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V CONCURSO EL COLOQUIO DE LOS PERROS DE RELATO CORTO Y FOTOGRAFÍA


Tema del concurso: Superhéroes Edita: Asociación Cultural «El coloquio de los perros» Colaboran: Consejería de Cultura. Junta de Andalucía Excma. Diputación de Córdoba - Área de Cultura Excmo. Ayuntamiento de Montilla Fundación Social Universal Diseño y maquetación: José Alfonso Rueda Portada: José Manuel Márquez «mane» D.L.: CO-623-2003 ISSN 1887-9934 Imprime: Imprenta San Francisco Solano C/ Zarzuela Baja, 40 14550 Montilla (Córdoba) Tlfo. y Fax: 957 65 64 68 imprentasolano@terra.es


V Concurso «El coloquio de los perros» de Relato corto y Fotografía ______


ÍNDICE PRÓLOGO. José Rey García.............................................. 9 RELATOS GANADORES PRIMER PREMIO. Enrique Rubio Palazón Súper Viviente.............................................................. 13

ACCESIT. Félix Amador Gálvez El absurdo arquetipo del superhéroe multicolor.......... 25

MENCIÓN ESPECIAL. Carmela Trujillo Frases dobladas en el estómago................................ 35

MENCIÓN ESPECIAL. Carlos Antonio Muñoz Clares El monstruo sempiterno............................................... 45

MENCIÓN ESPECIAL. Nuria Calvo Flores Contacto humano......................................................... 53

FOTOS GANADORAS PRIMER PREMIO. Alberto Toledo Ros..............................11 FINALISTA. Irene Navarro Gil..............................................23 FINALISTA. Clara Millán Fuentes-Guerra..........................33 FINALISTA. Mercedes de Badani......................................43 FINALISTA. Mª José Rodríguez Parra................................51 FINALISTA. Antonio Jesús Pérez Gil.................................63 7


PRÓLOGO Probablemente en esto también nos engañaran y jamás hayan tenido a la Humanidad en el fiel de su balanza. Probablemente sólo hayan sido fruto de alguna noche febril y destructiva, cuando bañado en alcohol el genio se siente ingrávido y todopoderoso. Probablemente los histriónicos ropajes huelan a alcanfor en el fondo de algún armario que nunca se abre. Probablemente los superhéroes sean tan falsos y tan patéticos como los mutantes, los vigilantes del mundo y los salvapatrias. ¡Menos mal! Probablemente están entre nosotros. Probablemente se levantan cada día con una misión que cumplir. Caminan de incógnito, visten como pueden –hay quien los ha visto comprar su vestuario en los tenderetes del mercadillo ambulante-, comen de menú y beben vino y cerveza bien fría y no esos brebajes turbios y nauseabundos que dicen que dan poderes y sólo adormecen la libido y el entendimiento. Pueblan las aceras, los despachos, las fábricas, los talleres, los colegios, los hospitales... Salvan vidas, suturan cicatrices en el alma, liberan mentes, alimentan a los que desfallecen, construyen puentes y hogares y pensamientos... Conviven con su propio lado oscuro, con el de todos. Saben que el mal anda suelto y de cuando en cuando sufren una andanada que los deja maltrechos en algún callejón de su propia vida. Pero como, probablemente, son superhéroes se levantan y dicen que no pasa nada, que están bien, que hay que seguir adelante y de nuevo comienzan a reconstruir lo que el bicho que anda suelto le ha dejado hecho añicos en el cuerpo, en el alma, en el pensamiento.

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Probablemente fuera por esto por lo que me gustó tanto la propuesta que la Asociación El Coloquio de los Perros hizo para el V Concurso de relato corto y fotografía. El superhéroe del cómic, explotado hasta el aburrimiento por la industria de Hollywood, puede tener su trasunto real en el mundo cotidiano, en las personas que luchan toda su vida por superar las dificultades, por hacer el mundo más habitable, la sociedad más justa, humana y solidaria, y que encuentra su némesis en el odio, el egoísmo, la envidia, la ambición y todas esas otras «virtudes» que adornan a los sembradores de guerras, grandes o pequeñas, o a los simples sembradores de cizaña. Con toda certeza nuestros modestos superhéroes cotidianos son los imprescindibles. Ellos son los auténticos, los que nunca desfallecen, los que hacen que todo lo demás valga la pena, pero probablemente también necesitemos a los otros, a los de capa y antifaz para dar juego al papel couché de nuestra propia vida. Probablemente.... Probablemente.

José Rey García 18 de junio de 2007 Maestro, subdirector del Centro del Profesorado Priego-Montilla y miembro del jurado del concurso de relato corto.

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Primer premio de fotografía Título: Los superhéroes olvidados Alberto Toledo Ros Murcia Seudónimo: Tidal

La supervivencia necesita del perfeccionamiento de los superpoderes.


PRIMER PREMIO

SÚPER VIVIENTE

ENRIQUE RUBIO PALAZÓN MURCIA SEUDÓNIMO: ENERI

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SÚPER VIVIENTE Todo empezó cuando me tuvieron que poner las vacunas, ¿te acuerdas? Me aterrorizaban. Tenía sólo cuatro años. Pero tú me dijiste que eran superpoderes y me dejaste poner el traje. El miedo se transformó en un desafío. Y cualquier dolor o espanto que pudiera suponer el pinchazo, aquel día se convirtió en ilusión y deseo al pensar que me iban a inocular con una pócima mágica que me haría indestructible. Y así aparecí en el hospital, vestido con mi pequeño traje de Superman, correteando unos metros delante de ti, dando graciosos saltitos para hacer ondear la diminuta capa roja y alzando mi puñito derecho al horizonte. ¿Te acuerdas de aquello’? Retozaba por el suelo entre las enfermeras, me subía a un asiento de plástico de la sala de espera y saltaba cogido de tu mano, para volar un metro hasta aterrizar en el suelo con mis botitas rojas y deslizarme de rodillas hasta que la fricción me frenaba. Y volvías a levantarme de un tirón, eufórico por repetir. Cuando te cansabas y te sentabas, te suplicaba, porfa, porfa, y rodeaba la butaca de asientos del centro de la sala alargando mi manita derecha bien apretada y bufando una lluvia de saliva para simular el sonido del viento, y rodeaba tu cuello con ambos brazos poniéndome de puntillas y te susurraba al oído: - Porfa mami, la ulti, la ulti - te engatusaba mirando de reojo a los demás para que no me oyeran, de repente vergonzoso ante la presencia de extraños. - Agárrate fuerte. ¿Estás preparado? - ¡¡Sí!! - te respondía ansioso y expectante. Entonces cogías fuerte mis antebracitos entrecruzados y te levantabas del asiento conmigo colgando de tu espalda, mientras mi aliento carcajeaba en tu oreja y mis pies número 25 trastabillaban a tientas con el aire. 14


Cuando por fin anunciaron mi nombre y te levantaste para acompañarme dentro de enfermería, te empujé con todas mis fuerzas haciéndote recular hasta que te volví a sentar en tu asiento. - Yo solo - te dije con una mirada desafiante, tan desafiante como pueda ser la mirada desafiante de un niño de cuatro años -. Soy Superman, ¿no lo sabes? - te convencí con una implacable lógica infantil, mientras la enfermera, delante de la puerta y agenda en ristre, alzaba las cejas y sonreía mirándote con gesto de complicidad para que acataras lo inevitable. Tu hijo pequeño se había convertido en un superhéroe, y no había vuelta atrás, los superhéroes siempre se enfrentan solos a las contingencias y peligros, por imposibles que resulten. - Estás hecho todo un hombre - me decía la señorita de blanco mientras entreabría la puerta para que pasara. - No soy un hombre. ¡Soy Superman! - le gritaba mientras corría hacia dentro como un rayo, con la capa dando bandazos y oscilando de arriba abajo. Con los ojos bien cerrados y arrugando toda mi frente para hacer de mi corazoncito palpitante una nuez bien dura y hueca, mostraba mi corto brazo derecho, me remangaban la ceñida prenda azul y realizaban el típico ritual para que no me diera cuenta. - ¿Estás preparado? Voy a contar hasta cinco y entonces te la pongo - me decía el practicante. Cuando llegaba a cinco ya me la había puesto. Entretanto, yo seguía esperando el insoportable dolor de la aguja con mi cara más fruncida y tensa que un higo seco. Ya está machote - me aliviaba el señor de verde mostrándome la palma de la mano para que se la chocara con la mía, considerablemente más apocopada y tierna. Tras unos segundos presionando el algodón empapado en alcohol, me abrieron la puerta y salí disparado hacia donde me esperabas sentada. Te 15


levantaste y te acuclillaste para amortiguar mi salto de superhéroe hacia tus brazos. «¡Tengo superpoderes mami!», te grité triunfante y exultante de alegría, mientras apenas me dejaban respirar tus sonoros besos. ¿Te acuerdas? Al año siguiente tocaba una nueva ración de superpoderes. ¿Recuerdas cómo me puse de contento cuando me despertarte para ir al hospital? Y más cuando sabía que esa mañana no iba a ir al colegio. Un superhéroe debe abandonar sus quehaceres cotidianos cuando se trata de recibir mágicos elixires para acabar en el futuro con los malvados y hacer el bien entre los débiles y necesitados. Nunca más serian vacunas, sino superpoderes. - Hoy te van a inyectar un láser naranja para matar bichos verdes extracorporales - me decías. - ¡Sí! ¡Sí! ¿Y cuándo voy a poder agarrarme al techo y las paredes como Spiderman, ¡mami!? - Eso será el año que viene, cariño. Un superhéroe no se hace de golpe - apaciguabas mi desaforado entusiasmo pasándome la mano por la cabeza para acariciar mi inocente desconocimiento-. ¿Qué disfraz te quieres poner? - me sondeabas de espaldas rebuscando en el armario. - ¡Tonta, no es un disfraz! ¡Es un traje con poderes! - te increpaba enfurecido revolviendo las sábanas con los pies. - Es verdad hijo, qué despistada es tu madre. - ¡El de Batman! ¡Soy Batman! Sentados delante de la puerta de enfermería, esperábamos nuestro turno mientras balanceaba los pies jovialmente, embutido (cabeza incluida) dentro de mi traje elástico de Batman, con las orejitas puntiagudas de murciélago descollando sobre mi cabeza. Ese día había otros niños esperando junto a sus mamás. Algunos hacían pucheros, otros 16


lloriqueaban penosamente, y uno de ellos sollozaba enrabietado restregándose por el suelo y queriéndose escapar de las manos de su madre, aumentando su llanto en varios decibelios cuando salía algún niño lloroso y condolido con el brazo encogido. Me levanté del asiento dando un saltito hacia el suelo, me acerqué a su asiento con la capa zarandeándose de un lado para otro y, con una memorable determinación y entereza (acaso desvergüenza o despecho), me planté ante él, crucé los brazos bien erguido, y le miré altivamente a través del escueto antifaz (después de recolocármelo para poder ver). «¿Es que no quieres ser un superhéroe?», le pregunté sin comprender su miedo. ¿Te acuerdas de aquello? Luego, durante las comidas, insistías en que las acelgas también tenían superpoderes, pero yo meneaba la cabeza horizontalmente con el tenedor entre los labios, y te intentaba sacar del error con mucha paciencia arguyendo que eran verdes como la kriptonita, y acabarían por mermar mis capacidades. Al cabo de unos meses, se confirmaron mis temores. ¿Viste como tenía razón? Todo empezó con una debilidad muscular y un hormigueo en las extremidades, hasta que mis piernas se quedaron totalmente paralizadas. Tampoco era capaz de sentir las sensaciones de calor, textura o dolor. El hermano - ¿recuerdas lo fuerte que era? - fue quien me subió a horcajadas sobre sus hombros para quitarle hierro al asunto y tomarlo como un juego. Estaba un poco asustado. De camino al hospital, volaba sobre la cabeza del hermano con mi endeble bracito luchando por mantener la horizontalidad. Me ingresaron en el hospital durante una semana para hacerme pruebas. Te hice prometer que no estaría obligado a comer acelgas, espinacas o judías nunca más, tan ricas en kriptonita que acabarían por matarme. El malvado 17


villano se llamaba Guillain-Barré, según el mago de bata blanca, experto en pociones magistrales. Tú estabas aterrada y tus ojos húmedos eran como presas de llanto no precipitado. Me hiciste un traje de superhéroe a medida, con una V en el pecho y me quitaste el pijama del hospital para ponérmelo. Fue entonces cuando me contaste mi verdadera historia, mientras los médicos luchaban a contrarreloj con inyecciones intravenosas de inmunoglobulina y me practicaban una plasmaféresis sanguínea cada 8 horas. Yo en realidad no era Superman, ni Batman, ni Spiderman. Era Súper V. Ya en la ecografía, me decías, se veía mi puñito estirado, mientras planeaba en líquido amniótico, y sentías mis ansias de volar cuando chocaba mi brazo tieso con tu barriga. En el parto, lo primero que asomé fue mi puño cerrado, lo cual no facilitó el aterrizaje, por lo que los médicos te advirtieron de que podían quedar severas secuelas. Pero cuando tenía unos meses de vida y papá cogía en peso mi cuerpo redondo y seboso, todas mis extremidades trompicaban torpemente, excepto mi corto y regordete brazo derecho, rosado y blando, pero recto como un palo. No eran secuelas. Eran poderes. ¿Recuerdas cuando me revelaste mi condición sobrehumana? En la cama del hospital jugaba con Súper Epi (con el pañuelo rojo que le cosiste al cuello como capa), quien se batía en una lucha mortal con el escurridizo Gallain, que me imaginaba por los alrededores de la habitación, pues su poder más singular era la invisibilidad. Cuando comencé a doblegar al perverso Guillain, recuperé poco a poco la movilidad y, a las primeras de cambio, comencé a corretear por las habitaciones. Yo era Súper V, y por muchos villanos que intentaran detenerme, no conseguirían placar mi misión: socorrer a los desvalidos. Muchos de mis compañeros no tenían pelo. Para 18


identificarme con ellos (o para confraternizar y ser aceptado, pues un verdadero superhéroe debe parecer cercano para que acepten tu ayuda), te dije que quería ser igual que los demás, y me rapaste al cero con la maquinilla. Súper V debía tener su propia personalidad, sus propias señas de identidad. ¿Recuerdas qué pinta? Calvo, enflaquecido por el tratamiento y todavía convaleciente, me inmiscuía en las habitaciones del pasillo con mi traje personalizado para hacer mi ritual de elegante osadía y desenfado ante los pequeños entubados y enmascarillados, que me sonreían cuando giraban la cabeza lánguidamente y me veían aparecer. Los médicos no daban crédito a mi asombrosa mejoría. Ellos lo achacaban al efecto placebo, pero yo sé que fue mi condición de superhéroe, porque un superhéroe siempre remonta sus crisis. Tú me lo hiciste saber. Apenas me quedaron secuelas, y aquel contratiempo quedó en el olvido. Pude dedicarme al humanitarismo desinteresado entre los discapacitados del colegio, ayudándolos en situaciones adversas o luchando contra la discriminación y la burla. Tú estabas orgullosa de Súper V. ¿Recuerdas cuando te contaba mis hazañas en el cole? Sin embargo, pese a mi afán de hacer el bien, no pude salvar a papá (quién se dedicaba a detener a los malos y ayudar a los buenos, como yo, y aunque con porra, moto y radio, sin superpoderes). Y aunque me hubieran avisado del atraco en la joyería donde le dispararon, no me habrían permitido salir en horario escolar. Tampoco pude auxiliar al hermano, pues por mucho Súper V que sea, poco se puede hacer cuando no llevas el casco y sufres una caída a 70 km/h. Hasta los superhéroes tienen sus limitaciones. - ¡Pero hoy no te escaparás! He venido para salvarte y llevarte volando por la ventana - te anuncio 19


con voz estentórea, mientras abro mi camisa arrancando todos los botones para descubrir la V de mi nuevo traje. Tú te ríes a mandíbula batiente debajo de cables, tubos, y mascarillas, hasta que comienzas a toser por la fatiga respiratoria. Cuando recobras el aliento, me coges la mano y haces que me siente. - Hijo, tú nunca fuiste un superhéroe, fuiste un superviviente. Fuiste Súper V - me reconfortas con una beatífica sonrisa, satisfecha por haber cumplido tu heroica misión de haber salvaguardado mi vida en la Tierra.

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Finalista en fotografía Título: Mi superhéroe está muy cerca de mí... mamá, ¿de donde sacas tanto tiempo para todo? Irene Navarro Gil Montilla Seudónimo: Ingre

20 de abril de 2007. Montilla (interior de mi casa)


ACCESIT

EL ABSURDO ARQUETIPO DEL SUPERHÉROE MULTICOLOR

FÉLIX AMADOR GÁLVEZ MOGUER (HUELVA) SEUDÓNIMO: JUAN T. NORIO

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EL ABSURDO ARQUETIPO DEL SUPERHÉROE MULTICOLOR Me llamo Silvino y soy superhéroe. - Hola, Silvino - dijeron todas las voces a coro. Varios pares de ojos lo estudiaron con el ansia y la curiosidad de una orgía de caníbales, ojos grandes, ojos pequeños, ojos curiosos. Silvino los observó uno por uno con cierta insoportable congoja atada a la nuez, y luego dirigió una mirada de súplica al psicólogo encargado de moderar la terapia. Este pareció volver de otro mundo cuando esbozó, con voz atiplada y no exenta de una incómoda afectación, algo así como una negativa. - No seas vergonzoso. Silvino. Ya los conoces a todos. Todos han tenido la amabilidad de presentarse. Háblanos de ti. Silvino repasó al grupo con la mirada. El del caracolillo en la frente y los calzoncillos rojos por fuera le resultaba conocido, pero sólo eso: vagamente conocido; la chica de los ojos de fuego se había sentado aparte después de quemarle las coletas a una morena imponente disfrazada de gatita; un tipo verde, otro con acento extranjero y escamas en las manos, una asturiana con tentáculos en lugar de brazos; gente, en definitiva, con la que no se sentía cómodo. Apenas recordaba algún que otro nombre, pronunciado con voz cantarina como en un pasar lista que habían ensayado más de una vez, seguro, seguro, y que habían repetido al principio de la sesión, como si eso le pudiera hacer olvidar que estaba rodeado de ocho desconocidos entre los que se hallaba aquel maldito psicólogo de pelo engominado que quería ponerlo en evidencia con su acento argentino. - Ánimo, adelante - susurró éste, persuasivo. Silvino se recordó cuánto costaba la sesión. Cerró 26


los ojos, tomó aire y estaba a punto de continuar cuando oyó de nuevo la monodia del coro susurrarle alrededor. - Ánimo, Silvino. - Ánimo, Silvino. - Ánimo, Silvino. Abrió los ojos, animus interruptus. - Tú puedes, Silvino - le espetó una voz tronante. Fue como un abrazo de oso desde la distancia. Había sido el del caracolillo en la frente y la ‘S» roja en el pecho. Mucho músculo y poco cerebro, el gañán seguro que era de los que se dedica a salir por las tardes a salvar gatos de los árboles y a detener helicópteros en plena caída. Y lo haría en el centro, claro, donde más gente pudiera verle. Como si no se le viera el plumero de súper de moda. - Vamos a ver si puedo animarte - se lanzó el terapeuta-. ¿Por qué estás aquí? Seguro que sientes que podemos ayudarte. ¿Sí? Silvino lo dejaba hablar, sintiendo que no tenía más remedio, y se dejó llevar por el rosario de sus penas en los labios de aquel insoportable desconocido mientras el coro de experimentados depresivos meneaba la cabeza asintiendo a cada afirmación como si les estuvieran leyendo el Nuevo Testamento o algún pasaje de El perfecto héroe, ‘«biblia» a su vez de los modernos superhombres. - Sabemos que te auto-exiliaste lejos de la tierra - estaba diciendo el psicólogo-. ¿Fue tras aquella terrible batalla contra Tango Malvado? ¿Fue él el culpable de que (no debería usar este término) huyeras? - No. no, no - protestó Silvino-. No. No fue así. Llegué hasta el confín del universo persiguiéndole, sí. Pero me vino bien. Nunca he conseguido sentirme bien en ningún sitio, de modo que decidí quedarme por allí algún tiempo. aprender de él para poder 27


vencerlo. Recorrí el universo conocido y algunas urbanizaciones más apartadas defendiendo la justicia y, cuando no era posible, procurando buscar por lo menos el consenso... Cosa difícil el consenso. Se vende bien como palabra, pero al final todos mienten y todos quieren lo mismo con tal de llevarse el gato al agua. Bueno, me estoy yendo por las ramas. Recorrí, como iba diciendo, el universo conocido. Capturé villanos desde Alfa Eridiani hasta Beta Centauri. - Qué bonita metáfora. El alfa y la beta... - lo interrumpió el terapeuta. - No creerían lo bonita que es la Nebulosa del Cono - añadió, soñador, la vista perdida en la ventana enrejada-. A veces. Tango Malvado y yo nos encontrábamos y echábamos unas peleas de las nuestras. En otras ocasiones, tenía enemigos menores, pero no menos interesantes. Pasé algunas semanas en los alrededores del cinturón de asteroides persiguiendo a unos contrabandistas que pretendían introducir Windows en los planetas de la periferia. Imaginen qué fechoría. Gané, claro. Fueron buenos tiempos... Su voz se había ido desinflando con las últimas sílabas, arrugándolo en un estado que los expertos en superpsicología denominan ACP (autocomplacencia en el pasado). - Y has vuelto. ¿Por qué? Silvino tragó saliva, indeciso, arrepintiéndose de nuevo de haber ido a aquella absurda terapia para seres superdotados con problemas de súper, híper o microestima. Suspiró profundamente, en apariencia resignado a «cantarlo» todo, aunque lo que en realidad pretendía hacer era tomar aire. - Siempre he querido ser el superhéroe ideal – comenzó-, siempre quise convertirme en el mejor campeador, paladín, adalid... En fin, encajar en la 28


matriz del superhéroe al uso: ético, estético, heroico, fantástico, clásico, psicológico, chamánico, lúdico, fílmico, excéntrico, nada prosaico, algo irónico... - ¡Cuánto «ico»! - se quejó el tipo verde, desperezándose. ...y políticamente correcto. - Se quedó un momento pensativo al notar que este último epíteto no rimaba-. Desde que era joven he intentado dar un sentido a mi vida y a mis supermisiones surfeando entre la lírica y la metafísica... - Hlizo una pausa al ver la expresión boquiabierta de casi todos-. En fin, ya saben – tartamudeó -, hacerlo bonito. - ¿Cómo? - inquirió, carraspeando las palabras, el terapeuta. Silvino se sintió resbalar por su afable asertividad de manual. - Verán. Siempre me he comportado según el canon, irguiéndome sobre la simbología arquetípica del superhombre, dilema axiológico e ideológico que aún en nuestros días continúa embelesando a la humanidad, pero ser un símbolo para los hombres (ahora se debe añadir:) y las mujeres, ser un ejemplo para los niños (y para las niñas) y un dechado de virtudes y primores no es fácil. Yo quería personificar con mis actos la complicada amalgama del espíritu humano (humano pero aupado a la deidad de los superpoderes) a través de mi sacrificio, de mis hazañas, pero a veces, ¡sólo a veces!, me siento cansado, tengo ganas de dejarlo todo y dedicarme a otras cosas. - ¿Qué cosas? - preguntaron a coro varios de los presentes. Dudó. No sé. Quizás algo artístico. - Yo hago una mousse au chocolat de chuparse los dedos - intervino la morena de las coletas quemadas. - Vaya - rió el de la «S» en el pecho, pero Silvino ya se había soltado la melena. 29


- No, en serio. Algo artístico. Quizás pintar... o escribir. Para esos quehaceres no hacen falta cualidades superiores ni habilidades fuera de lo común y, si me apuran, ni incluso un ingenio especial. Pero esta dualidad entre dos sentimientos antagónicos... Calló. El psicólogo se meció en su sillón, pensativo. Al cabo, se reclinó hacia él con el cello fruncido y una pregunta en los ojos. - ¿Qué es eso tan terrible que te ha hecho cambiar de opinión? Silvino el titán, semidiós entre mortales, macho entre machos, tragó saliva. - Tango Malvado se rió de mí. Silencio alrededor. Ninguna risita. Sólo algún carraspeo sospechoso. Miradas. - Cuéntanos - fue la asertiva propuesta del terapeuta. - No quiero hablarlo... Me dolió... Nunca... - Hizo una pausa tan larga que algunos pensaron que le ocurría algo; otros, que se había dormido-. Nunca he soportado los colores chillones. ¿Han visto el traje tan elegante que lleva Tango Malvado? Un Armani de los clásicos, camisa blanca, corbata italiana... A ver, ¿por qué tengo yo que llevar leotardos? ¿Qué significan estas mangas que cuelga? ¡Son inútiles! ¿Y esta capa? ¿Por qué he de llevar capa si estorba más que sirve? ¿Sabe cuántas veces me la he pisado cuando, yendo a cenar con una chica, he ido a sentarme? ¡He sido el hazmerreír del restaurante! ¡He hecho el ridículo! ¿Quién demonios estableció este absurdo arquetipo de superhéroe multicolor? ¿Se han mirado ustedes? - espetó al grupo, intentando involucrarles -. ¿Se han preguntado alguna vez si no harían mejor su trabajo con una ropa más cómoda, con un chándal o unos vaqueros? ¿Y qué me dicen de un buen traje para una misión en una embajada? ¿Qué tiene el puñetero 30


Tango Malvado que no tengamos nosotros? Si parece un 007... Yo se lo diré. ¡Derechos! ¡Él tiene derechos y nosotros no! Nosotros no tenemos siquiera el derecho a una ropa digna. - Calma, calma. Psssssss... - ¡No! Estoy hablando de dignidad. ¡La gente se ríe de mí! - protestó, casi llorando-. ¡Se ríe de mí! ¡Todos se ríen de mí! - Nooooo - le recriminó, paternal, el psicólogo-. Eso es sólo una impresión subjetiva... - ¡Pamplinas! - estalló el héroe-. ¿Por qué tenemos que vestir con leotardos los seres más dotados y más imprescindibles del universo? ¿Sabe lo que le digo? ¿Saben lo que les digo? - Lanzó una encarnizada mirada a los presentes. Alguien del corro parecía divertido con su salida de tono, otros respondieron con la indiferencia en sus superfacciones; sólo la chica de los ojos de fuego se atrevió a desafiarle desde la distancia-. Me marcho – proclamó-. Lo dejo. Voy a dar estos trapos a la beneficencia, voy a retirarme a alguna isla desierta y dedicarme a pintar cuadros abstractos. Si quieren saber algo más de mí, busquen en los libros de historia. Hasta nunca. Y, diciendo esto, salió por la puerta y jamás se le volvió a ver, salvo, claro está, en algunas películas y series que se rodaron sobre su mito. Nunca fue más famoso que después de desaparecido. Gracias al cine, se convirtió en un icono. Silvino, el justiciero fue un éxito de taquilla. Luego vinieron .Silvino II (el regreso), Silvino III y Silvino IV. En la gran pantalla, Tango Malvado fue interpretado por un elegante ex-modelo y, gracias a los diseñadores de vestuario de Hollywood, Silvino fue para siempre recordado con unas mallas, si cabe, aún más chillonas y estrambóticas que las que habla vestido durante su vida en activo.

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Finalista en fotografía Título: Superheroínas de andar por casa Clara Millán Fuentes-Guerra Córdoba Seudónimo: cler

Enero de 2007, Barcelona


MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO EN RELATO CORTO

FRASES DOBLADAS EN EL ESTÓMAGO

CARMELA TRUJILLO SABADELL (BARCELONA) SEUDÓNIMO: CAFETU

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FRASES DOBLADAS EN EL ESTÓMAGO El viento, muy suave, mueve una tapa de yogur. La eleva para que recorra brevemente la fachada azul que está situada justo enfrente y la deja caer al instante. Eso veo en cuanto abro los ojos. Ahora mi respiración es fluida, natural, mecánica. Me fijo en los zapatos que hay a mi alrededor. Tres pares de zapatos quietos, mirándome sin decir nada. Los marrones y los negros son de hombre y creen que aún estamos en invierno. Las sandalias con pedrería saudita están llenas de piel, dedos y carne femenina. Demasiado verano para esos pies, porque el calor, lo que se entiende por calor, aún no ha llegado. Oigo la voz que proviene del par marrón. Una voz grande, excesiva para un cuerpo tan pequeño, o eso me parece, porque hago ese descubrimiento mientras sigo sentado en la acera, mientras la realidad se distorsiona al mirar hacia arriba, hacia esa cara que me habla con voz enorme, desmedida, grave. Ni le escucho. Dice algo sobre la Policía, que ya viene. Algo sobre mi estado de salud: que si me encuentro bien, quiere saber. Y la frase a ti qué coño te importa se me queda doblada en el estómago, que es de donde salen las frases dichas con mala leche. De donde salen, también, las palabrotas y los insultos. A mí siempre se me han quedado dobladas y no ha salido ni una al exterior. Tampoco han salido nunca los tacos ni las vejaciones orales, porque eternamente he sido el hijo modelo de mi madre, el buen chico del barrio, el príncipe azul destronado unos metros atrás, cuando llamé a Azucena y ella me dijo que lo dejáramos correr. El viento vuelve a mover la tapa del yogur y al baile se añade un sobre vacío con el logotipo de La Caixa y un folleto publicitario 3 x 2 de Tetepizza. Absurdo. 36


Yo mismo soy un absurdo sentado en la acera, con la espalda apoyada en un escaparate y la cabeza aún gacha, reponiéndome del mareo tras los puñetazos recibidos y notando ya la inflamación de unos labios que no me permiten pronunciar las palabras de agradecimiento que esperan los dueños de estos zapatos. Y, sin embargo, me alegro que la hinchazón no me permita sacar esas palabras de mi interior, porque todas vienen del estómago dolorido y están cargadas de mala leche, de insultos y de palabrotas. En los cómics de hace décadas, los personajes decían rayos, truenos y centellas. Pero no son esos los vocablos que yo diría en este momento, no. Yo echaría fuera sapos y culebras que me permitirían una transformación sobrehumana, que dejarían mi cara de color verde y mi cuerpo lleno de escamas o con una aleta de tiburón en la espalda. Algo así. Una transformación de cómic es lo que yo necesito. Y puestos a pedir, que no me transformara en héroe, sino en villano. Vale, prefiero lo del superhéroe. Intento levantarme y la voz que corresponde a las sandalias femeninas de pedrería saudita, con sus rubíes falsos y sus zafiros también falsos, esa voz, me ordena que no me mueva y, para dar mayor énfasis a sus palabras, coloca en uno de mis hombros una mano firme y llena de anillos africanos. Zulúes, tal vez. Me lo ordena con voz chillona de persona acostumbrada a mandar, me digo. Igual que mi madre. Dentro de un rato me llamará al móvil, seguro, para preguntarme qué tal la entrevista de trabajo. La entrevista... Seiscientos sesenta y seis metros me separan del lugar en el que me esperan para ofrecerme un puesto de vendedor de pisos. Perdón: Agente de la Propiedad Inmobiliaria. Un API. Un nombre un tanto vegetal, creo, para ser tomado en seno. Y cómo me presento ahora con esta cara que comienza a hincharse. Lo noto en la mejilla izquierda, por debajo del ojo. Noto que los latidos de mi corazón se quedan ahí 37


adheridos, en esta mejilla, y no sé si es el movimiento de sístole o el de diástole el que consigue aumentar la densidad de la carne magullada. Una entrevista laboral que iba a cambiar el rumbo de mi vida. Y resulta que el rumbo lo puede cambiar cualquier disparatado acontecimiento. Un paso de peatones, por ejemplo. Un coche que no cede el paso a un peatón que soy yo mismo. Una llamada telefónica, seis o doce minutos antes, de ese peatón a su novia, la cual, trescientos treinta y tres metros atrás, le dijo al chico que ahora está en el suelo, entre dos pares de zapatos masculinos y unas sandalias femeninas, le dijo, que lo mejor era dejarlo correr. Así, sin más. Y por teléfono. Como si lo más normal del mundo fuera abrir tratos y cerrar relaciones a través del móvil. Y, tras esa llamada, que he pagado yo, un mensaje de Movistar para decirme que mi saldo era inferior a tres euros. Por eso ahora me digo que para qué llamar a mi madre. ¿Para contarle que la relación amorosa con Azucena ya no existe? ¿Que me han dado una paliza? ¿Que mi futuro laboral se ha transformado en un futuro imperfecto? Para qué llamarla, digo, si con su retahíla preguntona agotará la reserva de minutos de un teléfono que me vincula al mundo controlador en el que me muevo. Me levanto sin escuchar las palabras de los rostros que hasta hace unos momentos sólo tenían zapatos (dos pares de invierno, uno de verano). Sé que les decepciono con mi huida. Una huida lenta, hecha de pasos inseguros. Qué más da. Decido cruzar por el mismo paso de peatones que tanto ha cambiado mi vida. No entiendo por qué el Corsa amarillo me cortó el camino si yo ya estaba pasando por las rayas anchas de la cebra asfáltica. Sí, ya sé que iba cavilando respecto a la ruptura con 38


Azucena, pero mi cuerpo aún era visible, no me había transformado en el fantasma en el que, deduzco, me convertiré a partir de ahora, en cuando se me deshinche la cara y el estómago deje de quejarse por el golpe recibido. En cuanto deje de interesarme el mundo y sus habitantes desquiciados, me convertiré en un fantasma más en esta ciudad donde nadie importa a nadie. Sigo sin comprender que la conductora no frenara para dejarme pasar y que se quedara parada delante de mí negándome el paso mientras ella miraba a su derecha por si venía algún coche. Y a su derecha, fuera del Corsa, tieso como un bicho-palo sorprendido, estaba yo. Y también a su derecha, pero dentro del vehículo y serio como un juez, estaba su copiloto, con la ventanilla bajada, con el cinturón desabrochado, con el tatuaje de una serpiente en el antebrazo, con una cruz de Caravaca y un anillito de plata y una medalla de una Virgen y una placa de esas del RH, con todas esas joyas, colgadas de su cuello gracias a una gruesa cadena de oro. Todo esto lo vi en el largo instante, tres segundos, que me mantuve firme, como cuando hacía la instrucción cada mañana en el Acuartelamiento del C.R.M. de Zaragoza. Y yo, el hijo modelo de mi madre, el buen chico del barrio, el príncipe azul recién destronado, me convertí en el superhéroe de un cómic aún no dibujado cuando abrí la puerta trasera del coche saboteador y entré en él con la sana intención de cruzar la calle a través de ese acto irreflexivo. Un allanamiento de vehículo en toda regla, diría un fiscal. Pero la otra puerta, la que se situaba al lado contrario, fue abierta por un rapidísimo copiloto que ya no estaba serio como un juez sino irritado como un aficionado al fútbol ante una falta del equipo contrario. Y me lanzó, sin contemplaciones, en la mejilla izquierda, un puñetazo que llevaba incorporado un anillo en forma de calavera. Un anillo enorme que yo no había observado en los tres segundos de dedicación a su tatuaje serpentino y a su 39


repertorio de joyas protectoras que colgaban en su cuello inflamado de venas a punto de estallar. El golpe en el estómago vino inmediatamente después y me dejó abatido en las rayas de la cebra asfáltica. El Corsa amarillo se alejó al mismo ritmo, urgente y rápido, con el que se acercaron los primeros zapatos: el par marrón. Poco después lo hicieron, a la vez, los negros y las sandalias, por eso creo que éstos formaban una pareja de voces, de almas, de cuerpos descompasados, porque uno sentía que vivía en pleno invierno y el otro estaba ya disfrutando del verano. Como Azucena y yo, me dije en ese momento, totalmente descompasados: ella pidiendo una libertad que no creí que necesitara y yo recibiendo de ella la independencia que no le había solicitado y que me concedía, generosamente, a través del móvil. El viento ya no es suave y arrastra ahora las hojas que han perdido algunos árboles, cuyos nombres desconozco porque soy de ciudad, no de campo. También mueve una bolsa del Mercadona que se siente tan ligera como una saltadora de pértiga, atreviéndose a llegar hasta la mitad de la altura de una farola con el cristal roto. Un viento que arrastra, además, dos hojas de periódico que pertenecían a la Sección Motor cuando aún formaban un solo cuerpo y un solo espíritu con la totalidad del diario. No me importaría que el viento se volviese huracanado y dejara caer un techo de Uralita sobre mi cabeza. Llego al final de los seiscientos sesenta y seis metros que tenía que recorrer antes de que la vida cambiara para mí y miro la placa dorada del lugar en el que me esperaban media hora antes para hacerme una entrevista laboral que hora se quedará en un sueño roto, como esos despertares provocados por una moto con el tubo de escape recortado, por los ladridos nocturnos del San Bernardo de al lado o por las canicas saltarinas del crío que vive arriba. Contemplo en la placa el reflejo dorado y dolorido de mi cara lastimada. Ahora, lo único real que tengo es esta hinchazón facial y un estómago que comienza a reponerse y al que temeré sus reacciones a partir de este momento 40


porque, deduzco, con toda seguridad el puñetazo recibido ha roto el filtro estomacal que retenía las frases cargadas de mala leche, de insultos y de palabrotas. Lo noto ya. Percibo cómo esas frases se desperezan y se desdoblan dentro de mí, en ese espacio tan reducido que se encuentra detrás del ombligo. A partir de hoy, lo sé como puedo saber que la masa de las nubes varia de color según cómo reciba la luz solar, a partir de hoy, esas frases saldrán tan libres de mi estómago que me veré obligado a renunciar a los títulos que hasta ahora regentaba sin haberlo solicitado democráticamente. Títulos que me fueron impuestos a dedo, como todo lo que proviene de la autoridad desmesurada del fuerte hacia el débil, a saber: el hijo modelo de mi madre, el buen chico del barrio, el príncipe azul destronado. A partir de hoy, el superhéroe que me habita se despereza y se desdobla al compás de esas frases guardadas en mi estómago.

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Finalista en fotografía Título: Actitud ideal que suscita el Quijote Mercedes de Badani Chosica, Lurigancho, Lima (Perú) Seudónimo: MdB

Parafraseando a la escritora May Sarton (19121995), «hay que pensar como un superhéroe simplemente para comportarse como un ser humano decente». 26 de abril de 2007, Lima - Perú


MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO EN RELATO CORTO

EL MONSTRUO SEMPITERNO

CARLOS ANTONIO MUÑOZ CLARES PUEBLA DE SOTO (MURCIA) SEUDÓNIMO: EL EMPECINADO

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EL MONSTRUO SEMPITERNO Aquel monstruo implacable que una vez cada año amenazaba con atraparlo, una vez más lo acorraló en el rincón de la fecha límite. Parsimoniosamente extendió su largo brazo, del que nadie escapa cuando entra en acción, y tras sujetarlo por el cuello comenzó a apretar y a apretar como si quisiera ordeñarlo, cerrando y abriendo sus gordos y brutos dedos con fuerza gradual, y poco a poco, le comprimía el cuello y todo se le iba hacia abajo dentro de la piel, cual salchicha de obrador. Notó que algo fraguaba intentando acomodarse dentro de él. Algo enorme que crecía en su estómago buscaba salida urgentemente, y, por el ano, comenzaron a aparecer unos metros de asfalto con señales y mediana. Tras ellos un letrero metálico en el que podía leerse claramente: «Autopista de peaje». Y otro en el que en letras amarillas decía: «Escuela infantil». También salió un talón de recetas de la seguridad social y una ventana abierta, pero nueva, de las metálicas con cristal biselado. El monstruo continuaba apretando. Ahora le comprimía los hombros, las costillas y los pulmones y, conforme lo licuaba, el dolor se tomaba insoportable, no tanto por los apretones, sino, porque en el estómago se le había atravesado algo enorme. Esa cosa enorme tomó posición de salida y comenzó a emerger. Tras ella también un policía municipal, que, nómina en mano, repasaba si le habían pagado todos los pluses correspondientes a su condición: el de peligrosidad, el de nocturnidad y tumicidad, los complementos de destino y de productividad semestral, y los trienios. Todo parecía estar en orden, así que prosiguió su camino. Poco a poco, nuestro personaje perdía tanto la fuerza física como la gana de luchar para librarse de 46


aquella fiera y, convencido de una muerte segura, asumió el fatal destino. El monstruo apretaba y apretaba, y a nuestro protagonista ya no le quedaba ni una gota de su ser, o eso creía él, porque en ese preciso instante, el ano quiso evacuar algo más, y efectivamente expulsó una cosa de esas que sirven para que te den la razón cuando no la tienes. Fue entonces cuando, a punto de expirar, vio una luz lejana que se le aproximaba. Creyó que se trataba del famoso túnel, y que se había equivocado toda la vida al no creer. No obstante, al aproximarse lo reconoció perfectamente: era su superhéroe, el flamante asesor fiscal que, como todos los años, con su límpido uniforme de chaqueta acudía en su ayuda cuando se encontraba en esta situación, y se llegaba en ese momento como sólo ellos saben hacerlo, en un bmw, tras una estela de luz a su paso y un frenazo en la calzada. Se detuvo en la esquina, y echándole una mano lo arrebató de las del monstruo para a continuación depositario en un lugar seguro. Acto seguido, se arrojó a los brazos de la bestia, que en esos momentos se abalanzaba sobre él, y blandiendo un certificado de IRPF, lo enrolló y se lo clavó en un ojo. La bestia se echó atrás en medio de un espeluznante quejido. Con su brazo ejecutor intentaba sacar aquella saeta de papel envenenada con su propia medicina pero, el asesor fiscal le lanzaba a la base punitiva, facturas de pensiones, contribuciones sociales y certificados de planes de pensiones que, como guadañas afiladas, lo herían y lo hacían retroceder en sus pretensiones. Poco a poco, el monstruo fue acobardándose. Ahora los gritos eran lastimeros, y él, sentado en la esquina y mucho más repuesto, se reía fuerte y le chillaba una y otra vez: «¡Anda cobarde, atrévete ahora, cabronazo!» Al fin, el monstruo huyó sollozando y con el rabo 47


entre las piernas. El asesor giró sobre sí mismo, y estiró las palmas de las manos hacia el suelo en un alarde de torería. Luego sonrió. Totalmente repuesto, con gesto agradecido, tendiéndole la mano al asesor le dijo: «¡Vamos a tomarnos unas gambas en el bar de la esquina, hombre, que pago yo!» Éste, le ofreció su blanca y segura mano, y lo condujo hasta el interior del establecimiento. «¡Una docena de gamba blanca y dos quintos frescos!», pidió con el brazo en alto, y se apoyó en la barra. Al momento las gambas estaban allí, calientes, humeantes, sabrosas. Dejó que el asesor eligiera primero y, después de darle un trago al quinto de cerveza, volvió a dejarlo tomar la segunda sin él probarlas. Sólo después de que el asesor hubiera degustado tres, y ante su insistencia, tomó una entre los dedos y le quitó la cabeza; se acordó del monstruo. Luego la peló tranquilamente, primero arrancándole cabeza y patas, y luego el caparazón. Ahora tenía una hermosa gamba agarrada por la cola ante sus ojos. Una gamba caliente que olía muy bien. Abrió los labios y se dispuso a morderla. «¡Paco! ¿Qué me haces a las cuatro de la mañana? ¡Pues no que me estás mordiendo una oreja! ¡Quita hombre y déjame dormir! ¿No ves que mañana trabajo? ¡Anda, échate pallá, que hace mucho calor! ¿Será posible? ¡Ahora que había cogido el sueño!» Se sentó en la cama. No se acordaba si era de noche o de día, si su casa u otra, ni de nada en absoluto que no fuese ese momento. Una enorme ansiedad le embargaba de arriba abajo y sentía necesidad de comer. En la oscuridad del piso hipotecado, intentando orientarse, salió de la habitación como pudo después de tropezar con el meñique del pie en el marco de la puerta, y se plantó frente al frigorífico, lo abrió y, de entre aquella luz eligió un paquete de lonchas de queso. 48


Sentado en el salón, mientras tragaba una tras otra sin masticar, se decía sí mismo: no se me puede olvidar la declaración de hacienda, no se me puede olvidar la declaración de hacienda, no se me puede olvidar la declaración de hacienda, no se me puede olvidar la declaración de hacienda...

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Finalista en fotografía Título: El tiempo Mª José Rodríguez Parra Rincón de la Victoria (Málaga)

Mirando a la nada, sin importarle lo que piensen. Se maquilla para tomar una cerveza en soledad. 10 de septiembre de 2006, Cáceres


MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO EN RELATO CORTO

CONTACTO HUMANO

NURIA CALVO FLORES LEÓN SEUDÓNIMO: ERMIN

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CONTACTO HUMANO Las siete y media de la mañana y ya empieza a sonar el teléfono... Ser madrugador no era una de las virtudes de Manuel. Los momentos de sueño eran importantes para «recargar baterías», como le gustaba decir cuando se recogía por las noches hasta que el despenador rompía la tregua cada mañana. Aquella mañana había sido el teléfono el que le había despertado quince minutos antes de lo previsto. Con los ojos cerrados, estiró la mano hasta localizar sobre la mesilla de noche su Siemens AX72, no sin antes carraspear tratando en vano de mostrar una voz despejada y sin adormilar. - ¿Sí? - Frunció el ceño, estaba claro que el carraspeo no había surtido efecto. - ¿Señor Fernández? Le llamo de su despacho para recordarle que a las diez y cuarto tiene la reunión con el director comercial de DELL. Me he tomado la libertad de preparar el cañón por si necesitara usarlo para su presentación. - Gracias, aunque sería incapaz de olvidar esa reunión, llevamos casi dos años tratando de cerrar ese trato. Estaré en la oficina en una hora. Con los ojos todavía cerrados colgó el teléfono mientras repicaba en su cabeza la cantarina voz de la becaria que trabajaba con él. Una muchacha simpática, aunque últimamente sólo se comunicaban a través del teléfono o en interfono de su despacho. Por fin abrió los ojos, descorrió las cortinas y miró la ciudad, a estas horas parecía casi tan dormida como él, acostumbrado al bullicio de la mañana. Esa mañana iba a ser una gran mañana, iba a ser «La Mañana», por fin cerraría un trato millonario con una importante empresa informática que le situaría en una posición de privilegio de cara a próximos ascensos. 54


La carrera de Manuel Fernández en su empresa había sido meteórica. Muchos pensarían en enchufes o en simple suerte pero la verdad es que Manuel poseía un don especial que lo hacia distinto de una persona cualquiera. La primera vez que alguien sintió su poder fue el día que nació. Su madre, según le confesó más adelante, sintió una oleada de fuerza y felicidad al cogerle en brazos. «Algo indescriptible», dijo mientras lloraba al ver a su hijo. Pero su don no se reduce al amor de una madre por su hijo, era algo mucho más complejo. Pronto descubrió que el poder del don estaba en sus manos, que llenaban a todo el que le tocaba de esa energía positiva que los locos idealistas como él, dicen que mueve el mundo. Siendo niño siempre lograba detener las peleas al interponerse entre sus dos compañeros que acto seguido, y movidos por una fuerza interior, se daban la mano, arrepentidos y decididos a olvidar sus diferencias. Aunque actualmente no tenía pareja, porque su trabajo apenas le dejaba tiempo para otra cosa, siempre le habían dicho sus novias la ternura que despertaba en ellas que les acariciara el pelo o les cogiera la mano, confesando en ese momento que confiarían en él siempre. Se habían dado casos insólitos en los que las situaciones más desesperadas se habían solucionado con uno sólo de sus abrazos, con una caricia, un apretón de manos o una palmada en la espalda. Cualquier otra persona se habría aprovechado de su capacidad pero él decidió no hacer uso personal de aquel don, tal vez recordando los cómics en los que un héroe pierde su poder a causa del egoísmo. Manuel fue al principio reacio a pensar que aquel don era algo extraordinario y nunca pronunció la palabra «superhéroe» ya que incluso a él le parecía a veces un disparate pensarlo, pero la confirmación 55


absoluta de lo fascinante de su capacidad se le descubrió cuando empezó a trabajar en su empresa. No era un gran trabajo, era un comercial de apenas diecinueve años que vendía a puerta fría por un sueldo muy modesto. Nunca vendió nada a nadie que no lo quisiera, no quería ser recordado como «el chiquillo que me encasquetó este cacharro» pero usó su intuición para vender en un mes más que cualquier otro comercial en la historia de su empresa. El truco estaba en ser educado y observar si la persona realmente podía necesitar ese producto, entonces, justo antes de despedirse y que le cerrasen la puerta, le agradecía su atención y le daba un apretón de manos que dejaba a su cliente en shock. - No se vaya todavía... - decía el futuro comprador sin soltarle la mano - pase y explíquemelo todo mejor. Y Manuel entraba sonriente y feliz de hacer bien su trabajo y pasaba horas hablando con aquellos hombres, dándoles consejos sobre los productos y sobre cualquier otra cosa, sintiéndose como un psiquiatra ante una persona que nunca ha tenido alguien que le escuchara como sabía hacerlo él. Era el contacto con la gente lo que le fascinaba de su trabajo, poder escuchar mientras miraba a los ojos y sin avergonzarse por dar un abrazo si veía a alguien llorar o si sentía en alguna casa un escalofrío de soledad. En su empresa pronto lo ascendieron hasta que llegó a ser jefe de departamento, que era su empleo actual. Era famoso por haber cerrado de forma exitosa todos los tratos que dependieron de él. Con un apretón de manos era capaz de transmitir que él creía en ese proyecto, que podían confiar en él y que podían contar con él. La sensación era tan fuerte que algunos ejecutivos reacios a cerrar un trato, le habían abrazado súbitamente mientras le daban las gracias y le comunicaban que habían cambiado de opinión y que esperaban contar con él. 56


Lo primero que hizo cuando llegó al departamento fue aprender los nombres de todas las personas que trabajaban con él y sus cumpleaños. Solía bromear con ellos seguro de que el trabajo y la productividad no están reñidos con un clima agradable en el entorno laboral. Sus empleados sentían devoción por él «siempre será como un padre para mí» - decían todos ellos. Manuel echaba de menos la época en la que, después de una dura jornada, salía a tomar una cerveza con sus empleados. Su trabajo había crecido de forma exponencial, ni siquiera tuvo tiempo para asistir a la boda de uno de ellos, al que felicitó por teléfono esperando que no le dijera nada del regalo que su secretaria eligió por él, pues ni siquiera sabía lo que habría sido. Pero hoy era el gran día y su pasado se le mostraba como una garantía de éxito. No habría ningún supervillano que fuera a truncar sus planes de éxito y cerraría el trato en lo que sería la operación más ambiciosa de su empresa para implantarse en el poderoso mercado norteamericano de las telecomunicaciones. Siguiendo su rutina mañanera, fue dando tumbos hasta la cocina para prepararse un café soluble y un tazón con cereales. Le hubiera gustado un pan calentito con tomate y aceite como el que le preparaba su madre - ¡Hacía tanto que no la veía! Esa noche la llamaría por teléfono. Como tampoco tenía un periódico que ojear, encendió el ordenador para navegar por algún diario digital que le informase de si durante la noche había sucedido alguna noticia digna de saberse. Se sorprendió leyendo un artículo en un conocido portal, sobre un hombre que había instaurado la moda de repartir abrazos por la calle y que había sido una revolución en todo el mundo. 57


- ¡Vaya! - se sorprendió pensando - ¡Esa es una idea estupenda para poder compartir con la gente el don! Y apuró sus cereales pensando que, tal vez, ese hombre fuera como él. Estaba dispuesto a formar parte de ese movimiento a favor del contacto humano y de la fraternidad, emocionado con la idea de salir a la calle pronto y empezar a repartir abrazos a las personas más tristes. Volvió a coger su móvil y llamó a su oficina. - Adela, soy yo. Llegaré algo más tarde, hoy iré andando a trabajar. Sí, sí, andando, tengo algo que hacer por el camino. No te preocupes, en cualquier caso estaré allí a las nueve y media como mucho, todo saldrá bien. No recordaba haberse arreglado tan deprisa, en apenas media hora se encontró en el umbral de la puerta dispuesto compartir su poder con el resto de la humanidad. La calle olía a humo, se respiraba esa actividad febril que envuelve a las grandes metrópolis, como se imaginaba que sería Gotham. Miró a ambos lados y sus ojos se detuvieron en una mujer de unos cuarenta y pocos con la que el tiempo había sido poco agradecido. Llevaba una bolsa en cada mano y caminaba deprisa mirando con angustia el reloj. Manuel se paró frente la mujer, que asustada vio como aquel hombre se le echaba encima. - ¿Se puede saber qué hace? - Gritó asustada apartando al asombrado y frustrado héroe de un manotazo. - Perdone, sólo pretendía darle un abrazo - acertó a balbucear. - ¿No ve que llevo prisa? No tengo tiempo ni ganas de pararme con degenerados como usted - Le gritó mientras se alejaba con zancadas. ¡Le había llamado «degenerado»! Era la primera vez que sentía la decepción de un fracaso. Bueno, por una batalla no se pierde una guerra, todavía quedaba un largo camino hacia la oficina para repartir cientos 58


de abrazos. Manuel llegó casi a las diez con la cara desencajada. No había conseguido dar ni un solo abrazo, su poder le había abandonado. Por primera vez se sentía nervioso y dudaba de sí mismo. A las diez y cuarto llegó el hombre de DELL, con el ceño fruncido tomaba notas mientras Manuel le explicaba las ventajas de la provechosa asociación que podrían realizar, aunque sus palabras no parecían impresionar mucho al ejecutivo. Finalizada la reunión y tras comunicarle que se lamentaba pero que el proyecto de su empresa no era lo que DELL tenía pensado, se despidieron con un apretón de manos y el hombre se fue, sin mirar atrás, sin proferir una palabra de afecto, sin un solo gesto de complicidad. Cuando se quedó solo en su despacho se desplomó sobre su sillón y se llevó las manos a la cabeza sin poder creer todavía que hubiera perdido ese toque mágico que siempre le permitió ganarse la confianza de los demás. Ahora era un hombre normal, ya no tenía ningún poder, se sintió desnudo, perdido, desconcertado. - Esto no puede pasarme. ¿Por qué ahora, por qué...? Un zumbido en el bolsillo de su chaqueta le devolvió a la realidad Rebusco hasta encontrar su Siemens, tenía una llamada entrante de un número desconocido. Descolgó y escuchó una voz silbante y monótona, desprovista de todo atisbo de emoción. - ¿Te preguntas por qué? - Manuel saltó en su asiento, fuera quien fuera estaba escuchando sus pensamientos. La respuesta está en tu propio comportamiento. Has perdido tu poder porque has agotado la fuente del mismo: el contacto humano. Perdiste fuerza con cada abrazo que no diste, cada persona que no miraste, cada chica que no besaste. Durante todo este tiempo te has felicitado de no tener obstáculos en tu camino, de no tener una Némesis, una cara oscura de tu poder, cuando fuiste tú mismo el 59


que me compraste y me llevaste en tu bolsillo. Has sustituido a todas las personas a las que amaste por mí, apenas te queda energía, te he ido drenando todo tu poder, fortalecido por la época en la que las videoconsolas sustituyen los juegos de padres e hijos, en que las relaciones interpersonales se esconden detrás de un ordenador o un teléfono, en las que un beso y su emoción es sólo dos puntos y un asterisco. Manuel entonces lo comprendió todo y miró con horror el teléfono que tenía entre sus manos. SIEMENS.... SIEMENS Su cabeza combinó las letras. Las mismas letras de la palabra N E M E S I S Con voz entrecortada se dirigió a su terminal. - Todavía me queda fuerza para destruirte, ¿me oyes? Voy a romperte entre mis manos, tú contra mí. Todo volverá a ser como antes, todo... Un apagón sumió al edificio en la oscuridad, justo en el momento en el que Manuel apretó entre sus manos el teléfono hasta destrozarlo. Las dos fuerzas provocaron una onda energética que implosionó con una potencia que absorbió a ambos sin dejar mayor rastro en el despacho que unos papeles revueltos. Dos operarios del departamento de seguridad hablaban entre ellos. - ¿Has visto eso? Voy a acercarme a ver al Señor Fernández, ha habido una subida de tensión brutal en su despacho. - Las cámaras no muestran nada, Alfredo, ha sido solo un pulso electromagnético, ¿para qué te vas a acercar? Mándale un mail o llámale al teléfono, ya no se lleva ir en persona, que parece que vives en la prehistoria. - Tienes razón, ¿para qué me voy a acercar...? Corto y cierro.

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Finalista en fotografía Título: La sonrisa del superhéroe Antonio Jesús Pérez Gil Sevilla

Febrero de 2007, Figuti - Marruecos



5CRCF. Superhéroes.