Issuu on Google+

Título: “Dark Hair”  Cristina Lagunas Gualda  Accésit XXXI Concurso Literario para Jóvenes 2012  Modalidad Cuento, Categoría Primeros Creadores    La luna brillaba en lo alto burlándose de la oscuridad reinante. Las estrellas bailaban en el firmamento y ella se movía al mismo compás. Mientras corría sigilosa entre los árboles los lobos se apartaban de su camino. Sus descalzos pies interrumpían la tranquilidad de los charcos, que estallaban en diminutas gotas transparentes. Con la agilidad propia de un gato trepó al árbol más alto del bosque y segundos después el hombre que llevaba persiguiéndola durante horas empezó a dispararle desde abajo, lágrimas y flechas huyendo en direcciones distintas. Meses atrás a misma chica que ahora corría para salvar su vida llegaba a un pequeño pueblo al norte de Irlanda. Estaba situado en mitad de un claro en el bosque y parecía que ni los árboles querían acercase a él. Casas bajas y oscuras decoraban las calles por donde la gente paseaba. Los niños jugaban entre las cuadras, las mujeres charlaban alegremente y los hombres iban de un lado a otro con visible preocupación. El cielo era de un gris tan claro que parecía de marfil y una ligera niebla lo cubría todo. Olía a lluvia y a tierra mojada, pero sólo si estabas allí el tiempo suficiente conseguías distinguir un tercer olor, más fuerte y triste que los otros dos, el olor de la muerte. Durante un par de semanas estuvo observando el pueblo, descubriendo sus rincones ocultos, las costumbres de sus gentes, sus secretos. Iba y venía, se colaba en las casas y luego huía con algo de comida. Cada vez pasaba más tiempo escondida dentro del pueblo, que la atraía irremediablemente. Una mañana salieron un par de niños de una casa con algo redondo envuelto en un trapo. Ella estuvo mirándolos durante horas, preguntándose qué sería eso que llevaban. Un pequeño chasquido irrumpió en sus pensamientos y cuando quiso darse la vuelta un brazo le agarraba por la garganta y le tapaba la boca. Sin oponer resistencia se dejó arrastrar hasta una sombría cabaña de madera oscura que estaba inteligentemente oculta entre varios árboles. Al llegar la ataron a una silla astillada que le desgarró la piel de las piernas. Sin cambiar la expresión de su cara miró a su secuestrador que cerraba con extraña eficacia todas las ventanas y la puerta y se acercaba lentamente. Los ojos oceánicos del joven se encontraron con el pozo sin fondo que eran los de ella, cautivadores y misteriosos. -¿Quién eres? -exigió el chico. Su pelo rubio se pegaba sudoroso sobre su frente y él se lo apartó con un movimiento de cabeza mil veces ensayado. Luego acercó una silla a la de ella e inclinándose la observó con atención. Su pelo oscuro como la noche, su cuerpo lleno de barro y su ropa hecha con ramas y hojas le hicieron pensar que esa chica no era de allí. -¿Entiendes lo que te digo? -insistió. Los brillantes ojos negros remarcados por largas pestañas parpadearon ligeramente. Puede que eso significase un sí. Estuvieron un par de minutos en silencio, taladrándose con la mirada. Empezó a pensar que tal vez ella no era una amenaza. Tanta hermosura no podía albergar demasiada maldad. -¿Cómo te llamas? -cabeza ladeada, esperó a que la chica reaccionase de algún modo, pero su cara plagada de pecas no movió ni un solo músculo. -Está bien, sólo hablaré yo. Me llamo Jeff, encantado de conocerte –Jeff creyó ver un atisbo de sonrisa en el rostro de la joven-. A partir de ahora tú serás Achillea. Es


un tipo de planta que crece en bosques frondosos, en las zonas más oscuras y da flores negras. No es un gran nombre pero ya que no me quieres decir el tuyo tendrás que conformarte con ese. Achillea siguió imperturbable mientras Jeff le desataba hablando sin parar. Había algo en ese chico que le gustaba. Un rayo de sol se coló por una rendija de la ventana e incidió sobre la piel de Jeff, iluminando las incontables cicatrices plateadas que le recorrían todo el brazo. Terminó de desatarla y vio sus ojos inspeccionando cada rincón de su cuerpo. Él intentó ocultar la sonrisa que acudía a sus labios y, sin previo aviso, Achillea se lanzó encima, bloqueándolo y atándole las manos con la misma cuerda con la que ella había estado atrapada. Ágil, se acercó a la ventana de la rendija y de un solo golpe la abrió. Se volvió un segundo, tiempo suficiente para ver a Jeff levantándose a duras penas del suelo. Achillea le sonrió al fin y saltó por el hueco que había abierto, huyendo a esconderse en el bosque. Escuchó a sus espaldas la puerta derribándose de una patada y corrió aún más rápido. De entre los árboles aparecieron decenas de brazos que intentaban cogerla. Las heridas de la pierna sumadas a los arañazos de las manos que seguían a esos brazos dificultaban su huída y finalmente cayó mientras los hombres a los que pertenecían esas manos y esos brazos se lanzaban como fieras sobre su cuerpo. Su espalda se curvaba por el dolor que le estaban causando. Le arrancaban la piel y le tiraban del pelo, llamándole “bruja”. De pronto se oyó un grito y todos miraron hacia donde procedía, más o menos a media altura de la garganta de Jeff, que había conseguido desatarse. -Dejadla en paz, ella no es a quien estáis buscando. -Eso tendrá que decidirlo la Asamblea. -protestó uno de los hombres. Jeff se acercó, les apartó y ayudó a Achillea a levantarse. Cojeando consiguió ponerse en pie y se encaminaron juntos hacia el pueblo. -Sea la que buscamos o no, esa chica te traerá problemas. -le gruñó uno de ellos. *

*

*

-Esos son los llamados Guardianes del Bosque. Se encargan de que no entre nadie que no deba entrar en el pueblo. Yo soy uno de ellos, me conocen como el Águila. Suelo subirme a los árboles y disparar desde arriba, tengo buena vista. Normalmente trabajamos sólo de noche, pero este último año… bueno, digamos que las cosas se han complicado un poco y debemos pasar más tiempo fuera. Mientras Jeff hablaba ambos se iban adentrando entre las casas, el cuerpo de Achillea sangrante y apoyado en el de Jeff. La presencia no oculta de la chica provocaba curiosidad y desprecio en las mujeres, que la descuartizaban con los ojos al pasar; y temor en niños y hombres, que rehuían su mirada y se refugiaban en las casas. Avanzaban penosamente debido a las heridas de Achillea, que observaba todo como si fuese la primera vez que estaba allí. Jeff iba hablando y la gente se quitaba de su camino. Un par de largos minutos más tarde llegaron a una casa al final de la calle principal. Lo único que la diferenciaba de las demás era que su dueño no se molestaba en fingir que todo iba bien en aquel pueblo y que, por lo tanto, tenía candados en la puerta y todas las ventanas estaban cerradas. Tres golpes con los nudillos, candados al suelo, puerta abierta y un hombrecillo con el pelo blanco se asomó a ver quién era el insensato que se atrevía a molestarle. En un abrir y cerrar de ojos Achillea estaba tirada en el suelo y el hombrecillo, sonriente, feliz y canoso, estaba abrazando a Jeff. Ella intentó reprimir un quejido y ambos hombres la cogieron en vilo y la entraron a la casa.


-¿Quién es esta? No, no me lo digas. ¿Cómo se te ocurre traerla hasta el pueblo? ¿Y todas estas heridas? ¿Cómo eres capaz de tratar así a una señorita? -el hombrecillo revoloteaba por el salón, cogiendo botes de las estanterías, negando con la cabeza y buscando más. -Sabía que podía contar contigo, Clem. -rió Jeff. La casa del hombrecillo llamado Clem era un absoluto caos. Las paredes llenas de estanterías, las estanterías llenas de frascos, los frascos llenos de líquidos de colores. Suelo, mesas y sillas atestadas de libros, cubiertos de una fina capa de polvo. Tumbaron a Achillea sobre un montón de papeles que iban absorbiendo su sangre. Clem maldijo en voz baja y se puso a curar a Achillea, pequeña y perdida en mitad de tanto libro. Poco a poco se le fueron cerrando los ojos hasta que se quedó dormida. -Por el amor de Dios, ¿de dónde la has sacado? -preguntó Clem, secándose el sudor y la sangre. -Estaba en el bosque. Aún no he conseguido que hable -contestó Jeff. Jugueteaba nervioso con sus flechas, claramente preocupado. -Sabes qué harán con ella, ¿verdad? -Pero ella no es la culpable. -Es justo lo que necesitan. -¡Estoy cansado de toda esta farsa! ¿Es que nadie tiene un poco de sentido común? -Jeff se paseaba violentamente de un lado a otro. Apretó tan fuerte el palo de la flecha que se partió y eso le hizo volver a la realidad. Algo más calmado, se sentó encima de una pila de libros.- Me niego a creer que todo esto sea culpa de un espíritu buscando venganza. -Tampoco hay muchas más razones que lo expliquen. -¿Ha vuelto a matar? -Sí, esta mañana han encontrado al sacerdote muerto detrás del altar. Lo de siempre, primero hacen el amor y luego le desgarra el cuello. Pero esta vez las pruebas se ponen a nuestro favor: fue dentro de la iglesia por lo que no pudo ser obra del diablo. -Es un pequeño avance. ¿Qué vamos a hacer con ella? -miró desconsolado al diminuto cuerpo de Achillea. Su pecho se movía arriba y abajo al son de su respiración. -¿Vamos? Querrás decir que qué vas a hacer tú con ella. Yo no quiero saber nada de la Asamblea. -Ya lo sé. Por ahora la llevaré a mi casa que descanse. Y si tengo que llevarla ante la Asamblea no puedo dejar que se presente sin ropa y llena de sangre -suspiró. -No te encariñes demasiado, ambos sabemos que esto no va a acabar bien. *

*

*

No cantó ningún gallo, el sol no entró alegre por la ventana y no se oían niños jugando en la calle. Sin embargo, Achillea llevaba varias horas despierta, encogida en un rincón de la habitación y esperando a que pasase algo. Enfrente de la cama en la que había dormido un gran armario dominaba la pared. Estaba abierto de par en par, dejando ver miles de vestidos de colores. Aparte de eso no había más mobiliario, sólo un espejo oxidado. Golpearon a la puerta por simple costumbre y una docena de sirvientas entraron y empezaron a lavar a Achillea y a sacar vestidos del armario. La limpiaron, la peinaron y la vistieron; y cuando estuvieron contentas con el resultado mandaron llamar a Jeff. Achillea se miró en el espejo, que le devolvió la imagen de una chica de 20 y tantos años, de pelo oscuro y ojos aún más oscuros, con un elegante vestido verde oliva y envuelta en vendas de la cabeza a los pies. Sin demasiado cuidado arrancó los


vendajes, dejando al descubierto los limpios puntos de sutura que recorrían su cuerpo. Se observó a sí misma acariciando con las yemas de los dedos los puntos en los que el hilo penetraba en la piel. Durante un buen rato permaneció así, analizando todos y cada uno de los cortes hasta que sus ojos se cruzaron con las tormentas eléctricas de Jeff en el espejo. -Ven, tengo que hablar contigo. Achillea y Jeff salieron de la habitación sin decir nada a las sirvientas. Caminaron por largos pasillos y la gente de las demás habitaciones se asomaba a verlos pasar. “Mi madre es dueña de este motel” explicó Jeff. En la calle el sol estaba escondido detrás de la permanente capa de nubes. Todos les miraban recelosos y en silencio. Achillea podía notar el odio de sus ojos clavados en ella. -Tengo que llevarte ante la Asamblea, pero antes debo contarte un par de cosas -comenzó Jeff-. Cuenta la leyenda que hace exactamente un siglo vivía una extraña mujer. Todo el pueblo la odiaba por ser la única con el pelo oscuro, ya que decían que estaba embrujada y que si todos eran rubios, no podría nacer nadie así. Cuando la mujer creció, era tan hermosa que todos los hombres caían a sus pies y las mujeres, envidiosas y recelosas, decidieron quemarla por ser una bruja. La leyenda cuenta también que el espíritu de esa mujer volvería para vengarse del daño que le hicieron. Todo esto puede parecerte una broma, pero están muriendo personas. Todos hombres. Por eso los Guardianes del Bosque estamos trabajando a todas horas. Por eso la gente te mira así. Creen que tú eres la culpable, que eres el espíritu de la mujer. Muchos te vieron llegar conmigo, un Guardián, llena de sangre; y tu pelo negro reafirma sus ideas –Achillea miró a su alrededor. Todos eran rubios-. Eres justo lo que esperaban. Quieren que te lleve ante la Asamblea, el consejo de los hombres más importantes del pueblo, para que te condenen y te quemen en la hoguera. Pero yo no voy a dejar que lo hagan. Ni creo que tú seas la culpable ni creo que haya algún espíritu asesinando. Llegaron a un gran edificio blanco al lado de una plaza. Los enormes portones de madera les cerraban el paso. Jeff llamó a la puerta y, mientras esperaban a que abriesen, le cogió la mano a Achillea y acercó su cara a la de ella. -No hay forma de convencerles de que no eres la culpable si digo que te encontré en el bosque. Tienes más o menos la misma edad que yo y eso nos da alguna posibilidad, pero debes hacer todo lo que yo te diga -le susurró al oído. Un hombre de nariz picuda les invitó a entrar. Recorrieron varios salones llenos de cuadros y muebles antiguos, guiados por la nariz picuda. Finalmente llegaron a un pequeño despacho en el que bebían y charlaban cuatro personas. La nariz picuda carraspeó y salió, cerrando la puerta. Todos miraron solemnes a Jeff y a Achillea, que seguían cogidos de la mano.

Seis personas en la sala, sólo una mujer, Achillea. Dos hombres sentados en grandes butacas junto a una chimenea encendida. Un tercer hombre junto al fuego de pie. El cuarto está buscando un libro en las estanterías. Todos beben champán. Todos superan los 40 años. Los de las butacas son gemelos, ambos con bigote. El que está de pie lleva una banda colgada del hombro en la que pone “Alcalde” y el que está en las estanterías lleva unas gafas de media luna a altura de la nariz. Todos visten de traje. La sala tiene un aire victoriano. El fuego caldea el ambiente y por la ventana puede verse que ha empezado a llover. Una suave música se escapa de una gramola al fondo de la escena.


ALCALDE (sonriente): Bienvenidos a mi casa y bienvenidos a la Asamblea. (Señalando a los hombres de las butacas) Estos son el notario Johann Strauss y el juez Arthur Rothfuss (Señalando al de la estantería) Ese de allí es el doctor Paul Carroll, médico oficial de nuestro pueblo. Tú debes de ser un Guardián del Bosque y ella es el motivo de esta reunión, ¿me equivoco? JEFF: En absoluto JUEZ: La chica queda formalmente acusada de cometer los asesinatos de decenas de personas, incluido el sacerdote Ian Meighan, miembro de la Asamblea. ¿Qué tiene que decir al respecto? JEFF: La chica no tiene que decir nada por una sencilla razón: es muda. Si no es molestia, responderé por ella. No es la culpable. Esta chica es mi prometida (Achillea parpadea levemente). Ha venido desde Londres para casarse conmigo, pero unos bárbaros asaltaron su carruaje y le robaron todas las pertenencias. En una muestra de valor y fortaleza realizó el resto del trayecto a pie, a pesar de las inclemencias del tiempo. Al llegar a las afueras del pueblo se encontró con los Guardianes, que la atacaron pensando que era una ladrona. Por suerte yo la encontré y la llevé a mi casa, donde pasará muchos y felices años a mi lado. ALCALDE (desconfiado): ¿Cómo os conocisteis si ella vive en Londres? JEFF: La familia por parte de mi padre vive en Londres también. Me dieron su dirección y nos enviábamos cartas. NOTARIO: Al pueblo nunca ha llegado una carta desde Londres. JEFF: Nadie sabía nuestro secreto así que sus cartas iban sin remitente. Achillea mira con atención a cada uno de los presentes. El médico sigue enfrascado en su búsqueda, los gemelos se revuelven incómodos en sus asientos y el alcalde luce una amplia y falsa sonrisa. La piel de Jeff empieza a llenarse de pequeñas perlas de sudor. De golpe se abre la puerta y entra con poderío una mujer. Viste de color rojo sangre, a juego con sus labios y en contraste con su delicado pelo rubio, recogido en un moño. Caminando lenta y elegantemente se dirige al alcalde y se apoya en su hombro. El alcalde se sonroja cuando ésta le susurra algo al oído. ALCALDE (tranquilizándose): Os presento a mi mujer, Natalie. Si nos disculpáis un momento… El alcalde y su mujer salen por la puerta, dejando a los otros cinco dentro. Los gemelos intercambian sus miradas en silencio, Jeff clava la suya en el suelo mientras que la de Achillea se pasea por la sala. El médico sonríe y carraspea. Todos se vuelven hacia él. MÉDICO (a Jeff): ¿Y qué me dices de esto? (Dejando un libro abierto encima de una mesa) No puedes negar lo evidente. JEFF: No es ella. JUEZ: Es idéntica. JEFF: Ni se parece. NOTARIO: No hay duda alguna de que es ella. Todos miran a Achillea, que está a una distancia prudencial del libro. De pronto suenan las campanas de la iglesia. Los gemelos se levantan. NOTARIO: Han encontrado otro cadáver. El notario y el juez salen a toda prisa de la sala. Jeff recupera la mano de Achillea y tira de ella, siguiendo a los gemelos. El médico sonríe mientras recoge el libro.


Todo el pueblo se dirigía a la iglesia. Jeff corría y Achillea le seguía sin dificultad. Él miraba preocupado al frente, intentando encontrar la forma más fácil de colarse dentro. Cuando estaban llegando disminuyeron el ritmo y se desviaron hacia la izquierda del edificio, donde había un pequeño espacio de césped mustio separando la pared del bosque. Al fondo una pareja se escabullía entre los matorrales, sin importarles mucho lo que sucediera en el interior de la iglesia. Jeff, en voz baja, le contó a Achillea lo que había visto en el libro. Trataba sobre la leyenda de la mujer y en una página salía un retrato suyo. Achillea observaba sus labios al hablar y Jeff pensó que no había entendido lo que trataba de insinuar. “Eres idéntica a aquella mujer” dijo al fin. Achillea desvió la mirada hacia una puerta que estaba escondida tras un pilar. Ambos entraron por allí al interior, donde no cabía más gente. En el altar discutían acaloradamente los gemelos y el alcalde, y en el suelo había un gran bulto que acaparaba toda la atención. Fueron adentrándose entre la muchedumbre al mismo tiempo que por la puerta principal entraba Natalie con el pelo suelto. Todos se apartaron para dejarle paso hasta el altar. Cuando ella se cruzó con Achillea, le sonrió guiñándole el ojo y la entrenada nariz de la chica captó un ligero olor a pino. Jeff siguió a Natalie y al llegar al lugar de la discusión todos callaron y buscaron con la mirada a Achillea. Un segundo después se había formado un círculo a su alrededor, toda la iglesia en silencio. Un fuerte estrépito rompió la quietud de forma brusca y Clem entró cojeando, maldiciendo y con un gran saco negro en la espalda. Se dirigió hacia el bulto, lo envolvió con el saco y se lo volvió a echar encima. Jeff chistó y miró con preocupación primero a Clem y luego a Achillea. Clem dio media vuelta, echó a andar hacia la puerta y cuando llegó al lado de la chica, la cogió de la mano y se fue con ella. Achillea le siguió en silencio hasta su casa. Él bajó al sótano y ella fue detrás. Un olor nauseabundo golpeó a la chica, que miraba con los ojos como platos los cadáveres que estaban tumbados en amplias mesas. Clem dejó el saco sobre una mesa vacía y sacó de dentro el bulto. Achillea se acercó lentamente y vio el cuerpo inerte del hombre de la nariz picuda asomando por la tela negra. Armado con infinitos instrumentos que a ella le parecieron extraños, Clem se puso a investigar dentro del muerto. Al cabo de un rato, levantó la cabeza y la miró como si no recordase que la había traído hasta allí. Luego se limpió la sangre y guardó todos los instrumentos en un pequeño armario. -Aquí está toda la gente que ha ido muriendo este mes. Soy ________ y me encargo de determinar la causa de fallecimiento, aunque a estas alturas ya nadie tiene ninguna duda acerca de cómo han muerto. Ya te habrán contado la leyenda del espíritu, el supuesto porqué de esta masacre; pero ahora te voy a contar el cómo. Todos hombres, mayores de edad, no más de 50 años. A primera vista parece que simplemente les han cortado el cuello –Achillea miró las gargantas blanquecinas desgarradas-, pero si te fijas un poco, este corte no es de cuchillo. No está hecho con ningún arma afilada. Son mordeduras. Así es, se come el cuello de sus víctimas. Y no sólo eso, antes de matarlas hace el amor con ellas. No te voy a explicar cómo se averigua. En fin, esto defiende la teoría de que el espíritu es el culpable, ya que era una mujer y como ya he dicho, todas las víctimas son hombres. Es decir, todos piensan que lo has hecho tú por tu pelo negro y tu entrada triunfal y sanguinolenta al pueblo. Si fuera tú, huiría lejos de aquí. Achillea siguió los consejos de Clem y salió corriendo de la casa. No paró hasta que escuchó un ruido detrás de una cuadra. Natalie estaba encima de uno de los Guardianes, sus cuerpos desnudos encajando a la perfección. De repente, y con Achillea


observando, Natalie se quitó su pelo rubio y debajo apareció una larga melena negra. El semblante del Guardián palideció a la vez que Natalie se agachaba sobre su cuello. Cuando hubo terminado se limpió la sangre con el vestido del mismo color y se marchó rápidamente. Achillea se acercó al hombre, preocupada por ver si podía aún rescatarlo. Él tosía, echando borbotones de líquido oscuro por el cuello. Achillea puso sus manos alrededor de la herida, intentando frenar la hemorragia. La gente empezaba a salir de la iglesia y los primeros en hacerlo fueron Jeff, los gemelos y el alcalde. Cuando llegaron por casualidad a donde estaba Achillea, el hombre volvió a toser, delatándolos. Todos miraron hacia ellos dos y le vieron a él desnudo y con la garganta abierta y a Achillea encima manchada de sangre. A Jeff se le humedecieron los ojos mientras los gemelos mandaban llamar a los Guardianes. -Atrápala –sentenció el Alcalde. Achillea soltó el cuello y, tropezando, se dirigió al bosque. Jeff cogió un arco y unas flechas que había apoyadas en una pared y salió tras ella. Él quería atraparla antes que los demás Guardianes, pues sabía que ellos la torturarían antes de entregarla, así que aumentó su velocidad todo lo que pudo. Nadie conocía el bosque tan bien como ellos dos, que se deslizaban ágiles entre las ramas de los árboles. Empezó a oscurecer cuando tenían el pueblo tan atrás que no se veía ni el humo de las chimeneas. Ningún Guardián pudo seguirles el ritmo. Estaban solos. La luna brillaba en lo alto burlándose de la oscuridad reinante. Las estrellas bailaban en el firmamento y ella se movía al mismo compás. Mientras corría sigilosa entre los árboles los lobos se apartaban de su camino. Sus descalzos pies interrumpían la tranquilidad de los charcos, que estallaban en diminutas gotas transparentes. Con la agilidad propia de un gato trepó al árbol más alto del bosque y segundos después el hombre que llevaba persiguiéndola durante horas empezó a dispararle desde abajo, lágrimas y flechas huyendo en direcciones distintas. Jeff dejó de disparar y buscó a Achillea con la mirada. Ella asomaba su cara plagada de pecas, escondida detrás del tronco. Jeff se sentó en la base de este y lloró durante el resto de la noche. Al amanecer, él estaba dormido con los ojos rojos y anegados en lágrimas. La chica bajó y se acomodó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro. Jeff abrió un ojo despacio y la vio, tan pequeña y tan indefensa. A pesar de todo, seguía pensando que ella no era la culpable. Seguía pensando que la amaba demasiado como para dejar que la quemasen. Rodeó su diminuto cuerpo con el brazo y se durmieron juntos, por primera y puede que por última vez. Al día siguiente ambos regresaron al pueblo atados y amordazados. Los Guardianes los habían encontrado en el suelo y no les resultó difícil atraparlos. Jeff fue condenado a pasar el resto de su vida en el calabozo y Achillea fue condenada a arder en la hoguera. El alcalde quería celebrar su captura y organizaron un gran banquete mientras preparaban el fuego. Todo el pueblo fue a ver cómo quemaban al espíritu que les había atormentado. Cuando todo estuvo listo, dirigieron a Achillea hacia la hoguera, al pie de la cual se encontraban la Asamblea y Natalie, de nuevo con su delicado moño rubio. Las llamas se reflejaron en los ojos de Achillea, que parecía arder en su interior. Con un solo golpe derribó al Guardián que le apresaba las manos y se lanzó contra Natalie, arrancándole la peluca ante el asombrado pueblo. Su larga melena oscura brillaba rojiza por la proximidad al fuego. Miró a su alrededor sin miedo, sonriendo, y se puso en medio de todos para que la escuchasen. Jeff se soltó de las manos de otro Guardián y corrió a abrazar a Achillea. -Os lo tenéis merecido. ¡Sí, todos vosotros os lo merecéis! –gritó Natalie- Por dejar que este pueblo se corrompa. Antes podías sobrevivir cultivando tu propio huerto, ahora ya no. Ahora lo único que puede decidir si vives o mueres es vuestra estúpida


Asamblea –miró con furia al Alcalde-, y ellos decidieron que mis padres no podían vivir. Me casé contigo para vengarme de todos vosotros y tener la confianza de saber que no iban a matarme. Si el espíritu se ha alojado en mí por mi pelo oscuro, lo desconozco. Vosotros no habéis pagado por los errores de hace siglos, sino por los vuestros. *

*

*

Meses más tarde, Achillea y Jeff se resguardaban de la lluvia en la pequeña cabaña de madera, felizmente casados. Natalie fue ejecutada en público, junto con los miembros de la Asamblea. Ahora Jeff era el alcalde y gobernaba sabiamente. Nadie volvió a molestar a Achillea y el temor a que un espíritu viniera a vengarse desapareció. Encendieron la chimenea para combatir el frío y se tumbaron en el suelo, pegados el uno al otro. Jeff apartó delicadamente el pelo de la cara de Achillea, que sonreía. Se inclinó y la besó con ternura. Empezó a desnudar su cuerpo y a acariciarla, y ella hizo lo mismo con él. Estuvieron amándose durante horas bajo el crepitar de las llamas en la chimenea. Achillea besó cada parte de su cuerpo y al llegar al cuello, se detuvo. Luciendo una amplia sonrisa que dejaba ver sus afilados colmillos, mordió. Jeff le miró con pánico mientras se desangraba mordisco a mordisco. Jeff, descendiente directo de aquellas mujeres que siglos atrás decidieron que la chica del pelo oscuro era una bruja. La misma chica que ahora vengaba su muerte.


Dark Hair