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Cuando Miru Nadrinakar, miembro de la Resistencia Corelliana, se estrella cerca de la casa del anticuario escondido Antron Bach, ĂŠl debe decidir entre ayudarla a escapar del Imperio o proteger los artefactos Jedi que ha mantenido a salvo desde la destrucciĂłn de la Orden.


El fin de la historia Alexander Freed


Esta historia está confirmada como parte del Nuevo Canon.

Título original: The End of History Autor: Alexander Freed Ilustraciones: Chris Scalf Publicado originalmente en Star Wars Insider 154 Publicación del original: diciembre 2014

en algún momento durante los tiempos oscuros

Traducción: Javi-Wan Kenobi Revisión: Bodo-Baas Maquetación: Bodo-Baas Maquetación de portada: Bodo_Baas Versión 1.5 21.04.15 Base LSW v2.2


Star Wars: El fin de la historia

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Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana‌

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Antron no sabía mucho acerca de cazas estelares, pero tenía la fuerte sensación de que un ala debía estar pegada a su nave, y no dispersa en fragmentos ardientes entre los arbustos azules de las llanuras de una luna sin nombre. Mientras apartaba nubes de humo, maldiciendo su edad y su abultada barriga, decidió que era muy probable que el piloto de este caza estelar en concreto —que apenas una hora antes había caído como un ardiente meteorito pasando sobre la meseta a la que Antron llamaba hogar— estuviera de acuerdo. Esperaba que esa no fuera la única cosa en la que él y el piloto estuvieran de acuerdo, ya que carecía del carisma o los músculos para mantener a raya a un airado pirata o a un criminal fugitivo. Pero se tranquilizó lo mejor que pudo: —El Maestro Jedi Vonkhel consiguió hacerse amigo del Señor Sith de Gairm — murmuró—. Todo lo que tú tienes que hacer es no reconocer ninguna estupidez. Conforme Antron se acercaba a la cabina del caza estelar, el parabrisas saltó, se estremeció y luego se fue alzando poco a poco. Una figura con un traje de vuelo cubierto de carbonilla, grasa y sangre seca trepó fuera de la nave y saltó tambaleándose a tierra. La voz de la figura era tensa y aguda. —Necesito encontrar a Antron Bach. Antron se quedó inmóvil un instante, luego se apresuró a avanzar y vio bajo la mugre a una mujer lo bastante joven como para ser su nieta. —Yo soy Antron Bach —dijo, antes de advertir que la mano de la mujer estaba posada sobre el bláster de su cadera. Se acabó lo de no reconocer ninguna estupidez, pensó. —Soy Miru Nadrinakar —dijo la mujer—, de la Resistencia Corelliana. Tenemos que salir corriendo. Antron comenzó a formular una pregunta, pero mientras elegía de entre la media docena de ellas que le venían a la mente, pudo ver algo a través del humo; un trío de luces en el cielo, parpadeando y siguiendo una ruta quebrada entre las estrellas. —Cazas TIE —explicó Miru. Avanzó cojeando y pasó su brazo sobre los hombros de Antron para apoyarse. Apestaba a sudor, y él se encogió ante su inesperada cercanía—.

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Su fragata está al otro lado del sistema —añadió, y mostró una sonrisa sombría—. Me ocupé de sus motores. Tardará unas tres horas en llegar aquí. Antron caminó a trompicones mientras Miru le instaba a alejarse de los restos, y luego rápidamente encontró el ritmo adecuado conforme la conducía cruzando los matorrales de la llanura hacia la meseta. Ella cojeaba de la pierna derecha, y aunque Antron trató de buscar algún comentario superficial para distraerla de su dolor, se lo pensó mejor cuando vio la concentración en sus ojos. Las luces parpadeantes sobre sus cabezas se volvían más brillantes. —Me he ocultado otras veces de las patrullas imperiales —dijo, tratando de infundir valor con su voz—. Cerraremos las escotillas, les haremos pensar que estás vagando por las llanuras… Miru le interrumpió, seca y brusca. —Nada de ocultarse —dijo—. Necesito armas y transporte de inmediato. —¿Cómo dices? —preguntó Antron. Miru agarró a Antron con más fuerza mientras caminaban. —El Imperio está planeando una purga en las células de resistencia. Tengo un día para llegar a Corellia y advertirles. La voz de Antron bajó una octava. —Busquemos un refugio —dijo. Cuando alcanzaron las sombras de la meseta y Antron se volvió hacia la cara del acantilado, escucharon el sonido del trueno. Antron no había visto una tormenta en todos los años que llevaba en la luna. —Están bombardeando el lugar del accidente —dijo Miru, y Antron asintió y buscó coraje en su interior. Se recordó a sí mismo: El Maestro Jedi Va Zhurro pasó seis meses cuidando de unos refugiados en un sótano durante las Guerras Clon. Antron podría sobrevivir a un bombardeo de uno o dos días. En la base de la meseta, donde los esqueléticos y retorcidos arbustos de vegetación no conseguían trepar por la escarpada pared, Antron condujo a Miru a través de una grieta apenas más ancha que sus hombros. La grieta, sin embargo, conducía a una gran puerta de acero insertada en la piedra casi camuflada por el polvo. Con un gemido, Antron trepó sobre un pedrusco. El oxidado panel de mandos de la puerta estaba a más de dos metros sobre el suelo, y se esforzó por introducir el código. —Los geonosianos colonizaron este lugar hace siglos —dijo mientras la puerta se abría con un zumbido— y lo abandonaron no mucho después. La meseta está plagada de madrigueras. El único problema es que la mayoría de los geonosianos vuelan, y yo no soy un tipo alto. Miru no dijo nada mientras Antron volvía a su lado. Él suspiró y le hizo avanzar por un túnel al interior de la cámara. En una gran caverna soportada por pilares de metal desnudo, se amontonaban estante tras estante de cartuchos de datos brillantes y parpadeantes que hacían resplandecer el

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aire polvoriento. Entre los estantes había largas mesas con curiosos artilugios: pergaminos escritos a mano y vajillas de plata compartían protagonismo con cubos cristalinos delicadamente tallados y una mano cibernética de seis dedos. Algunos de los objetos habían sido conservados y cuidados con esmero, mientras que otros mostraban manchas u óxido que Antron había sido incapaz de evitar. —¿Qué es todo esto? —preguntó Miru. —Esto —dijo Antron, con una ligera sonrisa y un movimiento de la mano— es lo que queda de los Jedi de la Antigua República. Miru agitó la cabeza y luego siguió avanzando, caminando intranquila entre los estantes. Antron continuó. —Estás contemplando generaciones de historia: diarios, archivos del templo, tratados filosóficos. Sables de luz rotos y cosas por el estilo. Vestigios de un mundo mejor. Todo lo que el Imperio quiere que olvidemos. Miru se volvió hacia Antron, con los ojos abiertos como platos. —¿Eres…? Antron le devolvió la mirada; entonces se dio cuenta de lo que le estaba preguntando y soltó una carcajada. —No, no soy un Jedi. Vendía antigüedades antes de los tiempos oscuros. Hice amistad con varios Jedi porque consigues mejores precios cuando te tomas algo con tus clientes… aunque sólo te estés tomando un té. Durante un instante, Antron recordó los buenos viejos tiempos, riendo con contrabandistas, académicos o arqueólogos en una cantina de Coruscant; tasando cachivaches o intercambiando historias con Padawans. Echaba de menos tomar algo con ellos. Echaba de menos hablar con ellos. Se pasó una mano por el cabello que le quedaba. —Cuando todo comenzó a ir mal, y el Maestro Uvell me pidió que ayudara… — Sonrió amargamente—. ¿Sabes que una vez me llamó charlatán de feria? No fue demasiado amable por su parte, pero luego me dio una nave, la cargamos con todos los objetos que pudimos encontrar y me habló de este lugar. Debía de estar desesperado. Miru no dijo nada. Antron se sintió obligado a llenar el silencio. —He estado aquí desde entonces. No fue demasiado inteligente por mi parte, pero no me gustaba demasiado el aspecto del Imperio, y no tenía agallas para decirle «no» a un héroe de guerra como Uvell… —Tu nombre y coordenadas estaban en un viejo archivo de la resistencia. Tus Jedi debieron transmitirlo —dijo Miru. Levantó un fragmento de metal de una mesa y le dio vueltas entre sus manos; la última de las Crónicas de Med’eeth, recuperada de las ruinas de Ossus antes de que Antron hubiera nacido—. No sé mucho sobre ellos —dijo—. Era una niña cuando murieron.

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—Para eso estoy yo aquí —dijo Antron, relajando su voz—. Cuando el Imperio caiga finalmente, dentro de cien o de mil años, la galaxia tendrá que volver a aprender muchas cosas. Los Jedi eran los mejores de todos nosotros, y quiero que sus historias perduren. Miru frotó el metal carbonizado con su pulgar. —La gente merece una historia y héroes en los que poder fijarse —continuó Antron—. Por eso no puedo ayudarte a escapar a Corellia. Si los imperiales ven despegar una nave… —Sabrán que aquí hay una base. El Imperio te encontrará y lo quemará todo. —Sí —dijo Antron. Miru arrojó el fragmento de metal sobre la mesa y el sonido resonó por toda la caverna. Se enderezó, con una mueca de dolor debida al ruido o a sus heridas, y miró a Antron. —Entonces lo siento —dijo—. No estoy aquí para poner en peligro tu misión. Pero la resistencia tiene más prioridad que… —hizo un gesto con la mano señalando los fragmentos—… las historias. Se pusieron en pie y se miraron mutuamente durante un rato. Entonces Antron soltó un bufido y forzó una sonrisa. —Bueno —dijo—, puedes volver a tu nave si quieres. O si no, podemos trabajar juntos, de momento, para salvar nuestras dos vidas. Miru se limitó a fruncir el ceño. —No le serás útil a la resistencia si mueres —añadió Antron encogiéndose de hombros.

*** —La buena noticia —le dijo Antron a Miru mientras reptaban por estrechos túneles que ascendían hacia la meseta— es que las madrigueras de la colonia son bastante robustas. Y difíciles de localizar, además. Los bombarderos no deberían preocuparnos. —¿Y la mala noticia? —preguntó Miru. —Tan pronto como esa fragata imperial se acerque, hasta el oficial de puente más obtuso detectaría el generador de energía de la colonia. Necesitamos apagarlo, o no pasará demasiado tiempo hasta que descubran la cámara y la fragata convierta toda esta meseta en átomos. Eso es malo para nosotros, sean cuales sean tus prioridades. »Sin generador —continuó Antron—, significará que no habrá luz, agua, ni aire filtrado. Estaremos incómodos mientras nos ocultamos, pero con el tiempo tus perseguidores te darán por muerta o desaparecida en las llanuras. Una náufraga sin aliados. —Para entonces —dijo Miru con tono uniforme— será demasiado tarde para salvar a la resistencia. El generador estaba cerca de la cima de la meseta, explicó él, en el antiguo centro industrial de la colonia; ahora sólo albergaba unas pocas máquinas anticuadas y la

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desvencijada nave de Antron. Los túneles les ayudarían a recorrer parte del camino, pero evitar los pozos verticales geonosianos significaba que había que tomar un desvío por la pared del acantilado. —A menos —añadió él— que tengas alas escondidas bajo ese mono de vuelo. Mientras las nubes de polvo se arremolinaban y las bombas retumbaban, Antron y Miru salieron a un sendero a mitad de camino de la cima de la meseta y comenzaron a ascender hacia su destino por una pendiente plagada de zarzas. —Faltarán unas dos horas hasta que llegue la fragata —dijo Miru en voz baja. —Tiempo suficiente —respondió Antron, temiendo que no lo fuera.

Mientras caminaban, deteniéndose sólo para echarse al suelo cada vez que un caza TIE pasaba atronador sobre ellos, Antron se encontró tarareando fragmentos de una vieja ópera bith: la historia de un Caballero Jedi que regresaba para salvar a su pueblo tras viajar por las estrellas. Desde que Antron había llegado a esa luna, sus opciones musicales habían quedado limitadas; le había cogido cierto apego a la Canción de Lojuun. Miru había estado con el ceño fruncido, cojeando detrás de Antron y examinando el horizonte por si aparecía el enemigo. Pero cuanto más elaborado se volvía el desafinado tarareo de Antron, más comenzaba a sonreír ella, hasta que finalmente dejó escapar una sonora carcajada. —Eres terriblemente alegre —dijo, cuando coronaban la cuesta.

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—Yo también estoy petrificado —dijo Antron—. Pero los Jedi decían que el miedo conduce al sufrimiento, así que intento mantener la mente ocupada. —Cuando vives bajo el Imperio, aprendes a tener miedo. —Tal vez por eso tanta gente… —comenzó a decir Antron, antes de que la mano de Miru le golpeara con fuerza entre los hombros, haciéndole caer de rodillas. Por un instante, Antron se preguntó si la había juzgado mal; tal vez había decidido deshacerse de él y probar suerte por sí misma. Un segundo más tarde, Miru se había tumbado a su lado, y Antron se avergonzó de haber dudado. Juntos, miraron hacia delante, a la cima llana de la meseta. A menos de cincuenta metros de distancia, cuatro figuras —tres de ellas con armaduras blancas y una con el uniforme negro de un oficial imperial— merodeaban por el borde del acantilado sosteniendo sensores de rango y macrobinoculares. Miru habló en voz baja y entrecortada. —Coordinadores de búsqueda. Pensé que se establecerían en el lugar del accidente. Deben de haber buscado un punto elevado. Se quedarán vigilando, mientras más soldados buscan en el terreno. —Están prácticamente encima de la escotilla del generador —susurró Antron—. Está oculta, pero si la encuentran… —Necesitamos un nuevo plan —dijo Miru—. ¿Puedes sacarnos del planeta? Antron negó con la cabeza. —Tengo una nave, pero apenas puede alcanzar la velocidad de la luz. Esa fragata no tendrá ningún problema para derribarnos. Miru le apretó el hombro para darle confianza. —Ya pensaremos en algo. No tenemos elección. Llévanos allí. Pero Antron no se movió. —¡Si huimos, detectarán la colonia y destruirán la cámara! —insistió—. Esperemos a que se vayan esos cuatro; luego entramos por la escotilla y apagamos el generador. —No van a irse —dijo Miru—. ¿Dónde está tu nave? En lugar de responder, Antron se puso en pie y comenzó a correr por la cima de la meseta. Le temblaban las piernas mientras agitaba frenéticamente los brazos para llamar la atención de los soldados de asalto. —¡Estáis aquí! —gritó—. ¡Gracias a las estrellas que estáis aquí! Ya eres un viejo loco y excéntrico, pensó Antron para sí mismo. Cíñete al papel y todo irá bien. Los soldados de asalto le apuntaron con sus armas. —Esta es mi luna —explicó Antron apresuradamente—. Vi el accidente… una pirata me atacó. ¡Salió corriendo! ¡Os enseñaré donde ha ido! —dijo, señalando vagamente los bosques secos más allá de las llanuras con arbustos. Dos de los soldados de asalto se volvieron para hablar con el oficial. El tercero mantuvo su arma apuntando a Antron.

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Finalmente, uno de los soldados —Antron no pudo distinguir cuál de ellos— alzó la voz. —Al suelo. Se suponía que esta luna estaba deshabitada. Antron se puso de rodillas y trató de seguir farfullando acerca de piratas incluso cuando se quedó sin nada nuevo que decir. Pero pensaba que podía hacer que la idea funcionara. No necesitaba un truco mental Jedi para dirigir la búsqueda lejos de la meseta. Sólo esperaba que Miru siguiera sus instrucciones. Ella podría apagar el generador. Podría esconderse. Y Antron podría encontrarla una vez convenciera a los soldados de asalto de que él sólo era un ermitaño loco y de que ella había salido corriendo hacia los bosques o había quedado desintegrada por la explosión de una bomba. A menos, por supuesto, que Miru robase su nave y expusiera la colonia de todos modos. Antron escuchó el sonido de botas crujiendo sobre hierba quebradiza, y luego el chasquido y el siseo de un disparo de plasma. Gritó dejándose llevar por el pánico instintivo y agarró con fuerza el suelo rocoso. Entonces se oyó otro disparo. Y un tercero. Gateó hacia atrás, arañándose las palmas de las manos con esquirlas de piedra y manteniendo la nariz pegada al suelo. Para cuando consiguió reptar tras un pedrusco que podía servirle de refugio, los disparos habían cesado. Alzando la cabeza, Antron vio los cuatro imperiales tendidos en el suelo, con llamas lamiendo los agujeros carbonizados de sus vestimentas. —Tu plan era estúpido —dijo una voz. Se volvió para ver a Miru cojeando hacia él, con su bláster en la mano—. Te habrían matado y se habrían quedado justo aquí. Antron se puso en pie y la miró fijamente, murmurando sonidos que no llegaban a formar palabras. Miru frunció el ceño, acercándose a Antron y apoyándose de nuevo en él. —Ya no necesitan buscar más —dijo, y Antron se dio cuenta de que tenía razón. Súbitamente, el aullido de los cazas TIE se había vuelto más fuerte.

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La bomba más cercana estalló a menos de cien metros de distancia, ensordeciendo y cegando a Antron. Durante esos escasos segundos aterradores, Miru siguió avanzando, empujando a Antron con una fuerza que debería haber perdido con el accidente. Pero no parecía que los TIEs les estuvieran viendo. La mente aturdida de Antron se esforzaba por comprender antes de alcanzar de pronto una conclusión: El Imperio suponía que Miru había matado al equipo de aterrizaje, y estaba bombardeando su última posición conocida. Todavía no sabían nada sobre Antron o la cámara. Para cuando Antron y Miru descendieron por una escotilla a los túneles industriales de la colonia, la piel de Antron estaba cubierta de una pasta formada por polvo y sudor. Miru le observó mientras se apoyaba contra un muro de roca cubierto con tuberías metálicas y tenues lámparas amarillas. Ella sudaba aún más que él, y en algún momento —durante la lucha o el bombardeo, si no horas antes— había recibido un corte en el brazo izquierdo. La sangre le goteaba en la palma de la mano. —Gracias —dijo Antron—. Por salvarme la vida. Varias veces. Miru se encogió de hombros. —¿Quién cuidará de este lugar si te vuelan en pedazos? Antron sonrió con tristeza. —Si me vuelan en pedazos, este lugar es lo siguiente.

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Los túneles temblaron y se escuchó en la distancia un gemido metálico cuando algo se soltó y cayó. Miru tomó el brazo de Antron y comenzó a caminar de nuevo. —Mi padre era historiador —dijo. Antron meneó la cabeza, tratando de seguir su lógica. Miru siguió hablando. —Creía en los Jedi. Creía en la República. Antes de que el Imperio le alcanzara. — No miraba a Antron mientras hablaba—. No recuerdo la vida antes del Imperio —dijo—. No sé si tu caverna llena de historias sirve para algo. No puedo saberlo. Llegaron a una bifurcación en el túnel, y Miru se detuvo, esperando que Antron abriera la marcha. —Pero tú crees en estas cosas. Casi mueres por ellas. Si dices que tu misión tiene más prioridad… podemos hacerlo a tu manera. Antron contempló con sorpresa a Miru, viéndola de pie, tan erguida como podía a pesar de su extremo cansancio, sus magulladuras y corte, esperando sus órdenes sin emitir la menor queja. Escuchó un tenue rumor lejano y pensó en el Padawan Jedi Nes Ukul, que había dado su vida protegiendo a una especie cuyo idioma era incapaz de hablar en un planeta cuyo nombre desconocía. Fue el Maestro de Ukul quien dijo: «No hay acto más desinteresado que perecer por la causa de otra persona.» Antron tragó saliva, pensó en elogiar a Miru, en darle las gracias, y decidió no hacerlo. Ella no parecía necesitar consuelo, y él no tenía dignidad suficiente. —Ve por la izquierda, y yo iré por la derecha —dijo—. Hay un generador de apoyo que necesitas apagar mientras yo me encargo del primario. Miru frunció el ceño. —¿Podrás apañártelas solo? —preguntó. Antron agitó la mano, restándole importancia. —Estoy viejo y gordo, pero puedo caminar por un pasillo. ¡Vete! Miru cojeó en la oscuridad. Antron giró sobre sus talones y se dirigió por un pasillo estrecho, saliendo a una cámara con hileras de consolas y abarrotada de cajas de suministros y herramientas. El generador zumbaba reconfortante bajo el suelo, y después de examinar el entorno se limpió el sudor de la frente y se puso manos a la obra. Pensó en Miru, y en como en unos instantes llegaría a la bahía del hangar y se daría cuenta de que le había mentido acerca del generador de apoyo. Tendría que dejarla encerrada allí por si acaso trataba de volver y encontrarle. Después de eso, podría dar potencia a las puertas del hangar para que pudiera montar en la nave, alejándose de la meseta y de la luna. También estaba la fragata imperial. Tenía que crear una distracción para dar a Miru alguna posibilidad de escapar intacta del sistema. Para eso, más que un plan lo que Antron tenía era un puñado de tácticas dilatorias: La rutina del «viejo confuso»; tal vez

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un mensaje falso del equipo de búsqueda. En algún lugar, la colonia incluso tenía unas cuantas armas esperando a ser activadas; con suerte, podrían funcionar. Antron pulsó un comando en la estación de trabajo, y luego rebuscó en una caja, buscando los planos de la colonia. Mientras depositaba una caja de herramientas sobre una tercera consola y se sentaba con un suspiro, se preguntó si Miru entendería qué le había hecho cambiar de opinión. Pensó en todos los Jedi cuyas historias había leído, sus nobles acciones, sus nobles muertes. Miru no necesitaba su inspiración; había aprendido la nobleza incluso bajo las botas del Imperio. Y ella le había recordado los ideales que él quería proteger. Sacrificar la cámara sería una tragedia. Sacrificar a la resistencia —sacrificar a hombres y mujeres duros y valerosos que luchaban cada día— no parecía algo muy propio de un Jedi. Los Jedi morían protegiendo a las personas por encima de las cosas. Antron tarareaba de nuevo mientras limpiaba con la manga el polvo de una pantalla y veía cómo su nave cobraba vida. Miru había captado la idea. La sala del generador tembló, con las vigas de metal gimiendo como cazas TIE, cuando golpeó otra bomba. Activó los escáneres, los vio parpadear mientras la fragata imperial se colocaba en órbita alrededor de su luna. Hizo chasquear sus nudillos y trató de no pensar en la cámara. Tenía un trabajo que hacer. De un modo u otro, Miru escaparía ilesa. Y tal vez si tenía suerte —si la Fuerza le acompañaba— la cámara sobreviviría después de todo. Si la meseta se derrumbaba bajo una tormenta de plasma, algún investigador con iniciativa podría excavar los escombros dentro de uno o dos siglos. Y si de algún modo Antron sobrevivía a la experiencia, bueno… Se rio mientras recordaba una última historia y una última lección: Puede que los Jedi se sacrificaran a sí mismos, pero jamás abandonaban la esperanza.

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STAR WARS EL FIN DE LA HISTORIA [ESP]  

Cuando Miru Nadrinakar, miembro de la Resistencia Corelliana, se estrella cerca de la casa del anticuario escondido Antron Bach, él debe dec...

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