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Justificaciรณn del Proyecto Evidencias para un nuevo modelo de escuela.


Llevamos bastante tiempo escuchando en diferentes foros que las escuelas de hoy día han quedado obsoletas, que enseñamos para el S.XXI desde un marco pedagógico del S.XX, que algo falla y que es necesario replantear las funciones y objetivos de la escuela para adaptarlos a las necesidades de una nueva sociedad.

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El C. Inmaculada no puede permanecer al margen de esta evidencia social y debe buscar, como institución de la Compañía de Jesús, el dar las respuestas más adecuadas a estas nuevas necesidades, comprometidos con un continuo proceso de adaptación. No podemos permanecer fijos en la alabanza de los logros del pasado. El considerarnos a nosotros mismos ajenos a la historia, equivale a declararnos muertos (Impulsos y Horizontes para el Sector de Educación, 2016). Ello supone, en definitiva, entrar en un discernimiento, individual y colectivo, de si nuestro colegio continúa dando las respuestas más adaptadas a las necesidades los individuos de hoy, para tratar de definir cuál es su “frontera” actual, analizando profundamente lo que hacemos, cómo lo hacemos y para qué lo hacemos. En resumen, no se trata de iniciar un proceso de cambio por el cambio, por reproducir otros modelos que tanto “venden” mediáticamente, sino de tratar de analizar si existe un nuevo horizonte que responda más adecuadamente a la misión de un colegio de la Compañía en el S. XXI, sabiendo que todo cambio debe ser el resultado de una investigación cuidadosa y asumiendo el riesgo que dicho cambio implica. Los miembros del SIPEI (Seminario Internacional sobre Pedagogía y espiritualidad Ignacianas, 2014) fueron plenamente conscientes de que los mayores retos de la transformación educativa en nuestro siglo exigen un enfoque sistémico, pues requieren que actuemos en todos los ámbitos de nuestro entorno escolar: en nuestra metodología, en la organización de nuestros centros y aulas, y en el currículo académico (Impulsos y Horizontes para el Sector de Educación, 2016). Así, tras un análisis del sistema y de nuestro modo de hacer y proceder actuales, encontramos algunas evidencias que nos llevan a presentar un proyecto de innovación y cambio de paradigma para nuestro centro. Las principales evidencias que encontramos son:

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1. Volatilidad de los aprendizajes. Continuamente, tanto maestros y profesores, como padres y madres, constatamos que los aprendizajes de nuestros alumnos son cada vez más efímeros, y que los conocimientos adquiridos se desvanecen fácilmente (especialmente los más específicos, abstractos o descontextualizados). Los contenidos se repiten una y otra vez, y cada vez que vuelven a abordarse parece que sea la primera vez que llegan a los estudiantes. Todo ello, además de generar en los alumnos falta de confianza en los procesos de enseñanza y reducir significativamente su motivación, produce en el profesorado malestar y cierta desesperanza. No es, por tanto, un problema de falta de rendimiento de los alumnos, sino de calidad y profundidad de los aprendizajes.

2. Necesidad de aumentar la motivación intrínseca del alumnado. Otra de las constataciones que destacamos es que, cada vez en mayor medida, maestros y profesores notamos que nuestros alumnos están menos motivados hacia el aprendizaje. Si bien este hecho no es nuevo, ahora parece notarse que la distancia entre los contenidos que se enseñan/aprenden y los ámbitos de aplicación cotidiana de los mismos ha aumentado. Y es que, hemos de tener en cuenta que es esta posibilidad de aplicar los aprendizajes a los entornos cotidianos del alumno la que va a permitir que el alumno se oriente motivacionalmente hacia el aprendizaje. De esta forma, es necesario hacer un esfuerzo especial en contextualizar los aprendizajes y en remarcar su funcionalidad práctica o aplicada. Esto no quiere decir, en ningún caso, que haya que obviar aquellos contenidos con un carácter más teórico o conceptual, sino que al menos habrá que tratar de enmarcarlos dentro de un contexto significativo para el alumnado y que el proceso de aprendizaje no acabe, simplemente, con la mera demostración de su conocimiento.

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3. Nuevas demandas sociales y laborales. Cada vez, las sociedades buscan hombres y mujeres más competentes, capaces no tanto de tener respuestas, sino de generar preguntas. La única forma de que el conocimiento y el desarrollo de la cultura avance es a través de la capacidad de sus componentes de generarse preguntas en busca de nuevos horizontes. Lo que nuestra sociedad demanda no es, por tanto, individuos que “sepan” mucho, sino que sean capaces de integrar todo esa información que tienen a su alcance para dar respuestas lo más adaptativas posible a las diferentes situaciones que la vida, personal y profesional, le plantea. Todo ello en un mundo global donde el trabajo colaborativo y en red es una de las principales claves del éxito. Este planteamiento, donde se prioriza, pues, el saber hacer, sobre el mero saber, es ya propio de multitud de universidades americanas (precursoras de metodologías PBL) y de grandes generadores de talento como Silicon Valley, pues se define como un elemento clave que, no sólo incrementará la motivación de logro de los estudiantes al entender la enseñanza como un reto, sino que ayudará a éstos en el entrenamiento de los procesos de integración de los conocimientos.

4. Cambio del rol del profesorado. Como consecuencia de todo lo anterior, el papel del maestro/profesor en las escuelas y las funciones que, consecuentemente, la sociedad le encomienda, han cambiado sustancialmente en los últimos años. Lejos queda ya el rol de experto o mero transmisor de conocimientos, en el que su principal función se limitaba a hacer llegar a los alumnos, de un modo u otro, contenidos que estos desconocían. Hoy día no es necesario acudir a los profesores como fuente del conocimiento, pues éste fluye a golpe de ratón. Se nos exige, por tanto, la capacidad de desarrollar en los alumnos nuevas habilidades personales, socioemocionales y afectivas que atiendan a un concepto de educación mucho más amplio.

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5. Dificultades y limitaciones en el actual modelo de atención a la diversidad. Como podemos constatar, cada día nuestras aulas recogen a alumnado más diverso, no sólo en cuanto a capacidades, sino también en cuanto a realidades socio-familiares, motivaciones, expectativas, etc., y con una presencia, cada vez mayor, de alumnado con diversos tipos de trastornos del desarrollo. Hasta ahora, nuestro centro ha tenido la tradición de atender a este alumnado fuera del aula, con la ventaja de la atención individualizada y específica que ello suponía, pero con otros muchos inconvenientes. Tanto los propios profesores, como las mismas familias, encuentran que este sistema no alcanza la eficacia deseada: que muchas de las dificultades, lejos de minimizarse se enquistan; que cada vez es más complicada la coordinación necesaria entre los profesores-tutores y los especialistas de PT/refuerzo; que aumenta la dificultad de los alumnos para seguir el ritmo de las áreas que “se pierden”; que la evaluación, en tanto en cuanto que el alumno/a es atendido por dos profesores en una misma área, es más compleja, etc… Por todo ello, se hace necesario revisar nuestro proceder en este sentido, tratando de establecer un marco organizativo que permita avanzar hacia un modelo más inclusivo que permita optimizar los procesos de atención a la diversidad.

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6. Necesidad de integrar la dimensión socioemocional y religiosa del alumno en la dinámica diaria del aula. Del mismo modo, se constata que el ámbito socioemocional del alumnado es un aspecto que hay cuidar y trabajar de manera sistemática a lo largo de la escolaridad. La capacidad en el manejo de la inteligencia intra e interpersonal le va a permitir al alumno una mejor integración en la vida social de la escuela y fuera de ella. Además, son muchas las investigaciones que reflejan la gran relación existente entre los niveles de rendimiento académico de los alumnos y sus habilidades socioemocionales. Por tanto, es necesario incorporar el trabajo socioemocional y pastoral a la vida del aula, no como un aspecto aislado o independiente de lo que acontece dentro de ella o en el entorno próximo del alumno/a, sino como una herramienta clave para conducir, comprender e interpretar su propia vida.

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7. Importancia del desarrollo de un concepto de aprendizaje más amplio: la creatividad, el pensamiento crítico y la autorregulación. Dice Ken Robinson que las actuales escuelas “matan” la creatividad. Sin ser, quizá, tan pesimistas, sí entendemos que uno de los errores más graves, a nuestro juicio, del sistema educativo actual, es la definición del rol del alumno como “procesador de información”. De hecho, somos muchos los que, de alumnos, hemos percibido que esta era nuestra función: decodificar, comprender, seleccionar, organizar, memorizar y recuperar información. Sin embargo, esta es una concepción extremadamente reduccionista del proceso de aprendizaje. Todo ello es parte del proceso de aprender, sí, pero ni de lejos su principal objetivo. El desarrollo de las habilidades de procesamiento de la información son elementos necesarios del proceso de aprendizaje pero, en ningún caso, suficientes. El trabajo sobre procesos como el transfer, la creatividad, el desarrollo de un punto de vista crítico, o la capacidad de autorregular, manejar y reconducir los propios procesos de aprendizaje son los elementos que dan “calidad”, “profundidad” y “sentido” a lo que los alumnos aprenden. Todos estos elementos, propios de los procesos de personalización y metacognición del aprendizaje no han sido, generalmente, objeto ni de desarrollo ni de evaluación en nuestras escuelas.

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8. Necesidad de incorporar las TIC como herramienta cotidiana de aprendizaje. Si bien las nuevas tecnologías de la información y comunicación no acaban de aterrizar ahora mismo en las escuelas, sí se hace necesario redefinir su funcionalidad, replanteando no sólo su incorporación como meras herramientas para el aprendizaje de contenidos aislados o como complemento para ciertas metodologías, sino tratando de propiciar un marco curricular y estructural del aula que permita su incorporación definitiva como recurso habitual e indispensable para el aprendizaje. Y es que no podemos, en ningún caso, obviar el carácter digital de nuestros alumnos, de su cercanía con el manejo de la tecnología y de la presencia que éstas tienen en su día a día. No se trata, pues, de hacer lo mismo que hacíamos con “papel y lápiz” pero con un recurso tecnológico, sino que su incorporación abra realmente nuevos horizontes y nuevas vías para el aprendizaje, pasando de tener “aulas de informática” a “aulas informatizadas”.

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9. Necesidad de apertura del centro y de la vida del aula al entorno social de los alumnos. Una de las principales cuestiones planteadas por el profesorado y el alumnado de nuestros centros es la falta de apertura social que, como institución, hemos sido capaces de potenciar. Los alumnos/as que estudian en nuestro colegio han tenido y tienen, generalmente, todos los servicios y necesidades de formación y relación cubiertas desde el propio colegio: actividades formativas no regladas (como son las actividades extraescolares), grupos de tiempo libre, grupos de crecimiento en la fe y catequesis, acampadas, viajes, etc… Esto hace que su principal referente social esté, fundamentalmente, sólo dentro del propio colegio. Además, aunque cada vez menos, nuestro alumnado no es especialmente heterogéneo en cuanto a su realidad sociofamiliar Todo ello tiene una gran ventaja: los alumnos salen de nuestro colegio con un profundo sentido de identidad y pertenencia, pero con la sensación de haber sido educados en una especie de “gran burbuja”. El problema surge cuando éstos salen de “su” entorno, y se deben integrar en otros con características sociales, económicas, culturales o éticas distintas. Deberemos ser capaces de, sin perder nuestra identidad, potenciar experiencias de relación, convivencia e interacción con alumnos de otros centros con características distintas, de participar en actividades del barrio o de la ciudad promovidas por otras instituciones, de acercarnos más a la actividad de las parroquias y a la diócesis, etc. Todo ello, no sólo permitirá a los alumnos un conocimiento más realista del mundo que les ha tocado vivir, sino que todo ello enriquecerá los procesos de aprendizaje haciéndolos mucho más significativos.

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