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Comunidad literaria Revista de literatura y artes

AĂąo 1 NĂşmero 1


Comunidad literaria Consejo editor Blablaba Aùo 1, N°1


COMUNIDAD LITERARIA

Revista de Literatura


Yo confieso: La culpa es uno de esos sentimientos que han calado hondo en la historia de la literatura universal. Desde el personaje de Dostoievsky, Raskolnikov, carcomido por el remordimiento en Crimen y castigo, pasando por el oscuro protagonista de El corazón delator de E. A. Poe (célebremente llevado a la pantalla chica por Los Simpson) que vio en el ojo de un anciano su destino cifrado, hasta Hernán de Abelardo Castillo, la culpa ha sido un tema controversial. Es ese momento en que la conciencia quiebra al sujeto, manifiesta corporalmente un sentimiento que lo atosiga y que lo tiene en tensión continua. La literatura expía esos remordimientos. Los convierte en discurso y por eso, los quiere comprensibles. El relato exculpa pero también expone. Libera esas oscuridades en una confesión que nos incluye. El lector se convierte en cómplice. Los invitamos, entonces, a presenciar las tinieblas de los protagonistas de los cuentos de la siguiente antología.

Comunidad literaria


El anillo: Por Matías Nicolás Corbalan

Pasaron muchos años, mis amigos eran niños casi adolescentes, ahora son hombres con canas. En esta tarde gris otoñal, puedo tranquilo y solitario recordar claramente aquella travesura que nos transformó en otros. Había, en una esquina, una casa hermosa con un jardín florido y lleno de árboles frutales; aparentemente nunca estaban sus dueños. Mis amigos trepaban diariamente para robar frutos maduros y a su vez competían por llegar a la mayor altura. Un día, Matías, desde lo alto de un duraznero vio a través de una cortina blanca traslúcida un hermoso anillo que brillaba sobre un almohadón rojo aterciopelado. Enseguida pensó en su madre. Era soltera, trabajaba todo el día para mantener a él y a sus cuatro hermanos menores y jamás podía pensar en comprarse un vestido nuevo y mucho menos una joya. Pasaron los días y todos trepaban y comían frutos maduros pero sus ojos se detenían siempre en la joya. Entonces le contó a sus amigos; todos de común acuerdo decidieron ir una noche, trepar los árboles y con una linterna verificar si había alguien


dentro de la casa. Vieron que el anillo seguía sobre el almohadón, entonces pensaron que no había nadie. Bajaron sin hacer ruido y decidieron romper el ventanal con una rama dura y seca que uno de los amigos había cortado. Al principio no nos poníamos de acuerdo pero luego, decidimos hacerlo y correr el riesgo. Rompimos el vidrio tal como planeamos, nos dirigimos al anillo, lo tomamos y nos quedamos maravillados por su gran brillantez. Decidimos huir y al hacerlo uno de los chicos rompió una estatua y se escuchó un estruendo intenso. Casi habíamos salido todos cuando de repente, desde la escalera surgió un grito “¡Deténganse, la policía ya esta notificada! En segundos llegará un patrullero”. Yo sostenía el anillo con gran desesperación, debía ser para mi madre. Ella se merecía una alegría. Apenas lo guardé en mi bolsillo llegó la policía y nos llevaron a la comisaria, nos preguntaron uno por uno para qué habíamos entrado y mientras tanto llamaban a nuestros padres. Ahí tomé consciencia de lo que podía ocurrir, mis amigos me culparon, la policía me hizo confesar el motivo pero por más que yo le explicaba, nos trataban como ladrones. La travesura se transformó en una pesadilla. ¿Cómo iba yo a mirar a mi madre a los ojos? ¿Entendería ella el por qué de mi mala acción? Sólo lo supe cuando al verla entrar al salón donde estábamos me dijo: ¿no valió mi sacrificio para que


vos seas un ladrón? ¿Cuándo te dije que necesitaba de una joya para ser feliz? Lo material no lleva a la felicidad. Lamento este episodio, no volverá a pasar. Miré a mis amigos como pidiendo ayuda pero ellos también habían sufrido el reto de sus padres. Ya no éramos más niños inocentes. Esta travesura nos transformó en chicos más responsables y educados. Solo quería el perdón de mi madre. Cuando llegamos a casa, nos dimos un gran abrazo, prometí no hacer jamás nada malo.


Dos cicatrices: Por Malena González Yabo

A veces, cuando la mente divaga entre los recuerdos, me acuerdo de contarte esta historia. Sé que te da remordimientos, pero está bien que la tengas presente, guardada en algún rincón de la memoria. Hacía años que tu banda tenía un acuerdo, un pacto de silencio acerca de lo que había pasado esa madrugada. Pero un día él regresó, y fue cuando lo volvieron a ver, cuando todos los recuerdos volvieron a sus mentes. Él llevaba una marca, ustedes, en su mente, también. Se sintieron arrepentidos de aquello que en la adolescencia los hacía “populares”. Todo había empezado como un juego, pero no terminó como tal. En realidad, sólo para vos y tus amigos representaba un juego. Él sufría, siempre había sido víctima de sus bromas, y la de ese verano, casi le cuesta la vida. Les parecía una tontería, pero decidieron llenar el piso de la entrada de su casa con jabón, para que al volver de bailar, ya casi de día, él se resbalara, mientras dos integrantes de la banda lo filmaban


todo. La idea era, mostrarlo después a los demás compañeros y reírse una y otra vez de la escena. Vos, Julián, habías advertido el riesgo, sabías que podía terminar golpeando su cabeza al caer, o que podía herirse gravemente, pero por miedo a ser rechazado, no dijiste nada. Todavía recuerdo el momento en el que saliste de casa, ya bien vestido y llevando el frasco con el líquido resbaladizo dentro de una bolsa, para ocultarlo. Luego de caminar unas cuadras, te encontraste con tus amigos y juntos embadurnaron el piso, poniendo cuidado en no pisar las partes mojadas y tratando de no dejar evidencia. Lo entretuvieron toda la fiesta, ¿te acordás? Bailaron con él y le consiguieron una chica linda con la cual pasar el rato. La idea era que él no se diera cuenta del correr del tiempo, y media hora más tarde de lo que planeaba regresar, avisarle que se había hecho tarde. Y así fue. Casi corriendo salió, y cuando ya se había adelantado dos cuadras, fueron detrás de él para pararse de la vereda de enfrente a ver el espectáculo. Martín y Santiago esperaban escondidos, listos para grabar, cuando lo vieron llegar. Con la adrenalina en la sangre apretaron el botón y lo siguieron con la pequeña video filmadora. Ya corriendo, intentó subir los cuatro escalones de la entrada, pero cuando llegó al tercero, trastabilló y


cayó hacia atrás, golpeándose la nuca y quedando inmóvil en el piso. En un principio, no supimos qué hacer, nos miramos los cuatro con ojos grandes, sorprendidos. Tuvimos miedo. Minutos después, decidimos llamar a una ambulancia, haciéndonos pasar por inocentes, declarando que mientras volvíamos a casa, lo habíamos visto en el piso. Recuerdo todavía como se lo llevaron, y nunca olvidaré la cara de su madre al ver la situación. Tiempo después, él y su familia se mudaron a otra ciudad y poco y nada se supo de ellos. Sólo que en la nuca, permanecía la marca, la cicatriz. El video que nos delataba, nunca pudimos verlo, nadie se animó. Creo que unos meses después rompimos la cinta, por seguridad y por miedo. Ese día, cuando lo vimos volver, nos miramos en silencio, después de tanto tiempo, ya adultos y arrepentidos. Y la mirada todo lo dijo.


Dolores: Por Tomas Listovsky

Esa travesura nos transformó en otros. Vos no pensabas, pero sabías muy bien que hacía cosas tan terribles, que yo recién ahora me animo a relatar. Seguramente preferís dejarlas en el olvido. Yo a ella la quería, más de una vez le dije mamá por error. No me equivoqué tanto. Y así lloré el día en que por su culpa, no la vi más. La pobre maestra Dolores tenía el corazón roto, luego de que su hijo nunca volvió de Malvinas. Sólo nos tenía a nosotros. Ella, con sus kilos de más y manos gordas, nos regalaba una sonrisa falsa a diario, porque la felicidad la había perdido, como a su crío. Nos convertimos en sus 23 hijos gemelos con nuestros uniformes idénticos, pero él era el gemelo malvado. “Esta vieja esta re traumada” decían los pibes. “Es la mejor que tuvimos” decían otros. Siempre que entraba al aula se frotaba la panza, que ya estaba bastante gordita para lo que le esperaba y nos miraba, de lado a lado del aula, terminando por ese muchacho, que la llenó de dolores. Según Gonzalo, comía porque intentaba llenar el vacío que dejó su hijo. Ramón decía que parecía


embarazada. “Por su hijo es capaz de comer hasta morir, ¿tendrá algún límite?” dijo. El primer mensaje no fue tan terrible, al menos desde nuestro punto de vista. Ella no lo tomó muy bien. La vi llorar y comer en el baño. Después se puso feo. Mensajes anónimos de su “hijo”, de dios y quién sabe qué diablo aparecían en el pizarrón, Y Dolores se refugiaba en sus galletitas y lágrimas. Cada día estaba más gorda. “Pobre mujer” yo pensaba. A él no le daba lástima en absoluto, o al menos eso decía, que era sólo una joda. Pero yo sé muy en mi interior, que a él le dolía más. Los mensajes siguieron durante todo el año. A veces, presa de la angustia, o tal vez de su extrema obesidad, Dolores no podía levantarse de la cama y faltaba. En la escuela nos decían que estaba enferma, pero cuando venía, a mí me contaba la verdad, porque me tenía aprecio. “¿Por qué lo haces?, la está pasando mal”, “es sólo un juego” contestabas. Una vez que empezaba algo lo tenía que terminar. Siempre fui terco, hasta hoy. Nunca supe exactamente por qué no volvió. Tal vez de tanto que lo extrañaba, de su panza finalmente salió un niño, pero ella murió en el parto. Sólo hoy puedo decir cuánto me arrepiento de no haber estado sujetándole la mano en ese


momento. De ella, s贸lo me queda el dolor de nunca haberle pedido perd贸n.


Martín: Por Priscila Flores Leibenzon

En esa época era otro, ya ni lo reconozco, tanto tiempo que pasó y Martín nunca se olvidará de su adolescencia y de lo molesto que era en ese tiempo. Martín solía divertirse mucho haciendo este tipo de cosas, no le importaba lo que sintieran las demás personas, sólo quería divertirse y que sus amigos lo admiraran. Todo empezó cuando una chica, proveniente de otra provincia, se cambió a su división, no conocía nada, no tenía amigos, se sentía nueva en un mundo desconocido. Cuando entró por primera vez por la puerta del aula, la profesora nos la presentó como “nuestra nueva compañera, Candela”, pero Martín sabía que no iba a quedarse por mucho tiempo, supo que ella era perfecta para que se divirtiera. Cuando sonó el timbre del recreo, nos acercamos a hablarle, nos dijo que quería hacerse amigos ya que estaba muy sola, pero no me gustó su actitud, estaba muy segura y quería tener la atención de todos. La mía no la tenía, no me atraía en absoluto. Martín empezó a hablarle en los recreos, aunque no le importaba nada su nueva compañera, quería


hacerla caer en su juego. Se hacía la misteriosa, no quería contar sobre su vida personal como si algo quisiese ocultar, por eso Martín supo que era perfecta para hacer lo que a él le gustaba: hacerla hablar sobre lo que quería ocultar. Un día después del colegio, él la invitó a salir, tomaron un café juntos, la hizo reír con sus anécdotas, y yo empecé a notar algo en su mirada, como si Martín le gustara. Desde ese día ya supo que su plan iba a funcionar, y que absolutamente toda su división lo iba a adorar. Pasaron los días y Candela se volvió muy allegada a sus compañeros, ya se sentía parte del grupo, y a todos les caía bien, quizá por su belleza, o quizá por la forma angelical que tenía de ser. Una tarde le propuse ir de vuelta al café, me aceptó sin dudarlo, y ahí la charla llegó hasta un punto muy personal. Me dijo que nunca había salido con nadie, y que a pesar de tener 17 años nunca había besado a alguien. Cuando la acompañé a su casa la besé sin dudarlo, todo había salido como me lo imaginaba, yo le gustaba y mucho. Al día siguiente, me apresuré a llegar temprano al colegio, y les conté a mis amigos lo que me había dicho Candela sobre su vida íntima. Me empecé a reír de ella y a decirles que era una inadaptada y a exagerar cosas que ella me había dicho. En ese momento escribí en todo el pizarrón “Candela, sos


un fracaso como mujer, atte Martín”. Cuando entró al aula, y leyó lo que había hecho, salió llorando desesperadamente. En ese momento me di cuenta, que nadie lo había leído, estaban todos tan dormidos a la mañana que nadie lo había notado y ni siquiera mis amigos me habían escuchado todo lo que les había contado sobre su vida personal. Pero cuando salió llorando todos se dieron cuenta de lo que yo había hecho, y no salió como lo esperaba, ya que más de la mitad de la división salió a consolarla, y la otra mitad me empezó a insultar. Absolutamente todos me odiaban. Fue el peor día de mi vida, y desde ese momento mi vida cambió. Cuando entré por primera vez por la puerta del aula, la profesora me presentó como “su nuevo compañero, Martín”.


El testigo: Por Santiago

Voy a contar esta historia porque nadie lo hará en mi lugar. Era un día en la playa como cualquier otro, o eso parecía, ya que ese día pasó algo que nunca olvidaré. No era una playa muy conocida, por lo cual había poca gente. De repente, una mujer emitió un grito agudo y aturdidor, al ver que el salvavidas sacaba a un joven, con un gran golpe en la cabeza, del agua. Yo lo había visto todo, un hombre en una lancha había estado pasando muy cerca de la orilla y finalmente golpeó al joven. Ahora, el cuerpo ya sin vida del joven yacía en los brazos de su madre. Al cabo de cinco minutos había ambulancias y autos policías en la playa. La policía arrestó al dueño de la lancha, y luego, tomándome por sorpresa, vinieron a mí. Al verme desconcertado la policía dijo que sólo me necesitaban de testigo. En la comisaría vi al dueño de la lancha, Juan, eso dijo el policía. A Juan le estaban haciendo preguntas dos policías mujeres. Se veía muy nervioso, ya que, como todos allí, sabía muy bien que era culpable. A mi me hicieron unas preguntas


que no logro recordar, pero que, nerviosamente, logré responder. Al finalizar el largo juicio, se decidió que Juan pasaría siete años en prisión. Luego de seis años y trescientos sesenta y cuatro días, estoy todavía aquí. Esperando con ansias el día de mañana, cuando yo, Juan, saldré de prisión.


ApĂŠndice


Hernán Por Abelardo Castillo

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos, y en los últimos tiempos miraba de soslayo a Hernán. Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que alguien la recuerde; Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre un sitio para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor. Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz,


lo mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le causábamos cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos, junto a los bancos, y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella, arreglando nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos "pueden sentarse", nosotros ya estábamos sentados y ella reparó por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo. Y en medio del silencio de la clase, dijo: –Yo –dijo pausadamente– soy Hernán. Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue por aquellas miradas furtivas que,


al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. "Me parece que la vieja...", le dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella. –Este Hernán es un degenerado. Te admiraban, Hernán. –Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse. Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de un color azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad, la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor – esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que me dio asco–, lo que es peor, con el corazón vacío. –A que sí.


Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre surgió, repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería –como realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa, esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón–, porque los que son como vos, Hernán, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia. –A que no. –Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo. Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido


siendo una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles deslumbradoras en un escrito de Historia. Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que yo mismo dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella. No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer, extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba "por favor, lea usted esto", y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un


juego, tortuoso, procaz, pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la apuesta: –Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán. El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso, al oír que ella hablaba de las cosas imposibles ("hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta") pensó que se despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno: –Prestáme las llaves del coche.


Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí que alguien pronunciaba mi nombre: –Hernán. –Qué quieren –pregunté. Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose todavía, una bolsita blanca de alcanfor.


Prueba