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CONFERXVIII ASAMBLEAGENERAL Madrid, 15, 16 y 17 de noviembre de 2011 + Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander Presidente de la CEVC Queridos hermanos y hermanas: El Señor nos congrega para celebrar la Eucaristía, memorial sacramental de su muerte y resurrección, en este segundo día de nuestra Asamblea General de CONFER. La liturgia corresponde al miércoles de la semana XXXIII del tiempo ordinario (Ciclo A). En esta homilía quiero transmitir dos mensajes: uno de comunión eclesial en el contexto de esta Asamblea y otro de fidelidad a la vocación y misión, a la luz de las lecturas bíblicas proclamadasen la liturgia de la Palabra. Comunión eclesial. La Eucaristía, en la que estamos participando, es sacramento de caridad y vinculo de unidad. La Eucaristía es comunión con Cristo y entre nosotros. En ella encontramos la fuerza para promover y para vivir la eclesiología y la espiritualidad de comunión. El Beato Juan Pablo II, en NMI (n. 43) ha propuesto hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión. "Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales" (VC. 45). Entre esos espacios de comunión está la Asamblea General de CONFER, para vivir la fraternidad, la intercongregacionalidad y la unidad en la comunión de todas las familias religiosas. Una fecunda y ordenada comunión eclesial exige también vivir desde la verdad y la caridad las relaciones mutuas entre los obispos y los religiosos. A este respecto dice Vita Consecrata: "Es preciso que las iniciativas pastorales de las personas consagradas sean decididas y actuadas en el contexto de un diálogo abierto y cordial entre obispos y superiores mayores de los diversos Institutos. La especial atención por parte de los obispos a la vocación y misión de los distintos Institutos, y el respeto por parte de éstos del ministerio de los obispos con una acogida solícita de sus concretas indicaciones pastorales para la vida diocesana, representan dos formas, íntimamente relacionadas entre sí, de una única caridad eclesial, que compromete a todos en el servicio de la comunión orgánica - carismática y al mismo tiempo jerárquicamente estructurada - de todo el Pueblo de Dios" (Vita Consecrata, 49).Fidelidad a la vocación y misión. Volvamos a la liturgia de la Palabra del día. La primera lectura del segundo libro de los


Macabeos es un bello relato de fidelidad a la ley de Dios. Ayer era un anciano, Eleazar, el que nos daba un sorprendente testimonio de fidelidad y de virtud. Hoy es una madre con sus siete hijos la que nos asombra más con su lucidez y valentía ante el martirio. Por ser fieles a Dios y obedecer a Dios antes que a los hombres, hay que estar dispuestos a dar la vida. Cristo llevó este principio hasta morir en la cruz y exige a sus discípulos el recorrer el mismo camino de la cruz (cfr. Mt 20,19; Lc 23,33). El evangelio de hoy según San Lucas narra la parábola de las onzas de oro, que en el paralelo de San Mateo es la parábola de los talentos, que se proclamaba el domingo pasado. Aquí se nos invita también a vivir la fidelidad en la vocación a la que hemos sido llamados hasta que el Señor vuelva. Se nos exhorta vivamente a vivir en estado de vigilancia activa, esperando al Señor que viene, siendo cada vez más fieles a nuestra vocación, consagración y misión. Jesús nos pide que lo aguardemos con las lámparas encendidas" (Mt 25, 1-13),cumpliendo con fidelidad nuestro "servicio" (Mt 24, 45-51), haciendo fructificar "nuestros talentos" (Mt 25, 14-30). Es la llamada a la esperanza. La esperanza, como tensión escatológica, nos repite siempre estos dos consejos: "¡Salid a su encuentro"' (Mt 25, 6): es la invitación a caminar; y "¡velad!", porque no sabéis el día ni la hora" (Mt 25, 13): es la exhortación a la vigilancia activa, que es hija de la esperanza. Toda nuestra vida es un adviento: una espera ardiente y serena y la seguridad de una llegada. "El Señor está cerca": esta frase afirma nuestra esperanza y da sentido a nuestra alegría. Solamente se nos exige - pero se nos exige todo - vivir en “la sinceridad del amor” (cfr. Mt 25). Cuando el Señor vuelva en el atardecer de la vida, "seremos juzgados en el amor" (San Juan de la Cruz). La Iglesia, que ansía la venida de Cristo, su Esposo y Señor, repite en cada Eucaristía, Maranatá, ¡Ven. Señor Jesús! Que esta sea hoy nuestra invocación y oración.


Vicente Jiménez Zamora