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BOLETÍN INFORMATIVO Medio ambiente y desarrollo sostenible: encrucijada para el “progreso” ¿Una mirada desde el anticapitalismo o desde el humanismo? 20 de junio de 2018 JOSÉ EDUARDO LOZANO JIMÉNEZ Presidente Tribunal Deontológico y Bioético de Zona Norte Representante Campo Psicología Social, Ambiental y Comunitaria Decano de la Facultad Ciencias Humanas y Sociales Universidad de la Costa Progresar supone “avanzar”. En una línea muy de la modernidad y de sus promesas de la razón, el progreso implica pasar de un estado de menor a uno de mayor “desarrollo”. Este tránsito conlleva, desde las premisas neoliberales hijas del mundo moderno, a recorrer la ruta del uso de los recursos naturales, entendidos como propios y dados en explotación, no en administración, por alguna suerte de derecho natural, al punto, como lo vemos hoy, de agotarlos ad nauseam; hasta el irresponsable límite de comprometer ´vigencias futuras´, muy a la usanza cada vez más cotidiana de nuestros sistemas de administración pública. Hoy, después de 28 años de haberle dado la “bienvenida al futuro” y de estar escuchando nuevos “cantos de sirena” que recitan “el futuro es nuestro”, lo cierto es que somos un país anclado en el pasado, que vive al compás del frágil equilibrio de potencias que nos dictan el derrotero y que continúa creyendo con fe irrestricta que “progresar” sólo es posible con el carbón, el petróleo, el oro, el níquel, el acero y el hierro, que alimentan las locomotoras de un Estado paquidérmico, anquilosado y acostumbrado al “dinero fácil”, al del mínimo esfuerzo y máxima consecuencia. Un Estado, un gran Estado transnacional, global, que baila a la música del modelo imperante. Ahora, que la música pierde los acordes, que las armonías son disonantes y que los bemoles no coinciden con las partituras del progreso, dirigimos la mirada a los impactos de las decididas apuestas por ser un país “desarrollado”; no ya de segunda categoría y del que nos sintamos orgullosos. Y son precisamente esas apuestas las que nos llevaron a preferir las carreteras, los aeropuertos de “vanguardia”, las “mega obras” y el fallido desarrollo económico, al bienestar humano integral. Colombia, capitalista premoderna, es una sociedad gris, una sociedad, la segunda más desigual del mundo, en la que el 70% de la población es pobre y en la que el sacrificio de los recursos naturales por el “progreso” no valió la pena. Colombia es un Estado fallido soportado en un modelo de desarrollo asfixiante y demoledor, en un modelo económico neoliberal de libre y desigual competencia que abierta y complacientemente degrada los recursos naturales de todos, en pos de un futuro de progreso que no llega y no a va llegar.


Esta es una tesis especialmente revolucionaria para quienes durante los últimos 200 años hemos acompañado en silencio al país a transitar por los senderos de la deforestación, la sequía, la contaminación y la destrucción de sus recursos naturales. Si durante dos siglos de república no hemos logrado el progreso, bien vale la pena pensar que quizá la fórmula del desarrollo no es la indicada, porque si en este tiempo no lo hemos conseguido, tal vez valga la pena errar o acertar con una alternativa. Hoy existen carros eléctricos, energía eólica y solar. De hecho, hace más de 30 años existen estas energías limpias y hace más de 30 años les cierran el paso. Y es que mientras pretendamos “avanzar” en las locomotoras que jalonan el progreso sobre las cenizas de los árboles talados, los corales destruidos, los ríos resecados, los nacimientos de agua envenenados y las sociedades empobrecidas y enfermas, muy probablemente siga sucediendo lo que se repite año a año, ciclo a ciclo. Mientras usemos las mismas fórmulas inocuas e ineficientes para resolver los problemas, seguiremos obteniendo los mismos resultados. He ahí la enfermedad. Pero, las seguimos recetado, prescribiendo y consumiendo porque para algunos resultan útiles, ventajosas y adecuadas, muy por encima de que para el otro 90% resulten anacrónicas, perjudiciales e inútiles, aunque tan asimiladas y apropiadas en un autómata discurso que aliena hasta al más crítico y sumerge en la más cotidiana apatía y autoaniquilación. Así las cosas, no abogo por un cambio de modelo prometedor a otro igual de prometedor y falaz. Abogo por detenerse a pensar si el camino que recorremos en verdad nos conduce a donde pretendemos llegar. Abogo por el beneficio de la duda. Abogo por abrir los ojos y ver que la sostenibilidad económica, social y ambiental está en manos de un poder que legitimamos y que no cuestionamos, aunque sus efectos perversos sean más cada día. Abogo por responsabilizarnos por cada lata, plato, botella, paquete, tanqueada que hacemos. Abogo por la percatación. Por mirar el espejo y ver que somos corresponsables del mundo en el que vivimos, del mundo en el que cada día decidimos atacar, degradar y depredar. Abogo por que el carpe diem que recitamos con romanticismo no se traduzca en un “vive y saquea tu sistema como si fuera el último”. Abogo por despertar y hacer una pausa. Celebrando el día del medio ambiente, los invito a todos a la pausa. A la reflexión. A decidir romper el ciclo y cambiar nuestras prácticas. No es algo que se hará de un día para otro. No es un cambio que exige radicalidad. Es un cambio y una decisión que demanda interés, intención y la mejor disposición. Es una decisión que toma tiempo; pero que verá frutos. Si muchos lo intentamos es posible que suceda. Corramos el riesgo de vivir más armónicamente con nuestros recursos naturales, incluidos nosotros mismos que siendo cultura, somos naturaleza viva. Proteger el ambiente, es protegernos nosotros y apostar también por la convivencia. Más allá del Estado, más allá de los modelos económicos, somos personas, somos ciudadanos, somos consumidores, somos decisorios. Decidamos. Cuidemos. Protejamos. El cambio está en nuestras manos.

Boletín Día del Medio ambiente  
Boletín Día del Medio ambiente