amor universal, sentido y practicado; no la uniformidad exclusivamente externa, superficial y, como tal, debilitadora. Todas las normas y cuidados que sirven para el desenvolvimiento prudente y ordenado de fuerzas y tendencias particulares y tienen su raíz en las más recónditas entrañas de toda estirpe, si es que no se oponen a las obligaciones que a la humanidad sobrevienen de la unidad de origen y común destino, la Iglesia los saluda con júbilo y los acompaña con sus maternales cuidados49. [182] Vemos con profunda satisfacción cómo también hoy los ciudadanos católicos de las Comunidades en fase de desarrollo económico, por lo regular, no ceden a nadie el primer puesto al participar en el esfuerzo que sus propias Naciones hacen por progresar y elevarse en el campo económico-social. [183] Entretanto, los ciudadanos católicos de las Comunidades económicamente desarrolladas, multiplican sus iniciativas secundando y haciendo más fecunda la ayuda que se da a las Comunidades en vía de desarrollo económico. Digna de especial consideración es la multiforme asistencia que ellos dispensan, en proporciones siempre crecientes, a los estudiantes de las Naciones de Africa y Asia diseminados


por las Universidades de Europa y de América; y la preparación de sujetos dispuestos a trasladarse a las Naciones en fase de desarrollo económico para entre ellas ejercer actividades técnico-profesionales. [184] A estos queridos hijos Nuestros, que por todas partes del mundo ponen de manifiesto la perenne vitalidad de la Iglesia en promover el progreso genuino y en vivificar las culturas, queremos les llegue Nuestra palabra paternalmente afectuosa de aplauso y de aliento. Incremento demográfico y desarrollo económico 49. [185] En estos últimos tiempos aflora a menudo el problema de la relación entre incrementos demográficos, desarrollo económico y disponibilidad de medios de subsistencia, así en el plano mundial, como respecto de las Comunidades políticas en fase de desarrollo económico. Poblaciones - medios de subsistencia (desequilibrio) [186] En el plano mundial observan algunos que, según cálculos estadísticos considerados como bastante atendibles, la familia humana en pocos decenios llegará a cifras muy elevadas; mientras el desarrollo económico procederá con ritmo menos acelerado. De donde deducen que, si no se provee oportunamente a limitar el crecimiento demográfico, la desproporción entre la población y los medios de subsistencia, en un futuro no lejano, se dejará sentir agudamente. [187] En lo que se refiere a las Comunidades políticas en fase de desarrollo económico, se observa, siempre sobre la base de datos estadísticos, que la rápida difusión de medidas higiénicas y de cuidados sanitarios apropiados reduce mucho la cifra de la mortalidad, sobre todo la infantil; mientras tiende a permanecer constante o casi constante, a lo menos durante un considerable periodo de tiempo, la cifra de la natalidad, que en esas comunidades suele ser elevada. Crece, pues, notablemente el exceso de nacimientos sobre el de defunciones; mientras no aumenta proporcionalmente la eficiencia productiva de los respectivos sistemas económicos. Es, pues, imposible que en las Comunidades políticas en vía de desarrollo económico mejore el nivel de vida; más aún, es inevitable que empeore. Por lo cual, para evitar que se termine en situaciones de extremo malestar hay quien estima indispensable recurrir a medidas drásticas para eludir o reprimir la natalidad. El "problema": sus términos 50. [188] Para decir la verdad, en el plano mundial, la relación entre el incremento demográfico por una parte y el desarrollo económico y disponibilidad de medios de subsistencia por otra, no parece, a lo menos por ahora y en un futuro próximo, que cree dificultad: en todo caso son demasiado inciertos y oscilantes los elementos de que disponemos para con ellos llegar a conclusiones seguras. [189] Además, Dios, en su bondad y en su sabiduría, ha diseminado en la naturaleza recursos inagotables y ha dado a los hombres inteligencia y genio a fin de que creen los instrumentos idóneos para apoderarse de ellos y para hacerlos servir a la satisfacción de las necesidades y exigencias de la vida. Por lo cual la solución fundamental del problema no se ha de buscar en procedimientos que ofenden al orden moral establecido por Dios y ciegan los manantiales mismos de la vida humana, sino en un renovado empeño científico-técnico por parte del hombre, para profundizar y extender su dominio sobre la naturaleza. Los progresos ya realizados por las ciencias y las técnicas abren por esta vía horizontes ilimitados.


[190] Con todo, sabemos que en determinadas regiones y en ciertas Comunidades políticas en fase de desarrollo económico pueden presentarse y se presentan realmente graves problemas y dificultades, que se deben al hecho de una deficiente organización económico-social, que no ofrece por eso medios de vida proporcionados al índice de incremento demográfico; como también al hecho de que la solidaridad entre los pueblos no actúa en grado suficiente. [191] Pero, aun en semejantes hipótesis, debemos inmediatamente afirmar con claridad que estos problemas no se han de afrontar y estas dificultades no se han de vencer recurriendo a métodos y a medios que son indignos del hombre y que sólo hallan su explicación en una concepción puramente materialista del hombre mismo y de su vida. [192] La verdadera solución se halla solamente en el desarrollo económico y en el progreso social, que respeten y promuevan los verdaderos valores humanos, individuales y sociales; es decir, desarrollo económico y progreso social, realizados en el ámbito moral, en conformidad con la dignidad del hombre y con el inmenso valor que es la vida de cada uno de los seres humanos; y en una colaboración de escala mundial que permita y fomente una circulación ordenada y fecunda de útiles conocimientos, de capitales y de hombres. Las leyes de la vida: su respeto 51. [193] Tenemos que proclamar solemnemente que la vida humana se transmite por medio de la familia, fundada en el matrimonio único e indisoluble, elevado para los cristianos a la dignidad de Sacramento. La transmisión de la vida humana está encomendada por la naturaleza a un acto personal y consciente y, como tal, sujeto a las leyes sapientísimas de Dios: leyes inviolables e inmutables, que han de ser acatadas y observadas. Por eso, no se pueden usar medios ni seguir ciertos métodos que podrían ser lícitos en la transmisión de la vida de las plantas y de los animales. [194] La vida humana es sagrada: ya desde que aflora, implica directamente la acción creadora de Dios. Al violar sus leyes, se ofende a la Divina Majestad, se degrada el hombre y la humanidad, y hasta se enerva la misma comunidad de la que se es miembro. Sentido de la responsabilidad: educación 52. [195] Es de suma importancia que se eduque a las nuevas generaciones con una adecuada formación cultural y religiosa, como es deber y derecho de los padres; y con un profundo sentido de responsabilidad en todas las manifestaciones de su vida y, por esto también, en orden a la creación de una familia y a la procreación y educación de los hijos. Estos deben formarse en una vida de fe y en una profunda confianza en la Divina Providencia, a fin de que estén dispuestos a arrostrar fatigas y sacrificios en el cumplimiento de una misión tan noble y muchas veces ardua, como es la de colaborar con Dios en la transmisión de la vida humana y en la educación de la prole. Para semejante educación ninguna institución dispone de recursos tan eficaces como la Iglesia, la cual, aun por este motivo, tiene el derecho de ejercitar su misión con plena libertad. Al servicio de la "vida" 53. [196] Recuerda el Génesis cómo Dios a los primeros seres humanos impuso dos mandamientos: el de transmitir la vida: creced y multiplicaos50; y el de dominar la naturaleza: llenad la tierra y enseñoreaos de ella51; mandamientos que mutuamente se completan.


[197] Verdad es que el mandamiento divino de dominar las cosas de la naturaleza no se ha dado para fines destructivos, sino más bien para que aquellas sirvan a las atenciones de la vida humana. [198] Con tristeza notamos que una de las contradicciones más desconcertantes que atormentan nuestra época y en la que ésta se consume es que, mientras por un lado las situaciones de malestar se acentúan en extremo y se proyecta amenazador el espectro de la miseria y del hambre, por otro se utilizan, y a menudo en gran escala, los descubrimientos de la ciencia, las realizaciones de la técnica y los recursos económicos para crear terribles instrumentos de ruina y de muerte. [199] La providencia de Dios concede al género humano medios suficientes para resolver en forma digna los múltiples y delicados problemas relativos a la transmisión de la vida; pero estos problemas pueden hacerse de difícil solución o insolubles, porque los hombres, descaminados en su inteligencia o pervertidos en su voluntad, se valen de esos medios en contra de la razón, o sea, para tales fines que no responden a su naturaleza social y a los planes de la Providencia. Colaboración en plan mundial Dimensiones mundiales de todo problema humano relevante 54. [200] Los progresos de las ciencias y de las técnicas en todos los sectores de la convivencia multiplican e intensifican las relaciones entre las Comunidades políticas; y así hacen que su interdependencia sea cada vez más profunda y vital. [201] Por consiguiente, puede decirse que los problemas humanos de alguna importancia, sea cualquiera su contenido, científico, técnico, económico, social, político o cultural, presentan hoy dimensiones supranacionales y muchas veces mundiales. [202] Luego las Comunidades políticas, separadamente y con solas sus fuerzas, ya no tienen posibilidad de resolver adecuadamente sus mayores problemas en el ámbito propio; aunque se trate de Comunidades que sobresalen por el elevado grado y difusión de su cultura, por el número y actividad de los ciudadanos, por la eficiencia de sus sistemas económicos y por la extensión y riqueza de sus territorios. Las Comunidades políticas se condicionan mutuamente y se puede afirmar que cada una logra su propio desarrollo contribuyendo al desarrollo de las demás. Por lo cual se impone la mutua inteligencia y la colaboración entre ellas. Desconfianza recíproca 55. [203] Así se puede entender cómo en el ánimo de todos los seres humanos y entre los pueblos va ganando cada vez más terreno la persuasión de la urgente necesidad de inteligencia y colaboración. Pero al mismo tiempo parece que los hombres, particularmente los que ostentan mayor responsabilidad, se revelan impotentes para llevar a cabo la una y la otra. La raíz de semejante impotencia no se ha de buscar en razones científicas, técnicas o económicas, sino en la falta de confianza mutua. Los hombres, y consiguientemente los Estados, se temen recíprocamente. Cada cual teme que el otro esté alimentando propósitos de dominación y acechando el momento que le parezca oportuno para llevar a efecto tales propósitos. Por eso organiza la propia defensa, se arma, más que para atacar, así se declara, para disuadir al agresor hipotético de toda agresión efectiva. [204] Pero esto trae como consecuencia que inmensas energías humanas y medios gigantescos se emplean para fines no constructivos; mientras se insinúa y se alimenta en el ánimo de cada uno de los seres humanos y entre los pueblos un sentimiento de


malestar y de angustia que debilita el espíritu de iniciativa para empresas de mayor envergadura. Desconocimiento del orden moral 56. [205] La falta de confianza mutua halla su explicación en el hecho de que los hombres, particularmente los más responsables, cuando desarrollan su actividad se inspiran en concepciones de vida diferentes o radicalmente contrarias. En algunas de estas concepciones, desgraciadamente, no se reconoce la existencia del orden moral; orden trascendente, universal, absoluto, igual y valedero para todos. Con esto viene a faltar la posibilidad de tomar contacto y de entenderse plena y seguramente a la luz de una misma ley de justicia, admitida y observada por todos. [206] Es verdad que el término justicia y la expresión exigencias de la justicia siguen resonando en los labios de todos. Pero ese término o esa expresión tiene, en los unos y en los otros, significados diversos o contrapuestos. Por eso, los llamamientos repetidos y apasionados a la justicia y a las exigencias de la justicia, lejos de ofrecer posibilidad de contacto o de inteligencia, aumentan la confusión, agravan las diferencias, acaloran las contiendas; y, como consecuencia, se difunde la persuasión de que, para hacer valer los propios derechos y conseguir los propios intereses, no se ofrece otro medio que el recurso a la violencia, fuente de males gravísimos. Dios, fundamento del orden moral 57. [207] La confianza recíproca entre los hombres y entre los Estados no puede nacer y consolidarse sino solamente con el reconocimiento y con el respeto del orden moral. [208] Pero el orden moral tan sólo en Dios tiene su fundamento: separado de Dios, se destruye totalmente. Pues el hombre no es solamente un organismo material, sino también espiritual, dotado de inteligencia y libertad. Exige, por lo tanto, un orden éticomoral, el cual, más que cualquier valor material, influye sobre la orientación y las soluciones que se han de dar a los problemas de la vida individual y social en el interior de las Comunidades nacionales y en sus mutuas relaciones. [209] Se ha afirmado que en la era de los triunfos de la ciencia y de la técnica los hombres pueden construir su civilización, prescindiendo de Dios. Sin embargo, la verdad es que los mismos progresos científico-técnicos presentan problemas humanos de dimensiones mundiales, que únicamente se pueden resolver a la luz de una sincera y activa fe en Dios, principio y fin del hombre y del mundo. [210] Una confirmación de estas verdades se encuentra en la comprobación de que los mismos ilimitados horizontes descubiertos por las investigaciones científicas contribuyen a que nazca y se desarrolle en las inteligencias la persuasión de que los conocimientos matemático-científicos descubren pero no captan, ni menos todavía expresan, los aspectos más profundos de la realidad. Y la trágica experiencia de que gigantescas fuerzas puestas al servicio de la técnica pueden utilizarse tanto para fines constructivos como para la destrucción, pone de relieve la predominante importancia de los valores espirituales para que el progreso científico-técnico conserve su carácter esencialmente instrumental respecto a la civilización. [211] Entre tanto, el sentimiento de progresiva insatisfacción que se difunde entre los seres humanos de las Comunidades nacionales de alto nivel de vida deshace la ilusión del soñado paraíso en la tierra. Al mismo tiempo los seres humanos van tomando conciencia cada vez más clara de los derechos inviolables y universales de la persona; y en los mismos se hace cada vez más viva la aspiración de estrechar relaciones más justas y más humanas. Son todos estos motivos los que contribuyen a hacer que los


hombres tengan mayor conciencia de su limitación y a que vuelva a florecer en ellos el anhelo de los valores del espíritu. Y ello no puede menos de ser feliz presagio de mutuo entendimiento y fecundas colaboraciones. IV. REAJUSTE DE LAS RELACIONES DE LA CONVIVENCIA: EN LA VERDAD, EN LA JUSTICIA, EN LA CARIDAD Ideologías incompletas y erróneas 58. [212] Después de tantos progresos científico-técnicos, y aun por causa de éstos, queda todavía en pie el problema de que las relaciones de convivencia se reconstruyan en un equilibrio más humano, tanto en el interior de cada Comunidad política como en el plano mundial. [213] Con este fin se han elaborado y difundido diversas ideologías en la época moderna: algunas ya se han desvanecido, como niebla en la presencia del sol; otras han sufrido y sufren revisiones sustanciales; otras se han debilitado bastante y sin cesar van perdiendo su influjo fascinador en el ánimo de los hombres. La razón de este declinar, la encontramos en que son ideologías que solamente consideran algunos aspectos del hombre y, frecuentemente, los menos profundos. Pues no tienen en cuenta las inevitables imperfecciones humanas, como la enfermedad y el sufrimiento; imperfecciones, que ni los sistemas económico-sociales más avanzados pueden eliminar. Existe, además, la profunda e inextinguible exigencia religiosa, que se exterioriza constantemente doquier, aun cuando se la conculque con la violencia o se la sofoque hábilmente. [214] En efecto, el error más radical en la época moderna es el de considerar la exigencia religiosa del espíritu humano como expresión del sentimiento o de la fantasía, o bien como un producto de contingencias históricas, que se ha de eliminar como elemento anacrónico o como obstáculo al progreso humano; cuando, por lo contrario, en esta exigencia los seres humanos se revelan como lo que son verdaderamente: seres creados por Dios y para Dios, como exclama San Agustín: Fecisti nos ad Te, Domine, et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te52. [215] Por lo tanto, cualquiera que sea el progreso técnico y económico, no habrá en el mundo justicia ni paz, mientras los hombres no vuelvan a sentir su dignidad de criaturas y de hijos de Dios, primera y última razón de ser de toda la realidad creada por El. El hombre, separado de Dios, se vuelve deshumano consigo mismo y con sus semejantes, porque la relación ordenada de convivencia presupone la ordenada relación de la conciencia de la persona con Dios, fuente de verdad, de justicia y de amor. [216] Es verdad que la persecución que desde hace varios decenios arrecia en muchos países, aun de antigua civilización cristiana, contra tantos Hermanos e hijos Nuestros, precisamente por esto queridísimos a Nos en modo especial, pone, cada vez en mayor evidencia, la digna superioridad de los perseguidos y la refinada barbarie de los perseguidores; lo cual, aunque todavía no dé visibles frutos de rectificación, sin embargo ya induce a muchos a reflexionar. [217] Pero siempre subsiste claro que el aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentativa de querer reconstruir un orden temporal sólido y fecundo prescindiendo de Dios, único fundamento en el que puede sostenerse; y de querer ensalzar la grandeza del hombre secando la fuente de donde brota y se alimenta aquella grandeza, es decir, reprimiendo y, si posible fuera,


extinguiendo sus ansias de Dios. Sin embargo, la experiencia cotidiana, en medio de los desengaños más amargos y aun a veces entre formas sangrientas, sigue atestiguando lo que afirma el Libro inspirado: Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los que la edifican53. Perenne actualidad de la doctr. social de la Iglesia 59. [218] La Iglesia presenta y proclama una concepción siempre actual de la convivencia. [219] Como se desprende de lo dicho hasta aquí, el principio básico de esta concepción consiste en que cada uno de los seres humanos es y debe ser el fundamento, el fin y el sujeto de todas las instituciones en las que se exterioriza y se realiza la vida social: cada uno de los seres humanos debe ser visto en lo que es y en lo que debe ser según su naturaleza intrínsecamente social, y en el plano providencial de su elevación al orden sobrenatural. [220] De este principio fundamental, que defiende la dignidad sagrada de la persona, el Magisterio de la Iglesia, con la colaboración de sacerdotes y seglares competentes, ha desarrollado, especialmente en este último siglo, una doctrina social, que indica con claridad el camino seguro para reconstruir las relaciones de convivencia según criterios universales, que responden a la naturaleza, a las diversas esferas del orden temporal y al carácter de la sociedad contemporánea; y precisamente por esto pueden ser aceptados por todos. [221] Pero hoy más que nunca es indispensable que esta doctrina sea conocida, asimilada, llevada a la realidad social en las formas y en la medida que las circunstancias permitan o reclamen; función ardua pero nobilísima, a cuya realización, con ardiente llamamiento, invitamos no sólo a Nuestros Hermanos e hijos esparcidos por todo el mundo, sino también a todos los hombres de buena voluntad. Instrucción 60. [222] Volvemos a afirmar, ante todo, que la doctrina social cristiana es una parte integrante de la concepción cristiana de la vida. [223] Mientras advertimos con satisfacción que en varios Institutos se enseña esta doctrina desde hace tiempo, Nos apremia exhortar a que por medio de cursos ordinarios y en forma sistemática se extienda la enseñanza a todos los Seminarios y a todos los colegios católicos de cualquier grado. Se introduzca, además, en los programas de instrucción religiosa de las parroquias y de las asociaciones de apostolado de los seglares; se difunda con los medios modernos de expresión: periódicos, revistas, publicaciones de divulgación y científicas, radio y televisión. [224] Mucho pueden contribuir a su difusión Nuestros hijos del laicado, con el empeño en aprenderla, con el celo en procurar que los demás la comprendan y ejerciendo a la luz de estas enseñanzas sus actividades de contenido temporal. [225] No olviden que la verdad y la eficacia de la doctrina social católica se demuestra, sobre todo, ofreciendo una orientación segura para la solución de los problemas concretos. De esta manera se consigue atraer hacia ella la atención de los que la desconocen, o de los que, desconociéndola, la combaten; y quizá hasta lograr que penetre en sus almas algún rayo de su luz. Educación 61. [226] Una doctrina social no se enuncia solamente, sino que se lleva también a la práctica en términos concretos. Esto se aplica mucho más a la doctrina social


cristiana, cuya luz es la Verdad, cuyo objetivo es la Justicia, cuya fuerza propulsora es el Amor. [227] Llamamos, por lo tanto, la atención sobre la necesidad de que Nuestros hijos, además de ser instruidos en la doctrina social, sean también educados socialmente. [228] La educación cristiana debe ser integral, es decir, debe extenderse a toda clase de deberes. Por consiguiente, también debe mirar a que en los fieles brote y se robustezca la conciencia del deber que tienen de ejercer cristianamente las actividades de contenido económico y social. [229] El paso de la teoría a la práctica es arduo por naturaleza; pero aun lo es mucho más cuando se trata de llevar a términos concretos una doctrina social como la cristiana, por razón del egoísmo profundamente enraizado en los seres humanos, por razón del materialismo de que está saturada la sociedad moderna, por razón de la dificultad de determinar con claridad y precisión las exigencias objetivas de la justicia en los casos concretos. [230] Por esto, la educación no sólo ha de hacer que brote y se desarrolle la conciencia del deber de actuar cristianamente en el campo económico y social, sino que también es necesario que se proponga enseñar el método que capacita para cumplir tal deber. Deber de las Asociaciones del apostolado de Seglares 62. [231] Para actuar cristianamente en el campo económico y social, difícilmente resulta eficaz la educación si los mismos sujetos no toman parte activa en el educarse a sí mismos, y si la misma educación no se desenvuelve también a través de la acción. [232] Con razón se suele decir que no se consigue la aptitud para ejercitar la libertad rectamente sino por medio del recto uso de la libertad. Análogamente, la educación para actuar cristianamente en el campo económico y social no se conseguirá sino por la concreta actuación cristiana en tal terreno. [233] Por esto, en la educación social corresponde una importante función a las Asociaciones y a las Organizaciones de Apostolado de los Seglares, especialmente a las que se proponen como finalidad específica el vivificar cristianamente uno y otro sector del orden temporal. Efectivamente, no pocos miembros de estas Asociaciones pueden servirse de sus experiencias cotidianas para educarse a sí mismos cada vez mejor y para contribuir a la educación social de los jóvenes. [234] A este propósito es oportuno recordar a todos, a los de arriba y a los de abajo, el sentido cristiano de la vida, que lleva consigo espíritu de sobriedad y sacrificio. [235] Desgraciadamente, hoy prevalece doquier la concepción y la tendencia hedonista, que querría reducir la vida a la búsqueda del placer y a la plena satisfacción de todas las pasiones, con grave daño del espíritu y también del cuerpo. En el plano natural la moderación y la templanza de los apetitos inferiores es sensatez fecunda en bienes; en el plano sobrenatural el Evangelio, la Iglesia y toda tradición ascética exigen el espíritu de mortificación y penitencia, que asegura el dominio del espíritu sobre la carne y ofrece un medio eficaz de expiar la pena debida al pecado, del que ninguno está inmune, salvo Jesucristo y su Madre Inmaculada. Sugerencias prácticas


63. [236] Al traducir en realizaciones concretas los principios y las directrices sociales, se procede comúnmente a través de tres fases: planteamiento de las situaciones; valoración de las mismas a la luz de aquellos principios y de aquellas directrices; búsqueda y determinación de lo que puede y debe hacerse para llevar a la práctica los principios y las directrices en las situaciones, según el modo y medida que las mismas situaciones permiten o reclaman. Son tres momentos que suelen expresarse en tres términos: ver, juzgar, obrar. [237] Es muy oportuno que se invite a los jóvenes frecuentemente a reflexionar sobre estas tres fases y a llevarlas a la práctica en cuanto sea posible: así, los conocimientos aprendidos y asimilados no quedan en ellos como ideas abstractcas, sino que les capacitan prácticamente para llevar a la realidad concreta los principios y directrices sociales. [238] En tales aplicaciones pueden surgir divergencias, aun entre católicos rectos y sinceros. Cuando esto suceda, que no falten la mutua consideración, el respeto recíproco y la buena disposición para encontrar los puntos de coincidencia para una oportuna y eficaz acción: no se desgasten en discusiones interminables; y, bajo el pretexto de lo mejor, no se deje de practicar el bien que sea posible y, por lo tanto, obligatorio. [239] Los católicos dedicados al ejercicio de actividades económico-sociales, por su profesión tienen frecuentes relaciones con otros que no poseen la misma visión de la vida. En tales relaciones Nuestros hijos estén atentos para ser siempre consecuentes consigo mismos, para no hacer concesiones en materia de religión y de moral; pero al mismo tiempo vivan y se muestren animados por espíritu de comprensión, desinteresados y dispuestos a colaborar lealmente en la realización de todo cuanto por su naturaleza sea bueno, o por lo menos, se pueda reducir al bien. Con todo, es obvio que cuando la Jerarquía eclesiástica se ha pronunciado concretamente, tienen obligación los católicos de atenerse a sus directrices; puesto que compete a la Iglesia el derecho y el deber no sólo de tutelar los principios del orden ético y religioso, sino también de intervenir con su autoridad en la esfera del orden temporal, cuando se trata de juzgar sobre la aplicación de aquellos principios a casos concretos. Acción múltiple y responsable 64. [240] De la instrucción y de la educación necesario es pasar a la acción. Es un deber que corresponde, sobre todo, a Nuestros hijos del laicado, pues que ellos, en virtud de su estado de vida, se hallan habitualmente ocupados en el desenvolvimiento de actividades y en la creación de instituciones de contenido y finalidad temporales. [241] En el ejercicio de una función tan noble es necesario que Nuestros hijos no sólo sean profesionalmente competentes y ejerzan las actividades temporales según las leyes naturales que conducen con eficacia al fin, sino que es también indispensable que en el ejercicio de dichas actividades se muevan en el ámbito de los principios y directrices de la doctrina social cristiana, con actitud de sincera confianza, y siempre en relación de filial obediencia hacia las Autoridades eclesiásticas. Tengan presente Nuestros hijos que, cuando en el ejercicio de las actividades temporales no se siguen los principios y directrices de la doctrina social cristiana, no sólo se falta a un deber y se lesionan con frecuencia derechos de los propios hermanos, sino que se puede llegar al punto de desacreditar la misma doctrina, como si fuese noble en sí misma, pero privada de fuerza eficazmente orientadora. Un grave peligro 65. [242] Como ya hemos observado, los hombres han profundizado y han extendido enormemente el conocimiento de las leyes de la naturaleza; han creado instrumentos


para apoderarse de sus fuerzas; han producido y siguen produciendo obras gigantescas y espectaculares. Pero en su empeño de dominar y transformar el mundo exterior, se exponen a olvidarse de sí mismos y a gastarse: Así el trabajo corporal -observaba con profunda amargura Nuestro predecesor Pío XI en la encíclicaQuadragesimo anno-, que estaba destinado por Dios, aun después del pecado original, a labrar el bienestar material y espiritual del hombre, se convierte a cada paso en instrumento de perversión; de la fábrica sale ennoblecida la inerte materia, mientras se corrompen y envilecen los hombres54. [243] En forma semejante, afirma con razón el Pontífice Pío XII que nuestra época se distingue por un claro contraste entre el inmenso progreso científico-técnico y un espantoso retroceso humano, consistiendo su monstruosa obra maestra en transformar al hombre en un gigante del mundo físico, con detrimento de su espíritu, reducido a pigmeo del mundo sobrenatural y eterno55. [244] Una vez más se verifica hoy, en grandísimas proporciones, cuanto afirmaba el Salmista acerca de los paganos, a saber: cómo los hombres se olvidan muchas veces del propio ser en el propio obrar y admiran las obras propias hasta hacer de ellas un ídolo: Sus ídolos [de los gentiles] oro y plata son, obra de las manos de los hombres56. Jerarquía de "valores": su reconocimiento y respeto 66. [245] Con Nuestra paternal preocupación de Pastor universal de las almas, invitamos insistentemente a Nuestros hijos a que vigilen sobre sí mismos para mantener despierta y operante la conciencia de la jerarquía de valores en el ejercicio de sus actividades temporales y en la consecución de sus respectivos fines inmediatos. [246] Muy claro es cómo la Iglesia ha enseñado en todo tiempo, y sigue siempre enseñando, que los progresos científico-técnicos y el consiguiente bienestar material son bienes reales; y, por lo tanto, señalan un paso importante en la civilización humana. Pero ellos deben valorarse por lo que son según su verdadera naturaleza, es decir, como bienes instrumentales o medios que se utilizan para la consecución más eficaz de un fin superior, cual es el de facilitar y promover el perfeccionamiento espiritual de los seres humanos, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. [247] Como perenne aviso resuena la palabra del Maestro Divino: ¿De qué, pues, le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma? O ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?57. [248] Y estas enseñanzas tienen su complemento con la que se refiere al descanso, durante los días de fiesta. Santificación de las fiestas 67. [249] Para defender la dignidad del hombre como criatura dotada de un alma hecha a imagen y semejanza de Dios, la Iglesia ha reclamado siempre la observancia del tercer precepto del Decálogo: Acuérdate de santificar las fiestas58. Es un derecho de Dios exigir al hombre que dedique al culto un día de la semana, en el cual el espíritu, libre de las ocupaciones materiales, pueda elevarse y abrirse con el pensamiento y con el amor hacia las cosas celestiales, examinando en lo íntimo de su conciencia sus relaciones obligatorias e indispensables con su Creador. [250] Pero es también derecho, más aún, necesidad para el hombre, hacer una pausa en la aplicación del cuerpo al duro trabajo cotidiano, para alivio de los miembros cansados, para honesta distracción de los sentidos y para bien de la unidad


doméstica, que exige un frecuente contacto y una serena convivencia entre los miembros de la familia. [251] Religión, moral e higiene coinciden en la ley del reposo periódico, que la Iglesia desde hace siglos concreta en la santificación del domingo, con la participación en el Santo Sacrificio de la Misa, recuerdo y aplicación a las almas de la obra redentora de Cristo. [252] Pero con vivo dolor debemos comprobar y deplorar la negligencia, por no decir el desprecio, de esta santa ley, con perniciosas consecuencias para la salud del alma y del cuerpo de los queridos trabajadores. [253] En nombre de Dios y por el interés material y espiritual de los hombres Nos hacemos un llamamiento a todos, autoridades, empresarios y trabajadores, para la observancia del precepto de Dios y de su Iglesia, recordando a cada uno su grave responsabilidad ante el Señor y ante la sociedad. Renovado compromiso 68. [254] Pero sería un error dedudir de cuanto arriba hemos expuesto brevemente que Nuestros hijos, sobre todo del laicado, hayan de rebuscar prudencia con la que disminuir su propio compromiso de actuar como cristianos en el mundo; antes bien lo deben renovar y acentuar. [255] El Señor, en la sublime oración por la unidad de su Iglesia, no ruega al Padre que aparte a los suyos del mundo, sino que los preserve del mal: Non rogo ut tollas eos de mundo, sed ut serves eos a malo59. Y así no debe crearse una artificiosa oposición donde no exista, es decir, entre la perfección del propio ser y la propia presencia activa en el mundo, como si uno no pudiera perfeccionarse sino cesando de ejercer actividades temporales, o como si, al ejercerlas, quedara fatalmente comprometida la propia dignidad de seres humanas y de creyentes. [256] Por lo contrario, responde perfectamente al plan de la Providencia que cada uno se perfeccione mediante su trabajo cotidiano, el cual para la casi totalidad de los seres humanos es un trabajo de contenido y finalidad temporal. Actualmente la Iglesia se encuentra ante la gran misión de llevar un acento humano y cristiano a la civilización moderna; acento, que la misma civilización pide y casi invoca para sus progresos positivos y para su misma existencia. Como hemos insinuado, la Iglesia viene ejercitando esta misión, sobre todo por medio de sus hijos seglares, los cuales, para llevarla a cabo, deben sentirse obligados a desarrollar sus actividades profesionales como cumplimiento de un deber, como prestación de un servicio, en comunión interior con Dios y por Cristo y para su gloria, como indica el apóstol Pablo: Sea que comáis, sea que bebáis, o cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios60. Que todo cuanto hagáis o digáis, sea siempre en el nombre del Señor Jesús, dando por El gracias a Dios Padre61. Mayor eficiencia en las actividades temporales 69. [257] Cuando en las actividades e instituciones temporales se garantiza la entrada a los valores espirituales y a los fines sobrenaturales, refuérzase en aquellas la eficiencia respecto a sus propios fines específicos e inmediatos. Siempre es verdadera la palabra del Maestro Divino: Así que buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará en añadidura62. Cuando uno se presenta como luz en el Señor63 y camina como hijo de la luz64, se captan con mayor seguridad las exigencias fundamentales de la justicia aun en las zonas más complejas y difíciles del orden temporal, en las que no es raro que los egoísmos individuales, de grupo y de raza, insinúen y difundan espesas nieblas. Y cuando se está animado por la caridad de


Cristo; uno se siente entonces unido a los otros y se sienten como propias las necesidades, los sufrimientos y las alegrías de los demás. Y en consecuencia, la conducta de cada uno, cualquiera que sea el ámbito y el objeto en que se concrete, no puede menos de resultar más desinteresada, más vigorosa, más humana, porque la caridad es magnánima, es servicial..., no busca su interés..., no se goza con la injusticia, antes se alegra con la verdad..., todo lo espera y soporta todo65. Miembros vivos en el Cuerpo Místico de Cristo 70. [258] Mas no podemos concluir Nuestra Encíclica sin recordar otra verdad, que es al mismo tiempo una sublime realidad, esto es: que nosotros somos miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, que es su Iglesia:Como el cuerpo es uno, todos sus miembros, aun siendo muchos, no forman sino un solo cuerpo: así es [uno]Cristo66. [259] Con paternal insistencia invitamos a todos Nuestros hijos pertenecientes tanto al clero como al laicado, a que tengan profunda conciencia de tanta dignidad y grandeza por el hecho de que están injertados en Cristo como los sarmientos en la vid: Ego sum vitis, vos palmites67 y que por lo mismo están llamados a vivir la misma vida de Cristo. En virtud de ello, cuando se ejercen actividades propias, aun de carácter temporal, en unión con Jesús, Divino Redentor, cualquier trabajo viene a ser como un continuación del trabajo de Jesús, penetrado por virtud redentora: El que permanece en Mí, como yo en él, lleva consigo mucho fruto68. Viene a ser un trabajo que no tan sólo contribuye a la propia perfección sobrenatural, sino que también actúa extendiendo y difundiendo en los demás los frutos de la Redención y fecundando con fermento evangélico la civilización en que se vive y se trabaja. [260] Nuestra época está azotada y penetrada por errores fundamentales, desgarrada y trastornada por profundos desórdenes; pero es también una época en la que se abren inmensas posibilidades de bien al ímpetu de la Iglesia. 71. [261] Amados Hermanos e hijos: la mirada que hemos echado con vosotros a los diversos problemas de la vida social contemporánea, comenzando desde las primeras luces de la enseñanza del Papa León XIII, Nos ha conducido al desarrollo de todo un tejido de comprobaciones y declaraciones. Os invitamos a deteneros en ellas, a meditarlas mucho y a tomar ánimo para que cada uno y todos cooperen a la realización del Reino de Cristo sobre la tierra: reino de verdad y de vida; reino de santidad y de gracia; reino de justicia, de amor y de paz69; reino que asegura el goce de los bienes celestiales, para los cuales hemos sido creados y a los cuales ansiamos llegar. [262] En efecto, se trata de la doctrina de la Iglesia Católica y Apostólica, Madre y Maestra de todos los pueblos, cuya luz ilumina, enciende, inflama; cuya voz, al avisar, llena de sabiduría celestial, pertenece a todos los tiempos; cuya virtud siempre ofrece remedios tan eficaces y tan aptos a las crecientes necesidades de los hombres, a las angustias y a las ansiedades de la vida presente. Con esta voz armoniza aquella antiquísima del Salmista que no cesa de fortificar y levantar nuestros ánimos: Escucho. ¿Qué dice Jehová? Lo que Dios dice, es la paz para su pueblo, para sus amigos, con tal que no se vuelvan a su locura. Próxima está su salvación para los que le temen, y la gloria habitará en nuestra tierra. El amor y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se abrazan -la fidelidad germinará de la tierra, y de los cielos descenderá la justicia.- El Señor da todo el bien, y nuestra tierra da su fruto; -delante de El marchará la justicia; y la paz, sobre las huellas de sus pasos70.


[263] Estos son los votos, Venerables Hermanos, que Nos formulamos al poner fin a esta Carta, a la cual hemos dedicado desde hace tiempo Nuestra solicitud por la Iglesia Universal; los formulamos a fin de que el Divino Redentor de los hombres, qui factus est nobis sapientia a Deo et iustitia, et sanctificatio, et redemptio71, reine y triunfe felizmente a lo largo de los siglos en todos y sobre todo; los formulamos también para que, armonizada la convivencia en el orden, todas las gentes finalmente gocen de prosperidad, de alegría, de paz. [264] Como expresión de estos votos y en prenda de Nuestra paternal benevolencia, descienda la Apostólica Bendición que a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los fieles confiados a vuestro ministerio, particularmente a los que respondan con generosidad a Nuestras exhortaciones, impartimos de corazón en el Señor. Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de mayo del año 1961, tercero de Nuestro Pontificado. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20

Act. 2, 5. Cf. Io. 4, 42. Mat. 25, 34. 41. Io. 1, 5. Io. 2, 6. Cf. 1 Io. 5, 20. Cf. 1 Tim. 3, 15. Io. 14, 6. Io. 8, 12. Marc. 8, 2. AL 11 (1891) 97-144. Cf. ibid. 107. S. Th. De regimine principum 1, 15. Cf. A. A. S. 23 (1931) 185. Cf. ibid. 189. Cf. ibid. 177-228. Cf. ibid. 199. Cf. ibid. 200. Cf. ibid. 201.


21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47

Cf. ibid. 210 ss. Cf. ibid. 211. Cf. A. A. S. 33 (1941) 196. Cf. ibid. 197. Cf. ibid. 196. Cf. ibid. 198 ss. Cf. ibid. 199. Cf. ibid. 201. Cf. ibid. 202. Cf. ibid. 203. Cf. A. A. S. 23 (1931) 203. Cf. ibid. 203. Cf. ibid. 222 ss. Cf. A. A. S. 33 (1941) 200. Cf. A. A. S. 23 (1931) 195. Cf. ibid. 198. Nuntius radioph. d. d. 1 sept. 1944: cf. A. A. S. 36 (1944) 254. Allocutio hab. d. 8 sept. 1956. Cf. A. A. S. 48 (1956) 799-800. Nuntius radioph. d. d. 1 sept. a. 1944, Cf. A. A. S. 36 (1944) 253. Nuntius radioph. d. d. 24 dec. a. 1942; cf. A. A. S. 35 (1943) 17. Cf. ibid. 20. Litt. enc. Quadragesimo anno: A. A. S. 23 (1931) 214. AL 11 (1891) 114. Mat. 6, 19-20. Mat. 25, 40. Cf. A. A. S. 23 (1931) 202. Allocutio hab. d. 3 maii a. 1960. Cf. A. A. S. 52 (1960) 465. Cf. ibid.


48 49 50 51 52 53 54 55

1 Io. 3, 16-17. Litt. enc. Summi Pontificatus: A. A. S. 31 (1939) 428-429. Gen. 1, 28. Ibid. S. Aug. Conf. 1, 1. Ps. 126, 1. A. A. S. 23 (1931) 221 ss.

Nuntius radioph. d. in pervigilio Nativitatis D. N. I. C. a. 1953: cf. A. A. S. 46 (1954) 10. 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71

Ps. 113, 4. Mat. 16, 26. Ex. 20, 8. Io. 17, 15. 1 Cor. 10, 31. Col. 3, 17. Mat. 6, 33. Eph. 5, 8. Cf. ibid. 1 Cor. 13, 4-7. 1 Cor. 12, 12. Io. 15, 5. Ibid. In Praef. Missae de Iesu Christo Rege. Ps. 84, 9 ss. 1 Cor. 1, 30.


Pacem in terris Carta encíclica de S.S. Juan XXIII sobre la paz entre todos los pueblos La paz en la tierra, profunda aspiración de los hombres en todo tiempo, no se puede establecer ni asegurar si no se guarda íntegramente el orden establecido por Dios. 2. El progreso de las ciencias y los inventos de la técnica nos manifiestan, ya el maravilloso orden que reinaen los seres vivos y en las fuerzas de la naturaleza, ya la excelencia del hombre que descubre este orden y crea los medios aptos para adueñarse de aquellas fuerzas y reducirlas a su servicio. 3. Pero los progresos científicos y los inventos técnicos nos muestran, ante todo, la grandeza infinita de Dios, Creador del universo y del hombre. Ha creado el universo, derramando en él los tesoros de su sabiduría y de su bondad, que el Salmista celebra así: Señor, Señor nuestro, ¡cuán admirable es tu nombre sobre toda la tierra! 1 . ¡Cuán grandes son tus obras! Todo lo has hecho con sabiduría 2 . También ha creado Dios al hombre inteligente y libre a imagen y semejanza suya 3 , constituyéndole como señor de todas las cosas, según exclama el mismo Salmista: Has hecho al hombre un poco inferior a los ángeles, le has coronado de gloria y honor, y lo has colocado sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto bajo sus pies 4 . EL ORDEN EN LOS SERES HUMANOS 4. ¡Cómo contrasta, en cambio, con este maravilloso orden del universo aquel desorden que reina no sólo entre los individuos, sino también entre los pueblos! Parece como si sus relaciones no pudieran regirse sino por la fuerza. 5. Sin embargo, el Creador ha impreso el orden aun en lo más íntimo de la naturaleza del hombre: orden, que la conciencia descubre y manda perentoriamente seguir. Los hombres muestran escrita en sus corazones la obra de la ley, siendo testigo su propia conciencia 5 . Mas ¿cómo podría ser de otro modo? Todas las obras de Dios son un reflejo de su sabiduría infinita; reflejo, tanto más luminoso cuanto más altas se hallan en la escala de las perfecciones 6 . 6. Un error, en el que se incurre con bastante frecuencia, está en el hecho de que muchos piensan que las relaciones entre los hombres y sus respectivas comunidades políticas pueden regularse con las mismas leyes propias de las fuerzas y seres irracionales que constituyen el universo; pero las leyes que regulan las relaciones humanas son de otro género y han de buscarse allí donde Dios las ha dejado escritas, esto es, en la naturaleza del hombre. 7. Son, en efecto, estas leyes las que indican claramente cómo los individuos han de regular sus mutuas relaciones en la convivencia humana; las relaciones de los ciudadanos con la autoridad pública, dentro de cada comunidad política; las relaciones entre esas mismas comunidades políticas; finalmente, las relaciones entre ciudadanos y comunidades políticas de una parte y aquella comunidad mundial de otra, cuya urgente constitución es hoy tan reclamada por las exigencias del bien universal. I. EL ORDEN ENTRE LOS SERES HUMANOS TODO SER HUMANO ES PERSONA 8. Ante todo, es preciso hablar del orden que debe reinar entre los hombres.


9. En toda convivencia humana bien organizada y fecunda se debe colocar como fundamento el principio de que todo ser humano es persona, es decir, una naturaleza dotada de inteligencia y de voluntad libre; y, por lo tanto, de esa misma naturaleza directamente nacen al mismo tiempo derechos y deberes que, por ser universales e inviolables, son también absolutamente inalienables 7 . 10. Y si consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, obligado es que la estimemos todavía mucho más, puesto que el hombre ha sido redimido por la Sangre de Jesucristo, la gracia sobrenatural le ha hecho hijo y amigo de Dios y le ha constituido heredero de la gloria eterna. LOS DERECHOS A LA EXISTENCIA 11. Concretando ya los derechos humanos, todo ser humano tiene el derecho a la existencia, a la integridad física, a los medios indispensables y suficientes para un nivel de vida digno, especialmente en cuanto se refiere a la alimentación, al vestido, a la habitación, al descanso, a la asistencia sanitaria, a los necesarios servicios sociales. De ahí el derecho a la seguridad en caso de enfermedad, de invalidez, de viudez, de vejez, de paro y en cualquier otra eventualidad de pérdida de los medios de subsistencia por circunstancias ajenas a su voluntad 8 . A LOS VALORES MORALES Y CULTURALES 12. Todo ser humano tiene derecho natural al debido respeto de su persona, a la buena reputación, a la libertad para buscar la verdad y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, a manifestar y defender sus ideas, a cultivar cualquier arte y, finalmente, a tener una objetiva información de los sucesos públicos. 13. De la naturaleza humana nace también el derecho a participar en los bienes de la cultura y, por lo tanto, el derecho a una instrucción fundamental y a una formación técnico-profesional conforme al grado de desarrollo de la propia comunidad política. Y para esto a todos se debe facilitar el acceso a los grados más altos de la instrucción según sus méritos personales, de tal manera que los hombres, en cuanto sea posible, puedan ocupar puestos de responsabilidad en la vida social, todo ello según sus aptitudes y capacidades adquiridas 9 . DE HONRAR A DIOS 14. Entre los derechos del hombre se ha de reconocer también el de honrar a Dios según el dictamen de su propia conciencia y profesar privada y públicamente la religión. Claramente enseña Lactancio: Recibimos la existencia para ofrecer a Dios que nos la concede el justo homenaje que se le debe, para buscar a El solo, para seguirle. Esta obligación de piedad filial nos une y liga con El, de donde el nombre de religión se deriva 10 . Y sobre esto afirmaba Nuestro Predecesor León XIII, de i. m.: La verdadera libertad, la libertad digna de los hijos de Dios, y que con mayor decoro ampara a la libertad humana, está por encima de toda injusticia y violencia, y siempre fue deseada y singularmente amada por la Iglesia. Semejante libertad es la que reclamaron para sí los Apóstoles, la confirmaron con sus escritos los apologistas, la consagraron con su sangre los mártires en un número crecidísimo 11 .


A LA ELECCIÓN DE ESTADO 15. Los seres humanos tienen, además, derecho a la libertad de elegir el propio estado y, por consiguiente, a crear una familia con paridad de derechos y de deberes entre hombre y mujer, o también a seguir la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa 12 . 16. La familia, fundada sobre el matrimonio contraído libremente, uno e indisoluble, es y ha de ser considerada como el núcleo primario y natural de la sociedad. De donde se sigue que se la debe atender con mucha diligencia no sólo en la parte económica y social, sino también en la cultural y moral, que consolidan su unidad y facilitan el cumplimiento de su misión peculiar. 17. A los padres corresponde, en primer lugar, el derecho de mantener y educar a sus propios hijos 13 . DERECHOS EN EL ORDEN ECONÓMICO 18. Pasando ahora el campo de los problemas económicos, claro es que la misma naturaleza ha conferido al hombre el derecho no sólo a que se le ofrezca trabajo, sino también a que él lo elija libremente 14 . 19. A estos derechos va inseparablemente unido el derecho, en el trabajo, a condiciones tales que no sufran daño la integridad física ni las buenas costumbres, y que no comprometan el normal desarrollo de los jóvenes; y, por lo que toca a la mujer, el derecho a condiciones de trabajo conciliables con sus exigencias y con los deberes de esposa y de madre 15 . 20. De la dignidad de la persona humana brota también el derecho a desarrollar las actividades económicassegún las normales condiciones de la responsabilidad personal 16 . Y de un modo especial se ha de poner de relieve el derecho del obrero a una retribución del trabajo determinada según los criterios de la justicia y, por lo tanto, que, atendidas las posibilidades de la riqueza, seasuficiente para que el trabajador y su familia se mantengan en un nivel de vida que responda a la dignidad humana. Ya lo decía Nuestro Predecesor Pío XII, de f. m.: Al deber personal del trabajo impuesto por la naturaleza corresponde y sigue el derecho natural de cada individuo para convertir el trabajo en el medio de proveer a su propia vida y a la de sus hijos. ¡Tan altamente está ordenado a la conservación del hombre el imperio sobre la naturaleza!17 . 21. De la naturaleza humana brota también el derecho a la propiedad privada sobre los bienes, aun sobre los bienes de producción: y según ya hemos enseñado en otra ocasión, este derecho constituye un medio apropiado para la afirmación de la persona humana y el ejercicio de la responsabilidad en todos los campos; un elemento de consistencia y de serenidad para la vida familiar y de pacífico y ordenado progreso en la convivencia 18 . 22. Por lo demás, siempre se debe recordar que al derecho de propiedad privada le va inherente unafunción social 19 . DE ASOCIACIÓN


23. De la intrínseca sociabilidad de los seres humanos surge el derecho de reunión y de asociación, como también el derecho de dar a las asociaciones la estructura más conveniente para obtener sus objetivos y el derecho a moverse dentro de ellas por la propia iniciativa y responsabilidad para que las asociaciones alcancen la finalidad deseada 20 . 24. Ya en la encíclica Mater et Magistra insistíamos en la necesidad insustituible de la creación de un buen número de asociaciones y entidades intermedias para la consecución de objetivos que los particulares por sí solos no pueden alcanzar eficazmente. Esas entidades y asociaciones deben considerarse como absolutamente necesarias para asegurar a la persona humana una suficiente esfera de libertad y de responsabilidad 21 . DE EMIGRACIÓN E INMIGRACIÓN 25. Todo hombre tiene derecho a la libertad de movimiento y de residencia dentro de la comunidad política en la que es ciudadano; mas también tiene derecho a emigrar hacia otras comunidades políticas y establecerse en ellas cuando así lo aconsejen justas causas 22 . El hecho de pertenecer a una determinada Comunidad política de ninguna manera impide el ser miembro de la familia humana y pertenecer en calidad de ciudadano a la comunidad mundial. POLÍTICOS 26. A la misma dignidad de la persona humana va unido el derecho a tomar parte activa en la vida pública y el de contribuir personalmente al bien común. El hombre como tal -decía Nuestro Predecesor, de f. m., Pío XII- lejos de ser el objeto y un elemento pasivo de la vida social es, por lo contrario, y debe ser y permanecer, su sujeto, su fundamento y su fin 23 . 27. Otro derecho fundamental de la persona humana es la defensa jurídica de sus propios derechos: protección eficaz, igual para todos y conforme a las normas objetivas de la justicia. Por ello insistía el mismo Pío XII, Nuestro Predecesor: Del orden jurídico querido por Dios nace el inalienable derecho del hombre a la seguridad jurídica, y por ello a una esfera concreta de derechos protegida contra todo ataque arbitrario 24 . LOS DEBERES CORRELACIÓN ENTRE DERECHOS Y DEBERES 28. Los derechos naturales hasta aquí recordados se hallan inseparablemente unidos en la persona que los posee con otros tantos deberes; y, unos y otros, tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su raíz, su persistencia y su fuerza indestructible. 29. Al derecho de todo hombre a la existencia, por ejemplo, corresponde el deber de conservar la vida; al derecho a un nivel de vida digno, el deber de vivir decorosamente; y, al derecho a la libertad de buscar la verdad, el deber de investigarla siempre más amplia y profundamente. RECIPROCIDAD DE DERECHOS Y DE DEBERES


30. Esto supuesto, también en la humana convivencia, a un determinado derecho natural de cada uno corresponde la obligación, en los demás de reconocérselo y respetárselo. Porque todo derecho fundamental recibe su fuerza moral de la ley natural que lo confiere a la par que impone a los demás el correlativo deber. Así, pues, los que al reivindicar sus derechos se olvidan de sus deberes o no les dan la conveniente importancia, se asemejan a los que deshacen con una mano lo que construyen con la otra. MUTUA COLABORACIÓN 31. Al ser los hombres por naturaleza sociables, deben vivir los unos con los otros y procurar los unos el bien de los demás. Por eso una convivencia humana bien organizada exige que se reconozcan y se respeten los derechos y deberes mutuos. De aquí se sigue que cada uno debe aportar generosamente su colaboración para crear un orden colectivo ciudadano, en el que así los derechos como los deberes se ejerciten cada vez con la mayor diligencia y utilidad. 32. No basta, por ejemplo, reconocer al hombre el derecho a las cosas necesarias para la vida si no se le procura, en la medida de lo posible, que todas esas cosas las tenga con suficiencia. 33. Añádase que la sociedad humana no sólo ha de ser ordenada, sino que también ha de aportar copiosos frutos a sus miembros. Ello exige que los hombres reconozcan y cumplan mutuamente sus derechos y obligaciones, pero también que todos colaboren, a una, en las muchas empresas que el progreso actual hace posibles, deseables o necesarias. EN ACTITUD DE RESPONSABILIDAD 34. La dignidad de la persona humana exige, además, que el hombre, en su actuación, proceda consciente y libremente. Por ello, en la convivencia con sus conciudadanos ha de respetar los derechos, cumplir las obligaciones, actuar en las mil formas posibles de colaboración en virtud de decisiones personales, es decir, tomadas por convicción, por propia iniciativa, en actitud de responsabilidad y no en fuerza de imposiciones o presiones procedentes las más de las veces de fuera. Una convivencia fundada tan sólo sobre la fuerza no es humana. En ella, efectivamente, las personas se ven privadas de la libertad en vez de sentirse estimuladas, en la forma conveniente, a desenvolverse y perfeccionarse a sí mismas. CONVIVENCIA 35. La convivencia entre los hombres será consiguientemente ordenada, fructífera y propia de la dignidad de la persona humana si se funda sobre la verdad, según la recomendación del apóstol San Pablo: Deponiendo la mentira, hablad la verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros unos de otros 25 . Ello ocurrirá cuando cada uno reconozca debidamente los recíprocos derechos y las correspondientes obligaciones. Esta convivencia así descrita llegará a ser real cuando los ciudadanos respeten efectivamente aquellos derechos y cumplan las respectivas obligaciones; cuando estén vivificados por tal amor, que sientan como propias las necesidades ajenas y hagan a los demás participantes de los propios bienes; finalmente, cuando todos los esfuerzos se aúnen para hacer siempre más viva entre todos la comunicación de valores espirituales en el mundo. Ni basta esto tan sólo, pues la convivencia entre los hombres debe estar integrada por la libertad, es decir, en el modo que conviene a la dignidad de seres racionales que, por ser tales, deben asumir la responsabilidad de las propias acciones.


36. La convivencia humana, Venerables Hermanos y amados hijos, es y debe ser considerada, sobre todo, como una realidad espiritual; como comunicación de conocimientos en la luz de la verdad, como ejercicio de derechos y cumplimiento de obligaciones, como impulso y llamada hacia el bien moral, como noble disfrute en común de la belleza en todas sus legítimas expresiones, como permanente disposición a comunicar los unos con los otros lo mejor de sí mismos, como anhelo de una mutua y cada vez más rica asimilación de valores espirituales de los demás. Valores en los que encuentren su perenne vivificación y su orientación fundamental las manifestaciones culturales, el mundo de la economía, las instituciones sociales, los movimientos y las teorías políticas, los ordenamientos jurídicos y todos los demás elementos exteriores en que se articula y se expresa la convivencia en su incesante desarrollo. ORDEN MORAL 37. El orden que rige en la convivencia entre los seres humanos es de naturaleza moral. Efectivamente, se trata de un orden que se apoya sobre la verdad, debe realizarse según la justicia, exige ser vivificado y completado por el amor mutuo y, finalmente, encuentra en la libertad un equilibrio cada día más razonable y más humano. 38. Ahora bien, este orden moral -universal, absoluto e inmutable en sus principiosencuentra su exclusivofundamento en el verdadero Dios, personal y trascendente. El es la Verdad primera y el sumo Bien; y, por lo tanto, la fuente más profunda de la que puede extraer su genuina vitalidad una sociedad ordenada, fecunda y que corresponda a la dignidad de las personas humanas que la componen 26 . Con toda claridad se expresa Santo Tomás a este respecto: La voluntad humana tiene como regla y como medida de su grado de bondadla razón del hombre; ésta recibe su autoridad de la ley eterna, que no es sino la razón divina... De donde resulta muy claro que la bondad de la voluntad humana depende aún más de la ley eterna que de la razón humana 27 . SEÑALES DE LOS TIEMPOS 39. Tres son las notas que caracterizan a nuestro tiempo. 40. Ante todo, advertimos que las clases trabajadoras gradualmente han avanzado así en el campo económico como en el social. En las primeras fases de su movimiento promocional los obreros concentraban su acción en reivindicar derechos de contenido principalmente económico-social; después la extendieron a derechos de naturaleza política, y, finalmente, al derecho de participar en los bienes propios de una más elevada cultura. Ahora, y en todas las comunidades nacionales, está viva en los obreros la exigencia de no ser tratados nunca por los demás arbitrariamente como objetos privados de razón y libertad, sino como sujetos o personas en todos los sectores de la sociedad humana, esto es, en los sectores económico-sociales, en el de la vida pública y en el de la cultura. 41. En segundo lugar, viene un hecho de todos conocido: el ingreso de la mujer en la vida pública, más aceleradamente acaso en los pueblos que profesan la fe cristiana, más lentamente, pero siempre en gran escala, en países de tradiciones y culturas distintas. En la mujer se hace cada vez más clara y operante la conciencia de su propia dignidad. Sabe ella que no puede consentir el ser considerada y tratada como cosa inanimada o como un instrumento; exige ser considerada como persona, en


paridad de derechos y obligaciones con el hombre, así en el ámbito de la vida doméstica como en el de la vida pública, como corresponde a las personas humanas. 42. Finalmente, la familia humana, en la actualidad, presenta una configuración social y política profundamente transformada. Porque todos los pueblos o ya han conseguido su libertad, o están en vías de conseguirla; así que en un próximo plazo ya no habrá pueblos que dominen a los demás ni pueblos que obedezcan a potencias extranjeras. 43. Los hombres de todos los países o son ciudadanos de un Estado autónomo e independiente, o están para serlo. A nadie le gusta sentirse súbdito de poderes políticos ajenos a la propia comunidad. Puesto que en nuestro tiempo resulta vieja ya aquella mentalidad secular, por la que unas determinadas clases de hombres se veían en un lugar inferior, mientras otras reclamaban el primer puesto en virtud de una privilegiada situación económica y social, o del sexo, o de la posición política. 44. Al contrario, doquier ha penetrado y ha llegado a imponerse la persuasión de que todos los hombres,por razón de la dignidad de su naturaleza, son iguales entre sí. Y así las discriminaciones raciales, por lo menos en el terreno doctrinal, ya no encuentran justificación alguna; lo cual es de una importancia extraordinaria para la instauración de una convivencia humana conforme a los principios anteriormente expuestos. Cuando en un hombre surge la conciencia de los derechos propios es imprescindible que surja también la conciencia de laspropias obligaciones: y así quien tiene algún derecho tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de reclamarlo; y los demás hombres tienen el deber de reconocerlo y respetarlo. 45. Y cuando las relaciones de la convivencia se ponen en términos de derechos y obligaciones, los hombres penetran en el mundo de los valores espirituales, y comprenden qué es la libertad, la justicia, el amor, la libertad y adquieren conciencia de ser II. RELACIONES ENTRE LOS HOMBRES Y LOS PODERES PÚBLICOS DENTRO DE LAS COMUNIDADES POLÍTICAS NECESIDAD Y ORIGEN DIVINO DE LA AUTORIDAD 46. La convivencia entre los hombres no puede ser ordenada y fecunda si no la preside una legítima autoridad que salvaguarde la ley y contribuya a la realización del bien común en grado suficiente. Su autoridad, según enseña San Pablo, sólo de Dios la tienen: No hay autoridad que no venga de Dios 28 . Enseñanza del Apóstol, explicada así por San Juan Crisóstomo: ¿Qué dices? ¿Acaso todos y cada uno de los gobernantes son constituidos por Dios en su función? Yo no afirmo eso, responderá Pablo; yo no hablo de los individuos revestidos del poder, sino propiamente de su mandato. Que haya poderes públicos, que unos hombres manden y otros obedezcan y que esto no sucede al acaso, eso es lo que yo digo ser institución de la divina sabiduría29 . Que es tanto como decir: Puesto que Dios ha creado a los hombres sociables por naturaleza, y como ninguna sociedad puede subsistir ni permanecer si no hay quien a todos presida y mueva a cada uno con un mismo impulso eficaz y encaminado al bien común, síguese de ahí que a toda humana sociedad le es necesaria una autoridad que la dirija; autoridad que, como la misma sociedad, surge y emana de la naturaleza y, por lo tanto, viene de Dios mismo 30 .


47. Mas la autoridad misma no está libre de toda ley; más aún, como quiera que su facultad de mandar nace de la recta razón, se sigue que la fuerza obligatoria procede del orden moral, el cual, a su vez, se funda en Dios, primer principio y último fin suyo. Acerca de lo cual así amonesta Nuestro Predecesor, de f. m., Pío XII: El mismo orden absoluto de los seres vivientes y el fin mismo del hombre -como persona autónoma, o sea, como sujeto de deberes y de derechos inviolables, del hombre que es origen y fin de la sociedad- abraza también al Estado como sociedad necesaria, revestida de autoridad, sin la cual no podría ni existir ni vivir... Y puesto que aquel orden absoluto, a la luz de la sana razón, y concretamente de la fe cristiana, no puede tener otro origen que un Dios personal, Creador nuestro, síguese que la dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de Dios, la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación en la autoridad de Dios 31 . 48. La autoridad que se funda tan sólo o principalmente en la amenaza o en el temor de las penas o en la promesa de premios, no mueve eficazmente al hombre a la realización del bien común; y, aun cuando lo hiciere, no sería ello conforme a la dignidad de los hombres, que son seres libres y racionales. La autoridad es, sobre todo, una fuerza moral; por eso los gobernantes deben apelar, en primer lugar, a la conciencia, o sea, al deber que cada uno tiene de aportar voluntariamente su contribución al bien de todos. Pero como, por dignidad natural, todos los hombres son iguales, ninguno de ellos puede obligar interiormente a los demás. Solamente lo puede Dios, el único que ve y juzga las actitudes que se adoptan en lo secreto del propio espíritu. 49. La autoridad humana, por consiguiente, puede obligar en conciencia tan sólo cuando está en relación con la autoridad de Dios, siendo participación de ella 32 . 50. De esta manera queda también a salvo la dignidad personal de los ciudadanos, ya que obedecer a los Poderes públicos no es sumisión de hombre a hombre, sino que, en su verdadero significado, es un acto de homenaje a Dios creador y providente, quien ha dispuesto que las mutuas relaciones de la convivencia sean reguladas por un orden que El mismo ha establecido; y al rendir homenaje a Dios no nos humillamos, sino que nos elevamos y ennoblecemos, porque servir a Dios es reinar 33 . 51. La autoridad, como está dicho, es postulada por el orden moral y se deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieren en contradicción con aquel orden y, por ello, en contradicción con la voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en conciencia, puesto que es necesario obedecer a Dios más bien que a los hombres 34 ; más aún, en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y degeneraría en abuso. Así lo enseña Santo Tomás: La ley humana, en tanto tiene razón de ley, en cuanto es conforme a la recta razón, y según esto es manifiesto que se deriva de la ley eterna. Por lo contrario, cuando una ley está en contradicción con la razón, se la llama ley injusta, y así no tiene razón de ley, sino que más bien se convierte en una especie de acto de violencia 35 . 52. Del hecho de que la autoridad se deriva de Dios no se sigue que los hombres no tengan la libertad de elegir las personas investidas con la misión de ejercitarla, así como la de determinar las formas de gobierno y señalar las normas y límites en los que la autoridad se ha de ejercitar. Por ello, la doctrina que acabamos de exponer es plenamente conciliable con cualquier clase de régimen genuinamente democrático 36 .


LA REALIZACIÓN DEL BIEN COMÚN 53. Todos los hombres y todas las entidades intermedias tiene obligación de aportar su contribución específica a la prosecución del bien común. Esto lleva consigo el que procuren sus propios intereses en armonía con las exigencias de aquel y contribuyan al mismo objeto con las prestaciones -en bienes y servicios- que las legítimas autoridades establecen, según criterios de justicia, en la debida forma y en el ámbito de la propia competencia, es decir, con actos formalmente perfectos y cuyo contenido sea moralmente bueno o, por lo menos, ordenable al bien. 54. La prosecución del bien común constituye la razón misma de ser de los Poderes públicos, los cuales están obligados a procurarlo, reconociendo y respetando sus elementos esenciales y según los postulados de las respectivas situaciones históricas 37 . ASPECTOS FUNDAMENTALES 55. Son ciertamente consideradas como elementos del bien común las características étnicas que contradistinguen a los varios grupos humanos 38 . Ahora bien, esos valores y características no agotan el contenido del bien común, que en sus aspectos esenciales y más profundos no puede ser concebido en términos doctrinales y, menos todavía, ser determinado en su contenido histórico, sino teniendo en cuenta al hombre, siendo como es aquél un objeto esencialmente correlativo a la naturaleza humana 39 . 56. En segundo lugar, el bien común es un bien en el que deben participar todos los miembros de una comunidad política, pero en grados diversos según sus propias funciones, méritos y condiciones. Por ello los gobernantes han de poner todo su empeño en servir al interés de todos sin favoritismo alguno en pro de cualquier individuo o de cualquier clase social. Nuestro Predecesor, de i. m., León XIII lo decía en estos términos: Por lo tanto, de ningún modo puede admitirse que la autoridad civil sirva a los intereses de uno o de pocos, cuando ha sido establecida para el bienestar de todos 40 . Las razones de justicia o de equidad pueden determinar en los gobernantes una singular atención hacia los miembros más débiles del cuerpo social, puesto que éstos se encuentran en condiciones de inferioridad para hacer valer sus propios derechos y para conseguir sus legítimos intereses 41 . 57. Creemos que éste es el lugar para avisar a Nuestros hijos que el bien común se refiere a todo el hombre, esto es, tanto en las exigencias del cuerpo como en las del espíritu. De ahí se sigue que los gobernantes deben procurar lograrlo por los medios y en la proporción conveniente a aquél: de tal suerte que, respetando la jerarquía de valores, promuevan a un mismo tiempo y en la proporción debida la prosperidad material y los bienes del espíritu 42 . 58. Todos estos principios se ajustan armónicamente a lo que Nos hemos expuesto en Nuestra encíclicaMater et Magistra: "El bien común... ha de respetar el conjunto de las condiciones sociales que permitan y faciliten, en los seres humanos, el integral desarrollo de su persona" 43 . 59. Compuesto, en efecto, el hombre de un cuerpo y de un alma inmortal, en el curso de su terrenal existencia no puede satisfacer las exigencias todas de su naturaleza ni alcanzar la perfecta felicidad. Y así, los procedimientos, puestos en práctica para


lograr el bien común, han de ser tales que no sólo no pongan obstáculos, sino que ayuden al hombre en la consecución de su fin ultraterreno y eterno 44 . DEBER DE LOS PODERES PÚBLICOS 60. En nuestro tiempo se considera realizado el bien común, cuando han quedado a salvo los derechos y los deberes de la persona humana; por ello, los gobernantes consideran como su deber principal, por una parte, el que aquellos derechos sean reconocidos, respetados, armonizados, defendidos y promovidos; y que, por otra, cada uno pueda más fácilmente cumplir sus deberes. Porque tutelar el intangible campo de los derechos de la persona humana y facilitarle el cumplimiento de sus deberes ha de ser el oficio esencial de todo poder público 45 . 61. Por lo tanto, cuando los poderes públicos no reconocen o violan los derechos del hombre, no sólo faltan a su propio deber, sino que sus disposiciones quedan sin fuerza alguna para obligar 46 . ARMÓNICA CONCILIACIÓN Y EFICAZ TUTELA 62. Los gobernantes tienen, además, el deber fundamental de armonizar y regular las relaciones jurídicas de los ciudadanos entre sí; de suerte que quien defiende su derecho, no haga difícil en los demás el ejercicio de los mismos derechos, y a la vez cumpla sus respectivos deberes; finalmente, que, para mantener eficazmente la integridad de los derechos, apenas haya violación de alguno, se proceda a su inmediata y total reparación 47 . PROMOCIÓN DE LOS DERECHOS DE LA PERSONA 63. También corresponde a los Poderes públicos contribuir a la creación de un estado tal de cosas que facilite a cada uno la defensa de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes. Porque muestra la experiencia que, si la autoridad no procede oportunamente en materia económica, social o cultural, se acentúan las desigualdades entre los ciudadanos, sobre todo en nuestro tiempo; de donde resulta que los derechos fundamentales de la persona quedan sin eficacia, y lo mismo sucede con los deberes correspondientes. 64. Por todo ello es indispensable que los Poderes públicos pongan esmerado empeño en favorecer el progreso social a la par del económico, en los ciudadanos; y así cuidarán bien de que, correspondiendo a la productividad nacional, se desarrollen los servicios esenciales, como la red de carreteras, los medios de transporte y de comunicaciones, los créditos, la distribución del agua potable, la vivienda, la asistencia sanitaria, la instrucción, las condiciones idóneas para la práctica de la religión y, finalmente, la ayuda para las expansiones recreativas. También cuidarán los gobernantes de auxiliar, mediante los seguros sociales, a los ciudadanos en casos de calamidades públicas, o por exigirlo así el crecimiento de las familias, de suerte tal que nunca les falte lo necesario para una vida digna. Cuidarán también de que a los obreros capaces de trabajar no les falte el trabajo conveniente a su capacidad y fuerzas, y que cada uno de ellos reciba el salario que le corresponda en justicia y equidad; que en las empresas puedan los obreros sentirse responsables; que oportunamente se puedan constituir entidades intermedias que faciliten con el mayor fruto la convivencia social; y que, finalmente, por los medios y en los grados oportunos, todos puedan participar en los bienes de la cultura.


EQUILIBRIO EN LA INTERVENCIÓN DE LOS PODERES PÚBLICOS 65. El bien común exige también que los Poderes públicos, en todo lo que corresponde a los derechos personales, cuiden tanto su conciliación y defensa, como su promoción, evitando que predominen los intereses de los particulares o de las sociedades con carácter de privilegio, en los bienes de la sociedad; y que, al salvaguardar los derechos de todos, no se cree una situación política que impida en modo alguno, o dificulte, el pleno ejercicio del mismo derecho. Porque "siempre debe afirmarse el principio de que la presencia del Estado en el campo económico, por extensa y profunda que sea, no se encamina a empequeñecer cada vez más la libertad en la iniciativa personal de los individuos, sino más bien a garantizar a esa esfera la mayor libertad posible, tutelando eficazmente, para todos y cada uno, los derechos esenciales de la persona" 48 . 66. En el mismo equilibrio han de inspirarse los Poderes públicos en sus variados esfuerzos para facilitar a los ciudadanos así la defensa de sus derechos como el cumplimiento de sus deberes en todos los sectores de la vida social. PODERES PÚBLICOS 67. Imposible es definir, de una vez para siempre, cuál es la mejor estructura para la organización de los Poderes públicos o cuáles son las fórmulas más aptas para el mejor ejercicio de sus propias funciones legislativa, administrativa y judicial. 68. No puede, en efecto, determinarse la forma de gobierno y las modalidades de su funcionamiento, sin tener muy en cuenta la situación particular y las circunstancias históricas de cada pueblo que tanto influyen en ello, porque varían según los tiempos y los lugares. Estimamos Nos muy conforme a las exigencias de la naturaleza humana una organización de las comunidades políticas fundada en una conveniente división de los poderes, en correspondencia con los tres principales de la autoridad pública. En efecto; en tal régimen quedan definidas en términos de derecho no sólo las atribuciones de los poderes públicos, sino también las relaciones entre los simples ciudadanos y los representantes de la autoridad, lo que constituye para aquéllos una garantía en el ejercicio de sus derechos y en el cumplimiento de sus deberes. 69. Mas para que semejante sistema jurídico y político logre sus correspondientes ventajas, preciso es que en su actuación y en sus métodos los Poderes públicos tengan plena conciencia de la naturaleza y complejidad de los problemas que han de resolver según su deber y conforme a las exigencias de la organización a que en cada momento haya llegado la sociedad. Es indispensable que cada uno pueda ejercer su propia función en la forma correspondiente. Y así, que el poder legislativo se ejerza dentro de los límites prescritos por el orden moral y por las normas constitucionales, interpretando objetivamente las exigencias del bien común en la incesante evolución de las diversas situaciones; que el poder ejecutivo haga reinar, siempre y doquier, el derecho mediante un perfecto conocimiento de las leyes y con un concienzudo análisis de las circunstancias; que el poder judicial administre la justicia con una imparcialidad penetrada de sentir humano, pero inflexible ante las partes. Finalmente, el buen orden exige que tanto los ciudadanos como las entidades intermedias, en el ejercicio de sus derechos y en el cumplimiento de sus deberes, gocen de una tutela jurídica así en sus recíprocas relaciones como en las que mantienen frente a los funcionarios públicos 49 .


ORDEN JURÍDICO Y CONCIENCIA MORAL 70. Una ordenación jurídica en armonía con el orden moral y que responda a la madurez política de la Comunidad, constituye sin duda alguna un elemento fundamental para la realización del bien común. 71. Mas, como en nuestros tiempos la vida social es tan variada, compleja y dinámica, los ordenamientos jurídicos, aunque sean fruto de una consumada experiencia y de una previsora ponderación, aparecen siempre insuficientes ante las diversas situaciones. 72. Además, las relaciones de los particulares entre sí, las de los individuos y entidades intermedias con los poderes públicos y, finalmente, las que existen entre los diversos óranos del poder dentro del mismo Estado, presentan a veces problemas complicados y delicados de tal grado que no se les conoce adecuada solución dentro de los cuadros jurídicos bien definidos. En dicho caso los gobernantes, para ser fieles al orden jurídico existente, considerado en sus elementos y fundamental inspiración, y abiertos a las exigencias de la vida social para saber adaptar el cuadro jurídico a la evolución de las situaciones y resolver en la mejor forma posible los incesantes problemas nuevos, han de tener muy clara idea sobre la naturaleza y amplitud de sus funciones; necesitan un equilibrio y rectitud moral, una intuición práctica para interpretar y resolver con rapidez y objetividad los casos concretos, y una voluntad decidida y vigorosa para actuar con tanta oportunidad como eficacia 50 . LOS CIUDADANOS EN LA VIDA PÚBLICA 73. Por exigencia de la dignidad personal corresponde a los ciudadanos tomar parte activa en la vida pública, bien que las formas de participación necesariamente están condicionadas por el grado de madurez de la Comunidad política de la que son miembros y en la que actúan. 74. Esta intervención en la vida pública abre a los seres humanos nuevas y vastas perspectivas en el ejercicio del bien. Obligados los gobernantes a multiplicar su contacto y coloquios con los ciudadanos, aquéllos comprenderán mejor las exigencias objetivas del bien común; además de que la periódica renovación de los gobernantes mismos impide el envejecimiento de la autoridad, que en cambio adquiere nueva vitalidad en armonía con el incesante progreso de la sociedad 51 . SEÑALES DE LOS TIEMPOS 75. En la organización jurídica de las Comunidades políticas en la época moderna, se pone de manifiesto, antes que nada, la tendencia a redactar en fórmulas concisas y claras una Carta de los "derechos fundamentales del hombre", Carta que no es raro ver incluida en las Constituciones, formando una parte integrante de éstas. 76. En segundo lugar, se tiende a fijar en términos jurídicos, por medio de la compilación de un documento llamado Constitución, los procedimientos para designar los Poderes públicos, sus recíprocas relaciones, la esfera de sus competencias, los modos y método según los cuales tienen que proceder en el desempeño de su gestión. 77. Finalmente se establecen, en fórmula de derechos y de deberes, las relaciones entre los ciudadanos y los Poderes públicos; y se atribuye a los dichos Poderes públicos la primordial función de reconocer, respetar, concordar en armonía, tutelar y promover los derechos y los deberes de todos los ciudadanos.


78. Ciertamente que no puede admitirse como verdadera la teoría según la cual sólo la voluntad humana de los hombres -individuos o grupos sociales- sería la fuente primaria y única de donde surgirían los derechos y deberes de los ciudadanos, y de donde recibirían su fuerza obligatoria las Constituciones y la autoridad misma de los Poderes públicos 52 . 79. Sin embargo, las tendencias a que hemos aludido son también una indudable señal de que los hombres han adquirido, en la época moderna una conciencia más viva de su propia dignidad; conciencia que, mientras les impulsa a tomar parte activa en la vida pública, exige también que los derechos de la persona -derechos inalienables e inviolables- sean ratificados en los ordenamientos jurídicos positivos, y exige, además, que los Poderes públicos sean designados según procedimientos establecidos por normas constitucionales, y que ejerzan su autoridad específica dentro de los límites de dichas normas. III. RELACIONES ENTRE LAS COMUNIDADES POLÍTICAS DERECHOS Y DEBERES 80. Volvemos a confirmar, también Nos, lo que constantemente enseñaron Nuestros Predecesores: que también las Comunidades políticas tienen, entre sí, derechos y deberes recíprocos y que, por lo tanto, deben armonizar sus relaciones según la verdad y la justicia, en solidaridad generosa y en libertad. Porque la misma ley moral que regula las relaciones entre los hombres es la que debe también regular las relaciones entre los Estados. 81. No es difícil de entender este principio, si se piensa que los gobernantes de las Naciones, por el hecho de sr tales y por actuar en nombre y por el interés de la comunidad, no pueden en modo alguno faltar a las exigencias de su dignidad personal; por consiguiente no pueden violar la ley natural, a la que están sometidos, y con la que se identifica la ley moral. 82. Sería, además, una contradicción que los hombres, por el hecho de haber sido promovidos a dirigir la cosa pública, pudieran verse obligados a renunciar a su propia dignidad de hombres. Por lo contrario, precisamente obtuvieron ellos el grdo de tan elevada posición porque, dadas sus excelentes dotes y cualidades de su ánimo, se les considera como los miembros más destacados del cuerpo social. 83. Además de que el orden moral exige en toda sociedad, la presncia de una autoridad; mas tal autoridad fundada en dicho orden no puede ser utilizada contra él sin negarse a sí misma. Es Dios mismo quien nos amonesta así: Escuchad, pues, oh reyes de la tierra, y aprended vosotros, los soberanos de las lejanas tierras; prestad oído los que tenéis el gobierno de los pueblos y os gloriáis de tener el poder de las naciones. El Señor es el que os ha dado el poder, y el Altísimo la soberanía; El examinará vuestra conducta y escudriñará vuestros designios53 . 84. Finalmente, se debe recordar también en la regulación de las relaciones entre las Comunidades políticas, que la autoridad debe ejercerse para el bien común: es lo que constituye su primera razón de ser. 85. Ahora bien; uno de los principios fundamentales del bien común es que se reconozca el orden moral, y que en todo sea respetado. El orden entre las Comunidades políticas debe alzarse sobre la roca indestructible e inmutable de la ley moral, manifestada por el mismo Creador y esculpida por El con


caracteres indelebles en el corazón de los hombres... Ella es la que con el brillo de sus principios debe dirigir, cual resplandeciente faro, la ruta de la actividad de los hombres y de los Estados, los cuales habrán de seguir sus indicaciones amonestadoras, saludables y provechosas, si no quieren condenar a la tempestad y al naufragio todo trabajo y esfuerzo empleados en establecer un orden nuevo 54 . EN LA VERDAD 86. Las mutuas relaciones entre las Comunidades políticas han de estar reguladas por la verdad. Y la verdad exige que en aquéllas se elimine por completo toda huella de racismo, y que, por lo tanto, se reconozca como principio sagrado e inmutable que las Comunidades políticas, por dignidad de naturaleza, son todas iguales entre sí; de donde se sigue, en cada una, un mismo derecho a la existencia, al propio desarrollo, a los medios necesarios para lograrlo, a la propia responsabilidad en su actuación; así como el legítimo derecho para exigir el goce de una buena opinión y para que se le tributen los debidos honores. 87. La experiencia enseña las frecuentes y notables diferencias que existen entre los hombres en sabiduría, virtud, capacidad intelectual y en la posesión de los bienes materiales. Pero de ahí nunca puede seguirse en justicia el que la propia autoridad sirva para sojuzgar de cualquier modo a los otros. Tal superioridad determina más bien una mayor obligación, en cada uno, de ayudar a los demás para que, con el esfuerzo común, alcancen su propia perfección. 88. De igual modo pueden determinadas Comunidades políticas superar a otras en cultura, en civilización y en desarrollo económico. Pero no por tal excelencia pueden dominar a las otras injustamente, cuando más bien las obliga a prestar una mayor contribución en el trabajo de su elevación recíproca. 89. Y en realidad no existen seres humanos superiores por naturaleza, porque todos los seres humanos son iguales en dignidad natural. Luego tampoco existen diferencias naturales entre las Comunidades políticas: todas son iguales en dignidad natural, puesto que son cuerpos cuyos miembros son los mismos seres humanos. Además, la experiencia nos enseña que nada afecta tanto a los pueblos como lo que se refiere a las cuestiones de su dignidad y honor, asistiéndoles en ello toda la razón. 90. Exige, además, la verdad que en las múltiples iniciativas que los medios de información han hecho posibles -iniciativas, por las cuales se difunde el mutuo conocimiento entre los pueblos- se guarde siempre una serena objetividad. Ello no obsta a que cada pueblo ponga de relieve preferentemente sus propias excelencias. Pero se han de proscribir absolutamente los métodos de información que, violando la verdad o la justicia, dañan a la fama de cualquier pueblo 55 . EN LA JUSTICIA 91. Las mutuas relaciones entre las Comunidades políticas tienen también que estar reguladas por la justicia; ello exige tanto el reconocimiento de los mutuos derechos como el cumplimiento de los mutuos deberes. 92. Puesto que las Comunidades políticas tienen derecho a la existencia, al progreso, a la adquisición de los recursos naturales para su desarrollo -y en este trabajo les corresponde ser los primeros artífices-, a la defensa de la buena fama y de los derechos que les son debidos, se sigue que cada una de dichas Comunidades políticas tiene, por igual razón, la obligación de respetar en las otras todos esos derechos y de evitar todo acto que pudiera dañarlas. Pues así como en las relaciones


privadas entre los hombres, nadie puede defender sus propios intereses con injusto daño de los demás, así en las relaciones entre las comunidades políticas ninguna puede desarrollarse oprimiendo o atropellando a las demás. Conviene justamente a este propósito aquella sentencia de San Agustín: Si se prescinde de la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios? 56 . 93. Mas puede suceder, y de hecho a veces sucede, que las Comunidades políticas se hallen en pugna por razón de las ventajas y provechos que pretenden lograr. Pero las diferencias así nacidas no se han de dirimir por la fuerza de las armas, ni por el fraude o el engaño, sino, como es propio de hombres, por la comprensión recíproca, por el examen cuidadoso y verdadero de los hechos, y mediante equitativas soluciones en las diferencias. TRATO DE LAS MINORÍAS 94. A estas situaciones pertenece especialmente la tendencia que desde el siglo XIX se ha acentuado y extendido doquier, de que las Comunidades políticas coincidan con las Comunidades nacionales. Mas como por diversas causas eso no siempre puede obtenerse, resulta de ello la presencia de algunas minorías étnicas en lo interior de un mismo Estado, con los graves problemas consiguientes. 95. En esta materia ha de proclamarse con toda claridad el principio de que toda política que tienda a contrariar la vitalidad y la expansión de las minorías constituye una grave falta contra la justicia, mucho más grave aún cuando tales intentos pretendan la destrucción misma de la estirpe. 96. Por lo contrario, lo más conforme a la justicia es que los Poderes públicos cooperen con la mayor eficacia para mejorar las condiciones de vida de las minorías étnicas, principalmente en lo que se refiere a su lengua, cultura, tradiciones, recursos y empresas económicas 57 . 97. Ha de advertirse, no obstante, que los miembros de tales minorías -ya por reaccionar contra su actual situación, ya por recordar sucesos pasados- no raras veces se sienten inclinados a realzar más de lo justo sus propias peculiaridades, hasta ponerlas por encima de los valores humanos universales, como si el bien de la familia humana entera debiera subordinarse a los intereses de su propio pueblo. Lo racional sería que los tales ciudadanos supieran reconocer también ciertas ventajas que les vienen de esa su especial situación, pues contribuye no poco a su propio perfeccionamiento el contacto permanente con una cultura diversa de la suya, cuyos valores propios podrán así ir poco a poco asimilándose. Ello se obtendrá tan sólo cuando quienes pertenecen a las minorías procuren participar amistosamente en los usos y tradiciones del pueblo en medio del cual viven, y no cuando, por lo contrario, fomenten los mutuos roces, de los cuales se derivan grandes pérdidas y el consiguiente retraso en la civilización de los pueblos. SOLIDARIDAD EFICIENTE 98. Las relaciones mutuas entre las naciones, luego de conformarse con la verdad y con la justicia, se deben estrechar mediante la acción solidaria de todos, según múltiples formas de asociación; ello se realiza en nuestro tiempo, con grandes ventajas, en la colaboración económica, política, cultural, sanitaria y deportiva. Y en esto se ha de tener muy presente que la misión natural del poder político no es limitar a las fronteras de su país el horizonte de los ciudadanos, sino el salvaguardar ante todo el bien común nacional que, a su vez, no puede separarse del bien común propio de toda la familia humana.


99. De donde se sigue que las Comunidades políticas, en la defensa de sus intereses, no sólo han de evitar el dañarse las unas a las otras, sino que más bien todas deben unir sus proyectos y sus recursos para conseguir objetivos que de otra suerte, en acción aislada, serían inaccesibles; mas ha de cuidarse muy bien de que los arreglos ventajosos para ciertas naciones no causen a otras más desventajas que utilidades. 100. El bien común universal exige también que en cada nación se fomente toda clase de intercambios entre los ciudadanos y las entidades intermedias. Mas como en muchas partes del orbe existen grupos humanos de razas más o menos diferentes, ha de cuidarse que no se impida la mutua comunicación entre las personas que pertenecen a unos u otros de tales grupos: ello estaría en contradicción abierta con las condiciones de nuestra época actual que han borrado, o poco menos, las distancias internacionales. Tampoco debe olvidarse que los hombres de cualquier raza, además de sus peculiaridades étnicas, poseen también otros elementos comunes con los demás hombres, mediante los cuales pueden mutuamente perfeccionarse y progresar, principalmente en los valores espirituales. Tienen, por lo mismo, el derecho y el deber de vivir socialmente vinculados con los demás. POBLACIÓN, TIERRAS Y CAPITALES 101. Bien conocida es por todos la desproporción que reina entre las extensas tierras cultivables y la escasez de habitantes, o entre la riqueza del suelo y los inadecuados medios de cultivo; se hace necesaria, por ello, la colaboración internacional a fin de procurar una más intensa comunicación de capitales, de recursos y aun de las personas mismas 58 . 102. En tales casos, creemos muy oportuno que, en lo posible, los capitales se desplacen a donde esté el trabajador, y no al contrario. Pues así se ofrece a muchas personas la posibilidad de mejorar su condición familiar, sin que tengan que abandonar su patria con tristeza, constreñidos a acomodarse de nuevo a un ambiente ajeno y a condiciones de vida peculiares de otras gentes. REFUGIADOS POLÍTICOS 103. Puesto que amamos en Dios a todos los hombres con paterna caridad, con profunda aflicción consideramos el fenómeno de los prófugos políticos, cuya multitud innumerable en nuestro tiempo- lleva consigo muchos y muy acerbos dolores. 104. Este hecho muestra claramente cómo los gobernantes de algunas naciones restringen demasiado los límites de una justa libertad, dentro de los cuales puedan los ciudadanos vivir una vida digna de hombres. Más aún: en dichas naciones a veces hasta se pone en duda y hasta se niega por completo el derecho mismo a la libertad. Cuando esto sucede, queda totalmente trastornado el recto orden de la sociedad civil, ya que la autoridad pública esencialmente está destinada a promover el bien común y tiene como deber principal el de reconocer los justos límites de la libertad y salvaguardar por completo sus derechos. 105. Por lo mismo parece muy oportuno recordar a los hombres todos que los prófugos políticos poseen la dignidad propia de personas y que se les deben reconocer los consiguientes derechos, derechos que no han perdido por el solo hecho de haber sido privados de su nacionalidad. 106. Pues bien: entre los derechos de la persona humana se cuenta también el que cada uno pueda emigrar a la nación donde espera que podrá atender mejor a sí y a los suyos. Por ello, corresponde a las autoridades públicas el deber de admitir a los


extranjeros que vengan, y, en cuanto lo permita el verdadero bien de esa comunidad, favorecer los intentos de quienes desean incorporarse a ella como nuevos miembros suyos. 107. Por ello, Nos aprovechamos esta ocasión para aprobar y alabar solemnemente todas las iniciativas, conformes a la solidaridad humana o a la caridad cristiana, enderezadas a aliviar los sufrimientos de quienes se ven obligados a expatriarse. 108. Nos proponemos a la atención y a la gratitud de todos los hombres sensatos aquellos Organismos internacionales que con especial dedicación se consagran a problema tan trascendental. DESARME 109. En sentido opuesto, vemos no sin gran dolor, cómo en naciones de economía más desarrollada se han preparado o se están preparando aún enormes armamentos, y cómo se dedica a ellos una suma inmensa de energías espirituales y de recursos materiales; y así, en estas naciones los ciudadanos tienen que soportar cargas muy pesadas, mientras otros pueblos se quedan sin la ayuda necesaria para su desarrollo económico y social. 110. Se acostumbra a justificar tales armamentos diciendo que en la presente coyuntura la paz no puede asegurarse sino por un equilibrio de las fuerzas armadas. En consecuencia, el aumento del poderío militar en cualquier país determina en otros países el empeño en aumentar progresivamente los armamentos. Y si alguna nación está preparada con armas atómicas, se da ocasión a las otras naciones para procurarse también esta clase de armas, con igual potencia de destrucción. 111. De donde se sigue que los pueblos viven siempre bajo el miedo de una espantosa tempestad que, en cualquier instante puede desencadenarse. Y no sin razón, puesto que las armas ya están preparadas. Y si apenas puede creerse que en el mundo haya hombres capaces de asumir la responsabilidad de las muertes y ruinas innumerables que la guerra llevaría consigo, no puede, en cambio, negarse que un hecho cualquiera, imprevisible e incierto, puede de repente provocar el incendio bélico. Y además, aunque el poderío atroz de los actuales medios militares logre por ahora disuadir a los hombres de lanzarse a la guerra, siempre es de temer que los experimentos atómicos hechos con una finalidad militar, puedan traer, si no se interrumpen, consecuencias fatales para cualquier clase de vida sobre nuestro planeta. 112. Así, pues, la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen con urgencia que la carrera de armamentos cese; que paralelamente las naciones reduzcan los armamentos que poseen; que las armas atómicas queden prohibidas; y que, por fin, todos convengan en un desarme gradual, mediante mutuas y eficaces garantías. En modo alguno se ha de permitir, proclamaba Pío XII, Nuestro Predecesor, de f. m., que la tragedia de una guerra mundial, con sus ruinas económicas y sociales y con sus aberraciones y perturbaciones morales, caiga por tercera vez sobre la humanidad 59 . 113. Mas, siendo general la persuasión de que el frenar la carrera de armamentos, el reducirlos y, más aún, el llegar a suprimirlos -que es lo fundamental- es imposible si tal desarme no es tan completo y efectivo que llegue aun a los mismos espíritus: es decir, a no ser que todos se esfuercen, en sincera concordia, por eliminar de los corazones


hasta el mismo temor y la angustiosa psicosis misma de la guerra. Esto requiere a su vez que esa norma suprema, seguida hoy para mantener la paz, se cambie por otra totalmente diversa que proclame que la verdadera paz no puede existir firmemente entre los pueblos sino tan sólo fundada en la confianza mutua, y no en el equilibrio de las armas. Nos esperamos que esto pueda realizarse, porque se trata de cosa exigida, no sólo por las normas de la recta razón, sino por ser en extremo deseable y muy fecunda en los deseados bienes. 114. Se trata, ante todo, de cosa dictada por la razón: porque para todos es evidente o a lo menos debería serlo- que las relaciones entre los pueblos, como entre los individuos, no pueden regularse por la fuerza de las armas, sino según la recta razón, o sea, conforme a la verdad, a la justicia y a una solidaridad cordialmente practicada. 115. Decimos, además, que se trata de una cosa deseable en sumo grado: porque ¿quién no anhela con toda su alma que se eviten los peligros de la guerra y que la paz se conserve incólume y cada día más garantizada? 116. Y, por último, es fecundísima en bienes, puesto que sus beneficios alcanzan a todos: a cada uno de los hombres, a las familias, a los pueblos, y, finalmente, a la humanidad entera. Aún resuena y vibra en nuestros oídos la advertencia de Nuestro Predecesor Pío XII: NADA SE HA PERDIDO CON LA PAZ. TODO PUEDE PERDERSE CON LA GUERRA 60 . 117. Siendo así todo esto, Nos, como Vicario de Jesucristo, Salvador del mundo y autor de la paz, expresando las aspiraciones más ardientes de toda la gran familia humana y siguiendo los impulsos de Nuestro paterno amor a todos los hombres, estimamos como deber Nuestro rogar y suplicar a todos ellos, y ante todo a los gobernantes de las naciones, que no rehuyan esfuerzo ni trabajo alguno hasta lograr imprimir a los acontecimientos una orientación que sea conforme a la razón y a la dignidad humanas. 118. Que en las asambleas más autorizadas y más respetables se estudie a fondo el problema de un equilibrio internacional verdaderamente humano para las mutuas relaciones de los pueblos; un equilibrio, decimos, fundado en la confianza recíproca, en la sinceridad de los pactos y en la fidelidad para cumplir lo acordado. Y se examine este problema profundamente en toda su amplitud hasta descubrir el punto a partir del cual pueda lograrse una serie de tratados amistosos, firmes y beneficiosos. 119. Por Nuestra parte, no cesaremos de rogar a Dios para que con su celestial auxilio bendiga, haciéndolos prósperos y fecundos, todos estos trabajos. EN LA LIBERTAD 120. La reorganización internacional ha de respetar plenamente la libertad. Esta excluye el que ninguna nación tenga derecho alguno para oprimir injustamente a las otras, o para interponerse indebidamente en sus asuntos internos. Por lo contrario, todas deben ayudar a las demás, para que éstas adquieran una conciencia cada vez mayor de sus deberes, para que actúen con nueva y fructuosa iniciativa y en todos los campos sean artífices de su propio progreso. ELEVACIÓN DE LAS COMUNIDADES POLÍTICAS 121. Supuesta la comunidad de origen, de cristiana Redención y de fin sobrenatural que une mutuamente a todos los hombres y los llama a formar una sola familia cristiana, hemos exhortado en Nuestra encíclica Mater et Magistra a las Comunidades


políticas económicamente más desarrolladas a que cooperen bajo múltiples formas ayudando a las que todavía se hallan en proceso de desarrollo económico 61 . 122. Y ahora es ocasión, no sin gran consuelo Nuestro, de reconocer que aquella invitación encontró la más favorable acogida. Esperamos que en lo futuro aún ha de encontrar todavía mayor aceptación; de tal modo que los pueblos, aun los más necesitados, encuentren pronto un progreso económico tal que sus ciudadanos puedan llevar una vida más conforme con la dignidad humana. 123. Pero ha de insistirse una y otra vez en que la ayuda otorgada a tales pueblos debe dárseles de forma que se respete íntegramente su libertad, y les haga, además, convencerse de que ellos han de ser los primeros responsables y los principales artífices en ese mismo progreso económico y social. 124. Sobre esto sabiamente enseñó Nuestro Predecesor, de f. m., Pío XII: En el campo de un nuevo orden fundado sobre los principios morales, no hay puesto para la lesión de la libertad, de la integridad y de la seguridad de otras naciones, cualquiera que sea su extensión territorial o su capacidad defensiva. Si es inevitable que los grandes Estados por sus mayores posibilidades y su poderío, tracen el camino para la constitución de grupos económicos entre ellos y las naciones menores y más débiles, es, sin embargo, indiscutible -como para todos, en el conjunto del interés general-, el derecho de éstas al respeto de su libertad en el campo político, a la eficaz guarda de la neutralidad en las luchas entre los Estados, que les corresponde según el derecho natural y de gentes, y a la tutela de su propio desarrollo económico, pues tan sólo así podrán conseguir adecuadamente el bien común, el bienestar material y espiritual del propio pueblo 62 . 125. Luego las Comunidades políticas más florecientes, en su multiforme acción de asistir a los países menos favorecidos, vienen obligadas a reconocer y respetar los valores morales y las peculiaridades étnicas de cada pueblo, absteniéndose de toda intención de predominio. Haciéndolo así, "ofrecerán una preciosa contribución a que se forme una Comunidad mundial, en la que todos los miembros sean sujetos conscientes de sus propios deberes y de sus propios derechos, y trabajen, en plan de igualdad, por la consecución del bien común universal" 63 . SEÑALES DE LOS TIEMPOS 126. En nuestro tiempo ha ido penetrando cada vez más en el espíritu humano la persuasión de que los eventuales conflictos entre los pueblos han de resolverse no por las armas, sino mediante convenios. 127. Esta persuasión, fuerza es reconocerlo, en la mayor parte de los casos nace de la terrible potencia destructora que los actuales armamentos poseen y del temor a las calamidades y horrendas ruinas que seguirían por el empleo de tales armas. Por eso, en nuestra Edad, que se enorgullece de poseer la fuerza atómica, resulta un absurdo pensar que la guerra sea un medio apto para restaurar el derecho violado. 128. Sin embargo, desgraciadamente, aún vemos cómo sobre los pueblos reina como suprema ley la ley del temor, lo que les conduce a consagrar enormes sumas a los gastos militares. Y aseguran -y no hay razón para no creerles- que obran así no con planes ofensivos, sino para disuadir a los demás de toda agresión. 129. Mas cabe esperar que los pueblos, al entablar relaciones y negociaciones, irán conociendo cada vez mejor los vínculos sociales de la naturaleza humana y entenderán con mejor sabiduría que entre los principales deberes de la comunidad


humana ha de colocarse el de que las relaciones, individuales e internacionales, obedezcan al amor, mas no al temor; porque el amor ya de por sí lleva a los hombres hacia una sincera y múltipe unión de intereses y de espíritus, que es para ellos fuente de innumerables bienes. IV. RELACIONES ENTRE LOS INDIVIDUOS, LAS FAMILIAS, LAS ASOCIACIONES Y COMUNIDADES POLÍTICAS, POR UNA PARTE, Y LA COMUNIDAD MUNDIAL POR OTRA INTERDEPENDENCIA 130. Los recientes progresos de las ciencias y de la técnica, que tanto han influido en las costumbres humanas, incitan a los hombres de todas las naciones a unir cada vez más sus mutuas actividades y a asociarse ellos mismos entre sí. Porque hoy en día ha crecido enormemente el intercambio de las cosas, de las ideas y de los hombres. Por lo cual se han multiplicado sobremanera las mutuas relaciones entre individuos, familias y asociaciones pertenecientes a naciones diversas y cada vez se hacen más frecuentes los encuentros entre los gobernantes de los diversos Estados. Al mismo tiempo la economía de unas naciones se entrelaza cada vez más con la economía de las demás; los planes económicos de los diversos países gradualmente se van asociando de tal modo que, de todos ellos unidos, resulta una especie de economía mundial; finalmente, el progreso social, el orden, la seguridad y la tranquilidad de todas las naciones guardan entre sí estrecha relación. 131. Esto supuesto, se echa de ver que cada Estado, independientemente de los demás, ni puede atender como conviene a su propio provecho ni puede adquirir plenamente la perfección debida porque la creciente prosperidad de un Estado es, en parte, efecto y, en parte, causa de la creciente prosperidad de todos los demás. INSUFICIENCIA DE LA ORGANIZACIÓN ACTUAL DE LA AUTORIDAD PÚBLICA EN RELACIÓN CON EL BIEN COMÚN UNIVERSAL 132. Jamás llegará a deshacerse la unidad de la sociedad humana, puesto que ésta consta de hombres que participan por igual de la dignidad natural. De ahí la necesidad, que brota de la misma naturaleza humana, de que se atienda debidamente al bien universal, o sea, al que atañe a toda la familia humana. 133. En tiempos pasados, los gobernantes parece que pudieron atender suficientemente al bien común universal, procurándolo ya por embajadas de su propia nación, ya por encuentros y diálogos entre los personajes más destacados de la misma, ya por pactos y tratados, es decir, empleando los métodos y medios que señalaban el derecho natural, el derecho de gentes y el derecho internacional. 134. En nuestros días, las mutuas relaciones de las naciones han sufrido notables cambios. Por una parte, el bien común internacional propone cuestiones de suma gravedad, arduas y que reclaman inmediata solución, sobre todo en lo referente a la seguridad y paz del mundo entero; por otra parte, los gobernantes de las diversas naciones, como gozan de igual derecho, por más que multipliquen las reuniones y los esfuerzos para encontrar medios jurídicos más aptos, no lo logran en grado suficiente, no porque les falte sincera voluntad y empeño, sino porque su autoridad carece del poder necesario. 135. De modo que en las circunstancias actuales de la sociedad humana, tanto la constitución y forma de los Estados, como la fuerza que tiene la autoridad pública en


todas las naciones del mundo, se han de considerar insuficientes para el fomento del bien común de todos los pueblos. PELACIÓN ENTRE EL CONTENIDO HISTÓRICO DEL BIEN COMÚN Y LA ESTRUCTURA Y FUNCIONAMIENTO DE LOS PODERES PÚBLICOS 136. Mas, al examinar con diligencia por una parte la razón íntima del bien común y por otra la naturaleza y la función de la autoridad pública, no habrá quien no vea que existe entre ambas una conexión imprescindible. Porque el orden moral, así como exige a la autoridad pública que promueva el bien común en la sociedad civil, así también requiere que dicha autoridad pueda realmente procurarlo. De donde nace que las instituciones civiles -en las cuales la autoridad pública se mueve, actúa y logra su fin- deben estar dotadas de tal forma y de eficacia tal que puedan llevar al bien común por las vías y medios más conformes a la diversa importancia de los asuntos. 137. Y como actualmente el bien común de todas las naciones propone cuestiones que interesan a todos los pueblos y como semejantes cuestiones solamente puede afrontarlas una autoridad pública, cuyo poder, forma e instrumento sean suficientemente amplios y cuya acción se extienda a todo el orbe de la tierra, resulta que, por exigencia del mismo orden moral, es menester constituir una autoridad pública sobre un plano mundial. PODERES PÚBLICOS CONSTITUIDOS DE COMÚN ACUERDO 138. Estos Poderes públicos, cuya autoridad se ha de ejercer en el mundo entero y que deben estar dotados de medios adecuados que lleven al bien común universal, se han de crear ciertamente con el consentimiento de todas las Naciones, no se han de imponer por la fuerza. Lo cual se prueba porque, debiendo esta autoridad desempeñar su oficio eficazmente, conviene que sea igual con todos, exenta de toda parcialidad y orientada al bien común de todas las gentes. Si las Naciones más poderosas impusiesen por la fuerza esta autoridad universal, con razón se habría de temer que sirviese al provecho de unos pocos o que se inclinase hacia alguna determinada Nación; y entonces la fuerza y eficacia de su acción correrían peligro. Las Naciones, por mucho que discrepen entre sí en el aumento de bienes materiales y en su poder militar, defienden tenazmente la igualdad jurídica y la propia dignidad moral. Por esto, no sin razón, los Estados se someten de mal grado a una potestad que o se les impone por la fuerza, o a cuya constitución no han contribuido o a la que no se han adherido espontáneamente. EL BIEN COMÚN UNIVERSAL Y LOS DERECHOS DE LA PERSONA 139. Como no se puede juzgar del bien común de cada Nación sin tener en cuenta la persona humana, lo mismo se debe decir de las conveniencias generales de todas las naciones; por lo cual la autoridad pública y universal debe vigilar principalmente para que los derechos de la persona humana sean reconocidos y tenidos en el debido honor, se conserven indemnes y realmente se desarrollen. Esto lo podrá llevar a cabo por sí misma, si el asunto lo consiente, o estableciendo en todo el mundo condiciones con cuya ayuda los gobernantes de cada Nación puedan desempeñar su cargo con mayor comodidad. PRINCIPIO DE SUBSIDIARIDAD 140. Además, así como en cada Nación es menester que las relaciones que median entre la autoridad pública y los ciudadanos, las familias y las asociaciones intermedias, se regulen según el principio de subsidiaridad, es razonable que por el mismo principio


se compongan las relaciones entre la autoridad pública mundial y las autoridades públicas de cada nación. A esta autoridad mundial corresponde examinar y dirimir aquellos problemas que plantea el bien común y universal en el orden económico, social, político o cultural, los cuales, siendo, por su gravedad suma, de una extensión muy grande y de una urgencia inmediata, se consideran superiores a la posibilidad que los gobernantes de cada comunidad política tienen para resolverlos eficazmente. 141. No pertenece a la autoridad mundial ni limitar ni avocar a sí lo que toca al Poder público de cada Nación. Por lo contrario, es menester procurar que en todo el mundo se cree un clima en el cual no sólo el Poder público, sino los individuos y las sociedades intermedias puedan con mayor seguridad conseguir sus fines, cumplir sus deberes y reclamar sus derechos 64 . SEÑALES DE ESTOS TIEMPOS 142. Como es sabido por todos, el 26 de junio de 1945 se fundó la Organización de las Naciones Unidas -conocida con la abreviatura O.N.U.-, a la que después se agregaron otros Organismos inferiores, compuestos de miembros nombrados por la autoridad pública de las diversas Naciones; a ellos se les confiaron asuntos de gran importancia que interesaban a todas las naciones de la tierra y que se referían a la vida económica, social, cultural, educativa y sanitaria. Las Naciones Unidas se propusieron como fin esencial mantener y consolidar la paz de las naciones, fomentando entre ellas relaciones amistosas basadas en los principios de igualdad, mutuo respeto y múltiple cooperación en todos los sectores de la actividad humana. 143. La importancia de las Naciones Unidas se manifiesta claramente en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, que la Asamblea General ratificó el 10 de diciembre de 1948. En el preámbulo de esta Declaración se proclama como ideal que todos los pueblos y Naciones han de procurar el efectivo reconocimiento y respeto de estos derechos y de las respectivas libertades. 144. No se Nos oculta que algunos capítulos de esta Declaración parecieron a algunos menos dignos de aprobación, y no sin razón. Sin embargo, creemos que esta Declaración se ha de considerar como un primer paso e introducción hacia la organización jurídico-política de la Comunidad mundial, ya que en ella solemnemente se reconoce la dignidad de la persona humana de todos los hombres y se afirman los derechos que todos tienen a buscar libremente la verdad, a observar las normas morales, a ejercer los deberes de la justicia, a exigir una vida digna del hombre, y otros derechos que están vinculados a éstos. 145. Deseamos, pues, vivamente que la Organización de las Naciones Unidas pueda ir acomodando cada vez mejor su estructura y sus organismos a la amplitud y nobleza de sus objetivos. Ojalá venga cuanto antes el tiempo en que esta Organización pueda garantizar eficazmente los derechos del hombre; derechos que, por brotar inmediatamente de la dignidad de la persona humana son universales, inviolables e inalienables. Tanto más cuanto que hoy los hombres, por participar cada vez más activamente en los asuntos públicos de sus respectivas naciones, siguen con creciente interés la vida de las otras y se hacen cada vez más conscientes de que pertenecen, como miembros vivos, a una comunidad mundial.


V. RECOMENDACIONES PASTORALES PARTICIPACIÓN EN LA VIDA PÚBLICA 146. Al llegar aquí exhortamos de nuevo a Nuestros hijos a que participen activamente en la administración pública y cooperen al fomento de la prosperidad de todo el género humano y de su propia Nación. Iluminados por la luz del cristianismo y guiados por la caridad, es menester que con no menor esfuerzo procuren que las instituciones de carácter económico, social, cultural o político, lejos de crear a los hombres impedimentos, les presten ayuda para hacerse mejores, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. COMPETENCIA PROFESIONAL

CIENTÍFICA,

CAPACIDAD

TÉCNICA,

EXPERIENCIA

147. Para inspirar la vida civil en rectas normas y cristianos principios no basta que estos hijos Nuestros gocen de la luz celestial de la fe y que se muevan a impulsos del deseo de promover el bien; se requiere, además, que entren en las instituciones de la vida civil y que puedan desenvolver dentro de ellas una acción eficaz. 148. Pero como la actual civilización se distingue sobre todo por las ciencias y por los inventos técnicos, ciertamente nadie puede entrar y actuar eficazmente en las instituciones públicas, si no posee el saber científico, la idoneidad para la técnica y la pericia profesional. LA ACCIÓN COMO SÍNTESIS DE ELEMENTOS PROFESIONALES Y DE VALORES ESPIRITUALES

CIENTÍFICO-TÉCNICO-

149. Téngase presente que todas estas cualidades de ninguna manera bastan para que las relaciones de la vida cotidiana se impronten con una práctica más humana, la cual ciertamente es menester que se apoye en la verdad, se rija por la justicia, se consolide con la mutua caridad y esté afianzada habitualmente por la libertad. 150. Para que los hombres realmente lleguen a la práctica de estos consejos han de trabajar con gran diligencia, primero en cumplir, en la producción de las cosas terrenas, las leyes propias de cada cosa y observar las normas que convienen a cada caso; luego, en ajustar bien su propia actuación con los preceptos morales, procediendo como quien ejercita su derecho o cumple su deber. Más aún: la razón pide que los hombres, al obedecer a los providenciales designios de Dios relativos a nuestra salvación y sin descuidar la propia conciencia, actúen en la vida armonizando plenamente su ciencia, su técnica y su profesión con los bienes superiores del espíritu. UNIDAD EN LOS CREYENTES: FE Y CONDUCTA 151. Es también cosa manifiesta que en las Naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen actualmente con el progreso científico y técnico y abundan en medios aptos para la realización de cualquier empresa; pero con gran frecuencia son muy débiles, en ellas, el estímulo e inspiración cristianos. 152. Con razón surge la pregunta de cómo se ha podido producir dicho fenómeno, cuando en la institución de aquellas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo, personas que profesan el cristianismo y que, por lo menos en parte, ajustan realmente su vida con las normas evangélicas. La causa de esto creemos hallarla en la falta de coherencia entre la fe y la actuación en lo temporal. Luego es necesario que en ellos se restablezca la unidad interior; mas que en su actividad


temporal estén a la par presentes la luz de la fe que ilumina todo y la caridad que lo vivifica. DESARROLLO INTEGRAL 153. Que en los cristianos la fe religiosa esté en desacuerdo con la conducta, creemos que nace también de que ellos no se han ejercitado suficientemente en la práctica de las costumbres cristianas y en la instrucción de la doctrina cristiana. Porque sucede, con demasiada frecuencia y en muchos sectores, que los cristianos no cultivan por igual el conocimiento de la religión y del saber profano; y, mientras en el conocimiento científico llegan a los más altos grados, en la formación religiosa no pasan ordinariamente del grado más elemental. Apremia, pues, la necesidad de que la formación en los adolescentes sea plena, sea continua y se de en tal forma que la cultura religiosa y la formación espiritual vayan a la par con el conocimiento científico y con los incesantes progresos técnicos. Además, conviene que los jóvenes asimilen bien los métodos con que más tarde ejercerán su propia profesión 65 . solicitud constante 154. Debemos, sin embargo, señalar aquí lo difícil que es entender adecuadamente la relación entre las situaciones concretas y las exigencias objetivas de la justicia; es decir, determinar con exactitud los grados y formas con que se han de aplicar los principios doctrinales a la realidad concreta de la convivencia humana. 155. La exactitud para llegar a determinar tales grados y formas resulta tanto más difícil cuanto que nuestra época está caracterizada por una acentuada tendencia a la velocidad. Por lo cual, en el trabajo cotidiano de ajustar cada vez más los hechos sociales con las exigencias de la justicia, es necesario que Nuestros hijos vean una labor que jamás puede darse por definitivamente terminada como para descansar sobre ella. 156. Más aún: conviene que todos consideren que lo que se ha alcanzado no basta para lo que exigen las necesidades; y queda, por lo tanto, mucho todavía por realizar o mejorar, tanto en las empresas productoras, en las asociaciones sindicales, en las agrupaciones profesionales, en los sistemas de seguro, como en las instituciones culturales, en las disposiciones de orden jurídico, en las formas políticas, en las organizaciones sanitarias, recreativas, deportivas y otras semejantes, de las cuales tiene necesidad esta edad nuestra, era del átomo y de las conquistas espaciales, era en que la familia humana ha entrado en un nuevo camino con perspectivas de una amplitud casi sin límites. RELACIONES ENTRE CATÓLICOS Y NO CATÓLICOS 157. Los principios doctrinales que hemos expuesto, o se fundan en la naturaleza misma de las cosas, o muchas veces proceden de la esfera de los derechos naturales. Ofrecen, por lo tanto, amplio campo de encuentro y entendimiento de los católicos, ya sea con cristianos separados de esta Sede Apostólica, ya con quienes no han sido iluminados por la fe cristiana, pero poseen la luz de la razón y la rectitud natural: En dichos contactos, los que profesan la religión católica han de tener cuidado de ser siempre coherentes consigo mismos, de no admitir jamás posiciones intermedias que comprometan la integridad de la religión o de la moral. Muéstrense, sin embargo, hombres capaces de valorar con equidad y bondad las opiniones ajenas sin reducirlo todo al propio interés, antes dispuestos a cooperar con lealtad en orden a lograr las cosas que son buenas de por sí o reducibles al bien 66 .


158. Pero es justo que siempre se distinga entre el que yerra y el error, aunque se trate de hombres que no conocen la verdad o la conocen sólo a medias, ya en el orden religioso, ya en el orden de la moral práctica; puesto que el que yerra no por ello está despojado de su condición de hombre, ni ha perdido su dignidad de persona y merece siempre la consideración que se deriva de este hecho. Además, en la naturaleza humana jamás se destruye la capacidad de vencer al error y de abrirse paso al conocimiento de la verdad. Ni le faltan jamás los auxilios sobrenaturales de la divina Providencia. Por lo cual, quien hoy carece de la luz de la fe o profesa doctrinas erróneas, puede mañana, con la iluminación de Dios, abrazar la verdad. Porque, si los católicos, a propósito de las cosas temporales traban relación con los que o no creen en Cristo o creen en El, mas en forma errada, pueden servirles de ocasión o de exhortación para que vengan a la verdad. 159. Se ha de distinguir también cuidadosamente entre las teorías filosóficas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre, y las iniciativas de orden económico, social, cultural o político, por más que tales iniciativas hayan sido originadas e inspiradas en tales teorías filosóficas; porque las doctrinas, una vez elaboradas y definidas, ya no cambian, mientras que tales iniciativas, al encontrarse en situaciones históricas continuamente variables, están forzosamente sujetas a los mismos cambios. Además, ¿quién puede negar que, en la medida en que estas iniciativas sean conformes a los dictados de la recta razón e intérpretes de las justas aspiraciones del hombre, puedan tener elementos buenos y merecedores de aprobación? 160. Teniendo presente esto puede a veces suceder que algunos contactos de orden práctico que hasta aquí se consideraban como inútiles en absoluto, hoy por lo contrario sean provechosos o puedan llegar a serlo. Determinar si tal momento ha llegado o no, como también establecer las formas y el grado en que hayan de realizarse contactos en orden a conseguir metas positivas, ya sea en el campo económico o social, ya también en el campo cultural o político, son puntos que sólo puede enseñar la virtud de la prudencia, como reguladora que es de todas las virtudes que rigen la vida moral tanto individual como social. Por esto, cuando están en juego los intereses de los católicos, tal decisión corresponde de un modo particular a los que en estos asuntos concretos desempeñan cargos de responsabilidad en la comunidad; siempre que se mantengan, sin embargo, los principios del derecho natural a la par que la doctrina social de la Iglesia y las directrices de la autoridad eclesiástica. Porque nadie debe olvidar que a la Iglesia le corresponde el derecho y el deber no ya sólo de tutelar los principios de la fe y de la moral, sino también de interponer su autoridad junto a sus hijos, aun en la esfera del orden temporal, cuando se trata de aplicar tales principios a la vida práctica 67 . ETAPAS NECESARIAS 161. No faltan hombres de gran corazón que, al encontrarse frente a situaciones en que las exigencias de la justicia o no se cumplen o se cumplen en forma deficiente, movidos por el deseo de cambiarlo todo, se dejan llevar por un impulso tan arrebatado que parecen recurrir a algo semejante a una revolución. 162. A todos estos desearíamos Nos recordarles que por ley de la naturaleza todo, en la vida, crece gradualmente y que también las instituciones humanas no pueden mejorarse sino actuando en ellas desde su interior y en forma progresiva. Prudente advertencia la de Nuestro Predecesor, de f. m., Pío XII, cuando decía: No es en la revolución, sino en una armónica evolución donde se halla la salvación y la


justicia. La violencia nunca hizo otra cosa que derribar, en vez de levantar; encender las pasiones, en vez de calmarlas; acumular odios y ruinas, en vez de hermanar a los contendientes; y ha precipitado a los hombres y a los partidos en la penosa necesidad de reconstruir lentamente, después de dolorosas pruebas, sobre las ruinas de la discordia 68 . INMENSA TAREA 163. A todos los hombres de alma generosa incumbe, pues, la inmensa tarea de restablecer las relaciones de convivencia basándolas en la verdad, en la justicia, en el amor, en la libertad: las relaciones de convivencia de los individuos entre sí, o de los ciudadanos con sus respectivos Estados; o de los varios Estados, unos con otros; o de los individuos, familias, entidades intermedias y Estados respecto a la Comunidad mundial. Tarea ciertamente nobilísima, porque de ella se derivaría la verdadera paz conforme al orden establecido por Dios. 164. Estos hombres, demasiado pocos por cierto para tan ingente tarea, merecedores del aplauso universal, es justo que reciban de Nos el elogio público, al mismo tiempo que una apremiante exhortación a perseverar en tan saludable empresa. Pero Nos alienta por igual la esperanza de que otros muchos, sobre todo entre los cristianos, movidos por la conciencia del deber y la exigencia de la caridad, vendrán a sumarse a ellos. Porque todos cuantos creen en Cristo deben ser en esta nuestra sociedad humana omo una antorcha de luz, un fuego de amor, un fermento que vivifique toda la masa; y tanto mejor lo serán cuanto más unidos estén con Dios. 165. De hecho, no se da paz en la sociedad humana si cada cual no tiene paz en sí mismo, es decir, si cada cual no establece en sí mismo el orden prescrito por Dios. ¿Quiere tu alma ser capaz de vencer las pasiones? -pregunta San Agustín-. Que se someta al que está arriba y vencerá al que está abajo. Así se hará la paz en ti: una paz verdadera, genuina, muy ordenada. ¿Cuál es el orden de esta paz? Dios manda sobre el alma, el alma manda sobre el cuerpo; nada hay más ordenado 69 . EL PRÍNCIPE DE LA PAZ 166. Estas enseñanzas Nuestras acerca de los problemas que de momento tan agudamente angustian a la familia humana y que tan estrechamente unidos están al progreso de la sociedad, Nos las dicta un profundo anhelo, que comparten con Nos todos los hombres de buena voluntad, el anhelo de la consolidación de la paz en este mundo nuestro. 167. Como Vicario -aunque indigno- de Aquel a quien el anuncio profético proclamó Príncipe de la Paz 70 , creemos que es obligación Nuestra consagrar todo Nuestro pensamiento, todo Nuestro cuidado y esfuerzo a obtener este bien en provecho de todos. Pero la paz será una palabra vacía si no se funda sobre aquel orden que Nos, movidos por confiada esperanza, hemos esbozado en sus líneas generales en esta Nuestra Encíclica: la paz ha de fundarse sobre la verdad, construida con las normas de la justicia, vivificada e integrada por la caridad y realizada, en fin, con la libertad. 168. Empresa tan gloriosa y excelsa que las fuerzas humanas, por más que estén animadas de la buena voluntad más laudable, no pueden por sí solas llevarla a efecto. Para que la sociedad humana refleje lo más posible la semejanza del Reino de Dios, es de todo punto necesario el auxilio del Cielo.


169. Es, pues, exigencia de las cosas mismas el que en estos días santos nos volvamos con oración suplicante hacia Aquel que, con sus dolorosos tormentos y con su muerte no sólo destruyó el pecado -fuente y principio de todas las divisiones, de todas las miserias y de todos los desequilibrios-, sino que, al derramar su sangre, reconcilió al género humano con su Padre Celestial y trajo los dones de su paz: Porque El es nuestra Paz, el que de los dos [pueblos] ha hecho uno solo... El, que vino a anunciaros la paz a vosotros que estabais lejos, y la paz a los que estaban cerca 71 . 170. Y en la sagrada Liturgia de estos días resuena este mismo anuncio: Nuestro Señor Jesús, presentándose en medio de sus discípulos, dijo: Pax vobis, alleluia. Y los discípulos, habiendo visto al Señor, se alegraron 72 . Y así, Cristo nos ha traído la paz, nos ha dejado la paz: La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo 73 . Pidamos, pues, con instantes súplicas al Divino Redentor, esta paz que El mismo nos trajo. 171. Que El borre de los hombres todo lo que pueda poner en peligro esta paz y transforme a todos en testigos de la verdad, de la justicia y del amor fraterno. Que El ilumine con su luz la mente de los que gobiernan las Naciones, para que junto al bienestar y prosperidad convenientes procuren también a sus conciudadanos el don magnífico de la paz. Que Cristo, finalmente, encienda las voluntades de todos para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la mutua comprensión, en fin, para perdonar los agravios. Así, bajo su acción y amparo, todos los pueblos se aúnen como hermanos y florezca entre ellos y reine siempre la anhelada paz. 172. Con este supremo deseo y augurio, Venerables Hermanos, de que esta paz irradie en las comunidades cristianas que os han sido confiadas, para beneficio, sobre todo, de los más humildes y más necesitados de auxilio y defensa, a vosotros, a los sacerdotes de ambos cleros, a los religiosos y a las vírgenes consagradas a Dios, a todos los fieles cristianos, pero de un modo especial a los que pongan su esfuerzo en secundar estas exhortaciones Nuestras, con todo afecto en el Señor impartimos la Bendición Apostólica, mientras para todos los hombres de buena voluntad, a los cuales va también dirigida esta Nuestra Encíclica, imploramos de Dios salud y prosperidad. Dado en Roma, junto a San Pedro, el día de Jueves Santo, 11 de abril del año 1963, quinto de Nuestro Pontificado. 1 2 3 4 5 6 7

Ps. 8, 1. Ps. 103, 24. Cf. Gen. 1, 26. Ps. 8, 5-6. Rom. 2, 15. Cf. Ps. 18, 8-11.

Cf. Pii XII Nunt radioph. datus pridie Nativ. D. N. I. C. a. 1942 A. A. S. 35 (1943) 9-24; et Ioannis XXIII Sermo hab. d. 4 m. ian. a. 1963 A. A. S. 55 (1963) 89-91.


8

Cf. Pii XI Litt. Enc. Divini Redemptoris, A. A. S. 29 (1937) 78; et Pii XII Nunt. radioph. d. in festo Pentec. d. 1 m. iun. a. 1941 A. A. S. 33 (1941) 195-205. 9

10 11 12 13

Cf. Pii XII Nunt. radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1942 A. A. S. 35 (1943) 9-24. Divinae Institutiones 4, 28, 2 PL 6, 535. Litt. Enc. Libertas: AL 8 (1888) 237-8. Cf. Pii XII Nunt. radioph. Nativ. 1942, l. c., 9-24.

cf. Pii XI Enc. Casti Connubii, A. A. S. 22, (1930) 539-592; et Pii XII Nunt. radioph. Nativ. 1942, l. c., 9-24. 14 15 16 17 18 19 20

Cf. Pii XII Nunt. radioph. Pentec. 1941, l. c., 201. Leonis XIII Litt. Enc. Rerum novarum AL 11 (1891) 128-9. Cf. Ioannis XXIII Litt. Enc. Mater et Magistra, A. A. S. 53 (1961) 422. Cf. Nunt. radioph. cit. Pentec. 1941, l. c. 201. Enc. MM. l. c., 428. Cf. ibid. 430.

Cf. Leonis XIII e. RN, l. c., 134-142 Pii XI Litt. Encycl. Quadragesimo anno A. A. S. 23 (1931) 199-200; Pii XII Ep. Encycl. Sertum laetitiae A. A. S. 31 (1939) 635-644.

21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33

Cf. A. A. S. 53, 430. Cf. Nuntius radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1952. A. A. S. 45 (1953) 33-46. Cf. Nuntius radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1944, A. A. S. 37 (1945) 12. Cf. Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 21. Eph. 4, 25. Cf. Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 14. Sum. theol. 1.2, 19, 4; cf. a. 9. Rom. 13, 1-6. In ep. ad Rom. 13, 1-2 hom. 23 PG 60, 615. Leonis XIII Litt. Encycl. Immortale Dei, AL 5, 120. Cf. Nuntius radioph. Nativ. 1944, l. c., 15. Cf. Leonis XIII Epist. Enc. Diuturnum illud: AL 2 (1880-1881) 274. Cf. ibid. 278 et eiusdem ID, l. c., 130.


34 35 36 37 38 39

Act. 5, 29. Sum. theol. 1. 2, 93, a. 3 ad 2; cf. Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1944, l. c., 5-23. Cf. Leonis XIII e. DI l. c. 271-2; et Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1944, l. c. 5-23. Cf. Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 13; et Leonis XIII e. ID, l. c., 120. Cf. Pii XII Litt. encycl. Summi Pontificatus, A. A. S. 31 (1939) 412-53.

Cf. Pii XI Litt. encycl. Mit brennender Sorge, A. A. S. 29 (1937) 159 et Litt. encycl. Divini Redemptoris, A. A. S. 29 (1937) 65-106. 40 41 42 43 44 45 46

Enc. ID, l. c., 121. Leonis XIII e. RN, l. c., 133-134. Cf. Pii XII e. SP l. c., 433. A. A. S. 53, 417. Cf. Pii XI QA, l. c., 215. Cf. Pii XII Nuntius radioph. Pentec. 1941, l. c., 200.

Cf. Pii XI, e. MbS. l. c., 159, e. DR. l. c., p. 79; et Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 9-24. 47 48 49 50

Cf. Pii XI e. DR., l. c. 81; et Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 9-24. Ioannis XXIII, e. MM., l. c. 415. Cf. Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 21. Cf. Pii XII Nuntius radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1944 A. A. S. 37 (1945) 15-

16. 51 52 53 54 55

14.

Cf. Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1942, l. c., 12. Cf. Leonis XIII Ep. apost. Annum ingressi, AL 22 (1902-1903) 52-80. Sap. 6, 2-4. Cf. Pii XII Nuntius radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1941, A. A. S. 34 (1942) 16. Cf. Pii XII Nuntius radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1940, A. A. S. 33 (1941) 5-

56

De civ. Dei 4, 4 PL 41, 115; cf. Pii XII Nuntius radioph. d. prid. Nativ. D. N. I. C. a. 1939 A. A. S. 32 (1940) 5-13. 57 58

Cf. Pii XII Nuntius radioph. Nativ. 1941, l. c., 10-21. Cf. Ioannis XXIII e. MM, l. c., 439.


59

Cf. Nuntius radioph. Nativ. 1941, l. c., 17; et Benedict XV Adhortatio ad moderatores populorum belligerantium, d. d. 1 mens. aug. a. 1917 A. A. S. 9 (1917) 418.

60 61 62 63 64

Cf. Nuntius radioph. d. d. 24 m. aug. a. 1939 A. A. S. 31 (1939) 334. A. A. S. 53 (1961) 440-1. Nuntius radioph. Nativ. 1941, l. c., 16-17. Ioannis XXIII e. MM, l. c., 443.

Cf. Pii XII Allocutio ad iuvenes ab Act. Cath. ex Italiae dioecesibus Romae coadunatos, habita d. 12 mens. sept. a. 1948 A. A. S. 40 (1948) 412. 65 66 67

Cf. Ioannis XXIII e. MM, l. c., 454. Ibid. 456.

Ibid. 456; cf. Leonis XIII e. ID, l. c., 128; Pii XI Enc. Ubi arcano; A. A. S. 14, 698 et Pii XII Allocutio ad Delegatas Unionis Internat. Sodalitatum mulierum cathol. ob communem Conventum Romae coadunatas, habita d. 11 mens. sept. a. 1947 A. A. S. 39 (1947) 486.

68

Cf. Allocutio ad opifices ex Italiae dioecesibus Romae coadunatos, habita in festo Pentec. d. 13 mens. iun. a. 1943,A. A. S. 35, 175. 69

Miscellanea Augustiniana... S. Augustini Sermones post Maurinos reperti, Romae 1930, 633.

70 71 72 73

Cf. Is. 9, 6. Eph. 2, 14-17. Respons. ad Matut., in fer. VI infra oct. Paschae. Io. 14, 27.


La Gaudium et spes y la misión de la Iglesia, frente a los desafíos antropológicos de la época actual 1. El realismo de la esperanza En un importante discurso pronunciado el 8 de noviembre de 1995, para inaugurar un Seminario Internacional organizado por la Santa Sede y destinado a conmemorar los 30 años de la Gaudium et spes, el Santo Padre ha calificado esta Constitución conciliar como la «carta magna»para promover y defender la dignidad humana. Con esta afirmación destacaba, por una parte, cuál es el núcleo esencial del texto conciliar, a saber, la dignidad de todo ser humano según es revelada por el misterio de Cristo, y por otra, la actualidad de esta Constitución para el presente y el futuro de la evangelización de la sociedad. Es especialmente importante este último aspecto, puesto que han sido muchas las voces que han calificado a Gaudium et spes como un texto demasiado optimista frente a la cultura y las relaciones sociales de la época en que fue escrito, optimismo que se habría visto prontamente desmentido en las tres décadas transcurridas desde su publicación. El Santo Padre, en cambio, usando la expresión del Sínodo extraordinario de 1985 ha calificado la actitud básica frente al mundo y a los problemas de la época que manifiesta Gaudium et spes con la expresión «realismo de la esperanza», porque, por una parte, reconoce y hace suyos todos los problemas y miserias humanas 1 , pero, por otra, no se deja arrastrar por el cinismo propio de la actitud derrotista que abandona finalmente su responsabilidad por los hechos sociales, puesto que sabe que todo el mundo está cruzado y sostenido por la gracia pascual, aunque sea de manera misteriosa y para nosotros desconocida. Lo que la gracia necesita, agregó el Papa, son testigos laboriosos que sean el rostro de la esperanza en medio del mundo y ésa es la tarea de la Nueva Evangelización. El mensaje de la Gaudium et spes, ha dicho el Pontífice, es Cristo mismo. Él es el Señor de la historia, su centro y su fin. Él es el «hombre perfecto» que le revela al ser humano la dignidad de su vocación 2 , Él es el gozo del corazón y la plenitud de sus aspiraciones 3 , Él es la luz del mundo que ilumina el misterio del hombre. Su gracia, por la acción del Espíritu Santo, trabaja activamente en el corazón de todo hombre de buena voluntad 4 . La cuestión del eventual optimismo o pesimismo del texto queda así radicalmente redefinida. No es decisión humana mirar las relaciones entre la Iglesia y el mundo de un modo positivo o negativo. El juicio sobre la historia está reservado a Cristo mismo, el Cordero de Dios, el que tiene potestad de quitar el pecado del mundo y de reconciliar la creación entera con su Creador. De lo que se trata, entonces, es del reconocimiento de la gracia pascual presente en la historia, cualquiera sea la gravedad o falta de nobleza en la acción humana. Es distinto mirar el pecado del mundo y nuestro propio pecado desde la fe en Cristo reconciliador que hacerlo desde la permanente constatación de la incapacidad humana para liberarse por sí misma de sus injusticias y esclavitudes. Como ha dicho el Cardenal Ratzinger, el cristianismo de nuestra época está hondamente amenazado de un cierto «neo-pelagianismo», el cual esconde de manera ambigua una confesión triunfalista fundada en la capacidad tecnológica de gobernar las leyes de la naturaleza y de la sociedad y un pesimismo depresivo ante la constatación de que ese mismo poder es impotente, cuando no es la causa de muchas nuevas injusticias y formas de desconocimiento de la dignidad humana. El «realismo de la esperanza» de los Padres conciliares carece completamente de esta ambigüedad. Señala la Constitución que su reflexión «tiene presente... a la


universal familia humana con todo cuanto la rodea, al mundo como teatro de la historia del género humano, marcado por la impronta de su laboriosidad, de sus fracasos y de sus victorias; un mundo, como lo ven los que creen en Cristo, fundado y conservado por el amor de un Creador, puesto, ciertamente, bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo, quien con su crucifixión y resurrección quebrantó el poder del maligno para transformar el mundo según el designio divino y hacerle llegar a su consumación» 5 . La mirada de la fe no es moralista, en el sentido peyorativo de este término, puesto que no tiene como referencia la generalmente sobrevalorada confianza humana de intentar ser o parecer coherente consigo mismo, sino la sobreabundancia de la gracia que se introduce en el mundo por la presencia del Hijo de Dios, lo que establece un nuevo criterio de juicio y una nueva moralidad frente a todas las conductas humanas. Es precisamente esta nueva moralidad, que surge del encuentro del hombre pecador con Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia, la que permite la exhortación del Papa a los cristianos a que sean testigos laboriosos, rostros concretos de la esperanza en medio del mundo. No les pide, como suele proponer el moralismo contemporáneo apoyado en el pretexto de la autenticidad personal, que sean testigos de sí mismos, sino de la gracia, es decir, de la vida y presencia de Otro que es el Salvador, el Redentor del mundo. La confianza de esta exhortación está puesta en Cristo que ha venido al encuentro del hombre «para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir, no para ser servido» 6 , y en el hombre, en cuanto por la gracia es capaz de comprender este misterio y aceptar la salvación. Por ello afirma la Gaudium et spes que «es la persona humana la que hay que salvar, y es la sociedad humana la que hay que renovar... el hombre concreto y total, con cuerpo y alma, con corazón y conciencia, con inteligencia y voluntad» 7 . No es de extrañar, entonces, que sea la antropología teológica el hilo conductor de esta Constitución, su criterio más importante de lectura, desde el cual se articulan los aportes del análisis histórico, económico, político y sociológico. La Constitución se propone «escrutar a fondo los signos de los tiempos» 8 , como tantas veces se recuerda, pero no con cualquier mirada, sino con la mirada de quien reconoce el misterio de Dios presente y operante en la historia, es decir, con la mirada de la fe. Por la naturaleza de esta mirada, por la luz que la ilumina, se aplica también la misma palabra misterio —reservada tradicionalmente para expresar la dimensión inefable de la divinidad— a la vida humana, como reza la tan conocida y hermosa afirmación de los Padres conciliares de que «en realidad, el misterio del hombre no se aclara de verdad, sino en el misterio del Verbo Encarnado» 9 . La Iglesia no puede mirar los asuntos humanos con ojos puramente humanos o con los ojos del «hombre viejo», para usar la expresión de San Pablo, por cuanto la naturaleza humana, asumida por la misericordia del Hijo de Dios presente en medio de los hombres, sólo puede esclarecer su dignidad y vocación en cuanto ha sido transformada con su presencia. El mundo, la sociedad y el hombre que vemos no es el mismo si lo hacemos desde el misterio o desde fuera de él, desde la sola razón o desde la síntesis de la razón y la fe, y el entendimiento cristiano busca interrogar a ambas para establecer la medida adecuada a una naturaleza creada y redimida por el Amor. Si nos atuviésemos a una mirada puramente analítica, habría que decir que los treinta años transcurridos desde la promulgación de la Gaudium et spes han introducido cambios sociales, tecnológicos y culturales de envergadura aún mayor que los analizados por los propios Padres conciliares y que, en general, nadie pudo prever en su magnitud, velocidad y complejidad, ni dentro ni fuera de la Iglesia. La caída del muro de Berlín, el fracaso de los «socialismos reales» y el término de la guerra fría han dado origen a una nueva configuración geopolítica en el mundo que, a pesar de sus incertidumbres y de los conflictos pendientes heredados del pasado, ha


estructurado un nuevo escenario de grandes esperanzas para el intercambio y la cooperación entre los pueblos, tanto a nivel regional como mundial. También se ha producido en este período una profunda transformación científica y tecnológica, tanto en el campo de la bio-ingeniería como en el de las comunicaciones, iniciándose una nueva etapa en el dominio de la naturaleza y hasta de la vida humana misma, cargada de grandes posibilidades como también de amenazas sin precedentes en la historia. ¿Ha perdido vigencia, por ello, la Gaudium et spes, la que, ciertamente, no previó estos acontecimientos? Pienso que es razonable afirmar que la cuestión fundamental ahora, como hace treinta años, a pesar del cambio de escala que ha afectado a muchos fenómenos sociales, es el reconocimiento y respeto irrestricto a la dignidad de la persona humana, cuestión que, por lo dicho, no es ajena al reconocimiento del misterio de Dios presente en el mundo y al respeto del mandamiento nuevo del amor. Es decir, lo que está en juego siempre en una época de grandes y vertiginosas transformaciones es lo esencial, no lo accidental. Y como lo demuestra toda la historia de la cultura, cuando el pensamiento vuelve a la pregunta por el origen, a la pregunta por el fundamento, sus frutos son de una actualidad y potencia que se proyectan por siglos. Esto es lo que ha hecho la Gaudium et spes con su centramiento en la antropología teológica, cuyos presupuestos están en la base también de todas las consideraciones más específicas de su segunda parte, acerca de la familia, de la cultura, del orden económico y político, y de las relaciones internacionales. 2. La antropología teológica de la Gaudium et spes Conviene, pues, detenerse un poco en los lineamientos antropoteológicos de la Constitución conciliar. Ella arranca de las tradicionales preguntas antropológicas presentes de mil formas diversas en todas las culturas: «¿Qué es el hombre? ¿Cuál el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tan grandes progresos, subsisten todavía? ¿Para qué aquellas victorias, obtenidas a tan caro precio? ¿Qué puede el hombre dar a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué vendrá detrás de esta vida terrestre?» 10 . Pero no lo hace con un espíritu especulativo, por curiosidad o por competencia en relación a la reflexión científica y filosófica, tampoco como una forma de esclarecer su propia posición para diferenciarse del mundo y de los que no comparten la fe en Cristo, es decir, para tomar partido en el debate, sino por solidaridad con todos los hombres, por la conciencia de su misión universal de salvación, por amor al destino de cada uno y de la humanidad en su conjunto. Por ello se esfuerza en descubrir lo que ocurre al interior del corazón humano, sus anhelos y debilidades. Así, tras enunciar algunos de los bienes sociales que busca el hombre actual, señala que «tras todas estas exigencias se oculta una aspiración más profunda y universal: el individuo y el grupo tienen hambre de una vida plena y libre, digna del hombre, dispuestos a someter a su propio servicio todo lo que el mundo de hoy les puede ofrecer en tan gran abundancia» 11 . ¿Pero cómo se puede afirmar que el anhelo más profundo del corazón humano es poder desarrollar en plenitud una vida digna del hombre, si se tiene en cuenta la experiencia trágica del siglo XX con su violencia y genocidio, y con su capacidad de usar la tecnología para destruir la vida? No se puede olvidar que la afirmación acerca de la dignidad humana fue puesta en duda en su mismo fundamento por los experimentos de totalitarismo que han desgarrado nuestra historia contemporánea. La conciencia humana después de Auschwitz y de Hiroshima nunca será la misma de antes. Estas experiencias mostraron que los medios más racionales de que dispone el hombre, los medios tecnológicos, no aseguran que la finalidad a la que sirven sea igualmente racional, llegando al extremo de poder producir una destrucción premeditada y en gran escala de la vida humana. Por ello, Gaudium et spes, junto con afirmar que el anhelo más profundo del hombre es vivir dignamente en conformidad a


su naturaleza, señala también que «los desequilibrios que aquejan al mundo de hoy están estrechamente relacionados con aquel otro desequilibrio más fundamental, que tiene sus raíces en el corazón del hombre, pues es en el hombre mismo donde muchos elementos están en lucha. Mientras por un lado, como creatura que es, experimenta una múltiple limitación, por otro lado el sentimiento de su capacidad de desear le muestra que es un ser ilimitado y que está llamado a una vida superior. Atraído por tantas solicitaciones, se ve obligado a hacer una continua elección entre ellas y a renunciar a muchas posibilidades. Más aún, débil y pecador no es raro que haga lo que no quiere y que no haga lo que quisiera hacer. Por consiguiente, sufre una división dentro de sí mismo, de la que también dimanan tantas y tan graves discordias en la sociedad» 12 . La plenitud de vida está ligada así indisolublemente a la libertad humana y a su capacidad de discernir entre aquello que corresponde a su naturaleza y aquello que lo desvía de su destino y finalidad. Por ello, la tradición antropológica de la Iglesia ha planteado de forma reiterada y constante que la pregunta acerca de qué se es libre no puede contestarse sin plantearse al mismo tiempo el para qué se es libre, es decir, la finalidad o sentido de la dignidad del hombre. El conocer y comprender la finalidad de la existencia es, ciertamente, una capacidad que debe presuponerse en la condición humana en cuanto constituye una realidad única y distinta en relación a todos los otros seres existentes. Pero no es sólo una precondición, sino también el dinamismo que permite el desarrollo de esa misma capacidad y que corresponde a la realización propia de ella. Puede interpretarse el conflicto interior del hombre precisamente como la conciencia de tener una libertad a su disposición que no sabe, sin embargo, para qué usarla ni qué sentido tiene, o bien, como la certeza de haber extraviado la libertad en un objetivo indigno de la dignidad del hombre, que lejos de incrementar esta capacidad de elegir, se vuelve contra ella sometiéndolo a la esclavitud. Gaudium et spes afirma, recogiendo la enseñanza de la Sagrada Escritura, que «el hombre fue creado a “imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador» 13 . Esta afirmación tan fundamental plantea ya que la dignidad del hombre no sólo debe referirse a la calidad de su origen, al hecho de ser obra del mismo Dios, sino a la vocación inscrita en su capacidad de conocer y amar a Dios. Como la palabra capacidad lo indica, no se trata de una fatalidad o de una determinación frente a la cual el ser humano podría sentirse esclavizado, sino de una vocación a llevar la vida hasta la plenitud de la libertad que es el amor. Por una parte, la libertad humana procede de Dios y el desconocimiento de este hecho lleva al hombre a querer ponerse en el lugar de Dios y a pensar que su capacidad de desarrollo procede de sí mismo, de su propia imaginación y creatividad. Pero el corazón humano no sólo se turba al desconocer la procedencia de la vida, sino también al pretender determinar por sí mismo su finalidad, como si conocer y amar a su Creador fuese una opción entre otras muchas que se le ofrecen a su libertad y de un valor equivalente o comparable con otras opciones. La realidad del pecado, que recuerda Gaudium et spes a continuación, no se puede disociar, en consecuencia, de la condición libre de la vida humana y la supone. Señala la Constitución: «Pero el hombre, constituido por Dios en un estado de justicia desde el mismo comienzo de su historia, abusó, sin embargo, de su libertad por persuasión del Maligno, alzándose contra Dios y pretendiendo conseguir su fin fuera de Dios... Al negarse a reconocer a Dios como su principio, transtornó, además, su debida ordenación a un fin último y, al mismo tiempo, dañó todo el programa trazado para sus relaciones consigo mismo, con todos los hombres y con toda la creación» 14 . Como se ve, el pecado es una forma de incomprensión de la naturaleza de la libertad humana. Como ha desarrollado extensamente el magisterio pontificio posterior, particularmente la encíclicaVeritatis splendor, la libertad del hombre sólo puede corresponder a un


«estado de justicia» si se deja orientar por la verdad como su fin propio. La libertad no puede verse, en consecuencia, como un atributo de la condición humana cuyo sentido y orientación han quedado indeterminados y el hombre puede determinarlos a voluntad, sino desde el plan del Creador, como el modo específico de participar en la vocación al amor. Como ha señaladoFamiliaris consortio, «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor» 15 . La cuestión fundamental es si acaso la libertad se entiende desde la creaturidad del hombre y, por tanto, en relación con el designio de su Creador al llamar a cada uno a la existencia, o bien, la libertad es una capacidad de autodeterminación que no tiene otra frontera que las condiciones de ejercicio de la voluntad, la que puede incluso orientarse a querer ocupar el lugar de Dios. Ésta es propiamente la tentación del Maligno que despojó al hombre de su «estado de justicia» original. Como señala el texto de la Carta a los Romanosrecogido por la Gaudium et spes: «Conociendo a Dios, no lo glorificaron como Dios..., sino que se nubló su necio corazón y sirvieron a la creatura más que al Creador» 16 . Conociendo a Dios, dice San Pablo, es decir, está implícita en la afirmación de la creaturidad esta capacidad del entendimiento humano de darse cuenta que la libertad que constituye su naturaleza está orientada al desarrollo de la misma, a la obtención de la plenitud de la vocación humana. Gaudium et spes, recogiendo la tradición, desarrolla un hermoso pasaje sobre la conciencia moral, en donde queda de manifiesto cuál es la capacidad del entendimiento humano para conocer su origen y vocación. Señala que «en la profundidad de su conciencia descubre el hombre una ley que no se da él a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz suena con claridad a los oídos del corazón cuando conviene, invitándole siempre con voz apagada a amar y obrar el bien y evitar el mal... El hombre lleva en su corazón la ley escrita por Dios, a la que su propia dignidad le obliga a obedecer y según la cual será juzgado» 17 . Si el hombre no se ha dado la vida a sí mismo, sino la ha recibido de Otro, es razonable suponer su capacidad de comprender la objetividad de este hecho y, por lo tanto, la existencia de una ley propia de la vida misma que es inseparable de ella. El obrar el bien no puede ser otra cosa que actuar de conformidad con esta realidad objetiva deseada y constituida por el autor de la vida. La dignidad humana no tiene, así, una medida humana, sino que corresponde a la plenitud de aquella característica objetiva que el autor de la vida dio a su obra. Pero señala el texto que la conciencia invita al hombre «con voz apagada a amar y obrar el bien y evitar el mal» 18 . ¿Por qué con voz apagada? Precisamente porque la verdad del amor, su realidad más objetiva, es la donación de sí mismo, la que no necesita ni de estridencias ni de discursos, sino simplemente que acontezca, que suceda. Como toda mujer sabe, la aparición de la vida es el acto más silencioso y delicado que acontece en la intimidad de sus entrañas y que se hace anunciar a través de humildes indicios que sólo pueden comprender quienes tienen una mirada atenta y no distraída. «La conciencia —continúa Gaudium et spes— es como un núcleo recóndito, como un sagrario dentro del hombre, donde tiene sus citas a solas con Dios, cuya voz resuena en el interior. Y gracias a la conciencia, aquella ley que se cumple en el amor de Dios y del prójimo se le da a conocer de modo maravilloso» 19 . El contenido de la conciencia es la contemplación maravillada del amor, como el contenido y plenitud de la ley objetiva que ordena la realidad de todo lo existente. Como dice el texto, en el amor se cumple la ley. Y por ello, esta contemplación del amor puede entenderse como un diálogo íntimo, como la percepción de Dios y de su libertad creadora en el sagrario del entendimiento humano. Es interesante considerar este texto conciliar en contrapunto con la visión agnóstica o atea del mundo actual según la cual el hombre puede hablar «de Dios» pero no «con Dios». No sólo se pierde, en este caso, toda


objetividad en relación al misterio presente, que se revela según las características de su propia naturaleza y no según las conversaciones que el ser humano pueda hacer circular en torno a él, sino que se pierde también el carácter objetivo de la conciencia moral, que no puede reconocer ya más un «estado de justicia» por sí mismo, sino sólo como una construcción hipotética e ideal que tiene su fundamento en el discurso, en la convencionalidad o en la consensualidad. La objetividad de la conciencia moral proclamada por la tradición católica es inseparable de la iniciativa de Dios de revelarse y comunicarse al hombre, no sólo a través de palabras y discursos, sino de la vida misma, como donación amorosa que invita a la plenitud. Por ello ha sostenido el magisterio, con justicia, que la libertad de conciencia, particularmente de la conciencia religiosa, es la primera y fundamental de todas las libertades humanas, en la que se apoyan todas las demás. Como ha escrito hermosamente von Balthasar, sólo el amor es digno de fe, y ése es precisamente, el contenido de este diálogo íntimo entre Dios y el hombre que es recogido con admiración y estupor por la conciencia humana. Por lo dicho, resulta de extraordinaria importancia la afirmación de Gaudium et spes de que «el fundamento esencial de la dignidad humana está en su vocación a esta comunicación con Dios. El hombre está invitado, desde que nace, a un coloquio con Dios, pues no existe sino porque, creado por Dios en su impulso de amor, debe su conservación a ese mismo amor, y no vive de verdad si no lo reconoce libremente y no se entrega a su Creador» 20 . Y agrega: «Esto hace que el ateísmo se deba considerar entre las más graves realidades de nuestro tiempo» 21 . La Constitución hace una cierta tipología de las distintas formas de ateísmo contemporáneo, destacando, especialmente, el ateísmo sistemático, y llegando a la conclusión de que «quienes profesan tal forma de ateísmo sostienen que la libertad consiste en que el hombre sea fin de sí mismo, artífice y demiurgo único de su propia historia» 22 . Y se puede comprobar, en la mayor parte de los casos, que esta afirmación ni siquiera vale para el hombre genérico, para la especie humana, sino para cada individuo particular, lo que evidencia la total desproporción entre lo que se aspira y la capacidad para realizarla, lo que finalmente trae como consecuencia el más grande empequeñecimiento del valor de cada vida humana en particular. Gaudium et spes alcanza el clímax de su exposición antropoteológica en los números 22 y 24. Ella afirma que «Cristo, el nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, pone de manifiesto plenamente al hombre ante sí mismo y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, por consiguiente, que las verdades que anteceden encuentren en Él su fuente y alcancen su coronación» 23 . Cristo es fuente y coronación de la antropología: el misterio de amor presente en la creación y manifestado al hombre en la intimidad de su conciencia se vuelve presencia visible en la carne humana, revelando que la plenitud del vínculo del ser humano con su Creador es el de la filiación en Cristo. Por ello, señala el texto conciliar, «el Hijo de Dios, por su Encarnación, se identificó en cierto modo con todos los hombres: trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana y amó con corazón humano. Nacido de la Virgen María, es verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado» 24 . La obediencia a la voz interior de la conciencia como garantía de la objetividad de la dignidad humana, tal como ella estaba prevista en la ley de la creación, se transforma ahora en una obediencia a la «imagen de Dios invisible», en un seguimiento de Cristo, camino, verdad y vida. En Él ha sido restituido el «estado de justicia» para el hombre y, por lo mismo, la plenitud de su vocación. Comentando justamente este texto de la Gaudium et spes, señala el Santo Padre: «La redención del mundo —ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada—, es en su raíz más profunda “la plenitud de la justicia” en un Corazón humano: en el Corazón del Hijo Primogénito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales,


precisamente en el Hijo Primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia, llamados al amor» 25 . Pero no se trata solamente de que en la vida y obra de Cristo se nos revele el ejemplo más sublime de la relación de paternidad y filiación, que todo hombre puede ahora intentar imitar. Cristo no es una alegoría o una metáfora para señalar que todo ser humano puede alcanzar la plenitud de su conciencia descubriéndose a sí mismo como hijo de Dios, sino que en Él se realiza la plenitud de la justicia y sólo participando de su vida es posible la filiación adoptiva. Con la Encarnación del Verbo es el Dios Trinitario mismo quien se revela, puesto que nuestra participación en el misterio de Cristo sólo es posible por obra del Espíritu Santo. Por ello, continúa Gaudium et spes: «el hombre cristiano, ...asemejado a la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos, recibe las “primicias del Espíritu”, con las que se capacita para cumplir la nueva ley del amor. Por este espíritu, que es “prenda de la herencia” queda restaurado todo el hombre interior, hasta la “redención corporal”... Cristo resucitó venciendo a la muerte con su muerte, y nos dio la vida, de modo que hijos de Dios en el Hijo, podamos clamar en el Espíritu: Abba, Padre» 26 . Si desde el horizonte de la teología de la creación el texto conciliar había afirmado que el ser humano era capaz de conocer y de amar al Creador, la teología de la redención nos señala que por la muerte y resurrección de Cristo el cristiano recibe las «primicias del Espíritu» que lo capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por ello habla San Pablo de la sobreabundancia de la gracia, que es una medida nueva que sobrepasa la consideración de la magnitud del pecado humano como la vara que comprende la reciprocidad de la justicia. Con razón exclama entonces el Santo Padre, haciendo una exégesis de este texto, que Cristo, «solamente Él ha dado satisfacción al amor eterno del Padre, a la paternidad que desde el principio se manifestó en la creación del mundo» 27 . La medida de la justicia no es, en consecuencia, el pecado del hombre, sino la autodonación del Hijo, en obediencia, hasta su muerte de cruz. En este mismo sentido ha interpretado el magisterio pontificio la parábola del hijo pródigo y el concepto de justicia que en ella se contiene. Llama especialmente la atención sobre el reproche que dirige a su Padre el hijo fiel, que se quedó en su casa, por la fiesta que ordena celebrar por el retorno del hijo pródigo. Él quiere poner como medida de la justicia la comparación entre su propia fidelidad y la conducta pecaminosa de su hermano. Pero el Padre le contesta: «Hijo, Tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Pero era necesario alegrarnos y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado» 28 . El amor de misericordia revelado en la cruz de Cristo no tiene medida y abarca la creación entera. Sólo el Espíritu Santo puede dar testimonio de él y son justamente las «primicias» de este Espíritu, las que se derraman sobre el corazón de quien acepta que Dios sea Dios y se manifieste a los hombres según el modo de su propia naturaleza. En razón de esta inimaginable sobreabundancia de gracia que es la redención, los Padres conciliares se atreven a decir que «todo esto es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible; puesto que Cristo murió por todos y la vocación del hombre es una misma, es decir, la vocación divina, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en el modo sólo por Dios conocido, se asocien a su misterio pascual» 29 . Ante esta afirmación cabe la misma perplejidad que la del hijo fiel que no abandonó la casa de su padre, o la de los labradores que llegaron temprano a trabajar a la viña y recibieron la misma paga que los que llegaron al final del día. Pero no opera con justicia quien desea reducir el misterio de la redención al tamaño de su propia conversión o de su propia necesidad. Debemos


repetir, con el Santo Padre, que la justicia se ha realizado en el Corazón del Hijo Primogénito, revelando la paternidad que desde el principio se manifestó en la creación del mundo 30 . Por ello también califica el Santo Padre, en ese mismo texto, cuál es propiamente la actitud del cristiano ante la gracia. Dice: «En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo» 31 . ¿No es acaso el mismo estupor con que la Santísima Virgen entona el Magníficat, ese inigualable himno de alabanza a Dios en la sobreabundancia de su gracia? La antropología teológica de Gaudium et spes se completa con el n. 24 donde se plantea la «índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios» (así reza el subtítulo). Señala el texto que los hombres «creados a imagen de Dios... tienen todos una e idéntica finalidad, que es Dios mismo» 32 . Por esta razón, el amor de Dios y del prójimo, además de constituir el principal mandamiento, resultan indisociables entre sí, lo que el texto califica como especialmente relevante «cuanto más crece la interdependencia de los hombres y la unificación del mundo» 33 . La relación de paternidad-filiación revelada en el misterio de Cristo y que se derrama sobre los hombres por las «primicias» del Espíritu, hace que sea incomprensible un estado de justicia en que el bien de unos vaya en detrimento del bien de otros. Ésa fue, justamente, la incomprensión del hermano del hijo pródigo, quien recibe del Padre un suave pero contundente y definitivo reproche. La sobreabundancia de la gracia no puede dar lugar a visiones egoístas, ni en el plano de los asuntos terrenos, ni menos todavía en los bienes del espíritu. Como dijo Jesús a sus discípulos, «el que aspire a ser más que los demás, se hará servidor de ustedes. Y el que quiere ser el primero, debe hacerse esclavo de los demás» 34 . Por eso, concluye Gaudium et spes: «cuando Cristo nuestro Señor ruega al Padre “que todos sean una misma cosa... como nosotros lo somos” desplegando una perspectiva inaccesible a la razón humana, insinúa una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y la caridad. Esta semejanza pone de manifiesto cómo el hombre, que es en la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino por el sincero don de sí mismo» 35 . La plenitud de la vocación humana es así descrita como la autodonación de sí mismo en cuanto creatura amada por sí misma, a semejanza de la unión de las personas divinas. La donación de sí no debe entenderse, en consecuencia, sólo como una suerte de regla o principio universal de moralidad al cual todos están sometidos y obligados por el peso de la ley, sino más bien como la plenitud de la libertad humana que, permanentemente atenta a la invitación específica y personal de Dios de participar en su vida, elige la autodonación de sí como el modo de vivir en la verdad y la caridad, y de alcanzar la felicidad o beatitud. La proclamación solemne de que el hombre es en la tierra la única creatura amada por sí misma, hace de la persona «el principio, el sujeto y el fin de toda institución social» 36 , como de la sociedad en general. Ciertamente no todos los vínculos sociales son de la misma naturaleza. La Constitución señala que aquellos «que son insuprimibles para el desarrollo del hombre..., como la familia y la comunidad política, se compaginan más íntimamente con su misma naturaleza; otros proceden más bien de su libre elección» 37 . Por ello, es necesario observar la justa proporción y jerarquía entre unos y otros vínculos, orientándolos siempre a la búsqueda del bien común cuya medida es la perfección más plena de las personas. Eso incluye derechos y deberes, y una vinculación intrínseca entre la libertad y la responsabilidad. Lo que siempre está en juego es el plan original de Dios sobre cada persona humana que es «amada por sí misma» y que ha sido invitada a la filiación adoptiva en el Hijo de Dios. Es así como el propio Cristo describe el juicio sobre la historia, al señalar que «cuanto hicisteis a uno


de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» 38 , identificándose con la suerte de cada uno de los hombres que el Padre le dio. 3. La proyección antropológica sobre la familia, la cultura y la sociedad A partir de este desarrollo de la antropología teológica, Gaudium et spes dedica párrafos muy importantes a la familia y la cultura, los que se agregan de modo hasta entonces bastante inédito en el magisterio, a la tradicional doctrina social de la Iglesia, preocupada de la dignidad del hombre en la sociedad. Estos párrafos han dado origen a un rico magisterio pontificio posterior, como se muestra en la exhortación postsinodalFamiliaris consortio, en el discurso del Santo Padre ante la UNESCO y en la creación del Pontificio Consejo para la Familia y del Pontificio Consejo para la Cultura. En relación a la familia, quisiera destacar la dimensión esponsalicia de la vida humana, junto a la dimensión de paternidad y filiación, la cual se expresa de modo especial en el sacramento del matrimonio, signo del misterio de la relación esponsalicia de Cristo con su Iglesia y, a través de ella, de la relación esponsalicia del Dios Trinitario con su creación humana. Al recordar el texto del Génesis y su enseñanza de que el hombre fue creado a imagen de Dios, con capacidad de conocer y de amar a su Creador, Gaudium et spes agrega inmediatamente: «Pero Dios no creó al hombre solo, ya que, desde los comienzos, “los creó varón y mujer”, haciendo así, de esta asociación de hombre y mujer, la primera forma de una comunidad de personas: el hombre, por su misma naturaleza, es un ser social, y sin la relación con otros no puede ni vivir ni desarrollar sus propias cualidades» 39 . La dimensión esponsalicia de la vida humana, implícita en la diferenciación y complementariedad de los sexos, es un vivo testimonio de la naturaleza comunional de la vocación humana, recuerda la menesterosidad ontológica de todos los hombres y la invitación a la libertad para dejarse complementar y determinar por el amor a otro y no sólo por el amor a sí mismo, la autocomplacencia, o una ilusoria pretensión de autonomía. En el horizonte de la teología de la creación, este diálogo íntimo entre Dios y su creatura que ocurre en el sagrario de su conciencia y que revela la objetividad de la presencia de Dios en su obra, bien puede ser considerado como una relación esponsalicia. Por una parte, está el hecho de que la iniciativa viene siempre de Dios, sin la cual el ser humano no podría entender el sentido y finalidad de su propia existencia. Por otra, esta iniciativa, como ya vimos, apela a la libertad humana, a la libre adhesión a la verdad. La capacidad de conocer y amar a su Creador, por parte de cada creatura, corresponde a la plenitud de la respuesta que la conciencia humana puede dar a la revelación de la gracia de Dios en todo lo existente. Dios no es sólo una causa primera, sino quien llama al ser humano al despliegue de su libertad, a la aceptación de su gracia, de tal modo que la comunicación con Dios se transforma en la más perfecta realización del deseo del yo, de la identidad de cada ser humano. Gaudium et spes afirma, por ello, «que fuera de Él no hay nada capaz de llenar el corazón del hombre», terminando este hermoso párrafo con la conocida frase de las Confesiones de San Agustín: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón no conoce descanso hasta que lo halle en ti» 40 . Esta relación esponsalicia, prefigurada en el Antiguo Testamento como la alianza de Dios con su pueblo, con quienes han recibido su revelación y han hecho de la observancia de su ley el principio de su libertad, alcanza su plenitud en el misterio del Verbo Encarnado. La misma Encarnación no ocurre sin la libertad humana, sin ese amor de predilección que suscita la mayor experiencia de libertad que pueda imaginarse en un ser humano: el «hágase» de la Santísima Virgen, del cual pende la salvación del género humano y de la creación entera. ¿O es que resulta posible pensar que para Dios, quien ama a cada creatura por sí misma, hubiese sido


indiferente encarnarse en una mujer o en otra? La dimensión esponsalicia del amor, como ha destacadoFamiliaris consortio, revela que la relación de Dios y el hombre no es genérica, ni se refiere a la especie humana como tal, sino que es personalizada. Por ello, su expresión máxima es la fidelidad. Es justamente la fidelidad quien da testimonio de que la donación de la libertad y la donación de sí mismo sin reservas no puede ocurrir en un contexto de indiferencia, donde resulta equivalente una relación u otra, sino en el contexto de una comunión de personas: «Así que ya no son más dos, sino una sola carne», como recuerda el propio Jesús la enseñanza de la Antigua Alianza 41 . Con razón aplica San Pablo esta misma relación a la Nueva Alianza entre Cristo y su Iglesia. En ella resalta la fidelidad eterna del Esposo que ha entregado su vida entera para la vida abundante de todos los que ha rescatado del Maligno, de la falsa libertad y de la pretensión de autonomía que desconoce que el sentido de la vida proviene de Otro y no de sí mismo. Pero debemos decir, otra vez, que este amor no es genérico, sino personalizado, como se muestra de modo sublime en la pregunta que Jesús le dirige a Pedro y que le repite tres veces: «¿Pedro, me amas?», y en la respuesta de Pedro, la única razonable para quien ha experimentado la fidelidad de su Señor, a pesar de la triple negación que pesa sobre su conciencia: «Señor, tú sabes que te amo» 42 . La fidelidad de la gracia del divino Esposo es el fundamento de toda moralidad humana, la revelación objetiva de la plenitud de la ley natural, de la ley de la creación. Por ello encuentra Gaudium et spes «una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y la caridad» 43 . Así, el matrimonio es propiamente un sacramento, un signo de la irrupción de la sobreabundancia de la gracia, del amor divino, en la fragilidad del amor humano que se promete mutua fidelidad y la total donación de la vida hasta la muerte. La Constitución señala que la familia nacida del matrimonio es «una escuela de humanidad más rica» 44 , tal como esta humanidad esclarece su misterio a la luz del misterio del Verbo Encarnado. Todos sabemos, y la misma Constitución lo recuerda, el estado calamitoso en que se encuentra el matrimonio y la familia en tantas partes del mundo, sea porque ya no llega a constituirse, sea porque se ha roto. No es posible ocultar el inmenso desafío pastoral que esta situación representa, especialmente porque sin el matrimonio cristiano resulta muy difícil o casi imposible que la sociedad comprenda que la libertad personalizada no corresponde a la elección arbitraria entre opciones comparables e igualmente beneficiosas, sino a la donación de sí mismo en fidelidad y a perpetuidad. La vida virginal consagrada por amor al divino Esposo es la expresión más excelsa de esta dimensión esponsalicia de la libertad humana y divina, siempre que se viva en fidelidad y obediencia a la comunidad que ha recibido esa consagración. Pero el matrimonio, en su específica autodonación de un varón y una mujer, que ponen su libertad a disposición de la libertad del otro para que resplandezca el amor que Dios tiene a cada uno por sí mismo y se encaminen al destino que Él tiene reservado para ambos, es también un testimonio visible de la dignidad del amor humano y de la libertad de los hijos de Dios. No se puede comprender la profundidad de la filiación adoptiva, sin entender su inseparable relación a la esponsalidad. Una de las concepciones más habituales de la sociedad actual, que destruye profundamente a las familias, es la separación entre la filiación y la esponsalidad. ¿Pero son acaso separables? ¿Podría un hijo saberse amado por sí mismo si ve que sus progenitores no se amaron por sí mismos y rehacen su conyugalidad a voluntad? ¿Puede ser creíble para un hijo que alguno de sus padres prometa sucesivamente a varios consortes entregarse a sí mismo y su libertad en alianza hasta que la muerte los separe? ¿Podrían, a su vez, los padres considerar que cada hijo es un don del Creador con el que bendice su mutua autodonación si su alianza es meramente


ocasional y destinada a la sustitución? ¿No se transforma así también el amor al hijo en una satisfacción emocional destinada a perdurar en tanto sea considerado un satisfactor? Pienso que en el matrimonio cristiano y en la familia se juega una de las mayores «herejías antropológicas» de nuestro tiempo, especialmente la negación o el olvido de Dios como Padre y del ser humano como hijo, porque se ha olvidado también en forma previa o simultánea su fidelidad esponsalicia, la nueva y eterna alianza sellada en Cristo.Gaudium et spes nos llama la atención, a la vez que nos proporciona una rica antropología para la evangelización de las familias y, por medio de ellas, de la sociedad entera. Finalmente, quisiera destacar la contribución de Gaudium et spes a la conceptualización de la cultura como al establecimiento de su merecida prioridad pastoral. Por una parte, la cultura (en singular) es vista como el entorno específicamente humano, el lugar donde el hombre deja testimonio de sus interrogantes más profundos, los que se pueden englobar bajo el concepto de búsqueda de sentido. Pero no se trata de una interrogación solitaria, aunque cada cual deba personalizarla en relación a su propio destino. La lengua, la tradición, el universo simbólico muestran la dramaticidad con que generaciones y pueblos enteros han enfrentado este mismo interrogante, tanto los pueblos ya evangelizados como aquellos que no conocen el Evangelio. La definición de cultura que da la Constitución es amplia y abarca prácticamente toda la obra humana. Con todo, me permito destacar de esta definición, por su directa conexión antropológica, que la cultura «logra hacer más humana, mediante el progreso de costumbres e instituciones, la vida social, tanto en lo familiar como en todo el mecanismo civil y, finalmente, consigue expresar, comunicar y conservar profundas experiencias y ambiciones espirituales en sus obras» 45 . La Constitución valora de un modo muy especial el importante progreso y diversificación de las ciencias, tanto naturales como sociales, destacando su rigurosidad en la investigación de la verdad y el desarrollo del pensamiento crítico, a la vez que su directa incidencia en el progreso económico y social de los pueblos. Puede señalarse, sin temor a equivocarse, que esta actitud ante la ciencia fue el preámbulo necesario para la resolución definitiva del caso Galileo, que siempre le había sido enrostrado como motivo de profunda incomprensión cuando no de incompatibilidad entre la razón de la ciencia y la fe. Gaudium et spes, recordando el magisterio del Concilio Vaticano I reafirma «la justa autonomía de la cultura humana y principalmente de las ciencias» 46 . Sin embargo, especifica qué se ha de entender por «justa»: «la cultura se ha de relacionar con la íntegra perfección de la persona humana, con el bien de la comunidad y con el de la sociedad entera, por lo cual conviene cultivar de tal manera el espíritu, que se vigorice la facultad de admirar, de leer interiormente, de contemplar y de formarse un juicio personal, cultivando, al mismo tiempo, el sentido religioso, moral y social» 47. Un párrafo muy similar a este fue reelaborado, a partir de este texto, para la constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae sobre universidades católicas, definiendo así el sentido último del estudio. Como posteriormente proclamó el Santo Padre ante la UNESCO, la Iglesia se ha preocupado tradicionalmente de la cultura porque «el hombre es siempre el hecho primero: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura» 48 . Y agregaba: «para crear la cultura hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor particular y autónomo, como sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por él mismo y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo!» 49 . Personalmente, no me canso de citar una y otra vez este pasaje del discurso del Papa ante una asamblea representativa de la totalidad de las culturas humanas, porque nos da un ejemplo de cómo la fe en Jesucristo es capaz de iluminar hasta lo más hondo las interrogantes de todo ser humano y con una universalidad tal que nadie podría sentirse ajeno. Ésta es


la misma riqueza antropológica que Gaudium et spes ofrece a la Iglesia y al mundo, para dar un nuevo impulso evangelizador a la tarea civilizatoria que tradicionalmente la Iglesia ha emprendido en todos los pueblos a los que ha llegado con su palabra y su presencia, y para recordar la inigualable dignidad humana que se manifiesta en el depósito de la revelación que ella custodia y transmite al mundo. Así, «el espíritu humano, menos esclavo de las cosas, puede elevarse más fácilmente al culto y contemplación del Creador» 50 . 1

«Nada hay de verdaderamente humano que no tenga eco en su corazón» (Gaudium et spes, 1). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23

Gaudium et spes, 22. Gaudium et spes, 45. Gaudium et spes, 22. Gaudium et spes, 2. Gaudium et spes, 3. Lug. cit. Gaudium et spes, 4. Gaudium et spes, 22. Gaudium et spes, 10. Gaudium et spes, 9. Gaudium et spes, 10. Gaudium et spes, 12. Gaudium et spes, 13. Familiaris consortio, 11. Gaudium et spes, 13. Gaudium et spes, 16. Lug. cit. Lug. cit. Gaudium et spes, 19. Lug. cit. Gaudium et spes, 20. Gaudium et spes, 22.


24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50

Lug. cit. Redemptor hominis, 9. Gaudium et spes, 22. Redemptor hominis, 9. Lc 15,31-32. Gaudium et spes, 22. Ver Redemptor hominis, 9. Redemptor hominis, 10. Gaudium et spes, 24. Lug. cit. Mt 20,26-27. Gaudium et spes, 24. Gaudium et spes, 25. Lug. cit. Mt 25,40. Gaudium et spes, 12. Gaudium et spes, 21. Ver Mt 19,6. Jn 21,15. Gaudium et spes, 24. Gaudium et spes, 52. Gaudium et spes, 53. Gaudium et spes, 59. Lug. cit. Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO, ParĂ­s, 2/6/1980, 8. AllĂ­ mismo, 10. Gaudium et spes, 57.


Populorum progressio Carta encíclica de S.S. Pablo VI sobre "el desarrollo de los pueblos" 1 , 26 de Marzo de 1967 El desarrollo de los pueblos -principalmente de los que ponen su empeño en liberarse del yugo del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la incultura; de los que ansían una participación más intensa en los frutos de la civilización, una más activa apreciación de sus humanas peculiaridades; y que, finalmente, se orientan con constante decisión hacia la meta de su pleno desarrollo-, este desarrollo de los pueblos -decimos- es observado con tanta atención como esperanza por la Iglesia misma. Porque, en efecto, una vez terminado el Concilio Ecuménico Vaticano II, el renovar un concienzudo examen ha movido a la Iglesia a juzgar y valorar con más claridad lo que el Evangelio de Jesucristo demandaba, y creyó obligación suya el colaborar con todos los hombres para que éstos no sólo investigaran los problemas de esta gravísima cuestión, sino que se persuadieran de que, en esta hora decisiva en la historia de la humanidad, es necesaria urgentemente la acción solidaria de todos. 2. Nuestros Predecesores -León XIII, al escribir su encíclica Rerum novarum 2 , Pío XI al promulgar la encíclica Quadragesimo anno 3 , y, sin hablar de los radiomensajes de Pío XII para todo el mundo 4 , Juan XXIII, al publicar sus encíclicas Mater et Magistra 5 y Pacem in terris 6 - nunca faltaron al deber, propio de su alto oficio, de proyectar -con tan notables documentos- la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo. 3. Hoy el hecho más importante es que todos tengan clara conciencia de que actualmente la cuestión social entra por completo en la universal solidaridad de los hombres. Claramente lo ha afirmado Nuestro Predecesor, de fel. rec., Juan XXIII 7 , y el Concilio se ha hecho eco de ello en su Constitución pastoral sobre La Iglesia en el mundo actual 8 . Puesto que tanta y tan grave es la importancia de tal enseñanza, ante todo es necesario obedecerla sin pérdida de tiempo. Con lastimera voz los pueblos hambrientos gritan a los que abundan en riquezas. Y la Iglesia, conmovida ante gritos tales de angustia, llama a todos y a cada uno de los hombres para que, movidos por amor, respondan finalmente al clamor de los hermanos. 4. Ya antes de ser elevados al Sumo Pontificado, Nuestros dos viajes a la América Latina (1960) y al Africa (1962), Nos pusieron en personal contacto con aquellos continentes, atenazados por los problemas de su propio desarrollo, no obstante sus singulares bienes materiales y espirituales. Investidos con la paternidad universal, hemos podido -en Nuestros viajes a Tierra Santa y a la India- ver con Nuestros ojos y casi tocar con las manos las gravísimas dificultades que pesan sobre estos pueblos de antigua civilización en su lucha con los problemas del desarrollo. Y mientras en Roma se celebraba el Concilio Vaticano II, circunstancias providenciales Nos permitieron dirigirnos a la Asamblea general de las Naciones Unidas y allí, como ante tan honrado Areópago, defender públicamente la causa de los pueblos pobres. 5. Finalmente, para responder al voto del Concilio y para concretar la aportación de la Santa Sede a esta gran causa de los pueblos en vías de desarrollo, recientemente creímos que era deber Nuestro añadir a los demás organismos centrales de la Iglesia una Comisión Pontificia, que tuviese como misión singular suya "suscitar, en el pueblo de Dios, una plena conciencia de su misión en el momento presente, para, de una parte, promover el progreso de los países pobres y fomentar la justicia social entre las naciones, y por otra, ayudar a las naciones subdesarrolladas a que también ellas trabajen por su propio desarrollo" 9 : Justicia y Paz son su nombre y su programa.


Pensamos que para este programa, junto con Nuestros hijos católicos y hermanos cristianos, han de unirse en iniciativas y trabajos todos los hombres de buena voluntad. Conforme a ello, Nos dirigimos hoy este solemne llamamiento a todos los hombres para una acción concreta en pro del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario de la humanidad. Primera parte por un desarrollo integral del hombre 1. Los datos del problema 6. Verse libres de la miseria, hallar con mayor seguridad la propia subsistencia, la salud, una estable ocupación; participar con más plenitud en las responsabilidades, mas fuera de toda opresión y lejos de situaciones ofensivas para la dignidad del hombre; tener una cultura más perfecta -en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser también más-, tal es la aspiración de los hombres de hoy, cuando un gran número de ellos se ven condenados a vivir en tales condiciones que convierten casi en ilusorio deseo tan legítimo. Por otra parte, pueblos recientemente transformados en naciones independientes sienten la necesidad de añadir a la libertad política un crecimiento autónomo y digno, social no menos que económico, con el cual puedan asegurar a sus propios ciudadanos un pleno desarrollo humano y ocupar el puesto que en el concierto de las naciones les corresponde. 7. Ante la amplitud y urgencia de la labor que precisa llevar a cabo, disponemos medios heredados del pasado, aunque sean insuficientes. Ciertamente se ha de reconocer que las potencias coloniales con frecuencia no se han fijado sino en su propio interés, su poderío o su gloria; y, al retirarse, a veces han dejado una situación económica vulnerable, ligada, por ejemplo, al monocultivo, cuyos valores hállanse sometidos a tan bruscas como desproporcionadas variaciones. Mas, aun reconociendo objetivamente los errores de un cierto tipo de colonialismo y sus consecuencias, necesario es, al mismo tiempo, rendir homenaje a las cualidades y a las realizaciones de los colonizadores, que en tantas regiones abandonadas han aportado su ciencia y su técnica, dejando en ellas preciosas señales de su presencia. Aun siendo incompletas, ciertas estructuras establecidas permanecen y han cumplido su papel, por ejemplo, logrando hacer retroceder la ignorancia y la enfermedad o habiendo establecido comunicaciones beneficiosas y mejorado las condiciones de vida. 8. Mas, aun reconociendo todo esto, es muy cierto que tal organización es notoriamente insuficiente para enfrentarse con la dura realidad de la economía moderna. Dejado a sí mismo, su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y no hacia una atenuación, en la disparidad de los niveles de vida: los pueblos ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras los pobres no logran sino un lento desarrollo. Crece el desequilibrio: unos producen excesivamente géneros alimenticios de los que otros carecen con grave daño, y estos últimos experimentan cuán inciertas resultan sus exportaciones. 9. Y al mismo tiempo los conflictos sociales se han ampliado hasta alcanzar dimensiones exactamente mundiales. La vida inquietud que se ha adueñado de las clases pobres en los países que se van industrializando alcanza ahora a aquellas cuya economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos han llegado -ellos tambiéna adquirir la conciencia de su inmerecida miseria 10 . A eso se añade el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en el goce de los bines, sino, aún más, en el ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía se goza con una refinada civilización, el resto de la población -pobre y dispersa- se halla "casi privada


de toda iniciativa y de toda responsabilidad propias, por vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana" 11 . 10. Por otra parte, el choque entre las civilizaciones tradicionales y las novedades traídas por la civilización industrial tiene un efecto destructor en las estructuras que no se adaptan a las nuevas condiciones. Dentro del ámbito, a veces rígido, de tales estructuras se encuadraba la vida personal y familiar, que encontraba en ellas indispensable apoyo, y a ellas continúan aferrados los ancianos, mientras los jóvenes tienden a liberarse de ellas como de un obstáculo inútil, volviéndose ávidamente hacia las nuevas formas de la vida social. Así sucede que el conflicto de las generaciones se agrava con un trágico dilema: o conservar instituciones y creencias ancestrales, renunciando al progreso, o entregarse a las técnicas y formas de vida venidas de fuera, pero rechazando, junto con las tradiciones del pasado, la riqueza de valores humanos que contenían. De hecho sucede con frecuencia que van faltando los apoyos morales, espirituales y religiosos del pasado, sin que la inserción en el mundo nuevo quede asegurada por otros. Conclusión 11. Ante tan variable situación, cada vez se hace más violenta la tentación que obliga a dejarse arrastrar hacia mesianismos tan prometedores como forjadores de ilusiones. ¿Quién no ve los peligros que de ello pueden derivarse, como reacciones populares violentas, agitaciones insurreccionales y propensión gradual hacia ideologías totalitarias? Hasta aquí, los datos del problema: su gravedad a nadie se le puede ocultar. 2. La Iglesia y el desarrollo 12. Fiel a la enseñanza y al ejemplo de su Divino Fundador, que como señal de su misión dio al mundo el anuncio de la Buena Nueva a los pobres 12 , la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros han construido centros asistenciales y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas la manera de lograr el mayor provecho de los recursos naturales, frecuentemente los han protegido contra la explotación de extranjeros. Indudable que su labor [misioneros], al ser humana, no fue perfecta; y a veces pudo suceder que algunos mezclaran no pocos modos de pensar y de vivir de su país originario con el anuncio del auténtico mensaje evangélico. Mas también supieron cultivar y aun promover las instituciones locales. En no pocas regiones fueron ellos los "pioneros", así del progreso material como del desarrollo material como del desarrollo cultural. Basta recordar el ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de llamarle, por su caridad, el "Hermano universal", y al que también debemos la compilación de un precioso diccionario de la lengua "tuareg". Nos queremos aquí rendir a esos precursores, frecuentemente muy ignorados, el homenaje que se merecen: tanto a ellos como a los que, emulándoles, fueron sus sucesores y que, todavía hoy, siguen dedicándose al servicio tan generoso como desinteresado de aquellos a quienes evangelizan. 13. Pero ya no bastan las iniciativas locales e individuales. La actual situación del mundo exige una solución de conjunto que arranque de una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Merced a la experiencia que de la humanidad tiene, la Iglesia, sin pretender en modo alguno mezclarse en lo político de los Estados, está "atenta exclusivamente a continuar, guiada por el Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido" 13 . Fundada para establecer, ya desde acá abajo, el Reino de los cielos y no para conquistar terrenal


poder, afirma ella claramente que los dos campos son distintos, como soberanos son los dos poderes, el eclesiástico y el civil, cada uno en su campo de acción 14 . Pero, al vivir en la historia, ella debe "escudriñar bien las señales de los tiempos e interpretarlas a la luz del Evangelio" 15 . En comunión -ella- con las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles a que consigan su pleno desarrollo, y precisamente para esto ellas les ofrece lo que posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad. 14. El desarrollo no se reduce a un simple crecimiento económico. Para ser auténtico, el desarrollo ha de ser integral, es decir, debe promover a todos los hombres y a todo el hombre. Con gran exactitud lo ha subrayado un eminente experto: "Nosotros no aceptamos la separación entre lo económico y lo humano, ni entre el desarrollo y la civilización en que se halla inserto. Para nosotros es el hombre lo que cuenta, cada hombre, todo grupo de hombres, hasta comprender la humanidad entera" 16 . 15. En los designios de Dios cada hombre está llamado a un determinado desarrollo, porque toda vida es una vocación. Desde su nacimiento, a todos se ha dado, como en germen, un conjunto de aptitudes y cualidades para que las hagan fructificar: su floración, durante la educación recibida en el propio ambiente y por el personal esfuerzo propio, permitirá a cada uno orientarse hacia su destino, que le ha sido señalado por el Creador. Por la inteligencia y la libertad, el hombre es responsable, así de su propio crecimiento como de su salvación. Ayudado -a veces, estorbado- por los que le educan y le rodean, cada uno continúa siempre, cualesquiera sean los influjos en él ejercidos, siendo el principal artífice de su éxito o de su fracaso: sólo por el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad el hombre puede crecer en humanidad, valer más, ser más. 16. Por otra parte, ese crecimiento no es potestativo. Así como la creación entera se halla ordenada a su Creador, la criatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente su vida hacia Dios, verdad primera y bien soberano. Por ello, el crecimiento humano constituye como una precisa síntesis de nuestros deberes. Más aún, esta armonía de la naturaleza, enriquecida por el esfuerzo personal y responsable, está llamada a superarse a sí misma. Mediante su inserción en Cristo vivificante, el hombre entra en una nueva dimensión, en un humanismo trascendente, que le confiere su mayor plenitud: ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal. 17. Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. No se trata sólo de este o aquel hombre, sino que todos los hombres están llamados a un pleno desarrollo. Nacen, crecen y mueren las civilizaciones. Pero, como las olas del mar durante el flujo de la marea van avanzando, cada una un poco más, sobre la arena de la playa, de igual manera la humanidad avanza por el camino de la historia. Herederos de pasadas generaciones, pero beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, nos hallamos obligados para con todos, y no podemos desentendernos de los que todavía vendrán a aumentar más el círculo de la familia humana. Solidaridad universal, que es un hecho a la vez que un beneficio para todos, y también un deber. 18. Este crecimiento personal y comunitario correría peligro, si la verdadera escala de valores se alterase. Legítimo es el deseo de lo necesario, y trabajar para conseguirlo es un deber: el que no quiera trabajar, no coma17 . Mas la adquisición de bienes temporales puede convertirse en codicia, en deseo de tener cada vez más y llegar a la tentación de acrecentar el propio poder. La avaricia de las personas, de las familias y de las naciones puede alcanzar tanto a los más pobres como a los más ricos, suscitando, en unos y en otros, un materialismo que los ahoga.


19. Luego el tener más, así para los pueblos como para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para que el hombre sea más hombre, le encierra como en una prisión desde el momento que se convierte en bien supremo, que impide mirar ya más allá. Entonces los corazones se endurecen, los espíritus se cierran con relación a los demás; los hombres ya no se unen por la amistad, sino por el interés, que pronto coloca a unos frente a otros y los desune. La búsqueda, pues, exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser, mientras se opone a su verdadera grandeza: para las naciones, como para las personas, la avaricia es la señal de un subdesarrollo moral. 20. Si proseguir el desarrollo exige un número cada vez mayor de técnicos, aún exige más hombres de pensamiento, capaces de profunda reflexión, que se consagren a buscar el nuevo humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo, asumiendo los valores espirituales superiores del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación 18 . Así es como podrá cumplirse en toda su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para todos y cada uno, de unas condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas. 21. Menos humanas: la penuria material de quienes están privados de un mínimo vital y la penuria moral de quienes por el egoísmo están mutilados. Menos humanas: las estructuras opresoras, ya provengan del abuso del tener, ya del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones.Más humanas: lograr ascender de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de la cultura. Más humanas todavía: el aumento en considerar la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza 19 , la cooperación al bien común, la voluntad de la paz. Más humanasaún: el reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y de Dios, fuente y fin de todos ellos. Más humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres. 3. La acción que se debe emprender 22. Llenad la tierra, y sometedla 20 : desde sus primeras páginas la Biblia nos enseña que la creación entera es para el hombre, al que se le exige que aplique todo su esfuerzo inteligente para valorizarla y, mediante su trabajo, perfeccionarla -en cierto modo-, poniéndola a su servicio. Mas si la tierra está así hecha para que a cada uno le proporcione medios de subsistencia e instrumentos para su progreso, todo hombre tiene derecho a encontrar en ella cuanto necesita. Lo ha recordado el reciente Concilio: "Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene, para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados, en forma equitativa, deben alcanzar a todos bajo la dirección de la justicia acompañada por la caridad" 21 . Y todos los demás derechos, cualesquiera sean, aun comprendidos en ellos los de propiedad y libre comercio, a ello están subordinados: no deben estorbar, antes al contrario, deben facilitar su realización y es un deber social -grave y urgenterestituirlos hacia su originaria finalidad. 23. Si alguno tiene bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo es posible que en él resida el amor de Dios? 22 . Bien conocida es la firmeza con que los Padres de la Iglesia precisaban cuál debe ser la actitud de los que poseen con relación a los que en necesidad se encontraren: No te pertenece -dice San Ambrosio- la parte de bienes que das al pobre; le pertenece lo que tú le das. Porque lo que para uso de los demás ha sido dado, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo, no tan sólo para los ricos 23 . Lo cual es tanto


como decir que la propiedad privada para nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario. En una palabra: el derecho de propiedad no debe ejercerse con detrimento de la utilidad pública, según la doctrina tradicional de los Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos. Si se llegase al conflicto entre derechos privados adquiridos y exigencias comunitarias primordiales, corresponde a los poderes públicos aplicarse a resolverlos con la activa participación de las personas y de los grupos sociales 24 . 24. El bien común, pues, exige algunas veces la expropiación, cuando algunos fundos -o por razón de su extensión, o por su explotación deficiente o nula, o porque son causa de miseria para los habitantes, o por el daño considerable producido a los intereses de la región- son un obstáculo para la prosperidad colectiva. Al afirmarla con toda claridad 25 , el Concilio recuerda también, con no menor claridad, que la renta disponible no queda a merced del libre capricho de los hombres y que las especulaciones egoístas han de prohibirse. Por consiguiente, no es lícito en modo alguno que ciudadanos, provistos de rentas abundantes, provenientes de recursos y trabajos nacionales, las transfieran en su mayor parte al extranjero, atendiendo únicamente al provecho propio individual, sin consideración alguna para su patria, a la cual con tal modo de obrar producen un daño evidente 26 . 25. La industrialización, tan necesaria para el crecimiento económico como para el progreso humano, es a un mismo tiempo signo y causa del desarrollo. El hombre, al aplicar tenazmente su inteligencia y su trabajo, paulatinamente arranca sus secretos a la naturaleza y utiliza mejor sus riquezas [las de la naturaleza]. Simultáneamente, mientras imprime nueva disciplina a sus costumbres, se siente atraído cada vez más por las nuevas investigaciones e inventos, acepta las variantes del riesgo calculado, se siente audaz para nuevas empresas, para iniciativas generosas y para intensificar su propia responsabilidad. 26. Con las nuevas condiciones creadas a la sociedad, en mala hora se ha estructurado un sistema en el que el provecho se consideraba como el motor esencial del progreso económico, la concurrencia como ley suprema en la economía, la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto, sin límites y obligaciones sociales que le correspondieran. Este liberalismo sin freno conducía a la dictadura, denunciada justamente por Pío XI como generadora del imperialismo internacional del dinero 27 . Nunca se condenarán bastante semejantes abusos, recordando una vez más solemnemente que la economía se halla al servicio del hombre 28 . Mas si es verdad que cierto capitalismo ha sido la fuente de tantos sufrimientos, de tantas injusticias y luchas fratricidas, cuyos efectos aún perduran, injusto sería el atribuir a la industrialización misma males que son más bien debidos al nefasto sistema que la acompañaba. Más bien ha de reconocerse, por razón de justicia, que tanto la organización del trabajo como la misma industrialización han contribuido en forma insustituible a la obra toda del desarrollo. 27. De igual modo, si algunas veces puede imponerse cierta mística del trabajo, en sí exagerada, no por ello será menos cierto que el trabajo es querido y bendecido por Dios. Creado a imagen suya, el hombre debe cooperar con el Creador a completar la creación y marcar a su vez la tierra con la impronta espiritual que él mismo ha recibido 29 . Dios, que ha dotado al hombre de inteligencia, también le ha dado el modo de llevar a cumplimiento su obra: artista o artesano, empresario, obrero o campesino, todo trabajador es un creador. Inclinado sobre una materia que le ofrece resistencia, el trabajador le imprime su sello, mientras él desarrolla su tenacidad, su ingenio, su espíritu de inventiva. Más aún, vivido en común, condividiendo esperanzas,


sufrimientos, ambiciones y alegrías, el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus, funde los corazones; al realizarlo así, los hombres se reconocen como hermanos 30 . 28. El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete el dinero, la alegría, el poder, invita a unos al egoísmo y a otros a la revuelta; desarrolla también la conciencia profesional, el sentido del deber y la caridad hacia el prójimo. Más científico y mejor organizado, tiene el peligro de deshumanizar al que lo realiza, convirtiéndolo en esclavo suyo, porque el trabajo no es humano sino cuando permanece inteligente y libre. Juan XXIII ha recordado la urgencia de restituir al trabajador su dignidad, haciéndole participar realmente en la labor común: se debe tender a que la empresa llegue a ser una verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente en las relaciones, funciones y deberes 31 . Pero el trabajo de los hombres tiene, además, para el cristiano, la misión de colaborar en la creación del mundo sobrenatural 32 , no terminado hasta que todos lleguemos juntos a constituir aquel hombre perfecto del que habla San Pablo, a la medida de la plenitud de Cristo 33 . 29. Urge darse prisa. Muchos hombres sufren, y aumenta la distancia que separa el progreso de los unos del estancamiento, cuando no del retroceso, de los otros. Necesario es, además, que la labor que se ha de realizar progrese armoniosamente, para no romper los equilibrios indispensables. Una reforma agraria improvisada puede resultar contraria a su finalidad. Una industrialización acelerada puede dislocar las estructuras, todavía necesarias, y engendrar miserias sociales que serían un retroceso en los valores humanos y en la cultura. 30. Cierto es que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de lo necesario, viven en tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, y también toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política, es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana. 31. Mas, bien lo sabemos: las insurrecciones y las revoluciones -aun no tratándose de una evidente y prolongada tiranía que lesione los derechos fundamentales de la persona a la vez que dañe gravemente al bien común de la nación- engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo alguno se puede combatir un mal real si ha de ser a costa de males aún mayores. 32. Y deseamos que se entienda bien Nuestro pensamiento: el presente estado de cosas ha de afrontarse con fortaleza, y han de combatirse y vencerse las injusticias que consigo lleva. El desarrollo exige cambios que se han de acometer con audacia para renovar completamente el estado actual. Con gran esfuerzo se ha de corregir y mejorar todo lo que pide urgente reforma. Participen todos en ello con magnanimidad y decisión, singularmente los que por cultura, situación y poder tienen mayor influencia. Dando ejemplo, entreguen para ello una parte de sus haberes, como lo han hecho algunos de Nuestros Hermanos en el Episcopado 34 . De esta suerte responderán a la expectación de la sociedad y obedecerán fielmente al Espíritu Santo, porque es "el fermento evangélico el que suscitó y suscita en el corazón del hombre la irrefrenable exigencia de su dignidad" 35 . 33. Mas las iniciativas personales y los afanes de imitar, tan sólo de por sí, no conducirán al desarrollo a dodne debe éste felizmente llegar. No se ha de proceder de forma tal que las riquezas y el poderío de los ricos se aumenten mientras se agravan las miserias de los pobres y la esclavitud de los oprimidos. Necesarios, pues, son los


programas para animar, estimular, coordinar, suplir e integrar 36 las actuaciones individuales y las de los cuerpos intermedios. A los poderes públicos les corresponde determinar e imponer los objetivos que se han de conseguir, las metas que se han de fijar, los medios para llegar a todo ello; también les corresponde el estimular la actuación de todos los obligados a esta mancomunada acción. Mas tengan buen cuidado de asociar a la obra común las iniciativas de los particulares y de los cuerpos intermedios. Unicamente así se evitarán la colectivización integral y la planificación arbitraria, que, como opuestas a la libertad, suprimirían el ejercicio de los derechos primarios de la persona humana. 34. Porque todo programa planeado para lograr el aumento de la producción no tiene otra razón de ser que el servir a la persona humana; es decir, que le corresponde reducir las desigualdades, suprimir las discriminaciones, liberar a los hombres de los lazos de la esclavitud: todo ello de tal suerte que, por sí mismos y en todo lo terrenal, puedan mejorar su situación, proseguir su progreso moral y desarrollar plenamente su destino espiritual. Cuando hablamos, pues, del desarrollo significamos que ha de entenderse tanto el progreso social como el aumento de la economía. Porque no basta aumentar la riqueza común para luego distribuirla según equidad, como no basta promover la técnica para que la tierra, como si se tornara más humana, resulte efectivamente más conforme para ser habitada. Los que se hallan en camino del desarrollo han de aprender, de quienes ya recorrieron tal camino, a evitar los errores en que aquellos cayeron, en tales materias. El dominio de los tecnócratas tecnocracia le llaman- en un mañana ya próximo puede producir aún mayores daños que los que antes trajo consigo el liberalismo. La economía y la técnica carecen de todo valor si no se aplican plenamente al bien del hombre a quien deben servir. Y el hombre mismo deja de ser verdaderamente hombre si no es dueño de sus propias acciones y juez del valor de éstas; entonces él mismo es artífice de su propio progreso: todo ello en conformidad con la naturaleza misma que le dio el sumo Creador y asumiendo libremente las posibilidades y las exigencias de aquél. 35. También puede afirmarse que el crecimiento económico se corresponde totalmente con el progreso social suscitado por aquél, y que la educación "básica" es el primer objetivo en un plan de desarrollo. Porque el hambre de cultura no es menos deprimente que el hambre de alimentos: un analfabeto es un espíritu infraalimentado. Saber leer y escribir, adquirir una formación profesional, es tanto como volver a encontrar la confianza en sí mismo, y la convicción de que se puede progresar personalmente junto con los otros. Como decíamos en Nuestra Carta al Congreso de la UNESCO, en Teherán, "la alfabetización es para el hombre un factor primordial de integración social y de enriquecimiento personal, mientras para la sociedad es un instrumento privilegiado de progreso económico y de desarrollo" 37 . Y en verdad que nos alegra grandemente el hecho de que se haya logrado tanto trabajo y tan felices resultados en esta materia, así por la iniciativa particular como por la de los poderes públicos y organizaciones internacionales: son los primeros artífices del desarrollo, por el hecho de que capacitan al hombre mismo para ser personalmente el primer actuante en el desarrollo mismo. 36. Pero el hombre no se pertenece verdaderamente sino en su propio ambiente social, en el cual la familia juega papel tan importante. Papel que, según tiempos y lugares, ha podido también ser excesivo, esto es, siempre que se ejercitó en daño de las libertades fundamentales de la persona humana. Mas, aunque frecuentemente sean demasiado rígidas y mal organizadas, las viejas estructuras sociales de los países en vías de desarrollo, son, sin embargo, necesarias todavía por algún tiempo, siempre que paulatinamente vayan siendo apartadas de su excesiva dominación. Pero la familia natural, esto es, la monógama y estable, tal como ha sido concebida en el plan divino 38 y ha sido santificada por el cristianismo, debe continuar siendo "el punto


en que se congregan distintas generaciones y se ayudan mutuamente para adquirir una mayor sabiduría y para concordar los derechos de las personas con todas las demás exigencias de la vida social" 39 . 37. Mas no cabe negar que un acelerado crecimiento demográfico con frecuencia añade nuevas dificultades a los problemas del desarrollo, puesto que el volumen de la población aumenta con mayor rapidez que los recursos de que se dispone, y ello de tal suerte que aparentemente se está dentro de un callejón sin salida. Fácilmente surge entonces la tentación de frenar el incremento demográfico mediante el empleo de medidas radicales. Cierto es que los poderes públicos, en aquello que es de su competencia, pueden intervenir en esta materia, mediante la difusión de una apropiada información y la adopción de oportunas medidas, siempre que sean conformes a la ley moral y a sus exigencias, y también dentro del respeto debido a la libertad justa de los cónyuges. Porque el derecho a la procreación es inalienable; cuando se le daña, se aniquila la verdadera dignidad humana. En última instancia, a los padres corresponde decidir, con pleno conocimiento de causa, sobre el número de sus hijos; derecho y misión que ellos aceptan ante Dios, ante sí mismos, ante los hijos ya nacidos y ante la comunidad a la que pertenecen, siguiendo los dictados de su propia conciencia iluminada por la ley divina, auténticamente interpretada, y fortificada por la confianza en El 40 . 38. En la obra del desarrollo, el hombre, que en su familia tiene su ambiente de vida primordial y originario, muchas veces es ayudado por las organizaciones profesionales. Si éstas tienden a promover los intereses de sus asociados, su responsabilidad y deberes son grandes con relación a la función educativa que ellas pueden y deben simultáneamente desarrollar. Porque tales instituciones, al instruir y formar a los hombres en sus materias, pueden mucho en el imbuir a todos el sentimiento del verdadero bien común y de las obligaciones que éste exige a cada uno. 39. Toda acción social está encuadrada en una doctrina determinada. El cristiano debe rechazar la que se funde en una filosofía materialista o atea, puesto que no respeta ni la orientación religiosa de la vida hacia su último fin ni la libertad y dignidad humana. Siempre, pues, que estos valores queden salvaguardados, puede admitirse un pluralismo en cuanto a las organizaciones profesionales y sindicales; pluralismo que, desde ciertos puntos de vista, es útil siempre que sirva para proteger la libertad y conduzca a la emulación. De muy buen grado Nos rendimos sincero homenaje a todos cuantos, renunciando a sus comodidades, trabajan desinteresadamente en beneficio de sus hermanos. 40. Además de estas organizaciones profesionales, se muestran muy activas las instituciones culturales, contribuyendo grandemente al mayor éxito del desarrollo. Con graves palabras afirma el Concilio: "Gran peligro corre el futuro destino del mundo si no surgen hombres dotados de sabiduría". Y aún añade: "Muchas naciones, aun siendo económicamente inferiores, al ser más ricas en sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación en esta materia" 41 . Rica o pobre, toda nación posee una civilización suya, propia, heredada de las generaciones pasadas: instituciones requeridas para el desarrollo de la vida terrenal y manifestaciones superiores -artísticas, intelectuales y religiosas- de la vida del espíritu. Cuando estas instituciones contienen verdaderos valores humanos, sería grave error sustituirlas por otras. Un pueblo que consintiese en ello perdería lo mejor de sí mismo: para vivir sacrificaría sus propias razones de vida. También ha de aplicarse a los pueblos el aviso de Cristo: ��De qué le serviría al hombre ganar el mundo, si luego pierde su alma? 42 .


41. Nunca jamás estarán bastante prevenidos los pueblos pobres contra la tentación que de parte de los pueblos ricos les viene. Con harta frecuencia éstos ofrecen, junto con el ejemplo de sus éxitos en el campo de la cultura y de la civilización técnica, un modelo de actividad dirigida preferentemente a la conquista de la prosperidad material. Y no es que ésta última por sí misma constituya un obstáculo a la actividad del espíritu, cuando, por lo contrario, el espíritu, al hacerse así "menos esclavo de las cosas, puede elevarse más fácilmente al culto y contemplación del Creador" 43 . Sin embargo, "la civilización actual, no ya de por sí, sino por estar demasiado enredada con las realidades terrenales, puede dificultar cada vez más el acercarse a Dios" 44 . En cuanto les viene propuesto, los pueblos en vías de desarrollo deben, pues, saber hacer una elección: criticar y eliminar los falsos bienes que llevarían consigo una peyoración del ideal humano, aceptar los valores sanos y benéficos para desarrollarlos, junto con los suyos, según su propio genio particular. Hacia un humanismo verdadero y plenario Conclusión 42. Tal es el verdadero y plenario humanismo que se ha de promover 45 . ¿Y qué otra cosa significa sino el desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres? Un humanismo cerrado, insensible a los valores del espíritu y a Dios mismo, que es su fuente, podría aparentemente triunfar. Es indudable que el hombre puede organizar la tierra sin Dios: pero sin Dios, al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano 46 . Luego no hay verdadero humanismo si no tiende hacia el Absoluto por el reconocimiento de la vocación, que ofrece la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo sino cuando asciende sobre sí mismo, según la justa frase de Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre" 47 . Parte segunda Hacia el desarrollo solidario de la humanidad 43. El desarrollo integral del hombre no puede realizarse sin el desarrollo solidario de la humanidad, mediante un mutuo y común esfuerzo. Nos lo decíamos en Bombay: "El hombre debe encontrar al hombre, las naciones se deben encontrar como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. Dentro de esta comprensión y de esta amistad mutua, en esta sacra comunión, debemos también comenzar a trabajar juntos para edificar el futuro común de la humanidad". Sugeríamos también la búsqueda de medios concretos y prácticos de carácter organizativo y cooperativo a fin de reunir en común todos los recursos disponibles y realizar así una verdadera comunión entre las naciones todas. 44. Este deber concierne, en primer lugar, a los más favorecidos. Sus obligaciones se fundan radicalmente en la fraternidad humana y sobrenatural y se presentan bajo un triple aspecto: deber de solidaridad, esto es, la ayuda que las naciones ricas deben aportar a las naciones que se hallan en vías de desarrollo; deber de justicia social, esto es, enderezar las relaciones comerciales defectuosas entre pueblos fuerte y pueblos débil; deber de caridad universal, esto es, la promoción de un mundo más humano para todos, donde todos tengan algo que dar y que recibir, sin que el progreso de los unos constituya un obstáculo para el desarrollo de los demás. Grave es el problema: de su solución depende el porvenir de la civilización mundial. 48


1. Asistencia a los débiles 45. Si el hermano o la hermana están desnudos -dice Santiago- y les falta el cotidiano alimento, y alguno de vosotros les dijere: "Id en paz, calentaos y hartaos", pero no les diereis con qué satisfacer lo necesario para su cuerpo, ¿qué provecho les vendría? 49 . Hoy, ya nadie puede ignorarlo, en continentes enteros son innumerables los hombres y las mujeres torturados por el hambre, innumerables los niños subalimentados, hasta tal punto que un buen número de ellos muere en la flor de su vida, el crecimiento físico y el desarrollo mental de otros muchos queda impedido por la misma causa, por todo lo cual regiones enteras desfallecen con la tristeza y el sufrimiento. 46. Angustiosos llamamientos ya han resonado, solicitando auxilios. El de Juan XXIII fue calurosamente acogido 50 . Nos mismo lo reiteramos en Nuestro radiomensaje navideño de 1963 51 , y luego de nuevo, en favor de la India, en 1966 52 . La campaña contra el hambre, emprendida por la Organización Internacional para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y alentada por la Santa Sede, ha sido secundada con generosidad. Nuestra Caritas Internationalis actúa en todas partes y numerosos católicos, bajo el impulso de Nuestros hermanos en el Episcopado, dan y se entregan sin reserva, aun personalmente, para ayudar a los necesitados, ensanchando progresivamente el círculo de cuantos reconocen como prójimos suyos. 47. Mas todo ello no puede bastar, como no bastan las inversiones privadas y públicas ya realizadas, las ayudas y los préstamos otorgados. No se trata tan sólo de vencer el hambre, y ni siquiera de hacer que retroceda la pobreza. La lucha contra la miseria, aunque es urgente y necesaria, es insuficiente. Se trata de construir un mundo en el que cada hombre, sin exclusión alguna por raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana, liberada de las servidumbres debidas a los hombres o a una naturaleza insuficientemente dominada; un mundo, en el que la libertad no sea palabra vana y en donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la mesa misma del rico 53 . Ello exige a este último mucha generosidad, numerosos sufrimientos espontáneamente tolerados y un esfuerzo siempre continuado. Cada uno examine su conciencia, que tiene una voz nueva para nuestra época. ¿Está cada uno dispuesto a ayudar, con su propio dinero, a sostener las obras y empresas debidamente constituidas en favor de los más pobres? ¿A soportar mayores impuestos, para que los poderes públicos puedan intensificar su esfuerzo en pro del desarrollo? ¿A pagar más caros los productos importados, para así otorgar una remuneración más justa al productor? ¿A emigrar de su patria, si así conviniere y se hallare en edad juvenil, para ayudar a este crecimiento de las naciones jóvenes? 48. El deber de solidaridad, que está vigente entre las personas, vale también para los pueblos: "Deber gravísimo de los pueblos ya desarrollados es el ayudar a los pueblos que aún se desarrollan" 54 . Hay, pues, que llevar a la práctica esta enseñanza del Concilio. Si es normal que una población sea la primera en beneficiarse con los dones que le ha hecho la Providencia como frutos de su trabajo, ningún pueblo puede, sin embargo, pretender la reserva, para exclusivo uso suyo, de sus riquezas. Cada pueblo debe producir más y mejor a fin de, por un lado, poder ofrecer a sus conciudadanos un nivel de vida verdaderamente humano, y, por otro, contribuir también, al mismo tiempo, al desarrollo solidario de la humanidad. Frente a la creciente indigencia de los países en vías de desarrollo, debe considerarse como normal que un país ya desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las necesidades de aquéllos; igualmente es normal que se preocupe de formar educadores, ingenieros, técnicos, sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de aquéllos. 49. Una cosa se ha de repetir con firmeza: lo superfluo de los países ricos debe servir a los países pobres. La regla, valedera en un tiempo, en favor de los más próximos,


ahora debe aplicarse a la totalidad de los necesitados del mundo. Por lo demás, los ricos serán los primeros en beneficiarse de ello. Mas si, por lo contrario, se obstinaren en su avaricia, no podrán menos de suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con consecuencias difíciles de prever. Replegadas dentro de su coraza, las civilizaciones actualmente florecientes terminarían atentando a sus valores más altos, sacrificando la voluntad de ser más al deseo de tener más. Y se les habría de aplicar aquella parábola del hombre rico, cuycas tierras habían producido tanto que no sabía dónde almacenar su cosecha: Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche te pediran el alma" 55 . 50. Para obtener su plena eficacia, estos esfuerzos no deberían permanecer dispersos o aislados, menos aún opuestos los unos a los otros por motivos de prestigio o de poderío: la situación exige programas concertados. En realidad, un programa es algo más y mejor que una ayuda ocasional dejada a la buena voluntad de cada uno. Supone, Nos ya lo hemos dicho antes, estudios profundos, precisión de objetivos, determinación de medios, unión de esfuerzos con que responder a las necesidades presentes y a las previsibles exigencias futuras. Pero es aún mucho más, porque sobrepasa las perspectivas del simple crecimiento económico y del progreso social y confiere sentido y valor a la obra que ha de realizarse. Al trabajar por el mejor ordenamiento del mundo, valoriza al hombre mismo. 51. Pero ha de irse más lejos. En Bombay, Nos pedíamos la constitución de un gran Fondo mundial, alimentado con una parte de los gastos militares, a fin de venir en ayuda de los desheredados 56 . Lo que vale para la lucha inmediata contra la miseria vale también para el nivel en escala de desarrollo. Sólo una colaboración mundial, de la cual un fondo común sería a la par señal e instrumento, permitiría superar rivalidades estériles y suscitar un diálogo fecundo y pacífico entre todos los pueblos. 52. No hay duda de que acuerdos bilaterales o multilaterales pueden útilmente mantenerse, puesto que permiten sustituir aquellas relaciones de dependencia y los rencores, herencia de la época colonial, por provechosas relaciones de amistad, desarrolladas sobre el plano de igualdad jurídica y política. Pero, al estar incorporados en un programa de colaboración mundial, se mantendrían libres de toda sospecha. Las desconfianzas de los beneficiarios también se atenuarían, porque habrían de temer mucho menos el que, encubiertas por la ayuda financiera o la asistencia técnica, se ocultasen ciertas manifestaciones de lo que se ha dado en llamar neocolonialismo; fenómeno que se caracteriza por la disminución de la libertad política o por la imposición de carga económicas: todo ello para defender o conquistar una hegemonía dominadora. 53. ¿Y quién, por otra parte, no ve que tal fondo facilitaría la reducción de ciertos despilfarros, fruto del temor o del orgullo? Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantas familias son víctimas de la más absoluta miseria, cuando viven tantos hombres sumergidos en la ignorancia, cuando quedan por construir tantas escuelas, tantos hospitales, tantas viviendas dignas de tal nombre, todos los despilfarros privados o públicos, todos los gastos hechos, privada o nacionalmente, en plan de ostentación, y finalmente toda -aniquiladora- carrera de armamentos, todo esto, decimos, resulta un escándalo intolerable. Nuestro gravísimo deber Nos obliga a denunciarlo. ¡Ojalá Nos escuchen los que en sus manos tienen el poder antes de que sea demasiado tarde! 54. Todo ello significa que es indispensable establecer, entre todos, un diálogo, por el que formábamos los más intensos deseos ya en Nuestra primera Encíclica, Ecclesiam Suam 57 . Semejante diálogo, entre los que aporten los medios y los que hayan de beneficiarse con ellos, fácilmente logrará que las aportaciones se midan justamente no


sólo según la generosidad y disponibilidad de los unos, sino también según el criterio de las necesidades reales y de las posibilidades de empleo de los otros. Entonces los países en vías de desarrollo ya no correrán en adelante el peligro de verse ahogados por las deudas, cuya satisfacción absorbe la mayor parte de sus beneficios. Una y otra parte podrán estipular tanto los intereses como el tiempo de duración de los préstamos, todo ello en condiciones soportables para los unos y los otros, logrando el equilibrio por las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés alguno o bien con un interés mínimo, así como por la duración de las amortizaciones. A quienes proporcionen medios financieros se les habrán de dar garantías sobre el empleo del dinero, de suerte que todo se cumpla según el plan convenido y con razonable preocupación de eficacia, puesto que no se trata de favorecer ni a perezosos ni a parásitos. Los beneficiarios, a su vez, podrán exigir que no haya injerencia alguna en su política y que no se perturben sus estructuras sociales. Por ser Estados soberanos, sólo a ellos les corresponde dirigir con autonomía sus asuntos, precisar su política, orientarse libremente hacia el tipo de sociedad que prefirieren. Es, por lo tanto, una colaboración lo que se desea instaurar, una eficaz coparticipación de los unos con los otros, en un clima de igual dignidad, para construir un mundo más humano. 55. Semejante plan podría aparecer como irrealizable en las regiones donde las familias se ven limitadas a la única preocupación de prepararse la diaria subsistencia y que, por lo tanto, difícilmente pueden concebir un trabajo que les prepare para un porvenir de vida, que pudiera parecer menos miserable. Mas precisamente a estos hombres y mujeres es a los que se ha de ayudar, convenciéndoles primero de la necesidad de que ellos mismos pongan mano al trabajo y adquieran gradualmente los medios necesarios para ello. Ciertamente esta obra común sería imposible sin un esfuerzo concertado, constante y animoso. Pero, sobre todo, quede bien claro para todos y cada uno que se trata del peligro en que se hallan la vida misma de los pueblos pobres, la paz civil en los países en desarrollo y aun la misma paz mundial. 2. La equidad en las relaciones comerciales 56. Mas todos los esfuerzos, aun los ciertamente no pequeños, que se están haciendo financiera o técnicamente para ayudar a los países en vías de desarrollo serán falaces e ilusoros, si su resultado es parcialmente anulado en gran parte por la variabilidad en las relaciones comerciales mantenidas entre los pueblos ricos y los pobres. Porque éstos perderán toda esperada confianza desde el momento en que teman que los otros les quitan con una mano lo que con la otra se les ha ofrecido. 57. Las naciones altamente industrializadas -en número y en productividad- exportan principalmente sus manufacturas, mientras las economías poco desarrolladas no pueden vender sino productos agrícolas o materias primas. Gracias al progreso técnico, los primeros rápidamente aumentan su valor y encuentran fácilmente su colocación en los mercados, mientras, por lo contrario, los productos primarios procedentes de países en desarrollo sufren amplias y bruscas variaciones en los precios, que se mantienen siempre a gran distancia de la progresiva plusvalía de los primeros. De aquí las grandes dificultades con que han de enfrentarse las naciones poco industrializadas cuando deben contar con las exportaciones para equilibrar su economía y realizar sus planes de desarrollo. Así, los pueblos pobres continúan siempre aun más pobres, mientras los pueblos ricos cada vez se hacen aun más ricos. 58. Claro, pues, aparece que la llamada ley del libre cambio no puede, ella sola, seguir rigiendo las relaciones públicas internacionales. Puede, sin embargo, aprovechar bien cuando se trata de partes no muy desiguales en potencia económica: es un estímulo del progreso y una recompensa a los esfuerzos. Por eso, las naciones muy industrializadas juzgan que en dicha ley existe clara la justicia. Pero de otro modo se


ha de pensar cuando se trata de condiciones muy desiguales entre los países: los precios formados "libremente" por los negociadores pueden conducir a resultados totalmente injustos. Ha de reconocerse, por lo tanto, que el principio fundamental del liberalismo, como norma de los intercambios comerciales, se halla aquí en no recta posición. 59. Luego la doctrina de León XIII en su Rerum novarum mantiene toda su validez, aun en nuestro tiempo: el consentimiento de las partes, cuando se hallan en situaciones muy desiguales, no basta para garantizar la justicia del pacto; y entonces la regla del libre consentimiento queda subordinada a las exigencias del derecho natural 58 . Mas lo que allí se enseña como justo sobre el salario de los individuos, debe acomodarse a los pactos internacionales, porque una economía de intercambio no puede fundarse tan sólo en la ley de la libre concurrencia, que, a su vez, con demasiada frecuencia conduce a una dictadura económica. Por lo tanto, el libre intercambio tan sólo ha de ser tenido por justo cuando se subordine a las exigencias de la justicia social. 60. Por lo demás, esto lo han comprendido muy bien los países mismos más desarrollados económicamente, puesto que se esfuerzan con medidas adecuadas en restablecer, aun dentro de la propia economía de cada uno, el equilibrio que los intereses encontrados de los concurrentes perturban en la mayoría de los casos. Esta es la razón de que estas naciones frecuentemente favorezcan a la agricultura a costa de sacrificios impuestos a los sectores económicos que mayores incrementos han logrado. E igualmente, para mantener bien las mutuas relaciones comerciales, principalmente dentro de los confines de un mercado común y asociado, su política financiera, fiscal y social se esfuerza por procurar, a industrias concurrentes de prosperidad desigual, oportunidades semejantes para restablecer la competencia. 61. No está bien usar aquí dos pesos y dos medidas. Lo que vale en un mismo campo, dentro de una economía nacional, lo que se admite entre países desarrollados, vale también en las relaciones comerciales entre países ricos y países pobres. No se trata de abolir el mercado de concurrencia; quiere decirse tan sólo que ha de mantenerse dentro de los límites que lo hagan justo y moral y, por lo tanto, humano. En el comercio entre las economías desarrolladas y las infradesarrolladas, las situaciones iniciales fundamentalmente son muy distintas, como están también muy desigualmente distribuidas las libertades reales. La justicia social impone que el comercio internacional, si ha de ser humano y moral, restablezca entre las partes por lo menos una relativa igualdad de posibilidades. Claro que esto no puede realizarse sino a largo plazo. Mas, para lograrlo ya desde ahora, se ha de crear una real igualdad, así en las deliberaciones como en las negociaciones. Materia en la cual también serían convenientes convenciones internacionales de una geografía suficientemente vasta: podrían establecer normas generales para regularizar ciertos precios, garantizar ciertas producciones y sostener ciertas industrias en su primer tiempo. Todos ven la eficacia del auxilio que resultaría de semejante esfuerzo hacia una mayor justicia en las relaciones internacionales para los pueblos en vías de desarrollo, un positivo auxilio que tendría resultados no tan sólo inmediatos, sino también duraderos. 62. Pero hay todavía otros obstáculos que se oponen a la estructuración de un mundo más justo, fundado firme y plenamente en la mutua solidaridad universal de los hombres: nos referimos al nacionalismo y al racismo. Todos saben que los pueblos que tan sólo recientemente han llegado a la independencia política son celosos de una unidad nacional aún frágil y se empeñan en defenderla a toda costa. Natural es también que naciones de vieja cultura estén muy orgullosas del patrimonio que su historia les ha legado. Pero sentimientos tan legítimos han de ser elevados a su máxima perfección mediante la caridad universal, en la que caben los miembros todos


de la familia humana. El nacionalismo aisla a los pueblos, con daño de su verdadero bien; y resultaría singularmente nocivo allí donde la debilidad de las economías nacionales exige, por lo contrario, mancomunidad en los esfuerzos, en los conocimientos y en la financiación, para poder realizar los programas del desarrollo e intensificar los cambios comerciales y culturales. 63. El racismo no es propio tan sólo de las naciones jóvenes, en las que a veces se disfraza bajo el velo de las rivalidades entre los clanes y los partidos políticos, con gran perjuicio para la justicia y con peligro para la misma paz civil. Durante la era colonial multiplicó a veces las diferencias entre colonizadores e indígenas, suscitando obstáculos para una fecunda inteligencia recíproca y provocando odios como consecuencia de reales injusticias. También constituye un obstáculo a la colaboración entre naciones menos favorecidas y un fermento generador de división y de odio en el seno mismo de los Estados, cuando, con menosprecio de los imprescriptibles derechos de la persona humana, individuos y familias se convencen de estar sometidos a un régimen de excepción, por causa de su raza o de su color. 64. Semejante situación, tan saturada de peligros para lo futuro, Nos aflige profundamente. Pero aún conservamos la esperanza de que una necesidad más sentida de colaboración, un sentimiento más agudo de solidaridad terminarán venciendo las incomprensiones y los egoísmos. Esperamos que los países de menos elevado nivel de desarrollo sabrán aprovecharse de las buenas relaciones de vecindad con los otros limítrofes, para organizar entre sí, sobre áreas territoriales más vastas, zonas de desarrollo bien concertado; estableciendo programas comunes, coordinando inversiones, distribuyendo las zonas de producción, organizando los cambios. Esperamos también que las organizaciones multilaterales e internacionales encuentren, mediante una reorganización que se impone, los caminos que permitan a los pueblos, todavía infradesarrollados, salir de los puntos muertos en que parecen cerrados y descubrir por sí mismos, con la fidelidad debida a su índole nativa, los medios para su progreso humano y social. 65. Porque ésta es la meta a la que ha de llegarse. La solidaridad mundial, cada día más eficiente, debe lograr que todos los pueblos por sí mismos, sean los artífices de su propio destino. Los tiempos pasados se han caracterizado, con frecuencia mayor que la debida, por la fuerza violenta en las relaciones mutuas entre naciones: alboree, por fin, la serena edad en que las relaciones internacionales lleven la impronta del mutuo respeto y de la amistad, de la interdependencia en la colaboración y de la promoción común bajo la responsabilidad de cada uno. Los pueblos más jóvenes y los más débiles reclaman la parte activa que les corresponde en la construcción de un mundo mejor, más respetuoso de los derechos y de la vocación de cada uno. Su llamada es justa: luego todos y cada uno deben escucharla y responder a ella. 3. La caridad universal 66. Gravemente enfermo está el mundo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos o en su acaparamiento por parte de algunos que en la falta de caridad entre los hombres y entre los pueblos. 67. Por ello, nunca dejaremos de aconsejar bastante sobre el deber de la hospitalidad -deber de solidaridad humana y de caridad cristiana-, que corresponde tanto a las familias como a las organizaciones culturales de los países que acogen a extranjeros. Sobre todo, para acoger a los jóvenes, deben multiplicarse hogares y residencias. Ante todo, para protegerles contra la soledad, el sentimiento de abandono y la angustia que destruyen todo resorte moral; pero también para defenderlos contra la situación malsana en que se encuentran, por la que se ven forzados a comparar la


pobreza de su patria con el lujo y derroche que a menudo les rodea. Más todavía: para ponerlos a buen recaudo de doctrinas subversivas y de las tentaciones agresivas, a las que les expone el recuerdo de tanta miseria inmerecida 59 . Sobre todo, en fin, para ofrecerles, con el calor de una acogida fraternal, el ejemplo de una vida sana, el goce de una caridad cristiana, auténtica y eficaz, el estímulo para apreciar los valores espirituales. 68. Gran dolor Nos causa el pensamiento de que numerosos jóvenes, venidos a países más avanzados para aprender la ciencia, la preparación y la cultura que les hagan aptos para servir a su patria, en no pocos casos terminan perdiendo el sentido de los valores espirituales que con frecuencia estaban presentes, cual precioso patrimonio, en las civilizaciones que les habían visto nacer. 69. La misma acogida debe dispensarse a los trabajadores emigrados, que viven en condiciones frecuentemente inhumanas, obligados a ahorrar su propio salario, para poder remitirlo a fin de aliviar un poco a las familias que quedaron entre miserias en su tierra natal. 70. También dirigimos Nuestra exhortación a todos aquellos que, en virtud de su actividad económica, acuden a países entrados recientemente en industrialización: industriales, comerciantes, jefes y representantes de las grandes empresas. Y tratándose de hombres que en su propio país no están desprovistos de sentido social, ¿por qué retroceden a los principios inhumanos del individualismo cuando trabajan en países menos desarrollados? Precisamente su propia condición de superioridad en la fortuna, debe, por lo contrario, moverles a hacerse iniciadores del progreso social y de la promoción humana, también allí donde sus negocios les conducen. Su mismo sentido de la organización deberá sugerirles la mejor manera para valorizar el trabajo indígena, para formar operarios cualificados, para preparar ingenieros y dirigentes, dejar espacio a su iniciativa, introducirlos gradualmente en los puestos más elevados, preparándolos así a condividir, en un tiempo no lejano, las responsabilidades en la dirección. Que por lo menos la justicia regule siempre las relaciones entre jefes y subordinados, que han de sujetarse a contratos regulares con obligaciones recíprocas. Finalmente, que nadie, cualquiera que sea su condición, quede injustamente sometido a merced de la arbitrariedad. 71. Cada vez son más numerosos, y Nos alegramos de ello, los técnicos enviados en misión de desarrollo por instituciones internacionales o bilaterales o por organismos privados: "Han de portarse no como dominadores, sino como auxiliares y cooperadores" 60 . Toda población percibe en seguida si los que vienen en su ayuda lo hacen con o sin benevolencia, si se hallan allí tan sólo para aplicar métodos técnicos o también para dar al hombre todo su valor. Su mensaje peligra con no ser acogido, si no va acompañado por un espíritu de amor fraternal. 72. A la competencia técnica indispensable han de juntar, pues, señales auténticas de un amor desinteresado. Libres tanto de todo orgullo nacionalista como de cualquier apariencia de racismo, los técnicos han de aprender a trabajar en colaboración con todos. Sepan bien que su competencia no les confiere superioridad en todos los campos. La civilización en que se han formado contiene indudablemente elementos de humanismo universal, pero no es única ni exclusiva y no puede ser importada sin conveniente adaptación. Los responsables de estas misiones deben preocuparse por descubrir, junto con su historia, las características y riquezas culturales del país que los acoge. Surgirá así una aproximación que resultará fecunda para ambas civilizaciones.


73. Entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero de hecho es creador de fraternidad. La empresa del desarrollo acercará a los pueblos en las realizaciones proseguidas mancomunadamente si todos, comenzando por los gobiernos y sus representantes, hasta el más humilde técnico, se hallaren animados por un espíritu de amor fraterno y movidos por el sincero deseo de construir una civilización fundada en la solidaridad mundial. Un diálogo, centrado sobre el hombre y no sobre los productos y las técnicas, podrá abrirse entonces, siendo fecundo cuando traiga a los pueblos que de él se benefician los medios de elevarse y de alcanzar un más alto grado de vida espiritual; si los técnicos supieren también hacerse educadores y si la enseñanza transmitida llevare la señal de una cualidad espiritual y moral tan elevada que garantice un desarrollo, no tan sólo económico, sino también humano. Pasada ya la fase de asistencia, las relaciones así establecidas perdurarán, y nadie deja de ver la importancia que tales relaciones tendrán para la paz del mundo. 74. Nos consta que muchos jóvenes han respondido ya con ardorosa solicitud al llamamiento de Pío XII para un laicado misionero 61 . También son numerosos los jóvenes que espontáneamente se han incorporado a organismos, oficiales o privados, de colaboración con los pueblos en vías de desarrollo. También Nos alegra grandemente saber que en algunas naciones el "servicio militar" puede cambiarse en parte con un "servicio civil", un "servicio puro y simple"; bendecimos tales iniciativas y las buenas voluntades que a ellas responden. ¡Ojalá que todos cuantos se dicen "de Cristo" obedezcan a su ruego! Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era extranjero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme 62 . Porque a nadie le es lícito permanecer indiferente ante la suerte de sus hermanos que todavía yacen en la miseria, son presa de la ignorancia o víctimas de la inseguridad. Que el corazón de todo cristiano, imitando al Corazón de Cristo, ante miserias tantas se mueva a compasión y exclame con el Señor: Siento compasión por esta muchedumbre 63 . 75. Que la oración suplicante de todos ascienda a Dios Padre omnipotente para que la humanidad, consciente de tan grandes males, con inteligencia y con corazón se dedique a abolirlos. Mas con la oración constante de todos ha de corresponder la firme resolución de cada uno, en la medida de sus fuerzas, en la lucha contra el subdesarrollo. ¡Ojalá que los hombres, los grupos sociales, las naciones todas se den fraternalmente las manos, ayudando los fuertes a los débiles, poniendo en esto toda su competencia, su entusiasmo y su amor desinteresado! El animado por la verdadera caridad es más ingenioso que todo otro en descubrir las causas de la miseria, en encontrar los medios para combatirla, en vencerla resueltamente. Siendo colaborador de la paz, él recorrerá su camino, encendiendo la antorcha de la alegría e infundiendo luz y gracia en los corazones de todos los hombres por toda la superficie de la tierra, ayudándoles a descubrir, una vez pasadas todas las fronteras, y sin cesar, rostros de hermanos y rostros de amigos 64 . "Desarrollo" es el nuevo nombre de la "paz" Conclusión 76. Las tan grandes desigualdades económicas, sociales y culturales entre los diversos pueblos provocan tensiones y discordias y ponen en peligro la paz misma. Como decíamos a los Padres Conciliares, a la vuelta de Nuestro viaje a la ONU: "La condición de las poblaciones en vías de desarrollo debe formar el objeto de nuestra consideración, digamos mejor, nuestra caridad hacia los pobres que se encuentran en el mundo -y son legión infinita- debe tornarse más atenta, más activa, más generosa" 65 . Combatir la miseria y luchar contra la injusticia es promover, junto con la


mejora de las condiciones de vida, el progreso humano y espiritual de todos y, por lo tanto, el bien común de toda la humanidad. La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, prosiguiendo aquel orden querido por Dios, que lleva consigo una justicia más perfecta entre los hombres 66 . 77. Siendo los pueblos, cada uno, los artífices de su propio desarrollo, los pueblos son sus primeros responsables. Mas no podrán realizarlo, aislados unos de otros. Los acuerdos regionales entre los pueblos débiles a fin de apoyarse mutuamente, los acuerdos más amplios para venir en su ayuda, las convenciones más ambiciosas entre unos y otros para establecer programas concertados, son los jalones de este camino del desarrollo que conduce a la paz. 78. Esta colaboración internacional, en plano de vocación mndial, pide instituciones que la preparen, la coordinen y la rijan, hasta que se llegue a constituir un orden jurídico universal. Con todo corazón Nos animamos a las organizaciones que han emprendido esta colaboración en el desarrollo, y deseamos que su autoridad se acreciente. "Vuestra vocación -decíamos a los representantes de las Naciones Unidas, en Nueva York- es hacer que fraternidad no sólo unos pocos pueblos, sino todos los pueblos... ¿Quién no ve la necesidad de llegar así progresivamente a la instauración de una autoridad mundial que esté en condiciones de actuar eficazmente en el plano jurídico y político?" 67 . 79. Quizá algunos crean utópicas tales esperanzas. Bien pudiera suceder que su realismo pecase por defecto y que ellos no hayan percibido el dinamismo de un mundo que quiere vivir más fraternalmente y que, a pesar de sus ignorancias, de sus errores y aun de sus pecados, de sus recaídas en la barbarie y de sus alejados extravíos fuera del camino de la salvación, se va acercando lentamente, aun sin darse cuenta de ello, a su Creador. Este camino hacia una mayor humanidad en la vida requiere esfuerzos y sacrificios; pero aun el mismo sufrimiento, aceptado por amor de los hermanos, es portador de progreso para toda la familia humana. Los cristianos saben que la unión con el sacrificio del Salvador contribuye a la edificación del Cuerpo de Cristo en su plenitud: el Pueblo de Dios reunido 68 . 80. En este camino todos somos solidarios. Por ello, a todos hemos querido recordar la amplitud del drama y la urgencia de la obra que se ha de realizar. Ha sonado ya la hora de la acción: la supervivencia de tantos niños inocentes, el acceso a una condición humana de tantas familias desgraciadas, la paz del mundo, el porvenir de la civilización, están en juego. A todos los hombres y a los pueblos todos corresponde asumir sus responsabilidades. Llamamiento final 81. Nos conjuramos, ante todo, a Nuestros hijos. En los países en vías de desarrollo, no menos que en los otros, los seglares deben tomar como su tarea propia la renovación del orden temporal. Si es oficio de la Jerarquía enseñar e interpretar en modo auténtico los principios morales que en este terreno hayan de seguirse, a los seglares les corresponde, por su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas o directrices, penetrar con espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de sus comunidades de vida 69 . Necesarios son los cambios, indispensables las reformas profundas: deben emplearse en infundirles resueltamente el soplo del espíritu evangélico. A Nuestros hijos católicos pertenecientes a los países más favorecidos, Nos les pedimos que aporten su activa participación en las


organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, que se dedican a vencer las dificultades de las naciones en vía de desarrollo. Estamos muy seguros de que tendrán empeño en hallarse en la primera fila entre los que trabajan para traducir en hechos una moral internacional de justicia y de equidad. 82. Todos los cristianos, nuestros hermanos, Nos estamos seguros de ello, querrán ampliar su esfuerzo común y concertado a fin de ayudar al mundo a triunfar sobre el egoísmo, el orgullo y las rivalidades, a superar las ambiciones y las injusticias, a abrir a todos los caminos para una vida más humana, en la que cada uno sea amado y ayudado como su prójimo y su hermano. Y, todavía conmovidos por el recuerdo del inolvidable encuentro de Bombay con nuestros hermanos no cristianos, Nos les invitamos de nuevo a laborar con todo su corazón y toda su inteligencia, a fin de que todos los hijos de los hombres puedan llevar una vida digna de los hijos de Dios. 83. Finalmente, Nos nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad, conscientes de que el camino de la paz pasa por el desarrollo. Delegados en las instituciones internacionales, hombres de Estado, publicistas, educadores, todos, cada uno en vuestro sitio, vosotros sois los constructores de un mundo nuevo. Nos suplicamos al Dios Todopoderoso que ilumine vuestras inteligencias y os dé nuevas fuerzas y aliento para poner en estado de alerta a la opinión pública y comunicar entusiasmo a los pueblos. Educadores, a vosotros os pertenece despertar ya desde la infancia el amor a los pueblos que se encuentran en la miseria. Publicistas, os corresponde poner ante nuestros ojos el esfuerzo realizado para promover la mutua ayuda entre los pueblos, así como también el espectáculo de las miserias que los hombres tienen tendencia a olvidar para tranquilizar sus conciencias: que los ricos sepan, por lo menos, que los pobres estan junto a su puerta y que esperan las migajas de sus banquetes. 84. Hombres de Estado: os incumbe movilizar vuestras comunidades en una solidaridad mundial más eficaz, y, ante todo, hacerles aceptar las necesarias disminuciones de sus lujos y de sus dispendios para promover el desarrollo y salvar la paz. Delegados de las Organizaciones Internacionales, de vosotros depende que el peligroso y estéril enfrentamiento de fuerzas deje paso a la colaboración amistosa, pacífica y desinteresada para lograr un progreso solidario de la humanidad: una humanidad, en la que todos los hombres puedan desarrollarse. 85. Y si es verdad que el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas, Nos hacemos un llamamiento a los pensadores y a los sabios, católicos, cristianos, adoradores de Dios, ávidos de lo absoluto, de la justicia y de la verdad, y a todos los hombres de buena voluntad. A ejemplo de Cristo, Nos nos atrevemos a rogaros con insistencia: Buscad y encontraréis 70 , emprended los caminos que conducen a través de la mutua ayuda, de la profundización del saber, de la grandeza del corazón, a una vida más fraterna en una comunidad humana verdaderamente universal. 86. Vosotros todos, los que habéis oído la llamada de los pueblos que sufren; vosotros, los que trabajáis para darles una respuesta; vosotros sois los apóstoles del desarrollo auténtico y verdadero que no consiste en la riqueza egoísta y deseada por sí misma, sino en la economía al servicio del hombre, el pan de cada día distribuido a todos, como fuente de fraternidad y signo de la Providencia. 87. De todo corazón Nos os bendecimos, y Nos hacemos un llamamiento a todos los hombres para que se unan fraternalmente a vosotros. Porque si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, ¿quién no querrá trabajar con todas sus fuerzas para lograrlo? Sí, Nos os invitamos a todos para que respondáis a Nuestro grito de angustia, en el nombre del Señor.


Dado en Roma, junto a San Pedro, el 26 de marzo, fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, año cuarto de Nuestro Pontificado. 1

Dirigida: A los Obispos, a los Sacerdotes, a los Religiosos, y a los cristianos de todo el orbe católico y a los hombres de buena voluntad.- Pascua (26 de marzo) 1967

2 3 4

Cf. AL 11 (1892) 97-148. Cf. A. A. S. 23 (1931) 177-228.

Cf. principalmente, Rm. 1 junio 1941 (L. aniversario de la RN): A. A. S. 33 (1941) 195-205; Rm. Navidad 1942 A. A. S.: 35 (1943) 9-24; Aloc. a trabajadores en el aniversario de la RN 14 de mayo 1953: A. A. S. 45 (1953) 402-408. 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16

Cf. A. A. S. 53 (1961) 401-464. Cf. A. A. S. 55 (1963) 257-304. Cf. e. MM 15 mayo 1961 A. A. S. 53 (1961) 440. GS n. 63-72 A. A. S. 58 (1966) 1084-1094. M. pr. Catholicam Christi Ecclesiam: A. A. S. 59 (1967) 27. Enc. RN l. c., 98. GS n. 63 A. A. S. 58 (1966) 1026. Cf. Luc. 7, 22. GS n. 3, l. c. 1026. Cf. e. ID 1 nov. 1885 AL 5 (1885) 127. GS n. 4, l. c., 1027.

L. J. Lebret. O. P., Dynamique concrete du développement. Paris, "Economie et Humanisme", Les Editions Ouvrieres, 1961, 28. 17 18

2 Thes. 3, 10.

Cf., p. e., J. Maritain, Les conditions spirituelles du progres et de la paix, en "Rencontre de cultures a l'UNESCO sous le signe du Conc. Oecumén. Vat. II", París, Mame, 1966, 66.

19 20 21 22 23

Cf. Mat. 5, 3. Gen. 1, 28. GS n. 69, l. c. 1090. 1 Io. 3, 17.


De Nabuthe 12, 53 PL 14, 747. Cf. J. R. Palanque, Saint Ambroise et l'empire romain. Paris, De Boccard, 1933, 336 ss.

24

Carta a la Semana social de Brest, en L'homme et la révolution urbaine. Lyon, Chron. Soc. 1965, 8-9.

25 26 27 28

GS n. 71, l. c. 1093. Cf. ibid. n. 65, l. c. 1086. Enc. QA l. c. 212.

Cf., p. e., Colin Clark, The conditions of economic progress 3a. ed., London, Macmillan & Co., New York, St. Martin's Press, 1960, 3-6. 29

Carta a la Semana Social de Lyon, en Le travail et les travailleurs dans la societé contemporaine Lyon, Chron. Soc. 1965. 6.

30

Cf., p. e., M. D. Chenu, O. P., Pour une théologie du travail. Paris, Edit. du Seuil, 1955. 31 32

MM l. c. 423.

Cf., p. e., O. von Nell-Breuning, S. 1, Grundfragen. Freiburg, Herder, 1956, 183-184.

J., Wirtschaft

u.

Gesellschaft, t.

33 34

Eph. 4, 13.

Cf., p. e., Mons. M. Larrain Errazuriz, Ob. de Talca (Chile), Pres. del CELAM. Carta past. sobre el desarrollo y la paz.Paris, Pax Christi, 1965.

35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46

10.

GS n. 26, l. c. 1046. MM l. c. 414. Osserv. Rom. 11 sett. 1965. Doc. cathol., t. 62 Paris, 1965, col. 1674-1675. Cf. Mat. 19, 6. GS n. 52, l. c. 1073. Cf. ibid. n. 50-51 (con nota 14), l. c. 1070-1073; y n. 87, l. c. 1110. Ibid. n. 15 l. c. 1036. Mat. 16, 26. GS n. 57, l. c. 1078. Ibid. n. 19, l. c. 1039. Cf., p. e., J. Maritain, L'humanisme intégral. Paris, Aubier, 1936. H. de Lubac, S. I., Le drame de l'humanisme athée, 3a. ed., Paris, Spes, 1945,


47

PensĂŠes, ed. Brunschvieg, n. 434. Cf. M. Zundel, L'homme passe l'homme. Le Caire, Ed. du lien. 1944.

48

Alloc. ai Rappresentanti delle religioni non cristiane, 3 dic. 1964. A. A. S. 57 (1965), 132.

49 50 51 52

Iac. 2, 15-16. Cf. MM l. c. 440 ss. Cf. Rm. Nav. 1963 A. A. S. 56 (1964), 57-58.

Cf. Osserv. Rom. 10 febr. 1966. Enc. e Disc. di Paolo VI, vol. 9. Roma, Ed. Paoline, 1966, 132-136. 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64

Cf. Luc. 16, 19-31. GS n. 86, l. c. 1109. Luc. 12, 20. Messagio al mondo affidato ai giornalisti, 4 dic. 1964. A. A. S. 57 (1965), 135. Cf. A. A. S. 56 (1964) 639 ss. Cf. AL 11 (1892) 131. Cf. ibid. 98. GS n. 85, l. c. 1108. Cf. e. FD l. c. 246. Mat. 25, 35-36. Marc. 8, 2.

Cf. Alloc. di Giovanni XXIII per la consegna del "Premio Balzan", 10 mag. 1963. A. A. S. 55 (1963), 455. 65 66 67 68 69 70

A. A. S. 57 (1965) 896. Cf. e. PT l. c. 301. A. A. S. 57 (1965) 880. Cf. Eph. 4, 12; LG n. 13 A. A. S. 57 (1965) 17. Cf. AA n. 7. 13. 24. A. A. S. 58 (1966) 843. 849. 856. Luc. 11, 9.


OCTOGESIMA ADVENIENS Carta Apostólica de S.S. Pablo VI con ocasión del LXXX aniversario de la encíclica Rerum Novarum. Al señor cardenal Mauricio Roy, Presidente del Consejo para los Seglares y de la Comisión Pontificia «Justicia y Paz» Introducción Señor Cardenal: 1. El LXXX aniversario de la publicación de la encíclica Rerum novarum, cuyo mensaje sigue inspirando la acción en favor de la justicia social, nos anima a continuar y ampliar las enseñanzas de nuestros predecesores para dar respuesta a las necesidades nuevas de un mundo en cambio. La Iglesia, en efecto, camina unida a la humanidad y se solidariza con su suerte en el seno de la historia. Anunciando la Buena Nueva de amor de Dios y de la salvación en Cristo a los hombres, ella les ilumina en sus actividades a la luz del Evangelio y les ayuda de ese modo a corresponder al designio de amor de Dios y a realizar la plenitud de sus aspiraciones. Llamamiento universal a una mayor justicia 2. Nos vemos con confianza cómo el Espíritu del Señor continúa su obra en el corazón de los hombres y congrega por todas partes comunidades cristianas conscientes de su responsabilidad en la sociedad. En todos los continentes, entre todas las razas, naciones, culturas, en todas las condiciones, el Señor sigue suscitando auténticos apóstoles del Evangelio. Nos hemos tenido la dicha de encontrarlos, admirarlos y alentarlos durante nuestros recientes viajes. Nos hemos acercado a las muchedumbres y escuchado sus llamamientos, gritos de preocupación y de esperanza a la vez. En estas circunstancias, hemos podido ver con nuevo relieve los graves problemas de nuestro tiempo, particulares ciertamente en cada región, pero de todas maneras comunes a una humanidad que se pregunta sobre su futuro, sobre la orientación y el significado de los cambios en curso. Siguen existiendo diferencias flagrantes en el desarrollo económico, cultural y político de las naciones: al lado de regiones altamente industrializadas, hay otras que están todavía en estadio agrario; al lado de países que conocen el bienestar, otros luchan contra el hambre; al lado de pueblos de alto nivel cultural, otros siguen esforzándose por eliminar el analfabetismo. Por todas partes se aspira a una justicia mayor, se desea una paz mejor asegurada, en un ambiente de respeto mutuo entre los hombres y entre los pueblos. La diversidad de situaciones de los cristianos en el mundo 3. Ciertamente, son muy diversas las situaciones en las cuales, de buena gana o por fuerza, se encuentran comprometidos los cristianos, según las regiones, los sistemas socio-políticos, las culturas. En unos sitios, se hallan reducidos al silencio, considerados como sospechosos y tenidos, por decirlo así, al margen de la sociedad, encuadrados sin libertad en un sistema totalitario. En otros, son una débil minoría, cuya voz difícilmente se hace sentir. Incluso en naciones donde a la Iglesia se le reconoce su puesto, a veces de manera oficial, ella misma se ve sometida a los embates de la crisis que estremece la sociedad, y algunos de sus miembros son tentados por soluciones radicales y violentas de las que ellos creen poder esperar resultados más felices. Mientras que unos, inconscientes de las injusticias presentes,


se esfuerzan por mantener la situación existente, otros se dejan seducir por ideologías revolucionarias, que les prometen, no sin ilusión, un mundo definitivamente mejor. 4. Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor universal. No es esta nuestra ambición, ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la Historia y especialmente en esta era industrial, después de la fecha histórica del mensaje de León XIII sobre “la condición de los obreros”, del cual Nos tenemos el honor y el gozo de celebrar hoy el aniversario. A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que aparezcan necesarias con urgencia en cada caso.En esta búsqueda de cambios a promover, los cristianos deberán, en primer lugar, renovar su confianza en la fuerza y en la originalidad de las exigencias evangélicas. El Evangelio no ha quedado superado por el hecho de haber sido anunciado, escrito y vivido en un contexto socio-cultural diferente. Su inspiración, enriquecida por la experiencia viviente de la tradición cristiana a lo largo de los siglos, permanece siempre nueva en orden a la conversión de los hombres y al progreso de la vida en sociedad, sin que por ello se le vaya a utilizar en provecho de opciones temporales particulares olvidando su mensaje universal y eterno.1 El mensaje específico de la Iglesia 5. En medio de las perturbaciones y las incertidumbres de la hora presente, la Iglesia tiene un mensaje específico que proclamar, tiene que dar un apoyo a los hombres en sus esfuerzos por tomar en sus manos y orientar su futuro. Desde la época en que la Rerum Novarum denunciaba clara y categóricamente el escándalo de la condición de los obreros dentro de la naciente sociedad industrial, la evolución histórica ha hecho tomar conciencia, como lo testimoniaban ya la Quadragesimo anno2 y la Mater et Magistra3, de otras dimensiones y de otras aplicaciones de la justicia social. El reciente Concilio ha tratado, por su parte, de ponerla de manifiesto, particularmente en la Constitución pastoral Gaudium et spes. Nos mismo hemos continuado ya estas orientaciones con nuestra Encíclica Populorum Progressio: «Hoy el hecho de mayor importancia, decíamos, de que cada uno debe tomar conciencia, es que la cuestión social ha adquirido proporciones mundiales”.4 “Una renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evangélico impone a la Iglesia el deber de ponerse al servicio de los hombres para ayudarles a comprender todas las dimensiones de este grave problema y para convencerles de la urgencia de una acción solidaria en este viraje de la historia de la humanidad».5 6. Corresponderá por otra parte al próximo Sínodo de los Obispos estudiar más de cerca y profundizar la misión de la Iglesia ante los graves problemas que plantea hoy la justicia en el mundo. El aniversario de laRerum Novarum nos ofrece hoy la ocasión, Señor Cardenal, de confiar nuestras inquietudes y nuestro pensamiento ante este problema a usted en su calidad de Presidente de la Comisión “Justicia y Paz” y del


Consejo para los Seglares. Queremos así alentar a estos organismos de la Santa Sede en su acción eclesial al servicio de los hombres. Amplitud de los cambios actuales 7. Al hacerlo queremos, sin olvidar por ello los constantes problemas ya abordados por nuestros predecesores, atraer la atención sobre algunas cuestiones que por su urgencia, su amplitud, su complejidad, deben estar en el centro de las preocupaciones de los cristianos en los años venideros, con el fin de que, en unión con los demás hombres, se esfuercen ellos en resolver las nuevas dificultades que ponen en juego el futuro mismo del hombre. Es necesario situar los problemas sociales planteados por la economía moderna —condiciones humanas de producción, equidad en los cambios de bienes y en la distribución de las riquezas, significado de las crecientes necesidades de consumo, participación en las responsabilidades— dentro de un contexto más amplio de civilización nueva. En los cambios actuales tan profundos y tan rápidos, todavía el hombre se descubre nuevo y se pregunta por el sentido de su propio ser y de su supervivencia colectiva. Vacilando en aceptar las lecciones de un pasado que considera superado y demasiado diferente, tiene sin embargo necesidad de esclarecer su futuro —futuro que él percibe tan incierto como inestable— por medio de verdades permanentes, eternas, que le rebasan ciertamente, pero cuyas huellas puede él, si se quiere realmente, encontrar por sí mismo.6 Nuevos problemas sociales La urbanización 8. Un fenómeno de gran importancia atrae nuestra atención, tanto en los países industrializados como en las naciones en vías de desarrollo: la urbanización. Después de largos siglos la civilización agraria se está debilitando. Por otra parte, ¿se presta suficiente atención al acondicionamiento y mejora de la vida de la gente rural, cuya condición, económica inferior y hasta miserable a veces provoca el éxodo hacia los tristes amotinamientos de los suburbios, donde no les espera ni empleo ni alojamiento? Este éxodo rural permanente, el crecimiento industrial, el aumento demográfico continuo, el atractivo de los centros urbanos conducen a concentraciones de población cuya amplitud apenas se puede imaginar puesto que ya se habla de megápolis que agrupan varias decenas de millones de habitantes. Ciertamente, existen ciudades cuya dimensión asegura un mejor equilibrio de la población. Susceptibles de ofrecer un empleo a aquellos a quienes el progreso de la agricultura habría dejado disponibles, permiten un acondicionamiento del ambiente humano capaz de evitar la proliferación del proletariado y el amontonamiento de las grandes aglomeraciones. 9.El crecimiento desmedido de estas ciudades acompaña la expansión industrial, pero sin confundirse con ella. Basada en la búsqueda tecnológica y en la transformación de la naturaleza, la industrialización prosigue siempre su camino, dando prueba de una incesante creatividad. Mientras unas empresas se desarrollan y se concentran, otras mueren o se trasladan, creando nuevos problemas sociales: paro profesional o regional, cambios de empleo y movilización de personas, adaptación permanente de los trabajadores, disparidad de condiciones en los diversos ramos industriales. Una competencia desmedida, utilizando los medios modernos de la publicidad, lanza continuamente nuevos productos y trata de atraer al consumidor, mientras las viejas instalaciones industriales todavía en funcionamiento van haciéndose inútiles. Mientras amplísimos


estratos de población no pueden satisfacer sus necesidades primarias, se intenta crear necesidades de lo superfluo. Se puede uno preguntar entonces con todo derecho, si a pesar de todas sus conquistas, el hombre no está volviendo contra sí mismo los frutos de su actividad. Después de haberse asegurado un dominio necesario sobre la naturaleza7, ¿no se está convirtiendo ahora en esclavo de los objetos que fabrica? Los cristianos en la ciudad 10. El surgir de una civilización urbana que acompaña el incremento de la civilización industrial, ¿no es en efecto un verdadero desafío lanzado a la sabiduría del hombre, a su capacidad de organización, a su imaginación prospectiva? En el seno de la sociedad industrial, la urbanización trastorna los modos de vida y las estructuras habituales de la existencia: la familia, la vecindad, el marco mismo de la comunidad cristiana. El hombre experimenta una nueva soledad, no ya de cara a una naturaleza hostil que le ha costado siglos dominar, sino en medio de una muchedumbre anónima que le rodea y donde él se siente como extraño. Etapa sin duda irreversible en el desarrollo de las sociedades humanas, la urbanización plantea al hombre difíciles problemas: ¿cómo dominar su crecimiento, regular su organización, lograr su animación por el bien de todos? En este crecimiento desordenado, nacen nuevos proletariados. Se instalan en el centro de las ciudades que los ricos a veces abandonan; acampan en los suburbios, cinturón de miseria que llega a asediar, mediante una protesta silenciosa aún, el lujo demasiado estridente de las ciudades del consumo y del despilfarro. En lugar de favorecer el encuentro fraternal y la ayuda mutua, la ciudad desarrolla las discriminaciones y también las indiferencias; se presta a nuevas formas de explotación y de dominio, de las que algunos, especulando sobre las necesidades de los demás, sacan ganancias inadmisibles. Detrás de las fachadas, se esconden muchas miserias, ignoradas aun por los vecinos más cercanos; otras aparecen allí donde la dignidad del hombre zozobra: delincuencia, criminalidad, droga, erotismo. 11. Son en efecto los más débiles las víctimas de las condiciones de vida inhumana, degradantes para las conciencias y dañosas para la institución familiar: la promiscuidad de los alojamientos populares hace imposible un mínimo de intimidad; los jóvenes hogares, en la vana espera de un alojamiento decente y a un precio accesible, se desmoralizan y hasta su misma unidad puede quedar comprometida; los jóvenes abandonan un hogar demasiado reducido y buscan en la calle compensaciones y compañías incontrolables. Es un deber grave de los responsables tratar de dominar y orientar este proceso. Urge reconstruir a escala de calle, de barrio o de gran conglomerado, el tejido social en que el hombre pueda desarrollar las necesidades de su personalidad. Hay que crear o fomentar centros de interés y de cultura a nivel de comunidades y de parroquias, en sus diversas formas de asociación, círculos recreativos, lugares de reunión, encuentros espirituales, comunitarios, donde, escapando al aislamiento de las multitudes modernas, cada uno podrá crearse nuevamente relaciones fraternales. 12. Construir la ciudad lugar de existencia de los hombres y de sus extensas comunidades, crear nuevos modos de proximidad y de relaciones, percibir una aplicación original de la justicia social, tomar a cargo este futuro colectivo que se anuncia difícil, es una tarea en la cual deben participar los cristianos. A estos hombres amontonados en una promiscuidad urbana que se hace intolerable, hay que darles un mensaje de esperanza por medio de una fraternidad vivida y de una justicia concreta. Los cristianos, conscientes de esta responsabilidad nueva, no pierdan el ánimo en la inmensidad amorfa de la ciudad, sino que se acuerden de Jonás que por mucho


tiempo recorre Nínive, la gran ciudad, para anunciar en ella la Buena Nueva de la misericordia divina, sostenido en su debilidad por la sola fuerza de la palabra de Dios Todopoderoso. En la Biblia, la ciudad es frecuentemente, en efecto, el lugar del pecado y del orgullo, orgullo de un hombre que se siente suficientemente seguro para construir su vida sin Dios y también para afirmar su poder contra Él. Pero existe también Jerusalén, la ciudad santa, el lugar de encuentro con Dios, la promesa de la ciudad que viene de lo alto.8 Los jóvenes 13. Vida urbana y cambio industrial ponen al descubierto, por otra parte, problemas hasta ahora poco conocidos. ¿Qué puesto corresponderá, por ejemplo, a los jóvenes en este mundo en gestación? Por todas partes se presenta difícil el diálogo entre una juventud portadora de aspiraciones, de renovación y también de inseguridad ante el futuro, y las generaciones adultas. ¿Quién no ve que hay una fuente de graves conflictos, de rupturas y de abandonos, incluso en el seno de la familia y una cuestión planteada sobre las formas de autoridad, la educación de la libertad, la transmisión de los valores y de las creencias, que toca a las raíces más profundas de la sociedad? El puesto de la mujer Asimismo, en muchos países, un estatuto sobre la mujer, que haga cesar una discriminación efectiva y establezca relaciones de igualdad de derechos y de respeto a su dignidad, es objeto de investigaciones y a veces de vivas reivindicaciones. Nos no hablamos de esa falsa igualdad que negaría las distinciones establecidas por el mismo Creador y que estaría en contradicción con la función específica, tan capital, de la mujer en el corazón del hogar y en el seno de la sociedad. La evolución de las legislaciones debe, por el contrario, orientarse en el sentido de proteger su vocación propia, al mismo tiempo que a reconocer su independencia en cuanto persona y la igualdad de sus derechos a participar en la vida económica, social, cultural y política. Los trabajadores 14. La Iglesia lo ha vuelto a afirmar solemnemente en el último Concilio: «La persona humana es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones»9. Todo hombre tiene derecho al trabajo, a la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ejercicio de su profesión, a una remuneración equitativa que le permita a él y a su familia «llevar una vida digna en el plano material, cultural y espiritual»10, a la asistencia en caso de necesidad por razón de enfermedad o de edad. Si para la defensa de estos derechos las sociedades democráticas aceptan el principio de la organización sindical, sin embargo, no se hallan siempre abiertas a su ejercicio. Se debe admitir la función importante de los sindicatos: tienen por objeto la representación de las diversas categorías de trabajadores, su legítima colaboración al progreso económico de la sociedad, el desarrollo del sentido de sus responsabilidades para la realización del bien común. Su acción no está con todo exenta de dificultades: puede venir, aquí o allá, la tentación de aprovechar una posición de fuerza para imponer, sobre todo por la huelga —cuyo derecho como medio último de defensa queda ciertamente reconocido—, condiciones demasiado gravosas para el conjunto de la economía o del cuerpo social, o para tratar de obtener reivindicaciones de orden directamente político. Cuando se trata en particular de los servicios públicos, necesarios a la vida diaria de toda una comunidad, se deberá saber medir los límites, más allá de los cuales los perjuicios causados se hacen inadmisibles.


Las víctimas de los cambios 15. En resumen, se han hecho ya progresos para introducir, en el seno de las relaciones humanas más justicia y participación en las responsabilidades. Pero en este inmenso campo queda todavía mucho por hacer. Es necesario también proseguir activamente la reflexión, la búsqueda y la experimentación, so pena de quedar retrasados con relación a las legítimas aspiraciones de los trabajadores, aspiraciones que se van afirmando a medida que se desarrollan su formación, la conciencia de su dignidad, el vigor de sus organizaciones. El egoísmo y la dominación son tentaciones permanentes en los hombres. Se hace también necesario un discernimiento, cada vez más afinado, para poder comprender en su raíz las nacientes situaciones de injusticia e instaurar progresivamente una justicia siempre menos imperfecta. En el cambio industrial, que reclama una rápida y constante adaptación, los que se van a ver más dañados serán más numerosos y menos favorecidos para hacer oír su voz. La atención de la Iglesia se dirige hacia estos nuevos «pobres» —los minusválidos, los inadaptados, ancianos, marginados de diverso origen—, para conocerlos, ayudarlos, defender su puesto y su dignidad en una sociedad endurecida por la competencia y el atractivo del éxito. Las discriminaciones 16. Entre el número de las víctimas de situaciones de injusticia —aunque el fenómeno no sea desafortunadamente nuevo— hay que contar a aquellos que son objeto de discriminaciones, de derecho o de hecho, por razón de su raza, su origen, su color, su cultura, su sexo o su religión. La discriminación racial reviste en este momento un carácter de mayor actualidad por las tensiones que crea tanto en el interior de algunos países como en el plano internacional. Con razón, los hombres consideran injustificable y rechazan como inadmisible la tendencia a mantener o introducir una legislación o prácticas inspiradas sistemáticamente por prejuicios racistas: los miembros de la humanidad participan de la misma naturaleza y por consiguiente de la misma dignidad, con los mismos derechos y los mismos deberes fundamentales así como del mismo destino sobrenatural. En el seno de una patria común, todos deben ser iguales ante la ley, tener iguales posibilidades en la vida económica, cultural, cívica o social y beneficiarse de una equitativa distribución de la riqueza nacional. Derecho a la emigración 17. Nos pensamos también en la precaria situación de un gran número de trabajadores emigrados, cuya condición de extranjeros hace tanto más difícil, por su parte, toda reivindicación social, no obstante su real participación en el esfuerzo económico del país que les recibe. Es urgente que se sepa superar con relación a ellos una actitud estrictamente nacionalista, con el fin de crear en su favor un estatuto que reconozca un derecho a la emigración, favorezca su integración, facilite su promoción profesional y les permita el acceso a un alojamiento decente, donde pueda venir, si es el caso, su familia.11. Tienen relación con esta categoría las poblaciones que; por encontrar un trabajo, librarse de una catástrofe o de un clima hostil, abandonan sus regiones y se encuentran desarraigadas entre las demás. Es deber de todos —y especialmente de los cristianos12— trabajar con energía para instaurar la fraternidad universal, base indispensable de una justicia auténtica y


condición de una paz duradera: “No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para con los hombres sus hermanos están de tal forma unidas, que, como dice la Escritura, El que no ama, no conoce a Dios (1Jn 4,8)13. Crear puestos de trabajo 18. Con el crecimiento demográfico, más marcado en las naciones jóvenes, el número de aquellos que no llegan a encontrar trabajo y se ven reducidos a la miseria o al parasitismo irá aumentando en los próximos años, a no ser, que un estremecimiento de la conciencia humana no provoque un movimiento general de solidaridad por una política eficaz de inversiones, de organización de la producción y de los mercados, así como de formación. Conocemos la atención que se está dando a estos problemas dentro de los organismos internacionales y Nos deseamos vivamente que sus miembros no tarden en hacer corresponder sus actos a sus declaraciones. Es inquietante comprobar en este campo una especie de fatalismo que se apodera incluso de los responsables. Este sentimiento conduce a veces a las soluciones maltusianas aguijoneadas por la propaganda activa en favor de la anticoncepción y del aborto. En esta situación crítica hay que afirmar por el contrario que la familia, sin la cual ninguna sociedad puede subsistir, tiene derecho a la asistencia que le asegure las condiciones de una sana expansión. «Es cierto, decíamos en nuestra Encíclica Populorum Progressio, que los poderes públicos pueden intervenir dentro de los límites de su competencia, desarrollando una información apropiada y tomando medidas adecuadas, con tal que sean conformes a las exigencias de la ley moral y respeten la justa libertad de la pareja humana. Sin el derecho inalienable al matrimonio y a la procreación, no existe ya dignidad humana»14. 19. Jamás en cualquier otra época había sido tan explícito el llamamiento a la imaginación social. Es necesario consagrar a ella esfuerzos de invención y de capitales tan importantes como los invertidos en armamentos o para las conquistas tecnológicas. Si el hombre se deja desbordar y no prevé a tiempo la emergencia de los nuevos problemas sociales, éstos se harán demasiado graves como para que se pueda esperar una solución pacífica. Los medios de comunicación social 20.Entre los cambios mayores de nuestro tiempo, no queremos dejar de subrayar la función creciente que van asumiendo los medios de comunicación social y su influencia en la transformación de las mentalidades, de los conocimientos, de las organizaciones y de la misma sociedad. Ciertamente, tienen muchos aspectos positivos: gracias a ellos las informaciones del mundo entero nos llegan casi instantáneamente creando un contacto, por encima de las distancias, y elementos de unidad entre todos los hombres: haciendo posible una difusión más amplia de la formación y de la cultura. Sin embargo estos medios de comunicación social, debido a su misma acción, llegan a representar como un nuevo poder. ¿Cómo no se va a preguntar uno entonces sobre los detentadores reales de este poder, sobre los fines que persiguen y los medios que ponen en práctica, sobre la repercusión de su acción en cuanto al ejercicio de las libertades individuales, tanto en los campos político e ideológico como en la vida social, económica y cultural? Los hombres, en cuyas manos está este poder tienen una grave responsabilidad moral en relación con la verdad de las informaciones que ellos deben difundir, en relación a las necesidades y a las reacciones que hacen nacer, en relación con los valores que ellos proponen. Más


aún, con la televisión, es un modo original de conocimiento y una nueva civilización la que está naciendo: la de la imagen. Naturalmente los poderes públicos no pueden ignorar la creciente potencia e influjo de los medios de comunicación social, así como las ventajas o riesgos que su uso lleva consigo para la comunidad civil y para su desarrollo y perfeccionamiento real. Ellos por tanto están llamados a ejercer su propia función positiva para el bien común, alentando toda expresión constructiva, apoyando a cada ciudadano y a los grupos en la defensa de los valores fundamentales de la persona y de la convivencia humana; actuando también de manera que eviten oportunamente la difusión de cuanto menoscabe el patrimonio común de valores, sobre el cual se funda el ordenado progreso civil.15. El medio ambiente 21. Mientras el horizonte del hombre se va así modificando, partiendo de las imágenes que se seleccionan para él, se hace sentir otra transformación, consecuencia tan dramática como inesperada de la actividad humana. Bruscamente el hombre adquiere conciencia de ello: debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación. No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: poluciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el cuadro humano lo que el hombre no domina ya, creando de este modo para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera. Hacia estas nociones nuevas es hacia donde tiene que volverse el cristiano, para hacerse responsable, en unión con los demás hombres, de un destino en realidad ya común. Aspiraciones fundamentales y corrientes ideológicas 22. Al mismo tiempo que el progreso científico y técnico continúa trastornando el marco del hombre, sus modos de conocimiento, de trabajo, de consumo y de relaciones, se manifiesta siempre en estos contextos nuevos una doble aspiración más viva a medida que se desarrolla su información y su educación: aspiración a la igualdad, aspiración a la participación; dos formas de la dignidad del hombre y de su libertad. Ventajas y límites de los reconocimientos jurídicos 23. Para inscribir en los hechos y en las estructuras esta doble aspiración, se han hecho progresos en la enunciación de los derechos del hombre y en la búsqueda de acuerdos internacionales para la aplicación de este derecho internacional16. Sin embargo, las discriminaciones —étnicas, culturales, religiosas, políticas— renacen siempre. Efectivamente, los derechos humanos permanecen todavía frecuentemente desconocidos, si no burlados, o su respeto es puramente formal. En muchos casos, la legislación va atrasada respecto a las situaciones reales. Siendo necesaria, es todavía insuficiente para establecer verdaderas relaciones de justicia e igualdad. El Evangelio, al enseñarnos la caridad, nos inculca el respeto privilegiado a los pobres y su situación particular en la sociedad: los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás. Efectivamente, si más allá de las reglas jurídicas falta un sentido más


profundo de respeto y de servicio al prójimo, incluso la igualdad ante la ley podrá servir de coartada a discriminaciones flagrantes, a explotaciones constantes, a un engaño efectivo. Sin una educación renovada de la solidaridad, una afirmación excesiva de la igualdad puede dar lugar a un individualismo donde cada cual reivindique sus derechos sin querer hacerse responsable del bien común. ¿Quién no ve en este campo la aportación capital del espíritu cristiano que va, por otra parte, al encuentro de las aspiraciones del hombre a ser amado? “El amor del hombre, primer valor del orden terreno”, asegura las condiciones de la paz, tanto social como internacional, al afirmar nuestra fraternidad universal17. La sociedad política 24. La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. Diversos modelos han sido propuestos, algunos han sido ya experimentados; ninguno satisface completamente y la búsqueda queda abierta entre las tendencias ideológicas y pragmáticas. El cristiano tiene la obligación de participar en esta búsqueda, tanto para la organización como para la vida de la sociedad política. El hombre, ser social, construye, su destino a través de una serie de agrupaciones particulares que requieren, para su perfeccionamiento y como condición necesaria para su desarrollo, una sociedad más vasta, de carácter universal, la sociedad política. Toda actividad particular debe colocarse en esta sociedad ampliada y adquiere, por tanto, la dimensión del bien común18. Esto indica la importancia de una educación para la vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad del individuo o del grupo. 25. La acción política —¿es necesario subrayar que se trata aquí ante todo de una acción y no de una ideología?— debe estar apoyada en un proyecto de sociedad, coherente en sus medios concretos y en su aspiración, que se alimenta de una concepción plenaria de la vocación del hombre y de sus diferentes expresiones sociales. No pertenece ni al Estado, ni tampoco a los partidos políticos que se cerrarían sobre sí mismos, el tratar de imponer una ideología por medios que desembocarían en la dictadura de los espíritus, la peor de todas. Toca a los grupos culturales y religiosos —dentro de la libertad de adhesión que ellos suponen— desarrollar en el cuerpo social, de manera desinteresada y por su propio camino, estas convicciones últimas sobre la naturaleza, el origen y el fin del hombre y de la sociedad. En este campo conviene recordar el principio proclamado por el Concilio Vaticano II: «La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma que penetra el espíritu con tanta dulzura como potencia».19 Ideologías y libertad humana 26. El cristiano que quiere vivir su fe en una acción política, concebida como servicio, tampoco puede adherirse sin contradicción a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o en los puntos sustanciales a su fe y a su concepción del hombre: ni a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva; ni a la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas


individuales y no ya como fin y un criterio más elevado del valor de la organización social. 27. ¿Es necesario subrayar las posibles ambigüedades de toda ideología social? Unas veces reduce la acción política o social, a ser simplemente la aplicación de una idea abstracta, puramente teórica; otras, es el pensamiento el que se convierte en puro instrumento al servicio de la acción, como un simple medio para una estrategia. En ambos casos, ¿no es el hombre quien corre el riesgo de verse enajenado? La fe cristiana se sitúa por encima y a veces en oposición a las ideologías, en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela a través de todos los niveles de lo creado al hombre como libertad responsable. 28. El peligro estaría además en adherirse a una ideología que no repose sobre una doctrina verdadera y orgánica, refugiarse en ella, como una explicación última y suficiente de todo y construirse así un nuevo ídolo del cual se acepta, a veces sin darse cuenta, el carácter totalitario y obligatorio. Y se piensa encontrar en él una justificación para la acción, aún violenta; una adecuación a un deseo generoso de servicio; éste permanece pero se deja absorber por una ideología, la cual —aunque propone ciertos caminos para la liberación del hombre— desemboca finalmente en hacerlo esclavo. 29. Si hoy día se ha podido hablar de un retroceso de las ideologías, esto puede constituir un momento favorable para una apertura a la trascendencia concreta del cristianismo. Puede ser también un deslizamiento más acentuado hacia un nuevo positivismo: la técnica universalizada como forma dominante de actividad, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin que la cuestión de su sentido sea realmente planteada. Los movimientos históricos 30. Pero fuera de este positivismo que reduce al hombre a una sola dimensión — importante, hoy día— y que en esto lo mutila, el cristiano encuentra en su acción movimientos históricos concretos nacidos de las ideologías y, por otra parte, distintos de ellas. Ya nuestro venerado predecesor Juan XXIII en la Pacem in Terrismuestra que es posible hacer una distinción: «no se pueden identificar —escribe— falsas teorías filosóficas sobre la naturaleza, el origen y la finalidad del mundo y del hombre, con movimientos históricos fundados en una finalidad económica, social, cultural o política, aunque estos últimos deban su origen y se inspiren todavía en esas teorías. Una doctrina, una vez fijada y formulada, no cambia más, mientras que los movimientos que tienen por objeto condiciones concretas y mutables de la vida no pueden menos de ser ampliamente influenciados por esta evolución. Por lo demás, en la medida en que estos movimientos van de acuerdo con los sanos principios de la razón y responden a las justas aspiraciones de la persona humana ¿quién rehusaría reconocer en ellos elementos positivos y dignos de aprobación?».20 El atractivo de las corrientes socialistas 31. Hoy día, los cristianos se sienten atraídos por las corrientes socialistas y sus diversas evoluciones. Ellos tratan de reconocer allí un cierto número de aspiraciones que llevan dentro de sí mismos en nombre de su fe. Se sienten insertos en esta corriente histórica y quieren conducir dentro de ella una acción; ahora bien esta corriente histórica asume diversas formas, bajo un mismo vocablo, según los continentes y las culturas, aunque ha sido y sigue inspirada en muchos casos por ideologías, incompatibles con la fe. Se impone un atento discernimiento. Con demasiada frecuencia los cristianos, atraídos por el socialismo, tienen la tendencia a


idealizarlo, en términos por otra parte muy generosos: voluntad de justicia, de solidaridad y de igualdad. Ellos rehusan admitir las presiones de los movimientos históricos socialistas, que siguen condicionados por su ideología de origen. Entre los diversos niveles de expresión del socialismo —una aspiración generosa y una búsqueda de una sociedad más justa, los movimientos históricos que tienen una organización y un fin político, una ideología que pretende dar una visión total y autónoma del hombre—, hay que establecer distinciones que guiarán las opciones concretas. Sin embargo estas distinciones no deben tender a considerar tales niveles como completamente separados e independientes. La vinculación concreta que, según las circunstancias, existe entre ellas, debe ser claramente señalada, y esta perspicacia permitirá a los cristianos considerar el grado de compromiso posible en estos caminos, quedando a salvo los valores, en particular de libertad, de responsabilidad y de apertura a lo espiritual, que garantizan el desarrollo integral del hombre. Evolución histórica del marxismo 32. Otros cristianos se preguntan también si una evolución histórica del marxismo no autorizaría ciertos acercamientos concretos. Notan, en efecto, un cierto estallido del marxismo, que hasta ahora se presentaba como una ideología unitaria, explicativa de la totalidad del hombre y del mundo en su proceso de desarrollo y por tanto atea. Fuera del enfrentamiento ideológico que separa oficialmente las diversas tendencias del marxismo-leninismo en su respectiva interpretación del pensamiento de los fundadores, y fuera de las oposiciones abiertas entre los sistemas políticos que se apean hoy día a él, algunos establecen distinciones entre diversos niveles de expresión del marxismo. 33. Para unos el marxismo sigue siendo esencialmente una práctica activa de la lucha de clases. Experimentando el vigor, siempre presente y que renace sin cesar, de las relaciones de dominio y de explotación entre los hombres, reducen el marxismo a una lucha, a veces sin otra perspectiva, lucha que hay que proseguir y aun suscitar de manera permanente. Para otros, será en primer lugar el ejercicio colectivo de un poder político y económico bajo la dirección de un partido único que se considera —él solo— expresión y garantía del bien de todos, arrebatando a los individuos y a lo otros grupos toda posibilidad de iniciativa y de elección. A un tercer nivel, el marxismo —esté o no en el poder— se refiere a una ideología socialista a base de materialismo histórico y de negación de toda trascendencia. Finalmente se presenta, por otra parte, bajo una forma más atenuada, más seductora para el espíritu moderno: como una actividad científica, como un riguroso método de examen de la realidad social y política, como el vínculo racional y experimentado por la historia entre el conocimiento teórico y la práctica de la transformación revolucionaria. A pesar de este tipo de análisis concede un valor primordial a algunos aspectos de la realidad con detrimento de otros, y los interpreta en función de la ideología, proporciona por lo demás a algunos, a la vez que un instrumento de trabajo, una certeza previa para la acción: la pretensión de descifrar, bajo una forma científica, los resortes de la evolución de la sociedad. 34. Si a través del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos y los interrogantes que ellos plantean a los cristianos para la reflexión y para la acción, sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, entrar a la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso. La ideología liberal


35. Por otra parte, se asiste a una renovación de la ideología liberal. Esta corriente se afirma, sea en nombre de la eficacia económica, sea para defender al individuo contra el dominio cada vez más invasor de las organizaciones, sea contra las tendencias totalitarias de los poderes políticos. Ciertamente hay que mantener y desarrollar la iniciativa personal. Los cristianos que se comprometen en esta línea, ¿no tienden a su vez a idealizar el liberalismo que se convierte entonces en una proclamación a favor de la libertad? Ellos querrían un modelo nuevo, más adaptado a las condiciones actuales, olvidando fácilmente que en su raíz misma el liberalismo filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del individuo en su actividad, sus motivaciones, el ejercicio de su libertad. Es decir, la ideología liberal requiere por su parte un atento discernimiento. 36. En este acercamiento renovado de las diversas ideologías, el cristiano sacará de las fuentes de su fe y de las enseñanzas de la Iglesia los principios y las normas oportunas para evitar el dejarse seducir, y encerrar en un sistema cuyos límites y totalitarismo corren el riesgo de aparecer ante él demasiado tarde si no los percibe en sus raíces. Por encima de todo sistema, sin omitir por ello el compromiso concreto al servicio de sus hermanos, afirmará, en el seno mismo de sus opciones, lo específico de la aportación cristiana para una transformación positiva de la sociedad21. Renacimiento de las utopías 37. Hoy día, por otra parte, se nota mejor la debilidad de las ideologías a través de los sistemas concretos en que tratan de realizarse. Socialismo burocrático, capitalismo tecnocrático, democracia autoritaria, manifiestan la dificultad de resolver el gran problema humano de vivir todos juntos en la justicia y en la igualdad. En efecto, ¿cómo podrían escapar al materialismo, al egoísmo o a las presiones que fatalmente los acompañan? De aquí la contestación que surge un poco por todas partes, signo de profundo malestar, mientras se asiste al renacimiento de lo que se ha convenido en llamar «utopías», las cuales pretenden resolver el problema político de las sociedades modernas mejor que las ideologías. Sería peligroso no reconocerlo. La apelación a la utopía es con frecuencia un cómodo pretexto para quien desea rehuir las tareas concretas refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas. Pero, sin embargo, hay que reconocerlo, esta forma de crítica de la sociedad establecida provoca con frecuencia la imaginación prospectiva para percibir a la vez en el presente lo posiblemente ignorado que se encuentra inscrito en él y para orientar hacia un futuro mejor; sostiene además la dinámica social por la confianza que da a las fuerzas inventivas del espíritu y del corazón humano; y, finalmente, si se mantiene abierto a toda la realidad, puede también encontrar nuevamente el llamamiento cristiano. El Espíritu del Señor, que anima al hombre renovado en Cristo, trastorna de continuo los horizontes donde con frecuencia la inteligencia humana desea descansar, movida por el afán de seguridad, y las perspectivas últimas dentro de las cuales su dinamismo se encerraría de buena gana; una cierta energía invade totalmente al hombre, impulsándole a trascender todo sistema y toda ideología. En el corazón del mundo permanece el misterio del hombre, que se descubre hijo de Dios en el curso de un proceso histórico y psicológico donde luchan y se alternan presiones y libertad, opresión del pecado y soplo del Espíritu. El dinamismo de la fe cristiana triunfa así sobre los cálculos estrechos del egoísmo. Animado por el poder del Espíritu de Jesucristo, Salvador de los hombres; sostenido por la esperanza, el cristiano se compromete en la construcción de una ciudad humana, pacífica, justa y fraterna, que sea una ofrenda agradable a Dios22. Efectivamente, «la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva


familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo»23. Los interrogantes de las ciencias humanas 38. En este mundo, dominado por los cambios científicos y técnicos, que corren el riesgo de arrastrarlo hacia un nuevo positivismo, se presenta otra duda, mucho más grave. Después de haber dominado racionalmente la naturaleza, he aquí que el hombre se halla como encerrado dentro de su propia racionalidad; se convierte él a su vez en objeto de la ciencia. Las «ciencias humanas» han tomado hoy día un vuelo significativo. Por una parte someten a examen crítico y radical los conocimientos admitidos hasta ahora sobre el hombre, porque aparecen o demasiado empíricos o demasiado teóricos. Por otra parte, la necesidad metodológica y los apriorismos ideológicos las conducen frecuentemente a aislar, a través de las diversas situaciones, ciertos aspectos del hombre y a darles, por ello, una explicación que pretende ser global o por lo menos una interpretación que querría ser totalizante desde un punto de vista puramente cuantitativo o fenomenológico. Esta reducción «científica» lleva consigo una pretensión peligrosa. Dar así privilegio a tal o cual aspecto del análisis es mutilar al hombre y, bajo las apariencias de un proceso científico, hacerse incapaz de comprenderlo en su totalidad. 39. No hay que prestar menos atención a la acción que las «ciencias humanas» pueden suscitar al dar origen a la elaboración de modelos sociales que se impondrían después como tipos de conducta científicamente probados. El hombre puede convertirse entonces en objeto de manipulaciones que le orienten en sus deseos y necesidades y modifiquen sus comportamientos y hasta su sistema de valores. Nadie duda que ello encierra un grave peligro para las sociedades de mañana y para el hombre mismo. Pues si todos se ponen de acuerdo para construir una sociedad nueva al servicio del hombre, es necesario saber de antemano qué concepto se tiene del hombre. 40. La desconfianza frente a las ciencias humanas afecta al cristiano más que a los demás, pero no lo encuentra impreparado. Porque —Nos mismo lo hemos escrito en la Populorum progressio— es en este punto donde se sitúa la aportación específica de la Iglesia a las civilizaciones: «Tomando parte en las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo al no verlas satisfechas, la Iglesia desea ayudarles a conseguir su pleno desarrollo, y esto precisamente porque les propone lo que posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad»24. ¿Será necesario, por tanto, que la Iglesia se oponga a las ciencias humanas en su adelanto y denuncie sus pretensiones? Como en el caso de las ciencias naturales, la Iglesia tiene confianza también en estas investigaciones e invita a los cristianos a tomar parte activa en ellas25. Animados por la misma exigencia científica y por el deseo de conocer mejor al hombre, pero al mismo tiempo iluminados por su fe, los cristianos entregados a las ciencias humanas entablarán un diálogo, que ya se prevé fructuoso, entre la Iglesia y este nuevo campo de descubrimientos. En verdad, cada disciplina científica no podrá comprender, en su particularidad, más que un aspecto parcial, aunque verdadero, del hombre; la totalidad y el sentido se le escapan. Pero, dentro de estos límites, las ciencias humanas aseguran una función positiva que la Iglesia reconoce gustosamente. Pueden asimismo ensanchar las perspectivas de la libertad humana más de lo que lo permiten prever los condicionamientos conocidos. Podrán también ayudar a la moral social cristiana, la cual verá sin duda limitarse su campo cuando se trata de proponer ciertos modelos sociales, mientras que su función de crítica y de superación se reforzará, mostrando el carácter relativo de los comportamientos y de los valores que tal sociedad presentaba como definitivos e inherentes a la naturaleza misma del hombre. Condición indispensable e insuficiente a la vez para un mejor


descubrimiento de lo humano, estas ciencias constituyen un lenguaje cada vez más complejo, pero que, más que colmar, dilata el misterio del corazón del hombre y no aporta la respuesta completa y definitiva al deseo que brota de lo más profundo de su ser. Ambigüedad del progreso 41. Este mayor conocimiento del hombre permite criticar mejor y aclarar una noción fundamental que está en la base de las sociedades modernas, al mismo tiempo como móvil, como medida y como objeto: el progreso. A partir del siglo XIX, las sociedades occidentales y otras muchas al contacto con ellas han puesto su esperanza en un progreso, renovado sin cesar, ilimitado. Este progreso se les presentaba como el esfuerzo de liberación del hombre de cara a las necesidades de la naturaleza y de las presiones sociales. ¡Era la condición y la medida de la libertad humana! Difundida por los medios modernos de información y por el estímulo del saber y la generalización del afán de consumo, el progreso se convierte en ideología omnipresente. Por tanto, se plantea hoy la duda sobre su valor y sobre su origen. ¿Qué significa esta búsqueda inexorable de un progreso que se esfuma cada vez que uno cree haberlo conquistado? Un progreso absolutamente autónomo deja totalmente insatisfecho al hombre. Sin duda, se han denunciado, justamente, los límites y también los perjuicios de un crecimiento económico puramente cuantitativo, y se desean alcanzar también objetivos de orden cualitativo. La forma y la verdad de las relaciones humanas, el grado de participación y de responsabilidad, no son menos significativos e importantes para el porvenir de la sociedad que la cantidad y la variedad de los bienes producidos y consumidos. Superando la tentación de querer medirlo todo en términos de eficacia y de cambios comerciales, en relaciones de fuerzas y de intereses, el hombre desea hoy sustituir cada vez más estos criterios cuantitativos con la intensidad de la comunicación, la difusión del saber y de la cultura, el servicio recíproco, el acuerdo para una labor común. ¿No está acaso el verdadero progreso en el desarrollo de la conciencia moral, que conducirá al hombre a tomar sobre sí las solidaridades ampliadas y a abrirse libremente a los demás y a Dios? Para un cristiano, el progreso encuentra necesariamente el misterio escatológico de la muerte; la muerte de Cristo y su resurrección, así como el impulso del Espíritu del Señor, ayudan al hombre a situar su libertad creadora y agradecida en la verdad de cualquier progreso y en la única esperanza que no decepciona jamás26. Los cristianos ante los nuevos problemas Dinamismo de la enseñanza social de la Iglesia 42. Frente a tantos nuevos interrogantes, la Iglesia hace un esfuerzo de reflexión para responder, dentro de su propio campo, a las esperanzas de los hombres. El que hoy los problemas parezcan originales debido a su amplitud y urgencia, ¿quiere decir que el hombre se halla impreparado para resolverlos? La enseñanza social de la Iglesia acompaña con todo su dinamismo a los hombres en esta búsqueda. Si bien no interviene para confirmar con su autoridad una determinada estructura establecida o prefabricada, no se limita, sin embargo, simplemente a recordar unos principios generales. Se desarrolla por medio de la reflexión madurada al contacto con situaciones cambiantes de este mundo, bajo el impulso del Evangelio como fuente de renovación, desde el momento en que su mensaje es aceptado en la plenitud de sus exigencias. Se desarrolla con la sensibilidad propia de la Iglesia, marcada por la voluntad desinteresada de servicio y la atención a los más pobres; finalmente, se alimenta en una rica experiencia multisecular que le permite asumir, en la continuidad de sus preocupaciones permanentes, las innovaciones atrevidas y creadoras que requiere la situación presente del mundo.


Por una justicia mayor 43. Queda por instaurar una mayor justicia en la distribución de los bienes, tanto en el interior de las comunidades nacionales como en el plano internacional. En el comercio mundial es necesario superar las relaciones de fuerza para llegar a tratados concertados con la mirada puesta en el bien de todos. Las relaciones de fuerza no han logrado jamás establecer efectivamente la justicia de una manera durable y verdadera, por más que en algunos momentos la alternancia en el equilibrio de posiciones puede permitir frecuentemente hallar condiciones más fáciles de diálogo. El uso de la fuerza suscita, por lo demás, la puesta en acción de fuerzas contrarias, y de ahí el clima de lucha, que da lugar a situaciones extremas de violencia y abusos27. Pero —lo hemos afirmado frecuentemente— el deber más importante de la justicia es el de permitir a cada país promover su propio desarrollo, dentro del marco de una cooperación exenta de todo espíritu de dominio, económico y político. Ciertamente, la complejidad de los problemas planteados es grande en el conflicto actual de las interdependencias. Se ha de tener, por tanto, la fortaleza de ánimo necesaria para revisar las relaciones actuales entre las naciones, ya se trate de la distribución internacional de la producción, de la estructura del comercio, del control de los beneficios, de la ordenación del sistema monetario —sin olvidar las acciones de solidaridad humanitaria—, y así se logre que los modelos de crecimiento de las naciones ricas sean críticamente analizados, se transformen las mentalidades para abrirlas a la prioridad del derecho internacional y, finalmente, se renueven los organismos internacionales para lograr una mayor eficacia. 44. Bajo el impulso de los nuevos sistemas de producción están abriéndose las fronteras nacionales, y se ven aparecer nuevas potencias económicas, las empresas multinacionales, que por la concentración y la flexibilidad de sus medios pueden llevar a cabo estrategias autónomas, en gran parte independientes de los poderes políticos nacionales y, por consiguiente, sin control desde el punto de vista del bien común. Al extender sus actividades, estos organismos privados pueden conducir a una nueva forma abusiva de dictadura económica en el campo social, cultural e incluso político. La concentración excesiva de los medios y de los poderes, que denunciaba ya Pío XI en el 40 aniversario de la Rerum novarum, adquiere nuevas formas concretas. Cambio de los corazones y de las estructuras 45. Hoy los hombres desean sobremanera liberarse de la necesidad y del poder ajeno. Pero esta liberación comienza por la libertad interior, que ellos deben recuperar de cara a sus bienes y a sus poderes. No llegarán a ella si no es por medio de un amor que trascienda al hombre y, en consecuencia, cultive en ellos el hábito del servicio. De otro modo, como es evidente, aun las ideologías más revolucionarias no desembocarán más que en un simple cambio de amos; instalados a su vez en el poder, estos nuevos amos se rodean de privilegios, limitan las libertades y consienten que se instauren otras formas de injusticia. Muchos llegan también a plantearse el problema del modelo mismo de sociedad civil. La ambición de numerosas naciones, en la competición que las opone y las arrastra, es la de llegar al predominio tecnológico, económico y militar. Esa ambición se opone a la creación de estructuras, en las cuales el ritmo del progreso sería regulado en función de una justicia mayor, en vez de acentuar las diferencias y de crear un clima de desconfianza y de lucha que compromete continuamente la paz.


Significación cristiana de la acción política 46. ¿No es aquí donde aparecen los límites radicales de la economía? La actividad económica, que ciertamente es necesaria, puede, si está al servicio del hombre, «ser fuente de fraternidad y signo de la Providencia divina»28; es ella la que da ocasión a los intercambios concretos entre los hombres, al reconocimiento de derechos, a la prestación de servicios y a la afirmación de la dignidad en el trabajo. Terreno frecuentemente de enfrentamiento y de dominio, puede dar origen al diálogo y suscitar la cooperación29. Sin embargo, corre el riesgo de absorber excesivamente las energías de la libertad. Por eso, el paso de la economía a la política es necesario. Ciertamente, el término «política» suscita muchas confusiones que deben ser esclarecidas. Sin embargo, es cosa de todos sabida que, en los campos social y económico —tanto nacional como internacional—, la decisión última corresponde al poder político. Este poder político, que constituye el vínculo natural y necesario para asegurar la cohesión del cuerpo social, debe tener como finalidad la realización del bien común. Respetando las legítimas libertades de los individuos, de las familias y de los grupos subsidiarios, sirve para crear eficazmente y en provecho de todos las condiciones requeridas para conseguir el bien auténtico y completo del hombre, incluido su destino espiritual. Se despliega dentro de los límites propios de su competencia, que pueden ser diferentes según los países y los pueblos. Interviene siempre movido por el deseo de la justicia y la dedicación al bien común, del que tiene la responsabilidad última. No quita, pues, a los individuos y a los cuerpos intermedios el campo de actividades y responsabilidades propias de ellos, los cuales les inducen a cooperar en la realización del bien común. En efecto, «el objeto de toda intervención en materia social es ayudar a los miembros del cuerpo social y no destruirlos ni absorberlos»30. Según su propia misión, el poder político debe saber desligarse de los intereses particulares, para enfocar su responsabilidad hacia el bien de todos los hombres, rebasando incluso las fronteras nacionales. Tomar en serio la política en sus diversos niveles —local, regional, nacional y mundial— es afirmar el deber del hombre, de todo hombre, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad. La política ofrece un camino serio y difícil —aunque no el único— para cumplir el deber grave que el cristiano tiene de servir a los demás. Sin que pueda resolver ciertamente todos los problemas, se esfuerza por aportar soluciones a las relaciones de los hombres entre sí. Su campo y sus fines, amplios y complejos, no son excluyentes. Una actitud invasora que tendiera a hacer de la política —algo absoluto, se convertiría en un gravísimo peligro. Aun reconociendo la autonomía de la realidad política, los cristianos dedicados a la acción política se esforzarán por salvaguardar la coherencia entre sus opciones y el Evangelio y por dar, dentro del legítimo pluralismo, un testimonio, personal y colectivo, de la seriedad de su fe mediante un servicio eficaz y desinteresado hacia los hombres. Participación en las responsabilidades 47. El paso al campo de la política expresa también una exigencia actual del hombre: mayor participación en las responsabilidades y en las decisiones. Esta legítima aspiración se manifiesta sobre todo a medida que aumenta el nivel cultural, se desarrolla el sentido de la libertad y el hombre advierte con mayor conocimiento cómo, en el mundo abierto a un porvenir incierto, las decisiones de hoy condicionan ya la vida del mañana. En la encíclica Mater et magistra31, Juan XXIII subrayaba cómo el acceso a las responsabilidades es una exigencia fundamental de la naturaleza del hombre, un ejercicio concreto de su libertad, un camino para su desarrollo; e indicaba cómo en la vida económica, particularmente en la empresa, debía ser asegurada esta


participación en las responsabilidades32. Hoy día el ámbito es más vasto: se extiende al campo social y político, donde debe ser instituida e intensificada la participación razonable en las responsabilidades y opciones. Ciertamente, las disyuntivas propuestas a la deliberación son cada vez más complejas; las consideraciones que deben tenerse en cuenta, múltiples; la previsión de las consecuencias, aleatoria, aun cuando las nuevas ciencias se esfuerzan por iluminar la libertad en esta importante coyuntura. Por eso, aunque a veces es necesario imponer límites, estas dificultades no deben frenar una difusión mayor de la participación de todos en las deliberaciones, en las decisiones y en su puesta en práctica. Para hacer frente a una tecnocracia creciente, hay que inventar formas de democracia moderna, no solamente dando a cada hombre la posibilidad de informarse y de expresar su opinión, sino de comprometerse en una responsabilidad común. Así los grupos humanos se transforman poco a poco en comunidades de participación y de vida. Así la libertad, que se afirma con demasiada frecuencia como reivindicación de la más plena autonomía, en oposición a la libertad de los demás, se desarrolla en su realidad humana más profunda: comprometerse y afanarse en la realización de solidaridades activas y vividas. Solamente entonces, como bien sabe el cristiano, el hombre, entregándose al Dios que lo libera, encuentra la verdadera libertad, restaurada en la muerte y en la resurrección del Señor. Llamamiento a la acción Necesidad de comprometerse en la acción 48. En el campo social, la Iglesia ha querido realizar siempre una doble tarea: iluminar los espíritus para ayudarlos a descubrir la verdad y distinguir el camino que deben seguir en medio de las diversas doctrinas que los solicitan; y consagrarse a la difusión de la virtud del Evangelio, con el deseo real de servir eficazmente a los hombres. ¿No es precisamente por fidelidad a esta voluntad por lo que la Iglesia ha enviado, en misión apostólica entre los trabajadores, a sacerdotes que, compartiendo íntegramente la condición obrera, son testigos de su solicitud y de su afán? Por ello dirigimos nuevamente a todos los cristianos, de manera apremiante, un llamamiento a la acción. En nuestra encíclica sobre el desarrollo de los pueblos insistíamos para que todos se pusieran a la obra: «Los seglares deben asumir como su tarea propia la renovación del orden temporal; si la función de la jerarquía es la de enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este campo, pertenece a ellos, mediante sus iniciativas y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar del espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de su comunidad de vida»33. Que cada cual se examine para ver lo que ha hecho hasta aquí y lo que debe hacer todavía. No basta recordar principios generales, manifestar propósitos, condenar las injusticias graves, proferir denuncias con cierta audacia profética; todo ello no tendrá peso real si no va acompañado en cada hombre por una toma de conciencia más viva de su propia responsabilidad y de una acción efectiva. Resulta demasiado fácil echar sobre los demás la responsabilidad de las presentes injusticias, si al mismo tiempo no nos damos cuenta de que todos somos también responsables, y que, por tanto, la conversión personal es la primera exigencia. Esta humildad fundamental quitará a nuestra acción toda clase de asperezas y de sectarismos; evitará también el desaliento frente a una tarea que se presenta con proporciones inmensas. La esperanza del cristiano proviene, en primer lugar, de saber que el Señor está obrando con nosotros en el mundo, continuando en su Cuerpo, que es la Iglesia —y mediante ella en la humanidad entera—, la redención consumada en la cruz, y que ha estallado en victoria la mañana de la resurrección34; le viene, además, de saber que también otros hombres colaboran en acciones convergentes de justicia y de paz, porque bajo


una aparente indiferencia existe en el corazón de todo hombre una voluntad de vida fraterna y una sed de justicia y de paz que es necesario satisfacer, 49. De este modo, en la diversidad de situaciones, funciones y organizaciones, cada uno debe determinar su responsabilidad y discernir en buena conciencia las actividades en las que deba participar. Envuelto entre corrientes contradictorias, donde al lado de aspiraciones legítimas se deslizan orientaciones sumamente ambiguas, el cristiano debe elegir con diligencia su camino y evitar comprometerse en colaboraciones incondicionales y contrarias a los principios de un verdadero humanismo, aunque sea en nombre de solidaridades profundamente sentidas. Si quiere realmente desempeñar su propio papel como cristiano y ser consecuente con su fe —cosa que los mismos no creyentes esperan de él—, debe mantenerse vigilante en medio de la acción, para dar a conocer los motivos de su conducta y para rebasar los objetivos perseguidos, movido por una visión más amplia de la realidad, lo cual evitará el peligro de los particularismos egoístas y de los totalitarismos opresores. Pluralismo en la acción 50. En las situaciones concretas, y habida cuenta de las solidaridades que cada uno vive, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes35. La Iglesia invita a todos los cristianos a la doble tarea de animar y renovar el mundo con el espíritu cristiano, a fin de perfeccionar las estructuras y acomodarlas mejor a las verdaderas necesidades actuales. A los cristianos que a primera vista parecen oponerse partiendo de opciones diversas, pide la Iglesia un esfuerzo de recíproca comprensión benévola de las posiciones y de los motivos de los demás; un examen leal de su comportamiento y de su rectitud sugerirá a cada cual una actitud de caridad más profunda que, aun reconociendo las diferencias, les permitirá confiar en las posibilidades de convergencia y de unidad. «Lo que une, en efecto, a los fieles es más fuerte que lo que los separa»36. Es cierto que muchos, implicados en las estructuras y en las condiciones actuales de vida, se sienten fuertemente predeterminados por sus hábitos de pensamiento y a su posición, cuando no lo son también por la defensa de los intereses privados. Otros, en cambio, sienten tan profundamente la solidaridad de las clases y de las culturas profanas, que llegan a compartir sin reservas todos los juicios y todas las opciones de su medio ambiente37. Cada cual deberá probarse y deberá hacer surgir aquella verdadera libertad en Cristo que abre el espíritu del hombre a lo universal en el seno incluso de las condiciones más particularizadas. 51. Del mismo modo, las organizacioncs cristianas, de acuerdo con la diversidad de formas que las caracterizan, tienen una responsabilidad de acción colectiva. Sin subrogarse en el puesto de las instituciones de la sociedad civil, tienen que expresar, a su manera y por encima de sus particularidades propias, las exigencias concretas de la fe cristiana para una transformación justa y, por consiguiente, necesaria de la sociedad38. Hoy más que nunca, la Palabra de Dios no podrá ser proclamada ni escuchada si no va acompañada del testimonio de la potencia del Espíritu Santo, operante en la acción de los cristianos al servicio de sus hermanos, en los puntos donde se juegan éstos su existencia y su porvenir. 52. Al ofrecerle estas reflexiones, tenemos ciertamente conciencia, señor cardenal, de no haber abordado todos los problemas sociales que se plantean hoy al hombre de fe y a los hombres de buena voluntad. Nuestras recientes declaraciones, a las cuales se


une vuestro mensaje en ocasión de la proclamación del Segundo Decenio del Desarrollo —concernientes sobre todo a los deberes del conjunto de las naciones en el grave problema del desarrollo integral y solidario del hombre—, siguen todavía vivas en los espíritus. Os dirigimos éstas con la intención de proporcionar al Consejo de los Seglares y a la Comisión pontificia «Justicia y Paz» nuevos elementos, al mismo tiempo que aliento, para la prosecución de su tarea de despertar al Pueblo de Dios a una plena inteligencia de su función en la hora actual y de «promover el apostolado en el plano internacional»39. Con estos sentimientos os otorgamos, señor cardenal, nuestra bendición apostólica. Vaticano, 14 de mayo de 1971. PABLO PP. VI. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21

Cf. Gaudium et spes 10: AAS 58 (1966) 1033. AAS 23 (1931) 209ss. AAS 53 (1961) 429. 3: AAS 59 (1967) 258. Populorum progressio I: AAS 59 (1967) 257. Cf. 2 Cor 4,17. Cf. Populorum progressio 25: AAS 59 (1967) 269-270. Cf. Apoc 3,12; 21,2. Gaudium et spes 25: AAS 58 (1966) 1045. Ibid., 67: AAS 58 (1966) 1089. Cf. Populorum Progressio, 69: AAS 59 (1967), 290-291. Cfr. Mt 25,35. Nostra aetate, 5: AAS 58 (1966), p. 473. 37: AAS 59 (1967) 276. Cf. Inter mirifica, 12: AAS 56 (1996), 149. Cfr. Pacem in terris: AAS 55 (1963), 261 ss. Cf. Radiomensaje en ocasión de la Jornada de la Paz: AAS 63 (1971) 5-9. Cfr. Gaudium et spes, 74: AAS 58 (1966) 1095-1096 Dignitatis humanae, I: AAS 58 (1966) 930. AAS 55 (1963) 300.


22 23 24 25 26 27 28 29 30

Cf. Gaudium et spes, 11: AAS 58 (1966) 1033. Cf. Rom 15,16. Gaudium et spes 39: AAS 58 (1966) 1057. 13: AAS 59 (1967) 264. Cf. Gaudium et spes 36: AAS 58 (1966) 1054. Cf. Rom 5,5. Cf. Populorum Progressio 56ss: AAS 59 (1967) 285ss. Populorum progressio 86: AAS 59 (1967) 299. Cf. Gaudium et spes 63: AAS 58 (1966) 1085.

Quadragesimo anno: AAS 23 (1931) 203; cf. Mater et magistra: AAS 53 (1961) 414,428; Gaudium et spes 74.75.76; AAS 58 (1966) 1095-1100.

31 32 33 34 35 36 37 38

AAS 53 (1961) 420-422. Gaudium et spes 68.75: AAS 58 (1966) 1089-1090 1097. Populorum progressio 81: AAS 59 (1967) 296-297. Gaudium et spes 43: AAS 58 (1966) 1061. Gaudium et spes 43: AAS 58 (1966) 1061. Ibid., 93: AAS 58 (1966) 1113. Cf. 1 Tes 5,21.

Lumen gentium 31: AAS 57 (1965) 37-38; Apostolicam actuositatem 5: AAS 58 (1966) 8-42. 39

Motu proprio Catholicam Christi Ecclesiam: AAS 59 (1967) 26.27.


Laborem exercens Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II sobre el trabajo humano en el XC aniversario de la Rerum novarum, 14 de septiembre de 1981 Venerables Amadísimos Hijos e Hijas:

Hermanos,

Salud y bendición Apostólica Con su trabajo el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, 1 contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos. Y «trabajo» significa todo tipo de acción realizada por el hombre independientemente de sus características o circunstancias; significa toda actividad humana que se puede o se debe reconocer como trabajo entre las múltiples actividades de las que el hombre es capaz y a las que está predispuesto por la naturaleza misma en virtud de su humanidad. Hecho a imagen y semejanza de Dios 2 en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, 3 el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo. El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza. I. INTRODUCCIÓN 1. El Trabajo humano 90 años después de la «Rerum Novarum» Habiéndose cumplido, el 15 de mayo del año en curso, noventa años desde la publicación —por obra de León XIII, el gran Pontífice de la «cuestión social»— de aquella Encíclica de decisiva importancia, que comienza con las palabras Rerum Novarum, deseo dedicar este documento precisamente al trabajo humano, y más aún deseo dedicarlo al hombre en el vasto contexto de esa realidad que es el trabajo. En efecto, si como he dicho en la Encíclica Redemptor Hominis, publicada al principio de mi servicio en la sede romana de San Pedro, el hombre «es el camino primero y fundamental de la Iglesia», 4 y ello precisamente a causa del insondable misterio de la Redención en Cristo, entonces hay que volver sin cesar a este camino y proseguirlo siempre nuevamente en sus varios aspectos en los que se revela toda la riqueza y a la vez toda la fatiga de la existencia humana sobre la tierra. EL trabajo es uno de estos aspectos, perenne y fundamental, siempre actual y que exige constantemente una renovada atención y un decidido testimonio. Porque surgen siempre nuevos interrogantes y problemas,nacen siempre nuevas esperanzas, pero nacen también temores y amenazas relacionadas con esta dimensión fundamental de la existencia humana, de la que la vida del hombre está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad específica y en la que a la vez está contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento y también del daño y de la injusticia que invaden profundamente la vida social dentro de cada Nación y a escala internacional. Si bien es verdad que el hombre se nutre con el pan del trabajo de sus manos,5 es decir, no sólo de ese pan de cada día que mantiene vivo su cuerpo, sino también del pan de la ciencia y del progreso, de la civilización y de la cultura, entonces es también


verdad perenne que él se nutre de ese pancon el sudor de su frente; 6 o sea no sólo con el esfuerzo y la fatiga personales, sino también en medio de tantas tensiones, conflictos y crisis que, en relación con la realidad del trabajo, trastocan la vida de cada sociedad y aun de toda la humanidad. Celebramos el 90° aniversario de la Encíclica Rerum Novarum en vísperas de nuevos adelantos en las condiciones tecnológicas, económicas y políticas que, según muchos expertos, influirán en el mundo del trabajo y de la producción no menos de cuanto lo hizo la revolución industrial del siglo pasado. Son múltiples los factores de alcance general: la introducción generalizada de la automatización en muchos campos de la producción, el aumento del coste de la energía y de las materias básicas; la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio natural y de su insoportable contaminación; la aparición en la escena política de pueblos que, tras siglos de sumisión, reclaman su legítimo puesto entre las naciones y en las decisiones internacionales. Estas condiciones y exigencias nuevas harán necesaria una reorganización y revisión de las estructuras de la economía actual, así como de la distribución del trabajo. Tales cambios podrán quizás significar por desgracia, para millones de trabajadores especializados, desempleo, al menos temporal, o necesidad de nueva especialización; conllevarán muy probablemente una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para los Países más desarrollados; pero podrán también proporcionar respiro y esperanza a millones de seres que viven hoy en condiciones de vergonzosa e indigna miseria. No corresponde a la Iglesia analizar científicamente las posibles consecuencias de tales cambios en la convivencia humana. Pero la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos, y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad. 2. En una línea de desarrollo orgánico de la acción y enseñanza social de la Iglesia Ciertamente el trabajo, en cuanto problema del hombre, ocupa el centro mismo de la «cuestión social», a la que durante los casi cien años transcurridos desde la publicación de la mencionada Encíclica se dirigen de modo especial las enseñanzas de la Iglesia y las múltiples iniciativas relacionadas con su misión apostólica. Si deseo concentrar en ellas estas reflexiones, quiero hacerlo no de manera diversa, sino más bien en conexión orgánica con toda la tradición de tales enseñanzas e iniciativas. Pero a la vez hago esto siguiendo las orientaciones del Evangelio, para sacar del patrimonio del Evangelio «cosas nuevas y cosas viejas». 7 Ciertamente el trabajo es «cosa antigua», tan antigua como el hombre y su vida sobre la tierra. La situación general del hombre en el mundo contemporáneo, considerada y analizada en sus varios aspectos geográficos, de cultura y civilización, exige sin embargo que se descubran los nuevos significados del trabajo humano y que se formulen asimismo los nuevos cometidos que en este campo se brindan a cada hombre, a cada familia, a cada Nación, a todo el género humano y, finalmente, a la misma Iglesia. En el espacio de los años que nos separan de la publicación de la Encíclica Rerum Novarum, la cuestión social no ha dejado de ocupar la atención de la Iglesia. Prueba de ello son los numerosos documentos del Magisterio, publicados por los Pontífices, así como por el Concilio Vaticano II. Prueba asimismo de ello son las declaraciones de los Episcopados o la actividad de los diversos centros de pensamiento y de iniciativas concretas de apostolado, tanto a escala internacional como a escala de Iglesias locales. Es difícil enumerar aquí detalladamente todas las manifestaciones del vivo interés de la Iglesia y de los cristianos por la cuestión social, dado que son muy numerosas. Como fruto del Concilio, el principal centro de coordinación en este campo ha venido a ser la


Pontificia Comisión Justicia y Paz, la cual cuenta con Organismos correspondientes en el ámbito de cada Conferencia Episcopal. El nombre de esta institución es muy significativo: indica que la cuestión social debe ser tratada en su dimensión integral y compleja. El compromiso en favor de la justicia debe estar íntimamente unido con el compromiso en favor de la paz en el mundo contemporáneo. Y ciertamente se ha pronunciado en favor de este doble cometido la dolorosa experiencia de las dos grandes guerras mundiales, que, durante los últimos 90 años, han sacudido a muchos Países tanto del continente europeo como, al menos en parte, de otros continentes. Se manifiesta en su favor, especialmente después del final de la segunda guerra mundial, la permanente amenaza de una guerra nuclear y la perspectiva de la terrible autodestrucción que deriva de ella. Si seguimos la línea principal del desarrollo de los documentos del supremo Magisterio de la Iglesia, encontramos en ellos la explícita confirmación de tal planteamiento del problema. La postura clave, por lo que se refiere a la cuestión de la paz en el mundo, es la de la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII. Si se considera en cambio la evolución de la cuestión de la justicia social, ha de notarse que, mientras en el período comprendido entre la Rerum Novarum y la Quadragesimo Anno de Pío XI, las enseñanzas de la Iglesia se concentran sobre todo en torno a la justa solución de la llamada cuestión obrera, en el ámbito de cada Nación y, en la etapa posterior, amplían el horizonte a dimensiones mundiales. La distribución desproporcionada de riqueza y miseria, la existencia de Países y Continentes desarrollados y no desarrollados, exigen una justa distribución y la búsqueda de vías para un justo desarrollo de todos. En esta dirección se mueven las enseñanzas contenidas en la Encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II y en la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI. Esta dirección de desarrollo de las enseñanzas y del compromiso de la Iglesia en la cuestión social, corresponde exactamente al reconocimiento objetivo del estado de las cosas. Si en el pasado, como centro de tal cuestión, se ponía de relieve ante todo el problema de la «clase», en época más reciente se coloca en primer plano el problema del «mundo». Por lo tanto, se considera no sólo el ámbito de la clase, sino también el ámbito mundial de la desigualdad y de la injusticia; y, en consecuencia, no sólo la dimensión de clase, sino la dimensión mundial de las tareas que llevan a la realización de la justicia en el mundo contemporáneo. Un análisis completo de la situación del mundo contemporáneo ha puesto de manifiesto de modo todavía más profundo y más pleno el significado del análisis anterior de las injusticias sociales; y es el significado que hoy se debe dar a los esfuerzos encaminados a construir la justicia sobre la tierra, no escondiendo con ello las estructuras injustas, sino exigiendo un examen de las mismas y su transformación en una dimensión más universal. 3. El problema del trabajo, clave de la cuestión social En medio de todos estos procesos —tanto del diagnóstico de la realidad social objetiva como también de las enseñanzas de la Iglesia en el ámbito de la compleja y variada cuestión social— el problema del trabajo humano aparece naturalmente muchas veces. Es, de alguna manera, un elemento fijo tanto de la vida social como de las enseñanzas de la Iglesia. En esta enseñanza, sin embargo, la atención al problema se remonta más allá de los últimos noventa años. En efecto, la doctrina social de la Iglesia tiene su fuente en la Sagrada Escritura, comenzando por el libro del Génesis y, en particular, en el Evangelio y en los escritos apostólicos. Esa doctrina perteneció desde el principio a la enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre y de la vida social y, especialmente, a la moral social elaborada según las necesidades de las distintas épocas. Este patrimonio tradicional ha sido después heredado y desarrollado por las enseñanzas de los Pontífices sobre la moderna «cuestión social»,


empezando por la Encíclica Rerum Novarum. En el contexto de esta «cuestión», la profundización del problema del trabajo ha experimentado una continua puesta al día conservando siempre aquella base cristiana de verdad que podemos llamar perenne. Si en el presente documento volvemos de nuevo sobre este problema —sin querer por lo demás tocar todos los argumentos que a él se refieren— no es para recoger y repetir lo que ya se encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien para poner de relieve —quizá más de lo que se ha hecho hasta ahora— que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y si la solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de «hacer la vida humana más humana», 8 entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia fundamental y decisiva. II. EL TRABAJO Y EL HOMBRE 4. En el libro del Génesis La Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción considerando también todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre: la antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la sicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera irrefutable esta realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción sobre todo de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que es una convicción de la inteligencia adquiere a la vez el carácter de una convicción de fe. El motivo es que la Iglesia —vale la pena observarlo desde ahora— cree en el hombre: ella piensa en el hombre y se dirige a él no sólo a la luz de la experiencia histórica, no sólo con la ayuda de los múltiples métodos del conocimiento científico, sino ante todo a la luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer referencia al hombre, ella trata de expresar los designioseternos y los destinos trascendentes que el Dios vivo, Creador y Redentor ha unido al hombre. La Iglesia halla ya en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana sobre la tierra. El análisis de estos textos nos hace conscientes a cada uno del hecho de que en ellos —a veces aun manifestando el pensamiento de una manera arcaica— han sido expresadas las verdades fundamentales sobre el hombre, ya en el contexto del misterio de la Creación. Estas son las verdades que deciden acerca del hombre desde el principio y que, al mismo tiempo, trazan las grandes líneas de su existencia en la tierra, tanto en el estado de justicia original como también después de la ruptura, provocada por el pecado, de la alianza original del Creador con lo creado, en el hombre. Cuando éste, hecho «a imagen de Dios ... varón y hembra», 9 siente las palabras: «Procread ymultiplicaos, y henchid la tierra; sometedla», 10 aunque estas palabras no se refieren directa y explícitamente al trabajo, indirectamente ya se lo indican sin duda alguna como una actividad a desarrollar en el mundo. Más aún, demuestran su misma esencia más profunda. El hombre es la imagen de Dios, entre otros motivos por el mandato recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo ser humano, refleja la acción misma del Creador del universo. El trabajo entendido como una actividad «transitiva», es decir, de tal naturaleza que, empezando en el sujeto humano, está dirigida hacia un objeto externo, supone un dominio específico del hombre sobre la «tierra» y a la vez confirma y desarrolla este dominio. Está claro que con el término «tierra», del que habla el texto bíblico, se debe


entender ante todo la parte del universo visible en el que habita el hombre; por extensión sin embargo, se puede entender todo el mundo visible, dado que se encuentra en el radio de influencia del hombre y de su búsqueda por satisfacer las propias necesidades. La expresión «someter la tierra» tiene un amplio alcance. Indica todos los recursos que la tierra (e indirectamente el mundo visible) encierra en sí y que, mediante la actividad consciente del hombre, pueden ser descubiertos y oportunamente usados. De esta manera, aquellas palabras, puestas al principio de la Biblia, no dejan de ser actuales. Abarcan todas las épocas pasadas de la civilización y de la economía, así como toda la realidad contemporánea y las fases futuras del desarrollo, las cuales, en alguna medida, quizás se están delineando ya, aunque en gran parte permanecen todavía casi desconocidas o escondidas para el hombre. Si a veces se habla de período de «aceleración» en la vida económica y en la civilización de la humanidad o de las naciones, uniendo estas «aceleraciones» al progreso de la ciencia y de la técnica, y especialmente a los descubrimientos decisivos para la vida socio-económica, se puede decir al mismo tiempo que ninguna de estas «aceleraciones» supera el contenido esencial de lo indicado en ese antiquísimo texto bíblico. Haciéndose —mediante su trabajo— cada vez más dueño de la tierra y confirmando todavía —mediante el trabajo— su dominio sobre el mundo visible, el hombre en cada caso y en cada fase de este proceso se coloca en la línea del plan original del Creador; lo cual está necesaria e indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha sido creado, varón y hembra, «a imagen de Dios». Este proceso es, al mismo tiempo, universal: abarca a todos los hombres, a cada generación, a cada fase del desarrollo económico y cultural, y a la vez es un proceso que se actúa en cada hombre, en cada sujeto humano consciente. Todos y cada uno están comprendidos en él contemporáneamente. Todos y cada uno, en una justa medida y en un número incalculable de formas, toman parte en este gigantesco proceso, mediante el cual el hombre «somete la tierra» con su trabajo. 5. El trabajo en sentido objetivo: La técnica Esta universalidad y a la vez esta multiplicidad del proceso de «someter la tierra» iluminan el trabajo del hombre, ya que el dominio del hombre sobre la tierra se realiza en el trabajo y mediante el trabajo. Emerge así el significado del trabajo en sentido objetivo, el cual halla su expresión en las varias épocas de la cultura y de la civilización. El hombre domina ya la tierra por el hecho de que domestica los animales, los cría y de ellos saca el alimento y vestido necesarios, y por el hecho de que puede extraer de la tierra y de los mares diversos recursos naturales. Pero mucho más «somete la tierra», cuando el hombre empieza a cultivarla y posteriormente elabora sus productos, adaptándolos a sus necesidades. La agricultura constituye así un campo primario de la actividad económica y un factor indispensable de la producción por medio del trabajo humano. La industria, a su vez, consistirá siempre en conjugar las riquezas de la tierra —los recursos vivos de la naturaleza, los productos de la agricultura, los recursos minerales o químicos— y el trabajo del hombre, tanto el trabajo físico como el intelectual. Lo cual puede aplicarse también en cierto sentido al campo de la llamada industria de los servicios y al de la investigación, pura o aplicada. Hoy, en la industria y en la agricultura la actividad del hombre ha dejado de ser. en muchos casos, un trabajo prevalentemente manual, ya que la fatiga de las manos y de los músculos es ayudada por máquinas y mecanismos cada vez más perfeccionados. No solamente en la industria, sino también en la agricultura, somos testigos de las transformaciones llevadas a cabo por el gradual y continuo desarrollo de la ciencia y de la técnica. Lo cual, en su conjunto, se ha convertido históricamente en una causa de profundas transformaciones de la civilización, desde el origen de la «era industrial» hasta las sucesivas fases de desarrollo gracias a las nuevas técnicas, como las de la electrónica o de los microprocesadores de los últimos años.


Aunque pueda parecer que en el proceso industrial «trabaja» la máquina mientras el hombre solamente la vigila, haciendo posible y guiando de diversas maneras su funcionamiento, es verdad también que precisamente por ello el desarrollo industrial pone la base para plantear de manera nueva el problema del trabajo humano. Tanto la primera industrialización, que creó la llamada cuestión obrera, como los sucesivos cambios industriales y postindustriales, demuestran de manera elocuente que, también en la época del «trabajo» cada vez más mecanizado, el sujeto propio del trabajo sigue siendo el hombre. El desarrollo de la industria y de los diversos sectores relacionados con ella —hasta las más modernas tecnologías de la electrónica, especialmente en el terreno de la miniaturización, de la informática, de la telemática y otros— indica el papel de primerísima importancia que adquiere, en la interacción entre el sujeto y objeto del trabajo (en el sentido más amplio de esta palabra), precisamente esa aliada del trabajo, creada por el cerebro humano, que es la técnica. Entendida aquí no como capacidad o aptitud para el trabajo, sino comoun conjunto de instrumentos de los que el hombre se vale en su trabajo, la técnica es indudablemente una aliada del hombre. Ella le facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica. Ella fomenta el aumento de la cantidad de productos del trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos. Es un hecho, por otra parte, que a veces, la técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre, como cuando la mecanización del trabajo «suplanta» al hombre, quitándole toda satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad; cuanto quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores antes ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina reduce al hombre a ser su esclavo. Si las palabras bíblicas «someted la tierra», dichas al hombre desde el principio, son entendidas en el contexto de toda la época moderna, industrial y postindustrial, indudablemente encierran ya en sí una relación con la técnica, con el mundo de mecanismos y máquinas que es el fruto del trabajo del cerebro humano y la confirmación histórica del dominio del hombre sobre la naturaleza. La época reciente de la historia de la humanidad, especialmente la de algunas sociedades, conlleva una justa afirmación de la técnica como un coeficiente fundamental del progreso económico; pero al mismo tiempo, con esta afirmación han surgido y continúan surgiendo los interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relación con el sujeto, que es precisamente el hombre. Estos interrogantes encierran una carga particular de contenidos y tensiones de carácter ético y ético-social. Por ello constituyen un desafío continuo para múltiples instituciones, para los Estados y para los gobiernos, para los sistemas y las organizaciones internacionales; constituyen también un desafío para la Iglesia. 6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del trabajo Para continuar nuestro análisis del trabajo en relación con las palabras de la Biblia, en virtud de las cuales el hombre ha de someter la tierra, hemos de concentrar nuestra atención sobre el trabajo en sentido subjetivo,mucho más de cuanto lo hemos hecho hablando acerca del significado objetivo del trabajo, tocando apenas esa vasta problemática que conocen perfecta y detalladamente los hombres de estudio en los diversos campos y también los hombres mismos del trabajo según sus especializaciones. Si las palabras del libro del Génesis, a las que nos referimos en este análisis, hablan indirectamente del trabajo en sentido objetivo, a la vez hablan también del sujeto del trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y está lleno de un gran significado. El hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque como «imagen de Dios» es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como


persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo; éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad. Las principales verdades sobre este tema han sido últimamente recordadas por el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes, sobre todo en el capítulo I, dedicado a la vocación del hombre. Así ese «dominio» del que habla el texto bíblico que estamos analizando, se refiere no sólo a la dimensión objetiva del trabajo, sino que nos introduce contemporáneamente en la comprensión de su dimensión subjetiva. El trabajo entendido como proceso mediante el cual el hombre y el género humano someten la tierra, corresponde a este concepto fundamental de la Biblia sólo cuando al mismo tiempo, en todo este proceso, el hombre se manifiesta y confirma como el que «domina». Ese dominio se refiere en cierto sentido a la dimensión subjetiva más que a la objetiva: esta dimensión condiciona la misma esencia ética del trabajo. En efecto no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo. Esta verdad, que constituye en cierto sentido el meollo fundamental y perenne de la doctrina cristiana sobre el trabajo humano, ha tenido y sigue teniendo un significado primordial en la formulación de los importantes problemas sociales que han interesado épocas enteras. La edad antigua introdujo entre los hombres una propia y típica diferenciación en gremios, según el tipo de trabajo que realizaban. El trabajo que exigía de parte del trabajador el uso de sus fuerzas físicas, el trabajo de los músculos y manos, era considerado indigno de hombres libres y por ello era ejecutado por los esclavos. El cristianismo, ampliando algunos aspectos ya contenidos en el Antiguo Testamento, ha llevado a cabo una fundamental transformación de conceptos, partiendo de todo el contenido del mensaje evangélico y sobre todo del hecho de que Aquel, que siendo Dios se hizo semejante a nosotros en todo, 11 dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero. Esta circunstancia constituye por sí sola el más elocuente «Evangelio del trabajo», que manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es en primer lugar el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva. En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen. Esto no quiere decir que el trabajo humano, desde el punto de vista objetivo, no pueda o no deba ser de algún modo valorizado y cualificado. Quiere decir solamente que el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto. A esto va unida inmediatamente una consecuencia muy importante de naturaleza ética: es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está «en función del hombre» y no el hombre «en función del trabajo». Con esta conclusión se llega justamente a reconocer la preeminencia del significado subjetivo del trabajo sobre el significado objetivo. Dado este modo de entender, y suponiendo que algunos trabajos realizados por los hombres puedan tener un valor objetivo más o menos grande, sin embargo queremos poner en evidencia que cada uno de ellos se mide sobre todo con el metro de la dignidad del sujeto mismo del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza. A su vez, independientemente del trabajo que cada hombre realiza, y suponiendo que ello constituya una finalidad —a veces muy exigente— de su obrar, esta finalidad no posee un significado definitivo por sí mismo. De hecho, en fin de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado por el hombre —


aunque fuera el trabajo «más corriente», más monótono en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina— permanece siempre el hombre mismo. 7. Una amenaza al justo orden de los valores Precisamente estas afirmaciones básicas sobre el trabajo han surgido siempre de la riqueza de la verdad cristiana, especialmente del mensaje mismo del «Evangelio del trabajo», creando el fundamento del nuevo modo humano de pensar, de valorar y de actuar. En la época moderna, desde el comienzo de la era industrial, la verdad cristiana sobre el trabajo debía contraponerse a las diversas corrientes del pensamiento materialista y «economicista». Para algunos autores de tales ideas, el trabajo se entendía y se trataba como una especie de «mercancía», que el trabajador —especialmente el obrero de la industria— vende al empresario, que es a la vez poseedor del capital, o sea del conjunto de los instrumentos de trabajo y de los medios que hacen posible la producción. Este modo de entender el trabajo se difundió, de modo particular, en la primera mitad del siglo XIX. A continuación, las formulaciones explícitas de este tipo casi han ido desapareciendo, cediendo a un modo más humano de pensar y valorar el trabajo. La interacción entre el hombre del trabajo y el conjunto de los instrumentos y de los medios de producción ha dado lugar al desarrollo de diversas formas de capitalismo —paralelamente a diversas formas de colectivismo— en las que se han insertado otros elementos socio-económicos como consecuencia de nuevas circunstancias concretas, de la acción de las asociaciones de los trabajadores y de los poderes públicos, así como de la entrada en acción de grandes empresas transnacionales. A pesar de todo, el peligro de considerar el trabajo como una «mercancía sui generis», o como una anónima «fuerza» necesaria para la producción (se habla incluso de «fuerza-trabajo»), existe siempre,especialmente cuando toda la visual de la problemática económica esté caracterizada por las premisas del economismo materialista. Una ocasión sistemática y, en cierto sentido, hasta un estímulo para este modo de pensar y valorar está constituido por el acelerado proceso de desarrollo de la civilización unilateralmente materialista, en la que se da importancia primordial a la dimensión objetiva del trabajo, mientras la subjetiva —todo lo que se refiere indirecta o directamente al mismo sujeto del trabajo— permanece a un nivel secundario. En todos los casos de este género, en cada situación social de este tipo se da una confusión, e incluso una inversión del orden establecido desde el comienzo con las palabras del libro del Génesis: el hombre es considerado como un instrumento de producción, 12 mientras él, —él solo, independientemente del trabajo que realiza— debería ser tratado como sujeto eficiente y su verdadero artífice y creador. Precisamente tal inversión de orden, prescindiendo del programa y de la denominación según la cual se realiza, merecería el nombre de «capitalismo» en el sentido indicado más adelante con mayor amplitud. Se sabe que el capitalismo tiene su preciso significado histórico como sistema, y sistema económico-social, en contraposición al «socialismo» o «comunismo». Pero, a la luz del análisis de la realidad fundamental del entero proceso económico y, ante todo, de la estructura de producción —como es precisamente el trabajo— conviene reconocer que el error del capitalismo primitivo puede repetirse dondequiera que el hombre sea tratado de alguna manera a la par de todo el complejo de los medios materiales de producción, como un instrumento y no según la verdadera dignidad de su trabajo, o sea como sujeto y autor, y, por consiguiente, como verdadero fin de todo el proceso productivo. Se comprende así cómo el análisis del trabajo humano hecho a la luz de aquellas palabras, que se refieren al «dominio» del hombre sobre la tierra, penetra hasta el centro mismo de la problemática ético-social. Esta concepción debería también encontrar un puesto central en toda la esfera de la política social y económica, tanto


en el ámbito de cada uno de los países, como en el más amplio de las relaciones internacionales e intercontinentales, con particular referencia a las tensiones que se delinean en el mundo no sólo en el eje Oriente-Occidente, sino también en el del Norte-Sur. Tanto el Papa Juan XXIII en la Encíclica Mater et Magistracomo Pablo VI en la Populorum Progressio han dirigido una decidida atención a estas dimensiones de la problemática ético-social contemporánea. 8. Solidaridad de los hombres del trabajo Si se trata del trabajo humano en la fundamental dimensión de su sujeto, o sea del hombre-persona que ejecuta un determinado trabajo, se debe bajo este punto de vista hacer por lo menos una sumaria valoración de las transformaciones que, en los 90 años que nos separan de la Rerum Novarum, han acaecido en relación con el aspecto subjetivo del trabajo. De hecho aunque el sujeto del trabajo sea siempre el mismo, o sea el hombre, sin embargo en el aspecto objetivo se verifican transformaciones notables. Aunque se pueda decir queel trabajo, a causa de su sujeto, es uno (uno y cada vez irrepetible) sin embargo, considerando sus direcciones objetivas, hay que constatar que existen muchos trabajos: tantos trabajos distintos. El desarrollo de la civilización humana conlleva en este campo un enriquecimiento continuo. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede dejar de notar cómo en el proceso de este desarrollo no sólo aparecen nuevas formas de trabajo, sino que también otras desaparecen. Aun concediendo que en línea de máxima sea esto un fenómeno normal, hay que ver todavía si no se infiltran en él, y en qué manera, ciertas irregularidades, que por motivos ético-sociales pueden ser peligrosas. Precisamente, a raíz de esta anomalía de gran alcance surgió en el siglo pasado la llamada cuestión obrera, denominada a veces «cuestión proletaria». Tal cuestión — con los problemas anexos a ella— ha dado origen a una justa reacción social, ha hecho surgir y casi irrumpir un gran impulso de solidaridad entre los hombres del trabajo y, ante todo, entre los trabajadores de la industria. La llamada a la solidaridad y a la acción común, lanzada a los hombres del trabajo —sobre todo a los del trabajo sectorial, monótono, despersonalizador en los complejos industriales, cuando la máquina tiende a dominar sobre el hombre— tenía un importante valor y su elocuencia desde el punto de vista de la ética social. Era la reacción contra la degradación del hombre como sujeto del trabajo, y contra la inaudita y concomitante explotación en el campo de las ganancias, de las condiciones de trabajo y de previdencia hacia la persona del trabajador. Semejante reacción ha reunido al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad. Tras las huellas de la Encíclica Rerum Novarum y de muchos documentos sucesivos del Magisterio de la Iglesia se debe reconocer francamente que fue justificada, desde la óptica de la moral social, la reacción contra el sistema de injusticia y de daño, que pedía venganza al cielo, 13 y que pesaba sobre el hombre del trabajo en aquel período de rápida industrialización. Esta situación estaba favorecida por el sistema sociopolítico liberal que, según sus premisas de economismo, reforzaba y aseguraba la iniciativa económica de los solos poseedores del capital, y no se preocupaba suficientemente de los derechos del hombre del trabajo, afirmando que el trabajo humano es solamente instrumento de producción, y que el capital es el fundamento, el factor eficiente, y el fin de la producción. Desde entonces la solidaridad de los hombres del trabajo, junto con una toma de conciencia más neta y más comprometida sobre los derechos de los trabajadores por parte de los demás, ha dado lugar en muchos casos a cambios profundos. Se han ido buscando diversos sistemas nuevos. Se han desarrollado diversas formas de neocapitalismo o de colectivismo. Con frecuencia los hombres del trabajo pueden


participar, y efectivamente participan, en la gestión y en el control de la productividad de las empresas. Por medio de asociaciones adecuadas, ellos influyen en las condiciones de trabajo y de remuneración, así como en la legislación social. Pero al mismo tiempo, sistemas ideológicos o de poder, así como nuevas relaciones surgidas a distintos niveles de la convivencia humana, han dejado perdurar injusticias flagrantes o han provocado otras nuevas. A escala mundial, el desarrollo de la civilización y de las comunicaciones ha hecho posible un diagnóstico más completo de las condiciones de vida y del trabajo del hombre en toda la tierra, y también ha manifestado otras formas de injusticia mucho más vastas de las que, en el siglo pasado, fueron un estímulo a la unión de los hombres del trabajo para una solidaridad particular en el mundo obrero. Así ha ocurrido en los Países que han llevado ya a cabo un cierto proceso de revolución industrial; y así también en los Países donde el lugar primordial de trabajo sigue estando en el cultivo de la tierra u otras ocupaciones similares. Movimientos de solidaridad en el campo del trabajo —de una solidaridad que no debe ser cerrazón al diálogo y a la colaboración con los demás— pueden ser necesarios incluso con relación a las condiciones de grupos sociales que antes no estaban comprendidos en tales movimientos, pero que sufren, en los sistemas sociales y en las condiciones de vida que cambian, una «proletarización» efectiva o, más aún, se encuentran ya realmente en la condición de «proletariado», la cual, aunque no es conocida todavía con este nombre, lo merece de hecho. En esa condición pueden encontrarse algunas categorías o grupos de la «inteligencia» trabajadora, especialmente cuando junto con el acceso cada vez más amplio a la instrucción, con el número cada vez más numeroso de personas, que han conseguido un diploma por su preparación cultural, disminuye la demanda de su trabajo. Tal desocupación de los intelectuales tiene lugar o aumenta cuando la instrucción accesible no está orientada hacia los tipos de empleo o de servicios requeridos por las verdaderas necesidades de la sociedad, o cuando el trabajo para el que se requiere la instrucción, al menos profesional, es menos buscado o menos pagado que un trabajo manual. Es obvio que la instrucción de por sí constituye siempre un valor y un enriquecimiento importante de la persona humana; pero no obstante, algunos procesos de «proletarización» siguen siendo posibles independientemente de este hecho. Por eso, hay que seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las que vive. Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos Países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la «Iglesia de los pobres». Y los «pobres» se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo —es decir por la plaga del desempleo—, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia. 9. Trabajo - dignidad de la persona Continuando todavía en la perspectiva del hombre como sujeto del trabajo, nos conviene tocar, al menos sintéticamente, algunos problemas que definen con mayor aproximación la dignidad del trabajo humano, ya que permiten distinguir más plenamente su específico valor moral. Hay que hacer esto, teniendo siempre presente


la vocación bíblica a «dominar la tierra», 14 en la que se ha expresado la voluntad del Creador, para que el trabajo ofreciera al hombre la posibilidad de alcanzar el «dominio» que le es propio en el mundo visible. La intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que El «creó ... a su semejanza, a su imagen», 15 no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el hombre, después de haber roto la alianza original con Dios, oyó las palabras: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». 16 Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada, que desde entonces acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste es el camino por el que el hombre realiza el «dominio», que le es propio sobre el mundo visible «sometiendo» la tierra. Esta fatiga es un echo universalmente conocido, porque es universalmente experimentado. Lo saben los hombres del trabajo manual, realizado a veces en condiciones excepcionalmente pesadas. Lo saben no sólo los agricultores, que consumen largas jornadas en cultivar la tierra, la cual a veces «produce abrojos y espinas», 17 sino también los mineros en las minas o en las canteras de piedra, los siderúrgicos junto a sus altos hornos, los hombres que trabajan en obras de albañilería y en el sector de la construcción con frecuente peligro de vida o de invalidez. Lo saben a su vez, los hombres vinculados a la mesa de trabajo intelectual; lo saben los científicos; lo saben los hombres sobre quienes pesa la gran responsabilidad de decisiones destinadas a tener una vasta repercusión social. Lo saben los médicos y los enfermeros, que velan día y noche junto a los enfermos. Lo saben las mujeres, que a veces sin un adecuado reconocimiento por parte de la sociedad y de sus mismos familiares, soportan cada día la fatiga y la responsabilidad de la casa y de la educación de los hijos. Lo saben todos los hombres del trabajo y, puesto que es verdad que el trabajo es una vocación universal, lo saben todos los hombres. No obstante, con toda esta fatiga —y quizás, en un cierto sentido, debido a ella— el trabajo es un bien del hombre. Si este bien comporta el signo de un «bonum arduum», según la terminología de Santo Tomás; 18 esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y es no sólo un bien «útil» o «para disfrutar», sino un bien «digno», es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe tener presente ante todo esta verdad. El trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre». Si se prescinde de esta consideración no se puede comprender el significado de la virtud de la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender por qué la laboriosidad debería ser una virtud: en efecto, la virtud, como actitud moral, es aquello por lo que el hombre llega a ser bueno como hombre. 19 Este hecho no cambia para nada nuestra justa preocupación, a fin de que en el trabajo, mediante el cual la materia es ennoblecida, el hombre mismo no sufra mengua en su propia dignidad. 20 Es sabido además, que es posible usar de diversos modos el trabajo contra el hombre, que se puede castigar al hombre con el sistema de trabajos forzados en loscampos de concentración, que se puede hacer del trabajo un medio de opresión del hombre, que, en fin, se puede explotar de diversos modos el trabajo humano, es decir, al hombre del trabajo. Todo esto da testimonio en favor de la obligación moral de unir la laboriosidad como virtud con el orden social del trabajo, que permitirá al hombre «hacerse más hombre» en el trabajo, y no degradarse a causa del trabajo, perjudicando no sólo sus fuerzas físicas (lo cual, al menos hasta un cierto punto, es inevitable), sino, sobre todo, menoscabando su propia dignidad y subjetividad.


10. Trabajo y sociedad: familia, nación Confirmada de este modo la dimensión personal del trabajo humano, se debe luego llegar al segundoámbito de valores, que está necesariamente unido a él. El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre. Estos dos ámbitos de valores —uno relacionado con el trabajo y otro consecuente con el carácter familiar de la vida humana— deben unirse entre sí correctamente y correctamente compenetrarse. El trabajo es, en un cierto sentido, una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo. Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo el proceso de educacióndentro de la familia, precisamente por la razón de que cada uno «se hace hombre», entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo el proceso educativo. Evidentemente aquí entran en juego, en un cierto sentido, dos significados del trabajo: el que consiente la vida y manutención de la familia, y aquel por el cual se realizan los fines de la familia misma, especialmente la educación. No obstante, estos dos significados del trabajo están unidos entre sí y se complementan en varios puntos. En conjunto se debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano. La doctrina de la Iglesia ha dedicado siempre una atención especial a este problema y en el presente documento convendrá que volvamos sobre él. En efecto, la familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre. El tercer ámbito de valores que emerge en la presente perspectiva —en la perspectiva del sujeto del trabajo— se refiere a esa gran sociedad, a la que pertenece el hombre en base a particulares vínculos culturales e históricos. Dicha sociedad —aun cuando no ha asumido todavía la forma madura de una nación— es no sólo la gran «educadora» de cada hombre, aunque indirecta (porque cada hombre asume en la familia los contenidos y valores que componen, en su conjunto, la cultura de una determinada nación), sino también una gran encarnación histórica y social del trabajo de todas las generaciones. Todo esto hace que el hombre concilie su más profunda identidad humana con la pertenencia a la nación y entienda también su trabajo como incremento del bien común elaborado juntamente con sus compatriotas, dándose así cuenta de que por este camino el trabajo sirve para multiplicar el patrimonio de toda la familia humana, de todos los hombres que viven en el mundo. Estos tres ámbitos conservan permanentemente su importancia para el trabajo humano en su dimensión subjetiva. Y esta dimensión, es decir la realidad concreta del hombre del trabajo, tiene precedencia sobre la dimensión objetiva. En su dimensión subjetiva se realiza, ante todo, aquel «dominio» sobre el mundo de la naturaleza, al que el hombre está llamado desde el principio según las palabras del libro del Génesis. Si el proceso mismo de «someter la tierra», es decir, el trabajo bajo el aspecto de la técnica, está marcado a lo largo de la historia y, especialmente en los últimos siglos, por un desarrollo inconmensurable de los medios de producción, entonces éste es un fenómeno ventajoso y positivo, a condición de que la dimensión objetiva del trabajo no prevalezca sobre la dimensión subjetiva, quitando al hombre o disminuyendo su dignidad y sus derechos inalienables.


III. CONFLICTO ENTRE TRABAJO Y CAPITAL EN LA PRESENTE FASE HISTÓRICA 11. Dimensión de este conflicto El esbozo de la problemática fundamental del trabajo, tal como se ha delineado más arriba haciendo referencia a los primeros textos bíblicos, constituye así, en un cierto sentido, la misma estructura portadora de la enseñanza de la Iglesia, que se mantiene sin cambio a través de los siglos, en el contexto de las diversas experiencias de la historia. Sin embargo, en el transfondo de las experiencias que precedieron y siguieron a la publicación de la Encíclica Rerum Novarum, esa enseñanza adquiere una expresividad particular y una elocuencia de viva actualidad. El trabajo aparece en este análisis como una gran realidad, que ejerce un influjo fundamental sobre la formación, en sentido humano del mundo dado al hombre por el Creador y es una realidad estrechamente ligada al hombre como al propio sujeto y a su obrar racional. Esta realidad, en el curso normal de las cosas, llena la vida humana e incide fuertemente sobre su valor y su sentido. Aunque unido a la fatiga y al esfuerzo, el trabajo no deja de ser un bien, de modo que el hombre se desarrolla mediante el amor al trabajo. Este carácter del trabajo humano, totalmente positivo y creativo, educativo y meritorio, debe constituir el fundamento de las valoraciones y de las decisiones, que hoy se toman al respecto, incluso referidas a losderechos subjetivos del hombre, como atestiguan las Declaraciones internacionales y también los múltiplesCódigos del trabajo, elaborados tanto por las competentes instituciones legisladoras de cada País, como por las organizaciones que dedican su actividad social o también científico-social a la problemática del trabajo. Un organismo que promueve a nivel internacional tales iniciativas es la Organización Internacional del Trabajo, la más antigua Institución especializada de la ONU. En la parte siguiente de las presentes consideraciones tengo intención de volver de manera más detallada sobre estos importantes problemas, recordando al menos los elementos fundamentales de la doctrina de la Iglesia sobre este tema. Sin embargo antes conviene tocar un ámbito mucho más importante de problemas, entre los cuales se ha ido formando esta enseñanza en la última fase, es decir en el período, cuya fecha, en cierto sentido simbólica, es el año de la publicación de la Encíclica Rerum Novarum. Se sabe que en todo este período, que todavía no ha terminado, el problema del trabajo ha sido planteado en el contexto del gran conflicto, que en la época del desarrollo industrial y junto con éste se ha manifestadoentre el «mundo del capital» y el «mundo del trabajo», es decir, entre el grupo restringido, pero muy influyente, de los empresarios, propietarios o poseedores de los medios de producción y la más vasta multitud de gente que no disponía de estos medios, y que participaba, en cambio, en el proceso productivo exclusivamente mediante el trabajo. Tal conflicto ha surgido por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para el trabajo, las ponían a disposición del grupo de los empresarios, y que éste, guiado por el principio del máximo rendimiento, trataba de establecer el salario más bajo posible para el trabajo realizado por los obreros. A esto hay que añadir también otros elementos de explotación, unidos con la falta de seguridad en el trabajo y también de garantías sobre las condiciones de salud y de vida de los obreros y de sus familias. Este conflicto, interpretado por algunos como un conflicto socio-económico con carácter de clase, ha encontrado su expresión en el conflicto ideológico entre el liberalismo, entendido como ideología del capitalismo, y el marxismo, entendido como ideología del socialismo científico y del comunismo, que pretende intervenir como portavoz de la clase obrera, de todo el proletariado mundial. De este modo, el conflicto


real, que existía entre el mundo del trabajo y el mundo del capital, se ha transformado en la lucha programada de clases, llevada con métodos no sólo ideológicos, sino incluso, y ante todo, políticos. Es conocida la historia de este conflicto, como conocidas son también las exigencias de una y otra parte. El programa marxista, basado en la filosofía de Marx y de Engels, ve en la lucha de clases la única vía para eliminar las injusticias de clase, existentes en la sociedad, y las clases mismas. La realización de este programa antepone la «colectivización» de los medios de producción, a fin de que a través del traspaso de estos medios de los privados a la colectividad, el trabajo humano quede preservado de la explotación. A esto tiende la lucha conducida con métodos no sólo ideológicos, sino también políticos. Los grupos inspirados por la ideología marxista como partidos políticos, tienden, en función del principio de la «dictadura del proletariado», y ejerciendo influjos de distinto tipo, comprendida la presión revolucionaria, al monopolio del poder en cada una de las sociedades, para introducir en ellas, mediante la supresión de la propiedad privada de los medios de producción, el sistema colectivista. Según los principales ideólogos y dirigentes de ese amplio movimiento internacional, el objetivo de ese programa de acción es el de realizar la revolución social e introducir en todo el mundo el socialismo y, en definitiva, el sistema comunista. Tocando este ámbito sumamente importante de problemas que constituyen no sólo una teoría, sino precisamente un tejido de vida socio-económica, política e internacional de nuestra época, no se puede y ni siquiera es necesario entrar en detalles, ya que éstos son conocidos sea por la vasta literatura, sea por las experiencias prácticas. Se debe, en cambio, pasar de su contexto al problema fundamental del trabajo humano, al que se dedican sobre todo las consideraciones contenidas en el presente documento. Al mismo tiempo pues, es evidente que este problema capital, siempre desde el punto de vista del hombre, —problema que constituye una de las dimensiones fundamentales de su existencia terrena y de su vocación— no puede explicarse de otro modo si no es teniendo en cuenta el pleno contexto de la realidad contemporánea. 12. Prioridad del trabajo Ante la realidad actual, en cuya estructura se encuentran profundamente insertos tantos conflictos, causados por el hombre, y en la que los medios técnicos —fruto del trabajo humano— juegan un papel primordial (piénsese aquí en la perspectiva de un cataclismo mundial en la eventualidad de una guerra nuclear con posibilidades destructoras casi inimaginables) se debe ante todo recordar un principio enseñado siempre por la Iglesia. Es el principio de la prioridad del «trabajo» frente al «capital». Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el «capital», cuando el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre. Cuando en el primer capítulo de la Biblia oímos que el hombre debe someter la tierra, sabemos que estas palabras se refieren a todos los recursos que el mundo visible encierra en sí, puestos a disposición del hombre. Sin embargo, tales recursos no pueden servir al hombre si no es mediante el trabajo. Con el trabajo ha estado siempre vinculado desde el principio el problema de la propiedad: en efecto, para hacer servir para sí y para los demás los recursos escondidos en la naturaleza, el hombre tiene como único medio su trabajo. Y para hacer fructificar estos recursos por medio del trabajo, el hombre se apropia en pequeñas partes, de las diversas riquezas de la


naturaleza: del subsuelo, del mar, de la tierra, del espacio. De todo esto se apropia él convirtiéndolo en su puesto de trabajo. Se lo apropia por medio del trabajo y para tener un ulterior trabajo. El mismo principio se aplica a las fases sucesivas de este proceso, en el que la primera fase es siempre la relación del hombre con los recursos y las riquezas de la naturaleza. Todo el esfuerzo intelectual, que tiende a descubrir estas riquezas, a especificar las diversas posibilidades de utilización por parte del hombre y para el hombre, nos hace ver que todo esto, que en la obra entera de producción económica procede del hombre, ya sea el trabajo como el conjunto de los medios de producción y la técnica relacionada con éstos (es decir, la capacidad de usar estos medios en el trabajo), supone estas riquezas y recursos del mundo visibile, que el hombre encuentra, pero no crea. El los encuentra, en cierto modo, ya dispuestos, preparados para el descubrimiento intelectual y para la utilización correcta en el proceso productor. En cada fase del desarrollo de su trabajo, el hombre se encuentra ante el hecho de la principal donación por parte de la «naturaleza», y en definitiva por parte del Creador. En el comienzo mismo del trabajo humano se encuentra el misterio de la creación. Esta afirmación ya indicada como punto de partida, constituye el hilo conductor de este documento, y se desarrollará posteriormente en la última parte de las presentes reflexiones. La consideración sucesiva del mismo problema debe confirmarnos en la convicción de la prioridad del trabajo humano sobre lo que, en el transcurso del tiempo, se ha solido llamar «capital». En efecto, si en el ámbito de este último concepto entran, además de los recursos de la naturaleza puestos a disposición del hombre, también el conjunto de medios, con los cuales el hombre se apropia de ellos, transformándolos según sus necesidades (y de este modo, en algún sentido, «humanizándolos»), entonces se debe constatar aquí que el conjunto de medios es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano. Todos los medios de producción, desde los más primitivos hasta los ultramodernos, han sido elaborados gradualmente por el hombre: por la experiencia y la inteligencia del hombre. De este modo, han surgido no sólo los instrumentos más sencillos que sirven para el cultivo de la tierra, sino también —con un progreso adecuado de la ciencia y de la técnica— los más modernos y complejos: las máquinas, las fábricas, los laboratorios y las computadoras. Así, todo lo que sirve al trabajo, todo lo que constituye —en el estado actual de la técnica— su «instrumento» cada vez más perfeccionado, es fruto del trabajo. Este gigantesco y poderoso instrumento —el conjunto de los medios de producción, que son considerados, en un cierto sentido, como sinónimo de «capital»—, ha nacido del trabajo y lleva consigo las señales del trabajo humano. En el presente grado de avance de la técnica, el hombre, que es el sujeto del trabajo, queriendo servirse del conjunto de instrumentos modernos, o sea de los medios de producción, debe antes asimilar a nivel de conocimiento el fruto del trabajo de los hombres que han descubierto aquellos instrumentos, que los han programado, construido y perfeccionado, y que siguen haciéndolo. La capacidad de trabajo —es decir, de participación eficiente en el proceso moderno de producción— exige una preparación cada vez mayor y, ante todo, una instrucción adecuada. Está claro obviamente que cada hombre que participa en el proceso de producción, incluso en el caso de que realice sólo aquel tipo de trabajo para el cual son necesarias una instrucción y especialización particulares, es sin embargo en este proceso de producción el verdadero sujeto eficiente, mientras el conjunto de los instrumentos, incluso el más perfecto en sí mismo, es sólo y exclusivamente instrumento subordinado al trabajo del hombre.


Esta verdad, que pertenece al patrimonio estable de la doctrina de la Iglesia, deber ser siempre destacada en relación con el problema del sistema de trabajo, y también de todo el sistema socio-económico. Conviene subrayar y poner de relieve la primacía del hombre en el proceso de producción, la primacía del hombre respecto de las cosas. Todo lo que está contenido en el concepto de «capital» —en sentido restringido— es solamente un conjunto de cosas. El hombre como sujeto del trabajo, e independientemente del trabajo que realiza, el hombre, él solo, es una persona. Esta verdad contiene en sí consecuencias importantes y decisivas. 13. Economismo y materialismo Ante todo, a la luz de esta verdad, se ve claramente que no se puede separar el «capital» del trabajo, y que de ningún modo se puede contraponer el trabajo al capital ni el capital al trabajo, ni menos aún —como se dirá más adelante— los hombres concretos, que están detrás de estos conceptos, los unos a los otros. Justo, es decir, conforme a la esencia misma del problema; justo, es decir, intrínsecamente verdadero y a su vez moralmente legítimo, puede ser aquel sistema de trabajo que en su raíz supera la antinomia entre trabajo y el capital, tratando de estructurarse según el principio expuesto mas arriba de la sustancial y efectiva prioridad del trabajo, de la subjetividad del trabajo humano y de su participación eficiente en todo el proceso de producción, y esto independientemente de la naturaleza de las prestaciones realizadas por el trabajador. La antinomia entre trabajo y capital no tiene su origen en la estructura del mismo proceso de producción, y ni siquiera en la del proceso económico en general. Tal proceso demuestra en efecto la compenetración recíproca entre el trabajo y lo que estamos acostumbrados a llamar el capital; demuestra su vinculación indisoluble. El hombre, trabajando en cualquier puesto de trabajo, ya sea éste relativamente primitivo o bien ultramoderno, puede darse cuenta fácilmente de que con su trabajo entra en un doble patrimonio, es decir, en el patrimonio de lo que ha sido dado a todos los hombres con los recursos de la naturaleza y de lo que los demás ya han elaborado anteriormente sobre la base de estos recursos, ante todo desarrollando la técnica, es decir, formando un conjunto de instrumentos de trabajo, cada vez más perfectos: el hombre, trabajando, al mismo tiempo «reemplaza en el trabajo a los demás». 21 Aceptamos sin dificultad dicha imagen del campo y del proceso del trabajo humano, guiados por la inteligencia o por la fe que recibe la luz de la Palabra de Dios. Esta es una imagen coherente, teológica y al mismo tiempo humanística. El hombre es en ella el «señor» de las creaturas, que están puestas a su disposición en el mundo visible. Si en el proceso del trabajo se descubre alguna dependencia, ésta es la dependencia del Dador de todos los recursos de la creación, y es a su vez la dependencia de los demás hombres, a cuyo trabajo y a cuyas iniciativas debemos las ya perfeccionadas y ampliadas posibilidades de nuestro trabajo. De todo esto que en el proceso de producción constituye un conjunto de «cosas», de los instrumentos, del capital, podemos solamente afirmar que condiciona el trabajo del hombre; no podemos, en cambio, afirmar que ello constituya casi el «sujeto» anónimo que hace dependiente al hombre y su trabajo. La ruptura de esta imagen coherente, en la que se salvaguarda estrechamente el principio de la primacía de la persona sobre las cosas, ha tenido lugar en la mente humana, alguna vez, después de un largo período de incubación en la vida práctica. Se ha realizado de modo tal que el trabajo ha sido separado del capital y contrapuesto al capital, y el capital contrapuesto al trabajo, casi como dos fuerzas anónimas, dos factores de producción colocados juntos en la misma perspectiva «economística». En tal planteamiento del problema había un error fundamental, que se puede llamar el error del economismo, si se considera el trabajo humano exclusivamente según su


finalidad económica. Se puede también y se debe llamar este error fundamental del pensamiento un error del materialismo, en cuanto que el economismo incluye, directa o indirectamente, la convicción de la primacía y de la superioridad de lo que es material, mientras por otra parte el economismo sitúa lo que es espiritual y personal (la acción del hombre, los valores morales y similares) directa o indirectamente, en una posición subordinada a la realidad material. Esto no es todavía el materialismo teóricoen el pleno sentido de la palabra; pero es ya ciertamente materialismo práctico, el cual, no tanto por las premisas derivadas de la teoría materialista, cuanto por un determinado modo de valorar, es decir, de una cierta jerarquía de los bienes, basada sobre la inmediata y mayor atracción de lo que es material, es considerado capaz de apagar las necesidades del hombre. El error de pensar según las categorías del economismo ha avanzado al mismo tiempo que surgía la filosofía materialista y se desarrollaba esta filosofía desde la fase más elemental y común (llamada también materialismo vulgar, porque pretende reducir la realidad espiritual a un fenómeno superfluo) hasta la fase del llamado materialismo dialéctico. Sin embargo parece que —en el marco de las presentes consideraciones—, para el problema fundamental del trabajo humano y, en particular, para la separación y contraposición entre «trabajo» y «capital», como entre dos factores de la producción considerados en aquella perspectiva «economística» dicha anteriormente, el economismo haya tenido una importancia decisiva y haya influido precisamente sobre tal planteamiento no humanístico de este problema antes del sistema filosófico materialista. No obstante es evidente que el materialismo, incluso en su forma dialéctica, no es capaz de ofrecer a la reflexión sobre el trabajo humano bases suficientes y definitivas, para que la primacía del hombre sobre el instrumento-capital, la primacía de la persona sobre las cosas, pueda encontrar en él una adecuada e irrefutable verificación y apoyo. También en el materialismo dialéctico el hombre no es ante todo sujeto del trabajo y causa eficiente del proceso de producción, sino que es entendido y tratado como dependiendo de lo que es material, como una especie de «resultante» de las relaciones económicas y de producción predominantes en una determinada época. Evidentemente la antinomia entre trabajo y capital considerada aquí —la antinomia en cuyo marco el trabajo ha sido separado del capital y contrapuesto al mismo, en un cierto sentido ónticamente como si fuera un elemento cualquiera del proceso económico— inicia no sólo en la filosofía y en las teorías económicas del siglo XVIII, sino mucho más todavía en toda la praxis económico-social de aquel tiempo, que era el de la industrialización que nacía y se desarrollaba precipitadamente, en la cual se descubría en primer lugar la posibilidad de acrecentar mayormente las riquezas materiales, es decir los medios, pero se perdía de vista el fin, o sea el hombre, al cual estos medios deben servir. Precisamente este error práctico ha perjudicado ante todo al trabajo humano, al hombre del trabajo, y ha causado la reacción social éticamente justa, de la que se ha hablado anteriormente. El mismo error, que ya tiene su determinado aspecto histórico, relacionado con el período del primitivo capitalismo y liberalismo, puede sin embargo repetirse en otras circunstancias de tiempo y lugar, si se parte, en el pensar, de las mismas premisas tanto teóricas como prácticas. No se ve otra posibilidad de una superación radical de este error, si no intervienen cambios adecuados tanto en el campo de la teoría, como en el de la práctica, cambios que van en la línea de la decisiva convicción de la primacía de la persona sobre las cosas, del trabajo del hombre sobre el capital como conjunto de los medios de producción. 14. Trabajo y propiedad El proceso histórico —presentado aquí brevemente— que ciertamente ha salido de su fase inicial, pero que sigue en vigor, más aún que continúa extendiéndose a las


relaciones entre las naciones y los continentes, exige una precisación también desde otro punto de vista. Es evidente que, cuando se habla de la antinomia entre trabajo y capital, no se trata sólo de conceptos abstractos o de «fuerzas anónimas», que actúan en la producción económica. Detrás de uno y otro concepto están los hombres, los hombres vivos, concretos; por una parte aquellos que realizan el trabajo sin ser propietarios de los medios de producción, y por otra aquellos que hacen de empresarios y son los propietarios de estos medios, o bien representan a los propietarios. Así pues, en el conjunto de este difícil proceso histórico, desde el principio está el problema de la propriedad. La Encíclica Rerum Novarum, que tiene como tema la cuestión social, pone el acento también sobre este problema, recordando y confirmando la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad, sobre el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se trata de los medios de producción. Lo mismo ha hecho la Encíclica Mater et Magistra. El citado principio, tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo en los decenios siguientes a la época de la Encíclica de León XIII. Tal principio se diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. En este segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender el derecho mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes. Además, la propiedad según la enseñanza de la Iglesia nunca se ha entendido de modo que pueda constituir un motivo de contraste social en el trabajo. Como ya se ha recordado anteriormente en este mismo texto, la propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción. El considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas con el fin de contraponerlos en la forma del «capital» al «trabajo», y más aún realizar la explotación del trabajo, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer, porque el único título legítimo para su posesión —y esto ya sea en la forma de la propiedad privada, ya sea en la de la propiedad pública o colectiva— es que sirvan al trabajo; consiguientemente que, sirviendo al trabajo, hagan posible la realización del primer principio de aquel orden, que es el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común. Desde ese punto de vista, pues, en consideración del trabajo humano y del acceso común a los bienes destinados al hombre, tampoco conviene excluir la socialización, en las condiciones oportunas, de ciertos medios de producción. En el espacio de los decenios que nos separan de la publicación de la Encíclica Rerum Novarum, la enseñanza de la Iglesia siempre ha recordado todos estos principios, refiriéndose a los argumentos formulados en la tradición mucho más antigua, por ejemplo, los conocidos argumentos de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino. 22 En este documento, cuyo tema principal es el trabajo humano, es conveniente corroborar todo el esfuerzo a través del cual la enseñanza de la Iglesia acerca de la propiedad ha tratado y sigue tratando de asegurar la primacía del trabajo y, por lo mismo, la subjetividad del hombre en la vida social, especialmente en la estructura dinámica de todo el proceso económico. Desde esta perspectiva, sigue siendo inaceptable la postura del «rígido» capitalismo, que defiende el derecho exclusivo a la propiedad privada de los medios de producción, como un «dogma» intocable en la


vida económica. El principio del respeto del trabajo, exige que este derecho se someta a una revisión constructiva en la teoría y en la práctica. En efecto, si es verdad que el capital, al igual que el conjunto de los medios de producción, constituye a su vez el producto del trabajo de generaciones, entonces no es menos verdad que ese capital se crea incesantemente gracias al trabajo llevado a cabo con la ayuda de ese mismo conjunto de medios de producción, que aparecen como un gran lugar de trabajo en el que, día a día, pone su empeño la presente generación de trabajadores. Se trata aquí, obviamente, de las distintas clases de trabajo, no solo del llamado trabajo manual, sino también del múltiple trabajo intelectual, desde el de planificación al de dirección. Bajo esta luz adquieren un significado de relieve particular las numerosas propuestas hechas por expertos en la doctrina social católica y también por el Supremo Magisterio de la Iglesia. 23 Son propuestas que se refieren a la copropiedad de los medios de trabajo, a la participación de los trabajadores en la gestión y o en los beneficios de la empresa, al llamado «accionariado» del trabajo y otras semejantes. Independientemente de la posibilidad de aplicación concreta de estas diversas propuestas, sigue siendo evidente que el reconocimiento de la justa posición del trabajo y del hombre del trabajo dentro del proceso productivo exige varias adaptaciones en el ámbito del mismo derecho a la propiedad de los medios de producción; y esto teniendo en cuenta no sólo situaciones más antiguas, sino también y ante todo la realidad y la problemática que se ha ido creando en la segunda mitad de este siglo, en lo que concierne al llamado Tercer Mundo y a los distintos nuevos Países independientes que han surgido, de manera especial pero no únicamente en África, en lugar de los territorios coloniales de otros tiempos. Por consiguiente, si la posición del «rígido» capitalismo debe ser sometida continuamente a revisión con vistas a una reforma bajo el aspecto de los derechos del hombre, entendidos en el sentido más amplio y en conexión con su trabajo, entonces se debe afirmar, bajo el mismo punto de vista, que estas múltiples y tan deseadas reformas no pueden llevarse a cabo mediante la eliminación apriorística de la propiedad privada de los medios de producción. En efecto, hay que tener presente que la simple substracción de esos medios de producción (el capital) de las manos de sus propietarios privados, no es suficiente para socializarlos de modo satisfactorio. Los medios de producción dejan de ser propiedad de un determinado grupo social, o sea de propietarios privados, para pasar a ser propiedad de la sociedad organizada, quedando sometidos a la administración y al control directo de otro grupo de personas, es decir, de aquellas que, aunque no tengan su propiedad por más que ejerzan el poder dentro de la sociedad, disponen de ellos a escala de la entera economía nacional, o bien de la economía local. Este grupo dirigente y responsable puede cumplir su cometido de manera satisfactoria desde el punto de vista de la primacía del trabajo; pero puede cumplirlo mal, reivindicando para sí al mismo tiempo el monopolio de la administración y disposición de los medios de producción, y no dando marcha atrás ni siquiera ante la ofensa a los derechos fundamentales del hombre. Así pues, el mero paso de los medios de producción a propiedad del Estado, dentro del sistema colectivista, no equivale ciertamente a la «socialización» de esta propiedad. Se puede hablar de socialización únicamente cuando quede asegurada la subjetividad de la sociedad, es decir, cuando toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo «copropietario» de esa especie de gran taller de trabajo en el que se compromete con todos. Un camino para conseguir esa meta podría ser la de asociar, en cuanto sea posible, el trabajo a la propiedad del capital y dar vida a una rica gama de cuerpos intermedios con finalidades económicas, sociales, culturales: cuerpos que gocen de una autonomía efectiva respecto a los poderes públicos, que persigan sus objetivos específicos manteniendo relaciones de colaboración leal y mutua, con subordinación a las exigencias del bien común y que ofrezcan forma y naturaleza de


comunidades vivas; es decir, que los miembros respectivos sean considerados y tratados como personas y sean estimulados a tomar parte activa en la vida de dichas comunidades. 24 15. Argumento «personalista» Así pues el principio de la prioridad del trabajo respecto al capital es un postulado que pertenece al orden de la moral social. Este postulado tiene importancia clave tanto en un sistema basado sobre el principio de la propiedad privada de los medios de producción, como en el sistema en que se haya limitado, incluso radicalmente, la propiedad privada de estos medios. El trabajo, en cierto sentido, es inseparable del capital, y no acepta de ningún modo aquella antinomia, es decir, la separación y contraposición con relación a los medios de producción, que han gravado sobre la vida humana en los últimos siglos, como fruto de premisas únicamente económicas. Cuando el hombre trabaja, sirviéndose del conjunto de los medios de producción, desea a la vez que los frutos de este trabajo estén a su servicio y al de los demás y que en el proceso mismo del trabajo tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice en el puesto de trabajo, al cual está dedicado. Nacen de ahí algunos derechos específicos de los trabajadores, que corresponden a la obligación del trabajo. Se hablará de ellos más adelante. Pero hay que subrayar ya aquí, en general, que el hombre que trabaja desea no sólo la debida remuneración por su trabajo, sino también que sea tomada en consideración, en el proceso mismo de producción, la posibilidad de que él, a la vez que trabaja incluso en una propiedad común, sea consciente de que está trabajando «en algo propio». Esta conciencia se extingue en él dentro del sistema de una excesiva centralización burocrática, donde el trabajador se siente engranaje de un mecanismo movido desde arriba; se siente por una u otra razón un simple instrumento de producción, más que un verdadero sujeto de trabajo dotado de iniciativa propia. Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente a la economía, sino que implica además y sobre todo, los valores personales. El mismo sistema económico y el proceso de producción redundan en provecho propio, cuando estos valores personales son plenamente respetados. Según el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, 25 es primordialmente esta razón la que atestigua en favor de la propiedad privada de los mismos medios de producción. Si admitimos que algunos ponen fundados reparos al principio de la propiedad privada —y en nuestro tiempo somos incluso testigos de la introducción del sistema de la propiedad «socializada»— el argumento personalista sin embargo no pierde su fuerza, ni a nivel de principios ni a nivel práctico. Para ser racional y fructuosa, toda socialización de los medios de producción debe tomar en consideración este argumento. Hay que hacer todo lo posible para que el hombre, incluso dentro de este sistema, pueda conservar la conciencia de trabajar en «algo propio». En caso contrario, en todo el proceso económico surgen necesariamente daños incalculables; daños no sólo económicos, sino ante todo daños para el hombre. IV. DERECHOS DE LOS HOMBRES DEL TRABAJO 16. En el amplio contexto de los derechos humanos Si el trabajo —en el múltiple sentido de esta palabra— es una obligación, es decir, un deber, es también a la vez una fuente de derechos por parte del trabajador. Estos derechos deben ser examinados en el ampliocontexto del conjunto de los derechos del hombre que le son connaturales, muchos de los cuales son proclamados por distintos organismos internacionales y garantizados cada vez más por los Estados para sus propios ciudadanos. El respeto de este vasto conjunto


de los derechos del hombre, constituye la condición fundamental para la paz del mundo contemporáneo: la paz, tanto dentro de los pueblos y de las sociedades como en el campo de las relaciones internacionales, tal como se ha hecho notar ya en muchas ocasiones por el Magisterio de la Iglesia especialmente desde los tiempos de la Encíclica «Pacem in terris». Los derechos humanos que brotan del trabajo, entran precisamente dentro del más amplio contexto de los derechos fundamentales de la persona. Sin embargo, en el ámbito de este contexto, tienen un carácter peculiar que corresponde a la naturaleza específica del trabajo humano anteriormente delineada; y precisamente hay que considerarlos según este carácter. El trabajo es, como queda dicho, una obligación, es decir, un deber del hombre y esto en el múltiple sentido de esta palabra. El hombre debe trabajar bien sea por el hecho de que el Creador lo ha ordenado, bien sea por el hecho de su propia humanidad, cuyo mantenimiento y desarrollo exigen el trabajo. El hombre debe trabajar por respeto al prójimo, especialmente por respeto a la propia familia, pero también a la sociedad a la que pertenece, a la nación de la que es hijo o hija, a la entera familia humana de la que es miembro, ya que es heredero del trabajo de generaciones y al mismo tiempo coartífice del futuro de aquellos que vendrán después de él con el sucederse de la historia. Todo esto constituye la obligación moral del trabajo, entendido en su más amplia acepción. Cuando haya que considerar los derechos morales de todo hombre respecto al trabajo, correspondientes a esta obligación, habrá que tener siempre presente el entero y amplio radio de referencias en que se manifiesta el trabajo de cada sujeto trabajador. En efecto, hablando de la obligación del trabajo y de los derechos del trabajador, correspondientes a esta obligación, tenemos presente, ante todo, la relación entre el empresario —directo e indirecto— y el mismo trabajador. La distinción entre empresario directo e indirecto parece ser muy importante en consideración de la organización real del trabajo y de la posibilidad de instaurar relaciones justas o injustas en el sector del trabajo. Si el empresario directo es la persona o la institución, con la que el trabajador estipula directamente el contrato de trabajo según determinadas condiciones, como empresario indirecto se deben entender muchos factores diferenciados, además del empresario directo, que ejercen un determinado influjo sobre el modo en que se da forma bien sea al contrato de trabajo, bien sea, en consecuencia, a las relaciones más o menos justas en el sector del trabajo humano. 17. Empresario: « indirecto» y «directo» En el concepto de empresario indirecto entran tanto las personas como las instituciones de diverso tipo, así como también los contratos colectivos de trabajo y los principios de comportamiento, establecidos por estas personas e instituciones, que determinan todo el sistema socio-económico o que derivan de él. El concepto de empresario indirecto implica así muchos y variados elementos. La responsabilidad del empresario indirecto es distinta de la del empresario directo, como lo indica la misma palabra: la responsabilidad es menos directa; pero sigue siendo verdadera responsabilidad: el empresario indirecto determina sustancialmente uno u otro aspecto de la relación de trabajo y condiciona de este modo el comportamiento del empresario directo cuando este último determina concretamente el contrato y las relaciones laborales. Esta constatación no tiene como finalidad la de eximir a este último de su propia responsabilidad sino únicamente la de llamar la atención sobre todo el entramado de condicionamientos que influyen en su comportamiento. Cuando se trata


de determinar una política laboral correcta desde el punto de vista ético hay que tener presentes todos estos condicionamientos. Tal política es correcta cuando los derechos objetivos del hombre del trabajo son plenamente respetados. El concepto de empresario indirecto se puede aplicar a toda sociedad y, en primer lugar, al Estado. En efecto, es el Estado el que debe realizar una política laboral justa. No obstante es sabido que, dentro del sistema actual de relaciones económicas en el mundo, se dan entre los Estados múltiples conexiones que tienen su expresión, por ejemplo, en los procesos de importación y exportación, es decir, en el intercambio recíproco de los bienes económicos, ya sean materias primas o a medio elaborar o bien productos industriales elaborados. Estas relaciones crean a su vez dependencias recíprocas y, consiguientemente sería difícil hablar de plena autosuficiencia es decir, de autarquía, por lo que se refiere a cualquier Estado, aunque sea el más poderoso en sentido económico. Tal sistema de dependencias recíprocas, es normal en sí mismo; sin embargo, puede convertirse fácilmente en ocasión para diversas formas de explotación o de injusticia, y de este modo influir en la política laboral de los Estados y en última instancia sobre el trabajador que es el sujeto propio del trabajo. Por ejemplo, los Países altamente industrializados y, más aún, las empresas que dirigen a gran escala los medios de producción industrial (las llamadas sociedades multinacionales o transnacionales), ponen precios lo más alto posibles para sus productos, mientras procuran establecer precios lo más bajo posibles para las materias primas o a medio elaborar, lo cual entre otras causas tiene como resultado una desproporción cada vez mayor entre los réditos nacionales de los respectivos Países. La distancia entre la mayor parte de los Países ricos y los Países más pobres no disminuye ni se nivela, sino que aumenta cada vez más, obviamente en perjuicio de estos últimos. Es claro que esto no puede menos de influir sobre la política local y laboral, y sobre la situación del hombre del trabajo en las sociedades económicamente menos avanzadas. El empresario directo, inmerso en concreto en un sistema de condicionamientos, fija las condiciones laborales por debajo de las exigencias objetivas de los trabajadores, especialmente si quiere sacar beneficios lo más alto posibles de la empresa que él dirige (o de las empresas que dirige, cuando se trata de una situación de propiedad «socializada» de los medios de producción). Este cuadro de dependencias, relativas al concepto de empresario indirecto —como puede fácilmente deducirse— es enormemente vasto y complicado. Para definirlo hay que tomar en consideración, en cierto sentido, el conjunto de elementos decisivos para la vida económica en la configuración de una determinada sociedad y Estado; pero, al mismo tiempo, han de tenerse también en cuenta conexiones y dependencias mucho más amplias. Sin embargo, la realización de los derechos del hombre del trabajo no puede estar condenada a constituir solamente un derivado de los sistemas económicos, los cuales, a escala más amplia o más restringida, se dejen guiar sobre todo por el criterio del máximo beneficio. Al contrario, es precisamente la consideración de los derechos objetivos del hombre del trabajo —de todo tipo de trabajador: manual, intelectual, industrial, agrícola, etc.— lo que debe constituir el criterio adecuado y fundamental para la formación de toda la economía, bien sea en la dimensión de toda sociedad y de todo Estado, bien sea en el conjunto de la política económica mundial, así como de los sistemas y relaciones internacionales que de ella derivan. En esta dirección deberían ejercer su influencia todas las Organizaciones Internacionales llamadas a ello, comenzando por la Organización de las Naciones Unidas. Parece que la Organización Mundial del Trabajo (OIT), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y otras tienen que ofrecer


aún nuevas aportaciones particularmente en este sentido. En el ámbito de los Estados existen ministerios odicasterios del poder público y también diversos Organismos sociales instituidos para este fin. Todo esto indica eficazmente cuánta importancia tiene —como se ha dicho anteriormente— el empresario indirecto en la realización del pleno respeto de los derechos del hombre del trabajo, dado que los derechos de la persona humana constituyen el elemento clave de todo el orden moral social. 18. El problema del empleo Considerando los derechos de los hombres del trabajo, precisamente en relación con este «empresario indirecto», es decir, con el conjunto de las instancias a escala nacional e internacional responsables de todo el ordenamiento de la política laboral, se debe prestar atención en primer lugar a un problema fundamental. Se trata del problema de conseguir trabajo, en otras palabras, del problema de encontrar un empleo adecuado para todos los sujetos capaces de él. Lo contrario de una situación justa y correcta en este sector es el desempleo, es decir, la falta de puestos de trabajo para los sujetos capacitados. Puede ser que se trate de falta de empleo en general, o también en determinados sectores de trabajo. El cometido de estas instancias, comprendidas aquí bajo el nombre de empresario indirecto, es el de actuar contra el desempleo, el cual es en todo caso un mal y que, cuando asume ciertas dimensiones, puede convertirse en una verdadera calamidad social. Se convierte en problema particularmente doloroso, cuando los afectados son principalmente los jóvenes, quienes, después de haberse preparado mediante una adecuada formación cultural, técnica y profesional, no logran encontrar un puesto de trabajo y ven así frustradas con pena su sincera voluntad de trabajar y su disponibilidad a asumir la propia responsabilidad para el desarrollo económico y social de la comunidad. La obligación de prestar subsidio a favor de los desocupados, es decir, el deber de otorgar las convenientes subvenciones indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y de sus familias es una obligación que brota del principio fundamental del orden moral en este campo, esto es, del principio del uso común de los bienes o, para hablar de manera aún más sencilla, del derecho a la vida y a la subsistencia. Para salir al paso del peligro del desempleo, para asegurar empleo a todos, las instancias que han sido definidas aquí como «empresario indirecto» deben proveer a una planificación global, con referencia a esa disponibilidad de trabajo diferenciado, donde se forma la vida no solo económica sino también cultural de una determinada sociedad; deben prestar atención además a la organización correcta y racional de tal disponibilidad de trabajo. Esta solicitud global carga en definitiva sobre las espaldas del Estado, pero no puede significar una centralización llevada a cabo unilateralmente por los poderes públicos. Se trata en cambio de unacoordinación, justa y racional, en cuyo marco debe ser garantizada la iniciativa de las personas, de los grupos libres, de los centros y complejos locales de trabajo, teniendo en cuenta lo que se ha dicho anteriormente acerca del carácter subjetivo del trabajo humano. El hecho de la recíproca dependencia de las sociedades y Estados, y la necesidad de colaborar en diversos sectores requieren que, manteniendo los derechos soberanos de todos y cada uno en el campo de la planificación y de la organización del trabajo dentro de la propia sociedad, se actúe al mismo tiempo en este sector importante, en el marco de la colaboración internacional mediante los necesarios tratados y acuerdos. También en esto es necesario que el criterio a seguir en estos pactos y acuerdos sea cada vez más el trabajo humano, entendido como un derecho fundamental de todos los hombres, el trabajo que da análogos derechos a todos los que trabajan, de manera que el nivel de vida de los trabajadores en las sociedades presente cada vez menos esas irritantes diferencias que son injustas y aptas para provocar incluso violentas


reacciones. Las Organizaciones Internacionales tienen un gran cometido a desarrollar en este campo. Es necesario que se dejen guiar por un diagnóstico exacto de las complejas situaciones y de los condicionamientos naturales, históricos, civiles, etc.; es necesario además que tengan, en relación con los planes de acción establecidos conjuntamente, mayor operatividad, es decir, eficacia en cuanto a la realización. En este sentido se puede realizar el plan de un progreso universal y proporcionado para todos, siguiendo el hilo conductor de la Encíclica de Pablo VI Populorum Progressio. Es necesario subrayar que el elemento constitutivo y a su vez la verificación más adecuada de este progreso en el espíritu de justicia y paz, que la Iglesia proclama y por el que no cesa de orar al Padre de todos los hombres y de todos los pueblos, es precisamente la continua revalorización del trabajo humano, tanto bajo el aspecto de su finalidad objetiva, como bajo el aspecto de la dignidad del sujeto de todo trabajo, que es el hombre. El progreso en cuestión debe llevarse a cabo mediante el hombre y por el hombre y debe producir frutos en el hombre. Una verificación del progreso será el reconocimiento cada vez más maduro de la finalidad del trabajo y el respeto cada vez más universal de los derechos inherentes a él en conformidad con la dignidad del hombre, sujeto del trabajo. Una planificación razonable y una organización adecuada del trabajo humano, a medida de las sociedades y de los Estados, deberían facilitar a su vez el descubrimiento de las justas proporciones entre los diversos tipos de empleo: el trabajo de la tierra, de la industria, en sus múltiples servicios, el trabajo de planificación y también el científico o artístico, según las capacidades de los individuos y con vistas al bien común de toda sociedad y de la humanidad entera. A la organización de la vida humana según las múltiples posibilidades laborales debería corresponder un adecuado sistema de instrucción y educación que tenga como principal finalidad el desarrollo de una humanidad madura y una preparación específica para ocupar con provecho un puesto adecuado en el grande y socialmente diferenciado mundo del trabajo. Echando una mirada sobre la familia humana entera, esparcida por la tierra, no se puede menos de quedar impresionados ante un hecho desconcertante de grandes proporciones, es decir, el hecho de que, mientras por una parte siguen sin utilizarse conspicuos recursos de la naturaleza, existen por otra grupos enteros de desocupados o subocupados y un sinfín de multitudes hambrientas: un hecho que atestigua sin duda el que, dentro de las comunidades políticas como en las relaciones existentes entre ellas a nivel continental y mundial —en lo concerniente a la organización del trabajo y del empleo— hay algo que no funciona y concretamente en los puntos más críticos y de mayor relieve social. 19. Salario y otras prestaciones sociales Una vez delineado el importante cometido que tiene el compromiso de dar un empleo a todos los trabajadores, con vistas a garantizar el respeto de los derechos inalienables del hombre en relación con su trabajo, conviene referirnos más concretamente a estos derechos, los cuales, en definitiva, surgen de la relación entre el trabajador y el empresario directo. Todo cuanto se ha dicho anteriormente sobre el tema del empresario indirecto tiene como finalidad señalar con mayor precisión estas relaciones mediante la expresión de los múltiples condicionamientos en que indirectamente se configuran. No obstante, esta consideración no tiene un significado puramente descriptivo; no es un tratado breve de economía o de política. Se trata de poner en evidencia el aspecto deontológico y moral. El problema-clave de la ética social es el de la justa remuneraciónpor el trabajo realizado. No existe en el contexto actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajador-empresario


que el constituido precisamente por la remuneración del trabajo. Independientemente del hecho de que este trabajo se lleve a efecto dentro del sistema de la propiedad privada de los medios de producción o en un sistema en que esta propiedad haya sufrido una especie de «socialización», la relación entre el empresario (principalmente directo) y el trabajador se resuelve en base al salario: es decir, mediante la justa remuneración del trabajo realizado. Hay que subrayar también que la justicia de un sistema socio-económico y, en todo caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema. A este respecto volvemos de nuevo al primer principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del uso común de los bienes. En todo sistema que no tenga en cuenta las relaciones fundamentales existentes entre el capital y el trabajo, el salario, es decir, la remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común: tanto los bienes de la naturaleza como los que son fruto de la producción. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la única verificación, pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificaciónclave. Tal verificación afecta sobre todo a la familia. Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar —es decir, un salario único dado al cabeza de familia por su trabajo y que sea suficiente para las necesidades de la familia sin necesidad de hacer asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa— bien sea mediante otrasmedidas sociales, como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia, ayudas que deben corresponder a las necesidades efectivas, es decir, al número de personas a su cargo durante todo el tiempo en que no estén en condiciones de asumirse dignamente la responsabilidad de la propia vida. La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras y sicológicamente equilibradas. Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre —sin obstaculizar su libertad, sin discriminación sicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras— dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna. 26 En este contexto se debe subrayar que, del modo más general, hay que organizar y adaptar todo el proceso laboral de manera que sean respetadas las exigencias de la persona y sus formas de vida, sobre todo de su vida doméstica, teniendo en cuenta la edad y el sexo de cada uno. Es un hecho que en muchas sociedades las mujeres trabajan en casi todos los sectores de la vida. Pero es conveniente que ellas puedan desarrollar plenamente sus funciones según la propia índole, sin discriminaciones y sin exclusión de los empleos para los que están capacitadas, pero sin al mismo tiempo perjudicar sus aspiraciones familiares y el papel específico que les compete para contribuir al bien de la sociedad junto con el hombre. La verdadera promoción de la mujer exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su promoción


con el abandono del carácter específico propio y en perjuicio de la familia en la que como madre tiene un papel insustituible. Además del salario, aquí entran en juego algunas otras prestaciones sociales que tienen por finalidad la de asegurar la vida y la salud de los trabajadores y de su familia. Los gastos relativos a la necesidad de cuidar la salud, especialmente en caso de accidentes de trabajo, exigen que el trabajador tenga fácil acceso a la asistencia sanitaria y esto, en cuanto sea posible, a bajo costo e incluso gratuitamente. Otro sector relativo a las prestaciones es el vinculado con el derecho al descanso; se trata ante todo de regular el descanso semanal, que comprenda al menos el domingo y además un reposo más largo, es decir, las llamadas vacaciones una vez al año o eventualmente varias veces por períodos más breves. En fin, se trata del derecho a la pensión, al seguro de vejez y en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral. En el ámbito de estos derechos principales, se desarrolla todo un sistema de derechos particulares que, junto con la remuneración por el trabajo, deciden el correcto planteamiento de las relaciones entre el trabajador y el empresario. Entre estos derechos hay que tener siempre presente el derecho a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral. 20. Importancia de los sindicatos Sobre la base de todos estos derechos, junto con la necesidad de asegurarlos por parte de los mismos trabajadores, brota aún otro derecho, es decir, el derecho a asociarse; esto es, a formar asociaciones o uniones que tengan como finalidad la defensa de los intereses vitales de los hombres empleados en las diversas profesiones. Estas uniones llevan el nombre de sindicatos. Los intereses vitales de los hombres del trabajo son hasta un cierto punto comunes a todos; pero al mismo tiempo, todo tipo de trabajo, toda profesión posee un carácter específico que en estas organizaciones debería encontrar su propio reflejo particular. Los sindicatos tienen su origen, de algún modo, en las corporaciones artesanas medievales, en cuanto que estas organizaciones unían entre sí a hombres pertenecientes a la misma profesión y por consiguiente en base al trabajo que realizaban. Pero al mismo tiempo, los sindicatos se diferencian de las corporaciones en este punto esencial: los sindicatos modernos han crecido sobre la base de la lucha de los trabajadores, del mundo del trabajo y ante todo de los trabajadores industriales para la tutela de sus justos derechos frente a los empresarios y a los propietarios de los medios de producción. La defensa de los intereses existenciales de los trabajadores en todos los sectores, en que entran en juego sus derechos, constituye el cometido de los sindicatos. La experiencia histórica enseña que las organizaciones de este tipo son un elemento indispensable de la vida social, especialmente en las sociedades modernas industrializadas. Esto evidentemente no significa que solamente los trabajadores de la industria puedan instituir asociaciones de este tipo. Los representantes de cada profesión pueden servirse de ellas para asegurar sus respectivos derechos. Existen pues los sindicatos de los agricultores y de los trabajadores del sector intelectual, existen además las uniones de empresarios. Todos, como ya se ha dicho, se dividen en sucesivos grupos o subgrupos, según las particulares especializaciones profesionales. La doctrina social católica no considera que los sindicatos constituyan únicamente el reflejo de la estructura de «clase» de la sociedad y que sean el exponente de la lucha de clase que gobierna inevitablemente la vida social. Sí, son un exponente de la lucha por la justicia social, por los justos derechos de los hombres del trabajo según las distintas profesiones. Sin embargo, esta «lucha» debe ser vista como una dedicación


normal «en favor» del justo bien: en este caso, por el bien que corresponde a las necesidades y a los méritos de los hombres del trabajo asociados por profesiones; pero no es una lucha «contra» los demás. Si en las cuestiones controvertidas asume también un carácter de oposición a los demás, esto sucede en consideración del bien de la justicia social; y no por «la lucha» o por eliminar al adversario. El trabajo tiene como característica propia que, antes que nada, une a los hombres y en esto consiste su fuerza social: la fuerza de construir una comunidad. En definitiva, en esta comunidad deben unirse de algún modo tanto los que trabajan como los que disponen de los medios de producción o son sus propietarios. A la luz de esta fundamental estructura de todo trabajo —a la luz del hecho de que en definitiva en todo sistema social el «trabajo» y el «capital» son los componentes indispensables del proceso de producción— la unión de los hombres para asegurarse los derechos que les corresponden, nacida de la necesidad del trabajo, sigue siendo un factor constructivo deorden social y de solidaridad, del que no es posible prescindir. Los justos esfuerzos por asegurar los derechos de los trabajadores, unidos por la misma profesión, deben tener siempre en cuenta las limitaciones que impone la situación económica general del país. Las exigencias sindicales no pueden transformarse en una especie de «egoísmo» de grupo o de clase, por más que puedan y deban tender también a corregir —con miras al bien común de toda la sociedad— incluso todo lo que es defectuoso en el sistema de propiedad de los medios de producción o en el modo de administrarlos o de disponer de ellos. La vida social y económico-social es ciertamente como un sistema de «vasos comunicantes», y a este sistema debe también adaptarse toda actividad social que tenga como finalidad salvaguardar los derechos de los grupos particulares. En este sentido la actividad de los sindicatos entra indudablemente en el campo de la «política», entendida ésta como una prudente solicitud por el bien común. Pero al mismo tiempo, el cometido de los sindicatos no es «hacer política» en el sentido que se da hoy comúnmente a esta expresión. Los sindicatos no tienen carácter de «partidos políticos» que luchan por el poder y no deberían ni siquiera ser sometidos a las decisiones de los partidos políticos o tener vínculos demasiado estrechos con ellos. En efecto, en tal situación ellos pierden fácilmente el contacto con lo que es su cometido específico, que es el de asegurar los justos derechos de los hombres del trabajo en el marco del bien común de la sociedad entera y se convierten en cambio en un instrumento para otras finalidades. Hablando de la tutela de los justos derechos de los hombres del trabajo, según sus profesiones, es necesario naturalmente tener siempre presente lo que decide acerca del carácter subjetivo del trabajo en toda profesión, pero al mismo tiempo, o antes que nada, lo que condiciona la dignidad propia del sujeto del trabajo. Se abren aquí múltiples posibilidades en la actuación de las organizaciones sindicales y esto incluso en suempeño de carácter instructivo, educativo y de promoción de la autoeducación. Es benemérita la labor de las escuelas, de las llamadas «universidades laborales» o «populares», de los programas y cursos de formación, que han desarrollado y siguen desarrollando precisamente este campo de actividad. Se debe siempre desear que, gracias a la obra de sus sindicatos, el trabajador pueda no solo «tener» más, sino ante todo «ser» más: es decir pueda realizar más plenamente su humanidad en todos los aspectos. Actuando en favor de los justos derechos de sus miembros, los sindicatos se sirven también del método de la«huelga», es decir, del bloqueo del trabajo, como de una especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre todo a los empresarios. Este es un método reconocido por la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites. En relación con esto los


trabajadores deberían tener asegurado el derecho a la huelga, sin sufrir sanciones penales personales por participar en ella. Admitiendo que es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo que la huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar de él; no se puede abusar de él especialmente en función de los «juegos políticos». Por lo demás, no se puede jamás olvidar que cuando se trata de servicios esenciales para la convivencia civil, éstos han de asegurarse en todo caso mediante medidas legales apropiadas, si es necesario. El abuso de la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida socio-económica, y esto es contrario a las exigencias del bien común de la sociedad, que corresponde también a la naturaleza bien entendida del trabajo mismo. 21. Dignidad del trabajo agrícola Todo cuanto se ha dicho precedentemente sobre la dignidad del trabajo, sobre la dimensión objetiva y subjetiva del trabajo del hombre, tiene aplicación directa en el problema del trabajo agrícola y en la situación del hombre que cultiva la tierra en el duro trabajo de los campos. En efecto se trata de un sector muy amplio del ambiente de trabajo de nuestro planeta, no circunscrito a uno u otro continente, no limitado a las sociedades que han conseguido ya un determinado grado de desarrollo y de progreso. El mundo agrícola, que ofrece a la sociedad los bienes necesarios para su sustento diario, reviste una importancia fundamental. Las condiciones del mundo rural y del trabajo agrícola no son iguales en todas partes, y es diversa la posición social de los agricultores en los distintos Países. Esto no depende únicamente del grado de desarrollo de la técnica agrícola sino también, y quizá más aún, del reconocimiento de los justos derechos de los trabajadores agrícolas y, finalmente, del nivel de conciencia respecto a toda la ética social del trabajo. El trabajo del campo conoce no leves dificultades, tales como el esfuerzo físico continuo y a veces extenuante, la escasa estima en que está considerado socialmente hasta el punto de crear entre los hombre de la agricultura el sentimiento de ser socialmente unos marginados, hasta acelerar en ellos el fenómeno de la fuga masiva del campo a la ciudad y desgraciadamente hacia condiciones de vida todavía más deshumanizadoras. Se añada a esto la falta de una adecuada formación profesional y de medios apropiados, un determinado individualismo sinuoso, y además situaciones objetivamente injustas. En algunos Países en vía de desarrollo, millones de hombres se ven obligados a cultivar las tierras de otros y son explotados por los latifundistas, sin la esperanza de llegar un día a la posesión ni siquiera de un pedazo mínimo de tierra en propiedad. Faltan formas de tutela legal para la persona del trabajador agrícola y su familia en caso de vejez, de enfermedad o de falta de trabajo. Largas jornadas de pesado trabajo físico son pagadas miserablemente. Tierras cultivables son abandonadas por sus propietarios; títulos legales para la posesión de un pequeño terreno, cultivado como propio durante años, no se tienen en cuenta o quedan sin defensa ante el «hambre de tierra» de individuos o de grupos más poderosos. Pero también en los Países económicamente desarrollados, donde la investigación científica, las conquistas tecnológicas o la política del Estado han llevado la agricultura a un nivel muy avanzado, el derecho al trabajo puede ser lesionado, cuando se niega al campesino la facultad de participar en las opciones decisorias correspondientes a sus prestaciones laborales, o cuando se le niega el derecho a la libre asociación en vista de la justa promoción social, cultural y económica del trabajador agrícola. Por consiguiente, en muchas situaciones son necesarios cambios radicales y urgentes para volver a dar a la agricultura —y a los hombres del campo— el justo valor como base de una sana economía, en el conjunto del desarrollo de la comunidad social. Por lo tanto es menester proclamar y promover la dignidad del trabajo, de todo trabajo, y, en particular, del trabajo agrícola, en el cual el hombre, de manera tan elocuente,


«somete» la tierra recibida en don por parte de Dios y afirma su «dominio» en el mundo visible. 22. La persona minusválida y el trabajo Recientemente, las comunidades nacionales y las organizaciones internacionales han dirigido su atención a otro problema que va unido al mundo del trabajo y que está lleno de incidencias: el de las personas minusválidas. Son ellas también sujetos plenamente humanos, con sus correspondientes derechos innatos, sagrados e inviolables, que, a pesar de las limitaciones y los sufrimientos grabados en sus cuerpos y en sus facultades, ponen más de relieve la dignidad y grandeza del hombre. Dado que la persona minusválida es un sujeto con todos los derechos, debe facilitársele el participar en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles que sean accesibles a sus posibilidades. La persona minusválida es uno de nosotros y participa plenamente de nuestra misma humanidad. Sería radicalmente indigno del hombre y negación de la común humanidad admitir en la vida de la sociedad, y, por consiguiente, en el trabajo, únicamente a los miembros plenamente funcionales porque, obrando así, se caería en una grave forma de discriminación, la de los fuertes y sanos contra los débiles y enfermos. El trabajo en sentido objetivo debe estar subordinado, también en esta circunstancia, a la dignidad del hombre, al sujeto del trabajo y no a las ventajas económicas. Corresponde por consiguiente a las diversas instancias implicadas en el mundo laboral, al empresario directo como al indirecto, promover con medidas eficaces y apropiadas el derecho de la persona minusválida a la preparación profesional y al trabajo, de manera que ella pueda integrarse en una actividad productora para la que sea idónea. Esto plantea muchos problemas de orden práctico, legal y también económico; pero corresponde a la comunidad, o sea, a las autoridades públicas, a las asociaciones y a los grupos intermedios, a las empresas y a los mismos minusválidos aportar conjuntamente ideas y recursos para llegar a esta finalidad irrenunciable: que se ofrezca un trabajo a las personas minusválidas, según sus posibilidades, dado que lo exige su dignidad de hombres y de sujetos del trabajo. Cada comunidad habrá de darse las estructuras adecuadas con el fin de encontrar o crear puestos de trabajo para tales personas tanto en las empresas públicas y en las privadas, ofreciendo un puesto normal de trabajo o uno más apto, como en las empresas y en los llamados ambientes «protegidos». Deberá prestarse gran atención, lo mismo que para los demás trabajadores, a las condiciones físicas y psicológicas de los minusválidos, a la justa remuneración, a las posibilidades de promoción, y a la eliminación de los diversos obstáculos. Sin tener que ocultar que se trata de un compromiso complejo y nada fácil, es de desear que una recta concepción del trabajo en sentido subjetivo lleve a una situación que dé a la persona minusválida la posibilidad de sentirse no al margen del mundo del trabajo o en situación de dependencia de la sociedad, sino como un sujeto de trabajo de pleno derecho, útil, respetado por su dignidad humana, llamado a contribuir al progreso y al bien de su familia y de la comunidad según las propias capacidades. 23. El trabajo y el problema de la emigración Es menester, finalmente, pronunciarse al menos sumariamente sobre el tema de la llamada emigración por trabajo. Este es un fenómeno antiguo, pero que todavía se repite y tiene, también hoy, grandes implicaciones en la vida contemporánea. El hombre tiene derecho a abandonar su País de origen por varios motivos —como también a volver a él— y a buscar mejores condiciones de vida en otro País. Este hecho, ciertamente se encuentra con dificultades de diversa índole; ante todo,


constituye generalmente una pérdida para el País del que se emigra. Se aleja un hombre y a la vez un miembro de una gran comunidad, que está unida por la historia, la tradición, la cultura, para iniciar una vida dentro de otra sociedad, unida por otra cultura, y muy a menudo también por otra lengua. Viene a faltar en tal situación un sujeto de trabajo, que con el esfuerzo del propio pensamiento o de las propias manos podría contribuir al aumento del bien común en el propio País; he aquí que este esfuerzo, esta ayuda se da a otra sociedad, la cual, en cierto sentido, tiene a ello un derecho menor que la patria de origen. Sin embargo, aunque la emigración es bajo cierto aspecto un mal, en determinadas circunstancias es, como se dice, un mal necesario. Se debe hacer todo lo posible —y ciertamente se hace mucho— para que este mal, en sentido material, no comporte mayores males en sentido moral; es más, para que, dentro de lo posible, comporte incluso un bien en la vida personal, familiar y social del emigrado, en lo que concierne tanto al País donde llega, como a la Patria que abandona. En este sector muchísimo depende de una justa legislación, en particular cuando se trata de los derechos del hombre del trabajo. Se entiende que tal problema entra en el contexto de las presentes consideraciones, sobre todo bajo este punto de vista. Lo más importante es que el hombre, que trabaja fuera de su País natal, como emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en desventaja en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social. En lo referente a la relación del trabajo con el trabajador inmigrado deben valer los mismos criterios que sirven para cualquier otro trabajador en aquella sociedad. EL valor del trabajo debe medirse con el mismo metro y no en relación con las diversas nacionalidades, religión o raza. Con mayor razón no puede ser explotada una situación de coacción en la que se encuentra el emigrado. Todas estas circunstancias deben ceder absolutamente, — naturalmente una vez tomada en consideración su cualificación específica—, frente al valor fundamental del trabajo, el cual está unido con la dignidad de la persona humana. Una vez más se debe repetir el principio fundamental: la jerarquía de valores, el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital. V. ELEMENTOS PARA UNA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO 24. Particular cometido de la Iglesia Conviene dedicar la última parte de las presentes reflexiones sobre el tema del trabajo humano, con ocasión del 90 aniversario de la Encíclica Rerum Novarum, a la espiritualidad del trabajo en el sentido cristiano de la expresión. Dado que el trabajo en su aspecto subjetivo es siempre una acción personal, actus personae,se sigue necesariamente que en él participa el hombre completo, su cuerpo y su espíritu, independientemente del hecho de que sea un trabajo manual o intelectual. Al hombre entero se dirige también la Palabra del Dios vivo, el mensaje evangélico de la salvación, en el que encontramos muchos contenidos —como luces particulares— dedicados al trabajo humano. Ahora bien, es necesaria una adecuada asimilación de estos contenidos; hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación al igual que sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo particularmente importantes.


Si la Iglesia considera como deber suyo pronunciarse sobre el trabajo bajo el punto de vista de su valor humano y del orden moral, en el cual se encuadra, reconociendo en esto una tarea específica importante en el servicio que hace al mensaje evangélico completo, contemporáneamente ella ve un deber suyo particular en laformación de una espiritualidad del trabajo, que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de Sacerdote, Profeta y Rey, tal como lo enseña con expresiones admirables el Concilio Vaticano II. 25. El trabajo como participación en la obra del Creador Como dice el Concilio Vaticano II: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo». 27 En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado. Encontramos esta verdad ya al comienzo mismo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, donde la misma obra de la creación está presentada bajo la forma de un «trabajo» realizado por Dios durante los «seis días», 28 para «descansar» el séptimo. 29 Por otra parte, el último libro de la Sagrada Escritura resuena aún con el mismo tono de respeto para la obra que Dios ha realizado a través de su «trabajo» creativo, cuando proclama: «Grandes y estupendas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso», 30 análogamente al libro del Génesis, que finaliza la descripción de cada día de la creación con la afirmación: «Y vio Dios ser bueno». 31 Esta descripción de la creación, que encontramos ya en el primer capítulo del libro del Génesis es, a su vez,en cierto sentido el primer «evangelio del trabajo». Ella demuestra, en efecto, en qué consiste su dignidad; enseña que el hombre, trabajando, debe imitar a Dios, su Creador, porque lleva consigo —él solo— el elemento singular de la semejanza con El. El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del reposo. Esta obra de Dios en el mundo continúa sin cesar, tal como atestiguan las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía ...»; 32 obra con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo que ha llamado de la nada al ser y obra con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres, a quienes ha destinado desde el principio al «descanso» 33 en unión consigo mismo, en «la casa del Padre». 34 Por lo tanto, el trabajo humano no sólo exige el descanso cada «siete días», 35 sino que además no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe deja un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser. se va preparando a aquel «descanso» que el Señor reserva a sus siervos y amigos. 36 La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios, debe llegar —como enseña el Concilio—incluso a «los quehaceres más ordinarios. Porque


los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia». 37 Hace falta, por lo tanto, que esta espiritualidad cristiana del trabajo llegue a ser patrimonio común de todos. Hace falta que, de modo especial en la época actual, la espiritualidad del trabajo demuestre aquella madurez, que requieren las tensiones y las inquietudes de la mente y del corazón: «Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva ... El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo». 38 La conciencia de que a través del trabajo el hombre participa en la obra de la creación, constituye el móvilmás profundo para emprenderlo en varios sectores: «Deben, pues, los fieles —leemos en la ConstituciónLumen Gentium— conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse entre si, también mediante las actividades seculares, para lograr una vida más santa, de suerte que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, la caridad y la paz ... Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen ... según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil». 39 26. Cristo, el hombre del trabajo Esta verdad, según la cual a través del trabajo el hombre participa en la obra de Dios mismo, su Creador, ha sido particularmente puesta de relieve por Jesucristo, aquel Jesús ante el que muchos de sus primeros oyentes en Nazareth «permanecían estupefactos y decían: "¿De dónde le viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ... ¿No es acaso el carpintero?"» 40 En efecto, Jesús no solamente lo anunciaba, sino que ante todo, cumplía con el trabajo el «evangelio» confiado a él, la palabra de la Sabiduría eterna. Por consiguiente, esto era también el «evangelio del trabajo», pues el que lo proclamaba, él mismo era hombre del trabajo, del trabajo artesano al igual que José de Nazareth. 41 Aunque en sus palabras no encontremos un preciso mandato de trabajar —más bien, una vez, la prohibición de una excesiva preocupación por el trabajo y la existencia— 42 no obstante, al mismo tiempo, la elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al «mundo del trabajo», tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: él mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre. ¿No es El quien dijo «mi Padre es el viñador» ..., 43 transfiriendo de varias maneras a su enseñanza aquella verdad fundamental sobre el trabajo, que se expresa ya en toda la tradición del Antiguo Testamento, comenzando por el libro del Génesis? En los libros del Antiguo Testamento no faltan múltiples referencias al trabajo humano, a las diversas profesiones ejercidas por el hombre. Baste citar por ejemplo la de médico, 44 farmacéutico, 45 artesano-artista,46 herrero 47 —se podrían referir estas palabras al trabajo del siderúrgico de nuestros días—, la de


alfarero, 48agricultor, 49 estudioso, 50 navegante, 51 albañil, 52 músico, 53 pastor, 54 y pescador. 55 Son conocidas las hermosas palabras dedicadas al trabajo de las mujeres. 56 Jesucristo en sus parábolas sobre el Reino de Dios se refiere constantemente al trabajo humano: al trabajo del pastor, 57 del labrador, 58 del médico, 59 del sembrador, 60 del dueño de casa, 61 del siervo, 62 del 63 64 65 66 administrador, del pescador, del mercader, del obrero. Habla además de los distintos trabajos de las mujeres. 67 Presenta el apostolado a semejanza del trabajo manual de los segadores 68 o de los pescadores. 69 Además se refiere al trabajo de los estudiosos. 70 Esta enseñanza de Cristo acerca del trabajo, basada en el ejemplo de su propia vida durante los años de Nazaret, encuentra un eco particularmente vivo en las enseñanzas del Apóstol Pablo. Este se gloriaba de trabajar en su oficio (probablemente fabricaba tiendas), 71 y gracias a esto podía también, como apóstol, ganarse por sí mismo el pan. 72 «Con afán y con fatiga trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros».73 De aquí derivan sus instrucciones sobre el tema del trabajo, que tienen carácter de exhortación y mandato: «A éstos ... recomendamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que, trabajando sosegadamente, coman su pan», así escribe a los Tesalonicenses. 74 En efecto, constatando que «algunos viven entre vosotros desordenadamente, sin hacer nada», 75 el Apóstol también en el mismo contexto no vacilará en decir: «El que no quiere trabajar no coma». 76 En otro pasaje por el contrario anima a que: «Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón como obedeciendo al Señor y no a los hombres, teniendo en cuenta que del Señor recibiréis por recompensa la herencia». 77 Las enseñanzas del Apóstol de las Gentes tienen, como se ve, una importancia capital para la moral y la espiritualidad del trabajo humano. Son un importante complemento a este grande, aunque discreto, evangelio del trabajo, que encontramos en la vida de Cristo y en sus parábolas, en lo que Jesús «hizo y enseñó». 78 En base a estas luces emanantes de la Fuente misma, la Iglesia siempre ha proclamado esto, cuyaexpresión contemporánea encontramos en la enseñanza del Vaticano II: «La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste, con su acción, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse ... Por tanto, ésta es la norma de la actividad humana que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena vocación». 79 En el contexto de tal visión de los valores del trabajo humano, o sea de una concreta espiritualidad del trabajo, se explica plenamente lo que en el mismo número de la Constitución pastoral del Concilio leemos sobre el tema del justo significado del progreso: «El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí solo no pueden llevarla a cabo». 80 Esta doctrina sobre el problema del progreso y del desarrollo —tema dominante en la mentalidad moderna— puede ser entendida únicamente como fruto de una comprobada espiritualidad del trabajo humano, y sólo en base a tal espiritualidad ella


puede realizarse y ser puesta en práctica. Esta es la doctrina, y a la vez el programa, que ahonda sus raíces en el «evangelio del trabajo». 27. El trabajo humano a la luz de la cruz y resurrección de Cristo Existe todavía otro aspecto del trabajo humano, una dimensión suya esencial, en la que la espiritualidad fundada sobre el Evangelio penetra profundamente. Todo trabajo —tanto manual como intelectual— está unido inevitablemente a la fatiga. El libro del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha llevado consigo: «Por ti será maldita la tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida». 81 Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido tomado ...». 82 Casi como un eco de estas palabras, se expresa el autor de uno de los libros sapienciales: «Entonces miré todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve ...». 83 No existe un hombre en la tierra que no pueda hacer suyas estas palabras. El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última palabra, también al respecto, en el misterio pascual de Jesucristo. Y aquí también es necesario buscar la respuesta a estos problemas tan importantes para la espiritualidad del trabajo humano. En el misterio pascual está contenida la cruz de Cristo, su obediencia hasta la muerte, que el Apóstol contrapone a aquella desobediencia, que ha pesado desde el comienzo a lo largo de la historia del hombre en la tierra. 84 Está contenida en él también la elevación de Cristo, el cual mediante la muerte de cruz vuelve a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo en la resurrección. El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar. 85 Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día 86 en la actividad que ha sido llamado a realizar. Cristo «sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia»; pero, al mismo tiempo, «constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre ... purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin». 87 En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», 88 los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte,


se descubre en esta cruz y fatiga, un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él. ¿No es ya este nuevo bien —fruto del trabajo humano— una pequeña parte de aquella «tierra nueva», en la que mora la justicia? 89 ¿En qué relación está ese nuevo bien con la resurrección de Cristo, si es verdad que la múltiple fatiga del trabajo del hombre es una pequeña parte de la cruz de Cristo? También a esta pregunta intenta responder el Concilio, tomando la luz de las mismas fuentes de la Palabra revelada: «Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo (cfr. Lc 9, 25). No obstante la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios». 90 Hemos intentado, en estas reflexiones dedicadas al trabajo humano, resaltar todo lo que parecía indispensable, dado que a través de él deben multiplicarse sobre la tierra no sólo «los frutos de nuestro esfuerzo», sino además «la dignidad humana, la unión fraterna, y la libertad». 91 El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio. Al finalizar estas reflexiones, me es grato impartir de corazón a vosotros, venerados Hermanos, Hijos e Hijas amadísimos, la propiciadora Bendición Apostólica. Este documento, que había preparado para que fuese publicado el día 15 de mayo pasado, con ocasión del 90 aniversario de la Encíclica Rerum Novarum, he podido revisarlo definitivamente sólo después de mi permanencia en el hospital. Dado en Castelgandolfo, el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, del año 1981, tercero de mi Pontificado. 1

13.

Cfr. Sal 127 (128), 2; cfr. también Gén 3, 17-19; Prov 10, 22; Ex 1, 8-14; Jer 22,

2 3 4 5 6 7 8

Cfr. Gén 1, 26. Cfr. Ibid. 1, 28. Carta Encíclica Redemptor Hominis, 14: AAS 71(1979) p. 284. Cfr. Sal 127 (128), 2. Gén 3, 19. Cfr. Mt 13, 52.

Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 38: AAS 58 (1966) p. 1055. 9

10

Gén 1, 27.


11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22

Gén 1, 28. Cfr. Heb 2, 17; Flp 2, 5-8. Cfr. Pío XI, Carta Encíclica Quadragesimo Anno: AAS 23 (1931) p. 221. Dt 24, 15; Sant 5, 4; y también Gén 4, 10. Cfr. Gén 1, 28. Cfr. Gén 1, 26-27. Gén 3, 19. Heb 6, 8; cfr. Gén 3, 18. Cfr. Summa Th., I-II, q. 40, a. 1 c.; I-II, q. 34, a. 2, ad 1. Cfr. Summa Th., I-II, q. 40, a. 1 c.; I-II, q. 34, a. 2, ad 1. Cfr. Pío XI, Carta Encíclica Quadragesimo Anno: AAS 23 (1931) p. 221-222. Cfr. Jn 4, 38.

Sobre el derecho a la propiedad cfr.: Summa Th. II-II, q. 66, aa. 2, 6; De Regimine principum, L. I., cc. 15, 17. Respecto a la función soial de la propiedad cfr.: Summa Th., II-II, q. 134, a. 1, ad 3.

23

Cfr. Pío XI, Carta Encíclica Quadragesimo Anno: AAS 23 (1931) p. 199; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 68: AAS 58 (1966) pp. 1089-1090. 24 25 26

Cfr. Juan XXIII, Carta Encíclica Mater et Magistra: AAS 53 (1961) p. 419. Cfr. Summa Th., II-II, q. 65, a. 2.

Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 67: AAS 58 (1966) p. 1089.

27

Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 34: AAS 58 (1966) pp. 1052 s. 28 29 30 31 32 33 34

Cfr. Gén 2, 2; Ex 20, 8. 11; Dt 5, 12-14. Cfr. Gén 2, 3. Ap 15, 3. Gén 1, 4. 10. 12. 18. 21. 25. 31. Jn 5, 17. Heb 4, 1. 9-10. Jn 14, 2.


35 36 37

Dt 5, 12-14; Ex 20, 8-12. Cfr. Mt 25, 21.

Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 34: AAS 58 (1966) pp. 1052 s.

38 39

Ibid.

Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, 36: AAS 57 (1965) p. 41. 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61

Mc 6, 2-3. Cfr. Mt 13, 55. Cfr. Mt 6, 25-34. Jn 15, 1 Cfr. Eclo 38, 1-3. Cfr. Eclo 38, 4-8. Cfr. Ex 31, 1-5; Eclo 38, 27. Cfr. Gén 4, 22; Is 44, 12. Cfr. Jer 18, 3-4; Eclo 38, 29-30. Cfr. Gén 9, 20; Is 5, 1-2. Cfr. Ecl 12, 9-12; Eclo 39, 1-8. Cfr. Sal 107 (108), 23-30; Sab 14, 2-3 a. Cfr. Gén 11, 3; 2 Re 12, 12-13; 22, 5-6. Cfr. Gén 4, 21. Cfr. Gén 4, 2; 37, 3; Ex 3, 1; 1 Sam 16, 11; passim. Cfr. Ez 47, 10. Cfr. Prov 31, 15-27. Por ej. Jn 10, 1-16. Cfr. Mc 12, 1-12. Cfr. Lc 4, 23. Cfr. Mc 4, 1-9.


62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73

Cfr. Mt 13, 52. Cfr. Mt 24, 45, Lc 12, 42-48. Cfr. Lc 16, 1-8. Cfr. Mt 13, 47-50. Cfr. Mt 13, 45-46. Cfr. Mt 20, 1-16. Cfr. Mt 13, 33; Lc 15, 8-9. Cfr. Mt 9, 37; Jn 4, 35-38. Cfr. Mt 4, 19. Cfr. Mt 13, 52. Cfr. Act 18, 3. Cfr. Act 20, 34-35.

2 Tes 3, 8. S. Pablo reconoce a los misioneros el derecho a los medios de subsistencia: 1 Cor 9, 6-14; Gál 6, 6; 2 Tes 3, 9; cfr. Lc 10, 7.

74 75 76 77 78 79

2 Tes 3, 12. 2 Tes 3, 11. 2 Tes 3, 10. Col 3, 23-24. Act 1, 1.

Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 35: AAS 58 ( 1966) p. 1053.

80 81 82 83 84 85 86 87

Ibid. Gén 3, 17. Gén 3, 19. Ecl 2, 11. Cfr. Rom 5, 19. Cfr. Jn 17, 4. Cfr. Lc 9, 23.


Conc Ecum. Vat. II, Const. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 38: AAS 58 (1966) pp. 1055 s.

88 89 90

Cfr. 2 Pe 3, 13; Ap 21, 1. Cfr. 2 Pe 3, 13.

Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 39: AAS 58 (1966) p. 1057.

91

Ibid.


Sollicitudo Rei Socialis Ioannes Paulus PP. II Al cumplirse el vigesimo anniversario de la Populorom Progressio1987.12.30 BENDICIÓN Venerables Hermanos, amadísimos Hijos e Hijas: salud y Bendición Apostólica I. INTRODUCCIÓN 1. La preocupación social de la Iglesia, orientada al desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad, que respete y promueva en toda su dimensión la persona humana, se ha expresado siempre de modo muy diverso. Uno de los medios destacados de intervención ha sido, en los últimos tiempos, el Magisterio de los Romanos Pontífices, que, a partir de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII como punto de referencia,1 ha tratado frecuentemente la cuestión, haciendo coincidir a veces las fechas de publicación de los diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel primer documento.2 Los Sumos Pontífices no han dejado de iluminar con tales intervenciones aspectos también nuevos de la doctrina social de la Iglesia. Por consiguiente, a partir de la aportación valiosísima de León XIII, enriquecida por las sucesivas aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un « corpus » doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo 3 y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los hombres para que ellos mismos den una respuesta, con la ayuda también de la razón y de las ciencias humanas, a su vocación de constructores responsables de la sociedad terrena. 2. En este notable cuerpo de enseñanza social se encuadra y distingue la Encíclica Populorum Progressio,4 que mi venerado Predecesor Pablo VI publicó el 26 de marzo de 1967. La constante actualidad de esta Encíclica se reconoce fácilmente, si se tiene en cuenta las conmemoraciones que han tenido lugar a lo largo de este año, de distinto modo y en muchos ambientes del mundo eclesiástico y civil. Con esta misma finalidad la Pontificia Comisión Iustitia et Pax envió el año pasado una carta circular a los Sínodos de las Iglesias católicas Orientales así como a las Conferencias Episcopales, pidiendo opiniones y propuestas sobre el mejor modo de celebrar el aniversario de esta Encíclica, enriquecer asimismo sus enseñanzas y eventualmente actualizarlas. La misma Comisión promovió, a la conclusión del vigésimo aniversario, una solemne conmemoración a la cual yo mismo creí oportuno tomar parte con una alocución final.5 Y ahora, tomado en consideración también el contenido de las respuestas dadas a la mencionada carta circular, creo conveniente, al término de 1987, dedicar una Encíclica al tema de la Populorum Progressio. 3. Con esto me propongo alcanzar principalmente dos objetivos de no poca importancia: por un lado, rendir homenaje a este histórico documento de Pablo VI y a la importancia de su enseñanza; por el otro, manteniéndome en la línea trazada por mis venerados Predecesores en la Cátedra de Pedro, afirmar una vez más la continuidad de la doctrina social junto con su constante renovación. En efecto, continuidad y renovación son una prueba de la perenne validez de la enseñanza de la Iglesia.


Esta doble connotación es característica de su enseñanza en el ámbito social. Por un lado, esconstante porque se mantiene idéntica en su inspiración de fondo, en sus « principios de reflexión », en sus fundamentales « directrices de acción » 6 y, sobre todo, en su unión vital con el Evangelio del Señor. Por el otro, es a la vez siempre nueva, dado que está sometida a las necesarias y oportunas adaptaciones sugeridas por la variación de las condiciones históricas así como por el constante flujo de los acontecimientos en que se mueve la vida de los hombres y de las sociedades. 4. Convencido de que las enseñanzas de la Encíclica Populorum Progressio, dirigidas a los hombres y a la sociedad de la década de los sesenta, conservan toda su fuerza de llamado a la conciencia, ahora, en la recta final de los ochenta, en un esfuerzo por trazar las líneas maestras del mundo actual, —siempre bajo la óptica del motivo inspirador, « el desarrollo de los pueblos », bien lejos todavía de haberse alcanzado— me propongo prolongar su eco, uniéndolo con las posibles aplicaciones al actual momento histórico, tan dramático como el de hace veinte años. El tiempo —lo sabemos bien— tiene siempre la misma cadencia; hoy, sin embargo, se tiene la impresión de que está sometido a un movimiento de continua aceleración, en razón sobre todo de la multiplicación y complejidad de los fenómenos que nos tocan vivir. En consecuencia, laconfiguración del mundo, en el curso de los últimos veinte años, aún manteniendo algunas constantes fundamentales, ha sufrido notables cambios y presenta aspectos totalmente nuevos. Este período de tiempo, caracterizado a la vigilia del tercer milenio cristiano por una extendida espera, como si se tratara de un nuevo « adviento »,7 que en cierto modo concierne a todos los hombres, ofrece la ocasión de profundizar la enseñanza de la Encíclica, para ver juntos también sus perspectivas. La presente reflexión tiene la finalidad de subrayar, mediante la ayuda de la investigación teológica sobre las realidades contemporáneas, la necesidad de una concepción más rica y diferenciada del desarrollo, según las propuestas de la Encíclica, y de indicar asimismo algunas formas de actuación. II. NOVEDAD DE LA ENCÍCLICA POPULORUM PROGRESSIO 5. Ya en su aparición, el documento del Papa Pablo VI llamó la atención de la opinión pública por sunovedad. Se tuvo la posibilidad de verificar concretamente, con gran claridad, dichas características de continuidad y de renovación, dentro de la doctrina social de la Iglesia. Por tanto, el tentativo de volver a descubrir numerosos aspectos de esta enseñanza, a través de una lectura atenta de la Encíclica, constituirá el hilo conductor de la presente reflexión. Pero antes deseo detenerme sobre la fecha de publicación: el año 1967. El hecho mismo de que el Papa Pablo VI tomó la decisión de publicar su Encíclica social aquel año, nos lleva a considerar el documento en relación al Concilio Ecuménico Vaticano II, que se había clausurado el 8 de diciembre de 1965. 6. En este hecho debemos ver más de una simple cercanía cronológica. La encíclica Populorum Progressio se presenta, en cierto modo, como un documento de aplicación de las enseñanzas del Concilio. Y esto no sólo porque la Encíclica haga continuas referencias a los texto conciliares,8 sino porque nace de la preocupación de la Iglesia, que inspiró todo el trabajo conciliar —de modo particular la Constitución pastoral Gaudium et spes— en la labor de coordinar y desarrollar algunos temas de su enseñanza social.


Por consiguiente, se puede afirmar que la Encíclica Populorum Progressio es como la respuesta a lallamada del Concilio, con la que comienza la Constitución Gaudium et spes: « Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón ».9 Estas palabras expresan el motivo fundamental que inspiró el gran documento del Concilio, el cual parte de la constatación de la situación de miseria y de subdesarrollo, en las que viven tantos millones de seres humanos. Esta miseria y el subdesarrollo son, bajo otro nombre, « las tristezas y las angustias » de hoy, sobre todo de los pobres; ante este vasto panorama de dolor y sufrimiento, el Concilio quiere indicar horizontes de « gozo y esperanza ». Al mismo objetivo apunta la Encíclica de Pablo VI, plenamente fiel a la inspiración conciliar. 7. Pero también en el orden temático, la Encíclica, siguiendo la gran tradición de la enseñanza social de la Iglesia, propone directamente, la nueva exposición y la rica síntesis, que el Concilio ha elaborado de modo particular en la Constitución Gaudium et spes. Respecto al contenido y a los temas, nuevamente propuestos por la Encíclica, cabe subrayar: la conciencia del deber que tiene la Iglesia, « experta en humanidad », de « escrutar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio »; 10 la conciencia, igualmente profunda de su misión de « servicio », distinta de la función del Estado, aun cuando se preocupa de la suerte de las personas en concreto; 11 la referencia a las diferencias clamorosas en la situación de estas mismas personas; 12 la confirmación de la enseñanza conciliar, eco fiel de la secular tradición de la Iglesia, respecto al « destino universal de los bienes »; 13 el aprecio por la cultura y la civilización técnica que contribuyen a la liberación del hombre,14 sin dejar de reconocer sus límites; 15 y finalmente, sobre el tema del desarrollo, propio de la Encíclica, la insistencia sobre el « deber gravísimo », que atañe a las naciones más desarrolladas.16El mismo concepto de desarrollo, propuesto por la Encíclica, surge directamente de la impostación que la Constitución pastoral da a este problema.17 Estas y otras referencias explícitas a la Constitución pastoral llevan a la conclusión de que la Encíclica se presenta como una aplicación de la enseñanza conciliar en materia social respecto al problema específico del desarrollo así como del subdesarrollo de los pueblos. 8. El breve análisis efectuado nos ayuda a valorar mejor la novedad de la Encíclica, que se puede articular en tres puntos. El primero está constituido por el hecho mismo de un documento emanado por la máxima autoridad de la Iglesia católica y destinado a la vez a la misma Iglesia y « a todos los hombres de buena voluntad »,18 sobre una materia que a primera vista es sólo económica y social:el desarrollo de los pueblos. Aquí el vocablo « desarrollo » proviene del vocabulario de las ciencias sociales y económicas. Bajo este aspecto, la Encíclica Populorum Progressio se coloca inmediatamente en la línea de la Rerum Novarum, que trata de la « situación de los obreros ».19Vistas superficialmente, ambas cuestiones podrían parecer extrañas a la legítima preocupación de la Iglesia considerada como institución religiosa. Más aún el « desarrollo » que la « condición obrera ». En sintonía con la Encíclica de León XIII, al documento de Pablo VI hay que reconocer el mérito de haber señalado el carácter ético y cultural de la problemática relativa al desarrollo y, asimismo a la legitimidad y necesidad de la intervención de la Iglesia en este campo.


Con esto, la doctrina social cristiana ha reivindicado una vez más su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad así como a las realidades terrenas, que con ellas se enlazan, ofreciendo « principios de reflexión », « criterios de juicio » y «directrices de acción ».20 Pues bien, en el documento de Pablo VI se encuentran estos tres elementos con una orientación eminentemente práctica, o sea, orientada a la conducta moral. Por eso, cuando la Iglesia se ocupa del « desarrollo de los pueblos » no puede ser acusada de sobrepasar su campo específico de competencia y, mucho menos, el mandato recibido del Señor. 9. El segundo punto es la novedad de la Populorum Progressio, como se manifiesta por laamplitud de horizonte, abierto a lo que comúnmente se conoce bajo el nombre de « cuestión social ». En realidad, la Encíclica Mater et Magistra del Papa Juan XXIII había entrado ya en este horizonte más amplio 21 y el Concilio, en la Constitución Pastoral Gaudium et spes, se había hecho eco de ello.22 Sin embargo el magisterio social de la Iglesia no había llegado a afirmar todavía con toda claridad que la cuestión social ha adquirido una dimensión mundial,23 ni había llegado a hacer de esta afirmación y de su análisis una « directriz de acción », como hace el Papa Pablo VI en su Encíclica. Semejante toma de posición tan explícita ofrece una gran riqueza de contenidos, que es oportuno indicar. Ante todo, es menester eliminar un posible equívoco. El reconocimiento de que la « cuestión social » haya tomado una dimensión mundial, no significa de hecho que haya disminuido su fuerza de incidencia o que haya perdido su importancia en el ámbito nacional o local. Significa, por el contrario, que la problemática en los lugares de trabajo o en el movimiento obrero y sindical de un determinado país no debe considerarse como algo aislado, sin conexión, sino que depende de modo creciente del influjo de factores existentes por encima de los confines regionales o de las fronteras nacionales. Por desgracia, bajo el aspecto económico, los países en vías de desarrollo son muchos más que los desarrollados; las multitudes humanas que carecen de los bienes y de los servicios ofrecidos por el desarrollo, son bastante más numerosas de las que disfrutan de ellos. Nos encontramos, por tanto, frente a un grave problema de distribución desigual de los medios de subsistencia, destinados originariamente a todos los hombres, y también de los beneficios de ellos derivantes. Y esto sucede no por responsabilidad de las poblaciones indigentes, ni mucho menos por una especie de fatalidad dependiente de las condiciones naturales o del conjunto de las circunstancias. La Encíclica de Pablo VI, al declarar que la cuestión social ha adquirido una dimensión mundial, se propone ante todo señalar un hecho moral, que tiene su fundamento en el análisis objetivo de la realidad. Según las palabras mismas de la Encíclica, « cada uno debe tomar conciencia » de este hecho,24 precisamente porque interpela directamente a la conciencia, que es fuente de las decisiones morales. En este marco, la novedad de la Encíclica, no consiste tanto en la afirmación, de carácter histórico, sobre la universalidad de la cuestión social cuanto en la valoración moral de esta realidad. Por consiguiente, los responsables de la gestión pública, los ciudadanos de los países ricos, individualmente considerados, especialmente si son cristianos, tienen la obligación moral —según el correspodiente grado de


responsabilidad— de tomar en consideración, en las decisiones personales y de gobierno, esta relación de universalidad, esta interdependencia que subsiste entre su forma de comportarse y la miseria y el subdesarrollo de tantos miles de hombres. Con mayor precisión la Encíclica de Pablo VI traduce la obligación moral como « deber de solidaridad »,25 y semejante afirmación, aunque muchas cosas han cambiado en el mundo, tiene ahora la misma fuerza y validez de cuando se escribió. Por otro lado, sin abandonar la línea de esta visión moral, la novedad de la Encíclica consiste también en el planteamiento de fondo, según el cual la concepción misma del desarrollo, si se le considera en la perspectiva de la interdependencia universal, cambia notablemente. El verdadero desarrollo no puede consistir en una mera acumulación de riquezas o en la mayor disponibilidad de los bienes y de los servicios, si esto se obtiene a costa del subdesarrollo de muchos, y sin la debida consideración por la dimensión social, cultural y espiritual del ser humano.26 10. Como tercer punto la Encíclica da un considerable aporte de novedad a la doctrina social de la Iglesia en su conjunto y a la misma concepción de desarrollo. Esta novedad se halla en una frase que se lee en el párrafo final del documento, y que puede ser considerada como su fórmula recapituladora, además de su importancia histórica: « el desarrollo es el nombre nuevo de la paz ».27 De hecho, si la cuestión social ha adquirido dimensión mundial, es porque la exigencia de justiciapuede ser satisfecha únicamente en este mismo plano. No atender a dicha exigencia podría favorecer el surgir de una tentación de respuesta violenta por parte de las víctimas de la injusticia, como acontece al origen de muchas guerras. Las poblaciones excluidas de la distribución equitativa de los bienes, destinados en origen a todos, podrían preguntarse: ¿por qué no responder con la violencia a los que, en primer lugar, nos tratan con violencia? Si la situación se considera a la luz de la división del mundo en bloques ideológicos —ya existentes en 1967— y de las consecuentes repercusiones y dependencias económicas y políticas, el peligro resulta harto significativo. A esta primera consideración sobre el dramático contenido de la fórmula de la Encíclica se añade otra, al que el mismo documento alude: 28 ¿cómo justificar el hecho de que grandes cantidades de dinero, que podrían y deberían destinarse a incrementar el desarrollo de los pueblos, son, por el contrario utilizados para el enriquecimiento de individuos o grupos, o bien asignadas al aumento de arsenales, tanto en los Países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo, trastocando de este modo las verdaderas prioridades? Esto es aún más grave vistas las dificultades que a menudo obstaculizan el paso directo de los capitales destinados a ayudar a los Países necesitados. Si « el desarrollo es el nuevo nombre de la paz », la guerra y los preparativos militares son el mayor enemigo del desarrollo integral de los pueblos. De este modo, a la luz de la expresión del Papa Pablo VI, somos invitados a revisar el concepto de desarrollo, que no coincide ciertamente con el que se limita a satisfacer los deseos materiales mediante el crecimiento de los bienes, sin prestar atención al sufrimiento de tantos y haciendo del egoísmo de las personas y de las naciones la principal razón. Como acertadamente nos recuerda lacarta de Santiago: el egoísmo es la fuente de donde tantas guerras y contiendas ... de vuestras voluptuosidades que luchan en vuestros miembros. Codiciáis y no tenéis » (Sant 4, 1 s). Por el contrario, en un mundo distinto, dominado por la solicitud por el bien común de toda la humanidad, o sea por la preocupación por el « desarrollo espiritual y humano


de todos », en lugar de la búsqueda del provecho particular, la paz sería posible como fruto de una « justicia más perfecta entre los hombres ».29 Esta novedad de la Encíclica tiene además un valor permanente y actual, considerada la mentalidad actual que es tan sensible al íntimo vínculo que existe entre el respeto de la justicia y la instauración de la paz verdadera. III. PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO 11. La enseñanza fundamental de la Encíclica Populorum Progressio tuvo en su día gran eco por su novedad. El contexto social en que vivimos en la actualidad no se puede decir que sea exactamente igual al de hace veinte años. Es, esto, por lo que quiero detenerme, a través de una breve exposición, sobre algunas características del mundo actual, con el fin de profundizar la enseñanza de la Encíclica de Pablo VI, siempre bajo el punto de vista del « desarrollo de los pueblos ». 12. El primer aspecto a destacar es que la esperanza de desarrollo, entonces tan viva, aparece en la actualidad muy lejana de la realidad. A este propósito, la Encíclica no se hacía ilusión alguna. Su lenguaje grave, a veces dramático, se limitaba a subrayar el peso de la situación y a proponer a la conciencia de todos la obligación urgente de contribuir a resolverla. En aquellos años prevalecía un cierto optimismo sobre la posibilidad de colmar, sin esfuerzos excesivos, el retraso económico de los pueblos pobres, de proveerlos de infraestructuras y de asistir los en el proceso de industrialización. En aquel contexto histórico, por encima de los esfuerzos de cada país, la Organización de las Naciones Unidas promovió consecutivamente dos decenios de desarrollo.30 Se tomaron, en efecto, algunas medidas, bilaterales y multilaterales, con el fin de ayudar a muchas Naciones, algunas de ellas independientes desde hacía tiempo, otras —la mayoría— nacidas como Estados a raíz del proceso de descolonización. Por su parte, la Iglesia sintió el deber de profundizar los problemas planteados por la nueva situación, pensando sostener con su inspiración religiosa y humana estos esfuerzos para darles un alma y un empuje eficaz. 13. No se puede afirmar que estas diversas iniciativas religiosas, humanas, económicas y técnicas, hayan sido superfluas, dado que han podido alcanzar algunos resultados. Pero en línea general, teniendo en cuenta los diversos factores, no se puede negar que la actual situación del mundo, bajo el aspecto de desarrollo, ofrezca una impresión más bien negativa. Por ello, deseo llamar la atención sobre algunos indicadores genéricos, sin excluir otros más específicos. Dejando a un lado el análisis de cifras y estadísticas, es suficiente mirar la realidad de unamultitud ingente de hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria. Son muchos millones los que carecen de esperanza debido al hecho de que, en muchos lugares de la tierra, su situación se ha agravado sensiblemente. Ante estos dramas de total indigencia y necesidad, en que viven muchos de nuestros hermanos y hermanas, es el mismo Señor Jesús quien viene a interpelarnos (cf. Mt 25, 31-46). 14. La primera constatación negativa que se debe hacer es la persistencia y a veces el alargamiento del abismo entre las áreas del llamado Norte desarrollado y la del Sur en vías de desarrollo. Esta terminología geográfica es sólo indicativa, pues no se puede ignorar que las fronteras de la riqueza y de la pobreza atraviesan en su interior las


mismas sociedades tanto desarrolladas como en vías de desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales hasta llegar a los niveles de miseria en los países ricos, también, de forma paralela, en los países menos desarrollados se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas. A la abundancia de bienes y servicios disponibles en algunas partes del mundo, sobre todo en el Norte desarrollado, corresponde en el Sur un inadmisible retraso y es precisamente en esta zona geopolítica donde vive la mayor parte de la humanidad. Al mirar la gama de los diversos sectores producción y distribución de alimentos, higiene, salud y vivienda, disponibilidad de agua potable, condiciones de trabajo, en especial el femenino, duración de la vida y otros indicadores económicos y sociales, el cuadro general resulta desolador, bien considerándolo en sí mismo, bien en relación a los datos correspondientes de los países más desarrollados del mundo. La palabra « abismo » vuelve a los labios espontáneamente. Tal vez no es éste el vocablo adecuado para indicar la verdadera realidad, ya que puede dar la impresión de un fenómeno estacionario. Sin embargo, no es así. En el camino de los países desarrollados y en vías de desarrollo se ha verificado a lo largo de estos años una velocidad diversa de aceleración, que impulsa a aumentar las distancias. Así los países en vías de desarrollo, especialmente los más pobres, se encuentran en una situación de gravísimo retraso. A lo dicho hay que añadir todavía las diferencias de cultura y de los sistemas de valores entre los distintos grupos de población, que no coinciden siempre con el grado de desarrollo económico, sino que contribuyen a crear distancias. Son estos los elementos y los aspectos que hacen mucho más compleja la cuestión social, debido a que ha asumido una dimensión mundial. Al observar las diversas partes del mundo separadas por la distancia creciente de este abismo, al advertir que cada una de ellas parece seguir una determinada ruta, con sus realizaciones, se comprende por qué en el lenguaje corriente se hable de mundos distintos dentro de nuestro único mundo: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo y, alguna vez, Cuarto Mundo.31 Estas expresiones, que no pretenden obviamente clasificar de manera satisfactoria a todos los Países, son muy significativas. Son el signo de una percepción difundida de que la unidad del mundo, en otras palabras, la unidad del género humano, está seriamente comprometida. Esta terminología, por encima de su valor más o menos objetivo, esconde sin lugar a duda un contenido moral, frente al cual la Iglesia, que es « sacramento o signo e instrumento... de la unidad de todo el género humano »,32 no puede permanecer indiferente. 15. El cuadro trazado precedentemente sería sin embargo incompleto, si a los « indicadores económicos y sociales » del subdesarrollo no se añadieran otros igualmente negativos, más preocupantes todavía, comenzando por el plano cultural. Estos son: el analfabetismo, la dificultad o imposibilidad de acceder a los niveles superiores de instrucción, la incapacidad de participar en laconstrucción de la propia Nación, las diversas formas de explotación y de opresión económica, social, política y también religiosa de la persona humana y de sus derechos, las discriminaciones de todo tipo, de modo especial la más odiosa basada en la diferencia racial. Si alguna de estas plagas se halla en algunas zonas del Norte más desarrollado, sin lugar a duda éstas son más frecuentes, más duraderas y más difíciles de extirpar en los países en vías de desarrollo y menos avanzados.


Es menester indicar que en el mundo actual, entre otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de iniciativa económica. No obstante eso, se trata de un derecho importante no sólo para el individuo en particular, sino además para el bien común. La experiencia nos demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida « igualdad » de todos en la sociedad, reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En consecuencia, surge, de este modo, no sólo una verdadera igualdad, sino una « nivelación descendente ». En lugar de la iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al aparato burocrático que, como único órgano que « dispone » y « decide » —aunque no sea « Poseedor »— de la totalidad de los bienes y medios de producción, pone a todos en una posición de dependencia casi absoluta, similar a la tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema capitalista. Esto provoca un sentido de frustración o desesperación y predispone a la despreocupación de la vida nacional, empujando a muchos a la emigración y favoreciendo, a la vez, una forma de emigración « psicológica ». Una situación semejante tiene sus consecuencias también desde el punto de vista de los « derechos de cada Nación ». En efecto, acontece a menudo que una Nación es privada de su subjetividad, o sea, de la « soberanía » que le compete, en el significado económico así como en el político-social y en cierto modo en el cultural, ya que en una comunidad nacional todas estas dimensiones de la vida están unidas entre sí. Es necesario recalcar, además, que ningún grupo social, por ejemplo un partido, tiene derecho a usurpar el papel de único guía porque ello supone la destrucción de la verdadera subjetividad de la sociedad y de las personas-ciudadanos, como ocurre en todo totalitarismo. En esta situación el hombre y el pueblo se convierten en « objeto », no obstante todas las declaraciones contrarias y las promesas verbales. Llegados a este punto conviene añadir que el mundo actual se dan otras muchasformas pobreza. En efecto, ciertas carencias o privaciones merecen tal vez este nombre. La negación o limitación de los derechos humanos —como, por ejemplo, el derecho a la libertad religiosa, el derecho a participar en la construcción de la sociedad, la libertad de asociación o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en materia económica— ¿no empobrecen tal vez a la persona humana igual o más que la privación de los bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en cuenta la plena afirmación de estos derechos ¿es verdaderamente desarrollo humano? En pocas palabras, el subdesarrollo de nuestros días no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente humano, como ya indicaba hace veinte años la Encíclica Populorum Progressio. Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no sea, al menos en parte, el resultado de una concepción demasiado limitada, es decir, prevalentemente económica, del desarrollo. 16. Hay que notar que, a pesar de los notables esfuerzos realizados en los dos últimos decenios por parte de las naciones más desarrolladas o en vías de desarrollo, y de las Organizaciones internacionales, con el fin de hallar una salida a la situación, o al menos poner remedio a alguno de sus síntomas, las condiciones se han agravado notablemente. La responsabilidad de este empeoramiento tiene causas diversas. Hay que indicar las indudables graves omisiones por parte de las mismas naciones en vías de desarrollo, y especialmente por parte de los que detentan su poder económico y político. Pero tampoco podemos soslayar la responsabilidad de las naciones desarrolladas, que no siempre, al menos en la debida medida, han sentido el deber de ayudar a aquellos países que se separan cada vez más del mundo del bienestar al que pertenecen.


No obstante, es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros. Estos mecanismos, maniobrados por los países más desarrollados de modo directo o indirecto, favorecen a causa de su mismo funcionamento los intereses de los que los maniobran, aunque terminan por sofocar o condicionar las economías de los países menos desarrollados. Es necesario someter en el futuro estos mecanismos a un análisis atento bajo el aspecto ético-moral. La Populorum Progressio preveía ya que con semejantes sistemas aumentaría la riqueza de los ricos, manteniéndose la miseria de los pobres.33 Una prueba de esta previsión se tiene con la aparición del llamado Cuarto Mundo. 17. A pesar de que la sociedad mundial ofrezca aspectos fragmentarios, expresados con los nombres convencionales de Primero, Segundo, Tercero y también Cuarto mundo, permanece más profunda suinterdependencia la cual, cuando se separa de las exigencias éticas, tiene unas consecuencias funestas para los más débiles. Más aún, esta interdependencia, por una especie de dinámica interior y bajo el empuje de mecanismos que no puedan dejar de ser calificados como perversos, provoca efectos negativos hasta en los Países ricos. Precisamente dentro de estos Países se encuentran, aunque en menor medida, las manifestaciones más específicas del subdesarrollo. De suerte que debería ser una cosa sabida que el desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes del mundo, o sufre un proceso de retroceso aún en las zonas marcadas por un constante progreso. Fenómeno este particularmente indicador de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él todas las naciones del mundo o no será tal ciertamente. Entre los indicadores específicos del subdesarrollo, que afectan de modo creciente también a los países desarrollados, hay dos particularmente reveladores de una situación dramática. En primer lugar, la crisis de la vivienda. En el Año Internacional de las personas sin techo, querido por la Organización de las Naciones Unidas, la atención se dirigía a los millones de seres humanos carentes de una vivienda adecuada o hasta sin vivienda alguna, con el fin de despertar la conciencia de todos y de encontrar una solución a este grave problema, que comporta consecuencias negativas a nivel individual, familiar y social.34 La falta de viviendas se verifica a nivel universal y se debe, en parte, al fenómeno siempre creciente de la urbanización.35 Hasta los mismos pueblos más desarrollados presentan el triste espectáculo de individuos y familias que se esfuerzan literalmente por sobrevivir, sin techo o con uno tan precarioque es como si no se tuviera. La falta de vivienda, que es un problema en sí mismo bastante grave, es digno de ser considerado como signo o síntesis de toda una serie de insuficiencias económicas, sociales, culturales o simplemente humanas; y, teniendo en cuenta la extensión del fenómeno, no debería ser difícil convencerse de cuan lejos estamos del auténtico desarrollo de los pueblos. 18. Otro indicador, común a gran parte de las naciones, es el fenómeno del desempleo y delsubdesempleo. No hay persona que no se dé cuenta de la actualidad yde la creciente gravedad de semejante fenómeno en los países industrializados.36 Sí este aparece de modo alarmante en los países en vía de desarrollo, con su alto índice de crecimiento demográfico y el número tan elevado de población juvenil, en los países de gran


desarrollo económico parece que se contraen las fuentes de trabajo, y así, las posibilidades de empleo, en vez de aumentar, disminuyen. También este triste fenómeno, con su secuela de efectos negativos a nivel individual y social, desde la degradación hasta la pérdida del respeto que todo hombre y mujer se debe a sí mismo, nos lleva a preguntarnos seriamente sobre el tipo de desarrollo, que se ha perseguido en el curso de los últimos veinte años. A este propósito viene muy oportunamente la consideración de la Encíclica Laborem exercens: « Es necesario subrayar que el elemento constitutivo y a su vez la verificación más adecuada de esteprogreso en el espíritu de justicia y paz, que la Iglesia proclama y por el que no cesa de orar (...), es precisamente la continua revalorización del trabajo humano, tanto bajo el aspecto de su finalidad objetiva, como bajo el aspecto de la dignidad del sujeto de todo trabajo, que es el hombre ». Antes bien, « no se puede menos de quedar impresionados ante un hecho desconcertante de grandes proporciones », es decir, que « existen ... grupos enteros de desocupados o subocupados (...): un hecho que atestigua sin duda el que, dentro de las comunidades políticas como en las relaciones existentes entre ellas a nivel continental y mundial —en lo concerniente a la organización del trabajo y del empleo— hay algo que no funciona y concretamente en los puntos más críticos y de mayor relieve social ».37 Como el precedente, también este fenómeno, por su carácter universal y en cierto sentidomultiplicador, representa un signo sumamente indicativo, por su incidencia negativa, del estado y de la calidad del desarrollo de los pueblos, ante el cual nos encontramos hoy. 19. Otro fenómeno, también típico del último período —si bien no se encuentra en todos los lugares—, es sin duda igualmente indicador de la interdependencia existente entre los países desarrollados y menos desarrollados. Es la cuestión de la deuda internacional, a la que la Pontificia ComisiónIustitia et Pax ha dedicado un documento.38 No se puede aquí silenciar el profundo vínculo que existe entre este problema, cuya creciente gravedad había sido ya prevista por la Populorum Progressio,39 y la cuestión del desarrollo de los pueblos. La razón que movió a los países en vías de desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles fue la esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia, la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a título de préstamo puede considerarse una contribución al desarrollo mismo, cosa deseable y legítima en sí misma, aunque quizás imprudente y en alguna ocasión apresurada. Habiendo cambiado las circunstancias tanto en los países endeudados como en el mercado internacional financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en un mecanismo contraproducente. Y esto ya sea porque los Países endeudados, para satisfacer los compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que serían necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma razón, no pueden obtener nuevas fuentes de financiación indispensables igualmente.


Por este mecanismo, el medio destinado al desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno,por no hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo. Estas circunstancias nos mueven a reflexionar —como afirma un reciente Documento de la PontificiaComisión Iustitia et Pax 40 — sobre el carácter ético de la interdependencia de los pueblos; y, para mantenernos en la línea de la presente consideración, sobre las exigencias y las condiciones, inspiradas igualmente en los principios éticos, de la cooperación al desarrollo. 20. Si examinamos ahora las causas de este grave retraso en el proceso del desarrollo, verificado en sentido opuesto a las indicaciones de la Encíclica Populorum Progressio que había suscitado tantas esperanzas, nuestra atención se centra de modo particular en las causas políticas de la situación actual. Encontrándonos ante un conjunto de factores indudablemente complejos, no es posible hacer aquí un análisis completo. Pero no se puede silenciar un hecho sobresaliente del cuadro político que caracteriza el período histórico posterior al segundo conflicto mundial y es un factor que no se puede omitir en el tema del desarrollo de los pueblos. Nos referimos a la existencia de dos bloques contrapuestos, designados comúnmente con los nombres convencionales de Este y Oeste, o bien de Oriente y Occidente. La razón de esta connotación no es meramente política, sino también, como se dice, geopolítica. Cada uno de ambos bloques tiende a asimilar y a agregar alrededor de sí, con diversos grados de adhesión y participación, a otros Países o grupos de Países. La contraposición es ante todo política, en cuanto cada bloque encuentra su identidad en un sistema de organización de la sociedad y de la gestión del poder, que intenta ser alternativo al otro; a su vez, la contraposición política tiene su origen en una contraposición más profunda que es de ordenideológico. En Occidente existe, en efecto, un sistema inspirado históricamente en el capitalismo liberal, tal como se desarrolló en el siglo pasado; en Oriente se da un sistema inspirado en el colectivismo marxista, que nació de la interpretación de la condición de la clase proletaria, realizada a la luz de una peculiar lectura de la historia. Cada una de estas dos ideologías, al hacer referencia a dos visiones tan diversas del hombre, de su libertad y de su cometido social, ha propuesto y promueve, bajo el aspecto económico, unas formas antitéticas de organización del trabajo y de estructuras de la propiedad, especialmente en lo referente a los llamados medios de producción. Es inevitable que la contraposición ideológica, al desarrollar sistemas y centros antagónicos de poder, con sus formas de propaganda y de doctrina, se convirtiera en una creciente contraposición militar, dando origen a dos bloques de potencias armadas, cada uno desconfiado y temeroso del prevalecer ajeno. A su vez, las relaciones internacionales no podían dejar de resentir los efectos de esta « lógica de los bloques » y de sus respectivas « esferas de influencia ». Nacida al final de la segunda guerra mundial, la tensión entre ambos bloques ha dominado los cuarenta años sucesivos, asumiendo unas veces el carácter de « guerra fría », otras de « guerra por poder » mediante la instrumentalización de conflictos locales, o bien


teniendo el ánimo angustiado y en suspenso ante la amenaza de una guerraabierta y total. Si en el momento actual tal peligro parece que es más remoto, aun sin haber desaparecido completamente, y si se ha llegado a un primer acuerdo sobre las destrucción de cierto tipo de armamento nuclear, la existencia y la contraposición de bloques no deja de ser todavía un hecho real y preocupante, que sigue condicionando el panorama mundial. 21. Esto se verifica con un efecto particularmente negativo en las relaciones internacionales, que miran a los Países en vías de desarrollo. En efecto, como es sabido, la tensión entre Oriente y Occidente no refleja de por sí una oposición entre dos diversos grados de desarrollo, sino más bien entre dos concepciones del desarrollo mismo de los hombres y de los pueblos, de tal modo imperfectas que exigen una corrección radical. Dicha oposición se refleja en el interior de aquellos países, contribuyendo así a ensanchar el abismo que ya existe a nivel económico entre Norte y Sur, y que es consecuencia de la distancia entre los dos mundos más desarrollados y los menos desarrollados. Esta es una de las razones por las que la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista. En efecto, desde el punto de vista del desarrollo surge espontánea la pregunta: ¿de qué manera o en qué medida estos dos sistemas son susceptibles de transformaciones y capaces de ponerse al día, de modo que favorezcan o promuevan un desarrollo verdadero e integral del hombre y de los pueblos en la sociedad actual? De hecho, estas transformaciones y puestas al día son urgentes e indispensables para la causa de un desarrollo común a todos. Los Países independizados recientemente, que esforzándose en conseguir su propia identidad cultural y política necesitarían la aportación eficaz y desinteresada de los Países más ricos y desarrollados, se encuentran comprometidos —y a veces incluso desbordados— en conflictos ideológicos que producen inevitables divisiones internas, llegando incluso a provocar en algunos casos verdaderas guerras civiles. Esto sucede porque las inversiones y las ayudas para el desarrollo a menudo son desviadas de su propio fin e instrumentalizadas para alimentar los contrastes, por encima y en contra de los intereses de los Países que deberían beneficiarse de ello. Muchos de ellos son cada vez más conscientes del peligro de caer víctimas de un neocolonialismo y tratan de librarse. Esta conciencia es tal que ha dado origen, aunque con dificultades, oscilaciones y a veces contradicciones, alMovimiento internacional de los Países No Alineados, el cual, en lo que constituye su aspecto positivo, quisiera afirmar efectivamente el derecho de cada pueblo a su propia identidad, a su propia independencia y seguridad, así como a la participación, sobre la base de la igualdad y de la solidaridad, de los bienes que están destinados a todos los hombres. 22. Hechas estas consideraciones es más fácil tener una visión más clara del cuadro de los últimos veinte años y comprender mejor los contrastes existentes en la parte Norte del mundo, es decir, entre Oriente y Occidente, como causa no última del retraso o del estancamiento del Sur. Los Países subdesarrollados, en vez de transformarse en Naciones autónomas, preocupadas de su propia marcha hacia la justa participación en los bienes y servicios destinados a todos, se convierten en piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la parte


Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos Países, ni respetan su fisonomía cultural; a menudo, imponen una visión desviada de la vida y del hombre y así no responden a las exigencias del verdadero desarrollo. Cada uno de los dos bloques lleva oculta internamente, a su manera, la tendencia al imperialismo,como se dice comúnmente, o a formas de neocolonialismo: tentación nada fácil en la que se cae muchas veces, como enseña la historia incluso reciente. Esta situación anormal —consecuencia de una guerra y de una preocupación exagerada, más allá de lo lícito, por razones de la propia seguridad— impide radicalmente la cooperación solidaria de todos por el bien común del género humano, con perjuicio sobre todo de los pueblos pacíficos, privados de su derecho de acceso a los bienes destinados a todos los hombres. Desde este punto de vista, la actual división del mundo es un obstáculo directo para la verdadera transformación de las condiciones de subdesarrollo en los Países en vías de desarrollo y en aquellos menos avanzados. Sin embargo, los pueblos no siempre se resignan a su suerte. Además, la misma necesidad de una economía sofocada por los gastos militares, así como por la burocracia y su ineficiencia intrínseca, parece favorecer ahora unos procesos que podrán hacer menos rígida la contraposición y más fácil el comienzo de un diálogo útil y de una verdadera colaboración para la paz. 23. La afirmación de la Encíclica Populorum Progressio, de que los recursos destinados a la producción de armas deben ser empleados en aliviar la miseria de las poblaciones necesitadas,41hace más urgente el llamado a superar la contraposición entre los dos bloques. Hoy, en la práctica, tales recursos sirven para asegurar que cada uno de los dos bloques pueda prevalecer sobre el otro, y garantizar así la propia seguridad. Esta distorsión, que es un vicio de origen, dificulta a aquellas Naciones que, desde un punto de vista histórico, económico y político tienen la posibilidad de ejercer un liderazgo, al cumplir adecuadamente su deber de solidaridad en favor de los pueblos que aspiran a su pleno desarrollo. Es oportuno afirmar aquí —y no debe parecer esto una exageración— que un papel de liderazgo entre las Naciones se puede justificar solamente con la posibilidad y la voluntad de contribuir, de manera más amplia y generosa, al bien común de todos. Una Nación que cediese, más o menos conscientemente, a la tentación de cerrarse en sí misma, olvidando la responsabilidad que le confiere una cierta superioridad en el concierto de las Naciones,faltaría gravemente a un preciso deber ético. Esto es fácilmente reconocible en la contingencia histórica, en la que los creyentes entrevén las disposiciones de la divina Providencia que se sirve de las Naciones para la realización de sus planes, pero que también « hace vanos los proyectos de los pueblos » (cf. Sal 33 (32) 10). Cuando Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y egoísta, y Oriente, a su vez, parece ignorar por motivos discutibles su deber de cooperación para aliviar la miseria de los pueblos, uno se encuentra no sólo ante una traición de las legítimas esperanzas de la humanidad con consecuencias imprevisibles, sino ante una defección verdadera y propia respecto de una obligación moral.


24. Si la producción de armas es un grave desorden que reina en el mundo actual respecto a las verdaderas necesidades de los hombres y al uso de los medios adecuados para satisfacerlas, no lo es menos el comercio de las mismas. Más aún, a propósito de esto, es preciso añadir que el juicio moral es todavía más severo. Como se sabe, se trata de un comercio sin fronteras capaz de sobrepasar incluso las de los bloques. Supera la división entre Oriente y Occidente y, sobre todo, la que hay entre Norte y Sur, llegando hasta los diversos componentes de la parte meridional del mundo. Nos hallamos así ante un fenómeno extraño: mientras las ayudas económicas y los planes de desarrollo tropiezan con el obstáculo de barreras ideológicas insuperables, arancelarias y de mercado, las armas de cualquier procedencia circulan con libertad casi absoluta en las diversas partes del mundo. Y nadie ignora —como destaca el reciente documento de la Pontificia ComisiónIustitia et Pax sobre la deuda internacional 42— que en algunos casos, los capitales prestados por el mundo desarrollado han servido para comprar armamentos en el mundo subdesarrollado. Si a todo esto se añade el peligro tremendo, conocido por todos, que representan las armas atómicas acumuladas hasta lo increíble, la conclusión lógica es la siguiente: el panorama del mundo actual, incluso el económico, en vez de causar preocupación por un verdadero desarrollo que conduzca a todos hacia una vida « más humana », — como deseaba la Encíclica Populorum Progressio 43— parece destinado a encaminarnos más rápidamente hacia la muerte. Las consecuencias de este estado de cosas se manifiestan en el acentuarse de una plaga típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo: los millones de refugiados,a quienes las guerras, calamidades naturales, persecuciones y discriminaciones de todo tipo han hecho perder casa, trabajo, familia y patria. La tragedia de estas multitudes se refleja en el rostro descompuesto de hombres, mujeres y niños que, en un mundo dividido e inhóspito, no consiguen encontrar ya un hogar. Ni se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo,entendido como propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de terror y de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce como motivación de esta actuación inhumana cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los actos de terrorismo nunca son justificables. Pero mucho menos lo son cuando, como sucede hoy, tales decisiones y actos, que a veces llegan a verdaderas mortandades, ciertos secuestros de personas inocentes y ajenas a los conflictos, se proponen un fin propagandístico en favor de la propia causa; o, peor aún, cuando son un fin en sí mismos, de forma que se mata sólo por matar. Ante tanto horror y tanto sufrimiento siguen siendo siempre válidas las palabras que pronuncié hace algunos años y que quisiera repetir una vez más: « El cristianismo prohíbe ... el recurso a las vías del odio, al asesinato de personas indefensas y a los métodos del terrorismo ».44 25. A este respecto conviene hacer una referencia al problema demográfico y a la manera cómo se trata hoy, siguiendo lo que Pablo VI indicó en su Encíclica 45 y lo que expuse más extensamente en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio.46 No se puede negar la existencia —sobre todo en la parte Sur de nuestro planeta— de un problema demográfico que crea dificultades al desarrollo. Es preciso afirmar enseguida que en la parte Norte este problema es de signo inverso: aquí lo que preocupa es la caída de la tasa de la natalidad, con repercusiones en el envejecimiento de la población, incapaz incluso de renovarse biológicamente. Fenómeno éste capaz de obstaculizar de por sí el desarrollo. Como tampoco es


exacto afirmar que tales dificultades provengan solamente del crecimiento demográfico; no está demostrado siquiera que cualquier crecimiento demográfico sea incompatible con un desarrollo ordenado. Por otra parte, resulta muy alarmante constatar en muchos Países el lanzamiento de campañas sistemáticas contra la natalidad, por iniciativa de sus Gobiernos, en contraste no sólo con la identidad cultural y religiosa de los mismos Países, sino también con la naturaleza del verdadero desarrollo. Sucede a menudo que tales campañas son debidas a presiones y están financiadas por capitales provenientes del extranjero y, en algún caso, están subordinadas a las mismas y a la asistencia económico-financiera. En todo caso, se trata de una falta absoluta de respeto por la libertad de decisión de las personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos a veces a intolerables presiones, incluso económicas para someterlas a esta nueva forma de opresión. Son las poblaciones más pobres las que sufren los atropellos, y ello llega a originar en ocasiones la tendencia a un cierto racismo, o favorece la aplicación de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas. También este hecho, que reclama la condena más enérgica, es indicio de una concepción errada y perversa del verdadero desarrollo humano. 26. Este panorama, predominantemente negativo, sobre la situación real del desarrollo en el mundo contemporáneo, no sería completo si no señalara la existencia de aspectos positivos. El primero es la plena conciencia, en muchísimos hombres y mujeres, de su propia dignidad y de la de cada ser humano. Esta conciencia se expresa, por ejemplo, en una viva preocupación porelrespeto de los derechos humanos y en el más decidido rechazo de sus violaciones. De esto es un signo revelador el número de asociaciones privadas, algunas de alcance mundial, de reciente creación, y casi todas comprometidas en seguir con extremo cuidado y loable objetividad los acontecimientos internacionales en un campo tan delicado. En este sentido hay que reconocer la influencia ejercida por la Declaración de los Derechos Humanos, promulgada hace casi cuarenta años por la Organización de las Naciones Unidas. Su misma existencia y su aceptación progresiva por la comunidad internacional son ya testimonio de una mayor conciencia que se está imponiendo. Lo mismo cabe decir —siempre en el campo de los derechos humanos— sobre los otros instrumentos jurídicos de la misma Organización de las Naciones Unidas o de otros Organismos internacionales.47 La conciencia de la que hablamos no se refiere solamente a los individuos, sino también a lasNaciones y a los pueblos, los cuales, como entidades con una determinada identidad cultural, son particularmente sensibles a la conservación, libre gestión y promoción de su precioso patrimonio. Al mismo tiempo, en este mundo dividido y turbado por toda clase de conflictos, aumenta laconvicción de una radical interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos, si se quiere evitar la catástrofe para todos. Desde el fondo de la angustia, del miedo y de los fenómenos de evasión como la droga, típicos del mundo contemporáneo, emerge la idea de que el bien, al cual estamos llamados todos, y la felicidad a la que aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y el empeño de todos sin excepción, con la consiguiente renuncia al propio egoísmo.


Aquí se inserta también, como signo del respeto por la vida, —no obstante todas las tentaciones por destruirla, desde el aborto a la eutanasia— la preocupación concomitante por la paz; y, una vez más, se es consciente de que ésta es indivisible: o es de todos, o de nadie. Una paz que exige, cada vez más, el respeto riguroso de la justicia, y, por consiguiente, la distribución equitativa de los frutos del verdadero desarrollo.48 Entre las señales positivas del presente, hay que señalar igualmente la mayor conciencia de la limitación de los recursos disponibles, la necesidad de respetar la integridad y los ritmos de la naturaleza y de tenerlos en cuenta en la programación del desarrollo, en lugar de sacrificarlo a ciertas concepciones demagógicas del mismo. Es lo que hoy se llama la preocupación ecológica. Es justo reconocer también el empeño de gobernantes, políticos, economistas, sindicalistas, hombres de ciencia y funcionarios internacionales —muchos de ellos inspirados por su fe religiosa— por resolver generosamente con no pocos sacrificios personales, los males del mundo y procurar por todos los medios que un número cada vez mayor de hombres y mujeres disfruten del beneficio de la paz y de una calidad de vida digna de este hombre. A ello contribuyen en gran medida las grandes Organizaciones internacionales y algunas Organizaciones regionales, cuyos esfuerzos conjuntos permiten intervenciones de mayor eficacia. Gracias a estas aportaciones, algunos Países del Tercer Mundo, no obstante el peso de numerosos condicionamientos negativos, han logrado alcanzar una cierta autosuficiencia alimentaria, o un grado de industrialización que les permite subsistir dignamente y garantizar fuentes de trabajo a la población activa. Por consiguiente, no todo es negativo en el mundo contemporáneo —y no podía ser de otra manera— porque la Providencia del Padre celestial vigila con amor también sobre nuestras preocupaciones diarias (cf. Mt 6, 25-32; 10, 23-31; Lc 12, 6-7; 22, 20); es más, los valores positivos señalados revelan una nueva preocupación moral, sobre todo en orden a los grandes problemas humanos, como son el desarrollo y la paz. Esta realidad me mueve a reflexionar sobre la verdadera naturaleza del desarrollo de los pueblos, de acuerdo con la Encíclica cuyo aniversario celebramos, y como homenaje a su enseñanza. IV. EL AUTENTICO DESARROLLO HUMANO 27. La mirada que la Encíclica invita a dar sobre el mundo contemporáneo nos hace constatar, ante todo, que el desarrollo no es un proceso rectilíneo, casi automático y de por sí ilimitado, como si, en ciertas condiciones, el género humano marchara seguro hacia una especie de perfección indefinida.49 Esta concepción — unida a una noción de « progreso » de connotaciones filosóficas de tipo iluminista, más bien que a la de « desarrollo »,50 usada en sentido específicamente económicosocial— parece puesta ahora seriamente en duda, sobre todo después de la trágica experiencia de las dos guerras mundiales, de la destrucción planeada y en parte realizada de poblaciones enteras y del peligro atómico que amenaza. A un ingenuo optimismo mecanicista le reemplaza una fundada inquietud por el destino de la humanidad.


28. Pero al mismo tiempo ha entrado en crisis la misma concepción « económica » o « economicista » vinculada a la palabra desarrollo. En efecto, hoy se comprende mejor que la mera acumulaciónde bienes y servicios, incluso en favor de una mayoría, no basta para proporcionar la felicidad humana. Ni, por consiguiente, la disponibilidad de múltiples beneficios reales, aportados en los tiempos recientes por la ciencia y la técnica, incluida la informática, traen consigo la liberación de cualquier forma de esclavitud. Al contrario, la experiencia de los últimos años demuestra que si toda esta considerable masa de recursos y potencialidades, puestas a disposición del hombre, no es regida por un objetivo moral y por una orientación que vaya dirigida al verdadero bien del género humano, se vuelve fácilmente contra él para oprimirlo. Debería ser altamente instructiva una constatación desconcertante de este período más reciente: junto a las miserias del subdesarrollo, que son intolerables, nos encontramos con una especie desuperdesarrollo, igualmente inaceptable porque, como el primero, es contrario al bien y a la felicidad auténtica. En efecto, este superdesarrollo, consistente en la excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para algunas categorías sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de la « posesión » y del goce inmediato, sin otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de los objetos que se poseen por otros todavía más perfectos. Es la llamada civilización del « consumo » o consumismo, que comporta tantos « desechos » o « basuras ». Un objeto poseído, y ya superado por otro más perfecto, es descartado simplemente, sin tener en cuenta su posible valor permanente para uno mismo o para otro ser humano más pobre. Todos somos testigos de los tristes efectos de esta ciega sumisión al mero consumo: en primer término, una forma de materialismo craso, y al mismo tiempo una radical insatisfacción, porque se comprende rápidamente que, —si no se está prevenido contra la inundación de mensajes publicitarios y la oferta incesante y tentadora de productos— cuanto más se posee más se desea, mientras las aspiraciones más profundas quedan sin satisfacer, y quizás incluso sofocadas. La Encíclica del Papa Pablo VI señalaba esta diferencia, hoy tan frecuentemente acentuada, entre el « tener » y el « ser »,51 que el Concilio Vaticano II había expresado con palabras precisas.52 « Tener » objetos y bienes no perfecciona de por sí al sujeto, si no contribuye a la maduración y enriquecimiento de su « ser », es decir, a la realización de la vocación humana como tal. Ciertamente, la diferencia entre « ser » y « tener », y el peligro inherente a una mera multiplicación o sustitución de cosas poseídas respecto al valor del « ser », no debe transformarse necesariamente en una antinomia. Una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en esto: en que son relativamente pocos los que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la mala distribución de los bienes y servicios destinados originariamente a todos. Este es pues el cuadro: están aquéllos —los pocos que poseen mucho— que no llegan verdaderamente a « ser », porque, por una inversión de la jerarquía de los valores, se encuentran impedidos por el culto del « tener »; y están los otros —los muchos que poseen poco o nada— los cuales no consiguen realizar su vocación humana fundamental al carecer de los bienes indispensables. El mal no consiste en el « tener » como tal, sino en el poseer que no respeta la calidad y la ordenada jerarquía de los bienes que se tienen. Calidad y jerarquía que


derivan de la subordinación de los bienes y de su disponibilidad al « ser » del hombre y a su verdadera vocación. Con esto se demuestra que si el desarrollo tiene una necesaria dimensión económica, puesto que debe procurar al mayor número posible de habitantes del mundo la disponibilidad de bienes indispensables para « ser », sin embargo no se agota con esta dimensión. En cambio, si se limita a ésta, el desarrollo se vuelve contra aquéllos mismos a quienes se desea beneficiar. Las características de un desarrollo pleno, « más humano », el cual —sin negar las necesidades económicas— procure estar a la altura de la auténtica vocación del hombre y de la mujer, han sido descritas por Pablo VI.53 29. Por eso, un desarrollo no solamente económico se mide y se orienta según esta realidad y vocación del hombre visto globalmente, es decir, según un propio parámetro interior. Este, ciertamente, necesita de los bienes creados y de los productos de la industria, enriquecida constantemente por el progreso científico y tecnológico. Y la disponibilidad siempre nueva de los bienes materiales, mientras satisface las necesidades, abre nuevos horizontes. El peligro del abuso consumístico y de la aparición de necesidades artificiales, de ninguna manera deben impedir la estima y utilización de los nuevos bienes y recursos puestos a nuestra disposición. Al contrario, en ello debemos ver un don de Dios y una respuesta a la vocación del hombre, que se realiza plenamente en Cristo. Mas para alcanzar el verdadero desarrollo es necesario no perder de vista dicho parámetro, que está en la naturaleza específica del hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gén 1, 26). Naturaleza corporal y espiritual, simbolizada en el segundo relato de la creación por dos elementos: la tierra, con la que Dios modela al hombre, y el hálito de vida infundido en su rostro (cf. Gén 2, 7). El hombre tiene así una cierta afinidad con las demás creaturas: está llamado a utilizarlas, a ocuparse de ellas y —siempre según la narración del Génesis (2, 15)— es colocado en el jardín para cultivarlo y custodiarlo, por encima de todos los demás seres puestos por Dios bajo su dominio (cf. ibid. 1, 15 s.). Pero al mismo tiempo, el hombre debe someterse a la voluntad de Dios, que le pone límites en el uso y dominio de las cosas (cf. ibid. 2, 16 s.), a la par que le promete la inmortalidad (cf. ibid. 2, 9;Sab 2, 23). El hombre, pues, al ser imagen de Dios, tiene una verdadera afinidad con El. Según esta enseñanza, el desarrollo no puede consistir solamente en el uso, dominio y posesión indiscriminadade las cosas creadas y de los productos de la industria humana, sino más bien en subordinar la posesión, el dominio y el uso a la semejanza divina del hombre y a su vocación a la inmortalidad. Esta es la realidad trascendente del ser humano, la cual desde el principio aparece participada por una pareja, hombre y mujer (cf. Gén 1, 27), y es por consiguiente fundamentalmente social. 30. Según la Sagrada Escritura, pues, la noción de desarrollo no es solamente « laica » o « profana », sino que aparece también, aunque con una fuerte acentuación socioeconómica, como la expresión moderna de una dimensión esencial de la vocación del hombre. En efecto, el hombre no ha sido creado, por así decir, inmóvil y estático. La primera presentación que de él ofrece la Biblia, lo describe ciertamente como creatura y como imagen, determinada en su realidad profunda por elorigen y el parentesco que lo constituye. Pero esto mismo pone en el ser humano, hombre y mujer, el germen y la exigencia de una tarea originaria a realizar, cada uno por separado y también como pareja. La tarea es « dominar » las demás creaturas, « cultivar el jardín »; pero hay que hacerlo en el marco de obediencia a la ley divina y,


por consiguiente, en el respeto de la imagen recibida, fundamento claro del poder de dominio, concedido en orden a su perfeccionamiento (cf. Gén 1, 26-30; 2, 15 s.; Sab 9, 2 s.). Cuando el hombre desobedece a Dios y se niega a someterse a su potestad, entonces la naturaleza se le rebela y ya no le reconoce como señor, porque ha empañado en sí mismo la imagen divina. La llamada a poseer y usar lo creado permanece siempre válida, pero después del pecado su ejercicio será arduo y lleno de sufrimientos (cf. Gén 3, 17-19). En efecto, el capítulo siguiente del Génesis nos presenta la descendencia de Caín, la cual construye una ciudad, se dedica a la ganadería, a las artes (la música) y a la técnica (la metalurgia), y al mismo tiempo se empezó a « invocar el nombre del Señor » (cf. ibid. 4, 17-26). La historia del género humano, descrita en la Sagrada Escritura, incluso después de la caída en el pecado, es una historia de continuas realizaciones que, aunque puestas siempre en crisis y en peligro por el pecado, se repiten, enriquecen y se difunden como respuesta a la vocación divina señalada desde el principio al hombre y a la mujer (cf. Gén 1, 26-28) y grabada en la imagen recibida por ellos. Es lógico concluir, al menos para quienes creen en la Palabra de Dios, que el « desarrollo » actual debe ser considerado como un momento de la historia iniciada en la creación y constantemente puesta en peligro por la infidelidad a la voluntad del Creador, sobre todo por la tentación de la idolatría, pero que corresponde fundamentalmente a las premisas iniciales. Quien quisiera renunciar a la tarea, difícil pero exaltante, de elevar la suerte de todo el hombre y de todos los hombre, bajo el pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo incesante de superación, o incluso por la experiencia de la derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la voluntad de Dios Creador. Bajo este aspecto en la Encíclica Laborem exercens me he referido a la vocación del hombre al trabajo, para subrayar el concepto de que siempre es él el protagonista del desarrollo.54 Más aún, el mismo Señor Jesús, en la parábola de los talentos pone de relieve el trato severo reservado al que osó esconder el talento recibido: « Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí... Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos » (Mt 25, 26-28). A nosotros, que recibimos los dones de Dios para hacerlos fructificar, nos toca « sembrar » y « recoger ». Si no lo hacemos, se nos quitará incluso lo que tenemos. Meditar sobre estas severas palabras nos ayudará a comprometernos más resueltamente en el deber,hoy urgente para todos, de cooperar en el desarrollo pleno de los demás: « desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres ».55 31. La fe en Cristo Redentor, mientras ilumina interiormente la naturaleza del desarrollo, guía también en la tarea de colaboración. En la Carta de San Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es « el primogénito de toda la creación » y que « todo fue creado por él y para él » (1, 15-16). En efecto, « todo tiene en él su consistencia » porque « Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud y reconciliar por él y para él todas las cosas ». (Ibid., 1, 20). En este plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo, « Imagen » perfecta del Padre, y culmina en él, « Primogénito de entre los muertos » (Ibid., 1, 15. 18), se inserta nuestra historia,marcada por nuestro esfuerzo personal y colectivo por


elevar la condición humana, vencer los obstáculos que surgen siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a participar en la plenitud que « reside en el Señor » y que la comunica « a su Cuerpo, la Iglesia » (Ibid., 1, 18; cf. Ef 1, 22-23), mientras el pecado, que siempre nos acecha y compromete nuestras realizaciones humanas, es vencido y rescatado por la « reconciliación » obrada por Cristo (cf. Col 1, 20). Aquí se abren las perspectivas. El sueño de un « progreso indefinido » se verifica, transformado radicalmente por la nueva óptica que abre la fe cristiana, asegurándonos que este progreso es posible solamente porque Dios Padre ha decidido desde el principio hacer al hombre partícipe de su gloria en Jesucristo resucitado, porque « en él tenemos por medio de su sangre el perdón de los delitos » (Ef 1, 7), y en él ha querido vencer al pecado y hacerlo servir para nuestro bien más grande,56 que supera infinitamente lo que el progreso podría realizar. Podemos decir, pues, —mientras nos debatimos en medio de las oscuridades y carencias delsubdesarrollo y del superdesarrollo— que un día, cuando a este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad » (1 Cor 15, 54), cuando el Señor « entregue a Dios Padre el Reino » (Ibid.,15,24), todas las obras y acciones, dignas del hombre, serán rescatadas. Además, esta concepción de la fe explica claramente por qué la Iglesia se preocupa de la problemática del desarrollo, lo considera un deber de su ministerio pastoral, y ayuda a todos a reflexionar sobre la naturaleza y las características del auténtico desarrollo humano. Al hacerlo, desea por una parte, servir al plan divino que ordena todas las cosas hacia la plenitud que reside en Cristo (cf. Col 1, 19) y que él comunicó a su Cuerpo, y por otra, responde a la vocación fundamental de « sacramento; o sea, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano ».57 Algunos Padres de la Iglesia se han inspirado en esta visión para elaborar, de forma original, su concepción del sentido de la historia y del trabajo humano, como encaminado a un fin que lo supera y definido siempre por su relación con la obra de Cristo. En otras palabras, es posible encontrar en la enseñanza patrística una visión optimista de la historia y del trabajo, o sea, del valor perenne de las auténticas realizaciones humanas, en cuanto rescatadas por Cristo y destinadas al Reino prometido.58 Así, pertenece a la enseñanza y a la praxis más antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma, sus ministros y cada uno de sus miembros, están llamados a aliviar la miseria de los que sufren cerca o lejos, no sólo con lo « superfluo », sino con lo « necesario ». Ante los casos de necesidad, no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello.59 Como ya se ha dicho, se nos presenta aquí una « jerarquía de valores » —en el marco del derecho de propiedad— entre el « tener » y el « ser », sobre todo cuando el « tener » de algunos puede ser a expensas del « ser » de tantos otros. El Papa Pablo VI, en su Encíclica, sigue esta enseñanza, inspirándose en la Constitución pastoralGaudium et spes.60 Por mi parte, deseo insistir también sobre su gravedad y urgencia, pidiendo al Señor fuerza para todos los cristianos a fin de poder pasar fielmente a su aplicación práctica.


32. La obligación de empeñarse por el desarrollo de los pueblos no es un deber solamenteindividual, ni mucho menos individualista, como si se pudiera conseguir con los esfuerzos aislados de cada uno. Es un imperativo para todos y cada uno de los hombres y mujeres, para las sociedades y las naciones, en particular para la Iglesia católica y para las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, con las que estamos plenamente dispuestos a colaborar en este campo. En este sentido, así como nosotros los católicos invitamos a los hermanos separados a participar en nuestras iniciativas, del mismo modo nos declaramos dispuestos a colaborar en las suyas, aceptando las invitaciones que nos han dirigido. En esta búsqueda del desarrollo integral del hombre podemos hacer mucho también con los creyentes de las otras religiones, como en realidad ya se está haciendo en diversos lugares. En efecto, la cooperación al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos para con todos y, al mismo tiempo, debe ser común a las cuatro partes del mundo: Este y Oeste, Norte y Sur; o, a los diversos « mundos », como suele decirse hoy. De lo contrario, si trata de realizarlo en una sola parte, o en un solo mundo, se hace a expensas de los otros; y allí donde comienza, se hipertrofia y se pervierte al no tener en cuenta a los demás. Los pueblos y las Naciones también tienen derecho a su desarrollo pleno, que, si bien implica —como se ha dicho— los aspectos económicos y sociales, debe comprender también su identidad cultural y la apertura a lo trascendente. Ni siquiera la necesidad del desarrollo puede tomarse como pretexto para imponer a los demás el propio modo de vivir o la propia fe religiosa. 33. No sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos losderechos de las Naciones y de los pueblos. Hoy, quizá más que antes, se percibe con mayor claridad la contradicción intrínseca de un desarrollo que fuera solamente económico. Este subordina fácilmente la persona humana y sus necesidades más profundas a las exigencias de la planificación económica o de la ganancia exclusiva. La conexión intrínseca entre desarrollo auténtico y respeto de los derechos del hombre, demuestra una vez más su carácter moral: la verdadera elevación del hombre, conforme a la vocación natural e histórica de cada uno, no se alcanza explotando solamente la abundancia de bienes y servicios, o disponiendo de infraestructuras perfectas. Cuando los individuos y las comunidades no ven rigurosamente respetadas las exigencias morales, culturales y espirituales fundadas sobre la dignidad de la persona y sobre la identidad propia de cada comunidad, comenzando por la familia y las sociedades religiosas, todo lo demás —disponibilidad de bienes, abundancia de recursos técnicos aplicados a la vida diaria, un cierto nivel de bienestar material— resultará insatisfactorio y, a la larga, despreciable. Lo dice claramente el Señor en el Evangelio, llamando la atención de todos sobre la verdadera jerarquía de valores: « ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? » (Mt 16, 26). El verdadero desarrollo, según las exigencias propias del ser humano, hombre o mujer, niño, adulto o anciano, implica sobre todo por parte de cuantos intervienen activamente en ese proceso y son sus responsables, una viva conciencia del valor de los derechos de todos y de cada uno, así como de la necesidad de respetar el derecho de cada uno a la utilización plena de los beneficios ofrecidos por la ciencia y la técnica. En el orden interno de cada Nación, es muy importante que sean respetados todos los derechos: especialmente el derecho a la vida en todas las fases de la existencia; los derechos de la familia, como comunidad social básica o « célula de la sociedad »; la


justicia en las relaciones laborales; los derechos concernientes a la vida de la comunidad política en cuanto tal, así como los basados en la vocación trascendente del ser humano, empezando por el derecho a la libertad de profesar y practicar el propio credo religioso. En el orden internacional, o sea, en las relaciones entre los Estados o, según el lenguaje corriente, entre los diversos « mundos », es necesario el pleno respeto de la identidad de cada pueblo, con sus características históricas y culturales. Es indispensable además, como ya pedía la EncíclicaPopulorum progressio que se reconozca a cada pueblo igual derecho a « sentarse a la mesa del banquete común »,61 en lugar de yacer a la puerta como Lázaro, mientras « los perros vienen y lamen las llagas » (cf. Lc 16, 21). Tanto los pueblos como las personas individualmente deben disfrutar de una igualdad fundamental 62 sobre la que se basa, por ejemplo, la Carta de la Organización de las Naciones Unidas: igualdad que es el fundamento del derecho de todos a la participación en el proceso de desarrollo pleno. Para ser tal, el desarrollo debe realizarse en el marco de la solidaridad y de la libertad, sin sacrificar nunca la una a la otra bajo ningún pretexto. El carácter moral del desarrollo y la necesidad de promoverlo son exaltados cuando se respetan rigurosamente todas las exigencias derivadas del orden de la verdad y del bien propios de la creatura humana. El cristiano, además, educado a ver en el hombre la imagen de Dios, llamado a la participación de la verdad y del bien que es Dios mismo, no comprende un empeño por el desarrollo y su realización sin la observancia y el respeto de la dignidad única de esta « imagen ». En otras palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el amor a Dios y al prójimo, y favorecer las relaciones entre los individuos y las sociedades. Esta es la « civilización del amor », de la que hablaba con frecuencia el Papa Pablo VI. 34. El carácter moral del desarrollo no puede prescindir tampoco del respeto por los seres que constituyen la naturaleza visible y que los griegos, aludiendo precisamente al orden que lo distingue, llamaban el « cosmos ». Estas realidades exigen también respeto, en virtud de una triple consideración que merece atenta reflexión. La primera consiste en la conveniencia de tomar mayor conciencia de que no se pueden utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados — animales, plantas, elementos naturales— como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas. Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado, que es precisamente el cosmos. La segunda consideración se funda, en cambio, en la convicción, cada vez mayor también de lalimitación de los recursos naturales, algunos de los cuales no son, como suele decirse,renovables. Usarlos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad, no sólo para la generación presente, sino sobre todo para las futuras. La tercera consideración se refiere directamente a las consecuencias de un cierto tipo de desarrollosobre la calidad de la vida en las zonas industrializadas. Todos sabemos que el resultado directo o indirecto de la industrialización es, cada vez más, la contaminación del ambiente, con graves consecuencias para la salud de la población. Una vez más, es evidente que el desarrollo, así como la voluntad de planificación que lo dirige, el uso de los recursos y el modo de utilizarlos no están exentos de respetar las exigencias morales. Una de éstas impone sin duda límites al uso de la naturaleza visible. El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de « usar y abusar », o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada


simbólicamente con la prohibición de « comer del fruto del árbol » (cf. Gén 2, 16 s.), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune. Una justa concepción del desarrollo no puede prescindir de estas consideraciones —relativas al uso de los elementos de la naturaleza, a la renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de una industrialización desordenada—, las cuales ponen ante nuestra conciencia la dimensión moral, que debe distinguir el desarrollo.63 V. UNA LECTURA TEOLÓGICA DE LOS PROBLEMAS MODERNOS 35. A la luz del mismo carácter esencial moral, propio del desarrollo, hay que considerar también losobstáculos que se oponen a él. Si durante los años transcurridos desde la publicación de la Encíclica no se ha dado este desarrollo —o se ha dado de manera escasa, irregular, cuando no contradictoria—, las razones no pueden ser solamente económicas. Hemos visto ya cómo intervienen también motivaciones políticas. Las decisiones que aceleran o frenan el desarrollo de los pueblos, son ciertamente de carácter político. Y para superar los mecanismos perversos que señalábamos más arriba y sustituirlos con otros nuevos, más justos y conformes al bien común de la humanidad, es necesaria una voluntad política eficaz. Por desgracia, tras haber analizado la situación, hemos de concluir que aquella ha sido insuficiente. En un documento pastoral como el presente, un análisis limitado únicamente a las causas económicas y políticas del subdesarrollo y con las debidas referencias al llamado superdesarrollo, sería incompleto. Es, pues, necesario individuar las causas de orden moral que, en el plano de la conducta de los hombres, considerados como personas responsables, ponen un freno al desarrollo e impiden su realización plena. Igualmente, cuando se disponga de recursos científicos y técnicos que mediante las necesarias y concretas decisiones políticas deben contribuir a encaminar finalmente los pueblos hacia un verdadero desarrollo, la superación de los obstáculos mayores sólo se obtendrá gracias a decisiones esencialmente morales,las cuales, para los creyentes y especialmente los cristianos, se inspirarán en los principios de la fe, con la ayuda de la gracia divina. 36. Por tanto, hay que destacar que un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideologías rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la solidaridad, dominan diferentes formas de imperialismo, no es más que un mundo sometido a estructuras de pecado. La suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar.64 Si la situación actual hay que atribuirla a dificultades de diversa índole, se debe hablar de « estructuras de pecado », las cuales —como ya he dicho en la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia— se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación.65 Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres. « Pecado » y « estructuras de pecado », son categorías que no se aplican frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo. Sin embargo, no se puede llegar fácilmente a una comprensión profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a la raíz de los males que nos aquejan. Se puede hablar ciertamente de « egoísmo » y de « estrechez de miras ». Se puede hablar también de « cálculos políticos errados » y de « decisiones económicas imprudentes ». Y en cada una de estas calificaciones se percibe una resonancia de carácter ético-moral. En efecto la condición del hombre es tal que resulta difícil


analizar profundamente las acciones y omisiones de las personas sin que implique, de una u otra forma, juicios o referencias de orden ético. Esta valoración es de por sí positiva, sobre todo si llega a ser plenamente coherente y si se funda en la fe en Dios y en su ley, que ordena el bien y prohíbe el mal. En esto está la diferencia entre la clase de análisis socio-político y la referencia formal al « pecado » y a las « estructuras de pecado ». Según esta última visión, se hace presente la voluntad de Dios tres veces Santo, su plan sobre los hombres, su justicia y su misericordia. Dios « rico en misericordia », « Redentor del hombre », « Señor y dador de vida », exige de los hombres actitudes precisas que se expresan también en acciones u omisiones ante el prójimo. Aquí hay una referencia a la llamada « segunda tabla » de los diez Mandamientos (cf. Ex 20, 12-17; Dt 5, 16-21). Cuando no se cumplen éstos se ofende a Dios y se perjudica al prójimo, introduciendo en el mundo condicionamientos y obstáculos que van mucho más allá de las acciones y de la breve vida del individuo. Afectan asimismo al desarrollo de los pueblos, cuya aparente dilación o lenta marcha debe ser juzgada también bajo esta luz. 37. A este análisis genérico de orden religioso se pueden añadir algunas consideraciones particulares, para indicar que entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las « estructuras » que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: « a cualquier precio ». En otras palabras, nos hallamos ante la absolutización de actitudes humanas, con todas sus posibles consecuencias. Ambas actitudes, aunque sean de por sí separables y cada una pueda darse sin la otra, se encuentran —en el panorama que tenemos ante nuestros ojos— indisolublemente unidas, tanto si predomina la una como la otra. Y como es obvio, no son solamente los individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes de pecado pueden serlo también las Naciones y los bloques. Y esto favorece mayormente la introducción de las « estructuras de pecado », de las cuales he hablado antes. Si ciertas formas de « imperialismo » moderno se consideraran a la luz de estos criterios morales, se descubriría que bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o la política, se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología, clase social y tecnología. He creído oportuno señalar este tipo de análisis, ante todo para mostrar cuál es la naturaleza realdel mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos; es un mal moral, fruto de muchos pecados que llevan a « estructuras de pecado ». Diagnosticar el mal de esta manera es también identificar adecuadamente, a nivel de conducta humana, el camino a seguir para superarlo. 38. Este camino es largo y complejo y además está amenazado constantemente tanto por laintrínseca fragilidad de los propósitos y realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las circunstancias externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser emprendido decididamente y, en donde se hayan dado ya algunos pasos, o incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final. En el plano de la consideración presente, la decisión de emprender ese camino o seguir avanzando implica ante todo un valor moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como requerido por la voluntad de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante.


Es de desear que también los hombres y mujeres sin una fe explícita se convenzan de que los obstáculos opuestos al pleno desarrollo no son solamente de orden económico, sino que dependen de actitudes más profundas que se traducen, para el ser humano, en valores absolutos. En este sentido, es de esperar que todos aquéllos que, en una u otra medida, son responsables de una « vida más humana » para sus semejantes —estén inspirados o no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de la necesidad urgente de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas y con la naturaleza; y ello en función de unos valores superiores, como el bien común, o el pleno desarrollo « de todo el hombre y de todos los hombres », según la feliz expresión de la Encíclica Populorum Progressio.66 Para los cristianos, así como para quienes la palabra « pecado » tiene un significado teológico preciso, este cambio de actitud o de mentalidad, o de modo de ser, se llama, en el lenguaje bíblico: « conversión » (cf. Mc 1, 15; Lc 13, 35; Is 30, 15). Esta conversión indica especialmente relación a Dios, al pecado cometido, a sus consecuencias, y, por tanto, al prójimo, individuo o comunidad. Es Dios, en « cuyas manos están los corazones de los poderosos »,67 y los de todos, quien puede, según su promesa, transformar por obra de su Espíritu los « corazones de piedra », en « corazones de carne » (cf. Ez 36, 26). En el camino hacia esta deseada conversión hacia la superación de los obstáculos morales para el desarrollo, se puede señalar ya, como un valor positivo y moral, la conciencia creciente de lainterdependencia entre los hombres y entre las Naciones. El hecho de que los hombres y mujeres, en muchas partes del mundo, sientan como propias las injusticias y las violaciones de los derechos humanos cometidas en países lejanos, que posiblemente nunca visitarán, es un signo más de que esta realidad es transformada en conciencia, que adquiere así una connotación moral. Ante todo se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como « virtud », es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales « actitudes y estructuras de pecado » solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a « perderse », en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25;Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27). 39. El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoísticamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás.


Signos positivos del mundo contemporáneo son la creciente conciencia de solidaridad de los pobres entre sí, así como también sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario social, no recurtiendo a la violencia, sino presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o a la corrupción de los poderes públicos. La Iglesia, en virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista al bien de los grupos en función del bien común. El mismo criterio se aplica, por analogía, en las relaciones internacionales. La interdependencia debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los bienes de la creación están destinados a todos. Y lo que la industria humana produce con la elaboración de las materias primas y con la aportación del trabajo, debe servir igualmente al bien de todos. Superando los imperialismos de todo tipo y los propósitos por mantener la propia hegemonía, las Naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los Países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asistidos por los demás pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y decultura, que de otro modo se perderían para siempre. La solidaridad nos ayuda a ver al « otro » —persona, pueblo o Nación—, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un « semejante » nuestro, una « ayuda » (cf. Gén 2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios. De aquí la importancia de despertar la conciencia religiosa de los hombres y de los pueblos. Se excluyen así la explotación, la opresión y la anulación de los demás. Tales hechos, en la presente división del mundo en bloques contrapuestos, van a confluir en el peligro de guerra y en la excesiva preocupación por la propia seguridad, frecuentemente a expensas de la autonomía, de la libre decisión y de la misma integridad territorial de las Naciones más débiles, que se encuentran en las llamadas « zonas de influencia » o en los « cinturones de seguridad ». Las « estructuras de pecado », y los pecados que conducen a ellas, se oponen con igual radicalidada la paz y al desarrollo, pues el desarrollo, según la conocida expresión de la Encíclica de Pablo VI, es « el nuevo nombre de la paz ».68 De esta manera, la solidaridad que proponemos es un camino hacia la paz y hacia el desarrollo.En efecto, la paz del mundo es inconcebible si no se logra reconocer, por parte de los responsable, que la interdependencia exige de por sí la superación de la política de los bloques, la renuncia a toda forma de imperialismo económico, militar o político, y la transformación de la mutua desconfianza en colaboración. Este es, precisamente, el acto propio de la solidaridad entre los individuos y entre las Naciones. EL lema del pontificado de mi venerado predecesor Pío XII eraOpus iustitiae pax, la paz como fruto de la justicia. Hoy se podría decir, con la misma exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica (cf. Is 32, 17; Sant 32, 17), Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad. El objetivo de la paz, tan deseada por todos, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la


práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor. 40. La solidaridad es sin duda una virtud cristiana. Ya en la exposición precedente se podían vislumbrar numerosos puntos de contacto entre ella y la caridad, que es signo distintivo de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35). A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensionesespecíficamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: « dar la vida por los hermanos » (cf. 1 Jn 3, 16). Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, « hijos en el Hijo », de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo. Por encima de los vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidaddel género humano, en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremomodelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra « comunión ». Esta comunión, específicamente cristiana, celosamente custodiada, extendida y enriquecida con la ayuda del Señor, es el alma de la vocación de la Iglesia a ser « sacramento », en el sentido ya indicado. Por eso la solidaridad debe cooperar en la realización de este designio divino, tanto a nivel individual, como a nivel nacional e internacional. Los « mecanismos perversos » y las « estructuras de pecado », de que hemos hablado, sólo podrán ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente. Sólo así tantas energías positivas podrán ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz. Muchos santos canonizados por la Iglesia dan admirable testimonio de esta solidaridad y sirven de ejemplo en las difíciles circunstancias actuales. Entre ellos deseo recordar a San Pedro Claver, con su servicio a los esclavos en Cartagena de Indias, y a San Maximiliano María Kolbe, dando su vida por un prisionero desconocido en el campo de concentración de Auschwitz-Oswiecim. VI. ALGUNAS ORIENTACIONES PARTICULARES 41. La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal, como ya afirmó el Papa Pablo VI, en su Encíclica.69 En efecto, no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo. Pero la Iglesia es « experta en humanidad »,70 y esto la mueve a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de personas. Siguiendo a mis predecesores, he de repetir que el desarrollo para que sea auténtico, es decir, conforme a la dignidad del hombre y de los pueblos, no puede ser reducido solamente a un problema « técnico ». Si se le reduce a esto, se le despoja de su


verdadero contenido y se traiciona al hombre y a los pueblos, a cuyo servicio debe ponerse. Por esto la Iglesia tiene una palabra que decir, tanto hoy como hace veinte años, así como en el futuro, sobre la naturaleza, condiciones exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obstáculos que se oponen a él. Al hacerlo así, cumple su misión evangelizadora, ya que da suprimera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta.71 A este fin la Iglesia utiliza como instrumento su doctrina social. En la difícil coyuntura actual, para favorecer tanto el planteamiento correcto de los problemas como sus soluciones mejores, podrá ayudar mucho un conocimiento más exacto y una difusión más amplia del « conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción » propuestos por su enseñanza.72 Se observará así inmediatamente, que las cuestiones que afrontamos son ante todo morales; y que ni el análisis del problema del desarrollo como tal, ni los medios para superar las presentes dificultades pueden prescindir de esta dimensión esencial. La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una « tercera vía » entre el capitalismo liberal y elcolectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientaren consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral. La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas, tiene como consecuencia el « compromiso por la justicia » según la función, vocación y circunstancias de cada uno. Al ejercicio de este ministerio de evangelización en el campo social, que es un aspecto de lafunción profética de la Iglesia, pertenece también la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre mas importante que la denuncia, y que ésta no puede prescindir de aquél, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta. 42. La doctrina social de la Iglesia, hoy más que nunca tiene el deber de abrirse a una perspectiva internacional en la línea del Concilio Vaticano II,73 de las recientes Encíclicas 74 y, en particular, de la que conmemoramos.75 No será, pues, superfluo examinar de nuevo y profundizar bajo esta luz los temas y las orientaciones características, tratados por el Magisterio en estos años. Entre dichos temas quiero señalar aquí la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente, a nuestro modo de vivir y a


las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes. Pero hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social,76 este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al « rico epulón » que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta (cf. Lc 16, 19-31).77 Nuestra vida cotidiana, así como nuestras decisiones en el campo político y económico deben estar marcadas por estas realidades. Igualmente los responsables de las Naciones y los mismos Organismos internacionales, mientras han de tener siempre presente como prioritaria en sus planes la verdadera dimensión humana, no han de olvidar dar la precedencia al fenómeno de la creciente pobreza. Por desgracia, los pobres, lejos de disminuir, se multiplican no sólo en los Países menos desarrollados sino también en los más desarrollados, lo cual resulta no menos escandaloso. Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos.78 El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava « una hipoteca social »,79 es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes. En este empeño por los pobres, no ha de olvidarse aquella forma especial de pobreza que es la privación de los derechos fundamentales de la persona, en concreto el derecho a la libertad religiosa y el derecho, también, a la iniciativa económica. 43. Esta preocupación acuciante por los pobres —que, según la significativa fórmula, son « los pobres del Señor » 80— debe traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas necesarias. Depende de cada situación local determinar las más urgentes y los modos para realizarlas; pero no conviene olvidar las exigidas por la situación de desequilibrio internacional que hemos descrito. A este respecto, deseo recordar particularmente: la reforma del sistema internacional de comercio, hipotecado por el proteccionismo y el creciente bilateralismo; la reforma del sistema monetario y financiero mundial, reconocido hoy como insuficiente; la cuestión de los intercambios de tecnologías y de su uso adecuado; la necesidad de una revisión de la estructura de las Organizaciones internacionales existentes, en el marco de un orden jurídico internacional. El sistema internacional de comercio hoy discrimina frecuentemente los productos de las industrias incipientes de los Países en vías de desarrollo, mientras desalienta a los productores de materias primas. Existe, además, una cierta división internacional del trabajo por la cual los productos a bajo coste de algunos Países, carentes de leyes laborales eficaces o demasiado débiles en aplicarlas, se venden en otras partes del mundo con considerables beneficios para las empresas dedicadas a este tipo de producción, que no conoce fronteras. El sistema monetario y financiero mundial se caracteriza por la excesiva fluctuación de los métodos de intercambio y de interés, en detrimento de la balanza de pagos y de la situación de endeudamiento de los Países pobres.


Las tecnologías y sus transferencias constituyen hoy uno de los problemas principales del intercambio internacional y de los graves daños que se derivan de ellos. No son raros los casos de Países en vías de desarrollo a los que se niegan las tecnologías necesarias o se les envían las inútiles. Las Organizaciones internacionales, en opinión de muchos, habrían llegado a un momento de su existencia, en el que sus mecanismos de funcionamiento, los costes operativos y su eficacia requieren un examen atento y eventuales correciones. Evidentemente no se conseguirá tan delicado proceso sin la colaboración de todos. Esto supone la superación de las rivalidades políticas y la renuncia a la voluntad de instrumentalizar dichas Organizaciones, cuya razón única de ser es el bien común. Las instituciones y las Organizaciones existentes han actuado bien en favor de los pueblos. Sin embargo, la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo, necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de las económicas y de las culturas del mundo entero. 44. El desarrollo requiere sobre todo espíritu de iniciativa por parte de los mismos Países que lo necesitan.81 Cada uno de ellos ha de actuar según sus propias responsabilidades, sin esperarlo todode los Países más favorecidos y actuando en colaboración con los que se encuentran en la misma situación. Cada uno debe descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad.Cada uno debería llegar a ser capaz de iniciativas que respondan a las propias exigencias de la sociedad. Cada uno debería darse cuenta también de las necesidades reales, así, como de los derechos y deberes a que tienen que hacer frente. El desarrollo de los pueblos comienza y encuentra su realización más adecuada en el compromiso de cada pueblo para su desarrollo, en colaboración con todos los demás. Es importante, además, que las mismas Naciones en vías de desarrollo favorezcan laautoafirmación de cada uno de sus ciudadanos mediante el acceso a una mayor cultura y a una libre circulación de las informaciones. Todo lo que favorezca la alfabetización y la educación de base,que la profundice y complete, como proponía la Encíclica Populorum Progressio,82 —metas todavía lejos de ser realidad en tantas partes del mundo— es una contribución directa al verdadero desarrollo. Para caminar en esta dirección, las mismas Naciones han de individuar sus prioridades y detectar bien las propias necesidades según las particulares condiciones de su población, de su ambiente geográfico y de sus tradiciones culturales. Algunas Naciones deberán incrementar la producción alimentaria para tener siempre a su disposición lo necesario para la nutrición y la vida. En el mundo contemporáneo,—en el que el hambre causa tantas víctimas, especialmente entre los niños— existen algunas Naciones particularmente no desarrolladas que han conseguido el objetivo de laautosuficiencia alimentaria y que se han convertido en exportadoras de alimentos. Otras Naciones necesitan reformar algunas estructuras y, en particular, sus instituciones políticas,para sustituir regímenes corrompidos, dictatoriales o autoritarios, por otros democráticos yparticipativos. Es un proceso que, es de esperar, se extienda y consolide, porque la « salud » de una comunidad política —en cuanto se expresa mediante la libre participación y responsabilidad de todos los ciudadanos en la gestión pública, la seguridad del derecho, el respeto y la promoción de los derechos humanos— es condición necesaria y garantía segura para el desarrollo de « todo el hombre y de todos los hombres ».


45. Cuanto se ha dicho no se podrá realizar sin la colaboración de todos, especialmente de la comunidad internacional, en el marco de una solidaridad que abarque a todos, empezando por los más marginados. Pero las mismas Naciones en vías de desarrollo tienen el deber de practicar lasolidaridad entre sí y con los Países más marginados del mundo. Es de desear, por ejemplo, que Naciones de una misma área geográfica establezcan formas de cooperación que las hagan menos dependientes de productores más poderosos; que abran sus fronteras a los productos de esa zona; que examinen la eventual complementariedad de sus productos; que se asocien para la dotación de servicios, que cada una por separado no sería capaz de proveer; que extiendan esa cooperación al sector monetario y financiero. La interdependencia es ya una realidad en muchos de estos Países. Reconocerla, de manera que sea más activa, representa una alternativa a la excesiva dependencia de Países más ricos y poderosos, en el orden mismo del desarrollo deseado, sin oponerse a nadie, sino descubriendo y valorizando al máximo las propias responsabilidades. Los Países en vías de desarrollo de una misma área geográfica, sobre todo los comprendidos en la zona « Sur » pueden y deben constituir —como ya se comienza a hacer con resultados prometedores— nuevas organizaciones regionalesinspiradas en criterios de igualdad, libertad y participación en el concierto de las Naciones. La solidaridad universal requiere, como condición indispensable su autonomía y libre disponibilidad, incluso dentro de asociaciones como las indicadas. Pero, al mismo tiempo, requiere disponibilidad para aceptar los sacrificios necesarios por el bien de la comunidad mundial. VII. CONCLUSIÓN 46. Los pueblos y los individuos aspiran a su liberación: la búsqueda del pleno desarrollo es el signo de su deseo de superar los múltiples obstáculos que les impiden gozar de una « vida más humana ». Recientemente, en el período siguiente a la publicación de la Encíclica Populorum Progressio, en algunas áreas de la Iglesia católica, particularmente en América Latina, se ha difundido un nuevo modode afrontar los problemas de la miseria y del subdesarrollo, que hace de la liberación su categoría fundamental y su primer principio de acción. Los valores positivos, pero también las desviaciones y los peligros de desviación, unidos a esta forma de reflexión y de elaboración teológica, han sido convenientemente señalados por el Magisterio de la Iglesia.83 Conviene añadir que la aspiración a la liberación de toda forma de esclavitud, relativa al hombre y a la sociedad, es algo noble y válido. A esto mira propiamente el desarrollo y la liberación, dada la íntima conexión existente entre estas dos realidades. Un desarrollo solamente económico no es capaz de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todavía más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la sociedad, en la medida en que no reconoce la existencia de tales dimensiones, no orienta en función de las mismas sus objetivos y prioridades, contribuiría aún menos a la verdadera liberación. El ser


humano es totalmente libre sólo cuando es él mismo, en la plenitud de sus derechos y deberes; y lo mismo cabe decir de toda la sociedad. El principal obstáculo que la verdadera liberación debe vencer es el pecado y las estructuras que llevan al mismo, a medida que se multiplican y se extienden.84 La libertad con la cual Cristo nos ha liberado (cf. Gál 5, 1) nos mueve a convertirnos en siervos de todos. De esta manera el proceso del desarrollo y de la liberación se concreta en el ejercicio de lasolidaridad, es decir, del amor y servicio al prójimo, particularmente a los más pobres. « Porque donde faltan la verdad y el amor, el proceso de liberación lleva a la muerte de una libertad que habría perdido todo apoyo ».85 47. En el marco de las tristes experiencias de estos últimos años y del panorama prevalentemente negativo del momento presente, la Iglesia debe afirmar con fuerza la posibilidad de la superación de las trabas que por exceso o por defecto, se interponen al desarrollo, y la confianza en una verdaderaliberación. Confianza y posibilidad fundadas, en última instancia, en la conciencia que la Iglesia tienede la promesa divina, en virtud de la cual la historia presente no está cerrada en sí misma sino abierta al Reino de Dios. La Iglesia tiene también confianza en el hombre, aun conociendo la maldad de que es capaz, porque sabe bien —no obstante el pecado heredado y el que cada uno puede cometer— que hay en la persona humana suficientes cualidades y energías, y hay una « bondad » fundamental (cf. Gén 1, 31), porque es imagen de su Creador, puesta bajo el influjo redentor de Cristo, « cercano a todo hombre »,86 y porque la acción eficaz del Espíritu Santo « llena la tierra » (Sab 1, 7). Por tanto, no se justifican ni la desesperación, ni el pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene decir que, así como se puede pecar por egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder,se puede faltar también —ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en el subdesarrollo— por temor, indecisión y, en el fondo, por cobardía. Todos estamos llamados, más aúnobligados, a afrontar este tremendo desafío de la última década del segundo milenio. Y ello, porque unos peligros ineludibles nos amenazan a todos: una crisis económica mundial, una guerra sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante semejante amenaza, la distinción entre personas y Países ricos, entre personas y Países pobres, contará poco, salvo por la mayor responsabilidad de los que tienen más y pueden más. Pero éste no es el único ni el principal motivo. Lo que está en juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia. El panorama actual —como muchos ya perciben más o menos claramente—, no parece responder a esta dignidad. Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica que hay que realizar con mediospacíficos para conseguir el desarrollo en la paz, para salvaguardar la misma naturaleza y el mundo que nos circunda. También la Iglesia se siente profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito final espera. Por eso, siguiendo la Encíclica Populorum progressio del Papa Pablo VI,87 con sencillez y humildad quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin excepción, para que, convencidos de la gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra, —con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la


colaboración en las decisiones económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional— las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres. Así lo requiere el momento, así lo exige sobre todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructible de Dios Creador, idéntica en cada uno de nosotros. En este empeño deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a « anunciar a los pobres la Buena Nueva ... a proclamar la liberación de los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (Lc 4, 18-19). Y en esto conviene subrayar el papel preponderante que cabe a los laicos, hombres y mujeres, como se ha dicho varias veces durante la reciente Asamblea sinodal. A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia Quiero dirigirme especialmente a quienes por el sacramento del Bautismo y la profesión de un mismo Credo, comparten con nosotros una verdadera comunión, aunque imperfecta. Estoy seguro de que tanto la preocupación que esta Encíclica transmite, como las motivaciones que la animan, les serán familiares, porque están inspiradas en el Evangelio de Jesucristo. Podemos encontrar aquí una nueva invitación a dar un testimonio unánime de nuestras comunes convicciones sobre la dignidad del hombre, creado por Dios, redimido por Cristo, santificado por el Espíritu, y llamado en este mundo a vivir una vida conforme a esta dignidad. A quienes comparten con nosotros la herencia de Abrahán, « nuestro padre en la fe » (cf. Rom 4, 11 s.),88 y la tradición del Antiguo Testamento, es decir, los Judíos; y a quienes, como nosotros, creen en Dios justo y misericordioso, es decir, los Musulmanes, dirijo igualmente este llamado, que hago extensivo, también, a todos los seguidores de las grandes religiones del mundo. El encuentro del 27 de septiembre del año pasado en Asís, ciudad de San Francisco, para orar y comprometernos por la paz —cada uno en fidelidad a la propia profesión religiosa— nos ha revelado a todos hasta qué punto la paz y, su necesaria condición, el desarrollo de « todo el hombre y de todos los hombres », son una cuestión también religiosa, y cómo la plena realización de ambos depende de lafidelidad a nuestra vocación de hombres y mujeres creyentes. Porque depende ante todo de Dios. 48. La Iglesia sabe bien que ninguna realización temporal se identifica con el Reino de Dios, pero que todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de ese Reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor vuelva. Pero la espera no podrá ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su situación personal concreta y en su vida social, nacional e internacional, en la medida en que ésta —sobre todo ahora— condiciona a aquélla. Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se puede y debe realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer « más humana » la vida de los hombres, se habráperdido ni habrá sido vano. Esto enseña el Concilio Vaticano II en un texto luminoso de la Constitución pastoral Gaudium et spes: « Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal ...; reino que está ya misteriosamente presente en nuestra tierra ».89


El Reino de Dios se hace, pues, presente ahora, sobre todo en la celebración del Sacramento de la Eucaristía, que es el Sacrificio del Señor. En esta celebración los frutos de la tierra y del trabajo humano —el pan y el vino— son transformados misteriosa, aunque real y substancialmente, por obra del Espíritu Santo y de las palabras del ministro, en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, por el cual el Reino del Padre se ha hecho presente en medio de nosotros. Los bienes de este mundo y la obra de nuestras manos —el pan y el vino— sirven para la venida delReino definitivo, ya que el Señor, mediante su Espíritu, los asume en sí mismo para ofrecerse al Padre y ofrecernos a nosotros con él en la renovación de su único sacrificio, que anticipa el Reino de Dios y anuncia su venida final. Así el Señor, mediante la Eucaristía, sacramento y sacrificio, nos une consigo y nos une entre nosotroscon un vínculo más perfecto que toda unión natural; y unidos nos envía al mundo entero para dar testimonio, con la fe y con las obras, del amor de Dios, preparando la venida de su Reino y anticipándolo en las sombras del tiempo presente. Quienes participamos de la Eucaristía estamos llamados a descubrir, mediante este Sacramento, elsentido profundo de nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo que en este Sacramento da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13). Como la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no será inútil sino ciertamente fecunda. 49. En este Año Mariano, que he proclamado para que los fieles católicos miren cada vez más a María, que nos precede en la peregrinación de la fe,90 y con maternal solicitud intercede por nosotros ante su Hijo, nuestro Redentor, deseo confiar a ella y a su intercesión la difícil coyuntura del mundo actual, los esfuerzos que se hacen y se harán, a menudo con considerables sufrimientos, para contribuir al verdadero desarrollo de los pueblos, propuesto y anunciado por mi predecesor Pablo VI. Como siempre ha hecho la piedad cristiana, presentamos a la Santísima Virgen las difíciles situaciones individuales, a fin de que, exponiéndolas su Hijo, obtenga de él que las alivie y transforme. Pero le presentamos también las situaciones sociales y la misma crisis internacional, en sus aspectos preocupantes de miseria, desempleo, carencia de alimentos, carrera armamentista, desprecio de los derechos humanos, situaciones o peligros de conflicto parcial o total. Todo esto lo queremos poner filialmente ante sus « ojos misericordiosos », repitiendo una vez más con fe y esperanza la antigua antífona mariana: « Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios. No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien líbranos siempre de peligro, oh Virgen gloriosa y bendita ». María Santísima, nuestra Madre y Reina, es la que, dirigiéndose a su Hijo, dice: « No tienen vino » (Jn 2, 3) y es también la que alaba a Dios Padre, porque « derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada » (Lc 1, 52 s.). Su solicitud maternal se interesa por los aspectos personales y sociales de la vida de los hombres en la tierra.91 Ante la Trinidad Santísima, confío a María todo lo que he expuesto en esta Carta, invitando a todos a reflexionar y a comprometerse activamente en promover el verdadero desarrollo de los pueblos, como adecuadamente expresa la oración de la Misa por esta intención: « Oh Dios, que diste un origen a todos los pueblos y quisiste formar con ellos una sola familia en tu amor, llena los corazones del fuego de tu caridad y suscita en todos los hombres el deseo de un progreso justo y fraternal, para


que se realice cada uno como persona humana y reinen en el mundo la igualdad y la paz ».92 Al concluir, pido esto en nombre de todos los hermanos y hermanas, a quienes, en señal de benevolencia, envío mi especial Bendición.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre del año 1987, décimo de mi Pontificado.

1 León XIII, Carta Encíc. Rerum Novarum (15 de mayo de 1891): Leonis XIII P. M. Acta, XI, Romae 1892, pp. 97-144. 2 Pío XI, Carta Encíc. Quadragesimo Anno, (15 de mayo de 1931): AAS 23 (1931), pp.177-228; Juan XXIII, Carta Encíc. Mater et Magistra (15 de mayo de 1961): AAS 53 (1961), pp. 401-464; Pablo VI, Carta Apost. Octogesima Adveniens (14 de mayo de 1971): AAS 63 (1971), pp. 401-441; Juan Pablo II, Carta Encíc. Laborem exercens (14 de septiembre de 1981): AAS 73 (1981), pp. 577-647. Pío XII había pronunciado también un Mensaje radiofónico (1 de junio de 1941) con ocasión del 50 aniversario de la Encíclica de Leon XIII: ASS 33 (1941), pp. 195-205. 3 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina Revelación, Dei Verbum, 4. 4 Pablo VI, Carta Encíc. Populorum Progressio (26 marzo de 1967): AAS 59 (1967), pp. 257-299. 5 Cf. L'Osservatore Romano, 25 de marzo de 1987. 6 Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la libertad cristiana y liberación Libertatis Conscientia (22 de marzo de 1986), 72: AAS 79 (1987), p. 586; Pablo VI, Carta Apost. Octogesima Adveniens (14 de mayo de 1971), 4: AAS 63 (1971), pp. 403 s. 7 Cf. Carta Encíc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 3: AAS 79 (1987), pp. 363 s; Homilía de la Misa de Año Nuevo de 1987: L'Osservatore Romano, 2 de enero de 1987. 8 La Encíclica Populorum Progressio cita 19 veces los documentos del Conciclio Vaticano II, de las que 16 se refieren concretamente a la Const. past. sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes. 9 Gaudium et spes, 1.


10 Ibid., 4; Carta Encíc. Populorum Progressio, 13: l.c., p. 263-264. 11 Cf. Gaudium et spes, 3; Carta Encíc. Populorurn Progressio, 13: l.c., p. 264. 12 Cf. Gaudium et spes, 63; Carta Encíc. Populorum Progressio, 9: l.c., p. 261 s. 13 Cf. Gaudium et spes, 69; Carta Encíc. Populorum Progressio, 22: l.c., p. 269. 14 Cf. Gaudium et spes, 57; Carta Encíc. Populorum Progressio, 41: l.c., p. 277. 15 Cf. Gaudium et spes, 19; Carta Encíc. Populorurn Progressio, 41: l.c., pp. 277 s. 16 Cf. Gaudium et spes, 86; Carta Encíc. Populorum Progressio ,48: l.c., p. 281. 17 Cf. Gaudium et spes, 69; Carta Encíc. Populorum Progressio, 14-21: l.c., pp. 264268. 18 Cf. el título de la Encíclica Populorum Progressio: l.c., p. 257. 19 La Encíclica Rerum Novarum de León XIII tiene como argumento principal « la condición de los trabajadores »: Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892, p. 97. 20 Cf. Congregación para Doctrina de la la Fe, Instrucción sobre la libertad cristiana y liberación Libertatis Conscientia (22 de marzo de 1986), 72: AAS 79 (1987), p. 586; Pablo VI, Carta Apost. Octogesima Adveniens (de 1971), 4: AAS 63 (1971), pp. 403 s. 21 Cf. Carta Encíc. Mater et Magistra (15 de mayo de 1961): AAS 53 (1961), p. 440. 22 Cf. Gaudium et spes, 63 . 23 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 3: l.c., p. 258; cf. también ibid., 9: l.c., p. 261. 24 Cf. ibid., 3: l.c., p. 258. 25 Ibid., 48: l.c., p. 281.


26 Cf. ibid., 14: l.c., p. 264: « El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a el hombre ». 27 Ibid., 87: l.c., p. 299. 28 Cf. ibid., 53: l.c., p. 283. 29 Cf. ibid., 76: l.c., p. 295. 30 Las décadas se refieren a los años 1960-1970 y 1970-1980; ahora estamos en la tercera década (1980-1990). 31 La expresión « Cuarto Mundo » se emplea no sólo circunstancialmente para los llamados Países menos avanzados (PMA), sino también y sobre todo para las zonas de grande o extrema pobreza de los Países de media o alta renta. 32 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,1. 33 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 33: l.c., p. 273. 34 Como es sabido, la Santa Sede ha querido asociarse a la celebración de este Año internacional con un documento especial de la Pontif. Com. « Iustitia et Pax », ¿Qué has hecho tu de tu hermano sin techo? La Iglesia ante la crisis de la vivienda (27 de diciembre de 1987). 35 Cf. Pablo VI, Carta Apost. Octogesima Adveniens, (14 de mayo de 1971), 8-9: AAS 63 (1971), pp. 406-408. 36 El reciente Etude sur l'Economie mondiale 1987, publido por las Naciones Unidas, contiene los últimos datos al respecto (cf. pp. 8-9). El índice de los desocupados en los Países desarrollados con economía de mercado ha pasado del 3% de la fuerza laboral en el año 1970 al 8% en el año 1986. En la actualidad llegan a los 29 millones. 37 Carta Encíc. Laborem exercens (14 de septiembre de 1981), 18: AAS 73 (1981), pp.624-625. 38 Al servicio de la comunidad humana: una consideración ética de la deuda internacional (27 de diciembre de1986). 39 Carta Encíc. Populorum Progressio, 54: l.c., pp 283s.: « Los Países en vía de desarrollo no correrán en adelante el riesgo de estar abrumados de deudas, cuya


satisfacción absorbe la mayor parte de sus beneficios. Las tasas de interés y a duración de los préstamos deberán disponerse de mandra soportable para los unos y los otros, equilibrando las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés mínimo y la duración las amortizaciones ». 40 Cf. « Presentación » del Documento: Al servicio de la deuda internacional (27 de diciembre de 1986). 41 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 53: l.c., p 283. 42 Al servicio de la Comunidad humana: una consideración ética de la deuda internacional (27 de diciembre de 1986), III.2.1. 43 Cf. Carta Encíc.Populorum Progressio, 20-21: l.c., pp. 267 s. 44 Homilía en Drogheda, Irlanda (29 de septiembre de 1979), 5: AAS 71 (1979), II, p. 1079. 45 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 37: l.c., pp. 275 s. 46 Cf. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981), especialmente en el n. 30: AAS 74 (1982), pp. 115-117. 47 Cf. Droits de l'homme. Recueil d'instruments internationaux, Nations Unies, New York 1983. Juan Pablo II, Carta Encíc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 17: AAS 7 (1979), p. 296. 48 Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. past. Gaudiutn et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 78; Pablo VI, Carta Encíc Populorum Progressio, 76: l.c., pp. 294 s.: « Combatir la miseria y luchar contra la injusticia es promover, a la par que el mayor bienestar, el progreso humano y espiritual de todos, y, por consiguiente, el bien común de la humanidad. La paz.... se construye día a día en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres ». 49 Cf. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981), 6: AAS 74 (1982), p. 88: « la historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de liberad, más aún, un combate entre libertades ». 50 Por este motivo se ha preferido usar en el texto de esta Encíclica la palabra « desarrollo » en vez de la palabra « progreso », pero procurando dar a la palabra « desarrollo » el sentido más pleno. 51 Carta Encíc. Populorum Progressio, 19: l.c., pp. 266 s.: « El tener más, lo mismo


para los pueblos que para las personas, no es el último fin. Todo crecimiento es ambivalente. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a su verdadera grandeza; para las naciones como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral »; cf. también Pablo VI, Carta Apost. Octogesima adveniens (14 de mayo de 1971), 9: AAS 63 (1971), pp. 407 s. 52 Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 35; Pablo VI, Alocución al Cuerpo Diplomático (7 de enero de 1965): AAS 57 (1965), p. 232. 53 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 20-21: l.c, pp. 267 s. 54 Cf. Carta Encíc. Laborem exercens (14 de septiembre de 1981), 4: AAS, 73 (1981), pp. 584 s.; Pablo VI, Carta Encíc. Populorum Progressio, 15: l.c., p. 265. 55 Carta Encíc. Populorum Progressio, 42: l.c., p 278. 56 Cf. Praeconium Paschale, Missale Romanum, ed typ. altera 1975, p. 272: « Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! ». 57 Conc. Ecum. Vatic. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1. 58 Cf. por ejemplo, S. Basilio el Grande, Re