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La vuelta a casa

Aquella tarde escuché que papá y mamá hablaban de un viaje a otro país que cambiaría nuestras vidas. Desde hacía algún tiempo Marcos, mi papá, no tenía trabajo y le ofrecieron un empleo en Estados Unidos. Ellos querían viajar pero yo no estaba de acuerdo. Acá tenía mis amigos, primos, tíos y abuelos. Me sentí muy triste porque no me habían preguntado qué quería hacer yo. Así pasaron los días, hasta que me contaron lo que sucedía y no tuve nada para decir. Llegó el día del viaje. No podía parar de llorar, pero entendía que era lo mejor para nosotros. En el aeropuerto estaba toda mi familia. Mis abuelos me abrazaron y me dijeron unas palabras hermosas. Era la primera vez que quería quedarme con ellos. El abu siempre me compraba golosinas a escondidas de la nona y ese día me dio una bolsa llena. Estaban muy angustiados porque no me iban a ver crecer, pero me prometieron que algún día volveríamos a abrazarnos. El viaje fue muy largo; bueno, mucho no me acuerdo porque apenas subí me quedé dormido. Al llegar rápidamente hice nuevos amigos. Conocí mi escuela y mi nueva casa, era grande. Me gustaba mucho. Pero después de unos días empecé a extrañar. Entonces llamé a mis abuelos y les dije que me volvía a vivir con ellos y que prepararan mi pieza. Bueno, en realidad era la pieza de mi papá cuando era chiquito. Solo había que pintarla un poco, una nena no puede dormir con paredes celestes. Yo quería que fuera amarilla, con cortinas violetas y sábanas verdes. Un poco colorinche pero original. Cuando les conté a papá y a mamá mi idea se rieron y no le dieron importancia, pero cuando empezaron a ver que estaba preparando pulseras para vender en la calle con la lana de un saquito que destejí, se asustaron. Para mí, tenían miedo de que me quedara sin ropa.


El pasaje en avión estaba bastante caro. Iba a tener que vender unas cuantas pulseritas. No tenía otro plan, así que seguí haciendo trencitas. Así pasaron los días. Con las primeras que vendí, mamá me llevó a comprar hilos nuevos y me enseñó cómo guardar dinero y volver a comprar materiales para seguir haciendo. Junté mucho dinero. Laura, mi mamá, me dijo que tenía para comprar una compu, pero yo sabía que no era así. Seguro que ella había puesto bastante. Las dos habíamos pensado en lo mismo: comprar una computadora, mandársela a la abuela para que aprendiera a usarla y poder conectarnos por internet. Y eso fue lo que hicimos. Cuando hablamos con la nona se mató de risa, pero las dos sabemos que le había gustado mucho la idea. Pasaron unas semanas y ella ya había puesto internet en la casa. Compramos la compu y se la mandamos. ¡¡Ay Dios!! ¡Qué desastre era la abuela con internet! Me aburría de tanto esperar que escribiera. Y ni les cuento las caras que ponía cada vez que miraba a la camarita. ¡Tengo la mejor abuela del mundo! Fue pasando el tiempo y sentía a mis abuelos cada vez más cerca. Me vieron crecer, estuvieron en mis cumpleaños a través de la compu, comieron los domingos con nosotros, me contaron cuentos, y muchas veces hasta tuvimos que mandarlos a dormir porque se pusieron muy molestos. En su facebook tenían una foto que se había sacado mirándose al espejo y el abuelo se la había comentado: ¡Mi reina hermosa! En el twiter tenían más seguidores que yo y se la pasaban escribiendo. Pasaron los años, me hice grande. Conseguí un buen trabajo y ahorré mucha plata. Entonces un día volví a Argentina. Apenas bajé del avión corrí a los brazos de mi querida “abu”. Y volvió a repetirme las palabras que me dijo aquel día que me fui: “TE AMO”. Ahora en su foto de perfil del facebook hay una de los tres. 2° A

La vuelta a casa  

Aquella tarde escuché que papá y mamá hablaban de un viaje a otro país que cambiaría nuestras vidas.