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AÑO XXXIII. N.º 335. MAYO 2013 Mayo 2013

HACER ESPACIO A DIOS En tiempos de crisis el hombre siente la tentación de creer que los seres humanos son malos por naturaleza. Vale la pena recordar la historia que nos cuenta Platón en el libro II de la República para reflexionar sobre la necesidad de vivir y de pensar contracorriente, porque aunque pueda resultar favorable este tipo de pensamientos en los tiempos que vivimos, nada más alejado de la realidad. Precisamente lo valioso del ser humano reside en su disposición natural para hacer el bien y lograr que nuestro mundo sea mucho mejor. MITO DE GIGES Giges, un pastor al servicio de rey de Lidia, se encontró después de una gran tormenta y tras un potente terremoto con un caballo de bronce que estaba hueco, que emergió de la tierra, y que llevaba en su interior un cadáver que portaba un anillo. El pastor al verlo se lo quitó sin conocer el secreto que éste encerraba. Cuando más adelante se reunió con el rey para darle cuenta de sus rebaños, como era costumbre, descubriría por casualidad el poder del objeto encontrado. Al girar el anillo el pastor se hacía invisible. Será entonces cuando comenzará a maquinar sobre el beneficio que podría obtener de él. Giges conseguirá hacerse con el favor del rey y pronto llegará a convertirse en su mano derecha. Este hecho le permitirá conquistar a la reina. Lo que viene a continuación es de sobra conocido por todos, ambos conspirarán contra el monarca, asesinándole y apoderándose de su reino.

La conclusión es que nadie es bueno por naturaleza, sino más bien por obligación o porque en determinadas circunstancias nos vemos forzados a tener que serlo por las personas o por los acontecimientos, y es que según el testimonio de Glaucón, el narrador del mito de Giges en la obra platónica, para contrarrestar el optimismo antropológico de Sócrates, los hombres en privado tienden siempre a sacar mucho más provecho de la injusticia que de la justicia. Lord Acton, historiador inglés del siglo XIX, dirá que el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.


Por tanto, según estas consideraciones, Giges no habría tenido más remedio que corromperse absolutamente, porque el poder del anillo era muy superior al de cualquier otro conocido sobre la faz de la tierra. El hombre con poder se encuentra, si esto es verdad, irremediablemente encadenado a su influencia y por su condición natural se ve incapacitado para poder obrar con justicia. Pero si analizamos la historia de este mito, podríamos preguntarnos si Giges tuvo elección de coger o no el anillo cuando lo vio por primera vez. Parece lógico pensar que Giges obró libremente, que la curiosidad, el deseo, pero también la falta de prudencia le llevaron a obrar como lo hizo. Con estas disposiciones tenemos a Giges, una persona que ha cogido un anillo que no es suyo y que descubre por sorpresa que tras su apariencia normal esconde un poder inesperado, la invisibilidad. ¿Cabe imaginar un poder mayor: hacer todo lo que quieras sin que nadie pueda verte?

DOS ANILLOS

y otro a uno injusto, según la opinión común no habría nadie tan íntegro que perseverara firmemente en la justicia y soportara abstenerse de los bienes ajenos, sin tocarlos, cuando podría apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, entrar en las casas, matar a unos, librar de las cadenas a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto el hombre justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. Para Glaucón las personas si no cometen más injusticias, no es porque no quieran sino porque no pueden. Y si alguien, dotado de tal poder, no quisiese nunca cometer injusticias ni echar mano a los bienes ajenos, sería considerado por los que lo vieran como el hombre más desdichado y tonto, aunque lo elogiaran en público, engañándose así mutuamente por temor a padecer injusticia. Glaucón se ve obligado a reconocer que si hubiera una excepción, rara avis, esta sería tonta e infeliz. De la misma opinión es el filósofo Nietzsche que afirmaba que el idioma muestra una tendencia a aproximar entre sí las palabras bueno y estúpido.

Glaucón en el relato de Giges afirma que si existiesen dos anillos de esa índole y se otorgara uno a un hombre justo

De manera que, no hay escapatoria o redención posible en este sombrío relato. El hombre es malo por naturaleza y

Pero la cuestión no es ya tanto lo que hiciera el pastor, sino lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Giges lo tuvo muy claro desde el principio, primero quedarse con la mujer del rey y después quedarse con su reino. Giges deseó, y cada vez lo hizo con más fuerza, pero siempre pensando sólo en él, atrapado por la fascinación de un poder que le protegía en la cobardía del anonimato, pues el anillo usurpado le otorgaba un poder ilimitado.


sólo así es capaz de encontrar la verdadera felicidad o bien, el hombre que es bueno y que tiene ocasión de cometer un mal, no lo hace, es infeliz y la sociedad elogia su actitud, pero en privado se ríen de él por no haber sabido aprovechar la oportunidad que todos desean para sí mismos.

EL ANILLO ÚNICO El mito de Giges encuentra un cierto paralelismo con la historia contada por J.R.R. Tolkien en el Señor de los Anillos. Gandalf, el Gris, se siente atraído por la fuerza del anillo, pero también advierte que el poder que encierra éste es muy destructivo. La prudencia le insta a alejarse de él. Reconoce su debilidad, sus límites, y por eso sabe que si cayera en sus manos sería un arma muy peligrosa. La curiosidad y el deseo natural son tamizados por el buen uso de la prudencia. Como todos saben el portador del anillo será un hobbit, Frodo Bolsón, el encargado de llevarlo hasta el Monte del Destino para poder allí destruirlo. Pero lo que nos interesa subrayar es que en esta misión, Frodo no está solo, para ayudarlo se crea una comunidad de buenas personas unidas por una misma intención: la destrucción del anillo único. De sus efectos sabemos por su antiguo portador, Gollum, un hobbit bueno, llamado Sméagol, que terminará convirtiéndose en todos los aspectos en un ser distinto y que se encontraba totalmente esclavizado por su tesoro maligno. ¿Qué es entonces lo que separa al pastor Giges del hobbit Sméagol? ¿Acaso es que desde el principio ambos de-

seaban por naturaleza ser malos? Sméagol llegó a asesinar a su primo, Deágol, para obtener el objeto deseado. A partir de ese momento, la personalidad del hobbit, debilitada y corrompida por el influjo del anillo de oro, se deformará hasta el extremo obligándole a vivir en soledad. Pero el anillo, en la historia de Tolkien, tiene voluntad propia y trata de regresar a Sauron, el Señor Oscuro de Mordor. Por eso sabemos que, al final del camino, Frodo sucumbirá, dejándose seducir por su malévola atracción en el último momento de la aventura. El hobbit vacilará si destruir o no el anillo. Gollum, que había seguido de cer-

ca los pasos de Frodo, buscando lo que siempre creyó que fue suyo, terminará fundiéndose con su tesoro en la lava del Monte del Destino, tras saltar sobre él y arrancarle su dedo. Podemos reflexionar sobre el anillo y la naturaleza de ambos hobbits. No se trata ya de dos anillos para dos personas, como en el ejemplo de Glaucón, sino de uno solo observado en dos personas. El factor del poder está presente en los dos relatos, tanto Giges como Sméagol se ven atraídos inmediatamente por el anillo. Sin embargo, el caso de Frodo es muy distinto, recibe una difícil


misión que solo al final y tras continuas penalidades y pruebas, terminará por corromperle pero porque sus fuerzas se encontraban ya extenuadas. A pesar de todo, la historia termina bien porque la misión se verá finalmente coronada. El anillo es destruido y Frodo regresará a su hogar como un héroe y querido por todos. La diferencia es que mientras que desde el principio Giges y Sméagol pensaron solo en ellos, Frodo lo hizo siempre en la comunidad.

APERTURA AL AMOR Esta es la gran lección de la historia del anillo. El hombre ha sido creado bueno por naturaleza, pero también por naturaleza el hombre es un ser social, por eso cuando dejamos de pensar en nosotros mismos y lo hacemos en los demás, se obra el milagro de modo natural. Cuando los hombres ven el poder como un fin absoluto y no como un medio para prestar un servicio a la sociedad, la corrupción y la maldad terminan desfigurando la propia naturaleza humana. Al final, estas personas acaban siendo víctimas de su propio poder. Como decía Glaucón: Hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. Este es el núcleo de las tres tentaciones que sufre Jesús, como recordaba Benedicto XVI en su penúltima audiencia general y que vino a coincidir con el miércoles de ceniza: Ponerse uno mismo en el lugar

de Dios, suprimiéndole de la propia existencia y haciéndole parecer superfluo. Pero entonces, ¿cómo hacer el bien? No es tarea fácil, san Pablo afirma que no hago el bien que quiero, sino que el mal que no quiero ese hago. Sin embargo, el papa Benedicto XVI nos ofrece algunas pistas, tratemos en primer lugar de responder a las siguientes preguntas: ¿Qué puesto tiene Dios en mi vida? ¿Es el Señor o lo soy yo? En este Año de la fe, se nos pide especialmente que renovemos nuestro empeño en el camino de conversión para superar la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos y para, en cambio, hacer espacio a Dios, mirando con sus ojos la realidad cotidiana. La alternativa entre el cierre en nuestro egoísmo y la apertura al amor de Dios y de los demás podríamos decir que se corresponde con la alternativa de las tentaciones de Jesús: o sea, alternativa entre poder humano y amor a la Cruz, entre una redención vista en el bienestar material sólo y una redención como obra de Dios, a quien damos la primacía en la existencia. Convertirse significa no encerrarse en la búsqueda del propio éxito, del propio prestigio, de la propia posición, sino hacer que cada día, en las pequeñas cosas, la verdad, la fe en Dios y el amor se transformen en lo más importante. Pedro José Grande Sánchez Profesor de Filosofía


Escritos arvo mayo 2013 1  

hacer espacio a Dios

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